KID Y EL DARUMA

Kid entró a su casa llevando una caja precintada entre sus manos.

-Ya estoy de vuelta – anunció el chico mientras pasaba al salón.

Allí vio que estaban las hermanas Thompson pasando el rato. Había algunos libros extendidos por la mesa, ya que se aproximaban los exámenes, pero ninguna de las dos parecía estarles prestando la más mínima atención.

-¡Bienvenido, Kid! – le saludó Patty con su entusiasmo habitual.

-¿Qué es eso que traes? – preguntó Liz con curiosidad.

-Un regalo que me ha entregado mi padre – explicó él – Dice que me traerá buena suerte en los exámenes.

-¿Y todavía no sabes lo que es? ¡Ábrelo, ábrelo! ¡Ya! – exclamó Patty emocionada.

Kid depositó la caja sobre un lugar despejado de la mesa y abrió el precinto con mucho cuidado. Dentro había una especie de muñeco tradicional japonés pintado principalmente de rojo, el cual sacó el chico con mucho cuidado.

-¿Qué es eso? – preguntó Patty visiblemente decepcionada.

-No sé, pero da bastante yuyu – le contestó su hermana fijándose en los ojos de aquel muñeco, que estaban completamente en blanco.

-No seáis tan incultas – les regañó Kid – ¡Es un daruma! ¡Y este además está pintado de forma perfectamente simétrica! – exclamó admirando los trazos de la cara y del traje.

-Ajá – asintió Liz con aburrimiento.

Patty le dio un toque al daruma, el cual se tambaleó un poco, pero rápidamente volvió a su posición original.

-¡Hala! – se sorprendió ella y en esta ocasión le dio un golpe algo más fuerte, aunque el muñeco pudo ponerse en pie de nuevo sin problemas.

-Da igual lo que le hagas, jamás lo tumbarás – explicó Kid con satisfacción – ¡Es la perfección absoluta!

El chico sacó de un cajón un juego de pinceles y un tintero.

-¿Para qué es eso? – le preguntó Liz con curiosidad.

-¿Te has dado cuenta de que el daruma tiene los ojos en blanco? – respondió Kid.

-Pues claro… Da miedito – contestó ella sintiendo un escalofrío.

-Se dice que los darumas traen buena suerte, pero para que te la concedan debes pintarles un solo ojo mientras les pides un deseo – explicó él – Cuando este se cumpla, hay que pintar el otro en agradecimiento – añadió mientras metía uno de los pinceles en el bote de tinta.

-¿Qué deseo vas a pedir? – preguntó Patty con curiosidad mientras trataba de nuevo de derribar al daruma.

-Buenas notas en los exámenes, por supuesto – contestó Kid.

-Entonces… ¿hasta que no apruebes los exámenes… no podrás pintarle el segundo ojo? – preguntó Liz pensativa.

-Exactamente – asintió el chico sacando el pincel del bote de tinta, preparándose para pintar uno de los ojos.

-¿No se quedaría asimétrico? – se le ocurrió decir a Liz en ese momento.

Kid se detuvo con el pincel en el aire.

-Ti… ¡tienes razón! – exclamó horrorizado – Si… si le pinto un solo ojo… ¡se quedará asimétrico! ¡Oh, no! ¡Oh, no! – añadió escandalizado.

-Pero si no se lo pintas, tampoco podrás pedirle que te dé suerte en los exámenes – razonó Liz.

-¡Buah! – lloriqueó Kid – ¿Qué debería hacer? Estropear tanta belleza sería un crimen.

Liz suspiró. Su meister era siempre igual de absurdo con la simetría…

-¡Trae! – exclamó la chica un poco harta, quitándole el pincel – Ya lo pinto yo.

-¡No, Liz! ¡No cometas esa aberración! – le suplicó él sujetándole el brazo.

En ese momento, Patty le dio al daruma un golpe a lo karateca en toda la cabeza, partiéndolo en dos mitades para nada perfectas.

-¡Por fin te he derribado! – chilló la chica – ¡Eso no te lo esperabas, muñeco feo!

Kid se quedó petrificado ante lo que estaba viendo.

-Está… está… roto – balbuceó el chico – ¡Y asimétrico! – añadió tirándose de los pelos con desesperación.

-¡Gané! ¡Gané! – siguió gritando Patty – ¡Soy la mejor! – agregó empezando a reírse exageradamente.

-Soy una basura asimétrica… – murmuró Kid agachándose deprimido en un rincón de la habitación – Por eso no puedo tener cosas bonitas… – gimoteó.

Liz miró a uno y al otro.

-Siempre igual – comentó negando con la cabeza – Menuda casa de locos.