Disclaimer: Este fanfic es una adaptación del libro "The Spanish Love Deception" de Elena Armas.

Nada de esto me pertenece, todo es propiedad de Elena Armas y Stephenie Meyer.

Capítulo 6

No iba a entrar en pánico. Nop.

Mi apartamento parecía un campo de batalla, pero yo estaba relajada. ¿La explosión que había ocurrido en mi armario?

Prácticamente controlada.

Me miré en el gran espejo colocado contra una de las paredes de mi monoambiente. Este iba a ser el último vestido que me probara, me había prometido. No era que no tuviera nada para ponerme; mi problema era mucho más sencillo. El origen de la crisis (y hasta ahora, el mayor dolor de cabeza del mes, que teniendo en cuenta todo lo que me había ocurrido, era mucho decir) era que no sabía para qué me estaba vistiendo.

"Tienes que estar lista a las siete. En punto. Sería ideal que te pusieras un vestido de gala".

No tenía ni la menor idea de por qué no había insistido para que me diera más detalles. Pero era un error al que ya estaba acostumbrada. Así era como solía abordar las cosas: me apresuraba. Ese era el motivo por el que había quedado atrapada entre nudos que no sabía cómo desatar.

Prueba número uno: la mentira

Prueba número dos: lo que la mentira implicaba.

En otras palabras, el trato que había hecho con alguien a quien nunca, ni en mis sueños (mejor dicho, pesadillas) pensé que iba a necesitar ni que iba a necesitarme a mí: Edward Cullen.

Loca, murmuré para mis adentros mientras me desabrochaba otro vestido.

¿Este entraba en la categoría "de gala"? Me he vuelto loca. He perdido la maldita cabeza.

Terminé de quitármelo, deslizándolo por las piernas y lo arrojé a la pila de vestidos descartados que crecía sobre la cama. Tomé mi bata, la de peluche rosa, porque necesitaba contención y comodidad y ese era el mejor modo de conseguirlo. Era esto o darme un atracón de galletas.

Me masajeé las sienes mientras contemplaba el estado en que se encontraba mi apartamento. Normalmente me encantaba no tener paredes que dividieran la sala de estar, el dormitorio y la cocina. Veía como un beneficio vivir en un ambiente abierto; aunque fuera algo chico, no dejaba de estar en Brooklyn. Pero ahora que veía el desastre que había hecho, odié un poco no tener algo más de espacio, un lugar con paredes que limitaran el desastre a una sola habitación.

Había ropa, zapatos y bolsos desparramados por todos lados: en la cama, en el sofá, en las sillas, en el suelo, en la mesa de café; no se había salvado nada. El apartamento, que solía mantener tan ordenado y que con tanto esmero había decorado en tonos de blanco y crema con algunos detalles boho en sectores (como la hermosa alfombra tejida que me había costado más de lo que estaba dispuesta a admitir), ahora parecía una zona de guerra de la moda más que una casa. Quería gritar.

Ajusté el cinturón de la bata y tomé el móvil, que había apoyado sobre la cómoda. Faltaban dos horas para las siete en punto, y estaba desesperada. Por lo pronto iría desnuda. Porque no tenía ningún vestido que se pudiera considerar "de gala". Porque era una tonta. Porque no sabía para qué me estaba vistiendo y no había preguntado.

Ni siquiera tenía el número de teléfono de Edward para pedirle auxilio y enviarle algunos emojis nada amistosos para que le quedara clara mi intención.

No solía fraternizar con mis enemigos, así que nunca había necesitado su número.

Hasta ahora, aparentemente.

Arrojé el teléfono sobre la pila de vestidos descartados y me dirigí hacia la calidez de la sala de estar. Tomé la computadora portátil, que estaba sobre la mesa de café redonda y blanca que había comprado en una tienda de antigüedades hacía algunas semanas, y me desplomé en el sofá. Acomodada en los suaves cojines, entré al correo de la empresa.

Era el último recurso. Con un poco de suerte, el muy adicto al trabajo estaría sentado frente a su computadora, aunque fuera sábado. ¿Este trato no era una suerte de… acuerdo de negocios? Tenía que ser así. No éramos amigos (ni nos llevábamos bien), por lo que solo podía ser un acuerdo de mutua conveniencia. Un favor entre colegas.

Sin más tiempo que perder, abrí un nuevo correo y comencé a tipear:

De: bswan

Para: ecullen

Asunto: ¡Solicitud de información urgente!

Señor Cullen:

Estaba irritada (sí, conmigo misma, pero también con él) y no estaba de humor para llamarlo por su nombre.

En relación con nuestra última conversación, sigo a la espera de que me comunique los

detalles de la próxima reunión. Me encuentro sin nada de información y, si la situación sigue así,

eso constituiría un incumplimiento del contrato previamente discutido y acordado.

Había visto todas las temporadas de Gossip Girl y sabía las terribles consecuencias que podía traer no llevar la vestimenta adecuada a un "compromiso social" en la maldita ciudad de Nueva York.

Como bien sabes, es de vital importancia que compartas la información solicitada tan pronto como te sea posible.

Quedo atenta a tu pronta respuesta.

Saludos cordiales,

Bella Swan.

Sonriendo para mis adentros, presioné ENVIAR y vi cómo mi correo abandonaba el buzón de salida. Miré fijamente a la pantalla durante un largo minuto, esperando que apareciera su respuesta. Después de actualizar la web tres veces sin obtener resultados, se me había borrado la sonrisa. A la quinta vez, se me empezaron a formar pequeñas gotas de sudor en la nuca (puede que la bata de invierno que llevaba tuviera algo de culpa).

¿Y si no respondía? O, incluso peor, ¿si todo esto era una broma? Una forma malvada de fastidiarme y hacerme creer que iba a ayudarme. Como en Carrie. No, Edward nunca haría algo así, decía una voz en mi cabeza.

¿Pero por qué no? Había juntado suficiente evidencia como para demostrar que Edward era capaz de algo así. ¿Por qué creía que lo conocía? Por favor, era una persona que iba a "compromisos sociales" que tenían algo que ver con una "buena causa". No lo conocía.

Mierda. Necesitaba esas galletas. Me iba a dar el gusto.

Cuando regresé a mi computadora, con un paquete de galletas en la mano y la boca llena de consuelo dulce y mantecoso, la respuesta de Edward me estaba esperando. Un pequeño suspiro de alivio abandonó mis labios. Di otro bocado y abrí el correo.

De: ecullen

Para: bswan

Asunto: Re: ¡Solicitud de información urgente!

Estaré allí en una hora.

Saludos

Edward

–¿Qué caraj…? –Una galleta atragantada y la consecuente tos me impidieron terminar la frase.

Edward vendría. A mi apartamento. En una hora. Una hora antes que lo que habíamos acordado.

Fui a buscar agua a la cocina, miré a mi alrededor e intenté procesar el desastre. Mierda.

No debería importarme; lo sabía muy bien. Pero ¿permitir que Edward lo viera? De ninguna manera. Prefería atragantarme con otra galleta antes que darle motivos para criticarme. No podría soportarlo.

Apoyé el vaso en la encimera y, sin perder un solo segundo más, me puse manos a la obra. Una hora. Tenía sesenta minutos (conociendo a Edward, ni uno más ni uno menos) para arreglar esta escena del crimen.

Y sí, me llevó toda la hora dejar el apartamento mínimamente presentable, por lo que, para cuando sonó el timbre, no había llegado a vestirme con algo que no me hiciera ver como un Furby de tamaño real, y mi frustración solo aumentó.

–Estúpido hombre puntual –murmuré mientras arrastraba los pies hacia la puerta–. Siempre a horario.

Le abrí con el portero electrónico e intenté arreglarme el pelo, que llevaba en un desordenado moño. Me esmeré en relajarme. Te está ayudando. Sé amable, me dije. Lo necesitas.

Llamaron a la puerta. Esperé dos segundos y respiré hondo, preparándome para ser tan amable como me fuera posible. Tomé el pomo de la puerta y cambié mi expresión a una neutral mientras la abría.

–Edward –dije con un tono seco–. Yo… –Iba a decir… otra cosa, pero se desvaneció. Junto con mi expresión neutral. Mis labios se separaron y quedé boquiabierta–. Yo… –comencé de nuevo. No encontraba las palabras. Me aclaré la garganta–. Yo… Ey. Hola. Guau. De acuerdo.

Edward se quedó mirándome, divertido; yo solo podía pestañear y desear no tener los ojos tan abiertos como los sentía.

Pero ¿cómo no iban a estarlo? Era imposible que no se abrieran como platos al contemplar lo que tenía delante de mí. Porque ese no era Edward. No. No, no. Era un hombre al que nunca había visto. Una versión diferente a la única que conocía.

Este Edward era… guapísimo, demasiado. Y era elegante. Estaba bien vestido.

Atractivo de un modo abrumador, del tipo "señoras y señores tomen sus abanicos".

Mierda. ¿Por qué estaba vestido así? ¿Dónde había quedado el Edward de pantalones aburridos y camisas abotonadas al que había sumado a mi lista negra con la etiqueta "no tocar"? ¿Cómo podía ser que me dejara sin palabras con solo una mirada?

Pestañeé y encontré la respuesta justo delante de mí. Ese cuerpo alto y esculpido al que no debería estarle prestando tanta atención llevaba un traje negro. No, no era un traje. Era un esmoquin. Un maldito esmoquin mucho más digno de una alfombra roja que del umbral de mi apartamento en Brooklyn.

Nada de él encajaba aquí, conmigo. Ni su pelo oscuro, ni la camisa de un blanco imposible, ni el moño, ni la mirada verde profundo que analizaba mi rostro y mi expresión, ni el esmoquin de estrella de cine, y definitivamente no esas cejas oscuras que se le fruncían en la frente.

–¿Qué diablos llevas puesto? –pregunté con una exhalación–. ¿Es una broma? ¿Qué hablamos de ser gracioso, Edward?

–¿Qué llevo puesto yo? –Vi cómo se alejaban sus ojos de los míos y bajaban por mi cuello, mirándome de arriba abajo varias veces–. ¿Yo? –Algo cambió en su expresión, como si no pudiera creer lo que veía.

–Sí… –Me sentía extremadamente expuesta e incómoda. Esperé a que su mirada volviera a mi rostro, sin saber qué hacer ni qué decir–. ¿Qué es eso? – susurré en voz alta.

–Me veo obligado a hacer la misma pregunta. –Me señaló con uno de sus largos dedos–. Porque, puede que no haya sido muy específico, pero me imaginé que eras lo suficientemente inteligente como para no pensar que te llevaría a una pijamada.

Tragué, consciente de que se me estaban enrojeciendo las orejas. Pero negué con la cabeza. Era algo bueno. Sabía cómo manejarme con este Edward. Podía hacerlo. Por el contrario, no tenía ni idea cómo abordar al que me había dejado sin palabras y sin aire.

–Ah, ¿crees que debería cambiarme? –Me encogí de hombros. Tomé el dobladillo de mi bata rosa e intenté no pensar en lo ridícula que me sentía e intentando ocultar esa emoción detrás de una aparente sagacidad–. No quería estar demasiado elegante para ir a la pijamada. ¿Crees que habrá bocadillos?

Se quedó pensando por un momento.

–¿No te estás cocinando dentro de esa cosa? Es mucho velour para una persona tan pequeña. –¿"Velour"?

–Y eso es mucho conocimiento sobre telas para una persona que tiene solo dos tipos de prendas en su armario.

Una emoción atravesó su rostro, pero no logré descifrarla a tiempo. Cerró los ojos un instante, irritado. Su paciencia lo estaba abandonando. Lo sabía. No lo logrará. Estamos perdidos.

–Primero –comenzó, recuperando la compostura–, me miraste alevosamente. –Una ola de calor me invadió las mejillas. Atrapada–. Segundo, me regañaste por lo que llevo puesto. Y ahora criticas mi estilo. ¿Me vas a dejar pasar o siempre recibes a tus invitados en el umbral y los insultas?

–¿Quién dijo que eras un invitado? –Sin ocultar mi fastidio, me di vuelta, me alejé y lo dejé en la puerta del apartamento–. Te invitaste solo –dije por encima de mi hombro–, así que supongo que no necesitas que te haga pasar, ya eres un niño grande. –¿Niño grande? Cerré los ojos, agradecida de estar dándole la espalda.

Sin poder creer que lo había llamado "niño grande", fui hacia la cocina y abrí el refrigerador. El aire frío contra la piel me hizo sentir un poco mejor. Miré el interior un minuto completo y, finalmente, me di la vuelta con una sonrisa falsa. Edward Cullen (y su esmoquin) estaban apoyados contra la isla angosta que separaba el espacio de la cocina del de la sala de estar. Sus ojos verdes estaban en algún lugar por encima de mis rodillas. Seguía analizando mi atuendo, parecía que lo encontraba escandalosamente intrigante.

Me di cuenta de que me molestaba. El modo en que me miraba me hacía sentir fuera de lugar pese a que yo estaba en mi casa y él era el intruso que había aparecido una hora antes de lo acordado. Era una estupidez, pero me hacía acordar a lo pequeña que me había sentido cuando lo escuché hablar con Aro. O cuando, estando ahí presente, casi tiró a la basura la taza que le había regalado. O todas las observaciones y comentarios que siguieron y nunca dejaron de molestarme.

Rosie tenía razón: era incapaz de dejarlo pasar. Seguía aferrada al resentimiento como si mi vida dependiera de ello. Como si el resentimiento fuera una puerta que flotaba en el océano y yo no llevara puesto un chaleco salvavidas.

–Parece bastante inapropiado para el verano. –Edward señaló mi bata con la cabeza.

Tenía razón. Me estaba cocinando, pero necesitaba el consuelo. Lo imité y me apoyé contra la encimera de la cocina.

–¿Puedo ofrecerte algo para tomar, Anna Wintour? ¿O quieres seguir enumerando los motivos por los que mi bata te escandaliza? –Movió los labios, reprimiendo una sonrisa. Por mi parte, a mí no me daba risa nada de todo esto–. ¿Qué te parece un vaso de agua? –No movió ni un músculo; solo las comisuras, que seguían luchando contra una sonrisa–. Hubiese sido más fácil –dije mientras apoyaba una botella de agua delante de él y tomaba otra para mí– si solo respondías mi e-mail. No era necesario que vinieras tan temprano.

–Lo sé. –Claro que lo sabía–. Te hice un favor viniendo más temprano.

–¿Un favor? –Entrecerré los ojos–. Un favor hubiese sido si traías los bolsillos llenos de churros.

–Intentaré recordarlo. –Parecía que lo decía en serio. Justo cuando abría la boca para preguntarle a qué se refería, continuó–: ¿Por qué no me llamaste en lugar de mandar ese e-mail tan… rebuscado? Nos hubiera ahorrado tiempo a ambos, señorita Swan. –Frunció el ceño.

Ja, sabía que había dado en el blanco con lo de "señor Cullen".

–Mira, para empezar, no te pedí que vinieras. Eso corre por tu cuenta. –Abrí la botella y bebí un sorbo de agua–. En segundo lugar, ¿cómo iba a llamarte si no tengo tu número, sabelotodo? –Lo miré por encima de la botella y enarcó esas cejas oscuras que tenía.

–Deberías tenerlo. En el último evento de la gerencia nos pasamos los números personales. Yo tengo el tuyo. Tengo el de todos.

Muy despacio, bajé la botella y volví a enroscar la tapa.

–Bueno, yo no tengo el tuyo. –Me había rehusado a agendarlo porque, de nuevo, era una resentida. No me enorgullecía, pero esa era la verdad–. ¿Para qué iba a necesitarlo?

Analizó mis palabras durante un momento y luego negó con la cabeza lentamente. Se separó de la isla de la cocina y se enderezó.

–¿Qué era tan importante ahora entonces? –reencauzó la conversación–. ¿Cuál era esa "información solicitada" que tenía que enviarte con tanta urgencia?

–No puedo elegir un vestido si no sé a dónde vamos –señalé con el ceño fruncido–. Se aprende en Vestimenta para dummies.

–Pero sí te lo dije. –Levantó una ceja–. Vamos a un compromiso social.

–Eso fue lo que dijiste. –Apoyé la botella en la encimera y entrelacé las manos–. Pero no es suficiente información. Necesito más detalles.

–Una noche de gala –respondió el cabeza dura de ojos verdes–. Esa tiene que ser información más que suficiente para elegir un vestido.

–¿Información suficiente? –repetí muy despacio y llevé la mano a mi pecho de peluche rosa, como si tomara un collar de perlas imaginario.

–Sí –asintió.

–Las respuestas de una o dos palabras no son información suficiente, Edward – dije burlona. No podía creerlo, de verdad él creía que estaba siendo coherente.

Especialmente me costaba creerlo después de que se apareciera vestido como para ir a una gala del Upper East Side, de esas en las que la gente no se toca las mejillas cuando se saluda con dos besos y habla de sus vacaciones en los Hampton. En mi armario sin duda no tenía nada para un evento así.

–¿Cuál es la parte que te cuesta entender de las palabras "noche" y "gala"? – Metió las manos en los bolsillos–. Existen prendas para asistir a eventos de gala por la noche: vestidos.

–¿De verdad me estás explicando eso? –Pestañeé. Una nueva ola de frustración se me subía a la cabeza–. Eres tan… –Sacudí los puños en el aire, estuve muy cerca de lanzarle algo–. Ughh.

Se metió las manos en los bolsillos mientras me miraba. Se veía tan… guapo y elegante en ese maldito esmoquin. Debió haber notado algo en mi expresión, porque sus ojos cambiaron.

–Es una gala de caridad. Un evento para recaudar fondos que se hace todos los años. –Me quedé boquiabierta cuando escuché ese detalle crucial–. Tendremos que ir a Manhattan. A Park Avenue para ser más específico. –No, no, no, no. Eso se oía lujoso–. Es un evento de etiqueta, así que tendrás que vestirte formal. Un vestido de gala. –Me miró de arriba abajo con desconfianza y finalmente se detuvo en mis ojos–. Como vengo diciendo.

–Edward –murmuré–. Mierda. Joder. –Se me escapó la española que llevaba dentro–. ¿Una gala de caridad? ¿Recaudar fondos? Eso es muy… de ricos. –Negué con la cabeza, tanto que casi se me desarma el moño–. No, suena a "soy tan rico que me limpio el trasero con billetes". Y, no, no quiero prejuzgar, pero, por Dios – dije mientras daba vueltas por el estrecho espacio de mi cocina–. Me podrías haber avisado. Podrías habérmelo dicho ayer, ¿no? Hubiese ido de compras esta mañana, Edward. Hubiese preparado, no sé, algunas opciones para que pudieras elegir. No tengo idea de lo que haré ahora. Tengo algunos vestidos formales, pero no son… adecuados. –Ya eran más de las seis de la tarde.

–¿Te hubieses tomado todas esas molestias para esto? –Abrió apenas la boca en una expresión que no estaba acostumbrada a ver en él. Después su boca volvió a la posición habitual–. ¿Para mí?

–Sí. –Me detuve en seco. ¿Por qué se sorprendía? –. Claro que sí. –Analicé su rostro y noté el extraño modo en que me miraba–. En primer lugar, hubiese odiado llegar a tu "evento de caridad" –hice comillas con los dedos– vestida como un payaso. Aunque no lo creas, me queda algo de vergüenza y amor propio. –Los ojos le seguían brillando; me ponían nerviosa–. Y, en segundo lugar, no quiero que cobres venganza y uses cualquier cosa en la boda de mi hermana solo para molestarme. Ni que me acuses de infringir la cláusula de etiqueta y dar por terminado nuestro acuerdo ahora que cuento con que me acompañes a España. Yo… –arrastré las palabras y perdí fuerza en la voz– te necesito, ¿sabes? –La última frase se me escapó y no fui consciente de lo que acababa de decir hasta que era demasiado tarde y ya no podía retractarme.

–Nunca haría eso. –La velocidad con la que respondió me tomó por sorpresa–. No te dejaré. Tenemos un trato.

Desvié la mirada. Lo que acababa de admitir me hacía sentir vulnerable. Me concentré en sus manos: las había quitado del bolsillo y ahora descansaban a ambos lados de su cuerpo.

–No lo haré, Isabella –lo escuché decir–. Ni, aunque trates de que me arrepienta, y estoy muy consciente de que sabes cómo hacerlo.

Tenía la sensación de que había sido sarcástico a propósito. Solo un poco, para tentarme a responder. Pero, por alguna razón, no lo hice. Sus palabras se sentían sinceras. Aunque no podía saberlo con certeza. Era difícil para mí olvidarme de nuestra historia. De todos los golpes, codazos y empujones. De todas las formas que habíamos descubierto para que nunca pudiéramos olvidar lo mal que nos caíamos.

–Lo que tú digas, Cullen. –No sonaba como si en verdad me lo creyera, pero no me quedaba otra opción–. No tengo tiempo para esto. –Ni siquiera estaba segura de qué era eso con exactitud. Me llevé las manos al costado del cuello y lo masajeé, intentando poner la mente en blanco–. Solo… ponte cómodo. Veré que puedo encontrar para este evento al que asistiremos.

Me dirigí hacia él, su complexión ancha me impedía pasar a la sala de estar.

Me detuve a un paso de distancia, miré hacia arriba y levanté una ceja para pedirle que se apartara. Me observó desde su altura, primero la cara, y luego deslizó la mirada por mi garganta y el cuello, justo en el lugar que había masajeado hacía unos minutos. Cuando me miró a los ojos, noté en su mirada verde algo que no había visto antes.

Nos quedamos cerca. Mis pies descalzos casi le rozaban la punta de los zapatos. Sentí cómo se agitaba mi respiración al darme cuenta. Mi pecho se

inflaba y desinflaba un poco más rápido por cada segundo que pasaba bajo su escrutinio.

Me resistí a desviar los ojos y le sostuve la mirada. Incliné la cabeza un poco hacia atrás, se veía más alto que nunca. Como si hubiera crecido algunos centímetros. Era imposible dejar de mirarlo enfundado en ese esmoquin que lo hacía parecer más alto y grande. Era imposible no querer perderse en cada detalle.

Se pasó la lengua por el labio superior y me hizo dirigir la vista hacia su boca. Le brillaron los labios carnosos bajo la luz de mi cocina.

Empezaba a sentir un calor que me recorría la piel debajo de esta estúpida bata. Estar tan cerca de él, verlo y tener que procesar tantas cosas al mismo tiempo hacía que ese calor se volviera insoportable.

Volví a mirarlo a los ojos, que me estaban estudiando. Había algo atrapado, escondido detrás de ellos. Aunque solo fue un segundo, lo vi inclinarse unos centímetros hacia mí. Quizá solo fue mi imaginación, tampoco importaba demasiado.

–Lo digo en serio. –Su voz me pareció un poco ronca, ahora que la escuchaba de cerca. Hacía rato había perdido la capacidad de pensar con claridad, pero sabía de qué hablaba. Claro que lo sabía. Exhaló con suavidad, y sentí un delicado aroma a menta–. No tomaré ningún tipo de represalia. Sé lo importante que es para ti la boda de tu hermana. –La sinceridad de sus palabras me impactó todavía más que la cercanía de nuestros cuerpos. Me quedé boquiabierta, se me estrujó el estómago–. No faltaré a mi palabra. Jamás lo hago.

¿Edward Cullen intentaba tranquilizarme? ¿De verdad? ¿Me estaba prometiendo que, sin importar lo que hubiera pasado entre nosotros, nuestro acuerdo era algo seguro? ¿Que cumpliría su promesa, así sin más? ¿Que no se arrepentiría? ¿Lo decía en serio? Porque así era como sonaba. Y eso solo podía significar dos cosas: o leía mentes (y, para ser honesta, deseaba que no fuera así) o puede que Rosie no estuviera equivocada. Quizá Edward no era tan malo.

Quizá era yo la equivocada. Yo… no sabía qué decirle. No sabía qué hacer. Y cuanto más tiempo pasara en silencio, con él abriéndose conmigo de este modo, más crecería el calor y la confusión, y más me costaría pensar con claridad.

–¿Me entiendes, Isabella? –insistió, la calidez me invadió todo el cuerpo.

No, quería decir, no entiendo nada de lo que está pasando. Pero, aunque mi garganta se movió, las cuerdas vocales no pudieron pronunciar ninguna palabra, solo emitieron un sonido extraño que hizo que necesitara aclararme la garganta.

–Tengo que darme prisa –conseguí decir–. Si no me cambio ahora, llegaremos tarde.

Con un movimiento sorpresivamente ágil para alguien de su tamaño, se apartó de mi camino y se acomodó en un rincón. Era demasiado alto y ancho para mi pequeño apartamento. Ocupaba demasiado espacio y me hacía sentir un incómodo hormigueo. Sobre todo, cuando pasé a su lado y mi hombro, cubierto por la bata, le rozó el pecho. Un pecho tremendamente sólido. Todo el calor que sentía en el cuerpo se agolpó en mi rostro.

Basta. Avancé a pesar de que tenía las piernas débiles y la piel pegajosa. Solo necesito quitarme esta bata, me dije confiada, jalando del cuello. Esa es la razón por la que estoy ruborizada y tengo tanto calor.

Me obligué a pensar en otra cosa. Como… en vestidos. No en Edward. No en Edward con esmoquin. O en su pecho. O en cualquier otra parte de su cuerpo.

Tampoco en lo que había dicho. Pero mi cabeza comenzó a girar y quise mirar hacia atrás. Mirarlo.

No.

Llegué al armario y abrí las puertas. Recuperé la concentración y me puse a hurgar entre mis cosas en un intento por encontrar cualquier prenda que pudiera estar a la altura de las circunstancias.

Desde las profundidades del armario, rescaté la única prenda con el potencial para salvarme. Tomé un par de tacones que reservaba para ocasiones especiales, algunos accesorios y fui al baño.

De pasada miré a Edward de reojo. Deambulaba cerca del sofá de terciopelo azul (que parecía ínfimo al lado de él) mientras miraba la pantalla de su teléfono.

No levantó la cabeza cuando le pasé por delante. Bien. Era mejor eso a que husmeara en mi ropa o presumiera su imponente cuerpo. Tenía que ser el esmoquin. Este comportamiento (esta reacción que me causaba) no era normal en mí.

–Voy a… cambiarme aquí –le dije por encima de mi hombro al hombre que parecía ocupar todo el espacio disponible en mi pequeño apartamento–. Ponte… cómodo.

Una vez dentro del único ambiente separado del resto por paredes (el baño), me sentí más tranquila. Me bajó la temperatura de la piel. No tenía llave, así que solo cerré la puerta, colgué el vestido del barral de la bañadera y comencé a maquillarme y peinarme.

Después de lo que se sintió como una eternidad (y, al mismo tiempo, no suficiente tiempo), finalmente estaba conforme con el resultado. La mujer que me miraba desde el espejo de cuerpo entero (que con mucho tino había hecho instalar en el baño) llevaba un vestido sin mangas, largo hasta el suelo, de un color entre negro ónix y azul noche. El corte y la tela eran bastante sencillos (sin duda no muy "de gala"), pero el tajo que subía por la falda hasta la mitad del muslo le daba gracia y un toque de elegancia. Aunque la verdadera estrella del espectáculo era el escote, que, pese a que no dejaba ver ni un poco de piel porque se cerraba justo debajo del cuello, estaba bordado con unas piedras blancas que parecían perlas.

Era precioso. Por eso lo había comprado por impulso hacía algunos meses. Y no solo no había tenido oportunidad de usarlo, sino que también me había olvidado de que lo tenía.

Revisé los rizos castaños que me caían sobre los hombros. A pesar de que no estaban perfectos, estaban bien. Pensé en pintarme los labios de rojo, pero descarté la idea porque me pareció que sería demasiado. Prefería guardarme esa carta para cuando tuviera una cita real.

Suspiré despacio y sentí una puntada en el pecho. Hacía una eternidad que no salía con alguien. No porque sintiera que no merecía una pareja o porque no me creyera atractiva. Había salido con algunas personas desde que estaba en Nueva York, pero en algún momento había dejado de intentarlo. ¿Había un problema conmigo? Parecía como si al irme de España hubiera perdido mi confianza y mi voluntad de volver a enamorarme al otro lado del océano.

Mientras me miraba en el espejo, me di cuenta de que no recordaba la última vez que había puesto tanto esmero en mi vestimenta, peinado y maquillaje.

Deseaba no haberlo recordado, porque hacía mucho tiempo que me había prometido dejar de sentir pena de mí misma. Juré que nunca tomaría esa ruta.

Entonces, ¿por qué me sentía así? ¿Cómo había llegado hasta este punto? Al punto en que por primera vez en meses prestaba atención a mi apariencia, y lo hacía por alguien que ni siquiera era real. Una cita falsa. Un trato. Una suerte de negocio. Dios, ¿cómo había llegado al punto de necesitar inventarme una pareja para no sentirme una completa fracasada? Mis miedos se hicieron más presentes que nunca. Estaba rota. Estaba…

Un golpe en la puerta me llevó de nuevo a la realidad y me recordó que había alguien esperándome al otro lado. Y, si los golpes en la puerta podían tomarse como una pista, estaba impaciente.

–¿Cuánto te falta, Isabella? –La voz grave de Edward atravesó la puerta–. Llevas mucho tiempo ahí.

Miré el pequeño reloj que tenía en uno de los estantes del baño: siete menos cuarto. Todavía tenía quince minutos si consideraba el horario en el que habíamos acordado que pasaría a buscarme. Negué con la cabeza.

Otro golpe. Esta vez más fuerte. Más impaciente.

–¿Isabella?

Decidí responder con silencio a su falta de paciencia. Alguien tenía que demostrarle que no siempre podía salirse con la suya. Además, me había prometido quince (de acuerdo, catorce) minutos más.

Aún podía sentir la punzada en el pecho cuando deslicé un pie en el tacón y lo apoyé sobre el asiento del retrete para abrochármelo. Me tomé mi tiempo. Seguí con el izquierdo. Todavía me quedaban algunos minutos y planeaba…

El tercer golpe nunca llegó. Por el contrario, la puerta se abrió de par en par, me sobresalté y me topé con un hombre muy inquieto. Sus ojos de bosque, agitados, se posaron sobre los míos.

–Isabella –vi una pizca de alivio en esos lagos de impaciencia–, ¿por qué no respondiste cuando te llamé? Llevas una hora aquí dentro.

Me estudió de arriba abajo, recorriendo todo el largo de mi vestido, y fue endureciendo la expresión a cada centímetro. Podía ver como la mandíbula se le tensaba mientras su mirada volvía a encontrarse con la mía.

¿Estaba… enojado?

Una vocecita en la cabeza me decía que, por la forma en que me observaba, seguramente estaba arrepintiéndose de haberme pedido que lo acompañara a esta cosa. Ignoré la molestia en la boca del estómago y me dejé atrapar por la primera emoción que me invadió, una que me era familiar cuando se trataba de él.

–Edward Cullen –siseé intentando recuperar la voz–, ¡¿qué diablos sucede contigo?! –Inflé y desinflé el pecho–. ¿No sabes golpear la puerta?

–Golpeé. –Su tono era tan firme como su expresión–. Dos veces. –Esa estúpida voz grave retumbó en el baño.

–Podría haber estado desnuda, ¿sabes?

Se deslizó para quedar justo frente a mí, sin soltar el pomo de la puerta. Lo sostenía con tanta fuerza entre sus dedos largos que me pregunté si el metal iba a poder resistir la presión.

–Pero no lo estás –dijo, todavía firme–. Sin duda no estás desnuda.

Su expresión se despejó cuando nos miramos. Cuanto más tiempo pasaba, más me sudaban las palmas de las manos. Dios, ¿qué está pasando? Me latió más rápido el corazón mientras el aire se llenaba de una tensión que no llegaba a comprender. Era sofocante. Más de lo que lo había sido en la cocina. Tanto que pude sentir cómo caían mis defensas y todo tipo de pensamientos me azotaban la cabeza y no tenía nada para protegerme de los golpes.

–¿Hay…? –Rompí el silencio con la voz agitada–. ¿Hay algún problema?

Negó con la cabeza. Una sola vez. Y me recorrió el cuerpo con la mirada, muy rápidamente.

–Encontraste un vestido.

–Sí –admití, bajando la vista–. Hace tanto tiempo que no tengo una cita que me había olvidado de que lo tenía. –Vi cómo le cambiaba la expresión y me hizo sentir muy estúpida por lo que acababa de decir–. Bueno, eso no importa. Supongo que tampoco usaría esto para una cita. Es el único vestido de gala que tengo, así que espero que sirva. –Me pasé las manos sudorosas por la falda, y me detuve cuando me di cuenta de que podía ensuciar la tela.

–Servirá –dijo.

¿Servirá? No sé bien qué esperaba que dijera, pero mentiría si dijera que no me molestó un poquito.

–Mejor así –respondí y desvié la mirada, no quería dejar caer los hombros–. Entonces vamos. –Se quedó donde estaba, sin decir una palabra–. Vamos –insistí, haciendo un esfuerzo por sonreír–. No quieres llegar tarde, ¿no?

Unos segundos después, se apartó del camino sin buscar mi mirada, lo que agradecí, todavía no estaba lista para volver a mirarlo.

Salí del baño con solo dos cosas en mente. Uno: no volvería a rozarle el pecho con el hombro. Y dos: no había motivo para sentirme ofendida por lo que acababa de decir Edward Cullen.

Nota:

Los capítulos que siguen son mis favoritos, se viene mucha tensión entre Edward y Bella.

Muchas gracias por sus reviews.