"El último tren"
Sin previo aviso, empezó a llover. Las gotas caían con fuerza, bañando las calles vacías de la ciudad, cerca de la medianoche. Óscar maldijo para sus adentros y echó a correr para refugiarse en la estación; aunque estaba a un par de calles, llegó empapado al andén. Por fortuna, el tren no tardó en aparecer y abrir sus puertas. Tiritando, entró en el vagón y, resguardado por el calor y las tenues luces de la ciudad, que parecían despedirle por el momento, Óscar cerró los ojos.
