Martes. El día anterior no había visto a ninguno de los gemelos por el resto del día.
Karma lo había dejado tal como estaba y ahora, su cuerpo dolía de forma infernal.
Si era sincero, no entendía a los gemelos y a sus cambios tan repentinos de actitud. Eso le aterraba, porque supo entonces que ellos no podrían estar bien.
Y Nagisa sabía perfectamente que cuando el instinto animal ataca, no hay poder humano que pueda hacer entrar en razón.
Con dolor, el celeste se paró de su cama, se supone que ese día le tocaba con Asano, pero nadie había ido a despertarlo y de hecho ya pasaban de las doce del medio día.
Lo pensó unos segundos, más pronto decidió no darle importancia y comenzó a caminar por el pasillo hasta luego bajar las escaleras sin tener miedo de mostrar su dolor. Sus costillas dolían de la puta madre, pero continuó.
Cuando llegó al primer piso notó un agradable aroma desde el comedor, pero cuando recordó que en esa casa no había sirvientes, de inmediato un mal sabor de boca se coló por sus labios. Caminó hasta asomarse y ver unos cabellos, ahora, naranjas.
—Te estaba esperando, Nagisa.— Asano se veía igual que siempre... Le recibió inclusive sonriendo de forma comprensiva.
Nada igual al día anterior donde incluso parecía verlo con asco y sin importarle su salud física después de tremenda caída.
Ah... Él definitivamente no entendía.
—Buenos días...— Contestó Nagisa mirando la comida sobre la mesa.—. ¿Karma no comerá o...?
—Cuando estamos en nuestro día contigo, acordamos que el otro no debe interrumpir. Ayer fuiste sólo de él, hoy eres sólo mío, pequeño.
A pesar de todo, aquellas palabras le hicieron sentir en desconfianza. Desafortunadamente sabía que no podía decir nada más si no quería ser malinterpretado, por lo que se limitó a la ensalada y desayuno simple que estaba delante de él.
Asano le miró de reojo, sintiendo su corazón latir con desenfreno ante tal belleza. Sus ojos aún no podían procesarlo y dudaba mucho de que lo hicieran en tan poco tiempo.
Sin más, comenzó a comer, sintiendo el jugoso sabor de la carne en sus labios con un limpio y bien detallado sabor metálico, igual a la sangre.
—Recuerda que es sólo nuestro día...— Habló mientras comía cada vez más rápido. Nagisa asintió pasando su bocado.
—¿Qué haremos?— Aunque en un inicio dudo en preguntar eso, Nagisa pronto se vio decidido. Principalmente porque recordó las palabras del Akabane mayor que rondaban perfectamente en su mente una y otra vez.
Pero Asano no contestó. En cambio decidió seguir disfrutando de su comida en silencio mientras de vez en cuando miraba con detenimiento los moretones en su cuello y brazos debido al día anterior.
Karma era todo un bruto, ciertamente.
Pero también le sorprendió el hecho de que decidiera ser tan suave con Shiota. No sabia el por qué, pero en serio le parecía algo un tanto... Curioso. Ya lo investigaría por su cuenta después.
Ahora era su turno para disfrutar.
Y todo inició justo cuando ambos acabaron su comida casi al mismo tiempo; Asano se levanto y dejo los trastos en su lugar para ser lavados después. Con su dedo índice le hizo una seña al menor para que sin miedo se acercara a él.
—¿Qué pasa...?
—Vayamos a mi habitación. Hay algo que quiero mostrarte.
Una caricia a aquellos delgados y finos cabellos azules con suma delicadeza fue lo suficiente para que un sonrojo se colocara en las pálidas mejillas de una forma encantadora.
De nuevo su corazón latió en total armonía, feliz y en paz. Si bien no sabia lo que significaba, hacia que se sintiera bien consigo mismo. Le aterraba un poco también.
Aún así lo dejó pasar y juntos subieron las escaleras, caminando por los pasillos hasta llegar a una alta puerta de madera perfectamente tallada con decoraciones ambiguas, Shiota se sorprendió y ambos pasaron.
Dentro, observó algo que le sorprendió mucho más; Pues un cuarto azul pastel, con juguetes, una cama mullida, posters de diferentes caricaturas e incluso una que otra casa de muñecas que parecían ser de colección le sorprendió demasiado.
Oh, sin contar las muñecas de trapo y trajes de príncipe y princesa que después observo a un lado de las cortinas con estampado de flores.
¿...Qué significaba aquello?
Era... Extraño, es decir, Nagisa se imaginaba todo tipo de situación e inclusive lugares. Pero aquel era digno de un niño no mayor de diez años.
No entendía nada, y la mirada sería de Asano realmente no ayudaba a apaciguar sus nervios.
—Ehmmm...— Quería hablar, más no se dio el valor suficiente.
El ambiente comenzaba a sentirse bastante pesado.
—Juguemos.
De repente, el menor de los Akabane dijo aquello y volteó a verle con una sonrisa tan grande y maravillosa, que de inmediato Nagisa supo que era en serio.
—¿He?
—Juega conmigo, Nagisa.— De repente corrió a una pila de peluches.—. ¡Juguemos! Mira, él es el señor Canela, es un conejo, pero no le gusta, dice que es un panda porque odia a su especie.— En sus manos yacía un pequeño peluche negro con orejas blancas, se notaba que el conejo había sido pintado con plumón o algo parecido.
Aquello estaba mal... Asano estaba totalmente cambiado, con una actitud infantil, armoniosa, como si todo lo anterior jamás hubiese pasado y él fuese un pequeño inocente.
Shiota no sabía que pensar. En cambio suspiró.
—¿A qué jugaremos?— Inquirio, pensando que sería lo mejor seguir aquel teatro. Su contrario le miró.
—¡Tú serás la princesa! ¡Canela será un gran dragón y yo el príncipe que tendrá que derrotarlo para salvar al amor de su vida! ¿Si, si, si?
Ah... Aquella actitud le aterraba, no mentiría. Pero en cambio Nagisa únicamente asintió y Asano soltó un chillido emocionado corriendo de un lado a otro; Sacando de una caja de cartón una corona hecha de papel y una capa del mismo material.
Corrió hasta el celeste y se la colocó...
Ahí inicio todo;
Formaron una bella muralla con todos los peluches, mientras Asano fingía pelear con aquel dragón que amenazaba a la princesa, Nagisa esperaba del otro lado animando a aquel príncipe infantil.
Aunque al inicio le incomodaba, con el paso del tiempo y de aquella historia inventada sobre dragones, Nagisa sintió que no había nada malo.
Le gustaba.
Ver al pelinaranja sonriendo de una forma tan pura y casta le hacía sentir bien. Le hacía feliz.
¿Cómo decirlo? Incluso se estaba divirtiendo y de vez en cuando actuaba en aquel juego como si de verdad estuviese sufriendo la pérdida de su príncipe azul, o con uno que otro comentario de aliento para derrotar al malvado dragón.
Hasta que aquel hermoso príncipe lo tomó en brazos y lo cargo por la habitación a modo de victoria. El celeste sonrió.
—¡Ganamos! ¡El dragón murió!
Ambos festejaron, el reinó imaginario celebró la llegaba de la princesa... Y entonces el cielo cayó a una profunda noche.
Una donde ambos yacían cansados, pero Asano quería seguir jugando, en cambio Nagisa estaba totalmente exhausto.
—Ah... Muero.— Dijo el menor mientras veía como el pelinaranja buscaba algunas cosas en un viejo baúl de juguetes.—. Asano, ¿No crees que lo mejor...?
Pero entonces, calló su voz cuando vio que su acompañante sacó una larga espada de hierro directamente apuntando a su rostro.
—¿Una espada...?— Murmuró, temió al ver el filo de está.
—¡Sí! Es hermosa, ¿No? Es de verdad y está afilada.
Nagisa sonrió, tal vez una segunda ronda de peleas contra dragones imaginarios no estaría mal. Pensó en aceptar.
—Es linda.— Admitió esquivando el filo que daba al centro de su rostro.—. Pero es...
—Metetela.
Y aquello dejó a Nagisa con la boca abierta y ojos abiertos de par a par.
—¿Qué?
—Quiero que te la metas. ¿Te gusta después de todo, no?
Shiota se sonrojo de forma salvaje, su gesto realmente no tuvo una descripción en ese momento de lo sorpresivo que le pareció.
Joder, debía de ser una broma.
—Asano, no...
—¿He? ¿Por qué no?— Por otro lado, el chico infantil no parecía estar tan orgulloso por esa respuesta. Frunció su ceño.
—Es peligroso... Tiene filo, me lastimare. No puedo hacerlo.— Inquirio tratando de soñar razonable. Pero el otro no parecía comprender.
—Metetela.
—Ya dije que no. Lo siento. Podemos...
—¡¿Por qué no?! ¡A ti te gusta esto! ¡Masturbate con ella y déjame ver!
Aquel cambio de humor ciertamente le asustó, Nagisa se sintió pequeño de nuevo, sumiso e incapaz de poder hacer algo contra el menor de los Akabane. Pero él también frunció su ceño y se levantó.
—Lo siento. Ya dije que no y no cambiaré de idea.
Todo se quedó en silencio.
Por un momento el celeste creyó que Asano lo había entendido, ¡Moriría si lo hacía! ¡No podía hacer algo así!
Pensó en que lo mejor era salir de la habitación, pero cuando se dirigió a la salida, su pierna fue sostenida hasta hacerlo caer.
Soltó un pequeño grito no sólo de dolor. sino también aterrado mientras un gran peso se colocaba sobre su estómago y unas manos en su cuello, comenzando a hacer presión.
—¡¿Por qué dices que no?! ¡No tienes permitido decir que no a nada!
El pequeño comenzó a forcejear de una forma inútil mientras sentía su aire irse de sus pulmones. Su corazón latio está vez aterrado.
Joder, ¡¿Qué mierda haría?! ¡No quería morir así!
Pero tampoco podía pedir por ayuda y eso lo dejaba jodidamente expuesto a una muerta lenta y dolorosa.
Ni siquiera escuchaba lo que el Akabane menor le gritaba. Estaba realmente sumido en sus pensamientos de pánico para saber cómo podría librarse de eso.
—¡Te mataré por desobedecer! ¡Lo haré y jugaré con tu maldito cuerpo!
¡Mierda, de verdad iba a morir!
Su mente estallaría, su corazón se detendría en algún momento. La falta de aire lo hacía delirar, ¿Cuánto faltaba para que en verdad acabará?
Su garganta dolía y su visión se tornaba cada vez más borrosa, ni siquiera contaba con la fuerza suficiente para seguirse resistiendo.
Probablemente se hubiese olvidado de todo y caído desmayado en cuestión de segundos si tan sólo unas campanadas no hubiesen sonado...
Su cuello de nuevo estuvo libre, tosio, su estomago de nuevo dejó de sentirse pesado.
Preguntándose que había pasado, un grito emocionado le aclaro todo;
—¡La hora de la cena, al fin!— Asano feliz corrió a la puerta y abrió, sin importarle su estado, Nagisa quedó ahí a punto de caer dormido.
¡¿Con qué clase de personas estaba realmente?!
