Nota: No pidan lógica, soy yo escribiendo a las 3 de la mañana. Y también, expresando entre líneas que no me gusta el shipp canon de Kagami y Félix. Y sí, esto es fuera de personaje porque así lo quiero.
— Félix... ¿Por qué te casaste conmigo?
— ¿No fuiste tú quien propuso un matrimonio por contrato, en primer lugar?
— Lo sé, pero... — desvió la mirada a cualquier sitio en la sala de estar, jugando levemente con sus dedos en su regazo —... Tú podías negarte.
— Lo sé.
— Y... podías casarte con Kagami en vez de... casarte conmigo.
—... Eso también lo sé.
— ¿...La amabas, verdad?
Félix la miró de reojo, enarcando una ceja confundido y comenzando a incomodarse ante la actitud de Marinette y el hecho de que ella tocara el tema. Después de todo, Kagami había sido su primer amor y la primera persona que llamó genuinamente su atención; una persona importante, pero ya no en el sentido romántico.
— No es por ser grosero, Marinette pero ¿Qué ganas indagando en eso?
— N-nada sólo... Lo siento mucho, no debí preguntar.
Tomó su barbilla, evitando que ocultara la mirada y en cambio, enfrentara la suya. Marinette cerró los ojos por inercia, temerosa por la posible expresión molesta y seria de su marido; sorprendiéndose al sentir una suavidad en sus labios que la hizo abrir los ojos, encontrándose con una mirada tranquila y casi cariñosa mirándola de vuelta.
— Mari — la llamó en un susurro, casi ronroneo que la hizo enrojecerse —... Cuando se es joven, uno tiende a enamorarse más rápido, ¿Lo sabes, cierto? — su esposa desvió ligeramente la mirada con pena, dibujando una sonrisa pequeña en Graham —. Yo me enamoré de Kagami, ella fue mi primer amor y mi primera relación. Y la aprecio, así como tú, aprecias a Adrien y a Luka.
— Félix...
— A las únicas que amo son a mi madre, a nuestra hija y a ti... No hay nadie más — limpió una lágrima escurridiza de su mejilla para luego tomar su mano y besarla —. No me arrepiento de haberme casado contigo, aun si fue por contrato.
Marinette apoyó su frente en su pecho, sin soltar su mano mientras Félix la abrazó con un brazo por la cintura, acercándola más. Dejándola llorar en silencio, brindándole pequeños besos en la coronilla como consuelo y sincero afecto.
— No me dejes — pidió en un susurro tembloroso, hipando. Félix la sentó en su regazo, dejando que Marinette escondiera su rostro en su cuello con él apoyando su barbilla en su cabeza.
— No lo haré.
— Yo... yo también te amo... A ti y a nuestra hija.
Una sonrisa de alivio y paz se dibujó en sus labios, con una calidez envolviendo su corazón al mismo tiempo que una lágrima descendía de su ojo derecho.
— Gracias, Mari.
Días mejores entre ambos se acercaban.
