«Hay que hacer caso a las flores. Basta con mirarlas y olerlas.»
—El principito.
A Soi Fong por lo general no le interesaban mucho las fiestas. Pero ni siquiera ella podía negar que la época de festivales en el Seireitei era una época bastante interesante. Una en la que incluso los habitantes de las zonas más precarizadas del Rukongai sacaban sus mejores adornos para decorar sus hogares y las calles, se colocaban los puestos con toda clase de juegos, comida y otros recuerdos para que los demás comprasen y a menudo sonaban canciones en todas las calles.
Soi Fong alguna vez había visitado alguno de estos festivales. Pero en su mayoría había sido arrastrada por las miembros de la Asociación de mujeres Shinigami o forzada de uno u otro modo por el Comandante. De todos en los que había estado su favorito era el festival de la Luna llena, por las hermosas luces que había regadas por el lugar en alusión a la Luna llena. Pero que en las primeras veces a las que fue siendo capitana le recordaban por alguna razón a un rayo. Algo irremediablemente conectado con su antecesora, y sin bien solía herirla también le gustaba de una extraña forma masoquista. Tener algo para recordarla, algo corpóreo más allá de los títulos que heredó.
Pero ya hace bastante tiempo que no había asistido a un festival de otoño y menos aún después de las dos guerras contra Aizen e Ywach en lo que toda celebración había sido cancelada mientras el Seireitei se recuperaba y el tiempo dedicado a llorar por las víctimas y bajas pasaba. La joven capitana llegó incluso a sorprenderse cuando de un día para otro su antigua maestra y actual novia la invitó a uno de aquellos festivales de Luna llena. Soi Fong casi había olvidado tan sólo la imagen de las calles decoradas.
Llegaron a la zona de la celebración cuando ya el sol se estaba ocultando. Los últimos rayos de sol hacían que las paredes blanquecinas de las casas y locales se tornasen doradas y los techos parduzcos se viesen rojizos. El cielo se veía degradado en tonos índigo, naranja y dorado profundo y ya algunas luces en algunas plazas estaban encendidas. Había stands con dulces, pasteles, algunos juegos que ya estaban bastante ocupados, escenarios que en los que al parecer iban a hacer distintas presentaciones musicales, de teatro o baile. Todo en tonos plateados, azulinos y algo de dorado, los tonos de la Luna. Las personas en sus mejores Kimonos y adornados. Todo se veía tan colorido, tan animado y lleno... Tanto que Soi Fong no pudo evitar sentirse fuera de lugar.
—Tienes cara de nunca haber venido a un festival, Soi Fong —le dijo Yoruichi con una risa de por medio— ¿Es así acaso? ¿Es el primer festival al que vienes?
—No, en realidad no —contestó Soi Fong—. He estado en el festival de la Luna llena antes. Pero nunca antes he venido porque me hayan invitado... O siquiera por mi propia voluntad —Yoruichi soltó una fuerte carcajada al oír aquello último.
Soi Fong se sentía extraña para ser honestos. Extraña en el sentido de había olvidado lo que era aquél lugar, había olvidado lo que era disfrutar de una celebración en paz, sin esa tensión asfixiante de saber que quizá algo vendrá y no podrás sobrevivir a ello. Había olvidado lo que era ser sólo una más, sin misiones de infiltración, sin enemigos esperando para emboscarla. Simplemente una mujer normal asistiendo con su pareja a un festival para divertirse.
Yoruichi se puso detrás de ella y le sonrió, con una ternura que sólo para ella estaba reservada: —Vamos, merecemos esto después de todo lo que ha pasado —dicho esto le extendió la mano—. Vamos.
Soi Fong sonrió y le tomó la mano a la morena. —Claro.
Lo cierto es que Yoruichi se sentía de una manera similar a la de Soi Fong. Se sentía sumamente raro estar asistiendo a una fiesta como tal después de todo lo que había sucedido. Sabía que ni ella ni su novia eran las únicas puesto que las secuelas en sus mentes y emociones después de la última guerra, en la que perdieron a tantas personas importantes eran inevitables. Sin embargo la morena siempre había sido una persona que prefiere mirar hacia adelante en lugar de estancarse en la melancolía. Alguien que simplemente vive su vida dejando atrás los remordimientos. No era como tal una persona positiva, pero quería pensar que lo que había sucedido les había enseñado a ella y a Soi Fong a apreciar más las cosas pequeñas como la cotidianidad y estas celebraciones. Y Yoruichi estaba dispuesta a hacerlo lo mejor posible.
Se adentraron en la plaza y hubo varias ocasiones en las que estuvieron a punto de caerse debido a lo aglomerada que estaba. Ambas usaban kimonos y lo cierto es que a las dos les resultaba de lo más extraño, pero estaba lejos de ser desagradable. El Kimono de Soi Fong era azul, de flores blancas y obi del mismo color, aparte de que su cabello corto normalmente lacio estaba ligeramente ondulado y tenía un jazmín adornándolo. Por otra parte el Kimono de la ex-princesa era negro, con diseños de estrellas y un obi dorado como sus ojos, su cabello estaba atado en un moño y sujeto con dos varillas con flores en las puntas.
Eran mujeres normales ahí, una pareja normal disfrutando la fiesta en lo que cabe.
Si bien al principio Soi Fong pensó que no podría encajar del todo en medio de tanto color y diversión. Mientras avanzaba la noche la capitana se olvidaba más de esa sensación y se reía con más ganas. Encontraron algunos juegos de puntería que ambas ganaron, ganando de la misma manera una orca de peluche para la capitana y una bella muñeca de porcelana para la ex-comandante. Entraron en una casa de té y disfrutaron una obra de teatro y luego danza que ofrecieron las Geikos y Maikos que trabajaban ahí e incluso comieron manzanas acarameladas. Cosa particular porque Soi Fong no era partidaria del dulce. También vieron otros shows musicales callejeros, en uno de los cuáles Yoruichi casi perdía a su novia y cenaron en un sitio tranquilo algo más apartado del festejo. La pasaban increíble la verdad.
Ya muy entrada la noche, Yoruichi llevó a Soi Fong a un lugar apartado del festival cuando su novia le comentó que estaba algo cansada del ruido y de abrirse paso entre tanta gente. Era una plaza mucho más vacía, a excepción de una que otra pareja, pero que estaba decorada del mismo modo espléndido en el que habían adornado casi toda la zona. Luces doradas en forma de Luna nueva o llena, algunas velas en las ventanas cubiertas por campanas de cristal y en especial varias guirnaldas de luz entre las ramas de un abeto que coronaba la plaza, rodeado por algunas sillas y bancos. La pareja se sentó en uno de estos bancos.
—Ha sido super divertido ¿No lo crees? —Yoruichi cortó el silencio con una gran sonrisa y bajó la vista hacia sus manos unidas. En todo lo que llevaban en el festival de la Luna ir tomadas de la mano había sido una necesidad como tal para evitar alejarse demasiado y perderse entre tanta gente.
—Sí. Pero algo agotador —Soi Fong suspiró—. Te dije antes que no suelo venir a esta clase de eventos.
—¿Y te arrepientes? —preguntó Yoruichi ensanchando su sonrisa. Soi Fong la miró y sonrió cansina. Pero con un pequeño sonrojo en sus mejillas.
—No. Cuando estoy contigo jamás me arrepiento de estas cosas.
Yoruichi sintió que el pecho se le calentaba al oír esas palabras tan dulces y extrañas en boca de su tímida novia. Se inclinó hasta que su frente se apoyó en la de la más pequeña y cerró los ojos. Soi Fong hizo lo mismo y guardó silencio. Sus manos aún estaban unidas, los peluches que habían ganado en sus regazos y a su alrededor, las guirnaldas que tenían forma de estrella, las velas y la luz de la Luna llena que estaba siendo celebrada en medio de la noche estrellada daban pie a un ambiente casi de ensueño.
—Te amo —dijo en voz baja Yoruichi.
—Yo más a ti —contestó Soi Fong.
—¡Debemos venir a lugares así más seguido! —exclamó Yoruichi con una gran sonrisa. Soi Fong también sonrió.
—Eso me encantaría.
Luego después se besaron. Las manos de la capitana acunaron el rostro de Yoruichi y las manos de la morena rodearon la cintura de la otra muchacha. Las luces de por sí parecían mágicas, pero ese beso las hizo sentir que estaban en medio del firmamento.
