Tsukuyo fumaba su pipa en el balcón de su habitación, en cuanto había quedado sola. Sus ojos mirando al cielo, aunque verdaderamente su vista estaba perdida en el interior de sus recientes recuerdos. Todavía le costaba asimilar que lo que había sucedido la noche anterior con Gintoki había sido real, bien podía haber sido un sueño vívido. Pero no, de verdad había pasado la noche con él, una noche increíblemente caliente y romántica por igual, lejos de lo que cualquiera de los dos hubiera imaginado que podría suceder. Y lo que era más, el despertar temprano en la mañana del nuevo día había sido inolvidable para ella.

Nunca antes había amanecido tan calentita y con una sensación de seguridad y felicidad, al encontrarse con un hombre a su lado. Sin moverse demasiado durante la noche en el futón, los dos se habían despertado acurrucados el uno contra el otro. Por primera vez podía admirar de primera mano una expresión completamente relajada en Gintoki, parecía un hombre mucho más inocente de lo que era, tanto en el sentido de amante como el de guerrero. No podía decir que era lo más atractivo verlo con un hilo de baba en la almohada, y quizás el aliento que echaba sobre ella no tampoco lo era, pero estaba bien, era humano, era él.

Ella era una mujer de excelente memoria visual, pero además pudo comprobar su fina memoria sensitiva, al evocar en sus recuerdos con suma precisión no sólo los apasionados toques y sensaciones de la noche, sino los de esa mañana. Cómo el samurái la había mirado adormilado, con una tonta y satisfecha sonrisa en su rostro. Cómo unos minutos después la había abrazado con más firmeza, y la había besado en los labios y acariciado como si fuese lo más habitual para ellos. Y cómo no se había contentado con eso, y la había besado en todo su cuerpo, para complacerla hasta dejarla temblando de placer una vez más. No habían intimado más que eso, Gintoki insistió en que iba a respetar el darle el "descanso" de un día, y acto siguiente se levantó del futón y se vistió, para volver a Kabuki-cho y desayunar con Kagura como era costumbre.

El cambio de su estado de relación con él, no iba a quedar en secreto por mucho. Su astuta amiga cupido, Hinowa, supo leer al instante a los dos amantes sin que dijeran una palabra. Al peliplateado no hizo más que dedicarle una dulce y agradecida sonrisa al despedirlo, en cambio con ella fue mucho más locuaz, ni bien bajó y se encontró con la oiran.

- Qué bonita mañana, ¿verdad? ¿Cómo te encuentras, Tsukuyo?

- Bien, ¿y tú, Hinowa?

- Muy bien. Feliz por ti.

- ¿Por mí? –Repitió, su inconsciente traicionándola al instante con un fuerte sonrojo al rememorar los motivos que habría detrás de felicidad extendida.

- Sí, por ti. Me alegra mucho que puedas estar con el hombre que amas, y que él cuide bien de ti, es un buen hombre, aunque no le guste oírlo.

- ¿Y-y tú como sabes lo que pasó? –Inquirió nerviosa la rubia, ¡¿acaso Gintoki había abierto la boca?!

- Te conozco tan bien que me basta con verte. Con verlos a los dos, de hecho. La luz llegó a algo más que sus ojos esta mañana.

- Ah... –La ninja hizo la mirada a un lado, un poco avergonzada, pero no tenía sentido negarlo– Bueno, sí, parece que estamos empezando algo. No sé bien todavía qué, o si las cosas que Gintoki me dijo anoche fueron honestas y piensa mantenerlas, así que no quiero pensar demasiado en eso.

- Tsukuyo, ten esperanza –La animó Hinowa– Gin-san tendrá sus defectos, pero ninguno de ellos es faltar a su palabra, él es el más serio con eso. Quizás lo que queda por ver es cómo lo hará, pero ten por seguro que, si él te dijo que iba a estar a tu lado, eso hará.

- No dijo algo así.

- ¿No lo hizo? –Preguntó Hinowa, con una sonrisita en los labios– Tal vez no con esas palabras, pero si va a volver esta noche, y con lo que imagino que sucedió entre ustedes, la intención es similar, quiere estar contigo, sólo dale tiempo.

Tsukuyo quedó boquiabierta ante aquello. No sabía si tenía sentido volver a preguntarle cómo sabía que Gintoki iba a volver esa misma noche, pero más aún, su corazón flaqueó al oír las dulces palabras que en el fondo quería tanto que fueran realidad algún día. No esperaba que se cumpliera tan pronto, pero si sabía que podía estar al lado del hombre que amaba por el resto de su vida, y ser correspondida, era toda la felicidad que podía pedir, y hasta más de la que creía merecer una mujer como ella, que hasta hacía unas horas, se había dedicado a negar y rechazar esa parte de ella misma, ni que hablar de un futuro tan cursi y feliz. Pero ahí estaba la vida, tendiéndole una mano y darle una nueva oportunidad, una a la que su corazón quería aferrarse, para conocer y disfrutar todo lo mejor que podía ofrecerle.

No pudo contestarle a Hinowa, limitándose a mirar hacia adelante y dejar su respuesta en el aire. Se había acostumbrado tanto a la idea de acompañar a Gintoki a la distancia, a seguir su espalda, que todavía necesitaba alguna prueba más de que podía permitirse confiar en las posibilidades que se estaban presentando para ella. Lo último que quería era entregar su corazón y que luego la desilusionaran, que podía soportarlo de cualquier otra persona, pero no de parte del samurái que le había conquistado el corazón, el cuerpo y el alma.

Si así había sido nomás la mañana, no quería pensar lo que le depararía la tarde completa. Sabiendo que tenía que centrar la atención en su trabajo y no perder el filo, se dedicó con aún más disciplina que de costumbre a patrullar e investigar que Yoshiwara estuviera en orden, junto a las mujeres del Hyakka. Tanto fue así, que se quedó prendida al trabajo como para que anocheciera antes de darse cuenta. Tenía que admitir que se había presionado de más porque en varios momentos la imagen de cierto hombre de cabello platinado ondulado se había presentado en su mente, y en su enojo personal por permitirse tales despistes, se aleccionó con más trabajo.

Para cuando volvió al establecimiento de Hinowa, comenzando a sentir el cansancio del día, la oiran la recibió con una mirada preocupada.

- Hasta que al fin regresaste, Tsukuyo.

- ¿Eh? ¿Sucedió algo en mi ausencia? –Preguntó, alerta.

- Gin-san está esperándote hace rato, y todavía tienes que prepararte, no puedes presentarte así si van a estar juntos –Contestó Hinowa, muy directa.

- ¡¿Ya está aquí?!

La rubia tardó unos segundos en caer en cuenta lo que le había dicho la cortesana, haciendo énfasis en que tenía que estar en condiciones adecuadas para estar juntos, siendo que nunca antes se había tomado esa delicadeza. De inmediato se dio cuenta que no sólo significaba que tenía que cambiarse de ropa a unas limpias, sino también a bañarse, lo último que quería era llevar consigo el sudor del día encima si Gintoki iba a...

Ante la sugerente imagen mental, Tsukuyo echó a correr hacia su baño, tenía que apresurarse. No habían fijado una hora, pero pensaba que él vendría bastante más tarde, y no apenas después de la cena. Dicho eso, recordó que tampoco había cenado todavía, tan obsesionada durante todo el día que estuvo con el trabajo. Se aseguró de limpiarse bien y rápido, lamentando que le quedara el cabello mojado, que igual lo ató como de costumbre. De pronto, llegó la gran duda, ¿qué se pondría de ropa? Le daba pereza ponerse las capas del pesado kimono como el día anterior, tampoco podía sola, y a la vez no creía que fuera necesario tanta formalidad esa vez. ¿Y si se ponía una yukata distinta, una más bonita? Pero no tenía, podía pedirle a Hinowa una prestada... Estuvo dándole vueltas a eso, hasta que se detuvo sobre sus pasos, y frunció el ceño. ¿Desde cuándo ella se preocupaba por esas cosas? Se había dejado llevar por su querida y elegante amiga, quizás demasiado, pero la realidad era que ella quería estar como siempre, y de seguro Gintoki la esperaba así también, como tantas otras veces que se habían visto, de día o de noche. Decidida y más tranquila, se vistió de una vez, y bajó a la habitación de la noche anterior.

Sin embargo, en cuanto la abrió se encontró con que estaba vacía, allí no estaba el samurái esperándola, así como tampoco había ido a su habitación. Tsukuyo tragó duro, de pronto insegura. ¿Y si Gintoki se había cansado de esperarla, y se había ido a otro lado? Conociéndolo, podría haberse ido a jugar al pachinko, o a divertirse o a beber sake a otro lado. Volvió a la entrada, en la que tampoco él estaba, así como Hinowa. Con una sensación amarga, caminó hasta la parte que era la residencia de la cortesana, y ni bien miró hacia adentro, su corazón se salteó unos latidos: Allí estaba Gintoki, sentado en el piso junto a Seita. El niño le estaba mostrando sus deberes en la mesa baja, y el samurái lo estaba ayudando con los ejercicios, como solía hacer de vez en cuando. Tan absorto estaba él en explicarle el tema, que no se había percatado de la siempre sigilosa presencia de la cortesana ninja. Ella aprovechó ese momento para contemplar la escena con una fina sonrisa, sin advertir cuando su pecho se sintió más cálido, un sentimiento tierno asomando, reconociendo lo gentil que era Gintoki con los niños, siempre le había gustado esa faceta relajada y paternal...

Tsukuyo se sobresaltó por su propio pensamiento, amonestándose mentalmente por terrible divague, y fue entonces cuando llamó la atención de los otros dos. El samurái levantó la mirada, encontrándose con la de ella que se mostraba todavía sorprendida, y le sonrió como siempre.

- Sí que te tardaste, la cortesana de la muerte me mató de aburrimiento por la espera –Bromeó, resoplando con fingida irritación. Y eso que me esforcé en venir temprano, podía haberme quedado jugando al pachinko o durmiendo...

- Disculpa, estaba trabajando y no me di cuenta de la hora.

- Me lo esperaba, una obsesiva del trabajo como tú no se detiene, ni aunque tuviera un compromiso previo.

- Oi, ya dije que lo sentía, ya estoy aquí, no voy a...

- Seita, ven a ayudarme un momento, por favor –Interrumpió Hinowa, apareciendo desde la puerta del lado opuesto– Gin-san tiene otras cosas que hacer, agradécele por ayudarte con la tarea y ven conmigo.

- ¡Sí, mamá!

El niño se puso de pie de inmediato, inclinándose para agradecerle a Gintoki, y corrió tras su madre. Eso dejó solos a los otros dos, que se miraron en silencio un momento. Tsukuyo sintió el peso de esa incómoda situación, no habían empezado con el pie derecho esa noche, ni siquiera se habían saludado apropiadamente, pero ya era torpe y tarde para hacerlo. Para su alivio, el samurái lo resolvió levantándose del piso, y diciéndole que la seguiría, que ella guiara el camino. Ella se dio cuenta que estaba dejándole elegir si iban a la habitación de la noche anterior, o a su dormitorio, y se decantó por la última opción, tenía mucha más privacidad y comodidad allí.

Caminaron en silencio, ella adelante, él atrás, hasta que entraron a la habitación. Mientras cerraba la puerta, consideró que debía de sacar algún tema pronto, o de verdad iba a sentirse raro o incómodo.

- Bienvenido, Gintoki. ¿Cómo estás...?

La pregunta fue interrumpida, cuando ni bien se dio la vuelta para enfrentarlo, su voz se perdió al ver al corpulento hombre acercándose, y sorprendiéndola al darle un casto beso en los labios. No llegó a corresponderle, ya que para cuando su cerebro al fin hizo la conexión y le devolvió el control de su cuerpo, él ya se había alejado. Tan inesperado fue aquel beso de saludo para ella, que su mente se atropelló y sólo pudo decir unas torpes palabras, que reflejaban parcialmente lo que realmente quería decir.

- ¿P-Por qué hiciste eso?

Se dio cuenta demasiado tarde de su error, cuando vio a Gintoki alzar las cejas y sonrojarse, haciendo la mirada a un lado y rascarse la cabeza, como solía hacer cuando se sentía incómodo o tímido. Se maldijo por no poder expresar lo que realmente quería decir, ya había cometido dos grandes faltas en lo poco que iba de la noche.

- No lo sé, ¿no es así? Supuse que era lo correcto –Murmuró el peliplateado– Esto es tan nuevo para ti como para mí, Tsukuyo, no besé ni me acosté con la misma mujer dos veces en toda mi vida. Y no era una mala idea para aligerar al ambiente, ninguno decía nada...

- Ah... Gintoki...

- Sólo es la mejor forma que encontré de demostrarte mis intenciones, después de lo que dije ayer, sabes.

Tsukuyo sonrió con pena, al recordar cuánto había dudado esa mañana de la seriedad de las palabras y promesas de la noche anterior, atribuyéndolas al alcohol y la pasión del momento.

- Perdona, debo reconocer que dudaba un poco de si habías sido honesto, o si pensabas mantenerlo.

- Auch, ¿dudabas de mí? –Se quejó, frunciendo el ceño– Sé que puedo ser un vago y que me emborracho seguido, pero no haría algo así con alguien cercano como tú.

Conmovida por las últimas palabras, la rubia sonrió y se acercó a él, poniéndose de puntillas para darle otro rápido beso en los labios, así estarían a mano.

- Lo siento, y gracias, Sé bien que no eres así, sólo que... Todavía estoy acostumbrándome a esto contigo, y no sabía si lo habías dicho para endulzarme el oído anoche, o si lo decías en serio. No dudaré más de tus palabras, Gintoki.

El samurái la miró fijo a los ojos, en el fondo le había afectado aquello, avergonzándose un poco de que su usual comportamiento relajado e inmaduro de seguro era la razón para que ella lo pensara así. Lo que no tenía en claro si ella sabía, era que actuaba de esa forma como escape de su pasado y sus cadenas, y en ocasiones como un buen método de defensa para mantener a la gente alejada de ponerle demasiadas expectativas. Sin embargo, se dio cuenta en ese momento cuán inconveniente se había vuelto esa actitud cuando realmente tenía la intención de quedarse cerca de alguien, y dejar de fingir que sólo buscaba compañía por costumbre o entretenimiento.

Quería empezar a dejar eso en claro, y a la vez todavía le costaba manejar esos ambientes como el actual en que se sentía más vulnerable e incómodo. Lo mismo debía sucederle a Tsukuyo, que era incluso más vergonzosa que él, por lo cual optó por cambiar de táctica para aligerar el ambiente. Volvió a mostrar una expresión seria, mientras estiraba un brazo y acorralaba a la rubia contra la pared más cercana, quedando a tan sólo unos pocos centímetros de ella cuando se inclinó.

- Entonces, ¿por qué llegaste tarde hoy? ¿Había mucho trabajo, o tú hiciste que fuera así? –Cuestionó, con tono demandante.

Le hizo gracia cómo los ojos violetas de Tsukuyo miraron primero su mano al costado, y siguieron el recorrido del brazo hasta el rostro de él, que se mantuvo imperturbable, esperando la respuesta. Como ella estaba tardando en responder, seguramente porque debía estar luchando internamente con la respuesta, se acercó un poco más, y le mordisqueó el lóbulo de la oreja, para luego hablarle al oído con tono rasposo.

- Pensé que querías verme también, ¿o acaso te acobardaste y no estás lista? ¿Será que te pone nerviosa lo que dije que haría contigo, Tsukki?"

- No digas tonterías... tú... –Contestó ella, en parte molesta con la burla, y en parte ya podía sentir el calor de la excitación ante tal sensual provocación. El maldito era demasiado sexy cuando actuaba así, por más que fuera un cretino.

- ¿No? ¿Entonces sí te sientes bien como para volver a hacerlo hoy? –Continuó Gintoki, soltándole su cálido aliento en el cuello, rozándoselo así sin tocarla.

- Sí, así es.

- De acuerdo. Entonces... Tengo algo para darte, honey.

- ¿Qué es?

- Un cupón, con una invitación especial.

El samurái metió la mano en la manga de su yukata, sacando de allí un papel grueso como una tarjeta, y se lo dio, manteniendo su expresión seria. Curiosa, ella lo tomó y lo leyó, de pronto hirvió molesta ante la bruta vulgaridad escrita. "Válido por una mamada para Gintoki Sakata". Lo fulminó con la mirada, apretando los dientes.

- Eres un pervertido, bruto...

- Oi oi, tranquila, Tsukki. ¿No dije ayer que iba a cobrármelo otro día? No dice fecha, puede ser hoy, o...

Por reflejo, Gintoki se apresuró a cubrirse, ya que vio cómo ella llevaba las manos a su ropa para sacar los kunai con que iba a atravesarlo como solía hacer cuando él se desubicaba o decía algo muy tonto, aunque extrañamente no sintió ningún dolor. Se atrevió a mirarla, compartiendo con ella la expresión sorprendida, aunque no entendía el motivo de la feroz ninja.

- ¿Qué pasó?

- Yo no... No tengo los kunai –Musitó.

- ¿No? Mejor para mí, no quería terminar sangrando, vine a gozar, no a sufrir.

La expresión de la rubia parecía hasta derrotada, hasta que bajó la cabeza y se sonrojó. Cuando Gintoki le preguntó por ello, ella murmuró sin mirarlo a los ojos.

- Sabía que iba a verte a ti para estar juntos, así que no los traje. Vine desarmada porque sé que contigo estoy a salvo, me siento segura, y no tengo que pensar siempre en luchar o defenderme. Hoy vine como mujer, no como "la cortesana de la muerte, protectora de Yoshiwara".

Ese fue el turno del samurái de quedarse boquiabierto, en cuanto leyó entre líneas todo lo que significaban esas palabras. No sólo era una de las primeras veces en que Tsukuyo se asumía en voz alta como mujer abrazando su feminidad, un gran avance que empezó la noche anterior, sino que estaba siendo completamente sincera y dejando atrás su orgullo para decirle que, de vez en cuando, podía entregarse completamente a relajarse y confiar en él, no debía de ser fácil para una mujer como ella. No podía ignorar algo como aquello.

Sin decir una palabra, dio un paso largo hacia adelante para tener a la rubia a su alcance, colocando sus manos a los lados del rostro de ella, para luego levantárselo y obligarla a mirarlo. Le dedicó una intensa y seria mirada durante unos segundos, no cometería el deshonor de tener otra expresión para ella que no fuera de respeto, y luego recortó la escasa distancia para plantarle un apasionado beso en la boca, arrinconándola aún más contra la pared.

Tsukuyo soltó un sordo gemido, correspondiéndole como podía mientras sus entrañas se derretían entre el calor excesivo que le había provocado primero la mirada de aquellos ojos carmesí que parecían fuego vivo, y luego ese salvaje e inesperado beso que la había acorralado y aflojado las rodillas. A pesar de ello, su lado competitivo surgió de adentro, por lo que luego de abrazarlo y aferrarse con sus manos como garras a la yukata blanca del samurái, usó su fuerza para quitárselo de encima y empujarlo ella hacia la otra pared. Le devolvió el beso con fogosidad, sus lenguas en la lucha más sensual y feroz de su vida. Como Gintoki se estaba dejando llevar y tampoco pensaba rendirse, bajó las manos para agarrarle sin vergüenza el trasero y jalarlo hacia ella, que se sorprendió al ya sentir un poco del bulto excitado dentro del pantalón de él. Que con tan poco pudiera ponerlo así la hizo sentir muy poderosa y sexy, curiosamente satisfecha y orgullosa de ello, sin una pizca de bochorno. Tanto así, que levantó una pierna para enroscarla detrás de una de él, soltando los dos un jadeo al unísono cuando sus centros se rozaron.

Por un lado, agradeció que Gintoki la estuviera agarrando firmemente, aunque fuera de su trasero, ya que sus piernas perdieron fuerza ante el goce cuando él instintivamente la embistió a través de la ropa, como si quisiera llegar a atravesarla de verdad. Enterró sus dedos en la revoltosa cabellera platinada, jalándolo un poco, lo que lo hizo gruñir y renovar su ímpetu. ¿Cómo podían estar así a poco más de un minuto de haberse besado? Al parecer, eso mismo había pensado el samurái, porque lo sintió titubear, justo antes de agarrarla por los brazos y detenerla.

- Espera... Maldición, mujer, cómo me pones –Masculló, con voz rasposa.

Oh, no. ¿Acaso él pensaba que algo así iba a detenerla? Todo lo contrario, había potenciado su excitación y ganas de llevarlo al límite, era un nuevo goce adquirido el verlo sonrojado y jadeando, con la voz ronca de deseo. Envalentonada, iba a demostrarle que tenía ya pensado devolverle la gentileza de cómo se había ocupado con tanta diligencia de ella tanto la noche anterior como esa mañana, por lo que sólo se detuvo en abandonar los labios de Gintoki para bajar las manos hasta el cinturón y quitárselo. No llegó a bajarle el pantalón, cuando las grandes manos del samurái se cerraron alrededor de las de ella para detenerla y alejarla de su entrepierna.

- Lo dije en serio, Tsukuyo, espera –Resopló fuerte, también para intentar tranquilizarse él, no había sido inocente en dejarse llevar, y cambió su tono a uno más sereno– No eres una cortesana de verdad, no sé por qué quieres ahora actuar como una. ¿De verdad piensas que sólo vine aquí para esto?

- Sí, es lo que dijiste ayer.

- Y no te equivocas, pero no es sólo eso. Antes de estar juntos anoche, pasábamos el tiempo hablando o sólo acompañándonos, hasta venía aquí sin un encargo de trabajo. Quiero que eso también siga, no vine sólo a cogerte e irme unas horas después, Tsukuyo, pensé que lo había dejado claro.

- Oh...

Malo... Eso era muy malo para el corazón de la cortesana. Ahí estaba de vuelta Gintoki, diciendo esas cosas sin darse cuenta de cuánto le aceleraban los latidos. Claro que lo había oído decirle que "sería suya" y tantas otras declaraciones tan dulces como calientes, pero no se imaginaba que fueran TAN ciertas, no con un hombre que tenía una enorme habilidad de evitar los acercamientos sentimentales.

- Además, eres una mujer tan descuidada, ni siquiera te ocupas de ti, y quieres hacerlo con otros.

- ¿De qué hablas?

- Todavía no cenaste, ¿verdad? Viniste tarde de trabajar, y te reuniste conmigo al poco rato, tienes el estómago vacío.

- No es problema, no me pasa nada por no cenar una vez, o hacerlo más tarde.

- Entonces lo siento, porque tendrás que comer ahora, ya está preparado.

- ¿Qué? ¿Dónde...?

Gintoki caminó hacia la puerta deslizante para abrirla, revelando en el piso una generosa bandeja con una buena variedad de finos platillos, junto a una botellita de sake y otra de agua.

- No quiero que te desmayes o que te cruja el estómago a mitad de la acción, mujer tonta. Así que llénate el estómago ahora, podemos conversar un rato mientras.

- Gintoki... ¿Tú...?

- ¿Por qué te crees que estaba ayudando a Seita a estas horas? –La interrumpió, cruzándose de brazos– Cuando Hinowa me dijo que todavía estabas de patrulla desde el mediodía, ya me imaginaba que una obsesiva el trabajo como tú no se detendría para comer, o hubieras vuelto a tiempo. Así que le pedí que preparara algo, y a cambio yo ayudaba al chico.

Tsukuyo quedó boquiabierta unos segundos, sin poder creer lo que oía. Claro que el samurái tenía una enorme habilidad de mostrarse despreocupado y hasta hacerlo ver como que era para su beneficio y no una gentileza, pero lo conocía demasiado bien como para no leer entre líneas, maldito hombre esquivo. Agradecida, se acercó a él antes de que levantara la bandeja, y lo rodeó por el cuello con sus manos para acercarlo y darle un suave y largo beso en los labios. Le sonrió con dulzura, esa sonrisa que sólo él lograba sacarle, y lo abrazó con más fuerza.

- Gracias, Gintoki, por preocuparte por mí, por cuidarme, por todo.

- Hmm, sí... –Murmuró él, haciendo la mirada a un lado, porque la de ella era demasiado luminosa, no podía hacerle frente.

- ¿Comemos? –Preguntó la rubia, notando la torpe incomodidad del peliplateado, él era peor que ella en lo de aceptar cumplidos.

- Yo ya cené, te acompañaré con el sake.

Llevaron la bandeja y bebidas al centro de la sala, donde se acomodaron y dispusieron a compartir de forma amena el comienzo de la velada. Tsukuyo notó unos palillos con dangos, y se los ofreció a él.

- Esto debe ser para ti, yo no como cosas dulces con la cena.

- De lo que te pierdes, yo podría cenarlos como plato principal.

- De verdad que no entiendo cómo es que no estás hecho una pelota, ni eres diabético a esta altura.

Tsukuyo se quedó callada por varios segundos después de aquello, los deliciosos sabores de la comida casera de lujosa calidad tenían ese poder. Gintoki de por sí no era el hombre más hablador tampoco, él era de los que disfrutaban la silenciosa compañía, a menos que hubiera algo más interesante o divertido por compartir. A pesar de ello, había un silencio cómodo entre ellos, como el de viejos y buenos conocidos que no necesitaban parlotear a cada rato para entenderse o pasar un buen rato. Lo miró de reojo y sonrió al verlo intercalar copitas de sake con los dangos a grandes bocados, y para cuando se sintió satisfecha de comer volvió a hablarle.

- ¿Están buenos?

- Dímelo tú.

Gintoki la agarró de la parte trasera de la cabeza y se adelantó para darle un inesperadamente profundo beso en la boca, haciéndole saborear cada rincón de la suya. La misma estrategia había usado la noche anterior con el sake, ella no podía quejarse, era deliciosa. Ya más acostumbrada a compartir besos con el samurái, le siguió el ritmo y le correspondió, apoyándose sobre el fuerte cuerpo de él y dejándole que la abrazara. Tuvieron que separarse para respirar, a veces se les olvidaban ese pequeño detalle de tan inmersos que estaban en el disfrute de aquellos largos besos. Cuando lo hicieron, Gintoki coló una mano por debajo de sus piernas para sentarla en el hueco que hacían sus piernas cruzadas.

- ¿Qué te pareció el dango?

- Rico, aunque hubo otro sabor que persistió por encima –Bromeó la rubia.

- ¿Y ese te gustó más?

- Se está convirtiendo en otro gusto adquirido.

Tsukuyo estiró el cuello para alcanzar otra vez los carnosos labios del peliplateado, y en cuanto él la rodeó en un firme abrazo, casi ronroneó por lo bien que se sentía estar así. Comenzaba a debatirse una lucha en su interior, por un lado, sabía que, si seguían así, las cosas se iban a poner candentes pronto. Por el otro, acababa de terminar de cenar y necesitaba al menos un rato para digerir, en especial teniendo en cuenta que la supuesta consigna de la noche según Gintoki era que tendrían un sexo muy más... enérgico.

Eso mismo pareció haberse debatido él, ya que ella pudo notar que no profundizaba el beso a un nivel más apasionado, sino concentrándose en disfrutar ese dulce intercambio. Cada vez se volvía más natural para ambos el perder la noción del tiempo para saborear cada parte de la boca del otro, así como las suaves caricias o abrazos que se sentían de lo más confortantes para el corazón.

La cortesana también tenía pensado compensarle mucho por cuan generoso había sido él en complacerla las otras veces, por lo cual pensó que sería una buena idea dar ella el primer paso en esa dirección. Lentamente abandonó su cómoda posición entre las largas piernas del samurái para sentarse sobre sus pantorrillas y frente a él. Con sus manos le acunó el rostro, susurrándole junto a los labios.

- Déjame a mí.

Aceptando el pedido, Gintoki sólo la miró fijo con sus ojos carmesí y asintió brevemente, apoyando los antebrazos relajados a los lados de su regazo. Tsukuyo deslizó las manos hacia abajo en una larga caricia hasta rodearle los fuertes bíceps por encima de la camisa negra, dejando así el camino libre para depositar unos suavísimos besos en el cuello de él, que a pesar de ello le provocaron un notorio estremecimiento. No dejaba de sorprenderle gratamente cómo un hombre tan fuerte y curtido por la vida podía reaccionar así ante tales sutilezas, a ella también le despertaba un gran sentido de protección hacia él, podía entenderlo cuando la situación era al revés. Cuando llegó a su clavícula, comenzó a bajarle el cierre de la prenda negra con una mano, descubriendo más de la clara piel, sólo para cubrirla con sus propios labios en largos y tiernos besos. Si bien en su mente iba a ser más salvaje y apasionada, cuando tenía tan dispuesto al amor de su vida, no podía hacer más que demostrarle sus sentimientos de una forma más tierna, así de tonta la ponía ese hombre.

Ya dejándolo con el torso expuesto a medias, tanteó con sus manos el cinto para quitárselo, así como la yukata que como siempre llevaba puesta sólo en un brazo, todo eso mientras seguía tentándolo con sus delicados besos. O al menos fue así hasta que logró quitarle la tradicional prenda blanca, ya que allí tuvo la libertad para bajarle el cierre completo de la camisa, revelando su perfectamente cincelado abdomen. Le sorprendía lo dócil que estaba Gintoki, dejándose besar y acariciar sin intentar nada de su parte, había entendido el mensaje. La posición sentada en la que estaban le iba a ser difícil para continuar bajando, por lo que lo empujó con lentitud hacia atrás hasta recostarlo sobre el tatami. Ahí fue cuando se dio cuenta que no era el lugar más cómodo para continuar, teniendo un mullido futón ya preparado a unos pocos pasos. A pesar de ello, todavía tenía que sacarle los pantalones, podía aprovechar de hacerlo en ese momento antes de moverse al otro lado.

Continuó su sendero de besos y caricias, pasando la yema de los dedos y con delicadeza sus uñas por aquella cálida y firme piel, deleitándose con los suaves jadeos e imperceptibles gemidos que el peliplateado emitía. Era curioso cuánto se podía abstraer del mundo, sólo ellos dos importaban, y toda ella dedicada con fluidez natural a darle placer a su amante. Le desabrochó el pantalón y bajó el cierre con cuidado, sus dedos percibieron la suma tensión de la tela por cómo el firme bulto de la erección colmaba esa zona. Estaba mucho más tranquila que la noche anterior, ya no le avergonzaba tanto verlo y tocarlo en su excitante desnudez, al contrario, lo buscaba con ansias ya que sabía lo que quería hacer. Jaló del pantalón para bajárselo y quitárselo entero, soltando una risita al ver el gracioso calzón con fresas dibujadas, Gintoki no podía ser más sincero y obvio con las cosas que más le gustaban, y perdía toda la seriedad que le daban sus ropas y su apariencia tan atractiva y "seria".

- ¿Qué es tan divertido por allí, Tsukki? –Inquirió el samurái, alzando una ceja.

- Tú y tu calzón.

- ¿Te gusta? Es mi favorito.

- Lo imaginé.

- Te gustará más lo que hay debajo, y quién sabe, entre esa fruta y mi leche puede salir algo rico para que tú... ¡AAH, PERRA! ¡MÁS CUIDADO CON GIN-SAN!

Ante el comentario tan guarro, Tsukuyo no pudo evitar sonrojarse y apretarle la entrepierna de forma poco delicada con su mano, haciéndolo casi saltar. Le dedicó una sonrisa llena de diablura, dejándole en claro que ella tenía el control, y que sólo si se comportaba su disfrute iba a ser inolvidable... O si no se mordía la lengua ante ciertos comentarios, iba a querer olvidarlo.

- Trátalo con más cariño, o no será capaz de hacer buenas cosas para ti después –Se quejó Gintoki.

- Lo haré si te comportas.

- Sólo dije la verdad de una forma más simpática. ¿Sabes que dicen que cambia el sabor según lo que el hombre come? Si bebo leche de fresa diariamente, te apuesto que así sabrá... ¡AAAAH, BASTA!

- ¡Te dije que te comportes, ahórrate esos comentarios!

- Si te sigues metiendo con mis pelotas así, de verdad que Dia y Block no van a poder nacer.

- ¡Deja de decir estupideces, y de meter a Dia y Block en esto!

- Ah, ¿ves? Acabas de aceptar su existencia.

- ¡Aaaagh! ¡Eres insufrible! Quiero mis kunai aquí y ahora.

- Tengo algo mejor para clavarte si quieres.

Gintoki escapó a tiempo del golpe que se esperaba, sonriendo como un diablillo. Sin dudas había arruinado el ambiente sensual que los envolvía hacía tan poco, pero había valido la pena, escandalizar a Tsukuyo era uno de sus placeres culpables.

- Ya que interrumpiste todo, es un buen momento para que levantes, vamos hacia donde está el futón –Indicó la rubia.

Dejando las bromas de lado, el samurái se puso de pie y caminó hacia el futón. Para demostrarle que volvía a tener la buena predisposición del principio, estiró la mano hacia la cortesana, invitándola a acercarse con una sonrisa gentil. En cuanto ella llegó a su lado, después de apagar la luz de la habitación y encender la del velador, la rodeó por la cintura con ambas manos, mirándola con aire seductor.

- Oi, ¿cómo es que tú sigues vestida de pies a cabeza, y yo voy a quedar desnudo en cualquier momento? Quítate el obi al menos.

- Si me quito el obi, la yukata se me va a caer y quedaré desnuda.

- Eso suena bien, no veo el problema.

- Primero quiero ocuparme de ti, sin distracciones...

Dicho eso, Tsukuyo llevó sus manos a la amplia espala de Gintoki para acariciarlo, dejando que se revelara en su rostro cuánto le gustaba hacer eso y sentir cada uno de los trabajados músculos de él, le encantaba cómo se sentía esa espalda tan grande. Siguiendo el recorrido de sus manos, se animó a mirarlo a los ojos mientras comenzaba a arrodillarse, hasta que agarró el borde de los calzones, dispuesta a bajárselos de una vez. Sin embargo, la mano ágil del samurái se posó bajo su barbilla y él se inclinó para detenerla.

- Gintoki, ¿qué sucede? Quiero hacer esto ahora.

- La cortesana de la muerte... No, Tsukuyo, no se arrodilla ante nadie, mucho menos ante mí –Dijo con voz calma.

- ¿Ah? Pero es para...

- Lo sé, pero no quiero verte así, no hoy al menos.

Fue Gintoki el que en ese momento se agachó hasta sentarse en el futón, y la jaló con él para darle un profundo beso mientras la acostaba encima suyo. Ella le correspondió gustosa, y compartieron una seguidilla de largos besos que fueron aumentando en fogosidad, hasta que la rubia decidió volver a donde había quedado antes.

Más tranquila, se sentó en el medio de las piernas de él, y le bajó los calzones de una vez. La flamante erección se liberó, y ella se sonrojó un poco ya que todavía no dejaba de sorprenderle las medidas más que generosas del miembro. Primero lo acarició, un repentino calor electrizante la recorrió por la excitación que se estaba despertando en su bajo vientre. Sólo con eso pudo ver cómo los ojos del samurái se entrecerraron con gozo, le encantaba ver sus expresiones de placer. En esa ocasión ya se sentía más confiada, y sabía de algunas "técnicas de Yoshiwara" que de seguro iban a derretirlo y no se esperaría tanta destreza de parte de ella. Lo recorrió entero, tomándose tiempo para masajearle tanto la base como la punta, quedándose más rato allí, hasta que Gintoki emitió un gemido ronco y levantó las caderas hacia arriba, en un suave empuje.

A decir verdad, tenía cada vez más ganas de probarlo con su boca, pero había algo mejor para hacer antes, esa noche pensaba lucirse y demostrarle que él también estaba en buenas manos. Ya que el miembro era cómodamente largo, le dedicó una sensual y traviesa mirada con sus ojos amatista, y agregó su otra mano debajo. Los ojos carmesí se abrieron de par en par, quedando un tanto boquiabierto, ante la sensación y ante la confianza que exudaba la rubia. Tsukuyo dejó que una mano se concentrara en estimular toda la punta, mientras la otra acariciaba la base y cada tanto acunaba y masajeaba los gemelos, había oído que eso les gustaba mucho.

- Oh, honey... –Musitó Gintoki, con una voz demasiado erótica para su propio bien– Buena chica...

Eso la hizo sonreír por dentro con orgullo, estaba bien encaminada, por lo que con la mano superior empezó a deslizarla por todo el largo, mientras la otra seguía jugueteando debajo. Tuvo que apretar sus muslos cuando sintió un fuerte calor en su propia entrepierna, al ver cómo el peliplateado instintivamente acompañaba aquello con suaves empujes, esa era una imagen terriblemente excitante. Impaciente, no podía esperar para probar más de los mejores trucos de las cortesanas, por lo cual juntó las dos manos en el medio, una sobre otra, y con un poco más de presión empezó a masajearlo en direcciones opuestas, tanto a lo largo como en el sentido de sus manos.

- Tsu... Tsukuyo –Gimió el samurái en voz alta, evidenciando su sorpresa y sin poder ocultar el tremendo placer– Vaya, eso es nuevo para mí...

- ¿Te gusta? –Preguntó la rubia, revelando el entusiasmo en su voz.

- Tanto que, si no tienes cuidado y te controlas, me vas a hacer acabar pronto así.

- ¿Me detengo, Gintoki?

- No, un poco más... Un poco más... Demonios, no sé si eres una cortesana de la muerte, o una celestial...

Tsukuyo se sonrojó fuerte ante el halago, sonriendo orgullosa, no podía creer que al fin podía darle un placer nuevo a su amado, por lo que iba a asegurarse de darle todo lo mejor que sabía. Continuó otro tanto, aplicando distintas presiones y ritmos, hasta que Gintoki se estremeció notoriamente y levantó una mano para detenerla.

- Es demasiado bueno, pero será mi fin. Dame un minuto.

- Oye, Gintoki.

- ¿Sí?

- Bueno, hmmm... ¿Hay algo que te gustaría mucho que te haga? Además de lo que... ya sabes.

- ¿Una fantasía, dices? –Preguntó el samurái, sonriendo con interés.

- Sí, algo así. Ayer dijiste que tú te tocabas pensando en mí –Dijo, abochornada– ¿Qué hacía yo en tu imaginación?

- Oh, al fin te animas a hacer las preguntas sucias, Tsukki. Veamos... Hacías muchas cosas, que si te digo me vas a querer clavar varios kunai, pero hay una que creo que podrías hacerla.

- Dime.

- ¿Segura que quieres oír esa cochinada? Tus oídos todavía son demasiado puros como para...

- ¡Basta ya, y dímelo de una vez, Gintoki!

- Házmelo con tus tetas –Soltó él sin una pizca de delicadeza.

- ¡¿Eh?! –Dijo, aunque había oído bien, y sin dudas se le habían puesto rojas hasta las orejas.

- En vez de usar tus manos, usa tus pechos para hacer un sándwich con mi ***.

Si bien Tsukuyo tenía en mente varias cosas para hacer con las que complacer a Gintoki, esa no estaba entre ellas, y la tomó desprevenida. No podía echarse atrás después de haberse ofrecido, tampoco era tan terrible, por lo que sin más vueltas se desató el obi para luego abrir su yukata, revelando su parcial desnudez al fin. Recostó entre las piernas de él para hacerlo, poniéndose a la altura correcta. Todavía con el rostro hirviendo de calor, no pudo mirarlo a los ojos para hacerle un pedido que la ayudara un poco.

- Muévete tú, yo no puedo hacer todo desde esta posición si tú estás acostado y los dos estamos al nivel del piso.

El samurái quería sonreír con picardía, pero fue tal la placentera sensación cuando ella le rodeó el miembro con sus grandes y suaves pechos, que apenas pudo tragar duro y asentir. Se apoyó sobre sus manos, quedando medianamente sentado, y en cuanto empezó a mecer sus caderas hacia adelante y atrás, un largo y gutural gemido escapó de sus labios. Verla tan apenada y a la vez dispuesta le causó tanta ternura como excitación, y no tardó en aumentar el ritmo de sus embestidas, era demasiado bueno cómo se sentía esa cálida blandura. Cerró los ojos por un momento, dejándose llevar ante tal gozo, pero poco después tuvo que abrirlos cuando una inesperada y húmeda sensación lo estremeció entero, y la miró con demasiada sorpresa, sonrojándose él: La punta de su miembro estaba siendo tímidamente lamida y acobijada por la boca de Tsukuyo. Casi se detuvo, aunque no lo hizo porque sabía que eso la pondría más incómoda y conciente a ella, mejor dejarla hacer una vez que se había animado.

El único problema de aquello, era que no sólo la divina sensación, sino también la imagen que tenía frente a sí, era demasiado caliente. Tuvo que cerrar los ojos para recortar un estímulo, o no tardaría más de un minuto en acabar, de tan bueno que estaba todo eso. Debía ser delicado, si se dejaba llevar podía abrumarla, lo grande que era también era un factor que le dificultaba un poco a Tsukuyo recibirlo con comodidad. Sin embargo, con aquello estuvo más que satisfecho, y prefería dejarla a ella a su ritmo, por lo que detuvo sus embistes y le sonrió en agradecimiento.

- Sigue tú, con lo que quieras hacer conmigo, honey. Todo lo que vienes haciendo se sintió muy bien, gracias.

La cortesana se le quedó mirando varios segundos, mientras él se recostaba sobre el futón y evitaba mirarla directamente a los ojos. Supuso que era para que no se sintiera presionada, Gintoki tenía esas delicadezas también, le encantaba la gentileza con la que generalmente la estaba tratando en esos primeros encuentros íntimos, exceptuando las bromas subidas de tono, claro estaba. Ya se había animado a probar el practicarle sexo oral, había sido irresistible hacerlo cuando él se veía abandonado en su placer, y había imaginado que si juntaba las "dos mejores sensaciones que un hombre podía pedir", según palabras de otras cortesanas, eso lo derretiría por completo. Había acertado, y era tiempo de continuar.

Lo rodeó con una mano para sostenerlo erguido, y aprovechó que tenía mucho más a su disposición para probar, por lo que cerró los ojos y se adelantó sin dudar más para darle una larga lamida, recorriéndolo entero. Percibió el ligero estremecimiento de él, y con eso continuó, repitiendo esa acción hasta que instintivamente empezó a apoyar sus labios para besarlo y succionar cada centímetro con dedicación. Todavía le intimidaba introducirlo en la boca, era tan grande que apenas le cabía, por lo que se concentró en combinar esas caricias varias para complacerlo, atenta a qué lo hacía gemir o moverse más.

- Más fuerte, honey, cómeme con ganas –Susurró Gintoki con voz ronca.

Tsukuyo tuvo que morderse el labio para contener su propio gemido, ese comentario tan candente había tenido conexión directa con su entrepierna, sí que él sabía motivarla a ser más salvaje sólo con un par de palabras. Se esforzó por cubrir más con su boca, y hacerlo más rápido y fuerte, acompañando el largo con los movimientos de su mano para que disfrutara más. Tenía que hacer algunas pausas cada tanto, su boca empezaba a cansarse y acalambrarse, además sabía que por todos los medios tenía que evitar el filo de los dientes, pero era más fácil decirlo que hacerlo. Por otro lado, tenía que admitir que lo estaba disfrutando, había algo terriblemente excitante en la textura aterciopelada y el sabor natural, además de ver de reojo cómo el samurái se deshacía en graves gemidos y jadeos de placer, su musculado cuerpo desnudo moviéndose instintivamente para buscar acompañarla y de paso obtener más placer.

Sin embargo, cuando ella se estaba empezando a entusiasmar, una vez más él la detuvo. Con los ojos rojizos más oscuros y una expresión endemoniadamente sensual, Gintoki se sentó y le acarició el cabello con sus dedos. Antes de mediar ninguna palabra, él se impulsó hacia adelante para besarla con fiereza, y la llevó con él para recostarla sobre el futón, acomodándose rápidamente encima de ella. Tsukuyo apenas alcanzó a procesar el repentino cambio de todo, y su cerebro no pudo elaborar un pensamiento coherente mientras el peliplateado ya la estaba abrumando con besos abiertos y húmedos en su cuello, bajando de pronto a los pechos para mordisqueárselos y lamérselos de forma salvaje.

- Oh, dios, Gin-Gintoki, hnnng –Gimoteó, dejando escapar un largo y agudo gemido cuando él cubrió su pezón con la boca, succionando luego con fuerza hasta un ligero punto de dolor, que sin embargo fue extático.

- ¿Recuerdas que te dije que hoy te quedarías babeando la almohada? Bien, es mi turno ahora, y sabes que soy un hombre de palabra.

Sí, claro que lo recordaba, pero no se imaginaba que podía ser tan intenso tan pronto, cuando unos segundos antes estaba él completamente entregado y dócil. Eso fue sólo el principio, no había forma de anticipar lo que Gintoki estaba haciendo con ella, devorándola con sus besos y mordiscos, seguido de acariciarla y saborearla con su lengua tan caliente y húmeda sin respiro para ninguno. Acomodándola a su gusto, el samurái la sentó a medias con facilidad para continuar con aquella ardiente entrega, manteniéndola en un firme medio abrazo mientras la enloquecía con los apasionados besos, que recorrían una y otra vez sus labios, su cuello y sus pechos, sin un orden predecible, con el solo objetivo de enloquecerla de tanto gusto.

La dejó caer sobre el futón, pero su cuerpo apenas había hecho contacto con el acolchado material cuando sintió las grandes manos del samurái quitarle las bragas en un fluido y grácil movimiento, para luego agarrarla por las rodillas y abrirle las piernas, colándose él en el medio para recostarse parcialmente sobre ella. Ese nivel de pasión le provocaba sensaciones totalmente distintas a los suavísimos y tan dulces toques de la noche anterior, y honestamente no podía decir que prefiriera uno sobre el otro, los dos la estaban dejando al borde de la cordura. Un rápido y ardiente sendero húmedo recorrió su abdomen, y tuvo que taparse la boca cuando, demasiado tarde, soltó un fuerte gemido al sentir la boca entera de él sobre su intimidad. Fue demasiado caliente, esa lengua anhelante de saborear dulzuras ardía de pasión y entrega.

Con esa combinación de ligera brusquedad y a la vez una calculada fuerza para guiarla a acomodarse para él sin incomodarla, Gintoki le abrió aún más las piernas, mientras ejercía presión con sus antebrazos para prácticamente pegarle a ella los muslos a su pecho, aprovechando la gran flexibilidad de la rubia. Eso le impedía moverse, estaba completamente a merced de ese demonio hedonista, pero le estaba encantando. Un insulto provocado por la sobre-estimulación escapó de los labios de Tsukuyo cuando él le succionó y lamió el clítoris al mismo tiempo, pero el brevísimo segundo en que se alejó para darle un respiro, sólo fue para abrumarla con tentar la entrada y luego introducir su lengua allí, provocándole un fuerte espasmo de placer.

- Espera, Gintoki –Musitó, aferrándose al futón con las manos como garras– Si sigues así voy a...

Más rápido de lo que ella pudo completar la frase, el samurái subió hasta quedar cara a cara con ella, y le habló en una voz endemoniadamente acaramelada mientras empujaba superficialmente su sexo contra el de ella, haciéndola jadear ante la sensación.

- No, no vas a acabar así. Esta vez quiero que lo hagas alrededor mío, honey, así que sólo te llevaré al límite para que me recibas con ganas.

- Aaaah, Ginto... ¡Hnnng!

Sus ojos violetas se abrieron como platos cuando inesperadamente uno de los dedos de Gintoki se abrió paso dentro de ella, moviéndose con destreza en un espiral hasta que llegó a lo más hondo que alcanzaba. Sin embargo, no le molestó en lo más mínimo, su cuerpo estaba casi rogando por ello, fue un delicioso alivio el que la llenara con algo.

- Estás tan húmeda, Tsukki –Gruñó él guturalmente, su voz destilaba excitación cruda– ¿Tanto me quieres dentro?

En un rapto de pasión para corresponder el ardiente comentario, la cortesana lo rodeó por el cuello para acercarlo hasta poder besarlo con el mismo espíritu salvaje, mientras su otra mano había perdido toda timidez y rodeó con firmeza el grueso miembro, masturbándolo sin demora.

Gintoki gimió ronco, correspondiendo aquel contacto con penetrarla con su dedo, pronto sumando otro de tan cómodo y lubricado que estaba allí dentro, como si de verdad lo estuviera esperando. Los dos se miraron con intensidad a los ojos, sus labios entreabiertos para lidiar con su respiración acelerada a la par de sus jadeos de puro gozo. A pesar de su actitud apasionada, el samurái seguía siendo plenamente consciente de cuidar de no ser tan brusco con ella, tenía que recordarse constantemente que era la segunda vez que Tsukuyo tenía sexo en su vida, por lo cual nunca habría demasiado juego previo para prepararla, quería que esa vez fuese más fácil para ella recibirlo dentro.

Cuando un par de minutos después consideró que ya era suficiente, la abrazó por la cintura para jalarla y sentarla, y luego guiarla a girarse para quedar de espaldas a él. Todavía podía provocarla un poco más, por lo que acomodó su miembro para que rozara la intimidad de la rubia y se ayudó con la mano para mantenerlo allí, mientras mecía su cadera en un enérgico vaivén para que sus sexos se frotaran, asegurándose de que su punta y el largo estuvieran constantemente en contacto contra el sensible botoncito de placer. Oyó gemir a Tsukuyo, la más bonita melodía que sus oídos podían escuchar, y la rodeó con su otra mano por encima de los pechos para pegarla al torso de él por completo, para que también se excitara con el movimiento de sus cuerpos, anticipando la unión.

Así como estaban, Gintoki comenzó a alinearse contra la entrada, empujando cada vez más en esa dirección, para así tentarla y despertar en ella la necesidad de hacerlo entrar. Funcionó de maravillas, tan sólo un minuto después la cortesana instintivamente acomodaba su cuerpo para ayudarlo, anhelando sentir más de él, hasta que en uno de esos empujes finalmente entró un poco. Los dos gimieron al unísono ante la muy apretada sensación, y el samurái continuó moviéndose sólo concentrándose en meter la punta, lo que sin embargo no fue impedimento para llevarlo de un ritmo tortuosamente lento, a uno mucho más rápido e intenso, que hacía gimotear cada vez más agudo a su amante.

Finalmente, fue Tsukuyo la que no pudo aguantar más contentarse con tan poco, y extendió los brazos hacia atrás para agarrar del trasero a Gintoki, a lo cual una parte de su mente reparó gustosamente en lo tenía bien lleno y firme, no le faltaba músculo en ninguna parte a ese hombre. Con ello se ayudó para bajar su cuerpo y evitar que él se alejara, soltando un largo y gutural gemido cuando lo sintió llenarla al máximo. Tal como había dicho el samurái, hasta ella se daba cuenta lo húmeda y preparada que estaba, ya que fue mucho más fácil y placentero sentirlo profundo dentro de ella, al contrario que la noche anterior en la cual tuvieron que ir mucho más despacio.

- ¿No te alcanzaba con lo otro, honey? –Susurró Gintoki con tono seductor– Así que tú también eres una golosa que lo quiere todo.

La rubia maldijo por dentro, escucharlo a él hablar de esa forma era terriblemente excitante, y lo único que le provocaba era darle la razón y pedirle que él le diera ese "todo" y mucho más. "Quizás no sea tan malo si le respondiera igual", pensó, roja como un tomate.

- Todo lo que quiero es que me colmes tanto, que no haya lugar para nada más que tú.

En cuanto oyó el súbito jadeo de Gintoki, y notó que él se quedó quieto por un momento, sonrió para sí misma con satisfacción. Quizás no había dicho algo tan sucio, pero no podía ser más honesta, de verdad que su corazón y su cuerpo sólo lo anhelaban a él.

- Vaya, qué problema... –Dijo en voz baja el peliplateado, tapándose el rostro muy sonrojado con una mano, y luego despejándose el cabello hacia atrás.

Tsukuyo pretendía girar la cabeza para mirarlo, no había entendido esa respuesta, cuando sintió con fuerza el peso de la mano de él sobre su espalda, empujándola hacia adelante hasta que tuvo que apoyar sus manos en el futón para no estrellarse.

- ¡Oye! ¡¿Qué te pasa... aaaah?!

Su pregunta se convirtió en un gemido gutural, cuando fue completamente abrumada por una profunda embestida que le provocó un cortocircuito mental, sin duda alguna creyó que Gintoki estaba siendo serio con lo de colmarla en todos los sentidos posibles. Tampoco pudo elaborar un hilo de pensamientos coherentes cuando él continuó con esos movimientos una y otra vez, esa posición se sentía muy distinta de las otras, además del caliente sonido de sus cuerpos chocando. Si bien persistía una ligera molestia en su interior porque no estaba del todo acostumbrada al generoso tamaño del miembro tan dentro de ella, lo sobrepasaba ampliamente el placer de que sus nervios se estimularan con el masaje interno.

Sin embargo, eso no fue todo, ya que el samurái le devolvió el atrevimiento de apretarle el trasero con sus manos con muy poca delicadeza, de una forma que la mantenía en el lugar frente a los potentes empujes, y a la vez la guiaba a corresponderle el ritmo.

- Gin...to...ki...

- Ya sabes cómo me pone que tú digas mi nombre de esa forma, Tsukuyo –Gruñó con voz ronca– Eso no va a funcionar para detenerme, sólo me calientas más.

No quería detenerlo, sinceramente, ni un poco.

- Gintoki... –Insistió, adrede, llevando una mano hacia atrás para acariciarle el bajo abdomen, alcanzando a mirarlo de reojo.

- Ah, maldición, mujer... –Se estremeció él, por poco y eso lo hubiera hecho acabar.

El peliplateado se inclinó hacia adelante para cubrirla con su cuerpo, sin dejar de moverse una y otra vez dentro de ella con la misma pasión. Apoyó una mano encima de la de ella, entrelazando sus dedos por arriba, y con la otra pasó a acariciarle los pechos y el abdomen, mientras con cada empuje iba dejando más de su peso corporal sobre ella. Eso hizo que poco después el cuerpo de la rubia terminó apresado con el suyo.

- Se siente... tan bien –Gimoteó Tsukuyo, aferrándose al futón.

- Y puede ser mejor –Ronroneó Gintoki junto a su oído, para después besarle y mordisquearle el cuello.

Teniéndola a su merced, se apoyó en las dos manos y mantuvo una penetración profunda, a la vez que movía su cuerpo entero con ímpetu en forma circular. Tuvo que morderse el labio para ahogar el largo gemido que se escapó de sus labios, aunque ella no pudo hacer lo mismo ante la sorpresa de tal sensación abrumadora.

- Aaah... Aaah...

La cortesana gemía y respiraba entrecortadamente con los ojos entrecerrados y perdidos, estaba sintiendo cada rincón de su anatomía interna que no sabía que existía. Como tampoco podía cerrar la boca ante tanta intensidad, acabó verdaderamente babeando el futón, tal y como Gintoki le dijo que iba a hacer, al parecer ese hombre no era exagerado, venía cumpliendo cada palabra dada al pie de la letra. A pesar de ello, quería sentirlo completamente junto a su cuerpo, y mirarlo a los ojos, perderse en esos ojos carmesí tan fogosos y llenos de honesto deseo y cariño por ella, eso completaba la plenitud que la emocionaba, y era verdaderamente revelador teniendo en cuenta que él solía tener una expresión indiferente la mayoría del tiempo.

Aprovechando que tenía algo de rango de movimiento, giró su cabeza y conectó su mirada rezumante de gozo con la de él, para pedirle que se hiciera a un lado así ella podía ponerse frente a él, pero Gintoki se adelantó y la empujó desde el hombro para volver a acostarla como antes.

- No te des vuelta –Se aclaró, con la voz forzada.

- Quiero verte, Gintoki...

- Eso sería un problema, ya que si en este momento tú me miras con ese tonto y hermoso rostro que tienes, mientras dices mi nombre como recién... se acabarán los juegos, Tsukuyo, todos –Sentenció.

Eso le hizo saltar el corazón a la rubia, una vez más, él no tenía idea que las cosas que decía podían afectarla tanto, sólo la hacían desearlo más, provocarlo más, para deshacerlo también junto a ella. Terca y con su férrea determinación, le dedicó una fiera y sensual mirada con la que pretendió decirle que quizás era eso mismo lo que quería, que fuera más en serio que nunca. La expresión del samurái se oscureció mientras se quedaba muy quieto, y lo vio tomarse unos segundos para respirar profundo, como si estuviera debatiéndose en su autocontrol. Ella jadeó cuando de pronto él salió de dentro suyo, y la giró para acostarla boca arriba, echándose encima entre sus piernas y llevando ambas manos para enterrarlas en su cabello rubio, y luego mirarla largamente con una intensidad que la hipnotizó, a la par de oírle la voz más peligrosamente suave y grave que le había oído nunca.

- Bien, tú lo quisiste así. Una vez te dije que tú, cortesana de la muerte, podías arrastrarme al infierno, o a la cama. En cambio, yo soy un demonio... y los demonios podemos arrasar con todo, en el infierno, y en la cama.

El corazón de Tsukuyo martilleó contra su pecho con fuerza, aquella mirada llena de fuego como el demonio que decía ser, el tono de voz lleno de urgencia y pasión contenida, y la forma en que los grandes y fuertes dedos se enterraban en su cabello y la obligaban a mirarlo sólo a él y nada más que a él... Todo eso era simplemente demasiado, y estaba adorando cada segundo de ello.

Contrario a lo que Gintoki debía esperar, ella levantó su mano y le acarició el rostro con suma ternura, demasiada en contraste con las "duras" palabras de él. Sin embargo, ya no sabía de qué otra forma hacerle entender que ella gustosa iría al infierno con él, caminaría, viviría y moriría a su lado, si él la aceptaba. No terminaba de entender si el samurái le seguía poniendo a prueba su determinación, o si simplemente era otro inocente tonto que no sabía decirle cómo se sentía.

- A dónde quieras llevarme estará bien, Gintoki, mientras sea contigo –Contestó con su usual tono sereno.

Ese fue el turno del hombre de cabello ondulado de quedar anonadado, demasiado transparente en su repentina expresión ligeramente boquiabierta, y en cómo sus ojos habían adquirido un sublime y hermoso brillo sobrepasando la oscuridad anterior. Una tensa sonrisa asomó a su rostro, y agachó la cabeza para hundirla junto al cuello de la rubia.

- Eres una mujer muy problemática para mí, Tsukki...

- Sí, lo soy –Reconoció ella, acariciándole el cabello platinado– Así como tú no te das una idea lo problemático que eres para mi corazón, Gintoki.

Los dos compartieron una sonrisa cómplice, antes de acercarse en sincronía para compartir un largo beso. Si bien la cortesana esperaba que él retomara su ritmo salvaje para ser coherente con sus palabras anteriores, lo que sucedió en un principio fue todo lo contrario, como si él hubiera perdido el ímpetu dominante que tenía hacía rato. Con una impensada suavidad y sin dejar que sus labios se separaran excepto para incorporar aire, le acarició el costado del cuerpo hasta bajar y agarrarle un muslo para flexionarlo más atrás y que luego rodeara su cadera, dándole así más comodidad y un mejor ángulo para empujarse y volver a entrar. El suave gemido que ambos emitieron fue ahogado en sus bocas, y los movimientos fueron cadenciosos y profundos, sus cuerpos casi fusionados de lo juntos que estaban, por dentro y por fuera.

Por más disfrutable que fuera esa calma sensualidad, Gintoki sabía bien que Tsukuyo necesitaba un ritmo más intenso para acabar, además de frotarse de forma constante contra su botón de placer para asegurarse de que alcanzara un potente orgasmo. Poco a poco, dio más amplitud a sus empujes, acomodando ligeramente su cuerpo contra el de ella hasta notar que sus gemidos o respiraciones se alteraran más. Eso sucedió un minuto después, cuando la rubia fue más directa e hizo su parte para enredarse alrededor de él con sus piernas y yendo al encuentro con sus caderas para sincronizar los empujes. Con tanta pasión y estimulación, el samurái estaba llegando rápidamente a su límite, con una imperiosa necesidad de acabar pronto, pero tenía que esforzarse y controlarse un poco más hasta que ella también alcanzara esa espiral de placer abrumadora.

- G-Gintoki... Por favor, sigue... –Suplicó Tsukuyo, abrazándolo con fuerza.

Se concentró en mantener ese ritmo y ángulo que parecía estar funcionando muy bien, podía sentir cómo cada segundo los músculos de su cortesana se ponían más rígidos, y sus movimientos más erráticos. Él no estaba muy distinto, y a medida que los gemidos de la rubia se volvían jadeos ahogados y seguidos, y su nombre era repetido como un mantra, comenzó a dejarse llevar por un ritmo frenético, hasta que finalmente sintió cómo se hacía cada vez más fuerte la compresión alrededor de su miembro. Miró a su bella amante a los ojos, no quería perderse ni un detalle de aquella abrumada expresión de placer, en profunda conexión con la de él, y eso fue el toque final para detonar el orgasmo de la cortesana, que lo exprimió al máximo y a su vez provocó el clímax de él.

Eso marcó un antes y un después en su vida íntima, mientras era arrollado por la intensa liberación, sentía con nitidez cómo las paredes internas del sexo femenino se contraían rítmicamente como si quisieran succionarlo, o mejor que nunca dicho, ordeñarlo, a la vez que su miembro pulsaba y se vaciaba dentro de ella. Nada más existió en esos breves y a la vez eternos segundos, en los que los ojos amatista y carmesí se miraban tan a través que verdaderamente podían llamarse las ventanas del alma.

Cuando la ola de placer los terminó de atravesar y se recostaron de lado, ambos quedaron temblorosos y laxos, con el mínimo control de sus cuerpos que sin embargo permanecieron completamente entrelazados. Sus respiraciones se mezclaron en la escasa distancia que había entre ellos, y seguía siendo tan magnética su conexión que ninguno se atrevió a hacerse a un lado ni desviar la mirada. Para cuando pudieron volver a un estado más controlado, Gintoki le dio a Tsukuyo un beso en la comisura de la boca, y habló con voz suave y acaramelada.

- Vamos y "nos venimos" juntos, honey, te dije que sería así.

- Me sorprende la habilidad que tienes para volver realidad todas tus palabras –Concedió ella, con una sonrisa incrédula– ¿Cómo lo haces?

- Sólo sé con claridad lo que quiero hacer contigo, no hay otro secreto.

- Entonces voy a seguir tu ejemplo, al fin y al cabo, tú estás siendo más honesto y consecuente que yo.

- Haz lo que te siente mejor, pero no cambies tanto, me gustas así y como eres, Tsukki.

Los ojos violetas de la rubia se abrieron de par en par, reflejando su completa sorpresa.

- ¿Por qué me miras así? –Inquirió Gintoki, parpadeando con curiosidad.

- Es que... Es la primera vez que me dices que te gusto...

- ¿De verdad lo dices? ¿No era algo obvio ya?

- Aah...

- Te intenté seducir desde que nos conocimos, sólo que tú me respondías con tus kunai. Hacías la guerra y no el amor, fiel a tu apodo, cortesana de la muerte.

- ¡Es que...! –Resopló, sonrojada, y miró a un costado– Olvídalo...

- Sí, sí... –Concedió él, abrazándola contra su pecho.

- Oi, Gintoki.

- ¿Sí?

- Yo te...

Se interrumpió, mordiéndose la lengua. No, todavía no podía ser tan honesta. En su lugar, llevó una mano hacia donde estaba el corazón de Gintoki, y apoyó su mano allí, mientras lo miraba con una luminosa y dulce sonrisa.

- Me gustas mucho, Gintoki.

El peliplateado le correspondió la sonrisa, y aunque no dijo nada más, apoyó su mano sobre la de ella y se la apretó un poco. Eso lo hizo mucho más difícil para ella de controlarse de confesar a corazón abierto sus verdaderos sentimientos, le dio la impresión de que alguien como Gintoki en el fondo necesitaba escuchar aquello con todas las palabras, fuerte y claro, quizás eso barrería un poco el rastro melancólico que siempre él arrastraba consigo. Quizás lo haría, pero no esa noche, también tenía la intuición de que él todavía era renuente a recibirlo con serenidad.

Era tan cálido y cómodo el abrazo que los unía, que poco a poco se dejaron llevar por el confortable sueño que les llegó, y el samurái fue el primero en dormirse. Tsukuyo se le quedó mirando largamente, disfrutando de verle el rostro relajado, hasta que apagó la luz el velador cuando el peso de sus párpados la estaba venciendo.

Unas horas después, todavía con la oscuridad de la noche cerniéndose sobre las coloridas y siempre encendidas luces de Yoshiwara, la cortesana se despertó. Se sorprendió de sentirse despabilada demasiado rápido, y supo que no volvería a dormirse pronto, cuando eso solía sucederle, se iba a dar una vuelta para patrullar el barrio. Esa noche no iba a hacerlo, no con Gintoki allí, pero sí sintió una imperante necesidad de fumar un poco de tabaco. Se escurrió de entre los brazos de él y se levantó con mucho sigilo, vistiéndose con una ligera yukata blanca que usaba para dormir habitualmente, y agarró la pipa, el tabaco y los fósforos antes de salir al balcón. Una vez que dio la primera y larga pitada, se apoyó en la baranda y sopló el humo entre sus labios.

Era una bonita y tranquila noche en Yoshiwara, con la luna llena iluminando poéticamente el balcón. Esa calma ofrecía un notable contraste con la apasionada e intensa que había sido con Gintoki, en su mente todavía podía repetir más de una escena. Se preguntó si siempre sería así desde entonces, no esperaba que fuera todos los días, pero sí que al menos un par de veces a las semanas él viniera de visita y lo pasarían juntos hasta el amanecer. Eso también le recordó que no podía ignorar el hecho de que el hombre del que se había enamorado era un alma libre... Un alma que no podía ser enjaulada, y que tarde o temprano iba a querer volar a su capricho, así como para seguir sus ideales. Tal pensamiento le provocó un peso desagradable en su corazón, la sola idea de que él no estuviera más cerca de ella, que un día se fuera y no volviera por mucho tiempo, o quizás nunca, le provocaba un vacío enorme. ¿Y si le decía lo que sentía, quizás...?

- Oi, mujer descuidada, te vas a resfriar.

Tsukuyo se sobresaltó visiblemente, al oír la voz del hombre en el que estaba pensando justo detrás. Sin embargo, de inmediato sintió un agradable calor, al ser cubierta desde los hombros con una tela más grande y pesada, la yukata de Gintoki. Giró la cabeza para dedicarle una sonrisa de agradecimiento, él siempre tan considerado y preocupado por el bienestar de ella.

- Gintoki... Perdón, no quería despertarte.

- No lo hiciste, no me enteré cuando te levantaste, sino después.

- ¿Cómo?

El samurái se rascó la cabeza, desviando la mirada por un momento.

- El futón se sentía vacío –Dijo en voz baja, y cambió de tema– ¿Y tú? ¿Tantas ganas tenías de inhalar ese humo tóxico?

- Me calma, también me ayuda a volver a dormir.

- ¿Qué fue lo que te quitó la calma en medio de la madrugada? –Cuestionó, astuto.

La cortesana sonrió a medias, no se esperaba que Gintoki estuviera tan afilado a esas horas, para lo dormilón que solía ser. En un rapto de sinceridad, soltó lo que pensaba sin darle muchas vueltas.

- Sólo me preguntaba si estaba bien confiar en que caminarás siempre a mi lado... –En cuanto se dio cuenta lo que había querido pedirle, se mordió el labio, y negó con la cabeza– Perdona, olvida lo que dije, fue egoísta de mi parte. No somos así, tú no eres así.

Tsukuyo se giró y dio unos pasos para entrar a la habitación, con una sombra en su rostro, sintiéndose apenada por haberle insinuado algo como eso, apenas iban dos noches juntos y ya le había soltado cosas como esa, justo lo que había querido evitar antes. Sin embargo, Gintoki la detuvo, tomándole la muñeca cuando ella pasó por su lado.

- Ya no sé bien cómo soy y cómo no, de tantas veces que un par de niños grandes y una mujer terca me hicieron ver otras formas de vivir la vida que no me esperaba o no creía merecer, y no me desagradaron. Si llegara el día en que no esté a tu lado... quizás será por un buen motivo, para hacer algo que necesite hacer, o de otra forma no será solamente por mi decisión si podemos o no caminar juntos.

La rubia sonrió con amargura, esa era la mejor respuesta estilo Gintoki Sakata, y era completamente razonable. Para dejar atrás su breve inseguridad de corazón, asintió y se volvió a girar, para abrazar por detrás al samurái. Se quedaron en silencio un largo rato, hasta que él se dio la vuelta para mirarla, dedicándole una intensa mirada con sus ojos carmesí que contenía mucha emoción oculta. Al hablar, lo hizo con una suavísima voz.

- Sólo podemos confiar y disfrutar el presente, Tsukuyo, la vida da demasiados vuelcos como para que tenga sentido pretender anticiparnos.

- Sí, así es, en eso tienes toda la razón.

- Algo más, deja ahora esa pipa, te dejará un gusto desagradable que no quiero saborear.

- ¿Eh...?

Los labios de la cortesana fueron presionados por los de él, en un beso inesperadamente demandante, para luego acunarle el rostro con las manos y profundizar el beso. Ella soltó un suave gemido, nunca fallaba en derretirse cuando él la besaba de esa forma tan apasionada. Pensaba arrastrarlo dentro del dormitorio, allí podían continuar con aquello con más comodidad, sin embargo, fue el samurái quién la rodeó por la cintura y dio un medio giro para que ella quedara contra la baranda del balcón. Y más confundida quedó, cuando luego la volvió a girar para ponerla de espaldas a él, interrumpiendo el candente momento que se estaba generando.

- ¿Gintoki? –Preguntó, dubitativa.

En respuesta, el samurái la abrazó con más firmeza y apoyó su mentón en el hombro de ella, soltando un largo suspiro.

- Te ayudaré a dejar de pensar en cosas innecesarias, honey.

Una de las manos del peliplateado se coló por debajo de su yukata y de la de ella, para acariciar y masajear directamente uno de los grandes pechos de la cortesana, sobresaltándola.

- Espera, ¿qué haces? Estamos a la vista.

- Y a la vez, nadie puede vernos, este balcón es alto, y los demás están ocupados en sus cosas, despreocúpate.

- Podemos ir adentro.

- O también podemos quedarnos aquí.

Sin darle tiempo a que replicara, Gintoki depositó una serie de húmedos y tentadores besos en el fino cuello de la rubia. Su hábil mano pronto se encargó de estimularla en los mejores puntos, rodeando y erigiendo los sensibles pezones con las puntas de sus dedos, combinando con los otros masajes, buscando vencer la débil protesta de Tsukuyo.

- G-Gintoki... Aquí no...

- Aprende a relajarte, Tsukki –Dijo con voz juguetona– Mira, tengo una idea, seguro encontrarás esto más aceptable.

Con rapidez para evitar que ella pretendiera escurrirse, le quitó la yukata de él y se la echó a sí mismo sobre los hombros, para luego estirarla hasta alcanzar a cubrirlos medianamente a los dos con ella.

- Mantenla cerrada tú, como si nos abrigaras del frío –Le indicó.

Ni bien ella lo hizo, más bien preocupada porque alguien de otro balcón los viera juntos y tan ligeros de ropa, las manos de Gintoki le abrieron diestramente la fina yukata de dormir, para acariciar sin demora su pecho y abdomen. La rubia no pudo evitar gemir de gusto, esas manos estaban tan calientes que dejaban un rastro de agradable ardor en su piel, o quizás era el que ella sentía por dentro, respondiendo al tacto. Su perdición fue cuando él bajó más la mano para acariciar su intimidad, no se esperaba que fuera tan rápido allí, pero lo hizo con tanta delicadeza que sólo pudo emitir un dulce jadeo, y su traicionero y lujurioso cuerpo recibió el toque con gusto.

- ¿Cuánto piensas hacer? –Inquirió Tsukuyo.

- Todo –Respondió con descaro– Si mal no recuerdo, te gustó mucho hace unas horas cuando te lo hice desde detrás, ¿verdad?

- Hmmm... Sí.

- Podemos hacer un rapidito así, a mí ya me gustó la idea. Siente cuánto, honey.

Acompañando su endemoniadamente cautivador tono de voz, Gintoki presionó su entrepierna abultada cubierta por el calzón contra el trasero de ella. Con un cosquilleo de excitación, Tsukuyo emitió un sensual gruñido, el deseo comenzando a despertar rápido. Dejándose llevar y con el cuerpo venciendo los intentos de control de su mente, abrió un poco más sus piernas, y se apoyó entera contra él.

- Buena chica –Canturreó el samurái, con suavísima voz.

- No estoy segura de hacer esto aquí todavía –Insistió, con sus últimas resistencias.

- Te convenceré, ya verás. Quédate quieta y mira hacia adelante como si nada pasara, fuma si tanto te gusta. Yo haré el trabajo divertido, tú gózalo, cortesana del demonio blanco.

- Si me hablas así... –Susurró Tsukuyo, con la voz cargada de deseo, y esos pequeños comentarios que le recordaban que Gintoki ya la pensaba suya tenían un gran efecto en ella.

- Así es, muéstrame cuánto te excito.

Con el objetivo en mente y buscando ser eficiente para prepararla, Gintoki se bajó rápidamente los calzones y levantó la parte trasera de la yukata de Tsukuyo para exponerle el bonito y generoso trasero, de inmediato apoyándole su entrepierna. Mientras comenzaba a empujarse cadenciosamente contra ella de forma superficial, una de sus manos volvió a colarse por delante para acariciarle el sexo, concentrándose en acariciarle el clítoris. Al verla morderse el labio para contener un gemido más fuerte, sonrió con picardía y acomodó su miembro entre los muslos interiores.

- Cierra las piernas, ayúdame a mantenerlo en el lugar.

Tsukuyo creyó que iba a iniciar una auto-combustión espontánea, eso estaba escalando demasiado rápido hacia otro encuentro sexual, en poco más de un minuto había pasado de unos besos a tenerlo así detrás de ella. Para su sorpresa, ya no se resistía a la idea, aunque todavía el corazón le latía ansioso ante la idea de que alguien los viera, era incluso más sospechoso que antes por más que estuvieran más cubiertos. Ni bien apretó más sus piernas juntas, el gemido gutural de Gintoki contra su oído la estremeció, además de que siempre le había gustado lo alto y corpulento que él era, se sentía muy contenida en sus brazos. Para disimular, inhaló una pitada de su pipa, aunque nunca le costó tanto coordinar tal sencilla acción, mientras lidiaba con la deliciosa forma en que su intimidad era frotada.

Con una atrevida curiosidad, abrió ligeramente la yukata y se animó a mirar hacia abajo, un electrizante calor recorriéndola al ver cómo la punta del grande miembro del samurái emergía y volvía a esconderse entre sus muslos internos, no esperaba excitarse tanto con eso, pero lo hizo.

- ¿Te gusta lo que ves, honey?

Tsukuyo se sonrojó furiosamente, habiendo sido descubierta, pero tenía que ir acostumbrándose a dejar la vergüenza atrás, había visto y hecho mucho más que eso. Tenía que demostrar que ella estaba perfectamente a la altura de seducir y ser la cortesana del demonio blanco, como él había dicho, y siendo tímida no iba a lograrlo. En su lugar, giró la cabeza para mirarlo y dedicarle una confiada y sensual mirada, en la que se leía claramente cuánto le había gustado lo que encontró en ese vistazo. Había acertado, los ojos de Gintoki se abrieron un tanto con agradable sorpresa, y evidentemente eso lo estimuló el doble, ya que ganó impulso con sus movimientos, y sus manos la acariciaron con más pasión. La rubia ya podía sentir cómo se estaba manifestando su excitación, el roce de sus sexos se había vuelto más fluido y resbaladizo, y quería más, mucho más.

- Ya, mételo –Se le escapó de los labios, con la voz cargada de deseo crudo.

Contrario a lo que esperaba, sintió una repentina ausencia cuando el samurái alejó su entrepierna, aunque un instante después gimió cuando fue la mano de él la que reemplazó el lugar, y un dedo se introdujo en ella.

- No eran tus dedos lo que quería ahí, Gintoki... –Se quejó, mirándolo con una media sonrisa.

- Lo sé, pero créeme que lo que necesitas, no siempre coincide con lo que quieres –Contestó él, y le dio un beso en los labios, mientras agregaba el segundo dedo.

Tsukuyo tenía que reconocer que esos dedos hacían magia, sabía perfectamente lo que hacían, y no tenía la menor duda ya de que él podía hacerla acabar así si se lo proponía. Una vez más, entendió la consideración de él, más experimentado en el sexo, y sabiendo dar la mejor experiencia para que ella disfrutara completamente de "Gin-san". Su cuerpo anhelante de más no tardó en ceder y aceptarlos, y ahí fue cuando el peliplateado volvió a acomodarse como antes, empujando su entrepierna contra el trasero de ella, esa vez con el objetivo de guiar el miembro a que se alineara para entrar. Las sensaciones y las expectativas combinadas de sentir cada empuje estimulando sus nervios eran francamente deliciosas, y a medida que con cada uno lo iba sintiendo hacerse lugar mínimamente dentro de ella, para cuando finalmente la penetró más profundo y se quedó quieto, llenándola al máximo, la cortesana no pudo evitar soltar un largo y satisfecho gemido, importándole un cuerno si alguien la había oído o no.

Un momento después Gintoki empezó a moverse, y la sentía tan relajada a pesar de que todavía el interior de ella lo rodeaba demasiado justo, un enorme placer para él, que no tardó en aumentar le velocidad e impulso de sus empujes, siempre moviéndose al mínimo para disimular. Le hizo gracia cómo la pipa quedó olvidada para Tsukuyo, le gustaba que la atención de su amante no estuviera dividida, sino que estuviera toda puesta en él, en ellos. Para derretirla aún más de gusto, se ayudó con una mano para acariciarle con delicadeza el botón de placer, y ella instintivamente abrió un poco más las piernas para darle lugar.

- Gin...toki... Hnnnnng –Gimió la rubia, llevando una mano hacia atrás para enterrar sus dedos en el cabello ondulado– Me encanta esto...

- Tú me encantas –Susurró él, la confesión apasionada escapando de sus labios, y le rodeó la cintura con la otra mano para apretarla más contra él, como si pensara que con eso podían fundir sus cuerpos juntos.

- Ah...

"Eso es jugar sucio", pensó Tsukuyo, oyendo esas dulces palabras que le provocaron un fuerte calor en el pecho. Con ello no pudo quedarse más quieta, no había forma de hacerlo, por lo que, en un impulso de fogosidad, arrojó la pipa a un lado y lo empujó a él hacia atrás para alejarlo. La mirada confundida y en un punto vulnerable de Gintoki fue evidente, pero ella no iba a darle lugar a ninguna duda, por lo que se giró para quedar frente a él, y dio unos seguros pasos en su dirección con la yukata toda desacomodando y revelando parcialmente su desnudez, y lo arrinconó con su cuerpo contra la pared, para besarlo apasionadamente. El samurái le correspondió divinamente, y la sorprendió al quitarle de pronto la yukata, y luego agacharse un poco para agarrarla del trasero, con fuerza levantándola en el aire, para llevarla adentro de la habitación. No la llevó al futón, sino que se quedó allí parado, lejos de las posibles miradas ajenas, y la acomodó para quedar nuevamente alineados.

Tsukuyo se le colgó del cuello, y fue ella la que bajó una mano para ayudarlo a volver a entrar. Los dos gimieron alto cuando se unieron nuevamente, en esa posición tan caliente ella estaba completamente en manos de él, entregada a su merced, y lo hacía con gusto. Gintoki la embistió con pasión, al tiempo que la subía y bajaba para acompañar los movimientos, resultando en un salvaje y demasiado estimulante encuentro.

- Oooh, Gintoki... Eso es... eso es... –Gimoteó la cortesana, aferrándose a él con todas sus fuerzas, estaba agradecida de que él la sostuviera, o ella no creía que podría hacerlo sola.

- Hazlo, Tsukuyo, acaba así...

El peliplateado recortó la escasa distancia para besarla, tan pasado de excitación que era una caótica combinación entre mordisquear y succionar los tiernos labios, y empujar su lengua con ímpetu, para consumir todo lo que podía de esa bonita y adictiva boca que deseaba a un punto que no creía posible. No, no sólo la boca, a ella, toda ella, lo intenso que se estaba volviendo ese encuentro era sólo la manifestación de sus sentimientos y deseos contenidos, sólo Tsukuyo lo ponía así, y sólo él podía entregarse de esa forma con ella. Era como si quisieran grabarse mutuamente con un dulce fuego, dejar una huella que sólo ellos podían llenar, y por eso nunca habría lugar para ningún otro.

Para cuando Tsukuyo entreabrió los ojos y conectaron sus miradas, jadeó ante la emoción desbordante que veía en los brillantes rojos de él. La atravesó de tal forma, que sólo eso desencadenó en su cuerpo una reacción que potenció los estímulos sexuales que ya la estaban abrumando. No pudo quitarle la mirada de encima, una vez más, era una conexión magnética y primordial, que de alguna forma transmitía también su sentir. Pudo sentir en ese momento cómo empezaba a formarse la ola de placer en su interior, pulsando y creciendo cada segundo, por lo que con murmullos incoherentes encontró la forma de hacerle saber a Gintoki que siguiera tal y como estaba, le estaba estimulando los mejores puntos con cada embestida. Él se lo concedió, y la agarró con más firmeza y aunó todas sus fuerzas para continuar con su entrega, también sintiendo esa deliciosa tensión atrapándolo más.

Continuaron así un minuto completo, cada vez más frenéticos los movimientos, embriagándose juntos de placer, hasta que Tsukuyo emitió un jadeo ahogado y no pudo respirar más mientras la arrollaba un fuerte orgasmo. La diferencia esa vez, fue que Gintoki no se detuvo, sino que siguió moviéndose dentro de ella, con lo cual llegó a un punto abrumador de estimulación que no creyó posible, y justo cuando estaba a punto de pedirle que se detuviera, el cuerpo del samurái reaccionó con espasmos mientras se liberaba dentro de ella, a la par de los más urgentes y eróticos gemidos que le había oído hasta el momento.

Llegando al límite de sus fuerzas y de su conciencia, Gintoki se arrodilló todavía con ella abrazada con fuerza alrededor de él, y se quedaron largamente así hasta serenarse. Sonrió cuando Tsukuyo apoyó sus frentes juntas y le acarició el rostro con cariño, eso relajó al instante. Ninguno dijo nada por un largo rato, solamente disfrutándose así, compartiendo cada tanto algunos dulces besos y caricias. Finalmente, se dejó caer hacia atrás con ella encima, no le importaba que fuera sobre el tatami, y cuando miró hacia afuera, vio en el horizonte un ínfimo destello claro asomando. Su sonrisa se agrandó, qué justo...

- Tsukuyo.

- ¿Hmmm?

- No falta mucho para que amanezca, ¿te gustaría que nos quedásemos en el balcón a ver el amanecer?

- Sí, eso sería bonito –Musitó con voz suave, demasiado cómoda y perdida en el momento.

Gintoki la miró, sonriendo ante la mínima predisposición que ella parecía tener a moverse por voluntad propia, así que él reunió las fuerzas para sentarse y agarrarla para cargarla en brazos, pidiéndole antes que al menos alcanzara la manta del futón para cubrirlos. Cuando estuvieron listos, sólo la manta cubriendo su desnudez, se acomodaron en el balcón contra la pared, él con las piernas cruzadas, y ella acurrucada en su regazo, abrazados.

A medida que con el pasar de los minutos el cielo se volvía más claro y dorado, Tsukuyo lo miró de reojo, sonriendo de inmediato ante la cálida y pacífica expresión en el rostro del samurái, en especial sus ojos brillaban de una forma muy bonita.

- Te gustan mucho los amaneceres, ¿verdad, Gintoki?

- Sí, me mantiene en el camino, y me recuerda que podemos encontrar siempre una nueva luz, un nuevo comienzo, o simplemente inundarnos con los rayos de sol del nuevo día.

- Qué bonito... sí, tienes razón –Asintió, recostando su cabeza contra él– Aunque a mí me gusta más la noche, será que estoy acostumbrada, la luz de la luna tiene su encanto también.

- La luz de la luna es lo que más me ha encantado últimamente –Agregó Gintoki, con una sonrisita, y entrelazó sus dedos de una mano con los de ella.

- Gintoki...

- Pero debes saber que la luna brilla así porque es iluminada por el sol también.

- Hmm, es verdad, la luna no tiene luz por sí sola –Dijo la cortesana, con un dejo melancólico.

- Yo creo que eso es porque, de otra forma, sería tan hermosa y brillante que enceguecería. Y, a diferencia del sol, nos permite mirarla directamente...

Dicho eso, clavó su mirada en Tsukuyo, lo que hizo saltarse unos latidos al corazón de ella. La rubia le sonrió con calidez y en agradecimiento, adoraba cómo siempre Gintoki tenía las mejores reflexiones y palabras para conmoverla, y a la vez no era falso ni exagerado.

- Si así es, entonces la luna estará orgullosa de ofrecer su luz, para dar más de lo que recibe –Concluyó la cortesana.

Quedaron contemplando lo que quedaba del hermoso amanecer en silencio, hasta que pudieron ver la bola dorada perfilándose entera en el cielo. Tsukuyo suspiró, la noche había llegado a su fin, y con ello se separarían hasta un nuevo encuentro, el amanecer marcaba también ese límite.

- Tengo hambre –Dijo Gintoki de pronto, mirando hacia adelante.

- Supongo que es hora... –Comenzó a decir la rubia, dispuesta a ponerse de pie, sabiendo que esa bien podía ser la forma de él de anunciar la despedida.

- ¿Desayunamos aquí?

Eso la sorprendió mucho, y fue tan evidente su prolongado silencio un tanto boquiabierta, que hasta el samurái se dio cuenta de que ella no se lo esperaba, él nunca se había quedado más allá del amanecer.

- Ah... Sí, claro –Se apresuró a contestar Tsukuyo, tratando de no mostrar la enorme sonrisa que quería asomar a su rostro.

- ¿Tienen leche de fresa por aquí?

- No, ni por asomo.

Soltó una risita, ni siquiera Seita bebía eso, mucho menos cualquier otro adulto que conociera, excepto él, claro, hasta en eso tenía que ser único y especial. Ante la graciosa expresión de desilusión, Tsukuyo le dio un beso en la mejilla.

- Pero me encargaré de que desde hoy haya siempre al menos una botella.

- Eso suena bien, será mi desayuno favorito.

Fin

Buenaaas! Hasta aquí llegó esta historia... que me ganó el entusiasmo y el amor por la ship, y el "capítulo extra no tan largo", terminó siendo el más largo, de casi 15k jajaja uuuuups. Pero creo que valió la pena, hay más amor GinTsu para disfrutar así.

Gracias por los hermosos comentarios, kudos, y todo el apoyo, de corazón, es muy lindo y divertido cuando hay feedback y podemos disfrutar juntos de las ships! Con muchas ganas de seguir escribiendo y dibujando GinTsu, nos veremos por aquí...

Hasta la próxima! Buena semana y sonrían a la vida!