La Fuerza del Cariño

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—¿Quién te crees que eres para prohibirme nada? ¡He sido autosuficiente desde que me abandonaste! —chilló enloquecida para levantarse—. ¡Te odio! —agregó y salió del hogar sin mirar atrás.

El silencio se prolongó unos segundos en la estancia, segundos que parecían ser eternos. Kagome observaba el asiento, ahora vacío, de su primogénita, aún sin poder creerse como había acabado en tal desastre.

Solo le había sugerido que debía quedarse en casa. Repasaba una y otra vez la escena intentando recordar qué era lo que había despertado tal carácter en ella, pero por más que lo intentaba, nada le parecía suficiente. ¿Por qué su adolescente hija había actuado de tal manera?

Algo se oprimió en su pecho, sin permitirle respirar, notando que le faltaba el aire. No solo había sido la explosión iracunda de su hija, las palabras que ella le había dicho, se habían clavado en su cuerpo como la más feroz y venenosa de las flechas. Después de vivir unos años juntos, nunca le había sacado a relucir el tema, como si Moroha hubiera aceptado la situación de una manera muy adulta y no les guardara rencor por hacer lo que hicieron. Pero saber que en realidad sí guardaba cierto resentimiento desmoronó todas sus defensas.

¡Ella misma se recriminaba por haberse separado de su hija!

Respiró hondo, intentando controlar las lágrimas y se levantó del frio suelo para recoger los restos de la merienda que ambas estaban compartiendo. Pero su intento de estoicismo despareció en cuanto dio unos pasos hacia la cocina, cuando dos grandes lágrimas precedidas de un gemido lastimero dieron rienda suelta a sus recuerdos más amargos.

¿Qué clase de madre era? Había abandonado a su hija, condenándola a una vida de penuria y peligro sin ser acompañada por sus progenitores. Aunque en aquel momento parecía ser esa la única solución, con los años se arrepentía de haber tomado aquella decisión y que el miedo la dominara. ¿Por qué no había intentado huir o pedir ayuda? ¿Por qué había actuado de aquella manera tan cobarde?

Una cobardía inusual en ella que sólo aparecía con cualquier cosa que involucrara a su hija. Su propia culpabilidad había traspasado tales límites que no le permitían comportarse como una madre equilibrada por temor a que su hija la odiara. Consideraba una suerte del cielo que nunca les recriminara sus acciones del pasado, por lo que no quería tirar de la cuerda lo suficiente para que ésta no se rompiera. Todos le decían que era demasiado permisiva, que tenía que ser más dura en algunos aspectos porque, aunque se enfadara, Moroha lo entendería.

Hipó por segunda vez, aquello era una patraña.

Su instinto maternal para que no le ocurriera algo grave, a no poder llegar hasta ella, le habían hecho olvidar los temores a las represalias y había decido darle una opinión crítica, agregando que no quería que se expusiera a aquella clase de peligro. Sabía que las niñas querían buscar una manera de abrir el pozo para que ella y Towa pudieran volver a ver a su familia, pero Kagome temía que aquella empresa los separara de nuevo, bloqueándose el pozo tan de repente, como las otras veces.

Sin embargo, no parecía haber expresado bien su temor. Su adolescente hija, con el impulso y el carácter heredado de ambos progenitores, había argumentado con tanta dureza que la había dejado sin habla, abriendo una herida que pensaba, se había cerrado.

Sin preocuparse ya por las lágrimas que carían de sus ojos irritados, la joven se dirigió a la habitación que compartía con Inuyasha y sacó un pequeño trozo de tela de color beige roído por el tiempo. Con mimo, lo acarició recordando los últimos momentos antes de que Hachi se la llevara de sus brazos. Aquel era el único recuerdo de su pequeña que le acompañó durante los catorce años que estuvo encerrada en aquella perla.

Durante los primeros años lloraba todos los días en los hombros de Inuyasha siendo consolada por él. No era suficiente verla de vez en cuando gracias al báculo de Jacken, necesitaba tenerla en sus brazos, oler su olor a recién nacida y disfrutar de todos los primeros momentos que se estaba perdiendo. No era justo y durante muchos años, sintió rencor por aquellos que la obligaron a separarse de ella.

Se sentó con la espalda apoyada en la pared y apretó el objeto contra su pecho a la vez que los gemidos desolados ensordecían el silencio de la estancia. Después de tantos años sin poder estar a su lado, no concebía que su hija la odiara. Moroha no era consciente del amor que sentía hacia ella y sus palabras, su odio, dejaban a una Kagome sin fuerzas para nada más que llorar y perderse en un pozo de depresión y oscuridad profunda.

Ensimismada en sus pensamientos de culpa, Kagome no se percató cuando alguien la levantó en brazos y la apretó contra su pecho. Sin embargo, olió su esencia a bosque y hierba fresca, sabiendo al instante quién la llevaba en brazos. Ella se acurrucó contra él, sintiéndose un poco más reconfortada, dejándose llevar por él, paseándose por toda la casa.

Gracias al cielo que Inuyasha la dejó ser, no tenía alma para poder hablar si él preguntaba.

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—¿Qué te ocurre? —preguntó Setsuna desconcertándola. Alzó la vista encontrándose a las dos hermanas observándola con detenimiento—. ¿Estás bien?

—Me he discutido con mi madre —contestó con rudeza, aun enfadada por la conversación—. Cree que sigo siendo una niña a la que debe proteger.

—¿Tan grabe ha sido? —preguntó Towa sentándose a su lado.

—He vivido sola gran parte de mi vida —explotó ella arrancando un poco de césped, enfadada—. ¿Cómo pretende ahora decirme que no puedo acompañaros? He hecho cosas mucho peores.

—¿Te lo ha prohibido? —preguntó la de cabello negro sentándose a su otro lado. Moroha negó, desconcertándola—. ¿Entonces?

—Me ha tratado como a una cría —suspiró pasándose la mano por el cabello—. Una estúpida e imprudente niña que no sabe defenderse del peligro. Pues perdona, pero yo no tenía a un hanyō rescatándome cada vez que me secuestraban. Al menos yo soy útil.

—¿Le has dicho inútil a tu madre? —preguntó Towa sorprendida. Moroha la observó extrañada, sin comprender la pregunta—. A mí me ha sonado a eso.

—Solo digo que ella con mi edad no habría sobrevivido sin mi padre. Es la verdad. Además, fueron ellos quienes decidieron que nos separásemos. Yo no lo decidí.

—Eso es estúpido. —La voz osca y seca de Sesshomaru las sorprendió, desconcertándolas—. Ellos no decidieron nada.

La morena lo miró con frialdad. En un primer momento, con todos los sucesos de Kirinmaru y el descubrimiento de que sus padres estaban con vida, no había pensado demasiado en la situación y, por ende, no había pensado mucho en como Sesshomaru había contribuido a los acontecimientos que habían marcado su vida. Tampoco quería estar en malas con sus primas, quienes parecían intentar acercarse de alguna manera a él.

Pero con el paso del tiempo y viendo que la conducta del demonio era la misma, sino peor, Moroha no tenía paciencia. No quería que, alguien que había destrozado no una, sino dos familias por su mala praxis, viniera a darle lecciones de vida.

—No, lo decidiste tú —recriminó Moroha levantándose—. Sin pedir ayuda, decidiste moverte por ti mismo creyendo que lo podrías solucionar todo. Sin embargo, si no hubiera sido por nosotras, aun estarías esperando.

—Eres igual de insolente que tu padre —contestó el demonio acercándose. Ella ni se inmutó, no tenía la cabeza clara como para pensar en su seguridad. Estaba enfadada con el mundo—. Pensaba que eras más lista que él.

—No te tengo miedo —espetó, provocando que el demonio alzase una ceja—. Además, alguien tiene que hacerte pagar por jodernos la vida ¿no crees?

Aquel comentario provocó que ambas hermanas se levantaran y se posicionaran delante de ella, protegiéndola de Sesshomaru. Aquello, lejos de conmoverla, la cabreó más. ¿Es que ellas tampoco creían en sus habilidades? No necesitaba que nadie la protegiera. Gruñó y abrió la boca dispuesta a soltar todo aquello que se agolpaba en su mente.

—Puede que incluso sea peor —siguió Sesshomaru apartándose con suavidad de ellas—. Puede que incluso no solo hayas heredado la estupidez de tu padre, sino también el ego de tu tío —sin más se giró para emprender su camino de vuelta a donde sea que fuera—. Piensa antes de hablar, niña. O el ego te pasará factura.

—Increíble. ¿Él también da lecciones de vida?

—En este caso, y sin que sirva de precedente, creo que tiene razón —alzó la voz Towa, girándose hacia ella.

—¿En serio?

—¿No estabas a punto de decirnos que tampoco te hacíamos falta? —preguntó Setsuna con aquel tono característico, como si pudiera leerte la mente.

—Yo no… —Moroha las miró nerviosa, notando por primera vez la dureza de sus palabras.

—Si has sido la mitad de ruda con Kagome, es posible que le hayas hecho daño —agregó Towa—. Ves a disculparte.

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Aspiró hondo mucho más relajada, aunque sus ojos le dolían del llanto. Inuyasha, en silencio, acariciaba su espalda, esperando paciente a que ella hablara. Por un momento, Kagome recordó aquellos días en la tumba de su suegro, como ambos habían aprendido a entenderse sin palabras para sobrevivir al sufrimiento con la ayuda del otro. Suspiró para darse fuerza.

—¿Mejor? —preguntó preocupado. Ella asintió.

—Gracias —contestó aun con la voz compungida—. Lo siento, no he podido contenerme.

—Dale gracias a que yo me he contenido —contestó gélido, sorprendiéndola—. ¿Cómo puede ser tan malditamente desagradecida?

—Inuyasha…

—No Kagome, nada de ser indulgente —la interrumpió sentándola en su regazo—. Tienes todo el maldito derecho de dar tu opinión sobre su vida, principalmente porque fuiste tú la que sufriste más de diez horas para que ella naciera.

—Tampoco tengo derecho a prohibirle nada, por más miedo que tenga —suspiró ella cerrando los ojos—. Ahora sé lo que debió sufrir mi madre cada vez que viajaba al otro lado del pozo.

—Nunca le dijiste nada parecido a tu madre —aseguró él enfadado, no dispuesto a ceder esta vez.

—Mi madre nunca me prohibió viajar por el pozo aun sabiendo lo peligroso que podía ser —se abrazó a él sintiéndose, otra vez, reconfortada de inmediato—. Pero no podría vivir sin Moroha otra vez, temo que se quede al otro lado y no pueda volver.

Suspiró una vez más dejándose abrazar por él. Estaba segura de que, si nunca hubiera experimentado tal situación de separación en el pasado, aunque se preocupara, no sentiría ese miedo y esa desolación de perderla. No obstante, no podía cambiar el pasado por lo que tenía que vivir con ello.

—Es igual —siguió tozudo—. O se disculpa ya o la obligo a disculparse.

—No puedes enfadarte por cosas que tú mismo me habías dicho años atrás —le recriminó, provocando que su marido se sonrojara—. ¿No recuerdas ya quién era la "torpe" que había destruido la perla? —agregó burlona—. Además, no le falta razón. Si no hubiera sido por ti yo habría muerto aquí. Mis habilidades nunca han sido las mejores. —Él suspiró besando su cuello con cariño.

—Se parece demasiado a mí —dijo abatido. Kagome sonrió feliz después de un largo tiempo.

—Me alegro que se parezca a ti. —Inuyasha sonrió y besó sus labios con cariño.

Unos golpes algo torpes y desiguales los sorprendieron, separándose para encontrar a la joven adolescente en el diván de la puerta, con el puño alzado sobre el marco. La joven parecía tener los ojos acuosos y temblaba como una hoja.

Kagome se levantó de un salto y se acercó a ella con suavidad, olvidando el daño de sus palabras, temiendo que algo grave pudiera pasarle. La observó con detenimiento y le alzó el rostro, marcado por las lágrimas secas.

—¿Qué ha pasado? ¿Estás bien?

—Lo… lo… —hipó y se abrazó como si su vida dependiera de ello. Kagome, sorprendida, miró a Inuyasha preguntándole con la mirada. Éste, sin embargo, estaba igual de sorprendido—. Lo siento… —consiguió decir entre lágrimas—. No era mi intención…

—Respira cariño, respira —la propia sacerdotisa tuvo que hacer un nuevo ejercicio de contención para no llorar como una Magdalena.

Moroha hundió su rostro en el cuello de ella, llorando a lágrima viva. El corazón de la mujer se contrajo, abrazándola con más ahínco, deseando eliminar todo el dolor para que ella no sufriera. Pese a que el llanto de la joven empezó a calmarse con lentitud, no soltó a su madre ni un instante.

—Mamá yo… no quise decir lo que dije. No te odio y sé que no me abandonaste —empezó ella sintiendo la necesidad de explicarse—. Solo que… sentí que no confiabas en mí.

—Cariño, mírame —ordenó con suavidad. La joven levantó la cabeza reticente—. Aunque seas la mejor guerrera de todos los tiempos y no tengas ningún rival, voy a estar preocupada. Te perdí hace años con la vaga esperanza de poder encontrarnos porto, pero casi te pierdo para siempre y ahora que estas en mis brazos no puedo evitar preocuparme —agregó con la voz entrecortada por el inicio del llanto que creía había conseguido dominar.

—No llores, por favor —suplicó la joven nerviosa. Kagome sonrió entre lágrimas—. Sé que tienes miedo, pero tengo que hacerlo.

—Moroha, tu madre te ha dicho…

—No, es importante —cortó a su padre nerviosa—. Os escuchaba hablar. Sé que echabas de menos a la abuela y… no me parece justo que estéis separadas. Yo, quiero ayudar, sentir que puedo darte algo de felicidad y…

—¿Darme felicidad? —preguntó la sacerdotisa impactada—. Fuiste un regalo, Moroha. Echo de menos a mi madre, sí, pero nunca podría compararlo a la felicidad que me despierta verte cada mañana, ya sea practicando con tu padre o conmigo, comiendo o simplemente riendo. No podría vivir otra vez separada de ti, no podría.

—No lo harás, porque volveré. Como lo hiciste tú —sonrió arrogante.

Por un momento, Kagome casi pudo apreciar un ápice ambarino en sus ojos castaños, indicándole que no pensaba ceder ante una decisión que ya había tomado. Suspiró, aquella mirada y aquella sonrisa desbordante de confianza no hicieron más que desarmar todas sus defensas, aceptando el hecho que tendría que aprender a vivir con aquel miedo el resto de su vida y con suerte, llegar a superarlo. La abrazó con fuerza notando que Inuyasha la abrazaba por su lado derecho acogiendo también en su regazo a la joven adolescente. Se quedaron así durante un largo rato, sanando las heridas y siendo reconfortadas por el hanyō que, parecía más feliz de lo habitual.

En su mente, Kagome agradeció a la providencia por tener una familia tan bien avenida. Aún le quedaba un largo recorrido para ser una buena madre, pero al menos, tenía la esperanza de que Moroha sería paciente con ella.

¿Qué más podía desear?

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La mujer observó con sus ojos maduros el ramo de flores de colores que su nieta le había traído con la ilusión propia de una niña con un regalo importante y secreto en sus manos. Sonrió agradecida a su hijo cuando éste le dejó sobre la mesa un vaso de té verde. El olor amargo llegó a su nariz de forma agradable, despertándole un sentimiento de añoranza que pocas veces dejara entrever.

Cada día de la madre, ella y sus dos hijos se sentaban a tomar aquel té verde que su suegro se empeñaba a hacer, siguiendo la estela de su marido cuando éste murió.

Sonomi cogió con ambas manos la taza de terraza oscura y dio un pequeño sorbo, notando como sus glándulas salivales reaccionaban al tacto amargo del té. Sin quererlo, recordó la primera vez que su yerno, Inuyasha, probó aquel té, reaccionando con una mueca cómica para toda la familia.

—Pareces feliz —dijo su hijo sentado a su lado, con otra taza de té en sus manos—. Ha sido difícil verte sonreír.

—Lo mismo que a ti, hijo —contestó mirándolo con ternura. Su hijo Sōta la observaba con una sonrisa cálida en el rostro, siendo, sin pretenderlo, una calca de su padre. Sin embargo, Sonomi sabía que aquella sonrisa era una fachada—. Desde que Towa se fue, al menos.

—Es extraño como duele que los hijos dejen el nido aun cuando sabes que es inevitable —comentó con voz grabe. Ella suspiró, sabiendo a la perfección a qué se refería.

Porque Sōta sentía lo mismo que ella.

Sōta había criado como si fuera su hija a Towa desde que apareció en el templo. La joven era alegre y de buen corazón, el cual calentó el frío que había dejado Kagome al irse al sengoku.

Sonomi siempre se preguntó si había hecho bien en dejarle viajar a aquel mundo tan peligroso. Cada noche, rezaba en el templo por la seguridad de su hija y por Inuyasha, para que ambos pudieran salir ilesos de las diferentes dificultades. Por eso, cuando el pozo se cerró por tres años, creyó que aquella ansiedad y miedo de que a ella le ocurriera algo desaparecería y podría ser feliz junto a ella. Pero, a cambio, perdió la felicidad de Kagome.

Cuando el pozo de abrió, como si el destino los quisiera juntos, estuvo a punto de retenerla, no quería perderla de nuevo sabiendo que, con toda probabilidad, nunca la volvería a ver. Sin embargo, se detuvo al ver su mirada esperanzada, dibujada en aquel brillo que había perdido durante tres años. No podía anteponer su felicidad a la de su hija y por ello, la despidió con una sonrisa.

Aunque cada día rezaba por ella, por Inuyasha, y por sus tres nietas, porque para ella, eran su familia.

Su nieta más joevn lanzó un grito emocionado, atrayéndola de sus recuerdos. Vio como Mei se dirigía dirección al pozo con una sonrisa de oreja a oreja y con su madre detrás de ella, preocupada.

—Acabas sobrellevándolo —le dijo a su hijo, apoyando su mano en el hombro—. Como padres, su felicidad es lo más importante —agregó en voz baja, recibiendo una sonrisa torcida por parte de él—. Pero es normal echarlos de menos.

—Es difícil acostumbrarse a una vida sin ella —comentó con rapidez, restregándose los ojos. Ella lo abrazó, orgullosa del hombre en el que se había convertido—. Feliz día de la madre, mamá. Gracias por el apoyo de todos estos años —dijo después de sacar un pergamino envuelto en un lazo dorado—. Es un pergamino que representa que cumple los deseos, no creo que nos conceda el que queremos, pero siempre podemos pedir salud.

—Algún día las volveremos a ver, hijo.

—Puede que el día llegue más pronto que tarde. —La voz de su nuera Moe los sobresaltó a ambos. Al separarse de su hijo y alzar la visita, Sonomi quedó sin palabras—. Parece que han venido a vernos —agregó con una sonrisa feliz y rastros de lágrimas en sus mejillas. A su lado, una joven de cabello corto y albino se mantenía aferrada a ella con una sonrisa feliz.

—¡Towa! —exclamó Sōta sorprendido, levantándose de un salto y abrazándola con cariño. Sonomi la miró con ojos humedecidos, feliz de ver a su primera nieta.

—Mamá Moe me ha comentado que hoy es un día especial —empezó ella acercándose poco a poco—. Hay algo que debo enseñaros —agregó, alargando su mano para que su abuela la siguiera.

Intrigada, Sonomi siguió los pasos de la joven con tranquilidad, disfrutando el momento de ver en la joven en que se había convertido. Llegaron al patio seguidas por Moe y Sōta donde escucharon risas de su nieta Mei y de dos jóvenes más. Al verlas, sonrió entre lágrimas, feliz de verlas bien y a salvo, dejándose abrazar por ambas. Sin embargo, no quiso mirar más allá como la última vez, no quería decepcionarse de no ver a su hija allí.

—¡Keh! Al final lo habéis conseguido. —Aquella voz grave y llena de orgullo taladró su cerebro, dejándola pasmada entre los brazos de Moroha. Tembló, nerviosa, creyendo que lo debía haber imaginado—. Solo por eso puede que te dé parte de mi ramen.

Alzó la vista y allí, como si el destino que había jugado con ella se redimiera, encontró a la pareja por la que rezaba todos los días. Kagome, con lágrimas recorriéndole las mejillas, corrió hacia ella y la abrazó casi sin darle tiempo de soltar a su nieta. El olor a bosque, mezclado con aquella esencia propia de su hija la despertó de aquel letargo en el que se había hundido, reconociéndola, por fin.

Sonrió emocionada y se separó un poco para poder observarla con detenimiento. No había cambiado nada, parecía igual de joven que cuando se fue. Kagome se aferraba a ella recordándole sus días de adolescencia volviendo del pasado con algún problema con su yerno. Aquel pensamiento la obligó a mirar al frente, encontrándose al albino observando la escena algo nervioso. Sin pensarlo mucho alargó el brazo y tiró de él, para abrazarlo también. Aquello, debía de ser el milagro más hermoso del mundo.

—¿Cómo habéis llegado hasta aquí? —preguntó sorprendida Moe con su hija en brazos.

—Hemos conseguido que el pozo vuelva a funcionar —contestó Towa orgullosa—. Solo podemos pasar nosotros, aún no sabemos por qué.

—Pero podemos volver, al menos así nos lo ha asegurado el guardián del tiempo —agregó Setsuna.

—¿Por qué no vamos dentro y tomamos el té? —preguntó Sōta feliz, carcajeándose de la mueca de Inuyasha—. El abuelo tiene que estar a punto de levantarse de su siesta y esto será toda una sorpresa.

—Keh, espero que no vuelva a lanzarme agua sagrada.

—¿Eso son orejas de verdad? —Mei, en brazos de su madre, alargó las manos hacia las orejas del hanyō y las acarició como si fuera un perro ante la estupefacta mirada de todos—. ¡Mamá! ¡Son como las de un perro! —exclamó entusiasmada.

—¿Qué tenéis en esta familia con mis orejas? —preguntó hastiado, pero dejándose hacer por la niña.

Sonomi se carcajeó con los demás, dejándose guiar por sus hijos hacia el salón para sentarse todos juntos. Sabía que aquella reunión era excepcional, pues los hijos y los nietos volaban hacia nuevas aventuras, y más los de su familia. Sin embargo, habían podido encontrarse una vez más, volviéndole la alegría al Templo Higurashi.

Esa noche, debía agradecer a los dioses por escuchar sus plegarias.


¡Muy buenas!

Aquí vuelvo después de unos meses desaparecida, con una nueva historia, en este caso que participa en el evento #Con_El_amor_de_mamá de la página de Facebook, Inuyasha Fanfics.

Por estos lares, el día de la madre fue el domingo (siempre es el primer domingo de mayo) pero como soy bastante desorganizada, hasta ahora, no he podido acabarlo. Aun así, creo que sigo estando en el límite del tiempo, para variar, por lo que dejo mi granito de arena.

¡Espero que lo disfrutéis y nos sigamos leyendo por aquí!

Nos vemos en los bares.