Hola queridos lectores, después de mucho tiempo de ausentarme en esta plataforma, regreso con un fanfic corto, que escribí el año pasado (2022) con Lizzie Villers, una talentosa autora. Este escrito nació por un reto de Fantasía, narrado en el canal sinceramente apasionadas.
El amor está a la vuelta de la esquina, para dos almas solitarias, él padre soltero y ella madre soltera también, que quieren volver a amar.
El amor está a la vuelta de la esquina
Por: Lady Ardlay y Lizzi Villers
Capítulo 1
Empezar de nuevo, cuantas veces sea necesario, le dijo Terrius Grandchester a su pequeña hija Emma, cuando abordaron el avión que los llevaría desde la vieja Londres, hasta la excitante ciudad de Nueva York. Ella, que era su niña mimada, seguía molesta por la decisión unilateral de su padre de tomar ese puesto que le ofrecieron en la agencia de publicidad. Para ella era toda una tragedia que él hubiese recibido esa nueva posición en Estados Unidos; para él era la excusa perfecta para escapar del hastío que vivía en Londres, y sobre todo tener la oportunidad de comenzar desde cero en una ciudad habitada por millones de personas "desconocidas". En donde él podía volverse uno más de esos desconocidos, un anónimo.
Maxwell & Parker era una de las empresas publicitarias más importantes del Reino Unido, y Terrius ocupaba allí una importante posición, como director de cuentas. Pero su interés estaba enfocado en ser director, y por ello había trabajado muy duro. Nada sencillo tratándose de un hombre soltero.
Durante mucho tiempo solo eran ellos dos, Emma había nacido de una relación no muy seria entre una joven estudiante de arquitectura en Cambridge y Terrius también siendo un estudiante, pero a punto de graduarse. Cuando la chica le habló de su embarazo como un "acontecimiento" del que tenían que deshacerse cuanto antes, él simplemente se horrorizó. Si bien, no veía futuro alguno entre los dos, de una cosa estaba seguro, no deseaba ser cómplice de tal atrocidad, finalmente se trataba de "algo" que formaba parte de él. Así que la convenció de llevar el embarazo a término y entregar la criatura en adopción controlada, en la que él pudiera al menos tener noticias. Pero la madre mostró interés en querer quedarse con la pequeña cuando nació, así que él le propuso correr con todos los gastos de manutención, proveerlas de un lindo lugar donde vivir, en fin, todo lo necesario, incluyendo una niñera. Era un hombre rico, heredero de una vasta fortuna, y además era inteligente para las inversiones. Así que el dinero no era problema.
Pero, lo era Charlotte, la madre de Emma. Seis meses después de darla a luz, se cansó de cambiar pañales, preparar biberones, de los llantos nocturnos y un día la dejó con la niñera y una nota para Terrius. Se marchaba a París. Continuaría sus estudios en la capital francesa, y le cedía por completo la patria potestad de Emma. Así el joven publicista se convirtió en padre soltero de una chiquita que era su copia exacta.
Por supuesto, que él tuvo que adaptar su agitada vida a una más sosegada que le permitiera criar a la niña en condiciones más o menos normales. Lo que significaba hacer grandes cambios en su vida: lidiar con una casa, más pañales, biberones, citas con mujeres por consultas al pediatra, ir menos a la disco y más al supermercado etc. Pero todo lo hizo con la mayor disposición. Sin embargo, se sentía feliz, nunca había sentido más satisfacción en su vida que cuando Emma le dijo por primera vez pa, cuando comenzó a dar sus primeros pasos y era a sus brazos que se arrojaba, cuándo preparaban pancakes juntos los domingos por la mañana, compartir de vez en cuando la cama, abrazarla cuando tenía miedos nocturnos. Era un hombre sin tiempo para ir por tragos en los pubs de Londres, ni para citas con chicas, pero era uno muy feliz.
El nuevo departamento en Manhattan era hermoso. La corredora inmobiliaria parecía haber hecho tal como él lo había pedido. No muy grande pero cómodo, con dos habitaciones con su respectiva sala de baño, un estudio para instalar una oficina, cocina moderna, y centro de lavado. En un barrio tranquilo, rodeados de áreas verdes, una buena escuela, una buena panadería europea, cafés y restaurantes.
Emma era una niña con una mezcla especial, podía ser dulce, amorosa, y dócil si se lo proponía, pero también la mayoría de las veces era engreída y hostil. Sobre todo, con las mujeres que se acercaban a su amado padre. No se sintió cómoda con la idea de mudarse a Estados Unidos, le gustaba Londres, y su escuela. En verdad Emma, extrañaba mucho a su madre aun sin conocerla, y se sentía apegada a la ciudad en la que ella vivió, dónde compartieron los primeros meses de vida. Y estaba el hecho de que su mejor amiga Michelle se quedaba en la vieja Inglaterra, era su única amiga y ambas tenían mucho en común, entre otras cosas era huérfana, pero de padre, y siempre jugó en su mente con la loca fantasía de que Elizabeth, la madre de Michelle y Terrius llegaran a gustarse, más allá de la amistad que ambos compartían desde la época en que las niñas iban al jardín de niños.
Terrius sentía que era una oportunidad no solo de comenzar de nuevo en otro país, en otra ciudad. Si no además una forma de escapar de su "destino". Acababa de terminar el verano. El otoño no era su época favorita del año, pero era ideal que se hubiese presentado el traslado en el momento justo para el inicio del año escolar en América. Así Emma no quedaría rezagada y entraría a la escuela con sus nuevos compañeros. Pero ella no hizo más que quejarse desde el momento en que se bajó del avión. Se quejó de todo, de la humedad de la ciudad, del ruidoso tráfico, de la falta de "cortesía" de los americanos. Cuando llegaron al departamento fue la primera en explorarlo, más con el interés de encontrarle fallas que en conocer su nuevo hogar.
Mientras la observaba, Terrius se dedicó a llevar las maletas a su habitación, y a comenzar a ocupar el lugar.
—Todo está bien cariño, te gusta el departamento —le preguntó esperando de ella la peor respuesta eso sí.
—No Pa no todo está bien en mi habitación, no hay mesita para mi juego de té, en donde nos sentaremos para nuestras tardes de té.
—Cariño es algo que podemos solucionar, vamos a desempacar y luego iremos a comer algo por acá cerca, mañana iremos a la nueva escuela y veremos tiendas de muebles, te compraré la mesita de té que desees.
—Los americanos no toman té, toman café me lo dijo Michelle.
—Emma, sé que es un gran cambio, pero te prometo que estaremos bien cariño, de verdad, nos divertiremos mucho, es Nueva York que podría salir mal.
—Al menos espero que esa escuela tenga algo británico —volvió a cuestionar la chica.
—Lo tendrá cariño, lo tendrá— al menos el nombre pensó para sí Terrius, mientras le extendía la mano a Emma para que la tomará y salir a explorar el barrio, pasar por algún lugar agradable para cenar.
Salieron tomados de la mano, él como siempre hablándole en su tono más conciliador, trataba de animarla. Exponiendo con elocuencia todas las ventajas de la mudanza, sin embargo, no lo conseguía.
—A ver dime algo que en verdad me anime — le decía Emma mientras caminaban.
—Aquí hay cereales con malvaviscos, Starbucks en cada esquina...
—Guacala… sabes que me gusta el desayuno de huevos con salchicha, y el café es un asco. No vas a convencerme, pero ya te dije que haría esto por ti. Solo escucha como dicen agua, es espantoso.
La nueva escuela se convirtió muy rápido en una desilusión para Emma. Terrius la llevó muy temprano para que la conociera, además la directora, una amable y bella mujer de unos 50 años, había preparado un primer encuentro con alumnos nuevos, para que pudieran conocerse antes del inicio de las clases, que ocurriría en apenas días. Ella no era la única chica nueva y extranjera. Estaba Nabila una linda hermosa chica india, Pierre un rubio chico francés, y Amelia una bonita y simpática mexicana.
Mientras Emma tenía su día de familiarización con la escuela, Terrius tenía el suyo con su nueva oficina. Como tenía tiempo de sobra, pasó primero por un café, y caminó con calma por las calles de Manhattan hasta el rascacielos, admirando todo lo que ya admiraba de la gran ciudad. Ensimismado entró al edificio, con el café en una mano y el móvil en la otra, y de allí al ascensor. Todo sucede muy rápido para él, y solo alcanza a escuchar un llamado para que detenga el ascensor y una cabellera rizada, muy rizada, la más extraña vista por él jamás e impactantes ojos… que simplemente lo llaman ¡Idiota! y apenas tiene tiempo para detener el aparato con su gran pie calzado en unos costosos zapatos hechos a la medida en Londres. A la usanza tradicional de Saville Row.
—Dios, voy retrasada, gracias por detener el ascensor, en verdad no eres un idiota. Siempre estoy corriendo de un lugar a otro… Guao eres muy alto, cuánto mides, eres realmente grande. En verdad soy yo la pequeña, apenas si alcanzó los muebles de mi cocina. Dedo usar ya sabes —ella hacía señas con su mano, señalando el suelo, sin poder explicar muy bien lo que quería decir. —Mi esposo también es alto, bueno más bien mi ex esposo… me siento como Bridgite Jones… sabes.
—No, no lo sé — contestó Terrius.
—No has visto esa película, eh Mr Darcy, te pareces a Mr Darcy, con todo el humor y la arrogancia británica, siempre estoico, siempre callados…
Terrius simplemente sonreía mientras le daba sorbos a su café y no se mostraba tan interesado en ella. Hablaba sin parar, demasiada espontaneidad para un británico pensaba.
—Oh he hablado sin parar, a dónde queda… ya sabes la agencia… Dios a dónde voy. Ya no recuerdo si mi cita era en Marie Claire o en esa estúpida agencia… ayyy olvide el nombre. Es que siempre olvido los nombres. y soy bloguer se supone que registró cosas, experiencias más bien…
Las puertas del ascensor finalmente abrieron y se encontraron frente a un gran mural de madera pulida donde se podía leer: Maxwell & Parker. Terrius la miró aún con una sonrisa en los labios, y le hizo una seña para que bajara ella primero.
—Hay por Dios, cómo supiste que era aquí a dónde venía, qué amable —bien adiós.
Terrius la vio alejarse, era una mujer bella, pero sus oídos agradecían el silencio que se hizo cuando ella se fue. Era avasalladora, simpática. Divertida. Pero muy parlanchina para el gusto del inglés, al menos eso le pareció, en ese momento.
Candy tuvo que esperar más de una hora en la sala de visitantes, Terrius en ese tiempo realizó su primera junta como director para presentarse con todos los empleados, y exponer su metodología de trabajo de ahora en más en la agencia.
Candy recibió en ese lapso de tiempo al menos unas seis llamadas de Archibald Cornwell, su ex esposo. El hombre podía ser realmente exasperante, y decidió ignorar de forma olímpica las dos últimas. Entonces decenas de mensajes por WhatsApp comenzaron a llegar.
—Joder, Candice. Tengo horas esperándote, necesito dejarte a Rose se me hace tarde para ir al trabajo —fue uno de los simpáticos mensajes de voz dejados por Cornwell.
—Puedes dejarla en casa de Patty, por favor. Pasaré por ella en cuanto terminé mi reunión. Sigo trabajando, tengo una importante propuesta que discutir en Maxwell & Parker, no seas pesado te lo ruego, vayan por un helado o un latte —respondió ella en tono conciliador.
—No tengo tiempo para un maldito helado Candice…
Porque Archie, era así. Un excelente padre, pero una persona desesperada, y controladora por excelencia. Esos fueron los detonantes que llevaron al fracaso de su matrimonio con la chica. Mientras el tiempo transcurría despacio y aburrido para Candy, en la cabeza de Archie se habían formulado millones de panoramas de la madre de su hija con un hombre sin rostro, los celos se apoderaban de él, y lo demostraba en los textos que carecían de cordialidad con cada minuto que pasaba.
—¿Dónde demonios estás? —seguía preguntando de forma insistente y poco amigable.
El buen humor de Candice se volvía agrio con cada mensaje que llegaba de Archie. La sonrisa amplia que Terrius vio, se borró y en su lugar una mezcla de malestar y desesperación se reflejaba en sus ojos.
—¡Contesta, maldita sea! —continuaba leyendo.
—¿Con quién estás? Tu hija te está esperando y tú, seguramente estás regalando tus estúpidas sonrisas a quien sabe quién… contesta, ¡maldita sea! te estoy llamando.
A estas alturas la resplandeciente chica parlanchina había desaparecido. Trataba de no llorar, alejar de su mente la cara enfurecida que sabía tenía en esos momentos Archie. Recordó sus años de adolescencia, cuando Cornwell era su todo, su primera ilusión, su primer amor, su primera vez. No podía creer su suerte cuando le pidió que fuera su novia. Aquellos años universitarios inolvidables que jamás regresarían, cuando su única preocupación era aprobar las materias de las clases a las que no había asistido por irse con su novio a algún lugar. Estaba enamorada de verdad, él era muy diferente al hombre con el que vivió por cinco años. Lo intentó todo, porque lo amaba, terapia de pareja, viajes para reconocerse de nuevo, pero nada funcionó. Archie, su Archie cambió cuando su padre lo dejó a cargo del negocio familiar, el estrés, las extenuantes horas de oficina a las que se sometía para asegurarse de que todo marchara como su padre lo había dejado y no causarle una decepción. Todo fue haciendo mella en la relación que una vez fue bonita. Del hombre cariñoso y considerado no quedaba nada, y eso laceraba el corazón de Candy, porque además lo quería como el amigo que un día fue, como se quiere al primer amor.
Ella no dejaba de pensar cómo todo fue cambiando para ellos. Archie regresaba a su casa casi al amanecer, cuando su esposa ya dormía, un solitario beso en la frente era lo único que ella recibía de él. La frustración que lo envolvía lo mantenía histérico, comenzó a gritarle, era lo que hacía durante las pocas horas que pasaban juntos los fines de semana. Se llenaba de celos tontos por motivos inexistentes. Candice temía sonreír, pues para él si le sonreía a alguien era porque seguramente le estaba coqueteando. Su mayor miedo era que le fuera infiel. Ella era una mujer bonita y de carácter agradable, era un sol que deja destellos en la vida de las personas que la conocían, eso la enamoró perdidamente de ella y era lo que más odiaba en esos tiempos convulsos.
Archie poco podía controlar su temperamento, provocó escandalosas discusiones en el trabajo de Candy, siempre originadas porque la veía salir con algún compañero hasta la puerta, y tratarlos con cordialidad y cariño. Eso hizo que la despidieran finalmente.
Al llegar a su casa, era la misma historia. Se tomaba tres vasos de brandy después de cada discusión para luego disculparse con Candy, reconocer que en efecto eran solo celos infundados los que lo hacían actuar así. Luego trataba de ser el Archie del que ella se enamoró. A pesar de todo ella entendía su mal humor, comprendía que la responsabilidad de mantener una empresa como la de los Cornwell generaba una fuerte presión en su esposo.
En uno de sus intentos por recuperar la relación, ambos acordaron que lo que necesitaban en sus vidas era ese lazo puro e indestructible que se construye entre las personas que se aman. Así fue como durante un viaje a las Bahamas concibieron a Rose, quien se convirtió en la luz de sus ojos. Era todo para ellos, sobre todo para Archie, quién mostró ser un padre bueno y afectuoso. Los tres primeros años de la niña fueron maravillosos, papá y mamá juntos muy enamorados y centrando toda su atención en ella, eso era lo que percibían los inocentes y soñadores ojos de la bebé. Pero la realidad distaba mucho de su percepción, ni siquiera cuando Rose nació Archie pudo dejar de ser impulsivo y controlador con Candy. Era una situación compleja, existían dos personas en una.
Se había creado una loca historia, en la que ella y su ginecólogo eran amantes. Nada más irreal, Anthony Brower y ella eran amigos desde la infancia. Él estaba casado con una mujer encantadora, Candy la conocía muy bien, pero Thony, como le decían sus amigos, era atento no solo con ella, sino con todas sus amistades. Sus atenciones no eran bien recibidas por Archie, y ni siquiera la enorme panza de su esposa lo hacía desistir de sus arranques de celos.
Candy no lo resistió más, y un día entre lágrimas tomó el valor para decirle que lo mejor era separarse por algún tiempo, por el bien de Rose. La hermosa niña no merecía ver el caos que se desataba en su casa. Candice era noble, pero Archie había sobrepasado su paciencia y cuando su esposo desataba una tormenta en un vaso de agua, ella hacía una tempestad por todo lo ancho del océano.
No era sano para ninguno de los tres. Con renuencia Archie aceptó que tenía razón y tras dos años separados en los cuales él no se cansó de insistir en que regresaran, pero él no mostró ningún cambio. Candy entonces solicitó el divorcio, acordando ante el juez la tuición compartida de Rose.
Sin embargo, extraoficialmente Archie llegó a otro tipo de acuerdo con ella. En él que podía ver a su hija los días que él quisiera, a Candy le pareció justo. Él podía ser un monstruo de los celos, pero era un buen padre, amoroso y responsable con su hija, la adoraba, nadie podía ponerlo en duda. Y Rose lo amaba incondicionalmente, ese acuerdo entre ellos, le ayudó mucho para sobrellevar la separación de sus padres.
—Señorita, Candice White.
El leve toque en su hombro y la suave voz de la asistente del director de Maxwell & Parker, la trajo de vuelta al presente. Caminó con su mejor actitud, dispuesta a escuchar una propuesta de trabajo, optimista y lista para una nueva aventura. sin sospechar que la reunión era también con…
— Oh my god… el idiota —murmuró mientras mostraba su mejor sonrisa y entraba
a la sala de reuniones y el británico hacía una mueca con intenciones de sonrisa.
Continuará…
