Ver a su futura suegra fue frustrante.

Tuvo que controlar el impulso de rodar los ojos siempre que la vieja se hacía la ofendida con su hijo, repitiendo una y otra vez lo "mucho que le echaba de menos y lo poco que la venía a ver". Pudo entender de dónde había heredado Sesshomaru la afilada lengua o la predisposición a ser un bloque de hielo en situaciones donde, específicamente, no debería serlo.

Su apariencia definía su rango; un maquillaje espléndido, unas uñas afiladas y pulidas y un tomesode que bien podría costar miles de monedas de oro. Pero a Kagura las apariencias le importaban un cuerno. Si bien la perra era poderosa, odiaba escuchar el tintineo de sus pulseras siempre que se colocaba el pelo detrás de la oreja mientras fingía un puchero o sus zapatos toquetear el suelo de madera mientras se sentaba en un amplio sillón.

Buscar consuelo en Sesshomaru en estas reuniones era simplemente una pérdida de tiempo; su comportamiento se asemejaba y hasta rivalizaba para ver quién de los dos era más frío, prepotente o déspota.

-Estoy segura que mi difunto marido hubiera tenido curiosidad por ti. - ¿Eh? No sabía que se estaba dirigiendo a ella hasta que Inukimi le lanzó una perezosa mirada. - Es sabido que sus hijos buscan un perfil…peculiar en sus compañeras.

- Hay que intentar que estos perros no se te suban mucho encima - su suegra levantó las cejas un atisbo y Kagura esperó un insulto en respuesta, incluso apretó el abanico bajo su manga por si la perra decidía cortarle la cabeza por la falta de respeto. En cambio miró a su hijo y rió.

-Oh, chica. - su mano subió a su boca, cubriéndola mientras sus colmillos asomaban a través de sus labios violetas. - Sesshomaru, querido, me esperaba cualquier tipo de mujer menos ella.

Kagura no supo si fue un cumplido o un insulto. No le importó. Cuando el té se acabó fue la primera en levantarse y seguir rápidamente a Sesshomaru, evitando despedirse de la vieja antes de que Sesshomaru saltara al aire y ella se transformara en una ligera brisa que lo siguió.

...

- Puede ser difícil de leer. - comenzó él, después de varios minutos de silencio, caminando bajo las densas arboledas de su territorio.

-¿Mh?

-Mi madre.

Ella rodó los ojos.

-Por supuesto, necesitaba esa información para dormir tranquila esta noche. - su abanico golpeó su propio hombro con suavidad. - Tenéis el mismo carácter de mierda. ¿Heredaste algo de tu padre, acaso? - Él entrecerró los ojos hacia ella y Kagura levantó una ceja. - Lo digo en serio.

-Se podría decir lo mismo de ti. - ahí estaba de nuevo, devolviendo la pregunta.

-¿Oh? - sus labios rojos hicieron una mueca. - ¿Sobre?

-Tu temperamento. - sus ojos dorados se agudizaron. - Puedo admitir haber heredado ciertas cualidades de mi madre que encuentres irritables, pero al menos tengo modales.

Kagura rió. Se curvó hacia delante, apretando su barriga con su brazo mientras su otra mano se movía hacia su compañero de un lado a otro. Un ojo rojo se abrió entre risas y bufó, acomodándose lo mejor que pudo.

-Por favor, Sesshomaru, difícilmente lo llamaría modales. - quiso golpearle con el abanico en el hombro, pero meditó el movimiento y lo colocó de nuevo bajo su manga, no queriendo irritarlo más.

Pero, dioses, si pudiera mirarla así de feroz en otro lugar que no fuera un húmedo bosque…

-Kagura - un aviso y ella quiso reír de nuevo.

-¿Lo dice quién quiso cortarme la cabeza en nuestro primer encuentro? - escupió, divertida. Sesshomaru entrecerró los ojos.

-Apestabas a Naraku - ella se encogió de hombros, todavía con las comisuras elevadas. - Cualquiera hubiera reaccionado así ante un olor enemigo.

-Cállate la boca. - se apartó, fingiendo estar dolida. Sesshomaru quiso rodar los ojos y su mano agarró su muñeca, tirando de ella antes de que pudiera siquiera gruñir.

-Tienes otras cualidades ajenas a él. - Kagura tuvo que morderse el labio para no sonreír pero el tono coqueto de su voz derrocó todo el rencor que pretendía fingir.

-¿Cuáles? - parpadeó ella, sus pestañas rozando sus mejillas teñidas de colorete. Sesshomaru tuvo el impulso de acercar su nariz para notar esos aleteos de mariposa sobre sus propias marcas de las mejillas. - Aparte de todo lo malo, ¿qué más hay?

Quiso castigarla por ese comentario; no era todo lo malo.

Kagura era impaciente y manipuladora, egoísta e irritable. Si desafiabas demasiado su espacio personal posiblemente desaparecería varios días sin avisar. Un humor cambiante, seguramente vinculado a la sangre hanyou que había adquirido de Naraku pese a que ella jamás había querido admitirlo. Y ella seguía siendo una asesina, creada para matar, controladora y vanidosa. Su danza era la muerte y sentía poco consuelo por lo demás, pero…

Pero Kagura era un yokai elemental y entonces todo lo demás cobraba sentido.

Se apaciguaba cuando la brisa acariciaba su piel y levantaba su flequillo. La había visto soltar su moño siempre que estaban solos cerca de una colina y ahí, si le hubieran dicho que fue estirpe de Naraku, no los hubiera creído.

Sus manos dejaban la huella de una caricia sobre su piel y demostraba poder ser una mujer delicada. Podía no tener modales, pero siempre que se encontraban ella le rozaba las marcas de sus muñecas mientras metía la cabeza bajo su cuello y suspiraba su nombre tantas veces que podría hasta parecer vergonzoso. Pero ella era el viento y…

Un codazo a su lado y Sesshomaru parpadeó.

-Deja de parecer tan pensativo. Sé que no eres muy halagador así que preferiré imaginarme lo que fuera que estabas pensando sobre mí.

Ella ladeó la cabeza hacia él y éste la miró de reojo, indagando a través de sus ojos rojos, buscando lo que fuera que estaba pensando en ese momento. Sus ojos se arrugaron con diversión y el abanico golpeó su barbilla mientras lo seguía mirando.

-Si mi padre fue Naraku - y aunque nunca lo había nombrado como tal, sonrió. Una mezcla de burla y satisfacción. - quiero pensar que mi madre fue el viento. Al fin y al cabo he heredado mucho de ambas partes ¿no?.

Ah, esta bruja…

Sesshomaru parecía que asentía, de la forma en la que inclinó su cabeza hacia ella mientras dejaba que se agarrasen por el hueco del brazo como siempre hacía. Su risa los rodeó, una brisa la esparció entre los árboles cercanos, creando un eco que no supo cuánto duró o si bien era ella, quién siguió riendo hasta llegar al castillo.