Disclaimer: Este fanfic es una adaptación del libro "The Spanish Love Deception" de Elena Armas.

Nada de esto me pertenece, todo es propiedad de Elena Armas y Stephenie Meyer.

Capítulo 10

Cuando entré a las oficinas de InTech el lunes siguiente, me sentía como si hubiera desayunado una bola de plomo con café. La sensación crecía con cada paso que daba, como si la bola se expandiera y ocupara cada vez más lugar en mi interior.

No me había sentido tan… intranquila desde esa horrible llamada hacía algunas semanas, cuando me enteré del compromiso de Felix. La llamada que dio origen a la farsa.

Pero esto era diferente, ¿no?

La pesadez en la boca del estómago no tenía nada que ver con la mentira que había escupido en un rapto de desesperación y estupidez.

Aunque quizá sí.

Pero sin duda esto que sentía tenía que ver con cómo habían quedado las cosas con Edward el sábado. Por mucho que me resistiera a admitirlo, tenía que hacerlo. Y por mucho que me resistiera a desperdiciar un solo segundo preocupándome por eso, de todos modos, lo hacía.

Era ridículo porque ¿por qué permitiría que el sábado pasado (o él) me diera vueltas en la cabeza? No había motivos. Por lo menos no lógicos. No éramos amigos. No nos debíamos nada. Y lo que sea que dijera… (o hiciera, o cómo se viera, u oliera, o sonriera, o cómo me sostuviera entre sus brazos mientras bailábamos, o lo que sea que me hubiera susurrado al maldito oído) debería resbalarme.

Sin embargo, parecía que mi mente tenía otros planes.

"Jamás pensé en ser tu amigo", había dicho. No podía ser más claro.

Por mí, todo bien. De todos modos, yo tampoco estaba buscando una amistad. Excepto quizá durante sus primeros días en InTech.

Pero ese tren ya había pasado. Estaba en mi lista negra por un motivo, y ahí tendría que haberse quedado: en la lista negra.

El único pequeñísimo problema era que lo necesitaba. Y… Dios.

Me ocuparía de eso más tarde. Intenté olvidar el drama con Edward y destruir esa semilla de intranquilidad para que no creciera y se convirtiera en otra cosa.

Acomodé el bolso en la silla, tomé mi agenda y me dirigí a la sala en la que una vez al mes hacíamos el Desayuno de Novedades al que asistía Aro, nuestro jefe, y los cinco equipos que coordinaba. Y no, no desayunábamos y mirábamos las noticias. Por desgracia. Solo era una reunión que teníamos en la que se servía café feo y algo que no tenía derecho llamarse galletas mientras Aro nos transmitía los últimos anuncios y novedades.

Fui una de las primeras en llegar. Ocupé mi lugar habitual y, con la agenda abierta, me puse a repasar algunas tareas que había dejado para esta semana. Poco a poco, la sala se fue llenando.

Sentí una caricia suave en el brazo y un ligero perfume a duraznos. Sabía a quién iba a encontrarme cuando me diera vuelta, y seguro estaría sonriendo.

–Ey, ¿quieres almorzar en Jim's o en Greenie's? –preguntó Rosie en voz baja.

–Vendería mi alma por un bagel de Jim's, pero no debería. –Hoy definitivamente no era día de ensalada. Aunque mi humor se iba a desplomar todavía más, la boda estaba cada vez más cerca–. Así que Greenie's.

–¿Segura? –Rosie miró las galletas servidas sobre la mesa angosta junto a la entrada de la sala–. Dios, se ven peores que nunca.

Me reí y, antes de que pudiera responder, me rugió el estómago.

–Me arrepiento de no haber desayunado –murmuré y le hice una mueca a mi amiga.

–Bella –frunció el ceño, su voz parecía un poco alarmada–, no eres así, cariño. La dieta que estás haciendo es una estupidez.

–No es una dieta. –Puse los ojos en blanco, ignorando la voz en mi cabeza que estaba de acuerdo con ella–. Solo me estoy cuidando.

–Iremos a Jim's –me ordenó, dándome a entender con la mirada que no me creía.

–Mira, con el fin de semana que he tenido, iría encantada y arrasaría con todo, pero tendré que rechazar tu invitación.

–¿Qué hiciste? –Me analizó y debió haber detectado algo, porque alzó una ceja.

Apoyé la espalda en el respaldo de la silla y bufé.

–No hice… –Me detuve. Había hecho bastante–. Después te cuento, ¿sí?

–En Jim's. –Asintió con la cabeza una vez, preocupada. Me pasó por al lado para sentarse en la silla junto a Héctor, su líder de equipo.

Cuando mis ojos se encontraron con los del viejo, lo saludé con la mano y le sonreí. Me respondió con un guiño.

Y después (tomándome con la guardia baja, cosa que no tendría que haber pasado), se encendió el radar interno que me alertaba de la presencia de Edward.

Se me aceleró el corazón y lo aceché con la mirada.

No es tan guapo. Solo es alto, me dije.

Algo me golpeó la caja torácica.

Era el esmoquin, porque definitivamente mi cuerpo no está reaccionando igual a esa camisa ni a los pantalones ajustados, pensé mientras lo observaba dar largos pasos hasta la silla que sabía que iba a elegir, un par de las más adelante y hacia mi izquierda.

Sí, su rostro no es para escribir poemas, me convencí mientras estudiaba su perfil, recto y masculino, desde la mandíbula hasta la línea de cabello tupido que limitaba con su frente.

¿Ven? Lo tenía bajo control. Mi cuerpo había vuelto a la normalidad. No necesitaba el consuelo de un bagel con salmón y queso crema.

Pero entonces Edward se dio la vuelta. Recorrió la sala con la mirada y me encontró observándolo de un modo que debía ser bastante intenso para alguien que había jurado no prestarle atención hacía solo un par de minutos.

Sentí cómo se me ruborizaban las mejillas con un rojo profundo. Hubiese apostado a que mi rostro parecía en llamas.

Y, sin embargo, no fui la primera en apartar la vista. Fue él. Bajó la mirada y se concentró en otra cosa. Una cosa que no era yo.

Y me hizo sentir mal. Que me rechazara tan rápido me molestaba más que nunca.

–Buenos días a todos. –La voz de Aro me quitó de mis pensamientos antes de que pudiera darle muchas más vueltas al asunto. El murmullo que había en la habitación se detuvo de pronto–. Este Desayuno de Novedades será relativamente corto. Tengo que asistir a una reunión de la que me he enterado hace solo treinta minutos, así que no se acomoden tanto, y ataquen las galletas cuando deseen –dijo entre risas.

Nadie se movió. Por supuesto.

–Como ya saben, estamos atravesando un momento de cambios importantes en la estructura de InTech. Entre otras cosas, reorganizaremos las responsabilidades. Todo repercutirá en la estructura de la compañía a la que estamos acostumbrados. Pero no hay de que para preocuparse. La mayoría de los cambios se incorporarán poco a poco durante los próximos meses.

La pantalla, colgada en una de las paredes de la sala de reuniones, mostró un organigrama con las cinco divisiones. El nombre de nuestro jefe (Aro Vulturi) se encontraba bien destacado arriba y, justo debajo, el de los cinco líderes (Edward Cullen, Gerald Simmons, Héctor Díaz, James Pokrehl, y yo, Isabella Swan).

Se rumoreaba (típicos comentarios de pasillo) que iba a pasar algo grande en la empresa. Algo que sacudiría las cosas. Pero la verdad era que nadie sabía a ciencia cierta qué.

–Dicho esto –continuó el jefe después de aclararse la garganta–, me gustaría adelantarles algo hoy, antes de que se enteren por la circular oficial.

El hombre al que mi amiga Rosie, un poco borracha, se había referido como "madurito sexy" dudó por un momento. Se acomodó despacio el cuello de su camisa y presionó una tecla de la computadora y apareció una nueva diapositiva en la pantalla, con un diagrama muy similar al anterior. Casi un duplicado, esencialmente lo mismo, excepto por un detalle.

El nombre de Aro ya no estaba en el recuadro azul encima de los cinco líderes de equipo.

La bola de plomo que llevaba desde la mañana se derrumbó a mis pies.

Nuestro jefe juntó las manos mientras mi mirada alternaba entre él y la pantalla.

–Me complace anunciar que Edward Cullen será el nuevo jefe del Departamento de Soluciones de InTech. –Las palabras de Aro me entraron por los oídos y se me quedaron rebotando en la cabeza, como si mi cerebro no pudiera procesarlas–. Edward es una de las personas más responsables y eficientes que tuve el gusto de supervisar, y ha demostrado que se merece este ascenso una y otra vez, así que no tengo dudas de que hará un gran trabajo.

Todos estaban mudos por la sorpresa. Yo incluida.

–Todavía no está decidido cuándo asumirá todas mis responsabilidades mientras yo paso a un rol de asesoría, pero quería darle a la familia de soluciones la primicia antes del anuncio oficial.

Aro siguió hablando, probablemente repasó los temas que estaban en la agenda de este Desayuno de Novedades. O quizá no… no lo sabía. No estaba escuchándolo. Su anuncio seguía girándome en la cabeza y no me permitía pensar en otra cosa.

Edward Cullen será mi jefe.

La mirada se me disparó hacia Edward, que tenía la espalda apoyada contra el respaldo de la silla. Miraba fijamente para delante, su expresión seguía inmutable.

Más de lo habitual.

Hubo una pausa y algunos aplausos a los que mis manos se unieron de un modo automático.

Edward Cullen será el jefe de departamento y yo tuve una cita con él. Una falsa cita, pero no había tanta diferencia para los demás.

Por un instante viajé en el tiempo hacia un pasado que había dejado atrás y no quería recordar. Ni revivir.

Negué con la cabeza para intentar alejar el torbellino de recuerdos indeseables.

No, no iba a pensar en eso ahora, no delante de todos.

Seguía con la vista clavada en Edward y analizaba su expresión vacía.

Esto cambiaba todo… lo que fuera que había entre nosotros.

Ya no importaba que fuera mi única opción. Ya no importaba que nadie se creyera que éramos pareja si nos la pasábamos discutiendo y peleando. Ya no importaba que me hubiera confesado que nunca había querido ser mi amigo ni que yo no supiera bien dónde nos dejaba eso.

Nada de eso importaba porque, ahora, el acuerdo se había terminado. Tenía que terminar.

No haría la payasada de la farsa con el hombre al que habían ascendido a jefe de mi departamento. O sea, mi jefe.

No había forma de que me pusiera en una posición en la que ya había estado y que tan mal había terminado para mí. Solo para mí. Entonces, aunque todo fuera una farsa (como el sábado pasado) simplemente no iba a arriesgarme.

El chirrido de las sillas me devolvió a la sala. Todos, incluido Edward, se pusieron de pie y se dispersaron.

Miré a Rosie, con sus ojos azules enmarcados por esos rizos rubios.

Mierda, moduló mi amiga.

Exactamente: mierda.

Y todavía no le había contado nada.

Busqué a Edward con el rabillo del ojo y lo encontré en algún lugar detrás de Rosie. Me invadió una determinación que no había podido encontrar hacía unos momentos. Mamá me había enseñado que no tenía que quedarme con cosas dando vueltas en la cabeza. Ignorarlas y esperar a que desaparezcan no era el camino inteligente. Porque no desaparecían. Tarde o temprano (y siempre cuando menos lo esperabas) explotaban.

Con esta nueva determinación recorriéndome el cuerpo, le hice un gesto a Rosie y dejé que las piernas me guiaran fuera de la sala de reuniones. Mis cortas extremidades tenían una misión: intentar alcanzar las grandes zancadas que daba el hombre al que estaba persiguiendo.

En menos de un minuto (tiempo suficiente para que el corazón se me acelerara por el esfuerzo y la extraña expectativa) llegó a su oficina y yo entré solo unos segundos después.

Lo miré. Se dirigió a su silla y se desplomó en ella. Con los párpados cerrados, se llevó una mano a la cara para frotarse los ojos.

Seguro pensaba que estaba solo, porque no creía que Edward hubiese dejado que alguien lo viera así, tan cansado, tan real, sin esa fachada de acero detrás de la que se escondía.

Tal como me había ocurrido el sábado, sentí la necesidad de consolarlo. Y, aunque no quería, casi me acerco para preguntarle si estaba bien. Por suerte, el poco sentido común que me quedaba cuando estaba con él se interpuso y evitó que pasara vergüenza.

Ya que no quería mi consuelo. Ni siquiera quería ser mi amigo.

Por lo que me quedé parada al otro lado del escritorio. Solo ese mueble nos separaba. Finalmente hice notar mi presencia:

–¡Felicitaciones! –solté con una dosis extra de entusiasmo de la que me arrepentí de inmediato.

Edward se enderezó en su silla y apoyó la mano en el apoyabrazos.

–Isabella –dijo con una voz que ya no podía escuchar sin pensar en el sábado.

Me miró fijamente mientras su expresión volvía a la normalidad–. Gracias.

–Te mereces el ascenso.

Se lo merecía. Era cierto. Y, más allá de todo lo que sentía en ese momento, estaba contenta por él, de verdad.

Asintió en silencio.

Tomé la agenda con ambas manos, era el único modo de no empezar a juguetear con algo por los nervios. Traté de aclararme la mente para poder poner en palabras lo que había venido a decirle.

–Creo que deberíamos… –arrastré las palabras, sin saber cómo decirlo–. Creo que lo mejor es que… –Negué con la cabeza–. Sé que probablemente no tengas tiempo para hablar, pero creo que deberíamos hacerlo. –Frunció el ceño–. En privado. –Lo frunció todavía más–. Si tienes tiempo, claro.

No quería que cerrara la puerta porque la mera idea de estar sola con él en una habitación hacía que mi corazón sintiera cosas tontas y estúpidas imposibles de ignorar. Pero era la única forma de asegurarnos de que nadie entrara o nos escuchara.

–Por supuesto –dijo sin relajar su expresión–. Siempre tengo tiempo para ti. –

Otra punzada en el pecho.

Rápidamente, se levantó, rodeó el escritorio y luego a mí, que tenía la vista fija en el lugar que había ocupado hacía unos segundos. Parada ahí, como una completa idiota, lo escuché cerrar la puerta y el sonido retumbó en toda la habitación.

–Lo siento –murmuré cuando volvió a aparecer frente a mí–. Podría haberlo hecho yo. Pero no… –suspiré–. No lo había pensado. Gracias.

Esta vez no regresó a su silla, sino que se apoyó sobre la superficie de madera del escritorio.

–No hay problema. Ya podemos hablar.

Me clavó esos ojos verdes que tenía, esperando a que comenzara.

–Sí, ya podemos hablar –repetí, echando los hombros hacia atrás–. Creo que deberíamos hacerlo. –Asintió y sentí la piel pegajosa por el temor–. Me gustaría que aclaráramos las cosas después de… lo que sucedió.

–Sí, tienes razón –concordó. Los brazos lo sostenían y las manos se aferraban con fuerza al borde del escritorio–. Tenía la intención de hablar contigo después de la reunión. Pensaba en decirte que almorzáramos juntos.

Almorzar juntos.

–Pero nunca lo hemos hecho.

–Lo sé –dijo casi con amargura y suspiró muy despacio–. Pero quería invitarte de todos modos.

Lo miré fijamente, incapaz de ignorar el efecto que sus palabras tenían en mí.

–Aunque ahora no creo que pueda. Las noticias me descarrilaron un poco el día.

Eso… era tan sorprendente como la idea de que quería almorzar conmigo.

–¿No sabías que Je iba a anunciar tu ascenso?

–No. No creía que fuera a suceder tan pronto. Y menos hoy –confesó y se me llenó la mente de preguntas–. Pero eso no importa ahora. Supongo que querías hablar de nosotros…

–Sí que importa –me opuse, indignada e intentando ignorar el modo en que ese "nosotros" me había hecho sentir–. Me parece que es importante que Aro te haya boicoteado de ese modo. No me imagino por qué haría una cosa así. Es… – bajé la voz cuando noté que la había alzado– poco profesional.

–Lo es; tienes razón. –Tenía los ojos verdes encendidos y ahora era él quien parecía sorprendido–. Y se lo haré saber, créeme.

–Bien. Deberías.

Su expresión se ablandó y tuve que desviar la mirada. La dejé descansar encima de su hombro. No quería que supiera cuánto me importaba, porque no debería importarme. Seguíamos siendo los mismos Bella y Edward que habíamos sido siempre (muy lejos de ser amigos) y encima estaba a punto de separarnos un escalón en la jerarquía de la empresa.

Solté una mano de la agenda, que parecía sostener con todas mis fuerzas, y me rasqué la nuca. Seguía sin querer desplazar la mirada hacia la izquierda, donde me encontraría con sus ojos. Así que opté por bajarla, siguiendo la costura de la camisa que le cubría los amplios hombros. Un silencio espeso nos envolvió.

–Escucha, sobre nuestro acuerdo… –comencé.

–El sábado yo… –dijo al mismo tiempo.

Lo miré y me hizo un gesto para que continuara. Acepté con una inclinación de cabeza.

–Diré esto y luego desapareceré de tu vista, lo prometo. –Exhalé por la nariz, sin prestarle atención a su ceño fruncido–. Ahora que te has convertido en el jefe de nuestro departamento, lo que es genial y de verdad te felicito –dejé escapar una sonrisa amable por mis comisuras–, las cosas… van a cambiar entre nosotros. –

Arrastré los pies, no me gustaba cómo había sonado. No existía un nosotros. No después de lo que había pasado el sábado y menos aún después de esto–. Lo que intento decir es algo que probablemente ya habrás descubierto por tu cuenta, pero quería aflojar un poco la tensión que hay entre nosotros. –Edward apretó la mandíbula y continué–: Nuestro acuerdo ha terminado. Fue una estupidez y ahora tiene menos sentido todavía. No es para tanto. Te ayudé el sábado, pero no me debes nada. Tómalo como un agradecimiento por tu ayuda con el Día de Puertas Abiertas, ¿de acuerdo? Estamos en paz.

Esperaba sentir un alivio en los hombros, pero no fue el caso. Por el contrario, era como si mis palabras me hubieran enterrado todavía más.

–¿Estamos en paz? –preguntó y separó la mano de la superficie de roble–. ¿Qué significa eso?

–Significa que no me debes nada –dije encogiéndome de hombros, totalmente consciente de que estaba repitiendo lo que había dicho–. Puedes olvidarte por completo de esta tontería.

Una extraña mezcla de confusión y frustración le invadió la mirada.

–Me parece que soy bastante clara, Edward. No es necesario que sigamos con nuestro trato. Ni volar a España, ni ir a la boda, ni fingir ser mi novio. No haremos ninguna farsa. Nada de eso será necesario.

–¿Tu novio? –preguntó muy por lo bajo.

Ah, mierda. Era la primera vez que usaba esa palabra, ¿no?

–Mi cita, como sea.

–¿Conseguiste a otra persona? ¿Es por eso?

–No, no es eso. Para nada. –Lo fulminé con la mirada. ¿Estaba hablando en serio?

–Entonces iré contigo. –El músculo de la mandíbula se le tensó más.

–Ya no tienes que hacerlo. –Luché por disimular la irritación. ¿Por qué siempre lo hacía todo tan difícil?

–Pero te dije que lo haría, Isabella. No importa si crees que estamos a mano o no. –Su voz sonaba tan firme y lo dijo con tanta confianza que me hacía dudar de mi decisión–. Lo que sucedió el sábado no cambia nada.

–Sí que cambia –dije, quizá con demasiada energía. Abrió la boca, pero no le di lugar para que hablara–. Y también tu ascenso lo cambia todo, Edward. Serás mi jefe. Mi supervisor. El jefe de nuestro departamento. Ni siquiera deberías considerar la idea de acompañarme a una boda al otro lado del océano. Imagínate las cosas que diría la gente si se enterara. No permitiría que me cuestionaran… –Me detuve, estaba diciendo demasiado–. Esto es muy… –¿Ridículo? ¿Imprudente? ¿Todas las anteriores? Negué con la cabeza. Me sentía agotada y

mareada–. En serio, ya no es necesario.

–Entiendo que quieras ser cautelosa ahora que todos saben las novedades. –

Negó con la cabeza. Por supuesto que no se iba a rendir tan fácilmente–. No pensé que fueran a anunciarlas tan pronto. Sin embargo, los cambios no van a ser de un día para otro, así que nuestro acuerdo no tiene por qué cambiar.

Esperó a que le respondiera, pero en lugar de palabras, una avalancha de algo diferente me trepó por la garganta: los recuerdos de un tiempo en el que había sido tan idiota como para estar en una posición parecida, con la diferencia de que no era una relación falsa, sino una real. Tan real que todavía no había conseguido deshacerme del dolor que me provocó su destrucción.

–No me voy a arriesgar. –Me escuché y me di cuenta de que mi voz había revelado más de lo que me hubiera gustado–. No lo entenderías.

–Entonces ayúdame. –Había algo honesto y abierto en su pedido–. Ayúdame a entender. Al menos concédeme eso.

–No. Esas son cosas que me reservo para mis amigos –fui diciendo mientras pensaba en esas palabras que tanto se habían repetido en mi cabeza.

Le cambió la cara y esperé que se pusiera a la defensiva como siempre hacía, pero no fue así.

–Isabella –su tono era completamente distinto a lo que esperaba–, no cambiaría nada que dijera que no quise decir lo que dije el sábado, así que no lo haré.

–Bien –asentí, en un tono que no era el que quería–, porque no pasa nada si no quieres ser mi amigo. No tienes que darme explicaciones ni retractarte. Así fueron las cosas durante casi dos años y está todo bien. –Endureció la mirada, pero continué–: No tenemos cinco años y esto no es un recreo del kínder. No tenemos que andar preguntándonos si queremos ser amigos ni tenemos por qué serlo. En especial ahora, que vas a ser mi jefe. Ni siquiera tendríamos que ser amigables. Y no pasa nada. Por eso te libero de nuestro acuerdo. Me las arreglaré sola. –Por mucho que me resistiera, eso era lo que hacían las damas de honor solteras y mentirosas: iban solas a las bodas–. Esto no es incumplir con tu palabra, Edward. Soy yo quien te está liberando.

Nos miramos durante un buen rato. El corazón me latía contra el pecho de un modo descomunal mientras intentaba convencerme de que lo que veía en su rostro no era arrepentimiento, que no sentía algo que no tenía ningún sentido que sintiera. A menos que se arrepintiera de haberse involucrado en este desastre. Eso sí sería comprensible.

Antes de que pudiera darle más vueltas, el sonido de su teléfono invadió la habitación. Lo tomó de su bolsillo sin desviar la mirada y atendió:

–Cullen. –Una pausa. Nos miramos fijamente, su expresión se endureció–. Sí, de acuerdo. Me ocuparé yo mismo. Dame dos minutos. –Apoyó el teléfono de vuelta en el escritorio y se enderezó.

Me estudió de un modo que hizo que se me ruborizaran el cuello y las orejas, como si la piel de las mejillas, la nariz y el mentón escondieran las respuestas que buscaba.

–Hay algo que no me estás diciendo –dijo finalmente. Y no se equivocaba. Había muchas cosas que no le estaba diciendo. Y nunca le diría–. Pero tengo paciencia.

Se me estrujó el corazón. No entendí a qué se refería ni por qué de pronto sentía el pecho rígido.

–Me han llamado por algo importante y tengo que irme. –Dio un paso en mi dirección con las dos manos en los bolsillos y los ojos fijos en mí–. Vuelve a trabajar, Isabella, pero esta conversación no ha terminado.

Un segundo después, Edward desapareció por la puerta. Me dejó sola en su oficina, contemplando el espacio vacío, pensando en lo bien que se había adaptado a su nuevo rol, dudando de si la conversación realmente continuaría y luchando por creer que me tendría paciencia.

Porque, hasta donde sabía, ninguno de los dos tenía nada que esperar del otro.