37. Hola! Qué tal?^^ Aquí vengo con el oneshot Chilumi que prometí (?) la última vez!
Digamos, pues, que este fic sería como la tercera parte de mis anteriores fics Chilumi. Y lo primero de todo, mil gracias por leer y comentar mis anteriores fics de Genshin T-T No saben lo feliz que me hace!
Ahora bien, no es (estrictamente) necesario haber leído los anteriores fics para entender la trama, pero en éste fic se hacen menciones y hay referencias a ellos, por lo que recomendaría leer primero "Waiting On Thin Ice Barefoot" y "The Fallacy Of An Equidistant Dream" para entender mejor ciertas cosas^^
Una vez más, no sé cómo me las he apañado para escribir una historia tan larga! Esta vez casi alcanzamos los 50k! O.o Casi no saco tiempo para nada jajajaja
Conseguí a Nahida! Y he disfrutado mucho del evento de la versión 3.6! También he probado el Honkai Star Rail, y aunque no he podido jugar mucho, hasta el momento, lo estoy disfrutando mucho!^^ La dinámica del trío protagonistas me encanta! :) Oh, y Tears of the Kingdom sale en unos días! Le tengo muchas ganas a ese videojuego T-T Tantas cosas que hacer y tan poco tiempo -.-
Bueno… Lumine y Childe habrán ido a Espinadragón? O a Snezhnaya? Vamos a descubrirlo! :)
Muchas gracias por darnos una oportunidad a mí y a mí historia (con un título quizás innecesariamente largo XD)!
Disfruten leyendo!^^
Pd. Versión en inglés en mi ao3: MitsukiWing.
**..**
DELIRIUM OF A DYING MAN, PLEA OF A FALLEN HERO, REMINISCENCE OF A FUTILE EXISTENCE
Si había algo que caracterizaba a Tartaglia era que tenía buena memoria. Muy buena memoria, en realidad.
Puede que no lo pareciera pero, si era así, era totalmente intencionado.
Si parecía que no recordaba algo, no era porque realmente no lo hiciera, sino porque prefería no hablar de ello. Por eso callaba; o más fácil, mentía.
Por eso seguramente decían de él que tenía más secretos que memoria, aunque se complementaban.
Pero Tartaglia tenía muy pocos secretos, pues era un libro abierto y no se callaba nada. Ni siquiera era capaz de hacer misiones encubiertas en condiciones, porque lo suyo era ir de frente.
El silencio podía otorgar, pero también hacía que las personas se hicieran una idea de él, normalmente más errónea que correcta.
Por eso, aunque callaba y mentía sobre lo que había pasado cuando apenas era poco más que un niño, pero no del todo un adulto, cuando cayó al Abismo, Tartaglia lo recordaba perfectamente.
Cómo no hacerlo, cuando aquello le había permitido ser la persona que en el fondo siempre había sido.
Recordaba batallas, con su sangre, sus gritos, y su júbilo, con ansias de victorias.
Recordaba una infancia dividida por la mitad, antes y después de la caída.
Recordaba promesas, que él hacía y cumplía. Promesas que le hacían a él y que buscaba activamente que se cumplieran.
Como la promesa compartida con Lumine.
Que le acompañaría a su hogar, a Morepesok, en Snezhnaya.
Pero dado que se encontraba más lejos y seguía siendo territorio extraño y seguramente inhóspito para Lumine (a fin de cuentas, quería frustrar los planes de la diosa que gobernaba aquellas heladas tierras), habían hablado de ir primero a Espinadragón, a sugerencia de Lumine, pues Tartaglia no había estado allí, aunque supiera de ese lugar, y Lumine pensaba que le gustaría porque podría recordarle a su hogar.
Tartaglia adoraba a Lumine, y no solo por gestos como éstos. Era difícil no recordar cuánto la quería después de todo lo que habían pasado juntos y lo que eso le había permitido conocer sobre ella.
Era curioso querer incluir a Lumine en su vida. O más bien, en la vida que en parte había dejado atrás. Un pueblo anodino, aburrido y el calor de un hogar normal.
La memoria, aun así, podía ser muy selectiva.
Por mucho que recordara, lo bueno y lo malo, no recordaba todo con la misma nitidez y detalle.
Sin embargo, sí que había un recuerdo que también era un secreto, a parte de su estancia en el Abismo.
Ocurrió antes de que emergiera de un oscuro foso siendo una persona completamente diferente según sus seres queridos, pero siendo él mismo por primera vez en toda su vida según Tartaglia.
Apenas era un niño. Apenas le llegaba a su padre a la cintura. Apenas le sobresalían los brazos y las piernas de la ropa heredada de sus hermanos mayores.
Estaba justo en la edad en que sus hermanos mayores parecían aburrirse jugando con él y sus hermanos pequeños eran demasiado pequeños como para poder jugar con él. Y sus padres siempre estaban demasiado ocupados, ya fuera con el trabajo, la casa o esos mismos hermanos.
Cuando Tartaglia solo era Ajax, y le daba miedo estar solo y le disgustaba no ser el centro de atención (quizás esto último no había cambiado tanto con el paso de los años).
Fue gracias a uno de estos berrinches que consiguió un gran regalo por parte de su padre, y a sugerencia de su madre.
Le enseñaría a pescar en el hielo.
Ajax sintió que su pequeño cuerpo no soportaría tanta expectación y explotaría.
Su primera reacción, después de dar las gracias efusivamente a sus padres y haciéndoles prometer que cumplirían esa promesa, fue a decírselo lleno de orgullo a sus hermanos mayores (los pequeños seguramente ni entenderían lo que les decía), pero la reacción que suscitó en ellos fue de indiferencia, pues eso era algo que ellos ya sabían.
Ajax se sintió decepcionado. Y no fue hasta más tarde, ya en la cama después de que su madre le leyera un cuento para dormir, que no se planteó si esa decepción era porque sus hermanos no se habían mostrado igual de entusiasmados que él; o porque quería que ellos se hubieran unido a su padre y él, pues ellos ya sabían hacerlo; o, más bien, porque quería darles envidia y vengarse un poco por dejarle de lado y no querer jugar con él.
No sabía cuál era. Quizás todas. No eran más que desilusiones infantiles, y no tardó en lidiar con ellas. Y sobre todo después de emerger del Abismo, cuando tenía cosas más importantes en las que centrarse en el horizonte.
Aun así, se fue a dormir temprano, pues al día siguiente madrugaría para ir a pescar.
A Ajax le costó dormir esa noche. Como también le costó levantarse temprano debido precisamente a eso.
Era extraño andar por una casa que todavía dormía, sobre todo por el leve crujido de los tablones de madera del suelo cada vez que los pisaba con sus botas.
El material de pesca pesaba y parecía ocupar más que su propio cuerpo, pero aun así Ajax se empeñó en cargar con algo.
Acompañó a su padre en silencio fuera de la casa, pisando la nieve aún blanda recién caída. Sus pies se hundían con un leve sonido, como si pisara hojas secas en una tarde de otoño.
Su respiración se hacía visible en volutas de vaho mientras andaban bajo un cielo que aún no había amanecido.
El lago helado era imponente cuando llegaron a una de sus orillas. Y Ajax tuvo la angustiante sensación de que, cuando empezó a andar sobre ese hielo siguiendo los pasos de su padre, este se resquebrajaría y él se hundiría.
Puede que su padre pudiera sentir su miedo, porque cargó todos los aparejos de pesca que llevaba en una mano y un hombro, para poder darle la mano a Ajax, mientras le susurraba palabras tranquilizadoras y de coraje, hasta que se detuvieron.
Lo demás fue mecánico. Siguió las instrucciones de su padre mientras le explicaba lo que había que hacer, mientras miraba cómo hacía un agujero en el hielo.
Había algo mágico en aquel frío y en echar la caña en aquellas aguas oscuras. Pescar peces que parecían imposibles de pescar en aguas heladas. Su padre contándole historias de héroes lejanos viviendo aventuras.
Pero nada de esto era un secreto.
El secreto estaba empapado en uno de sus miedos hechos realidad.
Después de aquella primera vez, Ajax acompañó a su padre en más ocasiones.
Tenía la ilusión de pescar un pez enorme y luego ayudar a su madre a cocinarlo, y así todos verían de lo que era capaz. Que no solo era un pequeño niño cobarde que no sabía hacer nada.
Pero esos días su padre andaba muy ocupado con el trabajo. Su madre no podía dejar a los bebés solos, y aunque sus hermanos mayores quisieran acompañarle (y ese no era el caso), no les dejaban ir solos.
Así que se suponía que Ajax tenía que esperar.
No había nada más peligroso que negarle algo a un niño decidido a cambiar.
Por eso, una mañana, cuando los trabajos habían empezado y el resto de la familia dormía, Ajax salió todo lo silencioso que pudo de la casa.
Se cubrió con ropa de abrigo, cogió del almacén solo lo imprescindible, y como ya tenía el camino memorizado, fue hasta el lago helado.
No le costó encontrar el agujero que tiempo atrás había hecho su padre y que aún permanecía (pues no estaba seguro de que él fuera capaz de serrar el hielo todavía) por las marcas y muescas que habían hecho previamente.
No es que estuviera en la parte central del lago, pero estaba lo suficientemente alejado de la orilla como para que hasta la inconsciente mente infantil de Ajax titubeara antes de dar el primer paso en el hielo.
Lo dio de todas formas.
Fue su primer paso a intentar cambiarse a sí mismo.
Cuando llegó frente al agujero por el que se adivinaba un agua oscura, Ajax soltó una carcajada triunfante acompañada de una nube de condensación.
No los veía, pero sabía que los peces estaban ahí. Como tampoco veía todavía el asombro y orgullo que produciría en su familia cuando volviera con el cubo lleno de peces, pero sabía que era lo que le esperaba cuando volviera a casa esa mañana.
Podía hacerlo. Podía hacerlo solo.
Dejaría de ser el cobarde del que sus hermanos mayores se reían.
Sería él el que reiría.
Pero el aire se le atascó en los pulmones cuando, mientras preparaba la caña, se resbaló en el hielo. Cayó sobre el frío suelo y se deslizó hasta caer más bajo.
Entonces el aire ya ni salía ni entraba en su cuerpo. Solo había agua y dardos helados perforando su garganta, sus pulmones, su corazón.
Ajax nunca había pensado que la muerte pudiera ser tan dolorosa.
Que su cabeza fuera incapaz de pensar en otra cosa que no fuera dolor.
Dolía vivir.
Y fue en aquel momento, cuando tuvo tanto, tanto miedo, que llegó un punto en que dejó de sentirlo.
Quizás debería rendirse para que el dolor terminara.
Pero entonces, ¿cómo iba a conocer mundo, si no crecía y vivía para poder verlo?
Casi como el resbalón que le hizo precipitarse al agua helada, sin saber cómo, sus manos no golpearon la nada ni un techo de hielo, sino que agarraron un borde helado, el borde un precipicio por el que acababa de caer, y del que emergió milagrosamente, empapado, al borde de la hipotermia, vomitando agua, temblando como las ramas desnudas de un árbol zarandeado por una ventisca.
Cuando sintió que sus pulmones no se desgarraban con cada inspiración, Ajax, de rodillas en el hielo, miró el oscuro agujero del que había emergido.
Casi había sentido como si el agua, en vez de empujarle hacia el fondo, le había ayudado a llegar a la superficie.
Se preguntó si habría muerto. Si estaría soñando.
Si estaría delirando.
Con la mente opacada por neblina, quizás todavía en shock y en movimientos mecánicos y memorizados, recogió las cosas y se encaminó a casa.
No levantó la vista de sus pies hasta que estos pisaron nieve y tierra, y no hielo.
Al volver a casa, y tras dejar el equipamiento en el almacén, como una rutina en piloto automático, vio que su familia ya había amanecido.
-¿Dónde te habías metido, jovencito?-le reprendió su madre-Aún está oscuro y...-se detuvo al mirarle más detenidamente-¿Se puede saber qué te ha pasado?-se acercó a él y le tocó-¡Estás helado, Ajax!
Sus hermanos mayores, que estaban ayudando a poner la mesa para el desayuno, rieron.
-¡Ajax se ha revolcado en la nieve!
-¡Se creerá un zorro!
-Niños, parad-les dijo su madre-Ajax, cariño, no hagas tonterías. Podrías coger un buen resfriado o incluso una pulmonía... Ven, vamos a quitarte esa ropa húmeda y hacerte entrar en calor, ¿sí?
Ajax no dijo nada. Solo asintió y siguió a su madre, que tiraba levemente de su mano, notando cómo la mano de ella calentaba la suya.
Todos habían dado por hecho que se había tirado a la nieve, y esta, una vez derretida, le había mojado.
Ajax no lo desmintió.
Porque a ninguno se le pasó por la cabeza que hubiera caído en lo profundo de un lago helado.
Sería su secreto, entonces.
Esa fue la primera vez que Ajax saboreó verdadero miedo. Que saboreó la muerte. Como si todos sus miedos sobre el misterioso mundo en el que vivía y le rodeaba estuvieran más que justificados.
Puede que fuera debido a aquel incidente que, años después, Ajax se armó del valor necesario para irse de casa con grandes aspiraciones y la intención de no volver hasta haber vivido un sin fin de aventuras.
Pero, una vez más, Ajax, que dejaría de ser en parte Ajax, cayó. Cayó y cayó. Hasta un fondo imposible.
Y ahí estaría su segundo gran secreto.
El Abismo.
Todo lo que aconteció allí quedó grabado con sangre en su memoria.
Incluso cuando volvió, cuando emergió de un pozo sin fondo y sin agua, parecía que el pozo eran sus ojos, el agua ya corría por sus venas, y el miedo a la muerte se convirtió en algo a lo que enfrentarse en vez de huir.
No le habló a nadie del Abismo, de lo que vivió a allí, ni de la persona que le entrenó y le enseñó a moverse por el Abismo, su maestra Skirk.
Ajax se hundió, y emergió Tartaglia. Childe.
Tartaglia tenía buena memoria. Y secretos. Y anhelos.
Y promesas que quería ver cumplidas.
*. *. *
Hacía frío. Mucho frío.
Agradeció la bufanda, los guantes y sobre todo el abrigo.
Tartaglia exhaló.
Era algo familiar. Algo a lo que estaba acostumbrado. Algo que no era inusual, pasara el tiempo que pasara.
El frío húmedo que se te pegaba al cuerpo como una segunda piel.
Snezhnaya te daba la bienvenida con su particular abrazo.
-Sí que hace frío...-escuchó a su lado-Supongo que es lo habitual por aquí, ¿no, Childe?
Aun así, Tartaglia tenía la sensación de que había algo fuera de lugar...
-¿Childe?-la voz insistió.
Salió de su ensimismamiento para clavar sus ojos en los de Lumine, que le miraba con expectación.
Claro.
El frío en Snezhnaya no era inusual. Lo que sí era inusual es que Lumine estuviera allí.
Tartaglia frunció ligeramente el ceño.
Lumine. Lumine estaba en Snezhnaya, con él. Había cumplido su promesa. Pero, creía que habían quedado en que primero iban a ir a Espinadragón...
-No responde, Paimon.
-A lo mejor el frío le ha congelado el cerebro a Childe-se jactó la flotante y fiel compañera de Lumine, Paimon-O el viaje en barco ha mareado a Childe.
-Eso es lo que te ha pasado a ti, Paimon-dijo Lumine.
-¡No es verdad! Paimon no puede marearse.
Lumine, haciendo caso omiso a Paimon, le cogió la mano a Tartaglia. También llevaba guantes, más gruesos que los habituales.
-¿Estás bien?-le preguntó, preocupada.
Una parte de Tartaglia se derritió un poco ante el contacto.
-Sí. Sí. Es solo...-sacudió la cabeza-Quizás sea que aún no me puedo creer que realmente estés aquí conmigo.
Una cálida sonrisa se abrió paso en el rostro de Lumine.
-Pues aquí estoy-dijo, dando un ligero apretón a su mano, para luego soltarla.
-Creí que... Íbamos a ir a Espinadragón primero-expresó sus pensamientos en voz alta.
Lumine se le quedó mirando. Parecía que iba a decir algo, pero reculó. Esbozó otra sonrisa.
-Es mejor venir aquí, ¿no?
-Por supuesto-se apresuró a decir Tartaglia, pues no quería desanimarla.
En realidad, daba igual a dónde fueran, siempre que fueran juntos.
-Pero creía que Espinadragón…
-Deja de hablar de Espinadragón. Es como una tumba-se quejó Lumine; luego, sonrió-Querías que viniera a conocer tu hogar natal, ¿verdad?
-Por supuesto-repitió Tartaglia.
Porque había algo especial en el hecho de que ella le hubiera acompañado hasta su nación, para visitar el hogar donde se crio.
Tartaglia la miró.
-Espera, ¿de dónde has sacado el abrigo?-quiso saber.
-¿Mm? Me lo regalaste tú, ¿recuerdas? Lo prometiste-dijo Lumine, mirándole como si se hubiera vuelto loco, mientras se abrazaba a sí misma con el gran abrigo puesto, contenta por no estar pasando frío por una vez.
El abrigo le quedaba grande y parecía hundirse en él. Era adorable.
-Sí, claro.
Claro que le había prometido a Lumine comprarle un abrigo, y cualquier tipo de accesorio invernal que hiciera falta. Pero a Tartaglia le seguía pareciendo raro pensar que lo había comprado para que Lumine primero lo estrenara en Espinadragón, y no sabía a qué se debía esa pequeña obsesión con Espinadragón cuando lo que realmente había querido era que Lumine le acompañara a Snezhnaya.
-Paimon también quiere un abrigo-dijo Paimon.
-Creía que tú no lo necesitabas-comentó Lumine.
-¡Pero Paimon también quiere un regalo!-exclamó, indignada-Oh, ya sé. El regalo para Paimon puede ser comida. Toda la comida típica de aquí.
Lumine puso los ojos en blanco, pero sonrió.
-Ya la has oído. ¿Qué piensas hacer al respecto?
Childe se encogió de hombros.
-Contentarla sería lo más sensato, ¿no?
-¿La sensatez es una cualidad que te defina?
-Me gusta pensar que sí.
-No empecéis-se quejó Paimon-Paimon no soporta cuando Lumine y Childe se ponen así.
-Entonces, vete-sugirió Tartaglia.
-Ugh, ¡lo que tiene que oír Paimon!-a Tartaglia le sonaba que no era la primera vez que lo decía-Vamos, ¡en marcha!
-¿Vas a hacer de guía, Paimon?-preguntó Lumine, mientras empezaba a andar siguiendo a su compañera-¿Conoces Snezhnaya?
Esto hizo detener a Paimon en mitad del aire.
-P-Por supuesto que Paimon conoce todos los rincones de Teyvat-se giró-Pero Childe es quien ha invitado a Paimon y Lumine a venir...
-En realidad, la única invitada era Lumine. Pero supongo que tú vienes en un pack indivisible con ella-comentó Tartaglia, echando a andar también.
-... Así que, ¡Childe debería ser el guía!-declaró Paimon, ignorando el comentario a propósito.
-¿Vas a hacer que haga tu trabajo?-dijo divertido Tartaglia, poniéndose aun así al frente de la pequeña comitiva para liderar la marcha.
-¡Es porque no le has regalado nada a Paimon!
-Te voy a invitar a mi casa y podrás comer todo lo que quieras. ¿Te parece justo?
-¡Sí!
Tartaglia escuchó a Lumine reír por lo bajo.
Cualquier cosa merecía la pena si conseguía hacerla reír.
Curiosamente, Tartaglia no recordaba exactamente el viaje en barco hasta allí. Tenía la leve noción de que habían embarcado en Liyue, y tras un viaje anodino y sin contratiempos, habían llegado a nuevo puerto.
Mientras salían de dicho puerto, Tartaglia les explicó que no, aquellos edificios que veían a lo lejos no era su pueblo, sino la ciudad de Snezhnaya, la capital.
Las grandes embarcaciones de pasajeros y cargamento atracaban en los puertos más grandes, los cuales correspondían a dicha ciudad. Por lo que, para llegar a su pueblo natal, Morepesok, aún tenían un trecho que recorrer.
Podrían ir en transporte, o puede que incluso hubiera algún punto de teletransporte que Lumine pudiera activar, pero a pesar del frío, lo cual era algo inherente a la zona, hacía muy buen día. Podían ir andando y disfrutar del paisaje.
-¿Queréis ver la ciudad?-preguntó Tartaglia, señalando con la cabeza a la lejanía en dirección a los altos edificios coronados por una capa de nieve.
Era temprano por la tarde y les esperaban, en realidad, para cenar, así que podían tomar un pequeño desvío. Además, seguro que sentían curiosidad...
-No es necesario-dijo Lumine, mientras Paimon asentía con la cabeza a lo dicho por Lumine.
Tartaglia la miró con confusión aparente.
¿A qué venía aquello? Lumine era curiosa por naturaleza. Tartaglia lo sabía, pues creía conocer ya bastante a Lumine, y porque él era igual. Además, siempre estaba dispuesta a conocer nuevas personas, lugares, comidas...
¿Estaba siendo precavida? ¿No quería verse obligada a aceptar posibles misiones de la gente de la ciudad? ¿O se debía a que estaba en territorio de la Zarina? ¿Por la sede de la organización de los Fatui?
No habían hablado de ello, y quizás fuera lo mejor, porque habían llegado a un acuerdo tácito y silencioso de que, cuando visitaran Snezhnaya juntos, lo harían para visitar la familia de Tartaglia. Lumine no sería la heroína de Teyvat, ni tendría que oponerse a una Arconte.
Tartaglia aún se preguntaba a menudo qué pasaría cuando llegara ese momento.
En tal caso, era más prudente no acercarse.
-Vayamos a tu pueblo-insistió Lumine.
Y Tartaglia no puso objeciones.
En el fondo, le hacía ilusión ver que Lumine parecía estar tan deseosa de conocer a su familia. Hacía que una cálida sensación se instalara en su estómago.
Tartaglia mentiría si dijera que no echaba de menos su hogar, pero no tenía esa sensación de alienación que había tenido hacía años, cuando se fue por primera vez.
A fin de cuentas, su familia y él se escribían con regularidad; y Tartaglia volvía más tarde o más temprano a Snezhnaya en caso de que el trabajo se lo requiriera y, por tanto, si tenía tiempo, este se traducía en una pequeña visita a su casa. Donde le esperaban sus padres, cada vez un poco más viejos y encorvados; sus hermanos pequeños, cada vez un poco más mayores y altos; sus hermanos mayores ya no vivían allí, al igual que él, pero seguían residiendo en la región, cada uno con su vida, y con más facilidad que él de visitar a sus padres.
Era fácil perderse en los recuerdos mientras pisaba caminos cubiertos de nieve que conocía perfectamente a pesar del tiempo que había pasado desde que los pisó por primera vez.
Antes, cuando era Ajax, todo lo que había más allá de las inmediaciones de su pueblo le parecían un mundo demasiado grande y en el que sabía que se perdería. Pero supuso que, tras ser entrenado para sobrevivir en el Abismo, el mundo no podía ser tan difícil de explorar.
Paimon parecía extasiada con todo con lo que se cruzaban, e incluso hacía pequeños comentarios al respecto, así que, en el fondo, sí que conocía algo de Snezhnaya y hacía gala de su título merecido de guía de Teyvat.
Lumine, por su parte, como siempre, era más bien de pocas palabras. Mostraba un asombro mudo que se reflejaba en cómo sus ojos se abrían un poco más de la cuenta y parecían brillar cada vez que veía flora y fauna característica de esta zona y que no había visto hasta ahora, así como las ropas tradicionales de abrigo de las personas con las que se cruzaban.
Más de uno saludaba a Tartaglia. Por suerte, por aquellos lares, más cercanos a su pueblo que a la ciudad, le conocían más bien como el pequeño niño que abandonó su hogar a una edad temprana para alistarse y que venía de vez en cuando a visitar a la familia.
No lo conocían tanto como un Heraldo de los Fatui cruento e invocador de monstruos con ansias de destruir el mundo.
Seguía siendo algo a lo que no estaba seguro de poder acostumbrarse.
Era mejor así. Era mejor que el círculo más cercano a sus padres y, por ende, a sus hermanos pequeños, no supiera exactamente a qué se dedicaba (aunque sabía que sus padres se hacían una idea bastante clara) para no preocuparles de más.
El abrigo de Lumine era fundamentalmente blanco, acorde a su ropa habitual, y junto con su pelo rubio, hacía que pareciera un ser etéreo caminando por la nieve. A Tartaglia le recordaba a un cuento infantil de su tierra.
El olor salado del mar seguía mezclándose en sus fosas nasales con el olor de la nieve, y el pelo se le curvaba ligeramente en las puntas debido a la humedad.
-¡Paimon ve casas!-exclamó Paimon.
Tartaglia se detuvo sin ser muy consciente de ello.
-... Morepesok-dijo Lumine a su lado-¿Verdad?
-Sí.
-Es... Más pequeño de lo que me imaginaba.
-Más hogareño.
-No lo decía como una crítica. Es un lugar tranquilo y apacible.
-Excepto los días de mercado. Escuchar a los pescadores gritar de madrugada no es algo precisamente apacible.
Aquello la hizo sonreír.
Al poco de entrar en el pueblo, fueron interceptados por la voz de más de una persona. Vecinos, conocidos y amigos de sus padres.
Tartaglia no recordaba sus nombres.
-Muchacho, ¡es bueno volver a verte por aquí!
-Oh, esta vez vienes acompañado, ¿eh?
-Pero que chica más guapa... ¿Es ella la razón de que rechazaras las propuestas de matrimonio de las jóvenes del pueblo?
Cuánto más pequeño es un pueblo, más cercana es su comunidad, para bien o para mal. Era imposible pasar desapercibido en aquella aldea, donde todo el mundo se conocía; donde todo el mundo te juzgaba.
Tartaglia contuvo un gruñido de frustración.
Iba (más o menos) mentalizado a que sus padres en ciertos aspectos le hicieran pasar vergüenza con respecto al tema de traer a Lumine a casa, pero ya parecían encargarse los vecinos de hacerle pasar un mal rato previo, en preparación.
Tartaglia dio evasivas con una practicada sonrisa complaciente.
-Childe aquí es famoso-comentó Paimon-Bueno... Famoso en el buen sentido.
Cierto. Aún gran parte de Liyue tendría una opinión sucintamente distinta tras su intento de grandilocuente destrucción.
Lumine le miró. La burla teñía tanto sus labios como sus ojos. Estaba disfrutando.
-¿Rechazaste propuestas de matrimonio y cosas por el estilo?
Tartaglia desvió la mirada, deseoso de cambiar de tema.
-... Y cosas por el estilo.
-Hmp, ¡quién lo hubiera dicho!-exclamó Paimon.
-Disculpa, aquí donde me ves soy un muy buen partido-Tartaglia se vio en la necesidad de defenderse, aunque no es como si hiciera falta, así que en el fondo solo lo hacía por contradecir a Paimon-Lo tengo todo-dijo, sin modestia alguna.
-Childe solo tiene dinero-dijo Paimon.
-Es sin duda un aspecto a tener en cuenta, pero, te olvidas de que soy guapo, fuerte, sé cocinar, soy bueno con los niños...
-¡Childe solo sabe pelear!
-Es triste pensar que me simplificas a eso, Paimon.
-Paimon solo dice la verdad.
-Cualquier chica estaría encantada...-empezó a decir, pero se cortó al darse cuenta de que esto se le estaba yendo de las manos, y no quería...
Se volvió hacia Lumine, que había permanecido callada, aguantando la risa. Bueno, por lo menos no se lo estaba tomando a mal. Pero Tartaglia se veía en la necesidad, también, de dejar las cosas claras.
-Pero no me interesa cualquier chica-se apresuró a decir-Solo tú-añadió, antes de que la vergüenza le hiciera arrepentirse-Lo sabes, ¿verdad?
Y aquí una vez más Lumine hizo gala de su sentido del humor.
-Mm...-adquirió una pose pensativa-No lo sé... ¿Lo sé?
-Lumine, por favor. ¿No querrás que diga más sobre esto delante de Paimon, no?
-¡No! ¡Paimon no quiere oírlo!-dijo Paimon, tapándose los oídos.
-Entonces quizás no deberías haber venido.
-Paimon va a donde va Lumine.
-Entonces no te quejes si...
Lumine puso los ojos en blanco.
-Está bien. Dejadlo ya-les cortó, con una mueca de sonrisa en la boca-¿Cuál es tu casa, Childe?-preguntó entonces, cambiando hábilmente de tema.
-Allí-señaló.
Pasaron junto a un pequeño riachuelo que atravesaba el pueblo, congelado en los laterales, y por los que apenas un hilo de agua pasaba y desembocaba en el mar, que colindaba con el lado este del pueblo, mientras que al otro lado se extendían los caminos a tierra firme y un frondoso bosque. Se podía ver claramente que aquella aldea prosperaba por la pesca y la madera.
La casa de Tartaglia se encontraba cerca de uno de los límites del pueblo contrario al por el que habían entrado, y estaba más cerca de la zona boscosa, y por tanto más rodeado de árboles, y aunque el ambiente seguía siendo húmedo, no se atisbaba el olor a sal.
Volver al hogar no era raro en sí para Tartaglia, pero sí lo era volver acompañado, y más si quien le acompañaba era una persona a la que realmente quería que su familia aceptara. No es como si esperara que sus padres le dieran sus bendiciones ni nada por el estilo (pues no iban a presentar una propuesta de matrimonio. Todavía), pero Tartaglia quería a su familia con toda su alma, igual que a Lumine, y realmente esperaba que se llevaran bien.
Aun si el futuro seguía siendo incierto para ellos dos, pues sus principios chocaban como los metales de sus armas.
Pero esa era una preocupación para el Tartaglia del futuro.
-Es una casa muy grande-comentó Paimon cuando la casa entró en su campo de visión y Tartaglia la señaló.
Tartaglia asintió.
-Muchos hijos. Muchas habitaciones. A lo largo de los años, hubo incluso que hacer añadidos a la casa. Por suerte, la carpintería y el uso de la madera está muy extendido por aquí.
-Eso parece-dijo Lumine-¿Nos esperan ya? ¿Quiénes van a estar?
Tartaglia iba a responder, pero dudó un instante. Fue un breve momento de duda, de fallarle la memoria al no recordar si iban a estar todos, antes de responder.
-Estarán mis padres. Se han tomado unos días libres. Y los pequeños, claro: Teucer, Tonia y Anthon.
-¿Y qué hay de tus hermanos mayores?
Tartaglia bufó.
-Suelen estar ocupados con su vida, y a pesar de que visitan a mis padres con regularidad, no siempre coincide que estén cuando yo vengo-hizo una pausa-Aunque se les avise de antemano-esperaba que no sonara resentido.
Lumine se le quedó mirando.
-... ¿No te llevas bien con tus hermanos mayores?
-No es eso-Tartaglia negó con la cabeza-Es solo... Bueno, todos tenemos nuestras cosas y es normal discrepar y que haya peleas, especialmente cuando se es más joven. Pero es lo normal entre hermanos, supongo-miró a Lumine-¿Te...Te pasa lo mismo con Aether?
Tartaglia aún no tenía claro que pudiera hablar del hermano de Lumine, pues no quería hacer sentir mal a Lumine, pero seguía teniendo curiosidad, y más teniendo en cuenta que la propia Lumine le había ido contando cosas sobre él según se han ido conociendo.
Lumine desvió la mirada. Parecía no saber qué decir.
-... Supongo que sí-terminó por decir.
-Lumine y Paimon no discuten-intervino entonces Paimon.
Lumine la miró. Fijamente. Alzó una ceja.
-Casi nunca. ¡Lumine y Paimon solo discuten por cosas no serias! Nunca nos enfadamos de verdad.
-Eso es un poco como una relación de hermanos-asintió Tartaglia, dejando correr el tema de Aether.
-¿Entonces tus hermanos mayores no van a estar?
-Vendrán mañana a pasar el día con nosotros. Pero esta noche, seremos solo mis padres y los pequeños, y nosotros tres.
-Sigue siendo mucha gente-dijo Paimon.
Lumine tragó saliva. Se hundió más en el abrigo.
Tartaglia la miró, casi sin poder creérselo.
-¿Estás nerviosa?-preguntó, en cierta parte maravillado.
-¿Tú qué crees?-hizo un mohín-Estoy acostumbrada a conocer gente nueva, pero...-su voz se apagó.
-Les encantarás, Lumine-le aseguró-Mis hermanos pequeños ya te adoran, y con eso seguro que ya has ganado puntos con mis padres.
Aquello la hizo sonreír.
-Por favor, ¡ni que Lumine fuera a casa de Childe para pedir la mano de Childe en matrimonio!-exclamó Paimon, cansada, para variar, del ambiente que se formaba entre ellos dos.
-¿Ah, no?-dijo Lumine, divertida.
Una pequeña combustión tuvo lugar en el estómago de Tartaglia, haciendo que diera un vuelco, y en su cara, pues ahora le ardía.
Paimon chilló, indignada.
-¡Por supuesto que no!
Lumine se encogió de hombros y rio.
Quizás en otra ocasión, pensó Tartaglia, soñador.
Debieron formar un pequeño alboroto, porque eso ocasionó otro, entre las gruesas paredes de madera, que parecieron temblar cuando un grupo de voces agudas ininteligibles desde aquella distancia se hicieron escuchar.
Una pequeña cabeza conocida se asomó por una de las ventanas. Poco tiempo después, se abrió la gruesa puerta de par en par.
La bocanada de aire frío que les golpeó el rostro no les amedrentó, y miraron con ojos ilusionados en su dirección.
Antes de que pudieran siquiera saludarlos como corresponde, Teucer, Tonia y Anthon salieron corriendo en su dirección.
Tartaglia los esperó con los brazos abiertos, como hacía siempre, para que estos le dieran la bienvenida.
En su lugar, sus hermanos se abalanzaron sobre Lumine, a la cual la pilló un poco desprevenida tanta exaltación hacia su persona.
-¡Señorita Lumine!
Ésta por poco cae a la nieve debido al impacto de tres cuerpos contra su cintura.
-Te echábamos de menos.
Una vez se estabilizó, Lumine esbozó una sonrisa radiante.
-Hola-les saludó-Yo también os he echado de menos.
-¿Y no habéis echado de menos a vuestro increíble hermano mayor?-bromeó Tartaglia.
Los niños le miraron.
-Claro que sí, pero...-empezó a decir Tonia.
-Pero a ti te vemos más a menudo, hermano mayor-completó Teucer.
Y fue Anthon el primero en soltar a Lumine para ir a abrazar a Tartaglia. Los otros dos le siguieron.
Ah, sus hermanitos eran adorables, pensó Tartaglia mientras les devolvía el abrazo.
-¿¡Y por qué nadie saluda a Paimon!? Paimon es una invitada importante-dijo algo indignada Paimon. A lo que los niños respondieron al unísono.
-¡Hola, Paimon!
-¿Y papá y mamá?-les preguntó Tartaglia, mientras les reprendía por salir al exterior sin haberse puesto el abrigo, por mucho que la emoción les hubiera hecho salir a toda prisa, y se dirigían todos juntos a la casa.
-Han ido a por cosas para la cena de esta noche-respondió Anthon.
-Iban a ir al mercado, a por leña...-empezó a enumerar Teucer, que tiritaba al lado de Lumine, intentando cubrirse con su abrigo; como éste era grande, Lumine le cubrió con él.
-¿No los habéis visto de camino aquí?-preguntó Tonia.
-No. Debemos de habernos cruzado-respondió Tartaglia-¿Y cómo es que os han dejado solos en casa?
-¡Ya somos mayores!
-Sí, pero no muy responsables. No después de iros de casa sin avisar, colaros en un barco de carga y cruzar el mar a otra nación.
-No íbamos a salir de casa. Hoy no.
-¡Porque venía la señorita Lumine de visita!
-¡Y Paimon!-añadió Paimon.
-¡Y Paimon!-añadieron los niños.
Al llegar al quicio de la puerta, una pequeña oleada de calor golpeó el rostro de Tartaglia, así como un olor que, a pesar de no ser nada característico o especial, él asociaba siempre a su hogar. Hacía que su cuerpo se relajara involuntariamente.
Golpeó las botas en la entrada para quitarse la nieve de las suelas. Había entrado un poco de nieve al dejarse los niños la puerta abierta, y ya empezaba a derretirse y mojar el suelo, el cual tendría que secar después con un trapo.
-Bueno, pues hasta que lleguen papá y mamá, vamos a...-empezó a decir Tartaglia, pero cualquier propuesta que hiciera quedó en nada cuando los niños tiraron de Lumine, su atención completamente volcada en ella. Casi no la dieron ni tiempo de quitarse el abrigo.
-¡Tienes que ver nuestra habitación!
-¡Y mis libros!
-¡Y mis juguetes!
Lumine dirigió su mirada a Tartaglia, como preguntándole si estaba bien que aceptara.
Es cierto que Tartaglia le había dicho que, aunque la llevara a su casa y presentara a su familia, no pensaba compartir a Lumine con nadie.
Pero se veía que en ciertos aspectos eso era inevitable.
Tartaglia sacudió la cabeza y se encogió de hombros.
Lumine asintió y se dejó guiar por los niños escaleras arriba, seguidos poco después de Paimon, que al ver la falta de comida y a un Tartaglia celoso de sus hermanos por acaparar la atención de Lumine, se fue flotando también al piso de arriba.
Tartaglia suspiró.
Quizás debería habérselo imaginado.
Bajo todos esos celos injustificados, el calor que sentía en el pecho al ver lo que Teucer, Tonia y Anthon adoraban a Lumine le hacía sentirse afortunado.
Tras quitarse el abrigo y pensamientos innecesarios de la cabeza, subió las escaleras.
Al llegar arriba del todo, frunció el ceño.
Miró las escaleras. Creía recordar que los escalones tres y siete crujían, siempre lo habían hecho, y su padre nunca lo arregló pues decía que era un buen método para saber cuándo los pequeños intentaban escaparse para librarse de sus tareas o deberes.
Esta vez no habían crujido. ¿La última vez que estuvo aquí crujían? No lo recordaba. Seguramente su padre había cambiado las tablas de madera.
Siguió el ruido de las voces hasta la habitación de los niños, los cuales se quitaban la palabra los unos a los otros para llamar la atención de Lumine, que no parecía dar abasto intentando atender a los tres a la vez.
-Esta es mi cama.
-Y esta la mía.
-Como yo soy mayor, tengo la mejor cama.
-Pero si es igual que la nuestra.
-No. Está justo en medio.
-¿Y por qué eso es mejor?
-Porque si aparece algún monstruo, estoy a la misma distancia de la ventana y la puerta. Si aparece por la puerta, voy a la ventana. Y si aparece por la ventana, por la puerta.
-¿Y si aparecen por los dos lados?
-¿Y si sale de debajo de la cama?
Mientras les miraba, a Tartaglia le asaltó el pensamiento de que algo no terminaba de encajar. Otra vez. Algo que no sabía ubicar. Y no solo la conversación sin sentido de los pequeños, que se zanjó con Lumine diciendo que acabaría con cualquier monstruo que apareciera y que no hacía falta que se pelearan por quién dormía dónde.
Además, teniendo en cuenta que tanto Tartaglia como sus hermanos mayores ya no vivían ahí, había habitaciones de sobra para que cada uno tuviera la suya propia, pero todavía preferían compartir habitación.
Pero no era eso.
No hacía tanto de la última vez que visitó su hogar, ¿verdad? Aun así...
Sacudió la cabeza. Otra vez.
Seguramente lo que no le cuadraba era que estuviera Lumine. Lumine, en medio de su familia, sentada en el suelo de una habitación que años atrás había sido suya, con juguetes en las manos, riendo con sus hermanos pequeños.
Tartaglia daría lo que fuera por guardar ese momento. Embotellarlo y poder observarlo siempre que quisiera. Como una bola de nieve de cristal.
De pronto, se escuchó ruido abajo. Una puerta abriéndose y cerrándose.
-Ya hemos vuelto-se escuchó una voz también.
-¡Papá y mamá!-exclamaron los niños a la vez, saliendo corriendo del cuarto, hacia el piso de abajo.
-Qué intensos sois en esta familia-bromeó con una sonrisa en los labios Lumine.
-¿Te sorprende a estas alturas?
-La verdad es que no. Además, la energía inagotable de los niños me recuerda a Paimon, y a Paimon estoy más que acostumbrada.
-¡Paimon no es una niña!
-Lo que tú digas, Paimon.
Paimon hizo un mohín, y fue flotando escaleras abajo.
No estaba realmente enfadada. Se le pasaría pronto, como siempre. Tartaglia realmente nunca las había visto discutir como tal, y esperaba que siguiera siendo así pues, aunque Lumine era fuerte, sabía que la soledad hacía estragos hasta en las voluntades más férreas, y Paimon era una leal compañera.
Lumine agarró la barandilla de las escaleras, y dio un primer paso dubitativo hacia abajo.
-... ¿Nerviosa?-le preguntó Tartaglia, una vez más.
Dado que Teucer, Tonia y Anthon ya conocían a Lumine de antes, y en otro contexto, puede que Tartaglia no empezara a notar los nervios hasta que escuchó a sus padres.
Porque Tartaglia llevaba mucho tiempo pensando que quería que Lumine visitara su hogar y a su familia, y ahora Lumine iba a conocer a sus padres. Seguía pareciendo algo irreal.
-Un poco-admitió ella-¿Y tú?
-Creo que se me va a salir el corazón por la boca-admitió él, siendo quizás demasiado sincero.
Lumine dejó escapar una risa.
-Exagerado.
-Eso también.
Bajaron las escaleras, Tartaglia encabezando la marcha.
El corazón le martilleaba la cabeza, opacando el leve crujido de los escalones...
¿Mm?
-Ajax-le saludó la radiante sonrisa de su madre en cuanto llegó al rellano; le envolvió en sus brazos y sí, Tartaglia realmente había vuelto a casa-No te esperábamos tan temprano-añadió, cuando se separaron.
-El viaje ha ido bien. Y no queríamos haceros esperar.
Lumine y Paimon no habían querido hacer mucho turismo por la región, así que... Bueno, más tiempo con su familia, para bien o para mal.
Su padre fue el siguiente en estrecharle entre sus brazos.
-Me alegro de volver a verte, hijo.
Tartaglia sentía algo extraño en su interior cada vez que veía que los brazos de su madre no parecían apretar con la misma fuerza; cada vez que veía que era un poquito más alto que su padre.
Supuso que crecer no era solo caer en la oscuridad y abandonar el hogar, sino ver que tus padres son mucho más humanos de lo que uno creía cuando se es niño. No son seres omnipotentes, que lo saben todo, que son más fuertes y grandes que tú.
Y el hecho de no verles tan a menudo no hacía sino acrecentar esas diferencias.
Y por contradictorio que fuera, aquello le hacía sentir más mayor y a la vez, más pequeño, como volver a ser un niño, pero esta vez un niño que entendía mejor ciertas cosas.
Era algo nostálgico.
-¿Y dónde está nuestra distinguida invitada?-preguntó su madre.
-¡Invitadas!-pluralizó una voz sobre sus cabezas.
-Oh, cierto, Ajax nos escribió que siempre vais juntas-sonrió su madre.
-Lumine y Paimon son inseparables-asintió vehemente con la cabeza Paimon.
Luego, volvió al lado de Lumine y le susurró al oído.
-¿Entonces Childe se llama Ajax...?
Lumine la hizo un gesto para que se callara, terminó de bajar las escaleras y dio un paso al frente.
-Soy Lumine-se presentó formalmente-Encantada. Y esta es...
-Paimom es Paimon. La mejor guía de Teyvat. ¡Un placer!
Cuando sus padres se presentaron, dándole la mano a Lumine, abrazándola como a una más hacía que el corazón se le oprimiera a Tartaglia.
-Ajax nos ha hablado tanto de ti que es casi como si ya te conociéramos-dijo su madre.
-Mamá...
La pequeña tortura ya empezaba.
-¿Qué? Es la verdad.
-Y por fin la has traído para presentárnosla-añadió su padre.
-Aunque no os esperábamos hasta dentro de unas horas. Aún no hemos preparado nada de la cena especial y...
-Oh, no es necesario hacer nada especial-se apresuró a decir Lumine.
-Claro que sí-dijo su madre-¿Verdad, niños?
-¡Sí!-exclamaron al unísono.
-Tienes que probar los platos típicos de aquí-dijo Anthon.
-¡Te encantaran!-dijo Teucer.
-Ya lo verás-dijo Tonia.
-Eso, Lumine, hay que probar de todo.
-Tú solo quieres atiborrarte de comida, Paimon. Y sin tener que pagar un solo Mora.
-Paimon recuerda a Lumine que Paimon y Lumine son invitadas.
Lumine puso los ojos en blanco a lo dicho por su compañera.
-Entonces, dejad que al menos ayude con los preparativos-se ofreció Lumine.
-Oh, ¿sabes preparar algún plato de Snezhnaya?
Por cómo se le coloreó de rojo el puente de la nariz, Tartaglia supo que a Lumine la avergonzaba admitir que no.
-... Si tengo la receta, y los ingredientes, soy capaz de preparar cualquier cosa-terminó diciendo.
-Lumine es muy buena cocinera-la halagó Paimon.
-En tal caso, estaré encantada de enseñarte-sonrió su madre.
-¡Yo también quiero ayudar!-dijo Teucer.
-¡Y yo, y yo!-se unieron sus hermanos.
-Pues ayudadme a poner la mesa y...
-Mientras, yo iré a partir un poco de la leña que he traído-dijo su padre.
-Oh-se le escapó a Lumine; sonrió-En eso, sí que puedo ayudar.
*. *. *
-¿Has usado alguna vez un hacha?-la preguntó Tartaglia, mientras la acompañaba fuera y rodeaban la casa para ir al tocón al lado del cual reposaba una gran cantidad de ramas largas.
-No. Pero sé manejarme con cualquier tipo de arma, ¿recuerdas?
-Creí que ese era yo.
Lumine alzó una ceja.
-Solo te he visto usar arco, espadas y cuchillas. Cuando vea lo demás, lo creeré.
A Tartaglia le encantaba cuando le desafiaba. Le daban ganas de lucirse frente a ella. Más de lo habitual, por lo menos.
-¿Estás segura?-preguntó su padre cuando llegó con el hacha que sacó del almacén-No se puede tomar esto a la ligera, ya que es peligroso. El hacha pesa, y hay que emplear la fuerza del cuerpo con el golpe para que éste no sufra...
Tartaglia estaba seguro de que su padre había utilizado esas mismas palabras cuando él quiso cortar leña por primera vez. No fue muy bien, pues era muy débil. Después del Abismo, era capaz de cualquier cosa.
-Hágalo usted primero, y le imitaré-dijo Lumine, y Tartaglia supo que lo decía por ser educada-Pero soy más fuerte de lo que parezco.
-Doy fe de ello-dijo Tartaglia.
-¡Y Paimon también!
-¡Y nosotros!-dijeron los niños, que a pesar de querer ayudar dentro, habían seguido a Lumine, maravillados con su sola presencia; Tartaglia sabía lo que era eso.
Su madre los observaba desde una de las ventanas, mientras esperaba a que vinieran a echarla una mano.
El corte de su padre fue limpio. Años de experiencia se habían convertido en inercia.
Le pasó el mango del hacha a Lumine.
-Con cuidado-le dijo a Lumine, mientras colocaba otro trozo de madera para que lo cortara.
Ella asintió. Cogió el hacha con una sola mano, como si no pesara nada, y de un fuerte tajo lo partió por la mitad.
Su padre silbó. Sus hermanos vitorearon. Paimon alardeó como si la hazaña fuera suya.
-No mentías, muchacha. Realmente impresionante-la alabó su padre.
Lumine sonrió.
-Puedo encargarme de todo esto, si quiere, y luego voy a ayudar a la cocina.
-Te tomo la palabra.
Le dio un golpe en el hombro, y se alejó de ella, dirección a la casa, no sin antes repetir el gesto en el hombro de Tartaglia, y recordar a los más pequeños que ni se les ocurriera acercarse a la zona de corte y al hacha.
Lumine, como con todo, era metódica.
Para que los niños no se aburrieran (o más bien para que no intentaran hacer nada peligroso) les pedía que retiraran madera cortada con cuidado, y así les hacía participe de la actividad.
Como decía que le molestaba para la tarea, Lumine se había quitado el abrigo, y el frío no parecía molestarla mientras cortaba leña.
-¿Qué?-le dijo Lumine, porque le había pillado mirándola.
No es como si hubiera algo más que hacer (en realidad, sí), pero Tartaglia la observaba embelesado siempre que podía, y ahora mismo tenía excusa.
-Se te da bien-se limitó a decir.
No iba a admitir en voz alta, y menos delante de sus hermanos pequeños, lo mucho que le ponía verla manejar el hacha.
Los labios de Lumine se curvaron en una sonrisa socarrona.
-Hay pocas cosas que no sé hacer-dijo con suficiencia, pero lo decía para picarle-A diferencia de ti.
-Querrás decir igual que yo.
-Oh, ¿y qué cosas sabes hacer?-bajó la voz-¿Me las enseñarías?
Tartaglia estaba casi al cien por cien seguro de que tenía que haber oído mal. O haber captado una intención distinta en aquellas palabras. La cara se le incendió de todas formas.
-¡Suficiente!-gritó Paimon-Hay niños y Paimon delante.
Entonces la había escuchado bien. Oh, Arcontes.
Lumine rio. Y siguió cortando.
*. *. *
Lumine, a pesar de que Tartaglia la sacaba más de una cabeza de altura, era capaz de cargar con el mismo peso que él en leña. A estas alturas, no debería sorprenderle la fuerza de Lumine, pues siempre le ganaba cada vez que combatían semanalmente, pero verlo en este contexto, en su hogar, cortando leña para la chimenea frente a la que él se sentaba de niño, encendiendo el fuego, metiéndose en la cocina con todos los miembros de su familia en ese momento presentes para cocinar juntos, hacía cosas raras en el pecho de Tartaglia.
Antes de empezar con la preparación de la comida, habían tenido una pequeña competición de bolas de nieve, a petición de los pequeños. Fue divertido, aunque Tartaglia recibió una bola en toda la cara y ahora tenía la sensación de que algo le molestaba constantemente en el ojo izquierdo.
Se secaron, entre risas, y se pusieron manos a la obra.
Lumine miraba y seguía las indicaciones que le daban sus padres, los cuales siempre que podían cocinaban juntos, haciendo preguntas, siendo interrumpida por los niños, apartando a Paimon de la comida, ayudando a poner la mesa.
-No paras de mirarla.
Tartaglia se giró para ver a su madre con una sonrisa y un extraño brillo en los ojos, como si pareciera que se fuera a poner a llorar de la emoción.
-No es verdad-dijo Tartaglia, mientras desviaba la mirada hacia Lumine otra vez, inconscientemente. Al darse cuenta, volvió a mirar a su madre, cuya sonrisa se ensanchó.
-Sí que lo es-dijo Teucer, que apareció a su lado y le abrazó la cintura-Siempre la está mirando.
¿Puedes culparme? Pensó Tartaglia.
-Es una persona increíble, Ajax-dijo su madre, y le miró como si con aquellas palabras estuviera diciendo mucho más de lo que sus labios habían dicho, y quizás fuera así.
-¿Verdad que sí?-volvió a interrumpir Teucer.
Tartaglia le revolvió el pelo a su hermano.
-Sí-volvió a mirar a su madre-Entonces, ¿te gusta?
Su madre rio por lo bajo.
-¿Tú qué crees, cariño? Por supuesto que sí. Aunque me atrevería a decir que a tu padre le gusta más. Está haciendo que la pobre chica le ayude con varias tareas que requieren fuerza para así no tener que forzar él la espalda.
-¿Papá sigue mal de la espalda?
Como parecía que ese tema ya no le interesaba, Teucer le soltó y se unió a sus hermanos y Paimon, mientras Lumine ayudaba a su padre a mover la mesa del comedor.
-No, tranquilo, le gusta quejarse. O más bien, es su forma de mostrar aprobación por ella.
La pausa de su madre fue tal que obligó a Tartaglia a volver a mirarla.
-¿Qué pasa?
-Nada. Solo...-hizo otra pausa-Aunque no es como me imaginaba, sí que es la heroína de Teyvat...-le miró-¿Está todo bien?-preguntó, preocupación tiñendo sus palabras.
Sabía por qué lo decía.
Especialmente porque, a pesar de que Morepesok no era más que un pequeño pueblo costero en un rincón de Snezhnaya, seguía siendo Snezhnaya, y a él llegaban noticias de la Viajera de Teyvat, y aunque había mucha información confidencial (los Fatui se encargaban de filtrar la información que querían y no querían que llegara a la población), era un secreto a voces que, aun salvando el mundo, la Viajera se oponía a los designios de Su Majestad la Zarina, diosa y Arconte Cryo que veneraban en Snezhnaya.
Quizás debería haber encontrado más oposición por parte de sus padres por su relación con Lumine, aunque solo fuera por sus creencias y tradiciones, pero ahora Tartaglia solo veía preocupación y algo de malestar por haber, hasta ese momento, juzgado a una persona sin conocerla.
Había conflicto en las facciones de su madre, pero luchaba para que eso no empañara su primera impresión de Lumine. Quizás por eso su padre también parecía estar poniéndola a prueba.
Tartaglia sabía que debía estar agradecido de tener a sus padres.
A fin de cuentas, habían tenido práctica con aceptación resignada de ciertas cosas. Como que uno de sus hijos estuvo desaparecido durante tres días (tres meses para él) y tuvieron que volver a aprender a quererle como era ahora.
-Todo está bien-dijo en un suspiro; ya habría tiempo de hablar de estas cosas, pero no ahora-¿Los demás vienen mañana?
-Ese es el plan. Estoy encantada de reunir a toda la familia por una vez.
Tartaglia torció un poco el gesto, y debió ser aparente, porque su madre lo vio antes de que pudiera ocultarlo.
-¿No quieres ver a tus hermanos mayores?-no sonaba a reproche, sino a interés con cierta preocupación.
Tartaglia se preguntó si alguna vez dejaría de preocuparla. Puede que nunca. Hasta que tenga una muerte prematura.
-Sabes que no es eso, mamá-sacudió la cabeza-Pero...
He aquí otra de las cosas por las que se sentía un extraño en su propia piel y en la casa que le vio nacer.
Tartaglia quería a toda su familia, ese era un hecho irrefutable. Pero las relaciones familiares no siempre eran fáciles, daba igual que esta fuera o no numerosa.
Aquí, Tartaglia tenía otras preocupaciones.
El campo de batalla era fácil.
Solo había que preocuparse por los enemigos, por las heridas, por el objetivo a conseguir. Incluso eran fáciles, a su manera, las preocupaciones derivadas de la parte más aburrida de su trabajo, como eran los papeles y la oficina.
Aquí, en cambio, había preocupaciones más... Mundanas. Y a Tartaglia le atenazaba el pecho que le angustiaran cosas tan simples como las expectativas que su familia pudiera tener de él.
Lo que el resto de personas que eran consideradas normales, simplemente porque se adherían a una estructura social más ampliamente aceptada, podían influir en lo que su familia esperaba de él.
Porque sus hermanos mayores habían asentado la cabeza. Tenían trabajos no peligrosos, una casa propia, una familia propia. Uno de ellos incluso iba a ser padre.
Aquello sobrepasaba a Tartaglia, no podía evitarlo.
En el fondo, quería algo así, y a la vez, no.
Tartaglia no estaba seguro que algo así fuera para él.
Y, sin embargo, cada vez que miraba a Lumine, se imaginaba precisamente eso. Con ella.
Pero no estaba seguro de que fuera algo posible.
Veía más factible el pelear juntos, viajar juntos.
Conquistar el mundo con ella sonaba extremadamente bien.
Pero la prioridad de Lumine es, y siempre será, su hermano Aether. Así que Tartaglia no se hacía ningún bien pensando en cosas que no podían ser en un futuro próximo.
Y aun así, seguía viendo más posible una muerte temprana. Con su trabajo y su estilo de vida, el cual sabía que no cambiaría pues era para lo que estaba vivo, quizás no llegaría a ver a sus padres envejecer ni darles nietos. Tenían más hijos y futuros nietos para continuar su linaje, así que eso no le preocupaba.
Sabía que le llorarían.
Aun así, en el fondo, aunque no quisiera pensar en ello, Tartaglia sabía que, también, sentirían alivio. Podrían dejar de preocuparse por él y su futuro y, por fin, podrían enterrar al hijo que en parte ya enterraron hace años, cuando emergió como otra persona.
-Tus hermanos estarán encantados de verte-le sacó la voz de su madre de sus pensamientos-Y del hecho de que hayas traído pareja-soltó una risita comedida con ese último comentario.
-Pareja...
Su madre entonces le miró con sorpresa.
-Ajax, me estás diciendo que después de todo lo que escribes y hablas de ella, y el hecho de que haya venido aquí, y os comportéis el uno con el otro como hemos visto, ¿no sois pareja?
-Bueno...-Tartaglia se rascó la nuca, en gesto nervioso-No exactamente... Es decir, sí, pero... Hay matices.
No quería tener que explicar a su madre los detalles de su relación no-relación con Lumine, cuando ni siquiera él lo tenía claro.
Bueno, en realidad sí lo tenía claro, pero nunca le habían puesto nombre. No habían realmente hablado de ello, quizás por miedo a que eso desencadenara hablar de un futuro que, lo más probable, no acabara bien para ellos. No estando juntos.
Su madre se le quedó mirando.
Quizás era ahora cuando venía. El sermón. Sobre que tenía que ser realista. Que era una locura que aquello funcionara, siendo quienes eran.
Su madre se tapó la boca con la mano, ocultando una risa.
-Ay, la juventud...
Aquella era de las pocas veces en que Tartaglia agradecía estar equivocado.
-Se ve que te gusta mucho esta chica, así que espero verla por aquí más a menudo.
-¡Mamá!
Ella se limitó a sonreír.
-Childe, ¡ven a ayudar a Paimon y los demás!-le llegó entonces la voz de Paimon desde el comedor-No puede ser que el único que no ayude sea Childe.
-Es verdad. Hasta Paimon está ayudando-comentó Lumine.
-¿¡Cómo que hasta Paimon está ayudando!? Paimon siempre ayuda.
-Igual que nosotros, Paimon.
-¿Ves? Teucer, Tonia y Anthon sí entienden a Paimon.
Tartaglia, seguido de su madre, se reunieron con los demás, quienes ya habían colocado la mesa y la cubertería.
Tartaglia enarcó una ceja.
-¿Habéis sacado la vajilla buena?
Solo la sacaban en ocasiones especiales.
-Es que es una ocasión especial-dijo su padre.
Quizás Tartaglia debería recordarle a su familia que aquello no era una celebración de pedida de mano. Ni nada por el estilo.
Empezaron a sacar platos y bandejas llenas de comida. Todo olía de maravilla.
-¿Cómo nos sentamos?
-¡Yo al lado de la señorita Lumine!-exclamaron los tres niños a la vez, los cuales parecían practicar para estar tan sincronizados.
-Solo dos personas pueden sentarse al lado de nuestra invitada.
-Y por derecho, Paimon es una de ellas-dijo Paimon con orgullo.
-Pero... Yo siempre he visto a Paimon comiendo mientras flota... ¿Se sienta a la mesa?-preguntó Tonia.
-Buena pregunta. Diría que no-dijo Lumine, con pose pensativa-Pero siempre se pone a mi lado.
-Lo que Paimon ha dicho-dijo Paimon.
-Y el otro lado de Lumine es mío-se apresuró a añadir Tartaglia.
-¿Qué? No es justo-se quejó Teucer.
-Venga, sentaos, que la comida se enfría-zanjó el asunto su madre.
Empezaron a repartirse por la mesa, y a pasarse platos y bandejas para que todos probaran de todo.
-¡Que aproveche!
Tartaglia se fijó en que su familia hacía discretamente una pequeña oración de reverencia a la diosa y los alimentos antes de empezar a comer. Lumine, y contra todo pronóstico, Paimon también, esperaron a que terminaran. Se preguntó si se sentirían incómodas.
-Qué rico-dijo Lumine tras probar su primer bocado, sentada a su lado derecho, ya que Tartaglia no quería que le viera el lado izquierdo de la cara.
... ¿Y por qué no iba querer Tartaglia que Lumine le viera el lado izquierdo de la cara...?
-Sí, delicioso-insistió Lumine, sacándole de su diatriba.
-Pero si la mayoría de cosas las has cocinado tú...-le dijo Tartaglia.
-Es que soy así de buena. Aunque... Es mucha comida...
-Paimon puede comerse la ración de Lumine si Lumine no la quiere-se ofreció Paimon, que casi parecía babear frente a la comida; desde luego los ojos le brillaban.
-Pienso comérmelo todo, para tu información-dijo Lumine-Y si te despistas, te robo comida también.
-¡No! Eso es de muy mala educación, Lumine-se espantó Paimon-¿Childe ha escuchado a Lumine? ¡Quiere robarle la comida a Paimon!
-Llevo un tiempo preguntándomelo, pero... ¿Por qué llamáis a nuestro hermano mayor Childe?-preguntó Anthon.
-Oh, bueno... Es como, ¿un título?-dijo Paimon, aunque no sonaba muy convencida.
-No es como un título. Es un título-recalcó Tartaglia.
-Como el mío es Viajera-intervino Lumine, para evitar que la conversación adquiriera un rumbo extraño.
-Oohh... ¡Qué guay! Yo también quiero uno-dijo Teucer, tras tragar un bocado de su plato.
-¡Y yo!
-¡Yo también!
-Je, je. Por suerte para Teucer, Tonia y Anthon, Paimon es una experta en poner motes a la gente-dijo orgullosa Paimon, con la boca aún llena.
-Modestia aparte-susurró Lumine.
-Sabes que eso no es su fuerte-le susurró Tartaglia de vuelta.
Fue recompensado con otra sonrisa de Lumine. Lumine sonreía mucho desde que habían llegado, y eso añadía años de vida a Tartaglia.
-¡Paimon os dará un buen nombre de héroe!
-¡Sí!-comida salió esparcida de la boca de los pequeños.
-Niños-los riñó su padre, aunque no con demasiada dureza-Hay que tragar antes de hablar.
Éstos asintieron con la cabeza.
-Si esto te parece mucha comida-comentó su madre, dirigiéndose a Lumine-Ya verás mañana, ya que seremos más comensales.
-¡Todos juntos!-exclamó Teucer.
-Somos una familia grande-dijo su padre.
-¿Qué hay de tu familia?-le preguntó entonces su madre a Lumine.
Tartaglia se tensó ligeramente, sin poder evitarlo.
Quizás debería haber hablado previamente con sus padres sobre qué cosas evitar en aquella visita, ciertos temas que podrían hacer sentir incómoda a Lumine (ni siquiera se le pasaba por la cabeza el intentar evitar que hablaran de cosas que a él le incomodaban, porque sabía que lo iban a hacer de todos modos; incluso dirían que era su derecho por ser sus padres).
Tartaglia tragó la comida que se le había atascado en la garganta, y miró a Lumine.
Lumine dio un trago a su vaso de agua y para cuando lo apoyó en la mesa, había una sonrisa en sus labios.
-...Somos una familia pequeña-dijo Lumine, mirando a toda la mesa, pero sin posar su mirada en ninguno de los presentes-Mis padres... Murieron hace tiempo.
-Oh. Cuánto lo lamento...-se empezó a disculparse su madre-Si es un tema que...
-Tengo un hermano-añadió rápidamente Lumine, cortando a la mujer, e insuflando a su tono de voz algo más de alegría, fingida o no-Es mayor que yo, aunque solo por un poco-miró a los niños y esbozó una sonrisa menos tensa-Somos gemelos.
-Oohh, entonces, ¿es igual que tú?-preguntó Tonia.
-Exacto-dijo Lumine, como si hiciera falta confirmación-A veces, cuando éramos más pequeños, nos vestíamos igual o nos intercambiábamos para confundir a los demás. Era muy divertido.
-¿Y nadie os diferenciaba?-inquirió Anthon con algo parecido a admiración.
Era un alivio ver que los niños, la mayoría de las veces, no eran capaces de captar sutiles cambios en los temas de conversación y lo que estos suponían para algunas personas. Era mejor que no notaran que, aunque intentaba ocultarlo, a Lumine le dolía hablar de su hermano.
Y ninguno de los presentes, salvo Tartaglia y Paimon, sabían realmente todo lo que había detrás de eso, y seguramente no era todo.
-Solo nuestros padres-asintió Lumine.
-También quiero conocerle. A tu hermano, señorita Lumine-dijo Teucer.
Lumine le tocó la mano a Tartaglia por debajo de la mesa. Él se la estrechó. Vio por el rabillo del ojo que Paimon veía el gesto, pero no dijo nada; casi parecía agradecida.
-Algún día-prometió Lumine.
Le devolvió el apretón de mano, y le soltó. Tartaglia echó de menos el contacto de su pequeña mano al instante, a pesar de que estaba fría.
Era algo extraño. Tartaglia se sentía un poco como fuera de su cuerpo. Como si, ahora que por fin había conseguido una de las cosas que siempre había querido, que Lumine y su familia se conocieran y aceptaran, todo había adquirido un toque irreal.
¿Qué era un sueño cuando éste se cumplía? Dejaba de serlo. Tendría que tener otro sueño.
Quizás podría soñar un poco más a lo grande.
Como... Que Lumine se quedara con él. Que pasara su vida con él, sin importar lo largo o corto que fuera ese tiempo.
Pero sabía que eso no era probable. Seguramente imposible. No era capaz de vislumbrarlo realmente pues Lumine tenía un objetivo claro y una prioridad absoluto, y era la de encontrar a su hermano, y Tartaglia la amaba lo suficiente como para no impedírselo.
Quizás bastara con alargar el sueño cumplido un poco más.
Comieron mucho, hablaron mucho, rieron mucho. Todo siempre sobre terreno seguro. Nada de hablar de despedidas, de lealtades ni creencias hacia ningún ser superior, ni un posible futuro normal.
Después de la cena, y de ayudar a recoger, se sentaron frente al fuego de la chimenea y jugaron a varios juegos, por petición de los más jóvenes.
Lumine era muy competitiva, igual que él, como siempre, y era sumamente divertido.
Solía ganar Lumine a todos los juegos, fueran del tipo que fueran, como si estuviera acostumbrada, para deleite y envidia de sus hermanos pequeños.
-Vamos a sacar la artillería pesada-declaró en algún punto de la noche su madre, y sacó el juego de estrategia al que nadie, ni siquiera Tartaglia, era capaz de ganarla.
Por supuesto, Lumine aceptó el reto.
Y la vio perder, a propósito, como alguna vez había hecho en favor de Teucer, Tonia o Anthon.
-Podrías haber ganado-le susurró Tartaglia-Aunque mi madre no te lo ha puesto fácil.
-Ha estado ajustado-admitió ella-Pero no tiene gracia si siempre gano yo, ¿no?-le miró-¿Quizás debería dejarte ganar a ti alguna vez en nuestras peleas semanales?
-No tendría gracia. ¿Qué gano yo exactamente?
Lumine alzó una ceja, divertida.
-Tenerme desarmada y totalmente a tu merced. ¿No te gustaría eso?
Tartaglia sentía que se le erizaba hasta el vello de la nuca.
¿Que si le gustaría? Mucho más de lo que ella seguramente se imaginaba, pero no tanto como estar él a mereced de ella.
-Dejémoslo en tal vez-fue la respuesta que exteriorizó, ruborizado a su pesar; esperaba que ningún miembro de su familia se diera cuenta, o peor, que les oyeran.
-Entonces te seguiré derrotando, y me regodearé en ello-Lumine sonrió.
Le dio un toque con su hombro, y él se lo devolvió.
-¿Lo ves, mamá?-escuchó susurrar a Teucer.
-Lo veo-contuvo una risa su madre, y a juzgar por la mirada que luego le devolvió a su hijo mayor, Tartaglia supo que hablaban de ellos, y de cómo, seguramente, estaban completamente enamorados el uno del otro (palabras de Teucer).
-Por cierto, ya he visto lo fuerte que eres-dijo su padre, dirigiéndose a Lumine-Pero, ¿quién es más fuerte de los dos?-preguntó, señalando con la cabeza tanto a Lumine como a Tartaglia.
-Yo, por supuesto-dijeron Tartaglia y Lumine a la vez.
-La señorita Lumine-aportaron los niños.
-Es obvio que Lumine-dijo también Paimon.
-Herís mi orgullo-Tartaglia se llevó teatralmente una mano al pecho-Vuestro hermano mayor es fuerte.
-Nadie ha dicho que no lo seas-dijo Lumine-Solo que yo soy más fuerte.
-Claro que no.
-Estamos constatando un hecho.
Se miraron, con un reto en los ojos.
-No vamos a tener una batalla en medio del comedor.
-No, claro que no. O más bien, sí, pero de otro tipo.
Así es como se sentaron el uno frente al otro, apoyando el codo de un brazo en la mesa, la palma hacia el otro, retándose a un pulso.
-¿Listo?-le preguntó Lumine.
Tartaglia agarró su mano. Estaba fría, y desde que habían entrado en la casa aquella tarde, ninguno llevaba guantes.
-Para ti siempre lo estoy.
Por toda respuesta, Lumine sonrió y empezó a ejercer presión sin aviso alguno.
Los pequeños empezaron a vitorear; apoyaban a Lumine, los muy traicioneros.
Sus padres se habían sentado juntos en uno de los sofás y miraban con esa mezcla de nostalgia y amor a la situación, aunque en el fondo era absurda. Pero ya deberían saber a estas alturas que su hijo era así de absurdo, y también la chica que le gustaba.
A pesar del físico de Lumine, ésta era sumamente fuerte. Tartaglia lo sabía de sobra. La verdad es que, por muy competitivo que fuera, le daba igual aquella pequeña batalla. Solo lo usaba de excusa para tocar a Lumine a plena vista.
Pero eso no significaba que no fuera a resistirse.
Notaba la tensión del brazo, cómo se le acentuaban las venas.
El dedo meñique de Lumine bajó imperceptiblemente y le acarició el interior de la muñeca a Tartaglia, al cual le recorrió un escalofrío y le hizo aflojar el agarre, lo que resultó en una derrota aplastante por su parte.
Lumine sonrió victoriosa, rodeaba de los aplausos de su pequeño público, mientras Tartaglia hacía esfuerzos por quitarse la sensación de hormigueo de la muñeca, que le bajaba por todo el cuerpo.
Se preguntó si sería maleducado abrazarla ahí mismo y besarla. Probablemente. O cogerla de la mano y llevarla a su habitación. Quizás también. O más bien, quizás peor.
Tartaglia solía ser el que flirteaba más activamente. Y el hecho de que Lumine también lo estuviera haciendo... Bueno, digamos que ese hecho en sí hacía cosas en Tartaglia.
No sabía si podría acostumbrarse a esta Lumine.
-Bueno, ¿a quién le apetece navegar por las estrellas?-preguntó su padre tiempo después, cuando se cansaron de los juegos de mesa y demostraciones inútiles de fuerza.
-¡A mí!
Y así todos se pusieron sus abrigos y botas y salieron al exterior.
El sol hacía tiempo que se había despedido, pero tampoco se veía a la luna, apenas una rendija de luz en el cielo. Muy pocas nubes se vislumbraban en el cielo nocturno, lo que dejaba perfectamente a la vista, y más en un pequeño pueblo con apenas contaminación lumínica, efectivamente, un mar de estrellas.
-Es precioso...-murmuró Lumine.
Tartaglia hizo un ruido de asentimiento.
-¿Conoces las constelaciones de aquí?
Tartaglia iba a responder, pero como era habitual en su familia, que en el fondo ninguno podía estarse quieto, se le adelantaron.
-¿Quién quiere ser el capitán esta noche?-preguntó su padre.
-¿Capitán?-preguntó Paimon a su vez.
-¡Yo!-dijo Anthon.
Aparte de su padre, Anthon era el que más sabía de astrología en aquella familia.
-Hay historias en las estrellas-explicó su madre ante la pregunta expuesta por Paimon, y la pregunta en el rostro confuso de Lumine-Y el cielo es un gran océano de ellas. Quien es Capitán cuenta al resto de la tripulación historias y curiosidades sobre las estrellas-sonrió-Es una bonita forma de pasar el tiempo, y de hacer que los más pequeños aprendan a orientarse en caso de que alguna vez hiciera falta.
Era como los cuentos infantiles. Su moraleja solía ser para enseñar lecciones a los niños.
Además, la gran mayoría de las veces, para hacerlo más interesante, se terminaban inventando las historias. De una constelación existente, o incluso unían estrellas, como puntos sobre un lienzo oscuro, y le daban forma y vida, como quien ve figuras en las nubes.
-Ven, señorita Lumine-se apresuró a decir Anthon, que la cogió de la mano y señaló al cielo-¿Ves esa constelación de ahí? ¿La que parece una ballena...?
Mientras Anthon hablaba, y sus hermanos le interrumpían añadiendo detalles a la historia, a lo que también se unió Paimon, y a su madre tratando de evitar que se quitaran la palabra los unos a los otros, Tartaglia notó cómo su padre apoyaba una mano en su hombro, gesto que solía hacer a menudo.
-¿Tú también vienes a darme algún tipo de charla respecto a ella, papá?-le preguntó Tartaglia.
Su padre negó con la cabeza.
-Quiero pensar que sabes lo que estás haciendo, hijo.
-Lo sé.
Aunque eso era una verdad a medias.
Su padre sonrió.
-Como padre, eso me basta. Solo quiero que seas feliz, Ajax.
Tartaglia se removió, incómodo, haciendo que su padre bajara la mano.
-No te pongas ahora en plan melodramático, por favor. Creí que yo era el melodramático de la familia-dijo Tartaglia, queriendo evitar realmente tener una charla seria al respecto con su padre; ya habría tiempo para eso más adelante. Por ahora, Tartaglia solo quería disfrutar.
Su padre rio y le dio un golpe en la espalda.
-Oh, ¿veis esas estrellas de allí?-señaló Tonia-¿Esas que parecen una flor?
-¡Sí, la veo!-afirmó Teucer-Es bonita...
-... Pero peligrosa-dijo Anthon.
-¡Sí! Y... Y lo es porque...
Los niños tenían mucha imaginación, demasiada, en realidad, y no es que no tuvieran ideas que decir, si no que muchas veces no sabían cómo expresar tanto.
-Paimon puede ayudar-dijo Paimon-Paimon también es muy buena inventando historias.
-Eso es porque no te para la boca, Paimon.
-¡Lumine!
-Venga, adelante-dijo entre risas.
-No, ¡ya sé!-dijo Anthon-Es una flor muy bonita, atrae a las personas como a los insectos, pero...
-¡Te ataca!-dijo Tonia.
-¿Es carnívora?-preguntó Teucer.
-Mm... No exactamente... Más bien, se alimenta de ti, y entonces...
-¡Se convierte en ti!
-Entonces, ¿hay dos yo?
-No. Uno de ellos ha de morir, y el que queda es el que puede vivir por el otro.
-... Eso es muy oscuro-comentó Lumine.
-A Paimon le quiere sonar de algo-añadió Paimon.
A Tartaglia también.
Sintió un pinchazo en el ojo izquierdo.
Se preguntó si tantas emociones en un solo día iban a desencadenarle una jaqueca.
-¿Y qué pasa después...?-se escuchó una pregunta. A Tartaglia le sorprendió descubrir que había sido él el que la había formulado, apenas en un susurro, que nadie pareció escuchar.
Lo que sí se escuchó fue un bostezo.
Había sido Teucer.
-Creo que ya es hora de ir a la cama-aprovechó la ocasión su madre-Deberíais estar acostados hace tiempo, en realidad, pero como teníamos invitadas y mañana no hay colegio...
-Pero, mamá, aún podemos...-otro bostezo, por parte de Anthon esta vez.
-La señorita Lumine y Paimon...-empezó a decir Tonia.
-No se irán a ninguna parte-aseguró su madre-Olvidáis que mañana tenéis todo el día entero para pasarlo con ellas.
Eso terminó de convencer a los niños, que se restregaban los ojos y temblaban ligeramente debido al frío nocturno, aunque estaban más que acostumbrados.
-Venga, todos dentro-zanjó también su padre.
Era agradable volver al calor del hogar.
A Tartaglia nunca le había molestado en exceso el frío, pues él sí que estaba más que acostumbrado (había tenido que sobrevivir en esas y peores condiciones, y su cuerpo se había adaptado), pero había límites para todo. Aun así, era agradable dejarse acariciar por la calidez que irradiaba aquel lugar, y no solo por la propia chimenea.
-Mm, perdón, pero-se mostró incómoda Lumine-¿Dónde debería dormir...?
-Oh, que despiste por nuestra parte-exclamó su madre-Ni siquiera te hemos hecho un tour como es debido por esta casa...
-No se preocupe-se apresuró a decir Lumine-Los niños me enseñaron prácticamente toda la casa cuando llegamos, pero...
-Como mis hijos mayores ya no viven aquí, puedes dormir en cualquiera de sus habitaciones...-empezó a decir la mujer.
-No, ¡Lumine dormirá conmigo!
Por un momento, Tartaglia temió haber dicho eso (sus pensamientos exactos) en voz alta, pero había sido Teucer.
-No, ¡conmigo!-se sumaron sus hermanos.
Parecía inevitable que Tartaglia aún tuviera que estar compartiendo a Lumine con su familia.
-Eh...
Lumine miró a Paimon, como buscando ayuda.
-Paimon dormirá con Lumine, por supuesto-dijo Paimon, aunque eso no ayudaba a la situación a mano.
-Por supuesto-suspiró Lumine-No me importa compartir habitación con los pequeños, pero...
-¡Y Paimon!
-Y Paimon, pero no quiero causar ningún inconveniente...
-Para nada, querida-dijo su madre-Las habitaciones son amplias, y...
-Puedo poner uno de los colchones de las otras camas en la habitación de los niños-añadió su padre-Si te parece bien.
Lumine asintió, para deleite de los niños.
-¿Necesitas uno también...?-preguntó su padre a Paimon.
-No. Paimon duerme con Lumine.
-De acuerdo. Pues, todo el mundo a prepararse para ir a la cama-sentenció su madre-Mañana nos espera un día largo, y mejor.
-¡Sí!
Tartaglia seguía sin creerse que estuviera perdiendo contra sus hermanos pequeños y sentir celos de ellos. Aunque en parte sabía que era así, ya que los tres adoraban a Lumine de un modo casi idealizado. Aunque supuso que no es para menos, pues no solo tiene mil aventuras a su espalda que dan fe de su título de heroína, sino que también se había lucido frente a sus hermanos, salvándoles la vida incluso, cuando estuvieron en Liyue.
Ahora que lo pensaba... ¿Cómo es que ninguno de sus hermanos había dicho nada al respecto, especialmente Teucer? ¿Y Lumine? Y Paimon le preguntó la última vez... Aunque eso está algo borroso...
-Childe.
Alzó la vista. Lumine le miraba con una sonrisa en los labios. Era... Extraña. No sabía si esa era la palabra, pero no recordaba haberla visto esa sonrisa antes.
Contra todo pronóstico, a pesar de la cantidad de gente que allí había, y a los cuales se les escuchaba en distintos rincones de la casa, Tartaglia y Lumine se encontraban en uno de los pasillos y, por primera vez, a solas. Ni siquiera estaba Paimon, a la cual se la escuchaba gritar con los niños, al parecer en una pelea de almohadas.
-Siento no haber pasado mucho tiempo contigo-se disculpó Lumine.
-No lo sientas. Estoy feliz de que mi familia esté encantada contigo.
-Tienes una familia increíble. Y estoy deseando conocer al resto.
Tartaglia bufó.
-No sé yo... No serán tan fáciles de manejar como los pequeños. Y seguramente hagan muchas preguntas incómodas. Del tipo que mis padres quieren formular, pero se abstienen de hacerlo.
-¿Ah sí? ¿Como cuáles?-esbozó una sonrisa socarrona.
-Como... Si lo nuestro es serio, y si vamos a casarnos, y todo eso-dijo, intentando no sonar como si tuviera el corazón en la boca, cosa que casi parecía ser literal de lo mucho que retumbaba en sus oídos.
-Y todo eso-rio Lumine-¿Qué responderías tú?
-Creo que ya lo sabes. Pero, no sé si se me está permitido decirlo-confesó.
-¿Por qué?
-Porque no sé cuál sería tu respuesta.
El silencio que se instaló entre ellos era asfixiante, y deseaba que las voces de las otras habitaciones ahogaran por completo la última parte de la conversación que habían tenido, pero ya no podía retirar esas palabras.
Tartaglia quería atar a Lumine a él, pero nunca si eso significaba cortarle las alas, no teniendo a su propia familia, Aether, como prioridad.
Lumine entonces dio un par de pasos hacia él, y le cogió de las manos. Las manos de ella estaban frías.
-¿Quieres que mañana pasemos un rato solos?-propuso de pronto Lumine, como haciendo caso omiso a lo último dicho por Tartaglia.
-Por supuesto-dio un paso al frente él esta vez, acortando todavía más la distancia entre ellos; quizás había sonado demasiado desesperado. Carraspeó-Ya sabes que sí.
Luine rio por lo bajo.
-Alguien tiene ganas, ¿eh?-dijo con burla, inclinándose imperceptiblemente hacia delante.
-¿De ti? Siempre-él hizo lo mismo.
-¿Qué propones, entonces?
No sabía qué había planeado específicamente su familia para mañana, pero seguramente irían a patinar sobre hielo (a sus hermanos pequeños les encantaba), pasear en familia por los alrededores, puede que más peleas de bolas de nieve... Por no hablar de comida y cena especial. Había tantas posibilidades, en realidad. Pero Tartaglia le había prometido algo a Lumine, igual que con la ropa de abrigo.
-Pescar en el hielo-dijo al final.
Los ojos de Lumine se iluminaron.
-No es de nuestras peores citas-razonó ella.
-Te encantará-intentó que no se le notaran los nervios al escuchar la palabra cita-Aunque siempre puedo invitarte a hacer más cosas. Los dos solos.
-Aceptaría encantada.
Tartaglia se inclinó levemente hacia atrás, no confiando en su autocontrol.
-¿Quedamos entonces mañana de madrugada, para ir a pescar, a solas?
Desde luego era mejor que nada. Podría estar solo con ella y le enseñaría algo que había hecho y fascinado desde niño.
-Me vas a hacer madrugar.
-Podré vivir con ello-bromeó.
Lumine sonrió. No paraba de hacerlo. Tartaglia se sentía embriagado de ello.
-Y, por favor, no te traigas a Paimon.
Lumine rio.
-Tranquilo, Paimon es una dormilona, y apenas quedan unas horas para el amanecer. No debería ser capaz de seguirme en caso incluso de que la despertara sin querer.
-Bueno saberlo.
Lumine se puso de puntillas, y le dio un beso en la mejilla. Sus labios estaban fríos.
-De acuerdo. Es una promesa.
Y las promesas están para cumplirlas.
*. *. *
Todo fue como una nebulosa.
Tartaglia ya se encontraba fuera, con ropa de abrigo y cargando equipamiento de pesca, mientras observaba cómo iban colándose rayos de luz en el horizonte, esperando a Lumine, mientras sus suspiros se veían en volutas de vaho en el aire.
Fue un poco como cuando llegó aquí, a Snezhnaya, en barco. No recordaba bien el trayecto; simplemente, ya estaba allí. Igual que ahora.
Creía que no sería capaz de dormir de la emoción, pero debió quedarse dormido y pasar las horas y levantarse en piloto automático, sin asimilar realmente nada, porque aquí estaba, por fin a solas con Lumine, que salía de la casa intentando no hacer ruido en una fría mañana invernal.
Salir de casa sin que nadie se despertara había sido más fácil de lo que esperaba.
-Buenos días-dijo Lumine al llegar a su altura; el abrigo parecía consumirla y la hacía parecer un peluche al que dar montones de abrazos.
-Buenos días. Vamos, antes de que el mundo despierte.
Porque en la quietud de la hora más fría del día, justo antes del amanecer, parecía realmente que todo el mundo dormía, hasta el sol.
Hacía mucho frío, pero Tartaglia sentía un foco de calor en el pecho.
-Deja que te ayude-dijo Lumine cuando empezaron a andar, Tartaglia encaminando la marcha, refiriéndose a todo el equipo que llevaba a cuestas.
-No es necesario. Puedo con ello.
Lumine enarcó una ceja.
-¿He de hacer otra demostración de fuerza? Creí que había quedado bastante claro la última vez.
-Deja que te consienta un poco, ¿quieres? Además, esto ha sido idea mía.
-De acuerdo-claudicó Lumine.
Se escuchaban sus pisadas al hundir la capa de nieve nueva caída en la noche, aplastada por sus botas. Era un poco como pisar hojas secas, si bien igual o más resbaladizo.
Entre los matorrales y los árboles, alguna vez se escuchaba algo o se vislumbraba movimiento. Mientras caminaban, vieron de pasada algún conejo, e incluso algún zorro.
Al acercarse al lago, a Tartaglia le asaltó una duda. Algo en lo que debería haber pensado antes.
Por mucho frío y nieve que hiciera prácticamente durante casi todo el año, en esta época del año, ¿estaría el lago helado, siquiera? Puede que no, aunque no lo recordaba bien. Bueno, en tal caso, podían pescar igualmente, pero desde la orilla, aunque no sería lo mismo.
Al salir de entre los árboles, vislumbraron el lago que, al final, sí estaba helado.
-Es muy grande-dijo Lumine.
-Y peligroso-añadió Tartaglia, pensando en aquella vez que, de pequeño, casi muere en aquellas aguas heladas.
Lumine dio un primer paso en el hielo, haciendo algo de presión, comprobando que el hielo aguantaba y no se resquebrajaba.
-No es la primera vez que camino sobre agua congelada-dijo ella.
-Y seguro que no es la primera vez que también acabas cayendo al agua y congelándote a riesgo de ahogarte.
Lumine sacudió la cabeza.
-Ya sabes que las reacciones elementales no suelen durar mucho tiempo.
-Aun así.
Antes de empezar a andar sobre el hielo, se repartieron el peso del equipo y se pusieron en fila.
Mientras andaban con pies de plomo sobre aquella superficie, a Tartaglia le asaltaron pensamientos intrusivos. A pesar de estar por encima, casi creía notar el agua en la boca, el frío clavándosele en el cuerpo, en los pulmones, en el corazón, en el ojo izquierdo...
Tartaglia se detuvo.
-¿Aquí?-preguntó Lumine.
-Aquí-exhaló Tartaglia, aunque daba un poco igual dónde eligieran su punto de pesca.
Serrar hielo era un trabajo metódico. Su padre lo hacía con una diligencia casi envidiable.
-¿Qué hacemos luego con el hielo que hemos quitado?-preguntó Lumine.
Tartaglia se encogió de hombros.
Se sentía extraño, como flotando en aguas extrañas, y era incapaz de desembarazarse de esa sensación.
-Lo que queramos. Volver a cerrar el agujero. Triturarlo. Normalmente lo recogemos para darle otro uso en casa o venderlo.
Lumine asintió con la cabeza.
A pesar de que Lumine nunca había pescado en el hielo, se veía claramente que sabía cómo pescar.
-¿Hay algo en lo que no seas buena, Lumine?-le preguntó Tartaglia, sentado en una silla plegable, al lado izquierdo de Lumine (por incoherente que fuera el pensamiento, no quería que le viera bien el lado izquierdo de la cara, aunque no tenía nada raro), con una caña en la mano.
-Creía que eras tú el que sabía hacer de todo-dijo por toda respuesta Lumine, dejando caer el anzuelo en el agua.
Después, silencio.
El agua bajo el hielo era un oscuro pozo sin fondo. Tartaglia se preguntó si conseguirían pescar algo.
-Está todo tan... Tranquilo-susurró Lumine.
-Es lo normal por aquí. Por lo menos lejos de las poblaciones-dijo Tartaglia-¿No te gusta el silencio?
-Me gusta-dijo Lumine-Es agradable. A veces... Hay demasiado ruido, aun cuando no debería haberlo.
Tartaglia no estaba seguro de haberla entendido.
-¿Y qué hay de ti, Childe?
-Me gusta más el ruido, saber que hay movimiento a mi alrededor, pero... Esto me recuerda siempre a casa, así que, sí, me gusta.
-Mm...
-Entonces, te gusta estar aquí, ¿no?
-A pesar del frío, la verdad es que sí.
Quédate aquí, pensó Tartaglia. Quédate aquí conmigo, para siempre.
El agua no se movía. Las cañas permanecían inmóviles también. Como el aliento atascado en la garganta de Tartaglia, temiendo decir alguna estupidez en voz alta, como lo que acababa de pensar.
-... Podría quedarme-se escuchó entonces, un mero murmullo, como el agua retrayéndose hacia el mar tras alcanzar la orilla.
Tartaglia se giró para mirarla, con la confusión y la esperanza entremezcladas en un extraño galimatías que amenazaba con hacerle vomitar.
Debía haber escuchado mal. No, Lumine debía estar bromeando, seguro.
Lumine le devolvió la mirada. No había burla en sus ojos y en su gesto.
-... Estoy cansada, ¿sabes? Cansada de... Tener que salvar el mundo. Hay personas maravillosas y muy capaces de hacerlo, sin necesidad de que yo intervenga. Así que... ¿Por qué no, simplemente, parar?
Parar era lo que amenazaba con hacer el corazón de Tartaglia.
Notaba la cabeza embotada. Le costaba pensar. Le costaba escuchar más allá de los latidos de su corazón y la voz de Lumine, quien tenía una extraña sonrisa en el rostro.
-Podría quedarme contigo-finalizó en un suspiro.
Una vez más, Tartaglia sintió que había algo fuera de lugar. Quizás fuera él.
-... ¿Y qué hay de tu hermano?-dijo Tartaglia en voz muy baja.
Lumine se encogió de hombros y sacudió la cabeza.
-Creo que, a estas alturas, es inútil. No voy a encontrarle. Y aun si lo hago, parece que estamos destinados a enfrentarnos. Y también estoy cansada, harta, de sufrir. Así que... Sencillamente, me rindo-declaró.
La caña de pescar resbaló de entre los dedos de Tartaglia. Se puso de pie, casi sin ser consciente de ello, y la miró desde arriba.
Le dolía el ojo izquierdo y la cabeza le daba tumbos.
-... Mientes-dijo entre dientes.
Lumine rio. Cogió la caña de Tartaglia y la aseguró, junto a la suya, para que no cayeran, y se levantó también.
-¿Por qué iba a mentir? Además, es lo que quieres, ¿no es así?
Tartaglia apretó los labios en una fina línea.
-... Tú nunca te rendirías en la búsqueda de tu hermano-dijo Tartaglia, muy despacio-Por mucho que te costara, por mucho que te doliera. Lo sé-notó el suelo resbaladizo a sus pies cuando dio un paso atrás.
Lumine le miraba como si se hubiera vuelto loco.
-Lo haría por ti-dijo Lumine.
No. Aquello no... No estaba bien.
Había algo que no cuadraba. Lo había sentido desde... Desde que había llegado a Snezhnaya, se dio cuenta.
Pequeñas cosas que no tenían sentido, y que se fueron acumulando, convirtiéndose en sospecha dentro de Tartaglia.
Miró a su alrededor, mientras empezaba a sentir un incipiente dolor en el ojo izquierdo, traduciéndose en una jaqueca.
Una neblina cubría su mente…
...
... Si había algo que caracterizaba a Tartaglia era que tenía buena memoria.
Pero no recordaba el viaje a Snezhnaya. Los nombres de sus vecinos del pueblo. Qué escalones crujían en la casa que le vio nacer. Sus hermanos no habían mencionado nada del incidente en Liyue ni de que sabían ahora la verdadera naturaleza de su trabajo. Sus padres no mencionaron nada sobre la oposición de Lumine a la Zarina a quien veneraban...
Cómo, cada vez que tocaba a Lumine, esta estaba fría como el hielo, cuando nunca había sido otra cosa que no fuera cálida...
Ni siquiera recordaba que alguien hubiera pronunciado el nombre de sus padres, ni siquiera él mismo.
Ni siquiera recordaba cómo había llegado hasta este punto.
Tartaglia casi pudo escuchar la voz de su maestra en su cabeza; aquella persona que la había enseñado a moverse por el Abismo y entre monstruos: Creía que te había enseñado mejor.
Sí, Tartaglia tenía buena memoria. Y fue al darse cuenta, por fin, de que algo iba muy, pero que muy mal, recordó.
Recordó todo.
Miró a Lumine, dando otro paso hacia atrás, poniendo más distancia entre ellos.
-... Tú no eres Lumine-dijo, muy despacio-¿Quién eres?
Ella sonrió.
-Quien yo quiera-respondió.
Tartaglia invocó su arco, pero éste no acudió a su mano.
-Y tú podrías tenerlo todo-dijo ella-Igual que yo. Y así, todos estaríamos felices, ¿verdad?
Un escalofrío recorrió a Tartaglia.
Escuchó entonces un crujido, como un pequeño lamento.
Miró a sus pies, a cómo se resquebrajaba el hielo. No debería ser posible.
Miró a Lumine, que no era Lumine. Ella sonreía.
Y siguió sonriendo cuando Tartaglia se hundió, y la oscuridad helada lo abrazó para no soltarlo.
*. *. *
Si había algo que no caracterizaba a Tartaglia era tener paciencia. Básicamente porque no soportaba quedarse quieto; necesitaba estar en constante movimiento.
Y ahora mismo, la impaciencia solo era opacada por la emoción que sentía.
Porque por fin, por fin, Lumine le había contactado, y no para una de sus batallas semanales (la de aquella semana la tuvieron hace tres días), sino para cumplir una promesa: irían juntos a Espinadragón.
Lumine tenía que hacer sus misiones diarias en otra región (Tartaglia se preguntaba si merecía la pena ser esclavo de hacer esas misiones todos los días), por lo que habían quedado directamente en Espinadragón, más concretamente en el campamento de aventureros al pie de las montañas.
Tartaglia nunca había estado aquí, pero por supuesto que sabía llegar (sí, sabía leer un mapa, gracias, Paimon) y se alegraba un montón de haberse llevado el abrigo que solía usar en Snezhnaya, porque a pesar de ni siquiera haberse internado en la montaña todavía, el frío era ya patente en esa zona.
Las personas que había en el campamento lo miraban con curiosidad, pero ninguno se había atrevido a acercarse a él a preguntar (Lumine siempre le decía que las personas con las que se cruzaba en su viaje normalmente esperaban a que ella se acercara a ellos para que la hablaran).
Había llegado temprano, y Lumine aún no estaba allí.
Tartaglia había tomado también alguna que otra precaución previa en vistas a esta cita, si es que se la podía llamar así; puede que no en el sentido estricto de la palabra. En tal caso, había venido con ropa de abrigo y había traído ropa de abrigo para Lumine, aunque técnicamente se la había prometido para Snezhnaya, nunca estaba de más colmar a Lumine de regalos.
También había hecho desalojar (gracias a su título de Heraldo) todos los campamentos Fatui que había desperdigados por la montaña, pues no quería tener que dar explicaciones (ni tenía obligación de darlas) y era una preocupación menos estar pendiente de si alguno de sus subordinados los avistaba y quería entablar combate con la chica con la que quería pasar el día.
Así pues, Tartaglia esperaba, impacientemente, a que Lumine llegara. No solo ansiaba pasar tiempo con ella, sino que, como Lumine le había dicho, creía que le gustaría aquel sitio.
Miró a la montaña, que se alzaba inhóspita contra el cielo, un cielo cada vez más nublado. Seguramente nevaría.
Sí, le recordaba un poco a Snezhnaya.
-¡Childe!-escuchó entonces.
Se giró con una sonrisa expectante hacia la voz. La sonrisa murió en sus labios.
Lumine le saludaba, igual que Paimon.
Vale. Tenía tragado, o más bien, había aceptado con resignación, que Paimon les acompañaría. Tartaglia podía vivir con eso.
Lo que no esperaba es que Lumine y Paimon vinieran acompañadas de una pequeña comitiva.
-Oh, ¿este es el amigo que decíais?-dijo una de ellos, una niña risueña, llena de energía, que cargaba con una mochila que era la mitad de su tamaño; a Tartaglia le recordaba un poco a sus hermanos pequeños, especialmente a Teucer.
-Sí. Se llama Childe-le dijo Paimon a la niña.
-¿Nos va a acompañar en esta aventura?-preguntó emocionada la niña.
Tartaglia entrecerró los ojos.
-¿Acompañar...?-murmuró.
Miró a Lumine, y esta tuvo la decencia de mostrarse un poco incómoda, así como arrepentida.
Se acercó a él.
-Hola-dijo con una sonrisa nerviosa-Bueno...
Tartaglia suspiró.
-Había aceptado que nos acompañara Paimon, pero... ¿A qué viene todo esto?-quiso saber, sonando un poco resentido.
-Lo siento-se disculpó Lumine, y realmente parecía sentirlo-Pero... De camino aquí, me he encontrado con Albedo-señaló al chico que estaba colocándole el gorro a la niña, que se le había caído al suelo-Él venía camino a Espinadragon por una misión y...
Tartaglia volvió a suspirar, entendiendo la situación.
-Sabes que puedes decirle que no a la gente, ¿verdad?
-Le he dicho que yo también iba a la montaña y, en fin, me he ofrecido a ayudar. Como siempre.
-Como siempre-Tartaglia dejó caer los hombros-No sé ni por qué me sorprendo...
-Te lo compensaré.
-Oh, más te vale.
Lumine sonrió.
-Además, no creo que la misión nos lleve mucho tiempo. Y después, puedo convencer a Paimon de que baje la montaña con ellos, y nos quedaríamos solos. ¿Qué te parece?
-Me parece muy bien, ¿tú qué crees? Pero tengo que apuntarme a esta excursión por la montaña.
-No tienes que venir si no quieres. Yo me he comprometido, pero...
-Nah, un poco de acción e imprevistos nunca está de más.
Lumine rio.
-¿Desde cuándo eres tan comprensivo?
-Desde que me has prometido que me compensarás-le guiñó un ojo.
Puestos a tener que aguantar esto, Tartaglia pensaba sacarle todo el provecho que pudiera.
Lumine puso los ojos en blanco, pero pudo ver el agradecimiento en la mirada. Se sentía mal por decepcionar a Tartaglia, pero ella nunca era de las que dejaba a los demás en apuros.
Por eso, tras un asentimiento de cabeza por parte de ambos, se giraron y se acercaron a los demás.
-¿Lumine ha convencido a Childe?-preguntó Paimon.
-Sí-se limitó a decir Lumine.
-Oh, cuántos más, ¡mejor!-exclamó la niña, que dio un paso al frente-Hola, soy Klee-se presentó, risueña-¡Klee se alegra de hacer un nuevo amigo!
Tartaglia decidió en ese mismo momento que adoraba a esa niña como si fuera su hermana pequeña.
-Childe-se presentó él, con una ligera sonrisa en sus labios, a su pesar-Yo también me alegro.
Eso hizo que Klee diera un saltito de alegría.
-Albedo-se presentó otro de los acompañantes, dando un paso al frente, extendiendo su mano-Alquimista de los Caballeros de Favonius.
Tartaglia le estrechó la mano. Albedo le miraba fijamente.
-... ¿Sería maleducado por mi parte preguntarte si me dejarías ver de cerca tu Engaño?
Tartaglia dejó caer la mano.
-¿Qué?-le pilló desprevenido.
-Oh, lo lamento, quizás deba granjearme tu confianza y amistad primero-dijo Albedo-En tal caso, posees una Visión y claramente eres fuerte. Nos vendrá bien tu ayuda, así que, gracias de antemano.
Se expresaba de forma un poco extraña, pero no parecía mala persona. Irradiaba una tranquilidad que casi parecía antinatural.
-¿De...nada?-Tartaglia no sabía muy bien cómo responder.
-Mi turno-dijo la voz de la última persona en presentarse-Mona Megistus. Astróloga.
Hablaba como si se tratara de alguien importante. A Tartaglia no le sonaba absolutamente de nada.
-... Paimon no tiene claro que hace aquí Mona-comentó Paimon.
-Yo tampoco-le susurró Lumine.
Así que aquella chica se había auto invitado a aquella reunión. Un poco como Tartaglia.
Un grupo de lo más pintoresco. Le recordaba a Tartaglia un poco a la última aventura que tuvo con Lumine, con Scara y una Arconte.
-Hmp. Lo he visto. Tenía que venir-dijo Mona.
-Hola, Mona-saludó Klee, bendita ella-¿Qué has visto?-preguntó luego.
-Como sabéis, en el arte que practico pueden adivinarse retazos de un futuro más próximo o lejano...-empezó a decir Mona.
-¿Puedes ver el futuro?-la interrumpió Tartaglia, sin pretenderlo, en cierta parte impresionado.
Mona le fulminó con la mirada.
-Es un arte sumamente difícil de aplicar y aprender...-siguió diciendo Mona.
-¿La he ofendido?-le preguntó Tartaglia a Lumine en voz baja.
-No. Es más, creo que hasta se siente halagada-le respondió Lumine en el mismo tono de voz-Solo la ha molestado que la interrumpieras.
-... Así que-seguía diciendo Mona-He decidido venir a Espinadragón por... Una predicción-terminó diciendo; Tartaglia no había escuchado todo lo que había dicho y temía haberse perdido algo importante.
-¿Un mal augurio?-preguntó Albedo, con voz calmada, ante el tono catastrofista que había adquirido el discurso de Mona.
-Una amenaza-recalcó Mona.
-Eso no suena bien-comentó Tartaglia.
-¿A qué te refieres, Mona?-la preguntó Lumine.
-Yo... No estoy segura-sonaba casi avergonzada de hacer esa admisión-El futuro es incierto, y las predicciones no son más que retazos, que pueden interpretarse de múltiples maneras-hizo una mueca-Pero... Lo que he leído en los astros es algo así como... Una amenaza placentera. Una calamidad adorada.
-... No suena muy peligroso, ¿no?-dijo Tartaglia.
-Puede ser una amenaza velada-dijo Albedo, con pose pensativa-¿Qué más has visto?
-Confusión. Delirio. Resentimiento. Frío. Ventisca. Fuego.
-Lo último como que no cuadra mucho con lo anterior-volvió a comentar Tartaglia.
Mona volvió a mirarle mal. Lumine le dio un codazo. Paimon se rio a su costa. Tartaglia se guardó para sí otro comentario.
-¿A lo mejor Klee es el fuego?-preguntó la niña, emocionada.
-Quizás...-Mona no parecía saber qué decir a eso-En tal caso, no esperaba encontraros aquí, por lo que me alegro de haber venido, ya que parece que todo esto puede estar relacionado con vosotros. ¿A qué habéis venido aquí?-fue el turno de Mona de preguntar, aunque sus respuestas habían sido enigmáticas, y tampoco suscitaban (por lo menos en Tartaglia) tanto peligro como la astrologa había hecho parecer.
-He recibido una carta de Alice-dijo Albedo.
-¿Quién?-preguntó Tartaglia.
-¡Mami!-exclamó Klee.
-Eso solo me da más razón-asintió Mona.
Lumine parecía meditabunda.
-¿Creéis que tiene que ver con el Hexenzirkel?-preguntó Lumine.
-¿El qué?-preguntó Tartaglia, cada vez más confuso.
-Mm... A Paimon le resulta familiar ese nombre...-dijo Paimon.
-Eso es porque ya lo has oído antes, Paimon-le dijo Lumine-Fiestas de té y brujas...
-¡Paimon ya se acuerda!
Lumine sacudió la cabeza.
-Puede ser-asintió Albedo-La carta en sí... Va dirigida a mí, pero es un tanto extraña. Casi ni parece que la haya escrito Alice.
-¿Quién es Alice?-insistió Tartaglia, preguntándoselo a Lumine en voz baja.
-La madre de Klee y Albedo.
Tartaglia la miró con algo de sorpresa.
-¿Son hermanos?-no se parecían en nada, aunque el comportamiento que tenían el uno con el otro sí que lo parecía.
-Alice me acogió-dijo Albedo, que le había escuchado-Es una persona extraordinaria, y viaja mucho.
-Mamá es la mejor, je, je-dijo Klee.
-Solemos estar en contacto, pero... Esta carta... Es muy... Vaga.
-¿Qué pone?
-Que hay un poder extraño en la montaña. Que aquello que se dejó atrás vuelve arrastrándose. Y que debería investigarlo.
Lumine se acercó a Albedo y puso una mano en su brazo.
-¿Estás bien?-le preguntó al alquimista.
Albedo asintió.
Lumine retiró la mano.
Tartaglia frunció el ceño. Ahí había algo, algo que solo ellos parecían compartir.
Albedo era una persona extraña (tampoco es que Tartaglia pudiera decir lo contrario de sí mismo), y aunque no quería darle importancia, se mostraba claramente cómodo con Lumine. Tenían más o menos la misma altura. Podía mirar directamente a los ojos de Lumine sin tener que inclinarse.
Tartaglia sacudió la cabeza.
-¿Crees que está relacionado con... El otro?-preguntó Lumine.
-No lo sé-admitió Albedo-Pero pienso averiguarlo-volvió a dirigirse a los demás-En cuanto supo de la carta, Klee quiso venir conmigo, a pesar de que intenté disuadirla ya que podía ser peligroso. Y nos encontramos a Lumine y Paimon de camino, que aceptaron unirse a nosotros. Y luego se unió Mona. Y... Tú-dijo, mirando a Tartaglia-No sé qué buscamos exactamente, pero me imagino que lo sabremos cuando demos con ello. Además, esta zona, a pesar de ser inhóspita, es frecuentada por muchos aventureros, así que no podemos dejar este asunto desatendido si puede poner en riesgo a otras personas.
-Estoy totalmente de acuerdo-coincidió Lumine.
Mona asintió. Se la veía preocupada por su predicción.
-Klee os protegerá-dijo la niña.
-Gracias, Klee, pero espero que no sea necesario-dijo Albedo con una pequeña sonrisa, apoyando una mano en el gorro de Klee.
-¿En marcha, entonces?
-¡En marcha!
-Espera-dijo Tartaglia, cogiendo del brazo a Lumine-¿No pensarás ir así, verdad?
Lumine le miró sin entender.
-¿Así, cómo?
Tartaglia resopló.
-No me lo puedo creer... Normal que digas que no soportas bien el frío, si visitas este tipo de lugares con tu ropa habitual. Toma-le tendió una prenda de ropa bien doblada.
-¿Un abrigo?
-Te dije que te regalaría uno, ¿recuerdas? Aunque siento no haber podido traer más cosas-un gorro, unos guantes...
-Creí que...
-Puedes volver a usarlo cuando vayamos a Snezhnaya. Es más, por favor, úsalo cuando vayamos a Snezhnaya. Subestimar el frío es de idiotas.
Lumine sonrió, mientras se ponía el abrigo.
-¿Hablas por experiencia?
-Algo así.
-Oh, ¿estáis dando regalos?-exclamó entonces Klee.
Tartaglia se sintió fatal al instante al ver los ojos expectantes de la niña.
-Klee no lo sabía. Habría preparado algo... Ah, pero Klee tiene muchas cosas que puede regalar en su mochila...
-No-dijeron todos al unísono, excepto Tartaglia, que se quedó un poco descolocado ante aquella vehemencia.
¿Cómo eran capaces de decirle que no a esa carita?
-Ejem, no es necesario, Klee-se apresuró a añadir Albedo-¿Recuerdas lo que dijo Jean?
Klee se desinfló un poco.
-Sí... Klee solo puede usar sus amigas cuando sea una emergencia.
-¿Amigas?-murmuró Tartaglia.
-Bombas-le respondió Paimon.
Tartaglia se la quedó mirando.
Supuso que nadie con Visión, incluso niños, estaba exento de ser... Particular, cada uno a su manera.
-No esperaba tener más compañía-se defendió Tartaglia, aunque ninguno de los presentes le había exigido nada.
-No has traído nada a Paimon-se quejó Paimon-Y Childe sabía que Paimon vendría con Lumine.
-A ti no te molesta el frío.
-¡Aun así!
-... ¿Los demás vais a ir así?-preguntó nuevamente Tartaglia.
-Hmp. Un poco de frío no es nada para Mona Megistus-dijo Mona, como si la indignara que pensaran lo contrario.
-La ropa de Klee es calentita-dijo Klee.
Albedo se limitó a asentir.
Aun así, Tartaglia se sintió un poco mal, especialmente por Klee. Tartaglia siempre había sentido debilidad por los niños debido a sus hermanos pequeños.
-Toma-le dijo a Klee.
-¡Caramelos!-exclamó Klee encantada-El nuevo amigo de Klee es genial.
Le dio un abrazo a su cintura, pues su cuerpo pequeño no llegaba a más, y fue, emocionada, a enseñarle el botín a Albedo.
-¿Llevas encima caramelos?-le preguntó divertida Lumine; aun así, había algo más... Vulnerable en sus ojos al ver el gesto de Tartaglia.
-Siempre llevaba encima por mis hermanos pequeños-explicó Tartaglia-Y, aunque ya no los veo tan a menudo, terminó convirtiéndose en costumbre, y es raro el día que no salgo con ellos-miró a Lumine-¿Quieres uno tú también?-dijo con burla.
Lumine negó con la cabeza, conteniendo una risa.
-¡Paimon quiere!-exclamó Paimon.
-Cómo no-dijo Tartaglia, mientras soltaba un buen puñado de caramelos en las diminutas manos de Paimon.
Era curioso y extraño dar caramelos a otras personas que no fueran su familia. Aquello le hizo pensar en ellos y añorarlos.
-Gracias-le dijeron entonces; era Albedo-Has hecho feliz a Klee.
Tartaglia se limitó a encogerse de hombros, restándole importancia, porque no la tenía.
-Debo admitir que me suscitabas cierta sospecha, al igual que interés, pero visto cómo tratas a Klee, has de ser una buena persona.
Tartaglia no sabía qué decir eso. Determinó que lo que ocurría es que Albedo le ponía en cierta manera nervioso, porque resultaba alguien difícil de leer.
Además, había sabido que era portador de un Engaño con un simple vistazo, y era muy probable que también supiera que formaba parte de los Fatui, si no lo sabía ya (o si no se lo había dicho ya Lumine).
Decidió que era pronto para llegar a una conclusión. Tampoco podía juzgar a Mona como una simple chica sabelotodo con aires de grandeza.
-¿Listos?-preguntó entonces Paimon.
-¡Listos!-gritó Klee.
Y así pues, comenzaron su caminata hacia la montaña, dejando atrás un clima templado, viendo cómo poco a poco el suelo se teñía de blanco con la nieve posada cual manto sobre la hierba y la tierra.
Mientras iban subiendo la altitud, notando cómo se le taponaban levemente los oídos, la curiosidad le pudo a Tartaglia.
-Así que... ¿Puedes predecir el futuro? ¿Verlo?
Mona se le quedó mirando. Parecía escrutarle con la mirada. Terminó suspirando.
-La ciencia que practico es un arte en sí mismo, y no es algo que pueda definirse con tales palabras-dijo Mona, que parecía haber determinado que Tartaglia era digno de ser respondido-¿Te interesa?-le miró con ojo crítico.
-Me resulta interesante.
-Sutil forma de intentar que haga una predicción para ti.
¿Tan evidente era?
-¿Lo harías?
-No veo por qué no, visto que eres amigo de Lumine.
Ser alguien cercano a Lumine parecía abrirte puertas en cualquier lado.
-Pero te advierto, esto no es un juego. Y puede que, o más bien, seguramente, no te guste lo que vea-le miró fijamente de arriba abajo; a pesar del abrigo, Tartaglia tuvo la estúpida sensación de que aquella chica veía más allá-Aun así, ¿quieres hacerlo?
Había demasiadas incertidumbres peligrosamente mortales en su futuro, estaba seguro. Sabía que, al final de su vida, más temprano que tarde, tendría una muerte horrible.
-Sí-dijo con convicción.
-Bien-Mona se detuvo un momento, y Tartaglia la imitó-¿En qué dirección quieres enfocada la predicción?
-¿Dirección?
-No pretenderás obtener una predicción acertada con un objetivo tan difuso. Hay que ser específico-insistió Mona-Si no, sería como... Como esperar leer una historia de misterio en una guía de viajes.
Tartaglia sintió un cosquilleo en el estómago.
-Amor, entonces.
Mona puso los ojos en blanco.
-Por supuesto-dijo con un deje de disgusto. Pese a ello, se dispuso a hacer la predicción.
Tartaglia no entendía nada de aquello, pero debía admitir que era vistoso. Bonito, incluso. Seguro que a Teucer, Tonia y Anthon les encantaba.
Las figuras y luces en el aire desaparecieron con un rápido movimiento de muñeca de Mona. Ésta frunció el ceño.
-¿Y bien?-la incitó a hablar Tartaglia al ver que se quedaba callada, pensativa incluso.
-Es... Un futuro difuso-Mona desvió la mirada, y Tartaglia vio cómo la dirigía a Lumine, que estaba ayudando a Klee a subirse en los hombros de Albedo.
Entonces no era pura palabrería. Realmente era capaz de ver más cosas que los demás.
-¿Qué has visto exactamente?
-Nada, realmente. Solo... Retazos-hizo una pausa-Un amor absoluto, apasionado, obsesivo. E increíblemente trágico.
Tartaglia no sabía qué esperaba escuchar, pero curiosamente aquellas palabras se ajustaban bastante a la realidad, y sonaba exasperadamente razonable.
Solo esperaba que fuera él quien terminara muerto antes. No creía soportar ver morir a Lumine.
-¿No piensas decir nada? ¿Exigirme más detalles?-su voz sonaba dura, pero casi parecía sorprendida por el silencio de Tartaglia.
Tartaglia negó con la cabeza.
-¿Se puede hacer algo para cambiarlo?-preguntó en su lugar.
Mona apretó los labios.
-No lo sé-confesó-Pero supongo que, al ser un destino aciago, nunca está de más intentar cambiarlo, por fútil que pueda resultar al final. Es lo que intento evitar hoy.
Sonaba demasiado agorero. Y quizás lo fuera. Pero eso era algo que no iba con Tartaglia. Tartaglia, que pisaba una nieve diferente a la de su hogar, y que sin embargo se sentía reconfortado al tener a Lumine cerca, como si ella misma fuera su otro hogar.
-Te advertí que no te gustaría.
Tartaglia se encogió de hombros.
-No suelo dejar que el destino decida por mí-respondió-Haré todo lo que sea necesario para que ella no sufra.
Ante aquellas palabras, Mona sonrió. Y Tartaglia comprobó que se había ganado de verdad su aprobación.
Mona se echó hacia atrás sus coletas.
-Eso es lo que quería oír, teniendo en cuenta que ni siquiera te plantearías la opción de no seguir con ella.
-¿Eso también lo has predicho?
Mona puso los ojos en blanco.
-Tengo ojos-contestó-Y habría que estar ciego para no verlo-se colocó el sombrero.
Tartaglia se preguntó si Lumine y él (seguramente solo él) eran tan obvios.
Tartaglia tocó la punta de su sombrero.
-Este sombrero... ¿Es para que des más sensación de que eres una bruja astróloga o algo así?-le preguntó-Parece poco práctico.
-Oh, cómo osas...-dijo molesta Mona.
Tartaglia tenía ese talento, el de molestar a los demás por pura diversión. Se le escapó una risa.
Entonces algo le golpeó en la sien.
No dolía, había sido más bien la sorpresa del impacto, y éste había sido frío.
Tanto Tartaglia como Mona se giraron para ver a los demás.
-¡Paimon no ha sido!-dijo rápidamente Paimon.
Eso sonaba sospechoso, de no ser porque vio a Lumine secarse las manos en el abrigo.
-Lumine, ¿me has lanzado una bola de nieve?-preguntó, acercándose a ella.
-¿Yo? Claro que no-mintió.
-¿Debería devolvértela?
Lumine le lanzó una mirada desafiante con una sonrisa acompañándola.
-A ver si te atreves.
-¿Y a qué ha venido, de todas formas?
Lumine se encogió de hombros y desvió la mirada.
-Supongo que porque te estabas riendo como un idiota...-ya no se molestó en negarlo.
Riendo. Como un idiota. Cuando estaba con Mona.
Tartaglia notó un cosquilleo en el estómago.
-¿Es que acaso estabas celosa?-inquirió él con deje divertido.
Lumine se sonrojó por un instante. Adorable. Luego, se cruzó de brazos.
-Eso te gustaría, ¿verdad?
-Creo que ya te dije una vez que sí.
Lumine sonrió.
-Ya sabes que no necesitas verme celosa para saber lo que siento por ti, ¿no?
El cosquilleo se transformó en un maremoto.
-No-dijo él sin aliento-¿Dímelo?
Aunque Tartaglia sabía a estas alturas perfectamente lo que Lumine sentía por él, nunca había llegado a escucharlo en palabras propiamente dichas... Como ella tampoco lo había hecho.
-Decir, ¿qué?-dijo entonces una voz aguda a sus pies.
Tartaglia y Lumine se giraron para ver a Klee, que les miraba con interés. Parecía que solo había escuchado lo último. Menos mal. No quería tener que explicar en voz alta para que lo escucharan todos lo mucho que quería que Lumine reafirmara sus sentimientos hacia él. Resultaba patético.
-Que Childe se muere de ganas de hacer un muñeco de nieve contigo-dijo Lumine.
-¿¡Sí!?-Klee le miró con emoción.
Y, ¿cómo decirla que no?
-Claro. Pero...
-No deberíamos retrasarnos-dijo Mona.
-Paimon también quiere jugar-dijo Paimon-Pero a Paimon no le gustan esas nubes.
Albedo asintió.
Cada vez estaba más nublado, tiñendo con un velo todavía más gris al paisaje ya de por sí casi monocromo.
Y había empezado a nevar.
-¿Qué buscamos exactamente?-preguntó Lumine, mientras todos retomaban la marcha.
-No estoy seguro-respondió Albedo-La carta no especifica nada. Y es raro ya de por sí. No es propio de Alice.
-Supongo entonces que... Tenemos que estar atentos a cualquier cosa.
-Cualquier cosa que os llame la atención, que esté fuera de lugar, o sensación extraña.
Era fácil decirlo, pero con un paisaje como aquel... ¿Cómo distinguir nada?
Siguieron caminando. Cada vez hacía más frío, pero nadie se quejó.
-Paimon se ha fijado antes, pero... No hay Fatui-comentó Paimon.
-¿Es cosa tuya?-le preguntó Lumine.
-No iba a dejar que nos molestaran.
Lumine puso los ojos en blanco, pero esbozó una pequeña sonrisa.
-Ahora que lo dices...-empezó a decir Albedo-Tampoco hemos visto Hilichurls. Y eso sí que es raro.
-¿Por qué es raro?-preguntó Klee.
-Porque los Hilichurls siguen ciertos patrones que los hacen predecibles-contestó Mona por él-Se agrupan, se interponen en senderos para cortar el paso a aventureros, o se reúnen en torno a hogueras o campamentos que ellos mismos construyen.
-Exacto-coincidió Albedo-Y los Hilichurls de esta zona son inmunes al frío. No es probable que se hayan desviado para guarecerse del frío, y de la posible ventisca que parece que va a acontecer más pronto que tarde-Albedo hizo una pausa-Tampoco hemos visto... Flores.
Tartaglia se preguntó qué tendría de especial no ver flores en un terreno escarpado y con temperaturas ínfimas.
Pero no se atrevió a preguntar, y mucho menos hacer una broma al respecto al ver la cara de Albedo y, sobre todo, la de Lumine. Parecía que ahí había un contexto que él no tenía.
-Oh no...-musitó entonces Klee.
Llegaron a lo que parecía ser un campamento, pero estaba destrozado, y a juzgar por cómo estaban volcadas y rotas las cosas, no parecía haber sido cosa del tiempo.
-¿Dónde estamos?-preguntó Tartaglia.
-Mi campamento de investigación-respondió Albedo, mientras se adentraba en la zona, y hacía una ligera mueca de disgusto al ver el estropicio.
-No creo que aquí se pueda investigar nada-dijo Mona.
-Eso es porque han arrasado el campamento-dijo Albedo, que no paraba de dar vueltas por el sitio, mirando concienzudamente a todo.
-¿No ha sido el viento?-preguntó Paimon-Porque cada vez es más fuerte.
Si bien es cierto que Paimon tenía razón con que cada vez el viento era más aciago, no podía haber causado aquello.
Albedo negó con la cabeza.
-Algo o alguien ha irrumpido aquí-dijo con convicción, a pesar de que apenas parecía haber inflexión en su tono de voz-Y claramente buscaba algo.
-¿El qué?
-... No estoy seguro.
Aquello sonaba a mentira.
-Albedo-dijo entonces Lumine-Mira.
Aunque se había dirigido solo a Albedo, todos se congregaron alrededor de Lumine.
A sus pies había rastros de lo que parecía una hoguera. Una hoguera reciente. Y entre las cenizas, podían adivinarse trozos de papel, combados y quemados.
Albedo se agachó y cogió los trozos menos dañados.
Se incorporó y se los quedó mirando, largo y tendido, hasta terminar de destrozarlos con las manos y dejar que aquellas cenizas se unieran al resto en el suelo.
-Parte de mi investigación-dijo, mientras se sacudía las manos de herrumbre, a pesar de que llevaba guantes-Informes e hipótesis que he hecho durante mucho tiempo sobre este lugar-adoptó una pose pensativa-Entendería casi más que quisieran robarlos, pero no destruirlos.
-¿Alguien que estuviera en contra de ellos, quizás?
Albedo sacudió la cabeza, pero no dijo nada más.
-¿Está relacionado con la carta?-preguntó Lumine.
-Es probable... Estuve aquí hace poco, y todo estaba en orden-dijo Albedo-Y en cambio, ahora...
-No te preocupes, Albedo. Klee te ayudará a limpiar-se ofreció Klee.
Una leve sonrisa, dedicaba solo para su hermana pequeña.
-Gracias, Klee.
-¿Y qué hacemos ahora?-preguntó Paimon-¿A dónde vamos?
-Hacia la cima-contestó Mona.
-¿Y eso por qué?-preguntó Tartaglia-¿Has visto algo en tus predicciones?
-No, no exactamente, pero... Es más como una corazonada.
-Está bien-asintió Lumine-He aprendido que hay que saber fiarse del instinto de cada uno, así que, vayamos a la cima.
Nadie discutió, si bien a Klee le dio pena dejar el campamento de Albedo en ese estado.
El terreno era escarpado e inclinado, peligroso por lo resbaladizo que se volvía por la nieve pisoteada convertida en hielo.
La montaña estaba desprovista tanto de monstruos como de humanos, y a juzgar por lo que habían dicho los demás, Tartaglia supo que eso no era lo habitual.
Lumine se puso a su lado. ¿O fue él el que se puso al lado de ella? Tanto daba.
-¿Es como tu hogar?-le preguntó.
-¿Cómo Morepesok? En parte, sí.
Lumine tembló a su lado.
-¿Estás bien?-preguntó él esta vez.
-Sí, tranquilo.
-¿Tienes frío?
-No. Gracias al abrigo que alguien tuvo a bien regalarme-sonrió-No, es más como... Un presentimiento.
-No tiene pinta de ser un presentimiento bueno-comentó él.
-He vivido muchas experiencias a lo largo de mi vida-dijo Lumine, mientras se apretujaba en su propio abrigo; una voluta de vaho salió de sus labios-Y sé que algo malo va a suceder, si no está sucediendo ya.
-Vamos, Lumine, no seas tan agorera-quiso quitarle hierro al asunto, pero Tartaglia sabía a qué se refería. Él también tenía una sensación extraña.
-¿No lo notas?-preguntó ella.
-¿Que alguien parece estar observándonos desde que hemos puesto un pie en esta montaña? Sí, claro que lo noto.
Y sin embargo, Tartaglia no percibía nada de vida más allá de su grupo improvisado.
Otro escalofrío recorrió a Lumine.
-¿Quieres que comparta mi calor corporal contigo, Lumine?-dijo con sorna Tartaglia.
Lumine puso los ojos en blanco.
-Estoy bien, gracias, Childe-dijo, puntualizando las palabras.
-Vamos, por lo menos, podríamos tomarnos de la mano...
El resto de la frase se le escapó de la garganta cuando una fuerte corriente de viento le golpeó. Los copos de nieve que caían, ahora impulsados con gran fuerza, eran como pequeños pinchazos en su piel.
-¿¡Qué pasa!?-gritó Paimon.
-Una ventisca-respondió Mona, que se agarraba con fuerza su sombrero.
-No es una ventisca normal-dijo Albedo, que sujetaba a Klee contra su cintura, porque parecía que la niña iba a salir volando en cualquier momento.
-Cierto-coincidió Lumine-Las ventiscas tardan tiempo en gestarse. Y por mucho que hubiera nubes y estuviera nevando, no se forman de repente.
-Una ventisca antinatural-dijo Tartaglia.
-¿Creada?-preguntó Lumine.
-Es lo más probable-contestó Mona.
-¿Por quién?-preguntó Paimon, que se intentaba refugiar en el abrigo de Lumine.
-Es lo que deberíamos averiguar-constató Albedo-Hay que seguir avanzando para salir de la ventisca o destruir lo que la provoca. Permanezcamos juntos.
Por toda respuesta, todos asintieron. Klee se apretó más contra el lado de Albedo.
-¿Me darías ahora la mano?-preguntó Tartaglia a Lumine.
-Childe. El peligro acecha. Necesito movilidad y ambas manos disponibles.
Tartaglia se encogió de hombros.
-Sabía que dirías eso.
-Entonces, ¿por qué Childe pregunta si Childe ya sabía la respuesta de Lumine?-inquirió Paimon.
-No entiendes la gracia de estas cosas, Paimon, así que mejor no te metas...
-Ugh-Paimon salió de su resguardo y fue a la cabeza de Tartaglia, y empezó a tirarle del pelo.
-Auch. Vale, vale. Me gusta flirtear con ella, ¿qué tiene de malo? Y ahora, haz el favor de dejar de tirarme del pelo.
Paimon le soltó y soltó un ruidito indignado, mientras volvía al lado de Lumime y se agarraba a su abrigo, intentando evitar que la corriente de aire de la ventisca la hiciera salir volando.
Según avanzaban, más costaba hacerlo, y la visibilidad a esas alturas era prácticamente nula; no podían casi ni ver más allá de sus pies.
-Cada vez hace más frío...-escuchó Tartaglia decir a Mona.
Mona era una silueta situada un poco más adelante. Veía su contorno, pero la nieve le impedía verla con claridad.
-Bueno, con esa ropa, no me extraña-no pudo evitar comentar Tartaglia.
Por toda respuesta, Mona se adelantó un poco más y se acercó a Albedo y Klee.
-¿Es que no puedes dejar de molestar a la gente?-le preguntó Lumine.
-Soy físicamente incapaz de hacerlo. Es demasiado divertido.
Lumine puso los ojos en blanco.
-Por eso Childe no tiene amigos-dijo Paimon.
-Disculpa-replicó Tartaglia, un poquito ofendido-Claro que tengo...
-Silencio-ordenó Lumine, al mismo tiempo que se detenía.
Tartaglia y Paimon la imitaron.
-¿Qué ocurre?-preguntó nerviosa Paimon.
-No os detengáis. Podríamos acabar separados-dijo Mona desde delante de ellos.
-Albedo...-dijo Klee.
Ellos también se detuvieron.
El sonido de la tormenta enmudecía cualquier otro sonido. Ellos tenían prácticamente que gritar para hacerse escuchar los unos a los otros, a menos que estuvieran muy cerca.
Tartaglia lo sentía más que oírlo o verlo.
Había algo escondido entre la ventisca, acechándolos. No podía saber si eran varios o uno, ni si se trataba de personas o no.
-Juntémonos más-dijo entonces Lumine-No les dejemos huecos donde puedan atacarnos.
Formaron un círculo entre todos, espalda contra espalda, pero sin llegar a tocarse.
Tartaglia invocó su arco, aunque dada la nula visibilidad, se preguntó si serviría de algo. Casi prefería que el enemigo se acercara, así no habría forma de fallar y le ensartaría sin problemas.
Lumine sacó los brazos de debajo del abrigo, para mayor movilidad, e invocó su espada.
-¿Veis algo?-preguntó aun así en voz alta.
-No-respondió Mona; también tenía un arma en sus manos. Así que era usuaria de catalizador. Tartaglia tenía curiosidad por ver cómo peleaba, ya que se había fijado en que tenía el mismo tipo de Visión que él-Pero hay algo ahí.
-Klee tiene miedo...-le pareció escuchar decir a Klee.
-Tranquila-le dijo Albedo.
-Pero... No se ve nada. Y hace frío. ¿Puede Klee usar su poder?
-No, todavía no sabemos...
Algo impactó contra Lumine.
Tartaglia no lo vio, ni siquiera lo presintió o escuchó, pero sí que escuchó a Lumine quejarse, mientras forcejeaba con algo y se salía de la formación.
Paimon gritó.
-¡Suelta a Lumine!-gritó su eterna compañera.
Algo se había agarrado al brazo de Lumine.
Debido a la corta distancia y poca visibilidad, no quería usar el arco porque seguramente acabaría hiriendo a Lumine también.
-¡Lumine!-exclamó Mona, mientras agua envolvió el brazo de Lumine.
Eso pareció darle cierta ventaja a Lumine, que se arrancó el objeto extraño del brazo, y lo ensartó después con su espada, cayendo sobre la nieve con un golpe sordo. No sangraba.
-¿Estás bien?-le preguntó Tartaglia al llegar a su lado.
-Sí-jadeó ella-Se me ha enganchado. Solo ha sido un corte...-se miró el brazo; frunció el ceño-Más bien, casi parece un mordisco.
-¿Qué ha sido lo que ha atacado?-preguntó Mona, que llegó a su lado junto a los demás.
Todos miraron al suelo.
-... ¿Una planta? O una flor muy rara…-dijo Klee, sonando confusa.
Tartaglia tampoco lo entendía.
No parecía una flor normal, desde luego... ¿Era una de aquellas flores monstruo? Pero el rictus que tenía Lumine en la cara decía que ella parecía saber algo más... Y Albedo, cuyas expresiones faciales solían ser comedidas (por lo menos era lo que había visto Tartaglia desde que le había conocido hacía unas horas), parecía totalmente turbado.
-¿Está muerta?-preguntó Paimon.
-¿Estaba realmente viva antes?-preguntó a su vez Mona.
-Sí, ¡porque estaba haciendo daño a Lumine!
Tartaglia volvió a mirar a Lumine. No parecía molestarla el dolor, pero la herida del brazo parecía bastante aparatosa.
-Lumine...-empezó a decir Tartaglia, que iba a ofrecerse a curarle la herida, pero se le adelantaron.
-Déjame ver eso-le interrumpió Mona.
Lumine extendió el brazo sin rechistar, con la mirada aún puesta en la flor a sus pies, que empezaba a desaparecer poco a poco bajo la nieve que aún seguía cayendo.
Agua rodeó el brazo de Lumine, que tiritó un poco, pero no dio muestras de dolor. Para cuando Mona se apartó, la herida ya no sangraba y estaba prácticamente cerrada.
-¡Increíble! Eres increíble, Mona-exclamó Klee, cuyo humor mejoró al ver que el peligro inminente había cesado y que ya nadie estaba herido.
-El agua tiene propiedades medicinales, si se sabe cómo usarla, y más si es debido a una Visión-dijo Mona, como queriendo quitarse mérito, pero se veía claramente que la gustaba que Klee la adulara.
-Cierto. Conozco a otros portadores de Visión Hydro con propiedades curativas-dijo Lumine-Gracias, Mona.
-No ha sido nada. Pero hay que seguir alerta, y no deberíamos detenernos si hay más cosas ocultas por ahí que... ¿Dónde está Albedo?-se interrumpió ella misma al darse cuenta de la ausencia del alquimista.
-Aquí-dijo una voz por encima de sus cabezas.
Alzaron la vista.
Albedo estaba de pie sobre lo que parecía una plataforma con forma de... ¿Flor? ¿Qué pasaba allí con las flores?
-¿Qué es eso?-no pudo evitar preguntar Tartaglia.
-Es una de las habilidades elementales de Albedo-le dijo Paimon, que estaba a su lado.
-¿Has visto algo?-preguntó Lumine cuando Albedo bajó junto a los demás.
-No. La tormenta opaca todo.
-¿Y la flor?-dijo entonces Klee.
Todos miraron al suelo. Solo se veía nieve, y sus pies medio enterrados por ella.
-Estará cubierta de nieve-dijo Paimon.
Tartaglia dio patadas en la nieve, levantándola (Mona se quejó de que la estaba mojando), pero solo se alzó nieve.
-No está. Por mucho que la nieve empezara a cubrirla, debería ser fácil de desenterrar. No ha pasado tanto tiempo.
El gesto serio que puso Tartaglia fue un reflejo del de los demás, excepto Klee y Paimon, que se mostraban más nerviosas que otra cosa.
-Albedo...-empezó a decir Lumine-¿Crees que...?
-Sí-respondió Albedo antes siquiera de que Lumine formulara su pregunta-Eso creo.
-¿Qué?-preguntó Paimon.
-Secundo la moción de Paimon-añadió Tartaglia.
-... Mi hermano-dijo Albedo, con un extraño tono de inflexión en la voz que Tartaglia no supo identificar. Pero por su rostro, parecía estar disgustado.
-¿Tu hermano nos ha tendido una trampa o algo por el estilo?-insistió Tartaglia, que aún no terminaba de entenderlo.
-Solo a mí. Y yo he sido lo suficientemente estúpido como para traer compañía-Albedo hizo una pausa, como meditando, para luego volver a dirigirse a todos-Será mejor que bajéis la montaña.
-¿Qué?-mostró su sorpresa Klee.
-No podemos dejarte solo-replicó Lumine, con voz más dura-No sabemos qué podría...
El resto de las palabras se le atascaron en la garganta cuando, de pronto, la ventisca cesó.
Súbitamente, dejó de correr el aire, dejó de nevar, y todo se quedó estático de una manera totalmente antinatural.
No se escuchaba nada, salvo sus respiraciones.
Tartaglia dio un paso al frente y agarró a Lumine del brazo, atrayéndola hacia sí.
-¿Qué haces...?
-Estamos cerca de un barranco.
Lumine se dio la vuelta y lo vio. Debido a la ventisca, no lo habían visto, y podrían haberse despeñado. Quizás esa fuera la intención.
Lumine exhaló.
-Gracias.
-Ten cuidado, por favor-dijo Tartaglia, soltándola-Aunque, si estás en peligro, siempre iré en tu ayuda.
Lumine sonrió.
-Lo sé.
-Todo esto es muy raro...-comentó Paimon, que daba vueltas alrededor de sus cabezas.
-De pronto una ventisca, y de pronto... Esto-dijo Mona, como dándole la razón a Paimon.
-¿No viste algo más concreto en tu predicción, Mona?
-No. Ya os he dicho lo que vi. Era casi como si... Hubiera algún tipo de interferencia, o pasaran demasiadas cosas como para asimilarlas por separado. Había opuestos, como hielo y fuego. Y también... Usurpación. Delirio.
Lumine se tensó a su lado.
-¿Qué pasa?-le susurró Tartaglia.
Lumine miró fijamente a Albedo. Éste le devolvió la mirada.
-No debemos separarnos-volvió a decir Lumine-Y no nos perdamos de vista. Es posible que alguien intente hacerse pasar por uno de nosotros...
Entonces, una vez más, como saliendo de la nada, algo embistió contra ellos.
Esta vez, su capacidad de reacción fue mejor, repeliendo el primer ataque, pero también lo fue la del enemigo.
Decenas de plantas salieron de debajo de la nieve, como un pequeño ejército invernal.
-Klee, tú no ataques, ¿de acuerdo? Es peligroso-le dijo Albedo a su hermana-Solo usa tus poderes para protegerte, ¿de acuerdo?-insistió.
-Pero...
-Klee.
-Está bien... Pero tened cuidado.
-Paimon, quédate cerca de Klee-añadió Lumine.
Paimon se apresuró a obedecer.
Los demás avanzaron, con sus armas al descubierto. Tartaglia tenía curiosidad por saber qué clase de reacciones elementales provocarían entre ellos para destruir a los monstruos.
Al tensar el arco, Tartaglia entró en modo batalla: dejó que la bestia que clamaba por el fragor y la sangre de la batalla resurgiera, y no sintió miedo. Solo emoción y expectación por una buena lucha.
-¿Qué te parece si competimos, Lumine?
-¿Competir?
-Quien derrote a más flores, gana.
-¿Y el premio?
-Lo que quiera el ganador.
Lumine sonrió de medio lado.
-Lamentaras esas palabras.
A Tartaglia le avergonzaría admitir que aquellas palabras le ponían un poquito. Solo un poquito.
-Paimon, llévanos la cuenta.
-Ugh, ¿queréis tomaros esto en serio...?-se quejó Mona, mientras Paimon se negaba y Tartaglia le decía que era porque no sabía contar y Paimon aceptó por despecho.
Aquellas flores, monstruos o lo que fueran, eran objetivos relativamente sencillos. Sus colores las hacían destacar en la nieve blanca, y como ya no había ventisca, a menos que se ocultaran bajo esa misma nieve (ese tipo de ataque sorpresa era muy molesto), se las veía fácilmente, y era sencillo acertarlas. Además, no eran especialmente fuertes, pero sí escurridizas.
Tartaglia no estaba seguro de que, a pesar de ensartar, cortar y golpear, realmente las estuviera matando, pues no parecían disminuir en número. Eso no quitaba que siguiera contando a todas las que derribaba (no se fiaba de la vista de Paimon). Otra cosa molesta es que eran rápidas, por lo que tenía que centrarse mucho en ellas, y de no ser porque escuchaba a sus compañeros pelear, parecería que estuviera solo peleando, ya que si desviaba la vista solo un instante, se le echarían encima. Ya había pasado alguna vez, como le pasó a Lumine la primera vez. Se agarraban a tu cuerpo y no querían dejarte marchar.
Exhaló tras partir por la mitad con una de sus espadas de agua a otra flor, y se permitió un leve respiro porque ninguna más fue inmediatamente a por él.
-... ¿Estáis todos bien?-preguntó entonces Mona; se la escuchaba ligeramente sin aliento.
Tartaglia miró en derredor, y vio que no había más flores a la vista.
Todos ostentaban alguna que otra herida, pero nada grave. Curiosamente, Lumine y Albedo parecían los más exhaustos. Luego Tartaglia cayó en la cuenta de que eso se debía a que, aunque no se había fijado en un primer momento, las flores iban sobre todo a por ellos dos, aunque no veía la razón para ello.
-Creo que sí-suspiró Lumine.
-¿Qué eran esas cosas?-preguntó Klee, acercándose a ellos junto con Paimon al no haber ningún peligro inminente.
-... No dejéis que ninguna entre en demasiado contacto con vosotros-dijo entonces Albedo; todos le miraron, pero él seguía mirando en la distancia, oteando por si venían más, la espada aún en la mano.
-¿Por qué?-preguntó Paimon-Es verdad que esas cosas ponen los pelos de punta a Paimon, pero...
Albedo se giró para mirarles.
-Intentarán drenarte la vida. Para luego hacerse pasar por ti. Así es... Como sobreviven.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Tartaglia. Se preguntó a qué se debía. El miedo no era una emoción con la que estuviera íntimamente relacionado, no desde hacía años, por lo que no podía ser eso. ¿Tenía más frío porque partes del abrigo se le habían desgarrado? ¿O era algún tipo de presentimiento...?
-En tal caso, ahora que ha parado la ventisca, deberíamos continuar-dijo Mona, mientras intentaba quitarse nieve de la ropa; hizo un gesto de disgusto al mojarse más.
-Sí. Pero deberíamos mantenernos alerta...
Súbitamente, con un ligero zumbido, de la nieve salieron en tropel varias decenas de pequeñas flores.
Todos volvieron a ponerse en guardia.
Y comprobaron, con un asombro enfermizo, cómo éstas se congregaban y se fusionaban haciendo un extraño ruido, como de succión. Y pronto, ante ellos, se alzaba una gran flor, de varios metros de altura, que pareció lanzarles un siseo amenazante, claramente hostil.
-Esto cada vez se pone más divertido-comentó Tartaglia.
-No estará hablando en serio-dijo Mona.
-Por desgracia, puedo atestiguar que sí-dijo Lumine.
-¡Cuidado!-gritaron Paimon y Klee a la vez.
Extendió un tallo largo, a modo de látigo, a modo de brazo, poco importaba, y casi les dio de lleno.
A pesar de que había ganado tamaño, seguía teniendo buenos reflejos, aunque era considerablemente más lento.
Podría haber sido una ventaja para ellos, pero volvió a surgir una ventisca de la nada, entorpeciéndoles y haciéndoles más lentos en consecuencia, como si andar sobre varios centímetros de nieve y hielo no fuera suficiente.
Y para aburrimiento de Tartaglia y desgracia de loa demás, la batalla se estaba prolongando debido a esos factores, y la extenuación solo parecía hacer mella en ellos, y no en el monstruo.
-Hay que terminar pronto con esto-dijo Albedo.
-¿Klee debería ayudar?-gritó Klee a sus espaldas, haciéndose oír por encima del viento y la nieve.
-No-dijeron todos al unísono.
Nadie quería exponer a Klee al peligro. Además, ellos eran perfectamente capaces de encargarse de aquella cosa.
-Tendrá algún punto débil, digo yo-comentó Tartaglia.
-Sus tallos y raíces forman como una coraza a su alrededor-dijo Mona, con voz analítica-y pueden extenderse y abarcar una zona amplia y actuar como armas.
-Gracias por el análisis, pero buscaba algún tipo de comentario más retroactivo.
Mona frunció el ceño.
-Un núcleo-dijo entonces Lumine.
-¿Qué?-Tartaglia y Mona se giraron hacia ella.
-Tiene todo el sentido-asintió Albedo.
-¿Os importaría compartirlo con el resto de la clase?-dijo con mofa Tartaglia.
Albedo le miró con una expresión inescrutable. Fue Lumine la que habló.
-La mayoría de los monstruos grandes... Jefes, a los que me he enfrentado, tenían un centro, un núcleo. Suelen tener patrones de ataque y de defensa, pero en algún momento, tienen que dejar al descubierto ese núcleo, donde son vulnerables. Solo así pueden ser derrotados.
Tartaglia volvió a mirar al enemigo que se alzaba frente a ellos, a una distancia prudencial (sino, aquellos látigos les habrían alcanzado).
-¿Y dónde está? ¿En el centro?-quiso saber Tartaglia.
Mona sacudió la cabeza.
-Aunque lo llamemos núcleo, no tiene por qué estar en el centro del ser. Los humanos tenemos multitud de núcleos vulnerables, y no están en el considerado centro del cuerpo. Corazón. Pulmones. Cerebro. Cualquier órgano. Y eso sin contar con la esencia del alma...
-He dicho que no me importaría que se compartieran datos con la clase, no que se me diera una clase.
Mona volvió a fruncirle el ceño. A Tartaglia le recordaba un poco a Scara, y se dio cuenta de que le echaba un poco de menos.
Lumine puso los ojos en blanco.
-... A grandes rasgos, es una flor-intervino entonces Albedo, con la vista clavada en dicha flor-No tiene por qué seguir su misma estructura ya que... Es otra cosa. Aun así, no estaría de más probar a abrir su corola y llegar a lo más hondo del pistilo. Puede que el núcleo se considere el ovario, ya que es lo más protegido. Podríamos intentarlo.
Tartaglia no había entendido una sola palabra. Iba a hacer un comentario sarcástico al respecto, pero Lumine se le adelantó.
-Abrir sus pétalos y llegar a lo más hondo de su cavidad-miró a Tartaglia-Y destruir.
Tartaglia le dirigió una sonrisa.
-Suficientemente sencillo.
-Vamos, entonces.
Y volvieron a ponerse en movimiento.
Tartaglia no sabía mucho de flores, más allá de que eran bonitas y de que a su madre y Anthon les encantaba. Y que eran un buen regalo para mostrar aprecio. Y arrepentimiento. Allí había todo un lenguaje para interpretar, como cuando le dio a Lumine aquellas Inteyvat, pero esa no era la misión de Tartaglia ahora.
Lumine tenía razón. Había patrones de ataque, y para regocijo de ellos, a pesar del suelo inerte e inhóspito, la flor no se movía de donde parecía haber echado raíces.
La nieve y el viento seguía dificultando la visión, pero Tartaglia nunca había sido uno de analizar demasiado las batallas antes de meterse de cabeza a ellas. O durante.
Por eso fue el primero que se acercó lo suficiente como para causar daño, porque sus ataques a distancia no servían de mucho (sus flechas rebotaban, y el agua de Mona apenas lo mojaba).
Los pétalos de aquella flor eran grandes y robustos, y cuando cortó y arrancó algunos, tuvo la loca sensación de que aquel ser aullaba de dolor.
Fue un extraño sonido que le resonó en las entrañas a Tartaglia.
Vislumbró algo colorido y con cierto brillo tras los pétalos, al final de un tubo.
-¡Creo que veo algo!-gritó hacia los demás.
-¡Destrúyelo!-le devolvieron el grito; sonaba sospechosamente a Paimon.
Pero justo cuando iba a hacerlo, la flor se revolvió, sin moverse de sitio, pero sus largos tallos fueron hacia él y le golpearon, haciéndole retroceder.
Cayó y rodó sobre la nieve.
-¡Childe!-gritó Lumine.
-Estoy bien-dijo, mientras se incorporaba y se retiraba nieve de la cara y el pelo-¿Preocupada?-dijo con sorna.
-¿Por ti? No. Mala hierba nunca muere, ¿verdad?
-Casi no te veo, pero podría jurar que estás evitando reírte.
-¿Quién, yo?-su voz sonó rara.
-Sí, definitivamente, te estás riendo de mí...
-Solo contigo. Vamos, intentémoslo una vez más.
Tartaglia asintió.
-Coordinémonos-dijo Albedo, llegando a su lado junto con Mona-No parece que se vaya a mover de ahí, y por mucho que se muevan sus látigos, su radio de acción es limitado.
-Intentemos ir por varios flancos a la vez-añadió Mona-Una distracción... Y usar alguna reacción elemental. Somos dos usuarios de Visión Hydro. Y con este tiempo, quizás podamos congelarlo lo suficiente para darle el golpe de gracia.
-Me gusta cómo piensas-asintió Tartaglia-Sobre todo porque así puedo lucirme.
Mona miró a Lumine.
-¿Siempre es así?
-Te terminas acostumbrando.
-Bien. Es un buen plan. Uno que merece la pena intentar llevar a cabo, al menos-dijo Albedo, obviando el último intercambio de palabras-No dudéis. Yo os cubro las espaldas.
Tartaglia nunca había sido alguien de trabajar en equipo. Hasta ahora solo aceptaba luchar junto a Lumine (y contra ella), porque parecía bailar al mismo son de guerra que él en el campo de batalla.
Quizás podría añadir a Scara también. Era como un gato huraño la mayoría de las veces (tampoco le conocía tanto), pero luchar con él era divertido.
La combinación de equipo que tenían ahora era cuanto todo curiosa. Eran fundamentalmente un equipo ofensivo, pero la habilidad de escudo de Albedo era sumamente útil, y hacía que Tartaglia fuera menos cuidadoso al luchar, porque tenía más protección que de costumbre.
Tanto él como Mona se movieron por flancos opuestos al monstruo, esquivando y mojando y, por consiguiente, congelando los látigos que arremetían contra ellos.
Le debilitaron con más ataques a sus extremidades, y a la parte visible de las raíces. El círculo dorado que Albedo había puesto a sus pies también ayudaba.
-¡Ahora!
Lumine se alzó en la nieve, como un espíritu del invierno, y dejó caer su espada y su peso sobre la flor.
Los pétalos se quebraron, y el interior quedó al descubierto.
-¡Childe!
Tartaglia apuntó y varias flechas atravesaron el hueco que Lumine había abierto, pero no llegado a penetrar.
Otro extraño alarido. Resonaba como un eco más que escucharse como un sonido. Era como una sensación, como un escalofrío.
La flor se curvó sobre sí misma, y cayó lentamente al suelo, como un globo desinflado.
Y a su vez, como si aquello fuera su último aliento exhalado, la tormenta volvió a cesar.
-... ¿Está muerto?-preguntó Paimon.
-Visto que la ventisca ha amainado, diría que sí-contestó Mona.
-Entonces, ¿misión cumplida?-preguntó Klee, que miraba aún con algo de reticencia al monstruo derrotado.
-Parecía el causante de la ventisca, y tanto eso como su propia presencia eran un peligro en sí mismo para cualquiera que accediera a la montaña-aventuró Albedo-Pero, tengo una extraña sensación... No deberíamos dar por hecho que...
-¡Lumine!-un grito interrumpió a Albedo.
Fue Paimon que, como siempre, estaba cerca de Lumine y pendiente de ella, y fue la primera en verlo.
También Tartaglia. Pero en vez de su voz, lo primero que salió de su cuerpo fue moverse.
Del cadáver, si es que podía llamarse así, salió una flor pequeña, como la primera que vieron, y se abalanzó sobre Lumine.
Tartaglia reaccionó rápido, pero no lo suficiente.
Cortó el paso al monstruo, impidiendo que llegara a Lumine, pero él mismo no pudo detener el ataque.
La flor se estrelló contra su cuerpo, y de un fluido movimiento, se encaramó a su cara, y con sus látigos, penetró el ojo izquierdo de Tartaglia.
Un dolor inimaginable, como nunca antes pensó que sentiría, le recorrió el cuerpo de punta a punta.
Ni siquiera supo si gritó, pues solo había dolor.
Un insoportable dolor. Como si el cráneo se partiera por la mitad. Una, y otra, y otra vez. No sabía ni qué veía.
Y después, oscuridad.
Una profunda oscuridad que lo tragaba.
Y Tartaglia cayó.
Y cayó.
Y cayó.
...
Y después, estaba en Snezhnaya, camino al hogar de infancia, con la intención de presentar a Lumine a su familia.
... Aunque no recordaba cómo había llegado allí.
Algo no encajaba, ¿verdad...?
*. *. *
Lumine nunca había escuchado a Childe gritar de aquella forma. Aquel grito, caso inhumano, reverberó por todo su cuerpo, como si Lumine estuviera vacía, como si aquel alarido de dolor se hubiera formado en sus propios pulmones, como si fuera su pecho el que se contrajera, como si fueran sus cuerdas vocales las que se desgarraban.
Un miedo primitivo, como hacía mucho que no sentía, permeó el cuerpo de Lumine como la nieve que caía desde el cielo.
Pensó en Aether. En cómo le había perdido. En cómo de vulnerable se había sentido Lumine en aquel momento.
Parecía un reflejo, todavía más espeluznante, de aquella situación, de aquel terror visceral que hacía que las náuseas se apoderaran de Lumine.
Cuando aquella flor se clavó en el ojo izquierdo de Childe, el grito duró apenas unos segundos. Ensordeció cualquier otro sonido. Y después, un silencio sepulcral.
El cuerpo tenso por el dolor de Childe se relajó, y las manos que habían ido a su cabeza, cayeron sin fuerza a sus costados.
Lumine tragó saliva.
-¿Childe...?-apenas un susurro; tenía la garganta cerrada de la aprehensión.
-¿Qué le ha pasado a Childe?-preguntó nerviosa Paimon, con un tono de voz demasiado bajo para ella, como si también a Paimon le preocupara romper aquella quietud antinatural.
-Esa cosa...-murmuró Mona.
-Da miedo-musitó Klee.
-Hay que quitársela. Ya. O se apoderará de él, y le sustituirá-apremió Albedo.
Pero cuando fueron a dar un paso al frente, Childe alzó la mirada hacia ellos. A Lumine se le contrajo también el estómago.
Le recordó un poco a Chizuru, en Inazuma, solo que mucho más grotesco.
Lo peor de todo es que la flor era preciosa. O lo sería, si no estuviera ocupando la cuenca ocular de Childe.
Este les miró con su ojo descubierto, demasiado abierto, demasiado nervioso.
-Lumine-dijo entonces Childe, en apenas un murmullo, como el arrullo del agua, sosegado. Sonrió. Otro escalofrío recorrió a Lumine-Ven aquí.
Era su voz. La voz de Childe. Pero, no sonaba cómo él. No podía ser él.
Lumine recordó, nauseabunda, aquella otra vez en que Childe había sido manipulado contra su voluntad. Había parecido una muñeca, un títere sin cuerdas. Silencioso, incapaz de sentir dolor. Pero en el fondo, había estado ahí, luchando contra esa manipulación.
No fue como aquella vez con Altro.
Ahora... Ahora Lumine no veía un solo vestigio de Childe, y eso la heló la sangre.
-Lumine-repitió él.
Lumine no se movió.
-No le escuches-la dijo Mona-Le están controlando.
-Hay que liberar a Childe-insistió Paimon.
Childe entrecerró el único ojo visible. Por debajo de la flor, goteaba sangre como si de savia se tratara, pero Childe no parecía siquiera consciente de ello. También le sangraba una fosa nasal, y los oídos.
No solo le controlaba, si no que le estaba destrozando por dentro.
Lumine no pensaba permitirlo. Pero...
-Childe-empezó a decir Lumine; notaba la boca seca. Carraspeó-Childe. Tenemos que quitarte esa cosa-dijo, pragmática, intentando sonar calmada-Te está controlando.
Childe la miró. En realidad, era la única a la que miraba.
Se llevó una mano al lado izquierdo de su cara. Tocó la protuberancia que salía de su ojo. Extendió la sangre por su rostro.
-Mm... ¿No te gusta mi nuevo aspecto, Lumine?
Lumine no respondió.
-¿Por qué no vienes conmigo?
Lumine no respondió, otra vez.
Entonces, Childe desvió la mirada por primera vez, viendo a los demás.
Paimon ahogó un chillido cuando la miró. Klee se escondió detrás de Albedo.
-¿Es por ellos?-dijo Childe-Por lo que no vienes a mi lado.
Lumine no tenía ni idea de en qué estaba pensando aquel Childe. Su aparente obsesión tranquila con ella. La flor había ido a por Lumine, antes que nadie, ¿acaso quería que se acercara para así apoderarse de ella también?
A Lumine eso no la importaba si con ello liberaba a Childe. Pero sería contraproducente. Lo más probable es que ella fuera la más poderosa de todos los allí reunidos; no podía ponerse del bando enemigo por propia voluntad.
-Childe. Quítatela de la cara-dijo con firmeza.
Childe pasó la lengua por su labio superior, donde goteaba sangre.
-No-respondió, categórico.
Entonces no les dejaba otra opción.
Lumine volvió a sacar su espada.
Mona y Albedo la imitaron.
-Pero, ¡es nuestro amigo!-exclamó angustiada Klee.
-Y por eso tenemos que salvarle-dijo Albedo, con un tono de voz mucho más serio del habitual-No puedo dejar que nadie sufra por mi culpa-murmuró, más bajo.
Lumine echó a correr, y sus otros dos amigos fueron tras ella.
Al verse amenazado, Childe invocó su arco, pero no se movió. Seguía manteniéndose tranquilo.
-Fuera-articuló.
Una rápida sucesión de sonidos fue realmente lo que alertó a Lumine, ya que el movimiento del arco al tensarse y destensarse fue más rápido que su vista.
Una flecha impactó en el sombrero de Mona, que quedó clavado sobre la nieve. Otra se hincó en un hombro y costado de Mona, lo que la hizo detenerse con un leve gruñido.
En una lluvia de dorado, Albedo desvió las flechas que habían sido dirigidas a él.
Pero entonces una fuerte corriente de agua le golpeó y le hizo retroceder rodando sobre la nieve. Después, un par de flechas se clavaron en su espalda.
Los pasos de Lumine vacilaron, al verles así, al escucharles quejarse de dolor, al escuchar gritar angustiadas a Paimon y Klee.
Pero Lumine se obligó a seguir adelante.
Childe no había lanzado ni un solo ataque contra ella.
Es más, aun a pesar del arco en una de sus manos, la sonrió cuando se dirigió hacia él, y abrió los brazos, como esperando que ella corriera hacia ellos y se refugiara en su abrazo.
Aquel no era Childe, y Lumine no debería olvidarlo.
Controló su fuerza y la velocidad del giro para no errar en su golpe, y dio un tajo donde debería estar el ojo de Childe. La flor sangró y Childe gritó como si él hubiera recibido el corte.
-Lumine...-dijo entre dientes-¿Por qué...?
Ahora chorreaba más sangre. Lumine agarró con fuerza la empuñadura de la espada.
-Devuélvemelo-exigió Lumine.
Childe la miró sin entender.
-Devuélveme a Childe.
Childe rio.
-No hay nada que devolver-dijo, con sorna-Estoy aquí. Eres tú la que se niega a venir a mi lado-dio un paso hacia ella-Soy tuyo, al igual que tú eres mía-exhaló, una nube de vapor besando sus labios al salir al exterior-Mía...
Lumine volvió a cargar contra él, pero esta vez, Childe sí se movió.
Bloqueó su ataque con el arco, y la hizo retroceder unos pasos, pasos que Lumine volvió a dar para arremeter contra él una vez más.
Childe esquivó una vez más. Sangraba. Reía. A Lumine la ponía enferma.
Consiguió darle algún golpe y cortes poco profundos, pero no donde ella quería, donde debía acertar. Así solo se cansaba y dañaba a Childe. Era frustrante.
Hizo una finta, esquivando un golpe cuerpo a cuerpo, y volvió a alzar la espada para dar un corte descendente.
El agarre de su mano falló y la espada cayó a la nieve.
Lumine se miró la mano. Una flecha le atravesaba la muñeca, causando que soltara el arma. Contuvo el aliento.
En vez de quitarse la flecha, fue a recoger su arma con la otra mano, pues tenía muy poco margen para reaccionar y decidir su próximo movimiento dada la rapidez y los reflejos del contrario.
No llegó a coger el arma. O más bien, sí que lo hizo, pero la embistieron y acabó en el suelo, y la espada se alejó de su alcance.
Se le cortó momentáneamente la respiración al notar el peso de Childe sobre ella.
Lumine tuvo el vago recuerdo de que algo así ya había pasado, y la asustaba comprobar qué pasaría esta vez.
Porque la última vez, cuando Childe había sido manipulado a través de su Engaño, a pesar de luchar contra Lumine, él había titubeado en ciertos ataques, e incluso cuando la apuñaló en el pecho, no llegó a perforarle nada vital. Porque, en el fondo, muy en el fondo, seguía siendo Childe.
Y Lumine comprobó con horror el ojo que la observaba desde arriba con algo parecido a la euforia, con una amplia sonrisa, con un "Mía" en sus labios, mientras cogía la espada de Lumine y la descendía con fuerza sobre su cabeza.
Lumine apenas tuvo unos segundos para evitar que la matara de un solo golpe.
Se movió lo suficiente en el suelo para que no la atravesara la frente con el acero, pero no para detener el ataque como tal.
Movió la cabeza y alzó una mano, más por instinto que por otra cosa, su mente tratando de proteger el cuerpo.
La espada le atravesó la palma, y con el impulso de la puñalada, la hoja descendió hacia el rostro de Lumine, hundiéndose en una de sus mejillas.
El dolor explotó en su cuerpo de la misma forma que lo hizo la sangre en su boca.
Saboreó esa misma sangre, y su lengua rozó el acero de su espada.
Con la otra mano agarró la espada, por la hoja, ya que no llegaba a la empuñadura, notando cómo se le clavaba en la piel y hacía sangrar su otra mano, aún con una flecha clavada en la muñeca.
Le hizo sacar la espada de su mano y su cara.
Lumine respiró sangre.
Había un enfermizo contraste en su cuerpo. El frío que se filtraba en su piel y su ropa a causa de la nieve, y el calor que le goteaba por la cara, la sangre que resbalaba hasta acabar en esa misma nieve.
Y cuando la espada volvió a descender sobre ella, esta vez Lumine fue lo suficientemente rápida para apartarse más.
La espada le hizo un tajo en el lateral de la cara, y le arrancó parte de la oreja junto con parte de su cabello, ya más oscuro que rubio debido a la sangre, cuando Lumine consiguió rodar lo justo para separarse y volver a ponerse de pie.
Childe la miraba extasiado. La flor palpitaba en su cara, y a Lumine le daba vueltas la cabeza, a causa del estrés, del frío, del dolor...
Inspiró hondo, o lo intentó.
No quería recurrir a sus poderes elementales, pero no la quedaba otra opción. Había dudado. No, no había dudado. No había peleado en serio porque no quería hacer verdadero daño a Childe, y en consecuencia casi acaba muerta.
Lumine invocó una ráfaga de aire, levantó nieve y cegó momentáneamente a su contrincante, y aprovechó para golpearle una pierna y hacerle perder el equilibrio. Golpeó su brazo, y la espada que era de Lumine volvió a acabar en manos de su dueña.
Childe le dio un puñetazo en la mejilla con la herida recién abierta y Lumine vio estrellas en su campo de visión. La espada cayó al suelo.
Dio un paso atrás, y al ver que iba a volver a arremeter contra ella, una vez más Lumine alzó las manos e invocó aire. Le empujaría hacia atrás, ganaría algo de distancia, y algunos segundos para pensar cómo proceder, si es que el dolor y la consecuente debilidad por la constante pérdida de sangre se lo permitía.
Como algo lejano, escuchaba voces gritando a su espalda, sus amigos preocupados por ella y queriendo ir a ayudarla.
Cuando Childe volvió a ir a por ella, Lumine le golpeó con fuerza con un ataque anemo.
Esta vez, fue lo suficientemente fuerte como para despegar los pies del suelo a Childe, y fuera empujado hacia atrás.
Pero había algo que Lumine no había calculado. Como una especie de broma cruel.
Justo tras Childe, se abría un barranco en la montaña, e impulsado por su ataque, Childe se precipitó por el borde.
No hubo ningún grito.
Lumine echó a correr y se dejó caer de rodillas en el borde, lo justo para ver cómo la sombra que se precipitaba caía y caía hasta un lago helado, rompía el hielo debido a la fuerza de la caída, y se sumergía en sus aguas.
El corazón de Lumine se detuvo.
Escuchó a Paimon gritar su nombre, junto con los demás.
Con una exhalación, Lumine se tiró montaña abajo.
*. *. *
El descenso fue una algarabía de sensaciones que obnubilaban sus sentidos.
El frío que atenazaba sus pulmones y los músculos de su cuerpo.
El dolor de las heridas abiertas, aún sangrantes.
El calor y las quemaduras por fricción al golpearse contra tierra y rocas.
La neblina de su mente debido a todo lo anterior, y un único objetivo que la impedía detenerse.
Llegar hasta Childe.
Por eso no se lo pensó dos veces cuando por fin llegó al lago helado, y al ver el agujero por donde había caído Childe, Lumine solo se permitió quitarse el abrigo (la flecha se le atascó por un momento, y al tirar, el abrigo cayó al suelo y la flecha se partió; no se dio el lujo de gritar de dolor), antes de zambullirse en el agua.
Si antes la costaba respirar por el frío, ahora dolía. Un dolor que se sumaba al de sus otras heridas.
A pesar de todo, se obligó a centrarse. No había pasado tanto tiempo desde que él cayó al agua. Todavía podía...
Nadó en el frío y la oscuridad, y cuando vio un bulto flotando, hundiéndose lentamente, Lumine se impulsó con un poco de poder anemo, hasta llegar hasta él y abrazarle.
Estaba inconsciente, y por lo tanto tragando agua. Un agua helada que Lumine estaba a punto de tragar porque se estaba quedando sin respiración.
Intentó tirar de él hacia arriba. Pesaba mucho. Forcejeó con el abrigo, una prenda grande que, mojada, solo agregaba peso.
Cuando consiguió soltarlo, Lumine agarró con más fuerza a Childe y se impulsó con los pies. Al no ser suficiente, se impulsó con el poder anemo.
Chocó contra el hielo de la superficie que actuaba como techo y el golpe la hizo abrir la boca y, en consecuencia, tragar agua.
Se estaba ahogado.
Palpó hielo, y cuando creía que sus pulmones explotarían, por falta de aire o por las invisibles cuchilladas del agua helada, que tendría que romper el hielo, encontró el agujero por el que ambos habían caído a distintos tiempos.
Cuando Lumine consiguió que las cabezas de ambos emergieran del agua, le dio la bienvenida un bofetón de viento y nieve. Una ventisca. Otra vez. Arreciaba otra vez.
Lumine no entendía nada, pero eso ahora era el menor de sus problemas.
Sus músculos y sus heridas se quejaron del esfuerzo que fue sacarlos a ambos del agua.
Y hasta que no consiguió arrastrar el cuerpo inconsciente de Childe hasta la orilla, lejos del agua y sin miedo a que el suelo venciera debido al peso, Lumine se permitió pensar, pero no suspirar de alivio.
Miró a Childe, tendido boca arriba sobre la nieve, inmóvil, empapado.
El agua había lavado la sangre de su rostro, pero la flor seguía ahí incrustada. No podía dejarla ahí.
Pero antes, necesitaba encontrar un refugio.
Le tocó la cara. Estaba helado.
Apoyó la oreja sobre su pecho. No se movía. No respiraba. El corazón no latía.
Lumine le abrió la boca y empezó a golpearle el pecho de una manera rítmica. O por lo menos es lo que esperaba estar haciendo, porque los ensordecedores latidos del corazón desbocado de Lumine, junto con la ventisca, la impedían contar rítmicamente en su cabeza. ¿Debía insuflarle aire en los pulmones? ¿Debería hacerlo ya o no? Habría que desalojar el agua primero...
Apretó fuerte, notando cómo le bajaba el pecho a Childe, y en un espasmo, Childe escupió agua.
Lumine le giró la cabeza para que vomitara esa agua en el suelo y no se ahogara.
Lumine apoyó una mano, sin presionar, sobre el esternón de él. Y esperó.
Cuando cesó de echar agua, con la respiración entrecortada, Lumine volvió a girarle el rostro para mirarle.
-Childe...
Su único ojo se entreabrió. Lumine se preguntó si la estaría viendo.
Cerró el ojo y no lo volvió a abrir, pero su pecho subía y bajaba, y se le regularizó la respiración. Volvía a estar inconsciente.
Lumine se atrevió entonces a soltar el aire que había estado conteniendo.
Había evitado el peligro más inminente. Ahora...
Miró a su alrededor.
Tenía que ponerse en marcha.
Recogió su abrigo, cubierto de nieve, lo sacudió, y se lo puso a Childe encima.
Lumime apretó los dientes mientras cogía a Childe en brazos. Seguía igual de frío.
No sabía hacia dónde ir, ni siquiera estaba segura de dónde estaba, en el frenesí de bajar a por él, pero la tormenta la impedía ver en la lejanía. Debía encontrar por lo menos un muro de roca que los parapetara del viento. Tenía que hacer que Childe (y ella misma) entrara en calor. Y arrancarle aquella maldita cosa.
Childe, más que pesado, era un amasijo de extremidades demasiado largas. Seguramente la punta de sus pies y sus manos rozaban el suelo, pero Lumine, por muy fuerte que fuera, estando o no herida, no había mucho que pudiera hacer en ese aspecto.
Caminó sin rumbo, alejándose del agua, en la dirección de la que creía que había venido.
Notaba que sus heridas seguían sangrando, las astillas de la flecha rota todavía desgarrando su muñeca, y tenía sus propias extremidades demasiado entumecidas por el frío, lo cual empezaba a ser preocupante.
Childe ni se inmutó.
Lumine se preguntó si es así como Childe se sintió cuando llevó a una moribunda Lumine en brazos hace tiempo en Liyue. Esperaba que no. Porque la sensación era nauseabundamente horrible.
Casi la da un infarto cuando escuchó una voz ininteligible, no muy lejos, debido a la ventisca. Después, una sombra entre la nieve. Y finalmente, una forma que se tiró contra ella. ¿Otra flor...?
-¡LUMINE!
Lumine suspiró.
-... Paimon. Creía que eras una de esas flores que iba a atacarme...
-¡Por supuesto que no! Paimon estaba tan preocupada por Lumine y Childe que... Paimon salió volando detrás de Lumine. Pero la ventisca volvió y...
Lumine asintió.
-Lumine, tus heridas...
-Estoy bien.
Mentira.
-Tengo... Necesito poner a Childe a salvo-jadeó Lumine.
Paimon, que hasta ahora lo había evitado, miró a los brazos de su amiga, donde reposaba Childe, inerte cual muñeco de trapo.
-¿Está... Childe está bien?-puso cara de asco al ver la flor.
-N-no lo sé-la voz la falló, pero no supo si se debía al frío o a la creciente incertidumbre que se abría paso por sus entrañas, como el dolor y la sangre que se abría paso a través de sus heridas abiertas. La boca le sabía a hierro.
-Hay que buscar un sitio donde resguardarse y poder curarle o algo... Y-yo... No sé si...
-¡De acuerdo! Paimon es una buena guía, ¡así que seguro que Paimon encuentra un buen sitio! Lumine solo tiene que estar tranquila y seguir a Paimon, ¿vale?
Respira, Lumine.
Esa voz en su cabeza sonaba demasiado como Aether.
Lumine inspiró. Espiró. Todo lo que el frío y las heridas la permitieron.
-Vale.
Y Lumine retomó el camino, siguiendo la figura de Paimon, que intentaba aparentar seguridad sobre lo que hacía a pesar de parecer estar tan perdida en la tormenta como Lumine.
Aun así, era un pequeño alivio tenerla a su lado.
Y contra todo pronóstico (Lumine debería tener un poco más de fe en su pequeña amiga), Paimon dio con una zona de la montaña que se hundía ligeramente hacia dentro, formando una cavidad que no terminaba de ser cueva, pues no tenía realmente profundidad como para serlo, pero lo justo como para hacerles de cúpula y protegerles de las inclemencias de la ventisca.
-Paimon realmente es una buena guía-se felicitó Paimon a sí misma.
Lumine depositó a Childe en el suelo con toda la delicadeza que pudo. Los brazos le protestaban aun cuando ya no soportaban peso.
Seguía empapada y helada, la ropa pegándosele al cuerpo, y Childe también.
Lumine invocó un corriente de aire, más suave, más amable, y los secó a ambos. A Paimon también.
A pesar de la ropa seca, el ambiente seguía siendo frío.
Lumine deseó poder usar más de un poder elemental a la vez, pero había entrado en consonancia con una estatua de Barbatos de camino a Espinadragón, aunque no es como si Geo, Electro o Dendro fueran a ser de mucha ayuda. Le vendría de perlas tener Pyro. Ojalá Klee estuviera ahí.
A lo mejor podía intentar hacer una hoguera a la vieja usanza... Pero no creía que fuera a funcionar, porque el ambiente no solo era frío, sino también húmedo.
A pesar de que ya no estaba bajo el agua, Lumine seguía sin ser capaz de respirar. Y no eran solo las heridas, se dio cuenta de que estaba hiperventilando. Porque estaba entrando en pánico.
Tragó saliva y se le cerró la garganta.
-¿Qué hacemos ahora...?-preguntó nerviosa Paimon, mirando en derredor-Hay que curar tus heridas, Lumine...
Espera.
Lumine miró a Paimon.
-Paimon. Saca la Relajatetera. Allí estaremos más a salvo, por lo menos del frío, y... Y seguro que allí podemos curarnos... Sí, eso es. Eso haremos-asintió, intentando convencerse a sí misma.
Paimon desvió la mirada al suelo, y casi parecía avergonzada.
-¿Paimon...?
-¡Paimon lo siente!-se disculpó-Pero... Paimon no puede acceder al inventario... Debe ser cosa de esta estúpida tormenta, que bloquea los poderes de Paimon-sacudió la cabeza-Paimon no puede sacar nada. Ni ayudar a curar a Lumine-sollozó-Pero, pero... ¡Lumine no tiene que preocuparse! Seguro que se nos ocurre algo. Paimon... ¡Paimon irá a buscar ayuda!
Lumine se la quedó mirando. Y tardó más de lo que sería normal para ella en darse cuenta de que Paimon ya había pensado en esa posibilidad, y había visto que no era viable, y se sentía inútil, y por eso estaba tan nerviosa. Y aun así, no había entrado en pánico.
Por norma general, Paimon era la que más se asustaba, la que primero se angustiaba y se ponía histérica cuando alguna situación se les iba de las manos durante sus aventuras. Por eso decía mucho que esa misma Paimon fuera la que se estaba intentando mostrar más calmada, y tranquilizar a Lumine. Lumine, que estaba a un solo paso de sufrir un ataque de pánico.
Tenía que sobreponerse. Tenía que...
Giró la cabeza hacia Childe. Seguía sin mostrar ningún signo de vitalidad, exceptuando el leve subir y bajar de su pecho, y ligeros temblores, debidos con toda seguridad al frío. O a la anemia por la cantidad de sangre que había perdido, como Lumine. Y eso sin contar con lo que tenía insertado en el ojo y que le estaba trastocando el cerebro...
Una mano, cálida, pequeña, tocó la mejilla de Lumine, aquella que no estaba herida. Paimon le giró la cabeza y la hizo mirarla.
-Lumine y Paimon y Childe y todos vamos a salir de esta-dijo Paimon con una convicción que realmente no le llegaba a los ojos, pero que hacía todo lo posible por que así fuera.
Lumine quería creerla.
-Así que... Así que Lumine tiene que cuidarse a sí misma y a Childe, mientras Paimon va a buscar ayuda.
La soltó, y flotó a la entrada de la cueva, donde la tormenta seguía arreciando.
Era una locura que saliera ahí fuera sin ninguna clase de plan. Por muy buena guía que fuera...
-Paimon, es una locura-expresó en voz alta Lumine, y por el gesto que puso su amiga, Paimon pensaba lo mismo, y aun así...
-Paimon lo sabe, pero Paimon también sabe que Childe y Lumine necesitan ayuda. Por eso, Paimon irá a buscar ayuda.
Flotó hasta Lumine, la dio un fuerte abrazo a modo de despedida, y antes de que Lumine le quitara la idea de que no lo hiciera, Paimon se perdió entre la nieve.
Lumine se dijo (se quiso convencer) que Paimon no solo iba a estar bien, sino que verdaderamente vendría con ayuda.
Lumine miró a sus pies, donde Childe estaba tendido.
Se dejó caer de rodillas a su lado.
Se miró la muñeca, donde la flecha rota seguía clavada. Le había desgarrado los músculos, y no era capaz de mover bien los dedos.
Lumine intentó inspirar hondo una vez más, y se extrajo la flecha de un solo movimiento. Gruñó ante el dolor.
Recordó cuando Childe la ayudó a quitarse una flecha que un enemigo la había clavado. Esta vez, no solo era incapaz de ayudarla, sino que había sido él mismo quien se la había clavado.
Era mejor no pensar en eso.
Lumine no era como Jean, ni como ninguno de sus otros amigos con habilidades curativas tuvieran la Visión que tuvieran, pero antes, cuando Lumine tenía sus poderes originales, era capaz de hacerlo. Lumine había curado heridas a Aether, y él le había curado las suyas en multitud de ocasiones.
La añoranza por su hermano en aquella situación fue como un nuevo corte en su cuerpo.
Deseaba que Aether estuviera allí. Que la ayudara. Que ayudara a Childe.
Pero Aether no estaba, y Lumine se prometió a sí misma que le encontraría y que, mientras tanto, no se rendiría, que afrontaría las cosas solas. Y si éstas se ponían feas, se dijo que estaba bien pedir ayuda. Y por eso esperaría. Pero también había cosas que solo ella podía hacer en aquel momento.
Concentró poder en sus manos, y consiguió cerrar la herida que tenía en la palma de una de ellas, que luego llevó a la muñeca herida, y consiguió que dejara de sangrar. Hizo lo mismo con su cara. Y su oreja, aunque no podía regenerar el trozo de carne arrancada.
Notaba la piel palpitante. Seguía doliendo, pero por lo menos ahora no tenía que preocuparse de desangrarse (era un milagro que no hubiera perdido el conocimiento con toda la sangre que seguramente había perdido) ni que se le infectaran las heridas.
Entonces, dirigió su atención a Childe.
Tocó la flor. Estaba fría y húmeda al tacto. Como papel mojado. Dos pequeños tallos intentaron agarrarse entre los dedos y la muñeca de Lumine.
Puede que fuera peor retirarla. Pero puede que Lumine fuera capaz de evitar que Childe se desangrara; y no podía seguir dejando que esa cosa se alimentara de él. ¿Y si le estaba provocando mayor daño cerebral cuanto más tiempo lo tuviera incrustado? Y Lumine no quería siquiera pensar en el ojo.
Podía hacerlo. No dejaría que su cerebro ni su cuerpo entraran en shock. No dejaría que se desangrara.
La ayuda podía llegar en cuestión de minutos o en horas y días, y Childe no tenía ese tiempo. Ni Lumine.
Agarró con fuerza la flor y tiró.
Ésta se resistió. Childe no se movió.
Con un sonido pegajoso que le revolvió el estómago a Lumine, consiguió despegar al monstruo de la cara de Childe.
Tiró la flor al suelo, lejos. No apartó la vista. Se retorcía, y hasta parecía chillar, aunque bien podría haber sido el viento.
Y solo cuando, instantes después, la flor se desintegró hasta no quedar nada, Lumine realmente supo que aquella cosa, por fin, se había ido.
El lado izquierdo del rostro de Childe era un desastre.
La flor, a pesar de haber sido quien le había causado la herida, había estado taponando esa misma herida, y parte de la sangre se había coagulado.
Con tanta sangre era difícil de ver, pero Lumine no vio ojo alguno. Le sobrevino una arcada.
Apoyó las manos en la carne viva; Childe apenas se removió un poco, todavía inconsciente, ajeno al dolor.
Lumine concentró su poder y empezó a curarle.
Solo se detuvo cuando estuvo a punto de desmayarse por quedarse casi sin fuerzas por transmitírsela toda a Childe para que volviera con ella.
Le limpió la cara. La herida se había cerrado, pero no podía estar en contacto con aquel ambiente inhóspito.
Lumine cortó un trozo del abrigo y cubrió el lado izquierdo de la cara de Childe, que seguía sin abrir su ojo bueno.
Le curó todas las heridas que le pudo encontrar, fueran pequeñas o grandes, porque Lumine necesitaba que se recuperara. Necesitaba que volviera a abrir los ojos y la mirara. Que volviera a estar a su lado.
-Childe-le llamó-Childe.
Pero él no respondía.
Lumine le zarandeó, notando lo frío que seguía, lo inmóvil que seguía.
-Despierta, por favor-su voz le sonaba extraña, demasiado vulnerable, demasiado rota-Por favor.
Le acarició el rostro.
-Ajax... Vuelve. Vuelve conmigo.
Era una súplica inútil, lo sabía. Era inútil suplicar a un moribundo.
Parecía una broma cruel del destino, una que no podían obviar por mucho que quisieran, por mucho que lo hubieran intentado, que les decía que no podían estar juntos. Que no estaban hechos el uno para el otro. Porque lo único que conseguían estando juntos era encaminar al otro al desastre. Siempre que estaban juntos, acontecía una calamidad.
Lumine se negaba a que su destino fuera ese.
Por eso, mientras el pecho de Childe siguiera subiendo y bajando, mientras Lumine aún tuviera huesos, carne y sangre bajo su piel, no dejaría de intentar traerle de vuelta.
Aun si su cuerpo terminaba quebrándose.
*. *. *
Albedo no era muy dado a todo aquello que no tenía una base científica.
Pero incluso él, con el raciocinio como modo de vida, tuvo un presentimiento nefasto.
Una sensación que le decía que todo iba a acabar mal, tal y como Mona, con la ciencia de la que ella era experta, o estaba en camino de ser, había predicho.
Y aquella sensación solo se acentuó cuando vio a Lumine tirarse montaña abajo tras Childe.
Instantes después, una nueva ventisca empezó a arreciar.
Aquella montaña, que había sido como un segundo hogar para él, no hacía más que mandarle mensajes de alarma. Le decía que se marchara de allí.
Y aunque sabía que necesitaba llegar al fondo de este asunto, pues caminaba por los restos de sus predecesores, habría abandonado aquel lugar en ese mismo instante por Klee. Por poner a salvo a Klee. Nunca se lo perdonaría si algo le pasaba a Klee. Y Alice tampoco se lo perdonaría.
Pero no podía simplemente irse, no con Lumine ahora perdida en la tormenta, junto con su otro compañero, no con Klee gritando el nombre de Lumine, no con Paimon yendo tras ella sin pensar.
Albedo se quedó mirando el sitio por el que habían descendido. No veía nada.
-La flor gigante se ha desintegrado-dijo entonces Mona, intentando curarse las heridas-Y ha empezado una nueva tormenta de nieve.
La flor no era la causante de la tormenta, entonces.
-Lumine y nuestros amigos...-dijo angustiada Klee.
-Hay que ir tras ellos-dijo Mona, intentando mantener la calma, señalando con la cabeza hacia el precipicio-No sabemos qué...
Albedo no llegó a terminar de escuchar la frase. Una fuerte corriente de viento helado les golpeó.
Se giró para mirar a Mona, pero ya no la veía a través de la tormenta. Ni la oía.
Una alarma empezó a sonar en la cabeza de Albedo.
-Klee.
Giró en redondo. Nada. Solo nieve, viento y un sonido ensordecedor.
-¿Klee?-empezó a andar en la dirección que recordaba que estaba antes, pero no había nadie-¡Klee!
Arcontes, si algo le pasaba a Klee...
Tenía que encontrar a Klee... Antes de que él la encontrara...
-Si algo le pasara a esa niña, sería completamente tu culpa, ¿verdad?-resonó una voz que, a pesar del tono calmado y con mofa, se hacía oír por encima de la tormenta sin necesidad de alzar la voz.
El causante de todo esto.
Albedo se detuvo. No sabía hacia dónde mirar, pues la voz había sonado desde todas y ninguna parte.
-¿Es necesario que te escondas tras la ventisca que tú mismo has provocado?-cuestionó Albedo, sonando también calmado, aunque notaba el corazón desbocado ante la incertidumbre por sus amigos y, sobre todo, por su hermana pequeña.
Ante aquellas palabras, la ventisca cesó nuevamente, como con un interruptor.
Albedo solo veía blanco. No veía árboles, rocas, ni a Klee o Mona, a pesar de que habían estado a escasos pasos de él hasta hacía unos momentos.
Frente a él, sin embargo, se alzaba su remordimiento con una forma física idéntica a la suya. Salvo por la falta de estrella en la garganta.
-No-respondió su voz-Pero me sirve para hacer que los demás no nos molesten.
Albedo miró su reflejo, y solo podía sentir culpa, porque creía que en parte él mismo le había fallado.
El experimento fallido de su Maestra, de su madre... La madre de ambos.
Aquel sujeto número dos podría haber sido Albedo, y gracias a él, Albedo era considerado...
-El sujeto perfecto-dijo número dos (no sabía ni cómo llamarle; quizás debería llamarle como a él)-No pareces sorprendido, pero sí algo distraído. ¿Preocupado por tus amigos?
-... Fuiste tú quien me envió la carta, ¿verdad? Y quien quemó mis investigaciones.
Albedo había tenido sus sospechas, porque no parecía una carta escrita por Alice, y le había llegado a través de un aventurero de Espinadragón en vez de desde la sede de los Caballeros de Favonius.
Y, ¿quién sino él iba a querer destruir todos sus escritos sobre aquella montaña que no era sino una tumba? A lo mejor se creía que los había escrito para reírse de él, para humillarle. Nada más lejos de la realidad.
Albedo solo quería... Expiación. Y comprensión.
En tal caso, parecía una trampa, y Albedo estaba dispuesto a caer en ella. Pero no esperaba haber arrastrado a tanta gente con él... Debería haber sido más prudente.
-Tu tiempo entre los humanos te ha vuelto más descuidado-comentó Dos, casi como si le leyera la mente-O quizás simplemente un insensato. Aun así, escribí la carta porque sabía que tu curiosidad te traería aquí.
-¿Qué quieres?-inquirió Albedo, con tono tranquilo.
-Lo que siempre he querido. Y creo que es justo, ¿no crees tú? ¿Por qué ibas a tenerlo todo tú, una vida de verdad, como si fueras humano, mientras esperabais, madre y tú, que me pudriera en el estómago de un dragón? ¿En una montaña helada?
Había resentimiento en su voz y sí, tenía razón, Albedo pensaba que era justo que se sintiera así. Es probable que él sintiera lo mismo estando en su situación.
Y también había hostilidad en su voz.
-¿Dónde están los demás?-quiso saber Albedo.
-Tantas preguntas, y sin embargo no parece que quieras hablar conmigo. Me siento ofendido.
Albedo tenía deudas que pagar con él, pero ahora mismo, tenía otras prioridades. Como encontrar a Klee y a los demás.
Albedo invocó su espada.
Dos desenvainó una también.
-Oh, mira, yo también tengo una espada.
-No te burles de mí-le dijo Albedo.
-No lo hago. ¿Tú lo interpretas así?
Albedo apretó los labios.
-Si yo soy tu objetivo, deja en paz a mis amigos.
-Amigos... Hmp, amigos-repitió despectivamente-No los necesitas. O más bien, no los mereces.
-¿Y tú sí?
Dos sonrió.
-¿Los considerarías amigos si ni siquiera son capaces de diferenciarte? Ese es tu problema, Albedo-la forma en que pronunció su nombre hizo tensarse inconscientemente a Albedo-Has vivido tanto tiempo entre humanos, que te crees uno. ¿Quién te ha dado el derecho?-escupió con rencor.
-... Tú también podrías-dijo Albedo, diplomático-Vivir más allá de esta montaña. Pero no si sigues haciendo daño a todo el mundo.
-Oh, ¿hablas de mis pequeñas amigas? Yo también puedo crear cosas. Esas flores solo buscan su lugar en el mundo. Y como yo, aspiran a ser algo más...
-¿Humanos?
-Dices que os han hecho daño, pero solo buscan compartir su mísera vida con los demás.
-Han mutilado y controlado a uno de mis compañeros.
-Si tanta pena sientes por él, una flor puede ocupar su lugar. Yo puedo ocupar su lugar.
-Creía que querías sustituirme y robarme la vida a mí.
-Muy cierto. Pero primero, quiero verte sufrir.
Sin previo aviso, Dos embistió contra él. Albedo apenas tuvo tiempo de reaccionar para detener el golpe con su espada. Los pies se le hundieron más en la nieve.
Albedo quería seguir hablando con él. Quería entenderle. Y a su vez, que él entendiera a Albedo.
Pero lo único que hacía aquel ser sin verdadero nombre era antagonizarle.
Había descubierto que podía hacer más daño a Albedo yendo a por sus amigos, a por su familia.
-Para-dijo Albedo, haciendo una finta y retrocediendo-No quiero pelear contigo.
-Otra cosa en la que no estamos de acuerdo.
Dos volvió a cargar contra él.
Se movía como Albedo. Eso hacía que pudiera prever sus movimientos, pero que resultara inútil huir de él.
Sin embargo, había una fuerza que movía a Dos con más ímpetu. Ese resentimiento, esa cólera, esa envidia...
Albedo sabía que los sentimientos y emociones fuertes fortalecían el espíritu y el cuerpo, lo había visto, había visto a personas ir más allá de sus límites por aquello que creían o querían proteger.
Pero aquellos sentimientos y emociones no tenían por qué ser positivos, comprobó.
Dos podía ser letal, y la fuerza y fiereza que lo movía maravilló a Albedo, como si acabara de hacer un descubrimiento nuevo.
Y Albedo... Albedo tenía otras prioridades.
Su falta de intención de lucha real se tradujo en que Dos le sobrepasó. Albedo tenía la mente en otra parte, preocupándose por Klee. Quería pensar que los demás eran capaces de defenderse, aunque Childe... Tenían que ayudarle.
-Si no quieres hablar-dijo Albedo, desviando otro ataque-Tengo otras cosas que atender.
-Vamos, no seas tan frío conmigo. Somos hermanos, ¿no?
-¿Acaso me consideras tu hermano?
Dos sonrió.
El siguiente tajo rozó el brazo de Albedo, que retrocedió, poniendo distancia entre ellos.
-Si no tienes realmente intención de luchar-dijo Dos-Entonces, dejémonos de juegos.
De un rápido movimiento, acortó esa distancia y le hizo un corte en el hombro a Albedo. Profundo. Albedo apretó los dientes.
-¿No te preocupa tu vida? Entonces quizás sí que te interesará saber que he mandado a una de mis creaciones a por esa niña tan mona. Es tan risueña que es vomitiva.
Albedo no se consideraba una persona apática, aunque algunos pudieran disentir, pero era porque no lo conocían.
Un ramalazo de furia le recorrió el cuerpo, más fuerte que el dolor, y atacó de verdad por primera vez. Eso solo le consiguió una risa por parte de Dos.
-Sí, eres tan predecible, Albedo.
Se enfrentaron, choque de acero contra acero.
-¿No vas a usar tu Visión? Prometo estar a la altura-se mofó Dos-¿Debería usar yo mis creaciones? Para igualar las cosas. Algunas pueden usar Cryo, ¿sabes? Espera, claro que lo sabes, ¿no? Tras nuestro último encuentro. Fallé en mi cometido de arrebatarte todo. No fallaré una segunda vez.
Dio una patada en la pierna a Albedo, haciendo que se doblara, le desarmó de un fluido movimiento, y le empujó contra la nieve.
Albedo se quedó momentáneamente sin aliento cuando Dos se puso encima de él, cargando todo su peso contra él.
-No es justo que solo tú tengas cosas buenas, ¿no crees?-le dijo, soltando la espada-No cuando somos lo mismo.
Rodeó el cuello de Albedo con las manos. La tela de los guantes produjo cosquillas a Albedo.
-Solo nos diferencia que yo fui antes que tú-siguió diciendo Dos-Y... Por esta estúpida marca-la rozó con un pulgar-Pero es una imperfección, ¿no es así? Yo no la tengo, pero puedo perfectamente adoptar una. Entonces, nada nos diferenciaría, ¿verdad?
Albedo quiso decirle que se equivocaba, pero Dos apretó su agarre.
-Me pregunto...-dijo Dos, no mirándole a los ojos, sino a la marca de su garganta-Qué he de hacer para ser tú...
Clavó los pulgares en la piel del cuello de Albedo, justo en la marca, haciendo tanta presión, que dio la sensación de que la piel de Albedo no era más que papel, pues le abrió la garganta, y el dolor sacudió a Albedo, pero fue incapaz de gritar, pues eso solo lo empeoraba.
-Vaya, así que sí sangras-Dos sonrió-Tranquilo. Esto no te matará, ¿verdad? No eres humano, después de todo. Aunque te empeñes en fingir ser uno.
Albedo se ahogaba en su propia sangre, pues ahora le inundaba la boca. No era capaz de tragar, y la sangre resbalaba por las comisuras de sus labios de igual forma que lo hacía de su garganta abierta de par en par.
-Así que esto es lo que hacía falta para que dejaras de querer hablar-Dos sonrió; se inclinó más sobre él, todavía con las manos desgarrando su garganta-... Si te quitara las cuerdas vocales-dijo entonces-¿Sonaría como tú?
Apartó las manos y Albedo intentó respirar, pero solo escuchó un chapoteo salir de su boca.
Las manos de Dos fueron a su pecho.
-Si te arrancara el corazón y lo pusiera en mi pecho, ¿sentiría lo mismo que tú?
Albedo tenía la vista nublada por el dolor y por la continua pérdida de sangre.
Aun así, notó de forma horrible la presión que empezó a aplastar su pecho. Sentía que los órganos le iban a explotar.
Entonces, por el rabillo del ojo, vio un destello.
Dos también lo vio.
Se incorporó y se alejó un par de pasos de Albedo. Una sonrisa brotó en su rostro, y Albedo sintió algo que no creía haber sentido nunca, o por lo menos desde hacía tanto tiempo que no lo recordaba.
Y lo que sintió fue pánico.
No lo había sentido cuando luchó contra Dos, ni siquiera cuando Dos le desgarró la garganta y que, de haber sido humano, ya estaría muerto.
Solo sintió verdadero pánico y terror cuando vio aparecer en aquel claro blanco de pura nieve una pequeña figura roja.
Klee.
-¡Hermano Albedo!-exclamó Klee.
Estaba magullada. Llena de cortes y los ojos llorosos. Había perdido el gorro que siempre llevaba. Agarraba con fuerza las cintas de su mochila.
Klee, quiso llamarla Albedo, pero la voz no le funcionaba; sangre seguía escapando de su garganta.
-Klee-dijo Dos, dando unos pasos hacia ella, alejándose más de Albedo-Menos mal que estás bien.
Albedo no había sentido miedo hasta ese momento, porque en el fondo, quizás, realmente estaba de acuerdo con Dos, que Albedo no se merecía nada de lo que tenía. Que quizás era mejor que desapareciera, pues era probable que terminara trayendo ruina y destrucción al mundo. Otra calamidad para el mundo. Un mundo lleno de personas crueles y maravillosas.
Y sin embargo, como un instinto casi primario, ahora se negaba a sucumbir.
No pensaba dejar que le arrebataran a su hermana pequeña.
Dos lo había dicho, ¿no? O Albedo simplemente lo había dado por hecho.
Quería destruir a Albedo. Robarle todo. Y, sobre todo, quería hacerle sufrir. Y no había mejor forma de hacerlo que hacer daño a sus seres queridos.
La mirada de Klee se iluminó al ver a Dos, confundiéndole con Albedo, quien sintió que otra vez ejercían presión sobre su pecho, sobre sus costillas, sobre su corazón casi inexistente.
Apenas vio, por la vista nublada por el dolor y la debilidad a causa de la herida, cómo esa misma mirada caía hacia su cuerpo, y se contorsionaba en una cara de espanto.
-¿Qué...?-Klee no parecía capaz de articular palabra.
-Es el enemigo-dijo Dos, con voz calmada, con su voz-He conseguido reducirlo antes de que hiciera daño a nadie más.
Mentía. Y seguía mintiendo.
-Estaba tan preocupado por ti, Klee.
Algo dubitativa, Klee dio un primer paso adelante. Después, otro. Después, echó a correr, todo lo rápido que le permitían sus pequeñas piernas y la nieve. Corría, hacia él. Hacia Dos.
Huye. Quería gritarle. No te acerques a él.
Albedo intentó hablar, intentó incorporarse. Pero la nieve y la sangre se lo impedían, haciendo que se resbalara, haciendo que un gorjeo saliera de sus labios.
Dos abrió los brazos, para recibir a Klee, que iba directa a él.
Y Klee... Klee pasó de largo a Dos, y se dejó caer al lado de Albedo, el espanto tiñendo una vez más sus facciones.
-Hermano Albedo...-dijo con voz temblorosa.
Albedo sintió que el pecho se le oprimía y se le expandía, todo a la vez.
Sabía que era él. Y había ido a por él.
-Klee. Aléjate. No dejes que te engañe-dijo Dos, con cierto tono de molestia en la voz que intentaba camuflar.
-T-tu... C-cuellooo...-la voz no paraba de temblarle.
Klee solo tenía ojos y preocupación para Albedo.
Estaré bien, quería decirla.
-Klee-Dos endureció la voz-Yo soy...
-No eres mi hermano Albedo-dijo Klee, con convicción, sin rastro del tartamudeo previo, a pesar de que su cuerpo sí que temblaba, y no de frío, y sus ojos estaban húmedos-Albedo nunca... Mi hermano nunca le haría algo... Algo así, a nadie, ni siquiera a un enemigo. Mi hermano es amable. No... No es como tú. Klee está segura-se levantó, y encaró a Dos-Porque Albedo nunca miraría a Klee como lo estás haciendo tú.
Albedo pudo ver cómo la furia distorsionaba su rostro idéntico.
Él nunca miraría a Klee así, por supuesto que no.
-No sé qué esperaba de una niña estúpida como tú-dijo Dos, terminando con su farsa-Si no me puedes querer como a él, no te necesito. Te mataré, y tu querido hermanito será testigo. Te haré gritar, niña.
Albedo hizo todo el esfuerzo que pudo para incorporarse un poco. Agarró un hombro de Klee, a modo protector.
-N-no...-sus palabras apenas eran un extraño susurro ahogado, como un chapoteo, mientras seguía derramando sangre-No te... Atrevas... A... A... A t-tocar... A m-mi hermana...
-Qué conmovedor-se mofó Dos-Sabes que eso solo hace que quiera hacerla más daño para hacértelo a ti, ¿verdad?
Albedo tiró del hombro de Klee hacia atrás, queriendo que retrocediera, queriendo ponerla detrás de él, aunque él mismo no tenía fuerzas ni para levantarse. No con aquella pérdida de sangre y aquella herida abierta que hacía el hecho de que estuviera vivo y consciente antinatural. Pero Klee no mostró miedo a eso, solo preocupación.
Entonces, Klee se sacudió la mano de Albedo del hombro y dio un paso al frente.
-Klee no quiere luchar-dijo, con voz titubeante-Pero Klee lo hará para proteger a su hermano y sus amigos.
Dos torció el gesto. Parecía realmente disgustado, como si le produjera asco ese tipo de declaraciones.
Albedo sabía que no era así.
No es que Dos no lo entendiera, es que ansiaba precisamente eso, y le ponía enfermo verlo en los demás.
Hubo un tiempo, en que Albedo también fue así, aunque quizás no de un modo tan visceral.
Dos sacó su espada.
-Klee...-Albedo intentó decir su nombre, pero no tuvo éxito o Klee hizo oídos sordos.
Klee invocó varias bombas, y las lanzó sucesivamente frente a Dos, haciéndole retroceder, y formando una línea clara entre ellos, allí donde se había derretido la nieve y se había chamuscado parte de la tierra y briznas del suelo.
-La próxima vez, Klee no fallará-dijo la niña-Klee no quiere luchar-repitió-No... ¿No podemos hablar y solucionarlo? Mamá siempre dice que hablando se entiende la gente. Y que solo los débiles recurren a la violencia cuando hay otros caminos.
-La buena de Alice...-siseó Dos-Amiga de Rhinedottir.
Su madre. Su maestra. La razón de la existencia y desesperación de sus creaciones, ellos dos.
Dos volvió a avanzar, y en el momento en que pisó la línea quemada del suelo, Klee atacó.
Dos desvió el ataque con la espada, y explotó a su lado. Fulminó con la mirada a Klee.
Estaba furioso. Entonces, pareció caer en la cuenta de algo.
-... No tengo por qué estar perdiendo el tiempo con vosotros ahora, porque esto no es divertido-dijo, despacio-Tengo otro objetivo, como supondrás-sonrió-Quizás ahora sea más interesante hablar con la Viajera.
Albedo se tensó.
Lumine.
Fuera lo que fuera lo que vio en el rostro de Albedo, Dos se dio por satisfecho.
Y con una sonrisa, desapareció.
-... ¿Se... Se ha ido...? ¿El Albedo malo se ha ido?-musitó Klee, insegura.
El Albedo malo.
Albedo intentó ponerse de pie ya que no había peligro inmediato, pero lo seguía habiendo, aunque no fuera la vida de Albedo ni la de Klee la que corriera ese peligro.
-Cuidado-dijo Klee, alarmada.
Albedo se quedó sentado en el suelo.
Sabía que estaba preocupando a Klee, pero no podía evitarlo. Lo que podría haber evitado había sido traerla aquí. Pero lo hecho, hecho está. Ya no había vuelta atrás.
Ahora había que centrarse en otras cosas.
-Tu herida... ¿Qué hacemos? Y... Y Lumine... -la voz de Klee seguía mostrando lo asustada que estaba. Parecía ahogarse de preocupación en su pequeño cuerpo.
Y si bien Albedo no moriría por esto, puede que estuviera cerca de hacerlo, porque dada su condición actual, poco o nada podía hacer.
-Klee...-intentó decir. La niña se acercó más a él.
Albedo intentó hablar, explicarse, haciendo señas, escribiendo en la nieve y con sangre.
Sabía que le estaba pidiendo demasiado a Klee, pero no podían hacer otra cosa de momento hasta que Albedo, quizás, pudiera elaborar algo para su estado en su laboratorio.
-No... Klee no quiere...
-P-por... Favor, K-Klee...
-Klee no quiere hacer daño a Albedo...
No lo harás, pensó.
Cogió sus manos, demasiado pequeñas e inocentes para lo que la estaba pidiendo.
Luego se disculparía todo lo que hiciera falta, y con Alice también, pues había puesto a su hija en peligro. Pero la protegería lo mejor que pudiera, y más si eso no era suficiente. Aunque Albedo se consumiera.
Klee inspiró hondo. Asintió. Albedo le soltó las manos. Klee se enjugó los ojos llenos de lágrimas y apoyó esas mismas manos en la herida de Albedo, que apretó los dientes ante el dolor para evitar asustar todavía más a Klee.
Había que cerrar esa herida, y se quedaban sin tiempo.
Albedo cerró los ojos, intentó permanecer quieto y no hacer ningún ruido.
Empezó a enumerar distintos principios alquímicos en su cabeza cuando las manos de Klee ardieron sobre su garganta desgarrada para cauterizar y cerrar la herida.
Para cuando terminó, Klee tenía las manos manchadas de sangre y lloraba sin consuelo.
Aún le costaba respirar y moverse. Tenía más heridas a lo largo del cuerpo, y estaba casi seguro de que tenía desplazadas, si no rotas, algunas costillas, pero Albedo alzó los brazos y atrajo a Klee hacia sí. La abrazó con toda la fuerza que pudo. Su hermana pequeña lloró entre sus brazos.
Seguro que Klee aún buscaba más consuelo, más seguridad, igual que el propio Albedo, pero fue ella la que se separó de él y dijo:
-Hay que ir a ayudar a Lumine.
*. *. *
Había muchas cosas que preocupaban a Lumine en esos momentos, pero quizás la más acuciante era el no quedarse dormida.
Debía velar no solo por ella, sino también por el hombre a su lado.
Tras evitar la urgencia de las heridas, Lumine había colocado a Childe en posición ligeramente erguida (no quería que se atragantara), sentándole y apoyándole contra la pared.
Por mucho que Lumine hubiera hecho que estuvieran secos, eso no hacía nada contra el frío.
Childe ya no tenía abrigo, y Lumine había destrozado parte del suyo para tapar el lado izquierdo de la cara de Childe. Aun así, usó lo que quedaba para cubrirlos a ambos, como si de una manta se tratara.
Lumine se pegó a él, intentando así que los dos entraran en calor. Con la mirada fija al frente, por si veía algo entre los copos de nieve danzantes en el viento, pendiente de los latidos y la respiración de Childe.
Y esperó.
Y confió.
Echaba en falta la voz de Childe. Su voz de siempre. Haciendo bromas estúpidas.
Ambos habían anhelado algún momento a solas, pero él ni siquiera estaba consciente.
Lumine encontró su mano bajo el abrigo, y la cogió con la suya. Estaba frío, pero no tanto como antes. O de eso quería convencerse ella.
No sabía cuánto tiempo estarían así, y la incertidumbre la estaba matando lentamente.
La condición de Childe, su propia condición, y la de los demás.
Todos tenían que volver vivos de aquella montaña.
Entre el sonido del viento, un ligero gruñido. Por un instante, Lumine creyó haberlo imaginado.
Miró a su lado.
Childe entreabrió un ojo.
El corazón de Lumine volvió a subirle a la boca. Le apretó la mano.
-¿Childe...?
-Mm...
-Childe. Childe-insistió Lumine, girando el cuerpo hacia él.
Le costaba mantener los ojos abiertos (el ojo, más bien), y hacía alguna que otra mueca de dolor, pero la estaba mirando.
-¿Lu...mine...?
Lumine suspiró de alivio.
-Sí. Sí, soy yo.
Childe miró por encima de ella.
-¿Dónde...?
-Atrapados en una tormenta. Nos atacaron, ¿recuerdas?
-Creo...que sí...-tenía la voz pastosa, y se le veía que le costaba formular pensamientos y frases coherentes. Pero estaba consciente, y era él-No...recuerdo mucho...
-Tranquilo, la ayuda vendrá pronto.
Esperaba que realmente no fuera una mentira. Y prefería que no recordara que había intentado matarla. Otra vez. Y esta vez puede que de verdad.
-Mm...
-¿Qué?-se preocupó Lumine.
-Así que... Ahora sí... Quieres compartir calor corporal conmigo, ¿eh?
Contra su voluntad, Lumine dejó escapar una carcajada.
Sí, definitivamente, volvía a ser el Childe de siempre.
-También estamos tomados de la mano.
Notó los dedos de él cerrarse sobre los suyos, cuando antes habían estado inmóviles.
-¿Aprovechándote de un chico indefenso?-bromeó Childe, cerrando el ojo-No lo recuerdo, pero… He tenido... Un buen sueño...
-¿Sí?
Casi pudo verle sonreír.
-Salías en él.
Lumine sintió que el pecho se le calentaba a pesar del frío reinante.
-Ugh... Me duele... La cara... Y la cabeza me va a explotar. Y no puedo... No puedo ver bien... Lumine... ¿Tú...estás bien?
Lumine apretó los labios.
No ganaba nada poniendo nervioso y preocupando a Childe.
-¿Por quién me tomas? Yo no soy una debilucha como tú-mintió.
-Me hieres el orgullo-bromeó con voz rasposa.
-Creo que tu ego es lo suficientemente grande como para soportar...
La voz de Lumine murió en su boca cuando notó, antes que ver, que se aproximaba alguien.
Se levantó. La mano de Childe quería seguir agarrada a la suya, pero no tenía fuerzas.
-No te vayas...-le dijo, en apenas un susurro.
Lumine sonrió, y soltó su mano y le recolocó el abrigo encima.
-No tardaré. Estamos esperando ayuda, ¿recuerdas?
-Mm...
-Descansa. Pero, intenta no dormirte, ¿de acuerdo?
-Vale...
Lumine salió del poco cobijo que tenían en aquella cueva, y pudo vislumbrar una figura entre la tormenta.
Lumine agudizó la vista.
¿Paimon...? No, era una figura demasiado grande para ella. Y para Klee. Podría tratarse de Albedo o Mona, con esas dimensiones. Pero... No había una figura más pequeña flotando a su lado. Paimon no estaba por ninguna parte.
Lumine adquirió posición de lucha, y maldijo en el momento en que convocó a su espada y esta no vino, porque la había perdido en la batalla anterior, por lo que estaba desarmada. Bueno, desarmada no. Lumine sabía luchar incluso sin armas, y además tenía sus habilidades elementales anemo.
Estaba herida y tenía una debilidad a pocos pasos en la cueva, pero aún podía pelear.
Contuvo el aliento y lo soltó cuando vio aparecer a Albedo.
-Lumine-dijo éste, alivio derramándose en su voz-Por fin te encuentro. Todos estábamos muy preocupados por ti, desde que te lanzaste por el precipicio.
Cuando estuvo más cerca para poder verle mejor, los ojos de Lumine bajaron imperceptiblemente a la garganta de Albedo. La marca en forma de estrella estaba allí.
Pero eso no quería decir nada, como comprobó no mucho después, tiempo atrás, cuando Albedo le habló de sus orígenes.
Y había hablado de todos, pero no los veía por ninguna parte. No había mencionado a Paimon, aunque podría haberse dado la casualidad de que no se hubieran encontrado entre toda aquella nieve. Pero él había ido hacia ella con paso seguro, como sabiendo de antemano que era ella, a pesar de que no podría haberla visto bien hasta que hubiera estado a una distancia más cercana.
Y Klee no estaba por ninguna parte.
Si hubiera estado con Klee, Albedo nunca se separaría de ella, no cuando estaban en una situación peligrosa. Y de no saber dónde estaba Klee, Albedo nunca estaría tan tranquilo.
Lumine conocía a sus amigos, y sabía que Albedo adoraba a esa niña.
Lumine lamentó una vez más no tener su espada.
Albedo, que no era Albedo, se detuvo a varios metros de Lumine, y resopló cuando vio que Lumine seguía en posición defensiva, no molestándose en seguir fingiendo.
-Por supuesto...-murmuró él; miró más allá de Lumine-¿Sigue vivo? Creí que a estas alturas estaría ya muerto.
El cuerpo de Lumine se tensó todavía más, si es que eso era posible.
-Supuse que tú sobrevivirías...-comentó-Aunque se cortó mi conexión con él cuando le arrancaste mi creación...
Debía referirse a aquella maldita flor, que enloqueció y deformó y casi mató a Childe.
-¿Sabes? La mente humana es fascinante, y terriblemente frágil. Pero eso ya lo sabes, ¿no es así?
La confusión de Lumine debía ser patente en su rostro, porque él sonrió.
-Puede que no haya estado mucho en contacto contigo, pero una de mis flores ha probado tu sangre, y eso, sumado a lo que he visto en la mente de él-señaló con la cabeza detrás de Lumine, donde Childe seguía reposando, ajeno a todo-Me da una idea bastante clara de ti.
-Lo dudo-replicó Lumine.
-Con un poco más de tiempo, lo habría conseguido. A fin de cuentas, él creía que yo era tú. Solo quería matarle para así hacerme pasar por él.
-Como intentaste hacer con Albedo-Lumine frunció el ceño y se negó a mostrar miedo-Te recuerdo que fracasaste.
-Y yo te recuerdo que no estás en posición de hablarme de esa manera.
Él sonrió.
-Si tanto te importa él... Puedo devolvértelo.
Lumine parpadeó, confusa.
-¿Qué...?
-Era lo que querías, ¿no? Estoy conectado a mis creaciones hasta cierto punto, y pude ver perfectamente cómo suplicabas que te devolvieran a tu arquero.
Lumine apretó los puños. Las heridas aún le dolían.
-Pero no te preocupes-sonrió, otra vez-Yo puedo cumplir tu deseo.
Y frente a sus ojos, Lumine vio cómo las facciones de él cambiaban, su envergadura, sus ojos, su voz.
Lumine se sintió enferma.
-Va a morir-dijo aquel que se hacía pasar por Albedo (sujeto dos, le había llamado el verdadero Albedo), ahora con la voz y con el cuerpo de Childe. Era igual que él, salvo que él conservaba ambos ojos-Pero yo puedo ser él para ti.
Lumine iba a matarlo.
Corrió hacia él, alzó el puño, y le dio un fuerte puñetazo, cargado con poder anemo, y le hizo caer al suelo.
Su mano herida se quejó, pero su corazón se sintió satisfecho.
(Dio las gracias mentalmente a Scara y Heizou por haberla servido de inspiración).
No Childe se levantó. Escupió sangre.
-Muy bien...-dijo, con aún calmada, pero con un tono mucho más letal-Quizás simplemente debería hacer lo que tenía previsto desde el principio.
Volvió a transformarse. Esta vez, Lumine se vio reflejada a sí misma.
-Te mataré, y viviré tu vida-dijo su doble, con su misma voz. Esbozó una sonrisa extraña, que no encajaba realmente con el rostro de Lumine-A fin de cuentas, todo el mundo adora a la Viajera, ¿verdad?
Y con espada en mano, arremetió contra Lumine.
Lumine apenas tuvo tiempo de intentar esquivar el filo del arma, desviándolo con un impulso de aire.
Su doble volvió a atacar. Una y otra vez. Y Lumine solo podía intentar defenderse, pues estaba claramente en desventaja.
Tenía que desarmarle.
Acortó distancias, le dio una patada en la rodilla. A la otra Lumine le fallaron las piernas por un instante.
Lumine golpeó su muñeca con fuerza, haciéndola soltar la espada.
Cuando se lanzó al suelo para intentar cogerla, una patada en el costado la dejó sin aliento y la hizo rodar sobre la nieve.
Casi no tuvo tiempo de levantarse cuando la otra Lumine arremetió contra ella, pero seguía desarmada. Agarró a Lumine del cuello y la hizo volver a caer a la nieve. Lumine le dio otro puñetazo, esta vez en la barbilla. Los dientes de la otra entrechocaron con fuerza. Se cortó el labio, y sangre empezó a gotear sobre la cara de Lumine.
La otra le devolvió el puñetazo. Lumine escuchó algo crujir, y podría haber sido perfectamente su nariz.
-¡LUMINE!
Un grito. Un grito que hizo que ambas miraran a su lado, para ver a quien había gritado, Paimon, acompañada de Mona, que tenía su arma invocada y con las manos extendidas frente a ella, dispuesta a atacar, pero dudando sobre quién hacerlo.
Estaban heridas. Mona cojeaba de una pierna, y hasta Paimon tenía rasguños y un corte en la cara.
-P-Paimon-musitó Lumine.
-Paimon-dijo la otra con su misma voz.
Vio el conflicto en sus dos amigas. No sabían quién era quién. Además, la distancia y la nieve no ayudaban a la visibilidad.
La bilis le subió a Lumine por la garganta. No podía dejar que aquel ser pusiera a sus amigas en su contra.
-Paimon, Mona. Childe está en la cueva, no dejéis que le hagan daño-dijo Lumine, a la vez que su doble decía:
-Paimon, Mona. Se está haciendo pasar por mí. Ayudadme.
Segundos después, Paimon salió disparada en la dirección de ambas y le dio un buen golpe a la otra Lumine en la cabeza, desestabilizándola, cosa que aprovechó Lumine para deshacerse de ella y levantarse, en el mismo instante que Mona le dio de lleno a su doble con un ataque de agua.
-¡Paimon le prometió a Lumine que Paimon traería ayuda!-exclamó Paimon a su lado.
Lumine la miró.
-... ¿Cómo sabías que era yo?-no pudo evitar preguntar.
-Paimon no lo sabía. No del todo-confesó-Pero Lumine siempre se preocupa más por los demás que por Lumine, así que la verdadera Lumine tenía que ser la que estaba preocupada por Childe.
Lumine sonrió, sintiéndose afortunada.
-Gracias.
-Lumine-Mona se acercó a ellas con paso apresurado; todo lo apresurado que podía teniendo en cuenta que arrastraba un poco la pierna derecha-¿Estás bien?
-Todo lo bien que puedo estar en esta situación-Lumine asintió-¿Dónde está...?
-No lo sé-sacudió la cabeza; Lumine se fijó que no había recuperado su sombrero-Se ha escondido en la ventisca.
-¿Y Albedo y Klee?
-Tampoco lo sé-admitió, molesta, como si fuera culpa suya-Estaba con ellos cuando os habéis precipitado montaña abajo... Cosa que me parece muy irresponsable por vuestra parte, por cierto... Y creíamos que al matar a aquella cosa la ventisca cesaría, pero volvió a arreciar y una fuerte corriente nos separó-se tocó las coletas, en gesto nervioso-He estado peleando contra una horda de flores malditas mientras intentaba dar con alguno de vosotros y me he encontrado con Paimon.
Lumine miró a Paimon nuevamente, y ésta asintió varias veces con la cabeza, corroborando por lo menos la última parte.
No es como si no creyera a Mona, pero la había perdido de vista un instante, y temía que volviera a ser un doble, pero el corazón de Lumine le decía que era su amiga de verdad.
Además, se la veía muy magullada, y la pierna no tenía muy buena pinta... Por mucho que el otro Albedo pudiera transformarse en otras personas, Lumine no creía que fuera capaz de enmascarar ese tipo de heridas, y Lumine no le había dañado así la pierna cuando había luchado contra su doble escasos minutos antes.
-Hay que encontrarles-dijo entonces Lumine-¿Puedes moverte?
-Por supuesto.
Ninguna de las dos estaba dispuesta a admitir cómo de graves eran sus heridas.
-Paimon guiará a Lumine y Mona. Porque Paimon es una buena guía, y seguro que encuentra a Albedo y Klee.
-Yo tengo que cargar con Childe-miró a Mona-¿Te ves capaz de cubrirnos en caso de ataque, mientras encontramos un lugar seguro?
-Oh, pues, por supuesto-se hizo la ofendida-Una vez que estemos algo mejor preparadas, y sabiendo de la integridad de todos, y de contar con algo de ventaja estratégica y que no nos hagan una emboscada otra vez... Contraatacaremos. Pondremos fin a todo esto.
Lumine asintió.
No se le había pasado por la cabeza abandonar la montaña. No, dada la situación. Si conseguían que Childe mejorara lo suficiente... A lo mejor podía descender la montaña, junto con Klee y Paimon, ya que eran las más vulnerables.
Lumine sabía, igual que Mona, y ya no solo por su predicción cumplida, que no tendrían tanta suerte.
Lo intentarían de todos modos.
-Childe. Ey, Childe-le llamó Lumine, cuando se acercaron a la cueva-Tenemos que irnos.
Lumine tuvo un momento de pánico hasta que Childe abrió el ojo con dificultad.
-Sí, sí... Estoy... Estoy despierto-volvió a cerrar el ojo.
-Muy convincente-le abrochó el abrigo-¿Crees que puedes andar? ¿O tengo que llevarte en brazos?
Childe volvió a abrir el ojo y la miró con acritud.
-... No puedes llevarme en brazos.
-Te sorprendería saber que ya lo he hecho.
-¿...En plan princesa?
-Exactamente en plan princesa.
-Por favor, dejad de coquetear y pongámonos en marcha-dijo Mona-El tiempo apremia.
-Eso, eso-la secundó Paimon.
-Y veo que... Ya no la tiene-le susurró Mona a Lumine, señalando a Childe.
-No. Se la arranqué.
-Podrías haberle matado.
-Me arriesgué. Además, esa cosa ya lo estaba matando.
Mona no dijo nada más. Simplemente, ayudó a Lumine a poner a Childe de pie.
A pesar de la diferencia de estatura, Lumine se echó un brazo de Childe sobre los hombros, y empezó a tirar de él, que hacía un gran esfuerzo por seguirle el paso. Estaba tan encorvado hacia ella que prácticamente era como si estuviera echado sobre ella.
-... Esta posición no es cómoda para andar-le dijo Childe, mientras andaban en la ventisca, maldiciendo entre dientes por los ramalazos de dolor que el fuerte viento le provocaba en las heridas, especialmente la cara-Yo soy más alto. Debería ser al revés.
-Oh, lo siento, pero, ¿quién es el que está más herido?-dijo con sorna Lumine, intentando normalizar la situación con aquel tipo de conversación, y a su vez, que la sirviera para tranquilizarse.
-... Cierto. Yo... No solo pierdo el conocimiento, sino que encima hago que me lleves a cuestas...
Aquello casi hizo detenerse a Lumine.
Childe no recordaba que, mientras efectivamente él estaba inconsciente, les había atacado... Había intentado matar a Lumine. Él creía que solo había perdido el conocimiento.
Es mejor que siguiera siendo así.
-Paimon, ¿ves algo?
-¡Todavía no!
Pero por la inclinación del terreno, estaban ascendiendo. Lumine no sabía si eso era bueno o no. Desde luego, Lumine había estado más arriba cuando se separó del resto... Pero hasta Mona había terminado en un sitio cercano, así que Lumine no se fiaba mucho de su orientación. Seguramente era lo que el enemigo buscaba.
Un enemigo que aún seguía oculto.
-¿Percibes algo, Mona?-preguntó Lumine, mirando como podía por encima de su hombro, donde Mona les seguía, con las manos alzadas, y siempre mirando en derredor.
-No... Y eso es preocupante.
Lumine agarró a Childe con más fuerza, e hizo lo único que podía hacer en aquel momento, seguir adelante.
-Antes...-le susurró Childe en el oído-Cuando dije de pasar tiempo a solas... Darnos de la mano y todo eso... Esto no era exactamente lo que tenía en mente.
-Yo tampoco-le respondió Lumine. Childe estaba demasiado dócil.
-Pero... Cuando todo esto acabe... Tendremos una cita normal. Los dos solos.
Lumine no respondió.
Notó el cuerpo de Childe tensarse contra el suyo.
-¿Lumine...?
-¡Viene alguien!-exclamó entonces Mona.
-¡Ah!-gritó Paimon-¡Ahí!
Lumine se detuvo y contuvo el aliento al ver aparecer a Albedo.
Mona estaba a punto de atacar cuando alguien más salió a su encuentro.
-Klee...-exhaló Lumine, relajando el cuerpo.
Si estaba acompañado de Klee, tenía que ser el verdadero Albedo, lo cual era un alivio.
Y al ver que Mona bajaba las manos, supo que ella pensaba lo mismo.
-¡Klee!-exclamó Paimon, volando hacia ella y dándola un fuerte abrazo.
-Paimon-Klee le devolvió el abrazo, pero su voz no sonaba tan entusiasmada como de costumbre.
Lumine la miró bien.
Estaba magullada, llena de cortes y, aunque era difícil de ver por el color de su ropa, estaba manchada de sangre.
-¿Estás bien, Klee?-se apresuró a preguntar Lumine.
-Sí... Más o menos...¡Oh! Pero Albedo está peor. Tenemos... Oh. Vosotras también estáis heridas...
-Estamos bien-dijeron al unísono Lumine y Mona, no queriendo preocuparla (Paimon se unió después, pero a destiempo).
-¿Childe...?-preguntó la niña al ver que este no respondía.
-... He tenido días mejores-se forzó a hablar-Pero estaré bien en cuanto descanse un poco-él tampoco quería preocuparla.
-¿Y... El Albedo malo?
-Acechando-respondió Albedo.
Lumine le miró. Le miró de verdad.
Tenía golpes y cortes varios por todo el cuerpo, como todos los allí presentes, y tenía una fea herida en la garganta, de la que probablemente había salido toda la sangre seca que le manchaba rostro y ropa. Debido a esa sangre Lumine no era capaz de verlo bien, pero la herida casi parecía una quemadura. Y era donde Albedo tenía la marca de imperfección de su creación.
-¿Estás bien?-le preguntó; era una pregunta que ya habían formulado demasiadas veces todos en un corto período de tiempo, pero era como si necesitaran una reafirmación de que todos seguían ahí.
-... Lo estaré-respondió Albedo; su voz sonaba extraña, seguramente debido a esa misma herida.
Lumine se fijó en que Klee hacía todo lo posible por no separarse de Albedo... Y no mirarle el cuello.
Iban dados de la mano, y en un primer momento Lumine creyó que era porque Klee estaba asustada... Pero era porque Albedo estaba mal, y necesitaba un mínimo de apoyo, aunque solo fuera ese.
Puede que estuviera incluso tan mal como Childe, pero ambos eran supervivientes, y hacían todo lo posible por seguir anclados a este mundo.
Aun así... Tendría que preguntarle a Albedo más tarde qué había pasado.
-Necesitamos un refugio-dijo Mona, todavía oteando el poco horizonte visible-Y recuperarnos si es que queremos hacer frente a esto.
Albedo lanzó una mirada a Lumine. Ella creyó entenderla. Hablarían luego. A fin de cuentas, Albedo le había contado su origen tiempo atrás, y parecía que él también se había encontrado con el otro Albedo.
-... Si mis estimaciones son correctas-dijo Albedo, con voz rasposa, atrayendo la atención de todos hacia él.
Pero no pudo continuar. Le sobrevino un ataque de tos. Se llevó una mano al cuello. Escupió sangre. Albedo frunció el ceño. Klee abrió los ojos de par en par, la preocupación desbordando de su pequeño cuerpo.
Le hizo un gesto con la mano para que se calmara. Luego, le hizo una serie de señas, sin hablar. Klee asintió, y se dirigió a los demás.
-Albedo dice que su campamento debería estar por aquí cerca-tradujo Klee.
Era increíble que le hubiera entendido. Bueno, son familia después de todo, y se conocen a la perfección.
Aquel detalle hizo a Lumine recordar a Aether.
-Vamos. Hay que... Hay que curarnos-añadió Klee, apretando con fuerza la mano de Albedo.
Lumine miró por encima del hombro. Childe había vuelto a perder el conocimiento.
Contuvo un suspiro.
-Vayamos al campamento, entonces-dijo Mona.
Fácil decirlo con aquella maldita tormenta obstaculizándoles.
-¡Paimon guiará allí a todos!
Bendita Paimon.
Minutos después, vislumbraron las ruinas del laboratorio de Albedo, pero el alivio no les duró mucho.
Debía haber supuesto que el enemigo habría predicho que irían allí. O puede incluso que los hubiera estado llevando hacia allí para acorralarlos.
Lumine se tiró al suelo, arrastrando consigo a Childe, para evitar que un carámbano de hielo le cortara la cabeza.
-¿¡De dónde ha salido!?-chilló Paimon.
-Todos, detrás de mí-ordenó Mona.
Como riéndose de ella, el siguiente ataque vino justo desde su espalda.
No la dio de lleno, pero le abrió nuevas heridas.
Lumine invocó viento y desvió una lluvia de trozos de hielo que por poco se ensartan en Childe.
Childe, el cual dejaba escapar un gruñido de dolor, y al que le había empezado a sangrar el ojo izquierdo otra vez, la tela del abrigo ya empapada con sangre.
Lumine se puso lívida.
-¡Hay que avanzar!
Cogió a Childe como pudo y se puso a andar dirección al campamento. Tenía que dejarle medianamente a salvo y sabiendo que no se iba a desangrar antes de hacer frente a cualquier enemigo.
Una capa de hielo la cortó el paso, como un muro transparente que le devolvía el reflejo de ella y Childe cubiertos de sangre y nieve.
Lumine maldijo para sus adentros.
-¡Atrás!-escuchó, y Lumine se echó a un lado.
Una breve explosión la hizo cerrar los ojos, y para cuando los volvió a abrir, el muro de hielo ya estaba hecho pedazos.
-¡Bien hecho, Klee!-vitoreó Paimon.
-Seguid. Poneos a cubierto-dijo a su vez Mona-Yo os cubro.
Ni siquiera sabían dónde estaba el enemigo ni desde que ángulo iba a atacar. Era una locura enfrentarse a algo así sin ayuda.
-No puedes enfrentarlo sola-le dijo Lumine, alzando la voz sobre la ventisca.
-Pues daos prisa en poner a salvo a los heridos y venid a ayudarme-replicó Mona.
Lumine apretó los dientes y tiró de Childe. Vi a Klee intentar hacer lo mismo con Albedo, pero este ya apenas se podía poner en pie, y Klee era muy pequeña para cargar con él.
-Paimon, ¡ayuda a Klee!
Y entre las dos, tiraron de Albedo.
Por mucho que el campamento estuviera parapetado por dos formaciones rocosas, estaba completamente abierto al exterior, por lo que la tormenta no les daba tregua, y solo dificultaba las cosas.
Fue entonces cuando Lumine escuchó un ligero crepitar a su espalda.
Miró por encima del hombro, y vio que un muro de hielo empezaba a formarse detrás de ellos. Pero no era como los anteriores.
-Mona, ¿qué estás haciendo?-le gritó Lumine.
-Daros cobijo-le gritó en respuesta.
Estaba utilizando sus poderes de agua, y junto con la nieve y temperatura fría del ambiente, estaba aprovechando una reacción elemental para formar un muro en la apertura del campamento, para liberarlos de las inclemencias del temporal y de los ataques enemigos.
-Pero entonces, tú...
-Aguantaré.
Eso fue lo último que Lumine le escuchó decir a Mona antes de que desapareciera tras la pared de hielo, más robusta de lo que hubiera esperado.
El cambio fue instantáneo. Aunque seguía escuchando la ventisca sobre su cabeza, ésta no le castigaba el cuerpo a Lumine, y por primera vez desde que había empezado esa locura, creía que no iba a morir de frío.
Escuchaba la tormenta ahora como algo lejano, igual que el sonido de la batalla. Pero sabía que estaban tras aquella muralla, y no podía permitir que las cosas siguieran así.
Llevó a Childe a la parte más profunda del campamento, la que supuso que sería más segura.
-Paimon, Klee, dejad aquí también a Albedo...
Pero Albedo soltó un gruñido y se soltó de ellas, y empezó a rebuscar entre los papeles y artilugios esparcidos por el suelo con una mano apoyada en el pecho.
Estaba muy malherido, pero Lumine estaba segura de que Albedo sabía lo que se hacía.
-Klee, enciende una hoguera-dijo Lumine.
-S-sí.
-¿Qué hace Albedo...?-se preguntó Paimon en voz alta, nerviosismo patente en su voz y en sus movimientos-Y Mona...
Albedo pareció encontrar lo que estaba buscando. O casi.
Le hizo señas a Lumine para que pusiera de pie la mesa volcada.
-Paimon, vigila que Childe siga respirando-la instruyó Lumine-Y que el muro de hielo no presente grietas.
-¡Paimon lo hará!
Albedo se puso a escribir en un trozo de papel.
Se lo dio a Lumine. El estómago le dio un vuelco.
-No... No sé qué pone.
Había escrito rápidamente varias frases. Interpretaba algún que otro número y símbolo, pero...
-Déjaselo a Klee-dijo Klee a su lado; Lumine miró por encima del hombro de Klee, y vio una hoguera encendida cerca de Childe.
Lumine le dio el papel a la niña, y ésta le echó un rápido vistazo. Asintió una única vez.
-Klee se encarga de esto-dijo, y empezó a recorrer el laboratorio y coger cosas.
-Paimon ayudará a Klee-y Paimon fue tras la niña.
Albedo le hizo otra señal a Lumine.
-¿Qué?
Los pies de Albedo fallaron y se precipitó al suelo. Gracias a sus rápidos reflejos y a la cercanía, Lumine le cogió en brazos y evitó que cayera.
El estómago de Lumine volvió a dar un vuelco, esta vez por un miedo mucho peor.
Le había agarrado de la espalda y el pecho. Y el pecho de Albedo...
Tenía el esternón hundido, podía notarlo bajo sus dedos. Las costillas...no estaban donde debían estar. Puede que no solo estuvieran desplazadas, sino fracturadas. Puede que incluso le hubieran perforado algún órgano por dentro. Podría estar teniendo una hemorragia interna.
Y eso por no hablar de la garganta...
Una mano la agarró del hombro. Era Albedo. Le miró y él esbozó una sonrisa cansada.
Quería tranquilizarla con ese gesto, pero para Lumine, ahora no solo había alguien importante para ella al borde de la muerte, sino dos. O puede que incluso tres, si dejaban mucho más tiempo a Mona sola.
-Ya está.
Klee y Paimon dejaron un montón de cosas encima de la mesa.
Lumine sintió una oleada de alivio al reconocer varios ingredientes.
Albedo cogió uno de los manuscritos que le había dado Klee e intentó escribir algo más esta vez.
Y Lumine, esta vez, lo vio claro. Debería haberlo visto la primera vez. Era obvio.
Albedo quería elaborar una poción curativa. Dudaba que sirviera para curarlos del todo, pero evitaría que tanto él como Childe murieran en aquella montaña durante al menos más tiempo antes de recibir ayuda curativa de verdad.
-Ahora yo me encargo-dijo Lumine-Paimon, Klee. Llevad a Albedo junto a Childe y la hoguera.
Las dos asintieron y Albedo se dejó llevar por ellas.
No había mesa de fabricación, para lamento de Lumine. Vio los trozos de lo que podía haber sido una.
Cogió los ingredientes, las instrucciones y el mortero, y se puso a mezclar y remover.
Un ramalazo de dolor la recorrió las manos.
Aún la dolía la palma que había sido abierta, pero podía aguantar (tenía que aguantar) ese dolor, porque vio que con la mano derecha le era imposible aplicar suficiente fuerza para mezclar porque, tal y como había supuesto, la herida en la muñeca la había roto músculos y nervios, impidiéndola mover los dedos de la mano como quería.
Le llegaban lamentos de batalla y del viento, sonidos de intensidad apagada por el muro de hielo.
Paimon soltó un chillido cuando algo empezó a golpear el muro. Lumine se obligó a permanecer calmada y completar su tarea.
Lo que le pareció una eternidad después, terminó de hacer la elaboración, un líquido quizás demasiado viscoso y que olía demasiado dulce.
Se apresuró a dividirlo en dos viales y acercarse a la hoguera.
-Albedo-dijo primero, porque él seguía consciente-No sé si las proporciones son exactas, y he tenido que sustituir algunas hierbas porque no teníamos de otras, pero... Espero que sirva.
Albedo, sentado apoyado contra la pared, con una mano aferrada por Klee, miró a Lumine fijamente, o lo que debía haber sido fijamente, porque parecía incapaz de enfocar la vista; cogió uno de los viales con la mano libre y sin un atisbo de duda, se lo llevó a los labios y tragó. Hizo una mueca, y le sobrevino un ataque de tos al atragantarse porque la garganta no le funcionaba bien.
Le quitó el vial de las manos y se lo dio a Klee.
-Que se lo beba entero, aunque sea despacio-la dio instrucciones-Evita que se atragante y, si ves que le cuesta respirar, avísame inmediatamente. Debería haber una mejoría a los pocos minutos, pero no sabemos cómo responderá.
Klee agarró con fuerza el vial. Tenía las manos manchadas de sangre seca.
-De acuerdo.
Lumine entonces se volvió hacia Childe, tumbado a escasos metros.
Le tocó el lado bueno de la cara. Por lo menos parecía estar ganando algo de temperatura corporal gracias a la hoguera. O quizás era fiebre, por una infección en la herida del ojo.
Lumine sacudió la cabeza. No podía dejar que pensamientos negativos inundaran su mente.
-Childe.
No respondió.
-Paimon, sujeta-le dio el vial a Paimon, que lo cogió sin cuestionar nada.
Lumine puso los brazos alrededor del cuerpo de Childe, y le hizo incorporarse, lo justo para que el tronco estuviera erguido porque, ya no solo porque estaba inconsciente, sino que beber algo en posición tumbada solo haría que se atragantara o ahogara.
-Childe. Childe.
-Mm...-soltó un leve gruñido, pero no abrió el ojo.
Lumine, con el cuerpo de Childe una vez más apoyado contra el suyo, extendió una mano, y Paimon la entendió porque la devolvió el tubo.
-Tienes que beber esto.
Childe cerró el ojo nuevamente.
-Childe. Childe, vamos.
-... No puedo...
-Claro que puedes.
Pero Lumine veía que su condición solo empeoraba. Lo notaba allí donde le tocaba, lo veía con sus propios ojos, y eso solo hacía que la impaciencia de Lumine se acrecentara.
-¿Me... Me lo harías beber... Con un beso?-bromeó Childe, que seguía con el ojo cerrado y no hacía un solo intento por moverse, porque no podía.
¿Bromeaba para tranquilizarla o era cosa de la fiebre?
-Si con eso te lo bebes, lo haré-dijo Lumine.
Pero Childe no respondió.
Lumine le colocó el vial en los labios, y dejó ir cayendo el líquido lentamente, de una forma que destrozaba los nervios de Lumine porque se estaban quedando sin tiempo. No tenían tiempo.
-Vamos...-susurró, pellizcándole la mejilla buena, masajeando la garganta de Childe. Y solo cuando notó que la nuez de Childe subía y bajaba, tragando el líquido, Lumine se permitió sentirse algo victoriosa, a pesar de que parte del líquido curativo se había desbordado de la boca de Childe y le goteaba por la barbilla.
Pero unos instantes después, sintió bajo sus dedos cómo el cuerpo en sus brazos se relajaba, cómo respiraba de manera más regular y su piel se atemperaba.
Lumine volvió a dejarle en el suelo.
Miró a su alrededor, y encontró lo que estaba buscando.
Miró hacia los demás. Tanto Childe como Albedo dormitaban, mientras Klee y Paimon los observaban fijamente.
-Klee, Paimon, voy a ir a ayudar a Mona-proclamó Lumine, tras coger una espada de una de las cajas de suministros del laboratorio que había esparcidas por el suelo.
-¡Paimon también va!
-No. Debes quedarte con los heridos, Paimon.
-Pero...
-Aunque ya no corran riesgo inmediato, no pueden quedarse sin supervisión. Por favor.
Paimon no replicó otra vez.
-Klee-se dirigió entonces a la niña-Necesito...
-Klee puede luchar-dijo ella.
Lumine negó con la cabeza.
-Sé que puedes. Por eso, si no conseguimos retener al enemigo, ya que Paimon no puede luchar, tú eres la última línea de defensa para ellos dos-dijo, señalando a los heridos con la cabeza.
-De acuerdo-asintió Klee.
-Ahora, necesito que abras un boquete en el muro de hielo para que yo pueda salir.
Klee volvió a asentir.
-Si alguien llega al campamento, no des por hecho que somos Mona o yo. Haced preguntas que solo Mona o yo podríamos contestar, como cosas que habláramos antes de adentrarnos en la montaña, porque seguramente el enemigo no lo sepa, ¿de acuerdo?
-Sí-respondieron ambas.
Con la mano derecha no tenía buen agarre, así que cogió la espada con la izquierda.
Lumine inspiró hondo. No se permitió un último vistazo a los postrados.
-Allá vamos...-susurró para sí.
Una pequeña explosión.
En cuanto se abrió un agujero en el hielo, dejando el resto de la estructura en pie (hielo mágico, sin duda), la fuerza de la ventisca golpeó a Lumine, que no perdió el tiempo y se lanzó de cabeza a ella.
-¡Mona!-gritó en cuanto salió.
Apenas veía nada.
-¿Mona?
La vio aparecer por el rabillo del ojo, esquivando un trozo de hielo lanzado en su dirección.
-¿Están todos bien?-preguntó Mona.
A pesar de las nuevas heridas, Lumine se fijó en su pierna. Sí, definitivamente era Mona.
Mona la miró detenidamente por un momento.
-Mm... Sí, eres Lumine-constató-¿Y bien? Por favor, dime que no te has tomado tanto tiempo sin venir a ayudar para que los heridos...-su voz se apagó.
-Están bien. Por ahora. Y espero... Que estén bien después.
Mona asintió.
-¿Dónde está el doble de Albedo?
-No he dejado que sus ataques lleguen demasiado cerca del campamento-explicó Mona, sin aliento; se la veía agotada-Por lo que sigue sin dejar verse, ocultándose en la ventisca.
-Hay que hacerle salir.
-Ahora que estás aquí, no tendrá más remedio. Yo solo intentaba ganar algo de tiempo...
-Y lo has hecho. Gracias.
Lumine concentró una gran cantidad de poder anemo en su mano, haciendo caso omiso del dolor, y con una exhalación dejó escapar un fuerte torbellino, haciendo retroceder a la tormenta, otro signo de que no era una tormenta natural.
-¡Ahí!
Lumine salió corriendo y lanzó una fuerte estocada, que fue detenida por Albedo número dos, al cual se le veía frustrado, y contra todo pronóstico, cansado también.
-¿Por qué siempre...has de interponerte en mi camino?-bramó él, devolviendo el ataque.
Lumine lo esquivó, y retrocedió.
Mona atacó por la espalda, haciendo que el otro Albedo se girara para repelerlo, y Lumine volvió a atacar, esta vez consiguiendo herirle.
Él se giró hacia ella, furia irradiando de su cuerpo. En vez de apartarse, agarró a Lumine del brazo y un punzante dolor la atenazó. Su mano había producido hielo y este se había incrustado en el brazo de Lumine, como cuchillas, haciéndola sangrar.
Fue Lumine la que tuvo que poner distancia entre ellos.
Mona volvió a lanzar otro ataque de agua, pero el otro Albedo lo congeló antes de que le alcanzara.
¿Tenía poderes Cryo? No parecía poseedor de una Visión, pero... ¿Quizás eran unos poderes que se había creado él mismo?
Viéndole así, hacía que Lumine se preguntara cómo nadie podía descartar a alguien como él. ¿Cómo podía ser un experimento fallido?
¿Era por su oscuro poder? ¿Era por su envidia, su ira?
El otro Albedo lanzó un ataque de hielo contra Lumine, haciéndola rodar por el suelo para esquivarlo, notando cómo nieve y tierra empeoraban el dolor de la herida recién formada.
-¡Lumine!-exclamó Mona, intentando llegar a su lado para darle tiempo a Lumine para recuperarse.
Pero el otro Albedo se lo impidió.
Congeló los pies de Mona, anclándola al suelo.
-Maldición...-masculló Mona.
No tenía forma de liberarse de ese hielo, siendo su Visión Hydro, y además utilizando un catalizador...
Lumine tenía que ir a ayudarla.
Mona se apartó las coletas de la cara, invocó su catalizador, lo cogió con una mano, y de un rápido movimiento lo descendió hacia sus pies. De un solo golpe, fracturó el hielo que la aprisionaba los pies y se liberó, justo antes de recibir una estocada del enemigo.
Tan cerca, Mona le dio una bofetada de agua en la cara, cegándole momentáneamente, lo que aprovechó para golpearle nuevamente.
Lumine se recuperó y fue hacia ellos.
Formó un torbellino, el cual Mona aprovechó con su agua y dio de golpe al otro Albedo, que acabó rodando en el suelo con un gruñido.
-Le ha dado de lleno-dijo Mona, jadeando.
-Sí. No debería ser capaz de...
Una lluvia de esquirlas de hielo descendió sobre ellas.
Se separaron y corrieron en distintas direcciones para esquivarlas.
Eso las hizo alejarse del muro de hielo que guarecía el campamento. Y en la abertura, estaba Klee, temblando, asustada, pero lista para proteger del modo que hiciera falta.
El otro Albedo miró a la niña, y con una sonrisa, echó a correr en su dirección.
No podían dejar que llegara hasta ella.
Lumine echó a correr tras él, más rápida que Mona, que tenía una pierna gravemente dañada.
Justo cuando estaba por alcanzarle, justo cuando estaba al alcance de su arma, él alzó una mano y Lumine cayó al suelo de cara con un grito ahogado.
Miró hacia atrás, a sus piernas, las cuales no respondían porque dos trozos grandes de hielo estaban clavados en ellas, y la tenían retenida en el suelo.
La postura la dificultaba intentar llegar a las esquirlas, que habían atravesado piel y músculo y la hacían sangrar, para sacárselas. Estaba tardando demasiado.
Mona se la adelantó y llegó a colocarse delante del otro Albedo, cortando su paso. Invocó una gran cantidad de agua, envolviéndolos a ambos. Parte de esa agua acabó congelada y estrellándose contra el suelo, pero para cuando Lumine pudo verlos a los dos a través del agua y hielo, Mona le había dado un golpe con su catalizador en la cabeza, mientras recibía una puñalada de la espada en el costado.
Creyó escuchar a Klee gritar.
Lumine se giró en su incómoda posición e intentó extirpar el hielo.
Tenía que ir a ayudar a Mona. Ya.
Mientras intentaba liberarse, debido a la corta distancia que los separaba, Mona agarró la espada que tenía clavada. Soltó su catalizador y agarró un brazo del otro Albedo, impidiéndole retirarse. Éste siseó.
-¡Klee!-gritó entonces Mona-Le tengo retenido. ¡Lánzale una de tus bombas!
Klee palideció. El otro Albedo intentaba liberar del agarre de Mona.
-P-pero... También te dará a ti, Mona...-dijo en apenas un hilo de voz Klee.
-Estaré bien. Hazlo, Klee, rápido.
-Pero...
-¡Hazlo, Klee!
Con un sollozo, Klee lanzó una de sus bombas hacia Mona y el otro Albedo.
Una fuerte explosión.
La onda expansiva golpeó a Lumine, a pesar de intentar cubrirse como pudo.
Cuando la explosión cesó, Lumine notó las piernas más ligeras. Fue entonces cuando vio que el hielo que le atravesaba las piernas se había derretido de golpe.
No fue por el calor repentino, sino porque el núcleo que generaba ese hielo había sido derribado, de igual forma que la ventisca había cesado, y por primera vez desde que habían ascendido esa montaña, Lumine pudo ver claros de cielo azul entre las nubes.
Se incorporó a duras penas, piernas chorreando sangre.
Vio al otro Albedo tirado en el suelo no muy lejos de donde había sido la explosión, la nieve allí desaparecida del suelo ahora chamuscado.
Mona había sido derribada y se encontraba en el suelo mucho más lejos. A esa distancia, Lumine no era capaz de distinguir cómo se encontraba su amiga.
Tenía que asegurarse de que estaba bien. Pero también...
Tenía que asegurarse de que el enemigo estaba realmente incapacitado.
Las piernas de Lumine se resentían a cada paso, pero no cesó de andar hasta que llegó a donde estaba el otro Albedo. Tenía quemaduras por todo el cuerpo, y partes de piel que parecían brillar, como hielo, como cristales.
¿Estaba vivo?
Su pregunta fue respondida cuando él la agarró del tobillo, y se alzó golpeando una de sus piernas heridas.
La agarró del cuello.
A Lumine se le cortó la respiración.
El corazón se le agitó. Porque aquel rostro igual al de su amigo estaba llorando.
-¿Por qué...?-musitó él-Solo quiero...
Fue interrumpido cuando una flecha le alcanzó un hombro, junto con una explosión de agua, que le golpeó, haciendo que soltara a Lumine, que trastabilló hacia atrás.
Una serie de destellos dorados surgieron cual fuegos artificiales frente a ella, y entre esas luces, una figura pasó a su lado, y para cuando los destellos desaparecieron, vio cómo Albedo había clavado su espada en el pecho de su doble.
Lumine jadeó.
Miró hacia atrás, y vio a Childe, todavía con el arco en la mano, apenas erguido en la apertura del muro de hielo siendo sujetado por Paimon y Klee.
Otro jadeo, pero esta vez no era suyo.
Lumine volvió a girarse y vio cómo Albedo sacaba la espada y daba unos pasos hacia atrás, su doble derrumbándose en el suelo. Sangre goteaba de su pecho.
-... Así que tú también sangras-dijo Albedo.
El otro Albedo soltó algo parecido a una carcajada.
Tenía el rostro fragmentado, con grietas, como si se tratara de una pieza de porcelana a punto de romperse. Por esas mismas grietas corrían sus lágrimas.
El otro Albedo se llevó una mano al pecho sangrante.
-Dime... ¿Qué es lo que realmente nos diferencia?-cuestionó, con voz cansada.
Albedo no respondió.
-¿Que tú pareces tener corazón y yo no? ¿Por qué...Por qué madre me desechó...? Yo solo... Solo quiero... ¿Tan malo es que quiera lo mismo que tú...?
A pesar de todo lo que les había hecho pasar, Lumine sintió cómo se le encogía el corazón al escuchar esas palabras.
Le recordaba demasiado a Scara, y algo parecido a una mezcla de pena, compasión y arrepentimiento recorrió su cuerpo como otro tipo de ventisca.
La existencia de una persona no tenía por qué ser dictada por otra persona, ni por su origen, sino lo que hiciera con esa vida. Aún... Aún podía encontrar eso que quería. Aún podía arrepentirse e intentar vivir como Albedo.
Lumine dio un paso tambaleante al frente, sin saber muy bien qué hacer, qué decir. Pero Albedo se la adelantó.
Albedo se arrodilló frente a él, y le envolvió en un abrazo.
La reacción del otro fue inmediata.
-S-suéltame-dijo, intentando zafarse del abrazo-No me toques...
Pero Albedo no se inmutó, a pesar de que el otro pataleó, le dio puñetazos, le mordió. Se quedó quieto, hasta que el otro hizo lo mismo.
Solo entonces, le soltó, y le miró fijamente.
-... No busco tu perdón-le escupió aquellas palabras.
-Y no pienso dártelo-replicó Albedo, con su voz calmada habitual; parecía ser capaz de hablar mejor. La medicina debía haber hecho efecto-No después de todo lo que has hecho e intentado hoy aquí.
-¿Y a qué esperas para rematarme? Si no lo haces, sabes que volveré a intentarlo.
-No tienes por qué hacerlo.
El otro Albedo apretó los dientes.
-... Es lo único que me queda. Si no tengo siquiera un objetivo, ¿cómo esperas que...?-su voz se apagó. Sacudió la cabeza-Ni siquiera nadie se molestó en darme un nombre. Un nombre de verdad.
Albedo desvió la mirada al suelo, a la nieve derretida por la cálida sangre.
-... Solo si estás dispuesto-dijo Albedo, despacio-Dispuesto a cambiar. A no hacer daño solo por el placer de generarlo, ni por querer conseguir algo a cambio de ello. ¿Sabes? Vivir entre humanos no es sencillo. Hay reglas sociales. Contexto sobre ciertas situaciones que dan por hecho que conoces, y muchas veces ese no es mi caso. Y solo se puede hacer una cosa al respecto-hizo una pausa-Aprender.
-¿Es así como juzgas a los humanos? No son seres perfectos, aunque inexplicablemente busquemos ser como ellos-dijo el otro-Quizás nos hicieron así. O quizás sea esa nuestra imperfección.
Albedo se llevó una mano a la nueva cicatriz que tenía en la garganta.
-Hay belleza y crueldad en ellos-dijo Albedo-Igual que en ti.
-Mientes.
-No miento. No en este momento, por lo menos-replicó Albedo sin cambiar su tono de voz calmado-Si estás dispuesto, podríamos compartir la vida. Ver mundo. Conocer el mundo, y todo lo que habita en él. Podríamos incluso compartir nombre.
-¿Y por qué iba a querer eso?
Albedo parpadeó.
-Creía que querías un nombre.
-No el tuyo.
-Eso es comprensible. Además, sería confuso.
-Tú... ¿De verdad estás hablando en serio?-había genuina sorpresa e incertidumbre en su voz.
-¿Por qué no iba a hacerlo?
-Ah...-suspiró el otro; entonces, una leve sonrisa, pero no denotaba alegría alguna-Quizás por eso eres tú...y no yo...
Fue un simple murmullo.
Fueron como unas últimas palabras. Como una maldición.
Porque instantes después se deshizo en volutas brillantes, como luz refractada en el hielo que controlaba, y desapareció.
Un silencio sordo se apoderó de la montaña.
Lumine se atrevió a acercarse a Albedo solo cuando éste se puso de pie.
-¿Se...ha ido?
-... Por ahora-Albedo miró el charco de sangre a sus pies-Conociéndole, volverá.
Lumine tocó el brazo de Albedo. No sabía muy bien qué quería decir ni hacer, nuevamente, pero se sentía en la necesidad de demostrar algún tipo de apoyo a Albedo, cuyos ojos parecían estar muy lejos de allí.
Y contra todo pronóstico, por fin se había terminado.
-Ugh...-se escuchó un quejido.
Albedo y Lumine desviaron la vista para ver cómo Mona se incorporaba hasta quedar sentada en el suelo.
-¡Mona!-exclamó Paimon.
Mona les devolvió la mirada a Lumine y Albedo. Su cuerpo se tensó y se puso de pie todo lo rápido que pudo.
-Lumine...-dijo con urgencia.
La mente de Lumine tardó un instante más de lo habitual (normal con la cantidad de sangre que había perdido) en comprender lo que pasaba.
-Tranquila, Mona-se apresuró a decir-Es Albedo. El otro... El otro se ha ido.
Eso hizo que Mona entrecerrara los ojos.
-¿Habéis acabado con él?
-Mm... Más o menos. Te lo explicaremos.
-Sí, por favor. Ah...-suspiró-Pierdo el conocimiento durante unos minutos y me pierdo el gran final. Mm... Podría haber sido mucho peor-sonrió-Sí, desde luego, podría haber sido mucho peor...
Se llevó la mano a la cabeza.
-Ugh, retiro lo dicho...
Mona tenía varias quemaduras por todo el cuerpo, pero no parecían ser más que superficiales, lo cual era un alivio. Pero... Su pelo se había quemado. Tenía quemaduras en la nuca y en las sienes, sus largas coletas habían desaparecido y ahora tenía el pelo muy corto.
-Mona-exclamó Klee, preocupada-Tus coletas... Lo... Lo siento...
-Oh, no, no te preocupes-dijo rápidamente Mona, sintiéndose culpable-No pasa nada, Klee, ¿ves? Estoy bien. Y en cuanto a mi pelo... Volverá a crecer. Y mis heridas se curarán.
Mona miró en derredor.
-Debo admitir que podríamos haber acabado en mejores condiciones, pero... Estamos todos bien-sonrió-Se acabó.
Tenía razón.
Lumine, Albedo, Mona y Childe eran los que peor habían acabado, pero era un alivio que tanto Klee como Paimon apenas tuvieran unos rasguños, ya que ellas eran las más vulnerables del grupo.
-Entonces... ¿Hemos ganado?-preguntó Klee en un hilo de voz-Lo malo que vio Mona... ¿Ya no está?
-Eso es, ¡hemos ganado!-celebró Paimon.
Estaban bien. Todos estaban bien... Estarían bien.
La mirada de Lumine fue hacia Childe, que se la devolvió con un único ojo. Él sonrió.
Lumine intentó devolverle la sonrisa.
No fue capaz.
*. *. *
Bajar de la montaña fue toda una odisea.
A pesar de haber evitado una muerte inminente, y de haber ayudado en la lucha en el último momento, Albedo y Childe seguían en malas condiciones, y tanto Lumine como Mona tuvieron que ayudarlos a andar. Albedo permaneció consciente, aunque en silencio, siendo cargado por Mona. Childe, por su parte, volvió a perder el conocimiento. Y por una parte, Lumine lo agradeció. Sabía que sobreviviría, y aún no estaba segura de estar preparada para hablar con él, con todo lo que había trascendido en apenas unas horas que se sintieron como pequeñas eternidades apretando alrededor del cuello de Lumine. Si las heridas no la habían matado ya, Lumine estaba segura de que lo habrían hecho la preocupación y la culpabilidad.
En su descenso, no se encontraron con ningún Hilichurl, ni ningún aventurero, por suerte. Evitaron el campamento al pie de la montaña y se dirigieron a la ciudad de Mondstadt.
Lumine tuvo un pequeño dilema, pero se obligó a actuar, pues todos necesitaban ayuda médica, unos más que otros.
Pero no podía simplemente cruzar las puertas de la ciudad con un Heraldo de los Fatui a cuestas.
Mona ofreció que fueran a su casa, cerca de la entrada de la ciudad (aunque Lumine estaba segura de que ese mes aún no había pagado el alquiler).
Los caballeros de la entrada se sorprendieron al verlos llegar en aquel estado, pero ya habían contado con eso. Dijeron que venían de una misión encargada por Jean, y que no se debía saber de su llegada a la ciudad excepto a la propia Jean.
Por suerte lo entendieron. No dudaron de la Caballera Honoraria, la cual, tras comprobar que Klee estaba en perfecto estado, mandó a la niña a buscar a Jean para que le explicaran la situación.
Prefería evitar que ciertas personas, como Diluc y Kaeya, se enteraran de la presencia de Childe en Mondstadt. Uno intentaría matarle, y el otro sacarle información (o puede que ambas cosas), y Childe no estaba en condiciones de ninguna de las dos cosas. Por eso tampoco podían ir al cuartel de los Caballeros de Favonius.
Se instalaron en la casa de Mona, y no mucho después, Jean apareció, preocupación tiñendo sus facciones.
Lumine y Mona se encargaron de explicarla todo a grandes rasgos, después de pedirla que por favor tratara a los heridos.
Jean, siempre atenta y perceptiva, se fijó en el uniforme de Childe, así como en su Visión y Engaño.
Pero Jean se limitó a asentir. Los curó a todos, e incluso hizo llamar a Bárbara para que ayudara, pidiéndola absoluta discreción.
Las heridas de Mona y Lumine, aunque algo aparatosas, se curaron sin problemas, aunque tardaron un tiempo en recuperarse de la debilidad que les había provocado.
Las personas con Visiones tenían un mayor nivel de protección, o más bien, de resistencia, a ataques o reacciones elementales, por eso las quemaduras de Mona o las heridas provocadas por el hielo no dejaron mucha marca tras de sí. Si bien el pelo de Mona tardaría en crecer. Y en cuanto a Lumine... Como habían tardado en tratarle las heridas en condiciones, y porque era en una zona delicada, a pesar de que sanaron, a Lumine la quedó una cicatriz en la mejilla, allí donde la habían apuñalado. Igual que la palma de su mano. Y a pesar de los esfuerzos de Jean y Bárbara, Lumine no pudo recuperar la movilidad y agarre que tenía en la mano derecha, allí donde una flecha había desgarrado músculo y nervio.
Pero a Lumine no la importaba. Seguía viva.
De los más heridos, Albedo fue el primero en recuperarse, y Lumine estaba casi segura que se debía a su...particular disposición, pues ningún humano puede que hubiera sobrevivido a sus heridas.
La intención de Albedo era volver a la montaña, para intentar volver a montar su laboratorio y volver a sus investigaciones, porque muchos de sus informes se habían perdido. Pero Jean se lo prohibió en el futuro próximo, no hasta que supieran a ciencia cierta que las cosas verdaderamente se habían calmado, aunque tanto Lumine como Albedo sabían que no habría ningún tipo de ataque, no por ahora, y puede que no más tarde. Puede que las palabras de Albedo hubieran llegado finalmente al corazón de su doble, de su hermano.
Puede que Albedo quisiera replicar, pero se limitó a obedecer a su superior y se centró en transcribir informes con lo que tenía allí, así como ayudar a Sacarosa y Timaeus en sus proyectos alquímicos.
-¿Seguro que estás bien?-le preguntó Lumine.
Albedo se llevó una mano al cuello, casi por inercia.
Donde antes tenía una marca en forma de estrella, ahora descansaba una cicatriz mayor, como si aquella misma estrella hubiera explotado en su garganta.
-... Eso creo, sí-respondió él-Aún no sé... Cómo acabará realmente esto, a pesar de lo acontecido anteriormente. Y me preocupa...
-Tomarás la decisión correcta, Albedo-le interrumpió Lumine.
Albedo la miró.
-¿Cómo puedes estar segura? Puede que él traiga la destrucción a Mondstadt, o al mundo... O la traiga yo. ¿Qué harías entonces?
-Eso es fácil. Detenerle, detenerte, deteneros a ambos-esbozó una sonrisa-Seguro que Alice y Klee tendrían mucho que decirte al respecto.
Aquello hizo sonreír a Albedo también.
-Seguro que me reñiría como a un niño.
-Es el privilegio de las madres, ¿no es así?
Y Klee apenas se separaba de él estos días, como si temiera que fuera a desaparecer.
-Me pregunto... Qué diría mi maestra de todo esto.
-No lo sé-admitió Lumine, pues no conocía a Rhinedottir-¿Qué dirías tú de ella?
-... Quién sabe.
Pero Lumine estaba segura de que él sí lo sabía.
-Lumine. Gracias. Y lo siento.
-Acepto la gratitud, pero no las disculpas. ¿Por qué te disculpas?
-Porque es por mi culpa que todos os hayáis visto envueltos en...
-¿Una especie de pelea familiar?-bromeó Lumine; aquella selección de palabras pareció sorprender a Albedo-No tienes por qué disculparte. De verdad. Son...circunstancias. Y yo podría haber huido de ellas, y no lo hice. Solo quería ayudar-contuvo un suspiro-Como hago siempre.
-Entonces, ¿sería preferible que retirara mis disculpas y tan solo te diera las gracias por evitar que muriéramos todos allí arriba?
Lumine sonrió, pero la sonrisa no llegó a sus ojos.
-Sí, sería preferible.
Pero Lumine seguía teniendo la horrible sensación de que algo, algo suyo había muerto y quedado abandonado en aquella montaña helada.
Quizás así era como se sentía Albedo.
-¡Lumine!-la llamó Klee-¿Qué haces?
-Tengo que hablar con Mona.
-Klee se alegra mucho, mucho de que todos estén bien. Aunque Childe no haya despertado todavía...
Lumine intentó que no se notara lo preocupada que estaba al respecto.
-Por cierto, Klee, hay algo que debería haberte dicho antes.
-¿El qué?
-Gracias por cuidar de todos-dijo Lumine de corazón-Has sido muy valiente.
-¿De verdad? ¿Klee lo ha hecho bien?
-Por supuesto.
-Es que... Klee pasó mucho miedo-admitió la niña con pena.
-¿Sabes una cosa? Yo también.
Klee hizo un aspaviento.
-¿Lumine también tiene miedo? Pero eres muy fuerte...
Lumine le recolocó el gorro a la niña, que era nuevo, como le había visto hacer a Albedo.
-Será nuestro secreto-le dijo Lumine en voz baja-De aventurera a aventurera.
Klee se tapó la boca y asintió con la cabeza con vehemencia. Después, bajó las manos, y sonrió ampliamente.
Lumine tenía muchos miedos, y muchos secretos. Como ondas provocadas en la superficie de aguas tranquilas. Y era ella la que lanzaba las piedras.
Quería salir huyendo antes de ser ella la que se lanzara a esas aguas de las que quizás nunca volvería a emerger.
-Mona-habló con ella a solas después-¿Se ha cumplido tu predicción?
-No sabría decirte.
Se había agenciado otro sombrero, que Lumine diría que era idéntico a su predecesor, pero aún resultaba extraño que no salieran un par de largas coletas debajo de ese sombrero.
Lumine se había tenido que cortar un poco el pelo, aunque solo fuera por igualar ambos lados debido al súbito corte de pelo que había sufrido. Y por suerte, el pelo todavía la cubría la oreja que, tal y como sospechaba, no podía ser regenerada ni con magia, porque había perdido parte de ella. Escuchaba por ese lado de una forma distinta al otro, haciendo que los sonidos que registraba fueran un poco extraños. Otra cosa a la que tendrá que adaptarse.
-Dijiste que había calamidad-recordó Lumine-Y que era una visión difusa pero, ¿qué final tenía? ¿Hemos conseguido cambiarlo?
-No había un final claro, realmente-respondió Mona-Eso es lo que más me molesta. No es como siempre... No sé si es que hay algo que interfiere como ya comenté, pero... No era una simple predicción. Tras lo que hemos vivido, y cómo se ajustaba a los retazos que he visto, casi es más como el comienzo de un vaticinio. Uno peligroso.
Lumine suspiró, no queriendo darle más vueltas al asunto ahora mismo.
-... Parece lo normal en este mundo-susurró.
Era como si el mundo, una vez más, estuviera abocado al desastre.
Y Lumine también.
El tiempo pasaba, y no perdonaba a nadie.
-¿A dónde va Lumine?-la cuestionó Paimon tiempo después.
-... A continuar con mi Viaje. Aún hay cosas que hacer en Sumeru antes de poder ir a Fontaine...
Paimon se cruzó de brazos.
-¿Y Lumine no va a esperar a que Childe despierte?
Lumine desvió la mirada, nerviosa.
-... Childe está bien. Ya escuchaste a Jean. Está fuera de peligro y despertará dentro de poco.
-¿Y por qué Lumine no espera?-había juicio en la voz de Paimon.
Lumine bajó la mirada a sus pies. Bajo sus nuevas botas, había unas ligeras cicatrices en las piernas, donde el hielo la había rajado cual cristal.
Lumine se llevó una mano a la cicatriz de la cara.
Todos los que la habían visto por Mondstadt se habían interesado por su cicatriz, preocupados al ver que su heroína era capaz de sustentar heridas como el resto de mortales.
Quizás Teyvat no debería idolatrarla tanto cuando lo único que buscaba Lumine era ayudar a los demás para que los demás la ayudaran a encontrar a su hermano.
-Es cierto que Paimon no entiende muchas cosas-dijo entonces Paimon, ante el silencio de Lumine-Pero Paimon no es tonta y Paimon sabe que Lumine está preocupada por algo relacionado con Childe-flotó hasta quedar más cerca de ella-Si hay algún problema, Lumine tiene que resolverlo, y para eso tiene que hablar con Childe.
-... No es tan sencillo.
-Paimon no ha dicho que lo sea. Seguro que es difícil, y por eso Paimon no lo entiende.
Lumine tampoco estaba segura de entenderlo.
Se preguntó si es así como se había sentido Childe todas las veces que la vida de Lumine había estado en peligro. Era asfixiante.
Este tipo de situaciones hacía que Lumine se planteara si ella realmente debería estar allí. Su existencia en aquel mundo, en Teyvat. Si no debería dejar que las cosas siguieran su curso, porque pensaba que, aunque ella no hubiera intervenido, los grandes problemas de las naciones podrían haber sido resueltos, o por lo menos enfrentados, por sus habitantes. Además, en el fondo, Lumine no había conseguido evitar nada. No respecto a las Gnosis, desde luego.
-Paimon.
-¿Sí?
-¿Tú crees...que debería estar aquí?
Paimon la miró con los ojos muy abiertos.
-¿Qué clase de pregunta es esa? ¡Por supuesto que Lumine debería estar aquí! Nada sería lo mismo sin ti, Lumine.
Lumine se preguntó cuánta verdad habría en esas palabras, por mucho que Paimon se las creyera.
... Lumine se preguntó a qué se refería ella misma con aquí.
*. *. *
Tartaglia estaba acostumbrado a despertar bajo techos desconocidos. A fin de cuentas, debido a su trabajo, se movía mucho por el mundo.
Por eso no se sorprendió al despertar, una vez más, en un techo y por ende una habitación que no conocía.
No era extraño.
Lo que sí era extraño era esperar despertar en su antigua habitación, en su casa de Morepesok.
... Quizás añoraba su hogar más de lo que creía.
Aún debía estar medio dormido, porque no veía bien. Casi como si...
Se frotó la cara.
... ¿Uh?
Con más esfuerzo del que estaba acostumbrado, se incorporó en la cama hasta quedar sentado. Notaba el cuerpo entumecido.
Miró a su alrededor.
La habitación era bonita y sencilla, y absolutamente desorganizada, llena de libros y manuscritos, así como de artilugios de los cuales Tartaglia no estaba seguro de saber el nombre.
No había nadie más.
Sentía que la memoria le fallaba, y eso no era propio de él. O más bien, sentía que su memoria le estaba jugando una mala pasada con ciertas imágenes inconexas que parecían más un sueño que una realidad que rememorar.
Volvió a llevarse una mano al rostro.
La puerta de la estancia se abrió.
-... Debo haber dejado ese libro aquí... Oh, vaya, has despertado.
Era Mona. La astróloga que también tenía una Visión Hydro. Había algo raro en ella.
-... ¿Qué le ha pasado a tu pelo?
Mona suspiró.
-¿Eso es lo primero que dices nada más despertarte? He de decirte que, por si no lo recuerdas, mi precioso pelo se quemó-se puso a rebuscar entre las toneladas de libros por allí distribuidos sin ningún orden aparente (y realmente no debían tener ningún orden, porque no parecía capaz de encontrar el que estaba buscando)-Quizás te interesaría más saber que llevas cuatro días inconsciente.
Tartaglia frunció el ceño.
Poco a poco, los recuerdos volvían a él, pero se mezclaban en su mente. Sacudió la cabeza.
-¿Qué pasó al final? ¿En la montaña?-preguntó finalmente.
-¿Versión extendida o versión resumida?-Mona seguía rebuscando entre los libros, sin mirarle a la cara-La versión resumida, como me imagino que habrás supuesto si es que recuerdas algo del final, es que vencimos, la ventisca se disipó y el gran mal... Se retiró.
-¿No acabamos con él?
-No estoy segura, la verdad.
-¿Cómo pensabas entrar en detalles si ni siquiera sabes eso?
-Hmp. Quizás porque deberías hablar con otra persona sobre esto-dijo, algo molesta.
Le fulminó con la mirada, pero la apartó rápidamente.
Fue hacia una pequeña estantería, y rebuscó entre los cajones hasta dar con lo que buscaba.
No era un libro.
Era un espejo.
Y un parche para el ojo.
Mona le dio a Tartaglia ambas cosas.
Se devolvió la mirada en el reflejo, y aunque ya sabía lo que se iba a encontrar, quizás también la verdadera razón por la que Mona intentaba no mirarle a la cara, era porque tenía destrozada la parte izquierda del rostro, más concretamente todo lo que rodeaba el ojo.
Bueno, más bien la cuenca ocular, vacía, rodeada de cicatrices.
Tartaglia torció el gesto.
-... Hicieron todo lo que pudieron, pero no consiguieron salvarte el ojo-dijo entonces Mona, con una voz ahora más apacible-Sinceramente, ni siquiera sabíamos si sobrevivirías. Tu cerebro incluso entró en estado de shock. De verdad, no sabíamos si...-se cortó-¿Cómo te encuentras? No, más bien, tienen que verte, hacerte un chequeo. Voy a buscar a...
-¿Dónde está Lumine?
Mona se detuvo, con la mano en el pomo de la puerta.
-... No lo sé. Hace más de un día que no la veo-hizo una pausa-Voy a buscar a Bárbara para que te examine, y quizás también a Albedo por si puede ayudar, aunque solo sea con explicaciones. Ahora vuelvo-ahora sí le miró fijamente-Quédate aquí. Quieto.
Y se fue sin dar ninguna explicación más.
Tartaglia volvió a mirar su reflejo.
Se encontraba bien. Bastante bien, visto que había estado al borde la muerte.
En cuanto a su ojo...
No es como si realmente le importara estar en parte desfigurado.
Estaba lleno de cicatrices, tanto por dentro como por fuera. Mientras aún pudiera seguir luchando, mientras aún pudiera seguir al lado de Lumine... Nada más importaba.
... Pero puede que a Lumine sí la importara.
Apretó el parche en el puño y exhaló.
Se cubrió el ojo, y se puso en marcha.
*. *. *
Tartaglia nunca había estado en Mondstadt, y no sabía muy bien dónde ir, a pesar de que sabía que la ciudad no era más grande que Liyue o Inazuma, desde luego.
Conocía lo básico, y la verdad es que no se había molestado en memorizar ningún mapa porque esperaba contar con Lumine a su lado para guiarle (junto con Paimon, claro). Aunque no estaba seguro de si era buena idea andar solo por esas calles, ya que, por mucho que hubiera venido en unas especies de vacaciones que terminaron transformándose en una misión, el hecho de que un Heraldo de los Fatui se paseara por allí era, indudablemente, una mala idea. Además, sabía que había emisarios Fatui en la ciudad, y no podía arriesgarse a que le vieran. No ahora, no así.
Y eso que se había cambiado la ropa manchada de sangre (no había encontrado su abrigo por ninguna parte, aunque no es como si allí le hiciera falta) y se había puesto ropa que debía ser propia de aquella región. Quizás lo que más llamaría la atención, aparte de sus rasgos de Snezhnaya, era, por supuesto, el maldito parche.
Tampoco daba con ningún conocido que pudiera ayudarle. Quizás debería haber esperado como un buen chico como le había dicho Mona.
Además, era muy desorientador ver su campo de visión tan mermado de repente.
Pero necesitaba ver a Lumine, y más después de lo que Mona había dicho.
Porque Tartaglia tenía un difuso recuerdo de Lumine mirándole con ojos tristes, la boca curvada hacia abajo.
Casi gritó del alivio cuando vislumbró a Paimon tras subir otro bloque de escaleras.
-¡Paimon!-exclamó igualmente al llegar a su altura, al darse cuenta de que estaba sola.
-¡Ah!-gritó Paimon-¡Es Childe! Childe no debe pegar esos sustos a Paimon. Pero... Paimon se alegra de que Childe esté bien.
-Por supuesto que estoy bien. ¿Acaso lo dudabas, pequeña Paimon?
Paimon se cruzó de brazos y sin ningún ápice de sutileza, señaló el parche de Tartaglia.
-Sí, bueno... No he dicho que no haya salido con alguna que otra secuela. Aún necesito alguna explicación al respecto...
-Paimon no dirá nada.
Tartaglia entrecerró los ojos, suspicaz. Había respondido demasiado deprisa, y Paimon de por sí adoraba hablar.
-¿Y eso por qué?
-Porque... Porque... ¡Porque Childe debería hablar de esto con Lumine!
-¿Y dónde está? ¿Dónde está Lumine?-intentó no sonar desesperado, pero incluso para él había sonado demasiado desesperado.
No la encontraba por ninguna parte, y casi había entrado en una especie de crisis cuando vio a Paimon.
Si Paimon estaba aquí, Lumine tenía que estar aquí, ¿verdad?
-Lumine está allí-señaló Paimon.
Tartaglia pidió a su corazón que se tranquilizase en el momento en que sus ojos... Bueno, su ojo. En singular. Supuso que tardaría en acostumbrarse. En tal caso, en el momento en que vio a Lumine, en una zona apartada de la ciudad, en la que no había más personas a la vista.
-¿Y tú qué haces aquí?
-Paimon está vigilando.
Tartaglia la miró con una mezcla de sorpresa y confusión.
-Me refería a qué haces que no estás con ella, teniendo en cuenta que estás pegada a ella prácticamente las veinticuatro horas del día. Pero... ¿Qué se supone que estás vigilando?
-A Lumine, por supuesto-respondió Paimon-No es que Lumine no quiera estar con Paimon, pero... Lumine dijo que necesitaba tiempo a solas para pensar.
-¿Pensar en qué?
-Paimon no lo sabe, pero...-desvió la mirada de Lumine y la fijó en Tartaglia-Lumine... Cuando todos se curaron, y la vida de Childe ya no corría peligro... Lumine quiso irse. Sin esperar a que Childe despertara ni despedirse.
El corazón de Tartaglia volvió a adquirir un ritmo frenético, similar al pánico.
-¿Por qué?-preguntó, inseguro.
-Paimon ya ha dicho que no lo sabe-dijo, molesta-Pero Paimon se enfadó un poco con Lumine.
-... Creía que vosotras no os enfadabais.
-¡Y no nos enfadamos! No de verdad-bajó el tono-Paimon se enfadó porque Lumine quería huir sin hablar con Childe antes. Paimon cree que ha convencido a Lumine de quedarse hasta hablar con Childe. Pero Paimon vigila a Lumine en caso de que se vaya. Porque se puede ir sin Childe, ¡pero no sin Paimon!
Childe apoyó una mano en la cabeza de Paimon.
-Gracias, Paimon-dijo, y pasó de largo para dirigirse hacia Lumine.
-Si de verdad se lo agradeces a Paimon, ¡cómprale mucha comida a Paimon luego!-le gritó en respuesta, y se alejó flotando.
Para cuando volvió a mirar en dirección a Lumine, ella ya le estaba mirando, alertada por el último grito de su compañera.
Y esta vez, Tartaglia sintió cómo el corazón le subía a la garganta para luego desplomarse en su estómago a una velocidad vertiginosa al ver el gesto de Lumine al mirarle a la cara.
Había miedo, culpa, disgusto. Tartaglia no estaba seguro, y no quería comprobarlo, pero el hecho de que Lumine dio un paso atrás fue respuesta suficiente para él.
Parecía querer huir de él.
Tartaglia no se lo permitiría.
-¿Paimon y tú estáis enfadadas?-preguntó entonces, acercándose a ella.
Eso hizo que Lumine se quedara en el sitio. Bien.
-... ¿Qué?-desde luego se veía que no esperaba que lo primero que le dijera fuera eso.
-Que si estáis enfadadas. Paimon dice que en parte lo está, y que te estaba vigilando-dijo, señalando en la dirección por la que Paimon se había ido. Mejor empezar por un tema más neutral.
Lumine apretó los labios, girando la cabeza hacia un lado.
-... No estamos enfadadas. Solo... Bueno, digamos que actuó como la voz de mi conciencia.
Tartaglia enarcó una ceja.
-Vaya, eso sí que es una novedad.
Lumine sacudió la cabeza.
-Oh, cállate...
-Estoy bien, ya que lo preguntas.
-No lo estás-replicó Lumine, no mirándole a la cara.
Tartaglia se detuvo frente a ella, y a esa distancia, notó cómo su estómago empezó a hervir de furia.
Dio otro paso más hacia Lumine, y la agarró del mentón, obligándola a mirarle. Giró su rostro.
Miró la cicatriz que la atravesaba la mejilla. La miró de arriba a abajo. Sustentaba más heridas.
Rozó su oreja con los dedos. Había perdido parte de ella.
... Por supuesto que Tartaglia no había sido el único que había acabado con secuelas. Ya había visto a Mona, con marcas pequeñas de quemaduras, con una ligera cojera... Por no hablar de su propio ojo, el cual no recordaba haber perdido, aunque se imaginaba cómo había sido. Recordó una flor y un dolor punzante... Y un extraño sueño cuyos detalles seguían eludiendo su memoria.
Pero ver así a Lumine...
-... ¿Cómo te has hecho esto?-susurró.
Lumine bajó la mirada, y parte de la furia de su cuerpo empezó a emerger.
-¿Quién te ha hecho esto?-su tono de voz casi sonaba a exigencia.
Lumine había terminado así de herida, mientras él... Mientras él estaba inconsciente.
Vio a Lumine tragar saliva.
-... El enemigo-alzó nuevamente la vista a él-Aquellas odiosas flores...
Su voz destilaba rencor, un rencor como nunca antes Tartaglia la había oído a ella.
Y, lo más importante, y preocupante, es que Tartaglia sentía que Lumine estaba mintiendo.
-Sé que... Estuve fuera de combate la mayor parte del tiempo, pero...
-Eso no es tu culpa-le cortó Lumine, y se mordió el labio, cerrando la boca, como si hubiera dicho más de lo que debería o querría.
Y Tartaglia creyó entonces entenderlo.
-Te conozco, Lumine, y sé que estás mintiendo.
Lumine se soltó de su agarre y dio un paso atrás.
Entonces esbozó una sonrisa triste.
-... Si me conoces, entonces ya sabes lo que te voy a decir, ¿no?
Tartaglia dio un paso hacia ella, y ella lo dio hacia atrás.
-Entonces no lo digas-replicó él, enfadado y asustado casi a partes iguales-Porque es mentira.
-Childe...-empezó a decir Lumine.
-No. Esto...
-Childe, por favor-había súplica en su voz, y Tartaglia no tuvo más opción que dejarla hablar-Siempre que... Que estamos juntos, nada bueno parece salir de ello. Siempre nos ponemos en peligro a nosotros y a los demás. Casi como si... Como si realmente no debiéramos estar juntos-tragó saliva nuevamente; nunca había escuchado esa voz acuosa saliendo de los labios de Lumine, como si fuera a echarse a llorar-Esta vez, has acabado seriamente herido. Creía que básicamente estabas muerto-le tembló el labio-Y acabaste así por mi culpa.
-No fue tu culpa. Por supuesto que no-replicó, interrumpiéndola por fin.
-Por supuesto que sí. Y lo sabes perfectamente-le devolvió la réplica-Esa cosa fue a atacarme directamente a mí, y tú te pusiste en medio, recibiendo el ataque... Quedando desfigurado y tuerto.
-Te protegí-puntualizó Tartaglia-¿Y qué? Es lo que siempre hago. Lo que haría siempre. ¿Acaso no haces tú exactamente lo mismo?-la reprochó.
-¿Y no ves que eso solo reafirma lo que he dicho? Somos malos el uno para el otro. Por no hablar de que nuestros objetivos son opuestos. Se supone que somos enemigos-insistió Lumine, voz cargada de pesar-No... No deberíamos estar juntos, siquiera.
-No-negó con voz grave Tartaglia-No te atrevas. No te atrevas a dejarme por...por algo como esto.
-¿No ves que a este paso solo nos haremos daño el uno al otro? Incluso acabar muertos. ¿No lo entiendes?-sonaba desesperada-Ibas a morir. Por mi culpa.
-Eres una hipócrita-le espetó Tartaglia-Tú estuviste a punto de morir por mi propia mano no hace mucho. Te apuñalé, te desangrabas...
Lumine abrió la boca para decir algo, pero se arrepintió a medio camino, y volvió a cerrarla.
-Eso fue enteramente mi culpa-siguió Tartaglia, enfadado-¿Y tú qué hiciste? No me reprochaste nada. Absolutamente nada. No querías mis disculpas, pero me perdonaste igualmente porque dijiste que no importaba. ¿Y ahora me vienes con estas?
A pesar de su imagen de persona desinhibida en batalla y de bromista fuera de ella, Tartaglia, en realidad, era una persona bastante calmada. O más bien, sería más preciso decir que era alguien que evitaba el conflicto, por lo menos verbal. Aborrecía las discusiones sin sentido, y aunque muchas veces considerara que la otra persona no tenía la razón y él sí, muchas veces lo dejaba correr para evitar precisamente una discusión.
Pero ahora no podía evitarlo. No entendía nada.
Además, Lumine y él... Nunca se habían enfadado. No así. No fuera del campo de batalla. No de una forma que parecía irremediable. No era una pequeña discusión, era algo mucho más, y el pánico que se escondía por debajo del enfado de Tartaglia le empezaba a atenazar la garganta, el pecho.
Sentía que, como dijera una sola palabra indebida, todo se acabaría, quisiera él o no. Como si estuviera al borde de un precipicio, como en la montaña, y que una mala palabra sería como dar un mal paso y acabaría cayendo montaña abajo. O a las profundidades en unas aguas heladas, sin la posibilidad de volver a resurgir, porque fuera lo que fuera esto, habría terminado. Estaría muerto.
Tartaglia no recordaba haber sentido este tipo de miedo. Era incluso similar al que había sentido cuando creyó que, tras volver del Abismo, su familia no volvería a quererle igual.
Era aterrador.
-¿Por eso ibas a irte? ¿A huir? ¿Dejándome atrás?
-... ¿No sería lo más sensato?
-¿Sería lo que realmente quieres, Lumine?
Lumine volvió a apretar los labios en una fina línea, una vez más conteniéndose de hablar.
-Porque yo no-respondió Tartaglia por ella-¿Es por el ojo? ¿Porque ahora tengo peor aspecto?
-¡Claro que no! Pero... Lo perdiste por mi culpa-musitó.
Tartaglia la agarró de los hombros. Lumine intentó zafarse. Tartaglia apretó el agarre.
-Entonces, si te sientes culpable, quédate conmigo y compénsamelo-dijo, con voz grave. Dejó caer las manos-O... Eso es lo que me gustaría decir-su tono de voz bajó-Pero, atarte a mí por culpabilidad... No quiero hacer eso.
Dio un paso atrás.
-¿Y qué quieres que haga?-preguntó Lumine, que parecía una niña perdida, precisamente porque no sabía qué hacer.
Tartaglia entendía por lo que estaba pasando Lumine. Esa lucha interna entre la parte racional y la parte emocional. Tartaglia la tenía constantemente. Lo que pasa es que, al final, siempre dejaba que ganara la parte emocional, porque creía que era lo que más le definía, lo que haría su vida más interesante, incluso si había dolor y malas decisiones de por medio.
-Quédate conmigo-respondió Tartaglia en apenas un susurro-Si es lo que realmente quieres, quédate conmigo. Ya nos preocuparemos de las consecuencias después.
Lumine le miró con ojos cansados. Ojos que habían visto mucho, demasiado para alguien de aspecto tan joven.
-¿Así es como solucionas los problemas?
-No me ha ido del todo mal, ¿no?-Lumine alzó una ceja-Bueno, en tal caso, sigo vivo, ¿no? A pesar de todo.
-... No me libraré de ti tan fácilmente, ¿verdad?
-Exacto-afirmó-Es como somos. Es la clase de vida que llevamos. Nunca hablamos de un futuro más lejano precisamente porque no sabemos qué nos va a deparar, ni cómo actuaremos en consecuencia.
Tartaglia tenía sus convicciones y, sobre todo, su lealtad.
Y puede que esa misma lealtad a una diosa que planeaba cambiar el mundo fuera lo que le hiciera perder a Lumine al final.
Pero no sería hoy. Ni mañana.
¿Podía permitirse esto? Un ser tan corrompido como él, ¿podía permitirse ser egoísta y permitirse sentir aquel amor, cimentado sobre el cadáver de un pequeño Ajax en el hielo, sobre el amor parental perdido, sobre las vidas que había arrebatado para llegar hasta ese momento de su vida?
-... Puede que terminemos arrepintiéndonos. Mucho-constató Lumine.
-Es muy probable-le dio la razón Tartaglia-Pero, ya me conoces. Prefiero afrontar las consecuencias de mis actos a no haber actuado en absoluto.
Había finalidad en sus palabras.
Solo esperaba que Lumine también estuviera dispuesta a arriesgarse a vivir aquella compleja relación, que quizás no debería haber empezado en primer lugar.
Quizás fuera alguna especie de broma cósmica de esos Arcontes que tanto les gustaba caminar entre los humanos.
Puede que alguien, allí arriba, disfrutara de un sufrimiento tan burdo como era el de los humanos enfermos de amor.
Entonces, Lumine dio un paso al frente, y le agarró del cuello de la camisa con fuerza.
-¿Vas a pegarme? Seguramente me lo merezca. Recuerdo poco de lo que pasó en la montaña, y esperaba que me pusieras al día, pero puede que haya hecho algo para molestarte, ya que es uno de mis pasatiempos favoritos-bromeó él, porque necesitaba escapar de toda esa seriedad inmediatamente.
-Eres exasperante-le dijo Lumine.
-Suelo provocar ese efecto en la gente, sí.
-Eres insufrible.
Un atisbo de una verdadera sonrisa se abrió paso en el rostro de Tartaglia.
-Yo más bien diría incorregible-recitó, repitiendo unas palabras que le dijo hace tiempo.
-Y no pareces capaz de cerrar la boca.
-Una de mis muchas virtudes.
-Ah...-Lumine suspiró largo y tendido-Me rindo.
Tartaglia volvió a alarmarse. ¿Se rendía? ¿Sobre ellos? No, no podía dejar que...
Lumine alzó la otra mano, y Tartaglia realmente pensó que le iba a dar un puñetazo, pero la mano pasó de largo su cara, se enredó en su pelo y tiró. Con fuerza. Un pequeño gruñido abortó en la garganta de Tartaglia.
Lumine se puso de puntillas, tiró de él hacia abajo y le besó.
No era la primera vez que besaba a Lumine, pero siempre se sentía como si fuera algo nuevo.
Era un amor extraño. Eufórico, desgarrador.
Tartaglia se dio cuenta de que, llevaba tanto tiempo amando a Lumine, que no conocía otra forma de amar.
La devolvió el beso de inmediato, sintiendo cómo la calidez de ella se mezclaba con la suya al rodearla por fin entre sus brazos, que era lo primero que quería hacer desde que se había despertado, desde que la había visto. La apretó contra su cuerpo. Lumine soltó su camisa y apoyó la mano en su esternón. Tartaglia la apretó más contra sí.
Lumine rio contra su boca.
-No voy a intentar escapar-susurraron sus labios entre los suyos-Ya no.
-No voy a correr ese riesgo, así que no voy a soltarte-le respondió, y la besó otra vez.
Lumine le besaba de un modo rozando lo desesperado, y sería adorable de no ser porque así es como Tartaglia también la besaba, porque sentía que había estado a punto de perderla.
-Quizás deberíamos discutir más a menudo-comentó él.
Lumine le mordió el labio inferior.
Notó el momento en que los dedos de Lumine se encontraron con la cinta del parche, porque la tela se le pegó más contra la piel.
Lumine se separó de su boca con una exhalación.
-Lo siento-se disculpó.
Poco importaba. Volvió a inclinar la cabeza para besarla, pero Lumine no fue a su encuentro, y eso lo detuvo.
El nudo de la cinta debía haberse aflojado, porque el parche se deslizó por su cara.
Lumine frunció ligeramente el ceño.
Aunque a Tartaglia realmente no le importaba la herida, sintió la irracional necesidad de cubrirse el ojo, solo para evitar que Lumine volviera a poner esa cara.
-... ¿Te molesta?-le preguntó.
-No. No me importa el aspecto que tengas, pero...-alzó una mano y le acarició la cicatriz-Lo siento.
-No pasa nada.
-¿Llamas nada a este tipo de heridas?-preguntó ella.
-Creía que no te importaban las cicatrices.
-Y no me importan. Todos los guerreros tenemos. Pero, la pérdida de visión...
-Sí, va a ser una seria desventaja cuando nos enfrentemos en nuestros combates semanales-dijo Tartaglia-Por lo menos hasta que me acostumbre. Me resulta un poco desorientador no calcular bien las distancias.
-Te costará más apuntar con el arco.
-Bueno, soy capaz de usar otras muchas armas, y más de cuerpo a cuerpo, pero oye, aun así, acepto el desafío.
Lumine sacudió la cabeza.
-Eres increíble...
-Gracias por la apreciación. Aunque creí que ya lo sabías.
Guiñó un ojo.
-... Espera. Igual eso ha quedado raro-dijo, cayendo en la cuenta de lo que acababa de hacer.
-¿El qué?-preguntó Lumine.
-Guiñar un ojo.
Lumine se le quedó mirando.
-... Oh. Has guiñado un ojo.
-Sí. Supongo que ahora teniendo solo uno únicamente parece un parpadeo prolongado.
Lumine bufó, pero sonrió ligeramente.
-Ven. Te ayudaré a atarte el parche en condiciones. No debería ser tan fácil de quitártelo, porque no sería práctico.
Le cogió de la mano y Tartaglia se dejó guiar por ella hasta uno de los bancos más cercanos. Tartaglia había visto muchos de esos bancos esparcidos por toda la ciudad. Se preguntó si los habitantes de aquella región tendrían poco aguante y necesitaban descansar más de los necesario.
Se sentaron el uno al lado del otro. Lumine tuvo la deferencia de sentarse en su lado derecho, para que él pudiera verla.
Tartaglia le dio el parche y giró ligeramente la cabeza para que Lumine tuviera mejor acceso.
Pero estaba tardando más de lo que esperaba.
-¿Acaso te estás recreando? ¿Tanto te gusta tocar mi pelo?
-... Será eso-dijo, en voz baja-Ya está.
Esperaba algún comentario mordaz, o que le llamara estúpido o similar.
Se giró y la miró. O más bien, miró sus manos. Se las cogió y Lumine resopló, como si se hubiera resignado sobre algo.
Una de las manos de Lumine no terminaba de encajar con la suya.
-... ¿Qué te pasa en las manos?
-Con los guantes no se ve, pero...-se soltó y se quitó sendos guantes.
Expuso las palmas hacia Tartaglia.
-... Ya no te duelen, ¿verdad?-preguntó él, acariciando la cicatriz que era como una mancha en la palma de Lumine, una mano cálida, siempre dispuesta a dar.
-No. Aunque... La peor ha sido la de la muñeca. Los músculos y nervios no se han recuperado del todo, así que me limitará un poco-Lumine la flexionó-Desde luego, no creo que pueda pelear bien con ella, porque no agarro bien la empuñadura de la espada.
-Es tu mano dominante-comentó Tartaglia.
Lumine le dirigió una mirada un tanto burlona, esa que tanto le gustaba a Tartaglia, y que además en aquellos momentos le tranquilizaba porque realmente Lumine se había rendido sobre dejarle atrás.
-Creo que te alegrará saber que soy ambidiestra.
-Por supuesto que eres buena con las manos.
-Eso me han dicho.
Un extraño sonido abortó en la boca de Tartaglia, a la vez que calor se extendía por su cuerpo, especialmente en la parte baja.
-¿Qué ha sido eso?-preguntó confusa Lumine.
-Nada. Solo que me he imaginado qué buen uso podrías dar a tus manos en ciertos aspectos.
Lumine le dio un golpe en el costado.
-¿Te parece buen momento para hablar de esas cosas?-rio ella.
-Siempre es buen momento-dijo él con una sonrisa.
Lumine puso los ojos en blanco, y volvió a colocarse los guantes.
Tartaglia lamentó no haberse ofrecido a hacerlo por ella.
Lumine alzó la vista al cielo. Tartaglia la imitó, pensando que había visto algo, pero lo único que vio fueron semillas de dientes de león danzando en el aire.
Le recordó un poco a los pétalos de cerezo de Inazuma. A las linternas de Liyue. A la nieve de Snezhnaya.
-¿Qué harías si volvieras a ser manipulado, Childe?-preguntó de pronto Lumine, aún con la vista en lo alto.
Tartaglia frunció el ceño.
-¿A qué viene eso de repente?
Lumine se encogió de hombros, pero Tartaglia volvió a notar cómo el cuerpo de Lumine parecía encogerse imperceptiblemente, y cómo sus facciones se tornaban tristes.
Entonces era una pregunta seria, y si bromeaba sobre ello para quitarle hierro al asunto, seguramente ella se molestaría.
Puede que realmente hubiera estado dando vueltas a todo lo que les había pasado a ambos estando juntos últimamente.
-... Me gustaría decir que no serían capaz de hacerlo, pero... No estoy seguro-se cruzó de brazos-Quizás no sea tan fuerte como creo. Sobre todo mentalmente.
-¿Y si hicieran que volvieras a atacarme?
-Bueno, eso es fácil. Sé que, dado el caso, me detendrías.
-¿Y si eso me obliga a matarte?-insistió Lumine, como si buscara algún tipo de respuesta más allá de las que él le daba. Como si hubiera una respuesta correcta.
Quizás solo buscaba escuchar una cosa concreta. Como que todo iría bien. Que el poder del amor lo podría todo, pero tanto Lumine como él no eran tan ingenuos.
-Me lo habría buscado, supongo. Es decir, estarías en tu derecho. Aunque... Me gustaría pensar que me echaras de menos-la miró-¿Soportarías la culpa?
-No lo creo-le devolvió la mirada-¿Y si fueras tú el que acaba matándome a mí?
Tartaglia no quería ni pensarlo.
Hacía muchos años que Tartaglia había aceptado que moriría más pronto que tarde, y que seguramente sería horrible.
Aun así, era lo que había decidido, y podía vivir con ello.
Pero perder a Lumine... Matarla...
-La culpa me habría matado-contestó al final.
Lumine le miró fijamente durante varios segundos. Tartaglia casi podía ver cómo giraban los engranajes de su cabeza, pensando, pero no podía vislumbrar qué era lo que pensaba.
-Probablemente-añadió después.
Lumine parpadeó.
-¿Probablemente?
Esta vez fue Tartaglia el que se encogió de hombros.
No es como si fuera a decirla que se volvería loco y que sí, muy probablemente, acabaría muerto. Por imprudencia o por intentar activamente una forma de matarse.
Era mejor no pensarlo.
-Estabas muy malherido...-rememoró Lumine-Y bastante dócil.
-Esa no parece una palabra que me describa. Y aun si fuera así, cuidaste de mí, ¿verdad? No recuerdo mucho, pero sí sé que cargaste conmigo, me intentaste curar las heridas, mantenerme caliente...
Lumine sacudió la cabeza.
-¿Solo te acuerdas de lo bueno?
-Es lo más importante, ¿no?
-Sí, supongo que tienes razón. Pero...-hizo una pausa-Si no hubiera sido yo... O hubiera sido alguien que se hacía pasar por mí, en tu estado, no habrías sabido diferenciarnos.
-Claro que sí-replicó Tartaglia, sonando indignado-Claro que sabría diferenciarte...-su voz se apagó cuando un lejano recuerdo difuso afloró a su mente. De Lumine...no siendo Lumine. No parecía tener sentido-... Al final. Te conozco, habría sabido si eras tú o no al final.
Puede que fuera una respuesta extraña, a él se lo parecía, pero parte de su mente aún estaba cubierta por una niebla que no le dejaba ver más allá de lo que pasó allí.
Lumine suspiró.
-Realmente somos un caso particular...-lamentó, casi como cambiando de tema. Tartaglia tampoco insistió.
-Quizás sea porque nos pega eso de ser amantes trágicos, ¿no te parece? Es como más romántico.
-Y morboso.
-Yo habría dicho que tiene encanto.
Lumine, casi como si no pudiera evitarlo, sonrió.
-¿Qué haría yo sin tu peculiar sentido del humor?
-Nada, espero.
La sonrisa de Lumine simplemente se amplió.
Y un curioso silencio se instaló entre ellos.
Se escuchaba el bullicio lejano de la ciudad, las aspas de los molinos movidos por el viento, y el retumbar del corazón de Tartaglia que, quizás, desde que había evitado una muerte (casi) segura y había despertado, podía tranquilizarse y seguir latiendo por Lumine.
-Ajax-dijo de pronto Lumine, en un tono de voz firme.
A Tartaglia se le secó la boca.
Aún no estaba acostumbrado a que Lumine le llamara por su verdadero nombre.
Pocas veces lo hacía, y únicamente cuando estaban solos.
Tartaglia la miró. Lumine le devolvió la mirada.
-Te quiero-declaró con convicción-Y... Lamento no ser lo suficientemente fuerte como para evitar que ambos suframos en el futuro.
Tartaglia se la quedó mirando, largo y tendido, incapaz de articular palabra, todavía procesando las palabras recién escuchadas.
Si había algo que caracterizaba a Tartaglia era que tenía buena memoria. Y no le cabía duda alguna que recordaría ese momento hasta el final de su vida.
Era algo que en realidad ya sabía, o debería saber, pues estaba implícito en la relación que tenían. Pero escuchar aquellas palabras hacían que, en el fondo, el pequeño Ajax llorara de alivio porque había alguien que le quería, no a pesar de cómo era, sino precisamente por cómo era.
Notó tanto calor en el pecho como en la cara, que creía que iba a prenderse.
-Mm... ¿No vas a decir nada?-dijo Lumine, ahora mostrándose un poco más nerviosa, puede que incluso insegura-¿Alguna broma? ¿Comentario sarcástico?
Tartaglia se llevó las manos a la cara.
-... Déjame procesarlo, ¿quieres?-murmuró contra sus manos.
Escuchó cómo Lumine dejaba escapar una carcajada.
-¿Estás avergonzado?-dijo, riendo-¿Cómo puede darte vergüenza si hace escasos minutos me habías metido la lengua hasta la garganta?
-Arcontes. No digas esas cosas, por favor.
-¿Cuáles concretamente?-preguntó, divertida.
Tartaglia entreabrió los dedos y miró de reojo a través de ellos. Lumine le sonreía de oreja a oreja.
-Te lo estás pasando muy bien, ¿eh?
-Ya ves que sí. Si llego a saber que esto es lo que hacía falta para que cortocircuites y te quedes sin palabras, quizás debería haberlo dicho antes.
Tartaglia dejó caer las manos.
-¿Antes?
Esta vez, Lumine tuvo la decencia de sonrojarse.
-Sí, bueno... Hace tiempo que te quiero, así que...
-Mm.
-Sí...
Ahora los dos estaban avergonzados. Se comportaban como dos jóvenes enamorados estúpidos.
-... Yo también te quiero-murmuró Tartaglia, el miedo a perder la oportunidad de decirlo superando la vergüenza-Lo sabes, ¿verdad?
-Sí-dijo ella, con una sonrisa que, aunque pequeña, le iluminaba todo el rostro. Tartaglia lamentó que la nueva cicatriz en la cara de Lumine hiciera que un lado del labio se curvara de manera un tanto extraña y afectara a la sonrisa-Aunque me preguntaba desde hace tiempo cuándo lo dirías.
-Oye, que tú lo acabas de decir.
-Nunca parecía el momento apropiado, ¿no crees? Con eso de estar siempre peleando y luchando por nuestras vidas.
-Nuestra agradable rutina.
Tartaglia cogió una mano de Lumine con la suya.
Siempre le había gustado entrelazar sus dedos con los de ella. Era una forma física de atestiguar que estaban cerca, y que ella le permitía tocarla. Que, si la agarraba lo suficientemente fuerte, no se alejaría de él.
-¿Y ahora qué?-preguntó Lumine en voz alta, pero no parecía que la pregunta fuera dirigida a ninguno de los dos.
-Mm... Lo de siempre, supongo-Tartaglia había estado evitando pensar en ello, pero ya no tenía escapatoria-Se suponía que estaría fuera de Liyue un par de días, y he estado prácticamente una semana fuera. Si los del Banco no creen que he muerto, debería informarles y regresar. Así como volver a dar la orden para que los campamentos Fatui de Espinadragón vuelvan a ser ocupados por soldados-se puso pensativo-Quizás debería decirles que investigaran un poco más la montaña...-miró a Lumine-Aunque agradecería que me contaras todo lo que pasó.
Para sorpresa de Tartaglia, Lumine titubeó.
-... Sí, claro. Aunque, ahora que lo pienso, ¿no te lo ha contado Mona? Como era su casa, ella era la que más tiempo velaba por ti.
-Porque tú quisiste irte sin despedirte-la acusó.
-No lo he hecho, ¿no? Así que... No voy a disculparme-Lumine suspiró-Estuve a tu lado a cada momento, sin dormir, hasta que finalmente dijeron que tu vida estaba fuera de peligro.
Tartaglia apretó su mano.
-Entonces, ¿Mona no te ha dicho nada?
-Sí, bueno, respecto a eso... Puede que, nada más despertar y ver que no estabas… Puede que me haya escabullido para buscarte cuando Mona me dijo que esperara quieto para que vieran si ya estaba en condiciones-admitió, algo avergonzado.
Lumine soltó su mano y se puso de pie. Frunció el ceño y puso los puños sobre las caderas.
-... ¿Me estás diciendo que no han comprobado tu estado de salud desde que te has despertado?
Estaba enfadada. Sonaba enfadada.
-Ya ves que estoy bien.
El ceño de Lumine se frunció más, si es que eso era posible.
Volvió a suspirar.
-¿Quieres hacer el favor de cuidarte y dejar que los demás cuiden de ti? Tampoco te matará hacer caso a tu sentido común y a personas más razonables que tú.
Ahora sonaba preocupada. Otra vez. No quería escucharla así.
Él también se puso de pie.
-Tienes razón. Lo siento. Haré lo que me digan y sin rechistar.
Lumine le ofreció su mano y él la aceptó sin dudarlo.
-Eso está mucho mejor-dijo, mientras empezaba a andar, guiando su camino.
*. *. *
-Esto no era exactamente lo que tenía pensado-comentó Tartaglia.
-Ante posibles contratiempos, uno se tiene que adaptar-dijo Lumine en respuesta a su observación.
-Tú tienes mucha capacidad de adaptación, Lumine.
-¿Tú no?
-Yo no he dicho que no.
-¿No te está gustando nuestra pequeña cita?
-¡Yo no he dicho eso!
Lumine rio.
Después de esclarecer la situación entre ellos, Tartaglia y Lumine volvieron a casa de Mona, donde la dueña (al parecer solo alquilaba el lugar) le echó una buena bronca por irse sin decir nada y cuando claramente se le dijo que se quedara. Y tras un chequeo médico, a pesar de las secuelas, se declaró que Tartaglia podía volver a hacer vida normal.
Lo que implicaba volver al trabajo y, por consiguiente, volver a Liyue.
Pero Tartaglia aún no quería partir del lado de Lumine, aunque Lumine también tenía que retomar si viaje, y al parecer tenía explorado más que de sobra la región de Mondstadt.
Así que mandó informar y escribió alguna que otra carta para mandar a Liyue (los Fatui estacionados en la ciudad se espantaron al verle, y Tartaglia no estuvo seguro si se debía a su aspecto, y eso que el parche cubría la peor parte, o porque no esperaban no solo ver a un superior, sino a un Heraldo allí), y que pronto volvería porque estaba muy vivo a pesar de todo (no se quería ni imaginar la cara que pondría Ekaterina al verle volver sin un ojo cuando se supone que se había tomado un par de días de vacaciones).
Y Lumine también había retrasado su viaje, aunque solo fuera un poco, para pasar tiempo juntos, a solas esta vez.
-Creía que querías algo más tranquilo después de la hecatombe que hemos pasado-comentó Lumine.
Tranquilo significando pasar la mañana sentados en un par de rocas planas tras uno de los muros exteriores de la ciudad pescando en el lago que rodeaba la ciudad fortificada.
-Sé que no es pescar en el hielo, pero...
-Está bien.
Además, una vez más, Lumine lo sorprendió con una maestría para la pesca que solo lo podía dar la experiencia, y quizás un poco de talento natural.
-¿Te molesta la mano?-la preguntó.
-No especialmente.
Tartaglia miró por encima de su hombro, esperando que alguna cabeza familiar asomara por algún lado.
-¿Estás segura de que Paimon no vendrá a molestar? Casi entra en colapso cuando volvimos dados de la mano, gritando que conmigo sí hacías las paces, pero no con ella.
-Ya he hablado con Paimon. Y ya no está molesta. Creo-dijo Lumine-La he convencido para que se quede con Mona.
-¿Cómo?
-Pues con comida, por supuesto.
-Debería haberlo supuesto.
-También así he convencido a Mona para que evite que Paimon venga. Así que básicamente se están gastando mi dinero ahora mismo en montones y montones de comida-le miró-Podrías darme algo de dinero. Siempre te sobra, ¿no?
-Bueno... Después del fiasco de no recuperar todo aquel material en Liyue y el dinero del banco... Han restringido mi uso.
Lumine contuvo una carcajada.
-Así que te han castigado como a un niño.
-Claro que no. Si quisiera, puedo coger todo el dinero que quiera-aunque a Pantalone no le haría ninguna gracia... Y tampoco estaba por la labor de provocar su ira.
La mirada de Lumine se desvió, como ya hacía de vez en cuando, hacia el parche.
-Algo me dice que el hecho de que te hayan dado ese parche en particular es porque Kaeya sabe de tu paso por aquí, y por ende también lo sabe Diluc-comentó, o más bien, lamentó.
-¿Quiénes?
-Será mejor que no te encuentres con ellos, al menos de momento.
No parecía querer hablar más del tema, y a Tartaglia no le interesaba que Lumine le hablara de otros hombres, así que no insistió.
Tartaglia se tocó el parche.
-Me hace parecer más misterioso, ¿no crees?
Lumine puso los ojos en blanco. Sonrió.
-Lo que tú digas-no se lo discutió-Pero... ¿Qué dirá tu familia cuando te vea así?
-Ya sabes cómo son. A mis hermanos pequeños les espantará como primera impresión, pero luego les fascinará y les contaré una historia muy épica al respecto. A mis pobres padres seguro que les da un infarto, pero en el fondo no les importará. O eso creo. A mis hermanos mayores todavía no les conoces, pero...
Detuvo la diatriba al ver que Lumine le miraba de forma extraña.
-No sé muy bien a qué te refieres, pero sí, me imagino que a Teucer, Tonia y Anthon les encantará verte con una herida de héroe.
... Claro. Sí, claro. Lumine solo conocía a sus hermanos pequeños.
¿Por qué había dado por hecho que sabría lo que pensarían sus padres? ¿Y que todavía no conocía a sus hermanos mayores? Pues claro que no los conocía.
Lumine aún no le había acompañado a conocer a su familia.
Ni siquiera había ido a Snezhnaya.
-... ¿Sería raro si te invitara a que conocieras a mi familia? ¿Otra vez?
-¿Sería raro si aceptara ir a tu tierra natal y conocer al resto de tu familia? ¿Otra vez?-Lumine sonrió.
-Comprenderás que tenga mis dudas después de todo lo que ha pasado.
-Lo sé. Y lo siento. Pero... Después de todo, al final... He decidido no rendirme-dijo, apretando la caña de pescar entre sus manos; uno de sus dedos tembló de forma extraña-Puede que sea una mala decisión. No, estoy segura de que lo es, pero... Nunca me he vanagloriado de ser justa y benevolente siempre, porque por mucho que intente actuar según lo que creo que es correcto, no es más que una percepción personal. Hacer prevalecer el bien y rechazar el mal que está aceptado prácticamente como verdades universales-flexionó los dedos-En tal caso, seguiré fiel a mis ideales, y seguiré queriéndote, aun si ambas cosas terminan entrando en conflicto en el futuro-esbozó una sonrisa pensativa-Creía que era más lista que esto.
-Y lo eres-dijo Tartaglia, que había escuchado a Lumine como si aquellas palabras las hubiera dicho alguien más viejo y más sabio; quizás fuera así, ya que Lumine no era de ese mundo, y habría vivido muchas más experiencias que él. Esperaba algún día tener el coraje de preguntarla, o generarle la suficiente confianza a Lumine como para que ella misma se lo contara-No es como si yo pudiera dar discursos sobre moralidad, pero sigo creyendo fielmente en que no todo son extremos. No siempre hay líneas definidas, y muchas veces no somos quiénes para juzgar, y aun así actuamos según nuestros valores y esperamos que el resultado sea uno que nos complace y no contradiga el de la mayoría, porque esa mayoría sería el que te haría creer que tu resultado es el mal.
Lumine le miró.
-Vaya, así que sí que puedes tener una conversación seria-bromeó ella.
-Eres tú la que se ha puesto seria de repente-rebatió él.
-Solo intentaba justificar mi decisión-dijo Lumine.
-Si es quedarte conmigo, entonces ya sabes que es la decisión correcta.
Lumine volvió a sonreír.
-¿Y qué argumentos tienes a tu favor?
-¿Aparte de mi hermoso y misterioso rostro, mi fuerza inigualable y mi encantadora personalidad?
-Sí, aparte de todo eso-rio Lumine.
Había algo que a Tartaglia le gustaba mucho de Lumine, y eso era su risa.
Lumine podía pecar de ser poco habladora, pero siempre era muy expresiva y lo que hacía y vivía era con intensidad.
Por eso la primera vez que él la hizo sonreír, que la hizo reír, Tartaglia sintió que había vuelto a descubrir un mundo nuevo, y que no quería hacer otra cosa que no fuera volver a provocar eso en ella.
Y si había algo que le gustaba todavía más a Tartaglia de Lumine, eso era besarla la risa de los labios.
Y eso es lo que hizo.
Y Lumine le respondió moviendo sus labios contra los de él, y soltando otra pequeña risa.
Estaba tan centrado besándola que cuando escuchó el chapoteo del agua creyó por un momento que había dejado caer la caña, pero no fue así.
Lumime se separó de él con un brillo en los ojos y una nueva sonrisa.
-Han picado-anunció, separándose ligeramente de él y agarrando con más ahínco la caña.
El pez se resistía, todavía tirando del anzuelo, y Lumine se puso de pie para tener mejor ángulo y hacer más fuerza.
Por inercia, Tartaglia dejó su caña en el suelo, con el anzuelo intacto, y se puso de pie para observarla mejor. Realmente tenía una buena postura para la pesca.
Y justo cuando Lumine consiguió sacar al pez del agua, se escuchó un grito:
-¡Lumine!
Era Paimon.
Tartaglia miró el pez que ahora colgaba de la caña de Lumine, y se giró al igual que ella, para ver cómo Paimon volaba en dirección a ellos desde la ciudad.
-... Por un momento creí que habías pescado a Paimon-comentó Tartaglia.
-Lo hice cuando la conocí-admitió Lumine.
-¿En serio?
-Casi me da un infarto, pero me alegré mucho porque fue de gran ayuda, especialmente al principio, cuando no tenía idea de nada...
-¡Lumine!-volvió a chillar Paimon cuando llegó frente a los dos, interrumpiéndola-¿Cuánto más tiempo piensa Lumine dejar sola a Paimon?-exigió saber.
-No estabas sola-puntualizó Lumine.
-Pero Paimon es la compañera de Lumine.
-Cuando te dejé con Mona estabas más que encantada de poder comer tanto.
-Pero ya no hay más comida...
-¿Ya os habéis gastado todo el dinero que os di?-preguntó algo incrédula Lumine.
-Eso explica por qué ha vuelto. Quiere más dinero y comida-dijo Tartaglia.
-¡Claro que no! ¡Childe se equivoca!
-Oh, ¿entonces no quieres comer parte del pescado que Lumine acaba de pescar?
-... Paimon sí quiere. ¡Pero! Paimon también quiere pasar más tiempo con Lumine. Lleva mucho tiempo con Childe-se quejó, como una niña pequeña a la que no hacen caso.
-Vamos, si estás con Lumine a todas horas.
-¡Hoy no!
-Venga, dejadlo ya-intervino Lumine-Hemos conseguido bastante pescado. ¿Por qué no lo cocinamos y comemos juntos?
-¡Sí!-exclamó Paimon.
-¿Aún vas a comer más?-dijo Childe.
-Paimon comerá todo lo que quiera. Además, Childe debe una a Paimon.
-¿Sí?
-Por evitar que Lumine se fuera de la ciudad cuando Childe estaba inconsciente.
-... Eso es verdad. ¿Y qué he de hacer para que estemos a mano?
-Comer todos juntos, y prometerle a Paimon que nunca volverá a hacer daño a Lumine.
¿Volver a hacerla daño?
-Paimon-dijo Lumine, con un tono de advertencia. Luego, miró a Tartaglia-Childe ha dicho que me protegerá, aunque seguramente sea a la inversa. Y Childe cumple sus promesas, ¿no es así?
Tartaglia aún tenía la terrible sensación de que Lumine no solo le ocultaba algo, sino que además mentía.
Puede que, después de todo, el amor no sea suficiente para que termine de confiar en él ciegamente.
Era razonable. Él también lo había hecho. Aun así, le sorprendió comprobar lo que le dolía.
-Yo no necesito que me protejan-terminó por decir-Te protegeré yo a ti.
-Bueno, eso habrá que verlo.
-Entonces, Childe tiene que comprarle a Paimon mucha comida. ¡Como compensación!-exclamó Paimon.
-Vale, vale... Parece que no se os puede llevar la contraria a ninguna de las dos.
Ambas sonrieron.
Se pusieron a andar en dirección a una de las entradas de la ciudad, mientras Paimon le relataba a Lumine todo lo que había comido hasta ese momento, y todo lo que pensaba comer ahora.
Tartaglia las observó en silencio unos pasos por detrás.
A pesar de todo lo que le había dicho a Lumine, Tartaglia también pensaba como ella. Cómo no hacerlo, cuando parecía evidente que cada vez que estaban juntos pasaba alguna catástrofe y alguno de los dos, o los dos, casi acababa muerto.
Tartaglia se llegó a preguntar si era alguna clase de castigo divino por todo lo que había hecho hasta ahora, o por haber muerto una primera vez al caer en el Abismo.
Quizás no debería haber vuelto a salir con vida de aquel agujero.
Quizás no debería haber salido con vida de aquellas aguas heladas.
Pero Tartaglia comprobó que, por muy fuerte que pareciera, era mucho más débil de lo que dejaba entrever. Y un egocéntrico. Y, sobre todo, un egoísta.
Y un estúpido. Si fuera listo, cortaría de raíz toda relación con la Viajera, o la mataría en cuanto tuviera una oportunidad.
Seguramente sus compañeros Fatui le felicitarían por ello. Seguramente Su Majestad la Zarina estaría pletórica si ese fuera el caso, y Tartaglia no quería hacer otra cosa que no fuera complacerla.
Pero seguía queriendo tener a Lumine a su lado.
No parecía más que el fútil delirio de un estúpido, una súplica vana de una existencia que no debería ser.
Y aun con todo lo vivido, aun con todos los títulos y etiquetas sobre los que él y Lumine encajarían, juntos y por separado, a la hora de la verdad, puede que todo se simplificara en un simple hecho: Tartaglia era un superviviente.
Y eso, no debería olvidarlo.
Por suerte para él, tenía buena memoria, ¿verdad?
**..**
Espero que les haya gustado! Dejen sus comentarios para que sepa su opinión!^^
Engañé a alguien con la primera parte del fic? XD
La verdad es que no sabía si hacer que fueran a Snezhnaya o Espinadragón. Y al final, fue en plan… por qué no ambos? Más o menos? Jajajajaja
Creo que, como ya comenté, cuanto más me gusta un personaje, más lo hago sufrir. Mis pobres niños XD Adoro a Childe y Albedo, así que… Lo siento :P
El lore de Albedo me resulta muy interesante, y quería utilizarlo en algún fic (en uno Albether, por ejemplo), pero al final, he terminado escribiendo esto.
Adoro la relación de hermanos que tienen Albedo y Klee! Espero haber sabido escribirla bien. Y me encanta escribir sobre personajes que creo que tendrían buena dinámica entre ellos.
He hecho sufrir mucho a Childe en este fic, pero al final todo ha terminado bien para él. más o menos :P
Y esperemos que el hecho de que Lumine no le haya contado a Childe que efectivamente le manipularon una vez más para intentar matarla no le explote en la cara a Lumine en el futuro… *guiño, guiño* XD
Espero que les haya gustado esta historia tanto como a mí escribirla! Aunque efectivamente me ha llevado tiempo porque, madre mía, es larga jajajaja
Una vez más, muchas gracias por leer y comentar! Me da la vida ver que todo el tiempo que invertí escribiendo ha sido recompensado :)
Bye~!^^
