HETALIA PERTENECE A HIDEKAZ HIMARUYA
1609
Todo entre ellos comenzó por accidente.
España había oído hablar de las riquezas que aguardaban a los viajeros que visitaban a Japón, las infinitas posibilidades. Como todos, quiso comerciar con él. El problema era que desde que Bizancio cayó a manos del Otomano, el camino hacia Asia se había complicado en extremo, ya que ahora se encontraba infestada de piratas y de aduanas. Quien encontrara una ruta alternativa que lograra esquivar todos esos peligros y trabas podía considerarse el rey del mundo. Guiado por Cristóbal Colón, España navegó rumbo a lo desconocido, más allá de los mapas, allá donde la gente decía que los barcos caían hacia un abismo lleno de monstruos. Esperaba encontrarse con Japón, y se topó en lugar de eso con algo distinto. Algo nuevo. Aquel descubrimiento resultó ser muchísimo mejor de lo que Asia tenía que ofrecerle: un sinfín de oro, paganos a los que convertir y añadir a su población, plantas y animales salidos de la imaginación de un niño. Pasó décadas explorando, conquistando, controlando.
De allí era de donde venía. Después de haberse ocupado de Nueva España, ahora iba de camino a Manila, para visitar a otro chiquillo suyo, Filipinas.
Es decir, antes de que el tifón los interceptara.
Cuando España se despertó, se encontró tumbado sobre un futón en el suelo. Sus heridas ya habían sanado, pero sus hombres seguían vendados, algunos permanecían inconscientes. Pero vivos. A su alrededor había cinco o seis mujeres de diferentes edades que les hacían las curas. Trató de preguntarles dónde estaban. No parecían comprender su idioma ni cuantos probó. Tenían que comunicarse por gestos para las cosas más básicas. Ellas los alimentaron, los trataron con la ternura y la piedad de una esposa o una madre. Eran tan educadas...De haber comprendido el español, habría sido perfecto. No fue hasta que las noticias corrieron como la pólvora y atrajeron la atención de alguien poderoso cuando España por fin descubrió dónde estaba.
Cuando Japón vino a visitarlo junto con el shogun.
El shogun se quedó con uno de los supervivientes, el gobernador de Manila, mientras las dos naciones hablaban en privado. Fue un poco complicado, pero lograron encontrar a alguien, un viejo misionero que podía traducir del japonés al latín y de ahí hacer lo propio del latín al español.
— Estáis en Onjuku, señor. Su Alteza quiere que sepa que será bien atendido mientras vos y vuestra tripulación lo necesiten.
— Decidle, por favor, que le estamos eternamente agradecidos—pidió España al monje. Él ya se lo había mostrado a Japón con una sonrisa y una pequeña inclinación de cabeza, a la cual Japón respondió educadamente.
A los españoles les fascinaban los japoneses y los japoneses quedaron fascinados con los españoles. Parecía ser el principio de una hermosa amistad. Hasta que el emperador de Japón comenzó a mirar este encuentro con desconfianza y plantó la semilla de la sospecha en el corazón de Japón.
— Ya sabéis lo que son él y Portugal. Conquistadores. No podemos fiarnos de sus intenciones. Se ve a sí mismo como el paladín de su dios. Ya habéis visto lo que le hace a toda nación, grande o pequeña, que encuentra a su paso. Los subyuga con el poder de la espada y les debilita la mente con su fe de esclavos. Sus intenciones no son buenas. Ha venido aquí a robaros los que os pertenece.
Y por tanto España, su gente y sus misioneros fueron expulsados de Japón y éste se aisló durante siglos, hasta que, tímidamente, comenzó a abrirse a los demás, aunque en su mente persistía el miedo de que el mundo fuera como un estanque lleno de peces en el que los grandes se comían a los chicos. Y los más sabios eran los que tenían la habilidad de hacerse invisibles a los ojos de los depredadores.
1868
A la reina Isabel II de España le interesaba mucho que España estuviera en buenas relaciones con Japón. Era él una nación muy próspera, mientras que el esplendor de España se había esfumado hacía mucho tiempo, y el espacio que controlaba en el mapa se iba haciendo cada año más pequeño. Además, algunos intelectuales encontraban su arte y filosofía muy interesantes y querían que hubiera un intercambio cultural.
Japón y España asistieron a conferencias, museos, ateneos. Japón tenía una legión de admiradores por todo el mundo y en España la cosa no era distinta. España estaba agradecido de que compartiera todo ese conocimiento con él, y lo agasajó con toda clase de placeres durante su estancia.
Una noche, trajo a una jovencita gitana y a una compañía de músicos para que realizaran un número de flamenco delante de su invitado.
Japón superó su inicial indiferencia y se encontró fascinado con el espectáculo. Algunos acordes y voces broncas se parecían a ciertas piezas de su música tradicional. Pero mira esto...Los movimientos de la niña, su divertida confianza aun siendo una mocosa, su energía. Las palmas siguiendo un ritmo, el rasgar de las guitarras. No necesitó saber qué significaba la letra. Eso era lo de menos. La forma en que la niña daba vueltas, su sonrisa, los quejidos que escapaban de la garganta del cantante principal...
Eso era en parte de lo que España estaba hecho. Había mirado con la piel de gallina, con el cuerpo reaccionando con un escalofrío, y no pudo refrenarse. Se levantó y bailó con la chica, luego lo hizo solo. Parecía ser que no era una danza femenina o individual.
Los latidos del corazón de Japón terminaron por seguir el ritmo del zapateo. Cuando terminó, se sintió sin aliento.
— ¿Te ha gustado?—le preguntó España cuando volvió a sentarse con él.
Japón asintió.
— Me ha encantado...—musitó.
1940
España pasó por un infierno, y no podía decirse que Japón estuviera mejor. Tuvo que luchar contra muchos y poderosos enemigos. A veces sintió que necesitaba ayuda. Y la encontró en España.
Aunque neutral, seguía estando íntimamente ligado al Eje. Era el ex-marido de Austria, amigo de toda la vida de Italia, simpatizaba con las ideas de Alemania, y aún recordaba el rescate de Japón.
— Comprenderás que si lucho contra América, necesitaré...—comenzó a decir Japón.
— Toda la ayuda posible. Sí. Sé de sobre de lo que es capaz, el yanqui. No temas, hablaré con mis parientes en el sur. Les convenceré de que te echen una mano—respondió España.
Japón no pudo resistirse a quedarse mirando a España durante largo rato. Encadenado a una silla de ruedas después de que la Guerra Civil lo dejara roto...
Incapaz de combatir...Incapaz de bailar aquella hermosa danza suya...
Le vino a la memoria aquella bailarina que fue a su casa allá por el 29 para promocionar una película, "Amores brujos"...La Argentina, la llamaban...Era inexpresiva, pero en sus ojos estaba ese fuego...La Argentina cayó muerta, con el corazón roto, el mismo instante en que supo del comienzo de aquella guerra fratricida...Casi parecía que el mismo España estaba muerto, después de la guerra.
Pero seguía estando ese...algo...como un rastro de orgullo y felicidad en sus ojos...
Una cierta fortaleza cuyas brasas aún ardían en su interior...
Un día se levantaría de ahí y volvería a bailar...
¡Cuán poco sabía de lo que le aguardaba a él mismo, después de que América lo aplastara!
Ahora era evidente que España se había juntado con el bando perdedor, y era hora de buscar el favor de los vencedores. El dictador que estaba a su cargo trató de convencer a todo el mundo de que no hubo amistad con el Eje. Japón era un asesino, había matado a muchos civiles españoles. España no había entrado en la guerra porque él lo había detenido; ¡le había salvado de un terrible destino!
Pero no hubo compasión para España, y el nuevo orden mundial decidió aislarlo por sus lazos con el fascismo. Durante décadas, España y Japón estuvieron distanciados, hasta que él pasó por su propio período de apertura.
1992
La Expo de Sevilla había atraído a Japón, como a todos los demás, porque era una oportunidad de promocionarse ante el mundo entero y a la vez aprender sobre España. Pronto tendrían lugar los Juegos Olímpicos de Barcelona, pero tenían esto mientras eso llegaba. Una pequeña reunión informal, los dos solos. Era raro, puesto que España siempre estaba rodeado de amigos.
España contempló el placer con el que Japón se comía el aperitivo, un plato de jamón ibérico.
— ¿Te gusta?—sonrió España.
— Está realmente delicioso.
— Pruébalo con esto—dijo España, dándole a probar de su propia copa de vino.
En verdad tenía el punto justo de acidez y ligereza que precisaba el jamón. Japón se lamió los labios.
— Recuérdame que me lleve unos cuantos de éstos a casa...—murmuró, devolviéndole la copa a España.
— ¡Será un placer! Veo aquí una oportunidad de negocio con el jamón en el mercado asiático...
A su lado, la gente estalló en aplausos, interrumpiéndolo. Los músicos y bailarines acababan de salir para comenzar su actuación. Japón lo había estado esperando. Se olvidó de la comida, de la conversación con España, de los negocios que le habían traído hasta allí. De nuevo esos roncos lamentos salidos de muy dentro, como si le estuvieran arrancando el alma, las mujeres más duras que la vida, que pese a todo no perdían la elegancia, el rasgar de las guitarras y los golpes sobre el cajón...
Ni siquiera se percató de que España se le había acercado hasta que al sentir su aliento en su oreja dio un respingo.
— Parece que te chifla el flamenco, ¿eh?
A Japón le dio vergüenza responder.
— Me parece un deleite, tengo que admitirlo...
— Podría enseñarte, si quieres.
La cara de Japón se puso roja cuando miró a España, y no fue precisamente por el efecto de la luz en el tablao.
— ¿A mí? Pero...Oh, pero...¿No te parece ofensivo que yo...?
— ¿Ofensivo? ¿Estás de coña? ¡Me halaga que te interese tanto! La cultura es para compartirla con los que saben apreciarla. Quiero que aprendas. Te lo debo. Después de todo, tú me diste a Heidi, Mazinger Z, Dragon Ball...
Japón sonrió con timidez.
— ...Por favor...Si no es molestia...
Aquella misma noche, en casa de España, con una luz tenue, recibió su primera clase.
— En el flamenco, cuando hay un bailarín, es el bailarín el que lleva la batuta. Le dice a los músicos cuál será el ritmo, cuándo terminarán, con los gestos, las voces...
— Parece complicado...—murmuró Japón.
— Para nada. Tan sólo tienes que seguir lo que te dicta el corazón. Mira: estos son algunos de los pasos básicos. En plan...Coge la manzana del árbol, tírala a tus pies. Cógela. Tírala. Písala. Sí, algo así.
Japón se sintió tan torpe, tan ridículo...En ocasiones a España se le escapó la risa, seguro que sin mala intención, pero aquello no le ayudó.
— ¿Sabes? Creo que el problema es que no te estás soltando. El flamenco consiste en soltar lo que tienes dentro, en dejar que todo el mundo te oiga..., no, te vea rugir. Darle zapatazos al suelo para decirle al mundo: «Aquí estoy yo, esta es mi fuerza.» Es poderío. Sé que lo tienes dentro.
— Quizás no lo tenga...
— Bobadas. Sé que lo tienes. ¿De qué tienes miedo?
— ¿Yo? De nada.
— Nah. Tienes miedo. Siempre estás callado y frío como un muerto; nunca haces ruido. A veces hasta se me olvida que estás ahí. Parece que te gusta eso de pasar inadvertido.
— Porque si atraes la atención, atraerás también a gente mala...
— Pues muéstrales que no tienen poder sobre ti. Enséñales que eres fuerte como un toro. Espántalos con tus pies.
¿De qué tenía tanto miedo? Había luchado en muchas batallas...Era próspero...Había resurgido de sus cenizas...No tenía que demostrarle nada a nadie...Era libre...Era fuerte...
— Eso es. Lo estás haciendo. Un, dos tres. Un, dos, tres. Tran, tran, tirititrán. Tú eres Japón. Díselo al mundo: aquí está Japón.
Japón siempre había pensado en España como en...una hoguera. Ardiente. Pasión. Peligroso cuando perdía el control. Pensaba en sí mismo como en la lluvia.
Podía caer con suavidad, pero también podía convertirse en una tormenta. El trueno. Lo invocó con sus pies.
Él era la lluvia que caía del cielo, acariciando toda superficie, que lo empapaba todo y lo nutría todo.
— ¡Eso es, eso es! ¡Lo estás pillando! ¡Vaya, tienes mucho duende!
Japón se paró a recuperar el aliento y de paso consultar su diccionario.
— ¿Tengo mucho...elfo?
— Sí. No. No te lo tomes al pie de la letra. En la jerga flamenca el duende es el...el...el sentimiento, ¿me sigues? La chispa. Es cuando alguien siente lo que hace y todos los demás pueden verlo y sentirlo también.
— ...¿Y-Y tú crees que yo lo tengo?—Japón miró a España sintiéndose sofocado, no sólo por el baile, sino también la excitación que tenía en el pecho.
— Tío, tú siempre lo has tenido dentro. No te preocupes por la técnica, porque siempre puedes pulirla. Si tienes duende, ya tienes el 80% del flamenco. Tú tan sólo haz lo que te digo: suéltalo. Eres demasiado estricto a veces.
Oyeron un par de golpes bajo sus pies. España rio.
— Creo que los vecinos nos están diciendo que es hora de irse a dormir.
Hoy
— Konnichiwa, señoras—saludó España a las mujeres que le rodeaban.
Había como diez, o así. Le dijeron hola, algunas muertas de vergüenza. Las oyó murmurar entre ellas, seguramente sobre él, con las mejillas encendidas. Un grupo pizpireto, pero España no tenía ni idea de para qué le había traído Japón hasta allí.
— Siéntate aquí—simplemente le dijo, y se alejó unos pasos.
— ¿Vale?—rio España, y se sentó en una silla en medio de la habitación.
Japón y las mujeres desaparecieron, y cuando volvieron a la habitación, España soltó una risa sorprendida. Las mujeres se habían puesto trajes de flamenca, rosas en el pelo, peineta y todo. Incluso Japón se había vestido acorde a la ocasión, con zapatos con cuña. Junto con ellos entraron unos hombres que portaban instrumentos y saludaron a España en su idioma. Fueron quienes pusieron la música para que Japón y sus mujeres bailaran:
Como el agua
Ay, como el agua
Como el agua
Como el agua clara
Que baja del monte
Así quiero verte
De día y de noche
Ahora era España quien miraba ojiplático. No tenía nada que envidiar a un tablao andaluz. ("¡Ole las que bailan bien!") Pero lo mejor de todo era cómo se movía Japón, con toda la naturalidad. ("¡Ole!") El suelo tembló bajo sus pies como en un terremoto; esta era la fuerza de Japón, por fin salía de su cascarón y dejaba ver a todo el mundo lo que llevaba dentro, las joyas que se había guardado para sí todo este tiempo. ("¡Fuego!") Nadie a quien complacer, ninguna regla que obedecer. Casi parecía un hombre distinto.
No, este era Japón. El verdadero Japón.
Cuando terminó, con un tremendo patadón, Japón jadeó mirando a España, quien aplaudió y gritó: «¡Olé!»
— ¿Te ha gustado? Lo siento si ha sido un desastre...
— ¿Me tomas el pelo? Me siento amenazado—España se levantó para cogerle las manos.
— Oh, lo lamento...
— Venga ya, Japón, sólo estaba siendo sarcástico.
Qué pena que la música parara y Japón volviera a su actitud vergonzosa habitual...En fin...Los cambios llevan tiempo...
FIN
Nota: La canción a la que se hace referencia es del legendario cantaor Camarón de la Isla, "Como el agua".
Y si queréis saber más sobre la interpretación japonesa del flamenco, echadle un vistazo a bailarinas como Yoko Komatsubara, Yoko Tamura or Shoji Kojima, a las federaciones que hay en el país y a la revista "Paseo".
