Sin voluntad.
Se sentía miserable. Ya no sabía cuánto tiempo había pasado desde que habían vencido a Sun Li, a su maestro... a su padre, y que toda su vida se había hecho pedazos desde la invasión a Dos Ríos. Ya no recuerda hace cuánto fue que el monje espiritual decidió encadenarla a ella y al resto de sus compañeros, exceptuando a Flor Salvaje, a Kang el Loco y al Torbellino Negro, por oponerse a su decisión de mantener encadenado a Mano de la Muerte, conocido ya por ser el hermano de Sun Li, el príncipe Sun Kin.
El proceso fue extremadamente doloroso, principalmente a nivel emocional, pues fue perfectamente capaz de sentir un poder gigantesco que anulaba cada fibra de su voluntad, quedando al final como un mero cascarón al servicio de su nuevo amo, con voz y completa conciencia de sus acciones, pero sin capacidad alguna de antagonizar los deseos de su encadenante.
Siente asco de recordar lo que fue forzada a hacer bajo el dominio del que ella siempre había considerado su amigo, su protector y su persona especial. Si bien, desde que comenzó este viaje se vió obligada a manchar sus manos de sangre, experimenta desdén al rememorar cómo degollaba soldados ya vencidos, bajo la atenta mirada de hombres, mujeres, niños y ancianos que la miraban totalmente aterrados hacerlo.
No veían las lágrimas cayendo en cascada de sus ojos por no poder resistirse a semejante carnicería, prisionera en su propio cuerpo, con cada uno de sus pensamientos siendo sujeto a escrutinio por su nuevo señor.
Pero la peor parte de todo es que no fue eso lo que más asquea a Estrella del Alba, ni lo fue ver al monje contaminar a la Dragona de Agua con la sangre de quienes consideraba amigos y aliados, ni lo fue ver a su amigo de toda la vida matar a su maestro con una sonrisa de satisfacción al ver saciada su venganza y ya corrompido sin retorno alguno.
...Ni siquiera lo fue tener que presenciar al hombre que ama tomar, aparentemente, contra su voluntad a la ahora emperatriz Sun Lian y dominar con mano de hierro el imperio bajo la fachada de ser la princesa quien toma las decisiones.
Lo que más repugna a Estrella del Alba son los buenos recuerdos. El no poder sacar de su cabeza ni un solo segundo a su torturador, viéndolo no como la monstruosa deidad que ahora es, sino como aquél niño tranquilo pero fuerte de carácter que siempre la defendía y con quien hablaba de una y mil cosas y de la que tanto aprendía, así como de esa vez en Añoranza, la que ella considera la única (y quizá última) vez que se entregó por amor a él.
Y le odia. Le odia porque le ama, y ama odiarle. Odia que no es el encadenamiento lo que la hace estremecer cada que él la posee. Odia que su cuerpo tiemble y su ser anhele verlo entrar en sus aposentos, que reclame sus labios, que le recuerde entre deliciosas embestidas y gemidos compartidos que le pertenece, y que le pertenecerá por la eternidad.
Y llora, porque no ha dejado de amarlo en lo más mínimo, porque nada de esto era necesario, porque Estrella del Alba siempre le perteneció en cuerpo y alma, y a pesar de todo, lo seguirá haciendo.
