Era un diez de enero cuando Nagisa Shiota volvía a casa; El reloj marcaba las seis en punto mientras que el sol lentamente iba tomando posición defensiva al ocultarse cada vez más, entonces notó que de su costado izquierdo una camioneta negra lo venía siguiendo, no le tomó importancia. Grave error.
Aquel día había salido de su escuela demasiado tarde debido a algunas tareas, caminaba sólo por la calle.
Nagisa no leía. No se molestaba por enterarse de que en la zona en la cual, él vivía, había sido víctima ya de algunos cuantos secuestros a menores de edad.
Basura inútil. Pensaba.
Sus preocupaciones eran nulas, buscaba descansar una vez que llegará a casa con su madre. Su cuerpo tan sólo pedía unas cuantas horas de sueño para volver a estar al cien en el momento que fuera. Lastimosamente no sería así.
En la esquina para llegar a su casa, bruscamente unas manos fueron las que lo tomaron desprevenido. Tomando con fuerza de sus brazos mientras en su boca y nariz se depositaba un pañuelo húmedo. Lentamente fue cayendo en el profundo, —No sueño.— Pero si en la pérdida de sus movimientos. Ahora eran limitados y sus extremidades se sentían entumecidas.
Gritó; Más nadie lo escucho.
Sintió como era duramente atado con una soga, pies y manos, estás tras su espalda mientras el pañuelo era sujetado a su nariz con un poco de cinta adhesiva.
Sintió su cuerpo tambalear cuando intentó removerse para escapar, pues el duro puño estrellado contra su rostro lo hizo marear y ensordecer por unos momentos que parecieron eternos.
Fue cargado y llevado hasta la cajuela de aquella camioneta. Que, una vez cumplido su objetivo, partió a toda velocidad sin siquiera dejar rastro alguno.
Nagisa Shiota había sido secuestrado.
No recuperó la consciencia hasta pasadas largas horas. Pero cuando lo hizo, se halló entre blancas paredes iluminadas tenuemente mientras sus piernas y manos seguían aún atadas. Estaba sólo. No sabía donde. Su mente aún daba demasiadas vueltas como para querer pensar en ello.
Quería ver a su madre, más era demasiado tarde. Pues sabía que de ahí no saldría hasta después de un largo rato. Y claro, si es que lograba salir en algún momento. Claro que lo dudaba.
Ese día por la noche, Nagisa fue soltado y mandado con uno de sus secuestradores;
—Tiene linda cara.— Confesó.—. Tal vez pueda servir de algo. ¿Deberíamos de ponerlo a trabajar? Supongo que sacará una buena cantidad, después de todo, pasamos bastante viéndolo a distancia como para ahora arrepentirnos.
El decir que estaba asustado era poco. Sus piernas temblaban cual gelatina mientras sus muñecas comenzaban a doler por el firme amarre de las cuerdas aún en estás.
¿Qué pasaría con él? No quería si quiera pensarlo. No lo haría.
—Aún así, es un chico; ¿No cree que a los clientes le molestará?
—En absoluto.— Sonrió con malévola.—. Aunque deberé de probarlo, sólo si queremos estar seguros.
Era una desdicha, una mierda.
Parecía que le estaban escupiendo en la cara mientras se mofaban de su aún existente virginidad. Su opinión jamás contaría.
Así que no hubo objeción alguna.
Poco después fue llevado a un cuarto, donde fue encerrado con un viejo hombre de apariencia frívola y mirada tan penetrante así como seductora.
Nagisa aquella noche fue tocado por primera vez.
Repugnante. Asqueroso. Asco.
Excitación. Gusto. Sadomasoquismo.
Al principio se negaba a decirlo, ni siquiera a pensarlo en su pequeña mente donde sucias y macabras sensaciones reinaban.
Deseó. Gemidos. Más.
Era brutal. Su cuerpo entumecido, su piel enchinada por cada roce que en el fondo lograba enloquecerlo hasta donde su punto se perdía entre la gloriosa sensación del placer y terror que le obligaban a pedir más.
Aunque sus ideas primerizas fueran las más fuertes en un principio, lentamente fue que el latido atolondrado y acelerado de su corazón logró hacerlo perder en su totalidad. Entonces comenzó a caer en un pozo en el que tardaría bastante para que tocará fondo.
Resbaló y ahora caía. Pero era una que poco a poco, por cada minuto que pasaba, le gustaba tanto que no temía de admitirlo por más enfermo o despechado que fuera. ¡Quería más!
Pedir por más. Sentirse asqueado. Gustar de los violentos roces.
Supo entonces lo sensible que era su cuerpo. Como pequeños y vanales roces sacaban de él hasta el más mínimo gemido que aquel viejo hombre llegó a encantar.
Joder. Que ese maldito mocoso era una sensación nueva incluso para él.
Le encantó. Joderlo. Tocarlo sin barrera alguna.
Ese día, Nagisa entendió por primera vez que sus horas de sueño serían cambiadas de forma brusca. No dormiría a menos de que así le fuera ordenado.
Al día siguiente fue casi lo mismo, también al siguiente, y al siguiente hasta pasado así, una semana llena de miedo que después se convirtió en la más enferma gloria de la cual, uno pudiera degustar.
Gemidos, gemidos, gemidos. No le gustaba; ¿A quién engañaba? ¡Si le encantó!
Poco después fue sometido a la trata blanca.
Donde su cuerpo y maravillas fueron distribuidas tan rápidamente que en poco tiempo su cuerpo fue el más buscado de todo el lugar. Aún más buscado que el de todas las mujeres que se encontraban junto a él.
Ahí fue cuando su dulce infierno comenzó.
No supo contar el tiempo que realmente paso desde entonces.
Lo único que sabía, era que su sentir y mente estaban siendo corrompidas por cada pene que entraba en él.
Pero que al final, le terminaba gustando tanto que sólo podía avergonzarse tras haber acabado por casi quinta vez en una noche.
Todas con hombres diferentes.
Comenzó por adentrarse a las frías orgías que consistían solamente en sexo puro y nato sin nada de real amor cuando veía que los clientes se juntaban.
Y Nagisa gustoso los aceptaba. Ellos tampoco ponían pero alguno.
Así que de vez en cuando se hallaba por noches enteras bajo toneladas de peso muerto, debajo de fría carne tan caliente a la vez que lo tocaba sin descanso alguno. Que lo penetraban uno tras otro. Que lograban tocar su dulce punto hasta casi hacerlo delirar. Eran noches realmente alocadas a las que sin querer se había vuelto adicto.
Y, aún cuando acababa y regresaba a su habitación;
Se hallaba con un bello regalo en su cama. Un consolador azul cielo semejante a su cabello. Hermoso.
—¡Ah! ¡Ya... No... No puedo más...!
Mientras se daba vuelta y jugaba un poco con su tierna entrada con la gruesa punta de aquel juguete sexual susurraba. Después lo introducía de forma tan violenta que poco le importaban las cámaras colocadas en su habitación.
Lo volvía loco.
—¡Más! ¡Por favor! ¡Rápido, rápido!
Dos, tres, seis veces hasta que su mano se sentía entumecida.
Hasta que sus caderas dolieran y hasta que su bajo vientre le pidiera clemencia era como se dejaba caer totalmente agotado.
Aún no estaba satisfecho.
Si no puedes, sólo déjate llevar y disfruta cada roce. Una dura ley de vida que Nagisa Shiota aprendió por la mala.
De seguro están pensando; ¿Por qué dar una imagen tan sexual y explícita de nuestro protagonista? ¿Por qué no sólo decir que se había vuelto un adicto a la Satiriasis y ya?
Es algo fácil de responder; Porque por ahora, será lo más ligero que verán en está historia. Porque en un futuro, disfrutarán esto tanto como yo lo hago justo ahora.
Poco después, cayó rápidamente un catorce de Julio donde estruendosos disparos corrieron sacando la vida de las pocas personas que en aquel viejo lugar lleno de drogas y alcohol se hallaban. Su límite había llegado.
—¡No te quiero dejar, huyamos juntos!
—Perdóname, pequeño.
Nagisa, por más que en un principio le repudiara, se había encariñado con aquel hombre que un día como cualquiera lo agarró desprevenido secuestrándolo sin más.
Se negaba a dejarlo, a aquel que una vez llegó a tomar su virginidad para después venderlo. Lo amaba.
Aquel día fue una verdadera desgracia, Nagisa había huido luego de saber que la mayoría había fallecido. Corrió lejos con uno de los tantos ayudantes que ahora le estaba explicando su plan para salir de esto. Ya no había salida.
—¿Subasta?
—Sí. ¿Tienes idea de cuanto pagarían por ti en el mercado negro? Tú te quedarías tal vez en buenas manos, yo ganaría ese dinero para salir del país y así continuar nuestras vidas.
—Entonces nos separaremos...
—Supongo que sería nuestro final si no lo hacemos, Nagisa.
Y así, fue como la subasta se realizó una semana después. El dinero pagado fue más de lo que se hubiese podido imaginar. Nagisa era realmente codiciado. No sólo por su lindo rostro o angelical voz, sino porque desde un principio, la descripción dada sobre él daba muchas expectativas.
Así que fue pagado por compradores anónimos que se presentarían hasta el día de la entrega.
Dos días después, Nagisa se hallaba despidiéndose de aquel sujeto con el que hasta ahora se había estado escondiendo. Nada fue especial realmente.
Luego se halló frente a una gran y hermosa limusina negra.
Donde después de que los vidrios fueran bajados, se halló con una cabellera naranja junto a otra roja.
El contrato de compra que Nagisa había firmado, mencionaba que debía de satisfacer a los gemelos Akabane. En todas las formas posibles.
—Bienvenido Nagisa, sube. Tenemos muchas cosas de las cuales hablar; Además de que debemos de preparar nuestro viaje de regreso a Corea.
Oh, claro que no le molestaba. Era un hecho que ya ansiaba adentrarse a su tercera vida, donde gustos e infortunios lograban complacerlo por más enfermo que pareciera. Pues ese era Nagisa Shiota.
