Royal Opera House. Londres. 1887.
Las luces se apagan. La muchedumbre enmudece. Se levanta el gran telón rojo que se cierne sobre el pulcro escenario de madera, para dar comienzo a la obra.
El primer acto, muestra a una muchacha joven de piel tersa y mirada almendrada, siendo abatida por la perdida de su hijo. Sus lagrimas laceran sus pómulos con dolencia, mientras entona un melodioso cantico lirico de soprano. Viste un atuendo ajado escarlata con retoques brillantes que resaltan su rubia cabellera. La sigue mas atrás un varón de mediana edad; uniéndose al desacierto de la escena.
—¡La noche! —vocifera la fémina— ¡Oh, la cruel noche que me ha robado el alma!
—¡Resiste, vida mía! —proclama el caballero, vistiendo una lustrosa armadura de caballero— ¡He encontrado la cura a nuestro mal, pues he de visitar a una bruja que, con poderes, nos devolverá a nuestro primogénito!
—¡¿Brujería?! —niega la mujer, atormentada— ¡Nunca!
Ambos danzan y se pavonean de un lugar a otro, en compañía de la música clásica de una orquesta en vivo. En el acto dos, se les ve consultando a una anciana de apariencia misteriosa y actitud agria. El precio a pagar para traer de vuelta a su hijo, es renunciar a su mortalidad como simple humana y unirse a las fuerzas oscuras de la misma noche; que la atormenta. El acto tres, ha dado un giro inesperado. La mujer se ha transformado en una horrenda criatura que ataca sin piedad a su marido, dándole muerte. Y para concluir con la obra, el cuarto acto fulmina a la protagonista, con el suicidio de esta. Ya no merece la pena vivir eternamente en soledad. La vida le ha maldecido con la perdida eterna y solo hallará consuelo en terminar con su existencia.
La función finaliza y los asistentes se ponen de pie entre aplausos entusiastas y corean alabanzas. Algunos lanzan flores a los actores, mientras estos se despiden con reverencias honorables. Ha sido un electo muy bien elegido. Con la profundidad y simpleza a la vez, que cautiva a los espectadores. Sobre todo, a dos en particular. Dos mozas idénticas en apariencia, pero tan distintas en el interior.
Ambas son asistidas hasta la salida por sus padres, quienes se muestran demasiado sobreprotectores para ser simples personas. No. No son gente común y corriente. Son la familia Graham de Vanily. Una familia... muy distinta a todo lo que la gente puede llegar a imaginar. El padre, viste un traje de smoking elegante y un sombrero de copa. Su esposa, un elegante vestido que a todas luces ronda en lo costoso. Y sus dos pequeñas hijas de tan solo 18 años, las cuales sin duda no desentonan para nada con la estirpe de su calaña. Amelie y Emilie. La última, mayor por tan solo 7 segundos convirtiéndola automáticamente en la primogénita y así, la sucesora en el orden de su estatuto como burgueses.
—Buenas noches, duque Graham. Lady Graham —le saluda un varón que porta un prominente bigote— Nos honran demasiado con su presencia en el teatro.
—Usted siempre tan cordial, conde Fathom —corresponde la madre y cabecilla de la familia— Hemos decidido darnos una vuelta para apreciar esta bella obra. En la corte hablan muchísimo de ella, así que le dimos una oportunidad.
—En realidad —aclara el progenitor y líder de la casta, mostrando a sus dos hijas— Fue idea de las niñas. Ellas son más altruistas que nosotros.
—Válgame dios —expresa el conde, obnubilado con sus presencias— Es la primera vez que las señoritas salen de casa ¿O es mi imaginación? Sin duda los rumores son ciertos. A todas luces, son unas joyas en bruto.
—Son muy especiales para nosotros —murmura el padre, con la mirada afilada y retraída.
—No cabe duda alguna. Son preciosas —comenta el varón; quien también tiene a alguien para presentar— El es mi hijo, Colt. El heredero de nuestra familia. Estaba ansioso por conocerlos.
—Buenas noches —reverencia un joven Colt, de la misma edad que las muchachas. El saluda a ambas, de beso en las manos— Que heladas están. ¿Estarán enfermas?
—Ah. Si. Colt —esboza el mayor, hablándole a su esposa— Es el chico del que te hablé la otra noche, querida. ¿Lo recuerdas?
—¿Cómo olvidarlo? Es un muchacho muy educado —lo saluda.
—Nos enorgullecería muchísimo si pudiéramos discutir aquel "asuntillo" —sugiere el conde Fathom, gesticulando una mueca suspicaz— Para los Fathom, es de suma importancia que pueda ser considerado.
—Para nosotros también lo es, conde —advierte el padre, observando de reojo a su hija mayor— Claro que lo tomaremos. ¿Qué les parece si vienen a cenar con nosotros este fin de semana?
—¡Sería una estupenda idea, duque! —expresa jubiloso su contrario— ¿Le parece bien a las 16:00? Hará buen clima y-...
—Es imposible —rezonga Lady Graham con potestad— Las niñas... como comprenderá, son muy delicadas y el sol les hace mal a la piel. Lo ideal sería que vengan a cenar después de las 22:00.
—Eh... ¿En la noche? —parpadea confundido al principio, aunque doblegándose a sus requisitos— Bien. No hay problema. Ahí estaremos entonces.
Emilie se acerca a su hermana y susurra en su oído.
—¿Qué está pasando, hermana?
—¿Qué no es obvio? —suspira Amelie, hastiada— Es lo que hablamos hoy en la mañana. De seguro papá intentará casarte con ese mocoso.
—¿Qué cosa dices? —refuta Emilie, horrorizada— Eso está fuera de discusión. Y se los he dejado en claro un millón de veces. No puedo creer que continúen con esa estúpida idea.
—No le veo lo estúpido —la rubia se encoge de hombros, restándole importancia al asunto— Es natural. Ya no somos unas niñas.
—Es fácil para ti decirlo —gruñe Emilie, cruzándose de brazos— A ti nadie te está intentando meter un marido a la fuerza.
—No —ríe, mofándose infantilmente de su desgracia— Porque yo ya tengo a mi esposo. De hecho, nos casamos y todo. Se llama Oliver.
—Amelie... Oliver es un personaje de un libro...—se va a la.
—¿Y eso que? —la empuja, carcajeando— ¡Déjame en paz! ¡Al menos no está feo como ese tal Colt!
—¡Jajaja! ¡Cállate, tonta! —la tironea de vuelta, echando carrera por el pasillo— ¡En venganza te va a terminar gustando a ti! ¡¿A dónde vas?!
—¡Eres tan lenta como siempre, hermana! —juguetean ambas, correteando por ahí.
—Pero vaya... —Colt las observa a los lejos, con expresión amarga— Son solo unas crías infantiles. ¿En verdad mi papá me quiere comprometer con esa?
Amelie y Emilie se detienen de golpe, como si hubieran leído los pensamientos del hombre. Al unísono, lo fulminan con la mirada; en un aura dotada de malicia y desprecio. Automáticamente, el hijo del conde se paraliza, estupefacto con su reacción. ¿Qué fue esa sensación escalofriante que le corrió la espalda? ¿Acaso ellas sabían lo que estaba pensando? No... imposible. Los adultos se despiden y cada quien toma rumbos por separado, aunque el menor no logra despegarse de su presencia amenazante.
Mansión Graham de Vanily, 23:20PM.
—¡Que hambre tengo! —protesta Emilie, quitándose los zapatos. Aprovecha para lanzarlos bien lejos— ¡Guacala! Como odio que me obliguen a usar estas cosas tan altas. Hace que se me hinchen los pies.
—Eso te pasa por pasar tantos años corriendo descalza por el bosque —Amelie no muestra aversión a su calzado. A diferencia de su compañera, los guarda ordenadamente en el mueble— Vas a terminar con las patas grandes como un mono.
—¿Y a mi qué? —chista la mayor, bosquejando una siniestra mueca— Los primates son mucho mas suculentos que los tontos de la corte.
—Uy... hablando de suculencias —la menor la jala del brazo y la arrastra hacia el ventanal del cuarto que ambas comparte, señalando hacia el ante jardín— Adivina quien acaba de llegar.
—¡¿Le tocaba venir hoy?! —la ojiverde planta cara al vidrio, llegando a empañar este— Es el hijo del sastre. . ¿Estoy presentable? —se retoca el cabello.
—Que. ¿Vas a ir por el otra vez?
—El tiene la culpa por venir a estas horas —masculle Emilie, con los orbes candentes de deseo. Se relame los labios— Y justo ahora que tengo una sed insaciable...
—Emilie —su camarada la toma de los hombros, con seriedad— Se que lo hemos discutido un millón de veces. Pero no está de más repetírtelo ahora, que te veo tan estimulada.
—Ya sé, ya sé. Se lo que dirás —rueda los ojos, tediosa con el mismo tema— "No debemos meternos con la servidumbre"
—No, tonta. No es porque sea la servidumbre —confiesa Amelie, frunciendo el ceño— Los Agreste son-...
—Mil disculpas, señoritas —interviene el mayordomo de la mansión— Pero el alfayate ha venido para tomarles las medidas de sus próximos vestidos y se requiere su presencia en la sala de costuras.
—¡¿Ya ves?! —Emilie brinca contenta, corriendo hacia la puerta— ¡No le hagamos esperar, hermana! ¡Vamos!
—Que su majestad nos ampare —exhala rendida la rubia— Solo espero…que nada malo ocurra.
Su nombre es Gabriel Agreste. Ronda los 20 años y es el encargado que los señores Graham han designado durante años, para tomar nota de los futuros atuendos y encargos que se necesitan en la gran casona. Su padre, ha confeccionado mas de mil vestidos para la matriarca de la familia y es ahora su hijo, quien ha heredado la misión de embellecer la perfecta armonía anatómica de las gemelas. Para Amelie, quien no presenta signos de estar interesada en el sexo opuesto ni mucho menos en los de su "clase", las visitas del muchacho son triviales y bastante importunas. Sin embargo, su hermana opina lo contrario. Le parece un hombre encantador, atractivo y muy divertido. Sobre todo, lo último.
Por fuera, su relación se muestra apernada en la confianza y el soso orden de un comerciante prestando servicios por dinero. Pero en la intimidad, se constriñe una lóbrega realdad que, de un tiempo a esta parte, han ocultado con recelo de los ojos fisgones. Sobre todo, de sus progenitores. A vista y paciencia de Amelie, ambos coquetean con claras intenciones reproductivas. No obstante, guarda silencio y hace oídos sordos para no estropear el humor de su hermana querida. Lo cual no significa, que no pueda evitar mostrarle su desprecio de vez en cuando. Ella…tiene la asombrosa habilidad de leer su mente. Y sabe perfectamente que clase de pensamientos degenerados pasan por su cabeza, cuando atiende a su gemela. El problema no es mostrar su rechazo por la depravada relación que ambos llevan. El problema es que Emilie lo trata como si fuese su mascota. Porque finalmente los Agreste son…
—Quiero que esté muy ceñido del busto, cachorro —lo llama con picardía la primogénita, rascando su mentón en respuesta— Haz que mis pechos se vean grandes. ¿Sí?
—¿Por qué te gusta tanto llamar la atención con tus atributos? —gruñe Gabriel, empequeñeciendo los ojos con reconcomio— No me gusta.
—¿Qué te pasa? Creí que gozabas verme así —añade juguetona.
—No cuando todos te miran con esos ojos enfermizos —masculle el Agreste, soltando un soplo febril por las fosas nasales— Puedo olerlos a Kilómetros y-…
—Controla tus pensamientos, sarnoso —farfulle Amelie, optando una posición defensiva— No me hagas sacarte a patadas de la casa.
—¡Hermana! ¡No pasa nada! —carcajea la heredera de manera grácil— Gabi es un faldero inofensivo. ¿Verdad que sí, cariño? —le rasca la nuca.
—¡Tsk! ¡Arg! Ya basta —protesta el sastre, tirando los retazos al suelo. Coge sus materiales de trabajo— Me voy. Ya tengo las medidas que necesitaba.
—¡Espera, Gabi! —Emilie lo sigue por la puerta— ¡Aun no hemos terminado!
—¡Hermana! —es inútil para Amelie controlarla. Cuando se le mete una idea en la cabeza, no hay quien la frente. Es tan…obstinada. Y ese amor que siente por el sastre, le comienza a repugnar— Que horror…definitivamente tendrán que casarla a la fuerza o quizás que cosas pasen.
—¿Ya han acabado? —el mayordomo entra al cuarto, embarazoso. Trae una bandeja con dos copas y un brebaje rojo en el interior— ¿Y lady Emilie?
—Se fue a jugar con su mascota —comenta la hija menor del matrimonio, caminando hacia el varón para tomar uno de los vasos— Gracias. Me moría de sed —lo bebe con lentitud, aunque percatándose de un sabor que no le agrada al final de este— Dios… ¿Qué es esto? —toma una servilleta de genero y se limpia los labios— ¿Cambiaron la fuente?
—¿No le ha gustado? —se disculpa atormentado el varón— Le pido mil disculpas, lady Amelie. Con esto de la tregua que hizo la reina Victoria y la expulsión de los inmigrantes, los irlandeses no están exportando el producto con la misma calidad.
—Sabe a mierda de chivo —protesta asqueada— Por favor, no me des mas de esto otra vez. Demonios —se deja caer sobre el sofá, agarrando un libro cualquiera para hojear— Me ha sentado muy mal. ¿Ahora como me quito el sabor amargo de la boca?
—¿Qué puedo hacer por usted?
—No lo sé. Has tu trabajo —demanda ofuscada, pasando la pagina de su texto con morriña— ¿No hay escoceses por ahí? ¿Alemanes? ¿Franceses? Hasta un italiano te acepto. Tal vez…—Amelie pasa el dorso de su dedo pulgar por los labios, esbozando lascivia— Un inglés…
—Sabe muy bien que tenemos prohibido consumir a los nuestros…
—Bueno. ¿De que me sirves entonces? Largo de mi vista —ordena, mas irascible que antes— Si no me traes algo decente, me quejaré con mi madre y haré que te largues.
—¡Pe-Pero lady Amelie-…!
—¡Lárgate o beberé la tuya! —chilla la rubia, dejando relucir dos radiantes colmillos superiores— ¡Shush!
—¡Con permiso! —huye de la escena, despavorido.
—Carajo…—Graham de Vanily hace una pausa y tras examinar la portada de su libro, lo avienta contra el estante— Tengo muchísima hambre…
Amelie no logra contener su apetito voraz y se aproxima al ventanal, tentada a abrirlo para irse de una "clandestina caza" nocturna. Pero algo la detiene. Ha visto a su gemela correr detrás del estúpido, bueno para nada del sastre y meterse a los establos. Ambos desaparecen por el cobertizo. No necesita hacer volar demasiado su imaginación para saber en que acabarán ellos dos.
[…]
—Ga-Gabi…
—Shh…quédate quieta…—gruñe en su oído.
Ahí, en medio de la penumbra misma, entre pajales y pienso para caballos, la pareja de fervientes amantes se enfrascan en una batalla campal de besos desenfrenados, por ver quien domina a quien. Por supuesto que es el, quien termina ganando la contienda, desarmando a su contrincante tras inmovilizarla contra la pared. Totalmente sumisa, la fémina se deja poseer por un dominante hombre que a todas luces, no es humano. Su respiración es feroz y errática. Sus orbes se han diluido en una tonalidad amarilla grisácea, abandonando toda misericordia. Le ha destrozado el vestido y sin una pisca de remordimiento, la penetra. No le da tregua. Estocada tras estocada, liberando gruñidos salvajes en el proceso. Emilie gimotea. Pero es aplacada por la mano libre de su criminal pretendiente. Ahogada, amortiguando los jadeos calientes que la invaden, clava dos colmillos en la piel expuesta. Un hilo de sangre recorre su extremidad, desde la muñeca hasta el antebrazo. Ella bebe de él, alimentándose extasiada de deseo. La lujuria se ha apoderado de sus sentidos, pues no hay placer mas excelso que el sexo mas sucio y el beber de aquel liquido escarlata que la sobre estimula.
Cuatro últimos golpes, aniquilan la escena. Se ha derramado en su interior y el aroma se mezcla en el aire con una sensación de territorio implacable. Aprovechando el momento, le inca los dientes en el cuello, marcándola para él. No es la primera vez que lo hacen. Pero tampoco…será la última.
—Te amo…Gabriel —confiesa Emilie, con la mirada perdida y los labios entreabiertos— Es contigo con quien quiero estar.
—¿Aunque yo sea un licántropo? —revela el mayor, recobrando la poca cordura que le quedaba— Nos odiaran…
—No me importa —se gira hacia él, robándole un beso etéreo en los labios— Ya no me importa nada. A la mierda mi familia. Estoy cansada de ellos y de sus altas alcurnias, sus modelos empaquetados y la forma estúpida con la que intentan controlar mi vida.
—A veces suenas como uno de mi especie ¿Sabes? —expresa con cariño el Agreste, rodeándola entre sus fuertes brazos calurosos— Por unos momentos olvido que tu…—calla de golpe.
—Que. ¿Qué ibas a decir? —inquiere, alzando una ceja— Adelante. Dilo. Que los "vampiros" tenemos mala fama. Todos piensan que somos fríos, recatados, miramos en menos, engreídos, etc. Pero créeme, no es mi culpa. Yo no elegí esto.
—Bueno…—bromea— Lo de "fríos" si son. Tienes la piel helada como un pingüino.
—Calla —le gira el rostro, fingiendo un berrinche infantil— Tu calor compensa eso. Siempre me he hecho esa pregunta.
—¿El que? —pregunta, confundido.
—¿Qué se siente hacerlo con una como yo? —lo provoca con morbosidad, jugueteando con el labio inferior de su compañero— He de tener el coño mas gélido de la tierra ¡Jajaja!
—¡Emilie! —Gabriel se ruboriza hasta las orejas, apartándola— ¡Que burradas dices, mujer!
—¡Jaja! —se mofa la muchacha, empujándolo hacia atrás hasta hacerlo caer sobre la paja. Se le monta encima, con avidez— Pero a mi me gusta el tuyo…es cálido. Me haces sentir muy bien, cachorro~
—Eres una niña muy caprichosa ¿Sabias? —carcajea de vuelta el Agreste.
—¡Ya sé! Así y todo, me amas.
—Así y todo…—la besa con ternura— Te amo. Y jamás te cambiaria por nada ni nadie en este mundo. Solo quiero que seas mía. ¿Sabes?
—Ya lo soy…perro tonto —sentencia Emilie, con un ósculo mas profundo y duradero que el otro.
Solo espero…que nada cambie entre nosotros…y por siempre, este hombre sea mío. Por toda la eternidad.
[…]
—Padre —manifiesta Colt, sentado en el salón— ¿Estás seguro de esto?
—¿Qué sucede?
El día de la cena.
—La gemela mayor con la cual me quieres comprometer —desentona el muchacho, dubitativo— Está completamente loca.
—Cuida tus modales, estúpido —berrea su padre, molesto con su comentario— No es momento para acobardarse. Emilie es una Graham de Vanily. Estoy afirmando tu posición. No olvides que eres un Fathom.
—Si, ya sé —rueda los ojos, con dejo de sarcasmo— Pero no creo que esto funcione. Es más, mírala. Se ve a todas luces que me desprecia. Me ve con asco —añade— Además ¿Ya has notado lo pálida que es? Es como si nunca hubiese visto la luz del sol.
—Tonterías. Lo que sucede es que son cuidadas como trofeos —reniega el conde, haciendo caso omiso a sus aprensiones— Las muchachas son todas iguales. En un comienzo se muestran distantes y soberbias. Pero debes aprender a dominarlas.
—¿Dominarlas? —balbucea Colt, confundido— Ni que fueran caballos…
—¿Y a ti que mierda te importa lo que sean? —masculle su progenitor, bebiendo un sorbo de una copa de vino— Son mujeres, Colt. Tómalo como una inversión a futuro. Apenas se casen, tu única misión será llenarla de hijos y evitar que reclame. De esa forma, sellarás la providencia de tu apellido.
—Pero…—traga saliva, atormentado— no veo por donde si quiera llegar a un beso.
Un poco más allá.
—Este tipo no calla por un segundo sus pensamientos pútridos —farfulle Emilie, divisando en el salón al supuesto pretendiente que le han traído— Parece un chivo para el matadero.
—¿Eh? ¿Disculpa? —despabila Amelie— ¿Dijiste algo?
—Hermana. ¿Acaso no me estás escuchando?
—Perdona —musita endeble la menor— Es que tengo muchísima hambre y esa mierda me tiene mal —se toma la cabeza— Creo que tengo fiebre.
—¿Por qué no estás bebiendo sangre?
—¿Ya la probaste si quiera? —hace un mohín de aversión— Es repugnante al paladar. Parece brebaje coagulado de vaca.
—No, no la he probado —se encoge de hombros, despreocupada y satisfecha— Anoche me di un banquete de aquellos.
—Claro —satiriza la rubia, empujándola por el ante brazo— Porque eres una desvergonzada y una suelta. No puedo creer que te estés alimentando de un ser tan bajo como lo es un hombre lobo.
—Uy…ustedes siempre con sus cosas sanguinarias —se mofa Emilie, bosquejando una expresión nauseabunda— Para que te enteres, ese "hombre lobo" me encanta. Es más, lo amo. Estamos enamorados.
—Que ingenua eres —Amelie aprieta los labios, bastante preocupada por la sanidad mental de su compañera— El amor ni existe.
—Tanto leer te ha quemado las neuronas —comenta despiadada la mayor— Si dejaras de estar tan ensimismada en tu mundo de fantasía, saldrías a ver que hay un sinfín de especímenes muy atractivos ahí afuera. Y los licántropos como tal…—le guiñe el ojo— son una especie caliente de primera.
—No, gracias —niega, insustancial— Prefiero coger con un humano antes que con uno de esos.
—Bueno, ahí tienes a uno —Emilie apunta con la mirada hacia Colt Fathom— Ve. Cógetelo. Te lo regalo. Puaj —tiembla.
—Chistosita —su gemela le saca la lengua en respuesta.
—La cena, está servida —anuncia el mayordomo.
La familia Graham de Vanily se ha especializado en el arte de la hipocresía y la mentira. Todo esto, para ocultar su verdadera naturaleza. Para mostrar cortesía y avenencia con la corte, simulan comer lo que un simple mortal hace. Se les da muy bien esto del engaño y las relaciones interpersonales. Han preparado un banquete especial para sus invitados, pues pretenden anunciar el compromiso formal de los dos jóvenes burgueses. Fingen degustar con maravilla los alimentos. Platican un rato, se halagan, se tiran escuetos tratados de economía, dialogan de política, religión y menudencias sin importancia.
Luego del postre, Colt y Emilie son dejados aparte en una de las habitaciones de la mansión. Todo esto, para que se conozcan mejor entre sí. En compañía de uno de los chaperones de la casa. El ambiente es denso de respirar. A todas luces, Emilie lo detesta. Y el, haciendo amago de escueto intento de cortejo, se esfuerza. Pero no da frutos. Literalmente, le han dado el corte cada vez que tantea el terreno. Se torna una situación frustrante y a la vez muy vergonzosa para el varón. Obligado por el machista autoritario de su padre, debe doblar los atrevimientos con preguntas sacadas de tono. Sin resultado. Casi al expirar la noche, Emilie se cabrea. Ya no soporta ni un minuto mas fingiendo estar cómoda con su presencia.
Abusando de su personalidad altanera, intrépida y pueril, maquina un plan en su mente para en definitiva hacerlo desertar. Después de todo, no tiene nada que perder. Vendrán otros estúpidos mas a coquetearle y ella, repetirá la dinámica hasta que se aburran y la dejen en paz.
—Lady Emilie —murmura Colt, soltándose la camisa por el borde del cuello— ¿Le gustan los caballos?
—¡Oh, si! ¡Claro que me gustan!
—¿De verdad? Genial. Por fin hemos congeniado en algo —piensa el joven, esbozando una sonrisa sutil— Pues…verá. Yo tengo muchos en casa. ¿Le parece si un día de estos usted y yo-…?
—Pero…—insinúa la rubia, clavándole una mirada insinuante de morbosidad— ¿Sabes que es lo que más me gusta?
—Eh…—traga saliva— ¿Qué es?
—¿De verdad quieres saber? —aparenta inocencia— Es que tengo gustos muy refinados
—Si…si quiero…—asiente.
—Bien, acércate…—lo llama con el dedo.
—¿Así?
—Un poco más…
—¿Así…?
—Así…—Emilie sisea en su oído, relamiendo el lóbulo de este con lascivia— Me gusta chuparle la sangre a varones estúpidos con mentalidad tan chica, como sus penes. Así…como tu —agrega, mostrándole sin premuras sus colmillos totalmente expuestos— ¿Te has enterado, Colt? Yo-soy-un-vampiro. Y me voy a comer tus tripas y corazón, hasta que quedes seco como una momia, para luego embalsamarte y dejarte de trofeo en mi salón —ríe, re normal.
—¡¿QUE DEMONIOS?! —chilla Colt, espantado.
El joven conde se ha aterrado a mas no poder con tal declaración. Sin animosidad de cagar la noche, de un solo brinco da cuatro pasos hacia atrás, con el rostro anémico cual cadáver. Se lo ha creído. Pues ha visto esos colmillos a todas luces, tan claros como la luz de día. Emilie rompe en carcajadas que literalmente le sacan lagrimas a mas no poder. Se aprieta el estomago y se golpea los muslos, llamando la atención discutible de los adultos en el comedor.
—¡Estás loca! —grita Fathom, apuntándola con el dedo— ¡Eres un monstruo!
—¡BOO! —Emilie lo vuelve a asustar.
Su pretendiente sale disparado por el pasillo en dirección desconocida, indiscutiblemente despavorido. Su padre no entiende un carajo. A diferencia de los Graham de Vanily que asesinan a su hija con la mirada. Ella en cambio, impávida, se encoge de hombros haciéndose la desentendida. No entiende. Es una inocente y bella criatura de dios en un jardín de demonios malitos.
—¿Qué? —examina la rubia, entre risas juveniles— Me parece que al Conde le ha sentado mal el brandy, madre~
—Emilie…—su progenitora niega con la cabeza, decepcionada de su comportamiento— ¿Por qué no me extraña…?
—Upsi~ —saca la lengua.
Colt Fathom acaba la carrera de socorro en la bodega de la mansión. No entiende como carajos llegó ahí. Pero le vale madres. Mientras mas lejos de la chica loca esa, mejor. Se halla de un momento a otro entre toneles de vino y muchas botellas de whisky añejadas en roble. Solo para intentar recobrar el aliento, se toca el pecho y a duras penas se recompone. Le parece una pesadilla. ¿Acaso toda la familia Graham de Vanily está desquiciada? Bajo ningún punto de vista se comprometerá con esa mujer. Y a primera hora de la mañana, ira a contarle a toda la ciudad de su horrenda historia. Se siente deshonrado, ultrajado y bastante pasado a llevar. ¿Acaso le están tomando el pelo? Inaceptable. Para cuando finalmente se logra calmar, se ve tentado a salir del cuartito. Pero es interceptado por una silueta delictual, que brilla en la oscuridad con dos ojos cobrizos.
Del susto, retrocede. Su espalda da contra uno de los toneles, sin poder escapar.
—¡¿Quién anda ahí?!
—Uy…cálmate, don juan —manifiesta Amelie, con actitud misteriosa— Solo vine por una botella de whisky.
—¡T-tu! ¡Tu eres la gemela de esa mujer! —chilla Colt, amenazante— Tienes el mismo aspecto. Pálido, ojos impávidos y caminar errante. ¡Eres un vampiro! ¡Como ella! ¡Como todos!
—¿Qué dice este tipo? —Amelie se para delante de él, anonadada— ¿Cómo es que sabe de nuestra naturaleza? No puede ser. ¿Acaso la estúpida de mi hermana le dijo? Joder, Emilie…—exhala, totalmente exhibida por la verdad— Bueno, una lastima que te hayas enterado de esa forma tan burda.
—¡¿Co-como dices?!
—El conducto regular es que te hubieras casado con mi hermana —explica, sosa en su tono de voz— Para que luego ella te convierta en uno de nosotros.
—¡¿Convertirme en uno de ustedes?! —protesta, furibundo— ¡Jamás! ¡Son hijos del diablo!
—Ay, por favor —rueda los ojos, sarcásticamente— El diablo no es tan guapo o inteligente. No me ofendas así —da un paso hacia adelante— Anda, cálmate ya. Será mejor que te largues y olvides lo que-…
—¡Atrás!
Colt ha agarrado un botellón de vino. Lo revienta contra la pared y la amenaza con el filo del vidrio roto. Tiembla, desconcertado y atormentado por la verdad. Pero aquel acto solo le parece más y más ridículo a la hija del matrimonio.
—Maldición, Fathom —rezonga Amelie, observando como el brebaje se derrama por el suelo— ¿Te das cuenta de lo que acabas de hacer? Ese es un Cabernet Sauvignon francés del 50. Te costaría una vida beber eso. Es invaluable.
—¡¿Y tu crees que ahora mismo me importa esta mierda?! —refuta Colt, estirando el objeto corto punzante— ¡Ni te acerques! ¡Un paso más y te mato!
—¡Jajaja! ¡¿Tu?! ¡¿Matarme?! —se mofa la rubia— No seas ridículo. Hacen falta mil hombres para que tu y-…—se congela al instante— ¿Qué es ese aroma…?
Colt se ha cortado con el mango de la botella. Parte de su sangre, ahora escurre diluyéndose con el vino. Acaba de sentenciarse.
—¿Qué…te pasa…? —pregunta, aterrorizado.
—Niño…—Amelie oscurece en el crepúsculo noctívago de la bodega— Eres muy estúpido y yo, tengo muchísima hambre. Y esa, es una pésima combinación ahora para ti.
—¿Qué estás-…?
No le dio tiempo ni si quiera para dar una queja o protesta más. En un abrir y cerrar de ojos, la menor de la familia le ha arrebatado el trozo de botella, estrangulándolo contra la pared. No hay fuerza humana que le haga frente a la indómita potestad de un vampiro hambriento. Habrá sido casualidad del destino o una tormentosa y fortuita coincidencia. Pero ahora mismo, ya no hay nada que lo pueda salvar. Amelie está al borde de la inanición y acaba de cavar su tumba en el proceso.
—Perdóname…esto…está prohibido…
Sus colmillos se hincan violentamente contra la yugular de su cuello, succionando desde la misma vena aorta de esta. El deseo primitivo de saciarse la ha consumido por completo. Colt se resiste, pero al cabo de unos segundos, el forcejeo se reduce a nada, bajando los brazos. Amelie Graham de Vanily se alimenta de él, bebiendo litros y litros de sangre sin poder detenerse. Curiosamente, la hemoglobina de este sujeto le parece sumamente atractiva y deliciosa. Casi como un banquete de los dioses. ¿Qué tipo de liquido está absorbiendo? No se parece a nada que haya probado antes. ¿Qué es? No es inglés. No es francés. Es comida de primera. Es pujante, ferviente, ancestral. Se ha vertido en un cumulo de pensamientos y sensaciones que no logra distinguir. ¿Acaso es…?
—Ah…
Un ligero, indoloro y efímero quejido se escapa de su víctima. Lo que provoca que automáticamente se detenga de empellón y lo suelte. Da un paso hacia atrás, obsesa por lo que ha experimentado. Un poco mas y lo mata, dejándolo sin una gota encima. Pero el no haberlo hecho y permitirle vivir, solo genera que su veneno lo inyecte de vida. Un error, que hasta el ultimo de sus días se arrepentirá.
—Mierda… ¿Qué acabo de hacer? —recula la inglesa, limpiándose los labios con el dorso de su mano. La transformación es inevitable. Su presa se retuerce en el suelo, atacado por la facultad que su naturaleza le brinda— Aun estoy a tiempo de matarlo. ¿Qué hago? ¿Lo mato? Carajo…mierda. ¡¿Qué hago?!
—Maldita…sea…—rezonga Fathom, asfixiado en el suelo— ¿Qué me acabas de hacer…? Argg…duele…
—¿Qué demonios eres…? —protesta Amelie, enardecida— No eres ingles…
—Soy…norteamericano —masculle entre dientes, mientras se retuerce en el suelo de dolor— Hija de puta…¡¿Qué me hiciste?! Yo no-…—se compunge.
—¿Americano? —la teja le cae en la cabeza como un balde de agua fría— Con razón. Su sangre es mitad inglesa mitad nativa. No te la puedo creer. Es…exquisita…—tiembla, estupefacta— Colt…perdóname. Yo no-…
Muy tarde. El chico no se ha muerto, para muy a su pesar. Por el contrario, ha revivido como un jodido zombi escarbando con las uñas desde la tumba. Al rato de unos momentos, los espasmos finalizan y aquel varón, hijo del conde Fathom renace de las cenizas, como si nada hubiese pasado. Ahora…transformado en un glorioso vampiro joven, hermoso y lozano; se levanta del gélido suelo vigoroso. Tanto, que ni el se lo llega a creer. Se mira las manos, los pies, se toca la cara, se palpa los brazos. Ambos cruzan miradas silenciosas y en pocos segundos, toda certeza se viene abajo. Ya no hay nada que puedan hacer. Los dos, han sellado el futuro que les aguarda con remordimiento y culpa.
—Conde…—Amelie se cubre la boca, horrorizada.
—Vaya…—Colt expresa una sonrisa jovial, haciendo abandono de toda duda— No es tan malo después de todo.
—No. Espera. Esto es un error. Yo no-…
—Cállate —la interrumpe con potestad— Eres más estúpida de lo que pensé. Incluso mas que tu hermana.
—¿Qué mierda? —junta el entrecejo, ofendida— Óyeme. Será mejor que-…
—Será mejor, por tu bien y el de tu familia —revela con soberbia. Algo muy digno de los de su especie— cierres la puta boca y me obedezcas.
—¿Disculpa?
—Por unos momentos, pensé que tendría que pasar mi vida entera al lado de una mujer loca que me odiaba —se mofa, con maquiavelismo en su mirada— Pero parece que me equivoqué de gemela.
—Estás loco —da un paso hacia atrás, horrorizada— Este hombre…es malo…
—No. No soy malo —confiesa Colt, acariciando su mejilla derecha con falsa modestia— Y claro que ahora puedo leer tu mente. Ahora entiendo todo. Que gracioso —se ríe— Uy… ¿Eres virgen, Amelie?
—¡No te atrevas a indagar en mis pensamientos, maldito! —protesta, furiosa. Intenta golpearlo, pero el ataja su muñeca— ¡¿Por qué tiene tanta fuerza?!
—Y no solo tengo mucha fuerza —sentencia, relamiéndose los labios— Tengo también muchísima hambre. Anda, dime. ¿Cómo funciona esto? ¿Qué viene ahora? ¿Puedo chuparte la sangre? Me muero por probarte...jeje…
—…
Ni la reina ahora me puede amparar…
[…]
—¡¿Qué hiciste, que?! —chilla Emilie, espantada.
Reunión incomoda y familiar a las 4:20 de la madrugada.
—Eres una descuidada —le regaña su padre, ofuscado.
—Ya basta —interviene la madre, sosegando la ira de su marido— Cariño, no es momento para lamentarnos. Veámosle el lado positivo a esto ¿Sí? Después de todo, al parecer…—mira a sus descendientes, con melancolía— nos equivocamos de hija.
—¡¿Qué?! —Emilie se desfigura.
—Madre…padre…—Amelie se deja caer en sus rodillas, entre lagrimas y sollozos incautos— Les juro que no quería que esto pasara…
—Pero pasó —espeta el varón— Y dadas las circunstancias precarias por las cuales pasamos como familia, es imperativo que la relación con ese muchacho continue como corresponde.
—¡¿Disculpen?! —vuelve a protestar Emilie, colérica— ¡No! ¡Mi hermana no tenia nada que ver con esto! ¡Ella ni si quiera ama a ese hombre horrible!
—Ya no es un hombre, Emilie —sentencia su progenitora, con actitud agria— Y por lo demás, arregló el problema que tu misma nos ocasionaste. No tenias ningún derecho a rechazar al conde.
—¡Pero si no lo amo, joder!
—¡Emilie! —reclama la mayor— ¡Cuida tus modales, jovencita!
—¡¿Qué me importa?!
—Cállate ya, niña malcriada —esboza el señor Graham, dándole una bofetada digna en el rostro. Instantáneamente, la rubia guarda silencio— ¿Cómo puedes ser tan pueril en tu actuar y no darte cuenta de las cosas? Madura, por favor. Ya no tienes 10 años. ¿Acaso no ves por los tiempos que pasamos? Los vampiros no vamos en aumento. Estamos en decadencia, en un mundo donde cada día nos coartan y olvidan más y más, segregándonos —agrega con altivez— Mira por lo que hemos tenido que pasar. Fingiendo ser "normales". Viviendo vidas que no son nuestras. Consumiendo comida humana. Bebiendo sangre de animales. ¿Te parece poco?
—No…no me parece poco —reclama Emilie, desconcertada con su discurso moralista y arcaico— Pero endosarnos a nosotras la responsabilidad de una década de decadencia, me parece terrible —se defiende como puede— Nosotras no tenemos la culpa. Y cargar con el peso de la irresponsabilidad de otros es…
—Esos "otros" como los llamas tú, son tus ancestros —explica su madre, compungida— Son tus tíos, tus abuelos, tus sobrinos.
—Incestuosos todos —gruñe la hija mayor, con aborrecimiento— ¿O debo recordarles que ustedes dos son hermanos?
Silencio sepulcral en el ambiente. Todos han enmudecido. Ha sido la revelación más fuerte, pútrida y real de todas. Lo que para las gemelas es un alivio de por fin declarar, para los adultos ha sido un agravio que no tiene nombre. Emilie es automáticamente castigada por sus palabras, siendo apartada de toda clase de reunión familiar o conveniente arreglo. Confinada, a vivir en el olvido por ser una vampira indigna. Pero que, en el fondo, no la enorgullece menos. No siente culpa de haber dicho eso, porque es la pura y llanamente verdad. Y ella, busca romper con la tradición que la acomete sin ser suya.
Las represalias de aquella actitud rebelde repercuten en la sanidad mental de la familia Graham de Vanily. A partir de ese momento, Amelie y Emilie son separadas de cuajo. La mayor, ha sido enviada a dormir sola a una habitación. La mas remota de todas. Y Amelie, se ha mudado por orden de sus padres a una mucho mas cercana, con la esperanza de que sea la única que cumpla con sus obligaciones. A diferencia de su hermana, ella no chista ni reclama su mal aventurada decisión producto del hambre mas instintivo de todo.
Ahora, Colt Fathom es un vampiro. Uno de su raza. Y por conveniente de la gracia que lo precede, ya que la primogénita ha deshonrado a la familia, le toca a la menor. A ella cargar con el peso de sus actos. ¿Y Amelie? Amelie…no objetará nada. Amelie es Amelie. La menos inmiscuida de todas, se compromete con el conde Fathom y finalmente, con el amargor de su alma, acaba casada con él en un matrimonio arreglado que él, aprovecha para tomar ventaja al fin. Fue una boda amarga, sobria, lúgubre y poco amena. En la cual, la única que no asistió por desmedro propio fue su hermana, Emilie. La muerte no existe para los vampiros así que… ¿Qué solución hay para este entuerto? Ninguna. Solo bajar la cabeza y seguir ordenes servilmente.
—Desvístete —demanda Colt, con frialdad.
—¿No puedes ser mas amable al menos en pedirlo? —murmura Amelie, sobre la cama— Al menos…has que sea algo agradable.
—¿Y que quieres? —rezonga su marido, girando los ojos— ¿Qué te haga el amor o algo así?
—Podría ser ¿No?
—El amor no existe, mujer —sentencia Colt, abriéndole las piernas con salvajismo— Tu misma lo solías decir. Ahora cumple con tus deberes.
—¿Y esos cuales serías? —desvía la mirada, totalmente ultrajada— Ilumíname.
—Dame un hijo —demanda con autoridad— Y mas te vale, que salga sano. O te arrepentirás de haberme mordido esa noche.
¿Puede un vampiro tener alma? Es la pregunta que Amelie se hace, mientras es literalmente violada por el que se supone, sería su marido de ensueño. ¿Qué clase de vida es esta? ¿Qué puede una persona hacer al respecto? No hay espíritu. No hay corazón. Pero si mucha infelicidad y amargura.
No hace falta…concebir en este estado. Ojalá ser una roca. Ojalá ser aire. Y que el etéreo mismo me lleve al infierno. Ojalá nunca darte nada, infeliz. Para que sufras por siempre en soledad y tortura, de ser un hombre maldito y horrible.
15 de noviembre de 1888.
—¿Qué haces, hermana? —Amelie se paraliza en el pasillo. Su gemela carga una maleta, una mochila y dos pilchas prendidas— ¿Te vas de viaje?
—Me voy, Amelie —confiesa Emilie, con el pesar en sus ojos— No puedo seguir en esta casa y esta horrible vida de ver, como te has llevado todo el peso de mis pecados.
—¡Espera! —la detiene, sujetándola de los hombros. Dos lagrimones se deslizan por sus mejillas— Hermana…no ha sido tan terrible. De verdad, puedo soportarlo. Pero solo lo haré si tu estas a mi lado. Por favor…—ruega— no te vayas. No me dejes sola…
—No puedo quedarme, hermana…—revela la rubia, con los orbes humedecidos en angustia. No le queda de otra, que revelara las verdaderas intenciones de sus acciones— Estoy…embarazada.
—¿Cómo dices? —se espanta— Dios mío… ¿Y el padre? No me digas que es…
—Amelie, esto se veía venir —manifiesta la ojiverde mayor, esbozando una sonrisa cándida— Llevo años, años…queriendo esto.
—¿Querías embarazarte para irte de casa?
—No —desvía la mirada, abochornada— Pero si quería ser madre. Es que…no lo entenderías, vamos. Gabriel lo es todo para mí. Y tu siempre me decías que el amor no-…
—Perdóname. ¡Perdóname! —la abraza de vuelta, apretujándola contra su pecho— Nunca debí decir eso. Cuan importante es el amor en la vida de la gente…no llegué a verlo. Pero, por favor. No te vayas. Podemos juntar sobrellevarlo. Si tu…
—No, Amelie —niega con la cabeza, derrotada— No se puede. Gabriel…es un licántropo. Temo que el hijo que llevo en mi vientre no sea como nosotros.
—Eso no lo sabes, hermana.
—No. No lo sé. Pero…—asiente, orgullosa de su misma falta— espero que si lo sea.
—¿Qué dices…?
—Ruego al universo de que no salga vampiro. Lo deseo —revela, sin tapujo alguno— Y merezco desear. ¿No crees?
—Eres buena, Emilie…—murmura Amelie, afligida— Mereces todo lo que pidas. Pero ¿Qué buscas realmente?
—Dejar atrás esta manipulación —aclara— Y que por libre albedrio, mi hijo o hija decida.
—¿En verdad piensas así? Estamos atados sanguíneamente a seguirnos a todas partes —le advierte, atormentada— Emilie…hay una alta probabilidad de que-…
—Ni lo digas —la intercepta, negando aquello— Ya no digas más. Ni lo manifiestes.
—Emilie ¿Qué demonios haré sin ti?
—Seguir fuerte y vivir por mi —asiente, orgullosa de su hermana. Junta su frente con la suya y sonríe— Jamás te dejaré de escribir. Volveremos a vernos. Lo prometo. Te seguiré de cerca ¿Sí?
—Si…—acepta con hidalguía, dándole la razón— Buena suerte, Emilie…
—Te amo, hermana. Te deseo suerte para que tengas fertilidad.
—Y yo a ti —declara Amelie.
Emilie no se fue de casa. Ella huyó, literalmente. Con todas sus letras lo hizo. Ella lo llamaba valentía. Pero fue el miedo lo que la impulsó a tomar esa drástica decisión. Con la convicción de una madre que llevaba por dentro a una célula consciente de crecer con fervor. Los Graham de Vanily no hubieran aceptado tal aberración, como lo llamaban ellos. La hubieran obligado a abortar o algo peor. Acabó casada con Gabriel Agreste. Y emigró a Francia. El clan Agreste, era licántropo. Y bien era sabido que esa raza era predominante en gametos para engendrar hijos mestizos o al menos, de su estirpe. Se fue un verano lleno de sorpresas. Ya que a las dos semanas de abandonar el nido y tras desear buena fortuna, su hermana gemela descubrió una mañana que también estaba en cinta. Aunque para Amelie no era mas que un acuerdo comercial, lo aceptó y consintió con las reglas de su prole que así fuese. Fue cuidada como una joya invaluable, hasta el día que parió.
A diferencia de su hermana, quien a todas luces había concebido a su retoño con amor, pasión y de seguro era perfilada con respeto, Amelie sufrió el desprecio, la soledad y el desamor mas puramente cruel de Colt y sus padres. Un vampiro en cinta es tomado con tanta moderación, que los aíslan de la sociedad. Su sed aumenta el triple de lo normal y su temperamento irascible las vuelve una maquina perversa de asesinatos en masa; que por supuesto no podían permitirse si querían vivir en la civilización.
Curiosamente o como una cosa del destino, el mismo día que ella trajo al mundo a su sucesor, fue el mismo día que su gemela lo hizo. Un paralelismo mágico que de pocos entendidos se comprende. De la misma forma que ellas vinieron al mundo, lo hicieron sus hijos. Y tal cual como se providenciaba, dos niños varones. Idénticos en apariencia, distintos en alma y sentimientos, pero con partos no de segundos, si no de horas. Félix nació una hora mas tarde que Adrien, convirtiéndolo automáticamente en el primo hermano menor, el mas desvalido, pero no menos fuerte. Los dos abrieron los ojos por la noche, un 10 de julio de aquel año. Y crecieron por separado sin llegar a conocerse entre sí.
Adrien Agreste fue entrenado para ser un hombre lobo de tomo y lomo. Como era de costumbre, fue separado de su madre alrededor de los 5 años, para ser instruido por su padre en las artes de como vivir su vida siendo un cambia pieles, disolviéndose con la noche. Con 15 años a cuestas, su temperamento se había fundido ya en un lozano jovencito propenso a las demostraciones de cariño, la familia como núcleo palpitante, las fiestas desenfrenadas y la voracidad sexual de un ferviente amante. Apasionado por las muchachas francesas de la bohemia nocturna, Adrien era todo un don juan para quienes llegaron a toparse milagrosamente con él. O quizás…era al revés. Ya que había desarrollado un agudo olfato instintivo para cazar chicas hermosas. Se embelesaba con frecuencia de ellas. Sobre todo, de las que no eran de su raza.
Este comportamiento poco decoroso, fue combatido por Gabriel; quien por esos años se había vuelto un verdugo de lengua afilada y miradas frías como el hielo. Emilie era la única de los dos que le consentía sus fechorías y andanzas, provocando peleas campales entre el matrimonio, dividido en varias ocasiones por la falta de paciencia y comprensión que manejaba el licántropo.
Paris, Francia. 1902.
—¡Esto es inaceptable! —berrea Gabriel, golpeando la mesa con ambos puños— ¡¿Cuántas veces te he dicho que no puedes mezclarte con los humanos?!
—¡Es injusto, papá! —chilla Adrien, frunciendo el ceño con ira— ¡¿Por qué tu si puedes salir con gente que no es de tu raza, pero yo no?!
—Si lo dices por tu madre, eso está mas que hablado —espeta el Agreste, mirando a su mujer— No es lo mismo, Adrien. Emilie es un vampiro. No es una corriente, vulgar y ordinaria humana.
—¡Pero a mi me gustan las humanas! —reniega su hijo, mostrando los colmillos como un perro rabioso— ¡Me gusta la raza humana! Son…cálidas, tiernas, amorosas. Se preocupan por el bienestar y porvenir del mundo.
—Lo dices como si nosotros tampoco hiciéramos lo mismo.
—Tu…—desvía la mirada, hastiado por el calibre de la conversación— eres muy salvaje…
—¡¿Cómo me llamaste?! —su progenitor alza la mano, dispuesto a golpearlo.
—Cariño —intercepta Emilie, fulminándolo con la mirada— No te permito esto. Detente ahora mismo.
—¡Deja de consentirlo, Emilie! —farfulle el peliblanco, endosándole la responsabilidad a su esposa— No puedo creer que avales esta idea absurda de amor idílico por esa especie tan inferior. ¿O acaso vas a negármelo? —su cónyuge calla de golpe, apretando los labios— Adelante, dile la verdad a tu hijo. Explícales que son para ti los humanos. Porque hasta donde yo sé, solo son alimento.
—Sabes muy bien, que dejé de alimentarme de ellos desde que me vine a vivir contigo —rezonga la rubia, frustrada— Yo hice un pacto. Hace mucho que vengo consumiendo sangre de animales. Y lo hice, precisamente por lo mismo —mira ahora a su retoño, con melancolía— Lo hice por una buena causa…para que Adrien no tuviera que vivir con el peso de una vida que no es suya. El es un niño de bien. Merece amar a todas las especies por igual, sin verlas como ganado. Incluso si es un licántropo —sus orbes esmeralda se repletan de lágrimas, acongojada por la revelación— Estoy cansada de que siempre discutan por lo mismo. Mira el precio que tuve que pagar, Gabriel. Hace años que no veo a mi familia, a los de mi estirpe. No sé nada de mi hermana…
—No debería afectarte tanto —comenta su esposo— Son vampiros. No les va a pasar nada. Básicamente son inmortales.
—Lo dices como si no existiera una institución religiosa que nos cazara —junta el entrecejo, ofendida— Deja esto. Se acabó el tema. Adrien crecerá libre y sin ninguna idea ridícula de sometimiento. El es un cachorro apenas —Emilie se aproxima hacia su hijo y lo abraza con ternura— Y por lo demás, es nuestro único hijo. Hay que respetarlo.
—Gracias…mamá —musita Adrien, correspondiendo su gesto con la misma dulzura. Se aferra a su pecho— Tu eres una buena madre. Aunque muchos digan que los vampiros son seres despiadados y sin corazón.
—Bueno…técnicamente no tengo latidos —bufa la Graham de Vanily, bosquejando una mueca divertida— Pero eso no quiere decir que también lo lleve al ámbito sentimental. Claro que tengo sentimientos. Y a ti, te amo con todas mis células. Jamás lo dudes. Siempre tendrás mi apoyo —besa su frente.
—¿Eso significa que me dejarás al fin conocer a mis parientes ingleses?
Silencio sepulcral en el aire. Un incomodo momento se ciñe entre los tres. Gabriel opta por cruzarse de brazos, alzando una ceja con suspicacia. El muchacho lo viene pidiendo desde un tiempo a esta parte y con cada día que pasa, su terquedad lo impulsa a exigirlo con más potestad que nunca. Emilie Agreste exhala derrotada, tomando el mentón de su hijo para mirarlo a los ojos con la total transparencia que le significa.
—Ya lo hemos hablado, Adrien —murmura— Tu sabes lo que opino de esto. No es buena idea.
—Por favor, mamá —insiste Adrien, aferrándose a sus brazos con desesperación— Tu misma dices que tengo derecho a ser libre de decidir lo que quiera. Y yo de verdad me muero por conocerlos. Siempre que hablas de ellos, me convenzo mas y mas de que son gente increíble.
—Adrien…mi familia es-…
—Ya sé lo que son —interrumpe— Son vampiros. ¿Pero y eso que?
—Y tu no lo eres, mi amor —Emilie redunda en lo mismo, acariciando sus mejillas rosaditas con sus dedos— ¿Olvidas el por qué me fui de casa?
—¡Pero son familia! —añade jubiloso el menor— Dices que tienes una hermana gemela. Idéntica a ti. ¿Cómo no querer conocerla? A ella. A mis abuelos, a mis tíos. Encima son británicos. Por acá dicen cosas buenas de ellos. Dicen que son muy educados y estudian mucho.
—Adrien…yo-
—¡Por favor, mami! —repite una vez más, gesticulando un puchero inocente— Dales una oportunidad. Si quieres, ven conmigo. Vamos juntos.
Emilie mira a Gabriel. Ambos cruzan miradas furtivas y asienten al unísono, como si se hubieran dicho algo con la mente. Adrien ya no tiene 2 años. Suena contradictorio continuar negándole tal acto de obvia modestia.
—Déjame pensarlo esta noche ¿Te parece? —comenta la británica, esbozando una sonrisa fluvial— Mañana te daré la respuesta.
—¡Si! ¡Claro que sí! —el pequeño Agreste apretuja a su progenitora con fuerza, retirándose contento— ¡Gracias, mamá! ¡Si dices que sí, no te arrepentirás!
—…
22:30PM. Habitación matrimonial de los Agreste.
La señora de la mansión peina su cabello sentada sobre un tocador, que claramente no tiene espejos porque no se refleja. Su marido hace ingreso al cuarto, como si hubiese llegado de vuelta de una guerra. Se profesa tan agotado como ella, pero con claras intenciones de hablar sobre el tema. Pues, aunque lo siga negando, también le preocupa el cómo se ha desenvuelto su relación hasta ahora. Se arrima por la espalda y toca su hombro con lentitud.
—Emilie ¿Podemos ser sinceros? —susurra Gabriel, con voz templada.
—Siempre he sido sincera contigo —responde la rubia, depositando su peine a un lado— Y aunque te lo explique un millón de veces, sigues sin creerme.
—Solías decir que temías por la vida de Adrien. Que los vampiros son peligrosos, que se llevan mal con los de mi especie, que podrían atacarlo —explica el Agreste— Pero el ya no es un "cachorro" como lo dices tu. Es un hombre ya. Le hemos enseñado absolutamente todo lo que estaba a nuestro alcance para que se defienda solo. Créeme, si se viera en peligro el-…
—No temo ya por ello —revela al fin la ojiverde, desviando la mirada abochornada— Se como funciona la mentalidad de mis padres. Pero Amelie jamás permitiría que lastimaran a mi hijo. Es su sobrino…después de todo.
—¿Y entonces? —se aventura un poco más, volteándola de la silla— ¿Qué es? ¿Puedes decírmelo ya?
—Gabriel —Emilie le clava los ojos con decisión y muchísima seriedad— ¿Alguna ves te conté, que mis padres son hermanos?
—¿Qué cosa…? —el varón abre los ojos, estupefacto con su relato.
—Tu reacción no me sorprende en lo más mínimo —su esposa se levanta, dando un paseo preocupado por el cuarto; mientras se toca las puntas de su cabellera— No sé si se da en todas las familias de vampiros. Pero específicamente en la mía, Los Graham de Vanily para poder mantenernos "puros", mis ancestros se vienen casando entre familiares para mantener la integridad de su casta.
—Bueno…sí. Me parecía algo así —se encoge de hombros, mas calmado— Imagino que como tu y tu hermana son mujeres, no había manera de que terminaran juntas. Si hubiera sido varón…
—Ni así —niega con la cabeza. Un rubor delatador se apodera de sus anémicos pómulos, mordisqueando su labio inferior— Amelie y yo nos alimentábamos entre nosotras desde pequeñas. Era común y bien visto por nuestros padres, llevar una relación simbiótica de usarnos para suplir algunos instintos.
—¿Te…acostaste con tu hermana gemela? —parpadea, espantado.
—No. Eso nunca —reniega— Jamás permití algo así. Cuando cumplí 10 años, dejé de recurrir a esos métodos y me busqué mi alimento por otros lados. Por supuesto ella lo entendió y no me volvió a pedir algo como eso —añade— Ella es la menor, pero al igual que yo, también aspiraba a otras cosas. No sé si a casarse y formar una familia. No lo creo. Amelie solía repetirme que quería ir a la universidad y estudiar medicina.
—La sociedad británica es muy conservadora —advierte Gabriel— Dejar que una mujer vaya a la universidad suena medio difícil.
—Lo sé. Pero como nuestra familia tenia una posición importante en la corte, ten por seguro que no les habría molestado. Después de todo…ella estaba libre de toda responsabilidad —agrega, penumbrosa con el relato— Se supone que sería yo quien le daría herederos y continuaría el linaje. Amelie era mas bien el hijo de reemplazo. El que toda familia tiene, ya sabes. Como en la monarquía.
—He escuchado como funciona y es bastante nefasto —suspira el licántropo, acariciando la nuca de su mujer— Pero entonces ¿Qué es? Amelie está casada con el norteamericano. Y Adrien no es un vampiro —la mira a los ojos, convencido— No corre ningún peligro. Ten por seguro que le irá bien. Se que he sido duro con él, al no permitirle que se junte con humanos. Pero…los de tu familia no lo son —manifiesta— Además, los Graham de Vanily se portaron muy bien conmigo y mi padre. Nos dieron trabajo y fueron decentes. No creo que hagan nada.
—Tienes razón. No sé a que le tengo tanto miedo —esboza Emilie, mas serena. Besa los labios de su compañero con calidez— Es una tontería nada más…debería permitirle conocer a sus otros parientes.
—Todo estará bien —asiente Gabriel, envolviéndola entre sus cálidos brazos— Ya lo verás. ¿Qué podría salir mal?
¿Qué podría salir…inequívocamente mal…?
[…]
—Haa…haa…—gimotea Amelie, con delicadeza; aferrada al hombre que la hace suya— No pares…Félix…
—Soy Colt, mujer —gruñe su marido, en lo que intenta moverse sin éxito sobre ella.
—¿Eh? —despabila, regresando en si tras percatarse de la verdad de los hechos— Ah. Que aburrido…
—Ghn…demonios —protesta el conde— ¿Podrías al menos mirarme a la cara cuando te cojo?
—Ay, no —desvía la mirada, con actitud impávida y caprichosa, cual niña— Me das mucho asco…
Mansión Graham de Vanily. Londres.
Colt Fathom se levanta de la cama y la deja tirada, sentándose al borde del lecho matrimonial para subirse los pantalones con claros atisbos de frustración. Amelie, haciendo como si nada se acomoda la bata y se retira hacia una esquina, para buscar algún libro interesante que leer y pasar la velada; sobre su gran estante.
—Con una mierda, Amelie —reclama el hombre— ¿Qué no te das cuenta que debo darte un hijo o van a colgarme de las pelotas?
—Ya te di uno —murmura descuidada, cogiendo un texto— Ah, este me gusta mucho~
—¡No es suficiente! —berrea su marido, colérico— Tu padre no deja de preguntarme día y noche cuando le daré más herederos a esta jodida familia. Me tienen harto. ¿Sabes por la presión por la cual estoy pasando?
—Pobrecito…—musita, burlesca. Acto seguido, se regresa a la cama y se recuesta a leer su libro— Búscate alguna prostituta por ahí y dales lo que piden. A mi no me molestes más.
—¡¿Y donde mierda voy a sacar una prostituta que sea vampiro?! —vocifera enardecido.
—Shhh…Colt, por favor —lo regaña la fémina— Estoy leyendo. No me interrumpas.
—Púdrete, maldita cría —rezonga Colt, saliendo por la puerta del cuarto. Se ha topado de frente con el mayordomo de la casa, quien lo mira impávido— ¡¿Y tu que me ves, cara de puerco?!
—¡Ah! —el varón se horroriza, haciéndose a un lado— Dis-disculpeme lord Fathom. Es que, Félix…acaba de llegar.
—¿Qué? —Amelie brinca de la cama, con los ojitos brillosos de júbilo— ¿Mi duque ya volvió? ¡Qué bien! —corre a vestirse— ¡Prepárale un baño! Llama a las criadas, diles que limpien su cuarto, rápido.
—Como ordene, Lady Amelie —asiente obediente el hombre.
—¡Tsk! ¡Eso es! ¡Claro! —chilla su cónyuge, agraviado— ¡Ve! ¡Corre a los brazos del mocoso afeminado de tu hijo! —la ve pasar por su lado, sin si quiera prestarle una pisca de atención— ¡Estás loca!
¿Pero a quien carajos le importa lo que Colt piense? A la mierda. Es que el heredero acaba de regresar a la casa. Y es algo que ahora se celebra con música y un recibimiento condecorado. Félix Fathom brota desde el interior del vestíbulo, portando un desplante brioso, repleto de alta alcurnia y engreimiento. Los sirvientes le reverencian en fila. Uno de ellos toma su sombrero. Otro, le cuelga la chaqueta. Una tercera moza le sujeta su maletín. Hace un paneo incauto por la mansión con la mirada filosa, como quien se encuentra en una expedición por la sabana. Frunce el ceño.
—¿Y mi madre? —su pregunta intimida a los pajes, haciéndolos templar. No se ve de buen humor. Tras no recibir respuesta, inquiere— ¿Son sordos o que, bola de estúpidos?
—¡Mi niño maravilloso! —vocifera Amelie, bajando por las escaleras con ambos brazos abiertos y sonriente— ¡Por fin has regresado!
—¡Mamá! —el semblante agrio se disipa de su rostro, dando paso a una sonrisa infantil que raya en la bipolaridad misma. Ya están acostumbrados a ese cambio de humor tan volátil. Corre a su encuentro y ambos se abrazan cándidos— Ya estoy de vuelta en casa.
—Ya lo veo, mi hijo hermoso —expresa jovial la mayor, besando su nuca y apretujándolo con fuerza contra su regazo— ¿Cómo te fue en el sur? Imagino que debes de estar cansado por el viaje. Hablar con esos campesinos debió ser agotador.
—No son campesinos, madre —aclara Félix, contento— Solo son los trabajadores de la fábrica textil. Pero están muy ensimismados con una idea que no comprendo bien y debo estudiarla. Le llaman "sindicato". No sé qué será.
—Me huele a comunismo —expresa Graham de Vanily, sorprendida con su declaración— Pero ya tendremos tiempo de hablar de ello. ¿Tienes hambre?
—Muchísima…—sisea el rubio, olisqueando el aroma de su progenitora con avidez— No hay sangre que se compare a la tuya.
—Ven conmigo —la ojiverde lo atrae hacia el salón— Mamá te dará de comer.
Amelie arrastra al menor hasta un cuarto de paredes altas y chimenea ardiente. La ama de llaves cierra la puerta tras de sí, permitiéndoles darles un ambiente íntimo, con música clásica de fondo. Ella toma posición sobre un sofá amplio de terciopelo marrón, sentando a su primogénito en sus piernas como si de un bebé se tratase. Con ayuda de sus dedos diestros, desliza su blusa hacia un costado, dejando expuesta la piel tersa y delicada de su cuello, clavículas y parte superior de su busto. Tan solo contemplar aquella porción de desnudez, atosiga a Félix de una sed ferviente que lo sobre estimula en demasía. Sus pómulos enrojecen de golpe, opacando sus pupilas con lascivia y una lujuria errante.
—Se ve exquisita, madre —musita Félix, palpando con sus dígitos la vena yugular de su garganta, hasta acabar su viaje entre sus pechos— No sabe cuanto la extrañe, lady Amelie…
—Y yo a ti, mi duque —susurra excelsa por sus palabras, enredando sus dedos en las hebras doradas de su hijo— Toma la parte que quieras.
—Aquí…—sisea Fathom, desgarrando la prenda con delicadeza— Quiero beber de tus pechos.
—Como cuando eras pequeño —expone Amelie, orgullosa de su petición— Todos tuyos…—baja el brasier.
—Si…—agrega Félix en un jadeo caliente, que muere contra el pezón que sobresale.
Primero y como es debido, lame la zona, probando y tanteando, si está en óptimas condiciones para ser hurtada. De abajo hacia arriba, con la punta de la lengua. Un hilo de saliva se interpone entre ambos, deslizándose suavemente por la parte inferior de aquel botón rosa erecto. Dos colmillos superiores ven la luz, hincándose de lleno en la carne que ahora degusta con deseo.
—Haa…Félix…—gimotea Amelie, cerrando los parpados al instante que es ultrajada— Bebe todo…niño…
El líquido carmesí brota en respuesta a la unión, goteando delicadamente por la comisura de sus labios. La garganta de Félix sube y baja, tragando todo el fluido con un deleite ilustre que lo excita, provocándole una erección reflejo. Como haría una presa, victima de un ataque, su madre instintivamente jala sus cabellos hacia atrás. Y como haría un depredador, Fathom le cubre la boca con la mano para aplacar sus quejidos. Misma, que la mayor muerde también. Ahora, ambos se han fundido en un conveniente banquete feroz. El bebe de ella y ella bebe de él, cual pacto de sangre. Hasta que, tras varios minutos, ambos se profesan colmados, atiborrados de hambre y deseo.
Ahora Félix se encuentra parado frente a un ventanal, limpiándose los labios con una servilleta de género. Amelie hace lo mismo, pero acomodando sus prendas de vestir. Ninguno de los dos hace amago de nada. Es un ritual que llevan repitiendo durante toda su vida. Así que es natural. Pero el hecho de que sea normal, no le quita lo solemne. ¿Cuántos vampiros podrían decir que bebieron algo de esa magnitud? Amelie es una sangre pura. No tiene comparación su sabor. Es consumir el elixir mismo de la vida. A diferencia de él, que lastimosamente es hijo de un converso. Colt Fathom es un vampiro impuro. Y eso es algo, que, aunque no quiera admitir, le ofende muchísimo.
Por lo mismo, evita tocar el tema de su cuna. Entiende que son tiempos difíciles. Los de su especie casi se han extinguido. En sus cortos 15 años, no ha llegado a conocer a ninguna otra sangre pura. Todo indica, que no hay vestigios de otros. No al menos en Inglaterra. ¿Habrá vampiros así en alguna parte del mundo? Se pregunta a diario. Irremediablemente su semblante se desfigura tras dudar de ello.
—¿Qué sucede? —pregunta Amelie, preocupada— ¿No te ha gustado?
—Eso jamás, madre —se defiende su hijo, sonriéndole ladino a través del vidrio— Nunca. Tu sangre es exquisita.
—¿Entonces? —se para y camina hasta el, abrazándolo por la espalda— ¿Qué te tiene así? Te veo pensativo.
—Estaba pensando si realmente somos los últimos, es todo —admite el británico, examinándose las manos— ¿Qué va a pasar?
—¿Con que?
—¿Qué va a pasar si no hay más…como nosotros?
—¿Por qué te preocupas por algo así, cariño? —Amelie le resta importancia, dándole un besito sutil en el pelo y se retira hacia el mini bar— Nadie te está presionando o exigiendo nada ¿Sabes? A diferencia de mí, tú eres libre de hacer con tu vida lo que gustes.
—¿Eso que significa? —Félix se voltea, observando como la mayor sirve dos vasos de whisky— ¿Qué debo quedarme solo?
—¿Cómo que solo? —bufa la rubia, ofreciéndole uno de los tragos para brindar. Chocan sus vasos— Nunca estarás solo, hijo. Viviremos muchos años. Y siempre tendrás a tu madre para acompañarte.
—Si…pero…—desvía la mirada, angustiado— sabes que no me refiero a eso.
—¿Hablas de encontrar una pareja? —insinúa curiosa la ojiverde— ¿Es eso lo que te preocupa?
—No. Bueno…si, quizás —bebe un sorbo— Pero no hablo de un modo tan banal como "pareja". ¿Si me entiendes? Hablo de sentimientos.
—Félix —carcajea Amelie, jovial— ¿Estás pensando en el amor? Ya hemos hablado de eso, precioso. El amor que imaginas como tal, no existe.
—Pero tu me dijiste que tía Emilie —hace una pausa, recalculando lo que dirá. Mira los hielos de su vaso, dubitativo— Se había enamorado de un francés.
—Eso decía ella —se encoge de hombros, también dando un sorbo— Pero vamos, no es algo que crea realmente. O sea, no digo que mienta. Es mi hermana —cruza una pierna sobre la otra con soberbia— Pero tu no conociste a Emilie. Ella era muy… ¿Cómo decirlo? Muy soñadora. Tenia la cabeza llena de aire.
—Me gustaría conocerla algún día…
—Me temo que eso se te va a complicar un poco, mi amor —comenta Amelie, ligeramente angustiada— Emilie huyó de casa. Y dudo vuelva algún día.
—¿Por qué no? —Félix se sienta a su lado. Deja el vaso a un lado y concentra su atención hacia ella— Sigue siendo de la familia.
—Porque se fue con un licántropo —revela Graham de Vanily, bosquejando una mueca endeble— Ya te he contado de ellos. Son hombres que cambian de forma. Son como…mhm…animales.
—¿Cómo que animales?
—Ya sabes, niño —redunda, girando los ojos— Gente desalmada, instintivos, furibundos. Muy recelosos del mundo.
—¿No somos los vampiros lo mismo? —pregunta Félix, anonadado con su relato. Su madre frunce el ceño— Disculpa. No quiero ofenderte. Pero…darles esa categoría. ¿De donde ha salido esta rivalidad? No la entiendo.
—¿Qué te hace pensar que los vampiros y los licántropos somos lo mismo?
—No. No digo que son lo mismo. Pero…—traga saliva, confundido— nos parecemos muchísimo. La única diferencia, es que ellos están vivos. Y nosotros-…
—Estamos vivos, Félix —Amelie lo toma de las mejillas, obligándole a que lo mire— Hey. ¿De donde vienen estos pensamientos tan intrusivos? ¿Te pasó algo en el sur?
—No, no, no —niega febril el menor, levantándose de golpe del sofá— ¡No es eso! Madre, yo-…
—No sé que clases de ideas tengas, Félix —aclara la fémina, con orgullo. Bebe otro sorbo de su brebaje— Pero déjame decirte que no son tan correctas. No te estoy coartando o restándole importancia a tus sentimientos. Pero sin duda las cosas no son así. Nosotros también sentimos.
—Es que yo —revela Fathom, acongojado. Se toca el pecho— No siento nada aquí…
—¿A qué te refieres?
—No late nada…
Su madre calla de sopetón. Es la primera vez en años que alguien cuestiona algo como eso. Vale, tiene razón. No tienen ritmo cardiaco o pulso. Pero ¿Y eso que? No pretende endorsarle ninguna clase de culpa a su hijo. Por el contrario. Posiblemente ha sido influenciado y confundido por toda clase de libros que ella misma le ha permitido leer. Amelie lo abraza con sutileza y lo arropa en su regazo, intentando protegerlo de una verdad cruda que incluso ella misma conoce. Hay un manto oscuro y lúgubre de mentiras y engaños que se ciernen sobre sus cabezas. Muchos mitos y cosas horribles que la gente cree malamente de su especie. Pero no pretende que el cargue con el peso de ello.
—Perdóname, hijo —musita Amelie, adolorida— Si en algún momento te mal inculqué algo malo, te pido disculpas. Yo no creo en el amor de pareja. Pero si creo en el amor. No me mal intérpretes. Y lo digo con certeza porque a ti…—lo mira a los ojos, tomando su mentón con cariño— a ti te amo con mis células. Al igual que a mi hermana.
—¿Crees que algún día…pueda enamorarme, madre? —pregunta, inocente.
—Eres un niño tan sensible, sincero y tímido, Félix —admite la mayor, con lagrimas en los ojos— Que no dudo que sí. Pero…temo que llegues a decepcionarte. El amor es hermoso, pero también duele. Y no sé si es por el hecho de que eres hijo del estúpido converso de Colt o porque yo soy débil de mente, pero…—solloza con padecimiento— tu eres completamente diferente a todos nosotros.
—¿Qué quieres decir con "diferente"? —se abruma.
—Que…—confiesa, entre lagrimas saladas. Lo besa en al frente— Puede que lo halles en la persona menos indicada —se retira— Buenas noches, hijo. Recuerda bañarte antes de dormir y lavarte los colmillos.
—Si, madre…
Félix no ha comprendido las ultimas palabras de su mamá. Se siente liado por un cumulo de preguntas sin respuestas y duda las halle en ella. ¿Por qué de pronto se ve así mismo tan lejos de la realidad? Como si una fuerza superior a el lo empujara a hacer cosas que no están "bien vistas" en el escrutinio natural de la vida. El es un vampiro. No cree que sea realmente algo "correctamente" aceptado, por lo demás. Su propia existencia es un tabú. ¿Pero que más feo que eso podría ser? ¿Ser vampiro y pobre? Eso no. ¿Entonces que es? Esa noche, se da un baño de espumas y se deleita con música clásica. Una vez listo, viste una camisola de dormir blanca y con aroma a algodón inglés que disfruta mucho. Su habitación acaba de ser limpiada. Como le encanta esa sensación puritana. Olfatea el ambiente. ¿A que huele? Son rosas. Divisa una fila de arreglos florales maravilloso. Félix se aproxima al jarrón de margaritas y lo husmea, olisqueando su fragancia. Es delicado y excelso.
—Que rico…
Se pasea por el cuarto y hurguetea entre sus cosas. Abre un baúl antiguo y desentraña una serie de escritos. Algunas son partituras de violín. Otras, son poemas que el mismo ha escrito. Sonríe para si mismo, lozano y jovial. Con expresión delicada se la lleva a la cama y las lee. Abre las paginas de un diario y escribe en él. Algunas páginas, contienen recortes de mujeres en blanco y negro, femeninamente posando para una portada. Graham de Vanily las analiza con detenimiento. Sus ojitos se posan sobre una moza, que lleva un vestido de corte francés, con acabados refinados y un peinado muy altruista. Ríe para sí mismo. Le gusta la moda.
—Vale. Pero este corte de cabello tiene mucha actitud —murmura, con voz delicada— Si yo fuera ella, me lo dejo —da vuelta la pagina a la revista— Esta chica se ve bien —expresa, ruborizado— Que lindos labios tiene…
—¡Félix Fathom! —Colt abre la puerta de sopetón.
Félix se espanta. De golpe, esconde todo debajo de sus sabanas y observa a su progenitor con arrogancia. Lo ha examinado en un dos por tres. Está ebrio, como de costumbre. Y quizás drogado, no lo sabe. El opio ha hecho estragos en Inglaterra. Pero de seguro también jala algunos estupefacientes. Una de las cosas que odia de estar en casa, es la presencia de ese hombre horrible. Para el rubio, Colt es machista, maltratador, abusivo, arcaico y obsceno por lo demás. No tiene respeto alguno por las mujeres. No venera a su madre. Ni mucho menos…a el mismo.
—¿Qué quieres, Colt? —suspira Félix, con desazón.
—Tu…—se tambalea el mayor, apuntándolo con el dedo. Cierra la puerta tras de sí. Lleva una botella de whisky en la mano— Tu tampoco me respetas. Mira…eso…—gruñe— Me miras de la misma forma horrible que tu madre. Esos ojos…llenos de rechazo.
—Natural —protesta su hijo, con nauseabunda actitud— Eres asqueroso, Colt.
—Soy tu padre, mocoso —berrea— ¿Cuándo me vas a llamar por lo que soy? ¡Yo te hice!
—Genial —Félix rueda los ojos con sarcasmo— La única estupidez buena que hiciste en tu vida.
—¿Por qué eres tan malditamente-…? —Colt hace una pausa, notando como su primogénito esconde algo bajo sus rodillas. Su rostro se desfigura, gesticulando una sonrisa maquiavélica— ¿Qué escondes ahí, pequeño enfermito?
—Mierda…—el menor intenta calmar sus pensamientos, pues su padre también puede leerlos ahora. Pero es en vano— Nada. Estás ebrio. Ve a dormir —miente.
—Dame eso.
—¡No!
Félix y Colt se baten a duelo, en una contienda en donde por mayoría de edad y superior poderío, el pequeño pierde irrefutablemente. Colt lo avienta violentamente contra el armario, siendo el menor doblegado a sus intenciones tortuosas. Ha levantado las sabanas y le expone las revistas, su diario y cosas personales que no tiene derecho a indagar. El heredero de los Graham de Vanily enfurece, con la mirada inyectada de sangre. Le muestra los colmillos y le gruñe como un gato engrifado, empequeñeciendo los ojos.
—¡Jiiiih!
—Eres un animal —gruñe Colt, reventando las revistas contra su rostro— Maldito seas, mocoso. Eres mas enfermo de lo que pensé. ¡¿Qué mierda crees que haces?!
—Que te importa.
—Mírate, engendro —rezonga el conde, con odio— Eres una deshonra. Espera a que le diga a tu madre.
—Mi madre ya sabe lo que soy.
—¿Y que eres?
—Un vampiro —amenaza— A punto de matarte.
—¡¿Tu?! ¡¿Tu vas a matarme?! —carcajea salvajemente— ¡JAJAJAJ! Por favor —quiebra el cuello hacia un lado, haciéndolo tronar— Inténtalo.
Mutis. Félix recobra la autoridad de sentirse calmado por unos minutos. Y aprovecha el instante para recuperar sus cosas y pasar por alto el asalto de su padre. Recoge las revistas y las guarda raudo en el baúl. Lo que viene a continuación, no se lo imaginaba ni por asomo.
—Yo te diré que eres —sentencia su padre, empinando el codo para beber un extenso trago de whisky— Eres un maricón.
Félix se descoloca. Es la primera vez que escucha esa palabra. ¿Qué significa? En lo que intenta aclararse, parpadeando, Colt lo engancha del cuello y lo aprieta contra el paredón del cuarto. Ahogado casi al expirar, lucha para zafarse de su agarre vehemente. Impulsivo, le muerde la mano. Pero no logra que su veneno lo paralice. Es un vampiro como él. Para peor, fue mordido por su madre. Es muy poderoso el cabrón.
Tras unos segundos batallando, se da por vencido. Asumiendo hidalgamente su muerte, cierra los parpados. Y murmura finalmente:
—Hazlo…y como mi madre se entere, no amaneces vivo mañana…infeliz…
Colt lo suelta. Automáticamente se ha congelado tras su declaración. Por mucho que esté ebrio o drogado, tiene razón. El niño es intocable. Félix intenta recuperar el aliento a duras penas, mirándolo con los ojos humedecidos de odio y al mismo tiempo, terror. Lo ultimo que sentencia su progenitor lo deja helado hasta la medula.
—No esperaba que Amelie me diera muchos hijos. Es una mujer frígida y estúpida —confiesa el señor Fathom, parado en el marco de la puerta— Pero tampoco esperaba que diera a luz a un afeminado como tú. Félix —lo fulmina con la mirada— Puede que tu madre lo sepa y yo igual. Pero falta que tu lo admitas con inmodestia. Eres una mujer en el cuerpo de un hombre —aclara— Y si bien ella lo pueda aceptar, yo no lo hago. Me das asco —refunfuña— No acepto maricones en mi casa. Como te vea con otro hombre…yo…—sentencia— Te voy a matar —abandona el cuarto.
—¿Cómo que…con otro hombre…? —redunda Félix, estupefacto— ¿Qué le pasa…? Loco desquiciado —se toca el cuello.
[…]
—¡El puerto de Liverpool! —chilla Adrien, ansioso— ¡Mamá! ¡Estamos aquí!
—Tranquilo, hijo…—espeta Emilie, soslayada.
Jueves, 23:20PM.
Ambos desembarcan en costas inglesas, aunque mas entusiasmado el menor que la mayor. Emilie se exhibe amarga y lacónica. No se profesa cómoda ni por asomo. Ya conoce como trabaja su país natal. Son primero investigados por aduana. Pero en cuanto la fémina indica ser parte de los Graham de Vanily, le han dado chance para moverse por el país a gusto. Sea bueno o malo, nada le importa tanto, como ver a su hijo Adrien revolotear por la noctívaga oscuridad britanica. La pone nerviosa, pero no menos altiva a la hora de estar estimulada por posibles peligros que pueda correr su vástago. Un carruaje de puertas siniestras y aire victoriano los aguarda a las afueras del malecón. El chofer desciende y les saluda con grácil sonrisa, pues ha reconocido a la mujer que ahora los visita.
—Jean-Pierre —esboza Emilie, aclarando la voz— Veo que recibiste mi carta.
—Como era de estar previsto, lady Emilie. Hemos tomados los resguardos para que pueda alojarse en una porción de hectárea de la finca —murmura el varón, quien ahora clava su mirada en el incauto Adrien Agreste. Se retrae por unos segundos, estupefacto con la escena— Eh, disculpe. Creí que vendría sola. No mencionó nada en su telegrama sobre-…
—Está bien. Es una sorpresa, lo sé. Su nombre es Adrien. Es mi hijo —advierte Graham de Vanily, juntando los parpados en dejo de suspicacia— Espero pueda contar con tu gentil silencio como de antaño. Antes solías ser un hombre púdico, encubriendo mi romance con Gabriel.
—Lo seguiré haciendo, señorita —reverencia con aires de honor y destemple— Por favor, acompáñenme. Los llevaré a la morada.
Con la última brisa marítima desenvolviéndose sobre sus cabezas, los rubios y el mayordomo de la familia inician su viaje en dirección a los territorios de la ralea. Adrien baja el vidrio para olfatear el nauseabundo aroma de la suciedad londinense, diluido con el perfume de su idiosincrasia. Muchas mujeres hermosas, caballeros indisciplinados, luces flameantes en candelabros carmesí, plazas verdes con pastizales rociados por la bruma, bares, restaurantes, edificios simbólicos. Todo le parece una experiencia deslumbrante. Sobre todo, la arquitectura y el fluido lenguaje que llega a sus oídos. Le gusta el tono en el como se hablan. Parecen ser una sociedad repleta de viejas costumbres, fundidas con el porvenir de la naciente industria a vapor que los años 1900 prometen. Después de todo, se encuentran viviendo en pleno apogeo de la revolución industrial.
Tras una hora de viaje, finalmente se estacionan en el pórtico de la entrada principal. A lo lejos, el joven lobo divisa la fastuosa mansión de los Graham de Vanily, imponente y arquitectónicamente diseñada con galanura. Le cuesta trabajo creer que todo este basto terreno pertenezca solo a una familia. ¿Qué son? ¿Reyes o algo así? Observa a su madre, con la carita llena de dudas. Emilie le regala un beso en la frente y lo toma del brazo.
—Es cierto. Nunca te conté mucho sobre lo que los Graham de Vanily son, aparte del hecho de claro…ser vampiros —murmura la caucásica— En la antigüedad, la reina de Inglaterra solía dar embestiduras de "caballeros" a quienes combatieran en su nombre. Ya que el territorio de Reino Unido era muy amplio para defender bajo su mando, lo separó en Condados, Ducados y Marcas —explica— Así nacieron los Duques, Condes y Marqueses. En recompensa, daba títulos nobiliarios si tenían éxito en sus batallas. Y como consecuencia, mi abuelo recibió uno, convirtiéndose en el protector del Ducado de Wellington. Con ello, el nombre aristócrata de Duque —añade para finalizar— Aunque también hay otros rangos inferiores como Barones, que poseen baronías, por ejemplo. Pero no es tanto de tierras, si no de una casa en particular o una mansión pequeña.
—Wow…—Adrien abre los ojos, anonadado con semejante relato— Siempre me dijiste que tu familia tenía dinero, pero, no pensé que fueran de la realeza.
—No somos de la realeza. La monarquía es una sola —ríe Emilie, jovial— Pero pertenecemos a la corte. Ya sabes, a los que asisten a los reyes. Los Graham de Vanily son aristócratas. Nada más eso.
—Ahora entiendo por qué el mayordomo te llamó "Lady" —expresa satisfecho con su explicación.
—Así es, hijo —esboza la ojiverde, peinándolo con sus dedos— A las mujeres se les trata de Lady y a los hombres de Sir. O de Lord. Dependiente de tu rango.
—¿Y yo que vendría siendo entonces, mamá? ¿Un sir o un lord?
—¿Eh? —Su madre se congela por unos momentos, tomándole gracia a su inocente comentario. Desafortunadamente, no es ninguno de los dos. Ya que ella renunció a su posición como heredera. Pero no va a incinerar sus ambiciones por saber mas y asiente— Eres un Sir. Un "señorito". Con eso es suficiente.
—Me agrada saberlo —acepta resuelto, corriendo por la casa como un perrito curioso. Levanta los cojines del sofá, olisquea la alfombra, mira los cuadros— ¡Todo se ve hermoso! ¿Puedo a salir a reconocer terreno ya?
—Eh…Adrien —Emilie lo ataja en la puerta, mostrando su preocupación al instante— Un momento. Entiendo que es de tu costumbre hacer esto cada vez que llegamos a un lugar nuevo. Pero debes entender, que no estamos en Francia. Estas tierras tienen dueño. Y debes ser respetuoso con las reglas —sentencia— Nada de romper cosas ni cavar hoyos en el suelo. ¿Queda claro?
—Tranquila, mamá. Ya lo sé —el menor del matrimonio Agreste, la abraza vigoroso; solo para terminar separándose de sopetón— No soy tan salvaje como crees. ¡Por favor! —brinca— ¡¿Ya puedo irme?!
—Vale…—suspira rendida— Puedes ir.
—¡Gracias!
Adrien sale disparado por la puerta en dirección hacia el jardín delantero. Un instinto voraz muy propio de su raza, lo empuja a tantear este lugar en cada rincón que se presente. Desde la mínima piedra hasta el árbol mas antiguo de todos. Se deshace de los zapatos y toda prenda de vestir hasta quedar completamente desnudo para iniciar su transformación. Transcurridos unos minutos, se le ve corriendo en cuatro patas en su viva naturaleza. Un cambia formas, peludo y aleonado de coloración cafecita clara, con ojos áureos como el sol; de mediana estatura, pero sin duda muy fornido en los músculos de sus patas delanteras. Son demasiados espacios abiertos para él. No recuerda cuando fue la ultima vez que visitó una zona tan boscosa, llena de forrajes y tupidos árboles. El aroma es fresco en el viento, abriendo y cerrando sus fosas nasales para acabar atiborrando sus pulmones de aire frío. Se topa con hongos, ramas secas, hojas cayendo por el bosque. Cualquier mínimo sonido, lo contiene para analizar con detenimiento. Sus orejas viran de derecha a izquierda, de adelante hacia atrás, actuando como dos antenas parabólicas, recibiendo señales asertivas de todas partes. Desde el groar de una vieja rana debajo de un tronco podrido, hasta la corriente serena de un riachuelo a lo lejos. Es una zona que, en pocos minutos, acaba por recorrer. Aunque no sin antes, marcar el territorio para no perderse. Ha dejado un rastro invisible para el hombre común, dibujando un mapa olfativo con la acrimonia de su orina. Esta misma, impregnando de feromonas cada franja que riega hasta humedecerla.
Hasta ahí, todo ha ido de maravillas. Pero hay un espacio en particular que desea conocer, con el pecho saltarín de ansiedad. De entre unos arbustos, su hocico se asoma a la luz de la gran casona principal. Hay un huerto, seguido de un establo de nobles caballos; aledaño a un jardín de rosas, una pileta y un camino de piedras en adoquín. Acompañado solo por su curiosidad, se adentra en aquel lugar con sigilo. La tierra bajo sus patas le parece blandita, ideal para cavar un hoyo y hacer de las suyas. Se ve tentado a hacerlo. Pero las palabras prohibitivas de su madre lo asaltan en un recuerdo amargo y consigue alejar aquel sentimiento, renegando de la travesura.
Se pasea por los bordes de la mansión, siendo indiscutiblemente atraído como abeja a la miel, a una tonada melodiosa que surge desde un ventanal semi abierto del primer piso. Se aproxima a él, levantándose en sus patas traseras y observa al interior con fisgoneo. Es una mujer rubia, que compone una canción triste en un piano de cola blanco. ¿Podrá ser? Su aroma la delata.
—Huele como mamá —piensa Adrien, fascinado con su belleza— Esa debe de ser Amelie, mi tía. Dios…es preciosa…
La canción es melancólica, pero muy embriagadora. Lo embelesa por unos momentos, haciéndole perder el ritmo de su contienda; extraviado en el tiempo espacio en el que se encuentra. No es hasta que una asonancia fútil rompe su concentración, que vuelve en sí. Proviene de los cobertizos en donde descansan los corceles. Un nuevo aroma llega a sus narices, atormentándolo. No recuerda haber percibido nada igual. No es el perfume costoso de alguna marca ni mucho menos las febriles hormonas que desprendería un humano.
Camina hasta el lugar a pasos templados. Una figura oscura se pasea por el interior. Lo ve pasar de un lugar a otro, sujetando una soga.
—Que rico…—redunda el Agreste, sacando la lengua— ¿Quién es? ¿Es una chica? Huele como una…
Se adentra en la penumbra. Los animales no reaccionan ante su intrusa presencia, como si le conocieran; haciéndolo parte de su ambiente natural. A pesar de no haber hecho ni un ruido que lo delatase, la sombra se detiene de un momento a otro. Al parecer, le ha descubierto. ¿Cómo es posible? Si fue cuidadoso. En un parpadeo incauto, aquel ente se esfuma de su visual, como un fantasma. ¿A dónde fue? Adrien se paraliza, con la cola erizada y el hocico abierto. Una rama quebrajándose en su espalda lo evidencia. Sus orejas automáticamente viran hacia atrás. Brinca y lo que ve a continuación, lo deja perplejo de pies a cabeza.
¿Es una…persona? O bueno, eso cree. Está parado frente a él como una estatua. Inmóvil. La luna llena está en lo alto, bañándolo con su brillo azulado en lo mas excelso posible. Tras despejarse de unas nubes grises, dos orbes escarlatas se iluminan con la perfección misma de la belleza. Es de contextura delgada, fina. Su piel es tersamente pálida, viste ropa de jinete y carga entre sus dedos una soguilla de cuero para montar. ¿Quién es? Adrien examina la escena con inquietud. No divisa atisbos de latidos en su pecho. Ni si quiera percibe su respiración. Tampoco desprende calor corporal. Tras un fugaz análisis rápido, encuentra finalmente respuesta a todas sus dudas. Él es…
—Es un vampiro…
—¿Quién demonios eres tú? —espeta el vampiro— ¿Y qué haces aquí?
—¿Es un varón…? —el Agreste baja la vista, mirando sus pantalones a la altura de la entrepierna. Viste un pantalón blanco que resalta un ligero bulto. Lamenta tener que haberle revisado aquello, pero es que su aroma lo tiene confundido. No huele como uno— ¿Quién eres tú?
—Mierda…es un licántropo —Félix hace amago de nerviosismo, dando un paso hacia atrás. Lo olfatea a lo lejos— Puedo leer sus pensamientos al pie de la letra —traga saliva, compungido— Mamá me dijo que son peligrosos. ¿Habrá venido a robar ganado o…? —frunce el ceño— Largo, perro.
—¿Cómo me has llamado? —espeta Adrien, furibundo. Le muestra los colmillos— Oye, yo no-…
—Largo —espeta Fathom, tirando la soga a un costado para mostrarle los colmillos— Estas tierras son propiedad privada. Vete o te mataré.
—¡No! ¡Espera! —el hombre lobo saca las garras, gruñendo— ¡No quiero hacerte daño! ¡Yo solo-…!
—¿No me escuchaste acaso? —farfulle el británico, mostrando sus uñas afiladas también— Ultimo aviso.
—Carajo…pero…
—Se acabó.
En un abrir y cerrar de ojos, Félix se abalanza violentamente hacia lo que él considera un intruso. Con la diestra, lo ahorca contra la pared, azotando al canino sin piedad. Adrien suelta un quejido irracional típico de un perro siendo golpeado. Pero no se queda sin reaccionar y manifiesta con un ladrido salvaje su descontento, tentado a morder al vampiro. Responde con la misma fiereza, mordisqueando el antebrazo de su anémico contrincante. Félix cae al suelo y una campal batalla de reproches salvajes y gimoteos endebles se desenvuelve en medio del establo.
—¡No quiero hacerte daño! ¡Por favor, detente! —expresa el francés, sujetando con la mandíbula su brazo.
—¡Maldita sea, va a matarme! —Graham de Vanily se horroriza, sin potestad alguna de defenderse. A el no lo han criado para nada en ámbitos de combate. A lo único que puede recurrir…es a su intelecto para pedir misericordia. Así que vocifera alto y agudo— ¡Soy un Graham de Vanily! ¡El dueño de estas tierras! ¡No me mates, por favor! ¡Vamos a negociar!
—¿Félix…Graham de-…? —el galo hace amago de culpa y lo suelta, sin llegar a levantarse de encima. Su mirada se relaja, demostrando a todas luces a un confundido lobezno— ¿Eres un Graham de Vanily? ¿Cómo mi madre?
—¿Cómo que…como tu madre? —Félix lo observa, estupefacto con lo que acaba de escuchar en su cabeza— Pero ¿Quién demonios eres tú?
Adrien relaja el semblante y cual perrito faldero, lo vuelve a olfatear. Ahora mas intrusivo que antes. Desde el cabello, las orejas, el cuello, la ropa, el pecho. Todo, para hacer un paneo final de su tortuosa revelación. Félix se ruboriza a mas no poder, profesándose violado por su curiosa forma de analizarlo.
—¿Qué haces…?
Lo que termina por colmarle la paciencia, es la insistencia con la cual aquel can, incursiona hasta su pantalón, tentado a olisquearlo "justo ahí". Incómodamente, Félix lo patea hacia atrás, dándole con la punta de la bota sobre el hocico inferior. Un gruñido animal los separa.
—¡¿Qué mierda haces, infeliz?! —chilla Félix, agraviado.
—Perdón…yo no-…
—¡¿Lord Fathom?! —el mayordomo hace ingreso a la escena, fulminando el acto mismo con una escopeta en mano. Divisa al licántropo y apunta— ¡Bestia! ¡Largo de aquí! —recarga el arma.
—¡Espera! —Adrien se sobrecoge, con las orejas cabizbajas y atemorizado— ¡Somos familia!
—¿Qué cosa…? —Félix recobra el aliento y se levanta rápidamente— ¡Jean-Pierre! ¡Espera! ¡NO!
El indiscutible sonido de un disparo, dispersa un par de cuervos desde la copa de un árbol a los lejos. Amelie abre los ojos. Emilie también. Ambas se levantan y se alertan, preocupadas pensando lo peor a distancias distintas.
La sangre…salpica sobre la paja.
