Victoria

Disclaimer: Nada me pertenece.

Esta historia participa en el reto Tropos románticos del foro Alas negras, palabras negras. El tropo que escogí es slap, slap, kiss.

A lo mejor la escena no tiene mucho sentido, pero llevaba queriendo escribirla desde que vi la serie.

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Otto está muy cansado. La reunión del consejo ha sido más larga de lo habitual y también más infructuosa. En general no es difícil que todos se pongan de acuerdo, pero el asunto de los Peldaños de Piedra los tiene divididos. Otto está convencido de que es mejor no intervenir, pero Corlys Velaryon sigue insistiendo en lo contrario y está ganando partidarios. Al menos Daemon, que es su principal apoyo, no se ha presentado a la reunión. Por una parte Otto preferiría que el príncipe se mantuviera lo más alejado posible del consejo, pero por otro lado le da rabia lo poco en serio que se toma su deber con el reino.

Viserys lo ha escusado, como siempre hace, diciendo que su hermano seguramente tendrá un buen motivo para no haberse presentado. Otto lo duda, pero no ha querido discutir con él. Viserys es por lo general un hombre razonable, pero no atiende a razones cuando se trata de Daemon. Al menos no se ha dejado convencer por la Serpiente Marina para mandar parte de la flota del reino a los Peldaños.

Están ya despidiéndose, todavía con cierta tensión por las últimas discusiones, cuando las puertas de la sala del consejo se abren y Daemon hace su aparición. Viste armadura y su capa dorada está manchada de sangre, otra muestra más del poco respeto que le tiene al consejo y a sus miembros. Otto frunce el ceño, pero Viserys sonríe a su hermano, que compone su mejor sonrisa de buen chico aunque sus ojos brillan con picardía.

–¿Llego tarde?.

Otto contiene el impulso de rechinar los dientes ante su tono sarcástico, pero Viserys se limita a decirle que sí y a explicarle qué han estado hablando. Otto agradece que el resumen del rey sea rápido porque está deseando marcharse, pero entonces Viserys se vuelve hacia él y le dice que se quede un rato con Daemon para ponerlo al día. Al príncipe, que claramente esperaba librarse del todo de sus obligaciones, no le hace mucha gracia. A Otto la idea tampoco es que le encante, pero no es como si tuviera otra opción que seguir las órdenes del rey.

Cuando se quedan solos, Daemon se deja caer en uno de los sillones mientras que Otto permanece de pie.

–Bueno, ¿de qué habéis estado hablando en mi ausencia? ¿Habéis tomado alguna decisión de vital importancia para el reino?

El tono burlón molesta a Otto, pero no lo deja ver. Lo mejor con Daemon es no caer en sus provocaciones.

–Todo lo que discutimos en el consejo privado es de vital importancia para el reino. Lo sabrías si te molestaras en venir más a menudo.

–No me nombraron comandante de la guardia de la ciudad para que me pasara la vida sentado en una silla.

En eso Otto tiene que darle la razón. Precisamente su nombramiento fue para que dejara de ocupar el cargo de consejero de la moneda. No obstante, decide que ya basta de discusiones estúpidas. Cuanto antes acabe de poner al día a Daemon, antes podrá marcharse a sus habitaciones. Además, viendo el poco interés que el príncipe tiene por los asuntos del consejo, probablemente bastará con un resumen conciso.

Comienza a contarle el principio de la reunión, pero Daemon lo interrumpe.

–Vayamos a lo importante. ¿Qué pasa con la guerra? Vamos a intervenir?

–No hemos decidido nada en firme, pero por ahora el rey es partidario de esperar.

Daemon frunce los labios en una mueca de desprecio.

–Esperar es de cobardes. Deberíamos atacar ya, antes de que sea demasiado tarde.

Otto lanza un suspiro. Está demasiado cansado como para ponerse a explicarle por qué es una tontería meterse en la guerra. Además, sabe que Daemon no lo va a entender.

–Ya lo hemos decidido. Si hubieras llegado a tiempo, hubieras podido darle tu opinión al rey.

–Ya te he dicho que estaba haciendo mi trabajo: detener criminales y dejar las calles de la ciudad limpias de escoria. ¿Qué estabas haciendo tú mientras tanto?

–Estaba aquí, cumpliendo con mi deber como miembro del consejo.

Ni su tono cortante ni la mirada glacial que le dedica amedrentan lo más mínimo a Daemon. Al contrario, el príncipe suelta una carcajada despectiva antes de responder:

–¿Tu deber? y ¿cuál es tu deber?

–Velar por el bienestar del reino, mi príncipe. Ese es mi deber.

–¿Y cómo se supone que haces eso? Lo único que haces es hablar. Yo prefiero actuar. Hoy he atrapado a cuatro delincuentes, así es como yo cumplo con mi deber mientras tú has estado toda la tarde sentado sin hacer otra cosa que hablar sin parar.

Otto sabe que no debería seguirle el juego, pero no lo puede evitar. Daemon tiene algo que hace que le hierva la sangre.

–Supongo que esa es la diferencia entre los deberes de la mano del rey y los del señor del Lecho de Pulgas. Tú puedes pasarte el día jugando con tu espada en los barrios bajos mientras que yo tengo que pararme a reflexionar antes de tomar decisiones que afectarán a todo el reino.

El príncipe se levanta con un movimiento rápido que hace pensar a Otto en una fiera más que en una persona. Se pone en guardia ante un posible ataque, pero daemon se limita a mirarlo con ira.

–Te encanta darle vueltas a las cosas para al final acabar no haciendo nada. ¿También tenías que "pararte a reflexionar antes de follarte a tu mujer o eras capaz de meterle la polla sin haberlo estado meditando por semanas?

Otto cierra los puños y Daemon sonríe, satisfecho de haber conseguido sacarle esa reacción.

–Mis asuntos matrimoniales no te conciernen. Yo no soy como tú, que deshonras a tu esposa cada vez que tienes la oportunidad, presumiendo de acostarte con cuanta prostituta se te ponga por delante.

–¿He de asumir entonces que tú te acuestas con prostitutas sin presumir de ello?

Daemon se ha ido acercando, seguramente con el fin de incomodarlo más, pero a Otto no le molesta su cercanía y no se deja vencer por un truco de intimidación tan burdo. Daemon le inspira muchas cosas, mayormente rabia y desprecio, pero no le provoca miedo.

–Nunca me he acostado con una prostituta y nunca lo haré.

Su respuesta es tajante y sincera. Un hombre devoto como él nunca se rebajaría a algo así. Daemon avanza unos pasos más hacia él mientras suelta otra carcajada burlona.

–Claro, para eso tendrías que tener algo de sangre en las venas. Sacarte el palo que tienes metido por el culo y dejar de pensar por un momento. ¿Has hecho eso alguna vez?

Otto se inclina hacia delante para responderle, dispuesto a demostrarle que no se siente intimidado. Sus caras están apenas a unos centímetros y mientras busca una buena réplica no puede evitar pensar que podría besarlo. Es una idea absolutamente estúpida, pero está harto de esa discusión sin sentido y no se le ocurre un modo mejor de dejarlo sin palabras y a la vez refutar su último comentario. En realidad lo más sensato y sencillo sería marcharse sin más, al fin y al cabo está claro que no va a poder contarle nada de lo sucedido en la reunión y ese es el único motivo que tiene para estar allí. No obstante, está demasiado cansado y por una vez cede a su impulso ridículo e infantil.

La mirada sorprendida de Daemon cuando junta sus labios con los suyos le proporciona un destello de satisfacción, pero el príncipe se recupera pronto y abre la boca. Racionalmente Otto sabe que debería apartarse y marcharse cuanto antes de ahí, pero en esos momentos no está siendo racional y piensa que apartarse sería una derrota, así que le devuelve el beso.

Si tiene que ser sincero consigo mismo, la verdad es que lo disfruta. Besar a Daemon es como seguir discutiendo con él. Sus lenguas pelean por tener el control. El príncipe lo agarra de la cintura atrayéndolo más hacia sí, pero oto lo coge por las caderas y lo empuja contra la mesa del consejo para controlar mejor la situación. Daemon aprovecha para meter las manos por debajo de su ropa y Otto siente un escalofrío de placer. Pegados como están, Otto nota la erección del príncipe y está seguro de que él nota la suya. Ese pensamiento le hace darse cuenta de lo que están a punto de hacer. Rompe el beso y se separa de Daemon fingiendo una calma que está muy lejos de sentir. Le gustaría soltar una frase ingeniosa como despedida, pero está demasiado agitado como para que se le ocurra algo, así que simplemente pone su mejor cara de indiferencia y se marcha de la sala. Lo más seguro es que cuando se pare a pensar en ello se arrepienta, pero por ahora considera la cara de indignación que se le ha quedado a Daemon como una victoria.