ENTRE SOMBRAS

Por: Escarlata

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PARTE 1

Ad Stella 172, Distrito Earth

"Debes creerte bastante poderoso si vienes a mi territorio a hacer destrozos y pensar que saldrás sin castigo", dijo la vampiresa con voz severa, molesta y poderosa. Nadie creería que un menudo cuerpo como el suyo pudiera tener tanta presencia. No es el tamaño, es la actitud, rezaba el dicho. Y vaya que Miorine Rembran tenía mucha actitud a pesar de estar sentada en una caja desgastada de esa vieja bodega abandonada.

Un demonio puro de bajo rango, pero con el ego bastante inflado, creyó que podría llegar a esa aborrecida zona de la ciudad de Benerit a hacer de las suyas, después de todo eran los conocidos barrios sucios donde vivían mestizos en su mayoría y que se mezclaban bien con los humanos. A pesar de saber que ese Distrito ya tenía a alguien a cargo, poco pareció importarle… Hasta que fue cazado precisamente por la encargada de la zona.

"¿Y me vas a castigar tú, preciosa?" Preguntó el demonio, burlón. Le causó más gracia que extrañeza el no poder percibir su presencia del todo, seguramente era demasiado débil por culpa de su naturaleza como mestiza. Sonrió. "¿Sabes? Eres bastante atractiva pese a todo," habría que estar ciego para no notar que ese cuerpo, aunque menudo, era hermoso en su totalidad con su cabello blanco y largo y sus curvas ceñidas en un par de shorts de mezclilla, medias, botas de tacón alto, blusa de manga corta y una hermosa chaqueta de piel. "¿Qué te parece si hacemos las cosas más interesantes y vienes conmigo? Tengo mucho por ofrecer", dijo con una risotada mientras se palmeaba la entrepierna de manera vulgar.

Miorine puso un gesto de visible aburrimiento.

"¿De verdad crees que me puedes satisfacer en la cama?" Preguntó la chica con desinterés.

"Lo que más me preocupa es romper la cama y a ti, preciosa, te ves bastante delicada", el demonio comenzó a acercarse más a ella. "¿Qué dices?"

"En primer lugar, no me llames 'preciosa', no somos iguales, demonio apestoso", dijo la vampiresa, fría. Mostró sus colmillos, remarcándole al demonio su verdadera naturaleza. "Y en segundo lugar, si tanto me quieres, debes derrotar primero a mi mascota".

"¿Mascota?" Preguntó el demonio, confundido. Al entrar al sitio sólo la percibió a ella. ¿Qué otra criatura estaba ahí? No podía ser un humano, los humanos tenían un aroma bastante particular. ¿Algún mestizo de licántropo o de animal? ¿Un cazador humano?

Muchas preguntas. Lamentablemente para él, llegó la respuesta.

Un profundo gruñido hizo eco en la enorme bodega, el ambiente se sintió pesado y el demonio fue atacado por un escalofrío de cuerpo entero. El gruñido se hacía más audible, casi insoportable. Miró a la vampiresa, que se mantenía quieta en su sitio y sin que el gesto le cambiara. El demonio no evitó el impulso de comenzar a retroceder hasta chocar con algo grande y peludo.

"Mi mascota es muy linda, ¿verdad?" Preguntó Miorine con una sonrisa burlona.

Lo que ahora acechaba al demonio era un lobo de pelaje rojizo y proporciones gigantescas, ¡era del tamaño de un caballo! No, incluso un poco más grande. Sus colmillos eran enormes y los mostraba todos mientras gruñía.

"¿¡Qué mierda es esa bestia!?" Porque eso definitivamente no era un licántropo, los licántropos no podían adoptar una forma de lobo total, sólo el de la bestia humanoide maldita. Tampoco era un Animal Cambia-formas, ninguno tenía tamaños anormales.

"Ya te lo dije, es mi mascota y tiene hambre", dijo Miorine con una sonrisa pequeña y lo siguiente lo dijo con voz dulce y coqueta. "Mi linda cachorrita… Ataca".

Y la bestia atacó.

El demonio intentó salir corriendo usando su gran velocidad, pero no era rival para la poderosa bestia, que le cerró el paso con una larga zancada y soltó una mordida. El demonio retrocedió como pudo e intentó correr hacia la vampiresa por simple instinto.

"¡Me iré de aquí, ya no molestaré a nadie, pero no me maten!"

"Cobarde", masculló Miorine. "Si puedes salir de la bodega por tu propio pie, serás libre de irte y no te perseguiremos. Pero como hagas algo estúpido, mandaré a mi mascota por ti, ya tiene tu aroma grabado después de todo".

La loba rojiza soltó una mordida que el demonio esquivó a duras penas, pero a costa de su brazo izquierdo. El pobre diablo comenzó a gritar desesperado mientras se arrastraba de manera bastante lamentable por el suelo, dejando su sangre negruzca embarrada. Era aterrador ver a la bestia mordisquear su brazo, el crujir del hueso hacía eco en sus oídos.

"Oh, y ahora tiene registro de tu sabor, cuidado si le gusta, quizá te busque para comerte entero como si fueras una pieza de pollo frito", comentó la vampiresa con tono aburrido. El demonio gritó y salió corriendo como alma que lleva el diablo.

La loba roja esperó hasta ya no sentir la presencia del demonio para poder escupir el maltrecho brazo con gesto de asco, incluso arrugó el hocico antes de recuperar su forma humana. Lo que quedó a la vista fue una alta chica de larga cabellera rojiza, fornida, piel tostada y ojos aguamarina. Vestía pantalones de mezclilla, chaqueta y botas de cuero, todas sus prendas estaban encantadas o de lo contrario se romperían en cada transformación. De hecho iba a juego con la vampiresa, les gustaba vestir igual.

"¡Sabe horrible!" Se quejó Suletta con lagrimitas en sus ojos mientras tenía la lengua de fuera y medio rostro manchado de sangre negra.

"¿En serio?" Miorine se acercó a ella y con su dedo tomó un poco de la sangre que Suletta tenía en las mejillas y la lamió, sólo para poner el mismo gesto de desagrado y tratar de escupir la sangre. "¡Qué asco! ¡Con razón nadie caza a los demonios para comérselos!" Rápidamente fue por su bolso y sacó una botella de agua para dársela a Suletta. "Ten, lávate".

Suletta obedeció de inmediato y se limpió rostro y boca, después bebió suficiente agua. Ya recuperada, la loba miró a Miorine con un gesto curioso. "Él no volverá, ¿verdad?"

"No lo creo, le diste un buen susto, mi mascota", dijo la vampiresa con una sonrisa pequeña pero divertida. Comenzó a rascar detrás de la oreja humana de Suletta como si de un cachorro se tratase y notó el gesto de contento en ésta, y tanta fue su alegría y gusto que sucedió lo inevitable. Las orejas humanas desaparecieron entre los mechones de cabello rojizo y brotaron las orejas y cola lobunas. Miorine ahora sí rió de manera linda. "Sigues siendo débil a las caricias".

"Es tu culpa, Mio", dijo una encantada Suletta mientras su cola se meneaba alegremente. Encaró a la vampiresa y puso un gesto graciosamente serio. Suspiró y buscó un beso, pero fue detenida por la palma de Miorine. Hizo un gesto de infantil berrinche. "¡No es justo!"

"No hagas una escena", la regañó mientras ponía ambas manos en las orejas lobunas de Suletta y con suaves caricias hizo que volvieran a esconderse. La cola por igual desapareció. "Si te dejo iniciar algo, se nos hará tarde. Tenemos que ir al bar, ya casi es hora de abrir".

Suletta sonrió. "¿Podemos pasar por hamburguesas al carbón en el camino?"

"Sí, necesito que comas para poder comer yo", dijo Miorine con un suspiro, miró a Suletta largamente y fue ella quien la sujetó por el cuello de la chaqueta, la hizo agacharse para poder besarla por exactamente tres segundos antes de soltarla. "Vámonos", fue la primera en salir de ahí a paso rápido.

"¡Mio-Mio! ¡Eres mala!" Suletta fue detrás de ella y la alcanzó para poder ir de la mano.

"¡No me digas así!" Reclamó una ruborizada Miorine, no importaba cuánto tiempo pasara, no podía acostumbrarse a ese ridículo apodo. "¡Y no me hagas sonrojar, sabes que eso me gasta sangre!"

"¡De todos modos vas a tomar la mía!"

"¡Para eso te tengo, idiota! ¡Eres mi comida!"

Entre graciosas discusiones y sin soltarse, fueron a la parte trasera de la vieja bodega. Ahí estaba Aerial, la confiable motocicleta de Suletta, un hermoso vehículo color blanco con tonalidades azules y detalles en rojo. Ambas se colocaron los cascos y subieron a la moto, Miorine detrás de Suletta y bien sujeta de su cintura, le gustaba recargarse en su espalda, era cálida. Una feliz Suletta echó a andar la moto en dirección a su base de operaciones: el bar "Gund-Arm".

El "Gund-Arm" era un reconocido sitio de reunión para los mestizos, sus aliados humanos y otras abominaciones de la naturaleza como lo eran ellas mismas. Un sitio seguro donde no se permitía la violencia, donde se podía solicitar una audiencia para pedir ayuda y donde se intercambiaba información que llegaba desde los distritos vecinos. Era importante estar atentos, después de todo, su existencia era apenas tolerada y estaban relativamente seguros gracias a su líder, una mestiza vampiro-humano que brillaba por su inteligencia y su carisma más que por sus poderes vampíricos: Miorine Rembran.

Todos la llamaban Princesa. Todos menos su guardaespaldas y amante: una bestia de naturaleza inclasificable, una criatura lobuna grande, mansa y dulce como un cachorro, pero que a la primera orden de su protegida era capaz de todo. Una bestia roja como el fuego de nombre Suletta Mercury.

La pareja pasó por la comida que quería Suletta y fueron directo al Gund-Arm.

La fachada del establecimiento tenía un diseño simple pero llamativo. El sitio en sí era amplio, comprendía un edificio de cuatro pisos y un estacionamiento trasero. El bar y la bodega de los suministros estaban en la planta baja, la oficina se hallaba en el primer piso. En el segundo y tercer piso vivían los trabajadores del bar, mientras que el último piso y la azotea eran de uso exclusivo para la vampiresa y su pareja.

El bar contaba con dos docenas de mesas para cuatro personas dispuestas en dos niveles, una barra larga, una cocina donde ofrecían comida frita, había una pista de baile y un escenario donde se presentaban bandas musicales. De hecho, muchas bandas underground buscaban la oportunidad de presentarse en el Gund-Arm. Los grupos más populares del mes solían enfrentarse en una batalla de bandas organizada por el mismo bar y el premio en efectivo y equipos era bastante tentador como para dejarlo pasar. Además, se sabía de productores de música humanos que frecuentaban el bar.

"¡Ya era hora! ¡Princesa, debes poner el ejemplo a tus trabajadores y llegar a tiempo al trabajo!" Se quejó la guardia de seguridad del bar, Chuchu, apenas las vio entrar. Suletta comía una hamburguesa y ésta y Miorine llevaban un par de bolsas.

"Cierra el hocico y come, anda", dijo Miorine con poco interés y señaló las bolsas. "Coman todos, tenemos tiempo", revisó su móvil mientras sus empleados iban por sus hamburguesas.

Los trabajadores del bar eran ocho en total:

Chuchu, mestiza de licántropo. Encargada de la seguridad del bar, bate de metal incluido.

Nika, mestiza de ninfa. Encargada del mantenimiento del edificio.

Aliya, bruja desterrada. Cocinera y la importantísima encargada de los hechizos de protección del edificio y del velo mágico que ocultaba los rasgos sobrenaturales a ojos de sus clientes humanos.

Lilique, mestiza de súcubo. Contadora y la secretaria de Miorine.

Martin, mestizo de búho cambia-formas. Gerente del bar.

Till, mestizo de halcón cambia-formas. Barman.

Nuno, mestizo de demonio. Barman.

Ojelo, mestizo de tritón. Barman.

Suletta, por su lado, también trabajaba como seguridad del bar junto con Chuchu.

Miorine, siendo la dueña del bar y prácticamente la encargada de todo el distrito, solía recibir a los mestizos que solicitaban ayuda o guía. Cuando no tenía mucho por hacer, gustaba de estar en su zona privada en el segundo nivel del bar y atenta a todo.

Y justo eso hacía Miorine, contemplar a sus trabajadores mientras comían sus hamburguesas entre risas y pláticas. Abrirían el bar en veinte minutos más. El horario del bar era de las seis de la tarde a las tres de la mañana, abrían de miércoles a sábado, pero cualquiera que necesitara ayuda podía ir a cualquier hora en cualquier día.

Últimamente el ambiente estaba calmado, pero las cosas en la ciudad de Benerit nunca eran calmadas, no cuando los Puros que controlaban los otros distritos constantemente buscaban acabarse entre sí sin importarles a quién aplastaran en su camino. Siempre era buena idea estar atentos. Notó que ya todos habían terminado de comer y se limpiaban las manos.

"Bien, abramos, que éste sitio no se mantiene solo", ordenó.

"¡Sí!"

"Suletta, ven conmigo mientras ellos abren", dijo y su compañera rápidamente la tomó de la mano y fue con ella hasta la oficina en el primer piso, pero ya desde la escalera, la vampiresa poco podía hacer cuando su linda mascota comenzaba a portarse mal. "Al menos espera a que lleguemos a la oficina", masculló sin hacer nada por quitársela de encima.

"Lo intentaré", respondió Suletta entre besos al cuello y nuca de su dueña. Lamió la oreja ajena y se sintió feliz al sentir un escalofrío en el cuerpo de Miorine. No resistió más y la cargó en brazos para poder besarla el resto del camino.

Miorine poco y nada hacía para imponerse ante la bestia, Suletta tenía carta libre en ese momento. Además, la sangre de su linda mascota tenía un mejor sabor cuando se calentaba con el fuego de la pasión. A la vampiresa le tomaba unos diez minutos alimentarse y luego de eso debía controlar a la bestia para que no le rompiera la ropa, la promesa de dejarse devorar por ella luego del trabajo solía bastar.

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Ad Stella 20, Ciudad Quetta

Miorine miraba con visible horror todo lo que estaba pasando ante ella. Había sido una muy mala idea seguir a su padre a su trabajo y confirmar de primera mano porqué Delling Rembran era el Cazador máximo de Cathedra. Delling, desde luego, no estaba contento de verla ahí, no cuando sus hombres estaban arrasando todo y a todos en ese mercado clandestino de esclavos sobrenaturales.

Los estuvieron persiguiendo por meses hasta dar con su guarida, tuvieron que usar todos sus recursos para pasar por los escudos mágicos y finalmente asaltaron el sitio. Que los monstruos vendieran su basura entre sí era algo que no hacía parpadear a la organización, pero que estuvieran capturando humanos para venderlos como alimento, juguetes o experimentos a pesar del tratado de paz, era algo intolerable.

Rescataron a los humanos capturados y se dedicaron a matar a todo lo no humano que estuviera ahí.

Miorine miró a su padre casi con desprecio.

"Ellos… Ellos son los esclavos, ¿por qué los matan también?" Preguntó Miorine con los puños apretados y el rostro pálido. Una capa la cubría perfectamente bien.

"Son mestizos, por eso", respondió Delling con frialdad.

Miorine se mordió un labio y miró a su padre con rabia, con una mirada que claramente decía: yo también lo soy. Delling supo leerla. Que su hija fuese una mestiza era un secreto entre ambos. Que su hija pudiera controlar su aura y fuera capaz de hacerse pasar por una humana era una habilidad heredada de su difunta madre.

Y precisamente Miorine pensó en su madre, una hermosa vampiresa que la cuidó y educó desde que tenía memoria y hasta los 10 años, al menos hasta que su refugio fue asaltado por Cazadores de Cathedra. Miorine aún no perdonaba a su padre por no llegar a tiempo a salvarla. La única que se salvó fue ella luego de que su madre la escondiera.

La joven sabía que lo último que debía hacer era dar a conocer su naturaleza ante el resto de los cazadores. Los que estaban ahí, daban por hecho que esa chica era la hija de algún amorío de su jefe y seguramente seguiría sus pasos, era una chica muy lista.

"Ellos no han hecho nada malo", masculló Miorine sin relajar sus puños.

"Ellos no tienen ningún lugar a dónde regresar", respondió su padre, severo. "Los Puros los matan por simple diversión, no los quieren. Si nosotros no los matamos aquí, ellos de todos modos morirán si caen en manos de otros monstruos".

Eso era triste.

El único pecado de esos pobres diablos fue haber nacido.

Justo como ella.

En las zonas más alejadas del mercado de esclavos, había una jaula de dos metros en cada lado que contenía a una simple loba del tamaño de un perro, pero con el pelaje rojo como el fuego y ojos con un fulgor azulado difícil de describir. Pese a su apariencia digna de admirar, el animal era más como un perro nervioso con la cola entre las patas. La loba tenía precisamente la cola entre las patas mientras permanecía pegada a un rincón de la jaula.

Podía oler la sangre, podía percibir el peligro y la muerte en el aire. Todo lo que no podía ver era un caos, podía percibirlo y era aterrador. Escondió su hocico entre sus patas mientras temblaba. El resto de las jaulas a su alrededor estaban vacías, sus ocupantes habían sido vendidos durante el día y justo antes del ataque. A ella nadie la quiso comprar, quien la veía percibía algo raro en ella y la descartaban de inmediato.

Para la bestia era lamentable que ni siquiera la quisieran como esclava, el dueño de la tienda incluso estaba ofreciendo un descuento si se la llevaban, pero nadie la quiso. Eso hizo enfurecer al dueño y su rabia se transformó en violencia, azotando a la pobre bestia y amenazando con matarla, como siempre. Pero no lo hizo y ella no sabía por qué, si la mataba finalmente quedaría liberada, pero el vendedor prefería gastar en la carne que ella comía en lugar de darle un descanso al fin.

El resto de la tarde se la pasó mirando a la nada hasta que empezó un ataque del que no sabía el motivo. ¿Cazadores? Era probable. Lo único que podía adivinar de todo eso, era que AL FIN podría terminar con su triste existencia.

Una muerte rápida, limpia y sin dolor. Era lo único que la bestia pedía. Cerró los ojos y esperó. Pero la espera se estaba haciendo larga y no pudo evitar un suspiro. Y de pronto lo sintió, un aroma como nunca antes lo había sentido. Sus orejas se alzaron y levantó la cabeza. Lo que vio acercándose a su jaula fue la figura de alguien con capa y capucha, pero el ser se descubrió ante ella y lo que la bestia vio fue a la más hermosa chica que jamás había visto. Se quedó mirándola largamente y ésta a ella.

Se contemplaron lo que pareció una eternidad. La bestia de hecho comenzó a acercarse a la chica sin levantarse del todo, parecía arrastrarse. Finalmente su nariz quedó a nada de tocar las rejas de la jaula. Ninguna de las dos se perdía de vista.

La bestia pareció salir del hechizo luego de varios segundos, pero no por ello dejó de mirar a la chica. ¿Acaso era una cazadora? Porque si lo era, si esa visión iba a ser la última de su vida, no podía pedir más. Morir a manos de un ser tan hermoso era algo maravilloso a su parecer. Cerró los ojos y bajó la cabeza de nuevo, lista para entregarse al dulce abrazo de la muerte y al descanso eterno.

Pero lo único que la bestia sintió fue una caricia entre las orejas que la hizo mover su cola alegremente. No pudo evitarlo. Miró a la chica de nuevo.

"¿Qué eres?" Preguntó Miorine mientras sentía el cálido tacto contra su palma. Ese pobre animal estaba sucio y descuidado. Era como un perro, ¿acaso era uno de esos cambia-formas animales? No uno Puro, desde luego, pero no se sentía como uno, no tenía una presencia marcada, fácilmente podría ser confundido por un perro de no ser por el inusual color de su pelaje. "¿Eres macho o hembra?" Preguntó entre labios y dio un vistazo al cuerpo del animal. "Oh, ya veo, eres una chica… ¿Puedes hablar? ¿Puedes tomar forma humana?"

La bestia levantó las orejas pero no pudo decir nada, un grupo de hombres entró con armas y le apuntaron.

"¡Señorita Rembran, aléjese de esa bestia!" Gritó uno de los cazadores y apuntó su arcabuz al canino. Sus compañeros hicieron lo mismo.

La bestia bajó la cabeza de nuevo y bajó cola y orejas. Estaba lista para recibir la dulce muerte, estaba deseosa de irse y que la última visión fuera la de esa hermosa chica de cabello blanco y un aroma tan dulce como ningún otro que hubiera sentido en su corta vida. Podía irse en paz.

Pero no sucedió.

"¡Déjenla!" Gritó Miorine, cubriendo a la bestia con su cuerpo y los brazos extendidos.

"¡Señorita Rembran, por favor, quítese!" Insistió otro de los cazadores.

"¡No!"

"¡Señorita, ese animal es un mestizo, puede dañarla!"

El escándalo fue tal que el mismo Delling fue a ver qué estaba pasando. Miró a su hija con dureza y el mismo sacó su arma. Pero su hija no se quitó.

"Miorine, muévete".

"No", respondió Miorine con la quijada tensa. Sostuvo la mirada de su progenitor. "Padre, nunca te he pedido nada, y tú mismo me dijiste que harías algo por mí como compensación", dijo con voz firme pero sin entrar en detalles. Esa fue una promesa que le hizo su padre el día que fue con ella y se presentó precisamente como su padre. Le dijo que la compensaría como quisiera por no poder llegar a tiempo para salvar a su madre.

Delling frunció el ceño. "¿Qué deseas?"

"Quiero a éste animal, lo quiero para mí, déjame conservarlo", pidió con voz firme.

Los otros cazadores miraron a Delling y esperaron sus indicaciones. Delling endureció su gesto, pero la terquedad sin duda fue algo que le heredó a su hija, porque ésta no se movía ni cedía. Cerró los ojos un momento. No podía negar el hecho de que varios miembros de Cathedra tenían sus propias mascotas que usaban para rastrear a las otras criaturas no-humanas, pero sólo se elegían a los que estaban dispuestos a cooperar y que tenían habilidades útiles. Esa bestia roja le daba una rara sensación, pero…

"Si logras que te obedezca y te siga, es tuya; si no, yo mismo la mataré", dijo y con un certero tiro rompió el candado de la puerta. "Lo consigas o no, yo ya habré pagado mi deuda, ¿entendido?"

Miorine asintió con seriedad. Se giró hacia el animal, que había retrocedido por culpa del tiro. Sin sentir ni un solo gramo de miedo, abrió la puerta.

"¿Puedes entenderme? Si es así, siéntate", ordenó con la misma voz firme al igual que su padre, otro detalle heredado de él.

La bestia levantó las orejas y se sentó sin siquiera pensarlo. Ver que la chica le sonreía la puso feliz y comenzó a mover la cola con contento.

"Bien", Miorine tomó aire. "Si quieres vivir, entonces acércate y toma forma humana si puedes, pero si no puedes, házmelo saber", miró al animal a los ojos. "Hazlo", ordenó.

La bestia escuchó atentamente y con las orejas levantadas, esa chica era preciosa y pudo entenderla perfectamente bien. Se levantó de su lugar y sin pensarlo se acercó a ella con orejas y cola abajo y gimoteando cual canino. Lamió su mano antes de tomar forma humana y quedó sentada con sus rodillas abrazadas. Hacía tiempo que no lo hacía, estuvo obligada a permanecer en forma animal por mucho tiempo.

Por esa misma razón, le costaba mucho vocalizar.

Era una joven que parecía de la misma edad que Miorine, estaba desnuda, sucia, su cabello era excesivamente largo, rojo como el fuego y bastante descuidado, se notaba fuerte pese a estar maltratada. No levantaba la mirada, culpa de los nervios, pero eventualmente lo hizo y miró a la chica, los mechones de su propio cabello le estorbaban un poco.

Miorine abrió más los ojos. Era linda, bastante linda.

Aún con el gesto serio, se agachó y le ofreció su mano a la otra chica.

"Soy Miorine, ¿cómo te llamas?"

La bestia roja balbuceó un poco, tartamudeó, le costaba vocalizar pero lo logró a duras penas.

"Su-Su-Su-¡Suletta!" Respondió como pudo y tomó la mano de la chica. La mano de ésta era tan pequeña a comparación de la suya…

"Bien, Suletta, vendrás conmigo", declaró Miorine, se quitó su capa y la cubrió con ella. Miró a su padre. "Es mía ahora".

"Adelante", dijo su padre. "Vuelve a la mansión, pide que te lleven".

"¡Sí!" Miorine se puso de pie y se llevó a Suletta de la mano. "Vamos".

Suletta la siguió sin oponer resistencia. Miorine percató que Suletta era más alta que ella, la sobrepasaba en altura por una cabeza al menos, además su cuerpo era grande. Bien, ya la analizaría llegando a casa.

Una hora después, ambas estaban en la mansión Rembran.

Miorine duchaba a Suletta y ésta se dejaba limpiar obedientemente, aunque se quejó un poco al principio, sintió el agua muy caliente y Miorine tuvo que enfriarla tanto que estaba más fría que tibia. Obviamente la bestia no estaba acostumbrada al agua caliente. No se decían nada, estaban ocupadas, Miorine aseando a su nueva mascota, y Suletta dejándose asear mientras dejaba que sus sentidos se llenaran de ese nuevo lugar y de esa linda chica.

Mientras Miorine cortaba un poco el cabello de Suletta, escuchó que le gruñía el estómago. Suspiró hondo.

"¿Qué quieres de comer?" Preguntó la vampiresa.

Ante la pregunta, Suletta miró a Miorine con ojos apenados. "Pu-pu-pu-puedo… Yo… Ah… Car-Carne", dijo entre tartamudeos.

Miorine pidió a las mozas que le llevaran cualquier carne que tuvieran, supuso que a término medio estaría bien. Y sí, así fue, Suletta la devoraba con gusto y hasta con lágrimas en los ojos. Miorine quedó sorprendida.

"Supongo que no has comido bien", dijo más para sí misma que para la bestia. "La verdad yo también tengo hambre", eso lo mencionó en volumen normal.

Al escuchar eso, Suletta la miró, luego miró su carne, que comía con las manos, por cierto, y le ofreció un bocado. Miorine negó.

"Esa comida es tuya. Yo me alimento de otra cosa", miró los hombros anchos y fuertes de Suletta. Tragó saliva. "No te vayas a asustar", dijo y le mostró sus propios colmillos, filosos y delgados en apariencia.

Suletta abrió más los ojos. La reconoció, era una vampiresa. Llegó a conocer a un par y sabía lo que seguía. Prestó su cuello y apretó los ojos, lista para soportar la mordida, pero no sucedió lo que esperaba.

La mordida de Miorine se sentía pero no dolía. De hecho se sentía extremadamente bien, relajante, era una sensación agradable a pesar de sentir la pérdida de sangre. Además la tenía tan cerca que podía sentir su aroma. Su corazón se aceleró, se sonrojó sin poder evitarlo.

Por su lado, Miorine estaba disfrutando del sabor de esa sangre, no se parecía a nada que hubiera probado antes.

¿Acaso se podía tener tanta suerte? Eso se preguntaron ambas chicas.

CONTINUARÁ…