Reset
Las amistades mutan, se afianzan o disuelven. Los amores trascienden barreras o elevan murallas. Un suceso crítico del pasado, que debía estar enterrado y pisado mil metros bajo tierra, puso a prueba la estabilidad y madurez emocional que Sakura creía tener.
Recuerdos o vivencias que llegan de repente, a veces se transforman en breves o extensas historias. Ésta, será breve.
Capitulo 1
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Los minutos finales se hicieron eternos en la incomodidad del asiento. Me removía inquieta en mi lugar esperando que un leve cambio de postura aliviara la tensión sin delatarme. Sobrepasando mis propios límites, mi mente se esforzaba en disociar el goce del doloroso movimiento continuo que agotaba mi mano hábil a punto del calambre. Cada segundo de pausa que tomaba, los ojos de mi pretencioso acompañante me observaban de soslayo y volvían a alejarse.
—Sakura...
Mi nombre surgió en un susurro suplicante a los oídos de cualquier mortal, ajenos a su pendenciera y verdadera actitud.
—Sakura, en serio; no hace falta.
—Solo un poco más —insistí.
No iba a aflojar. El éxtasis me abordaría al saborear el resultado final, incentivándome a acelerar el ritmo para culminar.
—¡Listo! Quedó terminado.
El grafito del lápiz humeaba tras haber brindado sus servicios y mi mano se había ganado el master soportando la presión. Debía dar crédito a mi pasión por el arte manual y otro tanto a mi ex, por haberme entrenado con anticipación.
Una vez tronado los dedos, tomé el lienzo alineándolo frente a mis ojos. Por el rápido bosquejo, la profundidad lograda me satisfacía.
—Podrías haberlo hecho en la noche con tu tableta gráfica y aprovechar este momento para ayudarme con el informe.
Aquel tono de voz medido con aires de altanería recalcaba, una vez más, el haberme olvidado la laptop. Ese gran error me llevó a improvisar para poder cumplir con mi parte esta tarde de trabajo en equipo sin atentar contra lo planeado. Por fortuna la temática del diseño era lúgubre y monocromática, pudiendo suplir la falta con hoja y lápiz, siempre a mano.
—Pero de esta forma ya adelantamos un paso. —Esquivé su acusación con las palabras justas sin tener que recaer en la eterna discusión de criterios que teníamos desde niñas, sometiéndome a admirar la perfección de su trabajo—. Esta noche paso el boceto, hago las terminaciones y puedo descansar un poco. Los viernes me dejan agotada.
Tomoyo asintió con un típico, exasperante y casi imperceptible suspiro como última palabra, regresó la vista a la pantalla y continuó escribiendo sin perder el hilo. Pese a esas pequeñas y soberbias actitudes, cerré la boca y le cedí el punto. Cualquier cosa menos someterme a su sombra.
Debía reconocer que Tomoyo Daidouji había nacido con un coeficiente intelectual superior al común denominador. Desde temprana edad, su don para la comunicación era exquisito en vocablos y conocimientos, posicionándose más alto entre sus pares y dejando boquiabiertos a la mayoría de los docentes. Por supuesto que dichos dotes eran solo el encabezado de su gran atractivo.
Tomoyo hablaba cuatro idiomas, era una ex patinadora artística galardonada, amante y practicante de la buena cocina y colaboradora en un hogar de niños; sin embargo, todas sus aptitudes quedaban obsoletas a primera vista. A cualquier mortal le arderían los ojos si se contuvieran de admirar cada paso que daba. Su radiante belleza te sometía a sol y sombra sin escapatoria, porque el atractivo físico de esta mujer era divino, armónico y exuberante donde debía; curvas que resaltaban gracias a su fino gusto por la moda. Perfecta... Casi.
Habían transcurrido diez minutos en los que fingí corregir algunos detalles aunque me temblara el pulso de cansancio, y comencé a sopesar pequeños cambios tipográficos de los que ya habíamos planeado para la entrega.
Sacudí el pensamiento de inmediato.
Tomoyo había manifestado, verbal y por escrito, que la utilización tipográfica seleccionada era pertinente con el partido conceptual que justificaba el diseño, y si tenía alguna sugerencia de cambio, debía tener excelentes fundamentos para refutarla. Dado el escaso tiempo, ello le implicaría un desgaste mental descomunal a mi pobre alma de chica trabajadora y estudiante sobrepasado.
—Bueno, todo listo —anunció, serena. Bajó la tapa de su laptop, se quitó los lentes de descanso con un ademán elegante de su mano y se arregló el cabello con la misma delicadeza y gracia bajo mi atenta mirada.
Era increíble que su naturaleza me continuara cautivando luego de tantos años de conocerla. A pesar de tener bien definida mi sexualidad, su sensualidad nata era envolvente al punto de querer probar e hincarle el diente. Luego recordaba lo irritante que podía llegar a ser en más ocasiones de las permitidas y chau: adiós melones; hola banana.
—Genial. Ni bien termine la portada subo el archivo para tu supervisión.
—Me parece bien.
La acústica del segundo piso de la cafetería donde nos encontrábamos era ideal para charlar. Tiempo atrás, el breve silencio que se había prolongado entre nosotras no hubiera tenido lugar en la mesa. Tiempo atrás, jamás me debatiría entre proponer otro café o disfrutar de la soledad en mi departamento.
Los sucesos desencadenantes de la última década mutaron nuestra relación pasando de ser inseparables a buenas colegas. Amigas por defecto de una relación pasada. Los intereses en común y la madurez fueron los encargados de reparar lo suficiente aquella amistad quebrada para embarcarnos juntas en proyectos de profesión y compartir nuestras vivencias, manteniéndonos por debajo de la línea de superficialidad y algunas veces en profundidad.
Antes solía cuestionarme dónde nos encontraríamos si Tomoyo y yo no hubiéramos optado por la misma carrera de diseño, encontrando la respuesta en el dejo de incomodidad que, a pesar de los años, aun percibía entre nosotras.
—El otro día lo crucé a tu papá en el shopping —comentó, captando mi atención-. Se lo veía entretenido en la sección de bazar. Lo saludé, y como tenía algo de tiempo, me dispuse a ayudarlo. Hacía tanto que no lo veía...
Su excéntrica mirada violácea propagó una contagiosa nostalgia, propagando una agradable sensación a mi estómago.
—¿En serio? Estimo me lo comentará este fin de semana. Hace tiempo me viene hablando de remodelar un poco la casa y seguro estaba buscando algo para ello.
—Así caiga un diluvio o tengamos mil entregas, tú siempre vas a visitarlo.
—Me agrada pasar tiempo en el lugar donde crecí y compartir con él —expresé con gusto y una sonrisa instantánea—. También me ayuda a concentrarme cuando tengo que hacer trabajos.
—Ya puedo imaginarlo. Cualquiera se motivaría a estudiar si te agasajan con exquisitos platillos. —Sus ojos se entrecerraron, retándome con gracia a que negara la declaración.
—No voy a discutirlo.
Ambas reímos al instante, en perfecta sincronía.
Mi padre era un hombre trabajador y un excelente anfitrión. Cuando decidí independizarme, y aunque viviéramos a media hora en auto, un día a la semana se acercaba con la excusa de saludarme, dejando cuantas provisiones y platillos pudiera imaginar. Al principio me costó adaptarme a la vida adulta, trabajadora y universitaria, y aunque sus atenciones me quitaban un gran peso de encima, no podía forzarlo a mantenerlo.
Yo necesitaba sentirme autosuficiente y él disfrutar de esa nueva etapa en su vida sin el peso de la demandante responsabilidad parental diaria. Pero como alguien dijo alguna vez: uno nunca deja de ser padre.
Para ayudarlo en la transición que él también acarreaba le prometí asistir cada domingo, disfrutando de tiempo de calidad padre-hija y degustando de su comida en el momento. Mi simpático hermano era el único que no tenía vergüenza en pedirle algunas cosas para llevar. La guerra feroz de miradas asesinas daba comienzo cada que el descarado de Touya le hacía encargos, asentando una larga lista de precedentes que me cobraría cuando él y yo fuéramos mayores.
—Sabes que soy buena cocinando lo que sea, pero admito que la pastelería no es mi fuerte. Y nadie puede superar el flan con crema de Fujitaka Kinomoto. De solo pensarlo ya lo estoy saboreando.
La imagen de una pequeña Tomoyo alabando la sencilla preparación movediza de mi padre me llegó de pronto. Sus facciones se dulcificaban provocando una sobredosis de glucosa a quien la observara, siendo ese retrato el premio que mi papá atesoraba; recuerdos que jamás pensó podrían deteriorarse cuando la despiadada adolescencia protagonizara nuestras vidas y que él añoraba, aunque no me lo demostrara con palabras.
—Puedo decirle que te haga un poco para ti —propuse como primer alternativa, amortiguando el posible rechazo a mis siguientes palabras—. O podrías venir a visitarlo. Se pondrá contento.
—Es una buena idea. Entregamos el trabajo y arreglamos.
—Perfecto.
Su inmediata respuesta dio comienzo a un nuevo intervalo silencioso mucho más ameno que el anterior. Cuando la tensión inicial se distendía, volvíamos a parecer aquellas antiguas amigas, llevándose consigo las interrogantes y animándome a abrazar el renovado presente.
—¿Pedimos más café? Nos queda bastante tiempo.
Su rostro sonriente fue mi garantía para soltar la lengua.
Mientras esperábamos que el personal de la cafetería asomara las narices para ordenar, nos enfrascamos en una conversación banal sobre algunos sitios que habíamos visitado y que pudiéramos recomendar. Hablamos sobre la deliciosa y escondida casa de galletas que un compañero descubrió a dos cuadras de la universidad y también del canto bar con temática rockera en el centro de Tokio que era toda una novedad. Pocas veces nuestras conversaciones ahondaban en temas sensibles o de gran relevancia. Aun así, disfrutaba de sentirme cómoda con ella cuando no había trabajo de por medio.
—Estuve tratando de conseguir una reservación en ese bar, pero cada cupo que se libera es inmediatamente tomado.
—Ese bar... Creo haber leído una nota el otro día. Estoy casi segura que lo administra uno de los hijos de Yamada —comentó, como si para mí fuera relevante.
—Y eso nos lleva a...
—Si es así, puede que consigamos lugar.
Esos eran los momentos en que tener una familia acaudalada e inmersa en el mundo de los negocios valían la pena, así fuera para una insignificancia.
—Recuérdame agradecerle a Sonomi.
—Mi madre no es la única que tiene contactos.
Tomoyo me guiñó un ojo en un gesto fácil de descifrar, lo que me llevaría a indagar en una entretenida historia que estaba dispuesta a sonsacar entre copas si se negaba a declarar. A mi poco interesante vida de soltera le hacía falta algo de sazón para poder reactivar y las experiencias ajenas eran un bocadillo estimulante.
Había comenzado el interrogatorio que iba arrojando data jugosa. Me quedé idiotizada escuchando una anécdota picante, riendo y grabando en mi memoria información que me sirviera de inspiración las noches solitarias, pero el relato quedó inconcluso cuando su atención se centró detrás de mí. En ese momento no me percaté de ciertas reacciones que me hubieran alertado: como el previo asombro en sus ojos, sus alegres labios expandidos y la suave sacudida de su mano. Actos suficientes para detectar que no era a la mesera a quién llamaba.
—¡Syaoran! ¡Qué sorpresa encontrarte por aquí!
No solo el tiempo se detuvo; el sonido ambiente cesó, la escasa gente se evaporó y las paredes comenzaron a comprimirse tanto como mis pulmones.
Girar para constatar el apellido que le sucedía a ese nombre extranjero no era necesario, y creer que el encuentro culminaría en un saludo lejano sin necesidad de involucrarme, era una fantasía de la que yo no tenía para nada el control.
¿Hacía cuanto que no lo veía? Cerca de una década.
—¡Ey, Tommy! No nos vemos nunca o nos vemos siempre.
Mis labios se fruncieron ante el tan cariñoso apelativo. Me negaba a pensar que la hora que nos quedaba libre sería una extraña reunión de "ex amigos" donde mi papel fuera la tercera en discordia. La suave risita de Tomoyo reafirmó mis pensamientos al tiempo que la voz del invitado sorpresa se elevaba en decibeles.
Lo primero que se me vino a le mente fue preguntarme desde cuándo ella retomó contacto con Syaoran, descartando el efímero interés para dar lugar al segundo cuestionamiento: ¿qué tan irrespetuoso sería negar contacto visual a una persona a tu lado?
Demasiado. La imagen de mi padre avergonzado por la falta de respeto a su educación no me lo permitiría.
Viré el rostro lo suficiente para conectar con el inesperado individuo que ya se encontraba de pie junto a nuestra mesa, café en mano y ataviado de una apariencia madura que me hizo compararlo con el recuerdo que guardaba de él.
Diablos. A primera vista, si el hombre no me generara sentimientos negativos, reanudaría aquellos otros dormidos y nunca correspondidos.
No hubo señal de asombro en su clara mirada, aquella en la que antes me perdía detallando el exótico dorado fulgurante que los decoraba, desviando mi atención de los secretos guardados en el vacío de sus pupilas. Igual que antes. Igual que ahora. Una radiante sonrisa acompañó el espectáculo de su presentación, disparo amortiguado por el escudo de hierro e indiferencia que logré forjar tiempo atrás con lágrimas y sudor.
—Hola, Sakura. Tanto tiempo sin vernos.
—Hola. Lo mismo digo.
Compuse una mueca tan pero tan forzada, que si era un pelo de lo inteligente que yo recordaba, se abstendría de iniciar conversación conmigo. Desvié mis ojos al centro de la mesa y retomé contacto con la servilleta que venía descuartizando antes de su llegada. Mis manos siempre estaban en movimiento, no podía dejarlas quietas.
—¿Qué hacían por aquí?, ¿estudiando antes de entrar a clase?
—Preparándonos para una entrega — respondió mi colega. De pronto había dejado de ser mi "amiga", como de a momentos la sentía.
No me atreví a observar si Tomoyo y él compartieron miradas desconcertadas por mi distante actitud. Me limité a darles el espacio que solía relegar cuando no me concernía la conversación ante una persona desconocida, ya que a pesar de la historia que nos atravesaba, esa era la triste realidad: Sakura Kinomoto nunca conoció al verdadero Syaoran Li, porque la persona con quien ella congeniaba era un vil espejismo.
—Entonces será mejor que mi café y yo nos vayamos hacia otro lado.
—¡No, no hay problema! Ya habíamos terminado y aún nos queda algo de tiempo. ¿Quieres compartir mesa con nosotras?
Tomoyo era una de las persona más suspicaces e intuitivas que conocería en mi vida. Por lo tanto, las únicas posibles respuestas a su actitud tenían que deberse al sádico disfrute de ver mi rostro transformado en un paisaje desagradable o a un macabro e inesperado plan de acción.
Por su bienestar, le convenía continuar con el ególatra papel que pisoteaba mis sentimientos sin guardar cartas en la manga.
—Bueno, si no les molesta, tengo un tiempo muerto.
—¡Excelente! Siéntate.
Al instante que Syaoran se ubicó al lado de mi ex mejor amiga, y próximamente ex colega, yo me levanté como resorte de mi sitio. Fue instantáneo. Acto reflejo que tenía que justificar con avidez ante la mirada desconcertada de los presentes.
—Voy a... aprovechar e ir a la gráfica para imprimir la presentación de hoy.
Mis piernas cosquillearon tras exponerme a tan corta distancia. Detestaba ser el centro de atención, y traicionada por mi propia concienciar, también detesté estar vistiendo esa ridícula pero confortable camiseta con un mono estampado y la leyenda "I love bananas". Me faltaba que fuera amarilla y parecería un autentico Minion.
—No tienes de qué preocupante. Ya lo envié a Fast-plot.
Maldita y conspiradora Tomoyo. Por supuesto que ya lo había mandado a imprimir. ¡Siempre lo hacíamos!
—Entonces iré a buscar café. Hace rato que no aparece un mesero en esta sección.
Tomé un desvío al toilette antes de pasar por la caja en planta baja. Necesitaba refrescar las ideas y asimilar la pesada merienda que tendría que digerir. Con fuerza me lavé las manos y la cara. ¡Me hubiera bañado el cuerpo entero si eso lograba quitarme el calor del momento! Al observarme al espejo, mi rostro era un fiel reflejo de mi interior. ¡Hasta las mejillas me hervían de la rabia!
No lo comprendía. No podía entender lo que ganaba Tomoyo atándome a esa ridícula situación. ¿Estarían conspirando? Quizás por eso Syaoran ni se inmutó al verme. ¿¡Toda esa espontaneidad había sido una farsa!?
Una amarga risa emergió recordándome las incontables veces que en el pasado ella se jactó de impartir lecciones sorpresa con el fin de enfrentar mis problemas, eludiendo como siempre mi toma de decisiones y que, a veces, solo terminaban hiriéndome más.
No.
Ya no tenía quince años. Ni ella ni nadie me obligaría a hacer algo que no quería. No tenía que justificarme siquiera. Tomaría mis cosas y me iría de esa cafetería sin formular excusas baratas.
Salí de mi escondite con aires de victoria garantizada, divisé mi objetivo, inicié el paso y lo detuve a poco de empezar. No quería estar allí, cada fibra de mi cuerpo lo gritaba, pero si quería demostrarme a mí misma la madurez emocional que creía haber desarrollado, era hora de ponerme a prueba.
Lo haría. Mantendría una mínima y distante charla para no dar lugar a indagaciones sobre mi vida que, siendo sincera, a él no le interesaba, y finalizaría mi jornada con una compra exagerada de esas fresas bañadas en chocolate que me encantaban y nunca pedía porque eran carísimas. Serían mi merecido premio.
Regresé a los quince minutos con bebidas en mano: un descafeinado para ella y un cortado para mí. Cuando me senté, ambos estaban enfrascados en su propia conversación como para notar que mi intención era ignorarlos.
«Me simplificaron la tarea de evadir la incomodidad», pensé. Aunque el hecho de que me excluyeran de forma deliberada cuando había decidido demostrar mi costado maduro, me crispaba mucho más.
Los observé de reojo mientras endulzaba mi café. Tomoyo desplegaba su gracia natural de atraer hasta las moscas de la basura cuando hablaba, gesticulaba y respiraba. Estaba acostumbrada a sus encantos naturales y lo cierto es que no me molestaban, en cambio, el sujeto a su lado me llevaba a analizar cada uno de sus movimientos.
En el pasado lo creía alguien honesto y empático: dos cualidades de tal importancia para mí que me hundieron en la depresión cuando esa máscara se quebró, pero en apariencia... En apariencia Syaoran Li continuaba deslumbrando con una radiante y fastidiosa belleza.
Absorta en mis pensamientos, tomé un sorbo largo del café logrando que el líquido caliente me quemara hasta el esófago. Chillé de dolor en el acto como cualquier ser humano, lo que decantó en la atención de casi todos los presentes del lugar, incluidos los modelos de revista frente a mí, claro.
—Me quemé —justifiqué lo obvio.
Luego de la sorpresa, ambos comenzaron a reír bajito a mis costas.
Resoplé. Si no compusieran una melodía tan armoniosa, estaría sonrojada de la ira, como debía esperarse, y no de vergüenza.
—Tierna y graciosa. Sigues igual que siempre.
Mi respuesta ante la acotación de Syaoran le dieron crédito a sus palabras, ya que inflé mis mejillas como acostumbraba de niña. Si las memorias del pasado no tomaran sus palabras como ofensa, habría aceptado el comentario sin mala intención.
El costado fuerte que había logrado forjar desde que terminé la preparatoria me gritaba que le refutara y le hiciera notar que, si creía conocerme, estaba equivocado. Fue un instante de valentía que quedó truncado por un llamado telefónico, salvándome de la inmadurez que minutos atrás me dije no tendría lugar.
El celular de Tomoyo nos dejó a los demás en silencio mientras ella atendía hablando bajo, sin alejarse mucho de la mesa. Poco escuché de esa conversación porque preferí avocarme en soplar el café maldito, tomarlo e irme a casa como debería haber hecho si el orgullo no se interpusiera en mis pacíficos planes.
«Las fresas me las compraré igual», me recompensé, aunque no estuviera logrando mi cometido.
—Lamento dejarlos. El deber llama.
Con perplejidad miré a Tomoyo de pie a un lado de la mesa, portando su bolso al hombro, café en mano a medio tomar y, frente a mí, la indeseable visita sin moverse del lugar.
—¿C-cómo que te vas? —pregunté, dejando aflorar el principio de una crisis nerviosa.
—Me surgió algo inesperado.
La observé fijo a los ojos sin disimulo, expresándole una gran interrogante y una súplica mayúscula. No había motivos para apelar a la telepatía que compartíamos años atrás porque la obviedad estaba pintada en mi rostro. Ella... no podía hacerme esto.
—Nos vemos en clase, Sakura. —Me despidió haciendo caso omiso a la negación de mi cabeza—. Y a ti te veo pronto, Syaoran.
—Sin falta.
Mi mente se quedó en blanco procesando la rapidez de los acontecimientos. Si bien podría idear una inteligente forma de vengarme de ella, lo más importante era evaluar una ruta de escape. Observé el café caliente en mi mano y luego la bebida a medio tomar de mi acompañante. Cinco minutos. Debía esperar cinco minutos por cortesía e irme. Con suerte, él me estaría agradecida.
—¿Qué es de tu vida, Sakura?
Elevé la mirada por respeto haciendo un recuento mental y me preparé para la conversación más frívola que iba a sostener jamás. Sus ojos color miel y esa media sonrisa tatuada en sus labios desde que lo conocía, parecían desplegar auténtico interés.
Qué farsa. Qué ironía.
«Lo lamento, "amigo". Tus feromonas ya no me afectan como antes, así que atente a las consecuencias».
—Bien. Estudiando, trabajando. Lo normal.
Siempre fue un experto en actuación, por ello su rostro ni se inmutó con el tono hosco de mi voz.
—¿Y Hiro?, ¿cómo anda? Hace mucho no lo veo desde que se fue del club.
—Supongo que bien. Ya no estamos juntos.
Cada que nombraban a mi ex tenía la costumbre de desviar la atención a mi dedo anular. A pesar de transcurrir un año de la separación mantuve el anillo de compromiso por varios meses; costumbre tras cinco años aportándolo. Luego me di cuenta que llevarlo puesto no contribuía a mi vida de soltera y lo suplanté por otros, vistiendo dos de mis dedos para no prestar confusión.
—Oh... Ya veo.
No hubo una sola persona que no se quedara pasmada con la ruptura.
Hiro era extrovertido por demás, hacía amigos con facilidad y, por consecuencia, todos sabían de mí gracias a él. El habernos separado en buenos términos facilitó un poco el tedioso proceso de anunciarlo a los conocidos y a los no tanto, como era el caso de Syaoran, con quien coincidía por actividades del barrio.
Presencié el momento exacto que sus ojos regresaban a los míos atravesados por los últimos rayos de sol colándose por la ventana, reluciendo como dos piedras preciosas. Siempre tuvo esa mirada intensa... capaz de dejarme aturdida por horas.
«No debes flaquear, Sakura. Es solo un rostro bonito. Una máscara».
—Entonces, cuéntame más. ¿Estás trabajando en algo referido al diseño?
—No, soy ayudante en una pastelería. Es lo más conveniente debido al horario.
Me detuve a tiempo antes de soltar la lengua y olvidar mi cometido. Ya no manteníamos un trato preferencial como para hablar del futuro, aunque a juzgar por el encuentro con Tomoyo, quizás ella le hubiera contado de nuestros planes por asociarnos e iniciar nuestro propio estudio.
—Me parece perfecto.
No sentí culpa por no realizar la contrapregunta de protocolo, ya que era pésima fingiendo interés por agradar y tampoco haría falta: él me lo contaría en breves.
—Yo acabo de entrar en un nuevo estudio de arquitectura —comentó, asumiendo que conocía a lo que se dedicaba aunque lleváramos años sin saber del otro.
Desde que había dejado de pertenecer a mi círculo cercano, eliminé su rastro de mi vida física y virtual. Con la constante mutación de las redes sociales, y a pesar del agua pasada bajo el puente, jamás se me cruzó por la mente buscarlo. Hiro lo nombraba de vez en cuando, consciente de que fuimos amigos y ajeno a los sentimientos que una vez guardé por Syaoran. Más allá de saber que jugaban fútbol ocasional juntos, desestimaba si trabajaba, estudiaba o se dedicaba a la vagancia. Una punzada en mi estómago era el único rezago que me quedaba cuando su nombre llegaba a mis oídos y no perdía tiempo en analizarlo, bloqueaba su recuerdo de inmediato.
Como era natural, las heridas del pasado no habían borrado la historia. El conocer que había cumplido su objetivo de estudiar arquitectura me generaba un inesperado bienestar por el prójimo que no iba a delatar.
—La paga es apenas superior, pero tendré más oportunidades en esta firma. Aunque no abandono el sueño de formar mi propio estudio.
—El sueño de todos.
—Ustedes también podrían. Con Tomoyo.
Me limité a asentir sin acotar. Si Tomoyo no le había contado nada, mucho menos lo haría yo.
—Desde chicas hacían buen equipo. Me alegra verlas juntas y que hayan retomado la relación. Una amistad así no podía desintegrarse.
Ahora sí que captó mi atención. La risa sarcástica que brotó de mi garganta fue el gesto más natural que tuve para con él en esa charla. Sus expresiones dejaban claro no comprender mi actitud esquiva y con ello estábamos marcando el final de esta absurda contienda.
—Lo siento. Es que tuve un déjà vu —dije, sin pensar. Mi lengua estaba a nada de darse rienda suelta.
—¿A qué te refieres?
«Que en esencia, sigues siendo en mismo especulador que pretende tregua con Dios y con el Diablo».
—Olvídalo, no es nada.
Busqué en mi bolso algo de dinero para la propina y tomé mis cosas dispuesta a dar por terminada la farsa. Antes que pudiera levantarme, su mano se extendió sobre la mesa con intención de detenerme, sin llegar a tomar la mía.
—Oye, sé que hace años no hablamos. Y aun así, me dio gusto verte. ¿Por qué siento que no fue recíproco?
Parpadeé un par de veces mientras mis neuronas se conectaban y reconectaban y reconectaban sin creerse su cinismo. Era mejor no responder. Remover el pasado, que parecía no recordar, me remontó a aquellos días donde mi persona dejó de tener valor para él; meses que esperé una mínima señal de interés por los años de amistad que tuvimos. Si bien los casi diez años de distancia no fueron suficientes para borrar la herida, no pretendía reabrirla si él no llevaba consigo ninguna cicatriz.
—No tiene importancia. Si no nos hubiéramos encontrado de causalidad, ninguno sabría del otro. Concordarás conmigo en que ya no tenemos nada en común.
—Pero solíamos tenerlo, y siendo sincero, me preocupa tu actitud. Parece como si me guardaras rencor.
Era increíble el descaro de este sujeto. ¡Estaba en llamas! ¿Acaso le habían lavado el cerebro?
«Dios misericordioso, si estás ahí, voy a necesitar tu guía».
—¿Te preocupa? En serio, tú no cambias.
Su conducta me confirmaba lo exento que se creía de lo ocurrido y la razón de nunca haber conversado de ello.
¿Cuánto más de idiota podía uno pescarse en la adolescencia? Porque yo me había ganado todas las rifas con él.
Iba a marcharme. No se merecía mi tiempo.
Pero bastó con mirarlo restregarme sus ojos de borrego derrochando impunidad y yo quedando como una despechada sin sentido para volver a tomar asiento.
La sangre me bullía. Repiqueteé los dedos en la mesa decidida a rebobinar su mente empleando palabras poco amigables y con fines productivos para descargar frustraciones pasadas. Si no lograba manejar la situación con inteligencia y cordura, me importaba un comino. ¡Y me comería esas malditas fresas así pecara de inmadura!
—Me parece irónico aseveres que mi relación con Tomoyo se recompuso conociendo la realidad. Tú continúas hablando con ella, no lo niegues.
«Estoy segura que sabes o deduces que apenas conservamos un cuarto de lo que fuimos».
—No hace mucho que volvimos a hablar con Tomoyo. Además, solo hice un comentario genuino con respecto a ustedes tras verlas trabajar juntas de nuevo. No comprendo por qué...
—No. Hiciste un comentario desdeñoso refiriéndote al pasado, a una ruptura de una relación de años de amistad a la cual tú contribuiste en disolver y que ahora intuirás jamás volvimos a recuperar como tal.
Mi ceño fruncido de la rabia latente distaba del suyo, impregnado de fingida inocencia y desconcierto. Nos quedamos unos segundos en silencio. Él desvió su mirada hacia un costado y volvió a enfrentarme. Ahí estaba... Una luz de entendimiento. Ahora sí parecía que estábamos en la misma página. Me sentí ansiosa por refutar cualquier cosa que dijera.
—Más allá de que malinterpretaras mis palabras, ¿no te parece insensato atribuirme tal carga?
—No tanto como haberme delatado sin asumir responsabilidades.
Conocí a Syaoran gracias a Tomoyo y su gran habilidad para encantar a todo el mundo. Nos visitaba periódicamente a la salida de nuestras clases a pesar de ir a otro instituto, en un grado superior. Para ese entonces yo era demasiado tímida y a él se le facilitaba agradar a los demás. Con insistencia buscaba mi aprobación de su persona en el grupo, la única que le era más distante, actitud que atribuí egocéntrica y narcisista hasta que sus esfuerzos fueron ganando terreno y comencé a sentir cosas que nunca antes me habían pasado con otro chico.
Mis pobres intenciones tomaron forma en pequeñeces que surgían con espontaneidad. No sabía si esperaba algo a cambio... hasta que él las correspondió. Manteníamos conversaciones confusas que me alegraban pero generaban dudas. Ante mi nula experiencia con el sexo opuesto, no sabía si ese trato cariñoso era normal o más que una amistad, por ello siempre me lo guardé para mí, por temor y timidez. Cuando Tomoyo lo sospechó, habló primero con él para comprobar tal rumor, quién terminó de mandarme al muere exponiéndo esos mensajes con toque romántico que le enviaba.
Que se hubiera declarado partícipe del asunto no iba a eximirme de culpa bajo el rótulo "falta de confianza entre mejores amigas", pero tergiversar los hechos para dejarme como la única tonta que confundía las cosas fue una doble traición: a mi amistad con él y a mi corazón.
—Me cuesta recordar el cómo se dieron las cosas... —respondió a mi acusación luego de "indagar" en su memoria.
Solté otra risa ahogada pensando que, una vez más, obtenía la confirmación de que yo estaba de paso su vida.
A pesar de tenerlo en claro, a pesar de habérmelo repetido incesantes veces, había un suceso que me había dejado más perdida que nunca. Luego, cuando mi existencia se redujo a nada para él, me cayó el peso de la cruel mentira.
Este era el momento ideal para sacarlo a la luz.
—Puede que "Los calientes" de Babasónicos, te refresque la memoria.
Syaoran se heló en el sitio. Sus ojos fijos se perdieron al instante en lagunas mentales que jamás podrían borrar el hecho de que, antes del suceso con Tomoyo, él me enviara esa canción de su banda favorita, aclarando que le hacía pensar en mí.
El contexto de la letra tan sencilla no era relevante, sino la afirmación de que a un chico le gustaba cierta chica... y a ella por igual. Recibirla fue un shock de alto voltaje que me paralizó, igual de impactante a cuando de la nada todo acabó.
—Para mí no fue tan fácil olvidarlo. Tomoyo era mi mejor amiga desde niñas y tú eras... —«Mi primer amor, mi primer corazón roto», pensé, sintiendo la amargura de mis propios sentimientos resurgir—. Alguien que creía importante.
De pronto el corazón se me encogió a la par que una sensación de alivio me abordaba. El haberlo visto me había permitido desahogar aquellos pesares que guardaba aunque los creyera superados, dejándome en un estado de relajación y agotamiento inexplicables.
Su mutismo anunció mi salida. Tomé mis cosas y al levantarme le di una última mirada que él correspondió.
—De alguna manera te estoy agradecida. Sin esas experiencias, nunca hubiera dejado de ser la ingenua e influenciable Sakura Kinomoto.
¡Hola, hola!
Iba a titular el fic como la canción que dio vida a esta entrega, pero poner "Los calientes" les iba a crear falsas expectativas (sí, buuu, abucheen). Así que opté por rebobinar tiempo atrás, donde las experiencias colaboran a nutrir las historias, tal como la canción.
Es grato poder retomar de vez en cuando, sobre todo cuando el tiempo se me acorta cada vez más para esto que disfruto y necesita dedicación. Espero les resulten entretenidos estos breves tres capítulos que hace tiempo tengo escritos, sobre todo a mi amiga Isa, quien fue más que feliz de colaborar en una tarea musical que pronto tendrá lugar xD Y ya que la nombro a ella, este pequeño trabajo tuvo desde sus inicios dedicatoria especial a mis Pequeñas Akumas, con mucho amorrrrr y por nuestra nostálgica lucha de no dejar FF morir. ¡Las quiero chicas!
Si pasaste por aquí, espero me dejes tu comentario; son sus reseñas lo que nos hace feliz recibir a cambio. ¡Besos y hasta pronto!
