"Sans fue un niño muy activo alguna vez"

Ese pequeño comentario de Toriel consiguió que casi todos los que estaban reunidos estallasen en carcajadas.

Sans no podía culparlos. El mismo podía haberlo pensado si no tuviera aquellos recuerdos del pasado.

Él recordaba, y a lo que se refería Toriel, que no había un momento del día en donde estuviera quieto. Había sido un niño pequeño y molesto, con una curiosidad infantil que a veces sobrepasaba a los adultos que le rodeaban, ademas de asustar, aburrir e incordiar a partes iguales a los niños de su edad.

Era una pequeña bola de energía, muy ruidosa, como una nebulosa a punto de estallar.

No había ningún día en que el "pequeño Sans", -diminuto mejor dicho, su altura era bastante menor que muchos en aquella etapa de su vida-, terminase en algún lugar donde no debería estar.

Varias veces había terminado causando un tremendo apagón por todo el Underground, simplemente por saber porque brillan las bombillas. Sans se había colado en el generador de electricidad global del subsuelo, había abiertos las cajas grises de electricidad con una pequeña piedra que se había encontrado en el suelo, había movido cables, y roto alguno de ellos para mirar en su interior.

Había recibido calambres y quemaduras, pero las ganas de investigar habían entumecido por completo su sentido del dolor.

Incluso se había adentrado a un más, pensando en donde podría estar los cables que llevaban la electricidad al colegio, porque, por supuesto, había sido allí en donde se le había iluminado la bombilla.

Le habían encontrado, y regañado con vehemencia. Esperando una explicación del cómo y del porqué lo había hecho. Aunque, la respuesta no fue para el gusto del todo, principalmente por los guardias de seguridad. La vergüenza que tuvieron que pasar ellos, por no ser capaces de darse cuenta que un niño chico estaba irrumpiendo en las instalaciones, se habían convertido en una fuerte amonestación por parte de sus superiores y eso había dado lugar a que los guardias se enfadaran con el pequeño Sans. Se escucharon gritos y quejas ruidosas, con el tono que haría que un niño llorase, a excepción de aquel esqueleto. Él, simplemente, se había molestado, no por la situación, sino porque no había descubierto nada, solo había visto cables de colores y chispas blancas que quemaba cuando las tocaba.

Habían sido días oscuros, para él y para todos los demás, pero por razones diferentes.

Hubo otra vez en la que su curiosidad le había dado por el mar. Había sido una visita rutinaria a Waterfall, para ver estrellas en los techos y escuchar a las flores cantar, pero Sans se había centrado en el color tan bonito del agua de las cascadas. Había querido llevárselo a su casa, pero en Snowdin, el agua o se congelaba o perdía su color brillante.

Esa vez había jugado a ser químico,

irrumpiendo en el laboratorio real para coger compuestos químicos de colores y olores diversos, de graciosas texturas y diferentes temperaturas. El Sans mayor recordaba como el camino desde el laboratorio hasta su casa había sido agotador -con varios botes en las manos, de cristal y más grandes que él entre la nieve se había divertido demasiado en el camino- pero no lo suficiente como para no ponerse a experimentar nada más abrir la puerta.

Había tendió distintos recipientes con agua de Waterfall y en ellos había echado los químicos a bocajarro. Hubo olores, algún cambio de color tenue -no el que Sans buscaba- y alguna que otra chispa igual de dolorosas que las eléctricas, no hubo explosiones, bueno, en ese momento todavía no habían llegado las explosiones.

Como no había otra, por los gases, se había comenzado a marear un poco. Y él, pensando que era porque le había entrado sueño, decido que haría un último experimento antes de continuar al día siguiente. Entonces, había comenzado a mezclar, de dos en dos, todos los químicos que tenía.

Un vaso, por los cambios drásticos de temperatura había estallado en mil pedazos, otro había cambiado de color rojo a verde, de verde a negro, otro de transparente a rosa a azul oscuro -no aquel color brillante de celeste que él tanto se esforzaba por encontrar-. Había sido muy divertido, hasta que, al juntar los últimos y en el momento que Gaster entró corriendo, el recipiente de plástico comenzó a soltar una hilera de humo, gris, similar a una chimenea, el ruido comenzó y se produjo la explosión. Ambos terminaron en la sala de urgencia, con cortes y quemaduras y Sans con una pequeña embriaguez por químicos.

Papyrus, que había estado en su cuna todo el tiempo no había recibido ningún daño.

La gota que rebasó el vaso no fueron ninguno de esos días.

Fue un día raro, donde Sans extrañamente está tranquilo, o todo lo que podía estar un niño hiperactivo.

Gaster, cansado de su completo caos lo había obligado a estar a su lado por el día entero, pues, si no podía controlarlo mejor lo tenía en su rango de visión. Por ello, lo había llevado con él al True Lab. El pequeño Sans se había comportado bastante mejor que los demás días, si tenía alguna curiosidad infantil, la mayoría de monstruos que allí estaban no dudaba por responderle lo mejor posible; el trabajo se redujo drásticamente, pero, mejor eso a que tener que recuperar toda la instrumentación robada por el esqueleto.

Fueron horas tranquilas, si, pero no dudarían para siempre.

Llegado un momento, Sans se había cansado. Estaba muy bien eso de aprender cosas nuevas, de física, química, tecnología, universos alternos y otras vidas, sin embargo, tenía ganas de toquetear.

La única regla que le habían puesto era la de no tocar, y eso le estaba fastidiando en demasía.

Cuando el laboratorio tuvo un tiempo de descanso entremedio, y Gaster, inocente de él, se marchó para terminar de preparar los últimos materiales que necesitaba para lo que él había llamado el The Core, confiando que Sans no haría nada, él supo que era su oportunidad.

Había infinitas cosas que él podría hacer, animales metálicos que dieran volteretas y ladrasen a los abusones del colegio, podría crear juguetes para su hermano, que fueran divertidos y que le cuidasen a la vez… o podría hacer armas mágicas, como los antiguos monstruos que lucharon contra los aterradores humanos. ¡Así podrían salir y ver el Sol! ¡Si! ¡Si!

Él tenía muchas ganas de verlo, probar si era tan calientes como decían los libros, si brillaban más que las bombillas de la escuela, si era tan bonito como el color del agua de Waterfall.

Con ello en mente, se saltó los primeros pasos -como buscar información, bocetear, pensar en los materiales necesarios y leyes de la física necesarias- y se fue directamente al manejo de los materiales.

Paso los minutos así, controlando magia y manejando hierros como si fueran trazos de plastilina.

Cuando el resto de los científicos y Gaster, volvieron de nuevo a donde estaba él, se encontraron un horrible desastre. Meses de trabajo reducido a chatarra, inventos fallidos, metales quemados con ácido, papeles revueltos, destrozados, paredes y suelos golpeados por la magia de Sans, decorados con negro de las cenizas. A excepción de los libros, que milagrosamente habían sobrevivido al tormento, la habitación parecía un campo de guerra.

Esa vez no hubo gritos por parte de los adultos, pero sí lágrimas amargas de desconsuelo. Abrazaron a las piezas rotas como si sujetaran un amigo caído, miraban las paredes como si pudieran ver la muerte en su reflejo… Todo cayó en un profundo silencio de llantos y lamentos. Sans simplemente los miró como si estuvieran locos.

Gaster parecía el más mortificado, y mientras se comunicaba con el Rey para explicarle lo ocurrido, sus manos temblaban sin parar.

El mismísimo Rey llegó unos minutos después de colgar la llamada. El pequeño Sans lo miró sin inmutarse, no estaba muy enterado de temas político, así que, para él, Asgore era igual a los demás adultos, más fuerte que la mayoría que él veía pero no más atemorizantes.

El Rey tenía una expresión seria, pero suave al mismo tiempo, y cuando sus ojos se encontraron, el adulto no pudo evitar que una pequeña sonrisa divertida decoraran sus labios.

Asgore y Gaster retomaron la conversación, una conversación bastante aburrida, pues de adulto, Sans olvido por completo lo que habían estado diciendo. Aún así, el resultado de esta siempre será algo que lo condicionaría el resto de su vida.

Al día siguiente de esa catástrofe, y de una fuerte prohibición temporal de Sans para entrar en el True Lab, Gaster lo llevó a la casa de Asgore.

Fue un momento emocionante para el niño pequeño, no por los colores sombríos y grisáceos de la capital del Underground, New Home, solo era la simple emoción de estar nuevos sitios que no eran los helados bosques de Snowdin. No sabía porque estaban allí, pero Sans esperaba que fuera un sitio divertido, pues, si era la capital, ¿no debería haber un laboratorio muchísimo más grandes? ¿Nuevos libros? ¿Nuevas cosas por aprender?

No se pararon demasiado por las calles de la capital, solían estar muy vacías siempre, hasta que llegaron a las puertas grises de Asgore's Home.

Allí le abrieron las puertas una agradable mujer, con una sonrisa tranquila y un vestido lila.

La Reina, Toriel, que tiempo después él la apodaría Mujer de Canela, Mujer-Caracol, o simplemente; Tori.

Los adultos intercambiaron un par de palabras, que Sans dejó de escuchar por intentar ver que había detrás de la Reina.

-Parece que está emocionado. Venga, entrad, por favor.

Como si fuera un hechizo, Sans atravesó la puerta sin molestarse en saludar, fue directamente a la búsqueda de ese gran laboratorio imaginario.

Llegado al salón, Asgore lo saludó con un pequeño asentimiento de su cabeza. Iba a devolverle el saludo, pero él vio como en su regazo, dos niños pequeños peleaban por quien le hacía más trenzas a la barba del Rey.

Él se asustó por un momento, de los dos niño, un chico y una chica, ella era una humana. Con grandes ojos rojos y un cabello castaño que resaltaba entre los pajizos de los Dreemurrs.

-¿Oh? Parece que ya la has encontrado. Sans, Gaster, estos son mis hijos: Asriel y Chara.

Toriel lo dijo con suavidad, tranquila, como si no fuera una sorpresa que una humana estuviera allí presente, en la casa de los Reyes.

-¿Es un poco sorprendente, no?

Ninguno de los esqueletos le respondió. Gaster, paralizado por la presencia de una cría de esos que él consideraba enemigos y Sans, intrigado.

-¿¡Eres una humana!? ¿¡Una humana real!?

-¿¡Y que!? ¡Eres un saco de huesos y no me estoy quejando!

Esas palabras podrían haber sido el final de cualquier interacción de más, podría haber sido una sorpresa momentánea y no haberse visto más. Pero, el pequeño Sans estalló en carcajadas y la curiosidad de él se clavó como una espina a su mente; tenía que conocer a la chica.

Al lado de ella, su hermano parecía a punto de llorar, intentado de cualquier manera relajarla. Ella odiaba que le recordasen lo humana que era.

-¡Soy un esqueleto, no podría ser de otra forma! ¿A caso soy demasiado huesos para ti? ¿Aterrador como un monstruo?

El cejo fruncido de la chica cambio drásticamente a una sonrisa divertida. Con un salto bajo del regazo de lo que se podría considerar como su padre, no se alejó mucho tampoco, se puso en pie como si le retara a acercarse. Sans aceptó el reto por completo.

-Soy Chara, Comediante.

-Soy Sans, Princesita.

Cuando se dieron las manos, Chara no dudó en tirarlo para atrás. Él cayó entre las suaves alfombras, agitando los papeles que se encontraba en el suelo; había encontrado el tesoro real, del que tantos rumores había.

Chara recibió segundos después una pequeña reprimenda, que no hizo nada por parar la pelea de mirada que estaban teniendo.

-No me digas así, huesos.

Sans volvió a reírse de la cara ofendida de la humana, estaba fascinado. Hablar con ella sería su diversión por los próximos días, ¡no podía esperar a ser su amigo!

(Ese pensamiento lo recordaba claramente el Sans adulto, y se arrepentía, se arrepentía haber tenido esa clase de sentimiento por una Genocida como ella.)

-Cha… Chara, no pelees, por favor…

A su lado, se posicionó su hermano, con el cuerpo medio escondido detrás de ella. Se volvió de rosa cuando lo miró, e incluso tenía pequeñas lagrimillas en los ojos de vergüenza.

-¡Eh! ¡Yo…! Yo… soy Asriel…. Hola….

-¡Hmph! ¡Vamos! No quiero estar con un… ¡un cráneo-hueco!.

Sans se levantó con rapidez cuando vio como los hermanos se marchaban del salón, pasando por encima de él con un pequeño salto.

No se molesto en pedir permiso a Gaster, ni siquiera se paro a mirar de nuevo a los reyes. Atravesó el pasillo corriendo, agarrando por detrás, la sudadera de Chara.

-¿Que vais a hacer? ¡Yo también quiero jugar!

Se le veía en los ojos, él sabía que la humana iba de nuevo a negarse a estar cerca de él. Era molesto.

-Un… un castillo. Estamos construyendo un castillo.

Asriel le respondió mediante un tartamudeo. No lo miró. Todavía escondido se acurrucaba en su hermana, mientras temblaba.

Sans miró con burla a la chica.

-¿No dijiste que no eras una princesa?

-¡No voy a ser la princesa del castillo! ¡Ese es Azzy! Yo… yo seré la guerrera. ¡Tú no cabes acá!

-¡Claro que si! ¡Yo seré el científico! ¡Soy muy listo!

-Eso lo diré yo. Si nos ayuda ya veremos si eres tan listo como dices ser, huesos.

-Veras que si, asesina.

Con ello en mente, los tres pasaron la tarde moviendo grandes sábanas y mantas, que sirvieron como altos muros. Para ello, Sana había utilizado su magia para colocar los extremos de una de las sábanas del cuarto de Toriel encima de la estantería del cuarto de los niños.

Chara se había quejado en ese momento, ella, aunque no podía levitar, hubiera sido capaz de hacerlo por ella sola, pero, gracias a ello, Sans se había ganado el pleno derecho para estar en su castillo, y quizás para ser llamado su amigo.

Además, ¡a él le gustaba los mismos chistes! De los Dreemurrs, solo Toriel la seguía con las risas; rápidamente pensó que no le importaría tenerlo cerca más a menudo.

Cuando estuvo medio formado el pequeño castillo infantil, decidieron ponerse a pelear. Sans utilizó su magia y Chara golpeó demasiado fuerte con su espada de madera, se persiguieron y terminaron por hacer caer un par de libros, además de casi destrozar las macetas de flores.

El pequeño Sans las había llamado "salchichas de agua" y la humana no pudo evitar reírse de él. Ella comenzó a explicarle lo que sabía de las flores, él, de como podrían utilizarla para hacer banderas. No termino en nada, pero ahí estaba pendiente.

Los dos pudieron llevarse bien mutuamente. Eran los dos desastrosos, curiosos por las cosas más raras -en diferentes temas cada uno-, pero al final, parecía que podrían ser amigos, por lo menos, compañeros de juegos.

Hace tiempo, ellos fueron…

compañeros…

amigos…

algo…

Se agotaron al final de la tarde.

Sans podría haber avisado a Gaster de que estaba cansado, se podrían haber ido, pero se había divertido tanto esa tarde, que no pudo evitar en querer prolongarla lo máximo posible.

Se escondieron en el castillo, con Asriel ya dormido, pudieron hablar de todas las aventuras que querían vivir, de lo que conocían y que no conocía el otro, de historias de terror y fantasía, que no llegaban a discernir de lo que era realidad o no.

Sans tenía miedo por cerrar los ojos, se haría mañana y no sabía si podría ver de nuevo a la niña; pero, se quedó dormido, con una mano aferrada a Chara y en la otra, agarrando un papel con coloridos planos de un gigantesco castillo con laboratorios y jardines por igual.

Poco sabía él en ese momento, que durante varios años, ella sería su compañera del crimen, la media mitad de su alma infantil. Hasta que un problema de pasteles y flores, siempre las malditas flores, terminaran con su amistad.

A partir de allí, no serían más que enemigos sangrientos, que se terminarían matando, una y otra vez, una y otra vez; en una infinidad de rutas sin ningún final feliz.

Hoy en día, ellos era…

oponentes…

rivales…

nadie…

¡Día 2, terminado!

¿Ha sido un poco drástico el final, no?

Tenía más, pero, eso daría lugar a un oneshot mucho más largo y ya no sé, sería hablar un poco más de cómo se volvieron amigos, y todas las bromas que hicieron a sus más cercanos.

Será para otro momento, quizás.

¡Espero que os haya gustado, y nos vemos mañana!

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