ENTRE SOMBRAS

Por: Escarlata

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PARTE 2

Las noches del miércoles eran tranquilas en general, había clientela pero no tanta como para que los chicos en la barra del bar se volvieran locos con los pedidos. Un pequeño grupo musical de tres integrantes se presentaban en el escenario tocando algo de pop-rock. El ambiente estaba bien en lo que constaba a los clientes y el movimiento del bar, pero Miorine escuchaba a un mestizo que pidió audiencia con carácter de urgente.

Suletta estaba justo a la espalda de su compañera, cuidándola como era su deber y su gusto. La loba se mantenía seria, Miorine atenta, el pobre mestizo de licántropo se notaba nervioso.

"Entonces… ¿Te persiguen los licántropos del distrito de los Jeturk?" Preguntó Miorine sólo por confirmar.

"Sí, Princesa. Descubrieron que soy el hijo ilegítimo de uno de sus integrantes con una humana y ahora nos persiguen. Vine aquí junto con mi madre gracias a la ayuda de mi padre, no sé qué le pasó a él, pero sospecho que lo capturaron", continuó y enseguida bajó la cabeza. "Quiero pedir asilo en sus territorios hasta que las cosas se calmen", pidió el joven mestizo, que no pasaba de los veinte años.

Miorine se llevó una mano a la sien. ¡Detestaba a los salvajes de los Jeturk! No necesitaba demasiadas explicaciones. Esos sarnosos eran demasiado orgullosos como para permitir que alguien de su manada se metiera con seres inferiores como los humanos. Si el padre de ese chico era un miembro importante del clan, entonces lo iban a sancionar duramente; la primera sanción sería matar a la familia ilegítima que tenía. Pero si era un miembro de poca importancia, seguramente ya estaría muerto a esas alturas, su familia era la siguiente.

"¿Dónde está tu madre?" Preguntó Miorine luego de pensar en todo el asunto.

"Está en un hotel no muy lejos de aquí, alquilamos un cuarto para ésta noche", informó el joven. "Mi padre temía que ésta situación se llegara a dar, así que nos dejó suficientes fondos para movernos. Pagaré lo que sea necesario, pero por favor, permita que nos quedemos aquí y no nos entregue a los Jeturk", el chico quedó de rodillas ante ella con la frente en el suelo.

"Ponte de pie, no hagas esas tonterías", ordenó Miorine. El chico obedeció y volvió a sentarse. "¿Los Jeturk los están rastreando?"

"No lo sé, mi padre nos avisó por teléfono que saliéramos de la casa de inmediato y viniéramos para acá".

Suletta frunció el ceño, Miorine también. Eso quería decir que sí los estaban cazando y el padre apenas pudo darles aviso.

"Supongo que tu padre les dejó dinero en alguna cuenta y usas una tarjeta, ¿verdad?"

El joven asintió. "Con eso pagué el hotel".

"Esos sarnosos son bastante listos, deben tener vigiladas las cuentas de tu padre, así que justo ahora deben saber dónde has usado la tarjeta", informó Miorine, miró a Suletta. "Prepárate para salir".

"¡Sí!" La loba de inmediato se metió a un pequeño cuarto de servicios al fondo.

Miorine tomó una de las radios que servían para comunicarse con su personal. Equipos electrónicos hechizados para evitar cualquier interferencia o rastreo. "Aliya, ¿me escuchas?"

"Sí, Princesa", sonó la voz de la chica en la radio.

"Prepara dos amuletos de camuflaje, uno para licántropo y otro para humano. Tráelos apenas los tengas listos, es urgente".

"A la orden, Princesa", y la comunicación terminó.

"En cuanto a ti", Miorine miró al chico. "Irás con Suletta, ella estará atenta a la zona mientras sacas a tu madre del hotel y la proteges con el camuflaje. Suletta los llevará a un sitio nuevo", estiró su mano hacia él. "Dame tu tarjeta, se la daré a uno de mis chicos para que transfiera tus fondos a una cuenta nueva para que no la puedan rastrear".

La voz de la Princesa era firme y segura y el joven mestizo simplemente obedeció y le entregó la tarjeta bancaria. A cambio, el chico recibió una considerable cantidad de efectivo que la Princesa se iba a cobrar de la cuenta bancaria apenas estuviera asegurada.

No pasaron más que dos minutos a reloj para que Aliya subiera con Miorine y le entregara los amuletos compactos armados con piedras y plumas. Se veían delicados a primera vista, pero no lo eran en lo absoluto.

"No se los vayan a quitar para nada, son resistentes y no se romperán, y no es necesario que se los quiten para bañarse", informó Aliya al chico y le dio ambos amuletos. El chico se puso de inmediato el suyo. Aliya miró a su jefa. "¿Necesita algo más, Princesa?"

"Llévale ésta tarjeta a Nuno y dile que transfiera todo a una cuenta nueva, ahora mismo no hay mucha gente en el bar, dile que lo haga de inmediato", ordenó y Aliya asintió. La severa princesa escuchó el sonido de unas botas a su espalda. Sonrió suavemente. "¿Lista, Suletta?" No volteó, no era necesario.

"Sí".

Suletta estaba uniformada con pantalones y chaqueta de un material parecido al cuero, pero en realidad era una resistente tela mágica que la protegía de las balas y el fuego. Sus prendas eran de un llamativo color blanco con motivos en dorado. Miorine miró al chico de nuevo.

"Espera abajo en la barra, pide un trago para quitarte los nervios, cortesía de la casa", le indicó al chico y éste obedeció de inmediato. Apenas se quedaron a solas, Miorine sujetó a Suletta por el hombro y la obligó a inclinarse para poder besarla. La besó con dureza y la bestia correspondió el beso con encendida pasión.

"No hagas nada estúpido, ¿entendido?" Ordenó la princesa con severidad mientras mordía los labios de su loba. "Sabes que esos idiotas buscan cualquier excusa para provocarnos y poder romper la tregua, así que no me vayas a preocupar. Sólo debes defenderte".

"Entendido, Mio", respondió una Suletta hechizada por los besos.

"Lleva a ese chico y a su madre a los apartamentos nuevos al oeste, ya sabes cuales", Miorine siguió con las indicaciones y los besos. "Dile al encargado que digo yo que les dé un apartamento en condiciones".

"Sí, lo haré como ordenes, Mio", Suletta lamió los labios de Miorine y luego su cuello. Le dio una suave mordida. "No tardaré en volver".

"Más te vale", respondió Miorine y la hizo encararla una vez más, pero ésta vez le dio un dulce beso en la frente. "Ve".

Suletta casi se deshizo por culpa de ese tierno beso. Puso una sonrisa tonta mientras su rostro se ponía tan rojo como su cabello.

"¡Sí!"

No mucho después, Suletta llevaba al chico en su motocicleta camino al hotel donde esperaba la madre de éste. La bestia roja estaba atenta y con todos sus sentidos trabajando. Conocía el aroma de los licántropos, tenían una esencia fuerte, una que buscaba marcar todo en su camino. No era que apestaran propiamente hablando pero el aroma a momentos era tan fuerte que llegaba a ser molesto incluso para los humanos. En el caso de Suletta, sólo era incómodo.

Y entonces lo sintió, esa fuerte esencia a lo lejos. Gruñó y aceleró su moto.

Llegaron al hotel en cuestión de minutos y acompañó al chico por su madre, una mujer humana de agradable apariencia entrada en sus cuarentas. Ya con madre e hijo protegidos con los amuletos de Aliya, al menos ellos dos ya no podrían ser rastreados por el aroma o el aura por los enviados de los Jeturk. Ahora debía sacarlos de ahí a salvo.

Estaban justamente saliendo del hotel cuando toda la piel de Suletta se erizó. Gruñó un poco e hizo que madre e hijo se escondieran en un contenedor de basura que estaba en un callejón a una calle de distancia del hotel, no encontró un sitio mejor a decir verdad.

"No salgan hasta que yo venga por ustedes", ordenó Suletta y cerró el contenedor. Puso unas bolsas de basura encima y salió a la calle principal. Los licántropos estaban muy cerca, podía olerlos. Escuchó unos aullidos. Esos sujetos no eran muy discretos, les encantaba mostrarse y presumir. Decidió esperarlos bajo un semáforo. Nadie salía cuando sonaban aullidos ni cuando sentían la pesada esencia de los licántropos en el ambiente.

Suletta pensó que se toparía con algún grupo de caza, lo que no esperaba era verlo a él.

Precisamente a él.

"¡Vaya, vaya! ¡Pero si es el perro faldero de la Princesa!" Dijo una poderosa voz. La voz del primogénito del clan Jeturk: Guel Jeturk. Venía acompañado de su hermano menor y tres miembros más de su manada personal, dos chicas mal encaradas y un chico bastante fornido de porte serio y más controlado.

Suletta los conocía.

"Señor Guel, buenas noches", saludó Suletta, bastante educada pese al tenso ambiente. "¿Qué los trae a nuestro distrito?"

"Buscamos a un par de alimañas, nos iremos apenas los encontremos", respondió Guel con el pecho en alto y exaltando su presencia por medio de su esencia y su aura, buscaba amedrentar. Lo hacía por simple instinto.

"Lo siento mucho, pero no pueden cazar en el territorio de mi Ama, está en las reglas de la tregua", continuó Suletta con la voz tan firme como pudo. "Por favor, váyanse".

"¡Tú no eres nadie para decirnos qué hacer, mascota!" Gritó Guel con furia. "¡Ustedes busquen a esas basuras!" Ordenó a sus acompañantes.

La manada de Guel de inmediato fue a asaltar el hotel. Suletta apretó los puños. Confiaba en que no encontrarían al chico y a su madre, los amuletos de protección de Aliya eran los mejores. Miró a Guel, quien no dejaba de sonreír con orgullo y furia combinados.

"Llame a su manada, por favor, váyanse", pidió Suletta una vez más.

Guel gruñó. Detestaba que la bestia roja frente a él no sucumbiera ante su aura y esencia. Muchos que lo encaraban terminaban orinándose del miedo y cayendo de rodillas, pero ella no. La bestia seguía ahí, de pie y sin ceder un solo paso. Apretó los puños.

"No dañaremos humanos ni a nadie más, estamos al tanto de las reglas", dijo un enojado Guel. Podría parecer irracional en ocasiones, pero lo último que debía y quería hacer era darle problemas a su padre por algún acto imprudente de su parte. Ya había pasado antes.

Suletta debía jugar la carta del tonto. "No sé a quiénes busquen o qué les hicieron para que los persigan en un territorio ajeno, pero si esas personas están aquí, no pueden cazarlos ni hacerles daño mientras estén aquí", fue el turno de Suletta de engrandecer su presencia como lo hizo con ese pobre demonio en la tarde.

Guel gruñó. La presencia de la bestia roja comenzó a envolver la zona, no podía explicarla pero daba escalofríos y era pesada, era extraña. Apretó los puños con creciente ira.

La tensión se sentía en el aire. Las presencias de Suletta y de Guel peleaban por someterse entre sí. Ninguno de los dos levantaba los puños a sabiendas que una pelea daría más problemas que satisfacciones. A Guel ganas no le faltaban de darle una lección a la bestia roja, medir apropiadamente esas fuerzas de las que tanto hablaban los demás y ver una vez más al lobo bestial en el que podía transformarse.

Sólo la había visto una vez hace unos años.

Después de varios minutos en silencio, la manada de Guel regresó, todos estaban enojados.

"No los encontramos", informó Lauda, el hermano menor de Guel. "Es un hotel automatizado, así que no hay nadie atento a quiénes entran y salen del sitio", el joven miró a la bestia roja con enojo. "¡Dinos dónde están, animal! ¡Seguramente los escondieron!"

La furia del joven se contagió, el par de chicas también se encolerizaron.

"¡Te estás haciendo la tonta, sabes de quiénes hablamos!" Gritó Felsi, mostrando los colmillos y las garras.

"¡Entrégalos o te haremos pedazos!" Fue el turno de Petra de reclamar.

Al ver que los más jóvenes comenzaban descontrolarse, el cuarto miembro de la manada de Guel, Kamil, tuvo que ponerlos bajo control con su propia presencia.

"No hagan una estupidez", ordenó el mayor con voz firme y dura, miró a Guel. "Perdimos el rastro y no vamos a sacar nada de nadie de aquí".

Guel apretó la quijada. Su padre no iba a estar muy contento. Se supone que los atraparan antes de que salieran de su territorio, pero no pudieron y ahora estaban ante la bestia roja, que esperaba con paciencia y sin bajar su presencia.

"Váyanse, por favor", pidió Suletta una vez más.

Felsi gruñó mientras sentía la rabia crecer en su pecho, miró a Suletta con sus pupilas brillantes, señal de lo que estaba a punto de suceder. "¡No me gusta tu presencia, me da asco! ¡Eres un fenómeno!" Tembló toda y tragó saliva, la bestia la ponía muy nerviosa. "¡Entréganos a esos traidores!"

"¡Felsi, cálmate!" Gritó Kamil.

Demasiado tarde, la chica se transformó en su forma bestial, su pelaje tenía un color rubio cenizo en su totalidad, medía cerca de dos metros y sin esperar un segundo más, se lanzó sobre Suletta a una velocidad alta gracias a sus mejoras físicas.

Suletta dejó salir el aire de su cuerpo y evadió el ataque de la lican con envidiable agilidad. La cola y orejas de Suletta estaban a la vista, sus colmillos y garras también. Tenía por indicación sólo defenderse y eso iba a hacer.

"¡Felsi, cálmate y regresa!" Le llamó Guel con voz fuerte. "¡Regresa!" Apretó los dientes y miró al resto de su manada. "No se muevan", ordenó. Él, como líder, debía mantener en control a su manada incluso por la fuerza. Para los seres como ellos, la fuerza era lo más importante. Fue él quien se transformó para intervenir en la pelea a la primera oportunidad y detener a su compañera.

Mientras, Felsi acortó la distancia con la bestia roja y comenzó a atacar con zarpazos y mordidas, mismos que Suletta evadía de último momento. Ésta no necesitaba transformarse en lobo completo, no ante una chica con un pequeño ataque de rabia del que pronto saldría. Peleaban a media calle y de pronto se vieron las luces altas de camión ir en su dirección. El vehículo iba rápido y todos miraron con horror que Felsi estaba a punto de ser embestida por el enorme camión.

Suletta ni siquiera lo pensó. Corrió a toda velocidad, abrazó a Felsi y la quitó del camino. El camión siguió de largo sin detenerse, el conductor por suerte era un mestizo y decidió no parar, después de todo ahí estaba Suletta Mercury.

Felsi, sin embargo, no supo lo que hizo sino hasta sentir el sabor metálico de la sangre en su lengua. La mezcla de la sorpresa, el miedo y la rabia hizo que mordiera a Suletta sin darse cuenta. Rápidamente se le separó, sólo para ser sometida en el suelo por Guel. Felsi de inmediato quedó reducida no sólo por la fuerza de su líder, también por su presencia. No se decían nada, Felsi no debía hablar y Guel sólo gruñía, así debía ser.

Mientras, el resto de la manada vio cuando Suletta se hizo a un lado y simplemente palpó la herida en su hombro. No fue una herida profunda gracias a sus resistentes prendas encantadas, por suerte. El gesto calmado no le cambiaba. En cuanto vio que Felsi y Guel volvieron a su forma humana, suspiró de alivio.

"¿Estás bien?" Le preguntó Suletta a Felsi y ésta sólo alejó la mirada, furiosa. Suletta sonrió. "Me alegra", enseguida miró a Guel. "Aquí no pasó nada", esa simple lesión en su hombro podía ser tomado como una agresión directa y tenía derecho a reportarlo con el Consejo, pero Suletta sabía que le ahorraría muchos problemas a Miorine si callaba. "No me pasó nada, así que pueden irse", dijo con voz casi suave y la misma sonrisa.

Guel frunció el ceño y ayudó a Felsi a ponerse de pie. Miró a Suletta y gruñó. "¡Vámonos!"

Suletta no se movió sino hasta que la manada se alejó lo suficiente. Aún tenía que terminar esa misión e ir a reportarse con su Ama.

Su herida se cerró sola diez minutos después.

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Ad Stella 20, Mansión Rembran

Según los documentos que Rajan, el asistente personal de su padre, recuperó del esclavista que tenía en su poder a su nueva mascota, el nombre completo de la criatura roja era Suletta Mercury, 15 años de edad reales y aparentes. Miorine frunció el ceño, Suletta era de su misma edad. Demasiado joven para toda esa mierda. Según los escasos datos, la chica pasó de vendedor en vendedor por más de un año, la persona que la vendió al principio fue una tal Elnora Samaya.

El otro dato disponible era que estuvo con el esclavista del mercado de Quetta por alrededor de un mes. No le sorprendió que nadie quisiera comprarla, Suletta despedía una presencia extraña. Las mozas de la casa preferían evadirla por muy dócil que se mostrara la chica, su padre no soportaba mirarla por mucho tiempo, pero Miorine no estaba tan afectada por su presencia a decir verdad. Quizá era culpa de su propia naturaleza, después de todo, su madre no fue ninguna broma. Muchos conocieron a su madre como una reina entre los suyos, y para ser respetado y temido entre los vampiros, se debía tener mucho poder.

Miorine tuvo que pedirle a Rajan si podía investigar a la mujer mencionada en los documentos. Rajan aceptó, además Delling lo permitió, si alguien tenía en su poder a una criatura como lo era Suletta Mercury, no debían dejarlo pasar. Lamentablemente, poco pudieron averiguar; al parecer, esa mujer fue parte de un hermético círculo de Brujas que había desaparecido hacía unos años. Nadie supo decirles más. Tampoco pudieron encontrar rastro alguno de la mujer.

Cuando le preguntaron a Suletta de su vida antes de estar con los esclavistas, poco pudieron averiguar de ella. Suletta no podía expresar sus ideas vocalmente.

Miorine ya se estaba haciendo cargo de ello.

Ambas chicas estaban en lo que era una pequeña casa del tamaño de una cabaña, perfectamente habitable, en uno de los amplios jardines interiores de la enorme mansión. Estaba rodeada por una reja adornada con verdes enredaderas, tenía un jardín y un pequeño invernadero, pasatiempo que Miorine heredó de su madre. Los tomates en especial ocupaban un espacio ahí por una muy buena razón. Era su pequeño pedazo de libertad en un mundo que no estaba listo para aceptar su simple existencia.

Mientras que la mitad vampiresa estudiaba historia y aprendía de todo tipo de libros, hasta de economía, Suletta empezaba desde cero aprendiendo a leer y escribir. Eso la ayudaría a hablar mejor, Miorine estaba segura de ello.

"Mira", dijo una feliz Suletta mientras le mostraba a Miorine que ya había terminado los deberes que le puso. Estaba aprendiendo las vocales y debía escribirlas.

"Bien hecho, tienes buen pulso para escribir", dijo Miorine con un gesto complacido, la loba aprendía sorpresivamente rápido. Notó la sonrisa de Suletta y supo lo que ella quería, le dio un cariño en el cabello y eventualmente en las orejas lobunas, que aparecieron por culpa del contento de la chica. "Buen trabajo, Suletta", le devolvió su cuaderno. "Yo debo seguir estudiando, tú guarda tus cosas y has lo que quieras. Si sales, no te alejes del jardín".

"¡Sí!" La obediente chica dejó su libreta en su propio escritorio donde tenía lápices y libros de ilustraciones. Y lo siguiente que hizo fue sentarse en el suelo junto a Miorine, de hecho, recargó su cabeza en las piernas de la chica.

Miorine frunció el ceño. Suletta era muy física, mientras que ella misma no gustaba tanto del contacto físico. La alejó un poco con una mano y ésta sólo frotó su mejilla contra su palma. En serio Suletta era como un perro la mayor parte del tiempo, Miorine sabía que la chica buscaba complacerla y obedecer todo lo que le ordenara para poder recibir algo de cariño como premio. Pensar en ello la enfadó, ¿acaso esa mujer que la vendió la tenía como a una vil mascota?

"Eres muy molesta", se quejó Miorine. Suletta seguía atada al suelo, simbólicamente hablando, todavía no usaba las sillas de la casa a menos que se le indicara sentarse, y eso que ya casi se cumplía el mes que la tenía a su lado. "Ponte de pie", ordenó Miorine y que ella le obedeciera de inmediato poco la complació, además la notó apenada, seguramente porque le dijo que era molesta. "Escucha, explora la casa, come algo de la cocina, ve al jardín; sólo has lo que quieras".

Suletta bajó las orejas lobunas, Miorine parecía molesta y no quería molestarla, pero algo en la voz de la chica le dijo que no estaba enfadada. Comenzó a jugar sus manos entre sí. "¿Pu-pu-puedo?" Miró al jardín, quiso dar el paso pero no se atrevió. Mamá no la dejaba salir a menos que ella la sacara, normalmente de un cuarto a otro, se acostumbró a los espacios cerrados y oscuros.

Miorine ablandó su gesto.

"Ven", la tomó de la mano y la animó a salir, aunque a momentos parecía jalarla. La llevó hasta los jardines. "¿Te gustan las flores?" Preguntó y Suletta asintió. "Puedes mirarlas, puedes olerlas, puedes tocarlas pero no las arranques", se encogió de hombros. "Puedes tocar la tierra también, puedes tumbarte en el césped, hace un lindo día".

Suletta escuchó esas palabras y eran TANTAS posibilidades que no sabía cuál elegir. Miró a Miorine en busca de una indicación más clara pero no la obtuvo, en cambio, sintió otro cariño en el cabello y sonrió.

"Toma tu tiempo, no es necesario que te vuelvas loca, ¿de acuerdo? Sólo… Sólo disfruta", dijo Miorine y volvió al interior de la pequeña casa.

Suletta se quedó en el jardín con las orejas abajo y miró los alrededores. Lo primero que hizo fue tumbarse en el césped bajo un árbol y… Se sentía muy fresco estar bajo la sombra. No era como el frío suelo de una jaula, tampoco como el suelo de piedra y la oscuridad de los cuatro muros del lugar donde vivía con mamá, en el jardín había tantos colores que aún se abrumaba, y tantos aromas que debía tomarse un momento para poder separar los olores. Ahí olía a flores, a tierra húmeda, al césped, podía oler los tomates en el invernadero, podía oler muchas cosas pero el aroma predominante era el de Miorine.

Pensar en la chica hizo sonreír a Suletta.

Justo cuando pensó que morir sería lo mejor a lo que podía aspirar luego de que mamá le dijo que ya no la necesitaba, resultó que había cosas mejores. Cerró los ojos… Y decidió abrirlos para volver a sentarse y quitarse los zapatos, le gustaba sentir el pasto en sus pies. Volvió a tumbarse sobre el césped con los brazos extendidos y miró el cielo.

Lo miró largo rato y quedó hipnotizada por la visión de las nubes navegando por el inmenso manto azul, la constante caricia de la brisa en su rostro la hacía sentir una sensación extraña en el estómago. No sabía qué sensación era esa pero le gustaba. Era mucho mejor a sentir la brisa que se colaba de vez en cuando durante su encierro.

Ojalá pudiera decirle todo eso a Miorine, pero la boca no le servía como quería. Cada que lo intentaba, su lengua no podía poner en palabras sus pensamientos. Nunca tuvo oportunidad de expresarse, no cuando mamá le decía que era una buena chica por estar callada y ser obediente. Y ahora que debía hablar, no podía. No le gustaba enfadar a Miorine, pero estar con ella no era como estar con mamá.

Respiró hondo una vez más y cerró los ojos.

Se quedó dormida sin darse cuenta.

Y también sin darse cuenta, hizo lo que quiso.

Pasado un rato, Miorine decidió echarle un vistazo a Suletta y sonrió por lo bajo al verla dormir. Lucía muy tranquila. De hecho la vio demasiado cómoda y no resistió unirse a ella. Tomó el libro que estaba estudiando y fue a sentarse junto a ella bajo el árbol a seguir leyendo. Había muchas cosas que seguía sin saber de Suletta, pero tenía tiempo. Además, por muy poco apropiado que fuera el pensamiento, Suletta le pertenecía. Podía hacer con ella lo que quisiera, pero aún no sabía qué quería hacer, un extraño impulso la obligó a salvar a la chica y ahora no sabía qué hacer.

Lo que sí podía decir, era que Suletta se trataba de una compañía muy agradable y además la mantenía entretenida y más ocupada. Antes de tenerla, su estancia en la mansión Delling fue solitaria. Aunque su padre la acogió y le dio un sitio para quedarse y vivir cómoda, lo veía un par de veces al mes y sus pláticas eran parcas. Cinco años estuvo así. Ni siquiera hablaba mucho con las mozas que limpiaban su espacio.

Sonrió al ver a Suletta dormir como un cachorro, nunca mejor dicho, sus orejas y cola lobunas seguían afuera y ganas no le faltaban de tocar al menos sus orejas, pero se contuvo. No quería despertarla. Decidió seguir con su lectura mientras disfrutaba de la brisa de la tarde y la sombra del árbol.

Por su lado, Delling estaba al pendiente de su hija por mucho que quisiera aparentar que no. Había ordenado al personal de la mansión que si la bestia roja se salía de control y era una amenaza para su hija, debían eliminarla. Afortunadamente no hubo necesidad de nada de eso. Siguió investigando por su cuenta a la criatura, de hecho pidió a uno de sus colegas que conocía a una bruja desterrada que estudiaran a la bestia.

Con la supervisión y aprobación de Miorine, cortaron un mechón de cabello y tomaron un poco de la sangre de Suletta Mercury. A Miorine también le interesaba saber la verdadera naturaleza de su acompañante. Según lo que averiguó la bruja, Suletta era lo que llamaban una quimera, una criatura prohibida entre los círculos mágicos por una simple razón: estaba creada a base de una vida humana en estado lactante y modificada a capricho de su creador. Un lienzo en blanco básicamente. La mezcla de esencias de otras criaturas que había en su sistema era casi ridícula y la infante de alguna manera sobrevivió todo el proceso.

La razón por la que Suletta presentaba características caninas era porque estaba hecha en un 40% con esencia de lobo natural.

Era obvio que Suletta Mercury fue creada por esa mujer Elnora Samaya por alguna oscura razón. Razón que nunca sabrían, al menos no por Suletta.

Miorine se enfadó más, la existencia de Suletta era una que no debería ser, incluso más que en el caso de un mestizo. "Quimera" era una simple palabra para tratar de llamarla de alguna manera, porque no había ninguna otra que pudiera abarcar todos los horrores por los que tuvo que pasar tan desgraciada criatura.

"¿Así?" Preguntó Suletta mientras ayudaba a Miorine a regar los tomates.

Luego de un par de meses, Suletta era capaz de ayudar en el invernadero. Al principio Miorine creyó que la chica haría un desastre por culpa de su emoción que a veces la sobrepasaba, pero resultó ser alguien increíblemente cuidadosa con las cosas delicadas. Desde entonces la dejaba ayudarla y le enseñaba a cuidar de las plantas.

"No demasiada agua, justo así está bien", indicó Miorine y cortó cuidadosamente uno de los tomates y se lo dio a Suletta. "Puedes comerlo, ya está listo".

"Gra-gracias", Suletta sonrió y comió su tomate con contento.

Miorine puso un gesto suave. Al final del día daba igual lo que fuera Suletta, porque lo único que podía ver era a alguien con muchas ganas de vivir. Y vivir con ella se estaba volviendo cada vez más divertido.

CONTINUARÁ…