Prólogo: Un Escape Sigiloso

El célebre circo de Chimp Cirque, reconocido y prestigiado por miles de personas que habitan en una gran ciudad. Casi todas las semanas, las numerosas gradas del lugar se encontraban ocupadas por toda una multitud que llegaba para ver los tan esperados espectáculos.

Los artistas, acróbatas, malabaristas, trapecistas y contorsionistas eran sin duda alguna las estrellas de la noche y, en medio de estas presentaciones, estaban también las de los animales, quienes con su exótico aspecto y sus particulares habilidades, se ganaban la mayor atención y apreciación por parte de los espectadores.

Existía una gran variedad de animales viviendo allí, aunque en su mayoría, Chimp Cirque estaba habitado por primates, como su nombre lo indicaba. Los primates salían a menudo al escenario para exhibir sus más talentosas acrobacias o incluso realizar una presentación improvisada como en los casos de primates pequeños. Estos últimos siempre se ganaban las mayores miradas de ternura del público, como era el caso de una pequeña chimpancé, quien parecía tener un singular cabello con habilidades principiantes de vuelo.

En un día como cualquier otro, estaba una familia de primates en su respectiva pieza de aquel circo. Era una joven pareja de chimpancés con una bebé de su especie. Ellos también eran parte de las funciones del circo, aunque habían tenido una temporada de descanso por el nacimiento de su nueva hija. Habían vivido durante años allí, al igual que los demás primates, y sus días parecían ser bastante tranquilos… a excepción de ese día en particular: el último día… en que iban a seguir en ese lugar.

La bebé chimpancé mencionada se encontraba en brazos de su madre, quien le sonreía y le hacía gestos de afecto, pero que a su vez… la miraba con cierta preocupación. A su lado, estaba también el padre, quien tenía una mirada baja y se mantenía pensativo; era como si una incertidumbre estuviera acompañándolos.

—¿Qué haremos después de todo esto? —le preguntó la madre chimpancé a su esposo, quien luego se llevó una mano a la sien, antes de levantar la mirada para responder.

—Tendremos que hallar una forma de sobrevivir —respondió él, mostrándose con una seria preocupación—. Pero sé que va a ser lo mejor, aún si debamos… empezar una nueva vida allá afuera.

—Una nueva vida… —repitió la chimpancé para sí misma, a la vez que volvía a mirar a su pequeña bebé—. Y sin saber qué pueda ser de nuestro destino.

—Lo sé, cariño. Y lo entiendo, sé que va a ser… difícil adaptarnos —respondió el chimpancé, antes de ir a abrazar a su esposa—. Pero aun así, nuestros dueños creen que es lo mejor que pueden hacer por nosotros al sacarnos de aquí, e incluso nosotros pensamos lo mismo… No vamos a permitir que esos otros señores maniáticos se lleven por las malas a nuestras bebés, a los tres niños, de hecho. Y sé que esto va a ser complicado: dejar atrás toda nuestra vida aquí. Pero… quiero pensar en que lograremos estar bien, que todos estemos bien, como la familia que somos… Y que nuestras pequeñas estén bien.

—Es lo que más quiero, sobre todo —dijo ella mientras apoyaba su cabeza en el hombro de él, y la pequeña bebé chimpancé los miraba con una inocente sonrisa—. Quiero verlas crecer con bien, y que sean felices.

De pronto, unos pequeños pero rápidos pasos empezaron a oírse llegando hasta esa zona, acompañados de unas risas infantiles y llenas de energía. Una pequeña chimpancé apareció corriendo y saltando, e incluso usando su cabello de una particular forma giratoria. La pequeña, de quizás tres años de edad, se dirigió a esconderse detrás de los dos chimpancés adultos mientras se reía y sostenía una piedra de diamante.

—Dixie, ¿pero qué andas haciendo? —le dijo el chimpancé adulto a la infante, tomándola en brazos y retirándole el diamante que cargaba—. Oh, no, no juegues con esas piedras, se te pueden caer y te puedes lastimar.

—Pero es muy bonita —respondió la pequeña chimpancé, quien era la hija mayor de la pareja, con su dulce voz.

¡Dixie! —exclamó de pronto una voz ajena a los presentes.

Al poco tiempo, llegó un niño gorila corriendo a la escena, quien se mostraba agotado.

—Chunky, ¿pero qué sucedió? —le preguntó la chimpancé adulta mirándolo con algo de preocupación.

—Ah, aquí estás, Dixie —dijo el niño gorila dirigiéndose hacia la pequeña chimpancé infante, antes de hablarles a los dos adultos—. Tío, tía, estaba tratando de alcanzar a Dixie, pero ella andaba muy rápido por su cabello. Ella estaba otra vez corriendo por el portal y llevando ese diamante.

—¡¿Qué?! Ay, no, Dixie —exclamó el padre de la pequeña mirándola de forma fija y moviendo la cabeza de un lado a otro—. Ya te he dicho que no andes ahora por el portal tú sola.

—Dixie, cariño, ya te lo hemos repetido —agregó la madre de la misma forma—. No salgas así mientras no vaya nadie contigo.

—Chunky estaba conmigo —respondió la pequeña chimpancé.

—Pero Chunky es pequeño también —le dijo su padre—. Y los niños no deben estar alejados de sus padres si no hay nadie más acompañándolos.

—Pero yo quiero jugar —agregó la pequeña haciéndole un gesto de súplica—. ¿Por qué no puedo salir ahora, papá?

—Porque es peligroso para los pequeños andar solos —le dijo el chimpancé adulto, antes de sonreírle más tarde—. Ya luego habrá tiempo para jugar todo lo que quieras. Mira, te prometo que cuando lleguemos a esa isla jugaremos juntos, ¿te parece?

—¡Sí! —exclamó la pequeña chimpancé lanzándose a abrazar a su padre, a su vez que este le correspondió de manera afectuosa, ganándose una sonrisa por parte de su madre.

—Pero ahora prometes que ya no saldrás así, ¿de acuerdo? —le volvió a decir su padre, antes de que la pequeña asintiera y él le acariciara la cabeza—. Esa es mi pequeñita.

De pronto, llegaron a la escena dos primates más. Se trataba de otra pareja conformada por un gorila y una chimpancé, siendo esta última quien tenía cierto parecido con el padre de las dos pequeñas chimpancés, dando entender que eran familiares. Más tarde, el niño gorila se reunió con ellos dos, lo cual demostraba que era hijo de aquella pareja.

—Creo que ya casi está todo listo —dijo la chimpancé adulta recién llegada, con un tono bajo, pero tratando de sonreír al mismo tiempo, al igual que la otra pareja de chimpancés—. Ya solo queda esperar que nos llamen.

—Mañana por la mañana dicen que nos llevarán —agregó el gorila adulto, antes de mirar de reojo a su hijo y a las dos pequeñas chimpancés, como si no quisiera hablar algo de más frente a ellos—. Y escuché también que van a tomar medidas al respecto por seguridad.

—Lo escuché también, y espero que sí lo logren —respondió el padre de las pequeñas mientras sostenía a la mayor, quien se encontraba distraída haciéndole muecas y juegos a su hermana menor, haciéndola reír a esta última—. Y ojalá los demás simios pequeños de este circo no corran pelig… Eh, digo, no corran por los portales, quise deciragregó con una sonrisa forzada y señalando con miradas de reojo hacia los niños primates presentes.

—Oigan, ¿pero por qué es que nos vamos a ir de aquí? —les preguntó el pequeño niño gorila mostrándose preocupado—. Tengo miedo ir a un lugar desconocido, y ya no tendremos espectáculos.

—Chunky, cielo, ya te he dicho que es porque tendremos una mejor vida afuera —le dijo su madre colocándole una mano en el hombro—. Y tranquilo, vamos a permanecer todos juntos. Ustedes no teman.

—¿Vamos a regresar aquí? —preguntó la pequeña chimpancé con una inocente sonrisa—. Quiero salir otra vez al espectáculo y enseñarle a la gente a volar con su cabello.

—Oh, no, cariño, ya les dijimos que no estaremos más en este lugar —le respondió su padre tratando de sonreírle de vuelta—. Pero no te preocupes, vas a poder jugar con tu cabello todo lo que quieras en esa isla donde iremos, ¿sí? —le dijo volviendo a sonreírle y acariciándole la cabeza. Los otros simios de la familia sonrieron también mientras miraban a la pequeña, aunque unos segundos después, los cuatro primates adultos volvieron a mostrar unas expresiones de preocupación en sus caras—. Y bien… parece que ya no hay vuelta atrás. Mañana partiremos de aquí —agregó el chimpancé hacia el grupo.

El día siguiente comenzó antes de que el sol saliera para la familia de primates, en donde estaban siendo acompañados por un grupo de personas humanas que miraban a todos lados mientras los trasladaban por el exterior del circo, e incluso parecían estar en posición de protegerlos. Más tarde, las personas ayudaron al grupo de primates a subir al contenedor de un vehículo, para luego despedirse de ellos y mostrarse mucho más preocupados que ellos. Antes de partir, una de las personas les entregó una caja que estaba llena con diamantes y algunas piedras brillantes.

—Llévense esto, por favor —les dijo la persona entregándoles las caja—. Llévenlo con ustedes lejos de aquí… Y cuídense mucho, ¿sí?... Que les vaya bien y puedan vivir tranquilos.

Dicho eso, las personas cerraron las puertas del contenedor, y luego el vehículo encendió sus motores. Las dos parejas de primates se miraban con una enorme incertidumbre, a la vez que seguían sosteniendo a sus respectivos hijos, quienes se mostraban bastante confundidos, en especial el niño gorila.

A medida que el vehículo iba alejándose del lugar, el grupo de personas se quedó observando con toda la incertidumbre y tristeza por aquellos primates, a quienes habían tenido bajo su custodia durante años y le habían regalado sonrisas al público en sus espectáculos.

—Que se mantengan sanos y salvos a donde vayan —dijo una de las personas mientras seguían mirando el vehículo a larga distancia—. Allá no van a encontrarlos.

—¿Empezaremos desde ahora todo el proceso legal? —preguntó otra de las personas—. Porque esos señores vendrán por la tarde a preguntar por el pequeño gorila y las dos pequeñas chimpancés.

—Por supuesto que sí, esto debe ser rápido, antes de que lleguen esos infelices —dijo la primera persona con bastante seriedad.

—¿Qué sucederá con la amenaza?

—Al diablo su estúpida amenaza y su dinero, nosotros pediremos resguardo ante esos maniáticos —agregó moviendo la cabeza de un lado a otro con una seriedad firme—. Esos desquiciados. Que ni crean que les vamos a dar cuerda para su monstruoso proyecto; se volvieron locos si pensaban que les íbamos a entregar a esas tres criaturas para esa aberración que piensan hacer. Pero ahora mismo, pondremos cartas en el asunto ¡y a prisión se irán esos infelices! —finalizó con toda firmeza.

Pasaron algunos días de viaje para la familia de primates, entre cambios de vehículo terrestre y marítimo, y siendo acompañados por otro grupo de personas de aquel circo. El trayecto había sido bastante agotador y aburrido, en especial para los tres pequeños, quienes solían ponerse inquietos durante los viajes.

Al cabo de todos esos días agotadores, la familia había llegado a su lugar de destino, o al menos hasta donde las personas los acompañaron, ya que luego de eso, ellos continuaron desplazándose por su cuenta en medio de una jungla, en busca de una buena zona para asentarse y mantenerse protegidos. Al frente de la manada, y llevando en la espalda al pequeño gorila, iba el gorila adulto junto a su esposa, quien era el que tenía mejor conocimiento sobre supervivencia en la naturaleza. Detrás de ellos, iba la otra pareja de chimpancés, quienes llevaban cada uno a sus dos pequeñas hijas. Los cuatro adultos primates caminaban mirando hacia todos lados ante cualquier peligro, y protegiendo a sus pequeños.

De pronto, en medio de toda la vegetación que estaban atravesando, se llevaron un pequeño susto cuando se encontraron con unas siluetas oscuras cerca de ellos. Se trataba de dos sujetos con capas y capuchas oscuras que, al dejarse ver un poco sus caras, vieron que se trataba de otros primates, quienes tenían unas miradas intimidantes. Lo único que no le terminó de espantar a la familia, fue que aquellos primates extraños cargaban a cuatro pequeños infantes con ellos, a quienes se los veía tranquilos, pero a la vez, aferrándose a esos dos. La familia miraba con rareza hacia aquellos extraños primates mientras pasaban cerca de ellos, a su vez que estos les devolvían la misma expresión, pero luego le restaron importancia y tan solo siguieron su camino… hasta poder encontrar un nuevo sitio para vivir.

Mientras tanto, aquellos dos primates encapuchados se quedaron otros segundos más mirando a la familia, pero también le restaron importancia a lo que se alejaron. Luego, continuaron caminando con sus cuatro pequeños primates, quienes eran de distintas especies y se los veía algo temerosos, como si no quisieran desprenderse de ellos dos.

Después de caminar unos metros más adelante, los dos primates misteriosos estaban llegando a una enorme casa, tan enorme que parecía ser más bien una mansión o un refugio. Al llegar hasta la puerta, llamaron a la misma y se quedaron esperando un rato, mientras sostenían a los cuatro pequeños primates. Aquellos infantes, quienes aparentaban tener unos tres años de edad, miraban con una inocente incertidumbre a los dos simios adultos.

De pronto, la puerta se abrió y apareció una señora gorila voluptuosa, con una mirada severa en su cara. Saludó a los dos simios encapuchados, de los cuales, uno dejó ver su rostro, quien se trataba de un orangután.

—Los cuatro niños nuevos —dijo la señora gorila dirigiendo su mirada a los pequeños, quienes se aferraban a los dos simios adultos y parecían estar temiéndole—. Vengan por aquí, por favor.

Con los cuatro pequeños en brazos y en sus espaldas, los dos simios ingresaron a la propiedad y siguieron a aquella señora gorila hasta una gran sala, la cual tenía una vista hacia varios pasillos con puertas y hacia un patio en donde había varios pequeños primates de distintas edades, jugando e interactuando entre ellos. Luego, los dos primates adultos dejaron en el suelo a sus pequeños, y fueron a hablar con la señora, quien les entregó unas hojas para que luego las firmaran.

—Eso es todo —les dijo la señora gorila con seriedad, recibiéndoles las hojas—. Ahora sí, pueden dejarlos. Las visitas estarán programadas a finales de mes, como ustedes lo dijeron.

Luego, los dos simios encapuchados se dirigieron hacia sus pequeños, quienes estaban mirando hacia todo el lugar con unas expresiones temerosas.

—Quiero mi papá —pronunció uno de los pequeños, quien era de especie langur, con una mirada de súplica y con los ojos húmedos hacia los dos simios adultos.

—No, no, no se pongan así, por favor —les dijo uno de los simios con su voz gruesa—. Ya les dijimos que se van a quedar aquí mientras nosotros no estemos.

—No, quiero ir a casa —dijo otro de los pequeños, quien era un orangután, con la misma súplica hacia el simio que se había bajado la capucha—. Quiero ir contigo, papá.

—Papá tiene que irse a trabajar, ya lo saben —le respondió el orangután adulto—. Además, vendremos a visitarlos luego.

—Yo no quiero estar aquí —replicó otro de los pequeños, quien era de especie mandril—. ¡Quiero ir a casa! —agregó empezando a zapatear.

—¡Quiero a mi papá! —exclamó el pequeño langur de nuevo, y comenzando a sollozar.

—Sus papis no pudieron venir —le respondió el otro simio adulto—. Ellos se quedaron en casa porque están muy ocupados, al igual como vamos a estar nosotros. Así que entiéndanlo, por fa…

—¡No, quiero irme! —replicó el pequeño orangután con los ojos humedecidos también y tomando del brazo a quien aparentaba ser su padre—. ¡Quiero irme!

—¡A ver! ¡Por favor, se me comportan! —les ordenó el orangután adulto hablándoles con mayor firmeza—. Ya les hablamos varias veces que van a quedarse en este lugar para que los cuiden porque nosotros tenemos que ir a trabajar. Y por favor, ¡no quiero berrinches ahora!… Y bien, es hora de irnos —finalizó antes de darles pequeñas palmadas en la cabeza a los cuatro niños, quienes luego se quedaron quietos—. Los veremos luego, ¿sí?

—Vendremos a verlos después, no se preocupen —agregó el otro simio de la misma forma.

—Y bien, hasta luego, niños —se despidió el orangután adulto, antes de volver a ponerse la capucha y darse la vuelta—. Pórtense bien.

Los dos simios encapuchados se retiraron de la casa, dejándolos atrás a los cuatro pequeños, mientras que estos últimos tan solo los miraron hasta el final con los ojos humedecidos y un temor reflejado en sus inocentes caras.

—¿Crees que vayan a estar bien ahí? —preguntó uno de los primates adultos al otro, mientras se retiraban.

El otro primate adulto, dejándose ver de nuevo su cara de orangután, miró por última vez hacia atrás, en donde habían dejado a los cuatro pequeños, y luego dio un profundo suspiro.

—Es el único sitio que encontramos —respondió él mostrándose con una mirada de incertidumbre—. Pero ya no podemos tener a esos muchachos en casa; no deben ver todas esas cosas ni les podemos contar nada.

Mientras tanto, los cuatro pequeños continuaron mirando hacia la puerta ahora cerrada. De pronto, el pequeño langur corrió hasta la puerta como si quisiera salir, pero luego se limitó a romper en llanto, antes de que los otros tres se reunieran con él. El pequeño orangután y el mandril estaban también con lágrimas rodando por sus caras, a excepción del otro pequeño, quien era un mono capuchino y trataba de mantenerse fuerte, a pesar de también tener pequeñas lágrimas en sus ojos.

—¡Quiero mi papá! —exclamó el pequeño langur en medio del llanto.

—Ya no llores —le dijo el mono capuchino dándole pequeñas palmadas como si quisiera consolarlo—. Nuestros papás dijeron que van a regresar cada mes.

—¿Cuánto es un mes? —preguntó el pequeño mandril secándose los ojos.

—Creo que son cinco días —respondió el pequeño mono capuchino.

—Hola —dijo de pronto otra voz infantil ajena a los cuatro.

Los cuatro se voltearon de inmediato y vieron a otro grupo de niños y niñas primates, de casi su misma edad, a quienes los miraron con algo de extrañeza.

—¿Son nuevos? —les preguntó uno de esos niños.

—Sí… nuevos —respondió el pequeño mono capuchino con algo de timidez.

—¿Por qué está llorando él? —preguntó una niña primate de ese grupo, señalando hacia el pequeño langur.

—Porque mi papá y nuestro tío nos trajeron acá —respondió el pequeño orangután, antes de señalar a sus otros tres compañeros—. Los papás de ellos no pudieron venir.

—¿Quieren jugar un juego con nosotros? —les preguntó otro de esos niños sonriéndoles.

De pronto, los cuatro empezaron a hablar e interactuar con esos otros pequeños, quienes les hacían preguntas sobre ellos o les proponían ciertos juegos. Más tarde, el pequeño orangután comenzó a distraerse un poco mientras observaba con detenimiento a todos los pasillos y atajos que se veían en ese lugar, e incluso comenzó a caminar para curiosear algunas zonas. A lo último, se asomó por las ventanas que daban hacia los patios, en donde había más niños primates y, más tarde, se asomó hacia otro patio, pero en cambio en este, había primates más grandes, que más bien ya aparentaban ser adolescentes.

—¡No, no, no vayas para allá! —le dijo de repente una niña de ese otro grupo de pequeños—. No entres a ese otro patio —agregó jalándole de un brazo como si estuviera algo temerosa—. Allá es el lugar de los niños grandes… Los niños y niñas grandes son muy malos, muy malos —dijo con seriedad y temor a la vez.

—Sí, no pises ese patio de allá —agregó otro de aquellos niños de la misma forma—. Esos niños grandes te golpean y te tratan feo y te hacen cosas feas. Y la señora directora te castigará también muy feo.

Los cuatro pequeños, quienes se habían vuelto a reunir, los miraban con algo de confusión y como si no parecían darle importancia a lo que decían.

—Vengan por aquí, niños nuevos —exclamó de pronto la señora gorila de ese lugar, dirigiéndose hacia los cuatro—. Voy a mostrarles su habitación, dónde deberán estar y a sus cuidadores.

Luego, la señora gorila les tomó de las manos a los cuatro pequeños y les daba ligeros empujones para que la acompañaran hasta los pasillos con puertas. Por su parte, los pequeños tan solo la siguieron, mientras mantenían sus inocentes expresiones de incertidumbre y miraban hacia todos lados de ese lugar.


N/A: Hasta aquí el prólogo (me quedó algo extenso). De seguro sí supieron quiénes son los personajes de la primera parte, pero obvio sé que los del resto no, igual eso lo irán viendo más adelante.