La mar era egoísta.
Había veces en donde era un completo lujo navegar entre sus olas, era como un baile tranquilo y elegante. Agradable al igual que una canción de cuna. Era tan amable como el roce de una piel suave, unos besos delicados, una mirada de enamorado. La mar era un amante altruista, agradecido, siempre pensando en quienes cobijaba.
En esos días, el cielo se volvía celeste, como diamantes afilados, que, cuyos brillos eran las nubes que irrumpían la monotonía del momento. Sería como flotar sin ala alguna, sin plumas. Las olas, en tonos azules, verdes y amarillos, serían transparentes, refrescantes, como beber agua fría después de una ardua sequía. El aire marino a su vez, también era un buen acompañante, con cortesía, el viento podía mover las velas simplemente con una caricia suya. El viento movía también las pequeñas salpicaduras del roce juguetón de la quilla contra las olas, como gotas del rocio, que refrescaba el ambiente sin calar el cuerpo.
Si se tenía suerte, y muchas veces así era, se podría ver todo tipo de animales: medusas gelatinosas con largos apéndices y colores atrayentes, peces tropicales de tonos del arcoíris junto a otros más transparentosos, otros, algo más peligrosos, pero igual de magníficos, largas y pequeñas algas de colores esmeraldas, morados, rojos, pardos... .
Podrían encontrarse varados en la inmensidad del mar, sin ver una pizca de arena, pero, si hacia un buen clima, era el mismísimo paraíso en Tierra.
Otros días, bueno, el cielo se caía en pedazos y conseguían un pasaje directo al infierno.
Tal y como ocurrió aquella vez.
Había sido un día normal. Llevaban ya varias semanas en alta mar, nada raro, así era la vida de un pirata, y más de ellos, desertores de un pueblo que no deseaban volver a pisar.
Tan normal fue hasta que todo se transformó en un completo caos.
En un instante, un furioso ciclón llegó hasta ellos. El cielo claro se volvió grisáceo, las nubes se arremolinaron entre ellas, corriente en círculos. El viento chilló, arrancando con un fuerte tirón, los enganches y cornamusas, las bitas y astillas. Todo salió volando por los aires, sin control ninguno.
La presión también cambió. Se hacía más difícil de respirar con las bajas presiones en el centro de aquel huracán. Quitaban en aliento de un solo soplido, ahorcándolos como aquellos piratas juzgados por la cruel marina. Esto provocó que la mar se levantara con una violencia que ni los más furiosos tiburones tenían, movía y movía el barco en un balanceo cruel, frenético, como si el barco hubiera cobrado vida e intentaba de salir de aquel violento lugar.
El constante chapoteo de las gotas de agua sobre su rostro es lo que terminó por despertar a Sans. Ni el horroroso balanceo del barco, ni de los golpes que habría tenido que dar contra el barril, pues se había quedado, como siempre, dormido cerca de unde ellos, repleto de pequeñas bolitas de acero que utilizaban de municiones en la popa del barco. Y allí donde se había desmayado y allí es donde no se despertó. En esos momentos se encontraba cerca de la proa, en las escaleras que conducían hasta donde se encontraba el timón. Allí estaba la capitana, dando alaridos de rabia a un mar que parecía completamente descontrolado.
Sentía su cuerpo pesado, adolorido, quizá estaría lleno de moretones y heridas, tal como lo tendría un pez después de intentar escapar de su jaula de cristal a base de golpes con su cuerpo. Le palpitaba las manos, la cabeza, los oídos... estaba paralizado en una posición que era más un incordio que una ayuda al resto de la tripulación, y en cualquier otra situación, no le hubiera molestado, pero, ahora, no quería ser pisado.
Acurrucado contra los fríos tablones del suelo, gimió cuando se dio la vuelta, en un momento donde el barco se había inclinado bruscamente. Terminó, de nuevo, de cabeza al suelo, con un golpe seco contra la parte inferior de los pasamanos del barco. Tenía el costado entumecido, las piernas, la cadera... .
Las joyas que tenia simulando como un falso costillar de granito, terminó clavado contra lo que debería estar protegiendo y no dañando. Las astillas de cubierta, junto al balanceo del barco, desgarron su camisa y cuerpo a partes iguales. Estaba sangrando, levemente, pero sangraba, que, junto a las salpicaduras de mar, provocaban un tremendo malestar.
Nada más abrir los ojos, un violento rayo desgarro las nubes, tornando, durante unos pocos segundos, el cielo negro en blanco y grises. Sans tuvo que retirar la mirada al momento. Se quejó. Además de todo lo que ya sentía, ahora añadía el dolor de ojos a sus síntomas.
Entre los alaridos del viento, truenos y rayos, se escucharon gritos atenuados del resto de la tripulación. Todo se había convertido en un completo caos.
Se levantó, mareado, pero se levantó.
Vio como su capitana, en el castillo, controlaba el timón. Sans pensó que casi era inútil. El barco seguía moviéndose descontrolado y no habría invento humano capaz de luchar contra la mar enfurecida.
La capitana, Undyne, intentaba dar órdenes por encima de los rugidos del ciclón. movía los labios, enojada, gesticulaba con dramatismo..., pero, nada, su voz no llegaba. Ella estaba irritada, con el rostro contraído en rabia. Rabia porque nadie le escuchaba, rabia porque terminarían a la deriva, hundidos entre las aguas.
Sus miradas se cruzaron, y ella lo miró con fiereza, buscando que ayudase incluso si el no quisiera.
No era que no quisiera, solamente, pensaba que no tenía porque estresarse. Podían estar en tormento, con el mar en contra de ellos, pero, ¿así era la vida pirata, no?
Estuvo a punto de suspirar cuando alguien de la tripulación le dio un fuerte golpe, separándolo de la barandilla. Quien le había empujado, sin una palabra de disculpa, hacia comenzado a vomitar de cabeza al mar.
Rodó los ojos cuando lo vio. Sans no era los que se mareaban, no demasiado y menos por el balanceo de un barco. Podía marearse después de una larga siesta profunda, de un caída fuerte o simplemente, de levantarse demasiado rápido.
El balanceo del barco, más violento o no, era, para él, pan de cada día. Había nacido en el mar, o muy cerca de él, teniendo al Sol, al mar y a la arena de compañeros de juego, junto a su hermano, faltaría más. Había nacido allí, en una cubierta de un barco muy similar, en un barco de renegados, húmedo los siete días a la semana. Por ello, no estaba ni preocupado.
Además, si allí moría, ni le sorprendería. El mar había sido su cuna, su madre, su vida, ¿por que no acabaría con ella? No era que quisiera morir, pero, lo que el mar da, el mar quita.
Cuando el otro terminó de expulsar sus entrañas, se desmayó al instante, estrellándose con el pasamanos y después con la cubierta. Sus piernas se enredaron en los cabos sueltos, arrastrando con él, gran parte de ellos.
Sans abrió los ojos cuando la parte sumergida del cabo salió a la superficie. La cuerda en espiral estaba completamente tapizada de marrón, de un rojo pardo. El problema no era el color, el problema era lo que conllevaba ello; acababan de entrar en una zona repleta de Sargassos.
Los sargassos era una gran molestia para cualquier navegante.
Las algas, de varios metros de altura, podían resistir a grandes temporales aferrándose al fondo marino con fuerza. Eran rígidas, bastante robustas, con una textura algo viscosa, que, permitían entre ellas, albergar una gran cantidad de fauna, desconocida para muchos de ellos.
Al encontrarse en la zona de los sargasso, muchos navegantes no sabrían si terminarían vivos de allí, que clase de animal saldrían entre sus láminas retorcidas.
Lo peor era, que, debido a su larga longitud, era muy fácil que se enredase con la parte sumergida del barco, u obra viva, que se enredase con los cabos, el ancla y el propio timón. Era tan difícil navegar entre ellos, que la tribulación tenía que quitar, mano a mano, cada una de los largos sargazos. Sin embargo, con ese temporal... Sans dudaba mucho que pudieran hacer algo de ese estilo.
No se molesto en volver a mirar quien estaba desmayado, ni siquiera en observar si alguien en cubierta se había dado cuenta de ello.
No podría decir que estaba preocupado, simplemente, pensaba que la situación cada vez se estaba poniendo peor.
Levantó la vista y vio a Papyrus, allí, luchando por mantener las grandes velas recogidas, sujeta a los mastines. Los cabos danzaban por el aire por el viento, las escaramuzas, sujetas a ellos, hacían molestos ruidos metálicos al chocar entre sí.
Sans se fijó en el rostro tintado en preocupación que tenía el segundo al mando, ojos hundidos y llorosos, mejilla y labios morados, las cejas pronunciadas y una mirada de completo pánico. No le gustaba que así se viese su hermano.
Con un suspiro, pensó que era hora de ponerse manos a la obra.
No tenía mucha fuerza, y el peso de los cabos decorados por sargassos era cada vez más al aumentar en profundidad, pero, no había otra. Empezó a tirar la primera cuerda que se encontró, una y otra vez, una y otra vez, tiraba y tiraba sintiendo en sus pieles como la fricción contra las cuerdas se hacía cada vez más notable.
Era difícil. Entre el frío y el roce, sentía como si sus manos fueran desgarrada por clavos oxidados. Todo empeoró cuando llegó a sacar parte del cabo contaminado, las algas estaban húmedas, resbaladizas al tacto pero ásperas. Era complicado sujetar la cuerda, y peor sacarla hacia arriba.
Sentía como si sus palmas sangrasen.
No se asusto cuando pequeños gusanos plumados salieron de entre ellas, ni cuando salió babosas pegajosas ni cangrejos con pinchos. Había estrellas y peces enredados. Una medusa perdida que por poco estuvo a punto de tocar. Había muchas algas, demasiadas algas, no solo los sargassos aferrado a las cuerdas.
Sin embargo, lo que pasó después si terminó por sorprenderle.
En un momento, el barco giró bruscamente, inclinándose hasta casi sumergirse en el agua por el lateral donde se encontraba Sans, además, al dar un fuerte tirón a uno de los cabos, sin conseguir sacar este del agua, la fuerza que puso fue toda en su contra; terminó cayendo en dirección hacia la superficie del mar.
No se mojó, no más de lo que ya estaba, con un golpe seco, se había caído en el destartalado bote de rescate que ellos tenían.
Su visión se empañó, tornando en tonos borrosos la poca luz que había. Sus ojos giraron junto a su cabeza, y él sintió como su brazo comenzaba a latir de dolor. No escuchó como los gritos seguían, ni como la capitana chillaba su nombre para sacarlo de allí.
Sans terminó sumergiéndose en la profundidad de un sueño.
De esa manera, no se dio cuenta cuando los dos lideres, se quedaron congelados, con el gesto paralizado en terror. Entre todo el desorden, Undyne comenzó a ordenar, completamente desesperada, a la tripulación, como casi se desgarra la garganta. Papyrus no lo dudo ni un segundo, intento llegar lo antes posible donde se había caído su hermano, intento elevar los cabos que sujetaban el bote, pero, por ello, las cuerdas terminaron rompiéndose en un agudo ruido.
Sonó el chapoteo del bote contra la superficie del mar.
A ellos dos se le cayeron el mundo encima.
...
Sans se despertó con el sonido de un mar hirviendo. Las olas por debajo suya eran pequeñas y rápidas, salpicando con fuerza, como si realmente aquello no fuera más que una olla con agua en ebullición.
Miró hacia arriba. La luna parecía haber conquistado por completo el mar celestial, arrasando en su camino, las nubes grises de tormenta. El cielo brillaba con una multitud de estrellas, que, si no fuera porque no sabía donde se encontraba, podría haberlo disfrutado.
Un gruñido de dolor se le escapó de sus labios cuando sintió que no podía mover uno de sus brazos.
Cogió una gran bocanada de aire e intentó girarse. Tenía que buscar algún punto de referencia para poder geolocalizarse, no quería terminar muerto a la deriva.
Sin embargo, no pudo hacer mucho, se congeló nada más escuchar un pequeño tarareo que venía del fondo del mar. ¿Se lo estaba imaginando?
No podía ver nada.
Los reflejos de la luna únicamente dejaban a Sans ver colores muy llamativos, el propio brillo blanco de la luna, el celeste oscuro de las olas, el peligroso rojo de la sangre.
Ahora, más que nunca, debía de mantener la calma. No sabía si la sangre derramada era suya, si no era así, de quien era, si, si era así, de donde estaba herido. Lo único que tenia claro era que no podía hacer movimientos demasiado bruscos, no quería atraer a algún animal con más dientes que él.
Su respiración se cortó cuando la pequeña musiquita sonó aún más cerca de él. Fijó su mirada por donde debería estar el causante de aquel tarareo. Allí, bajo el mar, las burbujas, de todos los tamaños, comenzaron a salir al ritmo de música. Se hacían más grandes cuanto más se aproximaban a la superficie, estallando en lágrimas saladas cuando se chocaban con esta.
De un momento a otro, su vista se vio cegada por una multitud de brillos que se veían a través del agua, dorados, relucientes como diminutas gotas de oro.
Una risilla salió de las aguas, y él supo en el problema donde de habia metido; sirenas.
Él no era ingenuo, no era su hermano para confiar en ellas, por mucho que se hubieran encontrado una sirena buena. Sabía como era el mar, y como serían sus propias hijas.
-¿Que tenemos aquí? ¿Si no es más que un tonto humano?
Escuchó sus palabras apantalladas por la columna de agua, pero sin perder ese tono de burla. Si no se lo estaba imaginando, podía ver como sus dientes afilados brillaba como perlas, sonriendo, como si él no fuese más que un mero aperitivo.
-¿Que puedo hacer? Hace mucho que no me encuentro a alguien como él.
Se relamió los labios tímidamente, los tenía seco al igual que su garganta, y, entre toses, consiguió pronunciar algunas palabras.
-No me sorprende demasiado, vaya bienvenida me has dado. ¿Sabes que es de mala educación acosar a alguien cuando está dormido?
Hubo un chapoteo repentino, y Sans pensó que, con suerte, podría haberla asustado. No era común intercambiar palabras con sirena, simplemente era una relación unilateral; ellas nos devoraban mientras los humanos gritaban.
-¡Oh! Si estás vivo, no por mucho..., pero vivo. Me sorprendes humano, si no pareces más que huesos.
Mientras ella hablaba, la escuchó acercándose. Movía el agua y las olas, como si las grandes corrientes que tendría que estar sufriendo no fueran más que caricias.
Se sorprendió que el barco no se moviera, pero, podría ser por la larga cola que se estaba enrollado en él.
-No te puedo decir lo mismo, piernas de pez, ni te veo.
-¿Y eso? ¿El viaje a la deriva te ha dañado la cabeza? ¿Como era? Lo último que escucharas será la canción de una sirena, ¿no era eso lo que siempre los piratas decís? ¿Tienes ganas de morir?
No pudo evitar que un risa tranquila escapase de sus labios. La situación era realmente extraña. Estaba hablando con una sirena demasiado mordaz para ser de las "buenas". Pero, eso, estaba hablando con ella y todavía no había terminado Veinte mil leguas de viaje al fondo del mar.
-¿Preocupada? ¿Estás preocupada por mi, sirenita?
-¡Para nada! Simplemente no es para nada divertido si la presa no huye, y tu pareces ser alguien que por no correr, se dejaría comer.
Sans vió como unos hilos marrones salían del agua en forma de cascada. Era increíble el parecido de su color con los molestos sargassos, parecían menos ásperos y pegajosos que las algas. Sin embargo, no había duda alguna que si se terminaba enredando con ella, causaría el mismo caos que el arribazón de sargassos.
No pudo evitar posar su mirada en las perlas y flores doradas que decoraban su cabello. Sabía que había visto una decoración en oro similar, pero no se acordaba donde.
En un instante, sintió como el agua fría de mar entraba en la barca. La sirena se había apoyado en ella, doblándola. No perdió tanto el equilibrio, pues, después de sentir como su ropa rasgada terminaba empapada, unas pesada cola rozaba su espalda, afilada y congelada, haciendo así, el contrapeso para no terminar tirando la barca.
La lluvia salada goteo sobre su rostro, cegándolo momentáneamente, ahora si que estaba mojado por completo.
Sans abrió los ojos, encontrándose cara a cara, con el estómago de la sirena. No había piel con escama como se podría esperar, no estaba 'desnuda' en términos humanos. Una camisa, ceñida por el agua, rodeaba su figura, abrochada desde dos botones antes del final hasta otros dos antes del principio. No estaba rasgada, y no había ninguna mancha, aunque no podía decirlo por la oscuridad, pero si fue lo que vio, dos grandes ojos escarlatas.
Lo miraba sin curiosidad alguna, solo con la fiereza que un cazador podía ver a su presa.
Se sorprendió por este hecho. La sirena parecía tan acostumbrada a los navegantes que no podía evitar pensar que si era porque realmente se alimentaba de ellos o era por otras razones. No la veía como si fuese alguien que le gustase mantener una charla sin sentido, aunque eso mismo era lo que estaban haciendo ahora.
-Que curioso... tienes unos ojos tan hermosos...
La sirena cada vez se acercaba más, juntando su rostro con el de él hasta casi respirar el mismo aire a la vez.
Podía escuchar al fondo el balanceo del barco, de un lado hacia otro, el chapoteo de las olas del mar al estrellarse contra él, contra la sirena, contra el barco, él suspiró del viento al retumbar sobre los huesos de sus oídos... pero, lo que más escuchaba era la respiración de la sirena, el suspiró encantado que salió de sus labios.
Unos fríos dedos tocaron por debajo de uno de sus ojos. Tenía unas uñas largas y afiladas que rozaban su párpado inferior con delicadeza, como si lo acunase, jugaban a dejar caricias.
Pensó que estaba a punto de arrancárselo, clavarle las uñas, extraer el ocular...
¿Que haría con él?
¿Sería solo ese ojo? ¿Serían los dos?
¿Se lo comería cumpliendo su amenaza?
¿Lo guardaría para ella, transformándolo en una de las joyas que parecía tener por todo el cuerpo?
Se estaba volviendo loco.
¿Este era el verdadero hechizo de las sirenas?
No lo mostró, manteniendo fija su mirada en los ojos de ella, pero estaba temblando, y no era por sus huesos congelados.
-Tengo cosas que hacer, dormir por ejemplo, ¿ya me vas a comer?
-Tan bonito... pero que personalidad tan desagradable.
El cielo, a sus espaldas, se volvía cada vez más blanco. La noche caía y aunque debería ser todo lo contrario, con el día, la sirena parecía ser cada vez más aterradora. Ahora pudo ver con claridad hasta donde llegaba su pelo corto, las pequeñas cicatrices de su piel, las escamas verde profundo que decoraba su rostro.
-Cada segundo que pasa, creo con más seguridad, que debería matarte ya... .
Aunque ella lo decía así, como una advertencia, Sans no pudo separar sus ojos de lo afilada que se volvía su sonrisa, de como se relamía los labios divertida.
La palma que tenía sobre su párpado se movió por todo su rostro. Lo tocaba como si ella fuera ciega y lo tocase para verle por primera vez, como si no quisiera olvidar como era. Su rostro se coloreó tímidamente de solo de imaginárselo. Y una sonrisa tonta decoró sus labios.
-¿Uhmm? ¿Y quien te lo está impidiendo?
-Pues...
El cambio del mar, en las corrientes y el propio ritmo de las olas los separó de su ensueño. Ella miró al horizonte, y en segundos, vio algo que le hizo rodar los ojos con disgusto.
Sans sintió como la barca se balanceaba drásticamente cuando ella dejó caer su cola al mar de nuevo. Se separó de él, hasta que sólo la parte superior de su torso junto a su cabeza, quedaba por encima de la superficie.
Ella gruñó. Y él supo que todo había terminado, incluso si ella todavía tenía sus dedos enterados en su cabello.
-Ya me van a quitar la diversión.
El pirata reconoció a quien se acercaba nadando hacia ellos. Era Frisk, la sirena "buena" de la que tanto le gustaba hablar a Papyrus. Tenía el rostro pálido, tintado en preocupación.
No le sorprendía. A él mismo le costaba entender las razones por las cuales todavía no se había convertido en sangre navegando por la superficie del mar.
-¿¡Sans!? ¿¡Chara!?
La sirena, Chara, parecía cada vez más molesta, y él no pudo evitar reírse al ver que su expresión rápidamente cambiaba.
Un repentino tirón lo sacudió por completo. Chara había tirado del pañuelo azul que recogía su cabello, junto a otras hebras platas, se lo estaba llevando para el fondo del océano. De manera involuntaria, él intentó sujetarla, arrancándole descuidadamente, algunas perlas y flores de los rosarios dorados que decoraban su cuerpo.
Ella la miró con sorpresa. Sus ojos se abrieron como almejas, brillando como si fueran las mismas cuentas que tenía en su mano. El pirata sonrió por el gesto tan desconcertado, acompañando a las risas que salían de los dos, todo por la ridícula situación en la cual se encontraban.
-Tendrás que devolvérmelo alguna vez, ¿sabes? Son mis joyas, comediante, y no me gusta que nadie me las toque.
-Bueno, lo mismo digo, sirenita.
-Cuidado con el mar, Sans, no pienso dejarte escapar más.
Con un pequeño chapoteo, ella desapareció de nuevo entre las olas, allí ya si no podría atraparla.
Suspiró, Chara dejó a su nado, un mar de flores doradas y sangre, a él varado, además de su corazón que quería sumergirse hasta verla de nuevo.
Que egoísta era el mar.
—
¡Lo siento! Creo que me he pasado un poco de largo -.-'
Es imposible para mi hacerlo más corto ¿sabéis? Me encanta todo lo relacionado con el mar, que para algo lo estudio, y no puede evitar explayarme demasiado.
Cuarto día y ya voy retrasada con los fanfics. He sido demasiado optimista con la fechas.
Bueno, que no quede por intentarlo; ¡de perdidos al rio!
¡Nos vemos mañana! Auqnue puede que tarde, sorry
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