Disclaimer: Este fanfic es una adaptación del libro "The Spanish Love Deception" de Elena Armas.

Nada de esto me pertenece, todo es propiedad de Elena Armas y Stephenie Meyer.

Capítulo 3

Nunca me imaginé que iba a pasar la noche de ese modo.

Era tarde, las oficinas de InTech estaban casi vacías y por lo menos me quedaban cuatro o cinco horas más de trabajo. El estómago me rugía tan fuerte que sospeché que empezaría a comerse a sí mismo.

–Estoy jodida –murmuré, sabía que no estaba exagerando.

Primero, porque lo último que había ingerido había sido una triste ensalada verde. Grave error; pero en el momento parecía la opción más sensata, ya que solo faltaban cuatro semanas para la boda. Segundo, porque no tenía nada cerca para comer ni monedas para usar en la máquina expendedora de la planta baja.

Tercero, el PowerPoint a medio hacer seguía mirándome fijamente. Dejé caer las manos sobre el teclado y dudé durante un minuto entero.

La notificación de un mensaje de texto atrajo mi atención. Era de Rosie. Desbloqueé el teléfono y apareció una imagen.

La foto de un exuberante café con leche coronado con espumita. A su lado, un brownie de tres chocolates brillaba sin pudor.

Rosie

¿Estás?

No hacía falta que especificara el plan ni que me enviara la dirección. Ese festín solo podía ser de Around the Corner, nuestra cafetería favorita. Se me hizo agua la boca al pensar en ese oasis de cafeína en la avenida Madison.

Ahogando un gemido, respondí:

Me encantaría. Por desgracia

estoy atrapada en la oficina

Tres puntos en la pantalla

Segura? Te guardé un lugar

Antes de que pudiera volver a escribir, me mandó otro mensaje.

Es el último brownie, pero te compartiré

sí llegas rápido. La carne es débil.

Suspiré. Aunque sin duda su invitación era un mejor plan que hacer horas extras un miércoles a la noche…

No puedo. Estoy trabajando

en lo del Día de Puertas Abiertas.

Y para que sepas, borraré esa foto.

No puedes tentarme así.

Ah, no. Solo me contaste que te lo habían

encajado, no mucho más. ¿Cuándo será?

Al volver de España.

Sigo sin entender por qué tienes que hacerlo tú.

Como si no tuvieras suficiente trabajo…

Síp. Eso es exactamente lo que tendría que estar haciendo: el trabajo por el que me pagaban, no organizando un Día de Puertas Abiertas en el que tendría que alimentar, cuidar y ser "más simpática" con un grupo de hombres con traje.

Lo que sea que eso signifique. Pero quejarme no me llevaría a ningún lado.

Es lo que hay.

Ahora mismo, Aro no me cae tan bien

¿No habías dicho que era un madurito sexy?

Es que, siendo objetiva, lo es. Sin embargo,

puede verse muy bien para un cincuentón

y ser un imbécil. Sabes que los de su tipo

me resultan particularmente atractivos.

Lo sé, amiga.

Ted era un completo idiota.

Me alegra que lo hayas dejado.

Como no me llegaron más mensajes durante un rato, di la conversación por terminada. Bien. Necesitaba continuar con esta mierda de…

Mi teléfono volvió a sonar.

Lo siento, vino el esposo de la

dueña y me distraje #desmayada

Es tan apuesto. Le regala flores

una vez por semana

Rosalyn, estoy intentando trabajar.

Tómale una foto y me la muestras mañana

Perdón, perdón. Por cierto, ¿hablaste con Edward?

¿Sigue esperando?

No me enorgullecía admitir que el estómago me había dado un vuelco ante la mención inesperada de un tema que quería evitar a toda costa.

Mentirosa.

Los últimos días se sintieron como la cuenta regresiva de una bomba a punto de estallar.

Desde el lunes, Edward no había vuelto a mencionar la locura de acompañarme a la boda. Tampoco Rosie, porque estuvimos tan ocupadas que casi ni nos vimos.

No sé a qué te refieres. ¿Qué está esperando?

¿Un trasplante de corazón tal vez?

Porque creo que no tiene

Ja, muy graciosa. Deberías guardarte

los chistes para cuando conversen

No lo haremos

Tienes razón. Están demasiado ocupados

mirándose en secreto

Un rubor inesperado me invadió el rostro.

¿Qué quieres decir?

Ya sabes...

¿Que quiero quemarlo en una hoguera

como a una bruja? Entonces sí

Seguro también sigue ahí, trabajando

¿Y?

Y… podrías ir a su oficina y mirarlo como siempre

haces. Estoy segura de que le encanta.

Guau. ¿Qué demonios?

Me acomodé en la silla, incómoda, mientras miraba horrorizada la pantalla del teléfono

¿Qué diablos dices? ¿Volviste a comer demasiado

chocolate? Ya sabes que te hace alucinar

Cambia de tema todo lo que quieras

No estoy cambiando de tema.

De verdad me preocupa tu salud.

Esta locura que dice que ve entre nosotros era nueva. Mi amiga nunca me la había dicho de una manera tan directa. Solo deslizaba algunos comentarios aislados cada tanto.

"Tensa calma", dijo la última vez.

Y cuando la escuché, lancé un bufido tan fuerte que se me salió un poco de agua por la nariz.

Así de ridículas me parecían sus observaciones.

En mi humilde opinión, todas las telenovelas que miraba estaban empezando a alterarle la percepción de la realidad. Y eso que la española era yo. Yo era la que había crecido mirando telenovelas con mi abuela. Y sabía muy bien que no vivía en una. No había ninguna tensa calma entre Edward Cullen y yo. Sabía que no le gustaba la forma en que lo miraba. A Edward no le gustaba nada. Y claro, si no tenía corazón.

Tengo que trabajar. Te dejo seguir con tu café,

pero aléjate del mostrador de pastelería.

Me preocupas

Bueno. Pararé… por ahora ¡Buena suerte!

Bloqueé el teléfono y lo dejé boca abajo sobre la mesa. Respiré profundo para recuperar la energía.

Que continúe el espectáculo.

Pero no podía parar de pensar en el brownie.

Me acosaba.

No, Bella.

Pensar en brownies (o en cualquier comida) no me permitía concentrarme.

Necesitaba convencerme de que no tenía hambre.

–No tengo hambre –negué en voz alta mientras me recogía el cabello–. Tengo el estómago lleno. A rebosar de comida deliciosa. Tacos. Pizza. Brownies. Café…

Me rugió el estómago, ignorando mi ejercicio de visualización y llenándome la mente con el recuerdo de Around the Corner. El delicioso aroma de los granos de café recién tostados. El tremendo estímulo sensorial que es morder un brownie con tres tipos de chocolate. El sonido de la máquina de café al espumar la leche.

Otra queja de mi ruidoso estómago.

Suspiré e intenté quitarme esas imágenes de la cabeza arremangándome el cárdigan liviano que tenía que usar en el edicio porque, durante el verano, ponían el aire acondicionado a todo lo que daba.

–A ver, estómago, ayúdame un poco, por favor –murmuré, como si esas palabras fueran a cambiar algo–. Mañana iremos a Around the Corner. Ahora tienes que quedarte en silencio y dejarme trabajar, ¿sí?

–Sí.

Las palabras retumbaron en la oficina, como si mi estómago hubiese respondido.

Pero no tenía tanta suerte.

–Eso fue muy raro –dijo la misma voz profunda–, aunque supongo que es parte de tu personalidad.

No tuve que levantar la cabeza para saber de quién se trataba. Cerré los ojos.

Maldita seas, Rosalie Hale. Invocaste a esta entidad diabólica y la atrajiste a

mi oficina. Lo pagarás con chocolate.

Lo insulté por dentro (porque, por supuesto, de todas las personas que podrían haberme escuchado hablando sola, tenía que ser él). Puse una expresión neutra y alcé la vista del escritorio.

–¿Raro? Prefiero pensar que es adorable.

–No –respondió rápido, demasiado rápido–. Ya es perturbador si dices más de dos palabras. Y tú estabas teniendo una conversación entera sola…

Tomé la primera cosa que estaba a mi alcance (un rotulador fluorescente).

Inhalé, exhalé.

–Lo siento, Cullen, en este momento no tengo tiempo para corregir mis imperfecciones. –Agité el rotulador en el aire–. ¿Qué necesitas?

Estaba en el umbral de la puerta, así que lo invité a pasar. Entró con la computadora portátil bajo el brazo y una ceja levantada.

–¿Qué es Around the Corner? –preguntó, estudiándome.

Exhalé despacio e ignoré su pregunta mientras lo veía acercarse con largos pasos hacia mi escritorio. Lo rodeó y se detuvo a mi izquierda.

Giré en la silla para mirarlo a la cara:

–Disculpa, ¿se te ofrece algo?

Miró la pantalla de mi computadora, con el cuerpo inclinado hacia delante. Noté lo cerca que me quedaba su pecho de la cara y lo alto que parecía de cerca. Me apoyé contra el respaldo de la silla.

–¿Hola? ¿Qué haces? –farfullé más de lo que hubiese querido.

Apoyó la mano izquierda en el escritorio e hizo un sonido que resonó. Justo en mi cara.

–Cullen –lo llamé despacio mientras miraba cómo analizaba la diapositiva que contenía un borrador del itinerario que estaba planificando para el Día de Puertas Abiertas.

Sabía lo que estaba haciendo. Pero no sabía por qué. O por qué me ignoraba (más allá del hecho de que quería molestarme).

–Cullen, te estoy hablando.

Perdido en sus pensamientos, volvió a hacer ese maldito sonido grave y masculino.

Y molesto, me recordé.

Como por arte de magia, se me hizo un nudo en la garganta. Lo tragué con dificultad.

–¿Eso es todo lo que tienes? –dijo finalmente.

Sin inmutarse, apoyó su portátil en el escritorio. Justo al lado mío. Entrecerré los ojos.

Ocho de la mañana. Llegada de los invitados y bienvenida. –Un brazo fornido entró en mi campo de visión y señaló la pantalla. Me pegué al respaldo de la silla y contemplé el modo en que sus bíceps se flexionaban bajo la camisa que llevaba puesta. Siguió leyendo y señalando cada uno de los puntos que había escrito–: Nueve de la mañana. Introducción a las estrategias comerciales de InTech. –Mis ojos viajaron hasta sus hombros–. Diez de la mañana. Café… hasta las once de la mañana. Vamos a necesitar muchos litros de café. Once de la mañana. Actividades antes del almuerzo. Sin especificar. –Me sorprendió cómo sus brazos rellenaban la manga a la perfección. Sus músculos se contraían bajo la fina tela sin dejar mucho lugar a la imaginación–. Mediodía. Almuerzo… hasta las dos de la tarde. Un banquete. Ah, y otro café a las tres de la tarde. –El brazo en el que me estaba concentrando se levantó y después se desplomó. Ruborizada, me recordé a mí misma que no estaba allí para mirarlo embobada. Ni a él ni a los músculos que tenía debajo de sus aburridas prendas–. Esto es peor de lo que pensaba. ¿Por qué no dijiste nada?

–Perdón, ¿qué? –Salí del trance y lo fulminé con la mirada. Edward torció la cabeza, como si algo le hubiese llamado la atención. Me fijé en su mano, que se movía por el escritorio.

–Un evento como este –dijo. Tomó uno de los bolígrafos que había desparramados sobre el escritorio–. Nunca organizaste algo así. Y parece que tampoco sabes cómo hacerlo. –Lo depositó en mi lapicero con forma de cactus.

–He organizado un par de talleres –murmuré mientras veía cómo acomodaba el siguiente bolígrafo–. Pero siempre para compañeros, nunca para potenciales clientes. –Luego un tercero. Discúlpame, ¿qué crees que estás haciendo?

–De acuerdo –respondió sin más. Tomó mi bolígrafo favorito, uno rosa con plumas en la punta, lo miró con extrañeza y arqueó las cejas–. No es el ideal, pero es un comienzo. –Me señaló con el bolígrafo–. ¿Y esto? ¿En serio?

–Me da alegría. –Se lo arrebaté y lo deposité en el lapicero–. ¿No está a la altura de sus estándares estéticos, señor Robot?

En lugar de responder, tomó unas carpetas que yo había apilado (de acuerdo, más bien tirado) a mi derecha.

–Yo sí tengo experiencia en eventos de este tipo –dijo acomodándolas en una esquina del escritorio–. Organicé algunos en mi trabajo anterior. –Siguió con mi agenda, que estaba boca abajo en algún lugar del desorden en el que (me estaba empezando a dar cuenta) se había convertido mi espacio de trabajo. La tomó con sus grandes manos–. Vamos a tener que organizarnos bien, no tenemos mucho tiempo.

Bueno, bueno, bueno

–¿Tenemos? –Le arranqué la agenda de las manos–. No hay ningún "tenemos" aquí –me burlé–. ¿Y puedes, por favor, dejar mis cosas en paz? ¿Qué quieres conseguir?

Volvió a mover la mano furtiva, esta vez hacia el respaldo de mi silla. Me estaba acorralando entre el escritorio y la silla, y su cabeza flotaba sobre la mía, escaneando mis cosas.

Esperé a que respondiera mientras miraba su perfil y me esforzaba por ignorar el calor que irradiaba su cuerpo.

–Nunca podrás concentrarte en este escritorio. Está hecho un desastre – aseguró, como si fuera algo obvio–. Así que estoy intentando ordenarlo.

–Podía concentrarme sin problema antes de que llegaras –respondí. Me había dejado boquiabierta.

–¿Me muestras la lista de invitados que preparó Aro? –Se inclinó hacia el teclado de mi computadora y abrió una ventana. Mientras tanto, mi temperatura corporal… subía. Me incomodaba. Pero al menos había dejado de tocar mis cosas–. Ah, aquí está. –Parecía que analizaba el documento como yo lo había hecho con su perfil hacía un segundo. La cercanía comenzó a abrumarme. Dios–. De acuerdo –continuó–, no son muchos. Eso al menos facilitará el cáterin. Respecto al… cronograma que preparaste, no va a servir.

Me apoyé las manos en el regazo. Sentí terror en el estómago porque no sabía cómo diablos iba a conseguir organizar todo.

–No te pedí opinión, pero gracias por dármela de todos modos –dije con debilidad mientras acercaba mi computadora–. Ahora, si no te importa, seguiré trabajando.

Bajó la vista justo cuando lo miré. Buscó mi rostro por un segundo que pareció extenderse por todo un (muy incómodo) minuto.

Se apartó, se apoyó sobre la mesa con sus fuertes antebrazos (que puede que haya contemplado durante más tiempo del socialmente aceptable) y se concentró en su computadora.

–Edward –esperaba que fuera la última vez que tuviera que mencionar su nombre esa noche–, no tienes que ayudarme. Si es que es eso lo que intentas hacer –agregué por lo bajo

Acerqué la silla a mi escritorio mientras él escribía su contraseña. Tuve que esforzarme para no mirar sus hombros ridículamente anchos, que habían quedado justo en mi campo visual.

Por el amor de Dios. Tenía que dejar de… mirarlo.

Mi cerebro, agotado, estaba haciendo su mejor esfuerzo para comportarse con normalidad. Y todo por su culpa. Necesitaba que se fuera. Lo antes posible. A una distancia prudencial era molesto, pero ahora estaba… justo aquí. Y hacía todo mucho más difícil.

–Tengo algo que podríamos usar. –Buscó un documento en su computadora–. Mi jefe anterior me había hecho hacer una lista. Un manual de recursos. Debería estar por aquí. Espera.

Siguió tipeando y haciendo clic mientras mi irritación crecía segundo a segundo. Conmigo, con él. Con… todo.

–Edward. –Un PDF ocupó toda la pantalla. Bajé la voz porque pensé que ser más amable de lo que solía ser con él podía ayudarme–. Es tarde, no tienes que hacerlo. Ya me has orientado. Ahora puedes irte. –Señalé la puerta–. Gracias.

Volvió a tipear con esos dedos que no podía dejar de mirar.

–Tiene un poco de todo: ejemplos de talleres, conceptos claves para actividades y dinámicas grupales y hasta objetivos que debes tener siempre en cuenta. Podemos repasarlo.

"Podemos". De nuevo el plural.

–Puedo hacerlo sola, Cullen.

–Te ayudaré.

–Podrías, pero no tienes que hacerlo. No sé por qué sientes el impulso de volar con tu capa roja y salvar el día, como si fueras un Clark Kent nerd. Conmigo no hace falta, gracias. Aunque puede ser que te le parezcas un poco, yo no soy una

damisela en apuros.

Lo peor era que sí necesitaba ayuda. Sin embargo, no quería aceptar que el único dispuesto a ofrecerse era él.

–¿Un Clark Kent nerd? –Se enderezó y frunció el entrecejo–. ¿Se supone que es un cumplido?

Cerré la boca.

–No. –Puse los ojos en blanco, pero puede que tuviera razón.

Se parecía un poco al hombre detrás de Superman. No al de la capa, sino al que usaba traje, tenía un empleo a tiempo completo y era demasiado… sexy para alguien que trabaja en una oficina. Jamás lo admitiría en voz alta. Ni siquiera a Rosie.

Edward estudió mi expresión unos segundos.

–Creo que lo tomaré como un cumplido. –Esbozó una leve sonrisa.

Presumido doble de Clark Kent.

–Pues no lo es. –Tomé el mouse de mi computadora y abrí una carpeta al azar–. Si te hubiese dicho Thor o Capitán América, sí habría sido un cumplido. Pero no eres un Chris. Además, Superman ya no le importa a nadie, señor Kent.

–Pero parece que a ti sí –dijo después de reflexionar un poco sobre mis palabras.

Lo ignoré. Él siguió caminando a mis espaldas. Después se dirigió hacia el escritorio de uno de los chicos con el que compartía oficina y que, obviamente, hacía varias horas que se había ido. Tomó la silla con una mano y la giró en mi dirección.

Me crucé de brazos mientras se sentaba a mi lado. La silla chilló bajo su peso, parecía bastante frágil.

–¿Qué estás haciendo? –pregunté.

–Ya me hiciste esa pregunta. –Me atravesó con una mirada de aburrimiento–. ¿Qué te parece que estoy haciendo?

–No necesito tu ayuda, Cullen.

–Creo que estoy teniendo un déjà vu. –Suspiró.

–Tú… –tartamudeé–. Yo… uuugh.

–Isabella –en ese preciso momento, odié cómo sonaba mi nombre en sus labios–, necesitas ayuda. Estoy ahorrándonos tiempo. Los dos sabemos que nunca la pedirás.

No se equivocaba. Nunca le pediría nada porque siempre supe con exactitud lo que pensaba de mí tanto personal como profesionalmente. Aunque él no lo supiera, lo había escuchado hablar a mis espaldas. Así que, no, en la vida aceptaría algo de él. Por mucho que eso me convirtiera en una resentida, como él, podía soportarlo

Edward se apoyó en el respaldo y puso las manos en los apoyabrazos. La camisa se tensó con el movimiento y fui incapaz de ignorarlo.

Jesús. Cerré los ojos por un momento. Tenía hambre, estaba cansada de tener que lidiar con esta situación, los ojos me traicionaban y estaba confundida.

–Deja de ser tan testaruda.

"Testaruda". ¿Por qué? ¿Por qué tenía que aceptar la ayuda que no le había pedido?

Me hizo enojar. Debe ser por eso que abrí la boca sin pensar:

–¿Por eso no hablaste en la reunión de hoy? ¿Porque no te pedí ayuda? ¿Porque soy demasiado testaruda como para aceptarla?

Inclinó la cabeza ligeramente hacia atrás; seguro estaba sorprendido por lo que acababa de admitir.

Enseguida me arrepentí de haberlo dicho. Mucho. Pero no pude contenerlo, era como si las palabras estuvieran desesperadas por salir.

–No me di cuenta de que querías que intercediera. –Algo perturbó su expresión.

Claro que no. Nadie lo había hecho. Ni siquiera Héctor, a quien consideraba familia. ¿No debería saberlo a estas alturas? Sí, tenía muy en claro que en estas situaciones hay dos tipos de personas: quienes creían que no decir nada los volvía imparciales, y quienes tomaban una posición. Y la mayoría de las veces la segunda era la opción incorrecta. Claro que no siempre se trataba de cuestiones tan inofensivas como los comentarios altaneros e irrespetuosos de Gerald. Por el contrario, solían ser cosas mucho mucho peores. Lo sabía. Lo había experimentado en carne propia hacía mucho tiempo. Negué con la cabeza para alejar los recuerdos.

–¿Eso hubiera cambiado algo, Edward? ¿Si te hubiera pedido que intercedieras? –le pregunté, como si tuviera la respuesta en sus manos, aunque bien sabía que no era así. Lo miré y sentí que se me aceleraba el corazón–. O si te hubiera dicho que estaba cansada de tener que pedirlo, ¿hubieras intervenido? –Me estudió en silencio, con cautela. Las mejillas me ardieron por el escrutinio. Cada vez me arrepentía más de haber hablado–. Olvídate de lo que acabo de decir, ¿de acuerdo? –Desvié la mirada. Me sentí decepcionada y furiosa conmigo misma por haberme ensañado con él cuando en verdad no me debía nada. Nada–. Voy a tener que cargar con esto. No importa cómo ni por qué. –Y no iba a ser la última vez.

Edward se enderezó y se inclinó hacia mí. Quedamos solo a unos milímetros de distancia. Inhaló profundo y yo contuve la respiración, esperando a que dijera lo que se estaba cocinando en su cabeza.

–Nunca necesitaste que te defendieran, Isabella. Esa es una de las cosas que más respeto de ti.

Sus palabras me hicieron algo en el pecho. Algo que creó una presión que no me gustaba.

Él nunca había dicho algo así. Y menos a mí.

Abrí la boca para decirle que no importaba, que no me importaba, que podíamos dejarlo pasar, pero alzó una mano para detenerme.

–Además, nunca te he tenido como una persona que se acobardaría y no daría lo mejor de sí cuando se le presenta un desafío. Sea injusto o no –dijo, y volvió a concentrarse en su computadora–. ¿Cómo quieres hacerlo?

Cerré la boca. No… No me estaba acobardando. Esto no me daba miedo.

Sabía que podía hacerlo. Solo que… diablos, estaba agotada. Era difícil encontrar motivación cuando la tarea era tan desalentadora.

–Yo no…

–¿Cómo quieres hacerlo, Isabella? –Movía los dedos con destreza sobre el teclado–. ¿Vas a quejarte o a trabajar?

–No me estoy quejando –bufé.

Estúpido doble de Clark Kent

–Entonces, pongámonos manos a la obra –respondió.

Lo miré bien. Su mandíbula se tensó con determinación y quizá un poco de irritación.

–No somos un equipo. –Exhalé.

Negó con la cabeza y por un segundo vi que el fantasma de una sonrisa le atravesaba la boca.

–Lo juro por Dios… –Miró para arriba, como si le estuviera rogando paciencia al cielo–. Te ayudaré y punto. –Miró su reloj y suspiró–. No tengo todo el día para convencerte. –Volvió a fruncir el ceño, el Edward que conocía estaba de regreso–. Ya hemos perdido bastante tiempo.

Me sentía más cómoda con este Edward gruñón. Ya no decía estupideces como que me respetaba. Era mi turno de fruncir el ceño, me molestaba darme cuenta de que ya no intentaba echarlo.

–Soy tan testarudo como tú –murmuró mientras tipeaba algo en su portátil–. Y lo sabes.

Volví a concentrarme en la pantalla de mi computadora, decidida a permitir esta extraña tregua. Todo sea por la reputación de InTech. También por mi propia salud mental, porque esto me estaba volviendo completamente loca. Éramos dos idiotas gruñones que habían decidido tolerarse por una noche.

–De acuerdo, ya que insistes, dejaré que me ayudes –le dije, intentando ignorar la gran pelota de emociones que se me formaba en el estómago y se parecía bastante a la gratitud.

–Tendremos que empezar de cero. Abre una presentación en blanco. –Me echó un vistazo rápido, con una mirada que no pude descifrar.

Desvié la vista e intenté centrarme en la computadora.

Después de unos minutos en silencio, percibí un movimiento por el rabillo del ojo. De inmediato, apoyó algo sobre el escritorio, justo entre los dos.

–Toma. –Lo escuché decir a mi lado.

Bajé la mirada y me encontré con un cuadrado de unos diez centímetros de lado envuelto en papel de aluminio.

–¿Qué es esto? –pregunté.

–Una barrita de granola –respondió sin mirarme y sin dejar de teclear–. Tienes hambre. Cómela

Observé como mis manos se acercaban a la barrita en contra de mi voluntad.

La desenvolví y la inspeccioné. Casera. Tenía que serlo por cómo estaban unidos los copos de avena, las frutas disecadas y las nueces. Escuché un largo suspiro.

–Si me preguntas si está envenenada, te juro que…

–No –murmuré.

Negué con la cabeza y volví a sentir esa extraña presión en el pecho. Le di un bocado y (bendito Dios de la granola) gemí de placer.

–Por el amor de Dios –murmuró el hombre a mi lado.

–Lo siento, ese bocado merecía un gemido. –Engullendo esa dulce y crujiente maravilla, me encogí de hombros

Negó con la cabeza mientras leía el archivo que tenía abierto. Estudié su perfil y me invadió un sentimiento extraño e inédito. Y no tenía nada que ver con sus inesperadas habilidades culinarias. Había algo más, algo cálido y difuso que había percibido hacía unos minutos, y que ahora me hacía querer sonreír. Estaba agradecida.

Edward Cullen, el doble gruñón de Clark Kent, estaba en mi oficina ayudándome y dándome snacks caseros, y yo estaba encantada. Incluso agradecida.

–Gracias. –Se me escapó de los labios, fugitiva.

Se giró para mirarme y lo vi relajarse antes de centrarse en mi pantalla.

–¿Todavía no abriste una presentación en blanco? –dijo, burlón.

Oye. –Se me salió la española que llevaba dentro–. No tienes que ser tan mandón. No todos tenemos super velocidad como usted, señor Kent.

–Todo lo contrario, algunos tienen el superpoder opuesto. –Levantó las cejas.

–Ja. –Puse los ojos en blanco–. Muy gracioso.

–Nueva presentación. Para hoy, si no es mucho pedir. –Volvió a la pantalla.

Esta iba a ser una noche muy larga