—De verdad que tengo 18 años —dijo con seguridad la adolescente, acomodándose los mechones almendrados detrás de la oreja —. ¿Por qué no quieres aceptarlo? —sonríe en las mejillas encendidas —Podemos hacer muchas cosas sin necesidad de asustarte, de verdad que ya tengo el consentimiento de edad; ¿Por qué no entramos a mi casa? Sería mejor para conversar. Aquí hay brisa o bichos —muestra más los braquets—. Y sí, no hay nadie en este momento, además, mi familia sabe, que tengo juicio para elegir a mis amistades. Ni más ni menos, ya estoy grande. Por lo que, no es necesario que sigas con eso. Vamos —y su voz se hizo más dulce —, tócame, sin miedo...
Bajo la cabeza terminando aquello apenada, y la guió a la tuya para sonreírte mostrando sus frenillos, en lo qué haciendo el comienzo de juntarse, te dio esos aromas dulces y frutales de su cuerpo, «¿una crema o un perfume?», te preguntaste al estar tan cerca. Sin duda Luan Loud parecía ser más asertiva en su interés hacia ti. Ipso facto, empezabas a sonreír, tal vez divertido, tal vez angustioso, en lo que escuchas su voz cantarina y deslizas tu mano un poco más por su pierna, descorriendo la falda, acariciando el muslo carnoso y terso que puso arriba de tu rodillas cuando recién se sentaron, y que vislumbrabas antojándote a los fuegos incautos.
Luan se quedó en silencio coloreándose las mejillas y dejándose ser sin moverse.
—Entonces, Luan. ¿Dices que soy tu amigo? —inquiriste invadiendo su espacio personal, pasando el brazo derecho a su fina espalda.
—Claro... —respondió ella rígida, sonrojándose y sonriendo prendada de ser besada —. ¿Yo soy tu amiga también, verdad... ?
—Sí, eres mi amiga, pero, tú tener la mayoría o el consentimiento tan siquiera de la edad, me parece una de tus bromas Luan —dijiste serio en lo que te alejabas y vertías tu vista al traspatio de la casa.
—Claro que tengo la mayoría. Solo que soy de esas que se quedaron un poco más chiquita —exclamó con aire ofendida, pero visiblemente ansiosa.
Para ti es más que una colegiala con esa faldita amarilla, ese moñito y esas mejillas que se ponían escarlatas cada vez que te le pegabas.
¿Qué edad tenía realmente?
—¿Sabes? Solo contigo me dejaría a la inocencia total, ¿me entiendes? Quiero decir, que cuando estoy contigo me siento muy relajada, y todos mis miembros se sienten pesados y muy relajados. Podrías incluso tocarme si quieres, y ni siquiera me negaría a lo que me hicieras... —decía en la laxitud en que se pegaba a ti, se ponía arriba de tus piernas casi, ella centrándose, sólo abría las suyas mientras su rubor le acentuaba en demasía las mejillas —. Yo creo de verdad, que no me molestaría en lo absoluto... —confesaba entrecerrando los ojos, girando siempre el cuello para mirarte con sus ojos, en lo que deslizaba sus dedos al borde de su falda vetada, subiéndola hasta su vientre, para mostrarte sus panties blancas y sus piernas bien juntitas descubiertas hasta las calcetas medio arremangadas, con sus zapatos negros de cuero —. Incluso si, tuviéramos tiempo, podría mostrarte mi cuarto, y acostarnos un rato a descansar, antes de que lleguen mis hermanas... ¿Qué piensas?
«Qué pienso?»
De repente callado, la tenías dura. No dejabas de verla ahí sentada en tus piernas mostrándose; no dejabas de ver sus inferiores fértiles y lozanos a pesar de lo corta de la cintura o lo escuálido de su cuerpo. La saliva se te venía y ella tenía el interés en el bulto que golpeaba una parte de su trasero.
—Tal vez a tu amigo le interese... —sonrió
divertida, soltando los bordes, sus panties volvieron mientras se removía utilizándote como su silla —. Vaya, parece que tienes muchas ganas, ¿no... ? ¿A los hombres les duele, cuando no pueden echarlo, verdad... ? ¿No has estado jalando el pescuezo al ganso?
—Sabes que iría directo al juzgado si me vieran ahora contigo.
—Pero nadie se va a enterar —respondió Luan aviesa y manifiesta en calentura —. No te preocupes por nadie. No lo contaré...
—Entonces no estás nada cerca de los dieciocho; Peor el asunto.
—Tengo la mayoría de edad, te lo juro —dijo la castaña desvergonzada —. Solo lo dije, porque te preocupabas demasiado, pero si no quieres realmente nada... —soltó y se puso de pie, queriéndose alejar de ti, mas tú la detuviste por la cintura palpándole el trasero, y la trajiste de vuelta para que golpeara tu bulto con su culo de nuevo.
—Huuhh —gimió Luan muy sonrojada, y giró el cuello para que sus labios chicos chocaran con los tuyos.
Se besaron, y empezaste a abrirla la boca debido al impulso. Iniciaste ha probar toda esa boquita suavecita y dulce sabor a fresa por su brillo labial (te hizo caso a tu sugerencia de la última vez), probando y metiendo tu gruesa lengua, ultrajaste la cavidad bucal de la no tan inocente púber, en lo que tocabas ese delgado torso, restregándote, moviendo sus pezones erectos, fáciles de ubicar ya que no había de ponerse su sujetador de nuevo, dejando los pechos ligeros y pequeños para tomarlos como montecitos, tan cómodos y suaves.
Te separaste de ella al crujido de las hojas.
Un escalofrío se te vino y ella apenas se despegó del sopor caliente que la invadió abstrayéndola, que fue la que sacó la lengua y ni siquiera se dio cuenta del ruido, hasta que te relajaste y te pregunto, y se replico lo mismo al frente asustándolos, pero era un mapache que cruzaba el cerco.
El propio animal se asustó como tú y la adolescente soltó una risita al ver la escena. Luego, hiciste que se interrumpiera al quitarla de ti.
La paraste de espaldas de frente a ti, sin dejar de ver la cerca, y recobrando la compostura, teniendo la parte trasera de Luan Loud que volteaba confundida y curiosa mientras la riges a que se quede quieta y le farfullas ronco:
—Déjame ver tu culo.
Ella se sorprende; se pone escarlata. Pero hace caso al al ser jalada en lo que le restriegas la cara, y levantándose otra vez la falda, mostrándose sus nalgas contorneadas por la tela blanca, que arremangó un tanto para que vieras los cachetes. Y tú mismo le hiciste este, poniendo tus manos bajo los montes parecidos a bizcochos, presionabas con tus pulgares para realzar la carne, y arremangabas estirando las pantaletas para que se contornearan y salieran sus nalgas, donde hundiste tus pulgares a la suavidad misma estirando los cachetes y mirando la entrada y el ano, y sentías que la verga iba estallar en tus vaqueros al sumergirte en esa delicadeza suave.
Como era que el culo de una comediante "sin talento" era tan maravillosa ahora mostrando esos cachetes enmarcados por el calzón chino que le ejerces. Tal vez con más presión por ser de una familia tan desagradable como eran esos Loud's, o era porque al alejarte y ver, veías su verdadera utilidad en su cuerpo en desarrollo.
—Carajo Luan, eres perfecta —dijiste casi murmurando y babeando por tanta saliva.
Te encorvaste e inclinaste hacia ella para darle unos lengüetazos a su poto insulto e indebido. Ella solo se estremeció, y notaste que se humedecía la rajadura al palparle también la pucha; la vagina. Poner un dedo y sentir la humedad hacerse más.
Tuviste que sumergir tu rostro en la maravilla una segunda ocasión. En los malvaviscos, y esnifar con locura ese aroma de libidinal de deseo y fertilidad que llenabas en tus pulmones, y que transpiraba más allá de su aroma de comodidad, la que ponías la de una mujercita higiénica y muy dispuesta a que la hicieran.
Ahora no dice mucho más que restregarse a tus transpiraciones que la hacen descontrolarse, estremecerse y gemir. Tal vez tan dispuesta como a asustada en el mismo rango.
Te separaste queriendo morder su piel, pero te contuviste, al escuchar al mismo mapache, y el rumor de algún carro de enfrente pasar a una velocidad considerable.
Paraste y no era nadie al prestar atención, y Luan seguía tan alelada como hacía nada.
—¿A qué a hora llegan tus hermanas? —preguntaste.
—No te preocupes por ellas... —dijo volviéndose, sin dejar de mostrar el culo.
—¿Y tus padres?
—Hasta la noche...
—¿Y el entrometido de tu hermano?
—Se queda a dormir con su amigo hoy...
Los dos se quedaron mirándose a los ojos fijamente. Temblaba.
Te acercas a ella reincorporándote; su falda cae. Te pones frente a ella en un paso, y tienes que agachar la cabeza en lo que la volteas y la abrazas, e invades su poto acariciando.
Acelera su respiración, y busca besarte. La detienes, y haces un gesto de que pare.
—Vamos adentro mejor —dijiste, y la besaste profundamente de nuevo inclinándote, y ella pronto correspondió poniéndose de puntitas, y sintiendo su lengüita atravesar el interior de tu boca.
Prosiguieron el beso francés en lo que seguiste para masajear sus nalgas y las apretarlas. Esto la prendía y electrificaba humedeciéndola, que se separaba de tus labios, y con los ojos lagrimeado, soltaba un gemido de placer recobrando el aliento.
Recordemos que sus pulmones son más pequeños que los tuyos, y que ella es solo es una niña comparado contigo.
Es una muñequita de cabellos almendrados en una coleta que ya se desorganiza al soltarse los filamentos en ese tono sedado que tenía en la mirada. Estaba dispuesta, y tuviste su cuerpo pasándole los brazos y manos. La besaste atronadoramente, abandonando la lengua lujuriosa, y apretaste su culito levantado la falda.
—Entremos pues —dijiste, limpiándote la saliva de la boca con el dorso de tu mano, y limpiándosela a ella con tus pulgares con cuidado y luego probándola.
Ella se vio enternecida por el gesto y obedeció de inmediato. Asintió y sonrió con los labios dejando un hueco en donde el fierrillo del aparato ortodoncista se asoma brillante.
Volviste atrás. Entraron a la casa. Primero ella dándole el empujón suave; luego tú. Viste a los alrededores de forma sospechosa, por arriba de las vallas antes de pasar.
¿De verdad vas a follarte a Luan Loud?
Quisiste detenerte, o tuviste una sensación similar, sin embargo, no lo hiciste. La idea de conocer su cuarto te incentiva en mayor potencia, podrías saber más sobre ella que solo la vista, y te saciarías no solo ya de la fachada, y tal vez puedas conocerla por todos los lados.
