Disclaimer: Este fanfic es una adaptación del libro "The Spanish Love Deception" de Elena Armas.

Nada de esto me pertenece, todo es propiedad de Elena Armas y Stephenie Meyer.

Capítulo 12

Horas para abordar el vuelo hacia la boda-tortura: veinticuatro.

Nivel de ansiedad: llegando al estado de alarma.

Plan de contingencia: brownie de tres chocolates. Lo que cupiera en un camión.

Si algo aprendí de mi desmayo era que me había comportado como una completa idiota con mi salud. Y, aunque sabía que llenarme la boca de chocolate era pasarme para el otro lado, supongo que me gustaban los extremos.

Y eso era exactamente lo que me había traído hasta la avenida Madison, el único lugar en la ciudad de Nueva York que tenía el poder de aplacar a la bestia furiosa que era mi ansiedad.

–¿Quieres tu pedido para llevar, Bella? –preguntó Sally desde el otro lado del mostrador–. Por cierto, ¿cómo está Rosie? ¿No te acompañará hoy?

–Me encantaría, pero me temo que hoy estoy sola.

La noche anterior había hablado por teléfono con mi amiga durante casi dos horas. No había sido fácil contarle el plan que estaba a punto de llevar a cabo. Me respondió con chillidos (innecesarios) y me molestó con eso de las miraditas entre Edward y yo que, claramente, era un invento de ella. Pero se sentía bien tenerla de vuelta en mi equipo. Incluso aunque fuera el Equipo Farsa. Saber que estaría en Nueva York esperándome con una sonrisa comprensiva y un pote de helado, que sin duda iba a necesitar, significaba mucho para mí.

–Y no, gracias, me tomaré el café y el brownie aquí. –Hice una pausa para reconsiderarlo–. Brownies. Que sean dos, por favor –le dije a Sally–. Puedo darme el gusto. Hoy me he pedido el día libre en el trabajo, así que me dedicaré a pasear y relajarme.

–Ay, de verdad debes extrañarme si vas a quedarte tanto tiempo –comentó mientras pesaba con esmero los granos de café y me regalaba una sonrisa por encima de su hombro–. No te culpo, es imposible no extrañarme, ¿verdad?

–Por supuesto que te extrañé. –Me reí entre dientes–. Eres mi barista favorita en todo el mundo. –Seguí todos sus movimientos con la mirada. Se me hacía agua la boca.

–Ay, solo lo dices porque tengo lo que quieres justo ahora, pero no te detengas, por favor.

Estaba lista para admitírselo y quizá hasta pedirle matrimonio, si eso

significaba tener café gratis e ilimitado por el resto de mi vida, pero entonces la vi mirar detrás de mí mientras presionaba un botón en la máquina que hacía suceder el milagro de la cafeína. Un destello de cariño le iluminó los ojos.

–Buenos días –saludó a su nuevo cliente. Me miró de un modo travieso y volvió a concentrarse en él–. ¿Lo mismo de siempre? ¿Expreso doble sin azúcar? –

Hizo una pausa y sentí que el recién llegado se acercaba.

Fruncí el ceño. Algo me sonaba muy familiar en ese pedido oscuro, amargo, sin alma, justo como…

–Enseguida, Edward.

Enderecé la espalda y mantuve la cabeza firme hacia delante mientras los ojos se me abrían cada vez más.

–Gracias, Sally.

Esa voz le pertenecía al hombre que al día siguiente se subiría conmigo a un avión. El hombre que le presentaría a mi familia como mi amado falso novio.

Me giré despacio en su dirección y me encontré con un par de ojos verdes cubiertos por una expresión seria que conocía muy bien. Abrí la boca, pero no pude decir nada.

–Es peor de lo que pensaba –dijo mientras me escaneaba el rostro y apretaba los labios en esa típica línea.

–¿Perdón? –respondí burlona, imitando su voz y mirándolo de arriba abajo, boquiabierta.

–Tus ojos. –Me señaló la cabeza–. Se ven enormes en tu rostro. Más grandes de lo habitual. ¿Estás segura de que la cafeína es una buena idea? Ya pareces un poco alterada.

–¿Alterada? –Entrecerré mis ojos enormes y "más grandes de lo habitual".

–Sí –asintió, despreocupado–, como si estuvieras al borde de una crisis nerviosa.

Conteniendo unas malas palabras, respiré profundo para evitar tener una crisis nerviosa (como había dicho) justo en ese instante.

–Antes que nada, estoy tranquila. –Me dedicó una mirada incrédula–. Sí. No solo tranquila, sino también serena, fíjate. Como uno de esos estanques en los que el agua ni se mueve. –Me giré hacia Sally, que estaba apoyada en el mostrador con la barbilla sobre la mano, absorta en mi conversación con Edward–. Creo que voy a retirar eso de que te extraño, Sally –bromeé. Ella sonrió todavía más y se enderezó.

Miré a Edward de reojo–. ¿No deberías estar en el trabajo, señor Robot? Ya sabes, en lugar de andar por ahí señalando lo alterada que se ve cualquier mujer con la que te cruzas al azar.

–Tú no eres cualquier mujer –contraatacó con calma y se apoyó en el mostrador, justo al lado mío–. Y sí fui a trabajar. A la mañana. Pero me tomé el resto del día.

–¿Vacaciones? –Suspiré dramáticamente–. El infierno debe haberse congelado para que Edward Cullen se tome un día. –Cosa que jamás hacía.

–Medio día –corrigió.

Sally apoyó nuestros pedidos sobre el mostrador. Al mismo tiempo. Me pareció raro, dado que yo había llegado varios minutos antes que él. Entrecerré los ojos y ella me dedicó una sonrisa angelical.

–Aquí tienen, chicos. Solo lo mejor para mis clientes favoritos. Expreso doble sin azúcar y un café con leche. –Eso me recordó que antes le había preguntado a Edward si quería "lo de siempre"

–¿Qué tan seguido vienes aquí, Edward? –lo interrogué. Suponía que no mucho porque, considerando mi fidelidad religiosa con Around the Corner, tendría que habérmelo cruzado–. ¿Cómo conoces este lugar?

Google Maps, Tripadvisor, Time Out y otro millón de sitios web podrían estar detrás de su descubrimiento. Y sin embargo…

–Vengo bastante seguido –respondió, tomando la cartera del bolsillo.

Con los ojos todavía entrecerrados y mientras veía sus largos dedos luchar con la billetera, recordé algo. Le había hablado sobre Around the Corner. Más bien había hablado conmigo misma y él me había escuchado… Fue cuando se apareció en mi oficina para ayudarme con el Día de Puertas Abiertas. Enderecé la espalda por la epifanía.

–¿Qué es lo que te sorprende tanto, Isabella? Presto atención cuando hablas. Hasta cuando mascullas para tus adentros, lo que haces bastante seguido, por cierto. Pero, de vez en cuando, dices algo interesante.

–¿Lees mentes o algo así?

–Por suerte no. La mayor parte del tiempo me daría pánico saber lo que piensas. –Estiró el brazo y le dio su tarjeta de crédito a Sally–. Yo invito.

De acuerdo. En primer lugar, ¿pánico? Y segundo, ¿mascullo? ¿Seguido?

Sally tomó la tarjeta de crédito y me sacó de mi estúpido asombro.

–Espera –aullé y capturé la atención de Sally y de Edward–. No tienes que pagar mi pedido. Tengo dinero.

–Lo sé, pero quiero hacerlo.

–¿Y si yo no quiero? –discutí. La mirada de Sally se disparó hacia el hombre a mi lado. Yo también me giré y me encontré con una expresión calma en el rostro de Edward.

–¿Hay algún motivo por el que no quieres que yo en particular te invite, Isabella? Algo me dice que, si fuera otra persona, no pondrías ninguna resistencia a que te invitaran un café y un brownie. –Le echó un vistazo al mostrador–. Unos brownies.

–Bueno, sí. Hay un motivo, sabelotodo. –Di un paso hacia él. Uno pequeño. Bajé la voz–: Ya te debo suficiente. Y no me refiero a los tacos de pescado de anoche, ¿de acuerdo? –Nos miramos fijamente–. No necesito seguir acumulando deudas. –Si el cambio en su cara era un indicio de algo, la última parte en verdad le había molestado.

–No me debes nada –dijo con el ceño fruncido–. Que te invite tacos, café o cualquier otra cosa no genera ninguna deuda. –Negó con la cabeza, algunos mechones de pelo, siempre tan bien peinado, rebotaron y cautivaron toda mi atención. Relajó el ceño y me dedicó una mirada un poco distante–. ¿Alguna vez aceptarás algo de mi parte sin dar batalla?

–Esa… –Se me fue la voz, no sabía qué decir–. Esa no es una pregunta fácil de responder, Cullen.

–Ya veo.

Torció la cabeza, se giró hacia mí y recortó gran parte de la distancia que nos separaba. Fue un movimiento inesperado y se me alteró la respiración por la sorpresa. Super consciente de lo cerca que estábamos, tartamudeé. De pronto no sabía qué decir o si era necesario que dijera algo. Estiró un brazo y me acarició la sien. Separé los labios y un cosquilleo me recorrió toda la piel.

–Siempre peleándome. –Ahora era él el que hablaba en voz baja.

Lo miré a la cara, tan hermosa y seria. Sus ojos verdes escrutaban mi reacción.

–Resistiéndote.

Se me aceleró el corazón, como si acabara de correr dos o tres kilómetros. Acercó la cabeza y dejó la boca demasiado cerca donde habían estado sus dedos unos segundos atrás. Casi tan cerca como había estado cuando bailamos.

–Es como si quisieras que te rogara. ¿Te gustaría eso? ¿Qué te rogara? –Su voz sonó tan… íntima y susurrada. Pero fue lo que dijo después lo que revolucionó mis pensamientos–: ¿Es eso? ¿Me voy a tener que arrodillar?

Guau.

Un calor familiar me subió por el cuello, se me esparció por las mejillas. Me calentó la piel. Después bajó e hizo que, en cuestión de segundos, me subiera la temperatura de todo el cuerpo.

–Déjame consentirte, ¿sí? Quiero hacerlo. –Me sostuvo la mirada mientras el estómago me daba un vuelco.

–De acuerdo –dije, temblorosa y afectada. Exhalé. Se me secaron los labios y luego los apreté como si intentara controlar el caos que me invadía todo el cuerpo y la mente. Me aclaré la garganta. Dos veces–. Puedes pagarme el café. No tengo ganas de que me ruegues ni de que montes un espectáculo en el medio de la cafetería. –Me aclaré la garganta por tercera vez, mi voz todavía no había vuelto a la normalidad–. Así que paga todo lo que quieras. –Hice una pausa para intentar recuperar el control de mi cuerpo–. Y gracias.

Edward asintió con la cabeza, en su comisura vi el inicio de una sonrisa de satisfacción.

–¿Ves? No fue tan difícil, ¿no? –señaló. Curvó los labios un poco más, regocijándose y…

Un momento.

De pronto comprendí.

–Estabas… –No podía creerlo. Nada de todo esto. Mi reacción, el hecho de que me hubiera… calentado por diversión–. Solo querías demostrar tu teoría.

–Puede que sí –dijo y por n se retiró de mi espacio personal y se alejó. Me miró de reojo, con esa mueca presumida todavía en los labios–. ¿Estás decepcionada, Isabella?

No puedo creerlo.

Y, lo que era todavía peor, esto significaba que era plenamente consciente del efecto que tenía sobre mí. Sabía lo que su cercanía le provocaba a mis sentidos. A mi cuerpo. Y acababa de ganar esta estúpida discusión.

Miré boquiabierta su perfil mientras se llevaba la taza a los labios, tan complacido consigo mismo.

–¿Sabes qué, Edward? –Me encogí de hombros tratando de reprimir la sonrisa que estaba a punto de invadir mi expresión–. La verdad es que sí estoy decepcionada.

–¿Sí? –La mirada presumida se desvaneció.

–Oh, muy decepcionada. ¿Y sabes lo que hago cuando eso sucede? –Me giré hacia Sally–. Sally, voy a llevar uno de todo lo que tienes en el mostrador. Y, cambié de idea, prepáramelo para llevar, por favor. –Mis labios se movieron en lo que esperaba que no pareciera una sonrisa malévola–. Este de aquí insiste en pagar. –Señalé a Edward con el pulgar–. Así que, por favor, que lo haga antes de que espante a todos tus clientes con no sé qué perorata de arrodillarse.

–Ay, no me gustaría que eso sucediera –respondió Sally y me guiñó un ojo–. Te gustan mucho los panecillos de limón. ¿No prefieres que te ponga dos en lugar de uno? –preguntó mientras tomaba uno del plato más grande. Asentí.

–¡Qué idea tan maravillosa! Tienes razón, me encantan. ¿Y por qué no dos panecillos de arándanos también? Se ven deliciosos.

–Si crees que esto me molesta, es porque no has entendido que ayer hablaba en serio –dijo Edward, que seguía a mi lado, atestiguando mi numerito. Ignoré cómo me hizo sentir–. Aun así, espero que compartas.

–Creí que me estabas consintiendo, no que yo te estaba consintiendo a ti.

Si no lo conociera tan bien, se me hubiera pasado la diversión que tenía en los ojos. Pero allí estaba.

Y, mientras miraba ese hermoso rostro que tanto había despreciado en el pasado (puede que injustamente, lo admito), lo entendí. Yo me estaba divirtiendo tanto como él, hasta puede que un poco más. Y no teníamos solo eso en común:

ambos éramos muy malos disimulándolo.

Pero, por algún motivo, por primera vez en nuestra historia, a ninguno parecía importarle. Nos quedamos ahí, mirándonos fijamente. Ambos reprimiendo una risa traviesa. Escondiendo nuestra diversión como un par de idiotas cabezaduras, esperando a que el otro se riera primero.

–De acuerdo. –La voz de Sally rompió el hechizo e hizo que me girara de golpe. Tenía una sonrisa de oreja a oreja–. Pedido armado y listo.

–Muy bien, gracias –murmuré. Con un poco de esfuerzo, conseguí tomar todo y apoyármelo en el pecho–. Bueno, Cullen, gracias a ti también. Siempre es un placer hacer negocios contigo.

–No vas a compartir, ¿no?

–Nop. –Nos miramos fijamente mientras los segundos pasaban.

–No… –Su voz se apagó, parecía que había cambiado de idea. Se me aceleró el corazón–. No me gusta correr por la terminal. Así que intenta no llegar tarde mañana. No es…

–Divertido. Lo sé, Cullen. Adiós. –Giré sobre mi eje y me alejé.

Primero había ido por mis dulces y ahora esto.

Un día iba a arrojarle algo a esa cara ridículamente simétrica que tenía. Juré que lo haría, pero no iba a ser un brownie.