Nagisa se sentía adolorido, sus piernas dolían, su cabeza lo hacía, los rasguños en su piel ardían.

Incluso las marcas de dedos en su cuello dolían cada que trataba de moverse para mirar su alrededor.

Mierda, estaba mal y ni siquiera había pasado del todo una semana.

¿Qué clase de infierno era ese?

No sentía nada, más que dolor, tal vez la excitación había pasado a un segundo plano; Él quería que jugaran con su cuerpo, que lo tomaran y penetraran con brusquedad. Si era sincero, lo quería.

Pero todo había resultado ser muy diferente hasta cierto punto.

A penas, siendo la mitad de la semana, deseaba un descanso, pero quedaba mucho para el domingo y definitivamente no había nada que ahora subiera sus ánimos.

No quería si quiera llegar al sábado.

Los gemelos Akabane ya eran una locura por si solos, ahora, ¿Juntos? Joder, que ni siquiera podía imaginarlo sin temblar.

Lentamente levanto su mano, estaba recostado en su cama y la colocó delante de su rostro, observando con detenimiento los moretones que había en está.

Por un momento creyó saber el tipo de personas con las que estaría, pensó que podría llevar una vida como en aquel sucio burdel.

Pero ahora notaba que tan mal había estado en todos los sentidos.

Y se sentía peor al no poder hacer nada.

Sin embargo, para eso había llegado al mundo, ¿No?

Para ser usado, para ser profanado cuantas veces dios lo quisiera, en él recaía el soportar a las sucias basuras con las que había estado hasta ahora.

Porque sólo él podía hacerlo. Porque sólo el podría aguantar tal sufrimiento.

Tamaño tormento lo acorralaba sólo a él, siempre a él.

Cerró un momento sus ojos, al hacerlo escuchó las pisadas sordas en el pasillo que llegaron justo a su habitación en cuestión de segundos.

No tocaron, en cambio la puerta se abrió con lentitud mostrando los cabellos rojos que ese día le tocaban adueñarse de él.

—Me alegra que estés aquí.— Dijo el Akabane mayor al entrar totalmente y cerrar tras de sí.—. Lamento decir esto, pero hoy no podré estar contigo.

Aquello tomó por sorpresa a Nagisa, quien le miró por el rabillo del ojo, pero sin decir nada y sin querer hacer movimientos bruscos. Evitaba dañarse más.

—¿Por qué...?— Inquirio con una voz cansada, tampoco había dormido del todo bien.

—Estaré ocupado organizando una reunión. Es trabajo.

—Ya... Lo entiendo.

—Te daré este día por ser un muy buen chico. Asano me dijo que igual te portaste muy bien con él.

Aunque no le entendió del todo, agradeció mentalmente el hecho de que el pelinaranja no dijera nada de la pelea que habían tenido.

O al menos eso quiso suponer debido a la amabilidad con la que ahora estaba siendo tratado.

—Gracias...— Murmuró.

—No agradezcas, igual luces cansado.— Karma volvió a abrir la puerta tras de sí.—. Regresaremos hasta la noche, recuerda que no tienes permitido salir, si haces algo incorrecto lo sabremos, así que ya lo sabes.

Prácticamente una amenaza.

Shiota río en silencio luego de escuchar el sonido habitual de la puerta volviéndose a cerrar.

E inevitablemente pensó;

"¿En qué trabajaran los gemelos Akabane?"

Era un problema el no poder saber nada más de ellos, pues realmente le causaba curiosidad que era lo que hacían para tener tanto dinero, a que se dedicaban, el por qué a pesar de todo contaban con tantos lujos.

¿Algo tal vez ilegal?

Muy probablemente sería la respuesta más acertada, pero bien sabía que por su bienestar era mejor no indagar más.

Dejaría que ambos gemelos hicieran lo que debieran.

Él se dedicaría únicamente a tratar de curar sus heridas y de esa forma el tratar de dormir un rato para volver a estar bien el día siguiente.

Ah, joder... Mañana no de nuevo. Pensó y trato de ponerse de pie.

Cuando finalmente lo logró, notó unos cuantos vendajes en el sofá al centro de la habitación. Karma los había dejado antes de irse. Genial.

Sabiendo que está totalmente sólo, decide únicamente colocar aquellos vendajes en las heridas que más duelen, vuelve a su cama y cierra sus ojos.

Queriendo dormir todo el día y toda la noche hasta llegar al día siguiente. No sabía si era posible, pero lo intentaría.

Lo necesitaba.

Porque ningún otro sabe cuán masoquista eres y como te encanta que te azoten y drenen, que te corten el cuerpo y laman tu sangre revolcandote en las sábanas salpicadas de rojo, no saben cuanto te ponen que te hablen sucio enterrandose profundo en ti mientras te lastiman, no saben que te encanta el sadismo descontrolado.

Jueves.

Los elegantes arreglos y el candelabro en lo alto de la sala inicial, fue lo primero que dejó a Nagisa sin palabras; Todo estaba perfectamente ordenado y era sumamente hermoso.

Era tal cual, la preparación de una fiesta para ese mismo día.

Pero no entendía, ¿Por qué?

—Buen día, Nagisa.— Aquella voz le hizo asustar, volteó rápidamente, mirando al sonriente Asano que le observaba con tranquilidad.—. Lamentamos el haberte dejado todo el día de ayer, pero hemos estado preparando una fiesta de bienvenida.

—¿Bienvenida?

—Sí, nos alegra tenerte aquí. Lo hacemos a tu nombre después de todo.

¡Bien! Ahora sí estaba confundido y no sabía por qué asustarse más;

Si por aquella actitud tan relajada que simulaba el no haber pasado nada hace menos de dos días, o aquella "Fiesta" de la cual ahora se enteraba.

En definitiva no entendía aquellos cambios de actitud.

Un día los gemelos eran buenos, amables... Lo trataban bien.

Pero cuando entraban en aquel papel de dueños, se descontrolaban totalmente.

Sospecho sobre trastornos de personalidad y algunas otras enfermedades. Pero ninguna le quedaba realmente clara.

Mientras veía el como los adornos eran colocados por ambos gemelos, él se dedicó a pasear evitando sus penetrantes miradas que provocaban escalofríos a sus espaldas.

Según lo demás que pudo escuchar, es que aquella fiesta contaba como un regalo por su bienvenida, pero, ¿Era en serio? Él no se sentía merecedor de ello.

E incluso un muy mal presentimiento se coló en su pecho.