Un buen hermano
Disclaimer: Los personajes pertenecen a Kazuki Takahashi. El texto y la imagen son una creación original de Lila Negra y Anita Ilustraciones.
Advertencias: One-shot canonverse, SetoMoku. Incluye alusiones a temas sensibles como: el incesto, la pedofilia y la autolesión. Este relato es ficción y de ningún modo intenta explicar o justificar la existencia de estos temas en la realidad. Si quien lee se sintiera identificado con algo de lo que aquí se retrata, se recomienda encarecidamente que acuda a un profesional de la salud mental antes de tomar cualquier decisión sobre sí o sobre otros.
Síntesis: Seto Kaiba, el gran jugador, aquel a cuya altura no hay más que una persona —y se trata de una persona excepcional, sin dudas—, esconde un miedo intolerable que lo atormenta. Uno que no puede compartir ni confesar de modo alguno, uno imposible de enfrentar o de vencer de manera definitiva.
Seto Kaiba tiene miedo... de sí mismo.
Dedicatoria: a Ushkya. Gracias por tu amabilidad y entusiasmo.
Se despierta poco después de haber logrado conciliar el sueño. La respiración, agitada; sus ojos desorbitados no alcanzan a representar el tamaño real de su pesadilla. Se incorpora en la cama y el movimiento arroja algunas de las gotas de sudor de su frente sobre su regazo.
Seto Kaiba, el gran jugador, aquel a cuya altura no hay más que una persona —y se trata de una persona excepcional, sin dudas—, esconde un miedo intolerable que lo atormenta. Uno que no puede compartir ni confesar de modo alguno, uno imposible de enfrentar o de vencer de manera definitiva.
Seto Kaiba tiene miedo... de sí mismo.
Levanta las sábanas con un gesto brusco y baja los pies hasta el suelo. Las baldosas frías entran en contacto con su piel, le recuerdan que esta es la realidad —un sitio sin calidez imaginable—. Camina con pasos firmes hasta el cuarto de baño. Se lava la cara y observa el horrible brillo de sus ojos en el espejo.
El vergonzoso brillo de la lujuria.
Escupe en el fregadero su desprecio hacia sí mismo. Estos deseos son asquerosos. Cada uno de esos sueños disfrazados de amor y placer, él lo sabe, no son más que la clase más terrible de pesadilla. Quiere salir a correr, agotarse, exprimir de su cuerpo esta energía corrupta que corre por sus venas.
En su lugar, recorre los pasillos en busca del único sitio al que no debería ir. La habitación de su hermano.
Abre apenas la puerta, lo suficiente como para recostarse contra el marco y observarlo. Mokuba duerme, pacífico. A pesar de que durante el día Seto le ha causado más de un disgusto —cada día, en realidad. Mokuba le muestra todo lo que hace, lo llama, lo sigue: irradia un insoportable deseo de recibir su amor. Seto lo desaira, lo esquiva, le exige. Debe entrenar más y ser más fuerte, más duro. No existe tal cosa como el lazo de hermanos, cualquier forma del afecto es una debilidad. Seto insiste en sus palabras, sabiéndolas traicioneras como un cuchillazo en la oscuridad. Ha visto los ojos de Mokuba humedecerse. Le ha visto cerrar los puños y fruncir el ceño. Y, sobre todo, le ha visto lanzarse a desafíos que están aún por sobre sus capacidades, solo para agradarle.
Mokuba no sabe, no entiende —eso que ansía como un premio, como un tesoro, es en verdad el monstruo más voraz, uno al que Seto espera que nunca tenga que conocer realmente. Si se encuentra en la obligación de poner distancia, si lo decepciona con su frialdad y su rechazo, ¡que así sea, una y mil veces!
Todo es mejor que el amor. Todo.
Pero Mokuba no sabe, no entiende, y por eso es aún capaz de cerrar los ojos y entregarse al sueño con placidez, sin culpa ni dolor. Cree que eventualmente podrá impresionar a su hermano. Confía en que el entrenamiento, el dinero, las trampas le abrirán suficientes puertas. Vencerá a Yugi para él, hará crecer a KaibaCorp, ¡lo que sea necesario! Mokuba es capaz de ofrecerse entero con tal de ganar su favor.
Seto sonríe de lado, irónico. ¡Si supiera!
En la cama, Mokuba se gira hasta darle la espalda. La sábana cae hacia su cintura mientras que la pijama se abulta por encima de las costillas, dejando un fragmento de piel al descubierto. Su cintura es delgada y blanca, se adivina suave. No es difícil imaginar los propios dedos allí, delineando los bordes, apretando apenas ese lugar en el que el cuerpo se angosta para resaltar su delicadeza y su hermosura. Las yemas podrían recorrer sus pocos lunares, bajar hasta la columna. Hay dos, no, tres vértebras a la vista, ocultas tras el hundimiento de la baja espalda que conduce hacia...
Seto cierra los ojos. No, no, no, ¡no! ¡NO!
Su mente vuelve atrás. Puede ver sus dedos realizando el camino inverso, buscando el extremo de la pijama, tapándolo en su imaginación como si así pudiera ocultarlo de sí. Sube la vista hasta su cabello revuelto, hasta el diseño infantil de la almohada. Claro, Mokuba tiene apenas 11 años. En su habitación aún se acumulan los juguetes más sencillos y tontos. Hasta tiene una pijama con dibujos de dinosaurios —a dios gracias no es la que lleva puesta ahora o Seto se sentiría enjuiciado por la mirada de decenas de tiranosaurios rex.
Merecidamente enjuiciado.
¿Desde cuándo vive en este horror? No cree haber tenido pensamientos así cuando todavía estaban en el orfanato. Mokuba era su mundo, sí, pero no de esta manera. En ese entonces, lo era de la manera esperable. Seto era inteligente y era capaz de mentir por su conveniencia —no le habían faltado ejemplos de esa conducta entre sus avariciosos familiares—, pero no era perverso. Él sinceramente había creído que Gozaburo Kaiba era el boleto al paraíso que su hermanito necesitaba. Quería darle a Mokuba un hogar, la paz del alimento asegurado y el cariño de un padre. Él estaba preparado para ser un buen hermano y un buen hijo. Él sería todo lo bueno que hiciera falta para que Mokuba fuera feliz.
No contaba con que lo que Gozaburo exigiría de él no fuera a ser precisamente que fuera buen hijo. Tuvo que acostumbrarse a todo tipo de maltratos y obligaciones, tuvo que dedicar cada día de su infancia y su adolescencia a demostrar que era el mejor, en todo, siempre, con el riesgo no solo de recibir una paliza cuando no lo conseguía, sino también de que el viejo decidiera tomar a Mokuba en su lugar. Si Seto fallaba, si no satisfacía de principio a fin lo que sea que su "padre" pretendiera de él, Mokuba estaría allí para ser la segunda opción, para recibir cada golpe, cada presión, cada insulto.
El viejo quería un heredero y algo en lo más profundo de su sucio corazón le hacía pensar que ese heredero tenía que estar tan podrido como él.
Y pudrió a Seto. Lo pudrió por completo.
Sí... no sabe exactamente cuándo, pero está seguro de que de algún modo Gozaburo ha sido el que introdujo este demonio en él. Sin dudas el viejo habrá visto la sonrisa que le nacía en el rostro cada vez que miraba a Mokuba y no resistió la posibilidad de una felicidad pura. Tenía que manchar el único sentimiento valioso que aún poseía. Tenía que destruirlo y volverlo su mayor arma.
Un terror que por siempre limitaría a Seto, que contaminaría hasta sus mayores triunfos.
Alza el brazo en el aire, allí donde está, lejos del cuerpo inmóvil de su hermanito. Estira cada falange, como si extendiéndose un poco más fuera a poder tocarlo. Aprieta los labios. Baja el brazo. Y sale de la habitación.
Pero el viejo, el demonio o lo que sea que quiere verlo perder, subestiman su fortaleza.
Quizá su amor por Mokuba sea su mayor debilidad, pero es también la base de todo su poder. Nunca permitirá que le hagan daño y mucho menos se lo permitirá a sí mismo. Si algo no le falta a Seto Kaiba es la valentía para asumir cualquier desafío. Y, aunque en una pelea de igual a igual contra uno mismo siempre se pierde... también siempre se gana.
Seto está decidido a ganar. A ganar la paz para Mokuba, su salud, un mundo en el que nadie pueda hacerle daño —ni siquiera y sobre todo él mismo. Y está dispuesto a lo que sea necesario para ello.
Puede reconocer esa urgencia naciendo en su estómago otra vez, esas ganas de correr.
Regresa al cuarto de baño del que vino. Cierra con llave desde dentro. Rebusca dentro del aparador hasta dar con lo que necesita.
Se desviste, para no ensuciar nada que le obligue luego a dar explicaciones.
Enciende la ducha, para tapar con el ruido del agua cualquier gemido que se le pudiera escapar.
Se mete bajo las gotas frías, las siente deslizarse por su piel, calmándolo, reduciendo su alarmante temperatura.
Solo falta una cosa.
Toma con fuerza la navaja de afeitar que recién empieza a usar en sus primeros vellos incipientes alrededor de la mandíbula. Aprieta tanto que se lastima un poco la mano. Pero no es suficiente.
La acerca a su brazo. Y corta. Una vez. Dos veces. Tres.
La sangre se escurre, se diluye, llevándose consigo ese ardor que Seto ya no aguanta, ese ardor del que no quiere saber nada. Nunca lo complacerá, aunque precise cortarse mil veces, aunque deba perder hasta la última gota de sangre que lleve en sí este deseo monstruoso, incluso si esa es la última gota de sus retorcidas arterias.
Porque Seto Kaiba, antes que ninguna otra cosa, es un buen hermano.
Notas: es mi primer fic de YuGiOh... si han llegado hasta aquí, ¡gracias por leer! Ojalá puedan dejarme su opinión en comentarios ^^
