El columpio de lado derecho estaba vacío como de costumbre. Soplaba el viento con mucho enojo, fuerte tanto así que parecía como si se fuera a llevar volando a cualquier animal, pero no conforme con ninguno, aún habiendo millones de estos en el bosque de la felicidad teletubbiesca. Era un día muy particular, muy bello también, como casi todos. El cielo estaba nublado, a punto de llover, de hecho empezaba a chispear ligeramente gostas finas de agua desde el cielo donde estaban las nubes. Era de noche, había mucho viento y el polvo flotaba por doquier en el ambiente, hasta que se topó con los ojos de color negro azabache de un teletubbie muy decaído. Estas diminutas partículas provocaron que una de esas bellas lágrimas se salieran de esos ojos, pero esta ya se había empezado a formar desde ya hace un rato. La lágrima serpenteaba por su pómulo, hasta el mentón y finalmente caía en una hoja de papel arrugada y de un tono grisáceo que yacía en los muslos de la criatura. Esta misma observaba a lo lejos entre todos esos árboles, a unos divertidos y tiernos teletubbies, que jugaban sin parar entre ellos. Al verlos, más lágrimas cayeron de sus ojos hasta aquel papel arrugado. Su boca temblaba, queriendo gritar, sentía como si le estuviesen golpeando el estómago con todo el odio del mundo, sentía como su corazón latía cada vez más lento, el sonido se extorcionaba cada vez más, hasta que solo pudo escuchar de fondo sus latidos y sus palabras,

–Tengo tantas ganas de hablarles…–decía, sin darse cuenta que pensaba en voz alta–. Tengo tantas ganas de ser como ellos, ¿por qué soy así? ¿por qué la felicidad está de lado suyo y no mío?

Tomó impulso con las piernas para comenzar a colupiarse nuevamente, miraba como cada vez más se oscurecía, y como las nubes soltaban aún más gotas de ellas. Miró detalladamente a los teletubbies desde lejos, como se metían a la casa, casa a la que casi nunca lo invitaban a entrar. Era un teletubbie también, ¿por qué no podía pasar? todos eran cariñosos y respetuosos mutuamente, a excepción de él. Era inteligente, amable, les tenía mucho respeto(que era una de las razones por las que obedecía a los demás) a todos, pero era débil mentalemnte. Tenía incontables de inseguridades, era sumiso e ingenuo, cosa que molestaba a los demás, pero los favorecía, así que los malditos lo utilizaban a su favor.

Cuando los teletubbies se metieron a la casa, el azul alzó la cabeza para tratar de ignorarlos y olvidarlos, pero era en vano… solo había una cosa que podía hacer para desahogarse, puesto que no tenía apoyo emocional ni amigos, así que esa única cosa era la poesía. La hoja arrugada que se hallaba en las piernas de este, estaba en blaco todavía, por no poder pensar se estresó y arrugó la hoja.

Plasmó la mirada en el nublado cielo, todo el ambiente le transmitía melancolía, pero a la vez paz. Algo de lo que por fin podía gozar. Paz.

–A lo lejos…– se quedó callado un rato–. A lo lejos se va el aire.

Miró a las nubes, y por concecuencia en los ojos le cayeron gotas, pero lo le tomó importancia–. Te olvidaste de llevarte la mierda que tanto odio, pero a la vez amo, ahora todo el suelo está inundado, tengo sed, no he bebido en días.

La inspiración le llegó de repente, sus pensamientos se habían apoderado de sus palabras, y en poco tiempo de todo su ser.

– A lo lejos te vas. Olvidaste de llevarte la mierda que tanto odio, pero a la vez amo, ahora todo el suelo está inundado. Tengo sed, no he bebido en días, pero no puedo beber el agua debajo de mis pies, poque está ahora llena de tristeza y dolor, que mezclados se convierten en…– sus cuerdas vocales perdieron toda esa inspiración en segundos–¿en qué? ¿en qué se transformaron?

Cuando por fin quitó la mirada del cielo y vió el papel en sus piernas, se percató de que se había pasado de este hasta sus muslos, ¿cómo es que no lo había sentido?, si la punta de la pluma era muy afilada, estaba tan concentrado que no lo sintió, pensó que era su imaginació también. Sintió los nervios más horribles en toda su vida cuando se dio cuenta de que tendría que ir hasta con los teletubbies para pedirles otra hoja y poder continuar. Ya llevaban más de 6 días en los que no se decían ni un hola, no sabía como actuar ante ellos, esos nervios pronto le provocaron tensión en los músculos, apenas y podía juguetear nerviosamente con sus manos, mientras pensaba ¿qué hago?.

Todas las hojas que los teletubbies le habían dado ya se las había gastado en otras escrituras, que lamentablemente ahora estaban empapadas, por estar tiradas en una pequeña depresión en la tierra donde se acumulaba en agua. Aquellos papeles se empezaron a deshacer, hasta que quedaron como una papilla. Cuando el teletubbie azul se dio la vuelta para ver si no le sobraba alguna, lo único que vió fue la plasta formándose en la depresión. Este al verlo, se sobresaltó, no lo podía creer, ahora todo su maldito esfuerzo hecho mierda, frente a sus ojos… se limitó a agacharse y tomarla entre sus manos, mientras que el agua escurría por la separación de sus dedos, sus ojos mostraban rotunda tristeza, al poco tiempo se cristalizaron y salieron nuevas y brillantes lágrimas con sabor a dolor. La textura de aquella cosa le recordó a la tubipapilla, apenas y recordaba su hambre, no la había saciado desde ya hace un par de días. Giró lentamente la cabeza hacia la izquierda para toparse otra vez con la tubicasa. Por las risas que se escuchaban, pudo deducir que estaban en la hora de la cena. Su estómago rugía ferozmente, la puré de papel que tenía en las manos no hacían más que susurrarle "vé", llenó sus pulmones con aire, sus piernas temblaron cuando se levantó, y su cuerpo fue domiado por el miedo, pero sus necesidades eran más grandes que cualquier otra cosa. El hambre, la tremenda ansiedad por ecribir y llorar, era como estar peleando cuerpo a cuerpo con un león hambriento y horrorosamente violento.

Estaba asustado, no sabíacomo reaccionarían los otros, si le preguntaban donde estaban las hojas que le habían dado y les mostraba sa esúpida puré, se enfadarían demasiado con él, y aparte pedirles comida… inaceptable, pero tenía que hacerlo, si no quería morir de hambre, claro.

Con mucho temor, alzó delicadamente un pie para dar un paso, aún tambaleante por haber estado buen rato en el columpio. Con esfuerzo llegó hasta el borde de la montaña en donde se econtraba, había niebla por todas partes, los árboles a penas le dejaban ver la escasa luz de la tubicasa, a lo lejos se escuchaban las risas de los teletubbies, ¡como se notaba que se la pasaban exelente!, ese pensamiento le provocó un dolor en el pecho, pensar que sus compañeros eran felices sin él lo hacía estremecerse por las frías noches, aparte no tenía a nadie a quien abrazar, sentía una inmensa soledad y melancolía, casi hasta una depresión muy profunda, como si no tuviera salida. Decidío dejar eso de lado, aunque ese pensamiento no desapareciera. Después de soltar unas cuantas lágrimas, y limpiarlas, se armó de valor y dio un paso al frente, olvidando que el suelo aún estaba mojado. La tierra estaba hecha lodo resbaladizo, solo pudo gritar antes de caerse de frente y empezar a rodar colina abajo. Se dio varios golpes, cuando se cayó de frente se golpeó la nariz contra una roca y le empezó a sangrar, también habían unas cuantas hormigas que se agarraron de su pelaje y le empezaron a morder, se hizo varios cortes en el rostro y en el cuerpo, hasta aterrizar en un charco de agua, algo profundo y grande. La lluvia seguía, y limpiaba un poco el pelaje mugriento de lodo del teletubbie azul con la ayuda del charco también. Las hormigas se empezaron ahogar, algunas solo se mojaron y buscaron refugio rápidamente, la sangre de su nariz dejó de escurrir, el charco había desarrollado un tono rojizo gracias a la sangre del de pelaje azul. Con ayuda de sus temblorosos y débiles brazos, levantó el rostro, y un poco el torzo, para después hacerse para atrás y recargarse en sus rodillas también, con los ojos inyectados de temor, miró hacia enfrente para toparse ya a unos cuantos kilómetros de la tubicasa, estaba nervioso, débil, asustado, nosabía como actuar, se había vuelto muy asocial y le daba una horrible ansiedad solo pensar en el término "socializar". Tan pronto como su estómago volvió a rugir y su conciencia le gritó, recordó lo que iba hacer, aunque solo quería volver a la montaña para columpiarse, gritar y llorar, necesitaba también alimentarse y escribir.

Se paró con dificultad, miró a su alrededor, y por fin se decidió a caminar. Una vez ya estando frente a la puerta de la tubicasa, su ego empezó a despertarse, se sentía incapaz de tocar a la puerta, los nervios le erizaron la piel de pies a cabeza, sus cuerdas vocales se convertían en estatuas, al igual que sus músculos, ya no se podía mover. Se sentía tan débil y…ESTÚPIDO.

Recordó lo que quería, movió inconcientemente su mano hacia la puerta, su estómago ya no lo soportaba más, con los nervios era un infierno, en cualquier momento iba a explotar, su cuerpo estaba moviéndose por sí mismo, aunque su mente no quería, ya no podía hacer nada. Era autónomo.

-Toc toc, ¿quién será?, ¿el lobo que viene a devorar a los chochinitos?-

–¿Quién estará tocando la puerta a estas malditas horas?.– se quejaba Dipsy, con la boca llena de tubitostadas, que después tragó con dificultad por haber hablado.

–Ugh, eso es asqueroso, come con la boca cerrada, ¿quieres?–lo miró seriamente, este al instante asintió–.Más bien sería, ¿quién jodidísimo hijo de puta se atrevería a inerrumpir nuestra perra cena?– intervino La Laa, con una voz gruesa e intimidante, aquel tono perturbó aún más al teletubbie de pelaje azul, sintió como su corazón latió aún más veloz, todo lo que decían lo escuchaba el desde afuera–, alguien vaya a abrir, a mí siempre me toca, malditos…

Los tres se quedaron callados mirando a La Laa, a excepción de Tinky Winky, quien no quitaba la mirada de las diminutas letras de su periódico. Pronto se pusieron a hacer lo que estaban haciendo, Dipsy a inhalar su tubicigarro, y Po a terminar su tubipapilla con la compañía de Tinky winky y Dipsy.

A modo de suspiro, comentó–: Bien, lo haré yo entonces…

Con pereza, pero necesidad se acercó a la puerta y giró la manejilla de la puerta, al principio solo vió el bosque nublado, pero cuando bajó la mirada para ver si habían dejado algo, solo se topó con el rostro ensangrentado del pequeño y asustado teletubbie. Este al verlo, puso una cara de disgusto y desvió la mirada para no verlo–. Oh, eres tú. ¿Qué te trae por aquí?

Preguntó, sin preocuparse por el estado en el que estaba , el tono de voz del teletubbie amarillo lo asustaba de cierta forma, lo hacía sentirse inferior por la notaria diferencia de estatura y voz, sus cuerdas vocales volvieron a funcionar, quería gritar, pero no podía, sabía la razón por la que se había casi partido el rostro. Comida y hojas para escribir.

–Yo… yo me… me preguntaba si… si…– el comportamiento ya lo estaba hartando, le interrumpió de manera brusca, a la vez cruzándose de brazos.

–Tú, tú, ¿tú qué?–imitó de forma burlona, ese acto lo lastimó, quería volver a su "casa", pero tenía que hacerlo. Sus ojos se cristalizaron y los labios le empezaron a temblar, apenas y podía formular una palabra(no muy bien dicha).

–Me preguntaba si…–el valor le dio un abrazo–, si usted era tan amable de regalarme otras hojas y comida…

Esa pregunta ya se la esperaba, pero no tan rápido, la intriga le empezaba a carcomer el alma, un enojo extraño empezaba a crecer dentro de su ser–. ¿Y las que te dí?

El contrario tragó en seco.

–¿Qué has hecho con ellas?, la papilla con mucho gusto, pero quiero ver lo que hiciste con las hojas. Espero que halla sido algo que valga la pena, eh.

Cuando le mencionó lo de las hojas, todo se derrumbó dentro de él. Pensaba en que podía decirle para no mostrarle la puré de papel que había hecho, o más bien, que la lluvia había ocasionado–. Yo, emmm. Yo hice poemas.

La respuesta lo sorprendió, ¿quién mierda sería tan creativo como para hacer 40 poemas en 8 días?, se preguntaba La Laa mirándolo con incredulidad, funciendo el ceño le pidió al teletubbie menor que le mostrara los poemas, no le creía, pensaba que lo tomaba por un estúpido. Este entró rapidamente en pánico, tendría que confesarle lo que les pasó a sus hojas, pero tenía miedo, no sabía lo que le diría o haría. Aunque con él no sentía tanto terror, estaba muy angustiado, La Laaera empático y amable, claro, con sus tres compañeros favoritos, con el azul era algo violento y bulgar, pero a diferencia de los otros no lo ignoraba ni excluía mucho, ni molestaba sin razón, hasta rara vez sentía pena por él.

El teletubbie azul no le iba a mentir, estaba muy agradecido por la amabilidad el amarillo.

–E…es que verás… yo…yo por, por accidente– La expresión de La Laa pasó de seria, a una de enfado cuando escuchó la palabra accidente salir de su asquerosa boca pintada con el color carmesí de la sangre seca que había brotado de su nariz, este lo notó inmediatamente y sus ojos se llenaron de lágrimas por el miedo que le tenía, se sobresaltó cuando vió la mano de La Laa bajar de golpe vuelta puño. Su voz tembló– por accidente las dejé en el piso, y sin darme cuenta la lluvia las destrozó.

No pudo contener las lágrimas.

–Por favor, no me pegue…

Aquellas palabras lo sorprendieron aún más, no sería capaz de hacerle algo, mucho menos pegarle, pero dijo eso porque de verdad sentía que en cualquier momento le soltaría un puñetazo por sus expresiones y movimientos violentos. Sintió pena.

–Toma.

Con los brazos extendidos, le ofreció un tazón de tubipapilla y una hoja, era lo que Dipsy había dejado, pero algo es algo. Tomó el tazón, este al momento de sostenerlo su estómago rugió y sus ojos se iluminaron, al igual que su mente cuando sostuvo y contempló la hoja, tímidamente alzó la cabeza para verle a los ojos, esos ojos de color azul fuerte, lo hacían sentirse menos, pero aún así le sonrió mostrándole su gratitud. El teletubbie amarillo le cerró la puerta en la cara groseramente, le había intrigado el rostro del teletubbie azul, pero decidió no tomarle importancia al asunto. Grave error, cerdito…

Se sintió mal, terriblemente mal. ¿Acaso le avergonzaba su sonrisa?, solo le estaba agradeciendo. El azul decidió ver por la ventana el interior de la tubicasa, escuchó como La Laa les daba las buenas noches a todos, como los quería y abrazaba. ¿Por qué él no podía gozar del amor también?, ese sentimiento que casi todos experimentamos en un momento de nuestras REPUGNANTES vidas. Entonces en su ser se manifestó una nueva sensación, una que no podía describir, una que le provocaba una horriblo e inmenso ardor en el estómago. Odio. Ya no les tenía ese sentimiento de gratitud ni respeto…

Con su alma cargada de resentimiento, subió la montaña con los pies más rígidos que una roca. Estando ya en la cima, se sentó en el columpio de siempre, aunque estaba empapado por la lluvia, no le tomó importancia y se sentó a escribir aquel poema que tanto deseaba escribir. Volteó una vez más hacia la pequeña depresión de la tierra que tenía detrás, en esta se encontraban las hojas, que ahora se habían unido al agua. Ver eso solo alimentó más a su enojo, volteó la cabeza fijando otra vez los ojos en el nuevo papel que recargó en sus muslos para empezar a escribir con rabia.

–A lo lejos te vas–comenzó–, olvidaste de llevarte tu mierda que tanto odio, pero a la vez amo, ahora todo el suelo está inundado. Tengo sed, no he bebido en días, pero no puedo beber el agua debajo de mis pies, poque está ahora llena de tristeza y dolor, que mezclados se convierten en…– calló, suspiró y dirigió la afilada punta de la pluma a la hoja, esta vez si que sabía en que se habían convertido esas emociones. Desde ese día, algo cambió dentro de la mente del teletubbie azul, algo que funcionaba se quebró–. Se convirtieron en odio…