Afuera, en la inmensidad del satírico frio que no da tregua a los incautos, Adrien Agreste estalla en llamas en su cuarto. Ha sido una noche prodigiosa. Se hace ver seducido, hipnotizado, embrujado, embelesado de deseo sexual y el apetito voraz de sentirse en matrimonio ahora. A diferencia de su primo hermano, vampírico y anémico, él se siente como un volcán en plena erupción. Se acaba de casar. Y aquel halito de marido, lo atosiga de sentimientos posesivos y masculinos, expeliendo testosterona por los poros. Mordisquea su labio inferior, frotando su corpulenta hombría inyectada de sangre; con ambas manos, de arriba abajo como un animal salvaje. Es su propio primo hermano, la musa escueta de fantasías eróticas. Sensualmente, gimotea su nombre una y otra vez, a punto de acabar.

Pero lastimosamente, es interrumpido por alguien que llama a su puerta. Interrumpido e irascible, se sube el pantalón y abre la puerta. Sin querer, ha usado un tono de voz agresivo.

—¡¿Qué pasa?! —se retracta al instante, al ver a su madre parada en la puerta— Cielos... mamá. Perdóname. No sabía que eras tu...

—¿Quién más iba a ser? ¿Félix acaso?

—¿Disculpa? —Parpadea, Atónito y Sonrojado.

—Empaca tus cosas, Adrien —reformula la mayor— Nos vamos —camina hacia el comedor.

—¿Nos vamos? —redunda, confundido y notoriamente agitado, la sigue por el pasillo— ¿A dónde?

—Dios mío, Adrien —Emilie desvía la mirada, abochornada. Pues ha visto a su hijo con una notoria expresión febril— ¿Qué demonios hacías?

—Mamá —espeta el menor de los Agreste, despojado. Se cubre la entrepierna con ambas manos, atormentado— ¿Me quieres explicar que pasa?

—¿Me vas a explicar tú, acaso? —inquiere, molesta.

—¿En serio quieres saber qué hacía, cuando sabes que lo hago desde los 12? —exhala, frustrado— Yo-...

Guarda silencio, niño —espeta Emilie, fastidiada— No quiero detalles. Sin tonta de soja. Demonios, eres un salvaje como tu padre.

—¿A qué viene este ataque? ¿A dónde vamos? —insiste Adrien, colérico— ¡¿Qué haces?! —cuestiona, tras verla armar sus maletas— ¡¿A dónde vas?!

—A Francia.

—¿Cómo dices...? —todo atisbo de éxtasis, se ha borrado de su semblante. La idea, le parece descabellada y arbitraria— ¿Cómo que te vas?

—"Vamos" —agrega— Nos vamos a Francia —confiesa, aunque sabe en el fondo que se va a reusar. Félix tenía razón. Y lo peor de todo, es que lo ha pillado en un momento muy íntimo. Ya no sabe de dónde aferrarse— Que el rey me ampare...

—¿Qué haces, mamá? —cuestiona el francés, sujetando su maleta antes de que la cierre— No puedo irme...

—Adrien, el trato era uno solo —espeta la rubia, regañándolo en el proceso— ¿No era esto lo que querías? Me pediste durante años, que te trajera a conocer a tu familia británica. Y es lo que hicimos. Ya los conociste. Es hora de regresar.

—Lo sé, madre. Pero...—aprieta los labios, compungido— Los planes han cambiado para mí. No contaba con que me gustaría tanto este país.

—¿El país? ¿O alguien en particular?

—Bueno... ambas cosas. Pero mas la persona —suspira, frustrado— Estoy enamorado de Félix. Y es eso mismo, lo que me impide abandonarlo.

—¿Llamas a esto amor? —Emilie aprieta su muñeca con potestad, dejando ver a la luz el anillo rudimentario que lleva en el dedo— ¿O es mas bien una locura? Has perdido la cabeza, Adrien.

—Si estar locamente enamorado de él, es perderla. Entonces lo asumo —el menor de los Agreste le quita la mano, receloso— La perdí. Pero eso no evitará que me quede. Mi lugar, es estar con él. Por favor, no lo hagas más difícil y entiéndelo de una vez.

Cherie... —musita abrumada su madre, sujetando su rostro con melancolía— Esto no se trata de mi entendimiento. Se trata de que te metas en la cabeza, que nada bueno saldrá de esto. No veo forma de que ustedes dos puedan vivir felices comiendo perdices. Félix no tiene idea de lo que está haciendo y tú, menos de donde te estás metiendo —advierte, con lagrimas en los ojos— Están jugando con fuego, niños ingenuos. En este mundo, hay fuerzas mucho más poderosas y superiores que un simple amorío de dos adolescentes hormonales.

—¿Y fue eso lo que te impidió irte de casa? —la interpela en respuesta.

—¡Date cuenta, hijo! ¡Abre los ojos, con un demonio! —chilla la ojiverde, angustiada— ¡Mírame! Toda decisión tiene una consecuencia. ¡Y todo amorío tiene un sacrificio que pagar! —lo zarandea de los hombros— Yo no me fui de casa para ir a realizar un sueño. Yo hui. Y eso, me hizo perder a mi familia.

—Para construir una propia —sentencia con frialdad el menor— Porque

—¿Y es eso lo que quieres también? —inquiere, confundida— ¿Perder la que tienes para ir a buscar otra?

—Eso no pasará, madre —asiente, esbozando una sonrisa segura y jovial— Porque digas lo que digas, tu no me darás la espalda como lo hicieron los Graham de Vanily contigo. Tu y mi padre son buenas personas. Y me seguirán queriendo igual, decida lo que decida. ¿No?

—Mi amor...—sisea la señora Agreste, conmovida con sus palabras. Acaricia sus cabellos tiernamente— ¿Qué no te das cuenta que no quiero que sufras?

—Pero no puedes evitarlo, mamá —Adrien aprieta las tersas manos que sujetan grácil su rostro y las besa, frágilmente— Tienes que dejarme experimentarlo. Si no. ¿Cómo sabré de la vida? No puedes seguir manteniéndome encerrado dentro de una burbuja, como hicieron con Félix. Aunque no lo creas y no sepas —revela, apenado— Mi primo ha sufrido muchísimo. Lleva años en soledad. Cuando en el fondo siempre fue un chico dulce, tierno, sensible y muy abierto a socializar con la gente. El siente mucho por dentro, sin poder expresarlo al no tener las herramientas de cómo hacerlo. Porque no se le fue permitido, por cargar con el peso de una familia autoritaria y llena de reglas ridículas, que incluso su madre pagó con su vida.

Emilie se quiebra con su relato y suelta un par de lagrimones sonoros. Se cubre el rostro con ambas manos, pues aun siente el pesar de haberle tenido que ceder aquel destino cruel y sombrío a su gemela menor. ¿Qué culpa tenia Amelie? Y sin darse cuenta, aquella tragedia había sido traspasada a su sobrino. Su único sobrino, para peor. ¿Y quien mas seguiría en la línea? ¿También sus hijos? De un momento a otro, Adrien se profesaba delante de ella como una especie de héroe, rupturista e intrépido. Dispuesto a romper la rueda y desbaratar las estrategias milenarias que ataban su legado como una maldición.

Emilie siempre se mostró osada. Pero nunca tonta. Ni mucho menos ingenua. Y es esa misma idea de relación incestuosa la que sin escrúpulos, la empuja al acantilado de la aceptación. Su hijo tiene razón. Ya no pasa por una cosa del destino, o la axiomática idea bravía de lo correcto o moralmente aceptado. Si no, hacerle juicio al corazón y la ocurrencia precipitada de que, sin buscarlo, se enamoraron. Un acontecimiento trágico al principio, pero que con el correcto dialogo de un porvenir de libertad, le ha abierto un paradigma nuevo. Una segunda puerta. Un plan B. ¿Y si... es este suceso lo que finalmente le devolverá la vehemencia y sensatez a su familia?

¿Qué tan irónico puede sonar? Hacer algo loco, para devolver cordura a los venideros. No suena tan descabellado después de todo. En Francia aprendió mucho sobre ideas, que terminaron siendo leyes; cuando durante siglos fueron crímenes.

Ella lo observa y no puede evitar llenarse por dentro de un aura ardiente. Reconoce sus saltones orbes esmeralda, titilantes, ansiosos, salvajes. Recuerda de antaño haber conocido a un hombre que la veía de igual manera. Uno, que logró desnudarla de todos sus miedos, solo con una mirada de esas. Gabriel. Su esposo. Otea que no puede seguir remando contra la corriente y finalmente, determina que es hora de claudicar.

—Qué curioso —comenta Emilie, limpiándose los parpados con un pañuelo— El me miraba de la misma forma que lo haces tú, ahora.

—¿Quien? —se retracta.

—Félix —añade, levantándose para reanudar su armado de maletas— Vengo de la casa de mi hermana. Y hablé con él.

—¿Qué... Le dijiste exactamente a mi primo? —Parpadea, asustado. Pues teme que lo halla herido.

—Solo lo que pensaba de esta relación —se encoge de hombros, soltando una risita culposa— Pero a juzgar por su reacción, está claro que eran solo estupideces. Tanto tu como el, están en sintonía de lo mismo. Y ya raya en lo patético seguir interviniendo, cuando ni si quiera mi hermana lo hace.

—Félix me confesó que tía Amelie ya lo sabe también.

—Y no le desagrada —admite, cerrando los ojos con orgullo— Y pensar que, en algún momento, creí que Amelie sería de las dos, la menos juiciosa. Pero resultó ser la mas reflexiva. Solo está pensando en el futuro de la familia y ya. Supongo que no la conocía tanto como quisiera admitir... y eso me pone algo triste —añade, desviando la mirada— Como me hubiera gustado... pasar mas tiempo con ella. Si tan solo no me hubiera ido de casa...—tiembla.

—Lo hecho, hecho está, mamá. Ya no te culpes mas por el pasado —la abraza, afectivo— Aun puedes pasar más tiempo con tu hermana ¿Sabes? No necesita volver a Francia ahora. No hace falta... que huyas más...

—Pero...

—Nadie te está echando —manifiesta su hijo, con cariño— Tu te estabas echando sola.

—Tu padre me escribió esta mañana. No estoy huyendo... supongo que solo usé de excusa mi ira para largarme —admite, en una mofa hacia su propio berrinche— En realidad, el me extraña y yo también. Nunca pasé tanto tiempo lejos de casa.

—Esta es tu casa también, mami —le explica Adrien, agasajando su cabello con afecto— Mis abuelos se fueron a rusia a vivir. Y tanto Amelie como Félix son tu familia también. Ya nadie te impide estar con ellos. Ni siquiera, el amargado de Colt Fathom —chista.

—Bah... Colt —bosqueja con ironía, rodando los ojos— Ese sujeto es lo mismo que nada. Pesa menos que una pluma.

—Lo sé —carcajea de vuelta— ¿Y puedes créeme que Félix le tenía miedo?

—¿Y eso por qué demonios? —frunce el ceño.

—Colt lo tenia amenazado con hacerle daño —contesta, tan molesto como ella— Es un cobarde.

—Ja... que patético converso —exhala, rendida a la idea— Colt siempre fue así. Desde un comienzo, solo pensaba en escalar y ya se ha aprovechado mucho de nuestra gentileza. Y nuestro dinero, por lo demás —determina— Pero que le vaya bajando a sus humos. Mientras yo esté viva, no permitiré que lastime a mi sobrino.

—Lo tiene trabajando en su fábrica, de hecho. Como un esclavo de sus ideas retrogradas —Adrien se toma la sien, pensativo— Si supieras los problemas por los cuales lo ha hecho pasar con los obreros, te sorprenderás.

—Bien. No tenía idea de esto. Es novedoso para mi —Emilie abre los ojos, pasmada con su historia— ¿Qué está pasando? Mi hermana no me ha dicho nada.

—Normal —el joven licántropo hace amago de impotencia— Posiblemente Félix es quien no le ha contado nada a mi tía para no preocuparla. Digamos que a mi primo le han encomendado el peso económico de todo. De una forma bien machista. Porque es varón y el heredero. No tiene mucha experiencia, aunque eso no le resta de audacia e inteligencia. Ha sabido bien sobrellevarlo. Pero siento que dentro de poco... podría desatarse una huelga o algo así —agrega, intranquilo— Sin querer, terminé inmiscuido en el tema. Los empleados tienen quejas y están demandando mas derechos.

—Y yo supongo que le has dicho un par de cosas a tu primo ¿O me equivoco? —Emilie se cruza de brazos, esperando una respuesta revolucionaria por parte de su primogénito. Pero este se calla, gesticulando una mueca de desazón— Vamos. Tu eres experto en estos temas. ¿Recuerdas cuantas veces te fuimos a sacar de las protestas parisinas?

—Ya sé... no me lo recuerdes así, por favor.

—Pero es la verdad —arquea una ceja, suspicaz— Imagino que Félix está al tanto de que simpatizas con los humanos.

—De mala gana se enteró y lo respeta, pero no lo acepta. Es un tema que intenta no tocar a todas luces.

—No lo culpes —su progenitora lo toma de los hombros, tranquilizándole con voz serena— Es un vampiro, después de todo. Nos enseñaron a ver a los humanos como alimento, nada más.

—Mamá... ¿Qué debería hacer? —consulta, realmente liado— He congeniado muy bien con una de las chicas de la fábrica. Su nombre es Marinette. Humana. Y le prometí ayudarla. Pero... no quiero traicionar a mi primo. Mucho menos ahora que lo considero mi marido...

Marido... —Bufa Burlesca.

—No te burles, por favor. En serio que-...

—Tranquilo. Ya lo he decidido —Emilie ha dado su veredicto final, abriendo la maleta para desempacar de vuelta— No me iré. No aún. No al menos hasta asegurarme de que las cosas entre ustedes estén relativamente "bien".

—No sabes... cuanto te lo agradezco, mami —brinca Adrien, llenándole el rostro de besitos optimistas— ¡Gracias! Por no dejarme solo en esto...

—Nunca lo haré. Lo prometo —dice la vampira, jugueteando con su propia cabellera rubia— ¿Y bien? ¿Cuál es tu plan? ¿Algo en mente, niño prodigioso?

—Estoy pensando seriamente en neutralizar de una vez por todas al insolente de Colt —le señala el hombre lobo— Es muy vulgar con mi tía Amelie y mi primo. Estoy seguro de que ya está enterado de nuestra relación y créeme... ya debe de estar planeando algo para destruirnos.

—Colt es un adulto ya. No como ustedes —profesa la rubia, determinada y al mismo tiempo, ya hilando una idea en su cabeza— Se como funciona su mente básica y obtusa. Déjamelo a mí. Me encargaré personalmente de él. Y tú, por tu parte, encárgate de tu primo. Debes hacerlo entrar en razón con los obreros de su fábrica —Emilie camina hacia su recamara y se sienta sobre su escritorio, dispuesta a redactar una carta— Es hora de mover hilos.

—¿Qué harás? —cuestiona, intrigado y curioso por lo que hace a continuación.

—Puede que me haya ido de casa, pero sigo siendo una Graham de Vanily importante en la aristocracia británica. En mis días dorados, yo era la más deseada de toda la socialité —le guiñe el ojo— Hasta almorcé con la reina Victoria un par de veces, cuando aun vivía. Antes de que ese zángano de un paso, nosotros habremos dado diez —llena su pluma de tinta— Le escribiré a su majestad.

—¿Al rey Jorge V? —parpadea, atónito— ¿Estás segura de esto...?

—¿Qué pasa, niño? —sonríe soberbia— ¿Acaso no confías en tu madre?

—¡No, no! ¡Para nada! Al contrario...—confiesa, obnubilado con su valentía— Eres una mujer increíble, mamá. Pero no sabía que se podía recurrir a la corona para estas cosas.

—Es natural que no lo sepas, cariño —dictamina la señora Agreste, iniciando el texto mientras le habla— No te moviste nunca en este círculo. Pero descuida, te enseñaré un par de cosas —y cita— "A su excelentísima majestad, nuestro devoto gobernante" —plasma en la hoja— ¿Sabias que el adulterio está penado por ley entre los aristócratas de la corte?

—No tenía la menor idea...

—Tal vez mi hermana me haya revelado "ciertas indiscreciones" cometidas por ese infeliz, sin querer y de forma muy inocente. No la culpo, quería desahogarse y es normal —ríe entretenida, con su jugada sagaz. Continúa escribiendo— El divorcio no se nos está permitido como una opción. Comprenderás que el rey, es el líder y representante indiscutible de la iglesia. Aunque los muy bribones hipócritas también cometan infidelidades, son bien cuidadoso para que no se sepan sus mierdas —procede a firmar la carta— Acércame el sello del estante, por favor. La cera y la vela.

—¿Colt le fue infiel a mi tía Amelie...?

—Es un mujeriego —carcajea— Se la pasa de prostituta en prostituta. No me sorprende en todo caso. Re frustrado debe de estar, el frígido.

—¿Cuál? —Adrien asiente obediente y rebusca entre unas cajas antiguas. Se da de lleno con una sortija, que lleva un escudo grabado en él. El broquel de los Graham de Vanily— ¿Guardabas esto? Es idéntico el anillo que mi primo porta. Creí que solo era un adorno con un valor sentimental, puesto que nunca se lo saca. Ni para bañarse —se lo acerca— Es pesado...

—Amelie también tiene uno. Pero nunca lo lleva. Me lo dio mi padre cuando aún era joven —asiente, recibiéndolo en sus dedos— Nunca me deshice de él, pues siempre pretendí usarlo en algún momento. En la vida hay que ser precavidos, hijo. Siempre, tener un AS bajo la manga —Emilie derrama algo de cera roja por el sobre y lo sella, con el emblema de aquel anillo— Me aseguraré de hacérselo llegar. Créeme... será su fin.

—Espero... no sea demasiado tarde ya...

[...]

—¿No lo sabías, mujer? —vocifera Colt, totalmente ebrio— Mi esposa y mi hijo son vampiros.

—¿Dis-Disculpe...? —Se espanta, la camarera.

Dos días después. En algún bar de mala muerte de Londres.

—¡Váyanse enterando, patéticos y hediondos humanos! —alardea Fathom, levantando una jarra de cerveza al aire en medio de todos— ¡¿Les parece una locura?! ¡Pues no lo es! ¡Los Graham de Vanily están malditos! ¡Jajaja! ¡Así, como lo oyen! ¡Son unos chupa sangre! ¡Jajaja!

La muchedumbre enardece, especulando cuchicheos indiscretos que pasan de oreja a oreja. La mitad de ellos se profesa espantado. Mientras que la otra mitad, solo se ríen y pasan de él, gesticulando muecas burlescas. Ya le conocen por ser un bebedor empedernido, que cuando consume grandes cantidades de alcohol y se emborracha mas de la cuenta, suelta historias alienadas de hombres lobos y seres oscuros de la noche. Aunque no falta el estúpido incrédulo que le cree, cayendo en la trampa de la santa inquisición para combatir una raza de satán y le sigue el juego. ¿Lo chistoso? ¡Lo irónico que es! ¡Es que el también es un vampiro! ¿Pero que mas importa? Lleva días esparciendo rumores e ideas paganas de la naturaleza de su familia. Misma, que debería se supone proteger.

Tom Dupain, el dueño del bar, ya no lo soporta ni un segundo más. Es un humilde cantinero, devoto humano, creyente y que atiende con modestia hasta altas horas de la noche para traer dinero a su familia. Ahora mismo, quiere echarlo a patadas. Pero su posición lo precede. Pues no solo es un conde y está casado con una respetada lady de la corte. Si no que, para empeorar la historia, es el jefe de su hija Marinette; en la fábrica de textiles y armamento. Su esposa, Sabine, interviene en la escena. Ya le ha visto con cuatro venas sobre la sien, tentado a golpearlo. Aprieta el antebrazo de la mano que limpiaba una copa y niega con la cabeza.

—No lo hagas, cariño... por favor —advierte la fémina.

—Este hombre está loco, querida —rezonga el fornido bigotón de Tom— Puede decir los disparates que quiera. ¡Pero me espanta a los clientes con sus ideas fantasiosas! —algunas personas, se han parado y se han ido ya. Algo que enfurece de sobremanera al varón— De un momento a otro, viene diciendo que los Graham de Vanily son vampiros. ¿Puedes creerlo?

—Tu sabes que eso es imposible. No hagas caso a sus necias palabras —niega la señora Cheng, observando como Colt se tambalea en su asiento— Marinette lleva tiempo trabajando ahí y no nos ha dicho nada de eso.

—¡¿Una canción para los Vampiros que nos visitan esta noche?! —chilla Jagged, el encargado de la música en el recinto. Ha hecho una pésima broma. Lo que acto seguido, es opacado por la mirada iracunda del dueño del local— Perdón, mala idea. Jeje... ¿Un temita dedicado a las hadas, quizás? —ironiza.

—¡Cierra la boca, Stone! —amenaza Tom— ¡Si no quieres que te despida!

—¡Oye, amigo! ¡Somos compadres! ¡Yo solo soy un obediente servidor del publico! —protesta Stone, tocando una melodiosa nota en su piano; sobre el escenario— ¡Esta va para los esquizofrénicos de la noche, entonces! ¡Jajaja! ¡Uhh~! —Entona.

—¿Recuérdame por qué lo dejo tocar aquí, por favor? —reclama el tendero.

—Porque es el padre del mejor amigo de nuestra hija —suspira rendida, la asiática— Y somos todos inmigrantes. Debemos apoyarnos entre nosotros —divisa al conde, tirando disparates al aire— Pobre hombre... está claro que su matrimonio está en decadencia y no sabe ya, que inventar.

—Tsk... pues que se divorcie ya —farfulle Tom, apretando un vaso con pujanza— Si sigue así, no me extrañaría ver mañana en los periódicos que su esposa lo repudia, separándose de él.

—Se lo está buscando, sin duda —añade su esposa.

—¡Tengan cuidado, muchachos! —brinca Colt, enrojecido por la bebida corriendo por sus pómulos— ¡En cualquier momento, les chupan la sangre a ustedes!

¡Ya cállate, Colt! —una voz indiscreta, se alza por el público.

¡Vete a tomar a otro lado,! —otro, a lo lejos.

—¡¿Qué fumas?! ¡Dame de eso! —se burla otro.

—¡Estúpidos humanos de! —protesta el converso— ¡¿A puesto a que nunca los han visto salir de día?!

¡Tu tampoco sales de día, estúpido! —chilla un hombre X.

—El día es... relativamente aburrido, tontos. ¡Lo mejor pasa de noche! —se tambalea el conde, exigiendo de golpe otra copa en la barra— Sírveme otro, cantinero.

—El bar está cerrado —sentencia Tom.

—¿Ah? —gruñe el vampiro, con iracunda mirada— ¿Cómo que está cerrado, gordo infeliz? De aquí veo las botellas. Sírveme.

Tom enloquece de furia. Al punto de romper una copa entre sus dedos, de lo enérgico que la ha apretado. La sangre escurre por sus dedos. E indiscutiblemente, los ojos de Colt se encienden por unos segundos, intimidándolo. ¿Qué fue eso? Su cónyuge se apronta, tratando de poner paños fríos a la discusión que claramente, la ve desfavorable para su condición pobre y desvalida. Así que interviene, serena.

—Con todo respeto, conde Fathom —inquiere Sabine— Ya ha bebido suficiente. Lleva mas de nueve tragos y aun no nos paga.

—¿Es eso? —esboza sarcástico, sacando un fajo de títulos chequeras, con cifras esterlinas a nombre de los Graham de Vanily. Los avienta contra la mesa— ¡Aquí está el dinero! ¡Cárgalos a la cuenta, mujer! Sírveme otro, dije.

—Bien...—asiente la señora Dupain-Cheng, tomando los trozos de papel.

¿Cariño? —Tom mira a su esposa, con rechazo.

Sabine toma los nobiliarios y los procesa por la caja registradora con sumisión. Solo para enterarse al final, de que, al momento de pasarlos por la máquina, estos salen rechazados automáticamente. La firma de ellos, no coincide con la orden de titulo inicial del día; llegados por el banco. Algo que, sin duda, la relaja de sobremanera. ¿Qué ha pasado? Regresa hacia la barra y se los devuelve, templada.

—Cuanto lo siento, Lord Fathom —expresa, sonriente— Pero estos billetes están vencidos.

—¿Disculpa? —masculle entre dientes, el varón— ¿Qué carajos dices? No hay nada de malo con ellos. Anda, pásalos de nuevo.

—Los pasé cuatro veces, señor —indica, tranquila— Y no. Están vencidos.

—¡¿Cómo que vencidos?! —chilla Colt, colerico— ¡Tu máquina del asco está defectuosa! ¡Llevo años bebiendo aquí! ¡Te ordeno que los pases de nuevo, china de!

Suficiente —Tom lo increpa, parándose con su gran porte y desplante delante de su mujer— Ya ha escuchado a mi esposa. Sus billetes están vencidos. ¿Va a pagar lo que consumió? Porque si no paga, no le serviré nada más, Conde. Entonces —le señala la puerta— Lo invito cordialmente a largarse de mi bar.

—¿Me estás amenazando, cerdo? —Colt muestra los colmillos, rabioso— ¿Cómo te atreves a hablarme así? ¿Sabes quién soy?

La actitud amenazante del vampiro ha enfurecido a algunos de los comensales, que instintivamente y fieles consumidores del establecimiento, se han levantado para rodearlo con aires de violencia. Dos de ellos ya agarraron palos. Y unos cuantos, un par de escopetas. Solo dios sabe de donde salieron armados, pero sin duda que protegerán el lugar con los dientes de ser necesarios. La mayoría, son franceses. Colt es intimidado de sobremanera. Y viéndose sobrepasado en número, recula. Pues a pesar de haber relatado que su esposa y su hijo son vampiros, el no pretende quedar expuesto para que lo quemen en la hoguera o lo guillotinen en una plaza pública. Traga saliva, humillado.

—Se van arrepentir de esto... inmundos franceses mugrientos —ostenta Fathom, agarrando sus billetes para guardarlos en su chaqueta. ¿Qué billetes? Ahora solo son papel inservible. Podría limpiarse el con ellos— Se los advierto... haré que los clausuren.

—¿Y lo hará desde la cárcel? Porque hasta el momento, no ha pagado lo que consumió, señor. Evíteme llamar a la policía —determina Sabine, cruzándose de brazos; victoriosa— O una humillación publica, por favor. Sea digno, "conde".

—Tsk...—Colt sale por la puerta principal, jodidamente expuesto.

Todos han enmudecido en el ambiente. Pero vamos, que Jagged sigue a cargo de la música. Y de alguna forma, es hora de celebrar que el toxico se fue.

—Entonces —inquiere Stone, festivo e infantil como de costumbre— ¡¿La gloriosa Marsellesa?! ¡Vamos a cantar, muchachos!

¡Vive Le France! —Vociferan todos, en coro.

Mansión Graham de Vanily. 02:50 AM.

—¡AMELIE! —chilla Colt, entrando con violencia por la puerta principal. Tira chispas de los ojos y los puños— ¡¿DONDE ESTÁS MUJER INFAME?!

—Por el rey. ¿Alguien busca pan duro a esta hora? —pregunta Amelie, cruzada de brazos y totalmente calmada; por el vestíbulo principal— Uy... pero si es un Mendigo. Y está ebrio. Novedoso.

—¿Qué mierda hiciste, mocosa malcriada? —rezonga colérico el varón— ¡¿Qué significa esto?! —le arroja los nobiliarios al suelo— ¡¿Qué mierda pretendes?!

—Anda… —exhala su cónyuge, esbozando una sonrisa jocosa— ¿Por qué tiras papel de wáter en la casa, Colt? No seas vulgar.

¿Cómo dices? —rezonga su marido, irritado con su respuesta.

—Si es papel de wáter —añade Emilie, sumándose a la escena. Observa los trozos en el suelo y ríe— Mira. Que cosas mas inservibles. ¿No opinas igual, cariño?

—Si, claro que si —se incorpora Adrien, carcajeando con ironía— ¿Qué es eso? ¿Quieres encender la chimenea, Colt? No creo que funcione. Me parece que eso no prende ni con agua. ¿O a ti si te parece, primo Félix? —mira hacia un lado.

—En lo personal —comenta Félix, mancomunándose con actitud recatada y modesta. Simula estar pensativo, pero sin duda se está escarneciendo de el— Yo me haría un origami con el papel de victima que estás haciendo, Colt.

—Ustedes…—farfulle el conde, temblando de furia— ustedes, malditos de mierda, se unieron para hundirme. ¿No es así?

—Demonios —refuta Amelie, con sátira— Nunca creí que, en algún momento de nuestro matrimonio, estaría de acuerdo contigo, Colt. Pero te lo endoso. Si. Es la primera cosa coherente que dices en años. Pues tienes razón. Te acabamos de hundir.

—¿Qué haces, Amelie? —protesta Colt— ¿Cambiaste la firma?

—Lo que ves, Colt —se encoge de hombros con seguridad, respaldada por toda su prole detrás— No me imagino de que forma tan humillante te has dado cuenta, pero como te habrás enterado, si lo hice. A partir de ahora, no tienes el respaldo económico de los Graham de Vanily. He cambiado la firma. Todos los bancos fueron avisados. Y ya no tienes potestad de mis bienes.

—¿Por qué demonios has hecho esto, Amelie? —exige el varón, rabioso.

—¿Quién se lo explica? —Amelie rueda los ojos, hastiada— Me da paja.

Yo lo haré —Félix da un paso delante de todos, sacando un vigor y valentía que a su primo lo llena de orgullo— A mí me corresponde hacerlo, Colt.

—¿Así que esto, fue idea tuya? —manifiesta su progenitor, irascible— ¿Tu? ¿No te bastó con ser un debilucho monstruito desviado, afeminado y enfermo?

—Di lo que quieras de mí, Colt —lo increpa Fathom, que de mala manera ha aceptado llevar su apellido por lo demás— Pero ya es hora de que te ponga en tu maldito lugar. En un principio, creí que solo yo me sentía amenazado por ti. Pero en el fondo, tenias a toda mi familia bajo tu yugo. Se acabó tu era de doblegarnos a mi y a mi madre.

—¿Qué dices, Félix? Yo soy tu padre —se defiende su progenitor— Yo te hice.

—No te confundas, hombre —interviene el duque, con potestad— Es cierto que tu me engendraste y solo por eso, te debo el respirar. Pero mi madre también lo hizo y le debo casi el 99% del logro. No te des ínfulas, infeliz. Eso mismo, no te da ningún derecho sobre mi vida. Y si me atrevo a admitir en tu cara, vamos…que es lo único bueno y decente que hiciste en tu vida. Lo que es peor…—Félix aprieta los labios, frustrado en el proceso. Es duro para el incluso admitir su naturaleza, pero lo ha asumido con madurez y altura de mira gracias a su familia— No tienes idea de lo mierda que es, enterarse de que te dieron vida y forma por obligación, orgullo o egocentrismo y no por amor. "Amor" —cita— Una palabra que no comprende tu cabeza achatada y cavernícola. Fue mi propio primo hermano —mira a Adrien, tomando su mano con imperio— Del cual confieso, estoy profundamente enamorado, aunque te estalle el ano, me enseñó. Pues el es producto de aquel sentimiento. A diferencia de ti, que solo estabas intentando tirar semen como un animal salvaje dentro del útero de mi madre, para cumplir con un convenio de miseria y acuerdo banal —sentencia, para finalizar— Pero mi madre, mi tía y mi primo, que son los verdaderos Graham de Vanily, me abrieron los ojos —lo asesina con la mirada— Colt, no renegaré de tu apellido. Pero a partir de hoy, ya no eres mi padre. Mi padre y mi madre es Amelie Graham de Vanily. Y no necesito más.

—Félix —Colt apela a su bondad, profesándose ofendido y lloroso— Niño…yo soy tu-…

—Gracias, conde —expone Félix, rehuyendo de su mirada con aversión— Adiós, Colt.

—¿Qué dices…? —parpadea, con la mirada humedecida— ¡FÉLIX!

—Estás fuera, Colt —decreta Amelie, enseñándole una carta. Aquella, que firma y sella con el anillo real de su majestad— El rey a respondido. Lastimosamente para ti, aunque te duela en el poco orgullo que te queda, eres un adultero. Eduardo VII ha contestado —le lanza el sobre a sus pies, solo para que lo corrobore por sus propios ojos— He pedido el divorcio. Y me lo han concedido en un abrir y cerrar de ojos. Para mañana a esta hora, tu empresa será absorbida por la mía. Y no serás nada ni nadie. Se acabó.

—¿Cómo mierda has convencido al rey de esta farsa? —espeta, confundido— ¿De que no son vampiros? La mitad de Inglaterra lo sabe. ¡Gracias a mí!

—Perdona —propone Emilie, festiva— Sabía que Colt era estúpido, pero nunca a este punto ¡Jajaja!

—¿Que dices, mujer? —chista Colt, pasmado.

—¿En serio no sabía? —refunfuña Félix, escueto— Colt... ¿De verdad no sabias que su majestad, es vampiro también?

—¿Qué…?

—Toda su familia lo es —Adrien se toma la cabeza— Hasta yo lo sabía. Me costó aceptarlo, pero es real. Dios, Colt. Eres muy tonto. En cuanto su majestad se enteró que andabas tirando ideas así en bares y burdeles, no lo pensó dos veces. Estas fuera, ya te lo dijeron. Lárgate, porfa. Tienes 0 credibilidad. Eres muy idiota, perdón.

Los cuatro se miran entre sí, esbozando sonrisas victoriosas. Derrotado y mas enajenado que humillado, el Conde gesticula una ultima mueca soberbia. Muy digna de la poca cordura que por esas horas le quedaba. Coge el sobre y lo hace trizas delante de todos. Altivo, responde finalmente.

—Están cometiendo un grave error, gringos de mierda —espeta, mostrando los colmillos— En cuanto yo salga por esa puerta, la deshonra caerá sobre esta familia. Sobre todo, en la tuya, Amelie —apunta a la rubia— Tu posición en la corte será la peor. ¿Qué pensará ahora la gente que eres una divorciada?

—¿Crees de verdad que estoy preocupada por eso ahora? —bosteza somnolienta la ojiverde, con sarcasmo— Bueno, ya fue. Cariño —observa a su hijo— ¿Qué hacemos con su ropa? ¿La quemamos? Su aroma está plagado por la casa. Y me da mucho asco.

—Nada como eso, madre —revela Félix, con vanidad— Se que su aroma te satura. Realmente es nauseabundo. Pero no hace falta —le toca el hombro, jovial— Deja que se la lleve. ¡Jean-Pierre! —cita.

—¿Me llamó, Lord Fathom? —brota el criado, casi al instante. Pues llevaba escuchando la pelea desde la trastienda de la puerta principal.

—Ayúdale al Conde a empacarle sus pertenencias. Aunque no son muchas, pero algo de ropa tiene —ordena el británico. En cuanto el mayordomo asiente, agrega— ¡Ah! Y una cosita mas —esboza, sonriente— Prepara los dos cuartos de invitados que hay, en el ala derecha de la mansión. Tenemos nuevos integrantes a la familia —indica, divisando a su tía y a su primo.

—Como usted ordene, Sir —asiente obediente.

El primer paso del plan "limpiar la basura" se había concretado con total éxito. Y tanto Emilie como Adrien se regocijaban en una complicidad que lograron en mutuo acuerdo, salvaguardando la integridad de los Graham de Vanily y de paso, su especie como seres nocturnos. Ahora, el trabajo continuaría por parte del menor de los Agreste. Y consistía básicamente en modelar la mentalidad reprimida de Félix, para hacerle un hombre más próspero con los trabajadores de la fábrica. No pretendía ciegamente, convencerlo de convertirse en un amante de humanos. Pero al menos…si de apreciar a la sociedad que lo rodeaba.

Amelie y Emilie se retiraron esa madrugada, para platicar a solas en el living, mientras Colt era despojado de sus precarios recursos y expulsado de la casona. Por su parte, Félix se profesaba agotado de haber tenido que lidiar con una tediosa conversación incomoda. Así que se despidió de su primo hermano con una sonrisa afable y escueta. Una, que en el fondo lo invitaba a acompañarlo a conocer sus nuevos aposentos. Todo salió bien.

O al menos…eso esperaban.

Una semana después. Industrias Vanily. 19:20PM.

Adrien y Marinette conversan a escondidas, en la trastienda de una de las grandes maquinas. La fémina parece preocupada y muestra signos de haberse molestado hace un rato. Aunque ahora mismo, la plática es mucho más relajada que como inició.

—Bueno —exhala dubitativa— De cierta forma, no faltó a su palabra de "caballero" como él lo mencionó. Realmente nos dio una respuesta a las peticiones. Pero es solo mas de lo mismo ¿Sabes? Solo me dijo: "He leído el texto a detalle y debo meditarlo mejor" —se toma la cabeza— Dios, Adrien. ¿Qué está pasando? Creo que Félix no está interesado en lo mas mínimo. Ya ha pasado una semana. Mucho silencio…me preocupa.

—No pierdas la fe, Marinette —el licántropo sujeta sus hombros, con templanza— Créeme que está haciendo un enorme esfuerzo por este tema. Pasa que…han surgido algunos "percances" en el proceso y eso lo ha tenido medio distraído del asunto, es todo.

—Me he enterado —expone Dupain-Cheng, sobándose el brazo con humildad— Que escándalo. Digo, no por el divorcio en si ¿Sabes? Si no mas bien por las cosas horribles que estaba esparciendo Colt.

—Si…cosas horribles…—el rubio desvía la mirada, liado.

—Porque…era mentira —arquea una ceja, con suspicacia— No es cierto…—Adrien aprieta los labios. Algo, que prende una alerta interior en ella y la obliga a insistir en su credibilidad— ¿Verdad que sí, Adrien? Los Graham de Vanily no son…

—No te voy a mentir a ti —confiesa el ojiverde, pesaroso— Eres una mujer super inteligente por lo demás. Y de seguro ya lo estabas sospechando desde hace mucho. Vamos…

—Santo dios —murmura, compungida. Mas no, aterrada— Si. Ya me parecían personas muy "curiosas" por no decir otra cosa. Con esto de mostrarse poco y…bueno —rasca su nuca, nerviosa— Es cosa de mirarlos. Son todos pálidos, misteriosos y esas cosas…

—Ya. Pero lo que importa es que entiendas solo una cosa y con esto, te estoy dando mi palabra de hombre —sentencia Adrien, sonriente— Son gente inofensiva. Te prometo que jamás te lastimarán.

—¿Tu palabra de hombre, Adrien? —recula Marinette, mirándolo fijamente a los ojos— ¿Eres un hombre…?

—Eh…bueno, eso creo —se mofa, tocándose los pectorales— ¡No tengo pechos, así que debo de serlo! ¡Jaja!

—Sabes muy bien que no me refiero a eso —lo fulmina con la mirada. Su compañero calla de golpe, ruborizado al ser desenmascarado— Mírame —le toma el rostro con ambas manos, sin animosidad de ofenderlo— Eres cálido…demasiado para ser verdad. Tu temperatura corporal es altísima para ser como yo. Pero tampoco me pareces alguien tan ordinario.

—¿Me quieres preguntar?

—Solo si me quieres decir.

—¿No me tienes miedo, Marinette? —manifiesta Adrien, sujetando su carita de igual forma.

—La verdad es que no —revela la francesa, gesticulando una mueca amistosa— ¿Qué eres, Adrien Agreste?

—No soy un vampiro. Y ciertamente menos soy humano, como ya dejaste en claro —canta el galo, con total franqueza y moderación— Soy un luisón, Marinette. De la familia de los lican.

—¿Un licántropo? —examina, soltándole paulatinamente para procesar la información de la manera más mesurada posible— Ya veo. Eres un "hombre lobo". Como los de los cuentos de fantasía.

—Mi madre suele decir que hay cierta verdad en la fantasía y precaria fantasía en la realidad.

—Tu mamá es muy elocuente, sin duda —ríe tímidamente la muchacha— Debe de ser una mujer muy culta.

—Es la luz de mis ojos —dice Adrien, orgulloso— Pero también lo son mi primo hermano y mi tía Amelie.

—Que cosas ¿No crees? —la joven trabajadora se retrae en su lugar, abrazándose así misma con auras inquietas— Perdona mi ignorancia. Soy neófita en el asunto. Pero se un par de cosas de este tema y tengo entendido que los hombres lobos y los vampiros son enemigos naturales. Algo así como que…se rechazan a la mirada misma.

—Lo son. Al igual que los licántropos y vampiros con los humanos —bufa el Agreste— Cómico ¿No crees? Y, aun así, heme aquí. Como siempre, rompiendo los estigmas de los propios mitos impuestos por nuestras especies. Ya que tanto yo como Félix tratamos con ustedes casi a diario.

—Si, pero no quieras hacerme creer que Félix es un simpatizante de nosotros. Se ve que tu y el, no comparten ese rasgo —comenta, con obviedad. Acto seguido, lo empuja hacia atrás con el dedo por el pecho— A ti al menos te gusta compartir con nosotros y no te da miedo mostrarlo abiertamente.

—¡Jajaja! ¡Como siempre, me has leído como un libro abierto!

—Es que lo eres —rezonga Marinette, agraciada con su actitud trivial y de niño— No me imagino que clase de problemas tendrás con Félix por esto.

—¡Que va, mujer! —carcajea el licántropo, esculpiendo una sonrisa blanca de mejilla a mejilla, que logra ruborizar incluso a su compañera— ¡Nos llevamos de maravilla!

¡Adrien Agreste! —vocifera Fathom, desde el segundo piso. Los ha visto desde su oficina y está notoriamente molesto— A mi oficina, ahora —demanda.

—Upsi…—admite el Agreste, sacando la lengua— Creo que nos han pillado —observa a su familiar— ¡Voy, gruñón!

Lo sabía…claramente tienen pleitos por esto —piensa la trabajadora, haciendo amago de entretenimiento.

—Y usted, Dupain-Cheng —añade Félix, asesinándola con los ojos— Vuelva a su puesto de trabajo.

¡Ya me llegó a mí! —Marinette obedece automatizada por su regaño, llevando su diestra a su frente como un militar— ¡Si, gerente!

[…]

—Félix…—musita Adrien, tranquilo— Quédate quieto por favor. Parece un león enjaulado.

—Silencio —protesta el británico, parándose para mirarlo colérico— Es como me siento ahora mismo. Estoy molesto. Y eso debería preocuparte.

—En realidad…me excita muchísimo —revela, con picardía.

—¡Ya cállate! —Félix se abalanza hacia él, en una mezcla entre abochornado y al mismo tiempo agraviado— ¿Qué mierda crees que haces? —lo apunta con el dedo— Entiendo a la perfección que te gusten los humanos. Pero no considero apropiado que seas tan meloso con ellos en fabrica. Menos, en mi presencia.

—Estás celoso ¿No? Joder… —sisea el licántropo, mordisqueándose el labio inferior. Lo jala de la cintura, apretándolo agresivamente contra su pecho— Y eso me pone duro…como no tienes idea…

—¡Ba-Basta! ¡Esto es serio! —Graham de Vanily lo empuja, separándose de él. Rojo como un tomate, repara— ¿Qué pretendes?

—Que les des lo que piden, primo —expele finalmente, derrotado— Llevas días haciéndote el tonto con este tema. Ya acepta el trato. Los obreros merecen tener derecho a organizarse.

—Eres bien sinvergüenza ¿Sabes? —rezonga Félix— Pedirme esto, cuando literalmente te pillé cortejándola.

—No confundas amabilidad con coqueteo, por favor.

—Si. Tienes razón —recula el británico, ofuscado— Tu nunca has sido amable.

—Exacto —carcajea, en tono infantil.

—Vete a la mierda, Adrien.

—Ya basta —Adrien lo sujeta del antebrazo, obligándole con potestad a mirarle fijamente a los ojos— Deja de hablarme así. Eres mi marido. Un poco de respeto exijo, por favor.

Adrien no sabe si realmente fueron sus palabras, la forma en que lo dijo o la manera en como estaba observándolo, con tanta pujanza de quien demanda atención sexual. Pero sin duda, que aquel gesto logró un objetivo arbitrario en el inglés. Félix relaja el semblante, como quien acepta una derrota frente a una batalla perdida. Ha apelado a su infaltable orgullo de duque bien criado, pues se ha dado cuenta que no estaba bien usar ese tono tan prepotente, ahora que son cónyuges ilegítimos. Desarmado, se separa de él y en la lejanía, coge el documento entre sus dedos para darle una ojeada final. El hombre lobo bosqueja una mueca solapada de orgullo. Esa es la forma correcta con la que le gusta que su esposo lo trate.

—Así está mejor —carraspea Adrien— ¿Y bien? ¿Qué ha decidido el gerente?

—Está bien. Lo haré —asevera Félix, calmoso en su porvenir— Firmaré la petición y permitiré que formen su sindicato y pidan lo que gusten.

—Primo…—esboza el francés, como si se hubiese quitado una cruz de encima— eso es-…

Pero —adiciona— Con la condición de que te alejes de esa humana.

—¿Disculpa…? —parpadea, atónito. Su trato no le ha parecido justo ni mucho menos sensato— Perdona, pero. ¿Por qué me impones algo así? Mi relación con esa mujer no tiene nada que ver con-…

—Se que te gusta, Adrien. Ya no finjas más delante de mí, porque ofendes mi inteligencia —comenta Félix, acongojado— No te estoy pidiendo nada fuera de lo común. Solo…ya déjala en paz.

—Félix, Marinette es mi amiga.

—Ella no piensa igual —le devuelve una mirada dotada de ultraje— Y tu menos, lobito.

—¡¿Estás leyendo sus pensamientos, acaso?! —chilla Adrien, ofuscado— ¡Oye! ¡Detente ahí! ¡Eso no se hace! ¿Acaso Amelie no te enseñó que eso no se hace con humanos?

—Se que esto no se hace, primo —relata el duque, lastimado— Pero tu no me dejaste otra opción. No has sido transparente con la relación que mantienes con esa chica. Incluso, se reúnen a espaldas mías en cafeterías y parques. Sales con ella y la llevas a su casa hasta altas horas de la noche. Yo no sé…—desvía la mirada, mustio— Si te estás acostando con ella o-…

—¡Félix! ¡Por todos los demonios! —Adrien se arroja a él, sujetándole de los brazos— ¡¿Qué barbaridades estás diciendo?! ¡¿De donde has sacado todo esto?! Vamos, es cierto. Si he hecho todo eso con ella. Pero no es nada de lo que piensas. Tanto que te gusta leer mentes. Lee la mía, adelante. ¿Ves alguna escena o imagen obscena de ella conmigo?

—N-no…realmente no…pero…vamos…—balbucea, rehuyendo de su interpelación— Eres muy bueno para ocultar cosas.

—¿Qué estás? —pestañea, en shock— ¿Qué está pasándote, amor mío…?

El aristócrata se retira de sus insinuaciones y coge una pluma. En un solo rayón sobre la hoja, firma el documento. Y con el sello de su anillo, veredita la orden para que sus demandas sean contestadas. A continuación, le extiende el documento a su pseudo marido para que sea el mismo, quien lo entregue a los pertinentes. Vale. Hasta ahí, todo bonito y decente. Pero el lobezno no está ni por asomo satisfecho con la conversación que han tenido. ¿En que momento se han sembrado esos pensamientos tan nocivos en su amante? Él también se profesa mosqueado, pues se ha mostrado sincero desde el principio con sus sentimientos e intenciones. Confundido y atormentado, Adrien recibe el papel. Aunque con el sentimiento de la incertidumbre y la desilusión en su semblante. No entiende nada. Y para quedarse a averiguarlo, ya tendrán tiempo de ello.

—Hablaremos de esto en casa —sentencia Adrien, con dureza y voz hosca— Ya que este no es el lugar mas apropiado para ello.

Adrien Agreste se encamina hacia la puerta para abrirla. Pero en cuanto sale, se topa de lleno con la presencia de Luka Couffaine. En el instante en que aquel capataz de mirada agria se cruza con él, la injuria se hace notoria. Simulando mantener un recelo y respeto distante del licántropo, lo deja pasar para que se retire. El francés no le presta atención y desciende menguante por las escaleras con el pliego en las manos. Solo para cuando se ha retirado, el ojiazul ingresa a la oficina. Se ha encontrado a un malogrado Félix, que se toma el puente de la nariz en seña azorada; en un son de lamento.

Audazmente, ha sacado conclusiones de lo ocurrido entre ambos, previa visita. Fiel trabajando haciéndose el desentendido, se quita la boina y le extiende una carpeta de portada cuerina marrón.

—Lord Fathom —murmura Luka, depositando el expediente en su escritorio— Es el reporte de perdidas que me pidió. No sé como lo supo realmente, pero tenia razón. Desde que sus padres se divorciaron, las exportaciones de armas cayeron en un 70%.

Félix no responde. Sigue ensimismado en una actitud depresiva y muda que ahora lo aflige. En un intento por sacarlo del deplorable estado anímico que inquieta, el obrero se aproxima a él e insinúa una mejora para mejores cambios prósperos.

—Creo que sería bueno para nosotros, dejar de fabricarlas —inquiere con zozobra— Y dedicarnos solamente a lo que los Graham de Vanily en un comienzo hacían. Que es básicamente indumentaria en cuero y seda; manufacturando materias primas.

—Luka.

—¿Señor? —pregunta, intranquilo.

—Tenias razón —revela Félix, girándose en su silla para plantar ambos codos sobre el escritorio; ocultando su boca con los puños— Adrien se ve con Dupain-Cheng a espaldas mías, como me dijiste.

—Duque. Yo-…

—No me lo ha negado —alza la mano, interrumpiéndole con altivez— Así que ya no lo adornes más. Por favor —lo mira fijamente— No te sientas un traidor o algo así. Después de todo, tu trabajas para mí. Me debes lealtad y fidelidad. Lo cual, aprecio muchísimo en mis obreros.

—Gerente —Couffaine intenta explicarse, a duras penas— No es lo que pien-

—Si. Lo es —determina Fathom, con los ojos humedecidos en desengaño— Adrien es lo que es. ¿Por qué vamos a hacernos los locos con el tema? Tu ya lo sabes. Ya te lo confesé. Soy un vampiro.

—…

—Y él un licántropo —agrega— En el albor de un jovencito muy estimulado por la belleza y la pasión sentimental de lo lujurioso. No lo estoy juzgando, que conste. Al contrario. El es libre de hacer lo que guste. Pero…de alguna forma…—desvía la mirada, soltando un par de lagrimones infames por las mejillas— Me duele…como no tienes idea…

Santo dios… ¿Félix está…llorando…?

Couffaine se ha estremecido con su relato. Al punto de cuestionarse su propia prudencia. No sabe realmente como reaccionar. Pero solicita sensatez a la poca cordura que le queda. Y es que Félix, no sabe del trato que tiene con Kagami. Y de cómo, de manera deslustrada ha empañado la propia imagen que tiene de su amante, envenenado su cabeza y corazón. Ha manchado la imagen de dos hombres, que no cumplen ninguna función amenazante en su vida. Solo están enamorados, joder. Luka tiembla, desesperado al punto de profesarse desolado con sus propias convicciones. Ya no da más de esta farsa. Al parecer, el engañador ha sido engañado. Y es lo mas cercano a hacerse trampa en el solitario. Quiere revelarle toda la verdad, sin importar las consecuencias. ¿Pero que son aquellas, consecuencias? El sobre de dinero que recibió de manera vitalicia le remueve las entrañas.

Entre contarle la verdad y callar, prefiere callar.

—Cuanto lo siento, señor…—murmura el delegado, desértico— En verdad, yo solo velo por sus intereses personales.

—Disculpa —Félix se limpia los parpados con un pañuelo— Que vergüenza. Vale. No dejes de contarme que hace Adrien, por favor —recobra valor.

—Con todo respeto, Duque —rezonga el peliazul, damnificado— Si me permite, creo que debería hablar con Adrien. Después de todo, ustedes dos tienen una relación mas allá de ser familia. Usted me entiende.

—Ya lo hablaremos —esboza Fathom, fingiendo una sonrisa inexistente— Echemos una ojeada a este informe —abre la carpeta, cambiando drásticamente de tema— Veamos. ¿Qué fue? Siéntate conmigo y explícame esto.

—Si, claro —Luka se prevé sobre la silla— Le expondré la gráfica —modula— Demonios…nunca creí que Félix fuera tan sensible. La condesa Tsurugi tenía razón solo en una cosa. Es un niño ingenuo que no entiende que pasa a su alrededor. Que dios me perdone, nunca quise hacerle semejante daño —piensa, mientras examina sus dialectos corporales— Mire…esto es así. Creo que deberíamos…

Bar de los Dupain-Cheng. Llamado "Les Noir".

—¡Amigos míos! ¡Camaradas y compatriotas! —chilla Marinette, parada arriba de una mesa del recinto; alardeando del documento que ondea como una bandera de libertad— ¡Lo hemos logrado! ¡Es un hito en la historia de Inglaterra! ¡Hemos formado un sindicato de obreros y trabajadores! ¡Como en nuestra madre patria!

¡Vive Le France! —claman todos, al unísono. Alzan sus copas y jarrones.

—¿No te lo dije, cariño? —comenta Sabine, abrazando a su marido con orgullo— Sabía que nuestra hija lograría grandes cosas.

—Sin duda, mi amor —responde Tom, vanidoso— No quiero sonar un hombre fatuo, pero démosle el crédito a que Colt Fathom por fin se alejó de esa familia.

—No seas tan pesimista —carcajea la asiática, aplaudiendo a su pequeña— ¡Es un acontecimiento icónico!

—¡Papá! ¡Mamá! —vocifera la ojiazul, girándose hacia ellos— ¡¿Una ronda por la casa?!

—¡¿Por qué no, mi amor?! —alardea el señor Dupain, sacando un garrafón de vino— ¡¿Un Carmenere del 87?!

—¡Esta va por ustedes, personas honorables! —añade la lozana fémina, dándole el crédito a su progenitor— ¡Hoy se bebe vino francés!

—¡YYYYEEEY! —berrean todos.

La muchedumbre enardece. Es una real fiesta en la humilde y pequeña cantina francesa. Y todos están de acuerdo con una idea concordemente. "En industrias Vanily tendrás derechos y deberes". Sin duda una inadaptable campaña de marketing es la que se ciñe sobre los comensales. Sin querer, la pequeña proleta les ha dado un crédito sobrenatural, de convertirlos en una potencia en cuanto a cambios y mejoras en la industria manufacturada a diferencia de otras. Con esto, sentencia una realidad: ¿Quieres ser feliz? ¡Trabaja para los Graham de Vanily! Que familia tan honorable. Marinette y sus padres celebran, sirviendo aquel elixir carmesí en los vasos de los invitados. Ella complaciente, ha hecho de una especie de camarera. Jagged en el escenario, entona la gloriosa Marsellesa para darles en el gusto. Es una celebración que ningún otro podría opacar. De no ser, porque un invitado inesperado entra por la puerta principal. Aunque nadie ha reparado de injurias, pues no es nadie amenazador de sus ideas romantizadas; ella lo nota. Adrien Agreste. El muchacho que hace unas horas atrás le entregó su carta de emancipación y, además, ha confesado no ser humano. Para la francesa, es un cantico de júbilo, lo que recibe. Lo toma del brazo y lo invita a tomar asiento en la mejor vista de la atmosfera, a pocos centímetros de la barra. Un lugar que, sin duda, no había usado nadie antes.

—Bienvenido, Adrien —Marinette lo saluda, cordial— Estamos bebiendo vino. ¿Me acompañas?

Salut toi…—la saluda, escueto y con despojo de agravio. No se muestra estar a tono con la celebración. Pero incluso si disimula el jolgorio, añade— Vamos a beber. Lo necesito.

—¿Qué sucede…? —Dupain-Cheng extingue la optimista mirada y ahora, lo prima de su preocupada inquietud— ¿Adrien?

—Marinette…—bosqueja el menor de los Agreste, soltando un par de lagrimones lacónicos— Ayúdame…

—¿Qué pasó?

[…]

—Discúlpame si sueno ruda…—parpadea Marinette, estupefacta. Ya no hay forma de que pueda disimular su sobresalto— ¿Cómo es eso de que tú y Félix son pareja? Pero…si son primos hermanos…

—¿Tienes asco de mi relato? —murmura el rubio, bebiendo un sorbo de su copa.

—N-no…perdona. No. Nada que ver —reniega, confundida— Ya me has explicado como funcionan las relaciones en tu mundo. Pero… ¿Qué está pasando, Adrien?

04:32AM. Adrien le ha contado todo, de principio a fin.

—Marinette, si supiera que carajos pasa, ni si quiera hubiera recurrido a ti. No te ofendas. Pero por cuestiones obvias no le revelo esto a nadie —comenta, preocupado— Además…no tengo amigos aquí. A excepción de mi familia.

—Tranquilo. De verdad, tu secreto está seguro conmigo —musita Marinette, tomando el dorso de su mano por sobre la mesa. Acto, que capta la atención serena de su camarada; ruborizándolo. Ella también se profesa febril, pero intenta disimular su agrado por él, soltando una risita para beber también— Los dos, de hecho. Y por lo que me cuentas, está claro que aquí hay intervención de terceros ¿Sabes? Llámame bruja o lo que quieras, pero hay una corazonada de mujer que me indica eso. No es normal que Félix se haya sacado esa historia de la nada. Es como si te hubieran estado siguiendo —regresa a su posición inicial, cruzando una pierna sobre la otra mientras sujeta su copa— Se ve que ustedes dos se aman de verdad. ¿Acaso hay alguien que de un momento a otro se haya metido aquí?

—Pues…verás —el Agreste se rasca la nuca, embrollado— La verdad es que sí. Es la condesa Tsurugi. En un intento desesperado por cumplir con las demandas de su familia, Félix se comprometió con ella por mero adeudo. Debe darle herederos a los Graham de Vanily.

—Santo dios —Dupain-Cheng hace amago de espanto tras su relato— Pero eso ¿De donde a salido? ¿Quién le exige al duque casarse?

—Yo…bueno…ahora que lo pienso —recula el galo, abriendo los ojos como si hubiese sido impactado por un rayo de verdad— En realidad, no estoy seguro. Al principio creí que era solo Colt. Y desde que se fue de casa, pensé que estaría libre de ello. Pero la otra noche, escuché una conversación indiscreta entre mi madre y mi tía Amelie en la cocina. Y fue muy enfática en su declaración…

Flashback del momento—

—No puedes hacerle esto a tu hijo, hermana —protesta Emilie, increpándole— No es justo.

—Nunca fue justo, Emilie querida —confiesa Amelie, apenada. Aprieta un texto en la mano derecha que sella el escudo familiar— Ni si quiera para nosotras. Pero ¿Qué debo hacer?

—Bueno, por lo mismo —rezonga la señora Agreste— Yo también me hago participe de esto ¿Sabes? Nunca creí que habría consecuencias tan grandes como estas, cuando hui de casa. No puedo evitar no inmiscuirme en el problema y rechazar la idea. Debemos evitar que esto pase a las siguientes generaciones.

—Papá está muy molesto ya con lo del divorcio. Tu misma escuchaste el contenido de esta carta —espeta la rubia menor, apretando los brazos contra si misma— Me la saqué salvada. Pero con Félix no hará una excepción. Quiere…no, mas bien, demanda, exige, que mi príncipe se case con esa condesa y cumpla sus obligaciones con el linaje. Además —agrega, mostrándole una segunda firma en el encabezado— Está estampado por el rey también. Eduardo ha declarado abiertamente que es imperioso para su gobierno, que los Graham de Vanily continúen su existencia en la corte.

—¡Es que ya lo hacemos! —refuta la ojiverde mayor, mustia con su confesión— ¡Somos vampiros, con un demonio! Mientras tu y yo estemos vivas, lo cual será por muchísimos años más, el apellido se mantendrá. Pero Hermana…—apela a su sensatez, sujetándola de los hombros con desazón— No puedes endosarle esta carga a Félix. Mi sobrino merece ser feliz…

—¿Tu en verdad crees que no me siento mal por esto? Estoy podrida por dentro, hermana —balbucea Amelie, con lagrimas en los ojos. Se lamenta con profundidad, tener que amarrar el futuro de su único y adorado hijo. Un destino, que ni ella quiere revivir— Quiero que sea libre. Deseo de verdad, que Félix sea lo que quiera ser. Tal como tu buscas lo mismo por Adrien. Pero…—se aprieta los antebrazos— en estos momentos, solo una tragedia podría salvarnos.

Fin del flashback—

—¿Una tragedia, dijo? —pregunta confundida la ojiazul— ¿A que se refería con eso?

—No lo sé, Marinette —musita de vuelta— Pero dudo se haya referido a algo realmente bonito. No conozco ninguna "tragedia" que sea buena. Solo en la literatura —añade, notando que su copa está vacía— ¿Crees que sea posible que pueda tomar otro?

—Es tu segunda botella —confiesa Marinette, sin animosidad de reproche. Por el contrario, le sonríe— No pasa nada, Adrien. Si quieres emborracharte, hazlo. Es más, hagámoslo juntos. ¡Hoy es un gran día para celebrar! ¡Arriba ese ánimo! —saca otra botella detrás del mostrador.

—Gracias…Marinette. Eres una amiga increíble —esboza el Agreste, con dulzura.

—¡Hey! ¡Ustedes dos, tortolos! —chilla Jagged desde el escenario, entonando una melodía animosa en compañía de su banda— ¡¿Por qué esas caras largas?! ¡Vengan a bailar! ¡3, 2, 1!

—¿To-Tortolos? —Dupain-Cheng se rasca la nuca, nerviosa— Que dice este tonto…

En cuestión de segundos, el ambiente se enciende con jolgorio, mientras los asistentes van dando saltos al ritmo de la música y aplausos repetitivos. Es una escena que le trae muchos recuerdos al menor de los Agreste, puesto que remembra sus noches de fiestas en los bares de Paris. Ahora que lo piensa bien, hace muchísimo que no salía a divertirse así. Si bien no considera que su primo hermano sea alguien soso, lleva un estilo de vida muy quitado de bulla. Distinto a lo que el está acostumbrado a tratar cuando cae la noche. Y ya con unas copas de más cruzándole el torrente sanguíneo, era solo concordia del momento el desenlace final. Toma las muñecas de su compañera y la atrae hacia la pista; sumándose a los demás bailarines.

Al principio Marinette se profesa tímida y notoriamente avergonzada. Sonará una locura, pero nunca ningún chico la sacó a bailar. No porque no quisiera o se hiciera la difícil, es mas bien englobar una serie de ajenas situaciones que le impedían gozar de ese privilegio. Son pocos los hombres que llaman su atención y que viceversa, cautiva su curiosidad.

—¡Hey! ¡No te mueves nada de mal! —halaga el francés, danzando a su lado.

—¡Jajaja! ¡Tienes suerte! Hasta hace un par de minutos atrás, creí que había nacido con dos pies izquierdos —se mofa Marinette, pasando su brazo por el suyo para girar— Para ser un licántropo, eres incluso mejor que los propios humanos en cosas de ellos.

—¡Luka! ¡Hijo mío! —vocifera con obviedad Stone, alzando la mano a lo lejos— ¡Que alegría verte por acá! ¡Ven y acompáñame con la música!

¿Mh? —Adrien gira la cabeza— Pero si es…el capataz de la fábrica.

—¿Luka? —Marinette corre hacia el— ¡Que sorpresa verte por acá! No sueles venir muy seguido. ¿Has venido para festejar lo del sindicato, verdad? —pregunta inocente.

Luka Couffaine no parece haber llegado con motivo de una celebración, la verdad. Por el contrario, se muestra algo retraído y circunspecto al haber llamado tanto la atención. Como si realmente hubiera buscado permanecer en el anonimato, escondiendo su presencia en aquel bar. Haciendo amago de falsa modestia, saluda a su compañera de trabajo con dos besos en cada mejilla y finge llaneza. Incluso, con la imagen de Adrien Agreste, el primo hermano de su jefe.

—Si…jejeje, vine porque me enteré que estarían homenajeando el logro de hoy —comenta grácil el peliazul— ¡Salut papá!

—Ahora ya podemos celebrar y divertirnos los tres —Marinette divisa a Adrien, saludando con la manito.

—Ah. Yo…en realidad quisiera acompañar a mi papá con la música —relata Couffaine, rehuyendo de su interpelación— Si no les molesta, claro.

—Para nada, para nada —ella lo alienta a ir— Ve. Extrañábamos que nos deleitaras con tus dotes artísticos.

—Trataré de pasarme seguido —Luka camina hacia el escenario, pasando por un costado del rubio— Un gusto, Adrien.

¿Eh? —Adrien se paraliza por unos momentos. No por el desplante jovial que ha demostrado el muchacho. Si no mas bien, por algo ligeramente delatador. Su aroma. Siendo un hombre lobo dotado de un olfato ultra sensible, lo capta incluso en la estela que ha dejado de manera invisible en el ambiente— Que extraño…este chico, huele como esa condesa —con agudeza, se percata que viste una venda alrededor del cuello; como si ocultara algo— ¿Mordidas, quizás? ¿Qué significa esto? ¿Acaso Luka y Kagami se conocen? No…eso no tiene sentido.

—¿Eh? ¿Te sucede algo malo, Adrien? —pregunta preocupada Dupain-Cheng, tras reparar verlo anémico— Pareciera que viste un fantasma.

—N-no…no es nada…es que creí ver una araña —falsea el lozano lobezno, pero sin evitar concebirse suspicaz.

—¿Te dan miedo las arañas? —carcajea la fémina, sirviéndole otra copa de vino colmada— Vaya, no sabía que los licántropos tenían fobias tan infantiles.

—Vamos, tampoco somos tan temerarios como crees —chista Adrien, recibiendo su vaso para brindar con ella y beber el liquido carmesí— Incluso de cachorro me enseñaron, que nos mantuviéramos alejados de serpientes y arañas. Muchas son mortíferas y podrían matarnos con su veneno.

—Mhm…entiendo —juguetea febril la ojiazul— Entonces…le temes a la mordida de una araña, pero no a la de un vampiro.

—Ahora si te estás burlando de mi —arquea una ceja, entretenido.

—Si. Lo hago, pillo —lo empuja hacia atrás, mofándose en el transcurso— Y el asunto cambia de gusto, mas si el vampiro que te muerde empieza con F.

—Chistosita —le endosa el chiste, reanudando el baile— ¡El alcohol ya te está pasando la cuenta!

—¡Lo sé! ¡Ya estoy ebria! —ríe.

[…]

06:20AM.

La música se ha extinguido, seguido de las risas y el farfullero pavoroso de los asistentes. La fiesta ha concluido ya. La mayoría ha hecho abandono del local. Los pocos y nada restantes de comensales que quedan, están prácticamente dormidos sobre las mesas, las esquinas, o los taburetes de la barra. Como son clientela habitual y ninguno de ellos representa una amenaza para los dueños, es la misma Sabine la que con amabilidad, los despierta uno a uno para que se retiren a sus casas sin causar estragos. Tom recoge las botellas del suelo y con pala y escoba, espanta a golpes a un borracho Jagged.

—A casa, tontorrón —espeta el señor Dupain— Ya estamos cerrando.

—¡Uwah! —brinca el musico, con expresión nauseabunda— ¿Ya acabó? Que aburrido —se levanta a duras penas, escudriñando con la mirada— ¿Y mi familia?

—Luka está en el baño, si es eso a lo que te refieres.

—No, idiota —protesta Stone, dándose de lleno con lo que buscaba— ¡Mi guitarra! Uy, aquí estás mi chiquita. ¿Quién es la mas hermosa de todas? —la acaricia, como un esquizofrénico.

—No tienes arreglo —Tom rueda los ojos, con ironía— No sé como tu hijo te aguanta. ¡Ya, largo, rata!

Un poco más allá, en las escaleras que conducen al segundo piso. Un somnoliento Adrien se ríe por la escena juguetona que ha presenciado. Le parece divertido ver como aquel musico bohemio siempre hace de las suyas y saca de sus casillas hasta al mas santo.

—El sol ya casi sale —advierte Adrien, levantándose del peldaño— Será mejor que me vaya a casa.

—Ay… ¿De verdad? —Marinette suelta un bostezo, recargándose mas cómodamente en su hombro— No hace falta que te vayas ¿Sabes? Es sábado. Ya no tendremos que trabajar sábados y domingos.

—Lo sé —murmura el rubio, acariciando con ternura su nuca de vuelta— Pero estas cayéndote del sueño. Y, además, a mi madre no le guste que me demore más de la cuenta, sin saber donde ando.

—Pues dile —balbucea, contenta con el calor que desprende su compañero— Dile que te quedaste a dormir conmigo y ya.

—¿Co-Como dices…? —parpadea el galo, con el semblante ruborizado— ¿Dormir contigo?

—Tenemos una habitación de invitados —señala al segundo piso con el dedo— Puedes descansar ahí —hace una pausa, levantando la cabeza para mirarlo con escrúpulo—Porque imagino que los de tu especie duermen ¿No? A menos claro, que también le temas al sol y esas cosas.

—¿Qué cosas dices? —ríe el ojiverde— Por supuesto que si dormimos. Y si bien, somos mas nocturnos que otra cosa, si salimos de día. El sol no me hace nada.

—Siempre me lo he preguntado —Dupain-Cheng se toma el mentón, pensativa— ¿Qué pasa si un vampiro se expone a los rayos ultravioletas? ¿Se desintegran o algo así?

—No —carcajea— No creas esas cosas. En realidad, ellos si salen de día. Pero —se soba el cuello por detrás— Digamos que pasar mucho tiempo expuestos a la luz, les hace daño. Y prefieren evitarlo lo mas que pueden.

—¿A la piel?

—No. Mas bien, a su anatomía —explica el francés— Mamá me contó que les quita vida. No que se vayan a freír, pero si les daña las células de su organismo. Se ponen débiles y así. Como cuando alguien se vuelve anémico. Bajan sus defensas.

—Ya veo…—suspira aliviada— Es por eso que viven tantos años. Es como…si fueran inmortales.

—No sé si inmortales como tal, pero de que viven muchísimos más años, sí que lo hacen —narra con serenidad— Son gente muy longeva. He sabido de vampiros que han vivido décadas. A diferencia de nosotros.

—"Nosotros" —lo cita, mirándolo a los ojos, intrigada— Entonces, tu si envejeces normalmente como los humanos.

—No exactamente así —añade Adrien, jugueteando con un corcho de vino entre sus dedos— El tiempo para los de nuestras especies, transcurre de forma más letárgica. De hecho, mi edad física no es igual a la real que tengo. m

—¿Eso que significa? —Marinette abre los ojos, pasmada— ¿Qué no tienes 15 años?

—Nunca dije que los tenia —se mofa el licántropo. Percibe como su compañera se ha liado, confundida— Ya conozco esa cara. Es normal, tranquila. Tanto yo como mi primo nos vemos de 15 físicamente, pero no es mi edad real. En mi línea temporal, tengo 20 años de lobezno.

—¿Y qué hay de Félix?

—35.

—Válgame —la muchacha se toma la cabeza, embrollada— Ahora entiendo todo. Por eso mentalmente hablando se ve tan adulto. En la empresa solíamos decir que era como un viejo chico. Ya sabes, un anciano en cuerpo de niño.

—¡Jajaja! ¡Que no te vaya a oír o seguro se enoja y la palmamos todos! —añade divertido el francés— Si, sin duda…Félix es mucho más mayor que yo en varias cosas. Y mientras mas sangre beba, mas se detendrá el tiempo para él. Lo cual, conlleva una gran responsabilidad…imagino…—desvía la mirada. La poca cordialidad mimosa que mantenía en el semblante, se desvanece tras una mueca acongojada.

—Adrien…—pero Marinette es muy suspicaz y capta de inmediato su preocupación. Toma su antebrazo— ¿Te da miedo, verdad? Que Félix no envejezca y tu si…

—No es miedo —sisea apenado el licántropo, acariciando la mano febril que toca su extremidad— Es pena. Y estoy seguro, de que el también la siente de una forma mucho mas visceral que yo. Mas que mal, yo moriré primero que él. No me imagino, lo doloroso que debe de ser para mi primo, pensar en el solo hecho de presenciar mi funeral de manera anticipada. Y yo no…—Adrien aprieta los labios, compungido. Sus orbes se humedecen, tentado a llorar con padecimiento— yo no puedo hacer nada para evitarlo. No tengo potestad en el tiempo que transcurre entre nosotros y es por eso mismo que yo he estado pensando, que lo mejor para Félix sería que-…

Silencio sepulcral en el ambiente.

¿Qué ha pasado?

De un momento a otro, Marinette le ha besado. Sin tapujo ni miramientos de vergüenza o duda, ha plasmado un ósculo sincero y sensitivo sobre sus labios. La escena se cuaja en el espacio, suspendiéndolo en una sensación cándida que le sacude las entrañas. Al principio se asusta, pues le ha sorprendido su decisión de llevar a cabo aquello. Marinette está consciente tanto como el, de la situación en la cual se encuentran ambos. Pero aún así lo hizo. ¿Por qué? Adrien toma sus hombros, hurgado a apartarla. Pero…al cabo de unos segundos, se deja llevar por la hormonal sensación húmeda de un beso femenino. No se va a mentir, a el le gustan las mujeres. Y mucho. Sobre todo, si son humanas. Es ese amor que profesa por su especie, lo que le empuja de lleno a corresponder finalmente.

Sellando el acto, el menor de los Agreste sujeta su rostro con ambas manos y la apretuja contra su boca, prolongando aún mas el beso. Su respiración es agitada y entrecortada. Ambos, están ruborizados hasta las orejas. Ninguno sabe realmente que está haciendo. Pero al diablo ya…que bien se siente…

—Santo dios…—Luka Couffaine se esconde detrás de un pilar, presenciando con avidez el beso que ambos comparten de manera clandestina— Lo sabía…la condesa tenia razón. Adrien y Marinette…—se aparta, dando cuatro pasos hacia atrás; tentado a salir por la puerta— Félix necesita enterarse de esto.

06:50AM. Mansión Graham de Vanily.

—Vaya, vaya…—murmura Emilie con picardía, justo detrás de su espalda— ¿Y eso, niño?

—¡Ah! ¡T-Tía! —Félix suelta un brinco, asustado. Aunque mas que espantado, está abochornado porque lo ha pillado con las manos en el pincel— Uhg…n-no es nada…es una tontería, mas bien —intenta cubrirlo con las manos.

—¿Una tontería? —ríe la mayor, fascinada con su pintura— ¡Pero mira que cosa mas linda has pintado! No sabía que tenías dotes de artista —coge el cuadro con ambas manos y lo examina— Válgame dios…cuanto talento. ¡Hermana! ¡Ven a ver esto! ¡Rápido!

—¡¿Qué fue?! —su gemela asoma la cabeza por el cuarto, como una niña pequeña.

—¡N-No! ¡Demonios! ¡No hace falta darle tanto revuelo! —Fathom se encoge mas y mas sobre su puesto, rojo como un tomate maduro.

—¿Qué pasó? —Amelie se incorpora a la escena, divisando el cuadro que ha pintado su hijo— ¡Ay! ¡Pero que cosita tan tierna! —gesticula con cariño— Son Adrien y Félix.

—¿No te parece romántico? —la señora Agreste hace amago de simpatía, revolviendo los cabellos rubios de su sobrino— Mira esos detalles. El color, el contorno. ¿Quién lo diría?

—¡Awww! Mi niño precioso —su progenitora lo apachurra entre sus brazos, jalándole las mejillas— Déjalo. Está enamorado el pobre —regresa al retrato— ¿Se lo vas a regalar a tu primo, acaso?

—Bu-bueno…no estoy tan seguro…—murmura Graham de Vanily, rascándose la mejilla con timidez—Pero si creí en hacer esto, para tener algo juntos. Aunque, pensándolo bien… ¿No es mejor mandarlo a hacer con un profesional?

—Patrañas. Tu eres muy profesional. Además, no es como que podamos sacarnos fotos por nuestra naturaleza —refuta su tía, regresando el panel sobre el trípode— Y no existe una muestra de afecto mas sincera, que algo hecho con tus propias manos —se toma el mentón, divertida— Félix, definitivamente debes regalárselo. A mi hijo le encantará.

—¿No suena…muy…cursi…?

—Al contrario, mi vida —agrega su madre, besando la febril frente de su retoño— Mi hermana tiene razón. Sin duda debes dárselo.

Félix regresa la mirada al cuadro. Lo que en un comienzo le pareció una porquería ridícula, comienza a cobrar sentido para él. Sobre todo, ahora que su madre y su tía le han dado el respaldo que necesitaba para darse algo de valor. Fathom profesa mas amor propio que antes, cuando era su padre quien gobernaba y manipulaba a destajo sus sentimientos. Ahora, en la comodidad y calidez confianzuda de dos damas vampiras, se siente con la libertad de expresar jovial lo que piensa o siente sobre su relación. Dado que no tiene amigos, ha hecho de estas dos mujeres unas confidentes que, ante todo, gravitan sobre su centro como una verdad absoluta.

Félix bosqueja una mueca involuntaria, satisfecho. Y murmura, de manera delicada; mientras observa el cuadro de forma inconsciente.

—No he dejado de pensar en el… ¿Saben? Dia y noche…cada día que pasa, siento que lo amo mucho más —admite el rubio, exhalando con intencionalidad de interés— Sin darme cuenta, Adrien se ha transformado en un pilar fundamental para mi crecimiento personal. Lo que hice con la fabrica familiar…se lo debo en parte.

—Y créeme que lo sabemos —confiesa Emilie, mirando solapadamente a su hermana para cerrarle un ojo— No puedo tomarlo como una estrategia de disociación, pero hoy los periódicos solo departen de industrias Graham de Vanily. Nos ha venido de perilla, puesto que ya se olvidaron de hablar sandeces del divorcio de Amelie y Colt. Los felicito —aprieta el hombro de su sobrino, con orgullo— Lo estás haciendo muy bien. Sigue así, Félix. Mientras tu relación con Adrien prolifere, nuestra paz también lo hará —agrega, sentándose sobre uno de los amplios sofás— Gabriel me escribió de nuevo. Dice que me extraña. Y como ya le dije que no pretendo volver a Francia, quiere venirse para acá. ¿Qué opinan ustedes dos? —los mira.

—Por mi no hay problema, hermana —declara Amelie, sonriente. Mira a su hijo— ¿Qué hay de ti?

—Nada. Tienen mi apoyo —Félix se gira en su silla y asiente para ambas— Entiendo que Gabriel es licántropo. Pero Adrien también lo es. Y de alguna manera, siento que estamos rompiendo la rueda de odio indiscriminado e infundado que durante generaciones nos llenaron sin consentimiento —y esa fue una respuesta mas bien para su tía— La pregunta ofende.

—Discúlpame —ríe Emilie, jovial— Es la costumbre. Es que como tu eres el Duque y el cabecilla ahora, tenía que al menos planteártelo.

—Mi casa es tu casa, tía. Somos familia —sentencia Fathom, sereno— No dudes en tomar decisiones si gustas, en paz del bienestar. Ya no quiero que huyas más. Mamá y yo…—se levanta, tomando la mano de su madre en el proceso— Estamos complacidos. Además, tu marido es mi tío de alguna forma. Y ahora…mi suegro —aquella ultima frase, la susurró para si mismo. Pero no deja de mirar obnubilado el ahora, anillo formal que descansa en su dedo anular.

—Con su permiso, Lord Fathom —interrumpe Jean-Pierre, el mayordomo— Ladys…

—¿Qué sucede?

—Hay un hombre en la puerta que desea verlo, Sir —revela el varón.

—¿A esta hora? —Félix corrobora la hora en su reloj de bolsillo— ¿Es vampiro?

—Humano, señor —explica el sirviente, fulminándolo con la mirada— Es Luka Couffaine. El capataz de la fábrica.

—¿Luka? —Fathom hace una pausa, soltando la mano de su madre. Acto seguido, les echa una ojeada indiscreta a ambas. ¿Será prudente recibirlo a esas horas y lejos de ambas? —Vale. No. Ya no se siente amenazado para aislarla de los problemas de la empresa. Después de todo, tiene su respaldo. ¿Qué tan malo podría ser? —recula, dictaminando— No pasa nada. Que entre.

—A la orden, señor.

—Y prepara té caliente —ordena— De seguro tiene sed.

[…]

Luka Couffaine yace de piedra en el living de la gran mansión Graham de Vanily. Es la primera vez que asiste de lleno a dicho recinto. Si bien, pisa la casona, está más que consciente de que es una familia de vampiros. En consecuencia, eso no es algo que lo ponga del todo incomodo, es más bien incertidumbre lo que le asalta. Pues lo que viene a decir, no tiene nada que ver con la fábrica y su puesto en ella. Observa a Félix, sentado en un sillón individual, mientras dos féminas gemelas e idénticas, le observan con curiosidad en un sofá doble. El varón de mirada añil se quita la boina y con humildad, intenta romper el hielo. Pero es abruptamente interrumpido por una de las mujeres.

—Por favor, capataz —inquiere Amelie, invitándolo a tomar asiento— No seas tan precavido. Estamos en confianza. Siéntate.

—Muchas gracias, señora —Luka se sienta. Una taza de té caliente es servida delante de él. Con la venia de la serenidad en el ambiente que le procede, coge su taza y bebe un sorbo. Sabe exquisito. Es la primera vez, que saborea con deleite un brebaje de tal fina envergadura— Está muy rico.

—¿Verdad que sí? —agrega la madre del Duque, bebiendo ella también en el proceso— Acá, recibimos bien a nuestros invitados.

—Gracias, de verdad. Yo no-…

—¿A que has venido, Luka? —intercepta Félix, con voz templada— Asumo no sea para decirme que los obreros se quieren ir a huelga. Ya hemos aceptado sus términos. Y te he permitido entrar a mi casa. Espero sea algo bueno.

—Lord Fathom…con todo respeto —Couffaine tiembla en su lugar, apretando las piernas y los labios en respuesta— Todo ha salido de maravillas. Los personales están muy contentos. No sabe cuánto. Ahora mismo, apuesto a que toda Inglaterra estará hablando de lo buena que es nuestra industria. Y de seguro atraerá a muchos más trabajadores.

—Eso es bueno —comenta Fathom y satisfecho infla el pecho— Era la idea. ¿Entonces?

—Iré al grano —el capataz aprieta los puños sobre los muslos y sentencia— No vine aquí por la fábrica. Vine por Adrien Agreste.

—¿Cómo…? —Félix se paraliza.

—¿Qué? —Emilie abre los ojos.

—¿Qué pasa con mi sobrino? —añade Amelie, preocupada— ¿Hizo algo malo?

—Ya lo sé todo —confiesa Luka, decidido y con la mirada afilada— Ya me he enterado que todos ustedes, son vampiros.

Emilie, Amelie y Félix intercambian miradas preocupantes. Entre ellos, comercian pensamientos que soslayadamente el humano no puede leer. Pero ellos, se comunican entre sí. Están estupefactos. A diferencia de Luka, quien no se muestra amenazado por su naturaleza; intentan disimuladamente relajar el semblante y el lenguaje corporal. Sin embargo, no da resultado. Couffaine es muy sensitivo y nota como el ambiente se vuelve denso para respirar. Solo para aliviarles su compleja existencia, añade.

—No me importa. No vine aquí para recriminarles aquello. Por favor, no me vean como una amenaza —revela— Le debo mi vida a esta familia. No soy ningún traidor.

—¿Qué significa esta insolencia? —Félix se levanta ofuscado del asiento, fulminando al peliazul con la mirada— ¿Qué está pasando, capataz?

—Calma, Duque. Ya le dije —Luka también tranquiliza a las mujeres— Ladys…todo bien. En serio.

Félix —Amelie le ha dado una orden directa a su hijo con la mirada. Comanda que lo mate. Así de simple. Delante de todos. Pero su hijo niega con los parpados, cerrándolos en respuesta— ¡¿Félix?! ¡¿Qué haces?!

¡Espera, madre! —Fathom increpa a Luka. Pues ha notado un ligero aroma en el ambiente, casi indistinto para su mare y su tía. Huele…huele a…— ¿Estás con Kagami, verdad? Apestas a ella. ¿Ella te lo contó?

—Así es, señor.

—Lo sabía —Amelie Graham de Vanily se levanta y se cruza de brazos, agraviada— ¡Esa mujer-…!

—Hermana —Emilie interviene, amagando por calmarla— Deja que el chico diga que pasa. Por favor…

—¡Pero-…!

—¡Lord Fathom! —chilla Luka, en un ultimo intento por salvar su pellejo— ¡Adrien Agreste tiene un romance con Marinette Dupain-Cheng!

—¿Ah? —Amelie permanece boquiabierta.

—¿Qué? —Emilie se paraliza.

No vuela ni una puta mosca. Silencio. Silencio…mutis, total. Nadie se atreve si quiera a gesticular una mueca, mover un musculo o añadir alguna estupidez. Los ojos de Emilie se inyectan de sangre, alucinada. ¿Ahora quien necesita controlarse? Chistoso. Es su propia gemela quien la reprime, sentándola antes de que se levante. ¿Pero que está pasando? Ambas mujeres mayores, miran al duque. Y sin malquerencia de cagar la escena, Félix se retracta y pregunta solo una vez.

—¿Estás seguro de lo que dices?

—Los vi besarse —confiesa— En el bar de los Dupain-Cheng. En el distrito francés. Vengo de allá. Y tengo testigos.

Emilie no da más. A la mierda todo. Se para y lanza lejos su taza de té, ofuscada.

—¡¿Qué dices de mi hijo, humano?! —le muestra sus colmillos— ¡¿Insinúas que Adrien-…?!

—¡Hermana! —vocifera Amelie, obtusa.

¡Suficiente! —berrea Félix.

Algo que, sin duda, ha callado a las dos. Incluso, al mismo Luka. ¡Incluso a la servidumbre, que chismosa escuchaba detrás de la puerta! Salieron corriendo como gallinas despavoridas. Couffaine se estremece, pues espera el peor castigo posible por parte de aquellas dos madres que se lo están comiendo, succionando y devorando con dos par de ojos rabiosos. Pero a diferencia de ellas, el fiel capataz lleva un pacto solapado que incluso ellas desconocen. Félix deja de lado toda formalidad y se encamina hacia la salida. No sin antes, ordenar por sobre el hombro y abrir la puerta.

—A mi despacho —sentencia el británico— Ahora.

—¡¿Félix?! —Amelie y Emilie gritan al unísono.

Pero nada de lo que digan llega a sus oídos. Félix y Luka se desvanecen en la habitación, subiendo las escaleras hasta la oficina privada del inglés. Amelie se deja caer sobre el sofá, derrotada. Mientras que Emilie…observa el cuadro pintado hace un rato por parte de su sobrino y musita acabada; plantando cara al rostro jovial de su propio retoño querido.

Dios mío, Adrien. ¿Qué estás haciendo, hijo mío?