—¿Lo-Lord Fathom...? —tartamudea el sirviente de la casona, pasmado por lo que acaba de acontecer. No lo cree, aunque lo vea. Félix acaba de interceder por el licántropo y ha recibido de lleno el balazo en el hombro derecho. La sangre salpica sobre el pajal— Señor... yo no-...
—Baja eso —ordena Félix, con autoridad. Ni si quiera siente el asalto. Su piel automáticamente se regenera al cabo de unos segundos solamente. Le arrebata el arma y la tira hacia un lado, destruyéndola contra el suelo— Con un demonio, Jean-Pierre —se mira el traje— Has arruinado esta hermosa chaqueta. Mira lo que hiciste. Esto te va a costar la mitad de tu salario del mes.
—¡Señor Fathom! —el mayordomo se deja caer sobre sus rodillas, humillado— ¡Por favor! ¡Perdóneme! ¡Solo actué en defensa propia! ¡Había un intruso!
—Ya... cállate, estúpido —rezonga Graham de Vanily. Ahora mismo, lo que menos le importa es preocuparse por la culpa de aquel torpe hombre. Después de todo, solo sirve a la familia como le han enseñado. Gira la visual hacia el establo, buscando con los ojos. El muchacho, no está. Pero lo sigue sintiendo con la nariz. Posiblemente, se escondió— Hey... ¿Dónde estás? Muéstrate ya.
No recibe respuesta. Sabe que está ahí. El vampiro da cuatro pasos hacia adelante, divisando una escueta silueta temblorosa detrás de uno de los jamelgos. Esperaba encontrarse con el animal peludo de hace un rato. Pero lo que descubre lo deja boquiabierto. Es solo... un muchachito de cabellera rubia, brazos humanos y ojos verdes, quien se abraza a sus piernas y se mece con timidez y pavor.
Un detalle, que lo abochorna mucho. Está desnudo. Sus fracciones íntimas sobresalen de entre su posición. El duque desvía la mirada, observando a su esclavo.
—Vete.
—¿Eh? —Jean-Pierre parpadea, confundido— ¿Está seguro? Este chico-...
—Lárgate, infeliz —el Lord lo fulmina con la mirada. Acto seguido, el mayordomo hace abandono explosivo de la escena, solo para dejarlos a solas— Perdónalo, no sabe lo que hace. Solo cumple ordenes —manifiesta el inglés, quitándose la chaqueta de encima para ofrecerla— Por favor, tómala. Cúbrete tus partes... estás desnudo —añade, sin dignarse a mirarlo.
—Gracias...—acepta Adrien, avergonzado. La coge y la amarra desde su cintura, solo para sentirse más cómodo y mostrarse como es— Perdón, yo-...—calla.
Es sin duda su primer encuentro. Adrien no conoce a Félix. Félix, no conoce a Adrien. No ha sido la mejor presentación del mundo, pero de alguna forma comparten la complicidad de un encuentro bastante clandestino, dotado de mucha morbosidad. Fathom continua sin poder verlo decentemente. Febril, camina hacia la salida de las caballerizas, esbozando una mueca serena.
—¿Quién eres, muchacho?
—Me llamo Adrien Agreste —revela el francés, con la mitad superior de su anatomía al descubierto— Soy hijo de Emilie.
—¿Emilie...? —Félix se sostiene por unos segundos en su posición, confundido— Que curioso. Emilie es el nombre de la hermana gemela de mi madre.
—Lo sé —confiesa sin tapujos— Y tú eres...
—Félix —revela— Soy el hijo de Amelie. Al parecer, tú y yo somos...
—Primos hermanos —termina la frase.
—Que cómico —el Duque hace una pausa, envolviendo un pañuelo sobre el brazo que le ha mordido— Pido una disculpa de ante mano. No estaba en conocimiento que mi tía tuviera un hijo. Mucho menos, que fuera un licántropo.
—Descuida, estoy igual que tu —expresa Adrien, con tranquilidad— Tampoco sabía que mi tía tuviera un hijo. Y mucho menos, un vampiro.
—Vamos a echarle la culpa a la desinformación ¿Sí? —manifiesta el británico, desviando la mirada— No quise verte en ese estado.
—No pasa nada, Félix —comenta el Agreste, con naturalidad— No me avergüenza. Estoy acostumbrado.
—¿Por qué me llama por mi nombre de pila? —Fathom se regresa a él, fulminándolo con la mirada— Soy Lord Félix para ti, "Adrien"
—Cierto. Olvidé los títulos por unos momentos —redunda Adrien en su mente— Disculpa. Es que como somos familia, pensé que podría tratarte con confianza. Pero tienes razón. He olvidado mis modales.
—No tienes modales.
—Puede ser.
—Es más —inquiere el aristócrata, con altivez— Para que te enteres. Soy un duque. Te permito solo llamarme por mi apellido
—Hueles muy rico, Félix.
—¿Disculpa?
Silencio sepulcral en el aire. Félix se suspende, rojo como un tomate. ¿A que vino ese comentario tan salido de tono? Carraspea en respuesta, aclarando la voz. Quiere mandarlo a la por su falta de tino al decir tal cosa, pero no halla las palabras mas adecuadas. De cierta forma, es la primera vez que alguien le confiesa algo así en una situación tan intima. De acuerdo. No fue tan congenia. Pero para el británico si lo fue. Tiene nulo conocimiento del como se desenvuelven los de su raza. De todas las sorpresas que esperaba recibir en su vida, la menos preocupante era tener que lidiar con un licántropo. Es bien escueta la información que tiene de ellos. Ni si quiera sabe como convivir con esa especie. Lleva años lidiando solo con humanos. ¿Qué debería responder a lo que dijo?
Aquel acto es interrumpido abruptamente por la presencia de dos mujeres mayores. Amelie y Emilie. Ambas, alertadas por el disparo al aire.
—¡¿Félix?! —chilla Amelie.
—¡¿Adrien?! —chilla Emilie.
Otro incomodo momento que Félix no logra vislumbrar con madurez. Se quiere ir a la misma mierda. Las hermanas se miran entre sí, de la misma forma que sus hijos lo hacen y acaban viéndose entre los cuatro con asombro. ¿Qué está pasando? Por unos momentos, todos retienen la respiración. Solo para que la mas ferviente de todas, Emilie, reaccione primero.
—¡Hermana! —expresa la señora Agreste, abrazando a su familiar— ¡Tanto tiempo sin verte!
—Emilie...—Amelie se congela unos momentos por tal demostración. Pero no menos conmovida, corresponde finalmente, dejándose llevar por el amor que ambas se tienen— Lo mismo digo, que el universo nos ampare. Han pasado tantos años...
—Ninguno para mi —advierte la mayor de las gemelas, gesticulando una mueca agria— Es una lastima que nos hayamos tenido que reencontrar con este penoso momento.
—¿Penoso? No puedo tomarlo mejor —manifiesta la menor.
—Pero Félix y Adrien...
—¡Nada, hermana! —exclama jovial— Perdona el asalto del mayordomo y podremos hablar de esto. ¿Te parece?
—Si... bueno...—musita, no convencida del todo; pues nota como sus hijos se miran con mucho ultraje— Hubo una injuria por parte de mi hijo a tu casa. Y por ello, te pido disculpas.
—Es natural —Amelie le resta importancia, carcajeando— Es un licántropo. Ellos suelen actuar así, bien altivos.
—Hermana, no está bien que naturalices un comportamiento que vengo erradicando durante años. A Adrien —asesina a su hijo con los ojos— Le dije, que no hiciera esto.
—Mamá, yo no-...—Adrien intenta defenderse, pero su propia tía británica lo absuelve de toda culpa.
—Todo está olvidado.
—Pero-...
Emilie nota como Félix se ha vendado el brazo, solapadamente escondiendo el ataque salvaje de su propio hijo. Vuelve a recriminarlo con la mirada, pero ahora mismo desea dejarse llevar por la naturalidad pueril de su gemela. Amelie los invita a la casa principal. Es hora de ponerse al corriente. Ya vestido como corresponde, Adrien Agreste y su madre visitan la sala principal. El menor, como ya es contado con anterioridad, indaga curioso por todos los rincones de la casona. Siendo calmado por su progenitora que le vuelve a recordar, que sea cortes. Amelie ha ordenado que sirvan un banquete para sus invitados. Y este consiste en literalmente botellas de sangre. Aunque no muy alejada de los hombres lobo, ha mandado a preparar de improvisado trozo de carne jugosa para su sobrino. Que indiscutiblemente es su favorito familiar ahora. Carne de res, ciervo, conejo, cordero, de mil sabores le puso sobre la mesa. Acompañado siempre de verduras frescas, dado que sabe que a los licántropos les gusta consumir comida humana.
Amelie, Emilie y Félix observan comer a Adrien como si fuese una película, un espectáculo de circo. Por unos momentos, el menor se percata de sus miradas y sonríe, con el jugo de la carne recorriendo la comisura de sus labios.
—Mil gracias, de verdad —expresa febril el menor— Está exquisito. Que rico es degustar estos platillos. Sin duda, siempre supe que mis familiares británicos comían así.
—¿Es virgen aun? —pregunta Amelie, bebiendo una copa de su vino sanguinario.
—¡Madre! —refuta Félix, avergonzado por su comentario.
—Todo bien —murmura Emilie, mofándose de su pregunta— Tranquilos —hace amago de calma— Los de su especie no son como nosotros. Ellos alcanzan la madurez sexual a los 12 años humanos, 3 años de licántropos. Tuvo su primer celo a los 13 —mira a su sobrino— Pero imagino que Félix si lo es aún.
—Eso dice el —inquiere su progenitora.
—Lo soy —refuta ofendido Félix.
—Lo has educado bien, hermana —confiesa Emilie Agreste— Imagino que Félix ahora espera a casarse con una moza de la corte.
—No quedan muchas vampiras, hermana —revela su familiar menor, con desazón— Mi niño está soltero aún. Pero espero con ferviente anhelo que muy pronto encuentre a la indicada. Ya está en edad.
—¿Y con quien pretendes emparejarlo? —rezonga la hermana mayor, esbozando una mueca sosiega— ¿Con su prima?
Otro silencio incomodo en el aire.
—No he concebido mujeres —aclara lady Amelie, frustrada— Félix es hijo único. Y al parecer…se va a quedar así por el momento. Mi marido me repugna demasiado como para darle en el gusto. En fin —suspira, cambiando de tema— ¡Supongo que tendrá que optar por una conversa! Un brindis, por la familia.
Los cuatro alzan sus copas y manifiestan, bebiendo cada quien de su brebaje. Adrien nota un particular cambio de aroma en su primo. Le estudia, apuntándolo con los ojos, incomodo. ¿Será que no le gustan las reuniones familiares? Félix se siente observado. Lo repasa de reojo, escondiendo su aspecto confundido detrás de la copa. Otro cambio de olor.
—¿Por qué permites que tu madre hable por ti?
—Gnh…—Fathom tose por unos momentos, pues puede leer su mente incluso sin que su camarada lo note. Pasa del tema— Y bien, tía Emilie. ¿Por cuánto tiempo pretendes quedarte con nosotros?
—Que ¿Ya me estás echando? —se mofa Emilie Agreste.
—¿Qué barbaridades dices? —protesta Félix, inquieto— ¡Claro que no! ¡Al contrario! Desearía…que se quedaran por mucho tiempo.
—Pues eso dependerá mucho de lo que-…—Emilie calla.
La puerta del comedor se abre de golpe. Un inesperado visitante; claramente no deseado hace su entrada triunfal. Es el mismísimo Colt Fathom en persona. Y como costumbre, lleva una botella de alcohol en la mano. Ha hecho un paneo rápido de la escena, afilando la mirada. Una sonrisa irreverente se dibuja en el rostro, incomodando a los invitados con obviedad.
—Ha pasado mucho tiempo sin vernos, Emilie —berrea el norteamericano— Tienes agallas para regresar a la casa de la cual huiste como una cobarde.
—Como siempre tan impertinente, Colt —la rubia frunce el ceño, ofuscada.
—Conde Fathom para ti, chupa sangre de pacotilla —gruñe el varón con hostilidad.
—Hey, un momento-…—Amelie ni logra terminar la frase.
Adrien Agreste se ha levantado de la mesa y de manera instintiva, muestra los colmillos con irascible intención de cobrar venganza por las injurias de las cuales su madre es victima sin piedad. Amelie se congela. Félix traga saliva, anonadado por la reacción de su primo. Nunca había visto un hombre lobo rebelarse de forma tan visceral ante su autoritario padre, como era ahora. Sobre todo, por aquel brillo en sus orbes enrojecidos, inyectados de agravio. Le ha parecido…fascinante. ¿Quién lo diría? Alguien con la capacidad para enfrenar a Colt. Increíble…
—Discúlpate con mi mamá —farfulle Adrien, tentado a transformarse.
—¿Un licántropo? —Fathom abre la boca, con actitud amenazante— ¡¿Qué mierda hace un perro en nuestra casa?!
—¡Ya basta! —Amelie Graham de Vanily se levanta de la silla, incinerando la fragua del momento con templanza. Fulmina a su marido con la mirada— Es suficiente, Colt. Ya has hecho demasiado de tus travesuras en casa. No te permito…que trates así a mi sobrino.
—Ya veo…—el conde relaja el semblante con ironía— Así que el niño bestia es el hijo de Emilie. Supongo que no perdieron el tiempo con el sastre ¿Eh?
—No importa que pilchas te pongas encima, americano —la señora Agreste se limpia los labios con una servilleta de genero y pasa de el, con soberbia— Jamás estarás a la altura de esta familia. Eres un vulgar y simple converso, sediento de la fortuna de los Graham de Vanily. ¿No eres tu acaso quien está perdiendo el tiempo? —rezonga, con altivez— Mi hermana solo tiene un hijo. ¿Qué hay de los demás?
—Tsk…—el vampiro chasquea la lengua, acomodándose la corbata sobre el cuello. Recompone la postura inicial— Ten mucho cuidado donde pises, Emilie Agreste. Si pretendes quedarte, debes de saber que las paredes de esta mansión respiran solas. Je…—sale del cuarto.
—Ese sujeto sigue igual de desagradable que siempre —protesta la gemela mayor, con desazón.
—Créeme…se ha vuelto peor con los años —exhala frustrada la dueña de casa— Está molesto porque no le quiero dar más hijos.
—Y en hora buena —Emilie rueda los ojos, irónica— primero comer mierda.
—Mamá —Adrien se aproxima a ella y jala de su vestido— Ese hombre es peligroso. Será mejor que nos vayamos.
—No tienes que temer, pequeño sobrino. Ese es Colt, mi marido —carcajea Amelie, quitándole importancia a la presencia nauseabunda de su esposo— Pasando por alto su apestoso aroma a alcohol y muerte, es inofensivo. Acá en casa es una sombra solamente. La mayor parte del día se la pasa trabajando fuera, viajando o en su despacho bebiendo —añade jovial— Casi no lo verás. Ni si quiera compartimos en el mismo cuarto. ¡Oh! Es cierto —se gira hacia su impávido hijo, que sigue sin mover ni un musculo— ¡Félix! ¿Por qué no aprovechas la oportunidad de mostrarle a Adrien la mansión? De seguro está ansioso por conocer sus raíces.
—¿Qué? —Félix hace amago de rechazo— ¿Y por qué yo?
—Porque es tu primo hermano, tontito —la mayor le jala las pálidas mejillas, hasta dejárselas coloradas— No tiene nada de malo. Adelante.
—P-pero…
—Es una orden —sonríe, simulando inocencia. En el fondo, tiene prohibido desobedecer o será reprendido— Anda, ve.
—Ghn…bien —Fathom desliza la silla hacia atrás y modulando con voz metálica, expresa— Por aquí, Adrien Agreste —camina hacia las escaleras.
—¿Estás segura de que estarán bien? —consulta preocupada la hermana, a la menor— Hace un rato tuvieron un encuentro un tanto… "violento"
—Félix es lo mas cercano a la civilización que verás —confiesa Amelie, sirviéndose otra copa de sangre— Creo que a Adrien le vendría de perilla conocer a los Graham de Vanily. Y que mejor, que sea a través de la mirada de alguien de su edad.
[…]
El reloj de pared marca las 04:20AM. Dos pequeñas siluetas, finas y elegantes se desplazan en silencio de un lugar a otro por cada recoveco de la casona. Sin importar que tan lúgubre pueda parecer, Félix lleva a cabo su misión con diligencia; como fue ordenado por su madre. Con la ayuda de un candelabro de mano, abre puerta tras puerta. Solo se limita a comentar de manera escueta una que otra palabra, contestando en monosílabos breves y concisos a las preguntas escurridizas de su curioso "invitado".
De vez en cuando, Adrien se detiene maravillado con las estatuas, las pinturas antiguas, los retratos de regentes medievales y la elegancia con la cual, las cortinas, las alfombras, el tapiz de los sillones; adornan el entonado ambiente lujoso. Le cuesta trabajo creer que su madre haya salido de semejante cuna. Ojalá él hubiera vivido en un lugar como ese. Hace una pausa para contemplar hechizado un estante repleto de libros.
—La biblioteca —carraspea el británico.
—¡Cielos! ¡Esto es increíble! —el menor de los Agreste corre hacia el librero y olfatea el cuero de sus tapas— Que curioso, tienen el mismo aroma que desprendes tu.
—¿Yo huelo a libros? —Félix se olfatea disimuladamente el antebrazo, atormentado— Puede ser.
—¿Ya los leíste todos? —Adrien acerca la mano a uno para tomarlo— ¿Este?
—No lo toques —ordena.
—Eh…—se detiene, observándolo confundido— ¿Por qué no?
—Son de mi madre.
—¿Y eso que tiene? Ella es mi tía —desobediente, altanero, lo coge y lo hojea— Mira esos dibujos. ¡¿Son el viejo canguro y-…?!
—Dije —Félix aparece mágicamente delante de él, arrebatándoselo de las manos— Que no lo toques.
—Dios…relájate —el francés da un paso hacia atrás, esbozando una sonrisa desprolija— Solo quería verlo —se desplaza hacia la mitad del cuarto y gira en 360— ¡Este lugar es fascinante! De seguro no te aburres nunca.
—Si…claro…—el británico devuelve el texto, asegurándose de que quede en posición perfecta— Ya hemos acabado el tour.
—¿Eh? ¿Tan rápido? —su familiar hace amago de un puchero— ¿No me vas a mostrar tu cuarto?
—¿Qué dices? —Fathom se ríe con ironía— ¿Y por qué haría esa estupidez?
—Porque somos familia. Lo normal es que me muestres tu habitación —sonríe con alegría— ¿Tienes juguetes? ¡Yo quiero verlos! —sale corriendo por el pasillo— ¡Vamos!
—¿Juguetes a esta eda-…? —Félix se horroriza— ¡Espera! ¡¿A dónde crees que vas, muchacho?! — ¿Pero que mierda cree que hace?
Todo para Adrien parece ser un juego de niños. Muy poco adelantado para sus lozanos 15 años, echa una carrera por el pasillo principal, siendo guiado por el perfume que uno de los cuartos desprende. Un aroma idéntico al de su primo. Tentado a abrir la puerta, es violentamente interceptado por el vampiro; quien lo agrede con la mirada. Como si escondiera algo prohibido. Ambos cruzan miradas escuetas por unos momentos. Graham de Vanily hace una pausa prolongada, percatándose que su compañero desprende un aura inocente y despreocupada. ¿Será realmente de confianza mostrarle un lugar así? Exhala rendido y abre finalmente, permitiéndole entrar. Por con una sola condición.
—Por favor, no toques nada —exige.
—Siii…—musita divertido el licántropo, arrastrando las silabas finales— Lo prometo~
Es la primera vez que Félix permite que un extraño entre a su pieza. Mas allá de las desagradables visitas de su progenitor y de la servidumbre que con obvias razones, tiene permiso para ingresar a limpiar y ordenar. Pero ya que no nota hostilidad por parte del mayor, asiente finalmente.
Adrien vuelve a profesarse obnubilado con lo que ve. Aunque a diferencia de las otras veces, se ha envuelto en un profundo éxtasis de aromas que lo atosigan; embriagándolo por completo. El menor de los vampiros, no logra entender del todo que intenciones se trae el hombre lobo. Por mas que intenta leer sus pensamientos, ha logrado de cierta forma bloquearlos. ¿Es eso…o realmente no está pensando en nada? No puede ser. ¿Qué clase de ser dejaría vacía su mente?
—No tengo juguetes, si es eso lo que buscas —explica el Duque, arqueando una ceja con suspicacia. Adrien examina el cuarto, como si estuviera estudiando el terreno. Juraría que, en algún momento, quiso orinarlo. Pero afortunadamente no era tan salvaje como creyó. Finalmente, se para delante de un tablero de ajedrez y lo mira indiscreto— ¿Qué pasa? ¿No sabes qué es eso?
—No… ¿Qué es?
Extraño. Pero al mismo tiempo, cautivante. ¿Es que acaso aquel chico ha sido criado solo? Creyó que al ser hijo de su tía Emilie, una Graham de Vanily con su educación y destemple, sería alguien mucho más laureado y dotado de conocimientos civilizados. Pero se ha equivocado. ¿Cómo ha pasado eso? La intriga se lo come por dentro. Temeroso, desconfiado y ligeramente atraído por su familiar, toma dos sillas y las acerca. Lo invita a sentarse.
—Hagamos una cosa —propone Félix, con voz varonil. Acto seguido, acomoda las piezas sobre el tablero— Yo te enseño a jugar y de paso…platicamos un poco. ¿Te parece?
—¿Quieres ser mi amigo, Félix? —pregunta Adrien, entusiasmado con su propuesta. Se sienta frente a él.
—No. No he dicho tal cosa —espeta el inglés, negándolo— Y por favor, llámame Lord Fathom. ¿Quieres?
—¿Te gusta tu título?
—¿Cómo…? —Félix parpadea, confundido.
—Ese hombre —el Agreste coge algunas piezas de peón, posicionándolas sobre los recuadros de colores; imitando obedientemente a su compañero— Colt Fathom. Es tu padre ¿Verdad? Huele muy mal.
—¿Disculpa? —el pálido rubio junta el entrecejo, ofendido— No hables así de mi padre.
—Pero si tu también lo odias. Tu aroma cambia cuando el está cerca —Adrien lo mira a los ojos.
—Basta…—responde, con los ojos— Por favor, no hablemos de él. No tiene importancia. Moveré ahora, te explicaré como funciona cada pieza. Presta atención.
—Estoy concentrado —Adrien se concentra en el tablero.
—¿Por qué no sabes jugar a algo tan básico como esto? —consulta Félix, trasladando el caballo a otra celda.
—Me separaron de mi mamá siendo muy niño —explica el hombre lobo, imitando sus movimientos— Fui criado por los de la tribu de mi padre. Es costumbre.
—¿Y que se supone que enseñan ellos?
—Cosas de licántropos —se encoge de hombros.
—¿Cómo…cazar pájaros y eso? —murmura Fathom, con cierto tino de burla.
—Muchas cosas. Esa es una de ellas —manifiesta Adrien. Ha logrado comerle un peón— Mira, estoy aprendiendo.
—Eres buen estudiante —asiente satisfecho el rubio— Háblame más de ti.
—¿Y como que cosas quieres saber, Lord Fathom?
Tras escuchar la forma en como le ha llamado, el Duque se ruboriza de oreja a oreja. Si bien lo venia pidiendo hace un rato, no creyó que sonara tan…dramáticamente bien saliendo de sus labios. Haciendo amago de discordancia, baja la cabeza simulando estar mas metido en la partida que otra cosa.
—Lo que sea…—musita, en voz baja.
—Bueno —carcajea Adrien— Te contaré de lo "que sea". Solo no te vayas a dormir.
—Que ingenuo —ríe Félix— Los vampiros no dormimos.
—¿No? ¿Y para que tienes una cama entonces? —apunta ha su espalda.
—Las camas no solo se usan para dormir —expresa jovial el británico, haciendo otro movimiento. Ahora es el, quien se come un peón— Sirven para hacer hijos también.
—¿La usan para eso? —se mofa el francés con dotes de infantilismo— Que raro. Nosotros no necesitamos camas para eso.
—¿Cómo dices? —Graham de Vanily levanta la mirada, abochornado— ¿Cómo que no las usan para eso?
—No ¡Jaja! —el Agreste se rasca la nuca— Que tonto suena. Lo hacemos en todos lados. Da lo mismo. Si te dan ganas, lo haces y ya. Los de mi especie usan cualquier lugar.
—Eso suena bastante incivilizado…—reniega el ojiverde.
—¿Te parezco salvaje?
—Bastante —espeta el burgués, con expresión asqueada— Eso no es de buenas costumbres. Solo los animales hacen eso.
—Bueno…—Adrien ha notado que su contrincante se descuidó y mágicamente, ha logrado un impresionante "jaque" — Supongo que tengo mucho por aprender. Espero puedas enseñarme mas de tus modales, Lord Fathom.
—…
¿En que momento? El maldito le ha hecho un jaque perfecto. Félix divisa como su rey ha sido atrapado, sin posibilidad de moverse. ¿Es un mate? ¿Le ha hecho un jaque mate a su soberano? ¿O es que acaso también se lo hizo a el? La temperatura ambiente se eleva de sobremanera. Su canino amigo no ha dejado de mirarlo como si estuviera devorándose un trozo de carne recién cercenado. Y eso es algo, que sin duda lo ha puesto muy nervioso e incómodo. Acorralado, el británico se levanta de sopetón y da por finalizada la clase. Se desliza en silencio por la alfombra, cubriéndose el pecho con su pequeña capucha gris. Dándole la espalda, inquiere.
—Será mejor que te marches, Adrien —solicita, sonrojado— Me ha sentado mal la cena y me duele la cabeza.
—Félix —Adrien lo toma del brazo, deliberadamente llamándolo por su nombre. Lo ha obligado a voltearse, solo para expresarle abiertamente lo que siente— Yo…estaba muy ansioso de conocer a mi familia. Pasé años añorando este momento. Y quiero que sepas, que me siento muy feliz de haberlo hecho al fin. No me ha decepcionado para nada lo que he visto hoy. Ha sido una noche memorable y espero poder repetirla. Se que quieres que me vaya…—añade, apretando el antebrazo de su contrincante— Pero deseo seguir en contacto contigo. ¿Puede ser?
—Su mano…está hirviendo. Me está quemando. Dios…—Félix traga saliva, tembloroso. Se suelta, sosteniendo la mirada ferviente de su camarada. Asiente— Lo entiendo, Adrien. Haré…lo que esté a mi alcance. Ahora…por favor —le abre la puerta— Retírate.
—Buenas noches…
Adrien no sabe realmente cual es la forma correcta para despedirse de un duque. Mucho menos de un vampiro. Indiscretamente, pasa a su lado, olfateando por ultima vez el ligero espacio aéreo que lo rodea y se retira en silencio. Lo que, sin duda, deja trémulo al necesitado y joven vampiro. Automáticamente cierra la puerta, sin poder creerse lo que ha vivido en toda la velada. Demasiadas sensaciones en tan poco tiempo. Ni tregua le dieron al pobre. Está a punto de entender, por qué su tía fue capaz de renunciar a todo, con tal de seguir a uno de esa especie.
Se sube la manga de la camisa, examinando la zona que su familiar ha tocado. Aun le arde, como si hubiese dejado una marca a fuego en la dermis anémica de su extremidad. Definitivamente tiene que estudiar mucho mas de esa raza. No se parecen en nada.
—Su temperatura es irreal…
Confiesa para sí mismo, regresando impávido hasta su cama. Indiscutiblemente, su habitación ha quedado impregnada con el aroma dominante de Adrien. ¿Por qué? No estaba consciente de que los licántropos olieran tan fuerte. Es tan intenso, que le llega a marear. Coge un bote de perfume y lo pulveriza, esparciéndolo por el cuarto una y otra vez hasta que por fin se profesa tranquilo. En su hábitat.
—Necesito una ducha. Uhg…que desagradable.
Lunes, 15:30PM.
—Que la reina nos ampare…—murmura el mayordomo, en el jardín— ¿Pero esto que fue?
Hay hoyos por todos los campos de cultivo. Desde un extremo a otro, alguien a escarbado como si estuviera buscando un tesoro o enterrando algo. Preocupado por el que dirán, corre a taparlos con tierra y hojas caídas. Si los Graham de Vanily se llegan a enterar de que ocurrió algo así, sin duda lo culparan a el por sus descuidos. A lo lejos, logra divisar una silueta entre los arbustos del bosquejal. Una caballera amarilla como el sol, se asoma. Lo congratula con la mano en alto, enlodada y el rostro sucio de tierra.
—¡Oiga! —Jean-Pierre lo increpa— ¡No puede hacer estas cosas en los terrenos de la familia!
—¡Hola! ¡Jaja! —saluda Adrien.
—Jean-Pierre —gruñe Colt, un poco mas atrás— Alista mi carruaje. Tengo que ir a Dublín.
—Conde —el sirviente entra en pánico, corriendo raudo ha su encuentro para cumplir con su cometido— ¡Eh! ¿Saldrá de viaje otra vez?
—¿Cuál es el problema, idiota? —farfulle el vampiro, golpeándolo con su bastón— ¿Acaso no puedo?
—¡N-no! ¡No he dicho eso! Pero es que…—duda, tembloroso— ¿No sería mejor que se quedara en casa mientras su nuera está de visita?
—¿Qué dices? —berrea Fathom, asesinándolo con la mirada— No tengo tiempo que perder con esa tonta y su mascota de hijo. Félix se encargará de todo.
—¿El duque estará a cargo de la seguridad de la casa…?
—¡¿Qué te pasa?! —el vampiro lo jala del cuello, apretándole la ropa desde el pecho— ¡¿Estás cuestionándome acaso?! ¡Que vayas por mi carruaje, pedazo de mierda!
—¡A LA ORDEN SEÑOR! —chilla, atormentado.
[…]
—Que bien —murmura Amelie, observando por el ventanal de la gran casona— El inútil de tu padre se marcha por negocios. Un respiro que nos dé mientras está mi hermana acá.
—¿Cómo? —Félix escupe su té, complicado con su comentario— ¿Se va? ¿Cuándo vuelve?
—¿Y a quien le importa? —se encoge de hombros, restándole importancia— No lo necesitamos.
—¿Y quien va a cuidar la casa?
—¿Quién más? El duque, claro —chista la progenitora, haciendo alusión a su primogénito. Aunque no tan convencida de sus palabras. Se percata que su hijo se muestra preocupado— ¿Qué te pasa? ¿Por qué pones esa cara?
—¿Qué cara…? —desvía la mirada, fingiendo.
—Antes celebrabas de que Colt se fuera. ¿Por qué ahora pareciera que tienes miedo? —Amelie se sienta a su lado, acariciando su cabello con dulzura— ¿Qué te preocupa? Ah…déjame adivinar. ¿Es por tu primo?
—¿El hombre lobo? No, para nada —comenta falsamente el menor, bosquejando una mueca endeble de seguridad— No le tengo miedo ni nada de eso.
—"Hombre lobo" —bufa la rubia, divertida— Se llama Adrien, cariño. Se que es un licántropo. Pero es solo un cachorro.
—Con todo respeto, madre —confiesa— Creo que lo estás subestimando demasiado.
—Ay, por favor —Amelie se levanta, caminando hacia la salida del comedor— No te vuelvas paranoico. Es el hijo de mi hermana. Tu primo hermano. ¿Qué va a hacerte? ¿Comerte? ¡JAJAJA!
—…
No, bueno. No lo quiso decir realmente en ese tono. Pero la información que maneja de esa especie es tan vaga que…todo puede pasar. ¿Acaso es tan anormal que sienta un ligero temor por aquel intruso? Muy familiar será, pero Félix ha vivido la mitad, si no la vida entera, en soledad. Y siempre rodeado de vampiros o al menos, humanos que puede controlar. Siempre sintiéndose la raza dominante, más fuerte y superior ¿Qué hay de los licántropos? Adrien ha manifestado que deseaba acercarse a él. ¿Con que facilidad podría permitir aquello? La noche cae lenta. Y cuando la luna da paso a la oscuridad plena. ¿Sigue siendo el líder de la cadena alimenticia?
Son las 22:10. Félix se pasea intranquilo en la biblioteca, con un libro en la mano. Camina de un lado a otro, leyendo y releyendo la misma frase una y otra vez. No logra concentrarse. ¿Qué es lo que lo mantiene en alerta constante? ¿Por qué de pronto ha pasado de ser el cazador a la presa?
Un aullido a lo lejos lo asalta, removiéndole las entrañas. Corre hacia el ventanal y divisa entre los matorrales y el corral de animales, una silueta animal. Es peludo. Dos amarillentos orbes lo acechan en medio del crepúsculo. Los pocos pelos rubios que adornan su anatomía, se erizan de golpe. Mierda. ¿Será…?
—¡AH!
Alguien toca la puerta de la entrada principal. Sigiloso, saca la cabeza hacia el vestíbulo. Nadie abre.
—¿Jean-Pierre? —llama incauto hacia el vacío mismo. No obtiene respuesta— ¿Rose? ¿Margareth? —tienta a convocar a las criadas. Definitivamente, no hay nadie— ¿Madre…? —insiste— Carajo…yo…
Otro golpe. Aun mas violento que el otro.
—Que la reina me ampare…
Con las piernas tiritando, se desplaza hacia la entrada; pegando la oreja a esta. Su agudo olfato no detecta peligro afuera. Ni si quiera su ultra sónico oído divisa algo sospechoso. ¿Será su tía entonces? Traga saliva. Armado de valor y con lo poco que lo empuja a ser el hombrecito de la casa, se digna a abrir finalmente. Aunque no sin antes, mostrar garras y colmillos. Por si acaso, pensó. ¿Con que se encontraría? ¿Con una bestia salvaje, sedienta de matanza y sangre? Lucharía por su vida de ser necesario. Y si tenia que defender a su madre de algún intruso, lo haría hasta dar la ultima gota de sangre de su ser.
Pero su sorpresa es mayúscula. Pues con lo que se topa en la escalinata de mármol, es todo lo contrario a una amenazante visita. Es…
—Un perro…
Es un lobo, en pocas palabras. De pelaje café amarillento, ojos saltones, gesto amigable y con la cola ondeando de lado a lado. Está sentado frente a él. Y trae entre el hocico un…ave, colgando del pescuezo. ¿Y eso…?
—¿A-Adrien…?
—Hola, primo —lo saluda, con los ojos— Vine a verlos. He traído un presente. Mamá dice que no puedo llegar con las patas vacías. Ya que eres un vampiro pensé… ¿Te gustaría chupar la sangre de este cisne?
—¿Disculpa…? —Félix traga saliva, leyendo sus pensamientos. Entre que está complacido y al mismo tiempo asqueado— ¿Qué demonios crees que haces, tonto? ¿De dónde sacaste eso?
—¿Eh? ¿No-no te gusta…? —Adrien baja las orejas, compungido— Lo he encontrado en la laguna.
—¿Qué laguna? —Fathom recula— Ay no… ¿La laguna con la estatua de sirenas? —su compañero asiente, inocente— Adrien, esa ave no es nuestra. ¡Es de los vecinos!
—¿Vecinos? ¿Ustedes tienen vecinos? —gruñe atormentado el can— Yo…no sabía. Mamá dijo que no podía cazar en tus tierras. Por eso fui más lejos y-…
—¡Por la reina! —Félix lo jala del pellejo detrás de su nuca y lo arrastra hacia la casa— ¡Entra ya, salvaje! —lo regaña— ¡Escupe eso!
—¡Perdón! —chilla, como un perro— ¡Yo-…! ¡AU!
—¡Shhh! —Graham de Vanily le cubre el hocico, como si ambos hubieran cometido un crimen que ahora los hace cómplices. Le arranca el animal de la boca— Definitivamente debo enseñarte algunas cosas de la ciudad…—camina hasta la cocina y lanza el cadáver a la trituradora. Acto seguido se voltea para continuar con su reprimenda— Dios, Adrien. Tu no pue-… ¡PERO! —Félix gira la cara, automáticamente en cuanto lo ve parado como un humano común y corriente. Rojo como un tomate— ¡¿Qué haces, idiota?!
—Huele a Scon…—Adrien olfatea la alacena, completamente desnudo— ¿Hay para mí?
—¡Pero ya deja de andar desnudo por la vida, joder! —chilla Félix, irremediablemente abochornado— ¡Me avergüenzas! —le tira un paño de cocina— ¡ADRIEN!
22:50PM.
—¿Por qué eres así? —refuta Adrien, olfateándose la ropa que le ha dado su familiar.
—¿Así, cómo? —exhala frustrado el británico, sentado sobre el sofá del salón— Ah, mira. Ahora si te ves decente. Mi ropa te queda bien después de todo.
—No es verdad. Me aprieta entre las piernas —se queja el francés, tironeando del pantalón— Es muy ajustado aquí. Eres pequeño.
—¿Qué insinúas con "pequeño"? —gruñe Fathom, ofendido— ¿Y a que te refieres con que me comporto así?
—Bueno…somos machos los dos —expresa el Agreste, encogiéndose de hombros— ¿Por qué te avergüenza tanto?
—No se dice "machos" —rueda los ojos— se dice "varones". Y el hecho de que ambos lo seamos, no quiere decir que no seas decente con otros de tu sexo. ¿Lo pillas?
—Algo…—asiente, obediente.
—No. No entiendes. Pero no te preocupes —exhala, levantándose del asiento para mostrarle un libro en particular— Es hora de que aprendas costumbres de un verdadero Graham de Vanily. Llevas muchos años viviendo como los de tu especie.
—¿Qué tiene de malo ser como los de mi especie?
—No tiene nada de malo. Pero…—arquea una ceja, con orgullo— creo que en serio te hace falta que te ayude a comportarte como corresponde. ¿No dijiste que querías conocer a tu familia? Bueno, esta es tu oportunidad.
—Si quiero —asiente, entusiasmado— Primo Félix. Si sigo tus instrucciones al pie de la letra. ¿Podré ser de la familia?
—Ya eres, un Graham de Vanily. En…parte —murmura el Duque, dubitativo— Pero sí. Podrías ser un caballero.
—Mamá dice que ya soy un Sir.
—¿Lo eres? —se mofa— ¿Y quien te dio el titulo?
—¿Disculpa?
—Eh…—Félix hace amago de silencio, apretando los labios. Casi las caga. Pero ha captado la idea. Flaquea— Quiero decir, disculpa. Si. Claro que lo eres…jeje…—le toma los hombros— ¡Pero vamos! Podrías ser un Sir, mucho mejor.
—¡Genial! —brinca, ansioso— ¿Qué debo hacer?
—¿Lo primero? Deja de mostrarte desnudo por favor —comenta, ruborizado el británico— Una parte fundamental de ser un caballero, es dejar de andar como te trajeron al mundo. Debemos usar ropa. Los varones decentes, la usamos. Pudor, ante todo.
—Bien. Pudor —asiente. Aunque…no del todo convencido. Duda— Pregunta…—alza la manito— ¿Y cuando me baño?
—Ahí puedes quitártela, obvio —rueda los ojos— Yo también me la quito para bañarme.
—¿Nos bañamos juntos?
—No —sentencia de golpe.
—Eh…pero papá y yo…
—…perdón —traga saliva, ligeramente intimidado— Perdona. No quise sonar rudo. Quiero decir…bueno…—suspira finalmente el inglés— Que diablos. Si…podemos. ¿Por qué no?
—Vale. Entonces ya lo capto —asiente feliz— Adelante…enséñame a ser un caballero, Lord Fathom.
—Me gusta…cuando me llamas así —musita Félix, grácil con su tono de voz. Despabila, sacudiendo la cabeza— Bien, lo primero será…
¿Qué podía salir mal? Si podía enseñarle a un perro a ir por la pelota, rodar y dar la pata. ¿Qué tan difícil sería enseñarle a su primitivo primo las reglas de la corte inglesa? El primer paso estaba alcanzado. No quitarse la ropa en todo momento. Ser pudoroso, digno, honorable, bien vestido y por sobre todas las cosas, cortés. No era una contienda fácil de llevar, dado que estaba luchando contra el tiempo. Su familiar era básicamente un hombre, aunque su madre lo infantilizara al punto de tratarlo como un cachorro, cuando en el fondo, su propia desnudez era la de un vigoroso hombre adulto. Con el tiempo, Félix descubrió un par de cosillas que lo dejaron bastante boquiabierto. Los licántropos eran una especie mucho mas "cercana" a los despreocupados humanos. Posiblemente por su naturaleza salvaje y canina. Mas de lo que pensó. Por ejemplo, Adrien estaba cubierto de vello en la mayoría de su anatomía. Piernas, pecho, axilas, incluso le crecía mucha mas barba en el rostro que él y con la rapidez de un día. A diferencia de su lampiña anatomía, desprovista de aquellos detalles humanoides que lo hacían ver más como un cadáver que otra cosa. Su familiar incluso estaba dotado de un varonil pelaje rubio a la altura de su pelvis, cosa que el apenas experimentaba. Pero eso no llegó a desalentarlo, por el contrario. Con mayor razón, debía educarlo bien.
Le enseño a afeitarse correctamente sin cortarse. Cuando apenas se conocieron, Adrien tenía cisuras desprolijas en el rostro. Y ahora, era experto en el arte de quitárselos. Le instruyó a como sentarse de piernas cruzadas, a como saludar, como reaccionar frente a las personas que no conocía, sobre todo a las mujeres. Lo que al principio era mas bien un asalto a tu aroma, ahora el se tomaba la libertad de mirarte, antes de olisquearte el alma.
Aprovechando cada minuto y segundo juntos, el heredero de los Graham de Vanily se encargó de pulirlo. Desde mostrarle como leer y entender textos complicados de física, astronomía, hasta como degustar vinos, comidas finas, pararse, que cosas decir, que cosas callar, que maneras tratar. Y así…su relación creció, alimentada con el abono de la confianza y el dialogo constante. Félix llegó a abrirse por completo a su compañero, con total soltura y confianza como le acaecía su naturaleza pulcra e inocente. Como un pequeño retoño que nace en el jardín hasta convertirse en un tronco de roble arraigado a los cimientos de su cuna, Adrien Agreste, pasó un mes al lado del inglés. Aprendiendo toda clase de artes y buenas costumbres de culto que, con el paso del tiempo, desarrolló en una personalidad atrayente, cautivadora y muy encantadora para la corte.
En algún punto, aquella relación llegó a repercutir en la visión que sus madres tenían de ambos. Para Amelie, era un orgullo de honor que ambos primos se llevaran tan bien. Pero a diferencia de ella, su hermana gemela Emilie estaba en total desacuerdo. Puesto que ella ocultaba aún, un secreto prohibido que no deseaba revelar al mundo. Sus miedos mas profundos nadaban, anidados en su pecho como una realidad a portas de verse venir, a pesar de haberlo evitado por tantos años. Y en algún momento…dada conjunción eclosionó un día de invierno.
Los cuatro se encontraban en el comedor principal de la mansión, terminando una cena a eso de las 21:20PM. Cuando Amelie dijo…
—Miren la hora. ¿Vamos al teatro? La próxima función está por comenzar —expone Amelie, optimista— A que no adivinan que obra se llevará a cabo hoy. ¿Lo recuerdas hermana? ¡Es "la doncella y la bruja"! —agrega— La que vimos cuando teníamos 15. Le prometí a los chicos llevarlos.
—¿Qué? —Emilie se paraliza, soltando instintivamente su tenedor sobre el plato— ¿Cómo que es hoy?
—Esperé durante años verla —comenta Félix, limpiándose la boca— Nunca creí que volvería a la ciudad —observa a su primo hermano, con insinuante voz— ¿Vamos?
—Voy, sin duda —sentencia Adrien.
—Iré a preparar el carruaje —añade la dueña de casa, caminando hacia la salida.
—Adrien —espeta Emilie, agarrando la muñeca de su hijo. Hace una pausa y añade— No. Es hora de irnos a casa.
—¿Qué dices, mamá? —parpadea absorto el rubio. No comprende su actitud errática— ¿Por qué no?
—No me gusta…esa obra…—murmura la Agreste.
—¿Cómo que no te gusta? —inquiere confundido el menor.
—Permiso…—Félix se levanta, indiscretamente regalándole una mirada solapada a su primo. A lo que el responde mentalmente— Espérame…ya voy —asiente— Nos vemos.
—¿Mamá…? —incursiona Adrien, preocupado— ¿Qué pasa? Es solo una obra de teatro.
—No vayas —niega la rubia.
—Pero, mami…—comenta el francés, inquieto— ¿Por qué ahora actúas de esta forma? Nunca he ido al teatro. Y mi tía con mi primo dicen que es muy buena.
—Habrá mucha gente de la corte, Adrien —desvía la mirada— Y algunos de ellos, son vampiros. Conocen a la familia.
—¿Y que hay con eso? —tentado a entender que le pasa a su madre, el ojiverde hace amago de culpa que no es suya— Yo soy parte de la familia también ¿No? Soy un Graham de Vanily.
—Las cosas no funcionan así, hijo…—sisea Emilie, frunciendo el ceño con amargura— Escúchame, por favor. Por supuesto que eres parte de la familia. Pero ellos no lo verán así. Solo intento…ahorrarte un dolor innecesario.
—Tranquila, madre —Adrien la envuelve entre sus brazos, acurrucándola con el calor que su propia raza le otorga. Un sinfín de feromonas vuelan en el aire, haciendo efecto somnífero para ella— Todo estará bien. Estoy con mi primo Félix, además. El es muy fuerte. ¿Sí? Confía en él —la suelta, depositando un beso casto en su mejilla— ¡Volveremos al amanecer!
—Pero… ¿Realmente debería confiar en Félix Fathom…? —piensa la mujer, divisando como a lo lejos ambos jóvenes suben al carruaje. Hay un cierto dejo de pensamiento fútil que llama la atención de la preocupada madre. Y es que entre vampiros pueden leerse la mente. Solo que aún no sabe bien, que clase de idea es— Estoy confundida. Este chico no es claro en sus intenciones. ¿Qué es lo que quiere?
[…]
Royal Opera House. Londres. 1902.
El primero en notar la presencia inoportuna del joven licántropo francés, es el acomodador de las sillas. Un hombre alto de claros rasgos vampíricos, que lleva sirviendo a las grandes familias desde hace casi un siglo. Se inmoviliza por unos momentos, percatándose de que ninguno de los integrantes del sequito se muestra descontento con el invitado non-grato. Hace amago de naturalidad, simulando sentirse cómodo y los invita al palco privado que han usado de antaño. Por supuesto que Adrien Agreste es asaltado por un sinfín de miradas fisgonas que, sin premuras, recaen sobre sus hombros con ofensa. Como si su apariencia les afrentara en algún aspecto.
Ya ha sido advertido por su madre. Pero el opta por hacer oídos sordos. Tarde o temprano, el cuchicheo sínico de los asistentes llega a su instintivo sentido de la audición.
—Es por la ropa ¿Verdad? —murmura el galo, en el oído de su primo hermano. Ambos toman asiento en una de las butacas aterciopeladas— Todos visten de negro y yo he venido de blanco.
—¿Qué cosas dices? —Félix también ha notado la hostilidad de su entorno, pero al igual que su familiar, lo deja pasar por alto. Le sonríe con amabilidad, tocando su hombro de manera sincera— Tranquilo, no hay nada malo con tu vestimenta. Es más, te ves muy apuesto.
—Gracias, primo Félix —responde ruborizado el mayor— Tu también te vez muy guapo.
—Gn…si…—Fathom se remueve bajo el asiento, disimulando a duras penas que como siempre, sus halagos le conmueven mas de lo normal— Ya va a comenzar. Guardar silencio.
—¿Dónde está mi tía? —el Agreste echa una ojeada rápida por el sector— ¿No nos acompaña?
—A mamá le gusta mucho socializar con los burgueses de la corte —el británico apunta con los ojos hacia otro palco, en la esquina de en frente— Y como a mi no se me da bien, solemos separarnos.
—¿No te da pena? Estar lejos de ella.
—¿Por qué me daría? —expresa sutil el vampiro— No estoy solo. Ya tengo la compañía que necesito…
—Es cierto —asiente jovial el ojiverde. Acto seguido, desliza su mano bajo la penumbra hasta reposarla sobre la pierna de su acompañante— Estoy contigo.
Ha sido solo un toque modesto por parte de su camarada, pero sin duda ha provocado una inevitable reacción febril en el menor. Es la primera vez que Adrien se comporta así en público. ¿Será correcto? Bueno… ¿Por qué no? De igual forma, están en altura. Y no hay manera de que alguien pueda notar aquella muestra de cariño; en medio de la poca luz que los acompaña. Ha dejado que su mano se quede ahí el tiempo que guste. Y sutilmente, la encubre con su propia presencia.
Uno de los sirvientes les ofrece whisky para beber y acompañar la velada. Ambos aceptan y en cuanto son victimas de la noche, la función da inicio.
Las escenas pasan delante de ambos jóvenes, como paneles de un film en una cinta antigua y grácil. Adrien es el mas cautivado de todos. Con cada acto de agobio, añoranza y desamor, la musculatura de su anatomía se tensa; dando espasmos involuntarios. La obra es apasionada y el cantico excelso para su refinado gusto. Se profesa atrapado por la historia de la joven, que ha perdido a su hijo y hace un pacto con una bruja. Venderle el alma a la oscuridad misma…que cosa tan exquisita. Por su parte, el duque parece mas concentrado en la extremidad que reposa en su muslo, mas que otra cosa. Escondiendo su frágil gusto por el arte del teatro, tímidamente desliza la suya para tocar con delicadeza la ajena.
El menor de los Agreste, no muestra atención a las respuestas físicas de su familiar. De forma instintiva, aprieta la pierna sobre la ropa; cada vez mas encendido que antes. Hasta que, en algún momento dado, sin previo aviso y sin ningún atisbo de decoro, sus dígitos terminan navegando hasta la entrepiernas del británico. Ahora, masajeando la zona con apremio, Félix se congela en el acto. La temperatura corporal aumenta en demasía. ¿Qué se supone que está haciendo? ¿Estará bien que…lo toque ahí? Traga saliva, nervioso. ¿Debería acaso hacer lo mismo para corresponderle?
Abruptamente son interrumpidos por el hombre que sirve los tragos. Félix le arrebata la mano a su criminal asaltante, tapando con la prenda superior la notoria erección que se ha formado bajo el pantalón.
—Se ve sediento, Lord Fathom —murmura con suspicacia el hombre. Examina de pies a cabeza, lo turbado que está— Permítame ofrecerle un trago…—añade, apuntando mas atrás a una doncella que no revela su rostro.
Es algo super común y habitual en aquel mundillo prohibido. Los de su especie suelen excitarse con facilidad con el arte, la música y la noble industria del teatro. Por lo que, como una muestra de servicio comunitario, algunos de los vampiros recurren a beber sangre de alguna muchacha lozana que pueda atenderlos; entre tanto. En otro momento de su vida, posiblemente el duque hubiese aceptado. De seguro es una mujer virgen y con una sangre exquisita. Pero ahora…sus intereses han cambiado. Así que rechaza la oferta, levantando la mano.
—No me apetece por ahora, estoy bien —sentencia— Ve a ofrecérsela a mi madre. De seguro ella si tiene sed.
—¿Está seguro, joven? —insiste el varón— Va por cortesía de la cas-…
—¿Qué no escuchaste? —Félix lo fulmina con la mirada— Largo.
—S-si…duque —reverencia, retirándose— Con su permiso…
—¿Por qué no has aceptado? —pregunta Adrien, con el cantico agudo de fondo de una damisela— Creí que los de tu especie disfrutaban de eso.
—¿Por qué me estás tocando sin mi permiso? —gruñe Fathom, regalándole una penetrante mirada de ultraje— No te he dado permiso para hacerlo.
—Perdón…—Adrien rehúye de su mirada con nostalgia— te vi tenso. Cuando los mach-…digo, los varones se sienten tensos, por lo regular los consuela así.
—¿Se tocan los genitales, así como así? —parpadea, atónito con lo que le ha contado.
—No, no así. Y no con todos, jeje…—sisea nervioso y abochornado— Solo los que son pareja.
—¿Qué estás-…?
Las luces se encienden y la muchedumbre se levanta. Enardecida, aplauden y tiran ramos de flores al escenario. La obra a finalizado. Aunque para dos peculiares jóvenes, esto a tirado pintas de otra cosa, mas que una simple función aparatosa y pomposa. Félix se muestra herido y a la vez, muy confundido. ¿De donde ha sacado semejante idea este muchacho? ¿Es que acaso ahora lo está viendo de una forma…? Se levanta de la silla y camina en silencio hacia la salida. Adrien lo sigue, encandilado por su reacción. Para evitar toda afrenta por parte de algún inescrupuloso, sale por la puerta trasera del recinto. Una brisa gélida de invierno lo recibe en la calle. Incluso si el propio carruaje de la familia los esperaba, el opta por tomar otra vía de escape y camina hacia la avenida principal. Rojo como un tomate, se cubre la cara con una bufanda de seda.
—¿Pero que demonios le pasa a este idiota? —redunda, caminando.
—¡Primo Félix! —Adrien lo alcanza, atajándolo por el brazo— ¡Por favor! Perdóname. No quise ofenderte.
—¡¿Qué se supone que estás insinuando, Adrien?! —refuta el inglés, avergonzado por sus actitudes tan erráticas— ¡¿Por qué de pronto me dices esas cosas?!
—¡Félix, yo-…! —el menor del matrimonio Agreste hace una pausa, buscando la mejor forma de expresar lo que siente— Te quiero…
—¡¿Y eso que?!
—Me gustas.
—¡¿Pero que-…?! —Fathom aprieta los labios, pasmado con su declaración— ¿Pero que barbaridades estás diciendo, Adrien?
—¿Acaso yo no te gusto? —pregunta inocente y desprolijo.
—¡Por supuesto que no, tonto! —chilla de vuelta— ¡Eres mi primo! ¡¿Qué te hace pensar que siento algo así?!
—Pero…—añade, confundido— Perdona. Es que…cuando estás conmigo, hueles distinto.
—¿Huelo distinto? —rezonga, alterado.
—Bueno…es que…arg…—el francés suelta una risita nerviosa, ruborizado por tales palabras. No está del todo seguro de lo que está diciendo, pero si sabe muy bien lo que percibe por parte de su camarada— ¿Cómo te lo puedo explicar sin que te ofendas?
—¡Ya estoy ofendido, estúpido!
—Pues por eso —exhala frustrado el mayor. Un vapor de aire caliente vuelva desde sus labios. Aunque ahora mismo, está muy decidido a continuar con su cometida— Cuando estamos juntos, tu…tu aroma es muy dulce. No sé como explicártelo. Hueles como una chica.
—¡¿Cómo una chi-…?! —Félix se va la a mierda. Acto seguido, lo coge del pecho y lo zarandea, violentamente— ¡Soy chico, tarado! ¡¿Cómo que huelo como una mujer?!
—¡No! ¡No digo que seas una doncella! ¡Por favor! —intenta defenderse como puede, sujetando sus manos en el proceso— ¡Tu cuerpo secreta feromonas de una fémina! ¡No puedo evitar sentirlo! ¡Es algo químico! ¡¿Cómo demonios te lo digo?! Hueles…—traga saliva, embriagado— Hueles como si estuvieras enamorado…
—¡¿Has perdido la cabeza, infeliz?! —alza la mano para golpearlo— ¡Te voy a-…!
—¡Vaya, vaya, vaya! —espeta un muchacho— ¡Pero si es el grandioso Duque Fathom!
Tensión en el ambiente. Un inesperado y entrometido hombre se ha volcado a arruinar el momento de clímax de aquella pelea. Y no viene solo. Es acompañado de otro sujeto. Ambos, de actitud soberbia, ropa elegante y sin duda alguna, mirada vampírica. Dos muchachos sedientos de sangre y de problemas. Uno mas corpulento que otro.
—Demonios…—Félix suspira hastiado, soltando a su primo para voltearse a los intrusos— ¿Qué mierda quieres ahora, Iván?
—¿Iván? —el licántropo se detiene a examinar a los bribones con intimidante actitud— ¿Los conoces, primo?
—Por supuesto que nos conoce. Lo tenemos de hijo. ¿Huh? ¿Qué es esto? —carcajea Bruel, centrando su atención en el hombre lobo— Cuando no podías caer más bajo, traes contigo a tu mascota para que te defienda.
—¿Disculpa? —gruñe Adrien.
—¡Si es su mascota! —se burla Kim, su acompañante— ¡Es un perro!
—Aparta —se defiende Fathom, alejando a su familiar para tomar afrenta de sus molestos comentarios— ¿Qué haces aquí, Iván? ¿No deberías estar atacando mozas de la corte como de costumbre?
—Esa fue una muy buena obra ¿No crees? —se mofa Iván, mostrando los colmillos— Me habían contado que los Graham de Vanily eran refinados. Pero no pensé que fueran tan afeminados como tú. De seguro tu padre debe de estar muy decepcionado de que seas su heredero.
—¿Y a ti que mierda te importa eso? —refuta Félix, con voz burlesca y actitud agria— No veo al conde Bruel quejándose de que su hijo es lo mas parecido a un cerdo gordinflón.
—¡¿Qué dijiste, infeliz?! —vocifera el grandulón, sacando las garras.
—¡Déjamelo a mí, Iván! —brinca Le-Chien.
—¡Félix! —interviene Adrien, también uniéndose a la pelea— Yo los acabaré…
—No —refuta el británico— Esta pelea no es tuya. Ya estoy harto de estos dos. Les daré su merecido.
—Pero…primo…
—¡Jajaja! —Kim danza, mostrando los puños— Míralo. Su mascota quería meterse. Vamos a ver de que estas hecho, Fathom.
—Solo no lo vayas a matar, idiota —redunda Iván, girando los ojos— Es un Graham de Vanily.
—Tranquilo —añade Kim, enseñando los colmillos con voraz hambre— Solo lo pondré en su lugar de una buena vez. Este mocoso engreído…me las va a pagar, por haberse burlado de mí el verano pasado.
—¿El verano pasado…? —Adrien no entiende nada. Pero poco puede hacer, ya que su familiar quiere enfrentarlos por si mismo. Y como es de su costumbre; si un licántropo quiere pelear su propia batalla, debe hacerlo solo. Da cuatro pasos hacia atrás, saliéndose de la riña— Vale…—mira a Félix, esperanzado— Confío en ti, primo. Dale su merecido. Enséñales quien manda.
—Ven entonces, cara de simio —chista Félix, quitándose la bufanda en posición ofensiva— Te daré una muestra de-…
Ni si quiera alcanzó a terminar la frase, cuando un puñetazo firme se clavó en su mejilla derecha y lo mandó a volar hacia unos barriles de basura. Adrien se horroriza, pues es la primera vez que presencia en primitiva persona el pleito de dos vampiros. Ha visto peleas de lobos, pero nunca de los de su raza. ¿Se sacarán los ojos? ¿Se arrancan las orejas? ¿En que consiste la pelea de ellos? ¿Se usurpan las trip-…?
—¿Félix…?
Estupefacto, ha contemplado todo con lujo y detalle. No. No es nada de eso. Los vampiros, solo se agreden físicamente hasta que uno de ellos termina doblegado al poderío de otro mas dominante y acaban siendo mordidos por el mas fuerte. El mas valiente, eficaz y enérgico. El menor de los Agreste está en shock. Félix ni si quiera pudo lidiar con un par de golpes que lo noquearon en cuestión de segundos, dejándolo a merced de la ambición de Kim. El mismo, que ahora lo ahorca contra la pared y le inca los colmillos en el cuello para beber de su sangre. Adrien enmudece. La mirada opaca. Tras varios segundos de silencio sepulcral, su rival logra su objetivo y ambos se marchan carcajeando con la victoria entre sus garras. ¿Eso ha sido todo…? No le parece para nada que haya sido lo mas parecido a una pugna de poderes. Fue mas bien un escarmiento. Al menos, así lo ve el. No le preocupa en lo más mínimo que su familiar esté inerte en el suelo. Mas bien…quiere entender que demonios ha sido todo eso.
Se aproxima a el y le extiende la mano. Automáticamente es rechazado de un palmetazo violento y febril. Si. Fue derrotado. ¿Pero y que con eso? Han bebido su sangre. ¿Eso es humillante? No comprende. Está confundido. ¿Acaso eso es tan malo para su mundo?
—Déjame…—murmura Félix, a duras penas.
—¿Por qué te molesta tanto? —inquiere Adrien, embrollado.
—¿Tu que carajos sabes…? —Graham de Vanily intenta pararse, pero sus piernas le traicionan y cae nuevamente. Frustrado, irritado, colérico, esconde la mirada en su flequillo nocturno— No entiendes nada…lárgate.
—Ya veo…ahora entiendo mejor —piensa el licántropo, sentándose a su lado para solo acompañarlo— Vale. Así que se trata de eso. Para demostrar poder en tu mundo, el que primero chupa la sangre del otro es el vencedor. Y eso, claramente te deja débil.
—No estoy…débil…
—Si lo estás —suspira el joven cachorro, mirando el cielo nocturno— Mírate. Apenas puedes moverte. Te ha succionado la fuerza vital. Y otras cosas también.
—¿Qué otras cosas…perro estúpido? —rezonga a duras penas, el menor. Se cubre la marca con la mano, sobre la yugular.
—Y ahora usas malas palabras para insultarme —se mofa Adrien, quitándole importancia al asunto— Pero quiero que sepas que no me ofendes. Estoy aquí para ayudarte.
—No necesito tu ayuda…
—Félix —exhala, rendido. Lo mira hacia un costado— Dime una cosa. ¿Cómo vamos a volver a casa ahora?
—Me pondré mejor…dame un momento.
—Si, claro. Un momento —rueda los ojos el rubio— ¿Cómo cuantos litros te quitaron? Mírate. Apenas puedes hablar. ¿Qué va a decir mi tía Amelie de esto? No puedo dejarte llegar a casa así —saca conclusiones— Ok. Supongamos que tu sangre se regenera después de un rato. Pero ¿Ya viste la hora? Está comenzando a llover…—agrega, notando como un par de gotas caen en su nuca— No pretendo cargarte como un moribundo a casa. Debemos irnos ahora.
—¿Qué estás…insinuando…?
—Cállate ya —Adrien toma posesión de su espacio aéreo, sentándose sobre sus piernas. Coge sus manos y las aprisiona contra la pared, exponiendo su cuello— Adelante. Bebe.
—¿Qué mierda…estás…? No…—un enclenque Félix lo rechaza con asco, desviando la mirada— Aléjate de mí…jamás bebería de un licántropo.
Comienza a llover a destajo en Londres. El monzón, cae sobre sus cuerpos. Adrien frunce el ceño y lo estruja con violencia contra su pecho y anatomía, obligándole a beber contra su voluntad.
—Hazlo.
—Adrien, tu no entiendes —expresa Félix, febril y al mismo tiempo, humillado— Si bebo de ti…se forma un vínculo que-…
—¿Crees que me importa ahora, tonto? —rezonga su familiar, fulminándolo con la mirada— De igual forma, el vinculo ya lo tengo contigo. Bebe de mí.
—No.
—Bebe.
—¡No!
—Bebe, maldito orgulloso —demanda con dominio sobre su anatomía, apretando su mandíbula contra su cuello— Toma…
—No lo entiendes, Adrien —batalla el vampiro— Si bebo de ti, me enteraré de todo lo que sientes…
—Pero si ya lo sabes —farfulle Adrien, con grácil y jovial actitud— Pasa que eres un terco, que no quiere admitirlo. En el fondo, solo me aseguraré de que te quede en claro lo que siento.
—Adrien…—exhala Félix, ofuscado.
—Bebe.
Esa vena…se veía tan jodidamente expuesta y suculenta. Félix poco podía hacer para evitar sentirse atraído por ella. ¿Y para que seguir mintiéndose? Hacía meses que deseaba probarla. La sed la atormentaba. El frio noctívago hacia lo suyo. La pelea con los otros vampiros lo había dejado tan aventurado y endeble, que era eso o morir congelado por el indiferente invierno que laceraba sus huesos. Exhala frustrado, pero al mismo tiempo extasiado por la candidez que su compañero profesa, al punto de tentarlo a probar solo un poco…de aquel elixir prohibido. Beber de su familiar, no era mas que un acto de sumisión que venia reprimiendo, pero que daba ínfulas de placer con su madre. Félix enreda sus dedos alrededor de los cabellos sedosos y dóciles de su cómplice, jalando de ellos con potestad.
En un acto de pasión y desenfreno por saciar sus avideces por sangre, Félix saca la lengua para relamer la zona que va a morder a continuación. Caliente, inexplorada, indómita. Adrien gesticula una mueca de placer, entrecerrando los parpados. Es la primera vez que se deja morder por uno de su clase. ¿Qué tan mal podría salir? No lo sabe. Hasta que los colmillos pulcros y blanquecinos de su primo se incrustan en su piel. Y solo entonces, comprende al 100% lo que significa ser mordido por un vampiro. La manera en la que succiona aquel sabor escarlata, lo adormece. Algo tiene su boca, que lo aletarga. Lo doblega. Volviéndolo vulnerable y una presa misma ante tal depredador. Comprende que las fauces de aquella especie contienen un veneno embriagador que provoca que sus victimas se encante con el acto mismo. No puede evitar excitarse, al punto de provocarle una erección reflejo. Ambos, la sufren. Pero ya no hay nada que lo detenga. Aquel brebaje carmesí corre por la comisura de los labios del Duque, recorriendo parte de su cuello, muriendo endeble por su garganta hasta escuchar el "glu glu" de su degustación.
Félix rejuvenece casi al instante, en cuanto la sangre caliente de su ahora cómplice lo atosiga de deseo y pasión. Se detiene a cierto punto. Solo por cuanto su piñusco cuerpo lo permite. Pero algo se ha encendido en ambos, algo que el mismo británico renegaba de hace meses. Se lo ha advertido antes pero el no hizo caso. Y como consecuencia de aquello, ambos ahora se observan con ojos lujuriosos y dotados de un amor que nadie comprende.
Adrien lo envuelve entres sus brazos, como un caballero a una doncella y lo alza en el aire. No se muestra enfermizo ni mucho menos damnificado. Por el contrario, está febril y muy, muy estimulado a nivel anatómico.
—¿A dónde me llevas? —murmura escueto, el Duque; mientras es trasladado entre sus brazos. Se ha recuperado de golpe— Oye…
—La cama es para hacer hijos —veredicta Adrien, cargando con el a saltos por los tejados de Londres— Pero yo no pretendo hacer eso.
—No me lleves a un establo, por favor —exclama Félix, sutilmente ofendido— Se decente…
—Soy decente…Lord Fathom —sentencia Adrien, regalándole una mirada de lujuria— Te llevaré a un buen lugar.
—¿Qué vas a hacerme? —pregunta, aferrado a su pecho.
—Quiero copular contigo, Félix.
—No se dice así, animal —lo increpa, corrigiéndolo en el proceso— Se dice-…
—Hacer el amor —determina el Agreste, soltándolo con suavidad para mostrarle su guardia— Aquí…
Es el interior de una cueva, en pleno bosque inglés. A portas de no entender nada, Félix hace amago de duda. ¿Qué clase de lugar es ese? No le parece romántico. Solo hasta que el licántropo enciende dos velas en el interior, puede ver lo que ha preparado para él. ¿Por cuánto tiempo ha escondido este pequeño recoveco de amorío? Incluso se ha tomado la libertad de adornarlo con flores. Muchísimas flores. Félix da un paso hacia atrás, chocando de lleno con el pecho varonil de Adrien. Le extiende otro ramo. Lleno de azucenas y tulipanes, recortados solo por él. Hay una cama de pajas delante de ambos, muy ortodoxa, pero entiende que ha hecho su voluntad.
—¿Qué haces, Adrien? —pregunta el duque, confundido.
—Eres mi pareja.
—Adrien, yo no soy-…—se detiene de golpe.
Si. Si lo es. Adrien Agreste se apodera de su anatomía con autoridad e imperiosa actitud dominante. Lo empuja hacia la improvisada cama y lo deja caer boca abajo. En un intento escueto de resistirse, Félix lucha para poder voltearse. Pero su ahora, "amante" se lo prohíbe. Imperioso, aprieta su nuca contra el pajal. Fathom exhala agobiado, dejando entrever que no le parece la manera en como lo está tratando. Todo lo demás, está bien. Pero…
—Detente —refuta Félix, pateándolo con los talones— ¡Espera!
Silencio sepulcral en el aire. Félix jadea, solo porque no puede creer la brutalidad y el salvajismo de su contrincante. Adrien cada vez más, se muestra como un hombre lobo. Lo que es, realmente. Se ha despojado de su prenda superior y no sabe realmente como reaccionar. El heredero de los Graham de Vanily termina por exhalar frustrado, intentando calmar las hormonas desenfrenadas de su compañero. El es casto, a diferencia de su acometido. Lo toma de las mejillas y lo mira a los ojos.
—¿Qué te pasa, Adrien? —pregunta el británico, masajeando sus mejillas con dulzura— ¿Estás en periodo de celo o algo así? Es que yo no comprendo a los de tu raza.
—No. Nada que ver —reniega el Agreste, tocando también sus mejillas con asombro— Quiero…—recula, antes de cagarla— Que sepas, que realmente me gustas mucho. Llevo meses ocultándolo. Me pareces…hermoso
—Pero…somos varones los dos —expresa Félix, preocupado.
—¿Y eso que? —responde obnubilado. Lo abraza contra su pecho— No doy más…por favor, déjame…
—¿No es una cosa hormonal de tu especie?
—¿Qué dices? —Adrien hace una pausa, acariciando sus cabellos rubios con sus dedos— Bésame. Te demostraré que no es nada de lo que dices.
—Adrien, yo-…
Un beso. Un profundo, prolongado contacto y añorado ósculo, lo lleva a desarmar todas sus armas de rebeldía. Adrien le come la boca como un salvaje y hambriento hombre, que hasta ese momento le introduce su lengua en el interior de su boca. Solo para entonces, Félix comprende que no está jugando o mucho menos, está solo "febril". Es verdad, si quiere…
Un hilillo de saliva se corta entre ambos. Solo para cuando sus bocas se separan con potestad y es el mismo inglés, quien accede a sus bajos instintos. Dejándose dominar como guste el mayor, es cuando le da ínfulas de tomar posesión de su cuerpo. Félix asiente, convencido. Y lo próximo que hace, es recostarse boca abajo contra el pajal que yace delante de él. Ahora mismo, no le parece tan incomodo. Creyó que le pincharía. Pero es blandito y cálido. Con actitud moribunda, entrecierra los ojos y añade; para finalizar.
—Vale…hazlo…
Adrien exhala caliente, en un vapor ardiente que lo carcome por dentro. Ver a su victima tan sumisa, lo enciende de lujuria animal. Se abalanza hacia su presa, despojándose ahora de las prendas que recubren su anatomía inferior. Y lo mismo hace con su compañero. Félix siente el toque sincero de su amante rozar con los dedos sus tetillas rosadas, siendo atendidas con sus dígitos. Lo siguiente que percibe, es la lengua húmeda de su criminal amante, frotando sus glúteos. Se estremece sin duda, dejando a potestad lo que guste.
—¿Estará bien que no mire…? —pregunta con lascivia el menor de los primos. Se siente muy desprotegido y tiembla con nerviosismo— Tengo…miedo…
—Quiero que lo hagas —sentencia el licántropo, girándolo hacia él— No tengas miedo…no te haré daño.
La contextura del duque es tan menuda, que no le hace problemas al francés para manejarlo al revés y al derecho. Lo manipula con tanta soltura, que acaba sentado en sus muslos, para que de esa forma pueda observarlo con omnipresencia el rostro. El heredero de la familia Fathom ahora no tiene escapatoria. La mirada esmeralda de su compañero lo tranquiliza bastante, borrando todo atisbo de duda o temor. La expresión facial del menor de los Agreste, denota templanza y serenidad. Y espera de alguna manera transmitírselo a su cómplice. Es ahora, un ambiente relajado y dócil, lo que los envuelve en el ambiente. Félix rodea su cuello con ambos brazos, mientras su amante lo despoja de la camisa. A torso desnudo, aprovecha la instancia para trazar finas líneas con la yema de sus dedos, por la musculatura remarcada su primo hermano. Ambos, se tantean sin premura y cada quien con sus propios artilugios. Adrien lo estudia con el olfato, impregnándose de la fragancia que sueltan sus hebras doradas. Pero también se embriaga del aroma de su anémica y tersa piel vampírica. Le fascina la destreza con la que puede apretar la delgada cintura de su pareja, atrayéndolo más y más hacia él.
Lo que al principio inició con roces, arrimos y toques, acaba en besos y lamidas. Y finalmente, en el acto mismo de la ensoñación amorosa. Ahora no hay vuelta atrás, pues ambos están completamente desnudos y sus hombrías, conectadas entre sí. Tras una larga y prolongada previa de mimos, el joven lobo siente que su gemelo está listo. Ha palpado con los dedos, la zona que va a irrumpir. Y a juzgar por la forma en la que respira, sin duda tiene su aprobación.
—¿Esto…está bien, verdad? —pregunta Félix, enrollándose con las piernas a su camarada— Que hagamos esto…
—¿Se siente que esté mal? —gruñe Adrien, abriéndose paso en su interior.
—N-no…haa…—gimotea en respuesta, sintiendo como empuja su miembro en su intimidad— Es muy grande…
—No. Creo que tu eres muy estrecho…—farfulle el galo, acallando los quejidos agudos de su contrincante con un beso tosco— Quédate quieto…
—Está bien…
Solo para cuando finalmente ambos cuerpos se enlazan entre sí, totalmente acoplados, es cuando el burgués se desconecta de la realidad. Ya no quiere pensar mas en lo que está bien o mal. Si está prohibido o no. Quizás sería bueno, dejarse llevar y disfrutar de la experiencia. Porque para mezclar sentimientos con una situación así…eso se lo dejará a su primo.
La noche muere en un lento degrades. Solo la luna en lo alto ha sido testigo de lo que ocurre dentro de ese gran hueco de piedra caliza. Ya nada mas importa. Es el comienzo…del final.
[…]
Félix no tiene como refutar la primera experiencia sexual que ha vivido. Tras haber descansado luego de una ardua noche de intenso movimiento, se percata que su compañero yace completamente dormido a su lado. Los brazos que antes le acurrucaban, son dos fuertes patas peludas. Se ha llevado una sorpresa al darse cuenta, de que ha tomado la forma animal. Aunque ahora mismo le parece bastante chistoso.
—¿Debería preocuparme? —insinúa con picardía el británico.
—¿Huh? ¿Qué? Dios…—a duras penas, un somnoliento Adrien en versión lobezna pega un bostezo enérgico. La corrida de dientes y colmillos en aquellas fauces, deja perplejo al menor— ¿Buenas noches?
—Juraría que te vi lo que comiste la semana pasada —bufa el aristócrata, haciendo amago de repugnante locución— En estos momentos eres lo mas parecido a un oso gigante. Tu pelaje es suave —agrega, masajeando al vello de su pecho— Y estás muy calentito.
—Creo que anoche nevó —expone el licántropo, olisqueando el aire— No recuerdo en que momento me transformé —se toma la cabeza, confundido— Debe de haber sido casi al último.
—Puede ser —murmura Félix, levantándose del pajal; en busca de sus prendas de vestir— Yo solo cerré los parpados para descansar un poco y cuando los abrí, ya estabas así. Eh…uhg…—se remueve, cubriéndose con las manos— ¿Qué es ese olor? No me digas que te viniste dentro.
—P-perdón…no me di cuenta de eso —rasca su nuca.
—Que asco, Adrien. No vuelvas a hacer algo así —lo regaña son severidad, en lo que se acomoda el pantalón— Ya casi amanece. Será mejor que vuelva a casa —estaba de lo mejor vistiéndose, cuando fue victima de la mirada fisgona de su peludo y amoroso amante— ¿Qué…me ves así?
—Tienes un trasero increíble —sisea el lobo, afirmando el peso de su cabeza sobre su puño. Le guiñe el ojo— ¿Ya te lo habían dicho?
—¡Eres un-…! —Fathom enrojece hasta la medula, lanzándole una bota en toda la jeta— ¡Tenme más respeto, salvaje!
—¡Jaja! ¡No quiero!
Adrien se abalanza a él, regresando a su forma humana y lo abraza con fuerza desmedida. No le importa si está a duras penas vestido, no aguanta ni un segundo mas en comerle la boca a besos. Le da un giro por el aire, frotando su nariz contra la suya con cariño. Lo ha desarmado, tirando todos sus botones abajo. Félix puede verlo tan claro como el día. Sus ojos, no lo engañan. Y en su pecho, palpita un corazón real con avidez y la pasión de un joven enamorado.
Si…su primo hermano, se ha enamorado de él. ¿Qué pasará ahora? Tiene miedo. Muchísimo miedo. A diferencia de su afectuoso camarada furtivo, él no está del todo seguro de las cosas que profesa. Nunca se ha enamorado y lo poco y nada que conoce de aquel sentimiento no ha sido permitido por su naturaleza nocturna, denegándole la posibilidad de expresar algo parecido a un extraño que no sea de su prole.
¿Estará el también…enamorado? Es la pregunta del millón…
—Volvamos —sentencia Graham de Vanily, tomando las manos de su camarada— Llévame a casa.
—Como usted ordene, Lord Fathom —reverencia el francés, esbozando una mueca jovial.
El gran reloj de pared, marca las 06:20 de la madrugada. Los primeros rayos del astro rey se vislumbran en la lejanía del horizonte. Ambos amantes, se despiden en un último ósculo clandestino, en el balcón del cuarto del británico. Es intenso y está dotado de mucho deseo, pero con pesar y lamento deben separarse por el momento. Ya tendrán mas tiempo para rememorar situaciones similares. Después de todo, Félix goza de una eterna edad, que pocos podrían jactarse en la vida.
De vuelta en su antropomórfica versión, el menor de los Agreste parte rumbo a la casona que comparte con su madre; perdiéndose en el frondoso bosque. Aunque no sin antes, soltar un sonoro aullido canino que confiesa, despidiendo a su amor. El duque cierra el ventanal y se pasea por el cuarto, frotándose las manos. El olor a licántropo lo lleva impregnado casi en el núcleo de su pecho. Lo mejor será darse una ducha extensa o aquel aroma, levantará sospechas del patibulario acto que realizó la noche anterior. Sale de la habitación, en dirección al baño y sorpresivamente es asaltado por el mayordomo de la mansión. Jean-Pierre, intenta disimular su molestia. Pero está entredicho, que, a juzgar por su perfume peculiarmente perruno, sabe la verdad.
—¿Qué quieres? —espeta el vampiro, con mirada seca y voz agria.
—Lord Fathom —masculle el sirviente, preocupado— Con todo respeto. ¿Que está haciendo?
—¿Perdona? —arquea una ceja, suspicaz.
—Se que no me corresponde decir esto, porque solo soy un esclavo de la familia. Pero yo…lo vi nacer, sir —expresa, cabizbajo— Lo he visto crecer y lo he criado como si fuese mi hijo. Y creo que lo que está haciendo…es muy peligroso.
—¿Peligroso, dices? —farfulle Félix, juntando el entrecejo con denotativo desprecio— ¿Sabes con quien estás hablando, mugroso? —gruñe— ¿Crees que un Graham de Vanily le teme a algo?
—No, señor. Claro que no —manifiesta finalmente— Un Graham de Vanily no, puesto que son muy orgullosos e inclementes. Pero un Félix…jovencito, sensible y tímido, sí.
—Suficiente —niega con potestad el menor, pasando delante de el— Prepárame el baño.
—Su padre —advierte el varón de mediana estatura, nervioso— Si su padre se entera de esto…—desvía la mirada— Temo que no lo tome de la mejor forma.
Sus palabras han calado hondo en el hijo del matrimonio. Se detiene en medio del pasillo, observándolo por sobre el hombro con soberbia. Si. Sabe de lo que está hablando o al menos ha entendido la referencia. ¿Pero que mas puede hacer? Ya es muy tarde para revertir lo que ha hecho.
—No le temo a mi padre. Así que, si ya no tienes nada mas que decir, ve y haz lo que te ordené —sentencia, mostrándole los colmillos— Si no quieres que te castigue por tus insolencias.
—…si…señor —reverencia con sumisión.
[…]
—¡Ya estoy en casa! —chilla Adrien en la entrada, quitándose los zapatos de golpe para lanzarlos a la mierda— ¡Mamá! ¡Ya vine! —corre por el pasillo hacia el living, mas jovial de lo habitual. Se la topa en el salón, sentada sobre un sofá con actitud penumbrosa— ¡Fue una noche increíble en el teatro! No te imaginas lo divertido que fue —ríe— Y tengo muchísima hambre. ¿Qué hay de comer?
Silencio sepulcral. Emilie, no responde. Adrien hace una pausa, borrando todo atisbo de felicidad de su anatomía. La ve levantarse con recelo y caminar hasta el, escondiendo la vergüenza entre su blanca bata.
—¿Mamá?
—Dijiste que llegarías antes del amanecer.
—Eso hice, mamá. El sol apen-…—su progenitora lo ha tomado del brazo y lo jala hacia ella, con potestad— Hey… ¿Qué pasa…?
—Hueles a el —dictamina Emilie, olisqueando el cuello y parte de su mejilla derecha, con asco— Estás…impregnado en su aroma.
—Madre…—traga saliva, tenso por su revelación— No es-…
—¿Qué demonios hiciste, Adrien Agreste? —le recrimina la rubia, con la mirada humedecida en dolor— Dime.
—Mamá, yo-…
—¡Dime! —berrea, acongojada— Y no te atrevas, a mentirle a tu madre, jovencito. Te lo prohíbo —su pequeño aprieta los labios, abochornado como quien es pillado robando. Lo suponía. Su peor miedo y de espanto, se ha hecho realidad. Está tentada a llorar, pero se lo ahorra. No pretende que su hijo la vea débil ante tal acontecimiento. Su silencio otorga. Esa mirada esmeralda, encendida, titilante, lujuriosa…lo confirma— Te acostaste con él…
Por primera vez en años, Adrien se muestra ofendido con la forma en la que su madre le ha increpado. Instintivamente, le suelta la mano de manera violenta. Algo que ha dejado boquiabierta a la fémina, pues nunca lo vio reaccionar de una condición tan errática. Ni siquiera en las miles de veces que fue atacado por Gabriel o por las reprimendas que podría recibir de su parte. No. Esta vez, es distinto. Algo se ha inflamado en sus orbes, inyectándose de un recelo indescriptible. ¿Qué demonios ha pasado? Su propio hijo ahora, la mira como lo haría uno de su especie. Emilie da un paso hacia atrás, anonadada. Divisa dos puntos rojos remarcando su cuello. Lo sabía. Félix le ha mordido en el proceso y ha dosificado de su veneno en él, de la misma forma que ella hizo con su marido tiempo atrás. Es la representación mas pulcra en la que un vampiro cuñe a su presa. Como una marca que se le hace a un animal, con hierro caliente.
La mayor de las gemelas hace amago de rechazo y acto seguido, confiesa sin pudor alguno; derrotada.
—Has sido infectado por la fiebre maldita de mi familia…—se deja caer sobre el sillón, abrazándose así misma— Que horror…—y solloza— Ya nada me va a ayudar…
—Santo dios…madre —Adrien baja los hombros, adormeciendo el perfil que contempla su anatomía y se aproxima a ella. No halla otro consuelo, mas que abrazarla con cariño. No entiende un carajo— ¿Por qué has reaccionado así? —exhala, rendido— Es cierto…me acosté con él. Pero incluso si no llegásemos a hacer algo como eso, yo desde mucho antes ya…
—Que. ¿Qué me vas a decir, niño ingenuo? —refuta Emilie, entre lágrimas— ¿Qué te has enamorado de tu primo?
—¿Y es por eso que ahora soy un monstruo para ti? —pregunta, pasmado con su declaración— ¿Porque amo a mi primo hermano?
—Tu jamás serías algo como eso ¿Me oyes? —la señora Agreste toma su rostro con ambas manos y lo obliga a mirarlo— No vuelvas a insinuar algo así. Si he de tratar como una bestia a alguien, es a-…
—Alto. No —niega Adrien, ofuscado— No te lo permito. Félix es un jovencito increíble, mamá. Es sensible, ingenuo, retraído y muy escrupuloso por lo demás. Te va a parecer una locura, pero fui yo quien lo impulsó a esto. El no…—desvía la mirada, abochornado— no quería. Se ve a todas luces que fue bien criado. Con valores y decencia. Si quieres culpar a alguien, hazlo conmigo —la mira a los ojos, triste— Yo soy el salvaje que lo cortejó sin parar durante todos estos meses, hasta que el…simplemente cedió.
—¿Por qué, hijo? ¿Por qué él? —advierte la rubia— Si tenias tantas conquistas en Francia.
—No lo sé, mamá —Adrien se levanta del suelo, caminando por el cuarto con impaciencia. Intenta explicarse, pero se le dificulta mucho— Muchas chicas y chicos he conocido, sí. Pero no sé cómo manifestarte…que nadie se parece a él. ¿Cómo…explicarte lo sublime que es? La forma en la que se expresa, piensa, siente…sin contar la grafía increíble con la que camina. La manera refinada en como toma una taza de té. Sus manos…sus…labios…—agrega, jadeante de lascivia— Yo lo hice mío. No importa lo que digan. Félix, es mío ahora. Esto en mi cuello no es nada. Yo lo marqué peor. Y no siento remordimiento por ello —agrega, sonriente como un morboso— Lo haré mi pareja.
—Adrien —Emilie se abalanza a él, intentando hacerlo entrar en razón— Adrien, hijo mío. Cariño…mírame. Haceme caso. Escúchame. Esta relación tuya con Félix…va a salir mal. Muy, mal.
—¿Por qué? ¿Por qué somos familiares? —gruñe el Agreste menor, hastiado— ¿O es porque somos varones los dos?
—No. Porque eres un licántropo y el es un vampiro —advierte por ultima vez— Joven me veo, pero no lo soy. Soy sabia. Escucha las palabras de tu madre…y deja esto. Licántropos y vampiros no-…
—¿Qué me vas a decir? —se mofa el rubio— ¿Qué no da? Jajaja…mírame, mamá —Adrien se da media vuelta y sale del cuarto; deteniéndose en el marco del a puerta para sentenciar— Yo soy la prueba de eso. ¿Entonces mi concepción fue un error?
—¡Adrien! ¡Niño tonto! ¡Entiende! —refuta, temblorosa— ¡No es lo mismo!
—Deberías seguir tus propias lecciones, mami —asiente, cerrando los parpados con seguridad— ¿No fuiste tu quien me dijo que siempre buscara segundas opiniones? Decido tomar la mía. Buenas noches.
—…hijo…no…
Emilie se deja caer sobre sus rodillas, completamente sola en medio del cuarto. Cubrir su rostro con ambas manos no evitará que se deje derramar lagrimas de sangre por el dolor que intentó evitarle a su cría. Ahora solo el destino, le dará la razón. Pues es un camino azaroso el que ha decidido transitar y ella, aunque alarmada y amenazada por las levantiscas de la vida, nada puede hacer. Todo lo que sube, tiene que caer. Esta aventura, podría costarle la existencia misma. Pero recuerda las palabras de su cónyuge en Francia y recobra el aliento, más valiente que nunca.
—Es inminente que Adrien experimente el amor y el dolor. Debes dejarlo…nosotros ya no podemos hacer nada. Dejemos que el libre albedrío haga su voluntad.
—Es arriesgado y aventurado —musita Emilie Agreste para si misma, removiendo las lagrimas de sus pómulos— Pero ¿No era yo así, a su edad? De acuerdo. No intervendré más. Que el universo en su fortuita bondad, no sea violento con el…
[…]
—Es turbulento —confiesa Jean-Pierre— Pero he de admitir que usted es una especie de brujo, señor.
13:50PM. En los establos.
Colt Fathom acicala a uno de los corceles de su propiedad con ayuda de un peine equino, mientras el endeble mayordomo habla cada vez mas inmiscuido en el tema. Solapadamente, le ha confesado todo lo que ha presenciado de primera vista durante el tiempo que el mayor estuvo de viaje por negocios. Pero con cada detalle que da, el neófito converso se deforma más y más, con rostro asqueado de tal relato.
—Tenía razón. El hijo de Emilie es salvaje. Y tal como predijo, sedujo al duque con insinuaciones carnales que no son propias de un Graham de Vanily —revela— Sus sospechas eran reales, conde Fathom. Félix gusta de disfrutar, el calor de jovencitos.
—¿Qué insinúas, hijo de perra?
En un acto deliberado de terrorismo desmedido, Colt lo avienta contra el establo mas cercano; incluso ahuyentando a los caballos del lugar que raudos, saltan, relinchan alarmados y se alejan de ambos. El incauto sirviente solo emite un ligero gruñido, asfixiado por la sensación de quedarse sin aire.
—¡C-Conde…! —se defiende a duras penas, el humano. Batalla por aire, sujetándole las manos que lo ahorcan— ¡Y-yo solo-…yo solo cumplo con informarle, como me pidió…!
—¿Estás diciendo que mi hijo, el heredero de la familia Graham de Vanily es maricón? —amenaza con furia, el vampiro.
—¡Se-señor! Es que-…arg…
—Coño…—Colt lo suelta deliberadamente, irascible y furioso entre tanto— ¿Por qué no me sorprende? Ja…—ríe para si mismo— Los vampiros son todos unos enfermos. O son bisexuales, o depravados, o pedófilos, o incestuosos u homosexuales. Me da un asco que no tienes idea, carajo. Pero ¿Qué puedo hacer al respecto? Mira en la mierda que me convirtieron —se presenta al muchacho, apuntándose— ¿Acaso soy el único que no es un desviado de mierda?
—Con todo respeto, conde —carraspea Jean-Pierre, apretándose la garganta; en lo que da bocanadas de aire extensas— No se ofenda, pero… ¡Cof! —tose— Los vampiros…ya no son normales.
—Lo sé —refuta Fathom, colérico y frustrado— Y por lo mismo, deberían erradicarlos de la faz de la tierra. Quiero…que mueran.
—¿Qué pretende hacer, señor…? —inquiere, aterrado.
—Los exterminaré a todos —sentencia, fulminando la gran casona con ambos ojos— Aunque eso me cueste la vida. Los voy…a…matar a todos. ¡A TODOS!
