Disclaimer: Este fanfic es una adaptación del libro "The Spanish Love Deception" de Elena Armas.

Nada de esto me pertenece, todo es propiedad de Elena Armas y Stephenie Meyer.

Capítulo 5

Te das cuenta de que no le caes bien al universo cuando, después de una semana laboral extenuante coronada con un viernes catastrófico, se larga a llover a cántaros justo en el momento en el que sales de la oficina.

Me cago en la leche –maldije por lo bajo. A través del vidrio de la enorme puerta de entrada a InTech, se veían las nubes negras que tapaban el cielo y la lluvia que caía con violencia.

Tomé el móvil y consulté la aplicación del clima. La tormenta de verano seguiría sobre Manhattan durante algunas horas más. Perfecto, mejor imposible.

Ya eran más de las ocho de la noche, por lo que quedarme en la oficina a esperar a que parara no era una opción. Necesitaba mi cama. No, lo que de verdad necesitaba era un tubo de Pringles y un pote de Ben and Jerry's, pero hoy no iba a gozar de ese placer. Probablemente terminaría engañando a mi estómago con los restos de verduras que quedaban en mi refrigerador.

Un trueno rugió cerca y me devolvió al desagradable presente. La lluvia caía con más fuerza y se habían sumado ráfagas de viento que movían el agua de un lado a otro.

Todavía en la seguridad del lobby de InTech, tomé del bolso el abrigo liviano que usaba cuando ponía el aire acondicionado a todo lo que daba y me cubrí la cabeza con él, esperando que por arte de magia se convirtiera en una barrera que me protegiera de la lluvia. Por suerte, aunque el bolso que había elegido esa mañana no era el más lindo, era impermeable.

Bajé la vista y vi mis hermosos y nuevos mocasines de gamuza que, a diferencia del bolso, eran preciosos, pero no resistentes al agua. Contemplé su estado impoluto por última vez. Hasta la vista, zapatos de trescientos dólares, les dije con la mirada.

Entonces, empujé la puerta de vidrio y me lancé a la noche oscura y mojada con el abrigo sobre la cabeza. Me llevó solo cinco segundos bajo la lluvia darme cuenta de que para cuando llegara a la línea C, estaría mojada de pies a cabeza.

Fantástico, pensé mientras caminaba deprisa bajo la catarata inclemente. Tengo cuarenta y cinco minutos de viaje hasta la parte de Brooklyn en la que vivo, y los pasaré empapada.

Doblé en la esquina del edificio y otro trueno retumbó sobre mí. Llovía cada vez más y, a medida que el agua se acumulaba en el inútil cárdigan-paraguas, mis pasos se volvían más lentos y torpes. Una ráfaga de viento me pegó el pelo contra la mejilla en una bofetada húmeda. Con el antebrazo, intenté quitarme los mechones mojados de la cara y seguí saltando; pronto me di cuenta de que todo era una pésima idea.

Pisé un charco con el pie derecho y me deslicé hacia delante mientras la otra pierna seguía firme en la acera. Agité las manos, que seguían sujetando el abrigo, para intentar mantener el equilibrio.

Por favor, por favor, por favor, universo. Cerré los ojos para no atestiguar mi propio destino. Por favor, universo, no permitas que esta horrible semana termine así.

Se me deslizó el pie un poco más y contuve la respiración mientras me detenía de manera milagrosa. Abrí los ojos. Estaba cerca de abrirme de piernas por completo, pero seguía de pie.

Antes de que pudiera enderezarme y reanudar mi camino bajo la lluvia, un vehículo se detuvo a pocos metros de mí. Conocía a alguien que tenía un auto de ese azul noche. Sigue caminando, Catalina, me dije mientras seguía con mis saltitos torpes. Por el rabillo del ojo vi que se bajaba la ventanilla del acompañante. Sin acercarme al automóvil, que sospechaba que pertenecía a alguien con quien no tenía ganas de interactuar, me giré hacia el conductor.

Todavía sostenía sobre mí esa prenda estúpida y empapada. Maldito-sea-Dios.

Edward estaba dentro, con el cuerpo inclinado sobre la puerta del acompañante y, aunque podía ver que movía los labios, no entendía lo que decía por el ruido del tránsito, el viento y la lluvia que golpeaba con todas sus fuerzas contra el pavimento.

–¿¡Qué!? –grité en su dirección, sin moverme.

Edward sacudió una mano, probablemente quería que me acercara. Me quedé parada, con los ojos entrecerrados, mojada como si me acabara de dar un chapuzón. Sacudió el dedo índice con violencia. Ay, por Dios, no.

Vi cómo su expresión cambiaba al habitual ceño fruncido mientras decía palabras que no podía oír, pero se veían como "imposible" y "testaruda".

–¡No te escucho! –aullé en medio de la lluvia, todavía quieta en mi lugar.

Sus labios dijeron algo que se veía como "maldita sea", pero bien podía ser "quiero una pera", lo que, a juzgar por su ceño, parecía poco probable.

Puse los ojos en blanco y me acerqué muy despacio, para no volver a resbalarme. De todas las personas en Nueva York, él era la última frente a quien quería caerme.

–Súbete al auto, Isabella. –Pude escuchar la exasperación en su voz, incluso con la furiosa e impiadosa tormenta. Tal como lo sospechaba, no quería una pera–. Isabella –dijo, con toda su mirada verde sobre mí–, entra.

–Soy Bella. –Después de casi dos años de que usara siempre mi nombre completo, sabía que no valía la pena corregirlo. Pero estaba frustrada. Irritada. Cansada. También empapada. Y odiaba mi nombre completo–. ¿Por qué lo haría?

–¿Por qué? –repitió negando con la cabeza, con los ojos abiertos por el desconcierto–. Para un viaje improvisado a Disney. ¿Qué otra cosa podría ser? –

Miré dentro del auto de Edward Cullen con una expresión de genuina confusión–. Isabella –su rostro pasó de la irritación a algo parecido a la resignación–, te llevaré a tu casa. –Estiró los brazos y abrió la puerta del acompañante, como si yo ya hubiese aceptado–. Antes de que te pesques una neumonía o vuelvas a estar a punto de romperte el cuello –agregó la última parte muy despacio.

–Te agradezco. –La sangre se me acumuló en las mejillas. Me reí con dientes.

Intenté alejar la vergüenza que sentía y taparla con una sonrisa falsa–. Pero no hace falta. –Me quedé parada delante de la puerta abierta. El pelo mojado se me había vuelto a pegar a la cara. Finalmente bajé mi estúpido abrigo y comencé a escurrirlo–. Me arreglo sola. Es un poco lluvia, nada más. He sobrevivido todo este tiempo sin romperme el cuello, creo que podré llegar a casa sin problema. Además, no tengo prisa. –Aparte, te estoy evitando desde que te fuiste de mi oficina esta tarde.

Mientras seguía inútilmente escurriendo agua del abrigo, arrugó las cejas y las regresó a su expresión anterior. Estaba procesando mis palabras.

–¿Y el gato?

–¿Qué gato?

–Señor Gato. –Torció la cabeza.

El agua me debió haber lavado el cerebro, porque me llevó unos segundos extra entender de qué estaba hablando.

–El gato sin pelo de tu vecino, al que no eres alérgica –dijo despacio mientras se me iban abriendo los ojos como platos–. De Ryan.

–Bryan. –Desvié la mirada–. El nombre de mi vecino es Bryan

–No importa. –No escuché lo último que dijo, pero sí noté la fila de autos que se formaba detrás del de Edward–. Súbete. Vamos.

–En serio, no hace falta. –Un auto más se sumó a la la–. Señor Gato sobrevivirá un rato más sin mí.

Edward abrió la boca, pero antes de que pudiera decir algo, el sonido repentino de un claxon me asustó, di un pequeño salto y casi caigo junto a él.

–¡Por el amor de Dios! –exclamé.

Giré la cabeza con el corazón en la boca y me di cuenta de que era uno de los infames taxis amarillos de Nueva York. Después de algunos años de vivir y trabajar en la ciudad, había aprendido la lección sobre los conductores enojados, o los neoyorquinos enojados en general: te dirán lo que sienten exactamente cuándo lo sientan. Una ola de malas palabras arrojadas en nuestra dirección avaló mi teoría.

Me di la vuelta justo a tiempo para ver a Edward insultar por lo bajo. Se veía tan furioso como el conductor. Otra vez tocó el claxon (esta vez por mucho mucho más tiempo) me ensordeció y volvió a hacerme saltar.

–Isabella, ahora. –El tono de Edward era serio. Pestañeé por un segundo demasiado largo, estaba mareada por todo lo que sucedía a mi alrededor–. Por favor.

Y antes de que pudiera procesar sus palabras, una figura amarilla nos sobrepasó y nos regaló un furioso "¡Imbéciles!" acompañado por un último golpe de claxon. Esas palabras (el "por favor" de Edward y el "imbéciles") hicieron que me metiera en el auto. Con una velocidad impresionante, me desplomé en el asiento de cuero, que hizo un chillido, y cerré fuerte la puerta.

El silencio nos envolvió de inmediato, solo se escuchaba el ruido ensordecedor de la lluvia contra el techo del auto y el rugido apagado del motor que nos llevaba a través del caos que era el tráfico de Nueva York.

–Gracias –murmuré y me abroché el cinturón. Me sentía muy incómoda.

Gracias a ti –respondió Edward con los ojos fijos en el camino–, por no hacerme bajar para meterte en el auto por la fuerza.

Me imaginé esa secuencia. Sus palabras me tomaron con la guardia baja. Abrí los ojos como platos y rápidamente los entrecerré.

–¿Y cómo se te ocurre que eso podría haber sido una buena idea?

–Tenía mis dudas, créeme.

Su respuesta no tenía sentido. Y, por algún motivo, hizo que el calor me subiera a las mejillas. De nuevo.

Aparté la mirada y me concentré en la dinámica anárquica de los autos.

Intenté enderezarme en el asiento, incómoda, pero me detuve en seco al escuchar los ruidos extraños que hacía mi ropa mojada contra el cuero.

–Este… –comencé, mientras me acomodaba en el borde y estiraba el cinturón de seguridad, lo que solo provocó más ruidos–. Qué lindo auto. –Me aclaré la garganta–. ¿Tienes un aromatizante con olor a auto nuevo y cuero? –Sabía que no era así, el interior estaba impecable.

–No.

Seguí moviéndome hasta llegar casi al final del asiento y, por supuesto, hubo más ruidos extraños. Volví a aclararme la garganta. Enderecé la espalda y abrí la boca, pero no salió nada. Solo podía pensar en que mis prendas debían estar arruinando la tela más cara que hayan tocado jamás. Era una mala idea. No me debería haber subido a su auto. Tendría que haber caminado.

–Isabella –me llamó Edward a mi izquierda–, ¿alguna vez anduviste en auto?

–¿Qué? Por supuesto. ¿Por qué lo preguntas? –Fruncí el entrecejo desde mi posición en el borde del asiento del copiloto, con las rodillas tocando el tablero.

Analizó mi postura. Ah–. Bueno, para que lo sepas –agregué rápido–, siempre me siento así. Me encanta verlo todo de cerca. –Fingí estar concentrada en el tránsito–. Me encaaaanta la hora pico. Es tan…

Frenó de golpe y todo mi cuerpo se fue para delante tan de repente que cerré los ojos por acto reflejo. Ya me imaginaba el sabor del plástico que cubría las delicadas líneas del tablero y de los lujosos detalles de la madera. Pero algo me detuvo a mitad de camino.

–Jesús. –Escuché que murmuró.

Abrí un ojo y pude ver al camión de reparto que se nos había cruzado.

Después abrí el otro ojo y, cuando bajé la mirada, descubrí el motivo por el que mi cara no estaba estampada en la superficie pulida del tablero. Una mano. Una grande. Con los cinco dedos abiertos sobre mis clavículas y, bueno, mi pecho.

Antes de que pudiera pestañear, me estaba empujando hacia atrás. Un concierto de chillidos acompañó el movimiento hasta que toda mi espalda estuvo contra el respaldo.

–Quédate ahí. –La orden llegó desde la izquierda mientras sus dedos me calentaban la piel a través de la fina blusa–. Si te preocupa el asiento, es solo agua. Se secará.

Sus palabras no me dieron seguridad porque sonaba tan enfadado como hacía unos minutos. O quizá más. Apartó la mano con un movimiento enérgico y firme.

Tragué con fuerza y tomé el cinturón de seguridad, en el sitio que había ocupado su mano.

–No quiero arruinarlo.

–No lo harás.

–De acuerdo. –Lo observé de costado. Tenía la mirada ja en el camino y le disparaba rayos al responsable de esa maniobra tan peligrosa–. Gracias.

Nos pusimos en marcha de nuevo. El silencio invadió el auto. Él seguía concentrado en su tarea y yo pude distraerme. Me sorprendí a mí misma cuando recordé lo que Rosie me había dicho más temprano: "No creo que Edward sea tan malo". Pero ¿por qué esa idea había esperado hasta ahora para aparecer y sonar fuerte y claro en mi cabeza? Tampoco era que el señor Simpatía estuviera siendo más agradable de lo que solía ser. Aunque acababa de salvarme de la lluvia. Y de un buen golpe en la cabeza. Suspiré en silencio y me maldije por lo que estaba por

hacer.

–Por cierto, gracias por imprimirme esos papeles –dije despacio, luchando contra el impulso de retractarme de inmediato. No lo hice. Podía ser diplomática. Al menos por ahora–. Fue muy amable de tu parte, Edward. –La última parte me estremeció, admitirlo me dejó un sabor raro en la boca. Me giré para mirarlo y me encontré con su perfil definido. Vi cómo relajaba un poco la dura línea de la mandíbula.

–De nada, Isabella. –Siguió mirando el camino.

Guau. Mírennos. Podemos ser… civilizados.

Antes de que pudiera continuar, un escalofrío me recorrió la espalda y me hizo temblar. Me abracé por la cintura con la esperanza de calentarme por debajo de la porquería empapada en la que se había convertido mi ropa.

Las manos de Edward se dispararon hacia la consola para encender la calefacción de mi asiento. De inmediato sentí el placer del aire caliente que me acariciaba los brazos, las piernas y los tobillos, cada vez más cálidos.

–¿Mejor?

–Mucho mejor. Gracias. –Lo miré y le sonreí. Giró la cabeza y me miró a los ojos con una expresión escéptica, como si estuviera esperando a que agregara algo. Puse los ojos en blanco–. No dejes que todo este agradecimiento se te suba a la cabeza, Cullen.

–No me atrevería. –Soltó una mano del volante y juraría que percibí un rastro de humor en su voz–. No sé si debería disfrutarlo o si debería preguntarte si te sientes bien.

–Es una buena pregunta, pero no sé si puedo responderla. –Me encogí de hombros tratando de no responder lo primero que se me viniera a la cabeza. Suspiré–. Honestamente… Estoy mojada hasta los huesos, hambrienta y cansada. Si fuera tú, lo disfrutaría.

–¿Tan malo fue tu día? –La pizca de humor se había esfumado.

–Más bien toda la semana fue mala. –Sentí el comienzo de otro escalofrío y me hundí más en el calor del asiento.

Edward me respondió "mmhmm", un sonido profundo que retumbó.

–Puede que no te sorprenda, pero he estado cerca de matar a varias personas esta semana –confesé, aprovechando la tregua como una oportunidad para desahogarme con él–. Y tú ni siquiera has encabezado la lista.

Lanzó un bufido suave. Considerando la tregua, creo que estaba autorizada a admitir que me sentía más a gusto. Sonreí.

–Yo… –dijo como si estuviera considerando algo– tampoco sé cómo tomármelo. ¿Debería estar ofendido o agradecido?

–Pueden ser ambos, Cullen. Además, el día aún no ha acabado. Todavía puedes pelear por tu merecido puesto número uno en el ranking de las personas que más despiertan mi instinto asesino.

Nos detuvimos en un semáforo. Edward giró la cabeza lentamente. Su expresión relajada, la más calma que le había visto hasta el momento, con los ojos de bosque despejados, me tomó con la guardia baja. Nos observamos por dos o tres largos segundos. Otro escalofrío me recorrió el cuello. Culpé a la ropa mojada. Sin desconcentrarse y, como si tuviera ojos al costado de la cabeza, dobló la esquina cuando el semáforo se puso en verde.

–Voy a necesitar indicaciones a partir de ahora.

Confundida, giré la cabeza en la dirección contraria. Me concentré en la ancha avenida por la que estábamos transitando.

–Ah –murmuré–. Ya estamos en Brooklyn.

Había estado tan… distraída que me había olvidado de decirle dónde vivía.

Aunque no estaba tan desorientado. Para nada.

–Vives por aquí, ¿no? En el norte de Brooklyn.

–Sí –balbuceé–. En Bed-Stuy –confirmé con un movimiento de cabeza–. Pero… ¿cómo sabías?

–Te vives quejando. –¿Qué? Parpadeé esperando la explicación–. ¿Por aquí vamos bien o tengo que doblar? –continuó.

Me aclaré la garganta y me tropecé con mis palabras:

–Sí, sigue por la calle Humboldt, yo te digo cuándo doblar.

–De acuerdo.

–¿Así que me quejo? –mascullé sujetándome fuerte de mi asiento. Entré en calor de golpe.

–Por el viaje al trabajo –respondió con calma. Abrí la boca, pero continuó–: Mencionaste que tienes cuarenta y cinco minutos de viaje para llegar hasta tu casa en Brooklyn. –Hizo una pausa a propósito–. Te quejas por eso casi todos los días.

Cerré los labios con firmeza. Me quejaba, sí, pero no con él. Lo hacía con todo el resto. Si bien puede que la mitad de las veces estuviera cerca, nunca pensé que pudiera interesarle lo que yo tenía para decir en cuestiones que no tuvieran que ver con el trabajo. O que tuvieran que ver conmigo en general–. ¿Quiénes me robaron los primeros puestos? –Su pregunta me sorprendió–. En la lista de personas que has querido asesinar esta semana.

–Eh… –dudé, sorprendida de que le interesara tanto como para preguntar.

–Quiero saber contra quién compito –dijo, e hizo que mi cabeza girara de golpe en su dirección. Es justo.

¿Eso fue un chiste? Ay, por Dios, sí lo fue, ¿no?

–Déjame ver… –Estudié su perfil y sonreí con cautela. Sabía jugar a este juego–. Bien. Aro. –Empecé a contar con los dedos–. Mi prima Alice. –Otro dedo–. Y Gerald. Sí, definitivamente él también. –Dejé caer las manos en mi regazo. –Ey, mira eso; no llegaste ni a los primeros tres, Cullen. Felicitaciones. – Mi sorpresa era genuina. Vi cómo fruncía el ceño.

–¿Qué problema tienes con tu prima?

–Ah, nada. –Sacudí la mano en el aire, pensé en mi conversación con mi madre y en los comentarios que había hecho la aspirante a Sherlock cuando no encontró evidencia fotográfica de mi novio inventado–. Un poco de drama familiar.

Edward se quedó pensando durante un largo rato. Conducía en silencio. Usé ese tiempo para mirar las borrosas calles de Brooklyn a través de las gotas que resbalaban por la ventanilla del acompañante.

–Gerald es un idiota –armó el hombre que estaba en el asiento del conductor. Lo miré con los ojos abiertos como platos. Su perfil era rígido, serio. Creo que nunca lo había escuchado insultar a alguien–. Un día le van a dar su merecido. Me sorprende que todavía no haya ocurrido, la verdad. Si fuera por mí… –Negó con la cabeza.

–Si fuera por ti, ¿qué? –Se le tensó la mandíbula. No respondió, así que desvié la mirada y observé el tránsito. Esta conversación no tenía sentido. Y tenía muy poca energía como para intentar seguir el hilo–. Está bien. No es la primera vez que me pasa algo así con él.

–¿Qué quieres decir? –dijo con un tono extraño que intenté ignorar.

–Que no ha sido muy amable ni amistoso desde que me ascendieron – respondí con tanta honestidad como pude, sin entrar en detalles. No quería que sintiera pena ni compasión. Me encogí de hombros y golpeé las palmas contra mi regazo–. Es como si no pudiera aceptar que alguien como yo tenga el mismo puesto que él.

–¿Alguien como tú?

–Sí. –Exhalé profundo y mi respiración empañó la ventanilla por un segundo–. Una mujer. Primero pensé que se comportaba así porque era la más joven y por eso desconfiaba. Eso hubiese tenido sentido. Después, se me ocurrió que podría tener algún problema con que fuera extranjera. Sé que algunos de los muchachos se burlan de mi acento. Una vez escuché a Tim llamarme Sofía Vergara como burla. Lo que, en realidad, me pareció un cumplido, sobre todo porque no tengo ni la mitad de las curvas y el carisma de esa mujer, así que no fue lo peor del mundo que me compararan con ella. No lo digo porque no me guste mi cuerpo. Estoy bien… como soy. –Normal. Sin gracia. Y era verdad. Todas mis características eran bastante estándar en el pueblo del que venía. Pelo castaño y ojos color café. Más bien baja. Ni gorda ni delgada. Caderas anchas, busto relativamente pequeño. Éramos millones las mujeres a las que nos podían describir de ese modo. Era… una más–. No me molestaría perder algunos kilos para la boda, pero no creo que mis métodos estén funcionando.

Emitió un sonido que hizo que me diera cuenta de que no solo había hablado de más, sino que me había ido por completo de tema, y mi interlocutor era Edward, que no entendía nada de conversaciones superficiales.

–En fin –me aclaré la garganta–, a Gerald no le gusta que ocupe el lugar que ocupo, y no tiene nada que ver con que sea joven ni con que sea española. Pero así funciona el mundo, y seguirá siendo así hasta que deje de girar.

Más silencio. Lo miré, me daba curiosidad saber en qué estaba tan concentrado que no intentaba corregirme ni me decía que dejara de quejarme o que no le importaba lo que tenía para decir. Parecía enojado. De nuevo. Tenía la mandíbula rígida y el ceño fruncido. Con el rabillo del ojo vi la intersección de mi calle.

–Ah, gira en la próxima, por favor –le indiqué y desvié la mirada de su rostro–. Es en esa esquina.

Siguió mis indicaciones en silencio. Todavía parecía molesto por algo de lo que había dicho. Por suerte vi mi edificio antes de que abriera mi bocota y se lo preguntara.

–Ahí. –Señalé con el dedo–. El edificio a la derecha. El que tiene la puerta bordó.

Edward frenó y estacionó en un lugar que mágicamente estaba libre, justo en la puerta de mi edificio. Parecía que nos había estado esperando. Observé su mano derecha apagar el motor. El silencio inundó el vehículo.

Tragué con fuerza y miré a mi alrededor. Intenté concentrarme en las brownstones, esas casas características de este lado de Brooklyn; en los pocos árboles que había distribuidos en la acera; en la pizzería de la esquina, donde solía comprar comida cuando no tenía ganas de cocinar o tenía mucha hambre; me concentré en todo salvo en la forma en que el silencio me oprimía el pecho y en cómo esa opresión aumentaba a medida que pasaba más tiempo dentro del auto.

Jugueteando con el cinturón de seguridad y sintiendo que el calor se me subía a las orejas sin razón, dije:

–De acuerdo, voy a…

–¿Has pensado en mi propuesta? –me interrumpió.

Mis dedos se quedaron congelados sobre el cinturón. Levanté la cabeza, muy despacio, hasta que quedamos cara a cara.

Por primera vez desde que había metido mi abatido trasero en su auto, lo miré de verdad. Lo estudié por completo. La luz tenue de mi calle iluminaba su perfil.

La tormenta había parado, pero el cielo seguía oscuro y furioso, como si esto solo fuera la calma antes del huracán.

Estábamos bastante a oscuras, no podía saber si sus ojos tenían ese tono de verde profundo que me indicaba que hablaba en serio (esperaba que no fuera así) o del verde claro que anunciaba una batalla. Lo único que podía notar era que sus hombros estaban tensos. Un poco más anchos de lo habitual. Hacían que el coche pareciera demasiado pequeño. Todo su cuerpo se había expandido. Incluso la distancia entre su asiento y el volante era mayor de lo habitual, tanto que cabía otra persona. Cuando empecé a preguntarme qué diría si le proponía sentarme en su regazo para comprobar mi teoría, Edward se aclaró la garganta, creo que dos veces.

–Isabella. –Volvió a atraer mi atención.

–¿Quieres…? –Me fui apagando, un poco agitada por haberme imaginado sobre su regazo. Soy una ridícula–. ¿Necesitas hacer pis o algo?

Frunció el ceño, se acomodó en el asiento y se inclinó hacia mí.

–No. –Me miró con extrañeza–. Probablemente me arrepienta de preguntarlo, pero ¿por qué crees que lo necesito?

–Estás estacionado en mi cuadra. En la puerta de mi edificio. Creí que quizá necesitabas ir al baño. Y, para ser honesta, estaba deseando que no fuera para el número dos.

Inhaló hondo, infló el pecho y dejó salir el aire.

–No, no necesito ir al baño. –Me analizó como si no pudiera descifrar qué estaba haciendo ahí, en su auto. Y yo me preguntaba exactamente lo mismo–. ¿Cuál es tu respuesta?

–¿Mi respuesta? –Me quedé helada.

–A lo que te propuse. ¿Lo has pensado? Y, por favor, deja de fingir que no lo recuerdas.

Maldita sea, esas palabras de nuevo.

El corazón me dio un vuelco y se detuvo un segundo por el espanto.

–No estoy fingiendo –murmuré, haciendo lo que acababa de pedirme que no hiciera.

En mi defensa, tenía que ganar algo de tiempo para poder saber cómo… lidiar con esta situación. Y, todavía más importante, intentar entender por qué. ¿Por qué se ofrecía? ¿Por qué insistía? ¿Por qué se molestaba? ¿Por qué él creía que podía ayudarme? ¿Por qué sonaba honesto? ¿Por qué…? ¿Por qué?

Esperaba que hiciera algún comentario sarcástico o que pusiera sus ojos verdes en blanco porque me estaba haciendo la tonta. Incluso esperaba que retirara la oferta porque era evidente que me estaba haciendo la difícil a propósito, y él no solía tener paciencia para esas cosas. Me quise convencer de alguna de esas cosas, pero de todo lo que pensaba que podía llegar a suceder, hizo lo único para la que no estaba preparada:

–Te acompañaré a la boda de tu hermana –dijo con un suspiró abatido.

Parecía que estaba dispuesto a repetirlo las veces que fueran necesarias hasta que le diera una respuesta. Como si estuviera ofreciendo algo supersencillo, que se podía responder sin pensarlo demasiado. Como si me estuviera diciendo: "¿Vas a querer postre, Bella?". "Sí, claro, quiero una porción de tarta de queso. Muchas gracias".

Por el contrario, su propuesta no era para nada sencilla y era lo más lejano a la tarta de queso que podía imaginar.

–Edward –le lancé una mirada–, no puedes estar hablando en serio.

–¿Por qué no?

¿Qué tal por todo?

–Bueno, para empezar, tú eres tú. Y yo soy yo. Somos nosotros, Edward. No puedes estar hablando en serio –repetí.

–Estoy hablando muy en serio, Isabella.

Pestañeé. De nuevo. Y me reí con amargura.

–¿Es un chiste, Cullen? Sé que el humor no es una de tus fortalezas, pero déjame decirte que no deberías aventurarte a hacer chistes si no tienes bien en claro qué cosas son graciosas y cuáles no. Así que voy a ayudarte: esto no es gracioso. –Lo miré directamente a los ojos.

–No estoy bromeando. –Frunció el ceño.

Me quedé mirándolo un buen rato. Nop. No. No podía no estar bromeando. No podía decirlo en serio. Me llevé las manos al pelo, enredado y húmedo. Me lo corrí hacia atrás con un movimiento enérgico. Estaba lista para irme y, sin embargo, no podía moverme de mi lugar.

–¿Tienes otra opción? ¿Una mejor que yo? –Sus preguntas dieron justo en el clavo al que asumo que había apuntado cuando vio el modo en el que se me cayeron los hombros, abatidos–. ¿Tienes alguna otra opción?

No, no la tenía. Y que estuviera siendo tan terminante no me hacía sentir mejor. Mis mejillas entraron en calor y me quedé en silencio.

–Lo tomaré como un no –dijo–. No tienes a nadie.

Eso se sintió bastante parecido a una patada en la boca del estómago. Intenté con todas mis fuerzas que el dolor no se me notara en el rostro… de verdad lo intenté. No quería que Edward Cullen tuviera ni una pista de lo tonta y patética que me habían hecho sentir sus palabras. Qué sola debía estar para que mi única opción fuera un compañero de trabajo al que ni siquiera le caía demasiado bien.

Pero no estaba equivocado. Y por mucho que me doliera admitirlo, era verdad que no tenía a nadie. Solo a Edward. Él (y solo él) conformaba mi lista de opciones, en un mundo en el que consideraría llevarlo a él como mi novio falso.

A menos que…

Ay, por Dios. Mierda. ¿Se había dado cuenta de lo que había ocurrido en mi oficina? ¿Entendió que le había dicho a mi madre que el nombre de mi novio era Edward? No. Negué con la cabeza. No había forma. Imposible.

–No entiendo por qué estás haciendo esto –le dije, creo que fue lo más honesto que le había dicho en toda mi vida. Suspiró y dejó escapar el aire muy de a poco.

–Y yo no entiendo por qué te cuesta tanto creer que puedo hacerlo.

–Edward –dejé salir una risita sofocada–, no nos llevamos bien. Y está bien, porque no podríamos ser más… diferentes. Incompatibles. Y si a duras penas conseguimos compartir el espacio por más de unos pocos minutos sin ser sarcásticos o querer arrancarnos la cabeza, ¿por qué piensas que esto es una buena idea?

–Nos llevamos bien.

Tuve que contener una risa.

–De acuerdo, eso sí fue gracioso. Buen trabajo, Cullen.

–No estoy bromeando. –Frunció el ceño–. Y soy tu única opción –disparó otra vez. Maldita sea. Seguía teniendo razón. Apoyé la espalda contra la puerta cerrada del acompañante mientras él seguía resoplando–. ¿Quieres ir sola a la boda? Porque soy el único que puede evitarlo.

Uff, en verdad pensaba que estaba desesperada y que no tenía escapatoria. Sí, dijo una voz en mi cabeza, porque estás desesperada y no tienes escapatoria.

–De acuerdo –murmuré–. Digamos que te sigo el juego con esta idea ridícula. ¿Qué ganas si acepto tu oferta? –Me crucé de brazos y me di cuenta de que la ropa, todavía mojada, se me había pegado al cuerpo–. Te conozco, y sé que no haces cosas solo por hacerlas. Debes tener alguna motivación. Una razón. Un objetivo. Tienes que querer algo a cambio; si no, jamás me ayudarías. No eres ese tipo de persona. Al menos no conmigo.

Edward inclinó la cabeza hacia atrás de un modo casi imperceptible, pero yo sí pude notarlo. Se quedó en silencio por un largo momento, y casi pude escuchar cómo chirriaban los engranajes de su cerebro.

–Podrías hacer lo mismo por mí –dijo finalmente.

¿Lo mismo?

–Tendrás que ser más específico, Cullen. ¿Tu hermana también se casa? – Hice una pausa–. ¿Tienes hermanos? No tengo idea, pero bueno, supongo que eso no importa tanto ahora. ¿Quieres que sea tu cita en alguna boda?

–No –respondió. No sabía si se refería a los hermanos. Así que continuó–: No para una boda, pero necesito una pareja.

¿Una pareja? ¿Por qué sonaba tan… tan… diferente cuando me lo pedía él? ¿Por qué sonaba tan tremendamente diferente cuando era Edward el que necesitaba a alguien y no yo?

–Yo… –Me detuve, me sentía mal por un motivo que no entendía–. ¿Necesitas una cita? –Lo señalé–. ¿Tú? ¿Una mujer que finja ser tu cita?

–No tengo intenciones de aparecer con un chimpancé, como sugeriste. Así que sí, una mujer. –Hizo una pausa, comenzaba a fruncir el entrecejo–. Tú.

Cerré la boca y volví a abrirla en un círculo, probablemente me veía como un pez.

–Entonces quieres que yo –me señalé– finja ser tu cita.

–No dije eso…

–¿No tienes novia? –lo interrumpí, la pregunta brotó de mi interior.

–No. –Cerró los ojos un instante y negó con la cabeza solo una vez.

–¿Ni siquiera alguien con quien sales? –Volvió a negar con la cabeza–. ¿Algo ocasional?

–No. –Suspiró.

–Déjame adivinar. No tienes tiempo para esas cosas…

Me arrepentí en cuanto lo dije, pero me daba mucha curiosidad. Así que, quizá si respondía, no me arrepentiría por completo.

Se encogió de hombros y relajó un poco la espalda, como aceptando que, o me respondía por las buenas, o le sacaría las palabras por las malas.

–Tengo tiempo, Isabella. Tengo mucho tiempo, de hecho. –Incluso en la oscuridad del auto pude verle los ojos verdes profundo, que me atravesaban con una honestidad para la que no estaba preparada–. Solo que lo estoy reservando para alguien que valga la pena.

De acuerdo, eso era increíblemente presumido. También algo engreído. Y, para mi sorpresa… sexy.

Guau. Negué con la cabeza. Nop. La única palabra con s con la que podría describir a Edward Cullen era… sarcástico. Soberbio. Sospechoso. Serio. Quizá hasta seco. Pero no sexy. Nop.

–¿Por eso no tienes pareja? –Me esforcé por sonar fría e indiferente–. ¿Por qué tus estándares son tan altos como un rascacielos?

–¿Por eso tú no tienes con quién ir a la boda? –devolvió sin perder un segundo.

–Yo… –Ojalá ese fuera el motivo y no pura estupidez y ser una mentirosa compulsiva sin instinto de autopreservación–. Es complicado, pero tengo mis motivos. –Dejé caer las manos sobre mi regazo y mantuve la vista fija en el tablero.

–El que diga que hace las cosas sin motivo, miente.

–¿Entonces cuál es tu motivo? –pregunté sin quitar los ojos del plástico negro y suave que recubría el interior del auto–. ¿Qué te lleva a pedirme a mí en particular que finja ser tu pareja?

–Es una larga historia. –Aunque no lo estaba mirando, pude sentir que exhalaba. Parecía tan cansado como yo–. Es un compromiso social. No puedo prometerte que vaya a ser divertido, pero es por una buena causa. –Hizo una pausa. No hablé, me limité a procesar los escasos indicios que me había dado–. Te contaré todos los detalles si aceptas, claro.

Giré la cabeza en su dirección y noté que me observaba con esos ojos verdes que tenía. Una parte me deseaba, y otra se mantenía expectante. Que me ofrezca la posibilidad de saber algo sobre su desconocida (y posiblemente inexistente) vida personal era una buena carnada. Sabía muy bien que quería saber más. Bien jugado, Cullen.

–¿Por qué yo? –pregunté, como una estúpida polilla que se acerca demasiado a la luz–. ¿Por qué no otra persona?

–Porque, si algo he aprendido durante los meses que compartimos, es que eres la única mujer que conozco que está tan loca como para hacer algo así –respondió sin vacilar ni desviar la mirada–. Y puede que tú también seas mi única opción.

No lo tomé como un cumplido porque no lo fue. Acababa de llamarme "loca". Pero, mierda, algo (algo en la manera en que lo dijo, algo en este día tan raro y en el modo inesperado en el que se habían desencadenado los hechos para dejarme en claro que, al igual que yo, él también necesitaba a alguien) me había hecho bajar la guardia.

–Sabes que tendrías que pasar todo un fin de semana en España conmigo, ¿no?

–Sí –asintió.

–¿Y a cambio solo quieres una noche? ¿Una sola noche de fingir que soy tu pareja?

Volvió a asentir y, esta vez, algo se endureció en su mirada. Cerró la mandíbula y sus labios formaron una línea firme. Conocía esa expresión, con la que tantas veces había discutido.

–¿Tenemos un trato? –dijo finalmente.

¿Nos habíamos vuelto locos? Nos miramos en silencio mientras yo masticaba una respuesta. Mis labios se movían sin emitir sonido, hasta que logré hablar:

–De acuerdo. –Sí, sin duda nos habíamos vuelto locos–. Trato hecho.

–Trato hecho –repitió y una sonrisa le atravesó el rostro.

Sí, locos de remate.

Este pacto era un territorio desconocido para nosotros. De pronto, el aire pareció tan espeso que me costaba respirar.

–Está bien. De acuerdo. Bueno. –Pasé un dedo por la superficie impecable del tablero–. Entonces tenemos un trato. –Sentí cómo mi ansiedad se multiplicaba a cada segundo que pasaba dentro de ese auto, y me dediqué a inspeccionar una partícula de polvo imaginaria–. Tenemos que discutir un montón de detalles. – Para empezar, el hecho de que iba a tener que fingir ser mi novio y no solo mi acompañante. O el hecho de que iba a tener que fingir estar enamorado de mí–. Pero concentrémonos en tu asunto primero. ¿Cuándo es este compromiso con el que voy a ayudarte?

–Mañana. Pasaré a buscarte a las siete.

–¡¿Mañana?! –Me quedé helada.

–Sí. –Se acomodó en su asiento para alejarse de mí–. Tienes que estar lista a las siete. En punto –enfatizó. Estaba tan… sorprendida que ni siquiera puse los ojos en blanco cuando siguió dando órdenes–. Sería ideal que te pusieras un vestido de gala. –Encendió el auto con la mano derecha–. Ahora ve a descansar, Isabella. Es tarde y se nota que necesitas dormir un poco. –Su mano izquierda se desplomó sobre el volante–. Mañana hablaremos del resto.

Por algún motivo, sus palabras recién me llegaron al cerebro cuando cerré la puerta del edificio, y solo pude terminar de procesar su significado cuando escuché el motor de su auto acelerar y desaparecer de a poco.

Tenía una cita. Una cita falsa. Con Edward Cullen. Y necesitaba un vestido de gala.

NOTA:

Por fin cerraron el trato y Edward va a acompañarla a la boda de Tanya.

Las actualizaciones van a ser de un capítulo por día, puede que en ocasiones suba dos.

Espero que les esté gustando esta adaptación.