Capítulo 2: Un Pésimo Día de Escuela… Como Cualquiera

—¡Nos las vas a pagar, Diddy Kong!

¡NO, DÉJENME! —suplicó Diddy agitando las extremidades, pero se las detuvieron después.

Diddy se hallaba tenso y con el pulso acelerado mientras un cuarteto de niños kong, cada uno de diferente especie, lo tenía aprisionado contra el suelo, cerca de un acantilado enorme con olas salvajes debajo. Por más que Diddy trataba de librarse de ellos, no lo conseguía, pues al parecer, estos niños kong estaban ejerciendo bastante fuerza contra él.

¡SUÉLTENME, POR FAVOR! —les gritaba Diddy.

¡¿Con que le has dicho a Donkey, eh?! —le dijo uno de ellos en tono de amenaza—. ¡¿Qué te hemos dicho sobre…

¡Yo no le he contado nada a Donkey ni a Wrinkly, LO JURO! —interrumpió Diddy de manera desesperada.

De pronto, estos cuatro niños kong lo levantaron de las extremidades y, al mismo tiempo, Diddy sentía que no se podía mover de ninguna forma. Entre los cuatro empezaron a trasladarlo hacia el borde del acantilado y, luego de un par de balanceos, lo lanzaron sin piedad alguna hacia el vacío. Diddy iba gritando despavorido a medida que iba cayendo hacia el mar, en donde unas enormes y repetitivas olas se chocaban contra unas rocas.

Al caer, Diddy sintió unos golpes en casi todo su cuerpo y abrió los ojos lo más que pudo. Luego, lo único que veía no era nada más que el piso de su habitación. Se levantó de inmediato y se percató que estaba dentro de la misma… Tan solo acababa de tener una pesadilla, una de las cuantas de ese tipo que ya había tenido varias veces atrás con el grupo de sus "amigos" de la escuela.

—¡Diddy!

Diddy dio un pequeño salto luego de escuchar que lo llamaron: solo era Donkey, quien estaba tocando la puerta de su habitación y continuaba llamándolo repetidas veces. Diddy se dirigió a abrirle la puerta y tan solo lo miró con seriedad.

—¡Diddy! Creí haberte escuchado gritar y luego se oyó un golpe, ¿qué sucede?

—Ehh… no… Nada, Donkey —respondió Diddy en un tono apagado—. S-solo fui yo que me caí de la cama… Creo que estaba teniendo un mal sueño con… ¡los kremlings!... Es todo.

Era día de clases y, por lo tanto, Diddy tenía que asistir… aunque él no quisiera, así que tuvo que ir alistarse. Antes de que se fuera a la escuela, se disculpó con Donkey por la discusión de la noche anterior y de haber desistido de regresar a la fiesta que habían hecho para ellos dos. En el fondo, Diddy se sentía fatal de no poder contarle la verdad a Donkey; él siempre fue como su mejor amigo de todos, pero esta vez no podía contarle lo que pasaba.

—Donkey, yo… perdón por gritarte, es solo que…

Donkey, aunque desconfiando un poco de su pequeño sobrino, decidió no insistirle por el momento a que le contara qué le sucedía.

—Está bien, Diddy —le puso una mano en el hombro—. Solo recuerda que soy como tu hermano mayor, y puedes contarme cualquier cosa que te ocurra. Sabes lo importante que eres para mí y estaré contigo para las que sea. Y mira… espero estar equivocado, pero si hay algo malo que te suceda, puedes decírmelo.

—Bueno, es que… anoche solo me sentí mal por el accidente que causé, es todo —respondió Diddy tratando de mostrarse verídico.

—¿Seguro? —le preguntó Donkey alzando la mirada, pero a la vez, tratando de no presionarlo en ese momento—. Bueno… de verdad espero que sea solo eso. De todas formas, no debes preocuparte por eso, pequeño amigo, solo fue un accidente, y ya se arregló. Así que… no te sientas mal por eso.

—De acuerdo, Donkey —respondió Diddy con una mirada apagada, a pesar de que no había hablado con la verdad.

—Ahora ve rápido o llegarás tarde —dijo Donkey dándole pequeñas palmadas en la espalda.

Donkey acompañó a Diddy hasta la puerta de la casa y tan solo lo miraba con una cara de preocupación después de despedirse de él.

Diddy se dirigió rumbo a Kong Kollege, la escuela de la Isla DK. Pero iba asustado como casi todos los días; no quería ver al grupo de sus compañeros malvados por temor a que lo atacaran. Ese era el segundo año en que le tocaba estudiar con ellos. El año anterior, los había conocido y se habían hecho amigos… pero no por más de un par de meses.

Kong Kollege era una escuela pequeña en medio de la jungla, con tan solo un salón de clases para una capacidad de quince a veinte estudiantes, dirigida únicamente por Wrinkly Kong.

Al llegar allí, Diddy vio a aquel grupo de sus compañeros a lo lejos, y se escondió tras unos arbustos de inmediato. Él estaba muy asustado, quería regresar a la casa, pero tampoco iba a perder clases por la asistencia. Como en la mayoría de sus días de clase, el solo ver a aquellos niños le causaba cierto temor e incomodidad.

Estos cuatro niños kong eran un poco más altos que Diddy. Sus nombres eran: Jemky, el orangután, quien tenía el pelaje de un color naranja vivo, un mechón de cabello en la cima de su cabeza y usaba un chaleco verde; Mandrew, el mandril, quien tenía la cara con tenues colores azul y rojo, su pelaje era gris y usaba una playera rayada con los mismos colores; Rocky, un mono capuchino, quien tenía la cabeza blanca, el pelaje inferior marrón oscuro y usaba una playera marrón claro; y Melenky, el langur jaspeado con melena y brazos blancos, pelaje gris y negro, una cara colorida y las patas rojas.

Diddy, por el momento, decidió quedarse escondido en un rincón entre los arbustos hasta que llegara la maestra Wrinkly; en ocasiones, él se quedaba allí sin salir… Cuando de pronto, y para su mala suerte, aparecieron cuatro kongs frente a él, causándole un gran susto… Por desgracia, eran aquellos cuatro que hace tiempo se hacían llamar sus "amigos".

"Solo ignóralos, Diddy, solo ignóralos" se decía así mismo en mente mientras comenzaba a caminar en otra dirección y observaba de reojo con temor a estos niños primates.

—¡Vaya! Miren quién estaba escondido aquí —dijo Jemky, el orangután, mostrando una sonrisa maliciosa.

—Pero si es el mono enano y cobarde —dijo Mandrew, el mandril—. Ya era hora de que llegaras, pequeño zoquete.

—¿Te gustó arruinar la fiesta y quedar en vergüenza? —agregó Rocky, el mono capuchino, en tono burlón.

—Para ser un héroe que salvó esa tonta reserva, quedaste como un completo ridículo —concluyó Melenky, el langur, riéndosele.

Luego, todos comenzaron a reírse de manera burlesca. Diddy solo torció los ojos, intentando resistirse a responderles a la defensiva, pero le resultaba en vano.

¡Ya cállense que eso fue por culpa de ustedes! ¡Arruinaron la celebración, idiotas! —les gritó Diddy y, acto seguido, caminó rumbo hacia el salón con pasos firmes.

De pronto, Jemky, el niño orangután, se dirigió de nuevo hacia Diddy y lo agarró de la playera de frente, hablándole en tono de advertencia.

—¿Nos alzaste la voz?... ¿Quieres pelear? ¡¿Quieres probar nuestro poder, enano inútil?! —le gritó mientras Diddy suplicaba piedad con la mirada.

—Ehh, no… Yo nomás decía… ¡No, esperen! ¡Suéltenme! —suplicaba Diddy al momento en que Rocky, el mono capuchino, lo sujetó de la cola poniéndolo de cabeza.

Diddy iba a darle una patada, pero los otros se apresuraron a golpearlo y tumbarlo boca abajo contra el suelo para luego apresarlo de las extremidades e impedirle que se moviera, acto seguido, le cruzaron los brazos hacia atrás y se los presionaron con fuerza, haciéndolo gritar del dolor. Luego, Jemky le arrebató la mochila a Diddy y comenzó a registrar lo que había dentro de la misma.

—A ver, a ver, ¿qué tenemos aquí? —dijo el niño orangután mientras sacaba unas hojas y tomaba unas cuantas en particular—. Ah, pero si son los mega ejercicios matemáticos que envió Wrinkly.

—¡No te atrevas, cabeza de maní anaranjado! —exclamó Diddy con una mirada amenazante.

—Me da mucha pena… —dijo Jemky comenzando a romper las hojas en pedazos mientras se reía de forma malvada—, que ya no los vayas a presentar, mono tonto.

¡Nooo! ¡Mi tarea! —gritó Diddy con desesperación mientras lo mantenían apresado en el suelo—. ¡Idiotas, me tardé siete horas resolviendo eso! —Diddy se enfadó demasiado que los quería masacrar a los cuatro.

—Oh, ¿qué pasa, pequeñajo? ¿No quieres que Wrinkly te ponga cero? —agregó Mandrew manteniéndolo presionado, antes de volver a reírse de forma burlesca junto con el grupo.

—¡Esperen, esperen, es Wrinkly! —interrumpió Rocky de forma repentina—. ¡Ahí viene!

De pronto, se escuchó a Wrinkly, su maestra, estando cerca. Los cuatro niños bravucones soltaron y levantaron a Diddy de inmediato, escondieron los pedazos de papel y fingieron que no pasaba nada. La llegada de la maestra Wrinkly era el gran alivio para Diddy, pues era ahí cuando sus cuatro molestosos compañeros lo dejaban en paz. Wrinkly era muy cariñosa y atenta con sus estudiantes, pero también podía castigarlos en casos necesarios.

—¡Buenos días, mis niños! —los saludó Wrinkly con alegría.

—¡Hola, maestra Wrinkly! —les dijeron los niños kongs forzando unas sonrisas, aunque en Diddy era más notorio.

—¿Qué estaban haciendo? —les preguntó Wrinkly mirando la escena. Aunque a decir verdad, ella no lograba darse cuenta de lo que Diddy sufría con ese cuarteto.

—Ah, solo estábamos jugando con nuestro amiguito Diddy —excusó Jemky con una sonrisa forzada—. ¿Verdad, Diddy? —agregó dándole una disimulada mirada de advertencia a Diddy.

—Ahh, sí, claro, mis amigos y yo estábamos jugando —respondió Diddy con una sonrisa falsa, tratando de ocultar la situación.

—Qué bueno, así me gusta. Todos aquí deben ser buenos amiguitos —les dijo Wrinkly sonriéndoles—. Ahora vamos a clases, niños.

Wrinkly comenzó a caminar rumbo al salón de clases, a la vez que Diddy trató de seguir sus pasos sin que ella lo perdiera de vista, mientras que el cuarteto de niños bravucones lo seguían también y le lanzaban miradas amenazantes.

Todos entraron al salón de clases y fueron a sus respectivos puestos. En el salón de clases había unos nueve estudiantes más; eran otros niños y niñas kongs de diferentes especies, pero estos casi no les hablaban y ni les importaba la vida de Diddy ni la de los cuatro niños bravucones, puesto que a Diddy solían verlo como un raro y a los otros cuatro como unos locos antipáticos. No era realmente el salón de clase divertido y alegre que se esperaba.

—Bueno, mis niños, ¿trajeron la tarea que les envié? —preguntó Wrinkly al frente del salón.

—¡Sí, maestra! —respondieron todos, excepto Diddy, quien bien podía presentarla si no fuera por la maldad de sus compañeros.

Los estudiantes se levantaron a entregar su tarea al escritorio de Wrinkly uno por uno.

—¡Diddy! ¿Dónde está tu tarea? —le preguntó la maestra al ver que él no se había levantado.

—Ah, pues… —Diddy miraba de reojo con odio a sus cuatro compañeros, pero al mismo tiempo, estos le lanzaban miradas de amenaza y burla de forma disimulada—. A lo que venía saqué mi tarea de la mochila, pero se la llevó el viento y se me perdió.

—¿Y esperas a que la tarea regrese volando sola? —le dijo Wrinkly con una mirada de extrañeza.

—¡Es en serio, fue un accidente! —reafirmó Diddy muy indignado por la maldad que le habían hecho. Mientras, aquellos cuatro niños solo se reían en silencio de él desde sus puestos.

—Ah, bueno, te creo. No te bajaré nota, pequeño —le respondió Wrinkly con calma. Diddy sintió un alivio al instante antes de oír la nueva respuesta de Wrinkly—. ¡Pero ahora mismo tendré que ponerte a hacer treinta ejercicios matemáticos y a escribir cien veces "debo traer mi tarea"!

—¡Pero…

—¡Es lo que puedo hacer! —interrumpió Wrinkly antes de que él pudiera continuar—. Diddy, no quiero ponerme estricta contigo, pero… ya es la quinta vez en este ciclo que sucede lo mismo y vienes con la misma excusa siempre.

—No, no, pero es que es cierto —replicó Diddy tratando de sonar real—. Siempre mis tareas se me vuelan.

—Pero creo que ya deberías tener más cuidado la próxima vez, Diddy —le dijo Wrinkly con seriedad—. Y bueno… tendrás entonces que cumplirla de alguna forma: los treinta ejercicios y a escribir mejor "debo cuidar mi tarea", ¿qué tal ahí?

Diddy solo disimuló una frustración que tenía para descargar. Les lanzó una mirada asesina a sus compañeros mientras estos seguían burlándose victoriosamente de él en voz baja y, con mucha irritación, tuvo que cumplir la sanción que Wrinkly le impuso al no haber podido presentar la tarea del día; él ya ni siquiera sabía qué otra excusa decir.

Llegó la hora de salida, y Wrinkly se despidió con amabilidad de sus estudiantes. De pronto, llegó Diddy hasta donde ella para entregarle unas hojas… aunque con cierta indignación.

—Oh, no te tardaste tanto en terminar, Diddy —le dijo Wrinkly sonriendo mientras tomaba y revisaba las hojas de forma rápida—. Bien, las revisaré más tarde para poder salvar tu calificación de hoy.

—Y… ¿eso cuenta igual que la tarea o no? —le preguntó Diddy con un ánimo bajo.

—Bueno… no del todo, pero al menos te ayudará en algo —agregó ella dándole unas pequeñas palmadas en el hombro. De pronto, ella pareció notar un inusual estado de ánimo en él—. ¿Te sucede algo, Diddy?

—Ehh, no, ¿por qué? —dijo él tratando de recuperar su sonrisa.

—Te noto un poco triste, ¿está todo bien? —le volvió a preguntar con preocupación—. ¿Es por lo de anoche? No sucedió nada malo después, no te preocupes.

—Eh, no, no es eso… O bueno, sí… —respondió Diddy rascándose la cabeza—. Sí… y la aventura con Donkey también, me siento algo agotado, es todo.

—Oh, cielos, creo que solo deberías descansar un poco, querido —le dijo Wrinkly dándole una sonrisa calmada—. Quizás pueda considerar una semana sin tareas extra para ti; entiendo que ahora debas estar muy cansado, mi pequeño. Solo eso sí… no quiero que descuides tus calificaciones, tú siempre has sido un estudiante brillante.

—Sí… sí, por supuesto, estaré más pendiente —respondió Diddy sonriendo con cierta inseguridad—. Y gracias, Wrinkly… voy a tratar de estar mejor.

—De acuerdo, pequeñín —finalizó Wrinkly sonriéndole—. Entonces nos vemos de nuevo el día de mañana. Que tengas una linda tarde.

Diddy se despidió de Wrinkly, antes de partir hacia su casa. A decir verdad, él deseaba que en verdad solo estuviera de bajo ánimo por la aventura o por el accidente del día anterior… pero no era así, y la verdadera razón solo lo indignaba.

El pequeño mono continuó su camino, pero cuando Wrinkly ya se había ido sin dejar rastro, los cuatro niños bravucones parecían aprovechar el momento para seguir molestándolo. Las horas de salida eran peores para Diddy, puesto que ya no habría más maestra Wrinkly por el día vigilándolos, y tan solo le quedaba huir de allí lo más rápido que pudiera.

—¡Ay, miren! El monito tonto tuvo mucho trabajo que hacer hoy —se le burló Melenky mientras iban caminando detrás de Diddy.

—Y todo porque no presentó su estúpida tarea —agregó Jemky, y luego comenzaron a reírse.

—¡Quedó como un estúpido en la clase! —agregó Mandrew señalándolo con burla—. ¡Wrinkly siempre le manda tarea extra en clase!

Diddy trataba de ignorarlos, pero del enojo no se podía contener ni de las ganas de contestarles.

¡Ya paren de molestarme, simios apestosos! —les gritó Diddy bien enojado—. ¡Ustedes solo me tienen harto! ¡Ya déjenme en paz!

¡Pues no queremos! —le respondió Jemky en modo burlón—. Eres un cobarde, inútil y estúpido mono bueno para nada —agregó antes de tomarlo rápidamente de la playera y hablarle en tono de amenaza—. Y a los buenos para nada les damos una buena paliza.

—¡Esto se resuelve de una forma! —exclamó Rocky chocando los puños.

De pronto, tomaron a Diddy entre los cuatro para empezar a golpearlo, pero este se las arregló de inmediato para desatarse de ellos, dándoles patadas y manotazos rápidos y defensivos para luego poder escapar.

¡Idiotas! —les gritó luego de empezar a correr.

Los cuatro empezaron a perseguirlo por la jungla mientras Diddy huía a toda velocidad hasta que por fin lo perdieran de vista. Él se escondió tras unos arbustos, a la vez que veía pasar a aquellos niños malos.

—¡Ayyy, ya se perdió ese enano zoquete! —exclamó Jemky refunfuñando.

—¡Me faltó darle otra paliza más, te lo juro! —agregó Mandrew de la misma forma mientras lo buscaba con el grupo—. ¡Mono cabeza de salamanqueja!

—Es como tonto ese mono estúpido —agregó Melenky con un gesto burlón—. Me da risa su cara cuando nos ve, parece una lagartija asustada.

—En fin, creo que ya se fue ese infeliz —dijo Rocky encogiéndose de hombros—. Opino ya ir a casa a almorzar, y de paso ir por unos milpiés.

—Mañana quiero darle una paliza mejor a ese mono tonto —dijo Mandrew chocando los puños mientras se retiraban de la zona.

—Que se espere nomás, que de aquí no se libra de las palizas —agregó Jemky.

Diddy tan solo los miraba con una profunda indignación mientras los escuchaba. Él deseaba salir a enfrentarlos en ese momento, pero nunca solía dársele bien un enfrentamiento contra aquellos niños, e incluso llegaba a temer hacerlo.

Diddy, tragándose todo el enojo, comenzó a dirigirse a su casa; por fin pudo caminar con tranquilidad al menos. Sus días en la escuela eran por lo general de esa manera: aquel cuarteto siempre lo estaba esperando para molestarlo, ya sea rompiendo sus trabajos escolares, robándole sus pertenencias o mandarlo con golpes y moretones a su casa, a los cuales Diddy solo le decía a Donkey que eran producto de alguna caída.

Cuando Diddy llegó a su casa, intentó disimular su agotamiento y su bajo ánimo para que Donkey no fuera a sospechar nada.

—Hola, Diddy, ¿cómo te fue? —preguntó Donkey cuando Diddy entró a la casa.

—Ahh… muy bien, todo… normal —respondió Diddy sonriendo con inseguridad.

Donkey parecía sospechar en el fondo que algo no andaba bien, pero prefirió no hablar de ese tema por el momento; no quería incomodar a Diddy tampoco.

—De acuerdo… —dijo Donkey con una sonrisa forzada, luego de unos segundos—. Ven, vamos a comer. Hoy preparé un plato especial.

Diddy continuó su camino a su habitación a dejar sus cosas y ponerse cómodo. Más tarde, acompañaría a Donkey en la hora de almuerzo, en donde incluso permanecía algo callado la mayor parte del tiempo. Donkey, por su parte, seguía notando el estado de ánimo de su sobrino, aunque este no quería demostrarlo mucho.

Al terminar de almorzar ambos kongs, Diddy se sentó a mirar la televisión, mientras que Donkey había ido a alistarse, ya que tenía una cita con su novia, Candy, que por lo general salían muy a menudo.

—Amigo, me voy a una cita con Candy —dijo mientras se alistaba la corbata en la sala.

—¿Otra vez?

—Pues sí, amo a Candy y amo estar con ella —respondió Donkey en un tono enamorado.

—Pero si sales con ella casi todos los días —dijo Diddy con unas ligeras risas y mirándolo con extrañeza—. ¿Tanto así?

—Cuando tengas novia comprenderás mejor, pequeño amigo —respondió dándole pequeñas palmadas en la cabeza.

—¡Bah! Yo no andaría así nunca —afirmó Diddy encogiéndose de hombros.

—Bueno, te creo —dijo Donkey con ironía, antes de hablar con un tono pícaro—. Ya te veré algún día con una monita.

—¡Ay, Donkey, por favor! —exclamó poniendo las manos a los costados.

—Es broma, pequeño amigo —respondió Donkey riéndose un poco mientras se dirigía hacia la puerta—. Ya me voy, pórtate bien y ten cuidado si sales afuera.

—No soy un bebé, Donkey —respondió Diddy con una sonrisa burlona.

—Para mí siempre lo serás —le dijo Donkey en tono burlón—. Cuídate, y no hagas travesuras, pequeño amigo.

—Hasta luego, gran amigo.

Donkey salió de la casa, y se fue a su cita con Candy. Por su parte, Diddy se quedó solo en casa y permaneció otro rato frente a la televisión. Más tarde, se levantó a mirar por la ventana a Donkey hasta perderlo de vista.

—¡Hora de salir! —dijo Diddy para sí mismo.

Aunque Donkey le decía a su sobrino que tuviera cuidado si salía al exterior, de todas formas, Diddy siempre se iba a dar una vuelta por la jungla para divertirse un rato y distraer su mente de sus pesados días de escuela, y así fue en esta ocasión. Diddy salió a pasear en medio de la jungla, se balanceaba en las lianas, se subía a los árboles más altos, se bañaba en los lagos y se lanzaba desde pequeñas cascadas; a él normalmente le gustaba divertirse así, imaginando que estuviera en una aventura de las que tanto le emocionaban.

De pronto, mientras Diddy andaba saltando de árbol en árbol, miró hacia arriba y alcanzó a observar que algo venía disparado a velocidad desde muy alto. Por un momento se asustó y pensó que de pronto se trataría de algún ataque hacia la isla, pero luego de pocos segundos, se percató de que eso que venía no tenía forma de ser algún objeto de ataque.

Diddy, desde la rama de un árbol, se detuvo a observar mejor de qué se trataba, cuando de pronto, se dio cuenta de que era un kong, y cada vez iba acercándose más a la isla… De pronto, aquel kong sacó una gran hoja de palmera de forma repentina con lo que pudo aterrizar a modo de paracaídas, de seguro para no lastimarse. El kong era un gorila más grande que Donkey, llevaba una gorra roja, una playera blanca y un chaleco azul. Pero luego de caer, se fue corriendo como si quisiera esconderse de algo o alguien. Lo curioso de eso… es que aquel gorila llevaba cargando también a un gorila pequeño que vestía ropas de bebé color celeste. Diddy los miraba con extrañeza y se preguntaba quiénes eran ellos.

De repente, Diddy vio que venía alguien más desde lo alto. Cuando cayó, se trataba de una niña chimpancé pequeña, llevaba puesto un overol celeste, un gorro de colores y tenía dos coletas rubias en el cabello. Lo más sorprendente fue que ella aterrizó girando sus coletas. La pequeña también corrió a ocultarse junto con los dos gorilas.

Diddy estaba muy confundido; jamás había visto a esos kongs en la isla y tenía curiosidad por saber quiénes eran ellos, de dónde provenían y por qué de esa manera, así que decidió seguirlos. Se abalanzó con una liana hacia el suelo, pero no se percató que otro kong más venía cayendo desde muy alto. Diddy miró hacia arriba y, al momento de aterrizar, ese alguien chocó contra él y lo mandó a rodar hasta debajo de un árbol. Diddy, estando de cabeza bajo el árbol, levantó la vista y vio que se trataba de otra niña chimpancé del mismo tamaño que él; esta llevaba puesta una blusa, una boina y un par de rodilleras rosadas, y tenía el cabello rubio con una coleta larga. Ella, al percatarse de la presencia de Diddy, hizo un gesto de asombro.

—Ehh, ¿hola?… —le dijo Diddy, aún de cabeza y sonriendo entre dientes con confusión. Ella solo se quedó en silencio por unos segundos y le devolvió el saludo con la mano desde lejos y con una sonrisa leve, pero luego salió corriendo también—. ¡Espera!

Diddy se levantó de inmediato y corrió tratando de alcanzar a esos cuatro desconocidos kongs. Todos se perdieron de vista por un rato, y él trataba de buscarlos hasta que por fin los localizó. Se subió a un árbol para observarlos mejor: a ellos se los veía con una expresión de miedo, y permanecían muy unidos como si trataran de huir de algo… Era como si estuvieran atemorizados, como si algo los persiguiera, pero no se veía nada alrededor que se viera amenazante. Diddy, con toda la curiosidad de saber quiénes eran, decidió bajarse del árbol e ir a saludarlos.

—¡Hola! —les dijo Diddy a los cuatro kongs, causándoles un pequeño susto. Los cuatro voltearon a verlo—. Ustedes, ¿quiénes son?

—¡Miren, es un kong como nosotros! —exclamó el gorila grande mostrándose asombrado—. ¡Hola! Yo soy Chunky, ¿tú cómo te llamas?

—¡Ahora no es tiempo para esto! —interrumpió la niña chimpancé de prendas rosadas.

—Pero él quiere ser nuestro amigo —replicó Chunky… antes de mirar hacia arriba y cambiar a una expresión temerosa—. Esperen… ¿Son ellos? —señaló hacia arriba cuando de repente vio algo que venía hacia la isla.

De pronto, se escuchó una caída, seguida de unos murmullos de lo que parecían ser otros simios más.

—¡Ay, no! ¡Corran, vengan por aquí! —exclamó la niña chimpancé a todos con desesperación—. ¡Escóndete tú también, mono de rojo! ¡Escóndete, escóndete!

Los cuatro kongs salieron corriendo, como si buscaran esconderse bien de algún individuo que los perseguía, al parecer acercándose. Diddy había quedado más confundido, pero luego se unió a ellos, ya que le habían dado un jalón de brazo para que también les siguiera la corriente. Más tarde, se detuvieron todos en un rincón mientras los cuatro kongs nuevos estaban agitados.

—Oigan, ¿puedo preguntar qué es todo esto? —les preguntó Diddy hablando en voz baja—. ¿Quiénes son ustedes?

—Mira, yo soy Dixie, ella es Tiny, él es Kiddy y el grande es Chunky —contestó la niña chimpancé señalándolos a uno por uno—. No hay tiempo para explicaciones y será mejor que tú también te vayas a escond…

¡AJÁ! ¡Con que aquí están!

De pronto… apareció un mandril de alta estatura junto con otros dos mandriles… Diddy alcanzó a ocultarse tras unos arbustos a tiempo, pero los otros cuatro kongs salieron corriendo, esta vez con más velocidad… mientras aquellos tres mandriles empezaron a ir tras ellos. Aparentemente, se trataba de una persecución, y aquellos cuatro kongs eran a quienes buscaban.

Aquellos cuatro jóvenes kongs continuaron corriendo a toda prisa en medio de la vegetación, como si no tuvieran rumbo. Cuando de pronto, aquel terceto de mandriles volvió aparecer por sorpresa frente a ellos, y los kongs jóvenes solo se quedaron paralizados del miedo cuando los encontraron esos simios grandes. Lo curioso del asunto, es que estos simios estaban portando fusiles en mano; tenían todo un aspecto rudo y malvado, y vestían una capa pequeña de distinto color oscuro cada uno. Al parecer, era una banda de simios malos.

—¡Oh, no! Ya nos pillaron —dijo Chunky aterrado en voz baja y aferrándose a los otros tres kongs.

¡¿Pensaron que podían escapar de nosotros, malditos mocosos?! —exclamó uno de los mandriles gritándoles.

Los cuatro kongs se abrazaron con angustia y temblando mientras se aferraban entre ellos, como si temieran por sus vidas.

—Y bien… —dijo el mandril antes de apuntarles a los cuatro con los fusiles, las cuales tenían aspecto de ser de alto potencial.

Además, sacaron todos unos pequeños dispositivos de bolsillo que, al presionar un botón, se transformaron en unos cañones. Estos simios, de dudosa procedencia, parecían pretender dispararles a los cuatro kongs, quienes solo se limitaban a mantenerse aferrados entre ellos.

—Ustedes sabían que los fugitivos como ustedes sufren las consecuencias —dijeron los mandriles manteniendo sus armas apuntando hacia los cuatro—. Será mejor que digan sus últimas palabras, pequeños mocosos y grandote —agregó presionando el gatillo a punto de disparar.

¡AHHHH! —exclamó un mandril al recibir el golpe de una piedra en su ojo, al mismo tiempo que su disparo se desvió y soltó el arma.

¡¿PERO QUÉ…?! —exclamó otro mandril antes de recibir también un piedrazo en el ojo.

De pronto, empezaron a caerles varias piedras en los ojos a los tres mandriles; eran tan repetitivas que les cegaba la visión y parecían causarles dolor que hasta tuvieron que soltar sus armas para poder auxiliar sus ojos.

De repente, una rama larga de uno de los árboles cayó cerca de los mandriles en conjunto con un montón de hojas y unas lianas que, al parecer, contenían espinas; estas cayeron justo sobre ellos, dejándolos presos por un momento… Luego, apareció Diddy en escena, quien a pasos acelerados se dirigió a escarbar entre el montón de hojas.

—¡Eh! ¡¿Y este otro mocoso quién es?! —dijo otro de los mandriles al percatarse que un pequeño mono interfiriera en su ataque.

Diddy, con unos rápidos movimientos y mientras los mandriles se hallaban lastimándose continuamente con las espinas, empezó a sacar un par de los fusiles de ellos y los lanzó hacia fuera del montón de hojas, en dirección hacia los cuatro kongs nuevos.

—¡Sosténganlas! —les dijo Diddy mientras les iba lanzando las armas a los cuatro y estos las recogían, aunque con un poco de temor y con las manos temblándoles—. ¡Ahora huyan…

Qué monito tan travieso —exclamó uno de los mandriles—. ¡¿QUIERES PELEAR, NO?!

Diddy se volteó a mirar y vio que uno de los mandriles se había levantado con arma en mano para dispararle… pero Diddy, gracias a su agilidad, logró esquivarlo con un salto lateral, tomó una de las piedras que había en el suelo y se la lanzó directo al ojo del mandril, provocándole un enorme dolor, haciéndolo gritar y llevarse las manos al mismo, por lo que Diddy se apresuró a tomarle el arma.

De pronto, los cuatro nuevos kongs se abalanzaron contra el mandril y lo tumbaron al suelo. Luego, el gorila más grande llamado Chunky, tomó al mandril arrastrándolo y lo llevó otra vez hasta el montón de hojas para envolverlo con las lianas, mientras los tres mandriles los maldecían a todos.

Finalmente, a Diddy se le ocurrió una idea… Se percató de los cañones que en un inicio habían traído esos mandriles.

—¿Pueden ayudarme a ponerlos en esos cañones? —les dijo Diddy a los cuatro fugitivos.

Ellos, aunque con un poco de temor, corrieron y le ayudaron a Diddy a montar a los simios malvados dentro de los cañones; todos iban envueltos en aquellas lianas con espinas, por lo que debían tener cuidado de no lastimarse también. Por último, montaron las armas de estos simios dentro de los cañones.

—Malditos… fugitivos… —decía uno de los mandriles forzando la voz mientras ya los tenían dentro de los cañones—. Los atraparemos… Y tú, mono pequeñajo… ya verás…

Diddy tomó un par de piedras para encender fuego y activar los cañones y, finalmente, estos dispararon a los mandriles a gran velocidad y altura. Todos los kongs observaron cómo estos se alejaban hasta perderlos de vista por completo. Luego, los cuatro kongs nuevos, después de estar todos asustados y jadeando del pánico, miraron con asombro a Diddy.

Diddy, respirando de forma agitada, observaba cómo se veían esos mandriles ya lejos. Luego, él reaccionó y se dio cuenta de lo que acababa de pasar: había arriesgado su vida enfrentando a tres simios grandes y ni siquiera supo de dónde sacó todo ese valor para hacerlo, ya que casi nunca se sentía con tanta valentía y fuerza como para hacer algo así. Luego de unos segundos, se volteó a mirar a los cuatro kongs que estuvieron a punto de ser atacados: ellos estaban temblando y tratando de recuperar la calma.

—¿Están… bien? —les preguntó Diddy con algo de timidez al ver a los cuatro mirándolo fijamente con seriedad—. T-tranquilos… no les haré daño.

Pasaron unos segundos hasta que los cuatro iban recobrando poco a poco los sentidos, y comenzaron a sonreír al darse cuenta de que Diddy los había salvado.

—¡Wow! Eso fue… ¡asombroso! —dijo Tiny, la niña chimpancé más pequeña mientras corría junto con Kiddy, el gorila pequeño, a abrazar a Diddy—. ¡Nos salvaste de esos simios apestosos!

—¡Eres increíble, acabaste con esos malvados simios! Chunky también quiere abrazarte —Chunky, el gorila grande que hablaba en tercera persona, también abrazó a Diddy, aunque sofocándolo un poco.

—¡Eh! Cálmense, lo están asfixiando —dijo Dixie, la otra chimpancé.

—Oh, lo sentimos, monito —dijo Chunky disculpándose con Diddy, y los tres lo soltaron.

—Oye… gracias por salvarnos —le dijo Dixie a Diddy mostrándose también asombrada—. Si no fuera por ti, esos malditos nos hubieran hecho pedazos. En serio, eso fue impresionante.

A estos cuatro kongs les había cambiado por completo sus caras. Hasta Diddy se había impresionado de él mismo; acababa de salvar a cuatro kongs que estaban en peligro de ser atacados por una banda de simios que al parecer eran unos criminales.

—No fue nada —respondió Diddy sonriendo y rascándose la cabeza—. Pasaba por aquí hasta que los vi a ustedes llegar y quería saber quienes eran, hasta que vi a esos simios con esos fusiles y pensé…

¡Eres nuestro héroe! —exclamaron los cuatro, alegres y tomándolo de los brazos. Al parecer, no podían contener su gran alivio al ver como Diddy acababa de salvarles la vida—. ¡Eres genial, monito desconocido!

—De acuerdo, solo quería ayudarlos —agregó Diddy calmándolos y sonriéndoles—. Por cierto, ¿quiénes son ustedes? A ver si recuerdo… El grandote se llama Chunky y el pequeño se llama Kiddy, ¿verdad?

—¡Exacto! —respondió Chunky—. Chunky es hermano mayor de Kiddy, él no habla mucho. Es casi un bebé, por cierto.

—Oh, hola, pequeño Kiddy —dijo Diddy estrechándole la mano al gorila pequeño, y este le devolvió el saludo sonriéndole—. Y ella es Tiny, ¿verdad? —señaló a la niña chimpancé más pequeña.

—Así es —respondió Tiny asintiendo.

—Y ella es ¿Trixie? —agregó señalando a la otra niña.

—No, es Dixie —corrigió Dixie—. Tiny es mi hermana menor, Kiddy y Chunky son nuestros primos.

—Ah, ya veo, son familia —concluyó Diddy.

—¿Y tú cómo te llamas, monito? —le preguntó Chunky.

—Yo soy Diddy —respondió estrechándole la mano a cada uno.

—¡Mucho gusto, Diddy! —respondieron todos.

—¿Y de dónde vienen? —les preguntó Diddy—. ¿Y quiénes eran esos simios que los seguían?

De repente, los cuatro kongs volvieron a cambiar su expresión. Se miraron los unos a los otros y pusieron una cara de tristeza cuando Diddy les preguntó eso, lo cual él pudo notar y se sintió algo culpable de haberlo hecho.

—Oh, lo siento —les dijo Diddy un poco avergonzado—. ¿Es… algo…

—No, tranquilo… Es solo que es una larga historia —respondió Dixie en un tono apagado.

—Esos simios eran unos exterminadores muy crueles —dijo Tiny con tristeza—. A nosotros nos tenían encerrados.

—Hemos estado huyendo y escondiéndonos de ellos por mucho tiempo —continuó Chunky de la misma forma—. Hace poco nos volvieron a encontrar, nos llevaban en un barco y nos lanzamos con uno de sus cañones para escapar.

—Y luego nos encontraron aquí —añadió Dixie—. Pero… veo que gracias a ti, se fueron lejos… y espero que no regresen.

Simios malos —exclamó Kiddy con su voz infantil y mostrándose asustado.

—Ya veo… Pero ¿por qué los tenían encerrados? —les preguntó Diddy con cierta preocupación.

—Ellos son líderes de una malvada organización —agregó Dixie con cierto temor—. Nos tenían esclavizados, y a nuestra familia…

Diddy pudo notar toda la profunda tristeza en los cuatro luego de preguntarles sobre esos simios a los que se acababa de enfrentar. Él no quiso ser más imprudente y se disculpó de nuevo.

—Está bien, tranquilos… Si quieren no lo cuenten ahora —respondió Diddy al notar toda la baja expresión de los cuatro y pensar que de pronto era un tema delicado.

—Oye, si tú estás aquí, ¿entonces hay más kongs en esta isla? —le preguntó Tiny con curiosidad.

—Claro que sí —respondió Diddy volviendo a sonreírles—. Verán, esta isla se llama Isla DK, aquí vivimos bastantes kongs, aunque también más animales.

—¿En serio? Miren, parece que aterrizamos en un buen lugar —dijo Chunky sonriendo un poco de nuevo—. ¡Chunky quiere conocerlos a todos!

—¡Sí! —añadió Kiddy dando pequeños saltos.

¡Sí! ¿Podemos, Dixie? —dijo Tiny tomando de un brazo a su hermana.

—No lo sé… —respondió Dixie mostrándose, en cambio, preocupada—. Primero debemos buscar un lugar donde quedarnos, y cuando se calmen un poco las cosas, trataremos de volver a nuestra isla… Espero que la encontremos.

—¿Algún lugar para quedarse? Podrían quedarse aquí si quieren —les sugirió Diddy con amabilidad—. Llamaré a los demás kongs para poder ayudarlos y…

—¡Espera! —interrumpió Dixie con cierto temor—. ¿Esta isla es… segura?

—Por supuesto que sí. Bueno, solo hay un rey lagarto llamado K. Rool que a veces nos molesta y…

—Ahh, creo que… mejor nos vamos a otro…

—Pero no se preocupen por eso —interrumpió Diddy tratando de no alarmarlos—. Hace poco tiempo tuvimos una batalla contra él; no nos va a molestar por un buen tiempo.

—¡Oh, vamos, Dixie! Aquí parece un lugar agradable —agregó Chunky animándola—. Aparte, a esos mandriles los mandamos a volar lejos.

—Sí, por el momento no hay peligros por aquí —agregó Diddy—. Llamaré a mis amigos para que…

—Ehh, ¿y tú no conoces alguna casa vacía, refugio o algo así? —interrumpió Dixie mostrándose aún con inseguridad.

—No hay problema, podríamos construirles una casa tal vez —les sugirió Diddy—. Incluso podríamos respaldarlos por si esos simios vuelven.

—No, no te preocupes —respondió Dixie, al parecer aún no muy segura de quedarse—. Solo queremos algún lugar para refugiarnos por el momento.

—Oh, bueno, bueno, está bien —respondió Diddy. Él les iba a seguir dando más sugerencias, pero tampoco quería presionarlos—. Miren, creo que hay una casa por allá. Vengan —señaló en una dirección hacia la jungla.

Los cinco se pusieron en marcha. Diddy dirigió a los nuevos kongs donde una vieja casa abandonada que él conocía; ellos necesitaban donde quedarse, y a Diddy siempre le ha asentado ayudar a quienes lo necesiten. Los otros cuatro kongs lo seguían entre la jungla y, mientras caminaban, iban hablando sobre ellos.

—Pero, Dixie, yo quería conocer a los demás kongs —le dijo Tiny algo frustrada hacia su hermana.

—Ahora no, Tiny… Primero hay que ver qué tal es este lugar —respondió Dixie en voz baja—. Y no debemos hablar con extraños tan pronto.

—Bueno, creo que Dixie tiene razón —agregó Chunky mostrándose con nervios—. Recuerden aquellos gorilas que conocimos en la otra isla que resultaron ser caníbales y casi nos comen vivos.

—Oigan, aquí nadie es caníbal —respondió Diddy tratando de darles seguridad—. Al menos de los kongs de nuestra manada sabemos que no son malvados.

—¿Y tú vives con alguien, Diddy? —le preguntó Tiny.

—Vivo con mi tío, Donkey Kong. Él es el futuro gobernante de aquí.

—¿Futuro gobernante? —preguntó Dixie—. ¿Y hay uno actual?

—Claro que sí, se llama Cranky, es mi bisabuelo… aunque es algo cascarrabias, eso sí —comentó Diddy con unas ligeras risas.

—¿Y tus padres? —le preguntó Chunky—. Ehh, ¿no vives con ellos?

—Bueno… no tengo padres —les respondió Diddy cambiando a un tono bajo—. D-diría que es un tema delicado, la verdad.

—Vaya, estamos iguales, nosotros tampoco los tenemos —dijo Tiny mostrándose con tristeza.

—¿En serio?... y… ¿pasó algo? —les preguntó Diddy con inseguridad.

—Larga… historia —respondió Dixie mostrándose triste también—. Es también un tema muy delicado.

—¡Simios malos! —agregó Kiddy dando a entender un poco la respuesta.

Al escuchar simios malos por parte de Kiddy, Diddy pudo suponer que algo terrible les había pasado y de seguro tuvo que ver con esa banda de simios. Él no quiso ser imprudente, por lo que se abstuvo de hacerles más preguntas al respecto.

—¡Miren, hemos llegado! —exclamó Diddy más tarde.

Habían llegado a la casa que Diddy les había dicho, pero a decir verdad… estaba en pésimas condiciones. Era una casa de árbol que estaba un poco vieja, sucia y tenía algunas fallas en la estructura, y lo peor era que, el árbol que la sostenía, era muy fino y se veía muy frágil, a punto de caerse.

—Oye, disculpa que lo diga, pero… ¿estás seguro de que se puede vivir… ahí? —preguntó Dixie señalando la casa con una sonrisa forzada.

—Pues… claro que sí —respondió Diddy de la misma forma al darse cuenta que en verdad la casa estaba en pésimo estado—. Vamos, subamos todos.

Los cinco kongs subieron uno por uno a la casa e inspeccionaron cada rincón de esta. Definitivamente, se encontraba en un estado muy deteriorado, pero aun así, Diddy quería convencerse de que seguía siendo adecuada.

—Ah, bueno… aquí pueden quedarse a dormir si quieren y…

Unos minutos después, la casa empezó a tambalearse debido al peso de todos. Hasta que, de una manera repentina, empezó a caerse hacia el suelo. Los kongs gritaron con desesperación mientras caían, pero por fortuna, solo se cayó el árbol; la casa aún seguía de pie.

—Ehh, no se preocupen, igual la casa todavía sigue intacta, ¿no? —excusó Diddy sonriéndoles, mientras los cuatro lo miraban con bastante rareza.

Los cuatro observaron de nuevo toda la casa. A decir verdad, se veía más segura en el suelo que cuando se encontraba arriba en el árbol.

—Aun así, esta casa no se ve tan mal como para quedarse —dijo Dixie encogiéndose de hombros y volviendo a sonreír un poco.

Los kongs aceptaron quedarse ahí, ya que después de todo, la vieja casa no se había derrumbado en su totalidad.

—Diddy, cuéntanos más sobre esta isla —le dijo Chunky después de un momento—. ¿Cómo son los demás kongs que viven aquí?

—Bueno, qué les puedo decir —respondió Diddy de forma pensativa—. Hay muchas historias de esta isla. Y los otros kongs, pues cada uno tiene su forma de ser.

—¿Tu familia o manada es muy grande o pequeña? —le preguntó Tiny con curiosidad.

Diddy quería animar a los nuevos kongs, así que se quedó un buen rato con ellos, incluso les consiguió luego unas bananas para que pudieran comer. Sin darse cuenta, llegaron a conversar un poco hasta tener algo más de confianza. Diddy les habló más de la isla y también de los demás kongs que vivían ahí, y hasta de su aventura contra el rey K. Rool…

—… Donkey es mi tío, aunque es más como un hermano mayor para mí, Candy es su novia, Wrinkly y Cranky son mis bisabuelos, Funky es nuestro amigo que siempre tiene nuevos inventos, Lanky es un primo lejano de Donkey, Swanky también es nuestro amigo…

…Tenemos una gran reserva de bananas para poder alimentarnos, aunque hay veces en que se la debe vigilar y proteger de los robos…

…Una vez me dejaron cuidando la reserva, pero llegaron esos kremlings…

… Nuestra reserva de bananas había sido robada, entonces Donkey y yo fuimos a salvarla… —contaba Diddy mientras que los otros cuatro estaban atentos a lo que decía.

Los cuatro kongs nuevos también le contaban ciertas cosas sobre ellos a Diddy, pero no entraban mucho en detalle debido a que, al parecer, no se sentían tan cómodos de hablar en contexto a lo que les estuvo a punto de ocurrir hace poco con aquellos mandriles.

Más tarde, Diddy vio que se hacía tarde, y Donkey llegaría a la casa en cualquier momento, así que ya se tuvo que despedir de los nuevos kongs que había conocido.

—¿Ya te vas? —le preguntó Tiny.

—¿Vendrás de nuevo? —agregó Chunky.

Al parecer, a los cuatro les había agradado conocer a Diddy y escuchar sus historias además de sus aventuras.

—Claro, ¿por qué no? —les respondió Diddy—. Podría venir mañana otra vez para que conozcan la isla, ¿qué les parece?

—Está bien, Diddy —dijo Dixie—. Fue un gusto conocerte.

—Y esta isla se ve interesante —agregó Tiny sonriendo—. Te esperamos.

—De acuerdo —respondió Diddy mientras salía de la casa—. Fue un gusto conocerlos también.

—Eh… Diddy —le dijo Dixie antes de que él se fuera—. Solo quisiéramos pedirte algo: por favor, no le digas todavía a nadie sobre nosotros cuatro… Queremos mantener un perfil bajo hasta que podamos estabilizarnos, ¿de acuerdo?

—Oh, está bien, no se preocupen —respondió Diddy sonriéndoles—. Entonces nos vemos mañana. Hasta luego.

—Hasta luego, Diddy —dijo Chunky a lo que Diddy partió.

—¡Y gracias de nuevo por salvarnos de esos simios tontos! —gritó Tiny a la distancia.

Diddy se fue con rapidez a su casa antes de que Donkey llegara, ya que había salido sin decirle nada. En el camino, se puso a pensar en los nuevos kongs que habían llegado a la isla; de no haber sido por él, esos mandriles malvados ya los habrían acabado. Diddy los había salvado… ¡había salvado cuatro vidas! y se sentía muy bien por eso. A Diddy le agradaron mucho los nuevos kongs y esperaba poder conocerlos más.

Donkey ya estaba cerca de su casa, y Diddy justamente también lo estaba. Él se había apresurado a entrar por la ventana y, al haber ingresado, tomó unos libros para simular que llevaba tiempo allí. Luego, entró Donkey a la casa y saludó a su sobrino.

—¡Hola, Diddy!

—Oh, hola, Donkey —respondió Diddy mientras estaba recostado en el sofá—. ¿Cómo te fue?

Diddy quería contarle lo sucedido en esa tarde y sobre los cuatro kongs nuevos que conoció, pero no podía ya que, a pedido de ellos, no tenía que revelar su información. A pesar de que Diddy no sabía bien a fondo cómo era su historia, tenía bastante curiosidad de saber más sobre ellos, pero supuso que no debería ser tan imprudente en preguntarles de forma directa qué les había sucedido antes de llegar a la isla DK.


N/A: Hasta aquí el capítulo 2 :)

Por cierto, tengo los dibujos conceptuales de mis OCs, de esos niños bravucones de Kong Kollege. Los pueden encontrar en la versión Wattpad al final del capítulo 2, estoy como LucyKMC22, o en mi Devianart.