Gintoki consideró que era hora de quitarse los pantalones, sintiendo de inmediato al hacerlo el alivio de aligerar la presión en su entrepierna. Tenía unas ganas tremendas de tocarse para calmar su necesidad, o mejor aún, que ella lo hiciera por él si se animaba, pero podía esperar un poco más. Sin dejar de mirarla a los ojos, se acomodó nuevamente entre las piernas de Tsukuyo, inclinándose sobre ella para volver a hacer un sendero de besos desde el abdomen, sumando también las caricias de una mano para tantear la reacción de la rubia al primer toque directo sobre su sexo. Sintió cómo la suave piel de la zona reaccionó con un ligero estremecimiento, mientras que la cortesana había cerrado los ojos y girado la cabeza a un costado, seguramente tratando de controlarse para no removerse como pez fuera del agua. Aprovechando aquello, acercó su boca para empezar a complacerla de esa forma, pero en cuanto sus labios se apoyaron sobre la intimidad de su amante, tuvo que detenerse con un quejido, ya que un par de piernas fuertes como tenazas se habían cerrado a los costados de su cabeza.
- ¡¿Q-Qué crees que estás haciendo?! –Exclamó la cortesana, echando humo por las orejas.
- Estaba por probar la dulce honey de mi honey. ¿Te criaste en el barrio rojo y no te haces una idea de lo que estaba por hacer?
- ¡Claro que sí, por eso te detuve! –Bajó la voz a un murmullo, haciendo la mirada a un lado– Sólo pensé que me ibas a tocar, tonto…
- La tonta eres tú, o todavía eres demasiado pura –Suspiró, y venció la fuerza de las piernas para liberar su cabeza, sonriendo con descaro– Déjame hacer, Tsukki, ya verás que te gustará. Agradecería que no volvieras a aplastar mi cabeza, la necesito para hacerte sentir bien.
Tsukuyo no replicó a eso, y se tomó unos segundos en los que lidió con su vergüenza, para relajarse. Lo que Gintoki no entendía era que todo eso estaba siendo demasiado para ella, y no ayudaba ver las expresiones tan sensuales de ese demonio blanco, lo tenía bien puesto el apodo, tanto para sus habilidades de guerra como las que estaba demostrando como amante. Cuando logró calmar un poco su alterado corazón, se recostó y cerró los ojos, al menos así iba a ser más fácil. Sonrojada a más no poder, abrió un poco sus piernas, dándole a entender que no iba a resistirse más.
Satisfecho, el samurái decidió primero anticiparla a la sensación de hacer contacto con su intimidad, por lo que usó su dedo pulgar para acariciarle muy ligeramente el sexo, desde los labios exteriores a los interiores. Tsukuyo se estremeció y venció por poco su impulso de hacerse a un lado. Cuando consideró que era suficiente, además que apenas podía resistirse a continuar, viéndola así y entregada a él, no dejó pasar más tiempo y hundió la cabeza en la entrepierna de la cortesana, plantando un beso con lengua que la hizo gemir lo más fuerte que le había oído nunca. La rubia se tapó la boca, preocupada de que la hubieran oído, pero Gintoki interrumpió lo que estaba haciendo y se subió rápidamente encima de ella para quitarle la mano de allí, y llevar ambas manos de ella contra el tatami, presionándola de forma sensualmente amenazante con su cuerpo.
- Dije que no te contengas, Tsukuyo.
- Pero... Me oirán desde fuera... –Gimoteó en respuesta, no tanto por debilidad sino por lidiar con lo pasada de excitación que se estaba poniendo al verlo a él así, además de todas las extáticas sensaciones que le estaba provocando.
- Este es el barrio del placer, es lo más normal –Replicó el peliplateado, y se acercó para susurrarle al oído con voz ronca– Así que olvídate de todo, y mírame a mí, sólo a mí.
Tsukuyo ahogó otro gemido, conocer ese lado demandante y tan sexy de Gintoki la estaba haciendo sentir borracha de deseo, si algo como eso podía existir. Que él la deseara y la reclamara tanto la hacía sentir terriblemente bien, ni siquiera en sus fantasías se había imaginado que sería así. Juntando todo su valor y tratando de dejar atrás su bochorno, lo miró a los ojos fijamente durante varios segundos, a lo que él sonrió con confianza y asintió, para luego volver a serpentear hacia abajo sin dejar de mirarla, hasta aterrizar nuevamente en su intimidad. Verlo sacar la lengua con expresión atrevida para depositar una larga lamida en su entrepierna la estremeció una vez más de pies a cabeza, ese maldito demonio la estaba volviendo loca, lo había hecho adrede.
Gintoki rió con malicia por dentro, le encantaba escandalizarla y llevarla al límite. Era adictivo, realmente, y no sabía si era porque se trataba de Tsukuyo, o simplemente la situación tan caliente que hacía tiempo no vivía, que le estaba haciendo olvidar sus propias cadenas, aunque sospechaba que la razón era la primera opción. Lo único que podía pensar era en sacarle el aire, quería complacerla hasta que perdiera la razón, quizás porque con eso podía permitírselo luego a él mismo, sabiendo que ella lo deseaba tanto podía entregarse a sus brazos. Se dedicó a besar y lamer la intimidad de la rubia hasta que los gemidos y soniditos que emitía eran tan seguidos que podían convertirse en una dulce melodía. Trataba de ignorar cuando ella lo apretaba con fuerza involuntaria con sus piernas, era un hombre con un objetivo, y ese era el de hacer conocer la cumbre del placer a una mujer que posiblemente todavía no sabía lo que eso significaba. No, no era simplemente a "una" mujer, era a esa mujer... a su mujer.
Se amonestó mentalmente por aquel pensamiento, apasionarse tanto lo estaba poniendo tonto, aunque quizás también era el efecto de las varias copas de sake que había bebido, anulando sus filtros mentales. Él no podía permitirse el lujo de considerar una pareja en su vida, incluso ella lo había entendido y aceptado, no podía confundirla y darle esperanzas que después no sabría si podía cumplir. Y a la vez... Había una molesta vocecita en su interior que hacía fuerzas para vencer sus resistencias, no podía oírla con claridad, o, mejor dicho, no sabía si ponerle atención, porque en el fondo sabía que lo terminarían de condenar... ¿o liberar? Como fuera, esa noche no era necesario enredarse tanto, sólo tenía que disfrutar el presente junto a Tsukuyo.
Para volver a encauzarse, se concentró en su tarea con más ahínco. Ya podía saborear las mieles de la excitación femenina, era embriagador. Podía aprovechar la sobrecarga de sensaciones placenteras que le estaba provocando para dar un paso más, tenía que prepararla para lo estaba por venir, para lo cual acercó una de las manos para empezar a combinar suaves toques de la punta de sus dedos junto a su boca, acariciando la suavísima piel de la zona, tentándola mientras se acercaba poco a poco a la entrada. Cuando llegó allí, lo hizo con mucha sutileza, primero adentrando un poco de su lengua, lo que la hizo dar un espasmo involuntario.
- Aaah, G-Gin...
- ¿Te gustó eso? Hay más para ti.
Reiteró la acción varias veces, introduciendo y sacando la punta endurecida de su lengua, haciéndola soltar agudos gimoteos. Luego subió para concentrar sus húmedas caricias e intensas succiones en el delicado botón de placer, mientras su dedo reemplazaba el vacío que había dejado su lengua, y con mucho cuidado lo iba introduciendo, sin avanzar hasta sentir que los músculos internos se aflojaban un poco, dando lugar a más.
- ¿Cómo te sientes? ¿Te molesta algo de lo que estoy haciendo? –Le preguntó, atento.
- No... Sólo siento que voy a enloquecer.
- Entonces voy bien. No preguntaré más, confío en que tú me dirás si algo te incomoda, me detendré de inmediato.
Tsukuyo sólo asintió, apenas podía articular pensamientos, mucho menos palabras. Le estaba confiando su cuerpo, y su corazón, a aquel hombre que amaba y que la estaba derritiendo de placer. Lo único que lamentaba, era que quería tocarlo y abrazarlo más, pero como él estaba lejos de su alcance, sólo podía rasguñar el tatami. La invasión del dedo en su interior fue intensa, y a la vez su cuerpo le gritaba que necesitaba más, el instinto le estaba ya rogando por la unión de sus cuerpos. Sin embargo, ignorante de todo el potencial que tenía su propio cuerpo de sentir placer, ya que ella había anulado por completo su feminidad todos esos años, comenzó a sentir una intensa presión y una sensación como de oleaje que surgía desde ese botoncito sensible de su anatomía. Lo empezó a sentir cuando Gintoki curvó el dedo en su interior como si fuera un gancho, acariciándola así mientras sus labios y lengua continuaban complaciéndola sin piedad.
- Hnnnng! Gin...toki... Espera... Hay algo...
Para su sorpresa, el samurái llevó la mano que tenía libre hacia arriba, para entrelazar su mano con la de ella, dándole un suave apretón. Tsukuyo interpretó que la había entendido, pero no iba a detenerse para darle explicaciones, y seguramente era porque él ya se hacía a la idea de lo que estaba sucediendo con ella. De igual forma, ese gesto cariñoso de unir sus manos por primera vez la derritió aún más, potenciando a su vez el total de sus sensaciones. Confió en él, mientras lidiaba con su respiración que se volvía errática y fuera de su control, sentía que se olvidaba de cómo respirar, y su cuerpo lo hacía por ella por puro instinto. Esa intensa sensación fue creciendo más y más, hasta que creyó que no iba a poder soportarlo, era como si se fuera a estallar por dentro, sólo que de placer y no de dolor. No pudo evitar que agudos gemidos y sonoros jadeos escaparan de su boca, mientras un excesivo calor se apoderaba de su cuerpo y su rostro, hasta que de pronto se sintió llegar a una cúspide, y lo que continuó fue una peculiar e intensa liberación de su cuerpo, anulando su mente.
Tembló como una hoja, su abdomen y piernas con espasmos incontrolables mientras aquella ola de placer se apoderaba de su cuerpo entero, replicándose desde su sexo hasta la punta de los pies y a lo largo de su columna hasta la cabeza. Gintoki le había sacudido hasta la última fibra de su ser, una sensación desconocida y divina, que no había creído posible experimentar. Apenas fue consciente de que él se había quitado de allí abajo, subiendo hasta volver a estar frente a frente, con una satisfecha y cálida sonrisa en su guapo rostro. Parecía como si él estuviera saboreando la vista, los ojos carmesí fijos e intensos en el rostro de ella, mientras la rodeaba por los hombros con un brazo, y le acariciaba la cadera con la otra mano. Quería abrazarlo con fuerza, pero su cuerpo no le respondía todavía bien, era como si estuviese débil, y a la vez más vital que nunca.
- Muy bien, honey, pudiste alcanzarlo. Fuiste una buena chica y te entregaste.
- ¿Q-Qué fue... eso? –Musitó, todavía incrédula de lo que acababa de experimentar.
- Acabaste, y de una forma muy vistosa. Es a lo que aspira todo hombre o mujer cuando busca placeres sexuales.
- Sabía eso, me refiero a que no puedo creer lo que verdaderamente se siente. Gintoki, quiero hacerlo contigo.
- Oye, descansa un momento y luego seguimos, la noche es larga.
- No... Digo que quiero hacerte sentir lo mismo –Se explicó, recobrando la seguridad en su voz– Puedo hacerlo sin que me guíes, sé cómo...
- ¿Lo sabes? ¿La cortesana más pura de Yoshiwara sabe hacer cosas sucias? –Preguntó Gintoki con una sonrisa burlona.
- Tengo la teoría, fue parte de la formación de todas las cortesanas, no pienses cosas raras de mí...
- Me imaginé que sería así. Viviendo aquí, las cosas que habrás visto. Mejor así, será más divertido si logras sorprenderme, Tsukki.
- No me quedaré atrás, no te olvides que hoy soy la cortesana encargada de satisfacerte.
Tsukuyo ganaba atrevimiento con cada palabra que decía, dejando a un lado la timidez, hasta que se sobresaltó y titubeó cuando sintió algo duro y caliente contra su pierna. Bajó la mirada y quedó boquiabierta y furiosamente sonrojada, en cuanto vio inesperadamente que el miembro del samurái estaba ya libre y en contacto con ella. No supo en qué momento él se había terminado de quitar los calzones, pero de seguro no se esperaba verlo así, completamente desnudo, y era inesperadamente grande allí abajo. Sólo había visto de reojo los bultos excitados de los hombres, y muy de lejos una sola vez a Gintoki, por lo que tragó duro y se puso nerviosa al ver la famosa "tercera pierna" de la que tan orgulloso estaba su portador.
- ¿Qué sucede, Tsukki? ¿Te estás acobardando? –La provocó el hombre de cabello ondulado, con una sonrisa pícara.
- N-no... –Tartamudeó, y tuvo que respirar profundo para serenarse y mentalizarse nuevamente.
No iba a dejar que él se burlara, por más que lo hiciera en broma para aligerar el ambiente, por lo que se giró de costado para quedar frente a él y adelantó una mano, apoyándola en los sólidos pectorales. Le sorprendió cuando sintió un mínimo estremecimiento bajo sus dedos, ¿acaso Gintoki estaba también un poco nervioso? Lo miró a los ojos, encontrando un dejo de vulnerabilidad, casi imperceptible, pero ahí estaba. Eso le dio ternura, incluso un hombre más experimentado como él podía sentirse así. Tuvo el impulso de besarlo, por lo que se pegó más al cuerpo de él y unió sus labios, mientras aprovechaba eso para comenzar a deslizar la mano hacia abajo. Disfrutó enormemente de tocar el cincelado torso del samurái, en especial el marcado y firme abdomen, a la vez suave y cálido, por lo que no se apresuró y dedicó unos segundos a recorrerlo entero con sus caricias.
Eso debió de gustarle mucho, porque le devolvió el beso con mucha más pasión, una vez más consumiéndose mutuamente hasta quedar sin aire, apenas separándose para respirar. Agradeció el aumento de intensidad que la embriagaba de deseo, ya que así pudo llevar con más seguridad su mano más abajo, hasta rozar los suaves pelos platinados del pubis. Ese toque les provocó a ambos un ligero estremecimiento y más calor, hasta que Tsukuyo no aguantó más y extendió sus dedos para rodear finalmente el grueso miembro, apretándolo con firmeza desde la base. El repentino gemido gutural de Gintoki casi la hizo jadear a ella, aunque luego lo hizo de igual forma porque él le besó el cuello con tanto salvajismo que pudo sentir el roce de los dientes en su sensible piel.
- Te atrapé, demonio blanco –Susurró la rubia, en un impulso de atrevimiento sensual, ella también quería provocarlo con sus palabras.
- Vaya que lo hiciste, cortesana de la muerte. Ahora me pregunto qué harás con la vara.
Si bien Gintoki pretendía decirlo con humor, no pudo siquiera sonreír de tan caliente que estaba, además de tener al fin un poco de alivio para saciar su necesidad. Pretendía disfrutarlo por completo, por lo cual sólo mantuvo a Tsukuyo en un medio abrazo mientras se dejaba tocar. La rubia comenzó a deslizar la mano por toda su longitud, primero en movimientos cortos y suaves, para luego ir alargándolos y hacerlo de forma más segura. Estaba tan rebosante de deseo que no pudo evitar empujar su cadera en sincronía con los toques que recibía, potenciando la sensación. Con los ojos entrecerrados, miró a la mujer de reojo, una fina sonrisa asomando al verla tan sonrojada, pero quería más. Acunó su rostro en una mano y lo levantó para que sus ojos conectaran, dedicándole una penetrante y sensual mirada de su parte. Los ojos color amatista de ella se abrieron más, a la par de estar imposiblemente sonrojada, aunque no detuvo sus caricias ni intentó hacer a un lado la mirada.
- Muy bien, honey, sigue así...
Envalentonada por la actitud de Gintoki, Tsukuyo se animó a probar otras formas de acariciarlo, además de que estaba tan bien dotado que podía entretenerse con unas cuántas variantes. Era todo prueba y error para ella, por primera vez poniendo manos a la obra de las cosas que recordaba de cómo complacer a un hombre, pero ya había empezado bien y eso la animó. Honestamente, le había encantado la sensación de tocar el duro miembro masculino, tan firme, caliente y suave, un tacto que podría definir como aterciopelado. Probó de apretarlo un poco más, robándole al samurái un jadeo y un gruñido gutural que sonó demasiado erótico para sus oídos, quería oír más de eso. Subió la mano hasta la punta, para concentrar sus caricias allí, y luego dejar que su pulgar recorriera el glande. Gintoki soltó un gemido ahogado y se adelantó para besarla con pasión, devorando su boca para demostrarle cuánto le estaba gustando.
Tsukuyo apenas podía mantener la concentración de lo que hacía con su mano mientras era besada con tanta intensidad, por lo que intentó volver a retomar el control, así como ella no lo había -casi- interrumpido cuando él la había complacido tan bien. Con su mano libre lo empujó para recostarlo boca arriba, y ágilmente se sentó a horcajadas de él. Lo había hecho sin pensarlo, ignorando su estado de completa desnudez, por lo cual por un breve momento se sintió demasiado consciente de lo expuesta que estaba. Sin embargo, antes de poder preocuparse por sentir vergüenza, el samurái colocó sus dos manos en las caderas de ella, y le dedicó una sonrisa descarada.
- Así que te decidiste a ir en serio, Tsukki. Al fin pareces más a cómo te conozco.
- Eso es porque no te quedabas quieto, no me interrumpas.
- No lo haré, tengo demasiado entretenimiento con la mejor vista ahora mimo.
- N-no me mires tan fijo... –Se avergonzó la rubia de pronto, encorvando su postura.
En respuesta, Gintoki se sentó con mucha rapidez, rodeándola por la cintura con una mano mientras con la otra le levantaba la barbilla.
- Deja ya el acto de la chica apenada, te estás volviendo a salir de personaje –Suspiró, y de pronto le dedicó una confiada sonrisa– Además, es un desperdicio que una mujer bonita no se deje admirar cuando está con el hombre que eligió para hacer esto, ¿no lo crees?
Tsukuyo era débil a ese tipo de comentarios de parte de Gintoki, ya que no era usual oírlos de su parte, eran demasiado preciados y dulces. Fue tal la sobredosis de ternura que sintió, que se quedó unos segundos quieta, con los labios entreabiertos. El peliplateado la esperó un momento, intrigado con la repentina pausa, hasta que se dio cuenta del posible motivo, y volvió a sonreír con atrevimiento, mientras le agarraba la mano y la llevaba a rodear su miembro nuevamente, colocando encima la de él.
- Vamos, honey, estabas manejando muy bien el joystick, muéstrame más de tus habilidades secretas. O sino volveré a tomar yo el control, si es demasiado para ti.
Ante eso, Tsukuyo pareció volver en sí, llevada por el infaltable humor de Gintoki. Mejor así, todavía le descolocaba cuando él hacía esos comentarios en los que parecía abrir un poco más su corazón, si él se ponía en tonto divertido sería más fácil para ella, o su propio corazón no podría soportarlo.
- ¿Demasiado? No presumas, ni te olvides que yo quise que esto sucediera tanto como tú. No subestimes a una mujer criada y curtida en Yoshiwara.
Decidida a hacerle tragar sus arrogantes palabras, Tsukuyo lo empujó con fuerza contra el tatami, y se echó sobre él para restringirle las muñecas con sus manos. La sonrisa insolente del peliplateado no hizo más que crecer, por lo que tuvo que borrársela con un apasionado beso. Como dulce venganza, rodeó con más firmeza el grueso miembro de Gintoki, apretándolo hasta robarle un jadeo fuerte. Lo miró de reojo, por poco siendo ella la que jadeara luego al ver la mirada ardiente y oscura de los ojos carmesí, nunca lo había visto así de excitado. Bien, podía hacerlo, incluso así era más fácil dejar a un lado la vergüenza y la inhibición si se volvía un poco más salvaje, lo cual iba de la mano con al fin poder cumplir sus secretos deseos de ser la amante de ese hombre de pelo ondulado.
Deslizó su mano con más ligereza y vigor por todo el largo, combinándolo con otras caricias más lentas y fuertes, hasta que alcanzó a ver en él la expresión de placer al punto del descontrol, tal como le había sucedido a ella antes.
- Tsukuyo, detente –Pidió Gintoki con tono rasposo, olvidando la invisible restricción de sus manos para frenarla– No quiero terminar antes de empezar, ahórrame la vergüenza de que eso suceda.
La rubia acató el pedido, aunque sólo en parte. Dejó de estimular el miembro para volver a echarse sobre él, su boca dirigiéndose al cuello del samurái. Cuando él le respondió con un gutural gemido de gusto, supo que no era la única que encontraba tan delicioso aquel sensible contacto. No iba a perder oportunidad de recorrerlo a besos por todo el torso expuesto, Gintoki tenía un cuerpo musculado demasiado atractivo y firme, nadie podría decir que era un fanático de los dulces a diario, ni que era demasiado perezoso para entrenar con su espada todos los días como otros guerreros, lo cual era de por sí muy llamativo para lo excelente y afilado que era en combate. Teniendo también sus manos libres, las usó para acompañar sus besos y sentir más de él, recorriendo así cada parte de los fuertes pectorales, el marcado abdomen, esa endemoniadamente sensual "V" muscular que...
Se detuvo por un momento, dándose cuenta de que, si se seguía entusiasmando, su rostro no tardaría en estar a la altura de la entrepierna del peliplateado. Se sonrojó furiosamente sin poder evitarlo, la sola imagen de lo que podía hacer cuando ello sucediera todavía la apenaban un poco, además de que encontraba un tanto intimidante las generosas dimensiones del miembro, sabía que se iba a poner más cohibida y torpe. Se estaba debatiendo sobre ello con rapidez en su mente, sin embargo, fue el toque delicado de los dedos de Gintoki debajo de su barbilla los que interrumpieron su flujo de pensamientos.
- Probablemente después me sienta estúpido por rechazar lo que creo que estabas por hacer, pero esta vez tengo que decir que no. No mentiré, hace demasiado tiempo que no me lo hacen, y con lo excitado que estoy, de verdad que no duraré ni un minuto –Sonrió con picardía– Quizás te lo pida en otra ocasión, si te quedaste con ganas de saborear mi paleta XL.
Tsukuyo sonrió a la par, sí que Gintoki tenía sus tontos y burdos chistes, pero eso era lo fresco y divertido de él también, y lo que había hecho que ella se relajara tanto desde que lo había conocido. El samurái aprovechó la pausa para volver a tomar el control, sentándose con ella a horcajadas para luego empujarla con su cuerpo hacia atrás hasta que quedó recostada en el piso. La rubia no iba dejarlo ganar tan fácil, por lo que le rodeó la cadera con sus fuertes piernas y le clavó los talones en el trasero para acercarlo aún más, hasta que sus entrepiernas chocaron y sus ojos se entrecerraron a la par por el placentero roce. Tsukuyo se estremeció entera al sentir el cálido y duro miembro chocando contra su entrada, una vocecita dentro de ella ya le estaba rogando por sentir más que eso. Abrazándolo por la amplia espalda, comenzó a moverse instintivamente bajo él, buscando más de ese contacto y cercanía mientras volvían a besarse.
Sin embargo, un momento después notó que Gintoki le estaba empezado a corresponder el roce íntimo de una forma más rígida, como si titubeara. Para quitarse la duda, se animó a levantar la cadera y frotarse con más decisión contra él, gimiendo guturalmente ante lo bien que se sentía, su cuerpo le pedía más y más, y ella quería hacerlo, pero cada segundo que pasaba era más evidente que él era el que dudaba. No entendía por qué, después de todo lo que habían hecho, lo que la había provocado, y que ya estaban completamente desnudos los dos. Él la seguía besando, pero no hacía su cuota de empujarse contra ella o esas cosas que indicaran que se moría de ganas por seguir y entrar en ella.
- ¿Qué te sucede, Gintoki? ¿Por qué tengo la sensación de que estás postergando lo que los dos sabemos que viene ahora?
El samurái se rascó la cabeza, con una evidente expresión incómoda en el rostro. La realidad de lo que estaban por hacer había caído de pronto como un meteorito sobre él, con todo su peso. Iba a tener sexo con Tsukuyo, que además de ser su amiga y colega, iba a entregarle lo poco que quedaba de su inocencia a él. Claro que lo sabía desde que ella le había pedido que sucediera esa noche, pero a la vez no había sido totalmente consciente de lo implicaba, hasta ese último momento, y tampoco lo que significaría para él.
- Es la primera vez que lo haré con una mujer "pura". Todas las mujeres con las que he estado tenían ya experiencia, y la mayoría... -Hizo una mueca y se corrigió- todas, fueron prostitutas, o de una sola noche. Nunca me metí con una que no lo hubiera hecho antes.
- ¿Y en qué afecta eso? Sigues siendo el que tiene más experiencia aquí de los dos.
- No es cuestión de experiencia, deja de darle tanta importancia a eso –Gruñó, irritado– Sino que me volví consciente de que contigo es todo al revés.
- ¿En qué sentido?
Gintoki apretó los dientes, y miró al costado, cruzándose de brazos, tratando de usar un tono entre indiferente y aleccionador.
- No quiero que me claves un kunai en la cabeza si te duele demasiado al estar conmigo, mujer bruta, no vine aquí a morir hoy –Masculló, y luego suavizó su mirada, así como su voz– Me preocupa lastimarte o que no te guste, y te quedes con un mal recuerdo. Por otro lado, no eres una mujerzuela, no puedo desentenderme de ti. Nunca había estado con una mujer que me importara de verdad.
El corazón de Tsukuyo se saltó varios latidos al entender al fin lo que él estaba tratando de decirle. Si ese maldito supiera lo que estaba haciendo con su corazón...
- No te preocupes por mí, he sufrido heridas peores, no creo que esto se le parezca ni un poco –Se sonrojó al ser más directa– N-no estuvo nada mal hasta ahora, Gintoki, todo lo que hiciste se sintió bien, así que tampoco te atacaré, olvídate de eso. Además... No creo que tenga una mejor chance para mi primera vez de ser tratada con cuidado y respeto por alguien que me estima, en lugar de querer aprovecharse sólo de mi cuerpo.
El samurái no pudo evitar el sentimiento de alivio con las palabras de su amiga, aunque al mismo tiempo eso sólo los empujaba cada vez más hacia adelante. Si sabía que algo odiaba esa mujer, era que la presionaran o que los hombres amenazaran su libertad. Por lo tanto, sólo quedaba una opción para disuadirla, y evitar que no hubiera marcha atrás si intimaban completamente. Lo consideraba también por él, definitivamente no podría mirar al costado una vez que la luz de luna lo iluminara por completo, no sabía si estaría listo para eso, luego de tantos años de la hermética distancia que ponía hacia su corazón. Carraspeó y la miró con fiereza.
- Tienes una última oportunidad de echarte atrás, no me burlaré de ti si lo haces. Te lo advierto, cortesana, soy un hombre egoísta. Si te hago mía ahora, de ahora en más sólo me pertenecerás a mí. Ya lo dije una vez, la cortesana de la muerte está destinada a mí, el demonio blanco, y así será. No hay nadie más que pueda con ella, y no hay ninguna otra mujer que pueda conmigo, no habrá lugar para un tercero cerca, tus ojos sólo me seguirán a mí.
- Gintoki, tú...
- ¿Qué me dices a eso? –Continuó, ignorando la interrupción– Aunque no tengo más que trescientos yenes ahora para comprarte de Yoshiwara. Eso tendrá que alcanzarte, o peor aún, tú tendrás que poner el resto del dinero, ya sabes que encima te estancarás con un pobretón vago, no pienso quemarme las pestañas trabajando.
Pensando que con eso lograría algo entre enojarla o que sintiera vergüenza ajena por él, le dedicó una mirada arrogante, típica de un hombre despreciable. Lo que no se esperaba, era que ella soltara una risa libre y lo mirara con una sonrisa confiada y aún más altanera.
- ¿De qué hablas? Si los dos sabemos perfectamente que yo soy la que tendría que mantenerte, desgraciado, no esperaba nada más de ti.
Luego de decirle eso, también cambió su actitud a la de sonreírle con mucha más dulzura, ese hombre tonto no tenía idea que decía las cosas más tiernas, aunque intentara enmascararlas con insolencia, no era la primera vez que lo hacía tampoco. Subió las manos para acunarle el rostro, y se adelantó para darle un sentido beso en los labios. No quedaba ya ninguna resistencia propia a sentirse y disfrutarse completamente como mujer, ese hombre bruto y tonto había mellado y desintegrado todas sus duras defensas. Pero estaba bien, por primera vez le gustaba la idea de estar en manos de alguien más, y "quedar estancada" con el único hombre que había amado en su vida y le había devuelto su feminidad era todo lo que podía desear. No le importaba si todavía él no le entregaba su corazón de igual forma, no por nada estaba siendo indirecto, pero las palabras de Gintoki habían bastado para darse una buena idea de cómo se sentía él realmente con todo lo que estaba sucediendo entre ambos. Cada uno a su tiempo, sin prisas, siendo fieles a su esencia, como siempre.
- Puede ser que al fin me haya hecho efecto el alcohol y esté pensando tonterías, pero me gusta la idea de ser sólo tuya, creo que nunca fue de otra manera para mí. Parece que esta cortesana encontró a su cliente habitual exclusivo, aunque uno que no pueda pagarle los servicios ni mantenerla como se acostumbra. Está bien, yo puedo hacer eso por los dos, si es lo que te preocupa. Ahora, ¿qué dices tú de esto?
Por primera vez en un mucho tiempo, Gintoki sintió su rostro y su pecho demasiado calientes, aunque no por el mismo motivo de excitación de antes, no tenía nada que ver con su cuerpo. Creía que, si seguía hablando, metería el pie más hondo en el barro, y ya consideraba que estaba un punto en el que difícilmente podría salir de allí. No había culpas que echar fuera, él mismo se había encaminado hacia eso, y tampoco lo lamentaba. No sabía qué demonios le depararía si se permitía abrir esa puerta en su vida, no había antecedentes, y así como Tsukuyo había vencido su terca resistencia a aceptar toda su naturaleza de mujer, quizás se estaba haciendo un quiebre en la propia resistencia de él a aceptar un poco de felicidad y amor no fraternal. Ella había sido también muy hábil en seguirle el juego, y por eso le gustaba tanto, no tenía que darle explicaciones largas ni era juzgado por su estilo ni decisiones de vida.
- Se siente como si hubiera ganado el premio gordo en el pachinko, ¿verdad? Bien, acepto esa oferta.
Los dos se sonrieron en complicidad, antes de recortar la distancia al mismo tiempo para unir sus labios en un profundo beso, dejando que sus manos rodearan el cuerpo del otro para acercarse hasta que ni un rayo de luz se filtrara entre ellos. Disfrutaron sin que mediara ni el tiempo ni el espacio en aquel largo beso, hasta que sólo se separaron para incorporar una buena bocanada de aire. Fue entonces cuando Gintoki se dio cuenta que no podían seguir en el mismo lugar, hacerlo despreocupadamente sobre el tatami, creía que Tsukuyo se merecía un poco más que eso en su primera vez. Volviendo a besarla, acomodó su posición para poder arrodillarse, mientras sus manos se colaban una detrás de la espalda de la rubia, y la otra bajo sus muslos. Sin aviso previo, la cargó en sus brazos al tiempo que se ponía de pie, robándole un sobresalto con la sensación de la pérdida del punto de apoyo. No dejó de saborear sus tersos labios mientras la llevaba hasta el otro lado de la habitación, donde detrás de un biombo estaba preparado como de costumbre el lujoso futón, por más que no hubieran tenido la intención de usarlo en un principio.
La recostó allí, echándose sobre ella sin demora, acomodándose entre sus piernas mientras pasaba a depositar húmedos y calientes besos en su cuello, bajando hasta los pechos. No había sonido más dulce que sus gemidos apenas contenidos, le daba cierto orgullo y satisfacción saber que podía complacerla bien un hombre como él. Fue bajando una de las manos hasta la entrepierna femenina, con la intención de volver a prepararla un poco y que estuviera bien lubricada para recibirlo, esperaba que con eso fuera suficiente para que le incomodara menos después. Con habilidad, sus dedos volvieron a acariciar la suave piel, haciéndola temblar ligeramente al rozar su sensible clítoris. Al rozar la entrada, notó que seguía húmeda, por lo cual no tardó en introducir un dedo, masajeándola internamente un minuto antes de meter un segundo. La estaba mirando con atención al rostro, alcanzando a ver cómo los ojos violetas se abrían mucho a la par de la boca en un gemido ahogado.
- Ya casi estás, honey –Le susurró con tono acaramelado, tentándola.
- Gintoki, no quiero que tus dedos me desvirguen, quiero tu...
- Oi, oi, ¿desde cuándo tan vulgar? Te estás agarrando mis mañas tanto como lo hiciste con mi **** –Suspiró, y la miró con seriedad a los ojos– Tengo que hacer esto primero hasta quedar satisfecho, o sino serás tú la que no lo disfrutará después. ¿No que yo era el experimentado aquí?
Controlando su ansiedad y el insoportable calor que estaba provocándole su necesidad, Tsukuyo asintió y trató de relajarse, concentrándose en disfrutar los buenos toques con los que sin dudas su amante le estaba haciendo gozar. Había intentado sonar segura, sin embargo, no era menos cierto que ese segundo dedo en su interior le había provocado un ligero ardor, se había abierto camino demasiado justo, haciéndole sentir nuevamente aquella peculiar sensación de expansión interna. Sabía que lo que tenía Gintoki entre las piernas era bastante más grande que eso, pero todavía no estaba acostumbrada a la sensación. Lo dejó acariciarla de esa forma, derritiéndose ante cómo su cuerpo lo aceptaba cada vez más, hasta que incluso sintió la necesidad de que la llenara más.
Estaba perdida en ese mundo de goce, cuando oyó al samurái emitir un quejido de frustración, y detuvo sus caricias. Lo miró, encontrándole una expresión molesta y apenada.
- Ah, maldición...
- ¿Qué sucede ahora, Gintoki?
- Qué fastidio... Creo que de verdad no vamos a poder continuar ahora.
- ¡¿Eh?! ¿Por qué no?
- No vine aquí sabiendo que iba a tener este tipo de acción, Tsukuyo. No tengo condones, y no te imagino guardando una caja en tu kimono antes de verme. Te matarías antes de pasar por la vergüenza de que tú o yo fuéramos ahora mismo a pedirle a Hinowa que nos preste alguno.
- No, pero...
- Dia y Block no pueden nacer todavía.
- Cállate de una vez y escúchame, maldita sea –Dijo Tsukuyo, conteniendo una sonrisa por la mención de sus hijos ficticios, con esos nombres horrendos que ella había improvisado– No hay problema por eso, porque ya tomo anticonceptivos.
- ¿Tú? Pero si eres virgen y pensabas serlo por el resto de tu vida.
- ¡No tiene nada que ver! –Exclamó la rubia, sonrojándose– Todas las mujeres de Yoshiwara los tomamos, tanto las cortesanas que dan servicio sexual como las del Hyakka. No te olvides que estamos en el barrio rojo y que se volvió más peligroso después de que acabó la era de Hosen. Los tomamos por precaución, nunca se sabe qué tipo de pervertido podría aparecer, y reconozco que mi fuerza tiene límites, podría suceder.
- Ya veo –Murmuró Gintoki, rascándose la barbilla– Bien, supongo que si lo tomas hace rato estará bien, una obsesiva como tú no se descuidaría, ¿verdad?
- Oi, lo de obsesiva estuvo de más –Gruñó, arqueando una ceja– Sí, podemos quedarnos tranquilos, hasta ahora no hubo ninguna mujer embarazada desde que empezamos a tomarlos, así que funcionan a la perfección.
- Bien, retomemos desde donde lo dejamos. O lo haré mejor para ti.
- ¿Mejor...?
Tsukuyo no terminó de preguntar, cuando una vez más su posición cambió súbitamente. Gintoki la había abrazado con firmeza y la jaló con él mientras se sentaba sobre sus pantorrillas, dejándola otra vez a horcajadas. Era la posición de seiza combinada más sensual de su vida.
- Sí, así será mejor para ti. Puedo ser yo el que lleve el control, pero si lo haces tú podrás llevarlo a tu gusto y tiempo al principio.
La cortesana se sonrojó hasta las orejas, de sólo pensar que ella tendría que ser la que se moviera sobre él, hubiera preferido que él guiara al comienzo. A pesar de ello, encontró muy considerado que Gintoki siguiera priorizando su comodidad, por lo que se sobrepuso a lo poco que quedaba de bochorno en ella, asintiendo. Cerró los ojos y respiró profundo, mentalizándose, aunque se sobresaltó de forma visible cuando el cabello ondulado de él le cosquilleó el costado de la cabeza. Cuando los abrió, el samurái estaba dándole suavísimos y reconfortantes besos a lo largo del cuello, y había subido sus manos para abrazarla por la cintura y espalda, manteniéndola bien cerca de él. Se mordió el labio para contener un gemido de ternura, no podía ser más dulce ese hombre, aunque lo ocultaba demasiado bien. Le gustaba pensar que ese lado suyo lo mostraba a unos pocos con los que se sentía seguro y libre, se lo mostraba a ella...
Le correspondió el abrazo, agradeciendo que la hiciera sentir tanto más tranquila y contenida con eso, y se movió para buscar al fin la unión de sus cuerpos. Al no haber hecho eso antes, fue un poco torpe, era como si la punta del miembro de él se resbalara. Se tensó con impaciencia para sus adentros, hasta que notó que Gintoki había bajado una mano para ayudarlos a alinearse. Cuando al fin sintió la dura punta justo chocando su entrada, empujó la cadera a su encuentro, aunque era como si no calzara, los dedos habían entrado con mucha más facilidad. Como si le leyera la mente, el samurái también empujó su cadera hacia arriba, más experimentado y certero, y Tsukuyo soltó un fuerte jadeo y quedó boquiabierta ante una intensa y demasiado apretada sensación. Sólo fue un poco, pero ya estaba dentro, y no era nada como hubiera sentido o imaginado antes, más terso que los dedos, pero a la vez evidentemente mucho más grande.
- ¿Estás bien, Tsukuyo? –Preguntó él con preocupación, sintiéndola mucho más tensa.
- S-sí... Gracias, ahora sí podré... ¡Aaaah!
Pensando que lo más difícil había pasado, había bajado su cuerpo otro tanto más, sólo para encontrarse con una sensación más dolorosa de ardor, expandiéndola imposiblemente por dentro. Se detuvo de inmediato, resoplando, y esperó a que aquello pasara. Había oído de las cortesanas que la primera vez rara vez la habían disfrutado al comienzo, podía entender en ese momento el por qué, y que Gintoki estuviera tan bien dotado no ayudaba en absoluto.
- Oye, eso no sonó como si estuvieras bien –Insistió el peliplateado, mirándola con aprehensión– Tómatelo con...
- ¡¿Por qué demonios tenía que ser cierto que tienes una tercera pierna, maldito?! –Exclamó.
Gintoki abrió más los ojos ante la queja, quedándose unos segundos en silencio, hasta que no pudo evitar soltar una risita, aunque le apenara a la vez causarle tanta molestia.
- Perdón, nací así y es el cuerpo que tengo, así como me tocó un cabello extrañamente ondulado y platinado. Es todo natural, no hay nada que hacerle.
- No bromees ahora, Gintoki, de verdad que no es momento para que lo hagas –Se quejó, apretando los dientes. Sin embargo, un instante después ella tampoco pudo controlar una risa nerviosa, y suspiró– ¿Qué hago ahora? ¿Esa cosa entrará?
- Lo hará, ten paciencia. Deja que tu cuerpo se acostumbre y muévete muy lento y de a poco, no sólo arriba y abajo, también en círculos, eso ayudará.
El samurái le mostró una sonrisa tranquilizadora, acariciándole también la espalda. Trataba de mantenerse muy sereno, pero la realidad era que su miembro estaba demasiado apretado dentro de Tsukuyo, lo cual era terriblemente excitante, aunque igual de peligroso ya que algo así podría hacerlo acabar pronto si no ponía la mente en frío. Aquello tampoco era fácil, teniendo a una mujer tan hermosa y que le gustara tanto entre sus brazos. Lo que lo arrancó de sus pensamientos fue sentir cómo ella seguía su consejo y comenzaba a moverse mínimamente, era una sensación gloriosa y demasiado caliente, por lo que tenía que luchar con todo su autocontrol para no mandar todo al demonio y entregarse a su necesidad.
Podía oírla gimotear por lo bajo, esa mujer no tenía idea cuán erótico era aquello. Luego de poco más de un minuto así, al fin su miembro fue acogido casi por completo dentro del interior de ella, y los dos soltaron al unísono un largo y grave gemido.
- ¿Cómo te sientes? –Preguntó Gintoki, buscando sus ojos.
- Mejor... No pensé que sería así. Es como si tuviera una espada de fuego dentro, y a la vez tengo la sensación de que cada vez que me muevo la molestia disminuye.
- Hasta ahora pudiste haberme odiado, pero te aseguro que pronto va a gustarte mucho cómo te hará sentir mi tercera pierna.
- ¿Puedes hacerlo tú? Moverte, quiero decir.
Gintoki asintió. Antes de comenzar, hundió sus dedos en la cabellera rubia, todavía atada en su típico rodete alto, para sostenerla de la base de la cabeza y acercarla a él, besándola profundamente. No tuvo prisas en aquello, disfrutando degustar esa dulce boca tan adictiva, realmente ella era el mejor postre de su vida. Cuando la sintió volver a relajarse y corresponderle con pasión, empezó a empujar sus caderas y volver atrás, al principio en imperceptibles movimientos, y luego ampliándolos más hasta que podía introducir y sacar su miembro más de la mitad dentro de ella.
- Hnnnng... –Gimió Tsukuyo, el sonido reverberando en su boca.
Consideró que ese sonido al fin era bueno, en particular cuando sintió que ella también empezaba a sincronizarse y moverse instintivamente a su encuentro. Si bien él no era virgen, nunca había sentido algo como eso, sus relaciones sexuales siempre habían sido más rápidas y desapegadas, con el único objetivo de pasarlo bien y acabar, mientras había aprendido de algunas prostitutas cómo tenía que hacer para complacerlas mejor, hasta que se volvió bueno en ello y era más disfrutable para ambos. Sin embargo, siempre lo había hecho "mecánicamente", por repetición y sabiendo lo que funcionaba mejor, incluso alimentando su ego masculino, pero sin disfrutar genuinamente de verlas deshacerse de placer.
En cambio, esa noche era todo lo opuesto con Tsukuyo. Era como si sus ojos no pudieran despegarse de ella, su atención y reflejos estaban dispuestos completamente para hacerla gozar al máximo, y había dejado de ser prioritario el satisfacer su propia necesidad, sino siempre a la par. No lo estaba haciendo sólo porque era la primera vez de la rubia, aunque sí había un cuidado extra de su parte al respecto, sino porque todo su cuerpo y alma estaba buscando instintivamente resonar con lo de ella, encontrarse tanto dentro como fuera, y eso le estaba generando una emoción y un calor que no había sentido antes, era particularmente bonito e intenso. Al compás de su creciente sentir, se fue dejando llevar y aumentó un poco más el ritmo, buscando acomodarse para llenar los mejores puntos de cada rincón interno de su amante. La cortesana de pronto se arqueó hacia atrás, emitiendo un gemido de lo más sensual, y eso fue como echar gasolina a su ya fogosa pasión. La abrazó por la espalda y el trasero, inclinándose hacia adelante para besarle el cuello y la clavícula, bajando hasta el nacimiento de los pechos. Eso la hizo gemir más fuerte, haciéndolo estremecer a él de cuánto lo calentaba.
- ¿Cómo te sientes ahora, honey? –Preguntó con voz rasposa y rebosante de deseo, manteniendo un ritmo cadencioso– ¿Te está gustando esto?
- Sí... Cada vez más –Susurró, enterrando ambas manos en la cabellera rizada.
- Bien, buena chica. ¿Puedo hacerlo un poco más fuerte?
- Hmmm... Hazlo.
Gintoki le dio un apasionado beso en la boca, sus lenguas danzando a la par de sus cuerpos, mientras poco a poco se adentraba más profundo en ella, así como al salir lo hacía casi por completo. Guiado por los sensuales gemidos, esperó un poco antes de seguir aumentando la velocidad, cambiando a movimientos más cortos y rápidos por un buen minuto. De pronto soltó un quejido ronco, provocado porque la salvaje de su amante lo había mordido en la base del cuello. No tendría de haberlo excitado tanto, pero lo hizo, por lo que en un rapto de pasión la agarró firme del trasero con una mano, y la levantó un poco para que perdiera su apoyo previo, sosteniéndola en el aire, mientras él también adoptaba una posición más erguida. Eso la obligó a aferrarse más a él, lo cual Gintoki aprovechó para tener el control por completo, aunque procuró no ser brusco con sus embestidas, sino volverlas largas y cadenciosas, imaginaba que ese mordisco había sido una forma de expresar que estaba siendo demasiado para ella.
A modo de disculpa por dejarse llevar por la pasión, el samurái adelantó su cabeza para volver a besarle el cuello y los pechos, lo cual pareció relajarla ya que nuevamente echó su cabeza hacia atrás para darle más lugar, entregada por completo a él. Viéndola confiada, le susurró el aviso de que iba a cambiar de posición, y se sentó con el trasero contra el futón, para luego recostarse por completo. Como la mantuvo abrazada, Tsukuyo quedó acostada sobre él, con las piernas a los costados de su cuerpo.
- Muévete tú, Tsukki, quiero descansar.
- ¿Descansar? Eres un perezoso, ¿lo sabes?
- Tu **** y tus **** grandes pesan bastante –Replicó con insolencia, sabiendo que iba a enojarla.
- Desgraciado... –Gruñó, hasta que se lo pensó mejor y le habló con altanería– Bien que te gustan, no dejabas de tocarme.
- No te equivocas, me encantan –Siempre alternando el humor con ponerse serio, dejó su actitud infantil y suavizó su voz, mirándola con más cariño– ¿Cómo te sientes? Ya pasó el dolor, ¿verdad?
- Sí, creo que ya podría decir que lo estoy disfrutando bastante, mi interior se adaptó a tu tamaño.
- ¿Lo ves? Ya sabía que te ibas a llevar bien con el mini Gin-san.
- De "mini" no tiene nada –Aclaró Tsukuyo, sonrojándose– En fin, ¿continuamos?
- Cuando quieras, cortesana de la muerte. ¿Puedo pedirte una cosa?
- ¿Qué quieres?
Gintoki adelantó su cabeza para darle un rápido beso en la comisura de los labios, y luego le susurró al oído.
- Que te mantengas bien cerca de mí, como estás ahora. Me gusta mucho sentirte así.
Tsukuyo creyó que sus entrañas se iban a fundir, Gintoki sí que sabía meterse con su corazón. Quería contestarle algo parecido para desencajarlo a él también, pero su falta de repertorio romántico y seductor se lo ponían difícil. Si no encontraba palabras, lo haría con su cuerpo, de seguro eso sí lo alcanzaba. Si bien encontraba muy íntimo el mirarlo directamente a los ojos mientras tenían sexo, se envalentonó para sostenerle la mirada. Esos ojos carmesí ya no tenían una pizca de indiferencia ni de su típica expresión de pez muerto, sino que había un brillo y una intensa llama rojiza en ellos, era hipnotizante. Empezó a hacer un vaivén con sus caderas, bajándolas para que el grueso miembro se adentrara lo más profundo en ella, y subiéndolas para volver a la posición inicial. Gintoki también había clavado su mirada en ella, y le sorprendió verlo sonrojado, de seguro tampoco era inmune a las emociones que le generaba ese nivel de intimidad.
Encontró que esa posición se sentía distinto, cada una hacía que un rincón distinto de su sexo se estimulara, o se sintiera más apretado o más ligero. Todavía no podía superar lo delicioso que se sentía cómo él la llenaba al máximo, así como luego dejaba esa breve sensación de vacío, para volver a llenarla. Le estaba encontrando el gusto a ser ella la que llevara el control, se sentía más como sí misma, y a la altura de Gintoki, siempre a la par, lado a lado. No tenía mucho rango de movimiento si él no la soltaba del abrazo, aunque a la vez le encantaba esa cariñosa cercanía, ella también gustaba de abrazarlo y besarlo, sus cuerpos tan calientes y suaves rozándose todo el tiempo. Si creía que eso era bueno, pronto tendría que reformularlo: El samurái la sorprendió haciéndole abrir sus piernas más a los lados, con lo cual perdió el apoyo de sus rodillas y cayó por completo sobre él, su cabeza apoyada sobre los fuertes pectorales.
- Perdona, fue torpe de mi parte –Se disculpó la rubia. Apenas pudo contener un sonoro gemido cuando el miembro llegó más profundo que nunca dentro de ella, le dio la impresión que había tocado fondo.
- No, lo hice a propósito. Sigue moviéndote ahora, así como estás.
Acatando la indicación, que hasta ahora venían siendo todas muy acertadas, empezó a mover su cuerpo como pudo, por más que fueran unos escasos centímetros. Sus labios se entreabrieron en un gemido ahogado cuando entendió el sumo placer de ese limitado vaivén, era como un masaje interno de lo más suave y a la vez excitante, y estar tan "abierta" aumentaba también la sensación de intensidad, ya que su botón de placer más expuesto se frotaba constantemente contra el pubis de él. Tenía la sensación que podía quedarse disfrutando de eso por mucho, mucho tiempo, además de que sentía el corazón de Gintoki latir contra su oído, bien acobijada en sus brazos, era todo demasiado perfecto.
El samurái la guió ligeramente a que se moviera de forma circular, ante lo cual los dos gimieron de gusto. No podía dejar de mirarla, los ojos amatista entrecerrados de placer eran magnéticos, todo su bonito rostro lo era, en especial cuando no contenía su expresión de disfrute. Esa posición lo ayudó a bajar un poco su acelerada excitación, al menos así podía durar unos minutos más. Normalmente podía hacerlo sin problemas, pero tenía que recordarse constantemente que esa no era una noche cualquiera, ni estaba con una mujer cualquiera, y eso le afectaba más de lo que hubiera imaginado, aunque de buena forma.
- Tsukuyo –La llamó, con voz suave– ¿puedo ponerme encima tuyo? Quiero hacértelo así cuando acabe.
- Hnn... Sí. –Ronroneó ella.
"Hacértelo" ... Sí, pese a no tener experiencia previa en la intimidad, desde que había empezado esa noche le había parecido que no estaban simplemente teniendo sexo. Ya fuera en sintonía con los sentimientos de Gintoki, o quizás por la forma tan dulce y caballerosa en que él había guiado cada beso y caricia de la noche, no podía dejar se sentir que eso debía ser lo que las parejas llamaban "hacer el amor". Su pensamiento se reafirmó cuando él la recostó con delicadeza contra el futón, y ni bien se acomodó entre sus piernas, la besó profundamente y entrelazó sus dedos juntos de ambas manos, coronando todo aquello con volver a unir sus cuerpos. La sensación de que la volviera a llenar tanto fue extática, y no sólo física, la estaba colmando también en su corazón, en su alma, borrando los límites aparentes de su existencia.
- Gin...toki –Musitó, liberando su mano izquierda para acariciarle el rostro con ternura, sonriéndole con puro sentimiento– Gracias.
Ese fue el turno del samurái de creer que su corazón había dejado de latir, sólo para luego sentirlo claramente martillando contra su pecho. ¿Acaso esa mujer no se daba cuenta lo que estaba haciendo con él? La había visto sonreír muchas veces, recordaba particularmente algunas. Esa misma expresión y sonrisa de agradecimiento se la había mostrado la madrugada en la que ella había manifestado inseguridad por su rostro atravesado por una brutal cicatriz que ella misma se había hecho de niña. Esa misma sonrisa y mirada luminosa, diciéndole "gracias" por lo que le había dicho, por conocerlo, y porque él empezara a ser parte de su vida. Y en la presente noche, otra vez, le agradecía, y lo iluminaba con toda su luz de luna tan brillante y pura.
No supo que fue él mismo quién, movido por sus recuerdos y viéndolos pasar en su mente como una película, llevó su mano también hacia el rostro de ella, delineando y acariciando la larga doble cicatriz con su dedo pulgar, y apenas oyó cuando Tsukuyo se sorprendió mucho por aquello.
- ¿Gintoki? ¿Por qué...?
Tampoco la dejó terminar, aunque realmente no la había escuchado, cuando reemplazó su dedo y plantó unos suaves besos, primero en la cicatriz de la frente, luego en la del pómulo, y finalmente en la boca de la rubia. No necesitó palabras, tampoco creía que hubiera unas que le hicieran justicia a lo que estaba sintiendo. Demonios, ni siquiera entendía del todo lo que estaba sintiendo, sólo actuaba según su cuerpo y su alma dictaban, aliados en su inconsciente. Volvió medianamente en sí para conectar una vez más sus miradas, aunque no podía describir la repentina sensación de paz interior que se había apoderado de él, y sin embargo eso no había mermado su pasión, al contrario, renovó su espíritu y el ímpetu de sus movimientos.
Aumentó la velocidad y profundidad de sus embestidas, esa vez sin importarle empezar a perder el autocontrol. Al menos estaba tranquilo de que la había hecho acabar una vez, lo cual de por sí era un buen recuerdo para la primera relación sexual de una mujer. Todo su ser se concentró al fin en el presente al oírla gemir contra su oído, no había nada más dulce y caliente que oír su nombre ser pronunciado casi con necesidad, casi con devoción. Definitivamente nada superaba a que su nombre saliera de los labios de esa mujer.
- Tsukuyo, déjame acabar dentro de ti –Pidió, con la voz forzada, ya que su respiración se estaba acelerando.
- Sí, puedes hacerlo –Aceptó, abrazándose con fuerza a su amplia espalda, y confesó– No lo quería de otra forma.
- Con esto sí que serás mía, honey.
La rubia sonrió como pudo, abrumada no sólo por las palabras del samurái, sino por la deliciosa y emocionante sensación de cómo estaba haciéndole el amor. Enredó sus piernas alrededor de la cadera de él con más fuerza, para después adelantar su cabeza para susurrarle, su aliento acariciando los labios entreabiertos de él.
- Siempre lo fui, darling.
Eso lo hizo. Esa última confesión a corazón abierto de parte de Tsukuyo fue demasiado para él, y dejó salir un gemido antes de estrellar su boca contra la de ella, alcanzando a dar unas embestidas más justo antes de que su cuerpo se liberara de inmediato. Unos fuertes espasmos lo recorrieron entero, mientras se dejaba ir dentro de ella, los dos ahogando un agudo gemido en la boca del otro. Gintoki igualmente fue el primero en interrumpir el beso, necesitaba incorporar aire a sus pulmones, ese orgasmo había sido tan intenso que había quedado jadeando como si hubiera corrido varios kilómetros sin detenerse. Dejó por un breve instante que su cuerpo aprisionara el de Tsukuyo, hasta que la única neurona que seguía conectada a su consciencia lo obligó a hacerse a un lado, sin dejar de abrazarla contra su pecho.
No salió de su interior por un rato, así como ella tampoco buscó hacerlo. Por el contrario, mantuvo una pierna enroscada en la cadera de él, asegurándose de que no se separaran. Cuando sintió que ya su erección se estaba perdiendo sí se hizo a un lado y se recostó boca arriba, necesitaba también aire fresco, aunque eso no impidió que rodeara a la rubia por los hombros y la atrajera contra su pecho. La miró de reojo, encontrándola con los ojos entrecerrados y una sonrisa serena. Gintoki se sonrojó y se tapó el rostro con la otra mano al recordar las cosas que había sentido y dicho los últimos minutos, sin saber discernir hasta qué punto ya se sentía anteriormente así, y cuánto era lo que Tsukuyo había despertado en él esa noche.
- Hmmm, así que eso era –Murmuró la rubia, suspirando– Ya entiendo el porqué de tanta fascinación por el sexo.
- Tomo eso como un halago, y que te gustó mucho, ¿verdad?
- Sí, dejando atrás unas pequeñas partes, pero sí –Le acarició el pecho, sonriendo al recordar lo que fue más preciado para ella– En especial tú, cuando te pones serio dices las cosas más bonitas.
- Digamos que fue el sake lo que me soltó la lengua –Contestó el samurái, sonrojándose más.
- Sí, por supuesto, fue el sake –Repitió, siguiéndole la corriente, aunque por dentro estaba disfrutando de verlo cohibido. Cambió de tema, con la intención de bromear un poco– Fuiste más suave de lo que esperaba, para todas las guarradas que dices a diario, parece que sólo eres un bravucón.
- Oi oi, estaba siendo considerado contigo por ser virgen, perra –Aclaró el peliplateado, indignado por el comentario– Si quisiera podría clavarte contra el futón hasta que babearas por perder la cabeza.
- Oh...
Tsukuyo fue la que se sonrojó entonces, cuando una imagen bastante atrevida afloró en su mente. De pronto, la idea no la escandalizaba, teniendo en cuenta cuánto le había gustado cuando él se había vuelto sólo un poco más salvaje.
- ¿"Oh"? –Repitió Gintoki, alzando una ceja.
- Bueno, es que... Hmm...
En cuanto hizo la mirada a un lado, una sonrisa burlona se dibujó en el rostro del samurái.
- Oooh, ¿eso quiere decir que te gustaría probarlo, Tsukki? ¿La mujer más terca y que odia que la sometan, quiere estar a merced de Gin-san? –Inquirió, con un tono lleno de diablura.
- N-no lo dije así tampoco, no seas tan creído.
- Pero te gustaría probar cómo se siente, no lo negaste. ¿Así que te gustaría que te ponga en cuatro? ¿O que te aprisione contra el futón? ¿O que te arrincone contra la pared y te dé desde atrás?
Tsukuyo apretó los dientes, luchando contra el impulso de golpearlo, y a la vez con hacer a un lado las sugerentes imágenes, quitando de lado la idea de sometimiento, esa parte no era atractiva para ella. Sabía que si se mostraba avergonzada perdería contra él, por lo que se tomó unos segundos para mentalizarse, y lo miró a los ojos con una sonrisa confiada.
- ¿Acaso podrás hacerlo? Hace un rato dijiste que querías descansar luego de hacer bien poco, más bien creo que eres un flojo que habla mucho.
- Oh, ahora sí que estás sacando a la perra en ti, Tsukki –Contestó Gintoki, hirviendo por dentro, para replicarle con burlón veneno– ¿O será que me estás provocando a mí, porque tú no tienes madera de buena cortesana, y quieres lo fácil de que haga todo por ti?
- ¡No es así! Recuerda que tú fuiste el que me detuvo, porque ibas a ser un precoz que acabara demasiado rápido. Quizás tu ego masculino tiene miedo de que en cuanto tenga un poco más de experiencia, te deje muerto de placer.
- Mátame a sentones, lo prefiero a morir por tus kunai –Contestó el samurái con mirada indiferente, metiéndose el dedo en la nariz.
- ¡De acuerdo, lo haré, y cerraré ese pico arrogante que tienes!
- Bien, comprobémoslo. Pero ahora no.
- ¿Eh?
- Acabas de ser desvirgada por mi tercera pierna, si te lo hago como a un cajón que no cierra, te dolerá todo y no podrás cerrar las piernas mañana. Y yo también necesito reponerme, un guerrero tiene que prepararse bien para una buena pelea.
Tsukuyo no pudo replicar a eso, al fin Gintoki decía algo con sentido y nuevamente considerado. Era cierto que sentía un ligero ardor todavía en el interior de su entrepierna, no sabía cómo sería la mañana siguiente. Era sorprendente cómo los dos podían pasar de un momento tan dulce y cariñoso, a provocarse y pelear de esa forma. Más la sorprendió, aunque dándole la razón, cuando de inmediato él se giró de lado y la abrazó pegándola a su cuerpo, acurrucándose contra ella. Lo miró de reojo, y le vio una pequeña y juguetona sonrisa, que ella le correspondió, mientras también se acurrucaba junto a él, dormir desnudos y entrelazados se sentía confortante y delicioso.
- Mañana a la noche me paso de vuelta por aquí, a ver cómo estás –Dijo Gintoki– Si te sientes recuperada, podemos ponernos más salvajes. ¿Te parece bien?
- Sí, está bien...
- Si eres una buena chica, mañana desayunaremos carne dulce y topping de besos.
La cortesana rió ante la tierna y a la vez atrevida ocurrencia, sin contestarle más que un beso en el pecho, para luego quedarse callada y relajada.
- Ahora déjame dormir, Tsukki.
- Dulces sueños, como más te gusta.
Buenaaas! ¿Dije último capítulo? Perdón, quise decir anteúltimo. Es el hype por escribir el primer fic GinTsu, los adoro tanto y quiero que se den tanto amor, sonrisas y ricura, que quiero aprovechar para dejar un bis, para más placer. Iba a ser un fic ligero y hot, pero terminé endulzándolo, este Gin me pegó sus mañas jaja. Así que compenso con la frutilla del postre, y poder escribir un capítulo extra (no sé si tan largo...) de cómo se ponen salvajes estos dos guerreros potentes.
Ah, y voy a estrenar antes mi primer fanart HOT de ellos, inspirado en este fic. Estará en mis cuentas de twitter ( Alma_en442) y pixiv ( kariwolf).
Gracias por su apoyo y comentarios, se agradecen de corazón! Buena semana, y hasta el próximo capítulo!
