Libro I: Resplandor de rubí
Capítulo 1: Chico conoce chica
Yasha dormía apaciblemente bajo la sombra de un árbol. Tenía sueños reconfortantes, de él mismo jugando con su padre de pequeño detrás de su casa en su aldea natal; de su madre preparando un estofado sencillo de patatas y el olor de la cebolla, el pimiento y el perejil llamándole a la mesa a través de sus fosas nasales; de las historias que su padre, que solía ser aventurero, le contaba acerca de árboles malditos, retratos embrujados y muros demoníacos. Soñaba con su infancia, con una época en la que no entendía el significado de la palabra "guerra", y vivía cómodamente bajo la protección de las cuatro paredes de su hogar.
El ensueño terminó y abrió los ojos cuando una ráfaga de viento le golpeó la cara, desordenándole el cabello y sacudiendo las ramas del árbol. Últimamente los vientos se comportaban de manera inusual, como si estuvieran intranquilos. Una suave brisa podía convertirse en un huracán de un momento a otro, furiosas tormentas de arena se levantaban en los desiertos día sí y día también, y había días en que los barcos pesqueros no podían abandonar los puertos de las aldeas porque no había nada que empujara sus velas.
Con esos pensamientos rondándole la cabeza, el muchacho se levantó y caminó hacia la orilla de un lago cercano. Había encontrado un buen sitio para echar una cabezada, alejado del bullicio de las ciudades, al lado de una fuente natural de agua y sin depredadores o monstruos a la vista. Se puso de rodillas y contempló su reflejo antes de lavarse la cara. Vio su corto cabello castaño, ahora desordenado, su barba incipiente y su barbilla fuerte, herencia de su padre. Vio sus labios finos, su nariz aguileña y sus ojos color miel, rasgos idénticos a los de su madre. A veces se despertaba con ese sentimiento de nostalgia, casi añorando la calidez de un hogar; pero estaba orgulloso de sí mismo y de la senda que había tomado, siguiendo los pasos de Grisha, su padre. Tras quitarse las legañas y peinarse un poco con las mano, se acercó a su compañero de aventuras y, tras darle de comer y acariciarle un poco el lomo, tomó las riendas y se subió, dispuesto a cabalgar en busca de un nuevo encargo para ganarse el pan —y el pienso— del día o un nuevo horizonte en el que descubrir algo nunca visto.
Su fiel acompañante, Popito, era un chocobo de sedoso plumaje blanco como la nieve y grandes ojos de irises escarlata. Yasha había conocido a Popito mientras vagabundeaba por lo que había sido un campo de batalla, en busca de armas u objetos que se le hubiesen podido caer a algún soldado para vender o equiparse él mismo. En su lugar, encontró a la montura más amigable y veloz que había visto en su vida. Aún a día de hoy, después de varios meses juntos, el muchacho podía notar la añoranza en los ojos del ave. No sabía qué le había ocurrido a su anterior jinete, pero él no tenía intención alguna de dejarlo solo otra vez.
La cuestión era que el dúo ya estaba descansado y listo para la acción. Emprendieron la marcha sin demora, con destino a Tule, un pueblo costero cercano. La posada local, que a menudo hacía más las veces de taberna, tenía un tablón de anuncios en su planta baja en el que, de cuando en cuando, el Gremio de Aventureros colgaba algún encargo. Eran tareas sencillas: cazar animales peligrosos, eliminar monstruos, o incluso echar una mano a los pescadores locales. No era una zona muy transitada por viajeros, y aunque no eran los trabajos más exóticos del mundo, uno tenía que comer también.
De todos modos, a Yasha le hubiera gustado que surgiese algo más… emocionante. Algo con más espíritu aventurero. Solo estaba en Tule de paso, pero por culpa de la guerra con Mysidia, podían encontrarse destacamentos de la armada imperial allá donde uno fuera, así que la mayoría de bandidos estaban bien escondidos en sus guaridas sin molestar, los monstruos más peligrosos eran exterminados con relativa rapidez, y era una estupidez tratar de escurrirse en mazmorras o ruinas antiguas sin pasar por los tediosos trámites burocráticos para obtener un permiso.
Vamos, que no eran buenos tiempos para el que quería una vida de aventuras.
Mientras Yasha navegaba por esos pensamientos, dejándose llevar por su fiel chocobo, algo le sacó de golpe de su ensimismamiento, como si el propio universo hubiese querido llevarle la contraria.
Un grito, el grito de una chica.
Ni corto ni perezoso, el muchacho sacudió levemente las riendas para indicarle a su compañero que siguiese la fuente del ruido. Popito no tardó ni un instante en alterar su rumbo, adentrándose en el bosque.
Crys estaba en un apuro.
Atajar por el bosque había sido idea de Ciel, y a todos les había parecido bien, pero cuando los duendes les acorralaron de repente, el plan de "divide y vencerás" había demostrado no ser tan bueno. No sabía cómo les habría ido a los demás, pero desde luego verse ella sola, acorralada por tres hombrecillos con gorros verdes estúpidos, narices anormalmente grandes y gesto de pocos amigos no era lo que entendía como éxito.
La muchacha suspiró, aferrándose a su vara con las dos manos. Tendría que pelear. Por suerte, los duendes parecían desarmados y, pese al miedo, ella sentía su magia fluir con naturalidad. Tratando de esquivar los puñetazos de las criaturas y calculando bien cuándo curarse, quizá podría ganar en una batalla de desgaste.
Afortunadamente, no tuvo ninguna necesidad de poner a prueba su teoría, ya que los refuerzos no tardaron en venir.
Un joven que Crys no había visto en su vida, montado en un chocobo blanco, apareció de entre la espesura, llamando la atención de los duendes.
Percatándose inmediatamente de la situación, el chico soltó las riendas de su chocobo y tomó, de entre los pesados bártulos que la montura llevaba colgados de su costado, una espada y un escudo. Saltó al suelo, permitiendo al ave continuar su galope y esconderse entre los árboles, y se posicionó frente a los monstruos, dispuesto a enfrentarse a ellos.
Su espada corta tenía un desgaste más que considerable, y su escudo era una rodela de madera que ofrecía una protección poco mejor que la de la tapa de una olla. Su única protección más allá de eso era una armadura de cuero teñida de azul, que estaba ya tan vieja que ya se había perdido parte de las tinturas. Sin embargo, desde la perspectiva de Crys, que apareciese una persona para echarle una mano ya era de por sí un milagro de los sidéreos.
El joven blandió su arma con más destreza de la que el estado de su equipamiento parecía indicar. Bloqueó el puñetazo de uno de los duendes con su estado, y consiguió atestar un tajo con su espada en el pecho de la criatura, acabando con su vida y disolviéndola en polvo. Otro de los duendes le atacó desde un costado, pero él se las arregló para evitarlo, aunque el tercer monstruo sí consiguió que su ataque impactase en la boca del estómago del joven, aprovechando una apertura que este dejó al esquivar a su otro oponente. Al impactar, del puño del monstruo salieron unas pequeñas luces de colores cuya forma era vagamente similar al de estrellas, indicando de algún modo que había magia de por medio.
El golpe pareció dejar al chico doblado sobre sí mismo durante unos segundos, pero no tardó en ponerse. Recuperada de la impresión inicial, Crys se decidió a poner también de su parte.
—¡Cura! —exclamó, al tiempo que hacía un gesto con su bastón y con su mano libre para conjurar el poder mágico. Una luz, tan tenue como cálida, envolvió al chico, concentrándose en la región en que había recibido el puñetazo.
Él dio un sonoro resoplido de ánimo, dando a entender que estaba listo para un segundo asalto.
—¡Gracias por la ayuda! —exclamó.
Y, tras eso, dispuso de los dos duendes restantes con relativa facilidad.
—¡Popito, ya puedes salir! —llamó Yasha a su compañero.
El chocobo resurgió de su escondite entre los árboles, brincando de alegría. Yasha se acercó para acariciarle el cuello y tranquilizarle el ánimo.
—No te asustes —le dijo a la chica desconocida entre risas—, es así de energético todo el tiempo. Por cierto, ¿cómo has acabado aquí sola?
Ella pareció tomarse un momento para procesar los últimos eventos, pero acabó hablando.
—Estaba de viaje con un grupo de aventureros, unos mercenarios que contraté para protegerme. Una de ellos es una montaraz, y aseguró que podría guiarnos por un atajo en el bosque. Cuando nos atacaron los duendes, nos separamos para dividir sus fuerzas, pero acabé yo sola rodeada por tres de ellos…
Yasha arqueó la ceja, extrañado. O esos aventureros no eran más que un grupo de aficionados, o la habían dejado tirada a propósito.
—Comprendo… ¿Y cómo te llamas?
—Crys.
—Bien, Crys. ¿A dónde estás viajando? ¿Qué te parece si te acompaño yo parte del trayecto? Esta vez sin atajos.
—¿Qué? —respondió ella, perpleja. No parecía esperarse que un completo desconocido se ofreciera a ayudarla—. Pero, apenas tengo dinero para pagarte…
—No te preocupes por eso —contestó él con una sonrisa despreocupada—. Si te soy sincero, llevo una temporada esperando la oportunidad de vivir una aventura de verdad. Podemos decir que la experiencia es el pago.
—¡No puedo aceptar eso! —exclamó ella—. Aunque no creo que pueda salir de aquí yo sola… —se detuvo a reflexionar unos instantes y luego suspiró con resignación—. Está bien. Llévame a la ciudad más cercana, allí encontraré algún modo de pagarte.
—¡Perfecto! —soltó él, subiéndose a su chocobo de un brinco—. Sube a lomos de Popito, estaremos fuera del bosque en un santiamén.
Él le tendió la mano para ayudarle a subir.
—Aún no me has dicho tu nombre.
—¡Es verdad! Me llamo Yasha.
La muchacha sonrió por primera vez desde que se habían visto. Él no se había detenido a mirarla hasta ese momento. Su tez era muy clara, y tenía alguna que otra peca. Sus rasgos eran afilados, y sus ojos, de párpados levemente caídos, eran de color azul celeste. Su larga y lacia melena, que se extendía hasta la mitad de su espalda, era castaño claro, rozando el rubio. Llevaba una túnica corta de viaje que parecía de algodón, bajo un largo manto verde, decorado con bordes dorados. No llevaba ningún accesorio especial, más allá de una gargantilla negra con un colgante similar a un cuerno o colmillo color rojo. Su boca era pequeña, y su sonrisa, suave pero reconfortante.
—Es un placer, Yasha.
El trayecto hasta Tule duró un par de horas. Crys viajaba en silencio, sosteniéndose a Yasha y a Popito como podía. Para cuando llegaron a la aldea, el cielo ya se había teñido de tonos anaranjados y podía verse el sol escondiéndose en el horizonte.
—Será mejor que pasemos aquí la noche —indicó Yasha—. Iré a la posada a pedir un par de habitaciones y un hueco en los establos para Popito. ¿Hay algo que tengas que hacer antes de partir? ¿Comprar provisiones o algo?
Al girarse a hablar con Crys, Yasha la sorprendió mirando en todas las direcciones con gesto preocupado.
—¿Crys? ¿Me escuchas?
—¡Sí! ¡Perdón! —se sobresaltó ella.
—¿Preocupada por tus compañeros? —inquirió él.
—No, no. Seguro de que están bien. Íbamos hacia el este, supongo que nos los encontraremos allí…
—¿Al este? ¿Hacia Doma? —dijo el muchacho con cierta sorpresa—. Es raro que alguien quiera atravesar las fronteras del imperio con cómo está la cosa. Hay soldados por todas partes, así que no será tarea fácil…
—Nuestro plan era ir al Puerto de Nikea —respondió Crys—. Escuchamos que había una especie de caverna subacuática no muy lejos de allí que atravesaba hasta la costa domana.
Yasha no daba crédito. ¿Dónde había conseguido esa información? Él solo había escuchado de su existencia porque su padre la había mencionado en sus anécdotas de aventuras pero, si lo que le había contado era cierto, no era un sitio del que el aventurero promedio tuviera conocimiento, o al que estuviera nadie dispuesto de correr el riesgo de ir.
—¿La Ruta Serpentina? —preguntó, en parte de forma retórica, en parte con incredulidad—. No creo que esté salvaguardada por soldados, pero… Hay que bucear solo para poder entrar, y está infestada de monstruos. Es una senda peligrosa.
—¡¿La conoces?! —exclamó ella, sorprendida.
—Sí. He escuchado historias de ella, al menos.
—Ya veo… —respondió ella con gesto pensativo, para luego cambiar de tema—. Bueno, voy a comprar provisiones, entonces. ¿Te veo en la posada?
Yasha asintió, y fueron por caminos separados.
Después de asegurarle a Popito un hueco cómodo en los establos del pueblo, se dirigió a la posada. La planta baja era una taberna bastante grande, con numerosas mesas dispuestas por toda la estancia, ocupadas todas ellas por pescadores que se detenían a echar un trago después de una larga jornada de laburo. El ajetreo era considerable, como no podía ser de otra forma, con gente cantando, discutiendo y, en general, gritando mucho.
El dueño, sin embargo, reparó enseguida en la presencia de Yasha, reconociéndolo al instante.
—¡Vaya, qué ven mis ojos! ¡Pero si es mi trotamundos favorito! ¿Qué, hoy no duermes al raso?
Baderon era un hombre de mediana edad, de cabello y ojos marrones, barba pronunciada y actitud ruda. Era un tipo curtido, que había crecido en Tule, se había hecho pescador, y luego había abandonado esa vida para convertirse en mercenario. Sin embargo, tan pronto como consiguió una pequeña fortuna, en lugar de dejarse llevar por la ambición regresó a su aldea natal y construyó una posada. Presumía de haber sido el único en su compañía en retirarse conservando aún los diez dedos de las manos, así que todos le llamaban "Baderon Diezdedos".
—Pues, por una vez, tienes razón —le sonrió Yasha—. Dos habitaciones, por favor.
—¿Dos? —preguntó él, extrañado, mirando más allá de él como si buscara a alguien—. ¿Te has dado un golpe muy fuerte en la sesera, o es que le has cogido tanto cariño al chocobo ese que quieres que duerma en cama? No tengo ninguna tan grande.
—No, no es eso —respondió Yasha—. Encontré a una chica en el bosque siendo atacada por unos duendes. Pasará la noche aquí.
—¡¿Duendes?! ¡¿En el bosque?! Eso queda bastante lejos de donde suelen montar sus campamentos. Qué cosa más rara.
—¡Seguro que es culpa de esa escoria mysidiana! —bramó un marinero que estaba sentado en la barra, visiblemente borracho —. Esos magos están creando monstruos para reforzar su ejército, ¡os lo digo yo! Tengo una prima en Rubrum que dice que los ha visto descender desde el Continente Flotante.
—¡Ja! —exclamó Baderon—. ¿Qué vas a tener tú una prima en Rubrum, pedazo de merluzo? ¡Lo más cerca que ha estado tu familia de la Academia es la escuela del pueblo!
El pescador se puso de pie, como si buscase iniciar una pelea con el tabernero. Ambos hombres de miraron fijamente el uno al otro durante unos segundos, solo para después estallar en carcajadas. El borracho volvió a sentarse y a concentrarse en su jarra de hidromiel.
—No le prestes atención, chico, solo es un fantoche —le dijo Diezdedos a Yasha para tranquilizarlo—. Seguro que eran solo unos duendes extraviados. La armada no tardará en darles caza a todos.
—¿Eso significa que encontrarán a mis compañeros de viaje también?
Yasha se giró al escuchar la voz de Crys para saludarla. Tenía la intención de decirle que seguro que estaban a salvo, pero al ver su cara, le dio la impresión de que la chica estaba casi más preocupada de que les encontrasen los soldados de que les mataran los duendes. Cada vez más intrigado por su actitud, prefirió guardar silencio.
—¡Vaya! Así que la historia de la chica en el bosque era cierta, después de todo —mencionó Baderon—. Da gusto tener a alguien por aquí cuyas anécdotas no son invenciones o fantasías.
Tras un brevísimo silencio, que a Yasha le resultó muy incómodo, Crys habló.
—He comprado algo de comer. Son raciones de viaje, carne seca y eso… No es mucho, pero no tenía guiles para cubrir mucho más.
—¡Pues guárdatelas para cuando estéis de viaje! No vais a venir a mi establecimiento y comer tiras de panceta resecas delante de mis narices. ¡Dadme diez minutos, y tendréis un buen plato de jureles a la plancha!
—¿Qué? ¡No, espera! —trató de detenerlo ella—. Acabo de decir que no tengo guiles…
—¡Pues entonces invita la casa! Faltaría más, ¡no voy a dejar yo a dos mozos tan lozanos pasar hambre o comer porquerías!
—Pero…
—No te preocupes —interrumpió Yasha—. Aunque no lo parezca, está podrido de guiles, esto no es casi esfuerzo para él.
—Entiendo…
Tras exactamente diez minutos, Baderon puso sobre la mesa un plato lleno de jureles humeantes. Ambos chicos engulleron su cena, con algo de timidez al principio por parte de Crys, pero ni ella pudo resistirse al sabor. El gesto despreocupado que tenía mientras disfrutaba del pescado consiguió sacarle a Yasha una sonrisa tierna, aunque ella ni se percató.
—Entonces, ¿qué vais a hacer a continuación? —preguntó un intrigado Diezdedos.
Crys trató de tragar el trozo que estaba masticando rápido para poder responder, pero Yasha se le adelantó.
—Vamos hacia el este, a Nikea. Estaba pensando en alquilar un carro en los establos e ir por la calzada imperial que bordea la costa.
—¡No! —se sobresaltó ella, solo para atragantarse con una espina y tener que vaciar con prisas un vaso de agua para tragarla bien—. Mejor ir campo a través —sugirió entre toses—.
—¿Por qué? —preguntó Yasha con curiosidad—. La calzada es la vía más rápida…
—No te creas, muchacho —intervino Baderon—. En circunstancias normales sí, pero en estos tiempos que corren, es perfectamente posible que te cruces con un destacamento militar aprovechando la calzada para marchar hacia el oeste. Tendríais que desviaros del camino o esperar a que pasen para poder avanzar.
Crys asintió.
—Mi grupo partió desde Alexandria y nos cruzamos con varias marchas militares. Es por eso por lo que nos desviamos y acabamos en el bosque —explicó.
—Eso alargará un poco el viaje —reflexionó Yasha, para luego sonreír—, pero Popito es el chocobo más veloz de toda Lufenia, ¡así que llegaremos a Nikea en un santiamén!
La sonrisa de Baderon se ensanchó al escucharlos. Yasha ya había visto esa mueca torcida en el rostro del posadero en el pasado, y era fiel indicativo de que estaba planeando algo.
—Pues ya que vais a ir por el camino largo, ¿qué os parece si me hacéis un pequeño favor?
Sin esperar respuesta, Diezdedos salió de detrás de la barra y se dirigió al tablón de anuncios. Tras rebuscar un poco, arrancó uno de los papeles clavados y se lo acercó a Crys y a Yasha. Era un encargo del Gremio de Aventureros.
—La Banda Malaje —leyó Yasha—. ¿Quieres que me encargue de unos bandidos?
—Parece que están capturando y amaestrando todo tipo de animales para que les ayuden en sus incursiones. Lobos, mus, yerbanejos, gatos callejeros, e incluso perros de caza. Sus tácticas son tan inusuales que la armada no ha encontrado forma para lidiar con ellos rápidamente. Y, bueno, tampoco es que les entusiasme mucho perder el tiempo… No es la primera vez que te encargas de criminales, ¿no, muchacho?
Yasha dudaba.
—A ver, no tengo ningún problema con ladronzuelos de poca monta, o grupos improvisados, pero una banda organizada con métodos nunca vistos… Puede ser mucho para mí solo.
—¡Yo puedo ayudar! —se apresuró Crys a ofrecerse. Parecía casi ilusionada—. Así puedo pagarte el trabajo de escolta.
Yasha siguió dudando por unos instantes, pero el brillo en los ojos de la chica y la presión de la mano de Baderon en su hombro fueron superiores a él.
—Está bien, supongo… Nos ocuparemos de los bandidos.
—¡Fantástico! —exclamó el tabernero, dándole Yasha una palmadita en la espalda que casi le hace escupir el último trozo de jurel—. Mañana por la mañana os tengo preparado el pago.
—¿Vas a pagar por adelantado? —preguntó Crys.
—¡Por supuesto! Vais a Nikea, ¿verdad? Conociendo al mozalbete este de aquí, va a pasar una eternidad hasta que vuelva a pasarse por aquí. Mejor os lo doy ya y me lo quito de en medio. No te quejes, que necesitaréis los guiles para el viaje.
Yasha sonrió.
—Así que ese era tu plan, ¿eh?
Baderon le devolvió la sonrisa.
—¿A qué te refieres? Por cierto, vuestras habitaciones son la cinco y la seis. ¡Id pronto a dormir, que mañana querréis partir temprano!
¡Muy buenas! Aquí dejo un primer capítulo de esta historia. El setting no es el mundo de ningún Final Fantasy específico, aunque sí utilizaré los nombres de prácticamente todos los juegos para naciones, pueblos y ciudades —quiero decir, es un fanfic, en eso consiste—.
El plan es que sea una historia larga, que se vaya subiendo poco a poco en capítulos cortos como este, sin ninguna periodicidad determinada para las actualizaciones. En próximas entregas, iré incluyendo breves fichas de personaje en esta sección.
De momento, quizá convenga hacer un breve glosario de nombres y términos, en caso de que alguien lo necesite:
- Alexandria: Capital del imperio de Lufenia, considerada la ciudad más fortificada del mundo.
- Doma: Reino al extremo oriental del mundo, conocido por sus fuerzas militares de élite, los samuráis.
- Lufenia: El imperio más extenso del mundo, con una tecnología súper avanzada y un ejército que se considera insuperable. Es donde la historia está teniendo lugar, por ahora.
- Mysidia: Magocracia que, si bien poco poblada, es la única civilización existente en el Continente Flotante. Están en guerra con el imperio.
- Nikea: Ciudad costera de Lufenia, cerca de su frontera oriental.
- Tule: Pequeña aldea pesquera en la costa norte del imperio de Lufenia.
