Tomie no socializaba mucho, apenas salía de casa por una constante paranoia de que alguien iba a jalarla del brazo e iba a apuntarla con un dedo, incluso si la Comisión se había encargado de borrar cada rastro del hombre que arruinó su vida, las marcas de sus manos seguían bailando por todo su cuerpo, burlándose de ella al albergar la mínima esperanza de que todo había terminado.
Los gritos e insultos rebotaban en su cabeza, y en lugar de vomitarlos todos como había insistido el psicólogo de la Comisión, reverberaban en su cabeza, destrozando todo lo que tocaban.
El cansancio era evidente en su semblante, con una simple mirada aburrida y un leve gruñido, la gente entendía que no estaba de humor. Ella nunca estaba de humor para nada en realidad.
No había nada que agitara su corazón, ni nada que emocionara su alma. La única emoción que su cuerpo se permitía sentir era la que despertaba de su autoconservación. Huir y esconderse. El pánico y temor que brotaban en sus entrañas al pensar en que alguien fuera a hacerle daño era lo único que la impulsaba a moverse y actuar. Incluso si la Comisión había asegurado su bienestar, ella nunca se sintió segura.
Por un momento, miró sus manos e intentó hacer un gesto como si estuviera sosteniendo algo. Los dedos de sus manos crujieron, renegando la acción, como si el simple hecho de pensarlo ya era un sufrimiento que había acumulado mugre a lo largo de los años, ganando una infección y latiendo de dolor durante mucho más tiempo.
Se ajustó la bolsa de compras y pensó distraídamente en que iba a comer mientras frenéticamente miraba la hora en su muñeca. Tenía el tiempo estipulado para mantenerse afuera de la casa y no quería pasarse ni un minuto de más.
—¡Feliz día de las madres!
No supo porque torció su cabeza en dirección de la animada voz. Quizás algo oscuro y pastoso se revolvió incómodamente en la insignificante pasa que tenía por corazón, obligándola a mirar para plantar más profundo la viga de hierro en su pecho que venía arrastrando de años.
La imagen se miraba a blanco y negro para ella, como casi todo en su diario vivir. Sus ojos cansados solamente podían distinguir el color de sus postres y cualquier variación del color dorado.
Pero ella no soportaba mirar ese color.
El niño que estaba felicitando a quien parecía ser en realidad su abuela de forma muy animada en el patio de la casa, estaba arrodillado cómicamente en el piso mientras le mostraba un par de girasoles con la sonrisa más brillante que podría rivalizar con el sol.
Tomie gruño en su lugar, pero no se movió, se quedó ahí más tiempo del que quisiera admitir, con sus brazos colgando sin fuerzas y los labios fruncidos, mientras su esponjoso cabello escondía su mirada desolada.
Sus ojos protestaban arrugandose debido al brillo de los pétalos dorados de la flor contra la luz del sol, agitándose con el viento mientras las felicitaciones hacia la madre y las risas se volvían solo ruido blanco.
Se quejó cuando entró un par de minutos tarde a su casa, recriminándose por cómo había sido un fantasma en medio de la calle. Nadie se había atrevido a decirle algo a la taciturna señora Ukai que estaba entorpeciendo la pasada y lo espeluznante que se veía observando a otras familias en silencio. Simplemente habían pasado de largo como si ella no existiera.
Fue hasta que la madre y abuela que observaba, se acercó a ella con una sonrisa incómoda, pero amable, con su nieto en brazos, jugando con los largos y brillantes pendientes de la mujer. Sólo reaccionó cuando le preguntó si quería unirse a la fiesta. Tomie arrugó el ceño de tal forma como si la hubiera ofendido y apuñalado, una mezcla entre vergüenza e incomodidad agitándose en su estómago, se disculpó con torpeza por su comportamiento.
—¡Oh, no importa, Ukai! —La mujer fue lo suficiente amable como para agitar su mano en un gesto de restarle importancia, acomodando al niño en sus brazos—. Pero la propuesta sigue en pie, al menos que tengas planes con tu familia... ¿Estás planeando o esperando la visita de algún familiar?
Nadie sabía mucho sobre Ukai Tomie, solamente que un día se había mudado hace ya casi diez años, y que salía sólo para comprar o para dejar algún nido que ella construyó en el parque cercano, pero no hablaba con nadie más de lo necesario. Así que nadie sabía a ciencia cierta si tenía más familia o hijos. Tampoco nadie la visitaba. Parecía aislada y triste en su colorida casa que no concordaba con la personalidad silenciosa, que odiaba llamar la atención, de la delgada mujer que siempre vestía ropas más grandes para ella.
Los residentes más antiguos aseguraban que tenía al menos un hijo, pues alguna vez, en sus primeros días después de que llegó, compró varios juguetes para niños, pero nadie realmente logró presenciar al dichoso infante. Tiempo después, la única vez que Ukai Tomie había estado fuera de auto impuesto toque de queda y había mostrado el mínimo indicio de emoción real, bebió de más, llorando en una esquina de una cantina, susurrando un nombre con un tono tan desgarrador y lastimero que la amable gente del barrio simplemente desvió la mirada para no incomodar más a la mujer que parecía tan sola y rota, cuya aura de tristeza habría destrozado hasta al más hábil héroe.
Al día siguiente, un agente de la Comisión de Seguridad para Héroes, la había regresado a su casa y se le había asignado un psicólogo y un terapeuta para que contara sus problemas, incluso tuvo que regresar un tiempo al hospital por segunda vez. La Comisión cumplió su promesa de asegurar su bienestar tal y como habían acordado en el contrato donde les entregaba lo único que tenía.
Así que nadie estaba seguro si ese niño realmente había existido, si había muerto, se había perdido o simplemente la había dejado atrás.
Tomie contempló a la mujer con el pequeño, el tono entre el gris pastoso de un rincón abandonado y el azul apagado semejante a un glaciar que afilaba su mirada hizo retroceder a la amable señora, y su falta de respuesta solamente la hizo sudar. Tomie la contemplaba de tal manera que pudiera cortar su alma, y hasta que el niño empezó a sollozar fue que Tomie pestañeó y se decidió a contestar con un tono monótono.
—Yo no tengo hijos.
Y eso no era del todo una mentira. Ukai Tomie no tenía ningún hijo. Ni siquiera una pareja. Era una mujer soltera y triste que cuidaba de su jardín con mucho esmero, y hacía nidos de pájaro en los árboles de la residencia y parque cercano en horarios estrictos. Ella no tenía familia. Era el papel que le habían asignado, era la recompensa que había recibido en el pasado con su contrato y el borrón y cuenta nueva que aseguraba un mejor futuro para ella.
Una nueva vida, donde podía tener todo lo que quisiera, pero no tenía nada.
Con una pequeña reverencia y un sonido suave de agradecimiento, se retiró del lugar, regresando a su postura ligeramente encorvada, como si quisiera que la tierra se abriera y se la tragara.
Caminó hasta su cocina, su casa de lujo solamente tenía lo necesario, podía llenarse de objetos valiosos y bonitos que seguro iban a hacer su vida más fácil, pero aquello no le llamaba la atención. Por lo cual, su casa lucía casi tan vacía como el día que había llegado.
A excepción de una habitación, justo al lado de la suya, abarrotada de juguetes nuevos para niños, de todas las variedades posibles y edades hasta los doce años.
De vez en cuando le asaltaba la idea de que debía regalarlos, o hacer una pequeña subasta y conseguir algo más de dinero extra; pero al pensarlo con seriedad, en realidad no necesitaba el dinero, la pensión que se le había asignado era más que suficiente. Tanto que muchas veces no sabía qué hacer con tanto dinero que le llegaba, en su vida nunca había tenido acceso a tanto capital que solamente se abarrotaba en su caja fuerte sin ningún significado o valor real para ella.
Además, aquellos objetos habían sido comprados con el último gramo de debilidad que albergaba en su hueco corazón, mientras su mente pensaba en una imagen no tan mala del futuro que le esperaba, para que finalmente, esa misma imagen se volviera, con el tiempo, en un puñal cubierto de ácido que terminó resquebrajando su alma por completo. No sabía cómo ponerle precio a ese dolor, ni tampoco era tan fuerte como para deshacerse de él. Así que simplemente lo guardó con una llave de oro en un rincón de su mente.
Preparó su comida en silencio, más distraída de lo usual. No había terminado de servirse cuando su alarma retumbó en la habitación.
El desconcierto la golpeó mientras veía el reloj de una avecilla roja vibrar en la mesa sin saber bien qué significaba o que estaba pasando; no fue hasta que su mirada identificó la hora donde la luz del entendimiento azotó su consciencia.
Dejó a un lado lo que estaba haciendo, casi tropezando con sus propios pies, corrió hacia su sala y encendió la televisión en el canal 7.
La introducción del noticiero estaba terminando y suspiró aliviada de no perderse la gran cosa. Normalmente, comía en tiempos fijos y podía ver las noticias mientras hacía la digestión, pero se había perdido demasiado en sus pensamientos y el tiempo siguió avanzando sin que se percatara.
Limpio rápidamente la cocina y se trajo consigo el plato al sillón, donde se acomodó y espero.
Lo que pasaba en el mundo la tenía sin cuidado. Todo se veía gris y triste desde su perspectiva. Y no entendía mucho el valor de los héroes. No había conocido a ninguno en su vida, y aunque Endeavor le había arrancando el mal que la encadenaba, no había hecho nada más que eso. Los problemas de los adultos no se solucionan simplemente extirpando a la persona que los ocasiona, quien ha dejado secuelas y desastres en su paso, y no iban a solucionarse con aislar y encarcelar.
Desde su perspectiva, Endeavor realmente no la había salvado, solamente solucionó uno de sus problemas, uno que incluso un policía hubiera resuelto de hacer su trabajo como se debía. Su ex pareja en realidad no era muy inteligente, la única razón por la que continuó como fugitivo era debido a ella y su estúpida e inútil dependencia.
Pero al arrancarlo, tuvo que huir de donde había lanzado unas pocas raíces y ya no tenía a donde ir. No podía ponerse a trabajar porque la gente la reconocería y la señalaría. Y no tenía la fuerza para conseguir dinero por su propia cuenta. Estaba tan cansada, con tantos problemas sobre la vivienda, la comida, la policía, la salud y el niño, — Cielo Santo, el niño —, que no tenía ni la menor idea de dónde y cómo comenzar a cubrirlo todo.
Claro, su hijo no supo dimensionar eso de la misma manera en que ella lo hizo. Para su hijo y su mente corta en ese momento, su única preocupación era ser golpeado por su padre, y ya estaba acostumbrado a aguantar hambre; ahora que él ya no estaba, el pequeño podía permitirse ser positivo.
Tan ingenuo como era, estaba convencida que moriría en los callejones en el menor descuido. Cosa que la abrumó en más de un sentido en su momento. Sería tan sencillo dejarlo en medio de la calle y ella desapareciera cuando se iba a buscar algo que comer. Nunca podría encontrarla. Podría deshacerse de él y ni siquiera tendría que preocuparse.
Hoy en día, todavía no comprende porque se quedaba en ese callejón, escondida, con sus grandes ojos pendientes del camino donde su hijo se había ido, esperando por horas hasta que volviera con esa pequeña y esperanzada sonrisa, contento de haber encontrado algo para ella, recostandose a su lado, envolviendola con sus alas torpes, como si todo ya estuviera bien y solo les esperaban cosas buenas.
Salto en su puesto y dejó de comer cuando un llamativo color amarillo apareció en la pantalla, dando volteretas con real maestría en el aire y sonriendo a la cámara con una osadía digna de un trapecista en llamas y una piscina de tiburones debajo.
Esto era lo único que le interesaba del programa. Siempre a la misma hora, de lunes a viernes, se daban una repetición de los mejores ángulos de los héroes profesionales salvando a la gente o haciendo su trabajo para agradecer a la ausencia por su apoyo.
Y él... él siempre aparecía, sin falta alguna. Joven y ágil como era, Japón entero estaba al pendiente de sus hazañas, y lo vitoreaba con orgullo. Orgullosos de su talentoso número 3 que nunca flaqueaba y siempre era un carismático amigo del vecindario para sus fans.
Tomie ni siquiera sabía que hacía viendo a este hombre. Este tipo que no parecía tener preocupación alguna y siempre sonreía a la cámara. Pero, era respetado, incluso con su actitud infantil, la gente lo respetaba y dejaba dentro de ella una mínima sensación de orgullo fuera de lugar, porque él había salvado a muchísimas personas y sabía sobrellevar las crisis. Este hombre que la Comisión de Seguridad de Héroes había diseñado.
Este hombre increíble y aclamado. Como un rayo de sol, vibrante y osado.
A su lado, incluso su sombrío semblante se ablandaba un poco más. Verlo en la pantalla, luciendo bien y sano, era razón suficiente para ir a dormir y querer despertar.
Porque si ese tal Hawks seguía volando por los aires con sus enormes e invencibles alas carmesí, entonces el mundo todavía valía la pena para ella.
—¿Es muy divertido volar, ...Keigo?
El nombre le sabía a cáscaras rotas de huevo clavándose en su lengua y a telarañas jalando su músculos internos para cerrar sus labios. Era casi desconocido y su acento de Kyushu sonaba un poco tosco.
De vez en cuando lo mencionaba, incluso si él ya no usaba ese nombre, para no olvidarlo. No sabría qué haría si lo olvidará. Quizás Hawks se había desecho de ese nombre para deshacerse de ella... pero Tomie todavía no podía soltarlo. Era todo lo que le quedaba de su hijo.
Como ya era usual, la mayoría de las tomas se trataba de Hawks salvando el día. Tomie ya lo había notado, cuando eran festividades que involucraban a la familia, el canal 7 siempre se abarrotaba de imágenes de Hawks, casi como si fuera el único héroe en curso.
Tomie reflexionó sobre cómo la mayoría de los héroes pedirían permisos para ver a sus familiares, pero Hawks no tenía ningún vínculo con alguien, así que era fácil para él tomar más de un turno.
De repente, ya no tenía hambre.
—Tú... tú tampoco tienes madre para pasar este día, ¿verdad?
La risa que salió de su cuerpo fue hueca y fría, nada que ver con la bonita y cálida sonrisa que Hawks estaba dándole en ese momento a la pantalla, donde esos ojos dorados brillantes que estaban mirando directamente a la cámara como si pudiera verla a ella. Pero Tomie estaba segura que si Hawks la viera en la calle, lo menos que haría sería sonreír de esa manera.
Se veía bien, era bastante guapo. Parecía satisfecho, aunque sus ojos seguían siendo aterradores, como si pudieran atravesar el alma, supuso que eso era el único rasgo que compartía con ella y que no había podido deshacerse.
Recordó vagamente cómo se sintió cuando era pequeño y la observaba de esa misma manera intensa desde el rincón de la casa, como queriendo decir más de lo que sus acciones reflejaban.
Se arrastró fuera del mullido sillón y se sentó lo más cerca que pudo del televisor, tan cerca que podía estirar su mano y tocar la pantalla donde el fantasma de su hijo se pavoneaba.
—Ninguno de nosotros tiene familia para pasar este día, ¿cierto, Keigo? —Pasó sus delgados y pálidos dedos por la pantalla—. ¿Por eso trabajas todo el día, para no pensar en ello? ¿Para que los fantasmas no regresen a ti y te arrastren de nuevo a una casa vacía con el techo y las ventanas rotas? —La risa hueca volvió a salir, esta vez, más ronca que antes— ¿... Con la mamá cobarde y silenciosa en el rincón? Si, yo tampoco quisiera pensar en ello.
Y aún así, estaba ahí, hablándole a la pantalla donde la imagen de Hawks salía volando por los cielos. Libre y sin preocupaciones.
Quizás eso estaba bien.
Si, estaba bien.
Si su hijo finalmente había roto sus cadenas y volaba por los cielos con tal libertad abrumadora, dejándola atrás en el suelo y todo lo que ella representaba. Estaba bien.
—Si yo pudiera volar, también iría muy lejos... Tan lejos... A un lugar donde nadie pudiera recordar mi pasado.
Pero ella no nació con alas, solamente con un Quirk inútil que le permitía ver los 360 grados de basura que era su vida con total claridad y en múltiples tonalidades.
El dorado que tanto le conmocionaba, pero que necesitaba en su vida se alejaba de la pantalla, y una súplica se ahogó en su corazón antes que empezara a temblar sin derramar ni una pequeña lágrima, como si se hubiera quedado seca desde hace mucho tiempo y su corazón, además de estar roto, también fuera un desierto donde nada crecía y todo moría.
Si yo no hubiera sido tan cruel, si no fuera nadie para ti... ¿me salvarías... así cómo salvas a todo el mundo? .
No quería a ningún otro héroe. Ningún otro fanático de All Might o un tipo compasivo que le tendiera la mano o un obsesionado con el reconocimiento. Ya sabía de primera mano, que esos héroes realmente no salvaban. Ella solo quería que alguien le tendiera la mano y la hiciera sentir mínimamente cálida por dentro. Como menos repugnante y vacía como de costumbre. El hueco de su corazón tenía la forma de su antigua pareja, pero solamente podía ser llenado por su niño.
Solamente quería a su hijo de vuelta.
Pero a estas alturas, ya lo sabía.
Su hijo ya no existía.
Y lo mejor para Hawks, era que Takami Keigo no existiera.
Así que, Takami Tomie tampoco existía. Todo con tal de asegurar la victoria brillante de Hawks.
Hawks era brillante y un gran héroe. Muy dentro de ella, estaba impresionada por sus hazañas. E incluso si dolía, ella quería seguir viéndolo todos los días. Porque estaba tan orgullosa de lo que era, incluso si no debía de sentir la mínima emoción por ello.
Ella no creó a ese héroe, ella nunca lo apoyó. Ella había sido un obstáculo. Apartarse de su vida había sido lo mejor para Hawks, porque no había telarañas que limpiar en su armario, solamente llenándolo de ropa de calidad y cartas de admiradores. Una vida tranquila y llena de lujos. Era lo menos que se merecía su hijo por todo lo que había pasado.
Sus ojos finalmente se cristalizaron mientras se hacía un ovillo en el suelo, pero ninguna lágrima salió de sus globos oculares.
No se permitió llorar. No cuando era algo bueno. No por él. El recuerdo de su hijo no debía llorarse nunca. Él estaba en un lugar mejor y ella debía dejar de ser el lodo en su vida.
Pero dolía.
Dolía demasiado.
Dolía tanto como si estuviera matándola paulatinamente por dentro sin ninguna oportunidad para hacer que el dolor se detuviera.
—¡Hemos terminado, jefe!
Hawks asintió a su asistente, tarareando una respuesta, con la cabeza metida en la pila de papeles sobre los casos del día de hoy y otras anotaciones de su equipo.
Levantó la mirada cuando se percató que la mujer continuaba de pie en la puerta, alzó una ceja sugerente para que terminara de hablar.
Su asistente se removió nerviosa en su lugar, apretando los dedos de sus manos entre sí, hasta que finalmente elevó la vista de sus tacones con una pequeña mueca.
—¿No piensa... ir a casa, jefe? —preguntó con cautela.
En la agencia se especulaba mucho sobre la familia de Hawks. Al punto que la mayoría coincidía con que era huérfano y que la Presidenta de la Comisión era como su madre. Pero en las festividades de familia, lo menos que hacía era volver a casa o mandar algún mensaje por su celular. Su actitud despreocupada prevalecía, pero parecía tan poco convincente debido a cómo cada año aumentaba los turnos para trabajar y dejaba a libre decisión quienes quisieran faltar esos días, admitiendo que él no tenía nada que hacer y podía hacerse cargo del trabajo extra al menos esos días.
Era un caso perdido hacer que Hawks volviera temprano a casa en esas fechas para que, al menos, descansara. Este año en cuestión, estaba especialmente inflexible.
Incluso cuando le sonrió al ladear la cabeza, no había sentimientos en su mirada.
—Lo haré después de que termine de analizar este caso.
Siempre decía eso. Nunca llegaba al último caso hasta que ya era demasiado tarde. Pero él era su jefe, y ella su subalterna no podía corregirlo. Así que simplemente sonrió con resignación.
—Muy bien, jefe. ¡No olvide descansar y... comer! ¡La comida es importante!
La mujer hizo un esfuerzo por no hacer una mueca cuando buscó la bandeja de comida que le había dejado a Hawks hace unas horas. Ni siquiera la había tocado.
—¡Claro que lo haré, Kuroko-chan! ¡Todo estará bien! ¡Ve con cautela!
—Bien... yo supongo que me iré.
—¡Salúdame a tu encantadora abuela de mi parte!
—Lo haré, jefe... Pase un buen día.
En cuanto la puerta se cerró, Hawks dejó escapar un suspiro pesado y ruidoso. Revolvió sus rebeldes mechones y volvió a suspirar, está vez, con menos fuerza. No le gustaba ser demasiado obvio de que quería quedarse hasta tarde en el trabajo, pero a esta hora del día, su cerebro ya estaba frito entre tantas patrullas y cámaras.
Estaba entrenado para dar un mejor rendimiento en el mayor tiempo posible, pero volar sobre la ciudad con tantos anuncios de madres cariñosas e hijos buscando regalos a sus progenitoras con real ilusión, era un poco estresante. No encontraba un equilibrio sobre cómo disfrutarlo cuando realmente no tenía buenos sentimientos afiliados a la figura materna y tampoco deseaba pasar mucho tiempo reflexionando al respecto, pues las memorias de una mujer que en lugar de darle una mirada, le daba la espalda, como si fuera lo único que mereciera regresaban a su mente, hurtando sus pensamientos y entorpeciendo sus labores profesionales.
Intentaba pensar en el lado gratificante del asunto, aunque no dejaba de ser doloroso; sobrevolar sobre todos esos hijos que amaban a unas buenas madres, y que él se encargaba de que ningún maleante les arruinara el día especial tenía su efecto positivo. Protegía sus sonrisas y eso de alguna manera hacía sentir su pecho cálido.
Que el día fuera un asco para él no significaba que lo fuera para los demás. Podía estar orgulloso de mantener todo a raya, en esos momentos, necesitaban de Hawks, aquel héroe que había pasado su infancia entera volviéndose el hombre que sería capaz de defenderlos desde las alturas.
Y cuando era Hawks no tenía porqué pensar en esa mujer, porque Hawks no tenía familia. Hawks no tenía ninguna madre. Solamente volaba de extremo a extremo, sonriendo y resolviendo conflictos para mantener el orden en cualquier rincón. Era fácil ser Hawks en esos días, donde dejaba de pelear contra su máscara y simplemente dejaba que se adhiriera a su rostro, a su alma, con mayor fuerza que nunca. Y no le molestaba en lo más mínimo.
Un suspiro más de sus labios, casi tan pesado como la carga en sus hombros, escondiendo sosteniendo su cabeza con sus manos y tembló de una manera lamentable y silenciosa, con una sacudida de emociones en las cuales no quería interiorizar. Porque era más fácil sólo apartarlas y no pensar en ello, que enfrentarlo y dejar que el castillo de arena que había construido, todo extravagante y con falsa fortaleza, se derrumbase.
Todos los años, sus alas se erizaban en este día, y era difícil mantenerlas suaves para el público, como si estuviera tratando de espantar a un fantasma y volar de regreso hacia una esquina, donde una mujer de aspecto triste mantendría la espalda en su dirección, distrayéndose con la televisión, mientras varios de sus ojos invocados por su Quirk lo observaban con frialdad, juzgandolo, reclamandole, aterrando a un niño pequeño y depositando la carga de todos sus dolores en sus diminutos hombros.
Muchas veces se preguntó porque esos ojos fríos y flotantes siempre estaban encima de él, expectantes y pacientes.
¿Tal vez... todo el tiempo ella había deseado que él desapareciera y por eso mismo lo miraba? ¿No quería perderse el segundo en que ese niño se rompiera y finalmente dejara aquel horroroso lugar de tormento, y la dejara en paz?
Le encantaría preguntarle. Le encantaría hacerle muchas preguntas a decir verdad, pero no quería verla. No tenían el valor para verla. Sabía que había tenido una buena vida después de que lo entregó a la Comisión de Seguridad, sabía que recibía dinero suficiente para tener una vida más que plena, él mismo había aceptado el presupuesto la única vez que los agentes encargados en su bienestar le habían preguntado su opinión.
Recordaba la cifra y la dirección de la casa de memoria. A veces, cuando dejaba que el viento lo guiara y veía que estaba cerca, a propósito cambiaba el rumbo a una dirección completamente diferente.
Algunas veces, había estado cerca de ir a esa casa, incluso si la Comisión la mantenía en su mayor parte, una fracción de su propio salario iba ahí y él la había seleccionado de entre todas las casas que le pusieron de opciones, puesto que su madre en aquel entonces, realmente le daba igual.
Una pequeña versión de él, aquella ingenua y débil que todavía buscaba la más mínima reacción de afecto en su madre, había hecho todas esas cosas para tener cierta conexión con ella y que su madre no se olvidara de él. Pero ahora, ese gesto amable resultaba una cadena pesada en su alma, que por más que intentó desprenderse, en el silencio y en su debilidad, todavía regresaba a presionar su garganta, empezando a ahogarlo.
Sentía que si realmente olvidaba sus orígenes, algo malo podría pasar. Sabía que su vida no estaba precisada para ser larga, pero si en algún momento, por un milagro, lograba comprometerse lo suficiente como para querer formar una familia, quería tener presente la propia, para no repetir ese mismo camino y romper el ciclo vicioso de dolor y desesperación.
Estaba convencido de que esa era la única razón por la cual todavía continuaba pendiente. Y no tenía nada que ver con ese agujero en su alma en cómo nunca llamó a su madre, incluso cuando se le permitió tener un contacto delicado con ella debido a su situación, y en cómo ella tampoco, lo buscó.
—Supongo que al final, ninguno necesitaba del otro... ¿cierto, …mamá?
Ya no era un niño escondido en el rincón, temblando en medio de un nido de miedo y ansiedad, finalmente tenía alas fuertes, había abandonado el destruido y desolado nido en que se crío. Ya no necesitaba de su madre...
Estaba completamente bien...
Gruño, pensando en cómo voló tan alto solamente para terminar en otro nido, más semejante a una jaula que el anterior. Y se preguntó, con el cansancio palpable al dejar caer su cabeza en el escritorio, si hubiera sido diferente si solo se hubiera quedado con su madre. Con su insuficiente madre.
Le dolía pensar, que tan rota como estaba Tomie, nunca fue suficiente para él y por eso no podía verla ahora, porque la había apartado tanto que solamente le causaría más dolor.
—Espero que al menos tú si encuentres libertad...
Y con deseo ferviente en mente, espero que su madre estuviera bien, sin saber que Tomie estaba arrodillada, rogando por la felicidad de su hijo, incluso si ella no formaba parte.
Soñaban despiertos sobre el bienestar del otro, cuando un nudo en su garganta se dilataba por querer verse otra vez, aunque sea un segundo más, sin contar con la valentía de intentarlo.
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¡Escribí esto el año pasado, pero no logré salir a tiempo para el día! Aunque el tiempo le hizo bien, aún me encanta muchísimo. ¡Espero que lo hayas disfrutando! Felicidades a sus madrecitas 3
