Descargo de responsabilidad: No soy dueño de Harry Potter


El cielo se aclaraba con el paso de los minutos, las sombras se proyectaban y formaban figuras incoherentes cuando el sol del amanecer tocaba los escombros esparcidos. Había humo por todos lados, pedazos quemados de cosas que nadie sabía que se podían quemar, incendios apagados que todavía se negaban a dejar de existir y las huellas de hechizos demasiados furiosos lanzados no hace mucho tiempo.

Había un olor peculiar en el aire, como a sangre quemada o carne chamuscada, a pelo achicharrado ya humo. Era asfixiante, como en cada bocanada se quedara atragantado en la garganta el olor pútrido de la guerra. El amanecer debería haber dado un respiro, alejar los malos olores o despejar el aire, pero lo único que hizo fue descubrir las múltiples fuentes de todo lo que confundía los sentidos.

Tal vez el sonido era lo más peculiar, o más bien la falta de él. Había un pitido persistente en el ambiente, un ruido antinatural derivado de todos los ruidos que se hicieron presentes durante horas pero que ahora ya no están. Gritos, llantos, explosiones, crujidos, pisadas, golpes e impactos, todo ahora detenido cuando la batalla por fin ha terminado.

Pero todas estas sensaciones no importaban, al menos no para quienes no supieron nunca que amaneció. Alineados en el gran comedor, esparcidos por los terrenos, abandonados en chozas, tirados en el patio, cáscaras de ojos ciegos y olfato ausente, oídos sordos y carentes de conciencia. Guerreros, de un bando o del otro, incluso de ambos a la vez, caídos antes de que saliera el sol e incluso los que vieron su caída justo al final, cuando terminó la guerra.