Nagisa Shiota llegó a Corea, —Seúl.— A las siete en punto dos semanas después de que su compra fuera realizada.
Fue recibido con un fuerte apretón de manos por parte de los gemelos Akabane una vez que el gran portón de tonos blancos y cálidos se cerró tras su espalda.
Estaba notablemente nervioso y asustado.
Más aún, al notar la gran familia que, por decirlo de alguna manera, lo había adoptado.
Nada de aquello era su estilo, muy lujoso y elegante para alguien como él, que no lo merecía, ya que había pasado años revolcándose bajo toneladas de mugre llamada hombres.
Definitivamente aquel lugar no iba para nada con su estilo. Pero guardo silencio.
Observó la extenuante y voluminosa estatua de piedra caliza en la entrada, al rededor había gran cantidad de vegetación, aunque tampoco pasaba a lo aberrante, simplemente sencillo y bien cuidado.
Se veía un hermoso paisaje que quedaba perfecto con los contrastes que le rodeaban.
A lo lejos también observó una pequeña área de juegos, una caja de arena junto a dos columpios e inclusive, una gran casa en un árbol igualmente hermosa.
Todo aquello era demasiado. Jamás pensó que en algún momento, podría llegar a estar en un lugar de tal magnitud. Se sintió tan fuera de lugar que un audible suspiró brotó de sus labios cuando observó al frente y observó ambas espaldas grandes y anchas.
Los hermanos Akabane parecían haberse olvidado de su existencia. Ellos caminaban y Nagisa los seguía, aunque desde que bajaron de la brillante limusina, no intercambiaron más palabras.
Ambos hombres eran guapos, debía de admitirlo. Pero no se sentía cómodo, aunque era obvió después de todo, había pasado ya muchas cosas aún a su corta vida, ¿Cómo esperaban que de un momento a otro se acostumbrará a un cambio tan drástico y de tal magnitud?
Le faltaba bastante por comprender.
—...De acuerdo, ¿Nagisa?— De un brinco casi asustadizo, Nagisa desvío su mirada hacía el menor de los hermanos Akabane. Se había perdido en la tan bella decoración que ahora contemplaba dentro de la casa.
Se sentía entrapado entre tantos muebles de tonalidades negras y finas pinturas de arte abstractas.
Daban un aire oscuro, pero sereno...
Desde afuera, aquella casa ya se veía grande, pero por dentro era tal cual una mansión que ni siquiera en sus sueños llegó a imaginar. Todos aquello sobrepasaba sus expectativas.
¿Qué clase de hombres eran aquellos, quiénes mantenían tan elegante y colosal mansión?
—Ah... ¿Sí?— De repente, Shiota contestó con duda semirebosante.
Sujeto con fuerza su pequeña maleta que a penas y contenía cuatro cambios de ropa. Aquello era lo único a su nombre en esos momentos.
Bastante triste a decir verdad.
—Perdona, te vi un poco incómodo y decidí irrumpir.— Asano le mostró una bella sonrisa de oreja a oreja. Tan cautivadora... Que los ojos de Nagisa se iluminaron casi al instante. Era realmente diferente a todo lo que había vivido hasta ahora... Era tan... Amable.—. ¿Cuántos años tienes con exactitud?
—Bueno... Acabe de cumplir los diecinueve.— Entonces recordó que incluso él se había olvidado de su cumpleaños. Lo había pensado unos segundos, notó que ni siquiera lo había festejado como debería. Nadie lo había felicitado y justo ahora caía en cuenta de eso.
Melancolía recorrió por sus venas unos momentos después.
Ya era demasiado tarde como para sentirse así por esa simple razón, no valdría nada.
—Ya, entiendo. Nosotros tenemos veintitrés. Me alegro de que la diferencia de edad no sea mucha.
En todo momento, el mayor de los dos, —Sólo por tres minutos.— Se mantuvo en silencio, trató de guardar una carcajada que deseaba salir al ver la tan radiante sonrisa que Asano le daba a ese enano de cabello azul. Sabía que si tan sólo ese chiquillo no estuviera ahí, lo último que el pelinaranja haría sería sonreír.
Si que ese bastardo era fuerte.
Poco después, Nagisa fue invitado a subir a su habitación. Tenía que acoplarse lo más rápido posible a su nuevo hogar.
Recibió algunas instrucciones por parte de los gemelos, ambos hasta el momento habían sido muy amables con él, o bueno, al menos Asano parecía ser buena persona, ya que Karma parecía que ni la mirada se dignaba a darle.
Pero al final; Nagisa lo agradecía de todo corazón, pues hace tiempo que no era tratado con el respeto que debería, parecía sentirse completo de nuevo. Hasta ahora, se había sentido como una mísera mierda más que merecía ser abandonada en el más oscuro pozo del infierno por toda la eternidad...
Pero ya no sería así. Porque comenzaba de nuevo y está vez todo sería realmente bello, tal y como desde hace tiempo había soñado.
Porque ahora todo estaría bien, él finalmente tendría una vida normal.
¿Cierto?
Ah, Claro que no...
—¿Crees que aguante, Karma?— Preguntó Asano mientras miraba al peliazul subir los escalones a zancadillas mientras a penas y podía cargar su no tan pesada maleta.
—Él estará bien. Te lo puedo asegurar.— Entonces sonrió. Karma relamio sus labios gustoso.
Fascinante. ¡Joder! ¡Ese enano había superado, por mucho, las expectativas que tenía!
¿Cómo describirlo en una palabra? ¡Perfección! No, aquello ni siquiera le llegaba a los talones.
Karma había quedado prendado, no hablo, pero sin embargo, se dedicó a simplemente analizarlo.
No le cabía duda; Él era el indicado.
Pequeño mocoso, serás mío. Jamás se supo quién de los gemelos pensó aquello, tal vez ambos, tal vez ninguno.
Al final, ambos estaban igual de enfermos.
Ese día, Nagisa no pudo hacer algo más que admirar los esbeltos muebles puestos en su habitación sólo para él. Eran realmente grandes y no dudaba que serían en extremo costosos.
Inclusive temía de tocarlos, no sabía si los dañaría o los rompería con sólo ponerles un dedo encima.
Parecía que se estaba arriesgando demasiado; Ya que inclusive la cama se veía realmente de antojó, grande y con mullidas almohadas que recorrían la cabecera y estaban acomodadas a la perfección. Las sábanas de tonos blancos tampoco se podían quedar atrás.
La habitación tenía un cauteloso y a penas perceptible olor a vainilla que lentamente lo embriago hasta hacerlo perder.
Las paredes de un profundo rojo, un candelabro de plata y piso casi negro...
Entonces, pudo pensar por fin que todo por lo que había pasado, estaba valiendo la pena.
—Puedes acomodarte a tu gusto. No te lo cobraremos o algo parecido.— A sus espaldas, le hablo una suave voz juguetona.—. Todo este espacio es tuyo, disfrútalo, Nagisa Shiota.
Akabane Karma lo miraba desde la entrada, recargado en la amplía pared a un lado de la puerta de madera pulida.
Le sonreía, tan amable y cauteloso.
Después de todo, no quería intimidar a su invitado de honor. Iría lento, tan amable como su cordura le permitiera...
...Pero entonces recordaba el contrató que ese mocoso había firmado.
¡Era de ellos! ¡Sólo de ellos y de nadie más! ¿Por qué esperar entonces?
Era casi como una tortura; Ya que sí, era de su propiedad, pero sus deseos desde que lo vio, sobrepasaban el contrato, sus leyes y dictaduras más de lo que debería.
Así que rencoroso, no pudo hacer más que aferrarse al marcó de la puerta, clavando sus uñas hasta que estás dentro de poco comenzaron a sangrar.
Se dedicaba a ver ese bello cuerpo tan pecaminoso, probaba sus labios imaginando el como se podría ver Nagisa bajo sus garras mientras él impaciente, lamía cada parte de él; El como lo probaba de forma tan lenta y deliciosa, el como lo podría drenar hasta dejarlo cual saco vacío desechable.
Cualquiera con adicción al voyeurismo, estaría más que dichoso de ver en primera fila todos los actos de poca bondad que dentro de no mucho, pasarían.
Delirio total. Exposición vergonzosa. Vana palabrería amorosa.
Aquella tarde, paso siendo de lo más tortuosa posible;
Con un Nagisa recorriendo feliz su nuevo entorno, pero más sin embargo, con un Karma acechándolo desde la distancia. Tal cual, una bestia esperando a su presa.
Sí, así era, él podía ser de lo más paciente sólo por conseguir lo que deseará.
Cuando dieron las siete en punto y finalmente el sol se ocultó, Asano llamó a ambos hombres asomándose desde el inicio de las escaleras y gritándoles que ya debían de bajar. La cena por fin estaba lista.
El primero en aparecer fue Nagisa, con un semblante demostrando lo feliz y dichoso que era en esos momentos. Con una sonrisa tan angelical que embeleso al pelinaranja por escasos segundos. Después su hermano con cara larga había entrado a donde ellos se encontraban, no se le veía del mejor humor posible.
—¿Estás bien, Karma?— No necesitaba de su falsa bondad. Karma sabía que su gemelo lo odiaba, pero se le daba bien el fingir que todo estaba de lo mejor entre ambos.
Ante el mundo, eran simples mellizos que cuidaban uno del otro. Siempre juntos, siempre amándose de forma fraternal y apoyándose mutuamente.
Vaya mentira tan más grande...
Pero así había sido desde que ambos tenían memoria, siempre mintiéndole al mundo que les rodeaba.
—Estoy bien, sólo un dolor de cabeza.— Aclaró mientras observaba el plato que Asano había dejado frente a él.
Sí, ese bastardo mentía sobre su preocupación por él.
Lo supo en cuanto lo miró por cuenta nueva, él se había sentado a un lado de Nagisa y le sonreía como si no hubiera un mañana. Olvidándose totalmente de él.
—Y dinos, Nagisa; ¿Cómo fue que llegaste al mercado negro de Japón? Esos lados son muy peligrosos para alguien tan lindo como tú.
Nagisa se sonrojo.
Entonces, todos los recuerdos le cayeron encima como un bowl de agua fría. Extrañamente, se sentía nostálgico.
—Hummm...— Guardo silencio por unos minutos. Por ahora, no consideraba apropiado el tocar ese tema. Le hacía sentir fatal.—. Yo... No creó que sea lo correcto contarlo por ahora, después de todo yo... No...
Poco a poco su voz se fue apagando, los gemidos y altos orgasmos llegaron fundiéndolo dulcemente en esos recuerdos que por un momento, deseó tenerlos presentes otra vez, poder vivirlos en carne propia una vez más. Sin barreras, sin palabrería.
—Si no quieres hablar está bien. El saber tu pasado no es algo que a nosotros deba de importarnos igualmente. Si ahora no te sientes seguro lo comprenderemos.
Curiosamente, Karma había sido quién tomo la palabra por esa vez, sorprendiendo más a su gemelo.
Lo conocía bastante bien como para no sospechar que eso no significaba más que alguna mala señal. Tragó seco.
—Oh... Gracias, en verdad.
Nagisa le sonrió; Y Karma, sólo pudo devolverle la dulce sonrisa que desde hace mucho, no se había visto rondar la comisura de sus labios.
Sincera y hueca, tan hueca, que si tan sólo el peliazul pudiese conocerlo un poco más, sabría que aquello significaba solamente una mala burla.
—No hay de que.— Entonces, apartó su comida con su brazo derecho. Karma miró con diversión a su gemelo y a Nagisa por breves segundos.—. Antes que nada, deberíamos aclarar varias cosas.— Su sonrisa se ensanchó.
Shiota tembló al igual que Asano tras escuchar aquello.
Ambos se miraron, y no fue hasta después de unos segundos que entonces el menor de los Akabane finalmente pudo recordar.
Eran cuestiones que desde antes ya había hablado con su hermano, ¿Cómo es que pudo olvidarlas?
Pronto miro a Karma, este únicamente asintió mientras sus dos manos se entrelazaban por sobre la mesa. Sus labios formaron una línea recta indicando seriedad.
—Punto uno...— Comenzó a hablar, con toda la atención de Nagisa sobre él.—. No puedes salir de está casa. Al menos no sin haberlos dicho antes, si intentas escaparte habrán serias consecuencias.
De repente el celeste no entendió; ¿Por qué querría él escaparse?
Más sin embargo, siguió escuchando.
—Punto dos; Asano y yo hemos previsto algunas cosas. Y cada día de la semana será diferente.— Suspiró con motivación.—. El día lunes estarás conmigo, el martes serás totalmente de Asano, el miércoles de nuevo estarás conmigo. Así sucesivamente. En ese lapso deberás cumplir cada uno de nuestros requisitos y caprichos, sin importar lo que sea, no podrás poner queja alguna. Sólo acata indicaciones. ¿Alguna duda?
Nagisa negó y siguió escuchando.
—El sábado, siempre que se pueda estarás con ambos. El domingo será tu único día de descanso, ahí podrás hacer lo que te plazca, aunque claro, sin romper la primer regla ya antes dicha.— El menor asintió.—. Y punto tres... No tienes permitido preguntar sobre nosotros.
Aquello último le había dejado totalmente perplejo al celeste.
Pues, ¿Por qué? ¿Por qué añadir una regla de tal estilo?
Mierda... Ahora sentía más curiosidad que nada de saber el por qué... Pero no podía, y eso le frustró cuando cayó en cuenta.
—Entiendo...— Murmuró este a penas perceptible.—. Yo... No tengo ningún problema con ello.— Prosiguió a mirar su plato, sin ganas ya de comer. Pues el ambiente se había puesto algo tenso. Y el que Asano no hablará tampoco ayudaba en nada.
—De acuerdo... Con respecto a tu contrato no hay nada más que hacer. Nos perteneces totalmente, aunque creo que decir eso está de más, todo ya a quedado claro.
Y el celeste únicamente asintió nuevamente.
No lo entendía, ¿Qué se supone que era aquel feroz movimiento en su interior que lo hacía querer correr?
Posterior a eso, ambos gemelos continuaron su cena de lo más tranquilo posible.
Sin embargo, Nagisa se dio cuenta de que el gemelo menor no comía con ganas. De hecho, ¿Acaso era su amarga visión de las cosas?
¿O era acaso real el hecho de que él en realidad no tenía palabra en esa casa? Shiota estaba viendo muchas cosas.
