Las luces de la noche en Yoshiwara iluminaban y coloreaban alegremente la noche. Los tonos cálidos de las linternas de papeles de colores, los faroles de la calle, y las bombillas de los establecimientos, a la par de las bellas mujeres vestidas en sus sedosos kimonos evocaban el recuerdo de los festivales.

Caminando por la calle, indiferente a los halagos que le dedicaban las trabajadoras del barrio, la distintiva cabellera platinada de Gintoki destacaba entre las demás, anunciando su llegada sin proponérselo. Quién lo vio primero y se apresuró a acercarse alegre hacia él fue el niño Seita.

- ¡Gin-san! ¡Qué bueno volver a verte! ¿Vienes por trabajo?

- No lo sé todavía, Hinowa me pidió que viniera.

- Hmm, no recuerdo que haya pasado nada malo por aquí en estas últimas semanas.

- Los niños no tienen por qué enterarse de esas cosas –Contestó Gin con un suspiro– Y Yoshiwara tiene a unas buenas guardianas aquí que se ocupan de que todo esté bien a diario.

- ¡Tsukuyo-nee es la mejor! ¿Verdad, Gin-san?

- Sí, sí... Vamos con tu madre de una vez.

Que Seita adoraba a Gin y lo tenía como un referente masculino era bien sabido, en su inocencia ignorando todas las demás cosas que los adultos podían criticarle. Sin embargo, era usual que la mera vista del samurái de cabello ondulado pusiera unas bonitas sonrisas en los rostros de sus conocidos en el barrio rojo. Las mujeres conocidas como el sol y la luna de Yoshiwara estaban entre esas personas, aunque la última, Tsukuyo, no gustaba de admitirlo y fingía un semblante indiferente. Lo cierto era que la ninja se había obligado a mantenerse estoica ante la presencia del samurái, guardando en lo más profundo de ella sus verdaderos sentimientos, ya que había aceptado que él no era el tipo de hombre que pudiera correspondérselos, y ella lo respetaba y lo dejaba a su aire. Hubiera sido más fácil el enterrarlos y hacer como si nada, pero su querida Hinowa siempre tenía algún comentario afilado y provocador para recordarle constantemente de la esperanza de animarse a estar algún día con el hombre que le gustaba, esa mujer era muy terca aún en sus mejores intenciones.

Justamente en darles un empujoncito había puesto su intención esa noche la bellísima cortesana de ojos aguamarina, al pedirle al peliplateado que fuera de visita. Quizás todavía no era tiempo para ninguno de pensar en algo romántico serio, dado que ambos tenían cosas que sanar en sus corazones primero, pero era innegable que la mutua compañía que se hacían les cambiaba el semblante, Tsukuyo viéndose más relajada, y Gintoki con un sutil brillo especial en sus siempre indiferentes ojos carmesí.

- Bienvenido, Gin-san. Siempre es un gusto verte.

- Hola, Hinowa. ¿Cómo van las cosas por aquí?

- Muy bien, por suerte. Gracias a la ayuda y el duro trabajo de muchas personas.

- Mejor así, es una molestia que haya problemas uno tras otro. ¿Y bien, para qué me llamaste? Si no hay trabajo, compensarás mi tiempo con darme algo de sake.

- Algo así era mi intención –Contestó la cortesana sonriendo– Una invitación de agradecimiento porque siempre estás cerca y ayudándonos, con los asuntos de Yoshiwara y con Seita también. Así que hoy es para que descanses y disfrutes la noche.

- Con que eso era. Bueno, suena bien, nunca se le dice que no al sake o a los juegos –Miró alrededor con disimulo– ¿Dónde está Tsukuyo? ¿De patrulla?

- No, le encargué unos preparativos. La verás en un momento.

Hinowa sonrió para sus adentros, encantada con que lo primero que notara Gintoki fuera la ausencia de la rubia, y no se contuviera de saber su paradero. Conversaron unos minutos entre ellos, de cómo iban las cosas en la vida de cada uno, cómo estaban Kagura, Shinpachi y Seita, y otros temas amenos, hasta que la mujer le dijo que ya debía de estar todo listo, y que podía ir a la habitación que habían preparado para él. Indicándole cuál era y dejándolo ir solo, ya que el samurái era un muy frecuente habitué de ese lugar, se despidieron por el momento.

Gintoki debió de imaginárselo, que la dama de compañía que le serviría el sake esa noche sería Tsukuyo. En otras visitas más informales, siempre los dos terminaban quedando juntos, ya sea dando paseos para ponerse al día, haciéndose compañía silenciosa, o algunas noches él la acompañaba en las patrullas sólo para pasar el tiempo, entre medio de beber sake y divertirse con juegos por su cuenta. Lo que sí le sorprendió en esa ocasión fue verla nuevamente en las numerosas capas de un elegante y femenino kimono, tal como la primera vez que la vio así. No era necesario tanto protocolo, además que la ninja no se dedicaba a ser cortesana, por no decir que él le tenía pavor a la agresiva personalidad de ella cuando bebía alcohol. Confiando en que esa vez no sería así y no lo habían invitado para terminar vapuleado, la saludó con una pequeña sonrisa.

- Hola, Tsukuyo, tal parece que tengo una cita con la cortesana de la muerte hoy.

- Hola Gintoki. Espero que estés bien.

Ninguno solía ser efusivo en su saludo, así como tampoco hubo quejas o burlas al verse en la situación de esa noche, Tsukuyo sabía de antemano que iba a ser así ya que era débil para negarse a los pedidos de Hinowa, además de que gustaba mucho de pasar el tiempo con el samurái, aunque hubiera preferido ahorrarse las varias capas de esa pesada y pomposa vestimenta, y llevar puesta la habitual. ¿De qué servía vestir tan hermosa y delicada a una mujer que había desechado su feminidad por voluntad propia? Y, aun así, sólo él le hacía flaquear su determinación, él y sólo él provocaban que su corazón latiera más rápido, se comportara de forma torpe y nerviosa, y le hacía desear por momentos que la hiciera sentir como toda una mujer. Ese era el estado alterado de mente y corazón con el que Tsukuyo tenía que lidiar cada vez que estaba a solas con él. Ese maldito, bendito samurái que se cruzó en su camino y le dio un vuelco completo a su vida, le devolvió la luz del día y algo más.

Por su parte, Gintoki se sentó al lado de la mujer, y luego de cruzar un par de palabras, agarró la copita de sake y estiró el brazo para ponerla frente a ella.

- Empecemos con esto, cortesana.

- Sí, danna –Contestó la rubia con una pequeña sonrisa, siguiéndole el juego, aunque más que gustosa en el fondo de llamarlo así.

Luego del primer trago, Gintoki respiró profundamente, dejando salir un suspiro de satisfacción. Si bien se aprovechaba de que "el salvador de Yoshiwara" tenía bebida gratis de por vida allí, no dejaba de sorprenderse de que le siguieran dando el sake más sabroso y seguramente caro que había probado en su vida. No era de extrañar que esas mujeres tuvieran montones de barriles de la fina bebida, al fin y al cabo, el barrio del placer amasaba fortunas por sus servicios, y el oro y los lujos -sin ostentar- eran moneda corriente para Hinowa y su entorno cercano. A pesar de ello, dicha generosidad sin medida que tenía la cortesana para atenderlo siempre hacía que él contuviera más su lengua desfachatada y burlona, era lo mínimo que podía hacer considerando que también Tsukuyo se había esforzado en presentarse con esa apariencia.

Le echó una mirada disimulada a su acompañante, y admitió para sus adentros que estaba más que bonita. Siempre había pensado que ella era una mujer muy atractiva, con sus ojos como amatistas y su cuerpo voluptuoso en los mejores lugares a la par de ser atlético, sólo que su actitud tosca y a la defensiva palidecían un poco su potencial femenino. Eso no lo había detenido de intentar seducirla, hasta que se volvió una broma entre ambos, sabiendo que ella siempre se iba a enojar y le arrojaría un kunai por su atrevimiento. A decir verdad, le entretenía sobremanera seguir con esa dinámica, hacer como que se peleaban como perro y gato, cuando en realidad ambos guardaban una pícara sonrisa de divertirse. Quizás ese era el motivo por el cual iba con tanta frecuencia de visita a Yoshiwara, al principio sólo era por trabajo o para chequear cómo andaba todo después de los eventos que habían puesto en peligro a los habitantes, luego se fue volviendo una costumbre más personal, para pasar un rato conversando con Tsukuyo, sake de por medio o no, a veces no era necesario.

La amistad entre ambos se fue fortaleciendo a tal punto que se había acostumbrado a verla sólo como una colega guapa, si bien su instinto de hombre le daba toquecitos en el hombro y hormigueos en la entrepierna cada vez que la veía de forma distinta, tal como esa noche. Sabía que era mala idea complicar una buena amistad con cuestiones de placer, sobre todo porque él era reacio a considerar una relación de pareja, y ella era una mujer demasiado pura para lo bravucona que se mostraba. Pese a lo jodón y provocador que era, no era tan cretino como para considerar a Tsukuyo como la diversión sensual de una sola noche, la respetaba demasiado para eso. Ganas de cortejarla no le faltaban, pero tenía que contenerse, y ya habían perdido la oportunidad que había surgido con el incidente del incienso del amor que les había dado la excusa perfecta para disfrutar un fugaz romance y luego dejarlo atrás.

- Gintoki, ¿estás aquí? Tus ojos siempre parecen perdidos, pero esta vez tu cerebro lo estaba también.

La rubia lo arrancó de sus pensamientos, en buena hora, ya que creía que estaban tomando un rumbo complejo.

- Aquí estoy, Tsukki. Relléname la copa, necesito más sake.

Lo necesitaba, realmente, para volver más difusos aquellos inoportunos pensamientos. Si bien él pensaba que esa noche iba a ser como cualquier otra de las que visitaba aquel lugar, lo cierto era que sus ojos se estaban desviando con más frecuencia de la que hubiera querido hacia Tsukuyo a medida que pasaban los minutos. La conocía bien, no había nada nuevo en su apariencia o vestimenta, pero sí había algo distinto en lo relajada y casi dócil que estaba, al punto de tentarlo de hacer algún comentario pervertido para molestarla y verla reaccionar como siempre, que le pusiera distancia y amenazara con matarlo o lanzarle un kunai.

- ¿Tú te encuentras bien? –Preguntó Gin– ¿Tomaste un té sedante o algo?

- Estoy perfectamente. ¿Tienes algún problema? Puedes irte cuando quieras si te aburres.

- No es eso, sólo que es raro verte tan tranquila, sin tu obsesión por el trabajo, y que tienes una botella de alcohol en la mano, pero todavía no te convertiste en una Terminator borracha –Y continuó con tono pedante– Estás fuera de personaje, Tsukki.

- No puedo beber, ya sabes lo que pasará –Se explicó, con un dejo de irritación– Estoy haciendo esto para cumplir con el pedido de Hinowa y porque también comparto la intención de agradecerte. Honestamente, me cuesta quedarme quieta tanto tiempo, así que valóralo un poco más, ¿quieres?

- Sí, sí... Pero sabes, no me molestaría si quieres jugar a algo.

- ¿Algo como qué?

- No lo sé, algo como "piedra, papel o tijera" con premio para el que gane. Si no estás ebria no creo que seas una amenaza mortal para mí cuando pierdas.

- ¿Qué tipo de premio estás pensando, maldito? –Inquirió la rubia, alzando una ceja.

- Te toco una teta –Contestó él, haciendo el gesto obsceno con su mano libre– Es más, yo soy el cliente aquí, y tú una cortesana del barrio rojo, ¿verdad? Así que no necesito una excusa para tocarte una teta si quiero, puedo hacerlo, ¿verdad?

Gin contaba con que ese comentario la enfuriara como siempre, por lo que se sorprendió mucho cuando en lugar de verla roja de ira a punto de gritarle que era un pervertido sinvergüenza, ella simplemente suspiró y miró a un costado, con una extraña sonrisa.

- Oi, oi, ¿qué es esa reacción? ¿Eres tú, Tsukki? ¿Me cambiaron a la cortesana de la muerte por una impostora?

- No lo harás, no me tocarás así como dices.

- Sí que lo haré, lo he hecho otras veces.

- Sí, pero ninguna lo hiciste adrede, fueron... "accidentes", si quieres llamarlos así.

- Siempre hay una primera vez para todo, esta podría ser la ocasión. Ya te lo dije, tengo la excusa, hoy tu trabajo de cortesana es complacer al cliente.

- Di lo que quieras, pero sé que no lo harás –Insistió Tsukuyo, y luego suavizó el tono– Y eso es porque siempre me estás protegiendo, aunque no te lo pida, así que sé bien que no eres el tipo de hombre que se aprovecharía de una mujer o actuaría fuera de su consentimiento. Es más, me aleccionarías diciendo lo que una mujer que se respete debería hacer, y dirías unas palabras bonitas para sanar mis inseguridades. Ese es el tipo de hombre que eres, Gintoki.

El samurái se le quedó viendo, sin tener una respuesta para contradecirla o bromear, ya que ella había dado en el clavo. Sólo la estaba provocando, pero nunca se comportaría con un abusón. Sin embargo, fue lo siguiente que ella dijo, con un dejo de resignación en la voz, que le hizo abrir un poco más sus ojos.

- Además, tú no quieres involucrarte conmigo de esa forma, ni con nadie. Si no lo hiciste ni siquiera bajo los efectos de la droga del incienso del amor, y tuviste la cabeza despejada para decir que tu seducción era una broma y poner distancia conmigo, tampoco lo harás ahora. Ya lo entendí, Gintoki, así que no hace falta que sigas jugando conmigo. Así como estamos, estoy satisfecha.

¿Jugando...? Esa palabra quedó resonando en la cabeza del peliplateado. No era tan distraído como para no intuir que Tsukuyo gustaba de él, se lo había dado a entender sutilmente de varias formas desde que se habían vuelto más cercanos luego de cada experiencia y misiones juntos. Sin embargo, la forma en que ella lo acababa de decir, daba a entender que era más que una simple atracción romántica pasajera. No, allí había sentimientos contenidos, del tipo que él había querido evitar en los últimos años, y por lo cual se solía alejar de las personas al reconocerlos o para evitar que afloraran, con alguna excusa de por medio, como que no se acostaba dos veces con la misma mujer, o que no era un hombre con ganas de sentar cabeza. Claro que allí había otras cosas que había decidido negarse como "penitencia" por su pasado, una forma de pagar por ello, pero la cuestión era evitar la cercanía íntima, si podía evitarlo.

El problema en esa ocasión, era que de pronto no tenía realmente ganas de alejarse de Tsukuyo, no estaba encontrando la férrea determinación para hacerlo. Le era fácil con otras mujeres, pero no con ella. Quizás fuera porque compartían tantas cosas de sus duras vidas, las historias de abandono, la forma en que perdieron a sus maestros, el jugarse la vida por los demás, el saber acompañarse y quererse en libertad... Aquella mujer de rostro bonito que alojaba un alma pura era difícil de ignorar, y no se imaginaba ya que ella no fuera parte de su vida, al menos de esa forma con encuentros esporádicos y relajados que disfrutaban tanto, no por nada siempre la buscaba para pasar el rato cuando iba de visita a Yoshiwara, lo cual era incluso demasiado frecuente.

Una parte de él quería darle la razón, mantenerse seguro y cumplir con su palabra y su penitencia auto-impuesta. Pero la otra... La otra quería demostrarle que lo que menos quería hacer era jugar con su corazón, que con todo gusto quería tocarle también más que un pecho, y no solamente por lujuria. A todas luces creía que sería una mala idea si cedía a esos impulsos, sin embargo, lo que justamente hacía flaquear su determinación, era aquella hermosa luz de luna que tan bien iluminaba su propio brillo plateado.

Miró a Tsukuyo a los ojos, todavía sin decir nada, mientras resolvía su lucha interna. Aunque de ser sincero, la única lucha era su propia restricción, reprimiendo el calor en su pecho que por primera vez estaba siendo tan perceptible y molesto en toda su vida, no iba a dejarlo en paz. Al demonio, iba a arriesgarse un poco, aquello no podía salir tan mal si ella también lo quería, ¿cierto? Estaban los dos sobrios y conscientes, podían detenerse en cualquier momento si no se sentían cómodos con ello.

- De acuerdo, descartaré ese tipo de premio, solamente porque haré lo que pediste y valoraré tu esfuerzo hoy. Basta de juegos, Tsukuyo.

La rubia lo miró con curiosidad, percibiendo el cambio de actitud y un ligero tono nervioso, raro en él. Lo dejó continuar hablando sin interrumpir.

- A cambio, hay algo que me gustaría que hagas.

- ¿Y qué sería eso?

- Este sake es excelente, pero no me gusta beber solo. Creo que encontré una forma en que no te afecte probarlo.

- ¿Qué dices, Gintoki? Si hasta con un bombón de licor me emborracho... No puedo beber ni una gota.

Ante eso, el samurái dio un largo sorbo de sake, y se relamió los labios al terminar, todo eso sin dejar de mirarla a los ojos con seriedad.

- Bien, entonces me encargaré de que no entre ni una gota.

- ¿Ah? ¿Estás tonto? ¿Cómo harás entonces que yo...?

Tsukuyo no pudo terminar su pregunta, cuando de pronto Gintoki se inclinó hacia ella y sus rostros quedaron apenas a unos centímetros de distancia. Él siendo más alto y corpulento proyectó su sombra en ella, su seriedad y mirada con los ojos entrecerrados era de lo más seductora e hipnotizante, tanto que la rubia quedó un tanto boquiabierta y muy quieta, expectante. El corazón le martilló en el pecho y sintió su rostro hervir de calor cuando él se acercó un poco más, bajando la cabeza para alinear sus labios, todavía a una escasa distancia. Tan cerca, que podía sentir el cálido aliento con aroma a sake de su boca. Se sintió mareada, no por el alcohol, sino porque no terminaba de hacerse a la idea de que Gintoki estuviera a punto de besarla, después de tanto tiempo. Se preguntó por qué no lo hacía, por qué seguían en esa insoportable espera, hasta que se dio cuenta que estaba esperándola a ella, a que consintiera ese beso. Para todo lo pervertido y burlón que era, sí que sabía ser un caballero cuando era correcto, y eso la terminó de derretir, no podía gustarle más ese hombre.

Todavía demasiado consternada para actuar y dar el paso final, sólo pudo subir la mirada para conectar con la de esos ojos carmesí tan intensos y en ese momento nada indiferentes, y luego la dirigió a los atrayentes labios. Ni una palabra salió de los suyos, sin embargo, se animó a adelantarse mínimamente, sintiendo que el corazón le estaba latiendo tan fuerte que ya le zumbaban los oídos. Apenas contuvo un jadeo cuando Gintoki entendió su intención y fue él quien recortó finalmente la distancia, apoyando con impensable suavidad sus labios contra los de ella. Sólo fue eso por unos brevísimos segundos, que se sintieron eternos, tratando de absorber todas las sensaciones de su primer beso, nada menos que con el hombre del que se había enamorado hacía tiempo, aunque le costara admitirlo. El contacto no terminó allí, sino que él separó ligeramente sus labios para atrapar el inferior de ella primero, aplicando una delicada succión, y luego hizo lo mismo con el superior, moviendo mínimamente la cabeza para que se rozaran más. El sonido de sus labios separándose cuando terminó el beso le resultó de lo más sensual, y quedó luego durante unos segundos con la sensación de despertar de un plácido sueño.

- ¿Y? ¿Qué tal el sabor del sake? –Inquirió Gintoki con voz suave y grave, manteniéndose a un palmo de distancia.

- Dulce... –Respondió Tsukuyo en un susurro.

- ¿En serio? Me gusta mucho lo dulce. A ver, déjame probarlo de ti.

Una vez más, el samurái recortó la distancia para unir sus labios, sólo que esa vez lo acompañó con llevar su mano libre detrás de la cabeza de ella, dejando el dedo pulgar para acariciarle delicadamente la mejilla. Tsukuyo se derritió ante aquel toque, a la vez que un intenso hormigueo cálido la recorrió desde su bajo abdomen hacia arriba. Pero lo que la hizo casi jadear durante el beso fue que sintió algo muy húmedo, terso y caliente recorriendo sus labios, el hilo de consciencia que se mantenía en ella detectó que eso era la lengua de Gintoki. Su rostro debía de estar humeando para ese entonces, recibiendo un beso mucho más atrevido, pero esa consideración iba a palidecer cuando él empujó la lengua con más presión para adentrarla en la boca de ella, hasta hacer contacto con su propia lengua, como si fuera una larga caricia destinada a saborear todo lo que pudiera.

Ebria. Ya estaba ebria... de amor, aunque no podía decir cuál de los dos, si el alcohol o ese sentimiento dulce, la estaban dejando más ligera y mareada, su cuerpo no le respondía, más que para empezar a corresponder como podía el intenso y a la vez suave beso de aquel hombre, era mucho más fuerte que el efecto del incienso. Cuando pensaba que nada podía superar aquello, oír un ínfimo gemido de gusto de parte de él fue lo que terminó con el poco autocontrol que le quedaba. A ciegas levantó una mano y la aferró a la yukata blanca, jalándola hacia ella, era la única forma que encontró para asegurarse de que él no se alejara otra vez.

Gintoki no estaba mucho más sereno, a pesar de que Tsukuyo no era la primera mujer que besaba, sí podía decir que era la primera que sacudía su interior de tal forma, esos besos le sabían verdaderamente dulces, se estaban volviendo adictivos, un peligro para un goloso como él. Quería más, e iba a ser bastante difícil contenerse, no tenía que olvidar que ella era una inocente novata en ese tipo de cercanía, ni que hablar en una mayor intimidad. Justo cuando pensaba terminar ese beso para darse un respiro, ella lo agarró de la ropa y lo jaló, lo que acabó por mandar al demonio su intento de control. Que una mujer lo deseara no lo movilizaba tanto emocionalmente, pero si combinaba eso con que fuera una que precisamente había calado hondo en él y la deseaba más allá de su atractivo físico, era simplemente demasiado.

Dejó la copita de sake en la bandeja a ciegas, y llevó esa mano a la cintura de Tsukuyo, para rodearla en un abrazo y acercarla aún más a su torso. Era una mujer alta y la más fuerte que conocía, pero en sus brazos siempre le iba a parecerle pequeña y vulnerable, sobre todo cuando podía sentir lo entregada que estaba a él, sin dudarlo, sin ataques o vergüenza, simplemente se había olvidado de todo y había confiado en él. Aumentó la intensidad de sus besos, no dejaría rincón de la pequeña boca sin saborear, ella no protestaba por ello sino todo lo contrario, poco a poco intentaba acompasarse y corresponderle.

Para cuando tuvo la voluntad de terminar el beso y alejarse un poco, aunque sin soltar la mano que había quedado rodeándola, estaban los dos jadeando y muy sonrojados. Ninguno dejó de mirar los ojos del otro, una fuerte conexión entre los ojos entrecerrados que mismo así brillaban como cristales, amatista y rubí, hasta que fue Tsukuyo quién reaccionó primero.

- Gin...toki... –Susurró, incrédula– ¿Tú también...?

- Quizás es el humo venenoso que me echabas me afectó después de inhalarlo tantas veces –Intentó bromear, evitando dar explicaciones.

La rubia no replicó, entendiendo que no debía presionarlo. Tampoco necesitaba una respuesta, sabía que él no hubiera hecho algo así si no estuviera alineado con su corazón, era un hombre demasiado honesto y con principios firmes para eso, no por nada no había hecho nada así antes. Quedándose con la intriga de por qué había tenido un cambio de corazón, o de razón, miró a un costado y mostró una fina sonrisa.

- Sí, quizás fue eso.

Recién entonces notó que la mano de Gintoki seguía apoyada en su espalda, y él no parecía tener intenciones de sacarla de allí. Si esa sería un "permiso de sola una noche", o si había una oportunidad para ellos de tener algo más que una amistad, no lo sabía, pero lo que seguro era que no iba a dudar más ni ser ambigua con sus intenciones. Su corazón ya se lo había entregado a él, aunque el susodicho no lo supiera nunca, y si por al menos una vez en su vida podía volver a ser y sentirse una mujer, con gusto le entregaría también su cuerpo.

- ¿Te emborrachaste ya? –Preguntó el samurái, manteniendo su cautivante tono bajo en la voz.

- Sólo de ti –Contestó, mirándolo a los ojos, ignorando cómo su rostro volvía a hervir de calor al animarse a decir esas palabras.

- Oye, todavía es muy pronto para que digas eso, Tsukki.

- Entonces muéstramelo. Hazme saber cómo sería, Gintoki.

El hombre de cabello ondulado iba a preguntarle si estaba segura de lo que le estaba pidiendo, sin embargo, le bastó ver la seguridad en los ojos violetas para ahorrarle la pregunta obvia, la conocía lo suficiente ya como para saber que hablaba en serio.

- Está bien, pero primero sírveme otra copa de sake, será la última por buen rato.

Si con eso pretendía provocarla y hacer florecer su deseo, había funcionado. Las posibilidades que aquella frase encerraban eran muchas. Le sirvió en silencio una vez más, tratando de contener los nervios de su corazón desbocado por la expectativa, todavía le parecía irreal lo que estaba por depararle la noche.

En cuanto terminó su bebida, Gintoki se quedó mirando a Tsukuyo durante unos interminables segundos, hasta que la jaló nuevamente hacia él, su mano nunca se había separado del obi. Se inclinó para besarla una vez más, agradándole que ella de inmediato le correspondió muy bien, a pesar de su inexperiencia podía percibirse que era una mujer segura que no quería quedarse atrás. No se demoró mucho en su boca, luego de compartir unos apasionados besos abandonó los tersos labios para saborear la piel del largo y fino cuello. El tentador gemido que le oyó ante eso lo excitó mucho, lo que lo llevó a ser más atrevido y también la besó allí con su lengua. Pudo sentir cómo la cortesana se estremeció entera entre sus brazos, y consideró que sería mejor bajar la intensidad para no abrumarla tan pronto, quería hacerla sentir bien y cómoda ya que era su primera experiencia con un hombre.

Eso le dio un sentimiento de responsabilidad y cuidado extra, ella lo había elegido, dejando atrás su decreto de haber renunciado a ser mujer. La deseaba, y mucho, pero tenía que saber contenerse, también había pasado mucho tiempo para él de estar en una situación íntima, y no quería pasar vergüenza de parecer un adolescente hormonal por emocionarse demasiado. Con eso en mente, detuvo sus sensuales besos y la guió para girarla con delicadeza, de forma de ubicarla delante y de espaldas a él. Antes de que tuviera tiempo de preguntarle para qué la ponía al revés, siendo que era más incómodo besarse así, volvió a besarle el cuello, sólo que esa vez en forma de cortos y suaves besos, más lentos. Sus manos jugueteaban con el cordón del obi, tanteando para empezar a deshacerlo, mientras depositaba una hilera de esos dulces besos en el único pedacito de piel que tenía al descubierto del cuerpo de ella.

Una vez que pudo quitárselo, la tela del pesado kimono y las prendas de abajo se aflojaron al instante. Subió las manos para acariciarle los hombros por encima de la ropa, y así luego arrastrar sólo un poco la prenda hacia abajo, descubriéndolos. Podía verle hasta las orejas coloradas y la sentía más rígida, de seguro Tsukuyo estaba conteniendo su pudor de saber que la estaba empezando a desnudar. Trató de tranquilizarla, continuando con esos besos en el otro lado del cuello y de los hombros, permitiéndose mirar disimuladamente el hermoso y profundo escote que se dejaba ver con el kimono flojo.

- Tu piel sabe bastante dulce también, Tsukki –Susurró con tono acaramelado– Quiero probar más, este nuevo sabor se está volviendo uno de mis favoritos. ¿puedo?

- Sí...

Arrastró hacia abajo otro tanto la ropa, descubriendo la parte superior de la espalda, y procedió a besar cada centímetro allí, sonriendo para sus adentros cuando ella volvió a estremecerse, era tan sensible que daba ternura. Para probar su reacción ante un toque más íntimo, la abrazó nuevamente por la cintura mientras dejaba que una mano empezara a serpentear hacia arriba por encima de la tela, tanteando la parte inferior y los lados de un pecho.

- ¿Qué tal eso? ¿Crees que puedes soportarlo? –Preguntó– ¿O estás tentada de hacerme un suplex alemán por tocarte los pechos?

- N-no, está bien... No voy a negar que lo pensé, pero yo soy la que quiere esto, es distinto de otras veces. Contendré mi vergüenza y mis impulsos asesinos, te doy mi palabra.

- Gracias, cortesana de la muerte. Te aseguro que lo pasarás bien, pero necesito estar vivo y en una pieza para eso.

Los dos se sonrieron, mirándose de reojo, antes de que Gintoki reanudara sus caricias, cada vez con más soltura, hasta que cubrió por completo el seno con su mano, le cabía perfectamente, como si estuviese destinado para él. Tsukuyo jadeó y se mordió el labio, tenía que admitir que los toques del samurái le estaban gustando mucho y la excitaban rápidamente, una cosquilleante y cálida sensación invadía sus nervios de la zona con cada nueva caricia, y eso que apenas lo estaba sintiendo por encima de las varias y gruesas capas de tela de su kimono. Además, le gustaba demasiado lo delicado y caballero que estaba siendo, no la tocaba de forma lasciva, sino con cariño. La rubia empezó a sentirse ociosa, ella también quería tocarlo o hacer algo, por lo que llevó sus manos hacia atrás para apoyarlas sobre los muslos de él, al menos así podía acariciarlo un poco.

Un nuevo sobresalto la acometió cuando de pronto sintió un toque más intenso y caliente, al fin Gintoki se había decidido a colar sus manos por debajo de la ropa, tocando directamente sus pechos y abdomen. Las palmas de él eran duras y ásperas, propias de un guerrero de la espada, en contraste con la suavidad con que la estaba acariciando.

- Esto se siente tan bien como me había imaginado, Tsukuyo –La provocó, murmurando con tono satisfecho.

- ¿Así que me habías pensado de esa forma, pervertido? –Replicó ella, con una sonrisita.

- Y algo más que pensar, si supieras las veces que el mini Gin-san te...

- ¡Calla! –Lo interrumpió Tsukuyo, abochornada ante la imagen mental.

- No te irás a poner vergonzosa con eso, ¿verdad, Tsukki? Tú eres la que quiere conocerlo de primera mano. Y hablando de manos...

Para callarlo, en lugar de volver a protestar y evidenciar su vergüenza, se giró con agilidad y le tomó la cabeza con las manos, para plantarle luego un largo beso en los labios. Si bien funcionó como disuasión, en cuanto Gintoki le correspondió también lo hizo con más pasión, por lo cual sus ropas a medio abrir revelaron mucho más de su cuerpo semi-desnudo. No quería ser la única así, por lo que bajó las manos a la camisa negra para abrirla y exponerlo un poco a él también. No podía sacársela hasta quitar también la mitad de la yukata que siempre llevaba con una manga colgando, pero al menos eso bastaba para poder sentir un poco más de él. En cuanto expuso el cincelado torso del samurái, se dio cuenta que nunca antes lo había visto encuerado, y no pudo evitar sonrojarse furiosamente, a la vez que reconocía lo terriblemente atractivo que era Gintoki con su cabello alborotado y con la firme piel de sus pectorales y abdomen a la vista.

- Oye, ¿tan ansiosa estás por ver mi tercera pierna? –Bromeó el peliplateado, con una sonrisa maliciosa.

- ¡N-no! ¡No es eso, yo...!

- Está bien, no tienes que explicarte. Tarde o temprano llegaremos a eso, si es lo que quieres.

Con el rostro humeando de vergüenza, trató de controlarse para decirle lo que realmente pretendía.

- Sólo buscaba emparejar la situación, no quiero terminar desnuda y que tú no te quites ni el cinto.

- Quítamelo.

- ¿Eh?

- Hazlo, quítame el cinto. Y las prendas que quieras hasta quedar satisfecha.

Se lo había dicho con un tono tan grave y seductor, mirándola a los ojos mientras se sentaba más erguido e imponente frente a ella, que Tsukuyo no pudo más que quedar boquiabierta durante unos segundos, esa actitud de él era demasiado cautivante. No quería desvestirlo de una forma tan rápida e impersonal, por lo que solamente le desabrochó el cinto y lo hizo a un lado. Cuando le dio a entender que eso era suficiente por el momento, Gintoki se inclinó sobre ella y reclamó sus labios una vez más, tomándole las manos y poniéndolas en su camisa y yukata, susurrándole entre besos que tenía mucho calor y que también quería librarse de esas ropas.

Aquello la ayudó a desinhibirse, de verdad que había algo muy sensual en desvestir a un amante mientras se devoraban a besos y entre caricias, en vez de simplemente quitarse con prisa las prendas por sí mismos. Así fue como empezaron una lucha apasionada para hacer a un lado las ropas, dejando atrás por el momento los toques lentos y delicados. Si bien Tsukuyo era fuerte, nada podía hacer frente a la superior fuerza masculina de Gintoki, por lo cual pronto se vio aprisionada contra el tatami bajo el cuerpo musculoso. De ella sólo habían quedado las bragas tapando su zona íntima, con el kimono extendido de forma desordenada en el piso, mientras que el samurái estaba encuerado mitad para arriba, y sus pantalones negros se veían al límite de estirados en la zona de la entrepierna, conteniendo el prominente bulto de su erección. Verlo y sentirlo así le provocó un repentino cosquilleo en el bajo vientre, el deseo estaba despertando con fuerza en ella.

- Voy a ocuparme muy bien de ti, honey, así que sé una buena chica y pórtate bien –Dijo Gintoki, acariciándole el cabello y rozando su nariz contra el cuello de la rubia.

- ¿Qué vas a...?

- No preguntes, sólo gózalo –La interrumpió con una sonrisa juguetona.

Le dio un último y casto beso en los labios antes de volver al cuello, esa vez para depositar unos besos húmedos que parecían ser la debilidad de ella, mientras su otra mano bajaba lentamente para recorrer los costados del cuerpo de Tsukuyo hasta los muslos, tenía tan buenas curvas que era un placer sólo tocarla así. Cuando regresó de forma ascendente, su mano acunó el suave y turgente pecho, al fin pudiendo tocarle la piel directamente. Tsukuyo suspiró y lo abrazó por la espalda, no podía quedarse quieta. Atento a sus reacciones, Gintoki empezó a rodear y acariciar el área del pezón, haciéndola soltar un gemido más agudo.

Inició un sendero de besos desde el cuello hacia abajo, alternando con más y menos presión y tiempo entre uno y otro, siempre con ternura, hasta llegar al nacimiento de los senos. Viéndola con los ojos cerrados, las mejillas atractivamente sonrojadas, y en evidente disfrute, no se contuvo y "atacó" uno de los pechos de una forma más salvaje, rozando sus dientes y luego aplicando una fuerte succión al besarlo. Sintió de inmediato la punzante sensación de las uñas de Tsukuyo en su espalda, de seguro la había sorprendido con el repentino aumento de intensidad.

- Aaah... Gin...toki... –Gimió la cortesana.

- Sabías tan dulce que no pude contenerme –Contestó por lo bajo, mientras pasaba la lengua plana por todo el seno.

- Hnng...

- Esto es como un chupetín para mí, es demasiada tentación para un goloso como yo, honey.

Gintoki continuó con sus atenciones, bajando también la otra mano para atender el pecho restante, entre caricias y tentadores pellizcos para provocarla. La forma en que ella se arqueaba y movía bajo él estaba empezando a darle mucho calor, cada roce con su entrepierna le generaba una ola de electricidad excitante que estaba siendo difícil de ignorar. Hacía demasiado tiempo que no estaba con una mujer tan hermosa y por sobre todo que le gustara tanto, por lo cual eso hacía más difícil su autocontrol. Alternó los besos entre los pechos, y en un rapto de pasión y cariño, bajó las manos para abrazarla con más fuerza con la cintura, jalándola hacia él mientras la besaba en la boca sin darle respiro. Que ella enterrara los dedos en su cabellera ondulada le devolvió el ímpetu del deseo apasionado, y volvió a besarle y mordisquearle el cuello, esa vez sin contenerse en empujar su entrepierna contra la de ella, ambos gimiendo ante la sensación.

- Gintoki… –Ronroneó Tsukuyo, instintivamente rodeándolo con sus piernas.

- ¿Por qué oír mi nombre me gusta tanto cuando lo dices tú? Quiero seguir escuchándolo, así que no te contengas.

Oír eso de parte de Gintoki fue música para sus oídos, era una confesión implícita de que también gustaba de ella. Lo sabía, porque a ella le pasaba lo mismo cada vez que él decía su nombre, y que ninguna otra persona lo que lo dijera le hacía sentir así. Para demostrarle que compartía el sentimiento, tomó el rostro de él en sus manos y lo jaló para ser ella quién lo besara en profundidad. Esa noche parecía un sueño, pero era cada vez más real, y se estaba sintiendo más mujer que nunca, y hasta feliz de serlo.

Lo dejó volver a sus atenciones anteriores, no pensaba que podía sentir tanto placer con su cuerpo, el que había sido duramente entrenado como una herramienta. Cada beso y caricia del samurái dejaban una huella de fuego en su piel, y en su corazón. Cuando Gintoki estuvo satisfecho con saborear cada milímetro de sus pechos empezó a serpentear hacia abajo, y Tsukuyo emitió otro suave gemido al sentirlo besar su abdomen, mientras la agarraba por las caderas con firmeza. Había algo muy protector en esa parte del cuerpo, era como con los gatos que no gustaban que les tocasen allí o iban a morder, pero en esa ocasión no le molestó para nada que fuera él, y más porque lo hacía con pura entrega.

Gintoki no perdió oportunidad de llevar sus manos atrás para tocarle el trasero, uno muy bonito y redondo, por cierto. Hasta ese día, las veces que le había tocado a Tsukuyo los pechos o el trasero habían sido accidentales, y con el resultado de dolorosos golpes para él, por lo que esa estaba siendo la primera oportunidad para sentirla y disfrutar de tocarla apropiadamente, y ella gozándolo. Todavía faltaba lo mejor para brindarle el máximo placer, oculto tras las finas braguitas negras que llevaba, pero sabía que tenía que ser cuidadoso y dedicarse a prepararla.

Llegó hasta el bajo abdomen con sus besos, desde allí se "saltó" la parte crucial para en su lugar deslizarse más abajo y acomodarse entre las piernas de la rubia. Reanudó sus atenciones en la cara interna de los fuertes muslos, que en contraste eran de lo más suaves. Depositó besos menos delicados, añadiendo algún que otro mordisquito que la hacía estremecerse.

Sólo para provocarla aún más, encantado de verla entregada y a su merced, Gintoki se sentó sobre sus pantorrillas y agarró los tobillos de Tsukuyo para apoyarlos en sus hombros. Vio cómo ella abría los ojos como platos y se sonrojaba furiosamente, por lo que le sonrió con atrevimiento y antes de que ella pudiera decir una palabra, fue dejando un sendero de besos y caricias ascendentes y alternados desde los tobillos hasta las rodillas, para volver a echarse hacia adelante y llegar otra vez a los muslos internos, dedicándole una más que sensual mirada cuando se detuvo.

- Es hora de los juegos para adultos, Tsukki –Borró su sonrisa, mostrando una expresión más seria– ¿Sigues queriendo hacer esto conmigo?

- Ya dije que sí, Gintoki, no voy a cambiar de idea –Masculló la rubia, aunque no podía tener una expresión más sonrojada y de contener su bochorno por saber lo que venía.

- Sólo me estoy asegurando. Bien, estamos listos para que el contenido sea +18. Lo siguiente que haré contigo será sin censura, Tsukki.

Buenas! Estreno primer fanfic de la ship más hermosa y potente de Gintama, el GinTsu :) Van a ser dos capítulos, los que me vienen leyendo ya me conocen que por más que sea un fic smut, me gusta hacerlos largos y saboreando el detalle, ya iba unos 10k cuando decidí dividirlo jeje. Así que prontito viene la segunda parte, y la final. Perdón por dejarlos colgados en la parte más caliente, pero quedaba bien el corte ahí!

Hasta el próximo capítulo!