Disclaimer: Este fanfic es una adaptación del libro "The Spanish Love Deception" de Elena Armas.

Nada de esto me pertenece, todo es propiedad de Elena Armas y Stephenie Meyer.

Capítulo 8

Cuando Edward dijo "evento de caridad" y luego "subasta", me imaginé que se haría en una habitación lujosa y recargada, llena de millonarios viejos y estirados. No me pregunten por qué. Nunca me hubiera esperado la impactante terraza en la que nos habían recibido con una copa del más delicioso espumante que probé en mi vida. Y mucho menos a las modernas (y un poco extravagantes) personas de todas las edades y estilos que habían asistido. ¿Quién hubiera dicho que las altas esferas de la Gran Manzana podían ser tan… coloridas?

No llegué a conocerlos a todos. Nos centramos en las personas relacionadas con el mundo del fútbol, lo que no me extrañó teniendo en cuenta la revelación del pasado de Edward y el vínculo de su familia con el deporte. Se pasó toda la hora presentándome a entrenadores, coordinadores de equipos, un cazatalentos y varias personas influyentes cuyos roles no conocía, pero asentí como si entendiera cada una de sus tareas. Fuera del ámbito deportivo, solo hablé con unos pocos emprendedores cuyas corporaciones, empresas o proyectos también desconocía.

Cada vez que nos cruzábamos con un nuevo grupo de personas, Edward me presentaba como Isabella Swan, sin ninguna etiqueta antes o después de mi nombre. De algún modo, eso me ayudó a relajarme y a empezar a disfrutar de la noche. Era la primera vez que asistía a un evento como ese, lo mínimo que podía hacer era divertirme.

–Ya lo dije, pero me alegra mucho verte, Edward. –Angela, una mujer de unos cincuenta años, enfundada en un vestido que debía valer el doble o el triple que el mío, sonrió–. Especialmente con alguien a tu lado.

Sentí calor en las mejillas e intenté distraerme bebiendo un sorbo de mi elegante copa. Llevábamos unos minutos hablando con ella y yo me los había pasado en silencio, contemplándola con admiración. Su elegancia y su porte me impresionaban. Tenía ojos amables, a diferencia del resto de los invitados. El hecho de que fuera quien había planificado todo el evento era la cereza del postre.

–Entonces, dime, Edward –Angela sonrió un poco más–, supongo que participarás de la subasta, ¿no? Todavía no he podido mirar la lista final.

–Sí, por supuesto –respondió Edward, de pie a mi lado.

No habíamos tenido tiempo de discutir qué implicaba "ofertar por él".

Cuando terminé de procesarlo, ya estábamos en el elevador, a punto de entrar en la fiesta. Desde entonces nos habíamos movido de un grupo a otro, así que no había tenido oportunidad de interrogarlo.

–Me alegro mucho. –Ángela le dio un sorbo a su bebida–. Para ser honesta, tenía mis dudas. –Inclinó la cabeza hacia delante–. La subasta del año pasado fue… intensa. Divertida, eso sí. – Edward se movió en su sitio. Lo miré y, por cómo se le tensionaron los hombros, supe que le incomodaba el curso que estaba tomando la conversación. Me picó la curiosidad–. Qué bueno que trajiste a alguien hoy –continuó Angela–. Estoy segura de que eso encenderá las cosas. –Se giró hacia mí–. Isabella, querida, espero que estés preparada para una competencia feroz. –Sentí que Edward volvía a moverse.

–¿Competencia feroz? –repetí mientras pensaba en las palabras de Edward terminaba de entender el verdadero motivo por el que estaba aquí: "por eso pujarás esta noche, Isabella. Por mí".

–Nada de qué preocuparse. –Edward sujetó su copa con un poco más de fuerza.

Lo miré algunos segundos. Eso solo había duplicado mi curiosidad. Y me giré hacia Angela, que sonreía traviesa

–No me preocupa. –Sonreí también, de un modo bastante parecido al de ella–. Siempre estoy lista para una buena historia.

Escuché el suspiro resignado de Edward a mi lado. Angela sonrió todavía más.

–Creo que le cederé a Edward el honor de contártelo. –Después se inclinó hacia mí y susurró–: Seguro que su versión de la historia es más atrapante, en especial la parte que nadie vio. –¿Eh? Antes de que pudiera pedir los detalles que me moría de ganas de escuchar, algo (alguien) llamó la atención de Angela–. Ah, ahí está Michael. Si me disculpan, iré a saludarlo.

–Por supuesto –asintió Edward. Seguía rígido, aunque debía alegrarse de que Angela se alejara–. Ha sido un placer verte, Angela.

–Sí. –Le dediqué una sonrisa amable–. Encantada conocerte, Angela.

–El placer es mío, Isabella. –Volvió a inclinarse y me saludó con un beso en al aire–. No permitas que se salga con la suya. –Me guiñó un ojo y se fue hacia un grupo de gente.

La terraza estaba amueblada con mesas altas, que parecían sacadas de una revista de decoración, y lámparas de pie hechas de mimbre, que eran la única fuente de iluminación.

Me giré para mirar a Edward y descubrí que su par de ojos verdes ya estaba sobre mí. Traté de detener el rubor que me subía por el cuello y me aclaré la garganta.

–Soy toda oídos, Cullen. –Me llevé la copa a los labios y finalmente terminé el vino espumante que había estado paseando desde que habíamos llegado–. Es hora de que me pongas en tema

Edward meditó sus palabras un momento.

–Como supongo que ya habrás adivinado, la principal atracción de esta noche es una subasta de solteros.

–Una subasta de solteros –repetí por lo bajo–. Supongo que es plan de sábado a la noche muy común para ti. –Edward bufó. Giré el dedo índice en el aire–. Continúa. Quiero saber más.

–Creo que no hay mucho más para decir. –Balanceó la copa que llevaba en la mano.

–Tendrás que disculparme, Cullen, pero yo creo que sí hay. Además, quiero asegurarme de entender bien el concepto de la principal atracción de la noche. –

Me lanzó una mirada y yo reprimí la sonrisa–. Bien. Entonces, en esta subasta… se oferta por un soltero, ¿no?

–Correcto.

–Y asumo que quienes ofertan son mujeres y hombres solteros… –Asintió–. Y pagan una suma de dinero –señalé–. Todo por caridad, desde ya. –Volvió a asentir. Me di unos golpecitos con el dedo en el mentón–. Me pregunto… No, olvídalo. Es una estupidez.

–Ya dilo, Isabella –dijo, cansado.

–Si las personas ofertan (y compran) a estos solteros. –Lo vi entrecerrar los ojos, todo su rostro transmitía exasperación–. ¿Qué pasa después? ¿Para qué lo compran? –De nuevo esos labios apretados. Continué–: Me refiero a que no es como ofertar por un yate o un Porsche. Supongo que no puedes montarte en el soltero. –Bien, eso sonó… mal. Técnicamente uno se puede montar en una persona. Un cierto tipo de montura–. Me he expresado mal –me apresuré a aclarar, su expresión cambió–. No me refería a montar como a un caballo, quise decir que no puedes manejarlo para ir a dar un paseo, que es lo que la gente hace con los autos. Pero no con los hombres, no de ese modo. Al menos, yo nunca me monté a un hombre para que me llevara a dar una vuelta. –Negué con la cabeza.

Lo estaba empeorando. Cuanto más hablaba, más empalidecía Edward–. Sabes a qué me refiero.

–No –respondió y se llevó la copa a los labios–. Casi nunca sé a qué te refieres, Isabella. –Se masajeó la sien–. Quien gana la subasta gana una cita con el soltero en cuestión, y el dinero se dona a la causa. Para eso compran al soltero.

Perdón, ¡¿qué?!

–¿Una cita?

–Sí, una cita. –Frunció el ceño.

–¿Una cita cita?

–Una cita cita. Sí. Ya sabes, por lo general son dos personas que acuerdan un encuentro que suele incluir salir a comer y, a veces, otro tipo de actividades. –Me midió con la mirada–. Como montadas y paseos.

Separé los labios. No, mejor dicho, me quedé boquiabierta. ¿Estaba…?

¿Acababa de…?

–Ja, muy gracioso. –Me quemaban las mejillas, pero no tenía tiempo para ocuparme de eso. Porque lo que acaba de decir significaba…–. Entonces, ¿tendremos que…? ya sabes, ¿hacerlo?

–¿Qué cosa exactamente?

–Tener una cita –expliqué, bajando la voz para que nadie pudiera escucharnos–. Ya sé que haré una oferta falsa, pero ¿tenemos que salir de todos modos? ¿También tendremos una falsa cita? Porque dijiste que estoy aquí para eso, entonces… ya sabes.

A juzgar por su expresión, algo de todo lo que dije le pareció especialmente desagradable. Su garganta se movió despacio, como si acabara de tragar algo amargo.

–No te preocupes. Lo vemos después. Supongo que no es tan importante. –Lo importante ahora era salir del pozo en el que me había metido–. ¿Y te subastan todos los años?

Miró hacia otro lado por un momento y volvió a fijarse en mí.

–Desde que me mudé a Nueva York. Esta es la tercera vez.

–Y… ¿tienes citas con quienes ganan la apuesta? –Bueno, puede que eso no fuera exactamente cambiar el tema, pero una parte de mí quería saberlo. O eso creía.

–Por supuesto. Es parte del trato.

–Y tú nunca faltas a tu palabra. –Recordé lo que había dicho antes.

–Exacto.

Esa confirmación, ese "es parte del trato", se sintió como un puñetazo en el estómago. En mi apartamento, había pensado que era sincero cuando dijo que nunca se arrepentiría de nuestro acuerdo. Y me sentí… sí, un poco escéptica, pero por más extraño que parezca, también me sentí especial, para decirlo de alguna manera. Como si estuviera haciéndolo por mí y como si pudiera contar con él.

Quizá porque sabía lo importante que era, porque sabía cuánto lo necesitaba. Pero ahora creía que me había equivocado. Así era Edward. No tenía nada que ver conmigo. Y eso tenía sentido. Había sido una estúpida por pensar de otra manera.

–¿Y qué hacen en esas citas? –pregunté sin pensarlo mucho, para que no pudiera ver ninguna emoción en mi rostro–. ¿A dónde las llevas?

–Nada especial –admitió con un suspiro–. El soltero suele organizar todo y elegir el plan. Las dos veces que participé, armé algo en un refugio de animales de la ciudad. Pasamos un rato ahí, ayudamos un poco, llevamos a pasear a algunos perros.

Eso era… tierno, generoso, amable y, si tenía en cuenta cómo se me había detenido el corazón por un instante, mucho más de lo que hubiera esperado de él.

Bajé la vista y noté que mis dedos de nuevo jugueteaban con el brazalete.

–¿Entonces eso hiciste con la ganadora del año pasado?

–Sí. –Podía sentirlo pidiéndome en silencio que no siguiera por ese camino. Que no preguntara sobre lo que había mencionado antes Angela.

–Ah –dije distraída–. Hablando del año pasado… –tenía que preguntar–, ¿qué fue lo que pasó durante la subasta?

–No mucho. –Me miró resignado, con los hombros tensos.

–Ah, ¿sí? –Fingí sorpresa–. ¿No te trae ningún recuerdo esa feroz competencia a la que Angela dijo que no debía temerle?

Dobló los labios hacia abajo, en una suerte de puchero. Un puchero. En los labios de Edward.

–¿Ningún recuerdo? –insistí, tratando de acostumbrarme a esa imagen que veía por primera vez–. ¿En serio ninguno?

Edward Cullen siguió haciendo puchero, lo que me hizo querer sonreír con todas mis fuerzas. No lo hice. Contuve el impulso.

–Ya, de acuerdo. –Me encogí de hombros–. Supongo que debe ser normal para ti que te acosen postores feroces, Cullen. –bromeé. ¿Cómo podía no hacer un chiste cuando se veía todo… mortificado y lleno de ganas de salir corriendo? Además, él había empezado–. ¿Cómo ocurrió exactamente? ¿Se te arrojaron encima? ¿O fueron más sutiles? ¿Te arrojaron dinero a los pies? ¿Y luego su ropa interior?

Si este hombre tenía la habilidad de ruborizarse, hubiera apostado todo mi

dinero a que en cualquier momento se le enrojecerían las mejillas.

–No hay nada de qué avergonzarse. Eres un niño grande.

–Sí, ya nos hemos puesto de acuerdo en eso. –Las cejas casi se le salen de la frente. Se acercó un poco–. Puedo defenderme solo.

–No parece. –Mi voz sonó más temblorosa de lo que me hubiera gustado.

Entonces dio un paso más y algo me revoloteó en el estómago.

–Por suerte, estás aquí esta noche –dijo inclinándose hacia mí y clavándome los ojos verdes. El revoloteo creció, lo que no tenía sentido. Debía estar… ¿qué? ¿Qué era lo que tenía que estar sintiendo? –. Y la puja más alta será tuya y de nadie más.

Se me aceleró el corazón cuando lo miré. Su cercanía me abrumaba, y no en el

mal sentido. Edward no se alejó; por el contrario, siguió hablando. Su voz sonaba cada vez más cerca.

–El dinero correrá por mi cuenta. La donación saldrá de mi bolsillo, no del tuyo, así que no te contengas con la oferta. Lo que importa es que sea la más alta. Arroja dinero a mis pies si es lo que quieres. Solo asegúrate de que seas tú –se detuvo y sentí cómo se me secaba la garganta– quien me compré. ¿Entendido?

Sus últimas palabras me resonaron en la cabeza, se mezclaron con el revoloteo de mi estómago e hicieron que se me erizara la piel. Tuve que alejarme para poder procesar lo que acababa de decirme. No creía poder donar más que unos pocos cientos de dólares, así que me tranquilizaba que hubiese planificado esto con su plata y no con la mía. Lo que me llevaba a considerar dos posibilidades: o realmente le importaba la causa, o era tan rico que no le preocupaba cuánto tenía que invertir para ahorrarse una cita. Una cita a la que tendríamos que ir cuando todo esto terminara, si seguíamos las reglas. Pero no sería real. Porque esto no era real. Todo era una farsa.

–Bueno, un trato es un trato, Cullen. –Me encogí de hombros de un modo extraño. Intenté alejar el extraño y confuso pensamiento de tener una cita con él.

En un refugio de animales. Y verlo jugar con unos perritos adorables. En su uniforme de fútbol, con…

Por el amor de Dios, tengo que acabar con estas imágenes mentales.

Edward abrió la boca, pero antes de que pudiera decir algo, un hombre se acercó y le apoyó una mano en el hombro. Edward se giró asustado por el contacto, y se relajó en cuanto vio quién era.

–No creo lo que veo. –Le palmeó la espalda a Edward con firmeza–. ¿Edward Cullen nos honra con su presencia esta noche? Debe ser mi día de suerte.

Edward resopló, corto y por lo bajo, pero igual logré escucharlo.

–Sin duda no es el mío, ahora que te veo –murmuró. Movió la comisura derecha y dibujó el fantasma de una sonrisa torcida.

El hombre (que, por el modo en que reaccionó, era o había sido alguien cercano para Edward en algún momento) negó con la cabeza.

–Diablos, eso dolió. –Se llevó una mano al pecho mientras se le arrugaba la oscura piel alrededor de los ojos–. ¿Hace cuánto que no veo tu horrorosa cara?

–Menos de lo que me gustaría, si me preguntas. –El rostro de Edward, que solía permanecer inmutable, se relajó en presencia del hombre misterioso–. ¿Cómo estás, TJ? –Pude percibir la calidez en su voz, la familiaridad.

–Nunca he estado mejor. –TJ (como lo había llamado Edward) asintió con la cabeza–. Feliz de estar de vuelta, aunque no lo creas. Diablos, jamás creí que podría extrañar la ciudad.

Se me escapó una carcajada de la garganta mientras contemplaba este intercambio que desplegaba frente a mí un Edward totalmente nuevo y diferente.

Uno relajado, lo suficiente como para casi sonreír… y casi… bromear con alguien que parecía ser un viejo amigo.

–Pero... ah, veo que tu solitario trasero tiene compañía esta noche. Hola. –TJ se enderezó y una sonrisa con dientes se apoderó de su rostro. Debía tener la edad de Edward, años más, años menos. Era casi tan alto como él y tenía los hombros igual de anchos. Sus ojos color café me miraron con un interés que me tomó por sorpresa, aunque estaba segura de que ese interés no era por mí, nop. Más bien parecía reflejar la fascinación de ver a Edward con alguien a su lado–. ¿No vas a presentarnos, grandote? ¿Dónde quedaron tus modales? –Le dio un codazo en las costillas a Edward, quien ni se inmutó por el empujón, ya que era una sólida pared de ladrillos. Después de todo, era "grandote", apodo con el que me aseguraría de molestarlo. Esos labios que había visto hacer pucheros algunos minutos atrás se separaron, pero ya era demasiado tarde–: De acuerdo. Me presentaré con la dama yo mismo –dijo, sin darle oportunidad–. Tyler James. –Estiró la mano–. Un placer conocerte. –Edward emitió un sonido parecido al resoplido anterior–. TJ, para los afortunados que pueden considerarme un amigo. –Se le ensanchó la sonrisa. Le estreché la mano y la agité riendo.

–Encantada de conocerte. Soy Isabella Swan, pero, por favor, llámame Bella.

Sentí la calidez de su palma.

–¿Y qué te trae por aquí, Bella? –preguntó inclinando la cabeza, sin soltarme la mano.

–Yo... mmm. –Sonreí, incómoda. No sabía qué decir. Miré a Edward de reojo.

–TJ y yo éramos compañeros en Seattle –intervino Edward. Se giró hacia su amigo–. Isabella ha venido conmigo.

TJ me miró y esperó, en silencio, a que profundizara la presentación. De acuerdo, lo de "Isabella ha venido conmigo" era vago y redundante, pero me servía como punto de partida.

–Sí –me aclaré la garganta–, vinimos juntos. Edward y yo. –Agité una mano entre nosotros–. Él… me pasó a buscar y condujo hasta aquí. En su auto. Juntos. –Asentí con la cabeza. A TJ se le iluminaron los ojos, divertidos, lo que me hizo sentir incómoda y me empujó a querer llenar el silencio–. Si bien tengo licencia, el tráfico en Nueva York es aterrador. Así que jamás me atreví a conducir en la ciudad. –Innecesario, Bella–. Pero bueno… menos mal que Edward me pasó a buscar. A él no le asusta el tráfico. De hecho, es él quien puede resultar aterrador por momentos. –Solté una risa que murió rápidamente–. No es que a mí me asuste. Si no, no me hubiese subido a su auto. –Cállate, Lina. Cállate. Ya. Sentí que los rayos láser de los ojos de Edward me atravesaban. También los de TJ, aunque de un modo mucho menos hostil y más absorto–. Así que, sí, palabras más, palabras menos, vinimos juntos.

Avergonzada, recordé que merecía esta humillación por la mentira que había originado todo esto.

El amigo de Edward se rio entre dientes y guardó las manos en los bolsillos de su esmoquin color café. TJ nos miró alternadamente a Edward y a mí varias veces.

Lo que sea que hubiera percibido fue suficiente para que sacudiera la cabeza en un movimiento que solo podía significar que me había metido en un apuro.

–Mmm… –dijo y se encogió de hombros–. Bueno, Edward puede ser aterrador. –Me guiñó un ojo–. Yo, por mi parte, soy puro encanto.

–Me di cuenta. –Sonreí, contenta de que se hubiera apoderado de la conversación.

–Como ya debes saberlo, habrá una subasta de solteros esta noche, y no solo estoy soltero –alzó ambas manos, con el rostro lleno de malicia. Después miró a Edward y yo hice lo mismo, estaba fulminando con la mirada–, sino que también me inscribí en la subasta. Estoy seguro de que voy a ser caro, pero te prometo que valgo…

–TJ –lo interrumpió Edward–, no será necesario. –Se acercó a mí, su brazo casi me rozaba los hombros. Esa semilla que había plantado en mi apartamento (la plena conciencia de su cuerpo y el modo en que su cercanía se había vuelto difícil de ignorar) oreció. Levanté la vista para mirarlo y él inclinó la cabeza hacia abajo, con los ojos fijos mí–. Puedes dejar de venderte –le dijo a su amigo sin despegar la mirada de la mía. El fantasma de una mano me tocó la cintura. O eso creí, porque todo parecía ir demasiado rápido como para estar segura–. Isabella va a ofertar por mí esta noche.

Parpadeé, cautivada por los ojos de Edward y lo cerca que habían sonado sus palabras, casi acariciándome la sien izquierda.

–Te oyes muy seguro –dijo TJ, mis ojos seguían en Edward– para ser alguien que ha descrito más como su chofer que como su cita.

Edward apartó la mirada de la mía y la dirigió a su amigo. Hice lo mismo. Algo pasó entre esos hombres y, por un instante, sentí que debía intervenir. TJ inclinó la cabeza hacia atrás y se rio, rompiendo la tensión que se había formado entre nosotros.

–Es una broma, grandote. –Otra carcajada–. Tendrías que haberte visto la cara. Por un segundo creí que me ibas a empujar al suelo o algo así. Sabes que ese no es mi estilo. Nunca buscaría a la chica de un amigo.

–No… –Abrí la boca para corregir a TJ y decirle que no era la chica de Edward, aunque las condiciones de nuestro acuerdo eran difusas, y no tenía idea de si iba a arrepentirme después. Era su cita falsa y haría una oferta falsa, pero ¿eso quería decir que también era su chica falsa? Diablos, tendríamos que aclarar estas cosas antes de ir a España. El simulacro estaba resultando mucho más difícil de lo que esperaba–. No te iba a empujar al suelo, TJ.

–Veo que hay cosas que nunca cambian –murmuró Edward. Con un suspiro, relajó la postura y, de alguna manera, se inclinó hacia mí. Me rozó ligeramente el brazo con el pecho y me hizo sentir su calor–. Como lo gracioso que te crees.

–Vamos –intervine–, solo estaba bromeando. –Yo también hubiera hecho algún chiste si no fuera porque sentía un cosquilleo incómodo que solo me permitía concentrarme el punto en el que nuestros cuerpos se rozaban–. Un poco de sana diversión.

–¿Ves? Escucha a tu chica. Solo te estaba molestando. –TJ seguía sonriendo, con el rostro casi iluminado–. Como en los viejos tiempos.

Se me vino una pregunta a la cabeza: ¿por qué TJ lo había llevado hasta el límite? ¿Así eran siempre? Debía ser eso. De la nada y en cuestión de segundos, Edward se había vuelto territorial.

–Ah, hablando de los viejos tiempos –comenzó a decir TJ y su expresión se tornó sombría–, me enteré de lo del entrenador y lo lamento, amigo. Sé que no se hablan, pero sigue siendo tu…

–No pasa nada –lo interrumpió Edward. Pude sentir la tensión en su cuerpo. El cambio. Noté su incomodidad y cómo de pronto había subido la guardia–. Te agradezco, pero no hay nada que lamentar.

Alcé la vista hacia él, quien a su vez miraba fijamente a su amigo en señal de advertencia.

–De acuerdo –dijo TJ–, supongo que no hace falta que te lo diga porque lo viviste en carne propia, pero el reloj no se detendrá para que arreglen las cosas. El tiempo no espera a nadie. –Le habló a su amigo con un sentimiento que no logré identificar, pero quería entender de dónde venía, cómo afectaba a Edward y qué tenía que ver con el hombre al que había llamado "entrenador"–. Convencí a mi papá de que viniera. Lo anoté en la subasta. –De vuelta esa sonrisa maliciosa–. Ya es hora de que salga un poco y vuelva a vivir su vida. Está muy entusiasmado. –

Antes de que Edward o yo pudiéramos responder (Edward porque todavía estaba perdido en sus pensamientos y yo porque estaba tratando de entender por qué), TJ me habló–: Así que, Bella, si te cansas de esa aburrida cara, ya sabes que habrá no solo uno, sino dos James en el escenario.

–No lo olvidaré. –Le sonreí, intentando relajar la voz–. Aunque creo que este me tendrá bastante ocupada. –Sentí que Edward me miraba, mis mejillas se encendieron.

¿Qué acabo de decir?

–Lo que me recuerda –dijo TJ– que la subasta está por empezar. De hecho, me mandaron a robarte a este feo. Así que, si no te importa, Bella, tenemos que irnos.

–Ah, por supuesto. –Miré a mi alrededor y noté que las personas se habían acercado al escenario, que estaba en una esquina de la terraza. Me recorrió una ola de nerviosismo–. Vayan, chicos. –Se me endureció la sonrisa–. Puedo prescindir de su compañía por un rato. –Bajé la voz–. Ya debes saber que es muy conversador. –Señalé a Edward–. A mis oídos les hará bien el descanso.

TJ lanzó otra carcajada.

–¿Estás segura de que quieres gastar tu dinero en él, Bella? Te digo que…

–Termínala de una vez, ¿quieres? –Edward lo fulminó con la mirada.

–Bueno, bueno. Solo decía, amigo. –TJ alzó las manos.

Me reí, pero la risa sonó un poco afligida porque Edward había achicado la distancia que nos separaba y ahora tenía el brazo completamente apoyado sobre su pecho, y de pronto no quería que se fuera.

Lo miré. Esos ojos verdes me pedían disculpas. Debí haber sonado tan nerviosa como estaba si Edward se sentía culpable por dejarme sola un rato. Negué con la cabeza, tenía que dejar de ser tan tonta.

–Sí, estoy segura, TJ –respondí a su pregunta mientras miraba a Edward a la cara–. Ve. Estaré bien sola. –Dudó y no se movió de mi lado. Me sentí mal por haberle hecho creer que tenía que cuidarme–. No seas tonto, grandote. Estoy bien, tienes que irte. –Sin pensarlo, le di unos golpecitos en el pecho. Se me congeló la palma ahí, sobre su pecho.

Bajó la mirada hacia mi mano muy despacio. La electricidad me recorrió el brazo y la quité de inmediato. No tenía ni idea de por qué lo había hecho, me había salido de manera natural. Edward se sentía mal por dejarme sola (probablemente porque lo había mirado como si alguien hubiera golpeado a mi cachorrito) y de inmediato quise consolarlo con contacto físico. Una palmada amistosa. Pero no éramos amigos, no tenía que olvidarme de eso.

Me aclaré la garganta.

–Ve, en serio. –Alcé la copa vacía y sentí que me ruborizaba por enésima vez en la noche–. Llenarla me mantendrá entretenida.

–Puedo quedarme un rato más y explicarte cómo funciona la subasta. –Su voz sonó extrañamente gentil. Me incomodó–. También puedo buscarte otra copa.

De nuevo la necesidad de tocarlo para asegurarle que iba a estar bien, pero me contuve.

–Me las apaño sola –le dije despacio, no podía ser tan complejo.

–¿Y si quiero hacerlo?

–Lo averiguaré. –La necesidad de pelearlo (de intentar devolvernos a la normalidad) me llevó a pararme de puntillas y acercarme a su oído para que pudiera escucharme bien–. Y, si no lo consigo, intentaré no gastar tu dinero en ninguna estupidez como un yate o ropa interior usada de Elvis; aunque no te prometo nada, Cullen.

Me alejé. Esperaba encontrarlo poniendo los ojos en blanco o bufando. Cualquier cosa que indicara que había conseguido lo que me proponía y que habíamos vuelto a la normalidad: a los Edward y Bella con los que me sentía cómoda. Por el contrario, tenía los ojos verdes llenos de… algo que me dejó inquieta y agitada. Lo ocultó con un parpadeo.

–De acuerdo –respondió sin más.

Ninguna respuesta sarcástica. Ningún regaño por haber insinuado que me gastaría su dinero en un yate. Ninguna mirada horrorizada por la mención de la ropa interior de Elvis. Nada más que "de acuerdo". De acuerdo, entonces.

–Bien, vamos. –TJ lo arrastró lejos de mí–. Te veré luego, Bella. –Guiñó un ojo.

–Sí… –balbuceé. Negué con la cabeza e intenté parecer menos confundida de lo que en verdad estaba–. ¡Conquisten a ese público! –los alenté con un puño en el aire.

TJ soltó una carcajada y Edward siguió mirándome de un modo particular, esperaba que no significara que se estaba arrepintiendo de haberme pedido que lo acompañara.

Dieron media vuelta y se alejaron caminando juntos. La vista era muy tentadora como para dejar de mirarlos. TJ se acercó a mi falsa pareja para decirle algo que probablemente solo él podía escuchar. Edward no se detuvo; su única reacción fue negar con la cabeza. Después apartó a TJ con una fuerza que hubiera hecho volar a cualquier persona. Otra carcajada de TJ retumbó en el aire.

Me quedé sonriendo mientras los veía alejarse con grandes zancadas. Pensé que ver a Edward con estas personas, que pertenecían a una faceta de su vida que desconocía hasta este momento (una que tenía bien guardada, como todo lo demás), era tan extraño como fascinante.

Mi mano se levantó sola y me tomó por sorpresa.

–La chica en el hermoso vestido azul noche ofrece mil quinientos –Angela, que estaba a cargo de conducir la subasta, gritó en el micrófono con una sonrisa bastante escandalizada.

Se me secó la garganta y se me hizo imposible tragar mi atrevimiento. Me sentía un ser humano despreciable por ofertar una ridícula cantidad de dinero por alguien. Un hombre. Un soltero. Que no era Edward.

El señor por el que acababa de ofertar, que parecía muy dulce, festejó desde el centro del escenario. El alivio invadió su rostro arrugado. Me hizo una reverencia.

Por más que me sintiera mal, culpable y aterrada, no pude evitar devolverle la sonrisa.

Deseando que mis ojos se quedaran en su lugar (y no saltaran directo a Edward, que estaba en la parte izquierda del escenario, esperando a que lo subastaran),

intenté sacudirme el merecido sentimiento de culpa que se me había instalado sobre los hombros. Tranquila. Tenía que tranquilizarme. Alguien haría una oferta más alta. El señor solo necesitaba un empujón para entrar en confianza.

Y eso era lo que había hecho. O lo que quise hacer después de los cinco minutos de un silencio incómodo y desolador que siguieron a la presentación del pobre señor. Había reconocido esa sonrisa de inmediato. La había visto en el rostro de TJ.

–Damas y caballeros, mil seiscientos por Patrick James. –La voz de Angela llegó a través de los altavoces.

Ninguna mano se alzó. Ni una. Diablos.

Patrick, que tal como lo imaginaba, era el padre de TJ, seguía parado en el escenario con su cabello gris, tiradores y la espalda un poco encorvada por la edad.

Quedaba completamente fuera de lugar comparado con los otros hombres que estaban a la venta (o en subasta, como sea). Sonrió, satisfecho con el resultado, con haber tenido una oferta, que había sido la mía. Y eso era muy muy malo.

Estaba aquí para ofertar por Edward. No por un hombre que, según la presentación de Angela, era un viudo que buscaba una segunda oportunidad no solo en el amor, sino en la vida en general.

Estaba dispuesta a tener una cita con él si tenía que hacerlo, pero no podía quedarme sin hacer nada cuando alguien que por alguna razón me recordaba a mi difunto abuelo, un hombre que sabía que era el padre de TJ, estaba en el escenario esperando que alguien, quien sea, ofertara por él. Por Dios, esto era un evento de caridad. ¿No se suponía que veníamos a donar dinero? Eso era lo que había hecho.

Solo que técnicamente había usado dinero que no era mío.

Hice una mueca. No mires a Edward, Bella. No lo hagas. El dinero saldría de mi propio bolsillo. Pero la duda ahora era, ¿podía ofertar por dos solteros? Mierda. Esperaba que sí.

–Al señor James le gusta cenar a la luz de las velas y cree que cada uno tiene una misión en la vida. –Angela lo siguió vendiendo. Patrick asentía con la cabeza.

Nadie levantaba la mano. Mierda. Mierda. Mierda. No podía mirar a Edward.

Seguro estaba echando humo. Luego me disculparía. Intentaría… explicárselo–. Es un navegante aficionado, una actividad que practica desde que su nieto le compró un hermoso velero, que espera aprovechar en su cita.

Por el rabillo del ojo detecté al menos a cinco mujeres que preparaban sus ofertas, con ganas de tener una cita en un velero. El alivio fue tan instantáneo que creí que había perdido cinco kilos de golpe.

Entonces busqué a Edward con la mirada. No me costó encontrarlo. Parecíaque mis ojos sabían exactamente dónde estaba. Contuve un segundo la respiración. Estúpido estúpido esmoquin. Estaba tan compenetrada con la subasta que verlo tan imponente y seguro sobre ese escenario me tomó con la guardia baja.

La puja por Patrick siguió de fondo en tanto buscaba los ojos de Edward. Los tenía entrecerrados, probablemente intentando entender qué acababa de pasar.

Por fuera de eso, se lo veía… bien. Estoico, neutral. Como estaba siempre.

Excepto por el cautivante esmoquin que le calzaba como un guante. Encontré un poco de consuelo en el hecho de que no pareciera completamente furioso. Me encogí de hombros y articulé sin sonido: "Lo siento, ¿sí?".

Cerró los ojos un poco más y negó despacio con la cabeza. "No es cierto", dibujaron sus labios.

Resoplé. "Sí que lo es", respondí. Lo sentía mucho, y él…

"No". Volvió a negar con la cabeza. No me creía.

Ofendida por las palabras que acababa de modular (dos veces), aunque tenía toda la razón en estar enojado, alcé las dos manos, irritada. Por Dios, este hombre…

–Mil novecientos para la dama de azul noche. –Escuché decir a Angela.

Espera, ¿qué? No.

Me estremecí, dejé caer las manos a ambos lados y allí las dejé. Miré a Angela para confirmar lo que acababa de hacer, aunque esta vez hubiera sido por accidente. Vi que señalaba en mi dirección. Mierda.

Volví a mirar a Edward , que ponía los ojos en blanco y tenía los labios apretados en esa línea que conocía tan bien. Hice una mueca y le dediqué una sonrisa apretada que esperaba que le diera a entender cuánto lo sentía y cuánto deseaba que Patrick tuviera otro velero, porque iba a necesitar que alguien hiciera otra oferta por el viudo.

Angela anunció la próxima suma y nadie respondió.

La culpa regresó con una pizca de vergüenza, lo que me llevó a enfrentar a Edward con una mirada seria y modular, de nuevo, "lo siento", muy despacio y claro, para asegurarme de que lo entendiera.

Los ojos de Edward se encontraron con los míos, su rostro no tenía expresión.

"Lo juro". Formé las palabras en silencio, del modo más exagerado que pude.

Después torcí la boca en una mueca triste y dejé quieto el resto del cuerpo, para no ofertar por ningún otro soltero sin querer. "Lo siento", modulé como una idiota total. Y era verdad. Lo sentía. Aunque también era verdad que era idiota.

Algunas cabezas se giraron y me dispararon miradas incómodas, pero no dejé que me desalentaran y seguí con los labios curvados hacia abajo, diciéndole con los ojos a Edward que lo sentía. Aunque, si me preguntan, la culpa había sido de él por elegirme a mí entre tanta gente para hacer algo para lo que claramente no estaba preparada.

Debí hacer algo porque, antes de que pudiera entender lo que estaba pasando, a Edward le temblaron los hombros un par de veces, relajó la postura y se llevó una mano a la parte posterior del cuello mientras bajaba la cabeza. No le podía ver la cara, así que no tenía ni idea de lo que le pasaba. Seguramente estaba a punto de transformarse en Hulk de pura frustración. Justo cuando empezaba a preocuparme de verdad, levantó la cabeza y me dejó ver algo que nunca hubiera imaginado.

La más grande, ancha y hermosa sonrisa que hubiera visto jamás le invadía el rostro y hacía que se le entrecerraran los ojos. Era un hombre que no podía procesar. Que nunca había visto. Que se me hacía muy muy difícil odiar.

A mí también se me iluminó la cara por lo que veía. Sentí la tensión en las mejillas por la sonrisa con la que estaba respondiendo: una igual de grande, ancha e inesperada.

Y después comenzó a reírse. Inclinó la cabeza hacia atrás y sus hombros se agitaron por la risa. Todo esto sobre un escenario, delante de mí y de un montón de personas, como si no tuviera una sola preocupación.

Parecía que yo tampoco la tenía porque, en ese momento, solo me podía concentrar, solo podía pensar y solo me importaba su risa inesperada y gloriosa.

Tanto que mis dedos quisieron escabullirse hasta el teléfono para tomarle una foto que me sirviera como prueba de que esto había sucedido: Edward Cullen, alguien que tenía la capacidad de irritarme con solo una palabra, había iluminado la terraza entera con una sonrisa de la que me había privado todo este tiempo.

Deseaba poder revivir ese momento cada vez que quisiera.

¿Qué me pasaba? ¿Qué problema tenía? ¿Tan grave era que ni siquiera me importaba que fuera un problema?

Antes de que pudiera recuperarme de los efectos de algo tan mundano como una sonrisa, pero tan extraño de ver en este hombre al que no podía dejar de mirar, comenzó a caminar hacia el centro del escenario.

–Maravilloso. Estoy segura de que Patrick y su afortunada acreedora, la dama del abanico azul, disfrutarán lo que tiene preparado. –Se escuchó la voz de Angela.

Estaba tan compenetrada con mi cita falsa que no me di cuenta de que otra persona había ofertado por Patrick.

–Y, último, pero no por eso menos importante, tenemos a Edward Cullen.

Damas y caballeros, vamos a empezar en mil quinientos y recuerden… –Abrió bien grandes los ojos y se rio entre dientes–. Bien, supongo que no tengo que recordarles que por favor oferten por el último soltero de la noche solo si quieren contribuir a la causa. –Entendí a qué se refería cuando miré a mi alrededor: más de diez personas tenían las manos levantadas–. Me gusta verlos tan comprometidos –continuó Angela con una sonrisa traviesa–. Mil quinientos para la dama de rojo.

Recorrí el lugar con la mirada para identificar a quién se refería: estaba en primera fila y debía tener más o menos veinte años más que yo. No por juzgar o ser superficial, pero de solo verla podía imaginar qué tan generosa podía llegar a ser su donación.

Volví a mirar hacia el escenario y me encontré con Edward. Había borrado la sonrisa. Ahora sus rasgos parecían duros y vacíos. Sentí una decepción punzante que no tuve tiempo de procesar. Tenía una misión, y estaba fracasando. Por segunda vez. Respiré profundamente para darme fuerzas. No podía permitir que me distrajera algo tan maravilloso pero insignificante como la habilidad de Edward para reír o sonreír.

–¿Mil setecientos? –anunció Angela e hice un gesto con la mano para ofertar. Demasiado tarde–. Para la dama de rojo.

La Dama de Rojo (y otras cinco o seis manos) me había ganado… de nuevo.

Miré de reojo a Edward. Lo tensos que tenía los hombros me indicaba que estaba tan infeliz como yo. Me enderecé, decidida a concentrarme solo en Angela y en sus próximas palabras.

–Maravilloso –dijo al micrófono–. Subamos un poco, damas y caballeros. Parece que el señor Cullen está muy solicitado. ¿Qué les parece mil novecie…?

Disparé la mano al aire, sin quitarle la mirada a la Dama de Rojo, quien había sido más veloz que yo. De nuevo.

Angela se rio y la señaló, reconociendo su oferta. Para mi sorpresa, la Dama de Rojo se dio la vuelta y me miró con un gesto presumido.

Entrecerré los ojos. Ay, diablos. Esto no tenía nada que ver con la caridad. Se había vuelto personal.

Angela anunció la siguiente suma y alcé la mano con una velocidad impresionante, tanto que casi me desgarro un músculo, pero lo que escuché a continuación hizo que valiera la pena:

–Para la bella dama de azul noche. –Me sonrió desde el atril.

Le devolví el gesto y un extraño fuego me quemó la boca del estómago, similar al de los hombros.

Anunció la siguiente oferta y también fue mía.

Ja! Toma eso, Dama de Rojo.

Giró la cabeza como si pudiera escuchar mis pensamientos. Entrecerró los ojos y frunció los labios. Se agitó el pelo rubio, con aires de grandeza.

En ese momento supe que estaba en lo cierto: era algo personal. Esta señora estaba al acecho. Y yo no iba a permitir que me robara a mi Edward…

No, no a "mi", me corregí. A Edward. No dejaría que se robara a Edward.

Antes de que Ángela anunciara la siguiente oferta, ya era mía. La Dama de Rojo me miró de un modo que podría haber congelado el sol en un día de verano en Nueva York, y me sentí tentada de sacarle la lengua, pero cuando recordé los mil motivos por lo que eso sería inapropiado, me limité a sonreír.

Seguí luchando contra la Dama de Rojo unas cinco o seis rondas, cada una un poco más enérgica que la anterior: nuestros brazos se movían más rápido, las miradas que intercambiábamos eran más gélidas. Estaba agitada y sentía la piel de la cara como si hubiera corrido por el Central Park detrás del camión de los helados. Pero había valido la pena, porque Edward seguía siendo mío. No mío, sino… como sea.

Estaba tan compenetrada en la batalla que me había olvidado de él. Casi no lo miré desde que había empezado a correr sangre con las ofertas. Justo cuando estaba por prestarle atención de nuevo, levanté la mano una vez más (tan alto como la ridícula cantidad de dinero que habíamos alcanzado). Esta vez, lo hice yo sola.

–A la una se va con la dama de azul noche –gritó Angela, señalándome.

El corazón me latió más fuerte. Vi a un hombre de pelo gris junto a la Dama de Rojo, tenía los labios apretados y estaba de brazos cruzados.

–A las dos –continuó Angela y el hombre le susurró algo al oído a la Dama de Rojo, que suspiró y asintió reacia.

Vamos, vamos, vamos. Edward ya casi es mío.

–Vendido a la adorable y muy apasionada dama de azul noche. –Angela cerró la subasta con un guiño.

Sentí que un grito de alegría me trepaba por la garganta y me giré hacia Edward. Quería hacer un bailecito de triunfo y agitar las manos en el aire. También sentí la necesidad de gritar groserías. Por suerte, me di cuenta a tiempo de que era una estupidez de la que me arrepentiría. Pero, cuando finalmente lo miré, esa efusividad tan grande se esfumó: ni siquiera sonreía, solo… me miraba.

Me decepcionó no haber encontrado esa sonrisa que había visto antes. Me pregunté si así iba a ser de ahora en más: yo buscando la sonrisa de Edward y él negándomela.

Me tragué el sentimiento e intenté quitarme esos estúpidos pensamientos de la cabeza. Así que, curvé los labios e hice un pequeño festejo. Él solo asintió, se veía como si estuviera dándole vueltas a algo. Algo que lo preocupaba.

Fruncí el ceño. Lo miré bajarse del escenario y caminar hacia mí. No percibió cómo me hacía sentir que no estuviera celebrando conmigo, pero traté de ignorarlo y me concentré en mantener un gesto que esperaba que se viera como algo parecido a una sonrisa.

El hombre de ojos verdes que acababa de comprar para una cita que nunca sucedería se detuvo delante de mí. Bajó la cabeza y la barbilla casi le tocó la clavícula. Esperé, pero no dijo nada. Pensé en decir algo, y no se me ocurrió qué, así que seguimos en silencio.

Esta novedad con la que me había familiarizado demasiado rápido como para sentirme bien y cómoda hizo que se me erizaran los pelos de los brazos. Entonces entendí lo raro e impactante que era en muchos aspectos que nos encontráramos en esta situación. A decir verdad, toda la noche parecía irreal.

Tragué y me moví incómoda por el peso de su mirada. Otra vez fui incapaz de soportar el silencio que se había instalado entre nosotros:

–Espero que vengas con velero, Cullen –dije finalmente, con la voz débil–. Si no, me arrepentiré de no haberme quedado con Patrick.

Edward no se inmutó. Me miró a los ojos y por un momento vi algo de calidez en ellos y unas pequeñas arrugas a los costados por la sonrisa que, ahora sabía, se rehusaba a regalarme. Algo se movió en mi pecho. Algo sutil y pequeño, que casi no percibí, pero no ayudó a que mi respiración (todavía alterada por la subasta) volviera a la normalidad.

Se acercó un poco.

–A veces estoy convencido de que disfrutas de hacerme sufrir. –Su voz, normalmente grave, sonó como un susurro y eso les dio un tono reflexivo a sus palabras.

–Ah. –Fruncí el ceño. Abrí la boca, pero me costó seguir–. De acuerdo, tienes derecho a estar molesto, aunque para ser justos, estamos a mano, porque deberías haberme advertido que iba a ser tan intenso. –Me reí incómoda–. De haberlo sabido, hubiese sumado una estrella ninja al atuendo. Me hubiese venido bien con la Dama de Rojo.

Edward, quieto y taciturno, me miró desde su altura de un modo que volvió a inquietarme. El silencio entre nosotros me hizo notar que se había dispersado la multitud agrupada delante del escenario. Desde la otra punta de la terraza, nos llegó un murmullo y una melodía dulce. En ese momento rompió el silencio:

–Baila conmigo.