—Haa... Haa... A-Adrien... más... suave... por favor...
En alguna parte de la finca Graham de Vanily. Laguna, 02:20AM.
Bañados por la luz llena de la luna, Adrien ha aprovechado la instancia en solitario de ambos para abordar de manera carnal a su compañero; que de un tiempo a esta parte se ha convertido en su ferviente pareja y amante silenciosa. A orillas de la laguna del riachuelo que cruza los territorios familiares, detrás de unos matorrales, el lozano hombre lobo ha hecho de las suyas. En una cama improvisada de hojas secas y hierba fresca, doma a su camarada contra el suelo. Con ayuda de sus manos, lo aprisiona contra el suelo; embistiéndolo en cuatro patas como un verdadero licántropo haría con una presa. Félix se deja someter, pero algo en su interior tira a estar hastiado de aquellos encuentros barbáricos y poco ortodoxos. Y solo para cuando su primo acaba el acto, toma posición de la conversación, pateándolo lejos como si hubiese sido victima de una violación. Se cubre con la camisa, avergonzado. Su canino amigo no comprende.
—Ya basta —rezonga el vampiro.
—¿Qué fue? —pregunta confundido, el francés— ¿No te ha gustado, primo?
—¡Así no, Adrien! —Recrimina el rubio, casi en un aullido femenino. Se sienta en el suelo, abrazando sus piernas con pudor— Así no podemos seguir. Esto es muy feo.
—Creí que sí. Te has venido —le muestra la mano que antes sostenía su hombría, manchada de su esencia— Estabas gi-...
—¡Ya sé! ¡Silencio! —reclama— Deja que hable yo.
—Si...—asiente, post-orgásmico. Sus neuronas ahora mismo no funcionan del todo, puesto que se ha venido también y poco entiende del contexto. Solo intenta regular su agitada respiración— Perdóname. ¿Estás molesto? No quería venirme dentro. Tu me dijiste que no lo hiciera, pero de pronto gritaste y pediste que-...
—¡Shhh! —Fathom se aproxima a él, cubriéndole la boca con el dedo índice de su diestra. Lo observa, tan extasiado como él. Pero, aun así, tiene fuerzas para expresar lo que desea transmitirle— Ya... tranquilo... mírame...
—Primo...—jadea, mientras su pecho desnudo sube y baja— Yo-...
—Mírame —insiste el británico, sujetando su rostro— Respira profundo. ¿Sí? Eso es... así... mas suave —agrega, acariciando sus húmedos cabellos rubios. Baja la mirada. Lo nota febril aun— Estás duro. Necesito que dejes de estarlo.
—No puedo.
—Si puedes. Concéntrate.
—Lo intento...—Adrien cierra los parpados, con fuerza.
—Dale... hazlo...—pide con cariño, masajeando sus mejillas— Eso es... respira... bien...
—Dios...—sentencia el Agreste, ya más calmado. Le ha costado, pero lo ha logrado— Ya... ya está...—lo abraza con fuerza, en un intento deliberado por protegerlo— ¿Estás bien? ¿Te lastimé?
—Cálmate. Estoy bien, cachorro tonto —espeta Félix, frotando su frente contra la suya— Pero Adrien... tenemos que dejar de hacer esto en el bosque. No me siento cómodo.
—De acuerdo. Lo entiendo.
—¿Lo entiendes?
—Si, en serio —asiente el galo, asintiendo con la cabeza repetidas veces. Lo sujeta del cuello, lamiendo su pómulo derecho y sus labios, como un canino haría— Ya no copularemos más en el bosque.
—No se dice así... por favor...—Félix rueda los ojos.
—¡Perdón! ¡Perdón...! —lo estruja contra su pecho privado de ropa— Ya no haremos el amor aquí. ¿Quieres usar la cama para hijos?
—Cualquier otra cosa, menos acá... por favor —pide el británico, con mirada cariñosa— ¿Puede ser? Trátame bien...
—Lo hago, primo —asiente Adrien, palpando su espalda anémica y escuálida— Te prometo que te trato lo mejor que puedo.
Félix vuelve a girar la cabeza, pues no es la primera vez que su familiar le da un cuento como esos. Pero siempre es lo mismo. Ha pasado un mes desde que ambos se unieron de manera física y Adrien no ha dejado de buscarlo de modo insistente para llevar a cabo aquello. Si bien, el se deja porque la sensación vale la pena, la forma poco decorosa en la que lo intenta, no le parece bien. Y ahora, ha sentenciado la situación. O le da lugares decentes o simplemente se acabó. Parece que al fin ha llegado su mensaje. El Agreste se profesa culpable de no entender mucho el contexto, pero es eso o quedarse sin probar el elixir de tener sexo con él. Domesticado, acepta.
4:15AM. Mansión Graham de Vanily.
—Buenas noches —se despide Fathom, en un beso escueto sobre su balcón.
—Espera —reniega Adrien, sujetándole del antebrazo izquierdo— ¿Puedo dormir contigo hoy?
—Adrien, sabes que yo no duermo —aclara el inglés con ironía— ¿Por qué me pides algo así?
—Estoy... agotado —manifiesta el rubio— Y, además, eres mi pareja. Creo que debemos yacer juntos.
—"Yacer" —redunda el vampiro, arqueando una ceja— ¿Qué es ese término nuevo?
—Debo yacer contigo, Félix —confiesa el licántropo— El hecho de que co-... Digo, hagamos el amor, no te hace mío del todo.
—¿Qué dices, tonto? —se mofa el pálido inglés— ¿Qué estás pensando? ¿Crees que alguien vendrá a reclamarme o algo así?
—Si. Totalmente —sentencia, con avidez— Mírate. Eres precioso. Alguien podría venir y tomarte sin mi consentimiento —gruñe, olfateando el aire fuera del cuarto— Huele mal.
—¿Qué estás diciendo... idiota...? —Félix se hace el desentendido, pero le ha parecido un acto de cariño dominante muy atractivo. Se hace el difícil, a pesar de que le ha dicho que es "precioso" — Lárgate —le cierra la ventana en la cara.
—No. Quédate quieto —farfulle.
—Cállate, estúpido. ¿Cómo que me quede quieto? No soy tu concubina —rezonga Graham de Vanily, atormentado por su actitud— ¡¿Qué haces?! —ha entrado de igual forma. Y encima cierra la ventana— ¡¿Oye?! Respeta mi-...
—No usas la cama. La tomaré —berrea Adrien, tirándose sobre las colchas— Son cómodas, uff. Y huelen mucho a ti —olfatea imperioso la almohada— Que rico apesta. Es a tu champú.
—¡Adrien! ¡Compórtate! —chista Félix, ruborizado hasta las orejas. Valle. Se ha dejado caer sobre ella e incluso finge dormir. ¿Qué pretende? Se cruza de brazos, agraviado— ¿Y ahora qué?
—Ahora, me dejas dormir aquí —murmura el Agreste, relajado. Estira el cuerpo, de manos y pies— Te protegeré.
—¿Cómo pretendes protegerme? —arquea una ceja, divertido— Estas somnoliento y cansado. Mírate, pareces un bebé recién nacido. Si un enemigo entra ahora, no podrás con él.
—No me subestimes —sisea Adrien, frotando su cabeza contra la cobija con melosidad— Los haré mierda.
—Te ves mimoso.
—Me veo rabioso.
—No.
—Buenas noches —chista Adrien.
—Adrien —No. Definitivamente no se ve así. El joven Duque hace una pausa y cierra la puerta con llave, solo por si acaso. Se sienta al borde de la cama y lo observa descansar— Te ves fatal.
—¿Cómo es eso? —murmura transpuesto— Ilumíname.
—¿Sinceramente? —carcajea Fathom, empujándole una almohada sobre la cabeza— Te ves como un varón que acaba de eyacular 5 veces.
—Eso hice... y todas dentro de ti...
—Eres un guarro de-...
Un golpe certero irrumpe la escena y así, la tranquila velada de ambos jóvenes. Alguien apalea la puerta. Félix se levanta de golpe. Y curiosamente, por muy cansado que estuviera su amante también salta de la cama en modo alerta. ¿Quién es? ¿Quién es? ¿Es Colt? Si es Colt, Adrien muestra las garras y dientes, listo para transformarse y degollarlo delante de él. Ya Félix le ha advertido de su padre y está al tanto de tus artilugios de amenaza con la vida. Pero su sorpresa es mayor. Ya que ninguno respondió, una voz femenina realza sobre la actitud de ambos. Es Amelie…
—¿Mi niño…?
—Es mi madre —musita el burgués, abriendo la ventana. Al instante, lo jala desde el brazo; empujándolo hacia el exterior— Vete, por favor. No es bueno que te vea en mi habitación.
—Félix, mi tía Amelie tiene que saberlo. Yo solo-…
—Lo sé, cariño —asiente el inglés, regalándole un osculo en los labios a modo de despedida— Pero no serás tu quien lo haga. No te corresponde.
—¿Tienes miedo?
—No. Pero debes irte ahora. Por favor —implora.
—Bien…—Adrien se arrima al ventanal, para saltar de el— Te veré luego….
El heredero de los Graham de Vanily ve partir a su cómplice con angustia. Si bien no estaba del todo a gusto que pasara la noche con él, de alguna manera se estaba haciendo una idea de verlo en su cama. Adrien contribuía fervientemente a traerle paz y seguridad frente a la adversidad. Armado de valor y un toque de displicencia, Félix se acicala con las manos antes de abrir la puerta y recibir a su progenitora. Por supuesto, disimulando cualquier acontecimiento previo ocurrido en su cuarto. Amelie absorbe el indiscutible aroma de su sobrino, diluido con el de su sucesor en el aire. Pero evita generar algún comentario que retraiga a su sensible hijo y prefiere ir de lleno a lo que realmente le preocupa.
—Madre —comenta Fathom, fingiendo sorpresa— ¿Qué sucede? No sueles visitarme a estas horas.
—Estoy preocupada por ti, Félix —expresa la rubia, sujetando el rostro anémico de su pequeño con ambas manos— ¿Acaso estás enfermo?
—¿Enfermo? —espeta el ojiverde, gesticulando una mueca de asombro— Eso es imposible, madre. Los vampiros no enfermamos.
—Por supuesto que si lo hacemos —revela la fémina, tras examinar la mirada encendida de este— Un joven vampiro como tú, puede caer en inanición si no se alimenta. Y fácilmente, debilitarse hasta extinguirse.
—Ah…te refieres a eso —sonríe forzado— Estoy sano, de verdad. Me estoy alimentando bien.
—Ah… ¿Sí? —Amelie lo suelta, paseándose por el cuarto con suspicacia— ¿Y de quien, si se puede saber?
—¿Disculpa…? —el menor se retrae.
—No has venido a mi desde hace un mes —murmura, instigándolo a contarle la verdad. Aunque en el fondo…la sospecha— ¿Acaso ya no requieres de la exquisita sangre de tu madre? Me tienes…abandonada.
—No, no, no —reniega repetidas veces, aproximándose a ella para abrazarla— Eso jamás, mamá. Yo siempre requeriré de ti. No hay sangre que se compare a la tuya.
—¿De verdad lo dices? —refuta, con aires y miramientos de un juez— Porque de seguro debe de haber alguien mas que se esté a la altura de tu refinado paladar. ¿O me equivoco?
No. No se equivoca. ¿Para que seguir mintiendo? De todas las personas que rodean su mundo, ella es la ultima a la cual tendría que recurrir al engaño. No lo ha hecho en el pasado. Mucho menos lo hará ahora. El duque exhala derrotado, pues ha sido desenmascarado. Aunque tarde o temprano lo harían, prefería que fuese ella y no Colt para procesar dicha información. Félix toma la mano delicada de su compañera y la invita a sentarse al borde de la cama. Abierto al diálogo, confiesa su culposa transgresión anónima.
—Sabes que soy un hombre que oculta muchas cosas —advierte el inglés, apresurando el relato— Pero quiero que sepas, que soy sincero en confesarte lo que siento, puesto que no siento culpa alguna de ello.
—Soy tu madre, Félix —asiente, decidida— No hay historia que puedas ocultar de mí. Me veo joven, pero te llevo el doble de años en el cuerpo y por supuesto que ya sé de qué trata esto. Quiero saber si…estás bien con ello —su hijo asiente, desarmado— Se trata de tu primo Adrien ¿No es así? —vuelve a mover la cabeza de arriba abajo, en respuesta— No pretendo indagar en detalles íntimos. Solo dime…—aprieta sus manos— ¿Sientes algo por él?
—No estoy del todo seguro…—Fathom desvía la mirada, confundido y trémulo— Adrien es un espécimen curioso. No es nada de lo que alguna vez llegué a pensar de los de su raza. Comprenderás que los vampiros y los licántropos no nos llevamos bien.
—No te dejes llevar por antiguas riñas que no vienen al caso —Amelie sujeta su mentón, sosteniendo su mirada con grácil comprensión— No tienes por qué cargar con los pecados de otros. Tu solo concéntrate en tu vida y lo que profesas. ¿Qué tienes para decirme de esto?
—Adrien me confesó que está enamorado de mí. Dice que le gusto —manifiesta— Entiendo que somos familia. No sé si eso…es un impedimento.
—No para mí —contesta con normalidad— ¿Para ti sí?
—Al principio sí. Me negué a creerlo y a acompañar su absurda idea de que podíamos estar juntos. Pero ahora…—traga saliva, liado— ahora que ya llevamos un tiempo saliendo, como un par de afectuosos amantes clandestinos, comienzo a cambiar de idea y pensar que no tiene nada de malo.
—¿Puedo hablar?
—Adelante, sí. Claro que sí, madre —asiente repetidas veces— Dime. ¿Qué debería hacer?
—Félix —Amelie acaricia sus rubios cabellos con dócil amor de madre— Mi pequeño Félix. Tu eres libre de amar a quien gustes. Y no importa lo que decidas hacer, siempre tendrás mi apoyo incondicional. Se que en algún momento dije que el amor no existe. Pero fueron palabras vacías de quien, no tuvo la oportunidad de elegir —narra, describiendo al pie de la letra lo que siente— Si quieres tener un romance con Adrien, tenlo. Pero nunca olvides, quien eres realmente y la posición que tus propias obligaciones te conllevan. Mas que mal, eres el heredero de la familia Graham de Vanily. ¿Entiendes?
—¿Eso…que significa realmente? —Félix se levanta de la cama, dando un paso hacia atrás— ¿Qué quieres decir, madre?
—Que…—suspira, agobiada— Sin importar a quien quieras amar, no puedes apartarte de la realidad. La situación es critica en nuestra familia. Y tu deber, es traerle honor a los que te proceden —sentencia, frunciendo el ceño— Ya estas en edad para que te comprometas con una moza de la corte.
—¿Me estás pidiendo que lleve una doble vida? —parpadea, aborto con su declaración—¿Qué me engañe a mi mismo?
—Por favor, no exageres así. Todos tenemos dobles vidas, Félix. Míranos —se levanta Amelie, con potestad— Somos vampiros, simulando vivir en armonía con humanos y otras especies. Somos seres nocturnos, ocultos bajo un manto de misterios que pocos se atreven a descubrir. Pero eso no nos resta la obligación de seguir sobreviviendo.
—¡Pero yo no quiero sobrevivir! —chilla Félix, adolorido— ¡Yo quiero vivir! Una vida…que sea mía.
—Y será tuya, tesoro —añade, sujetando su cabeza para hacerle entrar en razón— Pero debes llevarla con madurez. Puedes tener todas las aventuras que quieras. Pero necesitas sentar cabeza. Eres el último de la línea sucesoria. Sin ti, todo esto se acabó.
—Bueno —se suelta de ella, agraviado— Que se acabe entonces. No es mi problema.
—¡Félix Fathom! —lo increpa su madre, fulminándolo con la mirada— ¡Deja de lado el aire de amor idílico por un segundo y mírame! —advierte— No me des la espalda.
—No lo hago, madre. Pero-…
—Lo haces. Darle la espalda a esta familia, es dármela a mi —rezonga la mayor— No te estoy pidiendo que seas infeliz, como yo lo soy.
—¡Lo estas haciendo! ¿Quieres que me comprometa y case con una persona que no amo? —refuta— ¿Y viva encerrado en libros como tú?
—¡No, niño ingenuo! —redunda la rubia, melancólica— Te pido que uses la cabeza. Si yo hubiera podido elegir, tendría también a mi amor. Casarme con Colt nunca me impidió nada. Pero vamos ¿Qué pretendes? Vale, supongamos que te quedas con Adrien. ¿Qué sigue después? Sabes que los varones no se pueden casar entre sí.
—Nos la arreglaremos. No creo en el matrimonio de todas formas.
—¿De verdad no crees en eso? —chista— No juegues conmigo. Te conozco. Yo te parí. Claro que si quieres casarte. ¿Hijos? —añade, arqueando una ceja— ¿Qué vas a hacer? Los hombres no se embarazan, Félix. Tu y Adrien no pueden engendrar hijos.
—Adoptaremos.
—Estas demasiado adelantado para la época, te lo concedo —farfulle Amelie, soltando una risita endeble con lo atrevido de la idea— Eres un muchacho brillante, por todos los cielos. Pero esa inteligencia te podría llevar a la condena. Úsala bien y no te insultes, por favor.
—¡¿Pero entonces que?! —vocifera el duque, con la mirada humedecida tentado a llorar— ¡¿Qué hago?! Yo no…—traga saliva, apretando los puños— yo no estoy dispuesto a renunciar a Adrien. Me gusta.
—Hace un momento dijiste que no sabias lo que sentías —balbucea, sarcásticamente.
—Mentí —se retracta— Si. Creo que lo amo también. ¿Listo?
—Estas en todo tu derecho de enojarte conmigo, niño —sisea Graham de Vanily, con una sonrisa fluvial en los labios. Camina hacia la puerta— Y tienes mi permiso para hacer el berrinche que gustes. ¿Cuándo te he coartado alguna vez? Ni cuando escapabas de casa de pequeño. Yo siempre te apoyé —determina— Pero en esto, te pido uses el dotado coeficiente que te he heredado y lo apliques. No lo hagas por mí. Hazlo por ti. Te ahorrarás un problema.
—¿Y que problema sería ese?
—Tu sabes que problema es. Y tienen nombre y apellido —sentencia, saliendo del cuarto— Buenas noches.
Félix se siente en llamas en esos momentos. Solo ha esperado a que su madre se retire, para lanzar lejos un montón de cosas de su cuarto. Está furioso. Libros, cojines, sillas, el sofá, incluso el pobre tablero de ajedrez; desparramando sus trozos por la alfombra. Aunque tiemble en colera y no quiera admitirlo, sabe que su madre tiene razón. Sigue siendo la mujer sabia y coherente que conoce. Y si ha de juzgar a los Graham de Vanily, ni si quiera Emilie Agreste entra en esa definición. A pesar de llevar una vida plana y sin sabor, Amelie es la única que sabido mover las piezas en el juego que teje. Abriéndose paso ante la desgracia e infortunio de su matrimonio, se las ha ingeniado para sobrevivir hasta ese punto. Ni si quiera le ha dado otro hijo a Colt. Es una estratega de guerra, en una pugna de poderes que no controla. Pero que bien le ha salido.
Ante tal acontecimiento y revelación. ¿Qué debería hacer? ¿Ser solo un peón mas o tomar el mando de rey sobre el trono? Es lo que se pregunta ahora, mientras se mira los zapatos con avidez. ¿Sería momento de coronarse así mismo? Lo piensa una y otra vez. Atormentado por los hechos, Félix se lanza a la cama boca abajo para lloriquear un rato. Pero no lo suficiente como para desalentarse. Solo es un hombre sensitivo que no le teme a mostrarse débil frente a el mismo. Al cabo de unos momentos, remueve las gotas de sal que recorren sus pómulos y planta cara con providencia.
Hasta ese punto, tenía pensado seguir adelante con su aventurilla de jovencito enamoradizo sin importarle las consecuencias. Pero eso…estaría a punto de cambiar. Pues su "problemita" con nombre y apellido, pronto le cayó de lleno como un balde de agua fría en la nuca.
Una noche, mientras ensillaba uno de sus caballos, Colt Fathom en persona se le apareció como un espectro diabólico en el pórtico de las caballerizas. Traía en una mano un chicote y en la otra, una botella de vino. Ebrio, como siempre. Dispuesto a confrontarlo y tomar represalias, pues se había enterado del crudo contexto y biósfera de su hijo, lo increpó con intimidación. Ni Amelie, ni Adrien estaban ahí para defenderlo. Fue entonces, que las palabras de su madre resonaron con aún mas fuerza en su cabeza. No se iba a quedar de brazos cruzados frente a su autoritario y abusivo padre. Félix se voltea y lo enfrenta, dándole cara. El también trae una cuerda para rocines en la mano. Pero a diferencia del mayor, no está borracho.
La tensión se apodera del ambiente. El pelinegro lo examina de pies a cabeza, gesticulando una mueca de asco y nauseabundo rechazo. Sus ojos precipitan chispas de irascible rechazo. El duque, mantiene la calma. Hora de usar el cerebro…como dijo Amelie.
—Buenas noches, conde —saluda Félix, con voz áspera.
—Eres asistido por la mano de 20 sastres —inquiere Colt, furibundo— He gastado millones en la seda que llevas. Y, aun así, insistes en usar esos pantalones blancos, esas camisas y chaquetas apretadas y afeminadas para montar.
—El blanco me queda —confiesa el menor, con soberbia— Soy de contextura delgada y elegante. ¿No te parece que me veo increíblemente guapo?
—Te ves increíblemente maricón.
—Tienes pésimo gusto, Colt. No vas a encontrar a nadie en la corte, que tenga mi refinado y agudo sentido del buen vestir —gruñe Graham de Vanily, arqueando una ceja— Pero eso no aplica para mi madre. Tuviste suerte que una mujer guapa, delicada y decente te haya hecho caso por un segundo —carcajea— Estas bien putamente feo, joder.
—Mocoso —masculle entre dientes, azotando el chicote contra su muslo— Te voy a azotar tanto…que implorarás por clemencia. Hasta que te hagas hombre, maldito desviado.
—Pierdes tu tiempo, "padre" —ironiza en la ultima frase— No hace falta que hagas eso. Ya todo marcha como planeabas.
—¿Disculpa?
—No soy ningún desviado como insinúas —expresa sin premuras, el menor. Regresando a su labor, termina de ajustar las riendas de su jamelgo— Estoy en cortejos con una moza de la corte. Y muy pronto, nos casaremos.
—¿Qué dices…?
—¿Qué pasa? —ríe Félix, montando al animal de un tranco— ¿No es eso lo que querías? Bueno, más bien, toda la familia lo busca. Mi madre y tu tienen razón. Ya estoy en edad para ello. Así que descuida, les daré lo que piden —agrega, trotando hacia la salida del establo. Su progenitor lo observa desde abajo, confundido— Ya quita esa cara de imbécil, por favor. Me das vergüenza. Ahora mismo debo ir a ver las tierras del norte. ¿Algo mas que agregar? Llevo prisa y me estás retrasando —observa la hora en su reloj de bolsillo— 5 minutos tarde. No seamos descorteces.
—Félix —rezonga Colt, sujetando su pierna con desazón— ¿A que estás jugando con el licántropo?
—¿Qué licántropo, Colt? —se mofa el ojiverde, esbozando una mueca de aversión— ¿Estas ebrio?
—Pequeño monstruo…
—Aparta —lo patea, alejándolo de golpe— No tengo tiempo para esto —se aleja, en galope— ¡A ver para cuando me das un hermano, maldito infértil!
—¡Regresa acá, Fathom! —grita al aire, aventando la botella de vino a lo lejos— ¡INSOLENTE!
[…]
—¡¿Qué tú, que?!
Irlanda del sur, 18:30PM. Industrias Fathom Graham de Vanily.
—Por favor, no me levantes la voz delante de los trabajadores —le increpa Félix, azotándolo contra la pared— Si te traje acá, es porque tu me pediste que te mostrara a que se dedicaba la familia.
—¡Félix! —gruñe Adrien, atormentado por su declaración— ¡¿Cómo es eso de que te vas a comprometer con una mujer?!
—Ya oíste…—lo suelta del cuello, reanudando la caminata por el pasillo— Es necesario.
—¡Ni si quiera lo consultaste conmigo! —protesta el Agreste, entrando a la oficina con el— ¡Félix!
—¿Qué demonios quieres que haga, a ver? —rezonga el aristócrata, hastiado. Se sienta detrás de un pupitre, revisando un par de papeles de forma escueta— No tuve más opción.
—¡Soy tu pareja! —el francés golpea el escritorio con sus puños.
—¿Quieres dejar de gritarme? —se defiende el británico— Trátame con respeto, Adrien. Soy un du-…
—¡Eres mi primo hermano, carajo! —reclama el mayor— ¡¿Qué me importan tus jodidos títulos?! No me hagas llamarte por algo que para mí, no eres…no ahora. No después de lo que tú y yo hemos-…
—¡Lord Fathom!
Un hombre de cabellera azul entra violentamente a la oficina, interrumpiendo la escena de golpe. Adrien y Félix lo asesinan con la mirada. Pero no por el hecho de haber entrado sin tocar, si no mas bien porque estaban discutiendo acaloradamente un tema mas bien sentimental. El inglés se levanta de la silla y amonesta al industrioso, con aires de arrogancia.
—¿Qué crees que haces, capataz? —protesta Félix, con altivez— ¿A que se debe esta falta de respeto? Si necesitas hablar conmigo, pide una audiencia.
—¡Discúlpeme, Sir! —profesa angustiado el varón, quitándose la gorra en el proceso— Pero es lo que hablamos la semana pasada. Los obreros están descontentos. Piden deliberadamente hablar con usted.
—Ya les di mi respuesta —sentencia el rubio— No hablaré en estos términos. Si tienen alguna quejan, háblenlo con Colt.
—Señor, por favor —implora el proleta— Entendemos que Colt es el presidente. Pero usted es el gerente. No es igual que su padre. Necesitamos que alguien nos escuche.
—¿Qué escuche?
—Primo —interviene Adrien, obnubilado con la situación. Observa a su familiar, confundido— ¿Qué está pasando aquí?
—Qué te importa —refunfuña Graham de Vanily.
—Oye —el Agreste frunce el ceño— ¿Qué mierda te pasa? ¿Qué no ves que este joven está necesitando hablar contigo?
—Disculpe…—inquiere el tarbajador— ¿Quién es usted? Su acento… ¿Es usted francés?
—Lo soy —confiesa el galo— ¿Qué está pasando, joven obrero?
—¡Adrien! —chilla Félix, increpando a su familiar— No te metas.
—Ya cállate, Félix —media el rubio, volteándose al hombre— Si queremos oír. ¿Qué pasa?
—¡OYE!
—Señor…eh…—el delegado hace amago de duda. Pero como los ha escuchado hablar, son familiares y saca conclusiones— Buenas tardes, joven. Mi nombre es Luka Couffaine. Soy el encargado de las faenas. Soy hijo de inmigrantes franceses. Mi familia lleva una década trabajando aquí y los personales están molestos por las condiciones salariales. Quieren formar un sindicato. Pero…—divisa a Félix— gerencia se rehúsa a escucharnos. Como consecuencia, quieren irse a un paro.
—¿Un paro? —parpadea Adrien, estupefacto— ¿Pero qué clase de condiciones tienen acá?
—Luka —Félix camina hacia ambos, simulando una mueca de falsa comprensión— ¿Me das un momento? Hablaré con mi primo ahora. Y ya te atiendo. Espera afuera, por favor.
—Si, señor —asiente el asalariado, saliendo del cuarto.
Una vez a solas…
—¿Qué mierda crees que haces, Adrien? —reprocha Félix, sujetándolo de los hombros— Si te traje aquí, fue para que me apoyaras. ¿Qué pretendes? ¿Formar un golpe de estado y acabar con la empresa?
—No, primo. Nada de eso —niega el rubio, tomando su rostro en respuesta— Pero este hombre te pide hablar y debes escucharlo. Por favor… ¿Acaso no te das cuenta, que hay necesidades?
—Eso no me compete —acusa Fathom, desviando la mirada— Yo solo cumplo ordenes de mi papá. Debo mantener a flote esta industria o nos quedamos sin nada. ¿Entiendes?
—Entonces habla con ellos.
—Joder, Adrien. Estas ideas revolucionaras de-…
—¿Revolucionarias? —el joven licántropo se aleja de él, dando cuatro pasos hacia atrás— Te hace falta visitar mi país, Félix. Estas atrasado en leyes y deberes.
—¿Disculpa?
—¿Quieres salvar la empresa de la familia? —cuestiona.
—Claro que sí, tonto —redunda.
—Entonces escucha lo que tengan que decir.
—Pero…
—Hazlo —sentencia Adrien, regalándole una mirada de sentencia a su familiar— Por favor…
—Que la reina me ampare…—suspira Félix, derrotado— Vale. ¿Cuál es tu sugerencia?
—Esto se da mucho en mi país natal —confiesa Adrien, sonriente y jovial— Se resuelve fácil. Hablamos con ellos y los escuchamos. Y damos crédito a sus demandas. Solo eso. Nadie se irá a paro y no debes echar a nadie. ¿Sí? Confía en mí.
—Adrien, yo no-…
Un beso. Solo bastó un beso escueto, endeble pero prolongado para que el duque recapacitara. Como es de costumbre, su familiar lo inmiscuye con la asombrosa habilidad del amor. Solo bastó un ósculo cariñoso, para que Félix accediera a sus peticiones y diera su brazo a torcer. ¿No estaba enojado hace un rato porque se iba a comprometer con otra chica? Todo atisbo de molestia se extingue en el aire. Ambos han llegado a un acuerdo solapado en un romance clandestino, para que el británico diga: Si. Bien. ¿Cuál es el siguiente paso a seguir? Félix no entiende esto de la revolución y mucho menos los derechos. El lo llama "comunismo" Pero para su primo hermano, no lo es. Es mas bien, lo mas digno de una empresa.
Ambos jóvenes bajan hasta la sala de maquinarias textiles y armamentistas. Las urdes se detienen y los trabajadores se arriman a ellos, esperanzados de que por fin puedan obtener audiencia y sean escuchados. Adrien tiene experiencia en el tema. Sabe como funciona el asunto. Y siempre hay un líder en estas cosas. Pide encarecidamente que una persona se revele como representante de los inconvenientes que los aquejan. Esperaba ver a un hombre a la cabeza. Pero para sorpresa de ambos, es una mujer. Es una chica de cabellos azabaches y mirada azulada como el cielo. Encargada y líder del área de materias primas. Una chica inteligente, guapa y elocuente. Muy adelantada para su época. Alza la voz, en imagen y símbolo por todos.
—¡Lord Fathom! —aúlla la fémina, quitándose el delantal de trabajo— ¡Con humildad vengo ante usted! Soy la representante de los trabajadores de industrias Fathom Graham de Vanily. ¡Y pedimos más derechos!
—Es una chica humana…—piensa Adrien, absorto con su presencia— Es muy linda…
—Vale…—Félix ha escuchado los pensamientos de su familiar. Hace amago de duda y se dirige a ella, receloso— ¿Cuál es tu nombre, jovencita?
—Marinette Dupain-Cheng —revela la mujer— Soy hija de inmigrantes franceses. Pero llevamos trabajando aquí hace años, señor.
—Ok, Marinette —expresa Fathom— Habla. ¿Qué quieren?
—Quiero formar un sindicato.
—Me han hablado de los sindicatos antes —advierte el inglés, con altanería— ¿En que consiste, básicamente?
—Lord Fathom —añade la mujer— Un sindicato es una asociación de trabajadores cuyo objetivo es la defensa de los intereses profesionales, económicos y laborales de los asociados.
—Vale —asiente Félix, no del todo convencido— ¿Y qué quieren?
—Hemos escrito una carta —Marinette alza el documento, delante de todos— Pedimos que la lea.
—¿Y estos imbéciles saben escribir y leer? Mi padre dijo que no…—piensa el británico, mirando a su primo para ordenarle con la mirada de que lo recoja por el— Vale. Lo leeremos. Y te daré la respuesta mañana. Lo prometo.
—¿Lo promete? —cuestiona, desconfiada.
—Tienes mi palabra de Duque.
Adrien ha captado la idea y baja del podio. Lo ultimo que alcanza a ver Félix, es la forma solapada en la que su supuesto "amante" intercambia ideas nocivas con aquella mujer. Después de todo, puede leer su mente en momentos donde mas vulnerable se muestra. Los dos primos se encierran en la oficina y leen el documento en conjunto, ignorando que los trabajadores volvieron a sus labores. Es ahora, el momento decidido que los unirá o bien, los separará por completo.
—¿Qué demonios significa esto? —expresa Félix, horrorizado por sus peticiones. Ha tenido que prendes un cigarrillo, cuestión que no fuma. Pero los nervios de lo comen por dentro— Léemelo de nuevo. ¿Qué dice?
—Tranquilízate por favor —comenta Adrien, releyendo el texto y cita— "Sábados y domingos libres. Para disfrutar a sus familias. Derecho a indemnización para cuando sean despedidos sin prejuicio de sus tareas. Aumento salarial del 23%. Feriados se pagarán el doble. Mujeres que se embaracen, tendrán fuero. No podrán ser despedidas. Les darán un mes para parir y criar a su bebé, asegurando su sueldo. Seguro social para varones que sufran accidentes laborales. Asistencia médica gratuita, que corre por la empresa" —su familiar lo observa, absorto— Félix…estos son…
—Mi padre lo va a rechazar —exhala humo de los labios.
—Son derechos básicos, primo — revela el francés, con sinceridad— ¿Sabes? Esta es una mala forma de sobrellevar las cosas. No soy empresario…pero si se una cosa. Si mantienes a tus trabajadores contentos y a gusto, no te fallarán nunca.
—¿Y como le explico esto a mi familia? —rezonga Fathom, inhalando su cigarrillo en el proceso— No puedo hacerlo, Adrien. Me van a colgar vivo.
—Mi amor…
—Cállate —espeta el británico, alzando la mano— No me llames así ahora…
—Mi amor —redunda Adrien mientras carga la voz. Toma su rostro y lo mira a los ojos— Hazlo. Debes acceder. Son derechos. Los humanos tienen derechos y obligaciones. Como cumplas con ellos, te respetarán más. Aunque seas vampiro…
—¡Cállate! —refuta Félix, ofendido— No creas que no sé como viste a esa mujer. Anda, niégamelo. ¿Te gustó, no es así? —lo reprende— ¿Por qué? ¿Por qué nunca me dijiste que te gustaban los humanos?
Adrien hace amago de duda, pero no de suspicacia. Era un tema que nunca se vio apto para tocar. Le han descubierto, pero no le parece una locura. Le gustan los humanos. Sobre todo, las mujeres. Aunque no pretende indagar en ese tema. Mucho menos ahora. Le preocupa su primo. Pero su primo, ahora está sufriendo un ataque de celos indiscutible y posiblemente pierda la cabeza dentro de poco si no lo calma. Se aproxima hasta él y lo abraza contra su voluntad. Automáticamente, Fathom baja sus defensas.
—Por favor, no me hables así de feo —murmura el francés, acariciando sus cabellos sobre la nuca— Te lo explicaré. Si tan solo te calmas… ¿Sí?
—Bien…
[…]
—Es el —advierte Marinette. Levanta la mirada, dándose de lleno con la presencia de Adrien; quien ahora baja las escaleras del segundo piso— Luka dijo que es su primo hermano.
—Amiga —comenta Alya, preocupada— No deberías involucrarte tanto en esto. ¿No viste como reaccionó Félix?
—Si, lo sé —redunda la fémina, quitándose el delantal de cuero— Pero gracias a él, pudimos llegar al Duque. Se nota que le hace caso. Hablaré con él.
—¡No! ¡Espera! ¡Chica! —Césaire le ataja, agarrándole el antebrazo— ¿Qué crees que haces?
—Tranquila, no haré nada malo.
—Marinette, es muy peligroso —señala la morena— Primo o no, es un Graham de Vanily.
—Alya, ese chico…—añade Dupain-Cheng, con seguridad en su voz— es muy distinto a los Graham de Vanily. ¿Ya viste su piel? Se ve curtida por el sol. No es pálido, arrogante ni petulante como los demás. Además, su acento no es inglés. Posiblemente…no sea de este país. O creció lejos. ¿No crees que sería nuestra chance para lograrlo? Piénsalo.
—Es que…—suspira derrotada su compañera. La suelta, no convencida— Tu también piénsalo. Podrías llegar a enemistarlos. ¿No crees?
—Lo dudo. Se ve que al menos está abierto al dialogo —asiente— Dejame intentarlo al menos. Si no resulta, no discutiré mas el tema. Lo prometo.
—Bien…
Alya deja ir a su camarada. Pero sin dejar de temblar por la posible primicia de ser castigada, rechazada o despedida de su rubro. Nunca antes habían llegado tan lejos en una conversación con aquella empresa familiar. ¿Tal vez era momento para darle una oportunidad? Marinette se interna sigilosa por las maquinarias del fondo, siguiendo al rubio hasta la parte posterior de la fábrica. Justo en el instante en que Adrien abre la puerta, ella lo intercepta con zozobra y templanza.
—Disculpe —musita la ojiazul, interrumpiendo su andar— Este…hola, señor.
—¡Ah! Hola…—responde el galo, con una sonrisa peyorativa pero jovial— Pero si es la presidenta del sindicato.
—No, jeje…—ríe, nerviosa— aún no lo soy, pero…espero poder serlo. Mucho gusto. Me llamo Marinette —le estira la mano.
—El gusto es mío, señorita Marinette —saluda el ojiverde, estrechando su mano con cordialidad— No soy ningún señor. Me llamo Adrien Agreste. Para servirle.
—¿Agreste? —parpadea, confundida— ¿No es familiar de Lord Fathom?
—Lo soy —Adrien rasca su cabeza, un tanto liado— Pero digamos que es una larga historia y por cosas del destino, soy hijo de un francés y una británica.
—Lo sabía —completa optimista la menor— Su acento lo delataba. Es francés ¿No?
—Si. Lo soy —declara— ¡Por favor! Llámame Adrien.
—Genial —farfulle sutilmente ruborizada ante su declaración— Yo también lo soy. Con razón pudiste entender bien mis demandas, Adrien. Digamos que a los ingleses no les gusta esto de las "reuniones" sociales, jeje. Lo que sucede es que…bueno. ¿Cómo lo explico? Llevamos meses, por no decir años en esta contienda y se ve que eres un muchacho con buena relación con el Duque y su familia.
—Bueno…—el Agreste rueda los ojos, con ironía— No tanto como quisiera…pero sí. Hago el intento. ¿Necesitas algo, Marinette?
—Solo un minuto de tu tiempo, si es posible —confiesa preocupada— En verdad, necesitamos que el gerente apruebe mi carta. Los trabajadores están muy enojados y cansados. Pero no hallamos forma de que Fathom de su brazo a torcer.
—Si se trata solo de un minuto, no suena tan divertido —carcajea de manera amigable el francés— Tengo la tarde libre. Puedes decirme lo que gustes. Aunque…este no es un buen lugar —observa por sobre el hombro, la oficina superior de su primo— ¿Te parece si vamos por un café? Yo invito.
—No creo que sea buena idea que deje mis labores de lado, Adrien —expresa la obrera, con animosidad de duda— Soy la encargada de las maquinas textiles. Debo velar de que el algodón y la seda se-…
—La tela no irá a ningún lado —el ojiverde le guiñe el ojo, con picardía— Vamos. Escápate conmigo un ratito. Yo me haré cargo de mi primo más tarde.
—Vale…—asiente, inequívoca.
19:50PM. Cafetería Brixton.
Marinette y Adrien gozan de una velada extraordinaria en donde las risas, el café y la platica abundan con naturalidad. El lozano licántropo no recordaba haberlo pasado tan bien en compañía de una humana. Añoraba atesorar momentos así, que le recordaran a sus días en Paris. A diferencia de su pareja, el se deleita y regocija de la social compañía de esta especie tan divertida y complaciente. Ella le ha relatado parte de su mundo, sin escatimar en una narrativa jocosa y llena de aventuras. Y el, por su parte, escucha atento y muy entretenido con cada detalle de la historia en cuento de hadas mejor contada. Solo para cuando su reloj marca casi las 20:00, Dupain-Cheng hace una pausa prolongada; escuetamente satisfecha pero no menos involucrada en el caso. Su compañero ha entendido a la perfección sus demandas y promete ayudarle a conseguir esos derechos que tanto demanda con obviedad. Aunque advierte, que no será fácil. Los tiempos no apremian a la hora de usar la labia para convencer a su familia.
—Es difícil, pero no imposible —ilustra Adrien, pidiendo la cuenta al mesero— Los Graham de Vanily no son intransigentes, pero si viven bajo el yugo de una idea muy arcaica. Comprenderás que son una familia burguesa. Y le deben fidelidad a la corona.
—Entendemos a la perfección cómo funciona —comenta Marinette— Si lo comparamos con otros países de Europa, Inglaterra lleva muy poco industrializándose y sus políticas publicas con el proletariado son primitivas. Pero consideramos que los Graham de Vanily son una familia prometedora, con visión de futuro. Si lo logramos…—añade, tomando sus manos por sobre la mesa— Y me ayudas…estaré infinitivamente agradecida. Los míos, te lo agradecerán.
—Los tuyos, también son los míos, Marinette —revela Adrien, correspondiendo su toque sincero con los dedos— Siento mucho aprecio por los huma-…digo —recula— los trabajadores. Si no fuera por ellos, nada podría avanzar hasta ahora. Te prometo, que haré algo al respecto —asiente, audaz— Tienes mi palabra de caballero.
—Eres un buen hombre, Adrien —halaga la obrera, con humildad. Lleva un par de mechones detrás de su oreja, tímidamente— Y no te ofendas con lo que te diré…pero no te pareces en nada a Félix.
—Lo sé —se mofa entre tanto— Ya me lo habían dicho antes. Pero eso no me limita ¿Sabes? Imagina fuéramos idénticos. Que aburrido suena ¿No? No se puede armar un rompecabezas con dos piezas iguales.
—¿Eh…? —parpadea, absorta con su argumento— ¿Qué quiso decir con eso?
—Eh… ¡Ah! —Adrien despabila, retractándose al instante. La cuenta llegó a la mesa y cambia el rumbo de la conversación de sopetón— ¡Mira nada más! Yo pago —saca su billetera, depositando un par de billetes en el recibo— Conserve el cambio, por favor —le habla al mozo— ¿Vamos?
—Mira la hora —Marinette divisa su reloj— Ya salí de turno.
—Te llevaré a casa —se levanta.
—No hace falta. Puedo sola.
—Se que puedes sola. Eres valiente e intrépida —profesa con cuidado— Pero eso no me limita a querer escoltarte hacia tu morada. Dime donde vives. Te llevaré. Por favor…no me rechaces —hace un puchero con la boca.
—Jajaja…—ríe, encantada— No lo haré, bobo. Vamos entonces —coge su antebrazo con entereza— ¿Cómo debería llamarte? ¿Tienes algún título? ¿Eres un conde, un vizconde o algo así?
—Ninguno en particular —coge su brazo y camina hacia la salida— Yo no me críe como mis familiares. Solo llámame Adrien a secas. O si gustas, puedo ser un barón para ti.
—Bien, barón Agreste…—musita al final, febril como solo ella sabe mostrarse— Se gentil y llévame a casa. Pero solo por esta vez. A la próxima, me iré sola.
23:12PM. Mansión Graham de Vanily.
—Hueles a mierda de gato —refuta Félix, obviamente refiriéndose a la junta clandestina con la humana— No te me acerques.
—¿Esa es tu forma de decirme que estás celoso? —se defiende el primo, frunciendo el ceño.
—Mira lo que hago con tu cochina carta —protesta el inglés, tentado a tirarla a la chimenea— ¿Debería solo quemarla?
—Hazlo —espeta el licántropo, suspirando rendido— De igual forma, eres un caprichoso de primera.
—¿Disculpa?
—¿Me lo vas a negar? —confiesa Adrien, totalmente molesto— Mírate. Llevas años viviendo una vida de lujos y descrestes de mis tíos. ¿Qué tienes para perder? Nada. Vistes ropa elegante, consumes cuatro comidas al día, te aseas con agua caliente, eres dueño de tierras, corceles y toda clase de mujeres que quieras conseguir —lo fulmina con la mirada— Pero aún así, estás atado a mí. Teniendo todo para ser feliz, no logras serlo. Porque eres insaciable, Félix. Solo quieres que te dé en el gusto.
—No seas tan engreído, Adrien. No todo gira en torno a ti.
—Pues para ti, si —rezonga inoportuno, el francés— Adelante. Estás enojado porque me agrada la humana que te pide algo de derechos básicos.
—No soy tu enemigo, Adrien.
—Yo tampoco lo soy —gruñe el joven lobo— Pero te empeñas en querer manchar nuestra relación con unos celos infantiles que solo el universo sabe de dónde salen.
—Admite que te gusta Marinette.
—Me gusta. Si —confiesa, con gallardía— ¿Pero eso que mas da? De igual forma, te vas a comprometer con una moza de la corte y yo quedaré en el olvido —desvía la mirada, ofendido— Dale…quémala. Y de paso, incinérame con ella también…
Sus palabras, le han dolido en lo profundo de su ser. ¿Qué significa esto? ¿Es acaso la primera pelea que tienen ambos? Félix no creyó poder vivir lo suficiente para denostar la presencia de su amante. Pero ahora se siente irascible y damnificado. ¿Agraviado de qué? Como si le estuvieran siendo infiel. ¿Cómo podría sentirse así? Si el mismo, ha sentenciado su futuro al declararle un compromiso arreglado para no sufrir la ira de su familia. Fathom flaquea y guarda la carta, depositándola sobre una mesilla de centro. Lo mira con frialdad.
—¿Qué nos está pasando, Adrien?
—¿Me lo quieres decir tu? —arquea una ceja.
—¿Estamos discutiendo por un tema laboral, acaso? —pregunta el vampiro.
—Nunca —niega el licántropo, desviando la mirada con desazón— En realidad, estamos teniendo una discusión de pareja.
—¿Aun me sigues viendo como tu pareja?
—Eres mi pareja —sentencia certero, el rubio— ¿Por qué ahora me rechazas? ¿Me quieres renegar de aquel título?
—No —confiesa Fathom, tan melancólico como su compañero. Acto seguido, camina hasta el, envolviéndolo melosamente con sus brazos por la altura de su cuello— Títulos, tengo muchos. Pero este, es solo mío. Y ni la reina ni nadie podría quitármelo. No soy tan obtuso como crees. No quiero que te enojes conmigo o me dejes…primo.
—Bueno —contesta Adrien, sujetando su cintura con dominio— Este es el Félix del que me enamoré. Pero yo a el lo conocí sincero y osado. Sin temor a nada. Así que… ¿Me dirás que mierda estás tramando?
—Solo si me dices que tramas tú, con Dupain-Cheng.
—Supongo que lo mismo, pero al revés —confiesa Adrien, soltándolo de cuajo para dar cuatro pasos hacia atrás y coger una botella de vino del mini bar. La descorcha con los colmillos, sirviéndose un trago en una copa— Busco que sea libre. De la misma forma que tú, buscas serlo.
—Tengo mis razones, Adrien —relata Graham de Vanily, malogrado— Es la única manera para que nos dejen ser felices.
—Y yo las mías —sentencia el galo, bebiendo de golpe el brebaje carmesí de su copa— No estoy enamorado de la chica. Pero es imperioso que la dejes ser feliz.
—Vale. Mañana prometí darle la respuesta —murmura Félix, notando como su amante se embriaga con aquel brebaje alcohólico— Les diré que si y ya está. ¿Te alejarás de ella?
—¿Te alejarás de esa persona con al cual quieres comprometerte?
—No puedo…—revela el británico, humillado por su pregunta— no puedo hacerlo. Pero quiero que la conozcas.
—Normal —se encoge de hombros, ironizando la situación— Tu defiendes tu honor y el de la familia. Yo, el del prójimo. ¿Qué más podría-…?
—Cierra ya, la boca, perro tonto —rezonga Félix, quitándole de lleno la copa para beberla el, en su lugar. El liquido es amargo y quema su garganta, pero lo recibe gustoso y con dolor. Con él ha aprendido que, si no duele, no es rico. Y eso, se traduce a todo ámbito— Voy a sacrificar mi vida por ti. ¿Cómo puedes ser tan indulgente con algo así? Hago esto por los dos. No solo por una idea idílica de revolución. ¿Entiendes? Lo haré mañana. Y quiero que tu estés ahí. Dame tu aprobación. Serás parte de mi farsa, mi mentira, mi crimen —agrega, entre lágrimas— Te amo…por favor, no me abandones ahora.
—¿Me…amas? —tiembla trémulo el francés.
—Te amo, Adrien Agreste —revela finalmente el inglés, con todas sus letras y todas las de la ley. Aprieta su frente contra la suya, rozando su nariz con dulzura— Me costó muchísimo entenderlo. Pero finalmente lo hice. Ayúdame…y te prometo, que haré todo lo que esté a mi alcance para hacerte feliz.
—Vale…—asiente, convencido— Lo haré. ¿Qué debo hacer?
—Ven conmigo mañana —narra, con dejo de culpa; rehuyendo de su mirada inquisitiva— Te mostraré mi realidad. Y con algo de suerte, nos alentaremos a seguir adelante con ella.
—Está bien…
[…]
—Bienvenido, Lord Fathom —saluda el humilde trabajador, del centro de eventos.
Centro de eventos, High Park. 01:15AM.
—Félix…—murmura Adrien, enfaddao con la refinada vestimenta que trae. Sobre todo, el corbatín— ¿Qué significa esto?
—¿Qué sucede? Te noto incomodo —consulta el británico— ¿Es la ropa?
—No…mas bien…—traga saliva, compungido con el paneo rápido que le dio a la escena— Es la compañía…
Si. El lugar está atestado de vampiros. Y no solo se han mezclado con parte de la población, que también comparte la misma alta alcurnia que su primo hermano. Si no que, además, muchos de ellos son solo humanos comunes y corrientes. Lo que podría ser considerado como una carnicería al rojo vivo, si es que a algún graciosito se le ocurriese derramar una sola gota de sangre. Lo peor del panorama en sí, no es la grácil fiesta. Si no la pesarosa mirada fisgona que recae sobre sus hombros, nuevamente como de costumbre. Pues es un licántropo. Su olor, les resulta incluso mas fétido que el de un homo sapiens promedio. Porque a diferencia de ellos, que son vistos como comida, Adrien es…más bien un némesis del apocalipsis. Fathom está acostumbrado a hacer vista gorda del panorama y tanteando a los invitados que; de hecho, son todos de su agrado y complaciente gusto, se interna en la muchedumbre en lo que jala a su familiar a seguirlo.
Se ostenta de lado a lado, pavoneándose en una presentación cordial a cada uno de los integrantes de la corte, como si mostrase una nueva adquisición de colección limitada. Estos seres son capaces de leer la mente y el joven lobo está consciente de ello. Si no logra cuidar sus pensamientos, podría caer preso de una perturbada trampa para desenmascarar, la relación incestuosa que profesa con su amante nocturno. Estratégicamente está en desventaja. Pero eso no le hace mas vulnerable. Los vampiros deberían temer de él. No el, de los vampiros.
Así que ha ideado un plan fugaz que resulta ser muy eficaz. Cada vez que saluda a uno de ellos, tararea una canción en su cabeza. Y su plan ha dado resultado. Nota como algunos se desfiguran mas de la cuenta al recibirle. De seguro se están preguntando ¿Qué mierda está cantando? Congratulado, saca pecho.
Pero aquella victoria sabe mas amarga que dulce. O al menos, eso está a punto de experimentar. Félix Fathom se ha aproximado a él, en compañía de una jovencita vampiresa; cual viste un seductor vestido rojo y refinados ojos rasgados. Así que…ese era su objetivo después de todo. Un designio de que no mentía cuando dijo que se comprometería con una chica de la corte para acallar a los pájaros de mal agüero.
—Primo Adrien —murmura el británico— Te presento a la condesa Tsurugi. Kagami, el es Adrien Agreste. El primo francés del que te hablé la otra noche.
—Un placer —Kagami estira su mano, para que la bese con altivez.
—No puedo…cantar…—Adrien se paraliza, intentando por todos lados apaciguar los pensamientos que ahora lo atosigan— ¿Cómo que la otra noche? ¿Acaso se están viendo a mis espaldas? Dios…yo no…—aprieta los puños— ¿Ella es mi reemplazo?
Kagami frunce el ceño. Instintivamente, el menor de los Agreste despabila, sacudiendo la cabeza para despejar su mente.
—Un honor conocerla, Condesa —saluda finalmente el rubio, besando el dorso de su mano— Es muy guapa…
—Eres un licántropo —manifiesta la japonesa, con aires de desconfianza— Que curioso.
—Así es —responde el galo— ¿Le incomoda?
—Para nada —niega con templanza— Hay demasiados mitos entorno a los de tu especie y creo que llevarnos bien, es una deuda que las nuevas generaciones necesitamos saldar.
—Vaya…es realmente muy elocuente para hablar. Ahora entiendo por qué Félix la escogió —Adrien hace una pausa, mucho mas calmado— Ha hablado con sensatez, sin duda.
—Gracias, Adrien Agreste —asiente, volteándose al duque— Lord Fathom desea tomar mi mano. ¿Estas de acuerdo con eso?
—¿Y por qué…me lo pregunta a mí? —redunda, confundido— ¿Acaso Félix le ha dicho algo? —asiente— Lo estoy. No veo lo malo en ello. El heredero de los Graham de Vanily necesita la compañía de una moza distinguida. Y no veo a nadie a candidata a ese puesto, como usted.
—Bien —reverencia, finalizando la conversación— Regresaré con los invitados. Con permiso. Duque —también se despide de él.
—¿Qué ha sido todo eso? —inquiere turbado el hombre lobo— ¿Le contaste…?
—No hizo falta hacerlo —confiesa Félix, con serenidad— Kagami puede leer mi mente como un libro abierto. La noche que nos conocimos, lo supo de inmediato. En el instante en que bebió de mi sangre y-…
—¿Por qué dejaste que bebiera de ti? —gruñe.
—Porque es la costumbre —revela, restándole importancia— Ya…quita esa cara, por favor. Sabes que lo estoy haciendo por los dos.
—No me agrada…—masculle, frustrado— La idea de compartirte con otra persona…me pone de mal humor.
—No me estás compartiendo, tontito —Graham de Vanily suelta una risita endeble, dándole una palmada sobria en la espalda— Soy tuyo y lo sabes. Esto es solo un montaje para el público.
—Yo soy parte de ese publico ¿Sabes? —protesta, rehuyendo de su mirada.
—Adrien…por favor —toma su ante brazo, en un amago por calmarlo— No-…
—Con permiso —le quita la mano— Me duele el estómago. Iré a tomar aire.
—¡Adrien, espera! —lo sigue.
A nadie parece importarle en lo más mínimo la acalorada discusión que ambos han sostenido en medio de la fiesta. A excepción de una persona en particular. Kagami ha escuchado audazmente su conversación, incluso estando lejanamente apartada de ambos. Ella es un vampiro pura sangre. Lo cual le da una altura de mira al asunto para tomárselo con normalidad. Pues es hija de una mujer que se ha casado con su primo hermano también; como una forma de mantener el linaje. Es por ello, que no ve pecado alguno. Para la condesa, un torpe licántropo hormonal no le resulta peligro alguno. Lo que realmente le ha preocupado, es la forma con la cual ha reaccionado. Ese comportamiento volátil y avasallador, si podría traerle complicaciones en un futuro. Dejar que su unión casi empresarial se desmorone por la presencia de alguien tan errático como Adrien, supone un percance en su camino. Y es algo, con lo cual no está dispuesta a lidiar.
Es hora de mover hilos.
—Estoy algo hambrienta, madre —profesa Kagami, examinando su copa de vino con expresión repulsiva— Ya no quiero beber más de esto.
—No te culpo —responde Tomoe, quien porta un antifaz oscuro en los ojos— Los humanos de esta fiesta no se ven apetecibles tampoco. ¿Quieres que llame a la criada?
—No. Descuida —interviene la menor— Sé dónde encontrarla.
Kagami se aleja de los invitados de forma sigilosa, saliendo por la puerta trasera para encontrarse con los estacionamientos del gran recinto ceremonial. En ellos, una mujer de apariencia deslavada, aura siniestra y vestimenta lúgubre la aguarda sobre su vehículo de ventanas polarizadas. Ha sido su sirvienta durante años, siendo criada incluso bajo el yugo de la familia Tsurugi; desde que se mudaron a Londres. Su misión se concentra básicamente en complacer los caprichos de la japonesa. Y por sobre todas las cosas, alimentarla debidamente.
Tras divisarla a lo lejos, ella corre a su encuentro. La reverencia.
—¿Ya se va, Kagami-san? —pregunta la fémina. Su patrona no responde, lo cual le da indicios o atisbos tenues de lo que busca— ¿Tiene hambre? —añade, corriendo su cabellera hacia un lado para despejar su anémico cuello— Tome…
—Juleka —menciona Kagami, maliciosa— ¿Aun tienes contacto con tu hermano?
—¿Eh? Si…eso creo —confiesa tímidamente— El hecho de que viva con mi padre no nos ha alejado del todo —ya que no ha requerido de su sangre, se cubre nuevamente— ¿Por qué lo pregunta?
—¿Sigue trabajando para los Graham de Vanily?
—Trabaja en industrias Fathom como capataz —asiente— Por lo que yo asumo que sí, señorita.
—Vamos —demanda la Tsurugi, subiéndose al carro— Debo hablar con él. Vamos.
—¡Disculpe! Con todo respeto —espeta, liada con su petición— No es que esté negándome o refutando su voluntad, pero… ¿Para qué lo necesita exactamente? No se si vio la hora, pero es muy tarde para los humanos. Posiblemente esté durmiendo.
—¿Qué no escuchaste? —la fulmina con la mirada, casi asesinándola con ella— Llévame con él.
—¡Ah! ¡S-si! ¡En seguida! —acepta trémula, subiéndose al carro— La llevaré.
Distrito de Bloomsbury y Fitzrovia, 2:20AM. Casa de los Couffaine.
El vehículo aparca a un costado de la acera, permitiendo que Juleka le abra la puerta a su ama, con displicencia. Kagami Tsurugi brota desde el interior, observando la común y ordinaria morada de en frente. No son una familia pobre, pero tampoco son ricos. Asume que su puesto en aquella industria les ha dado cierto estilo de vida honorable, como para no caer en la delincuencia o el mundanal ajetreo del proletariado. Usando como herramienta de disuasión su posición en la corte, se aproxima osadamente a tocar el timbre de la puerta. Su compañera se muestra alterada detrás. No le parece buena idea lo que está haciendo. Sobre todo, porque su hermano Luka…no tiene idea de la existencia de los vampiros. Irónicamente, trabajando para una familia de esa índole. Las luces que antes se encontraban apagadas, se encienden desde el pórtico.
Un muchacho de apariencia descuidada, somnoliento y cabellera azul se asoma por la entrada. Se asusta al principio, ya que no conoce a Kagami. Pero en cuanto divisa a su hermana, sus hombros se relajan levemente.
—¿Juleka? —pregunta Luka, embrollado— ¿Qué haces aquí? —acto seguido, mira a la japonesa— ¿Y usted quien es?
—Buenas noches, joven londinense —se presenta la condesa— Disculpando de ante mano la hora y el atrevimiento, necesito imperiosamente hablar contigo. Soy la Condesa Tsurugi.
—Eh…—Luka parpadea atónito. No entiende un carajo. Aunque se presente, no la conoce. Y jamás oyó de ella— ¿Qué hace un aristócrata en mi casa? ¿Mi papá se habrá metido en algún lio de estado? —traga saliva, pues ya conoce el historial rebelde de su progenitor— Hola…soy Luka Couffaine. A secas…
—¿Puedo pasar?
—Disculpe…—Couffaine se para entre el pórtico y el marco de la puerta— ¿Pero que necesita de mí, lady Kagami? Si busca a mi padre, el no se encuentra ahora.
—No vine para hablar con tu padre, Luka —sentencia— Es a ti a quien quiero. ¿Podemos hablar? No te quitaré mucho tiempo.
—…
[…]
—Perdone mi apariencia destartalada —esboza el varón, incorporándose al living— Me ha pillado casi durmiendo, jeje —se rasca la nuca— ¿Le puedo ofrecer algo para beber? ¿Gusta un té?
—Solo si puedes ofrecerme tu sangre —comenta Kagami, gesticulando una mueca morbosa.
—¿Disculpe…?
—Hermano —la criada se ve tentada a levantarse. Pero es retenida por la mano soberbia de su dueña, quien la interrumpe de sopetón. Ella simplemente, obedece. Y regresa a su posición— Lo siento…
—Iré al grano, Luka —suspira Tsurugi, clavándole una mirada certera de vuelta— Soy un vampiro.
Juleka se congela en el acto, tras escuchar su declaración. Le asusta en demasía que algo tan delicado sea confesado con tanta soltura. Luka, quien esperaba llevarse una sorpresa distinta, parece impactado con lo que ha dicho, mas no del todo atemorizado. Lo normal sería que una persona común y corriente saliera corriendo en un momento de tensión como ese. Los vampiros, son una cuestión básicamente de leyendas urbanas y cuentos de terror en su mundo. Pero para sorpresa de todos, no se lo ha tomado tan mal. De hecho, el muchacho junta el entrecejo con mesura y ponderando sus inquietudes, acepta la verdad con sumisión.
—Entiendo.
—¿No tienes miedo? —rezonga Kagami.
—¿Debería? —sisea el ojiazul, exhalando de vuelta— Mi hermana Juleka lleva sirviendo a su familia durante años. Y jamás me ha dicho algo malo de ustedes. Por el contrario, le han dado educación, trabajo y la libertad de desempeñarse en lo que guste bajo su cuidado —añade, caminando hasta ella para sentarse frente a su merced— Si ella no le teme, no encuentro razones para hacerlo yo. ¿O me equivoco? —observa a su melliza. Ella, asiente.
—Me agradas, Luka. Se ve que eres muy maduro y abierto de mente para tu edad —le endosa la condesa, sonriendo ladino— Eso quiere decir, que entonces imaginas lo que te diré a continuación. Ya has visto mi apariencia y la forma en como me comporto.
—Los Graham de Vanily también son vampiros —declara Luka— ¿Es eso?
—Eres un chico muy inteligente —asiente— Y observador, por lo demás.
—Intentaré tomármelo como un cumplido —comenta Couffaine, con vehemencia— Ya sabía yo, que no eran personas comunes y corrientes. Tengo 26 años. Llevo trabajando para ellos desde los 14. Y si bien nunca me han hecho nada malo, siempre sospeché que el aura que despedían era muy intrigante y poco común.
—Eso es porque son burgueses —dicta Kagami.
—Burgueses y todo, los humanos no somos así —narra el capataz, jugueteando con sus dedos— Piel pálida, casi anémica. Solo se muestran cuando se pone el sol. De las veces que Colt Fathom venía a la fábrica, siempre lo hacía con una sombrilla y se encerraba durante horas en su despacho. Hablan poco. Son recelosos con su vida privada. No se muestran complacientes con los obreros y desprenden mucha soberbia —manifiesta, haciendo una pausa prolongada antes de agregar finalmente— Y su hijo…
—Félix Fathom Graham de Vanily —Kagami cierra la frase, con un broche de oro que la precede— Es el gerente de la industria. Desde que cumplió los 15 años, se ha dedicado a mantener la producción a tope, haciéndose cargo de la economía de su familia. De seguro te sorprendía su destreza.
—Félix es muy joven, condesa. Pero su inexperiencia la compensa con su inteligencia —relata Luka, preocupado— Imagino que el tiempo para los de su especie, no transcurre igual que para nosotros. Tal vez se vea pueril, pero sé que no lo es ni lo será. Es muy capaz —la observa a los ojos— Y a diferencia de su padre, se ve que no comparte sus ideas.
—Félix es intrigante ¿No crees? —Kagami se levanta del sofá, desplazándose como un león enjaulado por la sala. Recorre el lugar, examinando los cuadros de la pared— Muy joven y guapo. Inteligente y demasiado inocente. Pero lo es aún más, su primo hermano.
—Perdone —Luka pestañea, absorto con su insinuante propuesta— No comprendo —la fémina no ha respondido de inmediato. Lo cual, da paso para que el intrépido delegado, saque sus propias conclusiones— Usted no ha venido aquí para hablar de mi jefe o de los vampiros. ¿Está aquí por su primo hermano?
—¿Qué sabes de Adrien Agreste?
—Casi lo mismo que usted —Couffaine se levanta, con actitud defensora— Nada, básicamente.
—Oh. No. Te equivocas —chista la aristócrata, riendo— Se un par de cosas de Adrien. Como, por ejemplo, el hecho de que no es un vampiro.
—No me sorprende —rezonga el hombre— No se parecen en nada. Ni si quiera por el color de piel. ¿Es un humano?
—Es un licántropo.
—¿Un…que? —Vale. Esta vez, Luka si se ha llevado un susto de espanto. ¿Qué le está contando? — ¿Licántropo? ¿Cómo en los cuentos? ¿Es un…hombre lobo?
—Algo así~
—¿Félix corre peligro?
—¿Te preocupa?
—Bastante —suelta Luka, con convicción— Hada, vampiro, alienígena, lo que sea. Yo quiero mucho a Félix. Aunque no lo crea, es un muy buen jefe. Ha sido honorable con nosotros, dentro de lo que se le permite. Se que sigue ordenes de su padre.
—Lo sé. Se nota —asiente complacida— No te confundas, capataz. No importa que especie o raza seamos. Negro, blanco, duende o reptiliano, nadie está a salvo de los artilugios del amor.
—¿Cómo dice? —no entiende nada.
—Pretendo comprometerme con Félix dentro de poco —revela Kagami, mirándolo fijamente a los ojos— Ha pedido mi mano y yo acepté. Comprenderás que esto es más bien una unión por compromiso y honor, que otra cosa —dicta la nipona— Félix es el primogénito y heredero de los Graham de Vanily. Y para su mala suerte, es varón —ríe, sarcásticamente— Hay un mito urbano que ronda en torno a una idea machista, en donde se cree que las mujeres somos inferiores en la sociedad. ¿Pero te cuento la verdad? —camina hasta el, tocando el mentón con sus dedos— Los hombres la tienen mucho peor que nosotras. Y Félix, tiene una deuda enorme con su familia. Está obligado imperiosamente a servir como una maquina de hijos, que lo limita a solo procrear y hacer dinero —Luka se desfigura con su comentario— Como lo oyes. Sus padres lo están obligando a casarse contra su voluntad y expandir su apellido. Si no lo logra, quedará en el olvido y la deshonra de la vergüenza como lo que es realmente.
—¿Y que se supone que es Félix…?
—Félix es homosexual —dictamina Tsurugi, sin mostrar un ápice de asco— Algo muy normal y común entre los vampiros. Pero que su padre no aprueba, porque es un asqueroso converso. No obstante, a ello, mi prometido goza con la libertad de compartir el calor con varones. Yace, copula y profesa amor por hombres hermosos que lo obnubilan con palabras idílicas. Y es eso, lo que me lleva a ti, finalmente —lo apunta con el dedo, empujándolo por el pecho— Necesito de tu ayuda.
—¿Qué insinúa…? —Luka da dos pasos hacia atrás, estupefacto— ¿Quiere que me acueste con Félix?
—No, tonto. Claro que no —carcajea Kagami, divertida— Eres muy guapo para ser humano, lo admito. Me dan ganas de chuparte la sangre hasta dejarte seco ¡Jajaja! —añade— Pero, no eres gusto de él. Temo que está enredado en los encantos de otra persona. Una persona…mucho más cercana a él.
Luka Couffaine ha sumado 2 + 2. Sus cálculos son infalibles y si bien le sorprende al principio, ya se lo veía venir. La conclusión es obvia y muy decidera.
—Joder…—el lozano obrero se cubre la boca con la mano derecha, pasmado— ¿Félix y Adrien…?
—Quiero que se separen —sentencia, con avidez— Lo quiero lejos.
—Son amantes…—redunda el peliazul, mirándose las manos.
—Lo son —advierte Kagami. Aunque un tanto turulata, pues no le ve preocupado por otro "sinsabor" en el ambiente— ¿Te sorprende que sea homosexual y no incestuoso? Eres una caja de pandora, Luka Couffaine.
—¿Qué debo hacer?
—Un chico directo —esboza la japonesa, satisfecha con su pregunta— Quiero que trabajes para mí. A partir de ahora, tu serás mi caballo de batalla. En hora buena. Has sido promovido de peón a alfil —chista— No quiero que espíes a Félix. Es un muchacho receloso, pero si lo sabes conocer, demasiado fácil de leer. Quiero que sigas al lobo. Me informarás de todos los pasos que dé. Dime que hace, que come, con quien se junta, a quien visita cuando mi prometido no ve. Serás mis ojos, mis oídos y mis manos, de ser necesario. No te sientas mal, no estás traicionando a nadie —añade, con soberbia— Estarás contribuyendo a una causa mayor. No importa que tanto lo intente, su primo no puede darle herederos. No hay forma de que esa relación escale a mayores. El no lo sabe, pero está sesgado a una idea que prontamente morirá. Temo que el francés lo ha embaucado con ideas paganas.
—Pero…
—No me mal intérpretes, por favor.
Kagami estira la mano. Juleka corre hacia ella y le extiende un sobre grueso que, a todas luces, contiene un fago prominente de billetes y dinero extra por sus servicios.
—Serás bien recompensado —le acerca la carta— Te pagaré por ello. Espero que lo veas como un acuerdo mutuo y no algo poco decoroso. ¿De acuerdo?
Luka se profesa dubitativo. Pero tras una larga conversación en donde la vampira a podido utilizar sus artimañas de manipulación, logra convencerlo. E irremediablemente el muchacho acepta el capital. No por un tema de dinero, pues si bien a su familia no le falta el dinero ni le sobra, tampoco es tan traidor como para no confiar en la muchacha. Además, los Graham de Vanily le paga muy bien. Se ve que quiere lo mejor para la familia. Y ante tal preocupación, el congenia con su idea. La acompaña, en le moral. Mas no en la forma. Asiente finalmente.
—De acuerdo —afirma, incauto— Lo haré. Espero sean felices ustedes dos. De corazón lo digo.
—Yo también lo espero, Luka —sentencia Kagami, sonriente— Nos vamos, Juleka. Andando —ordena.
[…]
03:10AM. De regreso a la fiesta.
Dos jóvenes vampiros se pasean por el jardín trasero del recinto, disfrutando de una noctívaga velada en compañía de una copa de sangre. Uno de ellos, el mas joven, se profesa intrigado por el aullido de un perro en la lejanía. Atemorizado, pues ha escuchado historias fantasiosas de los hombres lobo y animales salvajes, es alertado por el quebrar de unas ramas detrás de unos arbustos y árboles. Instintivamente, jala el brazo a su compañero y aceleran la marcha para alejarse lo antes posible.
En realidad, solo había sido un acto distractorio por parte del Agreste. Ya que, por unos instantes, estuvieron a punto de ser descubiertos en una situación…bastante comprometedora. Adrien recarga la espalda contra uno de los robles. Enrojecido, trémulo y encorvado hacia adelante; deja escapar un sonoro gruñido masculino de entre los labios. Sus dedos viajan suaves por la cabellera rubia de su amante, quien se encuentra de rodillas en el pasto, atendiendo con apetito una vigorosa erección. Un sonido húmedo, seguido de una succión acuosa y la lengua envolviendo la zona con avidez sobre estimula al francés.
El licántropo siente las rodillas flaquear, dando empujones con su cadera de adelante hacia atrás; embistiendo el interior de su boca. Y en un último intento por resistirse, le advierte jalándole del pelo que va a llegar. Fathom no reniega de sus intenciones. Por el contrario, grácil y dócil, permite que su primo se derrame en su interior.
Félix gime levemente, en respuesta al sabor amargo que se ha esparcido en su paladar. Parte de el logra tragar. El resto, escurre delicadamente por la comisura de sus labios. Adrien se deja abatir al suelo, amortiguando la caída con el trasero. Está exhausto. Pero su familiar, se ve mucho más abochornado que él. Aprovechando un momento de fragilidad, el varón le roba un beso ahogado, saboreando en el proceso su propia esperma. El duque hace amago de rechazo y lo empuja hacia atrás, simultáneamente jadeante. Está muy excitado. Pero ni así permitirá que sea tan vulgar con él.
—Compórtate, por favor —exclama, limpiándose la boca con el dorso de su mano.
—Perdona, es que…—Adrien extrae un pañuelo blanco desde el interior de su chaqueta y limpia con cariño a su chico— Te ves tan lindo cuando me lo haces…que no pude evitarlo.
—Tsk…—chista Félix, ruborizado hasta las orejas. Se deja higienizar, de mala gana— Bueno, no abuses tampoco. A veces no sé como demonios acabamos en estas situaciones.
—¿Lo dices porque estábamos discutiendo y de la nada me bajaste el pantalón? —ríe, con lascivia— Supongo que es tu lado mas bipolar.
—Solo…tenia ganas de hacerlo y ya —protesta Graham de Vanily, levantándose del suelo para adecuar su cabello con las manos— No hay un por qué.
—¿Estás aceptando que te excita verme enojado? —carcajea, acomodándose el pantalón.
—Ya deja el tema ¿Quieres? —rezonga avergonzado— Si gustas, no te lo hago más.
—Me pregunto si podrás seguir haciéndolo, luego de que te cases con la condesa —confiesa Adrien, entre molesto y post-orgasmico— No la veo dejándote ir tan libremente.
—Es un acuerdo mutuo, Adrien. Ella no va a limitarme como piensas —sentencia el británico, regalándole una mirada pasiva. Acto seguido, toma su mentón con fineza y besa su frente— No estes celoso, por favor. Tu sabes…que mi corazón te pertenece a ti.
—Hipotéticamente hablando, que si tuvieras uno.
—Que no lata, no quiere decir que no lo tenga —confiesa Félix, esbozando una mueca dadivosa— En parte, eres el responsable de ello ¿Sabes? Antes de conocerte, creí que el amor realmente no existía. Pero ahora…no puedo si no abrazar tal sentimiento con una fe casi religiosa.
—¿Qué cosas está diciendo el Duque? —bromea el Agreste, buscando su mirada con infantilismo— Uy… ¿De dónde salió tal poeta? No sabía que fueras tan cursi.
—¡Ya deja de burlarte, idiota! —vocifera agraviado— Para que te vayas enterando, yo si soy muy sensible y-…
—Lo sé —le interrumpe su pareja, abrazándolo de sorpresa. Ambos se funden en un mar de brazos, acariciándose con gentileza y gracia, como dos enamorados primaverales— Tranquilo, solo te estaba molestando. Nunca conocí a un vampiro que fuese tan sensitivo y afectuoso como tú. Diría que eres la excepción a la regla. Pues los de tu especie son bastante fríos y calculadores —de paso lo mima, con un besito en la boca— ¿A quien le debo el honor? ¿A mi tía Amelie?
—Adrien…—musita Félix, desenvolviéndose en sus arrumacos como una doncella, en los brazos de un príncipe. Frota su mejilla contra la suya, olfateando su aroma complaciente; mientras sonríe febril— No lo sé. Ella me ha intentado educar lo mejor que puede. Pero creo que yo nací así.
—Me gustas mucho, Félix —revela el francés, con la mirada fundida y atiborrada de apego. Juguetea con sus hebras doradas— Por favor, no cambies. Este es el hombre del que me enamoré. Sin importar nuestro lazo sanguíneo. Y daría lo que fuese por vivir a tu lado por la eternidad.
—Entonces…prométeme algo ¿Sí? —Félix le acaricia la sien— Que no importa que pase…no me dejarás. Tu amor me hace muy bien y no deseo que dejes de amarme…por favor.
—¿Quieres casarte conmigo, primo?
—¿Disculpa? —Fathom hace una pausa prolongada, obnubilado con su pregunta. Ríe, nervioso— ¿Qué tonterías dices, tonto? Los hombres no podemos casarnos entre nosotros. Y, además, sabes que lo haré con Kagami.
—¿Eso quien lo dice? —se mofa— ¡Bah! Obviamente las reglas de los humanos no corren para nosotros. Y no necesito la aprobación de ningún sacerdote o religioso para casarme con quien yo guste. Hasta con un árbol lo puedo hacer si quiero. ¿Quién me lo impide? Las leyes que adepto, las inventé yo —Adrien toma sus manos con fuerza y seguridad— No me importa tu compromiso con la señorita Tsurugi. Casémonos. Nadie tiene que enterarse. Será un secreto.
El joven Duque no sabe realmente que responder. Le parece una locura y desfachatez desmedida, pues jamás se le pasó por la cabeza una relación de esa envergadura, con matrimonio y todo incluido. Aunque su camarada tenía razón en una cosa, y es que los estatutos de los hombres no eran válidos para los códigos morales de criaturas como ellos. Y si nadie se enteraba realmente. ¿Qué importaba entonces? Era una idea sin pies ni cabeza. Pero para su inquieto corazón enamorado, la ocurrencia se volvió una realidad. El pilar para construir una vida juntos, como comenzaba a soñar.
Félix…asiente finalmente. Adrien no tiene un anillo para entregarle y concluir su unión escondida. Pero halla unas enredaderas sobre unos arbustos espinosos y con ellas, forma un circulo amarrado a una flor en la punta. Solo con la luna de testigo y la gélida brisa otoñal, se unen en un ultimo beso, tierno y extenso. Cada quien ahora, porta una argolla simbólica. No necesitaba nada más, para concretar su romance. Sacado casi de un cuento de hadas, pero infinitamente agradecido de haber conocido a tal hombre maravilloso; Fathom lo abraza.
—Que…extraño suena ser… "marido y marido" —musita el inglés, tímidamente en su oído— Definitivamente, estamos viviendo en otro universo paralelo.
—No me molesta construir contigo, un mundo aparte —relata Adrien Agreste, brindándole una sonrisa sentimental y pueril— Después de todo, esta historia es nuestra. No del resto.
—¿Cuáles son tus votos? —pregunta, escueto el inglés.
—Prometo ser un marido amoroso y respetuoso —asiente, decidido— Esos son mis votos. ¿Cuáles son los tuyos?
—Eh…bueno…—Félix rasca su mejilla, confundido— No lo sé. No es como que tenga experiencia en casamientos. Quisiera poder darte mi devota fidelidad carnal, pero…debo darle herederos a mi familia —piensa, reculando— Ya sé. Prometo por siempre ser sincero contigo. Puede que quizás lo veas como una menudencia, pero créeme que no lo es. Seré siempre transparente contigo. Para que confíes en mi y haya comunicación fluida. Ya no te ocultaré mis sentimientos o mis pensamientos. Lo juro.
—Y sexo.
—¿Co-Como…? —parpadea, ruborizado.
—Debes hacer el amor conmigo.
—Pero…si eso te lo doy bastante seguido…—expresa, con un rubor carmesí notorio en sus pómulos— ¿Qué más quieres?
—No es cierto —rueda los ojos— Nada más dos veces a la semana.
—¿No es suficiente acaso? —se intimida— ¿Las tenías contadas?
—No para mí. Quisiera hacerlo a diario.
—Adrien…yo…—traga saliva, liado— entiendo que los de tu especie son muy fogosos. Pero no sé si podré cumplir con ello. Tengo cosas que hacer, asuntos que atender, tengo que-…
—Diario, dije —sentencia.
—Ah, demonios —exhala, rendido— Bueno. ¿Qué diablos? Está bien. A diario entonces.
—Bien —expresa satisfecho, dándole otro abrazo con cariño— Te amo, esposo.
—Y yo a ti…—musita Félix, aunque no del todo convencido con su idea— Espero…no defraudarte…
La noche muere lenta para los recién casados. Ninguno de los dos regresó a la fiesta. Adrien llevó a Félix hasta su casa, a eso de las 05:20; justo cuando los primeros canticos de los zorzales se elevaban por la neblinosa finca de los Graham de Vanily. Se despiden como es habitual y un aullido a la distancia, fulminando la escena lo atiborra de seguridad. El vampiro examina el gajo de raíces atado a su dedo anular, con la esperanza de poder conseguir una muestra de su unión mas formal.
Ensimismado en sus pensamientos mas románticos, es asaltado por la presencia de su mayordomo quien llama a la puerta.
—Lord Fathom —anuncia Jean-Pierre en el marco de esta— Tiene visitas.
—¿Visitas a estas horas? —inquiere el burgués, receloso— ¿No crees que es poco decoroso?
—No creo que sea oportuno para ti rechazarme, Félix —una voz femenina se reincorpora a la escena.
—Tía…Emilie…—sisea Fathom, aturdido con su presencia. Solo bastó una orden con los ojos, para que el sirviente se retirara raudo y los dejara a ambos a solas— ¿Qué haces aquí? Quiero decir, disculpa —se retracta— No es que no quiera verte. Pero…
—Félix —la rubia lo fulmina con la mirada— Es imperioso que tu y yo hablemos.
Emilie cierra la puerta tras de sí, echando un vistazo fugaz al cuarto de su sobrino. Lo examina de pies a cabeza, divisando el "souvenir" que lleva en su dedo anular. El menor se retrae con timidez, cubriéndose la mano izquierda con la derecha y la invita a tomar asiento a uno de los sofás de la habitación. Ella acepta cordial, mas no serena. Ni mucho menos tranquila. Su lenguaje corporal es rígido y no se ve para nada contenta. El aristócrata, ya intuye a que se debe su visita. Pero, aun así, se aventura con audacia a preguntar.
—¿Qué desea hablar conmigo, tía?
—Me voy —sentencia Emilie Agreste, con voz hosca— Me regreso a Francia.
—¿Cómo dices? —rezonga Félix, pasmado— ¿Cómo que te vas?
—Ya he cumplido con mi misión aquí en Inglaterra —suspira la mayor, cruzándose de brazos con potestad— Si te soy sincera, solo vine porque deseaba hacer feliz a mi hijo. Adrien, venia pidiéndome durante años conocer a su familia británica y de paso, sus raíces. Llevamos aquí alrededor de dos meses. Y si bien, me han acogido con una hospitalidad que no esperaba, ya he concretado la idea principal.
—Tía Emilie... ¿Por qué has venido a decirme esto, específicamente a mí? —pregunta Félix. Aunque a juzgar por su reacción, ya sospecha el plan de fondo. No…no puede ser cierto— No…espera. Por favor, no lo hagas.
—Iré al grano, Félix —sentencia Emilie, con dureza— No estoy de acuerdo con la relación que has formado con mi hijo. Es tu primo hermano. La razón por la cual me alejé de mi familia, fue justamente por esto —narra— Se muy bien que, en los vampiros como nosotros, esto se da muy comúnmente. Pero yo no quiero esto para Adrien. Así que de paso te digo, que no tienes mi bendición.
—No puedes llevártelo —se levanta violentamente del sofá, apretando los puños— ¡No te irás con el!
—¿Por qué no? —ríe, con soberbia— Es mi hijo. El irá a donde yo iré.
—Tía Emilie —gruñe, agraviado el menor— Adrien y yo…nos enamoramos. ¿Sí? Es algo que debes de tener muy presente. Entiendo a la perfección las aprensiones que tenías, pero créeme que esto no tiene nada que ver con ser vampiros.
—¿Ah, no?
—¡No! —alza la voz, tembloroso y adolorido al mismo tiempo— ¡Las cosas no pasaron así! Yo jamás induje a mi primo a esto. Juro por mi honor y la honra de los Graham de Vanily, que no fue así. Mis sentimientos y los de él, son reales. No hay ninguna razón para pensar que esto está mal. ¡Yo solo-…!
—Ya está decidido, Félix —Emilie se levanta, sentenciando la conversación— Parto al alba. Y Adrien, vendrá conmigo.
—El…—inquiere el duque, frustrado y con una altivez que nunca creyó usar con la hermana gemela de su madre adorada— El no irá contigo.
—¿Qué hablas, niño? —frunce el ceño— ¡¿Qué insolencia estás diciendo?!
—¡Adrien no irá contigo! —vocifera Félix, con la mirada humedecida— Se va a negar. Mi primo hermano se queda conmigo, en Londres. ¡Ya! Ya lo dije…—aprieta los labios— Nos…casamos hoy —le muestra el anillo de ficción que lleva en el dedo.
—¿Qué ustedes dos, que? —la Agreste no se la puede creer. Casi se va de culo con la noticia— ¡¿Pero ustedes están dementes o qué?! ¡Eso no es posible!
—Ya está hecho, Tía —revela— Adrien me lo propuso y yo acepté. El es mi marido ahora.
—Estás enfermo, Félix Fathom —protesta, iracunda.
—Si. Puede ser —sonríe ladino, pero orgulloso en el fondo— Pero no soy el único metido con esto, que consideras un mal.
—Félix, estás cometiendo un grave error —masculle entre dientes la fémina— Tu y Adrien no pueden estar juntos.
—Ya lo estamos —manifiesta Félix, con aires de miramiento arrogante— Pero es algo que tu ya sabes. ¿Verdad? Mas bien, todos ustedes ya lo saben. Colt, mi madre, incluso la servidumbre. Y mi prometida ahora —agrega— Estás al tanto de la situación. Es por eso que viniste a verme ¿No? Adrien y yo tenemos un amorío. Y de hecho…ya nos acost-…
—Ya cállate —Emilie reniega, nauseabunda con su noticia— Ya no quiero oír más. No me importa que idea perturbadora tengas en la cabeza sobre esto. Adrien vendrá conmigo. Así que, puedes ir despidiéndote de esta fantasía morbosa de una buena vez —camina hacia la puerta— Escucha, niño. No es personal. Yo no te odio ni nada de eso, quiero aclarar. Pero no puedo permitir que continúen con esto. Simplemente…no es correcto y ya.
—Eres una hipócrita, tía.
—¿Qué dijiste, mocoso? —la vampira muestra los colmillos, colérica ya.
—Lo que escuchaste —Félix Fathom se alza con potestad y desplante escénico delante de ella. No tiembla al momento de hablarle de frente— No eres quien para meterte en la relación de dos personas que se aman, pues tu hiciste lo mismo. Contra todo pronóstico, te metiste con un Licántropo. Una especie prohibida para nosotros. Y lo que es peor, te dejaste embarazar por él. Lo que con obviedad causó rechazo en todos y fue por eso que huiste a Francia con Gabriel —junta el entrecejo, tan furibundo como ella— No te estoy juzgando por eso. Ni si quiera mi madre lo hizo. Pero me parece un cinismo nauseabundo que vengas ahora a rechazar nuestra unión.
—¡No es lo mismo, niño tonto! —chilla Emilie— ¡Gabriel es un licántropo! ¡Pero no mi familiar!
—Hubiese sido igual. Mis abuelos son hermanos —se jacta Félix, encogiéndose de hombros— La realidad es una sola, Emilie. Que tu no quieras verla, es otra cosa. Eres una mujer inteligente, visionaria e intrépida. Te admiro muchísimo —admite con humildad— Y por lo mismo, es que estoy haciendo esto. Sin querer, has inspirado nuestra historia. Adrien te ama con el alma y yo también. Hemos tomado tu modelo a seguir, como guía para avanzar. Pero no creas que eso, nos va a cegar de la verdad.
—¿Y cual es esa verdad? —chista la señora Agreste.
—La verdad, es que estamos enamorados —manifiesta Félix, con apocamiento— Si. Dos varones, un vampiro y un licántropo. Y primos hermanos. Esa es la verdad.
—Eres un egoísta, Félix —determina Emilie, derrotada y con lagrimas en los ojos— Y es una lastima que ahora sea mi hijo quien también lo sea. Ustedes dos, no tienen futuro.
—El futuro lo construye uno —establece— Y creo firmemente que el destino no existe. Solo para cuando has recorrido un camino largo y extenso, este se revela ante ti. Y hacemos lo que podemos para sobrellevarlo con madurez. ¿No crees?
Emilie ya no tiene palabras para refutar su concepto. Es idílica, pero está dotada de muchísima verdad. En el fondo, si bien lo temía y lo veía venir, es la misma idea que su propio retoño tiene como noción del amor. De cierta forma, se siente culpable de haberle inoculado tanta libertad. Pero al parecer…ha llegado tarde. En realidad, su visita no tenia nada que ver con la noticia de partir a Francia con Adrien. Ella esperaba otra cosa…
—Especulando con un rudimentario concepto de coherencia, vine a ti porque ya sabía todo esto —confiesa Emilie, malograda. Observa la manilla del a puerta, con tormento— Solo estaba intentando apelar a tu cordura. Pero veo…que son un caso perdido. No hay forma ya de detener esto. Es imposible incluso para una pobre madre como yo…
—Lamento decepcionarte…—agrega, melancólico.
—¿En verdad, estas enamorado de mi hijo? —le pregunta, mirándole por sobre el hombro.
—Como no tienes idea —confirma Félix, ligeramente ruborizado— Estoy loco por él. Y sé que el siente lo mismo.
—No me cabe duda alguna ya…—acepta frustrada, saliendo por la puerta. Pero solo, agrega antes para concluir su amarga visita— Es chistoso… ¿Sabes? Yo tenía tu misma edad, cuando me escapé con el amor de mi vida.
—¿Emilie…?
—Buena suerte…—espeta, fulminante— "Lord Fathom".
—…
Es un agrio despedir. No era precisamente la forma en la que Félix deseaba terminar aquella conversación. Pero dado que la gemela de su madre estaba sesgada por la ira y el poco entendimiento, Félix la deja partir de esa forma tan errática. ¿Habrá estado bien lo que dijo? No lo sabe. Solo puede asegurar una cosa. Y es que su primo, no regresará a Francia. Intentó advertírselo con madurez, pero su tía no quiso aceptar la realidad.
Ahora solo puede apelar…al amor grato que profesa por él. ¿Qué estará pasando por la mente de Adrien, en estos momentos? Se cuestiona. Observa a su tía partir, por el gran ventanal de su cuarto. Félix solloza, soltando un par de lagrimones infames. Le duele…
—Adrien…—balbucea Félix, adolorido— ¿Me vas a abandonar…? Por favor…no…
Otro aullido a la distancia. Pero esta vez, suena pesaroso y congojado, como si estuviera llorando lagrimas de sal.
¿Adrien…?
