«No se equivoque al respecto. El hielo está frío; las rosas son rojas; Estoy enamorado. Y este amor está a punto de llevarme a alguna parte. La corriente es demasiado abrumadora; No tengo elección. Es muy posible que sea un lugar especial, un lugar que nunca había visto antes.»

—Haruki Murakami.

No era un secreto el hecho de que Soi Fong era una persona madrugadora. Desde muy pequeña impulsada por su intensa disciplina se levantaba a horas muy altas de la madrugada, se lavaba y empezaba a ejercitarse y entrenar incluso cuando el resto de su familia dormía. Era una especie de código instalado en su cabeza a pesar de que nadie le hubiese pedido explícitamente que se exigiese así. Sus hermanos a menudo le decían que estaba exagerando, que ahora que había entrado al Omnitsukido el Clan la dejaría en paz. Pero Soi Fong les decía que no era así. Les decía que aún sentía sus miradas clavándosele en la nuca, sus respiraciones en la clavícula. La espiaban y vigilaban buscando el más mínimo error para no dejarla olvidarlo jamás. Siendo la más pequeña de seis hermanos, la única fémina y encima poseyendo ahora el nombre en clave que alguna vez había tenido su bisabuela la presión era todavía más fuerte que nunca. Y cuando sus hermanos cayeron a lo largo de las misiones no hizo sino aumentar a niveles estratosféricos.

Sus problemas al dormir también habían contribuido bastante a su tendencia a madrugar incluso cuando no lo encontraba necesario. Su parálisis del sueño y los fuertes brotes de insomnio que surgieron a partir de la huida de su maestra habían provocado que su sueño resultase incluso más ligero de lo que ya de por sí era, y esto mismo alertó a la capitana Unohana cuando los insanos entrenamientos de Soi Fong y la falta de sueño empezaron a afectar de sobremanera su salud y con ella su desempeño en sus deberes. Anteriormente como sucesora de Yoruichi y después como capitana y comandante primeriza. Fueron necesarios varios desmayos e incluso hospitalizaciones para que Soi Fong decidiese aminorar su sobreesfuerzo. Pero tampoco podía decir que ese mal hábito había desaparecido del todo.

Por eso mismo a menudo tendía a ejercitarse más duro de lo común por las noches. Porque cansando su cuerpo lo más posible era la manera más óptima que encontraba para dormir al menos decentemente. Varias veces Yoruichi cuando la visitaba había comentado que no era necesario, que tan sólo tenía que relajarse un poco más. Pero con tantas ocupaciones y preocupaciones juntas era demasiado complicado para Soi Fong relajarse.

En fin, el origen de su costumbre de levantarse tan temprano podría no tener un trasfondo demasiado atractivo, pero no significaba que no pudiese sacarle provecho.

La capitana despertó. Podía notar el calor del cuerpo de su pareja apegado al suyo propio, la agradable sensación de las pieles desnudas de ambas unidas sumado a las esponjosas cobijas y la suavidad del futón lo hacía todo tan cómodo que cualquiera otra persona querría dormir de nuevo o cuando menos quedarse ahí un buen rato, abrazado a la persona que amaba.

Pero Soi Fong no lo hizo, porque ya el sueño había desaparecido. En cambio comenzó a pensar, a pensar en varias cosas en las que normalmente no tenía tiempo de detenerse a reparar en ellas. Mirando al techo veía la mancha de luz y las sombras con figuras de las hojas en la ventana, el calor del sol calentándole la espalda alta que no tenía cubierta por las sábanas y los brazos de Yoruichi. Se dio cuenta de lo silenciosa que estaba la habitación y la tienda de Urahara en general a esas horas, cuando en cualquier otra hora podría notarse a la perfección los pesados pasos de Tessai, los correteos de los niños yendo de un lado al otro y el sonido de las ridículas sandalias de madera de Urahara contra la madera del suelo. Contempló las fotografías colgadas en las paredes, todas de distintas épocas y un buen número con Yoruichi y ella misma de protagonistas. Los futones extra agrupados, una cámara que Yoruichi apenas usaba, una especie de diario que nunca había visto... Se sentía bastante bien.

Entre sus divagaciones, Soi Fong comenzó a pensar en algunas conversaciones que alguna vez hubiera tenido con la Asociación de mujeres Shinigami. En algunos artículos en esas revistas del corazón o relacionadas con celebridades que tan a menudo la teniente Matsumoto les enseñaba. Recordaba haber visto algunas cosas acerca de relaciones en aquellas revistas, cosas que en su momento había ignorado olímpicamente pero que ahora le llamaban con bastante fuerza la atención. Sobre todo porque recordaba unas fotos en aquella revista de algo en especial, algo que nunca había intentado y que al parecer Yoruichi tampoco se le había ocurrido antes. Algo que podría ser de hecho bastante bueno.

Tras un buen rato con aquello dándole vueltas en la cabeza Soi Fong sonrió y lentamente se soltó del abrazo de la morena, que por el momento todavía dormía como si ni siquiera un huracán fuese capaz de despertarla, para luego levantarse del futón y vestirse en silencio con una pijama celeste corta y un saco gris de lana debido a que hacía algo de brisa en la mañana. Seguido de esto y con el mismo sigilo Soi Fong abrió la ventana, salió por ahí y después trepó al techo.

Como media hora después, ya más entrada la mañana la mujer morena comenzó a despertar también. Hizo una mueca al buscar con las manos y no encontrar el tacto de la piel de la capitana. Abrió lentamente los ojos, se los frotó con una mano y miró alrededor. Efectivamente su novia no estaba por ningún lado, pero tampoco la puerta parecía haberse movido de su lugar. Sin embargo, la ventana sí que estaba abierta, de par en par. Yoruichi miró hacia otro lado y se dio cuenta de que la pijama celeste y el saco gris que estaban sobre una silla también habían desaparecido. La ropa que Soi Fong usaba la noche anterior permanecía en su mismo lugar, regada por el suelo.

«¿Salió en pijama? Ella no es ese tipo de chica.» Pensó la mujer de ojos dorados, y le llegó justo después otro pensamiento ¿A dónde iría Soi Fong en pijama y sin avisarle cuando era tan de mañana. Ni siquiera había señal de huecos por el momento.

Se hallaba pensando en eso cuando sintió ruidos, ruidos que venían del techo. Como de pisadas o como si estuviesen moviendo cosas ahí arriba. Cualquiera habría pensado que podrían ser unos animales peleando o incluso porquería moviéndose en el techo. Pero la morena decidió salir también cuando aparte de esos ruidos sintió el reatsu de su chica, débil y muy bien oculto. Pero seguía allí.

Yoruichi se levantó finalmente del futón. Se puso su propia pijama negra y un saco naranja y sin molestarse en recoger su larga melena violeta trepó desde la ventana hasta el techo de la misma manera en la que antes lo hubiera hecho la capitana. Menuda sorpresa se llevó cuando vio que Soi Fong la miraba parada en las tejas, se arrodilló, agarró a Yoruichi de la muñeca y la jaló para ayudarla a subir al techo también. Sabía que su novia podía trepar perfectamente sin ayuda, pero lo cierto es que sólo buscaba una excusa para tocarla, y Yoruichi tampoco se quejó al respecto.

—Buenos días —fue lo primero que le dijo Soi Fong viéndola con cariño. Yoruichi sonrió.
—Hola... Me preocupé cuando desperté y no te vi en la habitación, y tampoco esa pijama estaba en su lugar —explicó Yoruichi señalando la pijama azul que Soi Fong usaba en ese momento.
—¿A dónde iría yo en pijama? —preguntó Soi Fong.
—Eso fue exactamente lo que yo pensé al despertar —contestó la morena mientras su sonrisa se ensanchaba.

Soi Fong también sonrió y luego se dio vuelta, caminando descalza por el techo al igual que la mujer felina.

—Despertaste en un buen momento. Estaba preparando algo aquí arriba.
—¿Cuánto tiempo llevas tú levantada?
—Poco tiempo —Soi Fong se giró, pero la sonrisa que tenía hacía muy evidente que era mentira.
—¿Eras tú quien hacía tanto ruido? —dijo la ex-princesa en tono burlón— Esto no es propio de ti, Soi Fong. Que pena.

La aludida exhaló una risa: —No juegues. Sabes que sólo hice esos sonidos para llamar tu atención.

—Pude haber pensado que era un mapache o algo así —contraatacó Yoruichi. Soi Fong volvió a girarse y la miró con ironía.
—¿Bromeas? ¿Acaso han conocido un animal común y corriente que pese lo mismo que yo o que se mueva así?
—Buen punto —volvió a sonreír la morena.
—En fin —dijo la capitana—. Mira. Preparé esto.

Yoruichi miró por encima del hombro de la capitana y al instante su sonrisa empezó a dulcificarse de sobremanera.

—¿Tú estuviste haciendo esto?
—Tal vez —contestó la capitana en tono misterioso.

Una parte del techo de la tienda que era lo suficientemente lisa como para poder apoyar cosas ahí estaba cubierta por una esponjosa manta de color celeste. Había un par de cojines coloridos, había una caja de madera llena de jugosas fresas, frambuesas y cerezas, unos vasos, una botella de alcohol y otra de soda y sumado estaba decorado el pequeño lugar con unas flores rosas que Soi Fong había encontrado precisamente el día anterior y se había llevado con la intención de decorar la habitación de su novia. Sobre uno de los cojines estaba un pequeño oso de color marrón que le pertenecía a la capitana, que tenía un gran lazo rosado atado al cuello.

Yoruichi llevó su mano a la nuca de la más pequeña y se acercó para plantarle un suave beso, bastante más amoroso de lo común.

—¿Preparaste todo esto para mí? —cuestionó con dulzura. Era una pregunta retórica y eso era obvio.

Soi Fong se sonrojó.

—Tú casi siempre haces cosas incluso más lindas por mí. Me llevas a un montón de sitios bonitos y aparte no es que tuviese mucho más que hacer. Hacerte una sorpresita así es lo menos que puedo hacer.

La sonrisa de la morena se endulzó todavía más y volvió a besar a la muchacha. Sólo que esta vez llevó su otro brazo a la pequeña cintura de ésta para acercarla a su cuerpo. Soi Fong solamente apoyó sus dos manos en los hombros de la morena y respondió el beso con el mismo cariño y cuidado. Nada que ver con los besos desenfrenados que compartían justo la noche anterior. Su relación era así. Podría pasar de la intensidad a la ternura en un instante.

Cuando se separaron ambas estaban un poco ruborizadas. Soi Fong tosió un poco.

—Mejor sentémonos. Antes de que el sol arruine la fruta.

Yoruichi sonrió ampliamente.

—¡Claro! Abejita madrugadora.

El resto no había que darle muchas vueltas. Durante toda esa mañana estuvieron tendidas aún con sus pijamas y sacos en el techo, en ese pequeño espacio que había preparado la menor para ellas y que era tan bonito. Jugaron un rato con la fruta y disfrutaron del tono cerúleo del cielo de la mañana y de la tranquilidad en la calle antes de que todo el movimiento comenzase. Tendidas sobre la manta e incluso mirando las formas que adquirían las pocas nubes que pasaban por ahí. Disfrutarían un rato ahí arriba hasta que Tessai se despertase y las empezase a buscar para el desayuno.