Libro I: Resplandor de rubí

Capítulo 2: Aprendiz de todo, maestro de nada

Popito era el chocobo más veloz de toda Lufenia, pero no el más fuerte. Tampoco era débil, probablemente fuese capaz de llevar a toda velocidad a un soldado con armadura completa, pero transportar a dos personas y bolsas cargadas de provisiones para varios días estaba más allá de sus competencias.

En resumen, que a Crys y a Yasha les tocó ir a pie en dirección a la guarida de la Banda Malaje, con Popito cargando con las cosas. Desde luego, ese no era el escenario que Yasha tenía en mente, y las circunstancias retrasaban la fecha de llegada a Nikea considerablemente con respecto a sus cálculos.

—Por enésima vez, ¡lo siento! —repitió Crys, haciendo con cada disculpa un esfuerzo menor por parecer arrepentida de verdad—. Es solo que me pareció que era mejor ir sobre seguros con las provisiones.

—¿Y con el equipamiento también? —preguntó el chico, señalando el reluciente escudo de bronce que portaba en su espalda, ahora revestida con una nueva armadura de cuero.

—¡Vamos a meternos de cabeza en la guarida de unos bandidos! ¿Pensabas luchar con una armadura rota y la tapa de olla? Sé que dije que te cubriría, pero mi magia curativa tiene un límite.

Yasha suspiró. Ya llevaban seis días viajando juntos; lo suficiente para coger confianza el uno con el otro y hablar cómodamente. O lo que es lo mismo, lo suficiente para empezar a tener quejas el uno del otro.

Crys siempre le recriminaba a Yasha que era demasiado temerario. "No sé cómo te las has arreglado para ir de aventura tú solo todo este tiempo, ¿quién su sano juicio se lanza de cabeza contra cinco alacranes? ¡No me daba tiempo a curar tus heridas, y ya estabas casi inconsciente por el veneno!", le solía decir. A él, por su parte, le había tomado por sorpresa la absoluta inexperiencia que tenía la chica en viajar, quedándose dormida durante sus guardias nocturnas, y montando tan mal una tienda de lona que no se tenía en pie. Era casi como si aquella fuera la primera vez que ponía un pie fuera de su casa.

Sin embargo, no todo eran problemas. Lo cierto era que, poco a poco, se estaban convirtiendo en un buen equipo. La temeridad de Yasha era fruto de que, por primera vez, se sentía plenamente a salvo al contar con un sanador en su equipo. Por supuesto, poco a poco empezó a aceptar que la magia de Crys era un recurso limitado, y a luchar con más prudencia. Ella, por su parte, aprendía rápido, y tan pronto como pudo dejar el orgullo de lado y pedir ayuda a su compañero de viaje, se iba volviendo más y más capaz. No eran perfectos, pero eran funcionales.

Y ese dúo apenas funcional estaba a pocas horas de la base de unos criminales capaces de controlar a las bestias.

—Llegaremos al atardecer. Deberíamos montar campamento dentro del bosque cercano, y colarnos en su guarida cuando anochezca —dijo él.

—Y entonces investigamos su secreto, si es posible liberamos a los animales, y luego nos ocupamos de los bandidos —completó ella.

Yasha asintió.

—Antes de nada, reducimos a los que estén de guardia. Luego atamos a los que estén durmiendo, y cuando los que estén fuera cometiendo fechorías regresen…

—¡Les emboscamos!

Ambos sonrieron y asintieron al mismo tiempo en señal de reconocimiento mutuo. Teniendo claro lo que iban a hacer, continuaron rumbo al Bosque de Jugner.


Cuando los tonos anaranjados del crepúsculo empezaron a vislumbrarse en el cielo, Yasha ocultó a Popito entre unos matorrales.

—Recuerda, compañero: quédate escondido y no hagas ruido. Si cuando salga el sol no estamos de vuelta, ve a Lix, ¿entendido?

El ave asintió con la cabeza y picoteó suavemente la cabeza de su jinete a modo de despedida.

—¡Ay, ay! ¡Para! —se quejó él entre susurros.

Cuando por fin consiguió detener las carantoñas del animal, Yasha le puso un manto de hojas por encima para que se le viera menos, y se giró para indicarle a Crys que estaban listos para ir.

La muchacha estaba sentada en el tocón de un árbol talado, con las piernas cruzadas, un codo apoyado en una de ellas, y la barbilla descansando sobre su puño. En sus labios se dibujaba una leve sonrisa de entre ternura y diversión mientras contemplaba el fuerte vínculo entre animal y humano.

—¿Qué te hace tanta gracia? —preguntó Yasha con tono socarrón.

—Es el primer chocobo que he visto que entienda el lenguaje humano. Viéndoos jugar casi parecéis hermanos.

—Ya era así cuando lo encontré —explicó Yasha—. No sé quién sería su propietario anterior, pero desde luego hizo un gran trabajo con él. Le gustan mucho los humanos, en general, así que supongo que por eso me cogió cariño rápido. Debo ser lo más parecido a una familia que tiene, así que…

—¿Y tú? —preguntó la maga, ahora con curiosidad—. ¿No tienes familia?

Él se encogió de hombros.

—Mi padre era un aventurero, así que no solía pasar mucho tiempo en casa. Fueron sus historias las que me motivaron a elegir la misma vida. Mi madre y mi hermano pequeño viven en mi aldea natal, en Macalania.

—¿En Macalania? —preguntó ella, arqueando una ceja—. ¿La región forestal del sur? Pensaba que ahí no había nada más que árboles.

—Tú eras de Alexandria, ¿verdad? —dijo él, a lo que Crys asintió—. Supongo que es normal que en la gran ciudad no lo sepáis, pero hay muchas aldeas y pequeños asentamientos escondidos entre los bosques. Lix, donde nací yo, es solo una de ellas.

—¿En serio?

Mientras recorrían las arboledas en busca de la guarida de los bandidos, Yasha iba a contándole a Crys historias de su lugar de origen. Le habló de un anillo de montañas en medio de la selva que hacían de frontera natural entre Lix y el resto del imperio. Le habló de un viejo castillo abandonado, que otrora había sido el reino de los elfos oscuros. Le habló de los moguris, criaturas que vivían en casas talladas dentro de los árboles, y de las sílfides, pequeños espíritus que servían como los guardianes de los bosques de Macalania.

—¡Eh, de esas sí que he leído algo! —exclamó Crys, saltando del interés a la emoción.

Deteniéndose de golpe, la muchacha sacó un grueso libro de su equipaje. La cubierta marrón era de piel dura, y las páginas de pergamino estaban cosidas con hilo dorado. En la portada se leía "gran enciclopedia de los sidéreos".

—¿Ves? ¡Aquí están! —exclamó ella, indicándole una página.

Su dedo señalaba a una representación algo tosca de una especie de pequeña mujer con grandes ojos completamente negros y cuatro alas como de libélula, ataviada con un vestido corto.

Yasha leyó por encima la descripción que la acompañaba.

—"Según estudios de los eruditos de la Academia, Sílfide es el sidéreo que gobierna sobre la vida natural, bla, bla, bla. Leyendas antiguas dicen que fue la que hizo nacer los primeros árboles, bla, bla, bla. El folclore de la región de Macalania, al sur de Lufenia, habla de ella en plural, lo cual parece sugerir que es una especie de entidad colectiva u omnipresente…" ¿Qué es todo esto?

—Es un libro que habla de los dioses, ¿no lo ves?

—Sí, pero ¿por qué lo llevas encima?

—Ah, sí, verás… ¡Eh, mira detrás de ti!

—¿En serio? ¿Ese es tu plan para cambiar de tema? —preguntó él arqueando una ceja.

—¡Que no, que lo digo en serio! —respondió ella, bajando el tono de voz—. Hay alguien de ahí, ¿será uno de los bandidos?

Yasha se giró rápidamente para echar un vistazo. Vio a un tipo de piel curtida, cabello negro y barba larga y frondosa. Llevaba una bandana marrón alrededor de la frente, y una chaqueta larga de color verde oscuro. Tanto sus botas altas como los cuatro o cinco cinturones que llevaba abrochados en torno a su torso eran de cuero marrón, y de uno de estos cintos, el de la cintura, que era más ancho que el resto y tenía una hebilla plateada en el centro, llevaba colgada una cimitarra dentro de su vaina.

—A ver, no quiero ser prejuicioso, pero pinta de bandido tiene.

—¿A que sí? ¿Por qué iba a llevar nadie tantos cinturones?

—No era a lo que me refería, pero bien visto.

—¿Le seguimos?

—Vamos.

Caminando tranquilamente, de forma casi descuidada, el presunto bandido llegó a un pequeño claro en el bosque. El sitio estaba lleno de hojarasca, y aunque eso era algo bastante común en otoño, la capa de hojas parecía especialmente densa. Casi como sabiéndose de memoria el recorrido, se dirigió a un punto casi al borde de donde los árboles volvían a alzarse y, metiendo la mano en un montón de hojas, hizo un giro de muñeca y la levantó hacia arriba.

Era una trampilla.

Mirando a ambos lados, como para asegurarse de que no había nadie, el hombre se metió por el agujero en el suelo, cerrando tras de sí y no dejando ningún indicio de que allí hubiese nada.

Pero Crys y Yasha estaban escondidos entre los árboles, y aunque él no los había visto a ellos, ellos a él sí. Sin más demora, salieron de su escondite. Ya era casi medianoche. Tras esperar unos minutos de seguridad, abrieron la trampilla y se adentraron en el subsuelo.


La guarida de la Banda Malaje era una larguísima caverna natural, iluminada a duras penas por el fuego de unas cuantas antorchas dispuestas a lo largo de los muros. Una vez Crys y Yasha terminaron de descender la larga escalera de mano que bajaba desde la trampilla, se encontraron con que el sitio estaba completamente vacío, sin rastros de patrullas, vigías ni nada similar.

—¿A dónde han ido los bandidos? —preguntó Crys, incrédula.

—Pues, o son lo bastante tontos para estar todos durmiendo, o están esperándonos con una emboscada lista —respondió su compañero.

—Vale, ¿y qué hacemos?

En respuesta, Yasha desenvainó su espada y preparó su escudo.

—Estar listos para lo que pase.

Crys tragó saliva, y tomó su nueva vara entre sus manos. La había conseguido mientras hacía compras por Tule, de manos de una mercadera errante que se la ofreció a un precio bastante asequible. "Es peligroso ahí fuera", le había dicho. El objeto estaba construido enteramente de un cristal muy frío al tacto, con gruesas vendas enrolladas para poder cogerlo. Si no fuera porque no se había derretido en ningún momento, Crys podía jurar que el material no era cristal, sino hielo.

—Esa cosa parece frágil —comentó Yasha al ver a la muchacha asirse a la vara con tanta fuerza—. Ten cuidado, no se te vaya a caer o algo.

Crys rodó los ojos.

—Vamos, anda —le apuró, en parte para no responderle.

Con todo el sigilo del que eran capaces se adentraron en la caverna, pero por mucho que avanzaran, no daban con un solo bandido.

—¿Cómo de largo es esto? —se quejó ella en voz baja.

—Aquí pasa algo raro —murmuró él.

—¿Será una emboscada?

—Es posible, pero es extraño. Lo único que hemos hecho es avanzar en línea recta por un pasillo estrecho. Si quisieran acorralarnos al final de la cueva, ¿dónde se han escondido?

—¿Habrá algún pasadizo secreto que no hayamos visto, o algo así?

—Podría ser, pero no lo creo. Se supone que pelean con animales, ¡es imposible que estén tan callados!

—¡Baja la voz! —susurró ella—. Hay animales con sentidos muy agudos, pueden que nos hayan escuchado… Espera.

—¿Qué?

—Yasha, usan animales para atacar a la gente.

—Sí.

—Y estamos en una cueva.

—Ajá.

—¿Qué animales viven en cuevas, son muy silenciosos, y no vamos a encontrar nunca a ras de suelo?

Yasha tragó saliva. Ahora lo había pillado. Muy despacio, como no queriendo comprobar que Crys tenía razón, fue subiendo la mirada. Varias docenas de pequeños puntitos rojos, perfectamente dispuestos a pares, decoraban el techo de la cueva.

Murciélagos.

Sabiéndose encontrados, los más de diez murciélagos se abalanzaron contra el dúo con un agudo chillido.

Yasha esgrimió su espada sin dudar, tratando de asestar cuantos más golpes mejor a los escurridizos bichos. Desde fuera, parecía cortar a diestra y siniestra, pero cada movimiento de espada estaba lo suficientemente calculado para ir reduciendo poco a poco el número de enemigos. Dos cortes eran más que suficientes para hacer caer a uno, pero la cantidad de ellos que revoloteaban a su alrededor intentando morderle era un claro problema. A Crys, por su parte, no le iba mucho mejor. La nube de criaturas era tan densa que apenas alcanzaba a ver a Yasha, mucho menos a curarle. Además, ella también estaba siendo atacada, y las alimañas parecían ser capaces de absorber su energía vital y regenerarse cuando le mordían.

—¡Son murciélagos acero! —exclamó Yasha—. ¡Tienen dientes muy duros y chupan sangre para curarse! ¡Que no te toquen!

—¡Gracias por la información, genio! —se quejó ella. En ese momento, un murciélago la mordió en un costado, y ella atinó para golpearlo con su vara.

Para su sorpresa, el lugar de impacto se congeló levemente, provocándole una quemadura de frío a la criatura y haciéndola caer al suelo. Eso no se lo esperaba. Blandiendo su arma para asustar a los monstruos, consiguió escabullirse entre ellos y situarse en un lugar más o menos seguro para usar su magia. Fijó su vista en uno de ellos.

Libra —conjuró, entrecerrando los ojos para ver más nítidamente.

Al instante, conocimiento intuitivo de la biología, estado y capacidades del murciélago acero entró en su mente, permitiéndole corroborar sus sospechas.

—Así que no os gusta el frío.

Y con mucha más confianza, arremetió contra ellos blandiendo la vara como si fuera una porra. Muchos murciélagos consiguieron evitar el ataque, pero huyeron volando despavoridos. Otros recibieron el impacto de lleno, cayendo desplomados. Para cuando Crys hubo terminado, solo había una alfombra hecha con los cuerpos congelados y/o lacerados de unos diez quirópteros gigantes, que no tardaron en disolverse en polvo.

—Vale, eso fue mucho más intenso de lo que esperaba.

—Y ni siquiera eran los bandidos.

—¿Estás seguro de que podemos con esto?

—No, pero la seguridad está sobrevalorada.

Yasha pronunció esas palabras con tranquilidad, pero estaba visiblemente herido. Crys no llevaba consigo ninguna poción curativa, y había forzado demasiado su capacidad mágica, al punto de no poder realizar ningún hechizo más.

—Deberíamos irnos a descansar, volveremos mañana —dijo ella.

—¿Y darles tiempo para huir? No. Tranquila, toma esto.

Yasha tomó de la bolsa que llevaba colgada del cinturón un frasco con un líquido verde, y se lo tendió a la chica para que lo cogiera.

—¿Qué es eso?

—Éter —respondió él—. Éter líquido. Nuestro cuerpo produce éter de manera natural, es lo que permite que hagamos magia. Pero si no tenemos tiempo para esperar a que el éter quemado se regenere solo, siempre podemos recargar el depósito con una fuente externa.

—¿Dónde aprendiste eso? —preguntó Crys, perpleja.

—Te dije que mi padre era aventurero. En sus viajes, pasó por Rubrum e incluso visitó el Continente Flotante. Me dejó algún conocimiento y algún objeto interesante. Los mysidianos son los únicos que saben cómo destilar éter líquido, así que, como comprenderás, no es algo muy común en el imperio.

—¿Y cuántos de estos tienes? —preguntó Crys tras bebérselo de un trago.

—Ese era el único —contestó él.

—¡¿Perdón?! —se sobresaltó. Sentía la energía mágica fluir libremente por su cuerpo otra vez, pero era más tenue que cuando se despertaba tras una noche de descanso—. ¿No deberíamos usarlo en otro momento?

—Tranquila —contestó Yasha, mientras ponía su mano sobre una de sus heridas—. De ahora en adelante, podemos ahorrar un poco más. ¿Qué era lo que decías? Cura.

Con una tenue luz verde, idéntica a la que aparecía cuando Crys empleaba el mismo hechizo, las magulladuras de su cuerpo disminuyeron poco a poco.

—¿Qué? —alcanzó ella a decir en su incredulidad.

—Bien, ha funcionado. Esto debería ser de ayuda.

—No, no, espera. ¿Cómo has aprendido a hacer eso?

—Pues viéndote a ti, ¿cómo si no?

—¡Nadie aprende magia con solo verla! —exclamó ella.

—Te sorprenderías —respondió Yasha—. De todas maneras, no me sale tan bien como a ti, así que no te acomodes, por favor.

—¿Acomodarme? No sé cómo debería sentirme, pero ya te digo que cómoda no.

—Bueno, bueno, no es para tanto. Aprendo rápido, ¿y qué? Mi padre nunca me dejó entrenar con él ni nada, así que aprendí a base de verle. Cada uno tiene sus talentos.

A Crys le pareció que Yasha hinchaba un poco el pecho con esa última parte.

—En fin —suspiró ella finalmente—, dejémoslo estar. Vamos, tenemos que descubrir qué es lo que hacen con los animales, ¿cierto?

Yasha asintió, y el dúo de aventureros continuó con su camino.


Superando algún que otro encuentro desafortunado más —nada a la altura de la bandada de murciélagos—, acabaron llegando a una zona donde la cueva se ensanchaba.

—¿Pero qué…? —quiso decir Crys.

Lo que tenían en frente era una especie de zoológico de los horrores. Decenas y decenas de jaulas con bestias de todo tipo dentro, desde pequeños nutkins hasta guivernos.

—Desde luego, se han estado esmerando.

—¿Qué es esa cosa? —preguntó Crys.

La criatura a la que señalaba era un animal gigantesco, de denso pelaje marrón, ojos anaranjados y enormes colmillos en forma de espiral de varios metros de longitud, a medio camino entre un jabalí y un mamut.

—Un megalodoth —respondió Yasha sin ocultar su asombro—. Solo habitan en la Sierra de Narshe, muy al noroeste de aquí. No sé cómo lo han traído desde tan lejos.

—Ni cómo lo han metido aquí, porque por la trampilla no. Yasha, ¿crees que la cueva pueda tener otra salida?

—Es eso, o hay un mago entre ellos capaz de teletransportar los animales.

—¿Tú podrías hacer eso?

Crys negó con la cabeza.

—Pues ni idea de cómo los vamos a sacar de aquí…

—No creo que tengáis que preocuparos demasiado por eso. De todas formas, no es como si vosotros fueseis a salir de aquí.

Tan pronto como una voz grave y rasgada proclamó esas palabras, los bandidos aparecieron por ambos flancos. Cinco por la derecha —la sección de la caverna que ya habían recorrido— y cuatro por la izquierda —la que les faltaba por explorar—. Siguiendo a los cuatro, apareció el hombre de apariencia intimidante al que habían seguido hasta la trampilla.

—¡Felicidades! Debéis ser los primeros que encuentran la entrada a nuestro escondite.

—Bueno, igual si no nos hubieras llevado hasta ella, habría sido más difícil —comentó Crys.

—¿Qué haces? —le reprendió Yasha.

—¿Qué? Es verdad.

—Vaya, vaya… Qué descuidado por mi parte —intervino el hombre—. Supongo que razón de más para asegurarme de que no salís de aquí. Uno tiene una reputación que mantener, espero que lo entendáis. ¡Muchachos, a las armas!

Los nueve bandidos desenfundaron sus cimitarras, rodeando y acercándose a los chicos con paso lento. El líder estaba detrás de sus subordinados, con un hacha de ligera lista en cada mano. Estaban acorralados. Yasha desenvainó su espada.

—Supongo que habrá que salir de aquí a golpes.

—Si derribamos a dos o tres de los de la derecha, podemos huir… —comentó Crys mientras sostenía su vara.

—Entonces, empecemos por ellos.

Y sin esperar a un plan más elaborado, Yasha se lanzó al ataque contra los bandidos. Un plan temerario, para variar, pero Crys ya sabía con quién trabajaba.

—¡Coraza! —conjuró ella sobre su compañero.

Con el refuerzo de la magia blanca de Crys, Yasha pudo maniobrar con más facilidad. Usando su espada y su escudo, desarmó e hizo caer de bruces a dos de los bandidos. Un tercero consiguió asestarle un corte, pero con el refuerzo mágico, apenas era significativo.

—¡Cura! —se aplicó Yasha a sí mismo, recuperándose del escaso daño recibido—. ¿Cómo vas por ahí?

—¡Hago lo que puedo! —contestó ella—. ¡Minimalia!

Con un movimiento de su vara, Crys hizo encoger a uno de los enemigos hasta el tamaño de un dedo pulgar, dándole un golpe leve con la parte baja de esta, lo envió volando un par de metros hasta dejarlo congelado en uno de los barrotes de una jaula. Sin embargo, en ese momento, tres bandidos más la atacaron desde atrás. Haciendo gala de unos reflejos que ni ella misma sabía que tenía, interpuso su vara entre las cimitarras descendentes de los villanos y su cuerpo, bloqueando el ataque exitosamente, a condición de las tres espadas hundiéndose en la vara, fracturándola. Paralizada en el forcejeo, no pudo esquivar el ataque de un cuarto bandido que le venía desde atrás. Calló al suelo, soltando la vara en el proceso.

—¡Crys! —exclamó Yasha.

Con una velocidad casi endiablada, el joven derribó al oponente al que se estaba enfrentando en el momento usando su escudo, y lanzándose a donde estaba Crys, atacó con todo lo que tenía al bandido que la había derribado, dejándolo inconsciente de un plumazo.

—Solo quedan cinco —dijo él tendiéndole una mano a su compañera.

—Y el líder —contestó ella, aceptando la ayuda para levantarse y aprovechando para aplicar Cura sobre los dos.

—¡Sois mejores de lo que esperaba! —dijo el líder bandido, mientras uno de sus subordinados le tendía la vara gélida de Crys—. Y esta cosa es un grano en el culo. ¡Tú, libera a Pulgarcito!

Aprovechando la pausa en el combate para que un bandido rescatara del hielo a su diminuto compañero, Crys empleó Coraza sobre sí misma rápidamente, mientras Yasha conjuraba Libra para analizar las capacidades del bandido.

—Este tío es fuerte —declaró—. Si estuviera solo, tendríamos alguna opción, pero aún le quedan cinco escudos humanos y medio.

—Y no es como si yo pudiera luchar directamente sin mi vara… —se quejó la maga.

—Bueno, entonces supongo que tendré que deshacerme de ella. ¡Mamarrachos, sujetadla!

Dos de los bandidos tomaron la vara de Crys, cada uno desde un extremo, disponiéndola en horizontal en frente de su líder. Levantando sus dos hachas sobre la gélida arma, las bajó con brutalidad en un corte descendente, partiéndola en tres trozos.

Y entonces, sucedió lo impensable.

Los dos puntos de fractura empezaron a brillar fuertemente con un color azul celeste. En un abrir y cerrar de ojos, los restos de la vara estallaron en un potentísimo haz luminoso.

Crys y Yasha se vieron obligados a cerrar los ojos de la pura impresión. Cuando el sonido metálico de dos hachas cayendo al suelo alcanzó sus oídos, fue que se decidieron a abrirlos. No tardaron en quedar también boquiabiertos al ver cómo los bandidos habían sido todos sepultados en una cárcel de hielo. Una gigantesca masa de carámbanos envolvía a los seis criminales, dejando libres únicamente las manos y la cabeza del líder.

—¿Qué…? Digo, ¡tal y como habíamos planeado! —improvisó Yasha—. Una trampa muy bien pensada, Crys, enhorabuena. Ha funcionado a la perfección.

—¿Perdón? —se extrañó ella, ganándose un codazo discreto por parte de su compañero—. ¡Ah, sí! El plan. La verdad que estos bandidos no eran muy listos, así que fue fácil.

—¡¿Qué?! —bramó el líder—. ¿Nos la habéis jugado? ¡Pequeñas ratas astutas, os las veréis conmigo en cuanto salga de aquí!

—Pues va a ser verdad que no son muy listos… —murmuró Yasha, para luego acercarse a su derrotado enemigo, espada en mano—. ¿Qué fue lo que dijiste antes? ¡Ah, sí! "No podemos permitir que salgáis de aquí" —citó, tratando de imitar el tono de voz del forajido.

Con la expresión más siniestra que pudo poner, Yasha acercó el filo de su espada al cuello semi congelado del jefe bandido.

—Muchacho, no hagas nada de lo que vayas a arrepentirte después —dijo el criminal, tratando de forzar una sonrisa, pero con densas gotas de sudor deslizándose por su frente y sienes. En respuesta, Yasha apretó un poco más la espada contra su grueso cuello, sin llegar a cortar —. ¡Vale, vale! Desembucharé. ¿Qué es lo que quieres?

—¿Quién eres? —preguntó Crys.

—Mi nombre es Bikke —respondió, obligándose a adoptar un tono socarrón—. Más os vale recordarlo.

—Deja de intentar amenazar, que no cuela —intervino Yasha—. ¿No veis la situación en la que estáis?

—¡Ja! No tenéis ni idea de con quién os estáis metiendo. Cuando el patrón se entere de que nos habéis desarticulado el negocio, ¡os haré picadillo!

—Ajá, ¿y quién es ese patrón que debería darnos tanto miedo?

—¡Como si te lo fuera a decir! —bramó Bikke, aunque con un leve aumento de la presión de la espada de Yasha bastó para un cambio de actitud—. ¡Está bien, está bien! Nuestro patrón es un hombre llamado Rowan, decía ser uno de los piratas de Isla Creciente. ¡Fue él el que nos dio a todos estos animales! ¡No sabemos como amaestrarlos, ni nada, lo juro!

—¿Que os los dio él? —insistió Crys—. Pero, ¿cómo hicisteis para meterlos en esta cueva?

—La cueva en realidad es muy larga y tiene muchas salidas —explicó Bikke—. La trampilla del bosque solo es la que queda más cerca del almacén y los barracones, pero hay galerías que se extienden a todos los rincones del continente.

Yasha arqueó una ceja.

—¿Esperas que me crea que hay un túnel subterráneo gigante que convenientemente encontrasteis?

—En realidad… No la encontramos.

—¿Entonces? —inquirió Crys.

—La crearon —dijo el bandido con un hilo de voz—. Rowan traía muchos explosivos, y los animales le obedecían…

—O sea, que escarbó esta galería con un montón de topos y marmotas.

—¡Sí! ¡No! Bueno, había topos, pero también uno de esos gusanos gigantes que viven en los desiertos… ¡Ah, y aquella mujer, es verdad!

—¿Qué mujer?

—No sé cómo se llamaba, pero era bajita y tenía muy mal carácter. Tenía una especie de campana, e iba cambiando la forma de la cueva con una especie de magia…

—¿Cómo? —preguntó Yasha, empezando a preocuparse—. Es decir, que una tripulación pirata de Isla Creciente tiene a un tipo capaz de controlar gusanos del desierto, y a una mujer que puede terraformar una cueva.

—¡Sí! ¡Sé que suena a mentira, pero por favor, creedme! —contestó Bikke en tono suplicante.

Crys y Yasha se miraron por unos segundos, sin saber muy bien qué hacer. Finalmente, Yasha retiró la espada del cuello de Bikke.

—¿Prometes no cometer ninguna fechoría más? —le preguntó.

—¡Sí! ¡Lo juro! ¡Seremos todos ciudadanos ejemplares, de verdad! Pero sacadnos de aquí, por favor.

—Bien, perfecto. Entonces sois libres de hacer lo que queráis… en cuanto se derrita el hielo —antes de girarse, se agachó para recoger las hachas que Bikke había dejado caer—. Por cierto, ¡me las quedo hasta que nos encontremos de nuevo!

—¿Qué? ¡No! Fueron mi primer botín, tienen valor sentimen… Esperad, ¿no nos vais a liberar?

—¿Tú sabes cómo hacer que desaparezca el hielo? —le preguntó Yasha a Crys.

—Ni idea —contestó ella, encogiéndose de hombros.

Y así, entre los llantos y las súplicas de Bikke, el dúo se retiró de la guarida de los bandidos con una misión cumplida y algo de información preocupante a sus espaldas.


Para cuando llegaron al escondite de Popito, ya era noche cerrada, así que sacaron sus bártulos y pasaron la noche al raso. El cansancio pudo con ellos rápidamente, y para cuando se despertaron para continuar con su travesía, tenían al sol del mediodía iluminando el cielo y a un chocobo hambriento e impaciente.

Continuaron viajando durante varios días, enfrentándose a monstruos poco amenazantes, y aprendiendo todo lo posible el uno del otro. Pasaron por un pequeño pueblo llamado Carwen, y pasaron un día allí reaprovisionándose, comprándole una vara nueva a Crys —esta vez sin sorpresas—, y durmiendo en una posada por primera vez en bastante tiempo. Fue un cambio agradable que les llenó de energía, así que tardaron menos de una semana en llegar a Nikea.

La ciudad portuaria de Nikea era un lugar agradable. Los muelles ocupaban fácilmente un tercio del área total del asentamiento, así que toda la ciudad estaba inundada con el olor de la sal, el frescor de la brisa marina y el graznido ocasional de las gaviotas. Tras dejar, como de costumbre, a Popito en los establos locales, el dúo se repartió las tareas en la ciudad, en parte por hábito, y en parte para tener cada uno un poco de espacio personal para descansar. En esta ocasión, Yasha compraría las provisiones y vería si podían renovar el equipo, mientras que Crys reservaría las habitaciones de la posada.

Solo había un problema.

—No nos queda ni un solo guil —declaró la chica lóbregamente.

Yasha se llevó los dedos al puente de la nariz, con cansancio.

—Sabía que teníamos que dejar lo de teñir la armadura nueva para otro momento…

—¡Pero el azul te sienta mucho mejor que el marrón! Además, ¡había que hacer mantenimiento del equipo igualmente, después de los murciélagos!

—¡Da igual! ¿Ahora qué hacemos? ¡No tenemos dónde caernos muertos!

—A ver, ¿cuánto puede costar cada habitación de la posada, diez guiles?

—Estamos en un puerto comercial, probablemente sea entre veinte y cincuenta.

—Vale, entonces es fácil. Vamos a la taberna, miramos en el tablón de anuncios, aceptamos el encargo más fácil que haya, y con lo que ganemos pasamos la noche.

—No, si difícil no es, pero vaya… Hoy pensaba dormir la siesta toda la tarde.

—¡Ya habrá días para eso! ¡Vamos, anda!


Cuando entraron a la taberna, Crys se quedó patidifusa. Sentadas en una mesa redonda en el centro había tres figuras. La más alta de las tres era una mujer joven, de piel levemente curtida y cabello rubio atado en una cola de caballo alta. Sus facciones eran finas y elegantes, rasgos que destacaban incluso a través de la mueca compungida de su boca y el brillo melancólico de sus ojos color miel. A su derecha estaba el siguiente en altura, un muchacho de cabello negro ondulado, ojos oscuros, piel pálida y barba incipiente. Vestía con una armadura metálica completa, y llevaba una lanza en su espalda. La última de ellos, y la más baja, escuchaba en silencio cómo sus compañeros hablaban. Su cabello, de color castaño y largo hasta los hombros, estaba muy desordenado, y sus ojos marrones observaban con atención una pequeña caja con la que estaba jugueteando.

—¡Ciel! ¡Sativ! ¡Ireena! —exclamó Crys nada más verlos.

Los tres levantaron la mirada hacia la puerta y, tan pronto como alcanzaron a vislumbrarla, se les iluminó el rostro. Emocionados, se levantaron de golpe de su mesa y corrieron en dirección a Yasha y a Crys, fundiéndose con esta última en un enorme y cálido abrazo colectivo que se prolongó durante varios minutos.

El momento se terminó cuando la chica de cabello rubio se fijó en Yasha. Separándose, preguntó:

—Crys, ¿quién es este chico?

—¡Ah, sí, perdonad! —se sobresaltó ella, para después aclararse la garganta—. Chicos, este es Yasha, que me ha estado escoltando hasta aquí. Yasha, estos son los mercenarios de los que te hablé: te presento a los Replicantes.


Y… ¡capítulo 2 listo!

Espero sinceramente que no haya sido muy denso, y que sea del agrado de quien lo haya leído. No creo que haya mucha necesidad de hablar de las localizaciones mencionadas, en tanto que ya se explican dentro de la poca historia, así que ahora viene la mejor peor sección del capítulo… ¡la ficha de personaje!

En esta sección comparto información de cómo me imagino a los personajes, a nivel de habilidades, trabajos y demás. Vaya, que es la parte más "videojuego" de todo esto, y es completamente omisible. Tal y como lo he diseñado, todos los personajes tienen hasta cinco habilidades ligadas a su trabajo: dos de ellas son comandos, es decir, son habilidades que se usan activamente en combate, mientras que las otras tres son habilidades de apoyo, o dicho de otro modo, pasivas. Todo personaje va a tener siempre dos comandos, y entre una y tres pasivas.

Así que, la inauguramos con nuestro chico de oro… ¡Yasha!

- Nombre: Yasha Scabalf

- Trabajo: Aprendiz

- Inspiración: Final Fantasy III y Final Fantasy V

- Comando 1: -

- Comando 2: -

- Pasiva 1: Comodín

- Pasiva 2: -

- Pasiva 3: -

- Notas: Basado sobre todo en el aprendiz y en el sistema de trabajos de Final Fantasy V, el trabajo "Aprendiz" de esta historia cuenta con estadísticas equilibradas, con todos los valores dentro del promedio, sin destacar en nada. Ahora bien, su valor reside en su versatilidad. Yasha puede equiparse con cualquier arma y con cualquier armadura, y no tiene ninguna habilidad más que su pasiva, "Comodín". Lo que "Comodín" hace es darle acceso a una mecánica única para esta clase: los puntos de habilidad. Básicamente, cada vez que Yasha salga airoso de un combate, irá ganando puntos de habilidad con las habilidades de los compañeros junto a los cuales ha combatido. Cuando alcanza una cierta cantidad de puntos, que varía según qué habilidad, adquiere la maestría de esa habilidad, permitiéndole usarla. Esto tiene un límite, y Yasha solo podría emplear dos comandos y dos habilidades pasivas que tenga dominadas de forma simultánea, pero puede cambiar libremente entre ellas siempre que no esté en pleno combate. Actualmente, la única habilidad ajena que tiene dominada es la magia blanca de Crys, y solo hasta el nivel 1. Siguiendo el sistema de Final Fantasy V, todas las magias se subdividen en seis niveles. Mientras que Crys es capaz de conjurar Coraza y Minimalia, que son de nivel 2, Yasha está limitado a Cura, Libra y Pura, de nivel 1. No sé si seguiré tan a rajatabla el sistema de Final Fantasy V en el futuro, probablemente busque darle más variedad, pero de momento el pensarlo de este modo me permite llevar un control de la progresión de los personajes a lo largo de los capítulos.

Insisto en que no es necesario leer esto y no condiciona la experiencia de esta historia, solo son datos de cómo funciona mi mente, para el que pueda interesarle.

¡Un saludo!