Disclaimer: Este fanfic es una adaptación del libro "The Spanish Love Deception" de Elena Armas.
Nada de esto me pertenece, todo es propiedad de Elena Armas y Stephenie Meyer.
Capítulo 11
Todo fue cuesta abajo a partir de ahí.
Por mucho que había querido resolver el tema con Edward, nuestra conversación no me había aliviado ni un poco. Por supuesto que le había dejado muy en claro que lo liberaba de todas sus responsabilidades, y aun así hacía dos semanas que sus palabras me daban vueltas en la cabeza.
Hay algo que no me estás diciendo, había dicho, pero tengo paciencia.
Era como estar esperando a que estallara una bomba.
Y además de no saber dónde estábamos parados después de esa confusa declaración, no le había contado nada a Rosie. Todavía. Lo haría… en cuanto tuviera un plan de contingencia para la boda. Para la que solo faltaban tres días.
Tres.
Le eché un vistazo al reloj analógico que tenía sobre el escritorio. Eran las ocho de la noche y no estaba ni cerca de terminar el día.
¿Cómo iba a estarlo si nada me estaba saliendo como lo había planeado? No había encontrado a nadie que cubriera a Lauren y Jessica, así que seguía haciendo sus trabajos; todavía no había resuelto cómo íbamos a entretener a los invitados durante las dieciséis horas que duraba el Día de Puertas Abiertas; y acababa de enterarme que un cliente muy importante, Terra-Wind, estaba fraternizando con nuestra competencia. No porque fueran mejores que nosotros, sino porque eran de esas consultoras que ofrecían sus servicios a precios ridículamente bajos.
Había estado lidiando con esa crisis durante las últimas tres horas.
–Gracias, señorita Swan –dijo en mi computadora un hombre que vestía traje oscuro–. Analizaremos su oferta y le comunicaremos nuestra decisión.
–Gracias por su tiempo. –Esbocé una sonrisa amable–. Espero atenta su respuesta, señor Cameron. Que tenga una buena noche.
Presioné y di por terminada la videollamada que había compartido con el representante de la junta directiva de Terra-Wind. Me quité los auriculares y cerré los ojos un momento. Jesús, ni siquiera sabía cómo me había ido. Solo esperaba haberlo persuadido. Mi equipo valía cada centavo extra y Terra-Wind era una empresa de energías renovables que tenía los recursos y el potencial para hacer algo con la ciudad de Nueva York. Quería estar en ese proyecto.
Abrí los ojos y vi el nombre de mi hermana en la pantalla del teléfono, que se había encendido. Tuve sentimientos encontrados. Cualquier otro día la hubiese atendido de inmediato. Pero hoy no. Ya había desviado al buzón varias de sus llamadas. Si fuera una emergencia real, toda mi familia estaría taladrándome el teléfono.
Lo siento mucho, Tan, dije como si pudiera escucharme, no tengo tiempo para ocuparme de otro apocalipsis de boda.
Silencié el teléfono, lo apoyé con la pantalla hacia abajo, y tomé la pila de currículums que me habían enviado de Recursos Humanos para ocupar los puestos vacantes. Iba a revisar algunos ahora y me llevaría el resto a casa.
Cuatro currículums más tarde, dejé caer el marcador que había elegido llena de optimismo. Apoyé la espalda en el respaldo.
La cabeza me daba vueltas, posiblemente porque llevaba horas trabajando con el estómago vacío. De nuevo. Porque estaba haciendo dieta, seguramente mal. Me regañé por ser tan tonta.
Pero, por mucho que me odiara por eso, no podía dejar de pensar en el momento en que tuviera enfrente a Felix. Mi ex, el hermano del novio y padrino de boda, quien, a diferencia de mí, estaba felizmente comprometido. Ya podía sentir a todos los invitados mirándome, mirándonos, midiendo mi reacción y evaluando todo: desde cómo me veía hasta el modo en que había curvado los labios o lo pálida que me puse al verlo. Pensé posibles respuestas para cuando me preguntaran por qué llevaba tanto tiempo soltera y Felix no.
"¿Lo superará en algún momento? ¿Podrá procesar todo lo que sucedió? Por supuesto que no. Pobrecita. Lo que pasó la debe haber afectado mucho".
¿Era una tonta por querer verme bien cuando estuviera delante de todos los que estarían escrutándome? Y no quería solo verme bien. No solo pasable. Quería verme completa. Preciosa, impecable, inalterada. Necesitaba dar la impresión de que había vuelto a encarrilar mi vida. Con todo resuelto. Feliz. Del brazo de un hombre.
Siendo objetiva, sabía lo estúpido que sonaba, sabía que no debería valorarme dependiendo de si tenía pareja, la piel radiante o estaba más delgada. Pero, Dios, eso iban a hacer todos.
Negué con la cabeza para intentar quitarme esos pensamientos, y solo conseguí empeorar el mareo. El cuerpo me reclamaba cualquier cosa que pudiera llenar el vacío en el estómago.
Agua. Eso ayudará.
Tomé el móvil y deslicé la credencial en el bolsillo de los pantalones beige.
Tenía las piernas más débiles de lo que me hubiera gustado. Solo había un dispensador de agua al otro lado del pasillo. Otras tres llamadas perdidas de mi hermana. Con la diferencia de horario, ya debía estar dormida.
Lo siento, novia Godzilla
Seguí tipeando y se me nubló la vista por un segundo. Dejé de caminar, intentando volver a concentrarme en la pantalla.
Hablamos mañana, ¿vale?
Quise continuar, pero las letras comenzaron a bailar. Perdí la fuerza en los dedos y comenzaron a vacilar sobre el teclado. Vi doble, después borroso y no logré distinguir las palabras que creía haber escrito cuando aparecían en la burbuja de diálogo.
Respiré temblorosa mientras intentaba presionar ENVIAR.
Agua. Eso necesito.
Levanté la cabeza del teléfono y seguí caminando. Logré avanzar algunos metros por el pasillo. Sabía que el dispensador estaba justo ahí, probablemente a cinco o seis pasos de distancia. Pero comencé a ver estrellas y todo se volvió blanco por un segundo. Blanco. Después volvió la iluminación fluorescente del pasillo, que se estrechaba y se convertía en un túnel.
–Guau –murmuré. Ignoraba por completo que mis piernas habían seguido avanzando hasta que tuve que apoyar una mano en la pared para no perder el equilibrio–. Ay, mierda –tartamudeé.
Se me cerraron los párpados y pude sentir que toda la sangre huía de mi cabeza, lo que me dejó mareada e inestable. Quise abrir los ojos, pero solo veía blanco. Una cortina de niebla blanca y espesa lo cubría todo. Aunque quizá era la pared. No estaba segura.
Yo… Estaba jodida. Muy jodida. Eran las ocho y media. No quedaba nadie. Eso pensaba mientras todas las señales indicaban que me estaba yendo directo al suelo.
Y… mierda. No podía recordar. No podía… pensar. Sentía el sudor helado en la piel y solo quería cerrar los ojos y descansar, apenas podía darme cuenta de que eso era una mala idea. Y entonces mis piernas comenzaron a rendirse.
Estaba recostada en el suelo.
Bien. Esto es bueno. Descansa y ya verás cómo te sientes mejor. Me dejé caer hacia un lado. Está frío, pero va… a… mejorar.
–Isabella. –Una voz atravesó la neblina. Era profunda, urgente.
Tenía los labios fríos y los sentía fuera del cuerpo, por lo que no respondí.
–Mierda. –Esa voz de nuevo. Luego algo cálido en mi frente–. Por Dios. Mierda, Isabella.
Estoy jodida. Lo… sabía. Había hecho algo mal y quería admitirlo en voz alta a quien quisiera escucharlo, pero solo conseguía balbucear algo que no se significaba… nada.
–Ey. –La voz se ablandó, ya no parecía enojada.
Y yo… estaba tan cansada.
–Abre esos grandes ojos color café.
La cálida presión en la frente bajó al rostro y me atravesó las mejillas. Se sentía bien contra la piel fría y húmeda, así que me entregué.
–Ábrelos para mí. Por favor, Isabella.
Mis párpados se agitaron un instante y mis ojos se encontraron con esos dos círculos verdes que me hacían pensar en un bosque. Se me escapó un suspiro y esa sensación de vacío se desvaneció por un instante.
–Ahí estás. –La voz de nuevo. Más suave todavía. Aliviada.
Parpadeé despacio mientras empezaba a recuperar la visión. Ojos verdes profundo. Pelo negro como la tinta china. La sólida línea de la mandíbula.
–¿Bella?
Bella.
Había algo extraño cuando esa voz me llamaba con el nombre que usaban todos.
No, no todos.
Pestañeé un poco más, pero antes de que se me aclarara la vista y la enfocara en un punto fijo, alguien me levantó en el aire. El movimiento fue lento, gentil, apenas lo noté hasta que empezamos a avanzar. Y unos segundos después, el movimiento fue suficiente para hacer que me volviera a dar vueltas la cabeza.
–Mi cabeza –dije por lo bajo.
–Lo siento. –Sus palabras retumbaron a mi lado y me hicieron notar que mi mejilla descansaba sobre algo sólido y cálido. Algo que latía. Un pecho–. Quédate conmigo, ¿sí?
De acuerdo, me quedaré. Me enterré en ese cuerpo, lista para entregarme al agotamiento que se había apoderado del mío.
–Ojos abiertos, por favor.
De algún modo, obedecí. Me dejé caer sobre un hombro que me resultaba más conocido a medida que avanzábamos. Y, de a poco, se me fue aclarando la vista. La cabeza ya no me giraba tanto y parecía haber vuelto a estar atornillada a mis hombros. El sudor dejó de humedecerme la piel.
Miré a mi alrededor mientras recordaba lo que había pasado. Me había desmayado, por no comer suficiente. Como una completa idiota. Suspiré y miré hacia arriba. Me concentré en una barbilla coronada por unos labios muy apretados.
–Edward –susurré.
Sus ojos verdes se encontraron con los míos por un instante.
–Aguanta. Ya casi llegamos.
Estaba en los brazos de Edward. El izquierdo me sostenía las piernas, con la mano bien abierta sobre un muslo, el derecho me sostenía la espalda y sus cinco dedos estaban extendidos alrededor de mi cintura. Antes de que pudiera pensar en ello o concentrarme en el reconfortante y maravilloso calor que él emanaba y me entibiaba la piel, comenzó a bajarme.
Confundida, miré a mi alrededor. Mi mirada se topó con un horrible y perturbador cuadro de un niño con ojos muy grandes. Siempre lo había odiado y sabía exactamente dónde estaba colgado: solo podíamos estar en la oficina de Aro.
Era la única persona que no lo encontraba aterrador.
Apoyé el trasero en una superficie de terciopelo y mi espalda lo siguió, descansando sobre algo que se parecía mucho a un cojín. Dejé las manos a los costados y sentí otra textura. Cuero. Un sofá. Aro tenía uno en su oficina. Uno de esos con cuero y capitoné, tan pretenciosos y elegantes.
Edward volvió a acariciarme el rostro y toda mi atención se concentró en él.
Estaba cerca, muy cerca. Arrodillado en el suelo, delante de mí. Su cercanía era reconfortante, pero su expresión no concordaba con la tranquilizadora sensación de sus dedos sobre mi piel.
–¿Quieres recostarte? –me preguntó, sonaba un poco alterado.
–No, estoy bien. –Intenté que mi voz tuviera la seguridad que yo no sentía. Frunció el entrecejo–. Pareces enojado. –Era una observación que debería haberme guardado para mí, pero supuse que, dadas las circunstancias, no estaba en posición de elegir lo que salía de mi boca–. ¿Por qué estás enojado?
–¿Cuándo fue la última vez que comiste, Isabella? –Frunció el ceño aún más y se movió sobre sus rodillas para enderezar la espalda. Sacó algo del bolsillo.
–¿En el almuerzo? –Hice una mueca–. Creo. Más bien un brunch, porque no había tenido tiempo de desayunar, así que piqué algo cerca de las once.
–Por Dios, Isabella.
Extendió su mano justo delante de mí y me dejó ver lo que sostenía. Estaba envuelto en papel de cera blanco. Me lanzó una mirada que hubiese acobardado a cualquier otra persona. Una que definitivamente iba a ayudarlo en su nuevo puesto.
Pero, aunque mi tanque de combustible estuviera vacío, seguía siendo Bella Swan:
–Estoy bien, señor Robot.
–No, no estás bien –disparó. Después, con mucho cuidado me apoyó sobre el regazo lo que ya sabía que era la deliciosa barrita de granola casera de Edward Cullen–. Te desmayaste, Isabella. Eso es justo lo contrario a estar bien. Come esto.
–Gracias, pero ya estoy bien. –Bajé la mirada, volví a analizar la barrita. La tomé con una mano temblorosa. La desenvolví con dedos torpes–. ¿Siempre llevas una contigo? –vacilé, mi estómago seguía quejándose.
–Come, por favor.
Era muy extraño cómo hacía que "por favor" sonara como una amenaza.
–Por Dios. –Le di un mordisco y luego hablé con la boca llena (porque ¿qué más daba? Si acababa de levantarme del suelo pálida, sudorosa y recién desmayada)–. Ya te he dicho que estoy bien, soy fuerte.
–No –dijo enfurecido y me fulminó con la mirada–. Una tonta, eso es lo que eres.
Fruncí el ceño. Quería estar ofendida, pero tenía razón, aunque no tenía por qué saber que yo también pensaba que era una tonta.
–Cabeza dura –murmuró.
Dejé de masticar e intenté pararme y salir de esa oficina dando pasos firmes.
Me detuvo con una mano extrañamente gentil sobre mi hombro.
–No me provoques. –Ese maldito ceño había vuelto a vengarse.
Me entregué al suave contacto de su palma y relajé un poco el cuerpo.
–Cómete la barrita, Isabella. No está ni cerca de ser suficiente, pero te ayudará por ahora.
–Estoy comiendo. –Sentí el fantasma de su mano en el hombro y me estremecí–. No me mandonees.
Desvié la mirada y seguí masticando, intentando no pensar en lo mucho que quería volver a sentir esas palmas sobre la piel. O que me envolvieran con esos fuertes brazos. Necesitaba su consuelo. Me recorrió un escalofrío por el agotamiento de los músculos, sentía el cuerpo fulminado.
–Quédate aquí. Ya vuelvo.
Asentí sin levantar la vista. Solo me limité a tragar el bocadillo.
Edward volvió a los pocos segundos, dando zancadas con determinación.
–Agua –anunció, y me dejó una botella sobre el regazo. También puso mi teléfono a mi lado.
–Gracias. –La destapé, y tomé un cuarto de un solo sorbo.
Cuando terminé, volví a alzar la vista. Edward estaba de pie delante de mí.
Todavía parecía molesto y fastidiado. Aparté la vista de la suya, me sentía muy pequeña sentada allí con él.
–Y… supongo que esta pronto será tu oficina. Espero que te permitan redecorarla. –Miré el horrible cuadro a su espalda.
–Isabella. –El modo en que dijo mi nombre me alarmó.
Uff. No estaba para un sermón.
–Eso fue muy estúpido. No comer, arriesgarte a la hipoglucemia, con el edificio vacío. ¿Qué hubiese pasado si nadie te hubiese ayudado?
–Tú estabas aquí, ¿no? –respondí. Seguía sin mirarlo–. Siempre estás aquí.
Un sonido salió de su garganta. Otra advertencia, que quería decir: "No me vengas con esa mierda".
–¿Por qué no estás comiendo? –Su pregunta se sintió como una patada en el estómago–. Antes, siempre pero siempre, tenías algo en la mano. Por Dios, hasta en los momentos más extraños e inapropiados tenías un bocadillo en la mano.
Eso me hizo alzar la vista y encontrarme de frente con sus ojos heladores. Era verdad; comía snacks todo el tiempo. Y eso era parte del problema, ¿no?
–¿Por qué dejaste de hacerlo? Llevas un mes así. ¿Por qué no comes como siempre?
–¿Me estás llamando…? –Entrecerré los ojos y junté las manos.
–No –siseó–. Ni lo intentes.
–Bien.
–Cuéntame –insistió, su mirada se endureció como una piedra–. ¿Por qué no comes?
–¿No es obvio? –Se me aceleró la respiración y cada palabra requería más esfuerzo que la anterior. Me costaba admitir la verdad–. Porque quiero perder peso, ¿sí? Para la boda.
–¿Por qué? –respondió, sorprendido.
La sangre que había abandonado mi cerebro volvió de golpe. Pésimo momento. Como siempre en mi vida.
–Porque… –Exhalé–. Porque eso es lo que hace la gente antes de un evento importante. Porque quiero verme lo mejor posible, por mucho que te cueste creerlo. Porque quiero verme tan increíble como pueda. Porque, aparentemente, estuve llenándome la boca de carbohidratos las veinticuatro horas del día los siete días de la semana y mi cuerpo sin duda los ha ido acumulando. Porque solo… lo hice, ¿de acuerdo? ¿Qué importa?
–Isabella –pude notar el desconcierto en su voz–, eso es… ridículo. Nunca fuiste así.
–¿Así cómo? –susurré sin fuerza. ¿Tanto le costaba creer que quisiera verme hermosa? –. ¿Qué es lo que te parece tan ridículo? ¿Qué me preocupe mi apariencia?
–No necesitas ponerte a hacer ninguna de esas mierdas. Eres muy inteligente como para someterte a una dieta así.
Pestañeé.
Pestañeé un poco más.
–¿Acabas de decir "mierda"? ¿En el trabajo? –Bajé la voz–. ¿En la oficina de Aro?
Ahora que lo pensaba, últimamente había dicho varias malas palabras, ¿no?
Mirando hacia abajo, negó con la cabeza. Tenía los hombros caídos, en un signo de derrota.
–Mierda. –Exhaló–. Maldita sea, Isabella.
Guau.
–Todas estas groserías –dije mientras intentaba encontrar en su rostro qué era lo que le estaba pasando–. No creo que mis oídos vayan a recuperarse, Cullen.
Se llevó una mano a la nuca e inclinó la cabeza hacia atrás. Me hizo acordar a ese momento que no conseguía olvidar. Cuando a ese movimiento le había
seguido una maravillosa risa. Cuando había sonreído con libertad. Tan alegre como era posible. Sin embargo, en este caso no hizo nada de eso. Solo estiró los labios y vi unas diminutas arrugas al costado de sus ojos.
–Eres linda –dijo, aunque no lo creas–. Pero eso no va a servirte de nada. Sigo enojado.
¿"Linda"? Linda de linda o linda de cosa pequeña y graciosa de la que te ríes con
ternura. O quizás linda de…
Me detuve. Cerré los ojos por un instante para dejar de pensar.
–¿Te sientes mejor? ¿Crees que puedes pararte?
–Sí –asentí y abrí los ojos–, no tienes que llevarme en brazos de nuevo. – Aunque una punzada en el pecho me recordó lo cómoda que me había sentido–. Gracias.
–Puedo hacerlo si…
–Sé que puedes, Cullen –lo interrumpí. Si volvía a ofrecerse, quizá terminara aceptando–. Gracias por lo de antes, pero lo tengo bajo control.
Asintió y me ofreció la mano.
–Dale. Vamos. Juntemos tus cosas y te llevo a tu casa.
No le tomé la mano.
–Puedo…
–Ya basta, ¿quieres? –me detuvo. Dios, éramos un par de malditos testarudos–. Ahora bien, puedes dejarme acompañarte y llevarte a casa –hizo una pausa como buena reina del drama que era– o puedo arrastrarte fuera de este edificio y meterte en el auto yo mismo.
Le sostuve la mirada, levanté una mano, la sostuve en el aire y la dejé cerca de la suya. Medí sus palabras. Ordené mis pensamientos. Intentaba ignorar cuánto me hubiera gustado que optara por la segunda opción. Y, lo que todavía era más perturbador, no creía que fuera por el placer de llevarle la contra.
–Bien –dije, entrelazando mis dedos con los suyos con toda la naturalidad que me permitía la diferencia de tamaño–. No te lo tomes tan a pecho, Cullen.
Suspiró. Pero luego me levantó e hizo algo con nuestras manos. Algo que de alguna manera cambió la disposición de nuestras palmas, que quedaron muy juntas.
Sentí un revoloteo en el centro del pecho. Y, mientras salíamos de la oficina, me di cuenta de que pronto dejaría de ser de Aro, nuestro jefe. Se iba a convertir en la oficina de Edward.
Muy pronto.
Eso debería ser motivo suficiente para soltarle la mano y salir corriendo en la dirección opuesta. Debería haber sido suficiente para que dejara de disfrutar la calidez de su mano y que no le permitiera llevarme a casa.
Debería haber sido. Pero, irónicamente, hacía mucho que no escuchaba a los debería. Entonces, ¿qué más daba si ignoraba algunos más?
–¿Hola? –Una voz masculina me trajo de nuevo a la vida.
Un poquito más, rogué en silencio mientras luchaba para no volver a caer rendida. Un ratito más.
–Soy Edward.
¿Edward?
Con los ojos cerrados, pegajosos y pesados, intenté comprender lo que sucedía a mi alrededor. ¿Por qué escuchaba su voz junto a mí? Quería seguir durmiendo.
Apenas conseguí reconocer la suave vibración de un motor. ¿Estoy en un auto? ¿Un autobús? Pero no nos estábamos moviendo.
Un sueño. Sí, eso tenía sentido. ¿No?
Confundida y haciendo un esfuerzo supremo, me hundí más en la calidez de mi cama y decidí que no me importaba si soñaba con él. Tampoco iba a ser la primera vez.
–Sí, ese Edward. –La voz masculina ya no sonaba tan distante–. Sí, me temo que sí –continuó. Cada palabra me despertaba un poco más–. Ahora está dormida.
Sentí una caricia como de pluma en la mano y mi piel volvió a la vida. Era muy real para ser un sueño.
–No, está todo bien. –La textura de barítono de la voz de Edward reverberó en mis oídos y encontré un consuelo extraño al reconocerlo–. De acuerdo, le diré a Isabella que te llame. –Una pausa. Seguida de una carcajada–. No, no soy de esos. Me encanta la carne. El cordero asado en particular.
Carne. Sí. A mí también me encantaba. Deberíamos comer carne juntos, Edward y yo, divagué por un instante, pensando en un cordero crujiente y jugoso y también en él.
–De acuerdo. Gracias, igualmente, Tanya. Adiós.
Espera.
Espera.
¿Tanya?
¿Tanya? ¿Como mi hermana Tanya?
Más confusión me invadió la mente, todavía nublada. Sentí los ojos luchando por abrirse. No estaba en mi cama. Estaba en un auto, inmaculado, obsesivamente limpio.
El auto de Edward.
Estaba en el auto de Edward. No estaba soñando.
Y… Tanya. Me había llamado antes, ¿no?
Y me había escrito. Y yo la había ignorado.
De pronto todo lo sucedido en las últimas horas comenzó a decantar en mi cabeza y me abrumó el cerebro, que todavía no funcionaba por completo.
No. Abrí los párpados por completo y enderecé la espalda.
–Estoy despierta –anuncié.
Mientras la mente me rebotaba dentro de la cabeza, fijé la mirada en el dueño del auto en el que había estado durmiendo. Se pasó ambas manos por el pelo, tremendamente cansado, y se giró hacia mí.
–Bienvenida –dijo, mirándome extrañado–. Una vez más.
Se me estrujó el corazón, no tenía ni la más mínima idea de por qué.
–Hola –conseguí decir, con el cerebro hecho papilla.
–Llamó tu hermana –comentó Edward e hizo que se me tensionara todo el cuerpo–. Cinco veces seguidas –agregó.
Abrí la boca, pero mi lengua no pudo pronunciar las palabras. Ninguna palabra.
–No te preocupes. Está todo bien. Dijo que le mandaste un mensaje muy raro –explicó y me dio el teléfono.
Lo tomé y le rocé los dedos. Leí el mensaje sintiendo su mirada sobre mí. Por Dios, era ininteligible. Y preocupante.
–Entonces –continuó Edward– empezó con el tema de las mesas y los asientos, o eso creo. Puede que también haya dicho algo sobre servilletas.
Lo miré y lo atrapé llevándose de nuevo las manos al pelo. Tenía contraídos los músculos del brazo y mis ojos, que seguían adormilados, parecían absortos por ese movimiento.
–Lo siento. No debería haber atendido –se disculpó y volvió a atraer mi mirada hacia su cara.
–Está bien –dije, para mi sorpresa–. Si me llamó a las tres o cuatro de la madrugada de España, es porque estaba muy preocupada. Hasta podría haber llamado a los bomberos de Nueva York para que fueran a mi apartamento si no respondías.
–Me alegra escuchar eso, porque tu teléfono no paraba de sonar. –Algo raro le brilló en los ojos–. Y tú… –Negó con la cabeza, despacio–. Tú no duermes, te mueres, Isabella.
No se equivocaba.
Ni la llegada del apocalipsis (incluso si los cuatro jinetes vinieran cabalgando hacia mí gritando mi nombre) podría despertarme si estaba profundamente dormida, lo que era irónico, porque Tanya hablando con Edward por teléfono se parecía bastante a cómo me imaginaba el fin del mundo.
Abrí los ojos como platos cuando tomé conciencia de lo que acababa de pasar. Edward había hablado con mi hermana. Había mencionado algo de carne. Cordero asado. El menú de la boda. Lo que eso implicaba me hizo girar rápidamente la cabeza, exhausta.
–¿Te encuentras bien? –me preguntó mientras yo tenía un silencioso ataque de pánico.
–Sí –mentí, forzando una sonrisa–. Superduperbién.
Edward arqueó una ceja. Puede que mi respuesta haya sido un indicio de lo lejos que estaba de superduperbién.
–Le dije que estabas bien, dormida. Pero creo que deberías llamarla mañana. – Señaló mi teléfono–. A juzgar por el monólogo de cinco minutos en español antes de que pudiera decirle que había atendido yo, diría que se va a quedar más tranquila cuando hable contigo. –Curvó los labios en lo que podía ser el comienzo de una sonrisa.
–Sí –murmuré, demasiado absorta en su boca como para pensar cómo manejar esta crisis–. De acuerdo.
La mueca se estiró en una sonrisa torcida.
Ay, hombre. ¿Por qué le quedaba tan bien? No sonreía lo suficiente.
Pero eso no importaba.
Lo que importaba era que había hablado con mi hermana y ella no medía sus palabras. Nunca
–A ver, Edward –comencé, las palabras salieron como una catarata–, cuando hablaste con mi hermana le dijiste tu nombre, ¿no?
–Sí. –Alzó una ceja–. Eso hacen las personas cuando se presentan.
–Bien. –Asentí con la cabeza, muy despacio–. ¿Y cómo te presentaste exactamente? Tipo: Hola, soy Edward. –Puse una voz más grave para imitar la suya–. O tipo: Solo soy Edward, nadie especial. Hola.
–No estoy seguro de entender la pregunta. –Torció la cabeza–. Pero me arriesgaré e iré por la primera opción. Aunque mi voz no suena así para nada.
–Ay, Edward. –Exhalé por la nariz y me llevé las yemas de los dedos a las sienes–. Esto no es bueno. Estoy… –Pestañeé, sintiendo que me ponía pálida–. Ay, por Dios.
–Isabella –frunció el ceño y me evaluó con esos ojos verdes, preocupado–, creo que tendría que llevarte a un hospital para que te hagan un chequeo. Debes haberte golpeado la cabeza cuando te caíste. –Se alejó un poco, puso una mano sobre el volante y la otra en la palanca de cambios.
–Espera, espera. –Lo detuve justo antes de que pusiera en marcha el auto–. No me he dado un golpe. Estoy bien. En serio.
Me lanzó una mirada.
–Estoy bien.
Parecía que no me creía.
–Te lo juro.
Dejó caer una mano sobre su regazo.
–Pero necesito que me hagas un favor –le pedí y asintió. Guau, bien. Eso fue fácil–. Necesito que me digas con exactitud lo que le dijiste a Tanya.
–Ya hablamos de esto. Hace un minuto. –Se llevó una mano a la nuca.
–Hazlo por mí. Dame el gusto. –Sonreí débilmente–. Necesito saber qué le dijiste.
Me miró como si le estuviera pidiendo que se quitara la ropa e hiciera una coreografía en el medio de Times Square. Lo que me encantaría… pero, de nuevo, no importaba.
–Por favor. –Probé suerte con las palabras mágicas.
Me miró fijamente durante un buen rato. Por algún motivo, esas dos palabras resultaron ser la clave para conseguir que hiciera cosas por mí sin ofrecer resistencia.
–De acuerdo. –Suspiró y se hundió todavía más en su asiento.
–Ah, y no te ahorres ningún detalle. Si puedes, usa exactamente sus palabras.
Volvió a exhalar.
–Después de su monólogo de cinco minutos en español, dijo que estaba encantada de conocerme. Que más te valía tener una buena excusa para no haber atendido el teléfono porque ese mensaje la había asustado. Que el estúpido hippie que estaba a cargo de las flores iba a arruinarle la boda porque ahora los manteles no harían juego con su ramo.
Bufé. Ese pobre florista iba a pagar por sus pecados.
–Y que nos veríamos en unos días –continuó–. En la boda. –Esa parte me quitó todas las ganas de reírme–. Antes de eso me preguntó si era uno de esos hípsters que no comen carne. Porque, en ese caso, tendría que retirarme la invitación. Después aclaró que estaba bromeando y que más me valía ir si no quería enfrentarme a las consecuencias. En especial si me gustaba el cordero asado. Lo que sí. Me encanta el cordero, para ser honesto. Y no como muy seguido.
Dejé salir un rugido feo y alto, similar al de un animal.
–Mierda. Qué desastre. Qué completo y maldito desastre. –Me tapé la cara con las manos, deseando que fuera así de sencillo esconderme de esta situación.
–Puede que también haya dicho algo como eso, cuando creía que hablaba contigo. –Entonces, con curiosidad científica, preguntó–: ¿Qué significa exactamente?
–Significa mierda. Desastre. Lío. Catástrofe –respondí con la voz ensordecida por los dedos.
–Teniendo en cuenta el tono que tenía al principio de la conversación, tiene sentido.
–Edward –dejé caer la mano en mi regazo–, ¿por qué le dijiste que ibas a ir? Faltan muy pocos días para la boda. Me voy en tres días.
–Ya hablamos de esto –dijo, sonaba tan exhausto como yo–. No le dije que iba a ir. Ella lo asumió.
Lo miré de reojo.
–¿Después de lo que sucedió? –pregunté, intentando abordar el tema desde otro ángulo–. ¿Dejaste que lo asumiera después de la conversación en la que acordamos que nuestro acuerdo había terminado? –¿Se lo había olvidado? Porque yo no.
–Te dije que lo hablaríamos en otro momento.
¿Cuándo?, quería preguntarle. ¿Camino al aeropuerto? Nos estábamos quedando sin tiempo.
–Pero no lo hemos hecho, Edward.
Dos semanas. Había tenido dos semanas para hablar. Y, por mucho que me odiara, una parte de mí esperaba que me buscara. Ahora me daba cuenta. Bueno, al menos eso explicaba por qué no se lo había podido contar a Rosie. O a mi familia. Todavía.
–Y no tenemos por qué hacerlo. No tenemos nada de qué hablar. –Negué con la cabeza. Era tan tonta.
Apretó la mandíbula y no dijo nada más.
Me sonó el móvil un par de veces, pero lo ignoré. Estaba muy ocupada fulminando a Edward con la mirada.
Sin energía, me di por vencida y apoyé la cabeza en el lujoso reposacabezas del asiento del copiloto. Cerré los párpados y deseé poder cerrar también el mundo.
Me llegaron algunos mensajes más y el teléfono siguió sonando, lo que me hizo bajar la vista a mi regazo. Volví a ignorarlo.
–¿Qué voy a hacer? –Pensé en voz alta–. En unas pocas horas Tanya llamará a todos para contarles que habló por teléfono con el novio de Bella. –Tenía el agua hasta el cuello–. Supongo que siempre puedo decirles que hemos terminado. – Lancé un suspiro alto. Después me giré para mirarlo–. No nosotros, sino… – Negué con la cabeza–. Sabes a qué me refiero.
Edward se enderezó en su asiento, ocupando casi todo el espacio.
Antes de que pudiéramos decir algo, mi teléfono volvió a sonar. Lo levanté con la intención de silenciarlo. Por el amor de Dios.
Un número alarmante de mensajes apareció en mi pantalla y confirmó mis sospechas.
Tanya
Acabo de hablar con tu novio.
Qué voz tan sexy y profunda. Envíame una foto,
por favor
Mamá
Tu hermana me contó que habló con Edward.
Si quiere un menú vegetariano, todavía podemos hablar con el restaurante y pedirles que
le preparen una opción con pescado. Sí come pescado, ¿no?
Eso no es carne, ¿o sí?
A menos que los vegetarianos coman pollo.
¿Comen pollo? ¿Alice era flexotariana?
¿Flexatariana? No recuerdo. Pero comía
jamón y chorizo. Ya sabes que no se nada
de modas de alimentación.
Si come, también podemos pedirle pollo.
Pregúntale.
Ay, por Dios, Jesusito. ¿Cómo diablos estaba despierta mi madre?
Tanya
Es raro que no sepa cómo es tu novio.
¿Es feo? No pasa nada. Apuesto a que
lo compensa de otro modo
Mamá
Solo avísame qué va a comer.
No hay problema. No se lo contaré
a la abuela. Ya sabes cómo es.
Tanya
Sabes que estoy bromeando. No voy a juzgar
a tu novio por su apariencia.
Tampoco voy a pedirte una foto de su pene,
eso es asunto tuyo; aunque no me opondré
si quieres enseñarme una.
Gruñí.
Tanya
Otra broma.
Aunque lo de la voz sexy es en serio.
Eso fue wow
–Entonces eso nos deja solo dos opciones –dijo el hombre a mi lado.
Giré la cabeza y casi golpeé la suya porque estaba mirando por encima de mi hombro. Cerca; su boca estaba demasiado cerca de mi mejilla.
Me apoyé el teléfono sobre el pecho y la piel del rostro se me calentó.
–¿Cuánto entendiste?
–Suficiente –dijo Edward, mi futuro jefe, y se encogió de hombros.
Claro que entendió. Después de todo esto es el show de Bella Swan.
–Lo suficiente como para desaconsejarte que finjas que rompimos sin haber escuchado las opciones que tenemos.
Se había metido él solo en este brete, justo en la línea de fuego. Debería estar enojada. Furiosa. Y quería estarlo. Pero que se incluyera en esto y saber que no estaba sola para arreglar este desastre (uno que yo misma había creado y que había crecido como una bola de nieve hasta formar esta compleja telaraña de mentiras que lo incluía) me hizo sentir un poco… mejor. Un poco menos desamparada.
Mucho menos sola.
–¿"Tenemos"? –dije, y pude escuchar la duda en mi voz. La resistencia para creer lo que decía se mezclaba con la esperanza de permitírmelo.
–No voy a obligarte, Isabella. –Edward me fulminó con una mirada que conocía muy bien. Esta era la última vez que iba a decir lo que estaba por decir–: Hay algo que no me estás diciendo. Algo que te hizo cambiar tan drásticamente de idea después del anuncio de Aro. –Levantó una mano y se acarició el pelo oscuro, como si estuviera preparándose para algo–. Te dije que hablaríamos y no lo hicimos. Eso es mi culpa. Hay una explicación, pero ahora no importa. –Dejó que eso decantara un momento. Y lo hizo. Decantó hasta el fondo de mi estómago–. Podemos hacer que funcione. Haremos que funcione, si eso es lo que quieres. –Hizo una pausa y la respiración se me atascó en la garganta–. Haré que funcione.
Miré fijamente a esos ojos llenos de determinación.
Lo quería. Quería que funcionara. Tenía razón al decir que era mi mejor opción. Porque lo era. Incluso antes de que todo esto sucediera. Pero las cosas habían dado un giro hacía algunos días.
Lo ascenderán. Se convertirá en mi jefe. Eso cambia las cosas. Aprendí la lección con Felix.
Y ahora, todo volvía a girar.
Todos en casa esperan que vaya con él. Ahora más que nunca. Es demasiado tarde para retractarnos.
Quizá… si nadie en el trabajo se enterara de nuestro acuerdo, no habría riesgo. Nadie tenía motivos para imaginar que pasaríamos juntos un fin de semana, mucho menos en España para una boda. Nadie se había enterado de la subasta.
Mi mente repasaba una y otra vez el mismo escenario que me llenaba de miedo: yo aterrizando en España sin nadie a mi lado, sola, prisionera del pasado, sonrisas de lástima, miradas de tristeza, susurros.
La sangre se desplomó a mis pies y la sensación me hizo acordar a algunas horas atrás, cuando me había desmayado.
–¿Cuál es la opción A? –susurré, exhausta de intentar sacar conclusiones sola–. Dijiste que teníamos dos opciones. ¿Cuál es la primera?
Edward puso la misma expresión de cuando hacía negocios.
–La opción A es que viajes sola a tu casa. Por mucho que lo desaconseje, sigue siendo una opción. –Escucharlo de alguien que no era yo hizo que un escalofrío me recorriera los brazos–. No tengo dudas de que estarás bien, aunque eso no significa que sea el camino más fácil para… lo que sea que quieras lograr.
–No quiero lograr nada.
–Ninguno de los dos nos creemos eso. Pero está bien. De todos modos, tienes una segunda opción. Y, la diferencia es que, si decides ir con la opción B, no estarás sola. Llevarías refuerzos. –Se llevó la palma a su amplio pecho–. A mí. Sabes mejor que nadie que los proyectos difíciles requieren la cantidad adecuada de refuerzos y apoyo para tener éxito. Entonces, llévame, y eso será justo lo que haré. No tendrás que enfrentarte a nadie sola. Les darás exactamente lo que les prometiste.
Sentí como si algo me hubiera golpeado en las costillas y casi tuve que acariciarlas para aliviar la sensación.
–Si me llevas como tu cita y novio, algo que para tu conveniencia olvidaste mencionar, cortas el problema de raíz. Tan sencillo como eso. –Edward Cullen presentó su oferta de modo impecable. Directo al maldito grano.
–¿Sencillo? Estás loco si crees que esto será sencillo –murmuré–. La mayor parte del tiempo apenas puedes soportarme, imagínate un ejército de Bellas de todas las formas y tamaños. Tres días seguidos.
–Estoy preparado.
La pregunta era: ¿yo lo estaba? ¿Estaba preparada para dar el salto y arriesgarme a que la historia se repitiera? Entonces, dijo:
–Nunca me ha asustado tener que trabajar para conseguir algo, Isabella. Incluso si todas las probabilidades están en mi contra.
Esas palabras casi me dejaron sin aire, como si esa declaración hubiera llevado consigo un peso extra y me hubiese golpeado.
Estoy siendo una estúpida.
No. Estaba totalmente loca, si es que lo que estaba por decir era una señal de cuánto había perdido la cordura. Pero, diablos, no era nada que no hubiéramos acordado antes.
–De acuerdo –cedí–. Ya te lo advertí… dos veces. Ahora supongo que de verdad estás metido en esto. Estamos metidos en esto, tú y yo.
–Yo no fui el que lo canceló, Isabella. –Tenía razón; podía concederle eso. Y aclaró–: Ya estaba metido desde antes.
–Lo que digas, Cullen. –Desvié la mirada. No quería que viera cómo me sentía–. Solo espero que no lo arruinemos.
–No lo haremos –declaró con firmeza–. ¿O te olvidas de que nunca fallo cuando persigo un objetivo?
Pestañeé. Sus últimas palabras me daban un poco de miedo. Ay, diablos, íbamos a necesitar un cierto grado de confianza, quizá hasta una pizca de locura, que el plan fuera exitoso.
Ignoré el alivio y la sensación de que me había quitado un peso de los hombros. Finalmente dejé que mi mirada se perdiera fuera del auto.
–Esta no es mi calle. –No reconocía la zona en la que habíamos estacionado–. ¿En dónde estamos?
–Estoy buscando la cena –dijo, señalando por la ventana a un food truck decorado con patrones coloridos, colores y máscaras de lucha–. Este lugar tiene los mejores tacos de pescado de la ciudad.
Me rugió el estómago de solo pensar en tacos de pescado. La verdad es que cualquier tipo de tacos hubiera tenido el mismo efecto, pero ¿tacos de pescado?
Eran mi permitido.
–¿Tacos de pescado?
Frunció las cejas oscuras. Y tenía tanta hambre que podría haberle besado el ceño.
–Te gustan –afirmó, no preguntó. Tenía razón.
–De hecho, me encantan.
Edward asintió, como si quisiera decirme ¿viste?
–Puede que los hayas alabado con Héctor unos cientos de veces –comentó casualmente. Parpadeé. Más que cientos, yo diría millones de veces–. ¿Cuántos quieres? Yo suelo pedir tres. –¿"Suelo pedir"?
–Tres está bien –confirmé un poco ausente, pensando en otra cosa: me lo imaginé viniendo aquí regularmente, pidiendo sus tres tacos, con los dedos y las comisuras de los labios (que siempre tenía tan impecables) llenos de salsa.
Detente, Bella, me regañé. Los tacos no son sexys, son un lío pegajoso.
–Ya vuelvo. –Se desabrochó el cinturón. Un poco tarde, moví las manos para desabrochar mi cinturón y acompañarlo–. No –ordenó mientras abría la puerta–. Quédate en el auto. Yo los traigo.
–No tienes que cuidarme ni comprarme comida, Edward –me quejé para que dejara de actuar como mi madre–. Ya has hecho suficiente.
–Sé que no tengo que hacerlo –dijo, saliendo del auto. Se inclinó y volvió a meter la cabeza en el habitáculo–. De todos modos, pensaba venir aquí esta noche. Tú solo estabas en el auto –explicó como si supiera lo que necesitaba escuchar. No se equivocaba–. Y deberías comer algo. Solo serán unos minutos.
–De acuerdo –suspiré, dándome por vencida. Jugueteé con los dedos mientras se alejaba. Lo llamé y se detuvo–. Que sean cuatro –pedí con un hilo de voz. Comportarme como una estúpida con la comida se había terminado–. Por favor.
Edward me miró en silencio durante unos segundos. Tantos que me cuestioné si haber sumado ese taco extra había sido una buena idea. Cuando finalmente habló, lo hizo muy bajo:
–Intenta no volver a dormirte, ¿sí? No puedo prometerte que vaya a sobrar comida cuando te despierte, si es que lo consigo.
Entrecerré los ojos.
–Más te vale no hacer eso, Cullen –murmuré un segundo después de que cerrara la puerta de un golpe y cruzara la calle hacia el puesto de comida mexicana.
Pasados no más de treinta minutos, tenía en mis manos un paquete de comida para llevar que olía absolutamente increíble y estaba cerrando la puerta de mi apartamento. Cinco tacos… Edward me había comprado cinco y no cuatro, como le había dicho. Con acompañamiento de arroz y chiles. Y no me había dejado pagar por nada.
"Yo invito", había dicho.
Después, había guardado su número en mi teléfono y me pidió que le enviara los detalles de mi vuelo en cuanto llegara a casa. Me hizo prometerle que comería y me iría a dormir, como si no me estuviera muriendo de ganas de hacer exactamente eso.
Entonces, sin entregarme al pánico con el que seguro me despertaría a la mañana siguiente, cumplí con la promesa que le había hecho.
A Él. Edward Cullen, quien pronto sería mi jefe y, todavía más pronto, mi pareja falsa en la boda de mi hermana. Porque, justo como me había dicho, podía contar con él.
