Gemidos endebles escapan escuetos por el ambiente, esquivando la poca luz que da a conocer la lóbrega residencia. Es un segundo piso, con una cama a mal traer. Sus paredes de material pobre roncan, el catre rechina, los tabloides del piso desonzan. Mientras que dos muchachos jóvenes, dotados de un deseo sexual escandaloso, cohabitan dentro de aquella húmeda habitación dotada de pasión desenfrenada. En una última embestida, Adrien Agreste acaba eyaculando dentro de su amante subrepticia. Marinette se aferra a sus hebras doradas, extasiada y sudorosa. Ambos han llegado al clímax casi al unísono. Ya no hay nada que se escape de su alianza. Acaban de tener relaciones sexuales, de la forma más cárnica posible. Con mucha honra, satisfechos de llevar las riendas sueltas, se profesan vanidosos con el resultado. Presuntuosamente, el licántropo sale de ella de manera violenta; cortando su unión. Ella, se queja. Emitiendo un sonoro quejido de rechazo.

Ay…Adrien…

—Dis-Disculpa…—se excusa el rubio, frunciendo el ceño con desazón— ¿Te ha dolido?

Si…un poco…—sisea, débil.

—Cuanto lo siento, Marinette —murmura Adrien, jadeante y culposo— Perdóname…es que…

—No digas nada…—Dupain-Cheng se cubre con las sábanas, damnificada— Ya sé que me contarás. Llevas meses haciéndolo con un chico. Se que ellos no son tan "delicados" como yo. ¿Es eso?

—No…no digas eso. No pienses eso —el Agreste de ha deshecho en disculpas, tomando su rostro por el mentón, besando cariñosamente sus labios— Te equivocas. Félix es muy delicado…casi como una flor, aunque no lo creas. El también me ha reclamado esto…—añade, sentándose al borde de la cama, malogrado y maltrecho— Perdón…es que…no soy humano…

—No me quieras ver como una virgen ¿Sí? —reclama Dupain-Cheng, sentándose en la cama— No lo soy…

—No. Tranquila. Ya me di cuenta que no —comenta el Agreste, girándose a verle con curiosidad— ¿Quién fue tu primero?

—Es una larga historia…y no quiero contártela a ti, precisamente —protesta, avergonzada— ¿Podemos solo dejarlo en sexo casual? No hace falta.

—Me vine dentro…

—¿Y eso que?

—¿Eh?

—No has salido con muchas chicas humanas ¿Verdad? —ríe Marinette, restándole importancia— No creas que, porque te corres dentro de una mujer, la vas a embarazar. No seas tan ingenuo, por favor. Nosotras sabemos cómo cuidarnos.

—No…claro que no —desvía la mirada— No pretendía eso…no contigo.

—Adrien —confiesa Marinette, sosteniendo su mentón con dulzura. Deposita un beso en su mejilla derecha, con sinceridad— Escucha. Nunca había tenido sexo con un licántropo. ¿Ok? No es como que todos los días te pase esto. Pero tranquilo, estoy bien. Y no me imagino que se sentirá hacerlo con un vampiro —bromea, haciendo énfasis a Fathom.

—¿Bromeas? —carcajea el francés, con infantilismo— No se compara con nada. Los vampiros son muy…bueno, distintos.

—¡Jajaja! Ya me lo imaginaba…—refuta, curiosa. Aún así, quiere saber más— A ver. ¿Cómo es hacerlo con un vampiro? Varón…

—Son medios frígidos, para mi —relata Adrien, con seriedad— Cuando un vampiro varón se sobre estimula, son muy ásperos y reniegan de todo, como un iceberg. Se hacen los difíciles. Y cuando van a llegar, te muerden. Mientras succionan tu sangre…se ponen aún más suspicaces. F-…quiero decir —recula— Los vampiros, no llegan mucho. Acaban una o dos veces, solo cuando les das mucho calor. Debes frotarlos en el proceso. En todos ámbitos. Estimularlos mentalmente primero —relata, ruborizándose en el proceso— Ahora más que nunca entiendo que sea difícil para ellos, reproducirse. No sienten placer sexual como nosotros.

—¿Cómo…? No —ceja, riendo al instante— Que absurdo. No te preguntaré como sabes todo esto. Es obvio, como tienes conocimiento. Imagino que hablas de Félix. ¿Te es difícil intimar con tu primo? Según veo —Marinette se viste mientras.

—No mucho…pero mi madre me ha hablado del tema y si lo veo complicado —confiesa el licántropo, agregando— El inconveniente no es hacer el amor con un vampiro. Dice ella, porque es mujer. Pero en varones si lo es, digo yo —susurra más bajito, abochornado con lo que dirá —No debería contarte esta indiscreción…pero Félix tiene el pene gélido, Marinette —lo nombra de sopetón— Como un hielo. ¿Sabes? Porque no corre sangre por sus venas —ya no quiere adornar nada. Confiesa, abiertamente— Y creo sinceramente que el disfruta mucho más, chuparme la sangre que otra cosa.

—Ya veo —Dupain-Cheng se levanta de la cama, ya vestida en el proceso— Para Félix, hacer el amor es una cuestión mas bien elegante y honorifica de chupar sangre. No el acto mismo como tal, que lo usan solo para ocasiones puntuales como…—se sirve un vaso de agua— traer hijos al mundo. Algo que sin duda te resulta un problema, je.

—¿Qué me quieres decir con todo esto…? —parpadea, estupefacto.

—Que entiendo el por qué, le acabas de ser infiel a tu "pseudo" marido, Adrien —exhala malograda la fémina. Regresa a la cama y se sienta a su lado.

—¿Qué dices? Yo no he sido infiel —niega el licántropo. Tal aseveración lo ha ofendido. Así que se dispone a vestirse— Félix sabe que lo amo.

—Lo amas, dices —rueda los ojo— Pero te acabas de acostar conmigo.

—Son dos cosas muy distintas —sentencia, abotonándose la camisa— No te ofendas, pero no es lo mismo.

—No estoy ofendida para nada. El que lo está eres tu —ella camina hasta el, ayudándole a acomodarse el pantalón sin dejo de amargura— Al no querer admitir lo que es obvio.

—¿Y que es, eso obvio?

—Que un vampiro jamás te complacerá como un humano —comenta Marinette, sin ánimos de ofensa— No en los ámbitos que quieres. Aunque eso…de seguro ya lo debes de saber bien. Pobre Félix, imagino que no debe de ser fácil para él, salir con un salvaje como tú.

—…

—Será mejor que te vayas —Dupain-Cheng le abre la puerta del cuarto, despachándolo— La hemos pasado bien, Adrien. Pero necesito dormir ahora.

—¡Marinette! Espera…—Adrien la sostiene del brazo, haciendo amago de culpa al momento de conectar su mirada con ella— Tienes razón. No he sido del todo honesto contigo. En realidad…lo que te quería decir en el bar anoche, tiene mucho que ver con esto. En el fondo —desvía la mirada, acongojado— solo me estoy engañando a mi mismo. Félix…necesita estar con los de su especie. Y creo que la condesa Tsurugi es un muy buen partido para darle una familia. Algo, que yo no puedo hacer.

—Es entendible, Adrien. Y tus sentimientos tanto como los de él, son importantes —la fémina le regala un besito en la mejilla con dulzura y comprensión. Finalmente, asiente— Habla con él. Creo que tu primo merece saber lo que te acongoja.

—Gracias…lo haré.

[…]

—Lord Fathom…—musita Luka, trémulo.

Félix yace de piedra, sin ninguna expresión aparente en su rostro. Apático, silenciosos, con ambas manos en su espalda y más cadavérico que nunca, oculta su añejado semblante en la penumbra que da hacia el ventanal de su oficina. Nadie sabe realmente que está pasando por su mente en esos momentos. Aunque su aura lóbrega y el ambiente se haya tornado tenebroso entre ambos. Echa una ojeada rápida al anillo que descansa en su dedo anular y exhala, finalmente.

—Gracias Luka —afirma con voz áspera el vampiro— Esto yo ya lo veía venir. No es novedad.

—¿Cómo dice?

—Mi primo gusta de los humanos. Y lo ha demostrado abiertamente delante de todos. Renegar de ello, es infantil y poco prudente de mi parte —aclara, mesurado— Conozco a los de su raza. Definitivamente, no piensan igual que nosotros. Aunque seamos familiares, su especie y la mía no comparten nada.

—Señor…—Couffaine, traga saliva. Tentado a tomar la palabra, da un paso hacia adelante— Si me disculpa, quisiera confesarle algo que llevo atragantado hace días…

—Ya sé lo que dirás, capataz —Fathom se voltea, con mirada penetrante. Sentencia— Esto es obra de Kagami ¿No es así? Es ella la que te ordenó seguir a Adrien —el peliazul enmudece de sopetón, temeroso por represalias— Tranquilo. No te asustes. No te haré nada malo —aclara, caminando hacia el para examinar su cuello— Imagino que te pagó o algo así. Lo que ocultas debajo de esas vendas, son mordeduras. Te has dejado envenenar por ella. Y no te voy a imputar por ello. De una forma u otra, esto es mi culpa.

—¡Pe-Pero Lord Fathom! ¡Yo no soy ningún traidor! ¡Usted no entiende! —Luka pierde la poca cordura que le quedaba y se abalanza hacia Félix, sujetándole arbitrariamente de los hombros con lágrimas en los ojos.

Félix se paraliza, pues nunca había notado que Luka se comportara de esa forma tan sorpresiva y de una manera atrevida, le tocara. Ni si quiera le permitió a lo largo de años de trabajo, si quiera pararse a tan pocos escasos centímetros de su anatomía. ¿Por qué de pronto actuaba tan errático? Algo en su interior, le estaba impulsando a golpearlo. Lo natural hubiera sido, castigarlo por semejante agravio hacia su autoridad y superioridad racial. Sin embargo, el rubio ha cambiado de parecer. Puesto que hay cierto dejo de…docilidad por parte del ojiazul. Algo que, sin duda, lo ha cautivado de manera morbosa. ¿De donde sale ese aroma? El perfume que expele su compañero le resulta demasiado embriagador como para dejarlo pasar.

—Lo hice…por usted —confiesa Couffaine, con los pómulos teñidos de un rojo furioso— He servido a su familia durante años. De manera estoica y fiel, yo…he estado a su disposición cuanto ha querido. Y lo sabe… ¿Verdad? No me diga que no lo ha notado.

—Luka…—Félix traga saliva, obnubilado por las feromonas que emanan del menor— ¿Acaso tu…?

—Si…—Luka tira del vendaje que cubre su cuello, revelando así la gran gruesa vena de su yugular, tentativa a ser atendida con premura— Por favor, Duque…beba de mí. Se lo ruego…

—¿Por qué querrías algo así? —cuestiona Graham de Vanily.

—No haga como si no lo supiera —el varón gesticula una mueca de desazón— Se que puede leer mi mente ahora mismo. Está consciente de lo que estoy pensando. ¿Lo ve? ¿Me lee? Esos sentimientos de…

—Basta —protesta el ojiverde, abochornado en el proceso. A duras penas, logra resistirse. Es que la fragancia que está soltando su camarada es desorbitante. Ni si quiera Adrien había mostrado tal esencia. Es un bálsamo para sus fosas nasales— Luka…no es correcto. Eres el capataz de mi fabrica…—tiembla, tragando saliva.

—No, señor. Solo soy…su prisionero —revela.

Mi prisionero…

Félix ha terminado de armar el rompecabezas que en su mente se ceñía con obviedad. Es un rasgo típico de los humanos que son mordidos por vampiros pura sangre. Tanto el que se alimenta de ellos, como la presa, se funden; confluyendo así en una relación íntimamente esclavizante. Y a todas luces, este pobre hombre ha sido intoxicado con el placer masoquista que contagian un par de colmillos. Su sangre hierve, supurando como un volcán a punto de estallarle delante de los ojos. Cada célula de su anatomía pide a gritos ser succionada y devorada por sus labios. Es una habilidad animal que tienen los amantes de la noche como él. El de agudizar sus oídos a tal punto, de escuchar atentamente como sus venas palpitan. Sus pulsaciones se han incrementado y su respiración agitada, lujuriosa, le han abierto las puertas del acto mismo.

No batalla más. Una sed voraz, ataca de forma criminal su laringe. Félix Fathom se profesa afanoso por chuparle hasta el alma. En un acto deliberado, lo azota contra la pared del cuarto; ahorcándolo con la mano derecha. Sus orbes retozan, excitados. Haberse dejado tomar antes por Kagami, le ha dado a Luka una ventaja considerable. Ya tiene conocimiento de sobra del como funciona aquel ritual. Así que le sigue el juego al pie de la letra, primero generando un falso forcejeo. Sabe que eso, les estimula mucho. Después de todo, mas que alimentarse es una pugna de poderes. A los vampiros, esta situación es lo más similar o cercano a tener sexo.

El solo pensar que lo hará un duque, lo ha empujado al limite del barranco de la perdición. Félix exhibe abiertamente sus colmillos, relamiendo la zona de piel expuesta con la lengua húmeda. Para finalmente, hincarle los dientes con pujanza. Couffaine esboza un quejido sensible, femenino. A diferencia de Félix, que solo ha dejado escapar un gimoteo varonil y hosco. Aquel liquido escarlata, brota, incauto por su cuello, deslizándose por la comisura de los labios del neófito. El británico traga una y otra vez, degustando en el paladar la calidad de un suculento sabor metálico, francés. No se parece en nada al de su primo. Su trabajador es 100% humano. Y virgen, por lo demás. Nada más exquisito para el aristócrata, que una persona sin haber intimado antes. El estado purificado de su esencia misma se implanta en su torrente sanguíneo; recorriendo feroz por todo su cuerpo. Y es esa misma sensación sublime, la que ahora mismo le ha provocado una notoria erección debajo del pantalón. No porque sea la primera vez con él, sino porque es varón. Y al burgués le gustan mucho de esos.

Tras un prolongado tiempo de atención, el rubio lo suelta. Sin embargo, se encarga de hacerlo pausado y sin prisa. Cosa de que el menor, aún se pueda mantener suspendido en la alucinación misma de haber sido mordido por él. Ha traspasado su toxina con avidez.

—Lord Fathom —sisea Luka, ruborizado hasta las orejas. Débil, se tambalea sobre sus piernas— Eso ha estado…

—Vete —demanda Félix, limpiándose la boca con el dorso de su mano. Está igual de sonrojado que él. Pero hay cierta inflexión de culpa en su contemplación. Y es eso, lo que le impide continuar tolerando su presencia— Ya ha sido suficiente por hoy.

—Duque-…

Largo, dije —ordena, furibundo— Ya hiciste suficiente.

Amedrentado por la actitud bipolar de su cómplice, Luka Couffaine asiente confundido. Toma su boina y se venda nuevamente el cuello, envolviendo en ella el pedazo de gaza. Sujeta la manilla de la puerta, agregando.

—No olvide que estoy para servirle. Hasta pronto.

Inmerso en una soledad nauseabunda, Félix se deja caer al suelo sobre sus rodillas y cubre su rostro con vergüenza. ¿Qué ha sido todo eso? ¿Acaso fue una especie de venganza? ¿O es solo mera justicia a sus sentimientos? Después de todo, Adrien le ha sido infiel. ¿Será que ahora están a mano? No. Nada de eso. Muy vampiro será, pero el no es como su primo. Algo le duele en el pecho. No logra comprender que es, puesto que nada late dentro de su tórax. No obstante, se siente como uno. Similar a un corazón quebrado y herido. Indiscriminadamente, se escucha como uno.

Tras varios minutos de incertidumbre y pánico incomprensible, el duque se eleva del suelo. Contra su propia voluntad, ha dejado de lado y de mala gana sus propias convicciones. Necesita enfocarse en lo que hará a continuación. Y nuevamente, examina la argolla en su mano. Le parece que no hay cabida para traidores en su vida.

—¡Jean-Pierre! —chilla Félix.

—¿Me llamó, señor? —el mayordomo hace ingreso al cuarto, dubitativo.

—El cuadro que está en la sala —ordena, con voz de ultra tumba— Quiero que lo desmontes y me lo traigas.

—¿Disculpe…?

¿Qué no escuchaste, pedazo de mierda? —lo asesina con la mirada— Hazlo.

—¡S-Si, señor! —se espanta el varón, asintiendo.

10:54AM.

—Que alguien me de fuerzas…—murmura Adrien, parado frente al portón de la gran mansión.

Iba a llamar a la puerta, animado a tocarla. Pero esta se terminó por abrir sola. ¿Estaba sin llave? Convencido de que no sería asediado por nadie, el menor de los Agreste camina por el vestíbulo principal. Hay demasiado silencio en el ambiente. Nadie lo presiona a profesarse acosado o instigado a dar por hecho lo que hizo la noche anterior. Inocentemente apela a la ignorancia total de los acontecimientos. Desplazándose hacia la escalera principal, en dirección a su cuarto; es interceptado drásticamente por su madre Emilie. Ella la observa con una templanza demasiado curiosa. ¿No va a regañarlo? Predispuesto a explicarle el por qué, llegó tan tarde a casa, se aproxima a ella.

Su progenitora entra al living, esperando a que lo siga en completo mutis. Ok. ¿Qué está pasando? Una vez ingresando a la habitación, es sorpresivamente recibido por su tía, su madre y el indiscutible Félix. Se alegra al verlos en una situación muy coloquial. Están bebiendo té y platicando, mientras escuchan música. Dioses… ¿Se habrá imaginado cosas? Casi como si hubieran sabido de todo. Exhala, calmoso.

—Buenos días, familia —saluda el francés, con normalidad— Lamento mucho haber llegado a estas horas. Me entretuve hasta tarde celebrando en el distrito de Bermintong.

—Apestas, hijo mío —protesta Emilie, tocándose la nariz sin animosidad de atacarlo.

—Perdón…—ríe, jovial— Es que bebí mucho vino anoche.

—No dije que fuese a alcohol precisamente a lo que hueles —inquiere su progenitora, frunciendo el ceño.

—¿Eh…? —el licántropo se detiene por unos momentos, olisqueándose debajo de la axila. Solo entonces, cae en cuenta— Mierda…huelo a…

—¿Cómo se llama ese vino? —pregunta Amelie, bebiendo un sorbo de su taza de té con tranquilidad— Refrésquenme la memoria.

—Marinette —sentencia Félix, girándose hacia su primo— Marinette Dupain-Cheng.

—Pri-primo…—Adrien da un paso hacia atrás. Nota que la puerta en su espalda se cierra y encima, con llave. No hay como escapar. Los tres, ahora mismo lo observan inquisitivos. Pero al mismo tiempo, no se siente atacado. Solo…ha sacado sus propias conclusiones— Vale…ya lo saben todo…—Esperen. ¿Puedo hablar?

—¿Qué te pasa, primo? —rezonga Fathom, gesticulando una mueca falsa y vacía de afecto— Estas en confianza. ¿Por quien nos tomas? Somos personas decentes. Siempre estaremos abiertos al diálogo.

¿Qué demonios significa esto? —el lobezno aprieta los labios, compungido— ¿Qué estás haciendo, Félix?

—Que buena pregunta —ríe sobrio el británico— Es lo mismo que queríamos preguntarte a ti. ¿Qué estás haciendo, Adrien?

—Félix —Adrien mira a su madre. Luego a su tía y luego a su marido. Tiembla, nervioso— ¿Podríamos hablar esto en privado por favor?

—Me temo que eso no es posible, primo Adrien —espeta el ojiverde, con el desplante que un aristócrata de su estirpe le acomete— Somos una familia. Y las familias hablan temas delicados en conjunto. ¿No te parece así, tía? ¿Madre?

—Concuerdo —comenta Emilie.

—No pudiste decirlo mejor —añade Amelie.

—Adelante, primo —lo incita Félix, nuevamente sonriendo con cinismo— Dialoguemos.

Tsk…malditos británicos. Son tan hipócritas todos —piensa el francés, frunciendo el ceño.

—Cuidado, niño —refuta Amelie Graham de Vanily— Elige mejor tus pensamientos.

—Ok. Ya entendí todo —Adrien se desarma así mismo, bajando sus escudos y quitándose la armadura de culpa de encima. Todos tienen derecho a saber que sucede con su relación— Félix. Tía. Madre —los mira a los tres— Antes de que me digan cualquier cosa, solo quiero aclarar que esta no es la forma de la cual me hubiera gustado que se enteraran. Me refiero, a un tercero —confiesa— Luka Couffaine, me viene siguiendo hace un mes. Y ha sido contratado por la condesa Tsurugi para eso. La verdad, es que anoche me besé con Marinette. Es más, me acosté con ella también. Si. Copulamos.

—Ya sabemos —murmura Amelie, rodando los ojos.

—Te lo dije —Emilie insta a su hermana— ¿No te lo dije? Mi hijo no es ningún mentiroso. ¿Te lo dije o no te lo dije?

—Ya sé, por todos los cielos —responde su gemela, con sarcasmo— Que el rey nos ampare…—suspira— nunca pusimos en duda la sinceridad de Adrien.

—¿Qué demonios? —Adrien no entiende nada. Los pelos de los brazos se le han erizado, como una reacción típica de un licántropo. De un momento a otro, exhibe los dientes; mascullando— ¡¿Qué significa esto?!

—Tranquilízate ¿Sí? —su madre camina hasta el, sujetando su rostro con dulzura— Por favor, no muestres tus colmillos hacia tu familia. Cálmate y escucha lo que tenemos que decir.

—¡Pe-pero madre-…!

—Primo Adrien —Félix toma la palabra, con potestad. Se desplaza hacia él, reemplazando el lugar de su tía— Luka Couffaine vino esta mañana y ya nos contó. No te preocupes, estamos en conocimiento de todo —No puedo creer que te aparearas con esa mujer…perro tonto. Pero ok. Entre un beso y eso…prefería que fuera de tus labios lo que tenía que escuchar —exhala— Y quiero que sepas, que hemos tomado una decisión como familia. Aquí nadie te está atacando, ni mucho menos culpando. No eres nuestro enemigo, Adrien. Nuestro enemigo era Colt y ya fue despachado —sentencia el Duque, tomando sus hombros— Estás perdonado.

Otra vez esa mirada hipócrita…Félix. ¿Qué estás haciendo? —Adrien traga saliva, liado— Primo Félix, por favor, déjame-…

—Gracias por todo, Adrien —le interrumpe y confiesa Graham de Vanily, quitándose el anillo del dedo. Se lo entrega en su mano derecha— Eres libre, primo. Todo estamos de acuerdo en lo mismo —su tía y su madre asienten al unísono— Y estas cordialmente invitado a mi boda.

—¿Qué estás…diciendo? —Adrien sisea, con la mirada humedecida en dolor— ¿Por qué me devuelves el anillo? —observa la joya sobre la palma de su mano— ¿Boda?

—Consideramos que lo mas adecuado era celebrarla cuanto antes —Amelie toma participe de la disputa, levantándose del sofá. Los fulmina a ambos— Félix se casa este viernes con Kagami.

—¿Cómo? —el lozano licántropo se paraliza, en shock— Esperen. No-…

—Jean-Pierre —ordena Félix, al mayordomo parado en la esquina— La habitación de Adrien se mueve a la esquina del ala oeste de la mansión mañana. Por favor, ayúdalo con su traslado.

—Pero señor. Eso es muy alejado de la suya…—agrega, estupefacto el hombre.

—Exacto.

—Como ordene, Lord Fathom —asiente, obediente.

—¡Esperen! ¡Alto todo! —El menor de los Agreste, enloquece— ¡¿Qué hacen?! ¡Al menos déjenme hablar! ¡¿Félix?!

—No has dormido nada, primo —finaliza Félix, caminando hacia la puerta— Ve a descansar. Debe de haber sido una noche agitada para ti.

—¡¿PRIMO FÉLIX?! ¡ESPERA! ¡NO! —Adrien entra en colera.

En un movimiento instintivo, casi sin preverlo, Adrien se transforma en su forma mas natural. Un hombre lobo. Su boca es reemplazada por un hocico animal. Sus manos, en dos peludas patas y su pelaje rubio, sobresale delante de literal, tres vampiros. Jean-Pierre y un sequito de la servidumbre hace ingreso aceleradamente a la habitación para controlar al licántropo. Ha entrado en modo colera. Es retenido por a lo menos 10 personales. Uno de ellos, a petición de su propia madre trae un bozal. Automáticamente es diezmado sobre la alfombra. Un escandalo impúdico para un ignorante. Pero algo natural para las féminas mayores que lo ven soslayado sobre el piso. Sin atisbos de dolo o miramientos, ambas gemelas se hacen a un lado del problema, haciendo abandono de la habitación. Ha sido la misma Emilie quien les advirtió cómo reaccionan los licántropos ante estímulos demasiado traumáticos para ellos. Es por eso que se han tomado cartas en el asunto antes de tiempo.

Mientras Adrien aúlla enajenado en el living, es el mismo Félix quien pierde el equilibrio subiendo las escaleras, pues ha escuchado como el amor de su vida, llora desgarrado, en lamentos como un perro atropellado. Se da de bruces contra un escalón. No es tan fuerte, como intentó mostrarse hace un momento. Le quema por dentro. Le duele. Le incinera la idea de renunciar a él. Amelie logra asistirlo en el proceso, ambicionando levantarlo. Pero Fathom solo se limita a aferrarse a ella, rompiendo en llanto con padecimiento. Como si alguien estuviera enterrándole mil agujas en el cuerpo. Se comprime contra su pecho, gritoneando el desamor mismo; en su mas puro sentimiento.

—No puedo, madre…me duele —solloza Félix, asfixiado entre lágrimas— ¡No puedo! ¡Me siento mal! ¡Me duele tanto! Mamá…ayúdame, por favor…—implora, destrozado— Por favor, has que esto pare. No quiero sentir esto…te lo ruego.

—Tranquilo, mi niño hermoso —Amelie acaricia su nuca, abrasándolo en el proceso— Mi amor…ya. Ya va a pasar. Se fuerte, por favor.

—Lo amo, mamá. Lo amo tanto…—chilla, destruido Fathom— No debí enamorarme de este hombre. Me lacera por dentro. Quítamelo…quítamelo de encima, mami…

—No puedo, hijo —inevitablemente su progenitora llora con él, abrazandolo con aun más fuerza— Se enérgico, mi héroe. Por favor…resiste. Esto es lo mejor para ambos.

—Quiero morir, madre —sentencia Félix, devastado— Acaba con mi vida ahora mismo…

—Debes vivir, Félix. Debes hacerlo —soslaya la mayor, demolida como él— Llora todo lo que quieras. Sácalo de adentro. Pero recupérate. Te lo pido…

—¿Sin el hombre que amo? —pregunta, arrasado— Estoy arruinado…

—Mi niño —añade la mujer, besando su frente con dulzura y congoja— Vas a sufrir. Si. Porque es una tormenta. Vas a sufrir mucho, porque eres tan delicado como una rosa. Pero al igual que un día nublado, el sol siempre sale.

—¿Cuándo saldrá el sol, mami? —examina Graham de Vanily, angustiado y desolado— ¿Seré feliz algún día?

—Lo serás —admite la burguesa, frotando su espalda como una madre a un cachorro herido— Te lo prometo. Te prometo, que esto pasará. Solo dale tiempo al tiempo y verás que tu corazón y la madurez te darán la razón.

—Espero…sea pronto —balbucea hipando, el rubio— No doy más…

[…]

Grrr…

—¡Señor Agreste! —Jean-Pierre se para delante de la puerta, con una escopeta en la mano. Pues ya no sabe que mas portar— ¡Manténgase quieto o tendremos que disparar!

¡Wof! ¡Grr! ¡Largo! —berrea el lobo.

La habitación en la cual lo han recluido de mala gana, está toda destrozada. Adrien suelta saliva y espuma por el hocico. Muestra los dientes y las garras, violentamente. Es un caos. Los muebles quedan todos desmembrados, las plumas de la cama y almohadas vuelan por los aires. El hombre lobo amenazaba con matar a cualquiera que le impida escapar del cuarto. Pide enérgicamente ir a ver a Félix. Pero es retenido por el mayordomo de la casa y cuatro criadas más, que están más aterradas que otra cosa. Pero también portan armas de fuego. Pues saben que los licántropos en modo animal son capaces de matar personas y temen por sus vidas. Ya no saben como retenerlo de manera "pacifica". Han agotado toda ínfula de civilizada posición. El Agreste se profesa dispuesto a masacrar a todos. Hasta que ingresa Emilie Agreste y los remite a todos con una sola mirada reclamante.

Ella no tiene como controlarlo o si quiera calmarlo. Pero sin duda, una noticia novedosa lo va a volver en si de golpe. Es una primicia. Y se la va a transmitir ahora mismo.

—Tu padre está en camino en estos momentos —confiesa Emilie, juntando el entrecejo— Acaba de arribar en Liverpool. Y viene en un carruaje para acá. En menos de 10 minutos llega.

Adrien entra en sensatez. Curiosamente, saber que su progenitor está en camino, ha calmado su sangre de licántropo. Pues el también es uno y ya conoce lo muy estricto que es. Una de las primeras enseñanzas que le dio, fue no volverse un perro salvaje delante de su familia. Eso, es pecado. Está prohibido para ellos. Robóticamente, el rubio vuelve a su forma humana con mucha humildad. Si su papá supiera el desmadre que hizo esa noche, lo manda exiliado. Así de simple. Ya conoció un par de casos de licántropos expulsados. Y ser un lobo solitario, no es lo suyo. Sabe que acaban difuntos o vagabundos muertos de hambre. Ofuscado, se sienta en la cama a menos traer, desviando la mirada.

—Es injusto —rezonga Adrien.

—Vístete, niño —Emilie le lanza ropas para que se tape. Desvía la mirada— Me avergüenzas.

—Perdón —su hijo obedece, vistiéndose con las prendas que le acaba de arrojar— A Félix igual le ridiculizaba esto.

—Madura, Adrien —demanda la vampira, cruzándose de brazos con autoridad— Se acabó tu juego de niño hormonal. Te lo advertí. No hay cabida para esto.

—Tu no entiendes mis motivos. Ni si quiera me dejaron explicarme.

—Te leemos la mente, hijo —advierte la mujer nocturna, arqueando una ceja— Ya sabemos todo lo que quieres hacer, decir o sentir. Por favor, no creas que tomamos esta decisión salida del trasero.

—¿Y entonces qué? —rezonga el francés, preocupado— ¿Debo dejar que Félix me odie? —divisa el anillo sobre su mano— Me acaba de pedir el divorcio, disimuladamente.

—Ustedes no estaban…—Emilie hace una pausa, pues no quiere sonar una mala madre. Al contrario, de alguna forma estaba apoyando su unión, pero no contaba con que su hijo cambiara de opinión. Se sienta a su lado, acariciando su nuca con maternidad— Mi niño…si lo amas, déjalo ir. Te gusta Marinette Dupain-Cheng. Ya nos enteramos todos. Lo importante en esta vida, es ser sincero con uno mismo.

—Mamá, las cosas no pasaron así —explica Adrien, ofendido— Esto pasa por un tema más bien "vital". Por algo de mi propia concepción de la vida. Por favor…escúchame. Y créeme.

—Adelante —asiente la rubia mayor, bosquejando una mueca jovial— Cuéntame. Y te prometo que te entenderé.

—Vale…te contaré…—asiente Adrien, seguro de sí mismo— Todo comienza con la inmortalidad de ustedes…

[…]

1 año después. Crystal Palace. 02:16AM.

La muchedumbre aplaude unánime, tras dar por finalizada una presentación en piano a manos del gran Duque Graham de Vanily. Los mas entusiastas, son los jóvenes varones vampiros que; con la mirada incisiva se deleitan no solo con las habilidades artísticas del rubio, si no también con su adónico perfil y galán figura. Como quien, admira una estatua renacentista. Félix se alza del instrumento, dotado con la hermosura de un pavo real y reverencia un par de veces en son de gallardía; recibiendo templado los rendibúes de algunos de los invitados. En su mayoría, humanos por lo demás. Los bisbiseos no tardan en atosigar el ambiente.

"Es tan guapo y varonil…"

"Sus dedos son refinados, como lo es su gusto por su ropa"

"Es una lastima que esté casado, siendo tan jovencito. Que desperdicio"

Aunque por muy apetecible se vea, no ha venido solo. Lo compaña su esposa, la distinguida condesa Tsurugi. Acostumbrada ya a los murmullos subidos de tono de las vulgares humanas de la corte, también ha tenido que lidiar con los mas aún insolentes pensamientos lujuriosos de mas de alguna. Sin embargo, no se limita a prestar atención del todo. Finalmente, su marido no gusta del calor femenino. Algo que en su momento fue tomado como una ventaja. Pero que con el pasar del tiempo, lánguidamente se ha transformado en su tormento más personal. Pues no han logrado concebir ningún heredero para la familia. Y eso, ya es noticia en boca de los indiscretos de siempre.

Mas aún, en una particular. La ponzoñosa rubia francesa de los Bourgeois, Chloé. Acompañada de su criada mas cercana, Sabrina.

—Condesa Tsurugi —comenta la humana, bosquejando una mueca venenosa; tanto como su lengua— ¿No le parece que el Duque es sin duda muy talentoso con los dedos?

—Baronesa Bourgeois —le saluda la japonesa, sin darle cabida si quiera a mirarle— No esperaría menos de él. Después de todo, es el hombre que está a mi altura.

—Sin duda alguna que si —ríe Chloé, bebiendo un sorbo de su copa de champaña— Me pregunto si lo será también para otros asuntillos.

—Félix es un hombre integral. El hace todo bien —espeta.

—Por supuesto —añade, con avaricia— En la corte estamos ansiosas de ver como serán sus hijos.

—Prodigiosos, como él —sentencia serena.

—Claro —carcajea de vuelta, soberbia— Siempre y cuando, se los da algún día.

—Gnh…—Kagami frunce el ceño. Para evitar una incomoda discusión impertinente, se retira— Con su permiso, tengo asuntos que atender.

—¡Buena suerte, Condesa! ¡Jaja! —alza su copa— ¡Brindaremos por usted!

—Ch-Chloé… ¿Qué estás haciendo? —pregunta tímida, Sabrina— No deberías meterte con los Graham de Vanily…

—¡¿Quién te pidió tu opinión, esclava?! —chilla la rubia, derramándole el trago sobre la cara. Acto seguido, divisa al duque a lo lejos— Ese pito flácido de Félix es un fracasado. ¿Sabes lo que dicen? Que ese impúdico, larguirucho y deslavado es un muerde almohadas.

—Dios mío…—Raincomprix se persigna en el proceso. Confesar algo así, tan deslenguado y delante de todos le parece sumamente peligroso— ¿Qué estás diciendo? ¿De dónde has sacado eso?

—Lo escuché de mamá la otra noche, mientras hablaba con el fracasado de Colt Fathom —chista con altivez, chasqueando los dedos para que le sirvan otro trago— ¿Puedes creerlo? El infeliz perdió toda su fortuna y le estaba pidiendo ayuda a mi familia para largarse a Norteamérica. Pobre diablo. Es patético. Totalmente patético. El y toda esa familia de raritos con actitud cadavérica —se cruza de brazos— A veces pienso que no son humanos.

Sería la primera cosa coherente que pensaras en siglos —piensa la pelirroja, fingiendo una sonrisa sarcástica.

Un poco más allá.

—Lord Fathom. Un honor que nos acompañe esta velada —saluda Nathaniel, estrechando su mano— Como siempre, tan esplendido al igual que la noche misma.

—Es cierto —añade su compañero, Marc— Creí que no vendría.

—Vizconde Kurtzberg—corresponde el saludo. Mismo acto, para el pelinegro— Marqués Anciel. Ha pasado un tiempo —Félix recibe una copa de vino por parte de ellos, aunque dubitativo de beberla por el color. Es demasiado transparente para ser puro— ¿Qué beben? ¿Orina de gato?

—Puaj…peor es nada —protesta el bermejo, bosquejando una expresión repulsiva— Últimamente no encuentras sangre de calidad. Se ha vuelto cada vez mas y mas impura, por culpa de los inmigrantes que llegaron del norte.

—Hey, pero el duque no se ve tan fatal como nosotros —comenta grácil el marqués— ¿De qué calidad estás bebiendo? Dame tu secreto.

—¿Bromeas? Está casado con una Tsurugi —agrega el vizconde— Es obvio que se alimenta bien.

—En realidad…—Félix gira la mirada, señalando hacia una esquina del salón— ¿Ven a ese muchacho de smoking y cabello azul?

—¿Ese es tu nuevo sirviente? —examina Kurtzberg.

—Está jodidamente guapo —le endosa Marc, con lascivia— ¿No lo compartes con nosotros?

—Lo siento, chicos. Pero ya me conocen —Fathom se encoge de hombros— Soy muy posesivo con esas cosas.

—Ahora entiendo todo —ríe Nathaniel, con obviedad— Nos estábamos preguntando con los otros muchachos el por qué, ya no te pasas por el club Apolo. Esta semana llegó nueva mercancía. Unos jovencitos divinos… —susurra en su oído— Sudamericanos. De la mejor calidad. Los trajeron de Uruguay.

—¿En serio? —Graham de Vanily arquea una ceja, pasmado con la noticia— Jamás probé algo así…

—Sangre caliente, espesa, vigorosa —murmura picaresco Anciel— Te tomas un trago de esos y no se te baja en dos semanas, jejeje…

—Bueno…—Félix hace amago de vergüenza, ligeramente ruborizado— Tal vez un día de estos me pase por el club. Me lo pensaré.

—Debe de ser tedioso para ti escapar de tu mansión ahora, que estás casado. Es entendible —exhala Kurtzberg, sobándole el hombro como quien le da un pésame a otro— Comenzábamos a pensar que te volviste amante de las mujeres.

—No, yo…—el británico desvía la mirada, abochornado— No se trata de eso. Aunque no lo crean, si bien Kagami es muy estricta con los protocolos y eso, jamás me ha prohibido nada. Por el contrario, me deja hacer lo que guste. Siempre y cuando, llegue a casa. Son sus condiciones y yo las respeto.

—Comprensible —suspira Marc, complaciente y fraterno con su camarada— Imagino que ahora tienes responsabilidades que cumplir y esas cosas de "señoritos".

—No quiero hablar de eso ahora ¿Sí? —balbucea liado el rubio, simulando degustar la copa que bebe— No ha sido del todo fácil. Sobre todo, porque…pasaron algunas cosas en mi familia y no me he sentido bien.

—Uy…ya he visto esa cara antes ¿O no, Marc? —interpela al burgués, arrimándose a Félix para abrazarle con una mano— Es el rostro de una pena de amor sin sanar. La reconocería en cualquier lado.

—¿Félix enamorado? Vaya…—el vizconde abre los ojos, estupefacto con su revelación— Quien lo diría. Me pregunto… ¿Quién en su sano juicio podría rechazarte? No me imagino la cara del pobre diablo que se perdería semejan-…

—Lord Fathom —interrumpe Kagami, abruptamente la conversación— Estoy agotada. Nos vamos.

—Si…cariño. Ya voy —asiente con sumisión el ojiverde, despidiéndose de sus camaradas— Estaremos en contacto, chicos. Cuídense del sol.

Tanto Marc como Nathaniel se miran entre sí, confundidos. Ha sido una historia novedosa para ambos, pero lo que mas les llama la atención es la actitud disciplinada y obediente por parte del duque. No conocen de cerca a la que ahora, se profesa ser su mujer en el papel. Pero sin duda, conocieron al Félix de antaño. Y no es ni la sombra de lo que es ahora. La intriga se los come por dentro. A lo lejos, Luka Couffaine los aborda para escoltarlos hacia la salida. En el estacionamiento, son recibidos por Juleka. Los hermanos toman posición delantera del vehículo. Un novedoso Wolseley Siddeley inglés de cuatro ruedas, con motor y tracción manual de una sola palanca; en eje central.

Sentados en la parte posterior, solo a escasos centímetros de distancia, la señora Fathom busca tímidamente la mano de su cónyuge sobre el asiento. El, corresponde el toque sensitivo de ella y entrelazan sus dedos con cariño.

Aunque en el fondo…ninguno de los dos, se mire a los ojos.

Mansión Graham de Vanily. 03:10AM. Habitación matrimonial.

—Discúlpame…—murmura el varón, agraviado— So-solo…dame un momento ¿Sí?

Félix y Kagami yacen desnudos bajo las sábanas. En uno de los tantos intentos, por concebir un heredero para la familia, el joven vampiro se separa de su pareja; solo en pos de forzosamente provocarse una erección lo suficientemente vigorosa para penetrarla. Se sienta sobre las colchas, dándole la espalda, pues la timidez lo corroe por dentro. Se masturba en el proceso, incluso recurriendo a métodos arcaicos como morderse la muñeca así mismo para que al menos la emoción de sus colmillos, le de una eficaz y robusta sensación de placer. Para la nipona, esto es casi pan de cada día. Cargan con el peso de intentarlo durante meses, por no decir el año que su matrimonio lleva consolidado. En ocasiones, tiene éxito y lo consigue. Pero incluso si completa la copula en su grado más íntimo, tampoco logra acabar dentro.

Está consciente de su problema. Sin embargo, batallar con el…ya está comenzando a agotarla.

—¿Quieres que llame a Luka? —pregunta Tsurugi, con voz mocetona. Se cubre el torso con las sábanas.

—¿Q-Que…? —Fathom aprieta los labios, paralizado con su pregunta— ¿Qué cosas dices, mujer?

—Por favor, no me mires así —rueda los ojos— No quiero sonar desesperada. Pero no te mentiré a ti. Eres mi esposo. Y si lo estoy.

—Ka-Kagami…no creo que-…

—¡Luka! —vocifera la fémina, al aire. Sabiendo que Couffaine permanece estoico a la salida de su cuarto, este hace ingreso de inmediato— Ven aquí.

—¿Me llamó? —parpadea, embrollado con su demanda. Pues los ha visto desnudos a ambos, casi— ¿Dis-Disculpen? Creo que interrumpo algo…

—¡Kagami! ¡Espera! —rezonga Félix, rojo hasta el culo— No hace falta. En serio. Puedo lograrlo. Solo déjame frotar más y-…

Basta, tonto —Tsurugi sujeta su mano, deteniéndolo de un momento a otro. Lo mira a los ojos, preocupada— Por favor, ya no te hagas esto. Te harás daño. Y de paso, a mí. Deja que el paje nos ayude.

—Pero…

—Félix —su cónyuge ahora mas tranquila, le sonríe ladino— ¿Tú me quieres?

—Claro que te quiero…—traga saliva el inglés, melancólico con su pregunta— Eso no está en discusión. Eres mi esposa. Y te elegí porque no quería estar con nadie mas que contigo, para algo como esto.

—Con eso es suficiente entonces —suspira, aliviada— No te pido que me ames. Porque ya sé, quien es el dueño de tu corazón. Pero…si realmente me quieres y deseas que esto salga bien, ayúdame entonces. Ayúdame, ayudándote. ¿Sí?

—…

Sin ningún otro reproche o miramiento de negación por parte de Fathom, Tsurugi ordena con el dedo de que Luka se quite la ropa y los acompañe. Si es la única forma de lograrlo, lo aceptará con hidalguía. No. No es un trio lo que harán ahora ¿Sí? No se confundan. Aunque es lo mas cercano a uno, solo busca que su marido se estimule lo suficiente como para poder llevar a cabo el acto y así, terminar con esta tortura que los tiene atados a ambos.

Luka gatea por la cama, quedando a pocos centímetros del británico. Por ordenes irrefutables de Kagami, ha sido comandado a ser mordido por él. Sabe que a Félix le prende a nivel sexual, tomar su sangre. Su palabra es ley. Si no se va a encender con ella, que al menos lo haga con él, en son de lograr su objetivo. Es así, como el joven capataz se une a la escena, desempeñando un papel de consolador humano. Su única misión como tercero en el tema, es mimar, acariciar, inspirar e inducir a su marido a un grado de estimulo precoz, que lo obligue a entrar en su interior. Y a los pocos minutos, da resultado. Un fehaciente y rotundo logro victorioso para ella. Félix consuma el acto amatorio, influido en todo momento por el peliazul; quien apoya la moción.

Esa noche, todo sale de maravillas. Y finalmente, tras varias veces repitiendo lo mismo, definitivamente…ella triunfa al ser fecundada con éxito, por su consorte vampírico. En junio de ese mismo año, con una primaveral zozobra a tope azotando los ventanales de la gran casona, Kagami da a luz a su primogénita. Su nombre es Elizabeth. Una bebé sana, robusta, con el hambre voraz de una vampira. Y es la próxima, sucesora para continuar el linaje de su prole.

Tomoe, la madre de Kagami no está contenta con la noticia. Ella se jacta de venir de una dinastía predominantemente masculina, profesando de manera ingenua que solo los varones podrán continuar el legado. Pero para los Graham de Vanily, no es problema alguno. Por el contrario, siendo una estirpe de casi mujeres, nada los podría honrar más. Félix, es padre ahora. Un sentimiento que no conoce, dado que tiene malas imágenes de sus figuras paternas. Sin embargo, no opina lo mismo de su símbolo maternal. Y confía a ciegas, que incluso si el desaparece de la faz de la tierra, ahora su hija será bien cuidada por dos grandes mujeres, que le darán honor al apellido.

—Ay, cariño —musita la madre de Félix, con voz infantilizada— Es una niña hermosa. Me has hecho la abuela mas chocha de todas, que te digo —ríe— ¿No te parece una preciosura, hermana?

—No tengo nada que decir al respecto —Emilie esboza, satisfecha. Tentadisima a tomarla en brazos— ¿Puedo? —ambos padres asienten— Ven con tu tía, cosita…—la apachurra contra su mejilla— Ay…está heladita. Que delicioso. Es una vampirita riquísima. ¿Qué dices, mi amor? —le habla a Gabriel— ¿Se parece a mí?

—Se parece a tu hermana, amor —ironiza Gabriel. Dah…son gemelas ¿?. Webón.

—Gracias, chicos —agradece Amelie, con la mirada humedecida en humilde gratitud— Se han lucido…

—Que agradece, lady Amelie —profiere Kagami, con altura de mira— Ha sido un honor.

—Espero me den muchos mas nietos, por favor —confiesa la rubia, masajeando la nuca rubia de su nieta en el proceso— Si hacen bebés así de bonitos, no paren.

—Lo haremos —asiente Tsurugi, tomando la mano de su marido— ¿Verdad, Félix?

Pero a diferencia de toda su familia, Félix no parece estar contento del todo. Vamos, no juzguen o piensen de más. No es que no le guste la idea de ser padre. Pero…aquí falta algo. ¿No? Como que…hay un miembro de la familia que no ha estado presente. Y eso lo siente tan vivido como un sueño dotado de avidez en una primavera que nieva. Si. Ese esa es la impresión. Nieve en primavera. Sin duda es una bebé sana, fornida y preciosa. Tanto, que le cuesta trabajo digerir que haya sido el resultado de su propio esfuerzo y el de su esposa. Es complicado. Félix suelta su mano y desvía la mirada, intentando hacer amago de etérea confianza; y añade.

—Me esforzaré.

Silencio sepulcral en el ambiente. Todos han notado su melancolía y al mismo tiempo, han decidido ignorarla de forma arbitraria y a propósito. Sentimientos como esos, deben ser desechados. Es lo que creen todos. Menos él. No. El…sigue en un luto interminable en donde no puede superar la muerte o perdida, de un ser querido para el alma. Emilie le pasa la pequeña su hermana.

Que el rey nos ampare —musita Amelie Graham de Vanily, frotando su nariz cariñosa contra su descendiente dormilona.

—El rey sí que nos ampara —revela la gemela mayor. Tratando de romper el hielo, saca una carta del vestido— ¡Tachan!

—¿Qué? ¿El rey escribió de verdad? —Gabriel rasga la carta, leyendo.

Cita:

"Estimada y venerada familia Graham de Vanily. Desde la corona, con respeto y honor:

Bendecimos con nuestra fertilidad a Lord Félix Fathom Graham de Vanily y a la condesa Kagami Tsurugi. Nunca antes conocimos a un vampiro tan comprometido con el imperio. Han procreado una nueva futura camada de vampiros honorables para el imperio. Como recompensa de estos bisoños herederos de la especie, hemos decidido otórgales tierras en el sur de escocia. Con honradez, conciencia y distinción úsenlas bien. Por favor, no dejen que el Duque se detenga de engendrar, producir y concebir hijos. Les daremos todas las herramientas para que siga prospero con su matrimonio y esposa. Una pura sangre. Firmado…

Su majestad, el rey. Jorge V"

En vez de sentirse halagado, Félix se concibe aun mas atado a sus obligaciones. Antes, cumplía deberes con su familia y la corte. Pero es ahora el mismo rey y la corona, quienes controlan sus decisiones maritales. Mas ofuscado que nunca, Félix rompe en ira, lanzando lejos el té de la mesa; desparramando todo por el suelo. Acto seguido, escapa de la escena, corriendo por las escaleras hacia su dormitorio. En medio de un ataque de lo que su propia mujer considera un acto pueril, alza la mano para que nadie haga ningún movimiento impertinente. Quiere solucionarlo ella, como dueña de casa que es. Pues ahora está a la cabeza y con potestad se siente líder. Pero es apabullada indiscriminadamente por nada mas y nada menos que Emilie. Ni si quiera es su hermana. No. Es ella, quien apacigua a la japonesa.

—Yo me encargo —rezonga Emilie, con actitud endurecida— Lo resolveré yo. Con permiso…—lo sigue, por la escalera.

[…]

—¿Puedo pasar?

No.

—Pero ya estoy dentro —confiesa Emilie, divertida. Nota como su sobrino corre a cerrar la puerta con llave, incluso cuando ella entró sin su verdadero permiso. Suspira, derrotada— Está bien, Félix. Mereces explicaciones.

—Escucha, tía Emilie —rezonga atormentado el británico— Esto no tiene nada que ver contigo ¿Ok? Es mi problema. Ya leyeron la carta del rey. He hecho todo lo que ustedes querían —se lanza a la cama, sentado— Yo ya cumplí con mi parte. Les he dado un heredero a la familia ¿Qué más me vas a decir? Por favor, no te humilles.

—Yo no me humillo, sobrino —responde, tranquila y serena. Se sienta al lado de el— Es solo que siento que no entiendes nada de lo que pasa.

—¿Cómo que no entiendo? —manifiesta sarcástico el británico— Llevo haciendo lo que me dijeron que era "correcto". Contra mi voluntad. Me quemé por dentro, incinerando mis sentimientos por todos ustedes. ¿Acaso no están satisfechos? Y me siguen pidiendo más…

—¿Te das cuenta que nadie te demanda más? En la familia, estamos pagados. Mira a mi hermana…mírame a mi —Emilie lo obliga a mirarlo a los ojos, tomándolo de su mentón con potestad— Mírame ya, niño.

¿Qué mierd-…? —Félix recula, tras comprender las malas palabras que usaría para hablarle a su familiar. Aprieta la boca, desviando la mirada— Perdóname…estoy enojado. Pero no es contigo la cosa…

—El me escribe todos los meses —confiesa finalmente.

—¿Qué…?

—¿Te sorprende?

—Si…—revela Félix, intrincado— ¿Por qué no me contaste? Tu, mi tío Gabriel, mi madre…me dijeron que se fue de Inglaterra.

—¿Cómo podría, niño tonto? —revela la rubia mayor, bosquejando una mueca de rechazo— Mírate…solo queríamos que te sanaras. Pero me acabo de dar cuenta, que ni siendo padre se logra. No importa cuanto tiempo pase ¿Verdad? Tu sigues enamorado de Adrien.

—¿Creíste que porque se fue de la noche a la mañana me olvidaría de el? —rezonga, ofuscado— ¿Cómo pueden ser tan crueles?

—No somos crueles. Bueno…yo no —declara la señora Agreste, desviando la mirada. Extrae desde el interior de su vestimenta un cumulo de cartas bien gruesos. Estas, son distintas a las otras. Es de un sobre rojo y está sellada con el anillo de los Graham de Vanily— Fue un código, que dejé para ambos. Como una especie de señal. Le dije que a donde fuera, escribiera al menos una vez al mes, para saber que sigue con vida. Pero si no era para nosotros…lo hiciera con este color.

—¿Estas cartas…son para mí? —pregunta Félix, frustrado.

—Lo son —confiesa la francesa.

—Pero —parpadea, atónito— Creí que Adrien ya no me…amaba…

—Ay…mi niño —suspira, derrotada— Ya sé. Pero ya no soporto verte en este estado de mierda. Tan…muerto. Ahora eres padre, Félix. Debes asumir tu rol. Pero no pretendo matarte en vida. Y por lo mismo, quiero que sepas la verdad ahora mismo —le entrega las cartas en sus manos— Toma. Léelas. Y juzga…por ti mismo —se levanta, caminando hacia la puerta— Lo que sea que decidas, hazlo con madurez por favor. Ya no eres el mismo desde hace 1 año. Eres…distinto ahora.

—¡Tía Emilie! ¡Espera! —intenta atajarla, antes de que se vaya— ¿Sabes dónde está ahora? —examina los sobres, de lado a lado— No están timbradas ni firmadas con ninguna postal.

—Te juro que no lo sé, cariño. Adrien nunca nos lo ha dicho. El día que rompieron ustedes dos, el solo decidió irse para "despejarse" dijo. Pero nunca más volvió así que… —manifiesta la rubia, bosquejando una mueca sincera— Estoy segura, de que lo averiguaras.

Félix no tarda en tomarse un tiempo a solas para rasgar esas cartas y leer el contenido de cada una de ellas. Son alrededor de 5. Todas y cada una de ellas, comienzan con una frase cariñosa que cita:

"Mi adorado Félix…"

Apenas iba en la mitad de la segunda, que rompió en llanto. Sus palabras, calaron profundo en su interior como estacas lacerándole por dentro. ¿Cómo es posible que nunca se enteró realmente de estos sentimientos? El calibre de dicha confesión le ha dejado boquiabierto. ¿Adrien no se había olvidado de el entonces? De la misma forma…que él tampoco logró arrancárselo, por mas que lo intentara. El último párrafo de la quinta epístola, narra:

"Ha nevado mucho últimamente por acá. Pero es algo que me recuerda con aún más fuerza tu presencia. Le gélida ventisca de invierno, trae consigo una canción dulce de los meses que pasé contigo. Nada ni nadie, podrá jamás evitar que mi corazón te alcance a la distancia.

Por siempre tuvo, Adrien…"

Nieve, piensa Fathom. ¿Cómo podría nevar, si están en primavera? Un latido. El escrito está fechado con solo un par de días atrás de diferencia. Félix corre hacia el estante de su cuarto y hojea un par de libros de tapas duras, buscando con desespero un Atlas del planeta tierra. El mapa revela abiertamente el continente europeo. Si sus sospechas son ciertas, su primo hermano no se encontraría en el viejo mundo, pues acá la mayoría de los países están transitando el mismo sendero estacional. ¿En que lugar podría estar nevando en pleno junio? Se toma la cabeza con ambas manos, pensativo y a la vez acongojado. Luego, se cubre los labios. Piensa, una y otra vez.

—¿En donde estás…Adrien? —redunda en su cabeza el inglés.

Desliza el dedo índice por el dibujo de aquel mapamundi, ampliando abiertamente su campo visual para buscar otras alternativas. Acto seguido, coge un libro de astronomía y comienza a comparar fechas y puntos cardinales, con la ayuda de una brújula. Si el planeta tierra gira en rotación y traslación sobre su eje; eso quiere decir que, por lógica, no está en ningún país europeo ni mucho menos asiático, pues el sol pasa por el mismo lugar. ¿Americano tal vez? Se paraliza de golpe.

—¿Podrá ser…? —abre los parpados, estupefacto con su revelación.

—"Sudamericanos. De la mejor calidad —comenta Nathaniel— Los trajeron de Uruguay"

—Sudamérica…—manifiesta Graham de Vanily, apuntando directo hacia aquella estrella zona del hemisferio sur— ¡Claro! ¿Cómo no lo pensé antes? Si acá es verano. Allá será invierno. Y cuando sea invierno, acá será verano —clava la vista sobre el dibujo, con fervor— ¿Tan lejos habrá ido? —busca un listado de países— Demonios…son muchísimos. No creo que en Brasil esté. Ese lugar es muy caluroso y pasa por las amazonas. ¿Qué tan al sur…hay nieve?

Félix se levanta y nuevamente examina otro par de textos antiguos. Uno de flora y fauna, que contiene toda clase de información necesaria para su estudio previo. Los únicos territorios que podrían tener nieve, de manera geográfica son los que están mas cerca de la Antártida. Así como los que se aproximan al polo sur por acá. Solo hay…una posibilidad. Pero debe sacarse la duda de encima. Y solo conoce a alguien que pueda ayudarle a saldarla. Cierra el libro y sale disparado del cuarto en dirección hacia el salón. Bajando los escalones con la ansiedad a tope, se colisiona de lleno con la escena de sus familiares en pleno acto de celebración por la nueva bebé. Todos en la habitación son adultos con conocimientos bastos. Pero solo uno de ellos, ha viajado tanto por el mundo, que podría interrogar sin tapujos en una verdad inequívoca.

—Tío —enuncia el duque, con la respiración agobiada— Tu.

—¿Eh? —Gabriel se voltea a verlo, confundido— ¿Qué pasa?

—Tu sueles viajar mucho por temas de negocios. Siempre lo dices ¿No es así? —el peliblanco asiente. Aunque no está del todo seguro a que vino esa pregunta. Se aproxima a él, mostrándole la página de su manual abierto— Has ido a Sudamérica. Tu debes saber, en que países puede haber nieve por estos días.

—Eh…bueno…—el Agreste hace una pausa, mirando tímidamente a su mujer quien le asiente con la cabeza; solo para darle permiso a contar la verdad— Si. Lo sé. ¿Pero por qué quieres saberlo de pronto?

—Por favor…es necesario —emite Félix, angustiado— Ayúdame…

—Félix —Kagami lo intercepta, preocupada— ¿Qué estás planeando?

—No estoy seguro de si en todos, hay nieve. Ya sabes, por su clima cálido. Pero…—el licántropo señala con el dedo— Aquí. En estos dos, la hay. Pero aquí —indica, un poco mas a la derecha— Siempre la hay en abundancia, sin duda.

—¿Estás seguro? —redunda Félix.

—Como me llamo Gabriel —confiesa el mayor, seguro— Sobre todo en el sur de este. Ve al sur. Ahí, hay nieve.

Argentina…—musita para si mismo, entusiasmado con la idea de…

Félix —rezonga Tsurugi, esta vez, mostrando abiertamente su molestia— ¿Qué está pasando? ¿Qué pretendes?

—Nada malo, descuida —asiente, esbozando una sonrisa cándida— Es que, pretendo hacer un viaje.

—¿Un viaje? —parpadea la japonesa, liada— ¿Justo ahora?

—Si, lo siento —miente Fathom, rascándose la nuca con nerviosismo— Es que…es por trabajo. Ya sabes, lo de la fábrica. Debo atender algunos asuntos de materias primas en América.

Mientes horrible…—su esposa lo fulmina con la mirada.

—¡Eh! Cariño, jejeje… ¿Podemos hablar un momento? —Amelie lo aleja del resto unos momentos, buscando tener un instante mas intimo para que ambos hablen— ¿Qué estás pensando, hijo? No puedes irte ahora ¿Sabes? No es un buen momento —rueda los ojos hacia su hermana, quien carga a la pequeña— Tu hija apenas lleva horas de vida. Debes quedarte con ella y tu mujer.

—Madre —el ojiverde hace amago de rechazo— Estoy consciente de su presencia en mi vida ahora. ¿De acuerdo? Pero debo hacer esto. Es…un tema urgente. Además, Elizabeth no irá a ningún lado. Kagami está a salvo con ustedes. Estarán en buenas manos —se aleja de ella.

—¡Féli-…!

—Alto —Tsurugi lo detiene en el marco de la puerta, ofuscada ya— Tu no irás a ninguna parte, si no me dices la verdad.

—¿La verdad? —se defiende el inglés, agraviado— Pero si te la acabo de contar. Debo-…

—No me insultes así, Félix Fathom. Soy mucho más inteligente de lo que me ves —reniega la nipona, mascullando entre dientes— No tienes ningún asunto de trabajo que atender en Sudamérica. De eso se encarga Luka y los demás proveedores —le apunta con el dedo, recriminándolo— Así que ahora me dirás, que estás planeando.

Silencio sepulcral. Vale. Ya conocen el dicho ¿No? El que calla otorga. Y sin duda que el Duque ha respondido mucho mas de lo que le gustaría jactarse de hacer. No le oculta secretos a ella, dado que, incluso teniendo conocimiento de su condición, Kagami aceptó casarse con él. Pero de cierto modo, ya intervino demasiado en su relación con Adrien. Quiera aceptarlo o no, ella fue la principal responsable de su separación. Tuvo bastante participe en la relación extraña que su primo forjó con Dupain-Cheng. Y aunque sabe que sus planes no salieron bien porque, no se quedaron juntos; le debe un tanto de rencor a sus malogrados pasos de su tóxica cizaña. Félix acaba de despejar su mente, dejándole leer como un texto abierto sus pensamientos mas íntimos. Su esposa, se desfigura en el acto.

—Estás loco.

—Puede ser —admite finalmente, dándole la tal anhelada razón que buscaba tener— Pero ya me cansé de fingir que no lo estoy. La sanidad mental déjasela a los humanos.

—Félix —refuta la muchacha de ojos marrones— Está bien. Puedes ser un desquiciado si quieres. Pero tonto no eres. No vayas. Es una estupidez. Adrien se fue por algo.

—Jamás lo entenderías. Incluso si te lo explico. No…mas bien…—recula, observando por sobre el hombro a toda su familia detrás— nadie aquí lo entiende. Y ya no quiero seguir reprimiéndome como lo llevo haciendo. Tu sabias que esto iba a pasar en algún momento. Así que hazle honor a tu dotada inteligencia y déjame ir.

—Félix, por favor… —añade derrotada la fémina— tu eres mucho mejor que esto. Lo sabes ¿Verdad?

—Lo sé. Estoy tan consciente de ello que…—Fathom toma sus manos con dulzura y baja la guardia, demostrando abiertamente sus intenciones— por lo mismo, debo hacer esto —la suelta, saliendo por la puerta.

—¡Félix! —agrega, solo para dar por finalizada su ultima conversación— Adrien no se fue para que lo siguieras.

—Puede que no —manifiesta Félix, dándole la espalda— Pero hoy me ha quedado en claro una cosa. Y es que, no importa a donde el vaya o a donde yo esté. Siempre…siempre vamos a estar enamorados el uno del otro —baja la cabeza— Perdóname…por no poder cumplir con tus expectativas —asiente— con permiso.

El joven aristócrata a tomado una decisión. Una, que por primera vez en la vida es suya, propia. No impulsada por nadie ni mucho menos inducida por responsabilidades que ni si quiera deseaba tener por voluntad. Siendo impulsado mas allá por las cartas de su amor, tiene preguntas. Preguntas que no consiguió responder por si solo. Y que espera ansioso, resolver visitando al licántropo atolondrado y salvaje que le robó el corazón de antaño. Esa noche, arma su maleta y sale de la mansión, despidiéndose con amargura de su prole. No es que le esté dando la espalda a su familia, pero de manera indiscreta se siente así. Por lo que entiende con madurez, que una disculpa no será suficiente para apaciguar la ira de su esposa o menos, del rey. Solo espera que, con indulgencia, al menos su tía lo cubra por un par de días o semanas, mientras se encuentre lejos de casa. Debe cerrar un ciclo. Sea como salga, lo hará. Sin importar las consecuencias, al menos lo habrá intentado.

Mas desolado que otra cosa, aborda un buque en el puerto de Liverpool con destino a Sudamérica. Específicamente, las costas de Argentina. Ni si quiera tiene certeza de encontrarlo ahí. Literal, Adrien podría estar en cualquier parte de ese extenso país. Pero de cierta forma algo en su interior le dicta, como una profecía impulsada por una fuerza arcana; que ahí lo encontrará. No sabe cómo, pero lo hará. Añora que el destino y las estrellas, le ayuden en su contienda. Es lo mas arriesgado que ha hecho en toda su vida, siendo tan lozano y poco cauto. El Félix de hace unos años, antes de conocer a su primo jamás habría hecho semejante enajenación. Y es que siempre se fanfarroneo así mismo de ser tan correcto, estoico y navegante de sus propias aguas en la zona de confort. Sin embargo, ahora se a aventurado a lo desconocido. Algo que le enseñó el hombre lobo que, sin escrúpulos, robó su corazón.

Solo espera…tener éxito. Poco y nada sabe de esa cultura extraña y ajena a él. Sin mencionar el hecho de que no maneja el idioma. Precavido, se ha llevado consigo un diccionario de inglés, español. Aprovechará todo el tiempo que tenga a solas para estudiar a fondo el dialecto. Ya maneja algunas palabras escuetas que aprendió en el club Apolo, un segregado y oculto centro que albergaba jovencitos de todas las edades y países. Sobre todo, latinos.

[…]

Puerto de Buenos Aires, 1920. 22:20PM.

Para su sorpresa, el vampiro es recibido por un aire similar o conocido al suyo en casa. Una neblina insinuante se eleva por la ciudad. Las calles, se asemejan mucho a las suyas en el barrio de Brickburgn. La mayoría de los tripulantes de su barco eran inmigrantes italianos. Algo entiende del idioma. Un hombre de estatura mediana y bigote prominente lo atrae a mostrar sus papeles. Algo así como un control de pasaportes. El solo tiene su visa y sin ser muy conocedor de sus costumbres, le extiende un fajo de billetes en libras esterlinas. El varón casi se ruboriza al ver la suma. Lo deja pasar, incluso invitándole a ser trasladado a un hotel de manera afable. Algo seguro, para extranjeros. Pero Félix no se queda mucho tiempo en aquella residencia. Está lloviendo sobre Buenos Aires. No es nieve. El viento noctívago, no huele a el ni nada parecido. Interroga al cantinero del hostal. Recuerda las palabras de su tío Gabriel. Ahora, con más detalle.

—"Sobre todo en el sur de este. Ve al sur. Ahí, hay nieve"

—"Houula" ¿Dónde pueda encontra nieva en este fechas? —murmura Félix, con un añoso español horrible.

—¿Disculpe? —carcajea el dueño del bar. Arquea una ceja— ¿Es usted británico? Hablemos en inglés, no pasa nada —comenta, en un perfecto idioma.

—¡Habla inglés! Gracias…señor —halaga Fathom, ruborizado— Disculpe mi mal acento.

—Descuide. Acá atendemos muchos extranjeros. Sobre todo, gente de su país —berrea jovial el hombre— Ah. Si. Sin duda que, en el sur, señor. En la Patagonia.

Patagonia —repite Félix, confundido— ¿Dónde queda eso? ¿Cómo puedo llegar allá? Necesito ir…

—Le diré como ir —comenta el cantinero, frotándose los dedos con una mueca de avaricia— Si me deja una propina apropiada, ya sabe.

—¡Ah! Claro, claro…tome —Graham de Vanily le extiende un par de billetes por la barra— Dígame como llegar. Es imperioso.

Imperioso —se mofa el hombre, aceptando los billetes— Que palabra tan curiosa y sofisticada ¡Jajaja! Usted no es ningún ingles de poca monta ¿O sí? —el rubio hace una pausa, negando con los ojos. Su compañero a captado la idea y guarda discreción— Ya veo. Mis disculpas, Lord. No estamos acostumbrados a recibir gente como usted —explica— Por la mañana sale un Bondi hacia Bariloche. Si gusta yo-…

—¿Qué es un bondi? —pregunta el ojiverde, confundido— Disculpe…pero no tengo tiempo. Debo partir ahora.

—Un bondi es un…ah…—se rasca la nuca, amistoso— Un bus, Sir. Vale. Lleva prisa. Acompáñeme…le ayudaré —deja unas copas en la mesa y lo invita a acompañarlo a la parte posterior.

No está seguro del todo si esto que está haciendo es legal o no. Pero ante la desesperación de encontrar a su primo hermano, Félix acepta el peligroso transporte que le han ofrecido en plena madrugada. De igual forma, confía ciegamente en sus aptitudes. Después de todo, es un vampiro. ¿Sabrán esos tipos de su naturaleza? En cuanto sube al transporte que lo llevará al sur del país, se topa con a lo menos 5 vampiros mas abordo. ¿En serio? ¿Acá…también hay vampiros? La ignorancia misma le ha tocado el hombro con desazón. ¿En que momento creyó tontamente que solo había gente de su especie en Inglaterra? Que…tonto. Incluso hay dos licántropos. Su aroma los delata. Y el resto, solo humanos mal olientes de la clase campesina. Definitivamente tiene que viajar más, joder. Hasta vergüenza le da y se cubre con el cuello de su chaquetón negro; largo. El mismo chofer, es de hecho…un hombre lobo. Lo nota, por la mirada afilada que le da.

Es un viaje largo de a lo menos 8 horas. Pero finalmente, llega a destino. No sabe donde está parado realmente. El carro de cuatro ruedas lo ha dejado varado en medio de la nada, a la par de una carretera inhóspita. Ahora, depende de el saber a donde irá. Con tan solo una mochila y una maleta de mano, cruzada como morral, Félix camina hacia la inmensidad del frio otoñal. Es tal como pensó. Ha comenzado a nevar. Y es esta misma nieve, lo que le da un pequeño atisbo de en donde podría encontrarse Adrien. De un momento a otro, se detiene en medio de todo. ¿Qué es eso? Nunca vio la inmensidad del manto nocturno con tanta claridad. Hay un montón de estrellas en el aire que le recuerdan a casa. Reconoce la estrella polar, pero diluida con dos pintas rojas mas a los costados. No. No es la estrella polar. Es una cruz, tan perfecta como la misma. ¿Qué será? Se pregunta.

Camina un poco más. Y tras andar a lo menos 2 horas más, el aroma de un pulcro licántropo llega a sus fosas nasales. ¿Podrá ser él? En medio de fragancias de hierba seca, animales de la zona y unas estrellas caídas del cielo, finalmente divisa una cabaña a lo lejos. Tira humo por la chimenea. ¿Es…?

Los primeros rayos del sol, se escabullen a lo lejos por el horizonte de la pampa misma. No se va a derretir ni morir por ellos, pero laceran su piel con atisbos de dolor. La luz molesta sus ojos, nublándolos del camino. No le importa ya. El olor de Adrien se hace cada vez más y más intenso. Amanece en la Patagonia. La nieve se detiene solo por escasos segundos. Todo se ha cubierto de un manto blanquecino, almidonado como las nubes. Nota una caballeriza y se esconde en ella. Su reloj de bolsillo marca las 9:10AM.

El sonido inquieto de una puerta abriéndose, cautiva su atención. Hay dos caballos solamente, que lo miran con preocupación. Fathom está acostumbrado a tratar con ellos. Su presencia no les resulta una amenaza. Se aventura para asomar la mirada por los barracones. Y lo que presencia a continuación, no es ni parecido a lo que en algún momento conoció de él. Es un hombre de cabellera rubia, más robusto muscularmente hablando, mayor en edad, con una prominente barba y vestido de pueblerino. Bueno, no. Solo está dotado de ropa de leñador, para dejarlo en claro. Pero vamos…no es algo que Adrien usaría en Inglaterra. En el hombro carga un hacha y respira abiertamente el aire de la mañana. Camina hacia unos troncos a duras penas cortados, que ahora cubre la nieve. Los remueve con la mano y comienza a dar golpes certeros a los leños. De vez en cuando se detiene, vertiendo agua sobre un cuenco caliente que tiene una bombilla de metal. Bebe de él. No es té. Posiblemente sea alguna hierba de la zona. Dando bastonazos y concentrado en su contienda, Félix se anima a salir de su cobarde escondite. No importa cómo se vea. Lo ha reconocido a leguas. Se ve demacrado, pero es el. Su olfato no le engaña. Es…Adrien Agreste.

—Adrien —murmura Félix de la nada, gesticulando una mueca abochornada y nerviosa al mismo tiempo— Te he…encontrado…

—…

Si. Si es el. Ha dejado caer su hacha en un acto inquietante de incertidumbre y asombro. Está de piedra. No sabe como reaccionar. Boquiabierto, lo mira de pies a cabezas. Se profesa anonadado y confundido. ¿Cómo es posible que lo haya encontrado y lo que es peor, sabido donde se encontraba? El hijo del matrimonio Agreste aprieta los labios, con la mirada compungida y el cuerpo abatido. ¿Qué significa esto?

—¿Félix? —pregunta el francés, con voz amarga— ¿Eres…tu? —da un paso hacia atrás, asustado.

—Soy yo —advierte el británico— Tranquilo…no te asustes. No es tu imaginación. Si soy yo…

Ninguno de los dos sabe realmente como reaccionar a su encuentro fortuito. Pero a diferencia del Duque quien se mantiene de piedra, acaecido por su naturaleza poco demostrativa, el licántropo se toma su tiempo para digerir la noticia. Observa el sol a lo lejos. Está quemando su piel. Aun así, está parado delante de él. Eso…es peligroso para su propia existencia. O al menos parte de su salud. Deja todo de lado y le invita a entrar a su casa. Pues nota como sale vapor por su cuerpo, siendo atacado indiscriminadamente por los rayos UV del astro rey. ¿Realmente no le importa? Que valiente…y que osado.

—Vamos a dentro —declara Adrien, inexpresivo.

[…]

Adrien ha encendido una radio que toca una melodía harmoniosa y jovial de fondo. Recibe a su primo en su humilde morada, solitaria y repleta de madera y hierbas que poco conoce el británico. Cuelgan unos setos del lado de la entrada. Los reconoce por la forma. Son…ajos. Algo que en su país usan para sazonar comidas. El Agreste tira leño tras leño en la chimenea, para encender el ambiente. ¿Intenta dar calor? No. Sabe que el vampiro es frio como la misma gélida nieve que ha caído la noche anterior. Solo quiere dar un ambiente acogedor para él, parecido a lo que había en Inglaterra. Pues él está a 50+ grados encima de su familiar. El galo le ofrece un mate. Es hierba caliente sobre agua cocida, dentro de un vaso de material de madera y revestimiento solido de metal. Félix no sabe que le ha ofrecido. Hace amago de duda al verlo humeante.

—Ilex Paraguariensis.

—¿Eh? —parpadea Fathom.

—Es mate. Té, para ti —explica Adrien, sentándose frente a él. Se sirve un poco y succiona desde el popote— Bébelo. Te ayudará. Suele calentar el cuerpo de los humanos y darles fuerza sobrehumana. Pero para nosotros, es lo mismo que el café. Te servirá para recuperar fuerzas. Imagino que caminaste mucho hasta aquí en el frio y la nieve.

—Si…—Graham de Vanily succiona el brebaje, llevándose con asombro al paladar una sensación exquisita. No le ha desagradado para nada— Es amargo…y dulce. Me gusta. Gracias, Adri-…

¿A qué has venido?

—¿Disculpa?

—Mi pregunta fue muy obvia ¿No? —espeta el Agreste— No te voy a preguntar cómo me encontraste porque creo que leíste mis cartas. No cuestiono tu inteligencia. Siempre fuiste…—desvía la mirada— El mas perspicaz de los dos.

—No voy a fingir más, Adrien —confiesa el aristócrata, deslizando hacia un lado la bebida que le ofreció— Pero creo que esa pregunta te la deberías hacer tu. Digo, si no querías que te encontrara. ¿Para qué mierda me escribiste todas esas cartas?

—Yo…

Ya basta —revela Félix, levantándose violentamente de su silla— Se acabó. Y no puedes huir más de mí. No creas que he venido solo para hacer las paces contigo. No seas tan soberbio. Tu no eres así. Adrien, yo no-…

—Te casaste ¿No es así? —interrumpe el hombre lobo, desviando la mirada— ¿Lo hiciste?

—Si. ¿Pero y que con eso? —Fathom entra en colera— ¡Tu ya sabias de eso! Y estabas de acuerdo. Me dijiste, que no me abandonarías. Y aun así…

—¿Y? —añade el francés, melancólico— ¿Cumpliste con tus obligaciones?

Si —sentencia el aristócrata— Si. Me casé. Pero ¿Qué? ¿Cuál es la diferencia? ¡Tu ya sabias! ¡¿Qué estás-…?!

—¿Funciono? —Adrien pregunta, gesticulando una mueca abatida y realmente sincera. Si quiere saber y conocer, el nombre— ¿Lo hiciste?

—Si…—Fathom regresa a su asiento, derrotado— Si que lo hice. Aunque…contra mi voluntad, tu sabes.

—¿Cómo se llama? —sonríe.

—Elizabeth —confiesa Félix, acongojado— Es una niña…muy sana y fuerte. Es la próxima heredera de los Graham de Vanily.

—¿Se parece a ti, primo?

—Si…mucho —admite, sin mas preámbulos— Es preciosa. Adrien…si la vieras…

—Siempre supe que harías hijos hermosos, Félix. Es que tú eres…divino —Adrien se levanta de su asiento y camina hacia él, tocando su hombro derecho— Eso era lo correcto. Ahora la familia, está completa. Espero engendres muchos más. Eres un hombre excelso…

—Vale. La familia está completa. ¿Qué pasa con nosotros entonces? —pregunta Fathom— ¿Dónde estamos?

—En nada —el licántropo lo abandona, rehuyendo de su mirada inquisitiva— Estoy bien aquí, Félix. Viajé mucho desde que me fui de casa. Y encontré un lugar en donde me sentiría cómodo conmigo mismo.

—¿En nada, dices? —farfulle Félix, mosqueado con su respuesta— Genial ¿No? Te importar estar bien tu y el resto que se joda. ¿Así es como piensas?

—¿Qué estás diciendo? —Adrien se levanta, refutando su injuria— No quieras hacerme creer que yo hui de ti o algo así.

—¡Eso hiciste, genio! —le endosa el británico, con dolor— Eso…hiciste —ya ni si quiera puede seguir viéndole a los ojos.

Félix se inmiscuye así mismo en su pesarosa culpabilidad y participación en los hechos. Mas que mal, el fue quien le terminó. Pero, aun así, piensa que eso no era motivo para largarse de Inglaterra. Y en el fondo, muy en el fondo…está sumamente dolido por su abandono prematuro. Incluso si se habían prometido amor eterno como unos adolescentes malcriados, profesaron mantenerse unidos en un pacto sagrado de mutua confianza. Confianza, que el francés violó al acostarse con otra persona. Adrien capta la escena, casi con la misma melancolía que su compañero. Dejando de lado las razones de su furtivo escape, su primo tenía razón. La falta de comunicación, les había jugado en contra a ambos. Sobre todo, por el cómo acabaron su relación; de una forma tan abrupta y violenta. Haciendo amago de pecado, se aproxima hasta él; tentado a tocarle.

—Félix, yo-…

—Puede que tu digas ahora que no estamos en "nada" —interrumpe el duque, soltando un par de lagrimones escuetos por los parpados— Pero se que en el fondo no es así. De lo contrario, no hubieras escrito todas esas cartas.

—Félix, yo no buscaba que me siguieras hasta acá.

—¿No? —levanta la mirada, acongojado por sus agudas palabras— ¿Entonces que buscabas? ¿Eh? ¿Cuál era tu plan, señorito "hombre lobo"? —aprieta los puños, enrojecido de la frustración— Ir hasta Inglaterra, enamorar a un estudio e ingenuo vampiro antisocial de la corte, convenciéndole de que estaban hechos el uno para el otro, despojarlo de su castidad, llenarle la cabeza de aire para finalmente salir huyendo. ¿Ese era? —se levanta colérico, increpándole finalmente— ¡¿Ese es el verdadero Adrien Agreste del que me enamoré?! ¡Eres un fraude! ¡Solo eres un patetito cachorrito llorando bajo la lluvia, en cuanto las cosas se ponen cuesta arriba! ¡Cobarde! ¡Eso es lo que eres! —da cuatro pasos hacia él, empujándole con los puños— ¡Eres…un…verdadero cana-…!

—¡Ya basta, Félix!

El joven licántropo se arroja hacia el aristócrata, robándole un beso asfixiante de los labios. Fathom solo atina a reaccionar, dándole una cachetada. Pero incluso si utilizaba todas las fuerzas que tenía, nunca podría haber logrado librarse de la sensación embriagadora de una vez más, probar su boca. Como siempre, sabe desarmarle. Félix pretende apartarlo, agraviado. Pero su camarada se resiste y en un abrir y cerrar de ojos, lo toma de la cintura empotrándolo sobre la mesa de madera. Las sensaciones lo invaden por completo, atosigándolo de angustia; entremezclada con placer y el desbordante amor que concibe por él.

Adrien hace una pausa, solo para deleitarse con la amarga mirada enajenada de su primo. Está buscando respuestas. Y se las dará. De la única forma que conoce; despejando sus pensamientos para que pueda leerlos con tal claridad, que no haga falta una carta o palabra alguna. Reanudan el ósculo, aun mas ferviente que el anterior. Y mientras se quitan la ropa en el pleito mismo, Graham de Vanily consigue entrar en su mente y corazón.

Te amo, Félix. Te amo, tanto, que no tienes idea. Las cosas, no pasaron así.

Adrien recorre su cuello, lamiendo la zona hasta acabar en el lóbulo derecho de su oreja. El británico se deja tomar con posesión arcana, gesticulando jadeos endebles que escapan escuetos por la comisura de sus labios.

Tenia tanto miedo de que tuvieras que presenciar mi muerte primero. Yo no soy inmortal como tú.

Félix se retuerce entre sus vigorosos brazos y escucha atentamente, lo que tiene para decir. Una tras otra, como una confesión delictual por el criminal que ha robado indiscriminadamente su corazón.

Tu debías darle un heredero a la familia. Yo solo era un estorbo.

—A-Adrien…—gimotea con lascivia el vampiro.

Tienes razón. Fui un cobarde. Pero ahora te demostraré…que ya no lo seré más. Ven conmigo…sabrás toda la verdad, mientras te hago el amor.

Lo toma en brazos y ambos, se pierden en el interior del cuarto; con la ultima llamarada que salpica desde la chimenea. El acto, se consume con la nieve en primavera.

11:12PM.

En el interior de una cándida habitación humilde, Félix yace recostado sobre el torso desnudo y varonil de su amante. Velados tan solo por las ligeras sabanas que los cubren a ambos, suelta un suspiro satisfecho, diluido con cierto dejo de compasión. Adrien lo mantiene apretujado contra su anatomía con uno de sus brazos, agasajando su húmeda nuca con besos y caricias dóciles. Tal vez…eso era todo lo que les hacia falta a ambos, para saldar cuentas. Pues ya le ha explicado con lujo y detalle, todo lo que sentía.

—Perdóname —musita el Agreste, triste en cada susurro que da— No debí hacerte esto. Tu…tienes razón. Fui un completo canalla. Y no es así como se supone que debía actuar. No contigo…quien eras, lo más importante para mí —exhala, en lo que su pecho sube y baja en una respiración templada— Lo de Marinette fue una completa estupidez. Ni si quiera se, por qué lo hice. Apelaría a mi naturaleza salvaje y vulgar, pero…eso no justifica realmente mis sentimientos —añade— En realidad, el día que me terminaste yo…enloquecí ¿Sabes? Me volví loco como no tienes idea. Incluso llegué a transformarme delante de mi madre. Le di un susto que no tienes idea, jajaja —ríe. Aunque no lo comente con orgullo. Desvía la mirada— Actué mal. El miedo me invadió. El miedo…a perderte. No, mas bien. Para esas alturas ya te había perdido. Creo que en el fondo solo era yo, no asumiendo que la cagué, que te lastimé y que mis actos te llevaron a tomar esa drástica decisión. Agradezco que no hayas estado ahí para presenciarlo. Fue…horrible. Quería matarlos a todos.

—Para mi también fue muy doloroso, Adrien —comenta Félix, levantando su menuda anatomía para mirarle a los ojos— Lloré muchísimo. Mi madre, apenas pudo contenerme. A diferencia de ti, no reaccioné impetuoso. Pero…fue casi como lo mismo. Nuestra separación, si fue violenta. ¿Sabes?

—Lo sé, mi amor. Lo sé…y no sabes cuanto lo lamento —Adrien toma su rostro y besa sus labios con dulzura— Pero…ya estás aquí, conmigo. Ahora. Y qué bueno que, de alguna manera, sabemos resolver nuestros problemas. ¿No te parece?

—Adrien…—Fathom se cubre con las sabanas de manera delicada, sentándose sobre sus rodillas sobre la cama— No me estoy quejando ¿Ok? Lo de hace un momento…si estuvo muy bien. Fue increíble. Por lo regular, solías tratarme como un tosco hombre lobo y hoy…curiosamente me tomaste con tanta delicadeza y amor que…sería tonto de mi parte lamentarme —musita, ruborizado— Pero…ya no puedes seguir solucionando todo con sexo. Vampiro y todo, tengo sentimientos. Y pienso que-…

—No quiero hacer las paces contigo, de esta forma —el Agreste se reincorpora a su lado, sujetando su mentón para sostener su mirada. Habla desde el alma— Eso se acabó. Deseo hacer las cosas bien. Mírate…has viajado desde tan lejos para encontrarme. No puedo ni imaginar por todo lo que has pasado para lograrlo, pero aquí estás. Y no quiero…volver a perderte.

—¿Entonces…? —Fathom esboza una jovial mirada de ternura— ¿Quieres…volver conmigo?

—Si. Joder, que si —asiente, esperanzado— Nada me haría mas feliz, que permanecer a tu lado. Claro…si aún me lo permites.

—No sabes la cantidad de noches que pasé en vela por este momento —sisea el británico, con los ojitos humedecidos a portas de sollozar— Es que yo…—aprieta los labios, femeninamente— Es que yo te amo tanto…Adrien. Yo no-…

—Déjame arreglarlo…—pide, en una actitud suplicante. Le abraza con potestad, denostando el mayor afecto de ternura que pueda demostrar con su calor corporal— Esta vez…lo haremos bien. ¿Sí?

—S-si…sí, claro que sí. Por supuesto que si —balbucea Graham de Vanily, desvaneciéndose entre sus pectorales en un audible llanto febril— Si quiero. Vuelve conmigo a Inglaterra. Prometo hacer las cosas bien…

—Bien…—sonríe ladino el francés, despejando su frente de sus hebras doradas— Ya no llores más, amor. Todo estará bien…

[…]

Relata Félix:

Realmente no hice mucho. Por lo que no me quiero llevar las ínfulas de haber raptado o convencido a Adrien de volver conmigo. Sonaría vanidoso confesar que este viaje, lo hice egoístamente solo por mis sentimientos. Pues en el fondo, también estaba consciente que mis tíos extrañaban muchísimo a mi primo hermano. Sobre todo, Emilie, quien fue la primera en recibirnos esa noche en el puerto de Liverpool. De hecho, me atrevería a decir que este viaje lo hice impulsado por ella. De no querer haberme ayudado, sacando una tajada honorifica en el tema, no me hubiera entregado esas cartas. Ella sabía que, en el fondo, era el gatillante para que yo mismo tomara la decisión de cruzar el continente en su búsqueda. Hubieran visto lo feliz que estaba de abrazarlo otra vez, como en los viejos tiempos. Y sé que solapadamente, el frívolo Gabriel Agreste también me daba las gracias por intervenir en su decisión. Ambos, me miraron retribuidos por aquel logro.

Nuestras prioridades tomaron un giro de 360 en la vida que llevaríamos. Adrien regresó a la mansión Graham de Vanily y para mi suerte, Amelie ya había platicado con Kagami sobre lo que nos deparaba el futuro. Mi esposa en papel, no se mostró reacia al problema. Problema, que ya no lo era. Pues asumió mi condición con hidalguía y mucha madurez. Después de todo, ella ya estaba en conocimiento previo de como seria nuestra unión y nunca se mostró renuente al tema. Se que en el pasado intervino de manera desfavorable en nuestra separación, pero ahora mismo, no me sentía limitante a juzgarla. Ella es la madre de mi hija. La futura heredera. Y aunque mi relación con Adrien fue vista como una bendición para la prole, también lo fue su actitud pasmada y dócil al momento de asumirla. Tsurugi es una vampira de sangre pura. Ella conoce su lugar en la corte y en mi vida. Al igual que mi esposa, también conozco mi posición. Hemos sido unidos por la bendición de su majestad, para procrear una camada de descendientes sanos y lozanos para el imperio.

No es tonta. Es sumamente inteligente. Sabía a la perfección que, si Adrien volvía a mi lado, todo iría de maravillas. Y para cumplir obligaciones, jamás fue indulgente. De alguna manera, prefería que yo me estimulara con el hombre que amaba, mas que con un proleta de apellido Couffaine. No puedo dimensionar, que tan indecoroso debe de haber sido para ella meterlo en nuestra intimidad. Pero ahora, ya nada de eso importa. Luka volvió a ser el capataz de mi empresa. Marinette, se mantuvo al margen. Y tanto nuestra empresa como la familia, proliferó como la peste en el siglo pasado. Dios…que si lo hizo.

Para el verano de 1925, con Kagami ya habíamos engendrado cinco hijos. Tres mujercitas hermosas y dos varoncitos. Lo suficiente para que nunca nadie más, me molestara en llevar a cabo mi romance indiscreto. Yo fui enlistado para la primera guerra mundial el 28 julio de 1914. Pero nunca fui al campo de batalla. Por el contrario, se me encomendó hacer tareas laboriosas de oficina.

En el verano de 1926, victoriosos y más ricos que nunca, Adrien y yo logramos apartarnos de la mansión. Con la consagración de mi madre y mi tía, nos dejaron ir. Dotados por la voluntad del Rey, nos hicimos dueños en nuestro nido de amor una de las campiñas en territorio heredado por la corona. Yo cursaba mis 28 años humanos, aunque 40 en vampiros. Y mi compañero, rondaba casi mi edad noctivaga. Mis hijos, todos vampiros, aceptaron con humildad la relación que llevaba con Adrien. Ninguno de ellos, fue educado o creció con una idea errona de lo que era el amor. Después de todo, yo era el fehaciente error más claro de lo que significa una analogía de pareja.

Adrien se retiró al campo, como su naturaleza de licántropo lo acaecía. Construyó un sendero de dos hectáreas de cultivos mientras yo, me dediqué a la elaboración de trucos de magia, pintura, poesía y pintura. Pues amaba leer y el arte. Criamos caballos y corderos. Mi pareja se llevaba muy bien con mis hijos. Por supuesto que su favorita era Elizabeth, era la más parecida a él. Valiente, audaz e intrépida. Le seguía mi segunda al mando, Margot. Su relación creció con el tiempo y ninguna de ellas, mostró un ápice de descontento a nuestra unión "incestuosa". Por el contrario, a Adrien lo trataban casi como un padre. Alguien parte de la familia. Adoraba pasar las tardes con ellas. Porque eran las mayores.

Un día de primavera, en medio de una barbacoa, indiscretamente Elizabeth se nos acerco curiosa. Ese día, comprendí todo. Y el por qué, de mi existencia.

—Señor Agreste —murmura Elizabeth, al lado del mayor. Carga consigo un libro de fantasía. Pues ha leído demasiado sobre criaturas "mágicas" — Los humanos ¿Son peligrosos para nosotros?

—¿Qué dices? —Adrien, esboza una sonrisa jovial ante su pregunta. Se encuclilla hacia ella, sobando su mejilla con dulzura— Los humanos, son nuestros amigos. Nunca los mires de esa forma tan fea. ¿Quién te ha dicho semejante cosa?

—Nadie…es que —sisea la fémina, compungida— He leído a Shakespeare. Y…Romeo y Julieta, que eran humanos. Bueno…acabaron trágicamente. Entonces, tenia curiosidad de saber. ¿Qué es el amor realmente?

—¿El amor? —Adrien espeta, mirando a Félix un poco mas allá. Acto seguido sonríe— El amor es…—hace una pausa, riendo en el proceso— Es lo que te hizo a ti y a mí, respirar. Si. Eso, es el amor para mí.

Adrien…—Félix lo observa a lo lejos, satisfecho con su respuesta.

—¿Y como funciona el desamor entonces? —inquiere la menor.

—Bueno…—Adrien se arrima su compañero, acariciando su nuca en el intertanto— Es como… ¿Cómo lo definirías tú, primo?

—Jm…—ríe Fathom, gesticulando una mueca satisfactoria— El desamor es…—y declara.

Es nieve…en primavera…