Disclaimer: Naruto y sus personajes pertenecen a Masashi Kishimoto y asociados. La imagen de portada pertenece a mi querida amiga y gran dibujante Adori-san. Pueden buscarla en Instagram o en Tumblr.
¡Hola gente! Sé que tengo varios fics por continuar, pero ya saben que cuando la inspiración toca tu alma no hay que rechazarla :P. Por eso mismo vengo con una nueva historia que espero les guste y que, como casi siempre, es para personas con criterio ya formado. Aviso también que será corta, no creo que tenga más de dos o tres capítulos pues el final será abierto.
Será el primer fic sasuhina que escriba usando la primera persona, pues no soy fan de este estilo. Prefiero la tercera o la segunda, pero para innovar he decidido aplicarla aquí a ver qué tal.
El título es provisional (no se me ocurrió otro mejor ^^u), así que quizás lo cambie más adelante. Sin más que agregar ojalá que el fandom sasuhina disfrute de esta humilde historia y como siempre cualquier comentario o crítica será muy bien recibida. Enjoy!
Lolito, Capítulo Primero
Una tarde, junto a mi prometida, doy un paseo a través de una ciudad a la que estoy visitando por vacaciones. Es curioso: ella habla y habla, pero aunque trato de concentrarme en sus palabras apenas le presto atención. Lo cierto es que su voz chillona de siempre comienza a cansarme el oído. Pienso decirle que guarde silencio un rato, empero, sé que me preguntará el por qué y tendré que decirle una verdad que la lastimará: «me cansa escucharte hablar tanto, me molesta que me hables de que un príncipe será coronado rey, de que tu amiga se compró un vestido precioso, que piensas cambiarte el peinado en un par de días y el color de uñas en cuatro».
Lo más preocupante no es que se enfoque en temas superfluos, costumbre suya muy arraigada, sino que podría hablarme de asuntos trascendentales y creo que la molestia sería igual. No son los temas los que me aburren ahora mismo: es ella, su persona, su presencia.
Suspiro mientras me fijo en la bella costanera fluvial, misma que es uno de los principales atractivos turísticos de la ciudad que visito. En las aguas veo hermosos veleros blancos que se pasean con llamativos adornos y vanidosas guirnaldas. En la orilla se observan alegres lobos marinos tras rejas protectoras. En los jardines que están a un lado de la vereda se avistan niños jugando entre el verdoso césped. Tiendas de bellas artesanías en madera, cristal y mármol se vislumbran más allá. El lugar es muy bonito sin duda, mas no logro disfrutarlo.
¿Por qué? ¿Por qué me siento igual sin importar el lugar en que esté? En el fondo debería agradecer que lo tengo todo: éxito profesional, dinero para vacacionar donde guste, casa propia, un automóvil de lujo y una mujer que sé que me ama; todo eso a tan solo un año y medio de haber salido de la universidad. Aun así, mi inconformidad se acentúa cada día más y más.
¿Por qué no soy feliz si tienes todo lo que una persona desea?
¿Soy un amargado, verdad?
Quizás por eso acepté la propuesta de matrimonio de Sakura: sé que nadie más que ella toleraría mi carácter áspero, mi mal humor, mi forma insociable de ser.
¿Curioso, no? Siempre pensé que sería yo, como hombre, el que pediría matrimonio y en realidad fue ella quien lo hizo, sorprendiéndome completamente. Me emocionó el gesto, sin duda lo valoro muchísimo, pero cada día que pasa me voy dando cuenta de algo que me sacude las entrañas: tal vez debí tomarme un tiempo mayor para aceptar.
Se me viene a la mente el momento en que, buscando consejo, acudí con mi hermano mayor, quien me dijo que si tenías dudas era mejor no casarme. Profundizó poco más, pues me dijo que todavía debía descubrir qué era realmente el amor. Entonces me dirigí con mi padre, el que me dijo frases tan alentadoras como que el amor era una cicuta que se disfrazaba de caramelo. Haciendo una analogía similar añadió que el amor era un lobo vestido con piel de oveja. Aquello se me incrustó en la memoria, empero, fue el consejo de mi madre el que ni con amnesia podría olvidar.
—Sé que esto sonará impopular porque a la mayoría le gusta vivir de ilusiones, pero bajo mi experiencia te diré esto: el amor no es un sentimiento sino una decisión. Los sentimientos son volubles, caprichosos, finitos, y por ende si te aferras a éstos una relación formal nunca perdurará. Créeme: lo que mantiene a una pareja junta no es el amor porque éste siempre se acaba, tarde o temprano pero lo hace.
—¿Entonces qué hace que una pareja se mantenga junta? —pregunté a ceño fruncido.
—La lealtad al otro, Sasuke.
Mis ojos se esquinaron, pensativo.
—A ver, explícame.
—La lealtad es más fuerte que el amor. En mi opinión esa es la llave para que un matrimonio no fracase: hacer que tu lealtad, tu voluntad de estar con la otra persona en sí, sea más fuerte que tus sentimientos. Éstos son un vaivén constante, en cambio una decisión es mucho más fiable porque se mantiene sin importar la rutina, los problemas o las pasiones que se encienden o se apagan. —Se dio un lapso prudente de reflexiva abstracción antes de continuar—. La clave es creer que esa persona vale tanto la pena que no importa que pases por períodos en que sientas que ya no la amas, sabes que en algún momento se recuperará la pasión perdida.
—El problema es que Sakura nunca me ha producido esa locura que engendra el amor.
—Sé que todos quieren vivir ese concepto de amor que te vende Hollywood con sus películas irreales, pero esos amores tan hormonales terminan tan pronto como nacen porque, exceptuando a la pasión, nada más une a esas parejas. Cuando se acaba el arrebato todo lo demás se desmorona y créeme que eso lo he visto muchísimas veces.
—Veo que estás a favor de que me case con Sakura.
—¿La quieres mucho y te gusta físicamente, no? ¿Qué más se necesita? Sakura es una buena chica que está dispuesta a todo por ti; con ella tienes la total seguridad de que te apoyará contra viento y marea, te será siempre fiel y te dará una estabilidad que ninguna otra mujer podrá darte. Si te casas con ella no sufrirás y con el tiempo puedes llegar a amarla, no de una manera infinita e idealista, pero sí de una forma que los mantendrá juntos hasta el fin de sus días.
—¿Entonces tú y papá ya se no aman? ¿O acaso nunca se amaron?
Esta vez mi madre no contestó enseguida como lo venía haciendo regularmente. Alzó su mano y miró su anillo de matrimonio en el dedo anular. Yo no supe leer la expresión que se hizo en su rostro, pero si me viera obligado a responder me pareció ver una mezcla de sentimientos.
—Depende de tu concepto del amor. Para mí el amor tranquilo es mejor que el apasionado. Eso es más que suficiente para que una relación perdure y carezca de problemas y sufrimientos. Ansiar más que eso sólo trae decepciones, infidelidades y divorcios. Es tu vida, por supuesto, pero mi consejo es que no desaproveches a esa chica. Una mujer tan incondicional como Sakura no la encontrarás ni viviendo dos vidas.
Fue esa consulta la que me convenció de extenderle las alas a un casamiento con Sakura, de que eso tan grande que llegué a sentir por Hinata tenía fecha de vencimiento, de que se habría acabado más temprano que tarde por la diferencia de edad, de que nunca volvería a amar como lo hice con mi primer amor porque sólo un adolescente soñador podía sentir de esa manera.
De repente vuelvo al mundo real cuando mi chica se me pega del brazo y me pregunta si le estoy poniendo atención. Le contesto que sí, pero ella, disconforme, me pide que le repita lo que recién me estaba contando. Salgo pillado automáticamente: no tengo idea.
Sakura forma una mueca a la vez que da un suspiro, pero por mí reúne paciencia como siempre, misma que valoro porque sé que sólo la tiene conmigo. Por esa misma valoración procedo a escucharla con atención, aunque poco me dura mi nueva disposición. Vuelvo a sumergirme en mis propios pensamientos y, a consecuencia, paseo mi vista a través de varios rincones. De repente veo una silueta que me da la espalda, sentada en un banco que está muy cerca de la orilla ribereña. Por alguna razón me resulta extrañamente familiar a pesar de su lejanía. Me detengo un momento al tiempo que ignoro un comentario de Sakura. Pongo más atención a lo que de verdad me interesa y parpadeo tres veces como si eso me permitiera ver mejor. Mi vista nunca fue muy buena, pero hay algo en esa chica que me llama poderosamente la atención sin que sepa la razón. Quedo mirándola como ansiando que fuese esa persona que no he visto durante muchos años. Siento un eco de nostalgia martillándome el pecho y una sonrisa fantasmal se me forma en el rostro. Otra vez el mismo pensamiento, otra vez ese dolor pasándome por la mente...
—¿Cómo que Hinata se fue lejos? —pregunté con un miedo que jamás había sentido—. Eso es imposible. Ni siquiera se ha despedido.
—De ti no, pero de mí sí —contestó un hombre parecido a mí, nada raro tomando en cuenta que se trataba de mi hermano mayor—. No la volverás a ver.
Eso fue un golpe brutal y despiadado para mi joven corazón. Ahora comprendía porqué no había visto a Hinata en más de una semana; ahora entendía porqué no contestaba ninguna de mis llamadas.
—No puede ser... —musité mientras sentía que que un temor horrible se me enquistaba en todo el cuerpo—. ¿Pero por qué? ¿Y a dónde se fue?
—No me lo dijo.
—Estás mintiendo.
—Te juro que no lo hago.
Apreté tanto mis dientes como los puños. Con los últimos tuve ganas de darle un golpe a cualquiera que se me atravesara. Tenía a Itachi enfrente, pero por el enorme respeto que le tengo jamás haría algo así contra él.
—Tengo que verla. Tengo que hablarle —dije con desesperación, yendo hacia la puerta impulsivamente cómo si supiera dónde vive. Para mi pesar tomé constancia de que ni siquiera eso sé. Hinata siempre se cuidó de no revelarlo y recién ahora me daba cuenta del porqué.
—Hazte a la idea que no la volverás a ver, Sasuke. Incluso si la encontrarás buscándola por cierlo, mar y tierra, no te hablará más. No quiere tener más contacto contigo y por eso mismo borró su número.
—Pero debe tener otro celular, una dirección de casa, una cuenta en redes sociales... ¡Algo! No puede ocultarse como si se la tragara el mundo. En estos tiempos eso es imposible.
—Pues lo hará. Y creo que fue de ese modo para el bien de ambos —añadió dado que estaba al tanto de lo que pasaba entre ambos. Lamentablemente nos vio besándonos.
—Fuiste tú quien la obligó a irse, ¿verdad? ¡Fuiste tú! —Me acerqué a él hasta quedar frente a frente. A pesar de mi corta edad mi altura ya era destacable, cosa que me ponía a escasos centímetros de alcanzar a Itachi.
—¿Tan mal concepto tienes de mí? —cuestionó dolido—. Créeme que yo no la forcé a nada, ella tomó su decisión por su cuenta al ver que las cosas contigo estaban llegando demasiado lejos.
—¡Pero no puede irse sin darme siquiera una explicación! ¡Ella sabe que la amo con todo lo que tengo!
—A los catorce años no se sabe lo que es amar. Eres demasiado joven como para entender un sentimiento así. Te falta madurar.
—Cállate, tú no tienes puta idea de lo que siento por ella porque no eres yo. No eres capaz de meterte en mis zapatos, porque si lo hicieras me apoyarías como yo lo haría contigo.
—Sabes que te ayudaría en cualquier cosa, siempre lo he hecho, pero en esto no puedo hacerlo. Aunque te sea difícil de aceptar, Hinata hizo lo correcto al desaparecer de tu vida.
—¡Y una mierda! ¡No puedes enamorar a alguien y luego irte como si nada! —Invadido por una rabia sin igual, recuerdo que agarré una de las sillas del comedor en que estaban y la lancé lo más lejos que pude. Se estrelló contra la pared dejando una marca en la blanca pintura, pero en nada me importó. Podría haber roto un jarrón de miles de dólares o haber estropeado una pintura igual de valiosa y me habría dado exactamente igual—. ¡A ella es a la que le falta madurar!
—Si de verdad quieres actuar como un hombre entonces no hagas pataletas y domínate.
Resoplé mientras trataba de contener el impulso de mis emociones desbocadas. Sentía que me faltaba el aire a pesar de que hacía un esfuerzo por aspirar grandes bocanadas.
—Iré a buscarla. Dime dónde vive. Dame su dirección. Incluso si se fuera al extranjero la buscaré igual.
—Te repito que no tengo idea, te prometo que así es —dijo alzando su mano como si estuviese jurando en una corte—. ¿Además qué sacarías con buscarla? ¿Tienes un empleo? ¿Una profesión? ¿Has terminado la secundaria siquiera? Entiende esto de una buena vez: ella es una mujer adulta y necesita a un hombre adulto como pareja, no a un chiquillo agrandado que se cree maduro cuando todavía no lo es.
Remojé mis labios al sentirlos resecos. Quería a Itachi con toda mi alma, pero en ese momento lo veía más como un enemigo que como un hermano.
—Entiendo que sufras por ella —continuó ante mi silencio—, pero lo que crees que es amor no es más que un capricho que cesará en un par de meses. Hay muchas chicas de tu edad con las que puedes emparejarte.
—¿Es que no eres capaz de entenderlo? Yo amo a Hinata y sé que ella también me ama a mí. Qué diablos importa mi edad, ella ya me ha vuelto un hombre porque quiero luchar por ella, quiero dedicarle mi vida entera, quiero estar a su lado y cuidarla como se merece por el resto de mis días.
Mi hermano mayor se silencia por un rato. Quiero creer que, gracias a la fuerza de mis palabras, terminará dándome aliento.
—Admiro la pasión con la que hablas, en este momento un adulto no mostraría más determinación que tú, pero, aun así, sientes todo eso porque ahora mismo eres un mar de hormonas. Con el tiempo te darás cuenta que eso que llamas amor es sólo deseo pasajero y nada más.
—No lo es, te aseguro que no lo es —dije con una seriedad terrible. Dudo que alguna vez vuelva a ejercer una solemnidad semejante—. ¿No ves que Hinata es como una adolescente igual que yo? ¿Que aunque sea una adulta tiene un corazón tan noble como el de una niña? Ni siquiera representa su edad físicamente, se ve como una chica de diecisiete cuanto mucho. Ni siquiera se maquilla.
—Pero no es una adolescente, métete en la cabeza que es una adulta —silabeó la última palabra como si se la dijera a un niño que aprende a hablar. Eso me irritó mucho—. Además, ¿qué crees que pensaría mamá de ella si supiera que tiene veintiún años? ¿Crees que te daría permiso para tener algo con Hinata? Sólo la vería como una aprovechadora inmoral, una profanadora de cunas, una pedófila.
—Mamá no tiene por qué enterarse —negué de forma tajante—. Y en cuanto a papá creo que él sí me entendería, él también es hombre, hasta podría sentirse orgulloso de que conquisté a una mujer siete años mayor que yo.
—Incluso si papá te apoyará, cosa que dudo mucho, mamá seguiría siendo la piedra de tope porque jamás lo comprendería. Y es más: estoy segurísimo de que Hinata misma no lo entiende, de que ahora mismo siente un cargo de conciencia terrible por haberse fijado en ti de una forma prohibida.
—¡Cállate, maldita sea! Te juro que me harta escucharte —dije con lágrimas burbujeando en mis negros ojos—. Puedes irte al diablo tú y tus malditos sermones.
El que sí era un adulto pareció conmoverse. Su gestualidad así me lo denotaba.
—Lamento que te pongas así, pero obligarte a ver la realidad es lo único que puedo decir para ayudarte. Si sigues pensando que es amor lo que sientes, entonces se te hará mucho más difícil olvidarla.
—Es que no quiero olvidarla, Itachi. No quiero.
—¿Pero no te das cuenta que es un delito estar con un menor de edad? La ley es igual para hombres y mujeres, así que tú eres ilegal para una chica adulta como ella. Hinata no puede estar contigo aunque así lo quisiera. No hay más que añadir. ¿O quieres meterla en problemas legales? ¿Quieres que la terminen arrestando por estupro? ¿Eso deseas?
—¿Y quién mierda decidió que no me puedo enamorar de una mujer tan linda, tierna y especial como Hinata? ¿Quién decidió que por ser menor de edad no me puedo enamorar? Dímelo, maldición —exigí mientras tomaba a mi hermano mayor desde la solapa de su camisa.
Itachi no reaccionó, jamás lo haría contra mí. Fui yo quien quitó sus manos al ver su inacción, puesto que no deseaba faltarle el respeto a mi otrora ídolo. El problema es que me sentía tan sobrepasado, tan herido, que necesitaba desfogar de algún modo toda la rabia que sentía.
—Así son las leyes te guste o no. Y hay que acatarlas. Un chico como tú sí puede «amar» —entrecomilló con sus dedos, dejándome en claro que seguía dudándolo—, pero a una chica igual de jovencita que tú.
—Tu argumento de la edad me parece una basura porque ya no soy un niño, soy un adolescente que tiene un corazón que palpita igual que el de cualquier adulto. —Me golpeé el pecho dos veces justo donde sentía mis alterados latidos—. No importa lo que digas y tampoco me importa que me tome años encontrar a Hinata, voy a buscarla hasta encontrarla.
—Hablas por simple y llana impulsividad. ¿Por qué mejor no le haces caso a Sakura? Ella se muere por ser tu novia, es evidente.
—No me gusta Sakura, me harta de hecho. —Me acerqué a otra silla que estaba cerca y me dejé caer como si ya no tuviera fuerzas para estar de pie. Si alguien me hubiera visto sin saber nada de antemano, seguro se pensaría que, por lo enfermizo que debía lucir mi semblante, lo mejor para mí era estar en cama hasta recuperarme—. Sé que Hinata regresará por mí más temprano que tarde; puede hacerlo ahora o cuando cumpla dieciocho años y sé que lo hará porque yo sí significo algo muy importante para ella. Por eso mismo escapó, por eso mismo quiere alejarse: porque sabe que también siente cosas muy fuertes por mí, sabe que me ama como yo a ella. Quizás no sea un hombre hecho y derecho todavía, quizá tengas razón y me falta madurar, pero mis sentimientos son verdaderos, Itachi. Por ella daría mi vida si me lo pidiera.
Esperé a que Hinata se contactara conmigo cuando cumplí los quince, los dieciséis, los diecisiete. Me resultó muy amargo que no lo hiciera, pero en el fondo sabía que dieciocho era el número clave que podría traerla de vuelta sin que la ley pudiese acusarla. Sin embargo, alcanzar la mayoría de edad no me trajo el regalo que tanto ansiaba. En el cumpleaños número diecinueve mantuve la esperanza de que se contactara, que me diera siquiera un indicio de que estaba bien, mas nada ocurrió. Aun así la intenté buscar otra vez por redes sociales, también recorrí las calles de mi ciudad y de otras urbes gracias a los ahorros de algunos trabajos informales de fines de semana, pero ninguna pista hallé a pesar de mis ingentes esfuerzos. Era como si realmente se la hubiese tragado la tierra. Frustrado por mi maldita falta de resultados, incluso pensé en contratar a algún detective privado a ver si éste lograba algo, pero al final, a la edad de veinte años, por fin comprendí la dolorosa verdad: para Hinata nunca signifiqué lo mismo que ella significó para mí. ¿De qué servía continuar su búsqueda entonces? A esas alturas de su vida tal vez ya estaba hasta casada y con hijos.
Así, no me quedó más remedio que seguir con mi vida tratando de darle un espacio en mi corazón a esa pelirrosa insistente que luchaba por conseguir mi amor. Actualmente, con mis veinticuatro años a cuestas, sólo Sakura debía importarme. Por eso, recordando lo poco importante que fui para Hinata, me olvido de esa silueta en la banqueta y pretendo seguir mi camino sin más. Ella no se merece que incluso ahora anhele verla.
Decidido a olvidar ese pasado que me sigue doliendo, retorno mi mirada hacia Haruno como si le prestase genuina atención y avanzo junto a ella algunos pasos más, pero entonces un presentimiento muy potente hace que me detenga. Enfoco mi mirada en esa desconocida nuevamente.
—Sasuke, ¿pasa algo? —pregunta mi prometida.
—Espérame aquí. Creo que reconozco a alguien.
Me suelto del agarre de ella de una forma media brusca, a veces me es inevitable ser así. Ella dibuja un mohín, pero no me protesta. Sabe que si lo hace saldrá perdiendo.
Avanzo hacia esa figura y, cuando noto un tono azulino en sus cabellos, mi corazón parece dar una vuelta de trescientos sesenta grados dentro de mi pecho. Trago saliva, gesto raro en mí, y, a pesar de todo, ruego con las mismísimas entrañas que se trate de la persona que estoy evocando en mi mente. Sin embargo, suspiro pesdamente al darme cuenta de que no sucederá lo que espero. Esta misma situación ya me ha pasado antes: cuando veo a una mujer que desde lejos me recuerda a Hinata me acerco a verificar, pero el resultado es padecer siempre la misma decepción.
Y lo mismo sucederá ahora.
Pienso desistir, afloran dudas que mi carácter pocas veces permite, pero decido continuar por simple curiosidad. Una nueva desilusión no me matará.
Estando ya a escasos pasos del banco, la mujer sentada ahí parece no haberse dado cuenta de lo que la rodeaba. Lucía abstraída en sus propios pensamientos, ventaja que una de las ciudades más seguras del mundo podía ofrecer. De hecho, tan sólo a unos cincuenta metros estaba aparcado un furgón policial.
—¿Hinata? —desde atrás pregunto con mi voz ronca de hombre adulto, misma que, adivino, a ella le costaría reconocer.
La fémina pareció dar un leve respingo. ¿O sólo fue una idea mía? ¿O reaccionó porque la sorprendí y no por haber dicho ese nombre? Sólo me queda esperar a que se dé vuelta para hallar la respuesta.
Estoy sentada en un banco admirando el paisaje mientras mi cartera de cuero negro se sostiene en mi regazo. ¿Qué hago aquí? En honor a la verdad ni siquiera yo lo sé. Simplemente necesitaba darme un descanso de todo: de ese trabajo que no me gusta, de la rutina, del agotamiento.
Repaso mi vida y mis errores, dándome cuenta de que haber estudiado por vocación en lugar de hacerlo por dinero fue el mayor error de mi vida. Sabía que estudiar artes plásticas era un camino dífícil, pero mi idealismo me llevó a esa carrera pensando que sólo bastaba el esfuerzo para conseguir mis objetivos. No. El mundo real, y más ese desconocido mundo del arte que idealizaba tanto, se movía por contactos y no por merecimientos. Para peor más de una vez me habían ofrecido propuestas indecorosas, abiertamente sexuales, para exponer mis cuadros en alguna galería de arte importante. Por supuesto, muy fiel a mis valores, rechacé esas sucias propuestas a pesar de que el dinero me escaseaba cada fin de mes.
Mi padre me lo había advertido: «si estudias esa carrera te morirás de hambre. Si estudias esa mierda ni pienses que te ayudaré cuando te falte el dinero. Estudia alguna ingeniería, medicina, derecho, odontología, una carrera que te dé prestigio y un estándar alto de vida, no esa porquería que pretendes. Si estudias arte olvídate de mí para siempre».
Y lo había cumplido a rajatabla a pesar de cuántos años habían pasado.
Todavía recuerdo mis proyectos de juventud, aspirando a ser una pintora reconocida algún día. Qué ilusa era. A mis treinta y uno era una fracasada tal como mi padre siempre lo dijo, ¿verdad? Sin hijos, sin pareja, sin casa propia, con un trabajo en el que apenas ganaba el sueldo mínimo, y, lo peor de todo, sin ganas de vivir más. ¿Tenía una depresión o era sólo la crisis de los treinta pegándome fuerte? Sé bien cuál es la respuesta correcta, la conozco tan bien que iría a un psicólogo de tener el dinero suficiente para ello.
Ahora estoy aquí, lamentando en silencio mis miserias, criticando los errores de mi vida y las oportunidades que dejé escapar, pensando que ya no hay vuelta atrás para salir del abismo de pesimismo en que he caído, incluso replanteándome si continuar mi vida tiene algún sentido.
La muerte era algo que se me pasaba por la cabeza más seguido de lo que hubiese querido. A veces me daba miedo que, de tanto pensar en ella, terminara tentándome. Otras veces me gustaba pensar que el momento ideal para fallecer fue justo cuando recién me titulé, en esa etapa en que estaba llena de sueños, de ilusiones, de ganas de conquistar al mundo con mi arte.
«Dibujas precioso», «pintas increíble», «eres una tremenda artista»... Me lo han dicho un sinfín de veces, pero los comentarios halagüeños no dan dinero para saldar las cuentas; el arte en sí no paga salvo a unos pocos bendecidos por el destino.
¿Quizás el camino al éxito era mostrarme en redes sociales? ¿Promocionarme en Youtube, Instagram, Tumblr y cuánta red social habida y por haber exista? Me siento muy vieja y desfasada para eso. Las redes sociales son para los jóvenes y yo ya no lo soy. Más encima mi timidez se interpondría, puesto que aún sigue vigente a pesar de los años que ya porto.
Gracias a mi incesante oleada de remembranzas llega a mi mente ese chico pelinegro con el que, por azares del destino, compartí mucho tiempo. Una amplia e instantánea sonrisa acude a mí entonces. ¿Qué sería de su vida?
Muchas veces revisé el perfil en Facebook de Sasuke y como buena intrusa, o «stalker» como dirían los de habla inglesa, vi una por una sus pocas fotografías hasta tocar la fecha de creación de su cuenta. Allí vi que por cinco años publicó mensajes en que solicitaba ayuda para encontrarme, cosa que me conmovió de un modo muy profundo. Seguramente nunca me creería si le contara que llegué al punto de las lágrimas cada vez que, agobiada por la nostalgia, releía sus palabras. Gracias a esa red social también comprobé que ya era todo un hombre: su cuerpo ya no era ese delgado de los catorce, sino uno fornido que iba acompañado por un rostro que lucía muy hermoso a pesar de su hosca mirada.
Una vez, precisamente la última ocasión en que revisé su perfil, vi que aparecía como comprometido. Su novia era una preciosa chica de cabello rosa y con ojos de jade tonalidad. Sin duda debían ser muy felices juntos.
Siempre me encantó esa gran determinación que mostraba ese chico especial. Muchas veces, sobre todo últimamente, me habían dado ganas de buscarlo y de explicarle las razones de mi repentina desaparición, pero era muy probable que ya ni se acordara de mí. La mejor prueba era que había dejado de nombrarme en sus redes desde mucho tiempo atrás... ¿Para qué reflotar el pasado entonces? No tenía ningún sentido.
Seguí pensando un largo rato en ese ex-adolescente impetuoso, orgulloso, inteligente y maduro para su edad, deseándole lo mejor en su vida y el mayor de los éxitos junto a su bella pareja. Dejando atrás esa momentánea felicidad al recordarlo, volví a sumergirme en mis miserias de treintañera «loser» sin saber que en siete minutos más, y de golpe y porrazo, sucedería algo que removería mi corazón como montándose en su propio carrusel.
—¿Hinata?
Escucho una voz que eriza mis vellos a velocidad relampagueante. También sentí que mis hombros se tensaban y que mis pantorrillas los imitaban. Y juraría que un calor extraño se asentó en mi estómago.
—Hinata... ¿eres tú?
Esa voz me era forastera, pero por alguna razón la sentía extrañamente familiar. ¿Había sido por el tono empleado? ¿O era por otro motivo? Quise pensar que era algún desconocido queriendo preguntarme una dirección, pero si me llamó por mi nombre tal premisa era imposible. De súbito mi órgano vital empieza a palpitar con más fuerza y mis nervios se encienden como advirtiéndome que algo muy importante estaba a punto de suceder. Mi diestra aprieta los bordes de mi vestido mientras mis dientes tienen ganas de morder la correa de mi cartera. No lo hago porque no soy un can, pero las ganas estaban allí.
Tengo deseos de escapar y de quedarme al mismo tiempo... ¡Qué malditas son las emociones! Finalmente decido darme la vuelta. Y al hacerlo, lo que me informan mis ojos me provoca un impacto que me quita la respiración de golpe y porrazo.
—Hinata, ¿eres tú?
De nuevo no sé si es una idea mía o de verdad escuché que esa mujer tragaba saliva. Veo que se mueve nerviosamente sobre su asiento, lo cual indica que esta vez podría ser distinta a tantas anteriores. Muero por ver su rostro, muero por saber si se trata de ella, muero por ver a la dama que me robó el corazón siendo apenas un mozuelo. Respiro profundo una vez, dos veces, hasta tres veces, mientras los dedos de mi mano izquierda se mueven como si estuvieran pedaleando.
Por fin la fémina se da vuelta y mis pupilas se dilatan por la enorme sorpresa que entonces me invade...
Después de tantos años...
¿Era ella...?
¿Era Hinata?
No podía ser cierto...
Pero lo que se me plasma por delante me hace saber que no estoy soñando: después de diez larguísimos años, por fin encontré a la mujer que me robó el corazón y que había marcado mi alma para siempre...
Continuará.
