Disclaimer: Este fanfic es una adaptación del libro "The Spanish Love Deception" de Elena Armas.
Nada de esto me pertenece, todo es propiedad de Elena Armas y Stephenie Meyer.
Capitulo 4
–Mamá –dije por vez número cien–. Mamá, escúchame, por favor.
No importaba si se lo pedía mil veces más. Mi madre no era buena escuchando, y no se esforzaba nada en mejorar. Solo las personas que le daban un descanso a las cuerdas vocales eran capaces de escuchar.
Suspiré profundamente mientras la voz de mi madre llegaba como una catarata de español a través del teléfono celular.
–Madre –repetí.
–... así que, si vas a decidirte por el otro vestido… ¿Sabes de cuál hablo? –me preguntó sin darme tiempo a responder–. El de seda finita, largo hasta los tobillos. Bueno, como tu madre, tengo que decirte que no te sienta muy bien. Lo siento, Bella, pero eres bajita, y ese corte te hace ver todavía más pequeña. Y el verde tampoco es tu color. No creo que sea apropiado para la madrina de boda.
–Lo sé, mamá. Pero ya te dije…
–Parecerás… una rana con tacones.
Uf, gracias, mamá.
–No importa, porque me pondré el vestido rojo –respondí entre risas
–Ay, –suspiró– ¿por qué no me lo has dicho antes? Llevo media hora hablando de vestidos.
–Te lo dije en cuanto empezaste, pero tú…
–Bueno, creo que me dejé llevar, cariño. –Abrí la boca para confirmarlo, aunque no me dio oportunidad de hacerlo–. Perfecto –continuó–. Es un vestido muy bonito, Bella. Clásico y sexy. –¿Sexy? ¿Qué quiere decir con eso? –. Tus senos entrarán al salón antes que tú. –Ah… ah. Eso quería decir–. El color le sienta muy bien a tu tono de piel, a la forma de tu cuerpo y a tu rostro. No como el vestido de rana.
–Gracias –murmuré–. Creo que nunca volveré a llevar algo color verde.
–Mejor –dijo demasiado rápido como para poder tomarlo como un comentario bien intencionado–. ¿Y tu novio qué se pondrá? ¿Irán combinados?
Papá consiguió una corbata del mismo azul que mi vestido.
–Mamá, sabes que Tan odia eso. Nos pidió específicamente que no fuéramos combinados. –Se me escapó un pequeño gruñido.
Mi hermana había sido muy insistente: nada de parejas combinadas. Hasta la tuve que convencer de que no lo pusiera en las invitaciones. Me llevó mucha energía y paciencia explicarle que no quería ser ese tipo de novia.
–Bueno, dado que yo fui quien parió a la novia y que ya le compré la corbata a papá, creo que tu hermana tendrá que hacer una excepción.
No me sorprende que mi madre sea testaruda. Yo lo era, mi hermana un poco más, ¿pero nuestra madre? Esa mujer había creado el término cabeza dura el mismísimo día de su nacimiento.
–Creo que no le quedará más remedio –admití entre dientes.
Tomé la agenda y agregué a la lista de tareas: Llamar a Tan para advertirle.
–Tengo un cupón online que puedes usar, creo –comentó mamá mientras yo abría la computadora para revisar mi correo–. Aunque puede que no funcione fuera de España. Pero debería, ¿no? Eres mi hija y tienes que poder usar mis cupones sin importar en qué parte del mundo estés. ¿El internet no se inventó para eso?
Abrí un e-mail que contenía la información de reuniones que me habían programado. Un rápido escaneo del mensaje hizo que me diera cuenta de que debería haber colgado con mi madre antes de abrirlo.
–Sí, claro.
–¿"Sí, claro" que internet es para eso o "sí, ¿claro" que usarás el cupón? – inquirió mi madre. Me apoyé contra el respaldo para leer la información adjunta–. ¿Bella?
¿De qué diablos estamos hablando?
–Sí, mamá.
–Vas a tener que revisar el cupón; ya sabes que no soy buena con esto de internet.
–Claro –dije, sin saber bien a qué estaba accediendo.
–¿O ya tiene corbata? –¿Quién? Mi atención regresó a la conversación–. ¿Tiene? –insistió ante la falta de respuesta–. Tu nuevo novio.
Sentí que se me formaban pequeñas gotas de sudor en la frente ante la perspectiva de tener que discutir esto.
Él. El novio que no tenía, pero mi familia creía que sí. Porque se los había dicho. Les había mentido.
De golpe me comieron la lengua los ratones. Esperé a que mi madre cambiara de tema con el estilo caótico y veloz que adoptaba cada vez que yo entraba en pánico.
¿Qué se supone que tengo que responder? "No, mamá. No tiene corbata porque no
existe. Lo inventé, ¿entiendes? Todo para perecer un poco menos patética y sola".
También podría colgar. O decir que estaba ocupada y dar por terminada la conversación. Pero luego me arrepentiría y, la verdad, no creía poder soportar ni un gramo más de culpa. Aparte, mi madre no era estúpida. Se iba a dar cuenta de que pasaba algo. Había salido del útero de esa mujer.
Pasaron algunos segundo más sin que ninguna dijera nada. No podía creer que, por primera vez, la matriarca Swan estuviera esperando mi respuesta en silencio.
Mierda.
Más segundos.
Mierda, mierda, mierda.
Confiesa, decía una vocecita en mi mente. Pero negué con la cabeza y me concentré en las gotas de sudor que rodaban por mi pegajosa espalda.
–Bella –dijo finalmente, con la voz intranquila, preocupada–, ¿pasó algo?
Solo un ser humano horrible y mentiroso podía despertarle esa preocupación.
–No… –Me aclaré la garganta e ignoré la presión en el estómago, que se parecía bastante a la vergüenza–. Estoy bien.
La escuche suspirar. Uno de esos suspiros que te dan una bofetada. Me hizo sentir mal. Podía verla mirándome, negando con la cabeza, con decepción y un
poco de tristeza. Lo odiaba.
–Bella, sabes que puedes contar conmigo si te pasa algo.
La culpa creció y me estrujó el estómago. Me sentía terrible. Y estúpida. Pero ¿qué podía hacer aparte de seguir mintiendo? ¿Decir la verdad era una opción?
–¿Se separaron? Eso tendría sentido porque nunca hablas de él. Lo mencionaste por primera vez el otro día. –Hizo una pausa y me aturdieron mis latidos–. Tu prima Alice hizo un comentario. –Claro que Alice sabía. Todo lo que supiera mamá lo sabía el resto de la familia. Como no le respondí, continuó–:
Dijo que no habías subido ninguna foto con él a Facebook.
–Ya nadie sube cosas a Facebook, mamá –dije con los ojos cerrados y la voz débil por la lucha que estaba teniendo conmigo misma.
–¿Y Prinstanam? O lo que sea que usen los jóvenes ahora. Tampoco has publicado fotos ahí. –Me imaginé a Alice investigando todas mis redes sociales para ver a este hombre imaginario, y frotándose las manos al no haber encontrado nada–. Alice dijo que, si no lo oficializan en Prinstanam, entonces no es serio.
–Se llama Instagram. –El corazón me latió más fuerte.
–De acuerdo. –Volvió a suspirar–. Pero si terminaste con él o él contigo (no me importa quién haya sido) puedes decírnoslo. A papá y a mí. Sé lo mucho que te ha costado tener citas después de… ya sabes, después de Felix.
Ese último comentario fue una puñalada en el pecho. Convirtió la opresión en algo feo y doloroso. Algo que me hizo preguntarme por qué había mentido, por qué me costaba pasar página (como había dicho mi madre) y por qué estaba en este aprieto.
–No has traído a nadie a casa en todos estos años. No nos has contado que habías conocido a alguien. La primera vez que hablaste de él fue cuando nos contaste que ibas a traerlo a la boda. Así que, si estás soltera de nuevo … –un golpe familiar y loso me atravesó el pecho–, está bien.
¿Está bien?
Si en verdad estuviera bien, podría decirle la verdad a mi madre. Tendría la oportunidad de terminar con este circo de mentiras, enterrar la culpa en algún lugar oscuro y profundo, y respirar. Podría decírselo, sí, que ya no estaba en una relación y, por lo tanto, no llevaría a mi (inexistente) novio a España. Que iría a la boda sola. Y que estaba bien. Ella misma lo había dicho. Y puede que tuviera razón. Solo necesitaba creérmelo. Respiré hondo, sentí una ola coraje y me decidí: iba a contarle la verdad.
Ir sola no iba a ser divertido. La lástima y los susurros del pasado iban a ser una tortura. Y eso era poco decir. Pero no tenía otra opción.
El rostro gruñón de Aaron se me vino a la mente. Sin avisar. Definitivamente sin ser llamado. No. Me lo quité de la cabeza. No me había vuelto a mencionar el tema desde el lunes. Habían pasado cuatro días. Y aunque lo hubiera hecho, tampoco cambiaría nada. Estaba sola en esto. Además, no tenía motivos para creer que me lo había propuesto en serio.
Y estaba bien; mamá lo había dicho.
Abrí la boca para contestar, decidida a madurar y dejar de actuar como una mentirosa compulsiva, pero, como siempre, la suerte no estaba de mi lado. Porque las próximas palabras de mi madre mataron mis intenciones antes de que se materializaran.
–¿Sabes?, cada persona es diferente. –Su tono de voz debería haberme dado un indicio de lo que estaba por venir–. Cada uno tiene su propio ritmo para rehacer su vida después de algo como lo que tú tuviste que atravesar. Algunos necesitan más tiempo para recuperarse. Y si todavía no lo lograste, no tienes de que avergonzarte. Felix está comprometido y tú no. Pero eso no importa. Puedes venir sola a la boda, Bella. –Se me retorció el estómago de solo pensarlo–. No digo que Felix haya tenido que rehacer su vida porque, bueno, fue él quien abandonó el barco y salió ileso. –Que me echara esa verdad en la cara solo empeoraba las cosas. Había seguido con su vida alegremente, mientras que yo… yo… me había quedado estancada. Y todos lo sabían. Como si pudiera leerme la mente, continuó–: Todos lo saben, cariño. Y todos lo entienden. Tuviste que atravesar muchas cosas.
"¿Todos lo entienden?".
No, se equivocaba. Todos creían que entendían, pero nadie lo hacía. No se daban cuenta de que esos "pobrecita", "pobre Bella" acompañados por esas miradas de lástima y movimientos de cabeza, como si comprendieran el trauma, el ser incapaz de encontrar a alguien y tener que mentirle a mi familia al respecto. La mera idea de aparecer sola sabiendo que Felix (mi primer amor, ex, hermano del novio y padrino) iba a ir con su prometida hacía que quisiera arrancarme la piel.
Eso solo iba a darles la razón.
Soltera y sola después de haber huido del país con el corazón roto.
Estancada.
Lo había superado, de verdad. Pero, diablos, todo lo que había ocurrido… me destruyó. Y recién ahora me daba cuenta, no porque llevara años soltera, sino porque había mentido y, peor aún, había decidido no retractarme.
"Todos lo entienden. Tuviste que atravesar muchas cosas".
"Muchas cosas" era poco decir.
Nop. No podía. No lo haría. No sería esa Bella delante de toda mi familia, delante de todo el bendito pueblo. Delante de Felix.
–Bella… –pronunció mi nombre de un modo en el que solo una madre puede hacerlo–, ¿sigues ahí?
–Por supuesto. –Me tembló la voz por todos los sentimientos que me estaban atravesando, y me odié por eso. Me enderecé en la silla–. No pasó nada con mi novio –mentí. Mentiras, mentiras y más mentiras. Bella Swan, mentirosa profesional, impostora–. Y lo llevaré, como dije que haría. –Me esforcé para reír, pero no sonó bien–. Te lo hubiera dicho si me hubieras dejado hablar antes de llegar a conclusiones precipitadas y darme sermones.
Silencio al otro lado de la llamada. Solo silencio. Mi madre no era estúpida. Ninguna madre lo era. Si alguna vez me parecía que estaba a salvo, era probable que estuviera equivocada.
–De acuerdo –dijo extrañamente bajo–. Entonces, ¿siguen juntos?
–Sí –mentí de nuevo.
–¿Y vendrá contigo a la boda? ¿A España?
–Correcto.
Una pausa. Las manos me sudaban tanto que, si no hubiera sujetado el teléfono con todas mis fuerzas, se me habría resbalado.
–¿Dijiste que él también vivía en Nueva York?
–Síp.
–¿Es estadounidense?
–Nacido y criado.
–¿Me repetirías su nombre?
Me quedé sin aire. Mierda. No les había dicho un nombre. ¿O sí? Creía que no, pero…
Repasé las opciones a toda velocidad. Desesperada. Necesitaba un nombre. Qué cosa tan sencilla y accesible. Un nombre. Un simple nombre. El nombre de un hombre que no existía, o al que todavía no había encontrado.
–Bella…, ¿estás ahí? –preguntó mi madre. Se rio, parecía nerviosa–. ¿Olvidaste el nombre de tu novio?
–No seas tonta. –Escuché la angustia en mi voz–. Yo…
Una sombra me distrajo. Miré hacia la puerta de mi oficina y, justo como había aparecido en mi vida hacía un año y ocho meses (en el peor momento posible), Edward Cullen se materializó en el umbral y quedó justo en el ojo de la tormenta.
–¿Bella? –Me pareció escuchar a mi madre.
Con solo dos zancadas estaba frente a mí, del otro lado del escritorio, y apoyaba una gran pila de papeles. ¿Qué estaba haciendo? No íbamos a la oficina del otro. Nunca nos molestamos en hacerlo, ni lo necesitamos, ni lo quisimos.
Esos ojos fríos y verdes me miraron. Frunció el ceño, intentando descifrar la crisis existencial que yo estaba atravesando. Que te descubran una mentira es mucho peor que mentir. Unos pocos segundos después, su expresión se tiñó de horror. Vi cómo me juzgaba. De todas las personas que podían entrar a mi oficina en ese momento, tenía que ser justo él.
¿Por qué, Dios? ¿Por qué?
–Edward –me escuché decir, con dolor.
–¿Edward? –repitió mi madre, yo estaba apenas consciente.
–Sí –murmuré y lo miré preguntándome qué diablos quería.
–De acuerdo –dijo mamá.
¿"De acuerdo"?
–¿¡Qué!? –Los ojos se me abrieron como platos.
Edward, que había sumado dos más dos y había entendido perfectamente la conversación, tenía una calma que no debería haberme sorprendido viniendo de él.
–¿Llamadas personales en el trabajo? –acusó, negando la cabeza.
Mi madre, que seguía del otro lado, preguntó:
–¿La voz que se escucha es de él? ¿La de este tal Edward con el que sales?
Me quedé helada. Tenía los ojos y la boca abiertos, lo miré fijamente mientras las palabras de mi madre me resonaban en el cráneo, sin duda vacío, porque ¿Qué diablos acababa de hacer?
–¿Bella? –insistió.
Edward frunció más el ceño y suspiró con resignación, aún de pie al otro lado del escritorio. No se iba. ¿Por qué no se iba?
–Sí –respondí, sin darme cuenta de que ella había tomado esa palabra como confirmación. Debería haberlo sabido, ¿no? –. No –agregué, queriendo retroceder.
Pero luego Edward chistó, volvió a negar con la cabeza y detuvo lo que fuera que estaba por salir de mi boca.
–Yo… –Ay, Dios, ¿por qué hace tanto calor en mi oficina? –. No sé, mamá.
"¿Tu madre?", moduló Edward, sin sonido.
–¿Cómo que no sabes? –preguntó mamá al mismo tiempo.
–Yo... yo... –tartamudeé sin saber a quién se lo decía. Si al hombre gruñón o a mi madre. Sentía que estaba volando en piloto automático un avión que caía en picada a toda velocidad y no podía hacer nada para evitar el impacto. Ninguno de los controles respondía.
–Ay, hija –se rio mi madre–. ¿Es Edward? ¿Sí o no?
Quería gritar. De pronto tenía una necesidad incontenible de llorar o abrir la ventana y arrojar el teléfono hacia el despiadado tráfico de Nueva York. También quería romper algo. Con mis propias manos. Y caminar dando pisotones por la frustración. Todo junto. Quería hacer todo al mismo tiempo.
Los ojos verdes de Edward se llenaron de curiosidad. Inclinó la cabeza mientras me observaba entrar en pánico.
Cubrí el micrófono del teléfono con una mano y, con la voz abatida, me dirigí al hombre que estaba frente a mí:
–¿Qué quieres?
–No, por favor, no permitas que yo (o el trabajo) interrumpamos tu llamada personal. –Negó con una mano en el aire, se cruzó de brazos y se llevó un puño al mentón–. Esperaré a que termines.
Si fuera posible que saliera vapor de mis oídos, una nube negra ya estaría cubriéndome la cabeza.
–Te dejo tranquila, pareces ocupada –supuso mi madre, que seguía en la línea. Miré a Edward y, antes de que pudiera procesar sus palabras, agregó–: Espera a que la abuela se entere de que sales con alguien del trabajo. ¿Sabes qué dirá?
–Donde se come no se caga –respondí sin dudar ni un segundo; mi cerebro seguía en piloto automático. Edward frunció un poco los labios.
–Eso es. –Escuché la carcajada de mi madre–. Te dejaré volver al trabajo. Nos contarás más de él cuando vengan a la boda, ¿de acuerdo?
No, quería decirle. Lo que haré será morirme ahogada en mis propias mentiras.
–Por supuesto, mamá –dije en su lugar–. Te quiero. Dile a papá que también lo quiero.
–También te quiero, cielo. –Y por n colgamos. Me llené los pulmones con el aire que tanto necesitaba, miré al hombre que acababa de complicarme la vida diez veces más y arrojé el teléfono sobre el escritorio como si estuviera quemándome la palma de la mano.
–Así que era tu madre.
Asentí con la cabeza, todavía no era capaz de hablar. Mejor así. Solo Dios sabía las cosas que podían salir de mi traicionera boca.
–¿Todo bien en tu casa?
Suspiré y volví a asentir.
–¿Eso qué significa? –preguntó con lo que parecía genuina curiosidad–. Lo que dijiste en español antes de colgar.
Seguía mareada por esa horrible y catastrófica llamada. Lo que había hecho y cuánto había arruinado todo. No tenía tiempo para jugar a la traductora con Edward, quien, sobre todo, era la última persona con la que quería hablar ahora.
Jesús, ¿cómo lo consigue? Llegó y en solo unos segundos…
Negué con la cabeza.
–¿A ti qué te importa? –estallé.
Se estremeció. Apenas, pero estaba segura de que lo había hecho. Me sentí una idiota y me llevé las manos a la cara para intentar calmarme.
–Lo siento –susurré–. Estoy un poco… estresada. ¿Qué quieres, Edward? – pregunté con la voz más suave y la mirada en el escritorio, fija en cualquier lugar que no fuera él. No quería darle la oportunidad de verme tan… desencajada.
Odié la idea de que me viera tan mal. Si no fuera totalmente inapropiado, me tiraría al suelo, y me escondería debajo del escritorio.
–Imprimí algunos documentos que nos pueden ayudar con los talleres que pensamos. –Como me negaba a mirarlo, solo podía advertir la diferencia en el tono. Su voz es casi amable. Al menos para alguien como él–. Los dejé en tu escritorio.
Ah. Registré el escritorio, los encontré y me sentí todavía más imbécil. Se me revolvió el estómago y experimenté algo demasiado cercano a la desesperación como para sentirme mejor.
–Gracias –murmuré, mientras me masajeaba las sienes con los dedos y cerraba los ojos–. Podrías habérmelos enviado por e-mail. –Si lo hubiera hecho, nos habríamos ahorrado todo esto.
–Siempre resaltas todo a mano.
Lo hacía. Cuando tenía que concentrarme mucho en algo, necesitaba imprimirlo y repasarlo con un rotulador fluorescente en la mano. Pero cómo… ay, diablos. No era la gran cosa que Edward lo haya notado. Probablemente lo había hecho porque creía que era un desperdicio de papel o malo para el medioambiente. Y eso no cambiaba el hecho de que había sido una imbécil por hablarle así.
–Tienes razón, lo hago. Yo… –arrastré las palabras, seguía mirando el escritorio– te lo agradezco. Los leeré el fin de semana.
Sin levantar la vista, tomé la pila de papeles y me la acerqué. No hablamos durante un largo rato. Sabía que seguía parado ahí, como una estatua, sin moverse, solo me observaba. No dijo nada ni me dio un motivo para mirarlo.
Seguí concentrada en los papeles que con tanta gentileza me había impreso. Ese momento se sintió como una gran dolorosa e incómoda cantidad de tiempo, pero justo cuando estaba por perder la extraña batalla y levantar la vista, se fue. Esperé un tiempo prudencial para asegurarme de que se había alejado lo suficiente y… me desmoroné.
Mi cabeza se desplomó contra el escritorio con un golpe seco. No, para ser más precisa, cayó sobre la pila de papeles que me había traído (muy amablemente)
justo antes de que arruinara todo y le dijera a mi madre que mi novio inventado se llamaba Edward.
Gruñí. Todo era horrible y lamentable. Como yo. Golpeé con suavidad la cabeza contra el escritorio. Estúpida. Pum. Idiota, tonta, boba y mentirosa. Pum, pum, pum. Eso era lo peor de todo: no solo era una idiota, también era una mentirosa. Reconocerlo me hizo volver a gruñir.
–Guau. –Se escuchó desde la puerta. Era la voz de Rosie.
Bien. Necesitaba a alguien de confianza para salir un poco de esta locura en la que me había metido y para que me internara en la institución psiquiátrica más cercana. Era incapaz de… comportarme como una adulta.
–¿Todo bien, Bella?
Nop.
Nada de lo que había hecho estaba bien.
–Espera un momento. –Rosie sacudió las manos entre nosotras para que me detenga–. ¿Qué fue lo que le dijiste a tu madre?
Engullí el último bocado de mi sándwich de pastrami y la miré.
–Yo to lo contó –dije sin darme cuenta de que tenía la boca llena.
–Quiero escuchar de nuevo la última parte. –Se inclinó en la silla y sus ojos azules se abrieron bien grandes por la sorpresa–. ¿Sabes qué? ¿Por qué mejor no empiezas de cero? Me debo haber perdido algo. Todo esto me parece demasiado, incluso para ti.
Entrecerré los ojos y le dediqué una sonrisa falsa con dientes en la que estaba segura de que se había colado algún resto del panini. No me importaba que me vieran las personas que estaban en el espacio común del décimo quinto piso, donde estábamos almorzando. De todas formas, a esta hora no eran muchas. Era increíble que una empresa de Nueva York invirtiera todo ese espacio (y dinero, porque la decoración parecía salida de una revista) en hacer un área común de trabajo y recreación para un grupo de adictos al trabajo que no la usaban más que para almorzar. Solo estaban ocupadas un par de mesas a mi derecha, las que estaban más cerca de los ventanales, que iban desde el suelo hasta el techo, claro.
–No me mires así. –Mi amiga hizo pucheros–. Y, por favor, te quiero, pero eso no es algo lindo de ver. Te cuelga una lechuga de la boca.
Puse los ojos en blanco, terminé de masticar y finalmente tragué el bocado.
Por desgracia, el sándwich no me había levantado el ánimo como esperaba. La creciente bola de ansiedad seguía exigiendo comida.
–Tendría que haber ordenado uno más. –Si fuera cualquier otro día, lo hubiera hecho. Pero faltaba muy poco para la boda y estaba intentando cuidar lo que comía.
–Sí, ¿y sabes qué más deberías haber hecho? Contarme esto antes. –Su voz era amable, como siempre, pero sus palabras me erizaron la piel–. Desde el momento en que decidiste inventarte un novio.
Me lo merecía. Sabía que Rosie iba a patearme el trasero (con dulzura) cuando se enterara de que le había ocultado este asunto de decirle a mi familia que tenía novio.
–Lo siento. –Estiré la mano para tomar la de ella–. Lo siento mucho, Rosalie Hale. No debí habértelo ocultado.
–No, no debiste –me reprochó.
–En mi defensa, el lunes iba a contártelo todo, con lujos de detalles, pero me interrumpió ya sabes quién. –No me atrevía a decir su nombre en voz alta porque parecía que eso lo hacía materializarse de la nada. Le apreté la mano–. Para compensarte, le pediré a mi abuela que le prenda una vela a su ejército de santos para que te concedan muchos hijos.
Rosie suspiró e hizo como si lo estuviera considerando.
–De acuerdo, acepto tus disculpas. –Me devolvió el apretón–. Pero, en lugar de muchos hijos, preferiría que me presentaras a alguno de tus primos, ¿podrá ser?
–¿Uno de mis qué? –Retrocedí por la sorpresa, que se reflejó en mi rostro.
–¿El que surfea y tiene un pastor belga? Parece sacado de un sueño. –Su respuesta solo hizo crecer mi sorpresa y el rubor en sus mejillas.
–¿Sacado de un sueño? –Ninguno de los salvajes que tengo por primos puede ser considerado "sacado de un sueño". El color de las mejillas de Rosie pasó a bordo.
¿Cómo puede ser que mi amiga conociera a alguien del clan Swan? A menos que…
–¿Emmett? –farfullé mientras recordaba que le había mostrado algunas de sus historias de Instagram. Pero por Taco, su perro. No por él–. ¿Emmett? ¿El cabeza hueca? –Mi amiga asintió como quien no quiere la cosa y se encogió de hombros–. Eres demasiado buena para él –siseé–. Y Taco también.
–Taco –dijo entre risitas–. Qué nombre tan adorable.
–Rosie, no. –Quité la mano y tomé la botella de agua.
–¿No qué? –La sonrisa seguía ja en sus labios mientras pensaba en mi primo.
Podía suponer las cosas que se imaginaba…
–No, guácala, qué asco, mujer. Es un bárbaro, un bruto. No tiene modales. Deja de soñar con mi primo. –Bebí un sorbo de agua para pasar el mal trago–. Detente o me veré obligada a contarte historias horribles de nuestra infancia y, cuando lo haga, puede que te arruine la imagen que tienes de los hombres en general.
–Si tienes que hacerlo… –Sus hombros se desplomaron–. Igual no va a ayudarme en nada. No necesito ayuda para eso. –Hizo una pausa y suspiró con tristeza. Quise volver a tomarle la mano y decirle que su príncipe azul llegaría algún día. Solo tenía que dejar de elegir imbéciles. Y eso incluía a mis parientes–. Pero antes ¿podemos hablar de tu historia de terror?
Ah. Eso.
–Ya te lo conté todo. –Me miré las manos, que jugueteaban con la etiqueta de la botella–. Te hice un repaso escena por escena. Desde que les dije a mis padres que estaba saliendo con alguien que no existe hasta cuando de algún modo me las ingenié para hacerle creer a mi madre que esa persona se llamaba Edward, por culpa de una cierta persona de ojos verdes que apareció en el momento más inoportuno. –Rasqué con más fuerza y arranqué por completo la etiqueta–. ¿Qué más quieres saber?
–Muy bien, esos son los hechos, pero ¿tú qué piensas?
–¿Ahora? –pregunté y ella asintió–. Que debería haber comprado algún postre.
–Bella… –Rosie apoyó los codos en la mesa y se recargó sobre ellos–. Sabes a lo que me refiero. –Me lanzó una mirada acusadora que, como se trataba de ella, solo era un poco menos amable que su expresión habitual. Sin sonrisa. O una más pequeña–. ¿Qué piensas hacer con todo esto?
¿Cómo rayos voy a saberlo?
Me encogí de hombros y recorrí el espacio común con la mirada: las mesas comunitarias de madera, estilo rústico, viejas y astilladas; los helechos colgantes que adornaban la pared de ladrillos a mi derecha.
–¿Ignorarlo hasta que mi avión toque el suelo español y tenga que explicar por qué mi novio no me acompaña?
–Cariño, ¿estás segura de que quieres hacer eso?
–No. –Negué con la cabeza–. Sí. –Masajeándome las sienes, intenté aliviar un incipiente dolor de cabeza–. No lo sé.
–¿Y si lo consideras? –preguntó, después de procesarlo durante algunos segundos.
–¿A quién? –Mis manos se desplomaron sobre la madera y se me retorció el estómago–. ¿A quién tengo que considerar?
Sabía exactamente a quién, solo que no podía creer que me lo estuviera sugiriendo.
–Edward –me respondió con ánimo.
–Ah, ¿al hijo pródigo de Lucifer? No entiendo para qué debería considerarlo.
Rosie juntó las manos sobre la mesa, como si estuviera preparándose para una negociación, y yo entrecerré los ojos.
–No creo que sea tan malo –tuvo el coraje de decir. Le respondí con un soplido dramático. Puso los ojos en blanco–. De acuerdo, puede que sea… un poco parco, y que se tome las cosas demasiado en serio –señaló, como si la palabra "poco" fuera a mejorar el panorama–. Pero tiene sus cosas buenas.
–¿Cosas buenas? –bufé–. ¿Como qué? ¿El interior de acero inoxidable? –El chiste no causó efecto. Uf, esto iba en serio.
–¿Tan malo puede ser hablar con él sobre lo que te ofreció? Ya que, dicho sea de paso, fue él quien se ofreció.
Sí, muy malo. Porque seguía sin saber por qué lo había hecho.
–Ya sabes lo que opino de él, Rosie –dije con expresión incrédula–. Sabes lo que pasó. Lo que dijo.
–Eso fue hace mucho tiempo, Bella. –Suspiró.
–Sí –admití, desviando la mirada–, pero eso no quiere decir que lo haya olvidado. Que haya ocurrido hace algunos meses no significa que se haya borrado.
–Ya pasó más de un año.
–Veinte meses. –La corregí demasiado rápido como para poder ocultar que había llevado la cuenta–. Casi dos años –murmuré y bajé la mirada hacia el bollo de papel hecho con el envoltorio de mi almuerzo.
–Ese es el punto, Bella –enfatizó con suavidad–. Te he visto darles segundas, terceras y hasta cuartas oportunidades a personas que se equivocaron todavía más. Algunos hasta reincidieron.
Tenía razón, pero como digna hija de mi madre y, por lo tanto, más terca que una mula, le respondí:
–No es lo mismo.
–¿Por qué no?
–Porque no.
Su mirada se endureció; no se conformaría con eso. Mi amiga quería que lo dijera, me obligaría a hacerlo.
De acuerdo.
–¿Qué tal esto? Le dijo a nuestro jefe que prefería trabajar con cualquier otra persona de InTech. En su segundo día aquí. –El recuerdo me hirvió la sangre–. Es importante lo de "cualquiera". Eso incluye a Gerald, ¿entiendes? –No lo había escuchado nombrar a Gerald en particular, pero estaba segura de que sí había escuchado todo lo demás. "Cualquiera excepto ella, Aro. Ella no. No creo que pueda soportarlo. De hecho, ¿está capacitada para ocuparse de este proyecto? Parece joven e inexperta". Eso le había dicho Edward a nuestro jefe por teléfono justo cuando yo pasaba por la puerta de su oficina. Lo oí por casualidad y jamás lo olvidé. Estaba grabado a fuego en mi memoria.
–Hacía dos días que me conocía, Rosie. Dos. –Hice el gesto con el dedo índice y mayor–. Y era nuevo. Llegó y me desacreditó delante de mi jefe. Indirectamente, me echó del proyecto y cuestionó mi profesionalismo. ¿Y por qué? ¿Porque no le caí bien en los dos minutos que hablamos? ¿Porque era joven? ¿Porque sonreía y me reía y no era un cyborg como él? Siempre trabajé duro. Trabajé como loca para llegar a donde estoy. Sabes bien el efecto que pueden tener ese tipo de comentarios. –La voz se me volvió cada vez más aguda a medida que se me subía la presión y comenzaban a palpitarme las sienes.
Todavía temblorosa, respiré hondo para intentar calmarme. Rosie asintió y me miró con la comprensión de la que solo son capaces los buenos amigos. Pero había algo más. Y me daba la impresión de que no iba a gustarme lo que tenía para decir.
–Lo entiendo. De verdad. Lo juro. –Sonrió. Eso era bueno. La necesitaba de mi lado. Y sabía que lo estaba. Rodeó la mesa, se sentó junto a mí y me enfrentó. Oh, oh, eso ya no era tan bueno–. Odio tener que recordártelo –me apoyó una mano en la espalda–, pero ni siquiera querías estar en el proyecto de Sol Verde. No parabas de quejarte de ese cliente. –¿Por qué me busqué una mejor amiga con memoria fotográfica? ¿Cómo podía recordar que me alegré de que me asignaran otro proyecto? –. Y, como dijiste, Edward no te conocía.
Exactamente. Ni se había molestado en conocerme antes de identificarme como un obstáculo y hablar mal de mí con nuestro jefe. Me crucé de brazos.
–¿A dónde quieres llegar, Rosalie?
–A que, sí, te juzgó precipitadamente. –Me dio palmaditas en la espalda–. Pero es verdad que puedes parecer un poco… informal, relajada, espontánea, a veces ruidosa.
–¿Disculpa? –Mi voz ofendida debió haberse escuchado hasta en España.
Suspiré. Mierda.
–Te quiero –dijo con una sonrisa cálida–, pero es la verdad. –Aunque abrí la boca para responderle, no me dio oportunidad–. Eres una de las personas que más trabaja en esta empresa. Eres brillante en lo que haces y además te las ingenias para crear un ambiente de trabajo divertido y relajado. Por eso eres líder de equipo.
–Bueno, me gusta mucho más este abordaje –murmuré–. Continúa.
–Pero Edward no tenía forma de saberlo.
–¿Lo estás defendiendo? –Abrí grandes los ojos–. ¿Tengo que recordarte que las amigas tienen que odiar a los enemigos de sus amigas? ¿Tengo que imprimirte una copia del código de la amistad?
–Bella –movió la cabeza con frustración–, hablemos en serio por un minuto.
–De acuerdo, está bien. Perdóname. Puedes continuar. –Desplomada en la silla, me serené de inmediato.
–Te hizo daño, lo entiendo. Y creo que la situación te molestó lo suficiente como para ignorarlo todo este tiempo.
Sí, me había hecho enfurecer y también me había lastimado. Siempre me molestó la gente que saca conclusiones basadas en apariencias, y eso era justamente lo que Edward había hecho. Y encima me había esforzado por darle el mejor y más cálido recibimiento. No podía creer que me había aparecido en su oficina con un regalo de bienvenida (una taza con una frase graciosa sobre ingenieros). Hasta el día de hoy no entiendo por qué lo hice. Nunca había tenido ese gesto. ¿Y cómo había reaccionado él? Me miró horrorizado, con la boca abierta, como si me hubiese crecido una segunda cabeza, mientras yo hacía chistes como una idiota.
Entonces, escucharlo decir eso sobre mí solo dos días después… me había hecho sentir insignificante y patética. Como si me hubieran apartado del proyecto por no comportarme como una adulta.
–Tomaré tu silencio como confirmación de lo que acabo de decir –dijo Rosie, apretándome el hombro–. Te lastimó y eso no está bien, cariño. ¿Pero vas a odiarlo toda la vida por eso?
Quería decir que sí, pero a esta altura ya no lo sabía, así que evadí su pregunta:
–Tampoco es que haya intentado ser mi amigo. No ha parado de molestarme en todo este tiempo.
Está bien, salvo por esa barra de granola salvadora. Y también por los papeles que imprimió, aunque no tenía por qué hacerlo. Y quizá por el hecho de que el miércoles se había quedado hasta tarde conmigo trabajando en el Día de Puertas Abiertas. De acuerdo, bien, salvo por esas tres ocasiones, no había parado de fastidiarme.
–Tú tampoco has parado –contraatacó–. Los dos son igual de malos. De hecho, hasta es tierno el modo en el que siempre encuentran excusas para tropezarse con el otro y…
–Ay, no. De ninguna manera –la interrumpí, y me giré para mirarla a la cara–. Déjame detenerte aquí antes de que te embarques en esa mierda de las miradas y no sé qué. –Tuvo el valor de reírse a carcajadas. La miré boquiabierta–. Te desconozco.
–Qué ciega estás, cariño –dijo cuando se recuperó.
–No lo estoy. Parece que necesitas que te refresque la memoria, así que déjame explicarte cómo son las cosas. –Levanté el dedo índice–. Desde que lo que escuché decir esas cosas horribles y prejuiciosas sobre mí, nada más y nada menos que a nuestro jefe, su nombre está en mi lista negra. Y sabes que me tomo esa lista muy en serio. Esa mierda está tallada en piedra. –Golpeé un puño sobre la otra palma para enfatizar–. ¿Perdoné a Zayn Malik por irse de One Direction?
–Ay, Dios sabe que no. –Rosie negó con la cabeza, riendo.
–Exacto. Tampoco he perdonado lo que nos hicieron David Benio y D. B. Weiss el 19 de mayo de 2019. –Negué con el dedo índice entre nosotras–. ¿No se merecía algo mejor Daenerys de la Tormenta de la casa Targaryen, madre de dragones? –Hice una pausa para que aportara su opinión–. ¿No lo crees, Rosie?
–De acuerdo, estoy de tu lado en esto –admitió–, pero…
–Sin peros. –La detuve con una mano en el aire–. Edward Cullen está en mi lista negra y allí se quedará. Punto final.
Mi amiga analizó mis palabras, analizando lo que acababa de decir. O de exponer con pasión… como sea. Después se desplomó con un suspiro.
–Solo quiero lo mejor para ti. –Me dedicó una de esas sonrisas tristes que me hacían sentir que la había decepcionado.
–Lo sé. –Como buena abrazadora que soy, me abalancé sobre ella y la envolví con los brazos para darle un buen apretón. A decir verdad, no era ella quien más lo necesitaba. Toda esta situación me estaba consumiendo la vida–. Pero Edward Cullen no es lo mejor para mí. –Disfruté el abrazo, cerré los ojos por uno o dos segundos.
Para sumar a mi angustia, cuando volví a abrirlos, me encontré con una figura que solo podía ser de un hombre.
–Maldita sea, Rosie –susurré con los brazos aún alrededor de su cuerpo mientras hacía contacto visual con el hombre que se acercaba–. Volvimos a invocarlo.
Dio un par de zancadas y se detuvo justo frente a nosotras. Seguíamos abrazadas, así que lo miré por encima del hombro de mi amiga. Edward contempló nuestro abrazo entre pálido y absorto, no estaba segura porque había logrado ocultar lo que pensaba detrás de su infame ceño fruncido.
–¿Qué? ¿A quién invocamos? –La escuché decir a Rosie mientras nos desenredábamos bajo la mirada atenta de Edward –. Ah, a él –susurró. Sin duda la había escuchado, pero no reaccionó y siguió parado frente a nosotras.
–Hola, Cullen. –Forcé una sonrisa de labios apretados–. Qué agradable verte por aquí.
–Isabella. Rosie. –Miró su reloj y luego a nosotras (en especial a mí) con una ceja levantada–. Veo que sigues en la hora de almuerzo.
–Llegó el policía de los almuerzos –murmuré. Su otra ceja se unió a la compañera, que casi llegaba al cuero cabelludo–. Si viniste a dar alguna de tus lecciones sobre cómo convertirse en un robot trabajador, no tengo tiempo.
–De acuerdo –respondió sin más, y se dirigió a mi amiga–. Pero vine a hablar con Rosie.
Ah. Fruncí el ceño. Se me estrujó el estómago.
–¿Sí? –replicó ella.
–Héctor te está buscando. Dijo algo acerca de que un proyecto se estaba por caer porque, a quien llamó Rompemanos, tuvo un ataque –explicó–. Nunca lo había visto tan estresado
–¿Rompemanos Oliver? –Mi amiga se sobresaltó–. Es uno de nuestros clientes. Él… te estrecha la mano con tanta fuerza que puedes sentir cómo se te amontonan los huesos. –Negó con la cabeza–. Pero eso no importa. Ay, mierda. – Juntó algunas cosas: la identificación de la empresa, las llaves de la oficina y su billetera–. Ay, no, no, no. –Una mirada de pánico se apoderó de su rostro–. Eso significa que terminó la reunión. Y me la perdí. Es que todo este desastre con Bella… –Le pellizqué el brazo para que no dijera nada más. Edward reaccionó, si es que entrecerrar los ojos puede tomarse como reaccionar–. Los que tiene con su gato –continuó. Otro pellizco. No tenía un gato y ella lo sabía–. ¿El gato del vecino? –Rosie se sonrojó. No nos miraba ni a mí ni a Edward–. Sí, su vecino Bryan. Sí, eso. El gato de Bryan. El Señor… Gato. –Negó con la cabeza. Edward entrecerró los ojos aún más y me miró mientras Rosie seguía balbuceando su mentira–. Bella le está cuidando el gato a Bryan porque su abuela está enferma, entonces él tuvo que viajar esta semana. Y ya sabes que a Bella le encanta ayudar. –
Asentí con la cabeza despacio, como si su palabrerío hubiera tenido algún sentido.
–¿No eras alérgica a los gatos? –preguntó Edward.
–Sí. –Pestañeé, pasmada–. ¿Cómo lo…? –Me aclaré la garganta. No me importaba. Negué con la cabeza–. Es un gato sin pelo.
–Un gato sin pelo. –Metió las manos en los bolsillos y puso cara de estar procesándolo.
–Como el de Friends –aclaré, intentando sonar relajada–. El gato de Rachel. Un Sphynx. –Lo miré a la cara. No mostraba señales de que entendiera a lo que me refería–. ¿Vives en Nueva York, eres estadounidense y nunca viste Friends? – Nada–. ¿Nunca? Ay, olvídalo.
Se quedó callado y fingí que no nos había atrapado en una mentira descarada.
–De acuerdo, uf –dijo Rosie y nos regaló una sonrisa amplia, con dientes. La falsa–. Tengo que ir a hablar con Héctor urgente.
Me miró como pidiendo disculpas. También me levanté. Me daba miedo quedarme y tener que dar más explicaciones sobre Señor Gato.
–Gracias, Edward, por haber venido a buscarme. Eso ha sido muy –me echó un vistazo– muy amable de tu parte. –Puse los ojos en blanco. Rosie apenas se encogió de hombros–. ¿No, Bella?
Probablemente se creyó muy lista. Pero no.
–El más amable de todos –dije sin emoción.
–De acuerdo. Después hablamos.
Subió rápido las escaleras y nos dejó solos. Un silencio incómodo invadió la sala. Edward se aclaró la garganta.
–Isabella… –dijo.
–¿Qué, Rosie? –lo interrumpí, simulando que mi amiga me estaba llamando. Cobarde, pensé. Pero, después de todo lo que había pasado hoy y de nuestro comienzo accidentado durante la conversación con Rosie, lo último que quería hacer era hablar con él–. Ah, ¿qué me esperas en el elevador? –le grité a mi amiga sin prestar atención a cómo los labios de Edward se apretaban en una línea mientras lo dejaba atrás–. ¡Ya voy! –Volví a girarme mirando por encima de mi hombro–. Lo siento, Cullen, me tengo que ir. ¿Me lo dices por correo? ¿Sí? De acuerdo, chau.
Cuando le di la espalda, vi a Rosie, que estaba presionando con insistencia el botón del ascensor.
–¡Rosalie Hale! –grité, esforzándome para no darme la vuelta y ver el par de ojos verdes que estaba segura de que tenía clavado en la espalda.
