Disclaimer: Este fanfic es una adaptación del libro "The Spanish Love Deception" de Elena Armas.
Nada de esto me pertenece, todo es propiedad de Elena Armas y Stephenie Meyer.
Capítulo 7
Habíamos pasado quince minutos en absoluto silencio dentro del auto cuando decidí que no podía seguir soportándolo. No estaba de humor para charlar de cualquier cosa y sabía que quedarme esperando a que Edward dijera algo era como esperar a que saliera agua de las piedras. Iba a arrojarme del auto en movimiento si no rompía ese silencio.
–Con que recaudación de fondos… –Mis palabras resonaron muy altas en el pequeño espacio.
Edward asintió, mantuvo la mirada en el camino y ambas manos en el volante.
–Imagino que para una buena causa.
Volvió a asentir.
–¿Y se hace todos los años?
Un gruñido afirmativo.
Si no comenzaba a hablar, si no decía algo, no iba a ser yo la que saltara del auto: lo empujaría a él.
–Y… –Necesitaba una pregunta que no se pudiera responder con sí o no–. ¿Cómo recaudarán los fondos?
Pareció pensarlo por un rato y casi me hizo creer que iba a tener que rogarle.
–Una subasta.
Al fin.
–¿Y qué subastarán? –Jugueteé con el sencillo brazalete de oro que llevaba en la muñeca, a la espera de una respuesta que nunca llegó–. ¿Arte? –Hice girar la delicada joya–. ¿Clases de golf? –Otro giro–. ¿Un yate? –Lo miré. Nada. Sin respuesta–. ¿La ropa interior de Elvis?
Con eso conseguí una reacción: me miró confundido y después volvió a concentrarse en el camino.
–¿Qué? –Encogí un hombro–. Te informo que alguien subastó la ropa interior que había usado Elvis durante un concierto que dio en los setenta. Sucia.
Edward negó con la cabeza. El señor Correcto debía estar escandalizado, pero seguía sin hablar, así que tuve que volver a llenar el silencio.
–Tranquilo. Nadie la compró. –Estudié su perfil en busca de algún gesto. Nada–. Ni siquiera ofertaron –aclaré–. No sé nada de subastas. –Más silencio. De acuerdo–. Pero supongo que la conclusión es que nadie quería la ropa interior de Elvis. –Me reí–. Lo que, para ser honesta, renueva un poco mi fe en la humanidad. No todo está perdido, ¿no?
Movió un músculo de la mandíbula.
–¿Quién puede querer algo así? Y, todavía más desconcertante, ¿para qué? ¿Para enmarcarlo? –Curvé apenas los labios–. Imagina ir a la casa de alguien y encontrar ropa interior sucia enmarcada y colgada en la sala. O en el baño.
Edward me lanzó una mirada rápida con algo parecido al asombro.
–Contigo nunca se sabe, ¿no? –dijo al fin. ¿Qué había sido eso?
–¿Qué cosa no se sabe? –Fruncí el ceño y vi cómo negó con la cabeza suavemente.
–Nunca sé qué vas a decir. –Su voz sonó seria–. Siempre encuentras el modo de tomarme desprevenido. No son muchas las personas que pueden hacerlo.
Ah… ¿Qué se suponía que debía pensar de esa afirmación? ¿Que era… un cumplido? Había estado divagando sobre la ropa interior de Elvis colgada en la sala de estar de alguien, así que no. No era un cumplido. Además, estábamos hablando de Edward, así que sin duda no lo era.
–De hecho, tengo más datos curiosos para compartirte si eso es lo que quieres –ofrecí con una sonrisa–. De todo tipo, no solo relativos a ropa interior.
–Por supuesto que sí –murmuró.
–A menos que quieras usar este precioso tiempo para, no sé, comentarme un poco más sobre el evento al que estamos yendo. –Esperé uno, dos y tres segundos. Una vez más, se quedó en silencio–. Quizá puedes explicarme qué hago aquí, fingiendo ser tu pareja. Ese sería un buen comienzo.
Tomó el volante con más fuerza; fue fácil notarlo porque, bueno, había pasado los últimos minutos observándolo con detenimiento. Y seguía sin hablar.
–Dijiste que me contarías todo si accedía a venir. –Fruncí el ceño, esta frustración empezaba a molestarme.
–Dije eso, ¿no?
–Síp –respondí, no entendía por qué estaba siendo tan… misterioso. Aunque así era Edward, ¿no? No sé de qué me sorprendía.
Recorrió el volante con las manos y la tela de su esmoquin se tensó con el movimiento. No pude evitar percatarme del modo en que sus brazos llenaron la manga. Dejé la mente en blanco por un instante, volví a sentir la extraña sensación que había experimentado en el apartamento. Me desestabilizaba. Él. Su presencia, su cercanía, su apariencia. Otra vez. Siendo objetiva, era difícil no mirarlo y notar su enormidad, que hacía ver pequeño el asiento del auto (en especial porque no hablaba y entonces no me daba una buena excusa para dejar de mirarlo). Pero no había nada objetivo en la manera en que mis ojos recorrían contra mi voluntad sus brazos, sus hombros y subían hasta su rostro. Estoico. Tan serio y estoico. No sonreía (Edward nunca sonreía) y nunca lo había notado tanto.
Me di cuenta de que no era solo el esmoquin. Hasta ahora había conseguido ignorar lo atractivo que era. Si bien sabía que era apuesto, recordar su antipática y amargada personalidad había sido suficiente para olvidarlo bastante rápido. Sin embargo, eso no cambiaba los hechos: Edward tenía todo lo necesario para despertarme el deseo de mirar. Todas las cosas que no buscaba puntualmente, pero por algún motivo me atraían. Todas las cosas que yo no era. Alto (tan alto e imperturbable). Puro músculo y movimientos controlados. Gestos disciplinados y
serenos. El modo en que su piel clara y el pelo oscuro hacían resaltar sus ojos de un profundo e intenso verde que no había visto nunca en otra persona.
Desvié la mirada con determinación y me maldije por permitirme siquiera pensarlo. ¿Qué diablos estoy haciendo? Teníamos que hablar de cosas importantes.
No tenía tiempo para pensar en su estúpido, enorme y aparentemente seductor cuerpo enfundado en un esmoquin. Maldito esmoquin.
–Te estás haciendo el difícil, Cullen. Pero está bien –dije. Seguía sin darme la explicación que quería–. Puedo adivinar qué hago aquí. –Lo haré si eso me ayuda a dejar de pensar en hacer cosas locas y estúpidas contigo–. ¿Quieres jugar?
Más silencio.
–Bueno, lo tomaré como un sí. Juguemos entonces. –Me acomodé en el asiento para girarme un poco hacia la izquierda–. ¿Por qué estoy aquí? Veamos… ¿Para protegerte de una exnovia loca? –Básico, pero estaba bien para empezar–. No me extrañaría que atrajeras locas.
–¿Qué significa eso? –Me miró de reojo y arrugó la frente. Negó con la cabeza y volvió a concentrarse en el camino–. ¿Sabes qué? No quiero saberlo.
–De acuerdo, bien. Supongo que no. No hay ex locas. –Me llevé el dedo índice a la barbilla–. Mmm… Si no necesitas protección, ¿quieres darle celos a alguien?
–No –respondió muy rápido.
–¿Seguro? –Arqueé las cejas–. ¿Ninguna chica de la que te quieras vengar? ¿Enseñarle lo que se ha perdido? ¿Volver a encender esa historia de amor?
–Dije que no tiene que ver con parejas anteriores. –Se le tensionaron los hombros
–De acuerdo, bien. Ya entendí. Cálmate, Cullen. No te exasperes.
Movió los labios, pero no logré descifrar si fue por ira o por risa.
–No lo sé –continué, me estaba divirtiendo demasiado–. Si no es nada de eso entonces… ¡Ah! Amor no correspondido. Es eso, ¿no? –Junté las manos sobre el pecho–. Tiene que ser alguien que ignora tus ojos de perrito mojado. No, espera, no sé si sabes hacer ojos de perrito mojado. –Incliné la cabeza, se me acababa de ocurrir algo–. Sabes que no puedes hacerte el indiferente con una mujer en la que estás interesado, ¿no? Puede que los ojos de perrito mojado sean demasiado para ti, pero si hay alguien que consigue hacer latir tu corazón de piedra…
–No –me interrumpió–. No se trata de nada de eso. –Respiró profundo, su pecho se elevó y luego se desinó en una gran exhalación–. No me gustan los juegos, Isabella.
–¿Los juegos en general o esté en particular? –Me apoyé las manos sobre el regazo. Hice una pausa, no entendía de dónde había salido su reacción–. ¿O te refieres a los juegos sexuales? ¿Juegos de seducción?
Cuando escuché mis palabras, cerré la boca de golpe. No podía creer lo que acababa de decirle. A Edward. Aparentemente tampoco él podía creerlo, porque hizo un… sonido, que interpreté como una risa, aunque estaba casi segura de que no era eso. Sonaba más… como si lo estuvieran estrangulando.
–Tú… –Movió la cabeza, consternado–. Por Dios, Isabella. –Con la frente arrugada, abrí la boca para decir algo, pero me ganó de mano–: Si una relación termina, termina. –Su voz sonó al menos una octava más aguda–. Y si alguien me interesa, le dejo claras mis intenciones. Busco la manera de que lo sepa. Tarde o temprano se lo hago saber. –No me miró ni una sola vez. Solo habló con la vista fija en la calle–. No te usaría ni a ti ni a nadie para algo así. Como dijiste en tu apartamento, soy un niño grande.
Un calor me subió por el rostro. Me ruboricé. Seguro que el maquillaje no estaba ayudándome a ocultar los círculos rojos que se apoderaban de mis mejillas.
Miré hacia otro lado.
–Ah, de acuerdo. –Luché contra el impulso de tocarme la cara para ver si la tenía caliente–. Entiendo.
No entendía nada. Y para ser honesta, tampoco comprendía por qué sus palabras tenían ese efecto en mí. Ni, todavía más importante, por qué necesitaba mi ayuda si no le gustaban los juegos y era un niño grande. Pero últimamente me desconcertaba todo lo relacionado con este hombre. Sobre todo, en los momentos en que mi cuerpo decidía dejar de cooperar y se comportaba de ese modo estúpido que hacía que me ardiera la piel. Me quedé mirando las luces de la ciudad, que se achicaban a medida que avanzábamos.
–Dijiste que me contarías todo si aceptaba acompañarte. –Tragué, no quería que mi voz delatara cuánto me importaba–. Si hacíamos… esto el uno por el otro.
–Tienes razón. –Y no agregó nada más por un largo rato en el que no lo miré–. Jugaba al fútbol en la universidad –confesó, y me tomó por sorpresa.
Sujeté cinturón de seguridad para intentar reprimir el por Dios que peleaba por salir. De acuerdo, eso no explicaba nada, no era la respuesta que estaba esperando, pero era lo primero que sabía de él que no tuviera nada que ver con el trabajo. En casi dos años. Entonces, si mis oídos no me engañaban, Edward acababa de abrirse… por primera vez. Porque esto contaba como abrirse. Solo un poco, era verdad, pero no dejaba de ser una grieta en su grueso caparazón, y de pronto, deseé tener un martillo para terminar de romperlo.
–¿Fútbol? ¿El de casco y pelota alargada? –Intenté mantener el tono lo menos alterado posible. No era que no supiera nada de deportes, pero era europea; tenía que asegurarme de que estuviéramos hablando del mismo juego.
–Sí, el de la pelota alargada –asintió–. Jugaba en mi ciudad, Seattle, donde fui a la universidad.
–Seattle –repetí, masticando esta nueva información. Más. Quería un poco más–. Eso es al norte de Washington, ¿no? Lo sé por Crepúsculo* Se supone que Forks está a unas horas de distancia. –Me arrepentí de mencionar a Crepúsculo, pero cualquier recurso me servía y, fuera de los pocos lugares en los que había estado, mi conocimiento de la geografía estadounidense se basaba en libros y películas.
–Ese mismo. –Relajó los hombros, solo un poco. En el lenguaje de Edward eso significaba que tenía luz verde para seguir preguntando.
–Entonces, ¿lo que vamos a hacer hoy tiene que ver con tu vida de futbolista? –pregunté.
Edward asintió.
–Todavía me invitan a algunos eventos. Porque jugué, pero sobre todo porque mi familia está involucrada en la NCAA –explicó mientras conducía por una de las avenidas más anchas de Manhattan–. Una vez al año organizan un evento en beneficio de los animales, aquí, en Nueva York, y asisten muchas personas importantes.
–¿Tú eres una de esas personas? –Después iba a tener que buscar en internet qué era la NCAA, pero presentía que había algo que no me estaba diciendo–. Ay, por Dios, Edward, ¿me estás queriendo decir que vienes de una larga dinastía de nobleza futbolística?
–Isabella. –Frunció el ceño. Fiel a su estilo, esa fue toda la respuesta que conseguí.
–¿Tu familia estará allí?
–No. –Endureció un poco su expresión y confirmó mi sospecha. Supongo que también iba a tener que buscar eso en internet–. El evento de esta noche es para juntar fondos que se destinarán al refugio, rehabilitación y reubicación de los animales rescatados en Nueva York. Asisto siempre que puedo. Me agrada encontrarme con personas que conozco de toda la vida, y también me importa la causa.
Me olvidé de inmediato de lo que me estaba contando sobre su familia. ¿A Edward le importaba el bienestar de los animales? ¿Le importaba su rescate y reubicación?
En ese momento una bola de calor y confusión me presionó el pecho. La sensación empeoró cuando me lo imaginé sosteniendo con sus brazos musculosos a adorables cachorritos que le importaban y para los que recaudaba fondos. Recostado sobre el césped. En su uniforme de fútbol. Con pantalones ajustados. Los hombros interminables. Algo de tierra en las mejillas. El calor aumentó y se volvió más difícil de ignorar.
–Eso es… genial –dije, intentando borrarme las imágenes de la cabeza–. Es muy admirable de tu parte. –Edward se giró para mirarme y enarcó una ceja. El innegable rubor en mis mejillas debió haberlo confundido. ¿Por qué no puedo dejar de ruborizarme? –. ¿Siempre llevas una cita falsa a estos eventos? –lancé sin pensar.
–No. –Apretó los labios en esa línea tan típica de él–. Siempre fui solo. Es la primera vez que voy en pareja.
En pareja. ¿En pareja?
Alcé las cejas. Una pareja falsa, no una real. Estaba por corregirlo, pero habló antes de que pudiera hacerlo:
–Ya casi llegamos.
Me quedé sentada en silencio, intentando procesar todo lo que acababa de escuchar, este nuevo lado de Edward que había descubierto, la pequeña grieta por la que me había dejado espiar su interior. Y todas esas imágenes mentales tan peligrosas que, por más que me resistiera, iban a acompañarme por mucho tiempo. También tenía que procesarlas.
–Espera –deslicé mientras giraba hacia la derecha–. No me dijiste qué se subastará. Ni por qué me pediste que te acompañara.
Detuvo el vehículo de a poco delante de uno de los muchos rascacielos de Park Avenue. Cuando levanté la vista, vi a un valet que esperaba en la acera para estacionar el auto.
Miré a Edward con los ojos abiertos como platos. ¿Hay valet? Mierda. Me observó por última vez y juro que percibí algo lobuno y salvaje en sus ojos.
–Yo. –Inclinó la cabeza y me sostuvo la mirada–. Eso es lo que se subasta. –Su voz se correspondió con la mirada. Un escalofrío me recorrió los brazos–. Y por eso pujarás esta noche, Isabella. Por mí.
Abrí todavía más los ojos y mi mandíbula casi me tocó los pies. Solo pude pestañear mientras lo miraba abrir la puerta del conductor. Rodeó el auto y yo intenté (sin éxito) recuperar la compostura. Le hizo un gesto al aparcacoches para que no abriera mi puerta.
Edward lo hizo.
La húmeda brisa de verano me rozó los brazos y las piernas mientras el hombre de ojos verdes, del que empezaba a entender que sabía muy poco, me extendía la mano.
–Señorita Swan, si me permite.
Parpadeé, sentía el cuerpo paralizado por… motivos que todavía no podía reconocer ni clasificar.
Una de sus comisuras se curvó en lo que parecía el comienzo de una sonrisa; claramente estaba disfrutando mi desconcierto, lo dispersa que me debía ver. Dios, nunca lo había visto tan divertido.
–Para hoy, Isabella.
Ese comentario era tan propio de él, tan del Edward que conocía, con el que estaba familiarizada y me sentía cómoda (el que era seco y exigente, no el que me llevaba a una gala de caridad para que ofertara por él en una subasta). Solo así estiré la mano sobre la suya. La mía se veía muy pequeña en comparación.
Me ayudó a salir del auto. La larga falda del vestido de gala, que no era tan de gala, cayó en cascada sobre mis piernas. Edward me soltó la mano demasiado rápido, pero sentí el calor del contacto en mi palma durante un rato. Después abrió y sostuvo la enorme y suntuosa puerta del rascacielos de Park Avenue para que pudiera pasar.
Di un paso hacia delante, intentando controlar ritmo frenético de mi corazón.
Muy bien.
El otro pie siguió al primero.
Entonces, esta noche iba a hacer una falsa oferta por mi falsa cita, que pronto sería mi falso novio si nuestro trato se mantenía en pie después de este evento.
No es para tanto, ¿no?
