HORA SEIS - 12:00 A.M.
—¿Tienes crema batida en tu bolso?
La cara de Javiera era de un encantador tono rosado. Mirando hacia el suelo dijo:
—Era...
Flavia tenía la sensación de que estaba siendo lenta, pero sinceramente no comprendía la vergüenza de Javiera.
—¿Para el postre? — preguntó.
—Para mis pechos.
Javiera buscó en su mochila y sacó una pequeña caja de velas de cumpleaños.
—Feliz cumpleaños.
Flavia le devolvió el bote de crema batida de vuelta a Javiera
—Me ibas a dejar que...
—Lamerlos. Sí.
Javiera volvió a meter el bote de la crema batida y la cajita de las velas en el bolso, sin mirar a Flavia a los ojos.
—Crees que soy una completa guarra, ¿verdad?
Extrañamente, eso había sido el último pensamiento en la mente de Flavia. No, creo que eres un maldito sueño húmedo. Ella estaba aliviada de que su sorpresa de cumpleaños había terminado antes de que ella se enfrentara a los pezones cubiertos de crema.
La mayoría de la gente probablemente tomaría esa oportunidad y disfrutaría de ella, pero a Flavia la habría hecho estallar. Ella lo hizo estallar.
—¿Eso no te hace sentir incómoda? — preguntó, cambiando el foco lejos de sus propias respuestas. —Dejando a un desconocido que... ponga su boca en ti.
—No, es como una parte normal de mi acto, no es nada.
Javiera se acomodó, y se alejó algunos centímetros, pero Flavia sintió la pérdida.
—No sé, pensé que podría gustarte la crema batida, solo eso...
Javiera estaba claramente incómoda, y Flavia deseaba que hubiera sido más discreta. Para tratar de hacer que se sienta mejor, dijo:
—Me encanta la crema batida. Y sospecho que es aún mejor cuando viene en unos pechos perfectos.
Después de haber puesto su supuesta heterosexualidad en duda, esperaba una respuesta burlona, pero Javiera solo esbozo una tímida sonrisa.
—Gracias, Flavia.
Metió las manos en las profundidades de su bolso y sacó un objeto que hizo gemir a Flavia. Sacudió con la mano una barra de chocolate Sahne-nuss delante de su cara y le preguntó:
—¿Estas hambrientas?
Cuando Flavia se acercó para agarrar la barra de chocolate, Javiera la alejo.
—Nunca se dijo que el postre sería con condiciones.
Flavia suspiró.
—Estoy segura de que lo ganaras. Soy fácil de complacer.
—¿En serio?
Maldita sea, el coqueteo es muy divertido.
—¿Fácil de complacer? Supongo que lo tendré en cuenta.
—Si debes hacer eso.
—¿Algo más? ¿Qué otras maravillas tienes ahí?
Rompiendo en una amplia sonrisa, Javiera saco dos libros, y se los dio a Flavia, estaban un poco maltratados y amados obviamente también. Flavia clavo inmediatamente la vista en la imagen de la portada donde dos hermosas mujeres se perdían en un beso sensual. El título del libro era "Historias de una larga noche: A Collection of Lesbian Erotica". Al instante estaba encendida, era incapaz de formar una oración. Tomó el otro libro, "Procedimientos de emergencia para el veterinario de pequeños animales", leía en voz alta.
—¿Una lectura ligera?
—Es una de las clases que tomé. En realidad, es un texto muy bueno.
Javiera tras los libros saco un estetoscopio, que ella acariciaba con timidez, fingida y seductora.
—¿Qué tal esto para el entusiasmo?
—Creo que estamos equipadas, si queremos jugar al doctor más adelante. — dijo Flavia, sosteniendo su mirada.
Javiera lanzó un suspiro entrecortado.
—No te burles de las lesbianas... no deberías subestimar un buen jueguito de médicos...
El deseo en la voz de Javiera era evidente.
—¿De verdad? — Flavia sonrió, cada vez más caliente por dentro. —No te emociones demasiado. — dijo ella dando a Javiera un vistazo de refilón. —Tenemos que terminar este primer juego, por lo menos.
Javiera puso el estetoscopio en la creciente pila de cosas y sacó una bolsa de nylon.
—Tener una manta en el bolso, es esencial para el estudiante que prefiere el almuerzo en el río entre las clases.
—¿Cómo puedes tener una manta en el bolso?
— Una cálida manta gris, tal vez si eres realmente buena, voy a compartirla más tarde. Por supuesto, si decide que necesita tomar una siesta o algo así.
—Probablemente vamos a estar atrapadas aquí por lo menos otras siete horas, así que estoy pensando que podría matar el tiempo con tu cartera cinco o diez minutos más.
—Supongo que tienes un bolso para poder contar en este pequeño espectáculo.
Flavia movió la cabeza.
—Me temo que está en mi oficina.
Flavia se adentró en sus bolsillos y sacó el contenido, haciendo un recuento dijo:
—Tengo la mitad de un paquete de caramelos, el recibo de la magdalena que compré de camino al trabajo esta mañana, y algo de pelusa de bolsillo.
—Entonces ahora estoy por mi cuenta aquí, tratando de compartir mi vida con una extraña.
Javiera no parecía molesta. Flavia le tiro algo de pelusa.
—¿Ahora te volviste tímida? ¿Después de subirte encima mío y ofrecerme una estupenda visión de tus perfectas...?
—Muy bien, muy bien.
Javiera golpeó el brazo de Flavia en broma.
—Supongo que no tengo secretos.
Flavia se estremeció, sintiendo la piel de gallina.
—Me estás matando. Ellos van a encontrar a una stripper y una directora de proyecto muertas aquí mañana por la mañana, seguro.
Javiera estalló en carcajadas. Ante la mirada burlona de Flavia, Javiera se inclinó en ella y jadeó:
—Sólo estoy tratando de entenderte
Flavia no dijo nada más, y ambas guardaron silencio, un silencio que parecía latir con la energía sexual. Javiera observo a Flavia tímidamente, luego miro hacia otro lado, todo el tiempo con una sonrisa en la cara, eso sugería que tenía algún pícaro secreto. Flavia podía sentir como su mirada se posaba en la cara de Javiera sin su consentimiento, y cada vez que se encontraban con sus ojos, su corazón se aceleraba. ¿Cómo poder dejar de mirarla, sin terminar haciendo el ridículo? La mejor manera, pensó, era seguir hablando y curioseando la cartera de Javiera. Flavia sostuvo la mano.
—Es la foto de tu licencia de conducir tan horrible como la mía?
Javiera le entregó la licencia.
—Dímelo tú.
Flavia observó la pequeña fotografía de Javiera que había en la licencia, que no era tan hermosa como la real sentada a su lado en el suelo, pero hermosa al fin. Comenzó a leer los datos que allí estaban: Javiera Cáceres. 4 de mayo1998 .
—Dios, eres un bebé.
Javiera soltó un bufido.
—¿Desde cuándo tener veinticinco es ser un bebé?
—Naciste en los años noventa y te gradúas de la Escuela de Veterinaria en seis meses?
Flavia se sintió impresionada y completamente idiota al mismo tiempo. Javiera se encogió de hombros.
—Me salte un grado en la escuela primaria. ¿Y tú cuántos años tienes?
—Veintiseis. — dijo Regina.
—¿Estás sorprendida por mí, por haber nacido en los años Noventa, pero tú sólo tienes dos años más que yo?
—Son dos años muy importantes.
El corazón de Flavia comenzó a latir alocadamente. Era tan fácil hablar con Javiera. Para bromear, incluso. Ella no podía recordar la última vez que había disfrutado tanto de la compañía de alguien. Ese pensamiento la sorprendió. De repente, Flavia no podía pensar en una sola palabra que decir, se mantuvo callada y esperó a que Javiera rompiera el silencio. Javiera pareció darse cuenta de su cambio de humor, porque su sonrisa se desvaneció y por uno momento se quedó mirando a Flavia.
—Entonces, ¿qué te parece? —Le preguntó Javiera. —¿Mi foto es tan horrible como la tuya?
Flavia pidió a su corazón que se desacelere, y observo la imagen.
—No, eres hermosa.
Al devolverle la licencia, sus dedos rozaron a Javiera y ambas exhalaron en el contacto accidental.
—Gracias. — Dijo Flavia.
Flavia nunca había experimentado un trato así con otro ser humano. Fue un momento real, pensó, nadie podía negar eso. Se preguntó ¿Cómo tenía que seguir después de un momento así? Al parecer, Javiera si sabía.
—Tengo una foto de mi gata. — murmuró ella, moviéndose más allá del silencio cargado de tensión. —¿Quieres verla?
—Se trata de Princesa ¿verdad?
Flavia le preguntó mientras Javiera le mostraba una foto de una gata hermosa con ojos ambarinos.
—Sí, es Princesa, le encanta meterse en la bañera, y el estornudo en su baño de espuma es divino.
Baño de burbujas. Grandioso. Justo donde yo quería que mi mente divague.
—Ella es mi bebé.
Javiera cambió la fotografía por otra.
—Esta es mi madre.
Flavia tomó la imagen de una mujer delgada, con una sonrisa alentadora.
—Ella era mi mejor amiga. — dijo Javiera. — Falleció el año pasado.
Flavia sintió un nudo en la garganta.
—Oh, Javiera, lo siento mucho.
Flavia se encogió de hombros.
—Yo también, ella tenía cáncer. Fue bastante malo en el final, por lo que, en cierto modo, era el momento.
Flavia le devolvió la foto a Javiera, con reverencia en silencio.
—Todavía tengo a mis padres. — dijo Flavia. —Creo que todavía me siento demasiado joven para perderlos. A pesar de que no soy muy apegada con ellos.
Flavia observo a Javiera, resistiendo el impulso de acariciarla.
—¿Estás en contacto con tu padre?
Los ojos de Javiera se oscurecieron.
—No.
Javiera guardó el retrato de su madre de inmediato.
—Él nos dejó cuando mamá se enfermó. Tuve que cuidar de ella y consiguió una nueva esposa, joven, que probablemente se casó con él por el dinero que tenía.
Cabrón. Flavia experimento una oleada de enojo.
—Eso fue muy feo de su parte.
—Por supuesto. — coincidió Javiera.
Javiera abrió su billetera y le mostró el contenido a Flavia.
—Sesenta y ocho dólares.
Regina miraba con fascinación los labios de Javiera, se estremeció por un momento.
—¿Tienes un dólar? — Le dijo Javiera con una sonrisa pícara
Flavia se sonrojó tan pronto como comprendió la broma de Javiera, quince segundos después de que su compañera le dijera "sesenta y nueve". Genial, justo lo que necesitaba pensar.
—Por desgracia, mi billetera está en mi oficina, ¿recuerdas? —dijo Flavia tímidamente.
—Oh, sí.
Javiera se aclaró la garganta y comenzó a contar las tarjetas que tenía en su billetera.
—Así que tengo una tarjeta de crédito... mi tarjeta de débito... el registro de conducir... mi carnet de la biblioteca.
—Un carnet de la biblioteca... ¿Eso es tan pintoresco?
—Estoy libresca de esa manera.
Javiera ofreció un seductor aleteo de pestañas.
—Sabes creo que es sexy.
—Oh, sí. — dijo Flavia. —Muy sexy.
—Lo sabía.
Javiera puso las cosas en su mochila, con una leve sonrisa mientras lo hacía, le ofreció el libro de literatura lésbica erótica a Flavia antes de guardarlo.
—¿Seguro que no quieres una lectura ligera?
Flavia se inclinó a través del regazo de Javiera y agarró la barra de sahne-nuss en el suelo.
—Yo prefiero el chocolate.
Javiera le dio una palmada a distancia y le arrebató el caramelo.
—Tal vez después de ese juego de la verdad o prenda que me prometiste.
Su sonrisa dulce e inocente era difícil de resistir. Flavia sabía que su protesta sonó débil.
—¿Prometido? Estoy bastante segura de que nunca prometí nada de eso.
—Oye, ¿quieres el chocolate o no?
Flavia soltó un suspiro sufrido.
—Está bien. — dijo Flavia. —Después de verdad o prenda.
