HETALIA PERTENECE A HIDEKAZ HIMARUYA


Fue un tanto inesperado. ¿Qué traía a Suecia por su casa? ¿Dónde había oído hablar de sus playas? ¿Quién le había hablado sobre España? La cosa es que un día simplemente se dejó caer por allí. Y con él, una horda de mujeres rubias.

Eran unos pocos al principio, una especie de grupo de reconocimiento; luego Suecia se sintió lo suficientemente atraído por su informe que quiso comprobar por sí mismo; y al final su gente comenzó a venir y a venir, animada por su ejemplo. España supuso con que lo que le llamaba era el buen tiempo (mucho más cálido que esa nevera que era la casa de Suecia, eso estaba claro), precios bajos y, con toda modestia, que su casa era muy bonita.

Al ver que los nórdicos buscaban todas estas cosas, hizo lo imposible por ofrecerles lo mejor de su gastronomía, construir alojamientos cómodos para ellos y toda clase de servicios que uno espera encontrar después de haber atravesado miles de kilómetros. Lo que fuera con tal de ganar pasta, que puede que a algunos les sobrara, pero a él no.

...Y tenía que admitir...que le gustaba que Suecia volviera año tras año...

Tan sólo con sentir que había cruzado sus fronteras le hacía sentirse excitado como un cachorrito. Lo escondía bajo una sonrisa entusiasta, pero sus amigos eran mucho más explícitos en esta cuestión.

— ¡Las suecas! ¡Las suecas!

— ¡España! ¡España! ¡Suecas a la vista!

— ¡Han venido las suecas! ¡Miradlas!

España ya les había dicho que una buena parte de las chicas a las que señalaban eran en realidad británicas, pero la lógica de sus amigos era simple: ¿eran rubias?, pues entonces eran suecas. La nacionalidad no era más que una minucia.

Tan hondo fue el impacto que Suecia dejó en la mente de España. Quizás él y las otras naciones nórdicas vinieran buscando algo exótico, pero ellos mismos eran la verdadera atracción para los nativos. La mayoría de los españoles no habían visto nunca unas mujeres tan rubias, ni unos ojos tan azules. Por eso las mandíbulas tocaban el suelo y todos los ojos seguían sus pasos allá adonde fueran. Probablemente les recordaran a simios descubriendo el fuego, pero las cosas eran así: los españoles estaban fascinados por cómo unos pocos kilómetros más arriba o más abajo en un mapa pudieran crear una gama tan diversa de bellezones.

Suecia representaba un lugar que parecía de ensueño para una población que había vivido aislada durante mucho tiempo, que sólo conocía las razas mediterráneas, africanas y las sudamericanas como mucho. Lugares donde no había nadie que les dijera cómo vestir, cómo comportarse. Seguro que eran bastante libertinos. La gente perfecta para tener una aventura veraniega. Algo muy atractivo, que hacía bailar al corazón de España con la mera idea de que iba a venir a pasar las vacaciones.

España complació a sus amigos presentándoles a las chicas de Suecia, aunque no sabía qué esperaban hacer, puesto que ninguno de ellos sabía inglés o sueco y las compañeras de Suecia no sabían una sola palabra en español. Oh, bueno, ya les saldría el archiconocido carácter de amante latino y las seducirían sin tener que hablar.

Lo bueno era que, aunque ni España ni Suecia conocían el idioma del otro, tenían el inglés para comunicarse entre sí. De no ser así, la estancia de Suecia en el apartamento de España habría resultado un tanto incómoda.

Sí que fue en cierto modo incómoda. Suecia no hablaba mucho. España no podía decir que le conocía después de tantos años. Simplemente iban juntos a los sitios. Cuando hablaban...Bueno, en realidad era España quien hablaba. Suecia casi siempre se limitaba a escuchar, apenas abría la boca y, por supuesto, nunca empezaba las conversaciones. España quería pensar que no es que no le gustara su compañía, porque de ser así no habría vuelto cada año.

Se alegraba de ello. Le gustaba.

Y Suecia nunca lo mencionó, pero mostró que el afecto era recíproco volviendo todos los años.

Normalmente, la gente que hablaba demasiado le ponía de los nervios, pero suponía que podía perdonárselo a España. No hablaba sobre sí mismo demasiado a menudo. Tan sólo le gustaba llamar la atención de Suecia sobre todo lo que veían, hablaba sobre cultura, resolvía preguntas filosóficas que nadie había hecho, bromeaba y contaba chistes a cada rato. Era en cierto modo divertido. No lo dijo en voz alta, pero podría haberlo escuchado durante horas. Su entusiasmo también era entretenido de ver.

Y también le hacía sentir algo de lástima por él. Franco le había convertido en un paria. Nadie quería tener nada que ver con un fascista. Ganó Eurovisión y Austria, su propio ex-marido, declaró que no quería que el concurso se celebrara en la casa de un dictador. Gracias a que América había creado bases militares en su casa, convenció a todo el mundo de que era un aliado, lo animó a él y a su jefe a abrirse a los demás y levantar un poco el yugo, y las naciones poco a poco empezaron a ser más amables con España, yendo a visitarlo. Pero nadie olvidaba de parte de quién estuvo durante la guerra, las ideas que su jefe le había metido en la cabeza, y por eso España tenía poca gente con la que hablar y escasas visitas.

Una lástima, porque España era la clase de tipo que le da a sus invitados todo lo que tiene, absolutamente todo...La gente en su casa podía ser bastante egoísta...

Empezaron pensando el uno del otro con ternura, y luego comenzaron a mirarse. España admiraba aquellos ojos de un azul intenso que Suecia tenía, cómo parecían estar inmersos en algún pensamiento profundo como el mar. Tan profundos...tan azules...tan hermosos...Y Suecia no podía evitar pensar, ya que España no tenía pudor a la hora de quitarse la camisa frente a él o quien fuera cuando tenía demasiado calor, que su bronceado estaba muy bien...

Las miradas no pasaron desapercibidas, y eso les hizo pensar.

¿Había algo de lo que necesitaran hablar?

Suecia consideraba que no. A España, por otra parte, le gustaba hablar de todo, así que una noche, mientras estaban dando un paseo, disfrutando de la suave brisa y comiéndose unos helados, fue más que directo:

— ...Uh...Dime una cosa. Ya que estamos los dos solos...A ti...te gusta más la carne que el pescado, ¿verdad?

Suecia frunció el ceño, confuso.

— ...Llevo una dieta equilibrada—respondió.

— No, quiero decir—España hizo una pausa para reír—. Creo que no lo he traducido bien...Uh...Lo que te quiero preguntar es...si tú...eres de la otra acera. Quiero decir...

— ...Sé lo que quieres decir.

— ¿Y?

Suecia evitó mirarlo. De pronto comenzó a caminar más tieso, como si le hubieran metido un palo por el trasero.

— ¿...Por qué dices eso?—sonaba tan ofendido y molesto que España se apresuró a corregirse.

— ¡No quería ofenderte! Lo siento si lo he hecho. Es sólo que...He oído que solías llamar a Finlandia tu mujer o algo así.

De nuevo Suecia arrugó el ceño. Algunos se sonrojan cuando están avergonzados, pero él hizo eso. Ahora la forma en que caminaba era prueba de que quería salir corriendo de allí. Y eso hizo sentir a España como si hubiera metido el pie en un buen pozo de mierda.

— ¡Yo sólo...! ¡Me encanta tenerte aquí! Y quiero saber...¡Necesito saber si yo estoy confundiendo las cosas o...!—España suspiró—. Yo he...amado a muchos hombres en mi vida. Amé a Austria porque era genial. Amé a Portugal porque compartimos vínculos de sangre y nadie en el mundo me entenderá nunca tanto como él. Amé a Italia porque fueron de la familia. Y a Francia y a Alemania, porque eran lo que yo siempre quise ser...Pero lo que siento por ti...No tengo ni idea de dónde viene lo que siento...Apenas te conozco, eso es verdad, pero...Te miro y...

Se sintió muy idiota, como una colegiala...Probablemente estaba empeorando las cosas hasta un punto de no retorno. Pero una vocecita en su cabeza le decía...Llegados a este punto, ¿qué más da? Sigue. No lo resistas.

Suecia detuvo lo que empezaba a parecerse a una carrera y volvió la cabeza..., para encontrarse con que España estaba cerca, muy cerca de él, y lo miraba a los ojos con esos brillantes ojos verdes que tenía.

Su corazón parecía querer abrirle un agujero en el pecho.

— ...Spanien...

A él también le habló una vocecita al oído. Le decía que mirara a España con detenimiento y le dijera con sinceridad si no se sentía terriblemente atraído por él.

Nadie miraba...España necesitaba saber qué se sentía...Amar a alguien no sólo por la imagen proyectada en tu cabeza, sino por lo que es, por cómo es...Necesitaba saber si lo que sentía por Suecia era real...

Dejó caer el helado que tenía en la mano, fulminando la distancia que había entre los dos. Sus labios rozaron los de Suecia. Se separó rápidamente y se quedaron mirándose en silencio. Tomando su nula reacción como un permiso para que continuara, España se acercó una vez más para volver a besarlo, esta vez durante más tiempo. Tras unos segundos de resistencia en vano, sus labios comenzaron a moverse a su ritmo, devolviéndole el beso. Él también tiró el helado. Posó sus manos sobre la cara de España y la acarició. Podía saborear el chocolate que España había estado comiendo.

Fue él quien rompió el beso esta vez, aunque sus narices siguieron rozándose, estaban tan cerca que podían sentir el aliento del otro en la cara. Suecia volvió los ojos y vio que se acercaba gente; no les estaban mirando, pero si seguían haciendo esto en la calle, los pillarían.

— ...Volvamos al apartamento...—susurró.

No perdieron el tiempo. Caminaron deprisa, impacientes por desaparecer de vista. La puerta apenas se había cerrado cuando se lanzaron el uno sobre el otro como si estuvieran hambrientos de probar sus labios. España estampó a Suecia contra la puerta. Pronto, decidieron que estarían más cómodos en el sofá. España se echó de espaldas mientras que Suecia se colocaba encima de él. Se quitó las gafas, las dejó sobre la mesita del café y fue derecho al cuello de España, haciéndolo gemir.

Esto era nuevo para ambos. Como toda novedad, lo acogieron con entusiasmo.

España sabía lo que Franco o cualquier otro conocido le habría dicho si hubiera abierto la puerta en estos momentos. Maricón. Degenerado. Sátiro. No iba a mentir: la idea le excitaba un poco. Franco ya no era lo que solía ser. Ahora era un viejo que se pasaba el día de pesca. La mayor parte de su poder se había esfumado. El gobierno, la Iglesia, la gente ya no le escuchaban ni lo veían como el héroe que solía ser para ellos. Estaba enfermo. Se estaba muriendo. Cualquier día de esos se libraría de él. Ya era libre. El yayo ya no podía hacer nada para detenerlo. Sí, deseaba que estuviera allí para pillarlo haciendo algo tan escandaloso. Entonces vería en qué se había convertido su nación perfecta, el paladín de las buenas costumbres, su proyecto. Tan sólo pensarlo era suficiente para hacerlo ronronear con el tacto de los dedos de Suecia en su piel, sus labios pegados a los suyos.

Suecia también sabía lo que era esconder las verdaderas inclinaciones. Nunca había mirado a las mujeres como los otros hombres. Nunca se sintió demasiado interesado por ellas. Sus jefes le daban todas las mujeres que quisiera y la cosa siempre terminaba igual: simplemente se sentaban de espaldas el uno al otro para, pasado un tiempo prudencial, dejarlas ir sin haberles tocado un pelo. Era mejor que la gente se pensara que tenía la libido de un eunuco. En los tiempos vikingos, el hombre que dejaba que otro varón le poseyera era el peor de los cobardes y la deshonra caía sobre él. Era un niño por aquel entonces y no quería ser despreciado por los suyos ni por las otras naciones; aquello habría significado la muerte. Cuando abrazó el cristianismo, la cosa no cambió. Podía sentir lo que quisiera. Algunos pensamientos eran como moscardones que el Diablo nos manda para distraernos de lo divino. No tienes por qué tomártelos en serio. Tú sólo espántalos y vive tu vida. Mientras no los pongas en práctica, estarás bien. Pero estaban en el siglo XX, en los años sesenta: ¿por qué seguir practicando una moralidad obsoleta? ¿No era la felicidad el bien supremo? ¿Por qué tenía que vivir eternamente negándolo?

Así que acarició el cuerpo de España, trazando toda su silueta con la mano, mientras sus labios lo devoraban. ¡Qué caliente estaba, cielo santo! ¡Era como una estufa! Ambos estaban sudando, sintió la tentación de quitarse la camisa y estar piel con piel con él.

Si Franco supiera...Si Franco lo viera...La imaginación de España se desbordó, los vio en el suelo, en el palacio de su jefe, frente a su esposa, hija y nietos, los altos cargos militares, el clero...¡Mirad a la gloriosa España, al paladín de Dios!

Y al mismísimo Dios mirando y viendo...

Un escalofrío recorrió su espalda. Su corazón dio un vuelco.

Suecia lo amaba. Lo amaba por hacerle sentir tan completo. Por mostrarle esta clase de felicidad.

Sus labios se abrieron para decírselo en su propia lengua.

— Finland...—musitó con voz temblorosa.

Abrió un poco los ojos. ¡Cuál no sería su sorpresa cuando se encontró en brazos de España y no en...en...!

Se separaron el uno del otro de un salto casi a la vez. Se tomaron unos pocos segundos para recuperar el aliento. Ambos estaban sonrojados y sudorosos. Era como despertar de una pesadilla. Suecia miró por todas partes con nerviosismo hasta encontrar sus gafas, que se puso para luego peinarse el pelo con una mano. España se colocó bien la ropa, tratando de no mirarlo.

— ...N-No puedo...—murmuró.

— ...Yo tampoco...—Suecia habló en voz tan baja que España ni le oyó.

— ...Lo siento...Perdón, perdón...Ha sido...Por favor, perdóname...

Suecia quería disculparse él también. Hacen falta dos para lo que estaban haciendo, ¿no es cierto? Aun así, las palabras no llegaron a salir de su boca. España se sentó como era debido y enterró la cara en sus manos. España lo vio juntar las manos y respirar profundamente.

— Je...Supongo que nos ha dado un arrebato y...Siento haberte metido en esto...Si te sentiste obligado a...Lo siento...

— No pasa nada...—murmuró Suecia.

Era culpa suya. Ahora lo veía con claridad. Probablemente no le gustaba ni la carne ni el pescado, como España decía. Tan sólo le gustaba Finlandia. Y como nunca estaría en el menú, pensó que España podría servirle...

...Pero España no era Finlandia...Era amable, el tipo mediterráneo era definitivamente algo que le atraía poderosamente, pero nunca podría llenar el espacio que Finlandia ocupaba en su corazón...Nadie podría...

La novedad...Sí, eso se dijo España. Suecia no era más que la novedad. Igual que con las drogas que traían los turistas, quería probarlo porque estaba prohibido...Sí, era eso. Él no era...No. Un instante de debilidad. La soledad, que lo traía de cabeza. No volvería a suceder. Dios le perdonaría. Se olvidaría de esto y seguiría con su vida. Sí.

Se miraron el uno al otro y España esbozó una sonrisa.

— ¡Ja! ¡Deberíamos hacerle una foto a nuestras caras! Tenemos una pinta de pánfilos ahora mismo...Uhm...En fin, íbamos a salir a pillar algo para cenar...Ya nos hemos comido la boca bastante, pero si te queda espacio para más...Ya que no llegamos a terminarlos los helados...

Hablaba con nerviosismo, sólo para que desapareciera ese silencio tan incómodo. Pero Suecia agradeció el esfuerzo.

— ...Yo invito...—dijo.

Hicieron lo que pudieron, pero todo cambió a partir de entonces. España siguió siendo un anfitrión atento, y Suecia seguía visitando su casa a menudo durante las vacaciones, pero las cosas ya no eran igual. Demasiados silencios que no encontraban qué los llenara. El recuerdo de lo ocurrido siguió separándolos. Suecia comprendió que sólo había una persona en su corazón y no había necesidad de hacerle daño a España haciéndole buscar algo que él no le podía dar. España vio que tan sólo quería romper sus cadenas y Suecia quizás le hubiera mostrado lo que su corazón ansiaba, pero no iba a ser su caballero de brillante armadura; si quería desafiar a Franco, tenía que dejar de soñar con romper las reglas y hacerlo de verdad.

Pero donde hubo fuego quedaron ascuas.

El Orgullo en Madrid es una de los más grandes de Europa. La fiesta es tan monumental que no es raro encontrar rostros conocidos entre la multitud. Este año Francia y Romano vienen a su casa. Francia quiere ponerse a tono, y Romano hace lo que puede para convencer a todo el mundo de que no ha venido con ninguna intención rara, que tan sólo es una excusa para ir de fiesta y que la música y el ambiente están bien. A España no le importa qué banderas le hagan llevar encima porque, al fin y al cabo, esas minorías también son su gente, y quiere mostrarles que pueden ser ellos mismos con él. No le importa en absoluto.

Una cara familiar entre el gentío. Suecia está ahí, por supuesto. Con los años se ha ido convirtiendo en activista por toda clase de causas sociales. Puede vérsele en muchas manifestaciones, en todos los lugares donde alguien intenta cambiar el mundo con un megáfono y un discurso. Aunque parezca antisocial, trae consigo a muchos amigos. Tiene una bebida en la mano, no baila al son de la música pero España le conoce lo suficiente para saber que se lo está pasando bien.

Suecia vuelve la cabeza y le ve. Su máscara gélida se cae y una sonrisa aparece en su cara. Como cada vez que se topan el uno con el otro en los pasillos de las instituciones europeas. Como aquella vez, tras los atentados de 2004, cuando organizó una marcha para mostrar su apoyo, aunque Estocolmo esté muy, muy, muy lejos de Madrid.

No saben si el otro ha encontrado lo que buscaba, pero en lo más profundo de su corazón desean que sea así.


FIN